lo uno por lo otro

noviembre 7, 2011 § Deja un comentario

Un cristiano no es cristiano porque tenga la misma experiencia de Dios que tuvo Jesús de Nazareth, al fin y al cabo un judío, sino porque experimenta a Jesús crucificado como Dios. Esa experiencia de Dios no podemos desestimarla, pues sin ella, sin su fracaso, en modo alguno podremos ver a Dios mismo como Crucificado. Pero lo cierto es que esa experiencia, cristianamente, no lo es todo. Un cristiano se encuentra sometido a la Cruz como quien se encuentra sometido a Dios. Es por esto que se hace difícil entender cómo hoy en día muchos cristianos se siguen dirigiendo a Dios como si Dios no se hubiera identificado de una vez por todas con el Crucificado. Y muchos menos entiendo a quienes dicen que un Dios clavado en una cruz es, en el fondo, lo mismo que la Nada del budismo.

the end

noviembre 6, 2011 § Deja un comentario

Al final ¿qué? ¿Qué podemos esperar al fin y al cabo? ¿La realización de nuestros deseos? Pero no parece que aquí se juegue nada último, pues una vez hemos satisfecho nuestra inclinación ¿acaso no encontramos siempre algo a faltar? ¿Acaso no nos preguntamos, extrañadamente, si eso es todo? ¿Deberíamos aceptar, por tanto, que al final uno se muere y ya está? Quizá. Pero puede que este quizá tan solo pueda tragárselo quien no ha visto morir a sus hijos de un tiro en la nuca o en las cámaras de gas. Esta es, pues, la cuestión y no otra: al final qué. Sin embargo, una cosa es preguntárselo entre las cuatro paredes de un hogar y otra en medio de infierno. Y quizá sea por eso que quienes vivimos una vida más o menos garantizada difícilmente podemos admitir que esto del evangelio sea una buena noticia solo para los pobres.

M.E

noviembre 6, 2011 Comentarios desactivados en M.E

Os digo que mientras queráis cumplir con la voluntad de Dios y tengáis deseo de Dios, no seréis pobres. […] Por eso rogamos a Dios que nos vacíe de Dios y que alcancemos la verdad y la disfrutemos eternamente, allí donde los ángeles supremos y las moscas y las almas son iguales.

Meister Eckhart

king David

noviembre 5, 2011 § Deja un comentario

No deja de ser curioso que en el AT aquellos marcados por Dios sean, por lo común, hombres moralmente débiles, imperfectos, a veces hasta abyectos. Por ejemplo, el rey David. O también Moisés. La moraleja es casi inmediata: incluso los que han encarado a Dios pueden darle la espalda. No hay, pues, experiencia de Dios que pueda garantizar de una vez por todas que estamos del lado de Dios. La posibilidad de la traición se encuentra en cualquier caso ahí, dispuesta a ponernos en nuestro lugar. Dios siempre más allá, incluso de nuestra mansedumbre. Nada que ver, por tanto, con esa concepción tan común que entiende que los hombres de Dios son una especie de gusiluces de la bondad. Y es que una bondad de este palo, por muy balsámica que sea, probablemente tenga más que ver con nuestros hábitos que con Dios. Pues si te pasas el día mirando al sol es muy difícil que no acabes con la cara iluminada.

ultra Platón

noviembre 5, 2011 § Deja un comentario

Comprender a Platón es comprender que hay Belleza –o Justicia o Verdad…– porque la Belleza –o la Justicia o la Verdad…– no se dan por entero. Esto es, porque siempre tenemos una belleza –o una justicia, o una verdad..– a medias, podemos decir que hay Belleza –o Justicia o Verdad–. Justo lo contrario de lo que se dice por ahí (y dijeron en su momento los sofistas), a saber, que no hay ni belleza, ni justicia, ni verdad… porque cada uno tiene su sentido de la belleza, la justicia, la verdad… Al fin y al cabo, todo es cuestión de estricta lógica. Si la realidad es lo que se pone de manifiesto de un modo u otro y nada se pone de manifiesto, si no es en relación con un punto de vista o sensibilidad, esto es, relativamente, entonces la realidad en sí misma siempre permanece en cierto sentido más allá de su manifestación. O lo que viene a ser lo mismo: si vemos la realidad –la Belleza, la Justícia, la Verdad…– es porque la realidad en sí misma es invisible, esto es, no se da, no se halla presente. Como si el hombre tan solo pudiera encarar lo real donde lo real ha sido dejado atrás, encubierto, olvidado… por el acontecimiento mismo de lo real. Como si solo pudiéramos habitar este mundo de cosas dándole la espalda a lo real, confundiendo, pues, las cosas con la realidad que representan. Lo real en sí mismo –lo real con independencia de su manifestación– es idea, la idea misma de lo real. O por decirlo de otro modo, de lo real en sí mismo tan solo poseemos una idea. Esta idea, sin embargo, no es solo un contenido mental, una idea que nos hacemos nosotros a la vista de las cosas que nos traemos entre manos, lo que se dice, una abstracción. De hecho, la idea es una exigencia o paradigma cuyo carácter es, precisamente, el de algo objetivo, inmodificable, exterior. Si las cosas bellas se muestran como bellas, es decir, nunca por entero, sino siempre relativamente es porque, al fin y al cabo, deben ser esa belleza que no acaban de encarnar. Si podemos decir que las cosas bellas no terminan de ser bellas es porque deberían serlo, porque solo pueden mostrarse como bellas mientras sigan apuntando a una belleza indiscutible, incondicional; porque, en definitiva, se encuentran en cierto modo sometidas al patrón de una belleza absoluta. Y porque esto es así, la Belleza, con mayúsculas, la idea misma de lo bello, se nos da como la posibilidad siempre abierta de cuestionar las bellezas particulares como la encarnación perfecta de lo bello. O por decirlo sin piedad: si podemos ver cosas es porque aquello que son las cosas en última instancia, esa cosa última a la que se reducen todas las cosas, no es, en realidad, una cosa, sino la posibilidad siempre posible de una cosa última, estrictamente, la idea de una cosa última, la idea de algo absolutamente uno, en platónico, la idea misma de Ser. Si podemos ver cosas, si las cosas se encuentran ahí como siendo lo que parecen, es porque siempre podemos preguntarnos por eso que son en última instancia.

(Sustitúyase, de paso, Belleza por Dios y tendremos un bonito tratado de teología platónica. Y, así, es posible que acabemos diciendo aquello tan bíblico de que Dios es, en el fondo, la posibilidad siempre abierta de impugnar al dios de la religión como una representación adecuada de Dios.)

mar adentro (y 2)

noviembre 5, 2011 § Deja un comentario

Quienes creen que Dios es como el océano deberían explicarnos cómo es posible la encarnación, el mar en medio de los hombres. En principio, eso solo sería posible como inundación. Pero no parece que Jesús pueda comprenderse como una especie de tsunami. Así pues, no les queda más remedio que decir aquello tan gnóstico de que el agua del mar decidió hacernos una visita vistiéndose de hombre. Jesús solo tendría de humano el aspecto, pues en verdad era agua de mar. Ahora bien, si esta visita puede comprenderse como salvífica es porque, en el fondo, nosotros también seríamos agua. La salvación consistiría, al fin y al cabo, en darnos a conocer este hecho y, de paso, en enseñarnos el camino de vuelta. Jesús, Dios mismo, como maestro de perfección. Todo muy griego, muy oriental. Uno, sin duda, puede creer en esto. Uno puede, ciertamente, suponerlo. Pero su creencia no cuadrará con aquello tan cristiano de ver en la Cruz el sacrificio mismo de Dios. Para un gnóstico Dios, como el océano que es, no puede morir. Tan solo muere su aspecto, su cuerpo. Pero lo cierto es que si Dios no muere donde muere el hombre, entonces el Espíritu de Dios –eso que nos queda de Dios cuando ya no queda nada de Dios ni tampoco nada del hombre– difícilmente alcanzará la eternidad de Dios.

bienaventurados

noviembre 5, 2011 § Deja un comentario

Muchos creyentes entienden esto de la pobreza de espíritu como si se tratara de una virtud. Como si, al fin al cabo, estuviéramos hablando de la humildad o de aquéllos que saben vivir con poco. Sin embargo, es muy posible que cuando Jesús de Nazareth en las bienaventuranzas dice aquello de felices los pobres de espíritu, según nos cuenta Mateo en su evangelio, no tenga en mente a quienes ascéticamente han alcanzado ese grado de perfección espiritual, sino a los abandonados de Dios, a esos hombres y mujeres que, sufriendo el peso de un mundo que no quiere saber nada de ellos, apenas pueden mantenerse en pie. Es decir: los des-animados, los sin espíritu. Del mismo modo que uno es materialmente pobre cuando le falta lo necesario para vivir, uno es espiritualmente pobre cuando le falta el espíritu, la fuerza, el ánimo. Que no se trata de los méritos de una vida que se contenta con lo mínimo –que no se trata de presentar la ascesis como camino de perfección– puede verse en el hecho de que el sermón de la montaña se inscribe en el marco de la esperanza apocalíptica, aquélla que está convencida de la inminencia del final de los tiempos, de la irrupción del Dios que juzgará a vivos y muertos, y no en el marco de una vida que pretende alcanzar una cierta plenitud. Jesús no dice: debes ser pobre porque así serás feliz. La pobreza de quien se encuentra sometido a Dios no puede ser elegida por el hombre sin desvirtuarla, esto es, sin que por el camino se pierda, precisamente, la relación con Dios. Así pues, bienaventurados los pobres de espíritu… porque seréis los elegidos de Dios en el día del Juicio y no porque vosotros, a diferencias de los ricos y poderosos, sabéis en qué consiste la verdadera felicidad. Quien comprende las bienaventuranzas como si fuera una exhortación moral, como si se nos dijera que hemos de ser pobres de espíritu para ser dichosos, es muy posible que no sepa que es en verdad un pobre y, de paso, Dios.

peccatum originale originans

noviembre 4, 2011 Comentarios desactivados en peccatum originale originans

Y probablemente estos mismos padres acariciaron a su hija recién nacida como un ángel caido del cielo. Será verdad que, tarde o temprano, acabamos por ensuciar todo lo que cae en nuestras manos.

1000, es decir, éste es el post número mil

noviembre 2, 2011 § Deja un comentario

Tomando un café en la terraza del WoW no paro de ver muertos. Todos ya están muertos. Da igual que unos vivan más que otros. La diferencia es en verdad ridícula. Aunque unos lleguen a los cien años y otros mueran a la vuelta de la esquina, todos están –estamos– marcados por la muerte. Otra cosa es que vivamos de espaldas a esta verdad. Y quizá no podamos fácilmente vivir de otro modo. Pero lo cierto es que una cosa es vivir como si la muerte no existiera y otra vivir como si solo existiera la muerte. En el primer caso, no hay vida, sino inercia. En el segundo, no hay nada más que vida. Pues solo hay vida en verdad donde la vida se nos da como vida arrancada de la muerte, aunque sea provisoriamente. Es por eso que quien abraza la vida no puede evitar ciertas visiones del asunto. Por ejemplo, que estamos bajo el amparo de un cierto poder o voluntad, aquél que arranca precisamente la vida de la nada. O también, que la vida nos ha sido dada en préstamo, dentro de un plazo y que, tarde o temprano, deberemos dar cuenta de ella… como si solo pudiéramos abrazar la vida donde, en cierto sentido, nos encontramos sub iudice. Contra toda evidencia, la muerte no puede tener la última palabra para quienes viven en verdad la vida. Sea como sea, lo importante aquí es caer en la cuenta de que estas visiones no se añaden como suposiciones a la experiencia misma de la vida, sino que, en cierto modo, van con ella. La visión aquí no es una posible explicación, una hipótesis de trabajo, sino un síntoma. No cabe, pues, vivir si uno no da por bueno –esto es, si no cree– que la vida es una herencia de la muerte, un don, un testamento. La vida como milagro se nos entrega, al fin y al cabo, como una exigencia imposible, ya que en un mundo en donde la muerte es la condición misma de la vida, no hay vida que sea de hecho eterna. Y, sin embargo, debe ser eterna. Acaso toda la carga de profundidad de la fe judía resida en esto: en creer lo que no puede darse y, sin embargo, debe darse como el sello mismo de una existencia que abraza la vida como excepción. Y todo ello sin imágenes de Dios, pues en el momento en que las imágenes del más allá garantizan la esperanza creyente –ese inviable deber ser– deja de haber muerte y, por tanto, vida.

papito

noviembre 1, 2011 § Deja un comentario

Desde que J. Jeremías lo dijera, los teólogos más o menos progresistas no se cansan de repetirlo: que Jesús empleara la expresión abba para dirigirse a Dios, las sílabas que pronuncian los niños cuando comienzan a balbucear el nombre del padre, nos permite al menos entrever el tipo de experiencia de Dios que tuvo Jesús de Nazareth en contraste con la de los judíos de por aquel entonces. Así, el Dios de Jesús sería, frente al inaccesible YWHW, un Dios cercano, familiar, íntimo. Como si la revelación cristiana consistiera principalmente en haber caído en la cuenta de que el Dios de Jesús es el Dios verdadero. Sin embargo, el inconveniente de esta manera de entender la invocación de Dios como abba es que no parece que se ajuste a la verdad histórica, sino a nuestro interés en confirmar retrospectivamente nuestra confortable experiencia de Dios. Abba, ciertamente, era la expresión que balbuceaban los niños para dirigirse al padre. Pero un niño en la Palestina de la época era poco más que un animalito: un niño no contaba para nada, ni siquiera para los asuntos de Dios. En tanto que su humanidad estaba pendiente de confirmación –en tanto que su relación con Dios se le presentaba como algo porvenir–, un niño era un ser deficiente, alguien aún por hacer. Así pues, la invocación de Jesús no podía ser menos que provocativa para la sensibilidad religiosa del momento. Es como si Jesús les dijera a quienes creían estar mas cerca de Dios por cumplir con sus preceptos, que solo como niños, esto es, como incapaces de Dios, podían invocar verdaderamente a Dios. No es casual que en los evangelios Jesús solo se dirija explícitamente a Dios como abba estando de rodillas en Getsemaní, precisamente donde Dios guarda silencio ante la inminencia del final. Toda una declaración de intenciones por parte de Marcos, de hecho, el único evangelista que pone en labios de Jesús la palabra abba. Nada que ver, pues, con ese dios íntimo del que muchos hacen gala sin haberse levantado de la cama y que, en verdad, no sería más que la imagen espectral de un interlocutor afable. Y es que no hay que olvidar que Jesús fue un judío y para un judío la relación de hombre con Dios es la de quien se encuentra sometido a su radical trascendencia y, por tanto, a su bendición, sin duda, pero también a su silencio. La experiencia de Dios de Jesús de Nazareth no fue, pues, esencialmente distinta que la de los profetas de Israel, aquélla según la cual solo el pobre, el que invoca a Dios desde su falta de espíritu, se encuentra en la correcta situación ante Dios. De hecho, Jesús fue un profeta escotológico, alguien que en la línea de Juan el Bautista, anunciaba la inminencia del final de los tiempos, aunque, a diferencia de Juan, ofrecía el perdón de Dios como última oportunidad para las ovejas perdidas de Israel. La novedad de ese Dios no fue, por tanto, la que muchos hoy en día se imaginan, la de una bondad sin juicio, sin autoridad, la bondad del abuelito de Heidi. Al contrario. Para Jesús de Nazareth el perdón, la compasión de Dios va por delante, pero no a la manera de un cheque en blanco, sino a la manera, como decíamos, de una última oportunidad, de modo que los condenados, los que se apartarán para siempre de Dios, serán precisamente aquellos que creyéndose algo más que niños no acepten ese perdón. Jesús de Nazareth creyó que solo el perdón de Dios decidía el sí o el no de nuestra existencia. Sin duda una novedad, pero no tan radical como para que por si sola dé pié a una nueva religión. No es, por tanto, casual que quienes siguen creyendo que la innovación cristiana se decide por entero en la experiencia de Dios como la de ese buen amigo que está en los cielos, crean a su vez que la Cruz no revela nada de Dios, sino solo nuestra resistencia a aceptar, precisamente, al Dios de Jesús. Para esos creyentes, el significado de la Cruz se cargaría por entero en la espalda de los hombres y no en la de Dios. Ahora bien, si la Cruz no representara el sacrificio mismo de Dios, entonces la Encarnación no sería nada más que la enésima versión de el exorcista pero en bueno. Y quizá sea por eso que los que creen que Dios es el abuelito de Heidi estén tan dispuestos a sostener lo que defendían algunos de los antiguos gnósticos, a saber, que Jesús dijo lo que dijo de Dios porque estaba enteramente poseído por Dios. Pero difícilmente Pablo hubiera atribuido al Crucificado el título de Señor, algo que un judío solo podía decir de Dios mismo, si se hubiera tratado solo de un hombre que sufrió la posesión de Dios hasta su muerte en Cruz.

separación

noviembre 1, 2011 § Deja un comentario

No es fácil ser de una pieza, encontrarse más o menos por entero en el lugar en donde uno está. Más bien resulta de lo menos común. Lo común es creer que la vida de uno se juega fuera de la cancha en la que pasa la mayor parte de sus días. La mayoría de los hombres, de hecho, vive en dos tiempos: el del trabajo y el de la evasión. En el primero, hace lo que tiene que hacer como puede. En el segundo cree ser él mismo. Como si el día a día fuera un tiempo en falso, cuando lo cierto es que define lo que uno es. A pesar de los sueños.

integridad

octubre 30, 2011 § Deja un comentario

Tras la celebración de la eucaristía, una de las presentes, activista por naturaleza, exhorta al personal a comprometerse con las campañas de Oxfam-Intermón para erradicar el hambre. De hecho, ella parece dispuesta a mordernos, si hiciera falta.

Ella: hem de fer-nos socis, si és que volem èsser coherents amb la nostra fe

Él: luego ¿debemos hacerlo para ser buenos cristianos?

Ella: per què, si no?

Él: pero al hambriento ¿le diremos que le damos de comer porque queremos ser buenos cristianos?

Ella: ja m’estàs liant, com sempre

Él: no es liarla. En Mt 25 parece que los justos se sorprenden de haber actuado conforme a la voluntad de Dios…

Ella: em sembla molt bé, però aquí us deixo els fulls d’inscripció… que ens faran millors cristians.

Etc, etc.

 

Comentario de texto

Aunque en clave cristiana, Mt 25 reproduce el problema socrático de la integridad. Y es que no parece que sea posible que el hombre pueda llegar a ser de una pieza desde el conocimiento del sentido último de sus actos. La ignorancia socrática no fue, ciertamente, una pose. Si Sócrates supo vivir íntegramente fue porque su vida estuvo polarizada por una sola búsqueda, la de la verdad, mejor dicho, la de aquello que en verdad tenía lugar, búsqueda por otro lado interminable, pues lo que ocurre en verdad, ocurre solo en la misma medida en que es dejado atrás, olvidado, encubierto por los rasgos sensibles de su manifestación. Pero Sócrates no buscaba la verdad porque creyera que esa búsqueda tuviera un sentido que se ubicara por encima de esa búsqueda. Sócrates quiso la verdad por ella misma. Podemos, ciertamente, saber que una vida solo se mantiene en pie sobre la base de una búsqueda infinita. Pero no podemos meternos de lleno en esa búsqueda con la intencion de que nuestra vida tenga un sentido. Y es que ningún hombre se siente, por ejemplo, inclinado hacia una mujer porque sepa que esa inclinación se encuentra al servicio de la especie. Lo dicho: no es posible integrar el sentido último de lo que hacemos como motivo de nuestra acción. No es posible, si de lo que se trata es de atender a la cosa que nos traemos entre manos, pues el sentido de lo que hacemos, en tanto que abarca la relación entre el sujeto y esa cosa que pretende alcanzar, siempre se contempla desde las gradas, como quien dice, no en medio de la escena. Y es que la reflexividad que exige la captación del sentido último de nuestros actos nos deja inevitablemente fuera de campo. Del mismo modo, un cristiano responde honestamente a la llamada del pobre como si fuera la llamada de su hermano… solo porque Dios –el Dios que se revela en el Gólgota– ha dejado de garantizar el sentido de esa respuesta. O por decirlo en teológico, uno solo puede atender honestamente a la llamada del pobre como la llamada misma de Dios donde la identificación entre Dios y el pobre es tan radical que uno no se siente amparado por ningún Dios donde responde a Dios como pobre. Al fin y al cabo, es el silencio de Dios el que nos obliga a responder al pobre como si solo él fuera nuestro Señor.

K7

octubre 30, 2011 § Deja un comentario

El séptimo de Kieslowski es un pedazo de vida en tres cuartos de hora de celuloide. La situación podría esquematizarse del siguiente modo: una chica de dieciséis años se queda embarazada de su profesor de literatura. Los padres de ella deciden apadrinar a su nieta como si fuera su hija. Se echa tierra encima y aquí no ha pasado nada. Sobre el papel, probablemente sea la mejor decisión. La madre biológica es una mujer que no parece que pueda cargar con el peso de su maternidad –es, literalmente, una histérica– y el padre no está por el asunto de formar una familia, como quien dice. La vida de la niña fue el fruto de un error y, por eso mismo, la decisión que tomaron es, al menos sobre el papel, conforme a lo que debe ser. Sin embargo, es difícil trazar una línea que separe a quienes hacen lo debido de quienes no. Mejor dicho, no parece que quienes hacen lo debido sean mejores personas por hacer lo debido. De hecho, los motivos por los que hacen lo debido nunca son puros. Más aún: parece como si solo fuera posible realizar lo debido cercenando alguna de las posibilidades del bien. Todo es mezcla, al fin y al cabo. O, por decirlo a la manera de la tradición: tarde o temprano acabamos ensuciando la vida que nos viene dada. Peccatum originale. Es por eso que, si hubiera redención, está no podría darse en medio de los hombres como la realización de la pureza. Cine cristiano, sin duda. Y, quizá por eso mismo, no apto para quienes aún creen que uno por sí mismo puede hacerse capaz de Dios.

aztecas

octubre 29, 2011 § Deja un comentario

Es sabido que los sacerdotes aztecas sacrificaban a sus vírgenes porque estaban convencidos de que el sol se alimentaba de los corazones de esas jóvenes inmoladas. Hoy esto nos parece una estúpida superstición. Sin embargo, es posible que su sentido de la responsabilidad esté más cerca de nuestra actual sensibilidad ecológica de lo que en principio estaríamos dispuestos a admitir. Y es que los aztecas vivían a flor de piel, esto es, con temor y temblor, lo que hoy en día solo puede ser admitido tras una debida reflexión, a saber, que el orden del mundo depende de que logremos devolverle a la madre naturaleza la vida que ella misma nos entregó. Algo que no acaba de cuadrar con la voluntad de dominio que sostiene nuestra fe en un progreso ilimitado. Pero tampoco con ese Dios que no quiere sacrificios, sino justicia. Como si este mismo Dios ya hubiera visto de buen comienzo que los hombres no podemos hacer del todo las paces con un cosmos en donde bien y mal tienen que encontrarse a la par o, como también suele decirse, en equilibrio.

biopic

octubre 28, 2011 § Deja un comentario

¿Quién fue Jesús de Nazareth? Probablemente, un tío que estaba convencido de que el final de los tiempos era inminente y que Dios le había encomendado la misión de ofrecer su perdón a los impíos –los recaudadores de impuestos, los zaqueos, las adúlteras…– como una última oportunidad antes del día del Juicio. Jesús probablemente creyó que era el heraldo de un Dios que, en vez de permanecer atrincherado en su tribunal a la espera de los últimos tiempos, se aproximaba a los hombres ofreciéndoles una inmerecida misericordia. Podríamos decir que la experiencia de Dios que tuvo Jesús fue la de un Dios más maternal que paternal: como si con respecto a Dios, la misericordia siempre fuera por delante. Sin embargo, no habría cristianismo, si solo contáramos con la experiencia de Dios del profeta escatológico que fue Jesús de Nazareth. Con los materiales del Jesús histórico tan solo podríamos rodar la película de un profeta fracasado. O, en el mejor de los casos, del fundador de una relativamente nueva visión de Dios. Ahora bien, si hubo cristianismo es porque, como dijo acertadamente Rudolf Bultmann, el predicador se convirtió en predicado. Y esto solo fue posible porque Jesús, no sólo se encargó de ofrecer ese perdón en nombre de Dios, sino que lo encarnó, como quien dice, sin Dios mediante, esto es, sin el amparo de un Dios que pudiera garantizar el sentido de ese perdón. El perdón del Crucificado no fue, pues, el perdón que Jesús, el profeta, ofrecía en nombre de Dios, sino el perdón que un Crucificado entregó en lugar del de un Dios que, en medio de la tiniebla, dió la callada por respuesta. Como si el desamparo más radical fuera la conditio sine qua non de la revelación de Dios como un Dios crucificado. Y es que solo a través de ese desamparo –solo bajo el silencio mismo de Dios– podemos ver el perdón del Crucificado como el perdón mismo de Dios.

cumbres

octubre 28, 2011 § Deja un comentario

¿Quién está cerca de Dios? Del lado del hombre, aquéllos que buscan respirar el aire puro de las cumbres. O también: aquellos que son buenos por naturaleza o porque han logrado metódicamente sintonizarse con el espíritu de la bondad. Del lado de Dios, sin embargo, aquéllos con los que Dios se identifica: los sin techo, las putas, los muertos de hambre… los cuales si son buenos es solo por milagro. Es por eso que cristianamente quien quiere dirigirse a Dios no puede en verdad hacer otra cosa que responder a la infinita demanda de los excluidos. Una bondad que no sea propiamente una respuesta será, sin duda, balsámica y, si se prefiere, divina, pero en modo alguno será cristiana.

los pobres son unos hijos de puta (y 2)

octubre 28, 2011 § Deja un comentario

Ponerse en manos de los pobres es ir al matadero. La pobreza embrutece y los antiguos estaban cargados de motivos para molerlos a palos: un pobre está más cerca de los perros que de la vida elevada de los dioses. Debes tratarlo como a un animal, si no quieres que te salte a la yugular o, por si aún no nos había quedado lo suficientemente claro, a la yugular de tus hijos. Por eso un cristiano honestamente solo puede ponerse en manos de los pobres como Dios mismo se puso en manos de los hombres, a saber, como aquél que está dispuesto al sacrificio. Cualquier otra intención será tan loable como ingenua. Y es que el negro de Pedro Claver, el hijoputa que le dejó morir de hambre… porque se comía el pan destinado al esclavo de los esclavos, solo podrá redimirse de su miseria bajo el amparo del perdón imposible de su víctima. No es causal que este perdón solo pueda ofrecerlo quien coincide al final con la nada de Dios.

cuestiones socráticas

octubre 27, 2011 § Deja un comentario

Solo sé que no sé nada, dijo Sócrates. Y, sin embargo, Sócrates según cuentan sí que supo de qué iba el juego. ¿Se trata de una boutade? No creo. ¿De qué, entonces? Pues de que no parece que quien sabe vivir pueda decirnos, ni decirse a sí mismo, en qué consiste ese saber. Como si supiéramos siempre menos de lo que en la práctica sabemos. Como si uno no pudiera poseerse a sí mismo desde un saber acerca de sí mismo. En cualquier caso, si el saber propio de quien sabe vivir siempre acaba concretándose como ignorancia es porque aquello que exige ser conocido –aquello que debemos encarar, la verdad de las cosas que nos traemos entre manos–, sólo nos es accesible como el objeto de una interrogación.

mar adentro

octubre 25, 2011 § Deja un comentario

No hay metáfora inocente. Así, no es lo mismo el mar que el desierto a la hora de intentar dar cuenta del lugar de Dios. No estamos ante diferentes visiones de una misma cosa, sino ante visiones de cosas diferentes. Una visión habla de lo divino, la otra de Dios. Parece ser que hay estudios que están a punto de demostrar que el cerebro del hombre entra fácilmente en sintonía con el mar. Esto explicaría por qué el sonido de las olas nos relaja o la visión de un horizonte lejano nos anticipa la experiencia misma de la libertad. El mar nos haría sentir bien casi por defecto. Como si fuese nuestro hábitat natural; como si viniéramos del mar y en la tierra estuviéramos simplemente fuera de sitio, desencajados, lejos de casa. Uno puede suponer que esto es verdad, pues en el fondo somos una oscilación. Y si el agua cristaliza más bellamente escuchando a Bach que, pongamos por caso, a Iron Maiden, ¿cómo no va a pasarnos esto a nosotros que estamos hechos en gran medida de agua? Si de lo que se trata es de alcanzar una cierta plenitud, entonces es indiscutible –o casi– que uno debe acercarse al mar, de sintonizar con el rumor de las olas, de dejarse invadir por él. Sin embargo, no parece que en verdad Dios se haga presente como aquél que promete la dicha del hombre, aunque sea bajo ciertas condiciones. Un dios de este palo, lo que en bíblico se dice un ídolo, aún nos queda demasiado cerca –aún es algo del mundo– como para que sea en verdad Dios. Podemos decir que el mar es divino, pero no que sea propiamente Dios. A diferencia de lo divino, Dios no se nos muestra como el horizonte de lo humano o como la mejor posibilidad del hombre. Dios siempre se encuentra más allá de cualquier imagen que pretenda garantizar la felicidad del hombre. Y es que un dios que se muestre como la medida del hombre, como su paradigma o ideal, es un dios que se da en relación con el hombre y, por tanto, un dios aún demasiado humano como para que pueda valer como Dios. No es Dios quien se da en relación con el hombre, sino el hombre quien se da en relación con Dios. Ahora bien, un hombre que se da en relación con Dios, solo puede experimentar a Dios como aquél que llama o, mejor dicho, como aquél que llama desde el más allá de lo creado, incluyendo el mundo divino, sobrenatural. La relación con Dios es, pues, una relación con una voz. No es casual que bíblicamente el lugar de la experiencia de Dios sea el desierto, pues solo en medio del desierto puede uno escuchar la voz de Dios. Un desierto es una noche y una noche es un tiempo de desamparo. Nadie puede ver nada en la oscuridad. Durante la noche, no hay quien puede suponer que hay alguien ahí sin que esa suposición tenga que ver solo con él, con su necesidad de que haya alguien ahí. O por decirlo de otro modo, en la noche la nada se revela como la nada misma de Dios. Pero lo cierto es que solo en la noche más cerrada el hombre queda por entero en manos de Dios. Todo es expectación –todo pende de un hilo– cuando acontece el silencio de la noche. Por tanto, quien se encuentra ante Dios, no está frente a ese mar al que uno debe aproximarse y, si cabe, conectarse, si de lo que se trata es de alcanzar la plenitud, aunque sin duda uno vive mejor cerca del mar que en las cuevas del desierto. Quien se encuentra ante Dios –quien es alcanzado por Dios, quien sufre una experiencia de Dios– sabe, aunque sea a trompicones, que debe responder a la voz que clama en el desierto como la voz misma de Dios. Pues en el desierto nadie oye otra voz que la de aquéllos que claman a Dios. Podríamos decir que la voz del desamparado de Dios es la voz que escuchamos en lugar de la de un Dios que prefiere, como quien dice, guardar (el) silencio. Sin embargo, solo porque esa voz ocupa su lugar podemos recibirla como la voz misma de Dios.

(No obstante, uno puede tomarse en serio la imagen del mar como metáfora de Dios siempre que se tenga en cuenta que el mar tanto nos relaja como nos provoca pavor. Sin duda, ante el mar uno se siente bien. Pero también es cierto que el mar –el habitat de Leviatán– puede tragarse a los navegantes. Un mar profundo es, al igual que el desierto, tan bello como terrible… como lo saben, perfectamente, los náufragos. Así, desde esta óptica, mejor dicho desde la verdad de Dios, ¿qué podríamos decir del hombre religioso? Pues que se queda siempre con uno de los dos lados de Dios y, por tanto, con una de sus imágenes, por lo común, la más amable, la más bonita. Al fin y al cabo, no habría mucha diferencia entre el creyente naïve y el cínico, entre quien cree que Dios es como el fantasma de Heidi y aquél que da por sentado que el universo se encuentra, como quien dice, en manos de Satán. Ambos trabajan con los espectros de Dios.)

pregúntaselo a ella

octubre 24, 2011 Comentarios desactivados en pregúntaselo a ella

Decía Nietzsche que ante una verdad una no debía preguntarse por los hechos que la hacían verdadera, sino por los intereses a los que sirve. Quien dice una verdad solo tiene que preguntarse por qué necesita creer en esa verdad. Como si al fin y al cabo no hubiera verdad que no fuera un asunto moral. Y es sabido que para Nietzsche una verdad o bien es noble o bien cristiana. Ahora bien, al decir esto Nietzsche le hacía el juego, retórica a parte, al empirismo más bobalicón, pues un empirismo de esta guisa da por descontado que la verdad de nuestras afirmaciones se decide en relación con las condiciones iniciales de su producción, sean las observaciones o, en el caso de Nietzsche, unos oscuros intereses. Sin embargo, Copérnico podría perfectamente haber soñado o alucinado su teoría que no por ello dejaría de ser verdadera.

sol y sombra

octubre 24, 2011 Comentarios desactivados en sol y sombra

¿Qué significa mediocridad? Pues, entre otras, decir cosas del tipo: te digo tus defectos para que puedas mejorar. Esto sobre el papel tiene algo de indiscutible. Sin embargo, hay defectos y defectos, pues lo cierto es que aquéllos que pueden considerarse básicos o más característicos suelen ser el envés nuestras virtudes. Van con ellas. De modo que si eliminas una, eliminas la otra. Y es que no puede haber sol sin sombra.

reductio ad absurdum

octubre 24, 2011 Comentarios desactivados en reductio ad absurdum

Muchos cristianos no saben qué hacer con las visiones fundamentales del cristianismo —la de la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio de Dios; la de la resurrección de los muertos…—. De este modo acaban proponiendo, bajo la excusa de la adaptación a los nuevos tiempos, una lectura que poco tiene que ver con la fe y sí mucho con su dificultad para tragar con un Dios que se humilla hasta colgar de un madero como un maldito de Dios. Aunque, bien pensado, esto tampoco es nuevo, pues el antiguo docetismo, pongamos por caso, puede comprenderse como un intento de digerir la idea tan desconcertante de que un Dios muera en una cruz. En cualquier caso, lo que hace quien no sabe qué hacer con esas visiones fundamentales es tirar al niño con el agua sucia.

expiación (y 2): a propósito de una conversación a medias con Carla T.

octubre 22, 2011 § Deja un comentario

Una de las cosas que no deja de llamarme la atención es el hecho de que los primeros cristianos, con Pablo a la cabeza, pudieran ver la Cruz como el sacrificio expiatorio de Dios mismo. Se trata de algo estrictamente increíble, esto es, de algo que no podemos ni siquiera concebir en tanto que no cuadra con lo que se entiende comúnmente por Dios. Para que nos hagamos una idea de lo que se nos está diciendo con esto del sacrificio expiatorio, supongamos que nos hallamos en un Läger. Unos prisioneros están a punto de ser colgados como castigo por haber matado y devorado a un niño bajo el peso del hambre. Podríamos decir que están a punto de recibir un justo castigo. El hijo del comandante, sin embargo, decide ofrecerse en su lugar, morir por ellos. En el fondo no se lo merecen: si actúan como perros es que llevan vidas de perro –le dice a su padre–. Y, si esto no fuese aún lo suficientemente delirante, va el padre y lo acepta: el hijo muere colgado en vez de esos miserables. La vida que pueden vivir a partir de ahora es la vida que el hijo les entregó. O, por decirlo con otras palabras, esos hombres están en deuda con el hijo… aunque solo unos pocos lo ven. Ahora bien, quienes lo ven, quienes entienden que le deben la vida, quienes pueden dar fe de ello, se sienten por eso mismo obligados a saldar la deuda dando su vida por esos hombres y mujeres que aún siguen viviendo como ellos antes, cubiertos hasta las cejas de su propia miseria. El padre, por su parte, no puede evitar ver a esos redimidos como si fueran sus propios hijos. Ellos ahora representan al hijo porque viven en lugar del hijo. O por decirlo en cristiano: por la intercesión del hijo, el padre pudo reconciliarse con ellos. Podríamos sacarle más punta a este lápiz, pero basta con lo dicho.

Pues bien, no hay productora, ni siquiera independiente, que aceptara este guión. Esto, literalmente, no hay quien se lo crea. De hecho, muchos cristianos de hoy en día tampoco se lo creen, pues para ellos Dios sigue siendo algo así como un fantasma bonachón o, lo que es peor, una especie de vibración cósmica. Nada que ver con esta historia. Como si no hubiera ocurrido. Pero sin esta historia no hay cristianismo que valga. Al menos qua cristianismo.

sir

octubre 22, 2011 § Deja un comentario

Puede que aún no nos enteremos de qué va esta película, mientras no nos preguntemos qué o quién manda en nuestra vida. Es obvio que aquellos que respondan pues obviamente yo están todavía muy lejos de comprender que ni siquiera nuestro propio deseo nos pertenece.

templus fugit

octubre 22, 2011 § Deja un comentario

¿Quién no se siente en paz al entrar en una iglesia vacía? Aunque para el caso da igual que se trate de una iglesia o un templo budista: lo esencial es el silencio, el olor, la penumbra… Y para un creyente de cualquier signo resulta igualmente difícil no creer que allí uno entra en contacto con el Espíritu o la nada que soporta nuestra existencia. Como si el templo fuera, ciertamente, la casa de Dios. Por eso es, cuanto menos desconcertante, que los profetas, aquellos que decían hablar en nombre de Dios, no acabaran de hacer buenas migas con los custodios del Templo, los sacerdotes, pues para la tradición profética Dios no habita en el Templo, sino en quienes sufren la falta de Dios. Es posible que algunos digan que Dios se encuentra tanto en los templos como en la indigencia de los hombres. Pero lo cierto es que mientras buscamos a Dios en la paz de los templos o de las cimas, Dios nos viene al encuentro desde la garganta de los pobres. Y quizá no sea causal que, tras la muerte del Crucificado, cuando la cortina del sancta sanctorum del Templo se parte en dos, descubramos que no hay nada ahí, que esa cortina no ocultaba otra cosa que la nada de Dios. Al fin y al cabo, el único templo que Dios puede habitar es aquél en el que se sigue escuchando el clamor insoportable de la miseria.

alto voltaje

octubre 21, 2011 § Deja un comentario

Si Dios es como la electricidad –si es cuestión de conectarse a Dios–, entonces Jesús de Nazareth, o bien porque metió los dedos en el enchufe durante más tiempo de lo habitual o bien porque recibió una descarga de un cable suelto, fue algo así como una bombilla humana, una especie de gusiluz y, en definitiva, un modelo, un ejemplo de vida… para aquellos que creen que de lo que se trata es de iluminar la oscuridad. Encarnar a Dios sería, pues, algo parecido a ir por la vida cargado de luz. El inconveniente de esta manera de ver las cosas es que no nos permite ver la crucifixión como el sacrificio mismo de Dios. Aunque puede también que quienes piensan que Dios es como la electricidad estén en lo cierto y, entonces, el cristianismo sea poca cosa más que un delirio.

una de ida y vuelta

octubre 21, 2011 § Deja un comentario

Es muy posibles que los caminos hacia Dios sean homologables. O bien, que hayan diferentes vías para intentar fer el cim. Sin embargo, si hubo en verdad Encarnación –si la Encarnación no debe comprenderse solo del lado del hombre, como si hubiera habido un hombre capaz de Dios, sino sobre todo del lado de Dios como la humillación misma de Dios–, entonces solo hay un camino que conduzca de Dios al hombre y está hecho con un par de troncos. Los otros caminos, los de ida, posiblemente solo tengan que ver con nosotros, con nuestra congénita aspiración a vivir como dios.

¿existe Dios?

octubre 20, 2011 § Deja un comentario

¿Existe Dios? ¿Vale con decir el típico para mí sí? Eso que vale para ti, depende de ti y nada que dependa de ti puede ser de Dios. O Dios vale para cualquiera o no puede valer como Dios. Ahora bien, aquello que vale para cualquiera –aquello que posee una validez universal– no pertenece al ámbito de los hechos, es decir, no es nada del mundo, ni siquiera del mundo sobrenatural. Los hechos siempre se nos dan según los moldes de nuestra receptividad y, por tanto, según la medida que impone nuestra circunstancia o punto de vista. Un paisaje, como algo que se encuentra ahí, admite diferentes ópticas o descripciones, ninguna de las cuales es más verdadera que otra, aunque sea cierto que algunas de ellas sean más completas que otras. Pero Dios no se da como un hecho que admite diferentes puntos de vista, ni siquiera en el caso que supongamos que se trata de un ente sobrenatural. Dios no se da según nuestra medida. O lo que viene a ser lo mismo, Dios no se da –no se manifiesta– en modo alguno. ¿Qué decir, por tanto, de Dios? ¿Acaso deberíamos admitir que la palabra «Dios» es un palabra con significado pero sin referente como, por ejemplo, la palabra «unicornio»? De hecho, ambas palabras no funcionan igual. «Unicornio» es una palabra cuyo referente está por ver, pero «Dios» no es algo que aún esté por ver. Dios no puede darse sin dejar de ser Dios. Dios es invisible, no una cosa invisible. En realidad, no hay cosas invisibles, sino cosas que de momento aún no podemos ver, pues una cosa es, por defecto, algo que se hace presente de un modo u otro.

Ahora bien ¿qué significa «Dios»? Un dios es, por definición, esa fuerza, ese ente sobrenatural del cual depende nuestra existencia: un dios ampara o aniquila. Un dios es un poder, un señor de la existencia. Podemos suponer que existe la divinidad, pero, cuanto mayor es el ámbito de lo que podemos llegar a dominar –cuanto mayor es nuestro poder–, menor es el espacio que le queda a la divinidad. De ahí que, tarde o temprano, lleguemos a decir: no son dioses, sino las fuerzas de la naturaleza. Ahora bien, lo que queda de ese dios en nosotros es, en el peor de los casos, la necesidad infantil de seguir suponiendo un dios que funciona a la manera de un ángel de la guarda, y, en el mejor, una sensación de desamparo, de orfandad, pues lo cierto es que, tarde o temprano, vemos que estamos solos en un mundo donde las cosas se nos ofrecen enteramente como simples objetos de dominio. «Dios» sería, pues, el correlato objetivo de ese desamparo, su cifra, su revelación. Así, el vacío que deja la divinidad en su huida del mundo lo ocupa Dios, con mayúsculas, o por decirlo en bíblico, el puro nombre de Dios. Dios, en este sentido, sería lo opuesto a la divinidad, en el mismo sentido en que el vacío se opone a la plenitud de las cosas. Y es por eso mismo que el mundo queda cubierto, marcado por el gran silencio de Dios. Sin embargo, únicamente porque sufrimos la radical trascendencia de Dios –porque sufrimos la noche– la vida se nos da como el Testamento mismo de Dios.

pero también hacia atrás

octubre 20, 2011 § Deja un comentario

Nada de lo que podamos tener a mano vale en verdad. Puede que nos resulte agradable o que incluso le cojamos cariño, pero en modo alguno se nos dará como aquello que debe ser preservado de la erosion de los días. Y es que solo valoramos lo que no podemos poseer. O mejor dicho, eso que ya nunca podremos alcanzar porque fue dejado definitivamente atrás. Vale, pues, lo que perdimos, pues aunque sea cierto que no poseemos aquello que deseamos, aquello que deseamos es algo que, en principio, cabe poseer. Un objeto de deseo es algo que todavía no poseemos. Pero un padre muerto, por ejemplo, es algo que nunca más podremos tener a mano. Cualquiera que haya vivido lo suficiente sabe que lo que fue en verdad nuestro padre solo se nos revelará una vez nos haya dejado definitivamente. Como si la verdad de lo vivido tan solo pudiera ser re-presentada. Sin duda, podemos decir que desearíamos volver a ver a nuestro padre, pero se trata de un deseo paradójico. Se trata de un deseo hacia atrás, de un deseo inviable. Es por esto que este deseo únicamente puede darse como un querer recuperar lo que en modo alguno cabe recuperar… a menos que eso que perdimos se nos aparezca de nuevo, desde un pasado inmemorial, esto es, a menos que nuestro padre regrese de la muerte. De ahí que nuestra relación con el valor, nuestro deseo por eso que fue dejado atrás, solo pueda exponerse como anhelo religioso, al fin y al cabo, como la esperanza de un imposible que, en cierto modo, tiene que darse de nuevo. Pues la intensidad de nuestra vida –su densidad, su integridad– va a depender de nuestro vínculo con eso que tuvimos que dejar atrás para llegar a ser quienes somos en realidad, hombres y mujeres henchidos de nostalgia. Y, así, no debería extrañarnos que bíblicamente la genuina relacion con Dios, la invocación más honesta de Dios, sea la de aquél que aguarda el regreso de Dios. Maranatá.

efectos ópticos

octubre 20, 2011 § Deja un comentario

Algunos hombres colocan a sus dioses en un pedestal para que cuando esos mismos hombres se suban ellos podamos verlos como dioses.

estos niños son un encanto

octubre 19, 2011 Comentarios desactivados en estos niños son un encanto

El vídeo está bien. De hecho, es entrañable. Lástima que no sea una solución, aunque sobre el papel sea irreprochable. Y es que, por definición, si todos hiciéramos lo mismo, el mundo sería, sin duda, otro mundo. Pero nuestro mundo es lo que es porque no puede admitir una solución moral. Decir mundo significa decir no todos vamos a ser buenos. De ahí, la necesidad de la política, pues la cuestión de la política es la cuestión de lo que debemos hacer cuando no cabe hacer lo que deberíamos hacer sobre el papel, en este caso, repartirnos el pan. Y tampoco es casual que quienes poseen esta actitud tan infantil se conciban cristianamente, no tanto como los pioneros de la última etapa del mundo, sino como aquellos que anticipan la vida de otro mundo.

la importancia de un buen diccionario

octubre 19, 2011 § Deja un comentario

¿Amor? Pues probablemente ser capaz de abrazar a esa mujer –a ese hombre– que has visto dormir con la boca abierta. Y es obvio que esto no puede ser solo una cuestión de gustos. Tampoco es casual que el paradigma del amor, con permiso de los guionistas de high school, sea el del amor materno, pues a una vida que te ha sido dada como eso que debes preservar de la muerte a cualquier precio, se lo perdonas todo, como quien dice. Incluso la boca abierta. Otra cosa es que seamos capaces de ir más allá de los propios gustos. Sin embargo, siempre hay alguien que puede, aunque no sin pagar un alto precio.

 

NewImage

o lo uno o lo otro (y 3)

octubre 19, 2011 § Deja un comentario

Cuando no nos encontramos ante Dios, nuestra vida depende de una imagen ideal o, como tambien suele decirse, de un ídolo. Así, las mujeres, por lo común, de la imagen de una vida familiar: su vida valdrá la pena, creen, si logran agenciarse un buen padre para sus hijos. Los hombres, por su parte, dependen más de la imagen del gran cazador de osos o, quizá deberíamos decir, de osas. Pues bien, nada que tenga que ver con Dios puede darse en medio del bullicio de las imágenes. Al contrario, el hombre topa con la insoportable alteridad Dios solo cuando se quiebra su espontánea fe en las imágenes y, por tanto, cuando ya no puede seguir confiando en sí mismo, en su posibilidad. No es casual que, bíblicamente, la experiencia de Dios comience con la de un radical desamparo. Como si solo pudiera saber de Dios quien ha sido dejado de la mano de Dios. Es cierto, pues, que o estamos sometidos a Dios o al poder de una imagen. Tertium non datur.

tradición

octubre 19, 2011 § Deja un comentario

Es obvio que, a pesar de la actual secularización, vivimos en una cultura cristiana, pues solo en una cultura de esta guisa pueden darse por sentadas dos cosas que ninguna cultura anterior se atrevió ni siquiera a concebir, a saber, una igualdad por defecto y la fe en las posibilidades de una revolución. Y es que nada de lo que damos aquí por sentado es obvio por sí mismo. Al contrario. Que seamos iguales es algo que solo podemos afirmar ante Dios, pues ante Dios todos somos el mismo huérfano o, si se prefiere, la misma miseria. Sin el Dios que se sitúa siempre más allá del mundo, incluso del sobrenatural, el hombre solo cuenta con su capacidad y es evidente, o debería serlo, que no vive la misma vida quien vive a ras de suelo que quien se cuestiona a sí mismo. O, por decirlo a la manera del viejo Platón, una vida que vaya en pos de lo que le supera tiene más valor que una vida centrada en su ombligo. Por otro lado, la idea de una revolución solo puede darse en el seno de una tradición que no concibe otra redención que la que pasa por la recreación del mundo, hombre incluido, por parte de Dios, pues para esta misma tradición, el hombre, por sí mismo, acaba siempre ensuciando lo que toca. Nuestra secularización debe comprenderse, pues, como un cristianismo sin Dios. Esto es, como una idiotez.

los amigos de Peter

octubre 19, 2011 § Deja un comentario

En su artículo una izquierda darwiniana, Steve Pinker, filósofo o algo parecido, defiende la tesis de que el ideal igualitario de las izquierdas ha de tener en cuenta, si no quiere fracasar estrepitosamente, ciertas constantes de la naturaleza humana que, como tales, no son por principio alterables. Se refiere, por ejemplo, al hecho de que tarde o temprano los miembros de un grupo humano acabarán por relacionarse jerárquicamente. No se trata de una opción entre otras, sino de una constante. Es decir, no se trata de una posibilidad, sino de un rasgo característico, de algo que pertenece esencialmente a nuestro modo de ser. Así, una sociedad que pretenda ser igualitaria no puede pretender modificar esta tendencia a golpe de instucción. Al contrario, debe organizarse teniendo en cuenta el carácter inmodificable de esta tendencia. Como cualquiera puede ver, estamos ante una actualización de la antigua doctrina de pecado original: el hombre se resiste en lo más íntimo de sí mismo a ajustarse a los moldes de la vida ideal, a los principios que rigen o deberían regir la vida en común. Y es posible que esta resistencia esté, en última instancia, al servicio del Hombre, esto es, de la especie: pues el medio no siempre selecciona colectivos o culturas, sino a veces individuos. Donde la existencia del grupo se encuentra seriamente amenazada, que siga habiendo humanos por ahí va a depender de que ciertos individuos, los más hábiles o egoístas, se salven de la quema. Ahora bien, la cuestión es qué deberíamos hacer, si estuviera en nuestras manos eliminar esta resistencia, esta tara; si fuera posible, por seguir con el ejemplo de Pinker, cortar por lo sano, tras la debida manipulación genética, esta tendencia instintiva a la jerarquía. La cuestión, en el fondo, es qué pasaría con nosotros, los hombres, en qué nos convertiríamos, si consiguiéramos borrar del mapa el pecado original, la congénita inclinación a ensuciar, pervertir lo más puro. No hace falta ser muy listo para ver que llegaríamos a ser lo que fuimos, bestias felices, pues, nada humano puede darse donde dejamos de estar en falta. O, por decirlo en creyente, no hay hombre que no viva bajo la necesidad de una redención. Como si sólo la revolución de Dios –lo que en cristiano se piensa como una nueva Creacion–pudiera poner fin a nuestro esencial desajuste. Otra cosa es creer que podemos apañárnoslas solos a la hora de hacer tábula rasa del pasado. Pero esto no tiene que ver con nuestro anhelo de redención, sino en todo caso con nuestra ingenuidad.

casi elemental

octubre 18, 2011 Comentarios desactivados en casi elemental

¿En qué momento podríamos decir que nos enfrentamos a Dios? No, ciertamente, cuando deseamos que haya alguien ahí arriba que cuide de nosotros, sino cuando comenzamos a sufrir el desencaje del mundo, el hecho de que no puede haber reconciliación. Aunque sea en lo más profundo del corazón, los padres incuban el desprecio hacia sus hijos y los hijos, el odio hacia sus padres; los amantes, la infidelidad; los amigos, la traición. Podemos, sin duda, no darnos cuenta de ello: podemos permanecer bajo el amparo del mito. Pero no es casual que quienes se han enfrentado a Dios, quienes se encuentran en verdad sometidos a su altura y no solo a una de sus múltiples imágenes, existan como aquellos que fueron arrojados al mundo, dejados de la mano de Dios. Y tampoco es casual que solo ellos, quienes le invocan ante un muro de piedra, sepan dirigirse honestamente a Dios. No cabe otra invocación, pues, que la de quien pide a Dios por Dios. Y del lado del hombre, lo que no es invocación, es respuesta.

el canto de la piedra

octubre 18, 2011 Comentarios desactivados en el canto de la piedra

El otro día escuché casualmente por la radio un reportaje sobre los «sonidos de ultratumba». Parece ser que en ocasiones se oye, aunque muy débilmente, una especie de ruido de fondo que está a medio camino entre la voz del viento y el resquebrajamiento del vidrio. Lo cierto es que, cuanto menos, impresiona, pues a bote pronto resulta imposible decir de dónde procede. Como si se tratara, ciertamente, de un sonido del más allá. De hecho, es lo que hubiera dicho un antiguo sin pestañear. Para el hombre antiguo un fenómeno extraordinario es visto, indiscutiblemente, como la señal de otro mundo. Para nosotros, en cambio, un fenómeno extraordinario, lo que se dice, un misterio, es algo que aún no podemos explicar…. en los términos de las cosas del más acá. En realidad, según parece estos «sonidos de ultratumba» no son más que el ruido que genera el movimiento de las placas tectónicas. Al final, respiramos tranquilos: podemos seguir bajo el amparo de nuestro supuesto fundamental, a saber, que no hay en verdad más allá. Y es que para nosotros, hombres y mujeres imbuidos de mentalidad científica, eso que parece venir del más allá no es más que algo del más acá. No hay, por tanto, cosas que sean esencialmente misteriosas, sino simplemente cosas que se encuentran pendientes de una explicación. Incluso en el caso de que hubiera algo así como una dimensión oculta, ésta no sería más que eso: otra dimensión de un mismo mundo. Tan sólo haría falta que nos acostumbráramos a los ángeles o a los fantasmas para que dejaran de ser algo del más allá y pasaran a ser aquello que se encuentra a la vuelta de la esquina, como quien dice. Ahora bien, lo que hemos perdido por el camino de la modernidad no es tanto el más allá, sino las figuras del más allá… y, con ello, un acceso espontáneo al más allá. Nada más, aunque tampoco nada menos. Ciertamente, el paganismo antiguo daba por sentado que existía otro mundo por encima del nuestro, el mundo de los seres divinos. Sin embargo, ese mundo nunca supuso, al menos para la fe bíblica, un genuino más allá, sino propiamente su figura, su representación. El más allá, en tanto que siempre se encuentra, precisamente, más allá, en modo alguno puede constituir en sí mismo un mundo. Por el contrario, el más allá debe comprenderse como eso que permanece en cualquier caso fuera de campo. Dios, en tanto que enteramente otro, no es, por consiguiente, algo aún por ver. Un mundo en cuanto tal mundo, sea natural o sobrenatural, siempre se nos da según la medida de nuestra receptividad y, por eso mismo, nunca acaba de ser nada radicalmente otro. Sin embargo, solo porque la alteridad de Dios es radical, solo porque Dios se encuentra siempre fuera de campo —solo porque el hombre encuentra a faltar algo en verdad otro—, la totalidad  se le revela al hombre como no-todo. Dios por eso mismo no puede pertenecer a un mundo, ni siquiera a un mundo sobrenatural. Los autores bíblicos lo supieron ver mejor que nadie cuando hicieron de Dios el límite del mundo o, por decirlo a su manera, el silencio que cubre el mundo por entero… y, en relación con el cual, el mundo se encuentra pendiente de un hilo. El más allá no es, por tanto, otro mundo, sino la realidad misma de Dios. O por decirlo de otro modo, no hay otro más allá que el de Dios. Y es que la alteridad radical nunca se nos da en el modo del presente. Hay, por tanto, más allá porque existimos bajo la falta, la ausencia del Otro. Es así que el misterio no reside, pues, en tal o cual fenómeno inexplicable, sino en el hecho de que haya, precisamente, mundo. La Creación, el mundo por entero, es el misterio y no el hecho de que en un momento dado escuchemos voces o sintamos tal o cual cosquilleo interior. En realidad, más que decir que no hay en verdad más allá, deberíamos admitir de una vez por todas que en verdad solo hay más allá.

point of departure

octubre 18, 2011 § Deja un comentario

Nuestra situación con respecto a Dios es, ciertamente, más compleja que antaño. Podemos admitir lo que Moisés vió en el monte de Horeb, a saber, que Dios no es nada y que, por eso mismo, es el que llama. Que todo es debido a Dios porque Dios es la incógnita, el nombre que no remite a ninguna imagen de Dios. Que la realidad de Dios cubre con su silencio el mundo por entero. Que el otro es mi hermano porque la humanidad se encuentra huérfana de Dios. Que la Ley que me pone en manos del oprimido es, precisamente, de Dios porque hunde su raíz en la ausencia de Dios. Todo eso podemos verlo. Pero nuestro cuerpo ya no puede seguirnos en esa visión. Desde hace tiempo, el cuerpo se ha quedado sin el único lenguaje que entiende, el de esas imágenes imposibles que nos permiten, estando lejos de la trinchera, acercarnos a la experiencia de un Dios que se encuentra siempre más allá de lo creíble. Esas imágenes han perdido su antigua legitimidad. Pero sin el poder de esas imágenes es muy difícil que quienes no han sufrido la trascendencia de Dios puedan participar de la experiencia de quienes sí la han sufrido. Sin imágenes imposibles a las que aferrarnos solo podemos acercarnos a esa experiencia a través de la reflexión, del cuestionamiento de los textos, del originario y fundamental relegere… cosa la cual no parece estar al alcance de cualquiera. Pero eso probablemente ya lo vieron los rabinos hace dos mil años, cuando comenzaron a sospechar que, a menos que fuera un elegido, a saber, un pobre de Dios, un ignorante no podía ni siquiera intuir nada de Dios. De ahí que para la tradición rabínica el Talmud tenga la misma importancia que la Biblia. Una cosa va con la otra. La experiencia de Dios es, al fin y al cabo, algo demasiado serio, demasiado vital, como para dejarlo en manos de quienes tienen suficiente con sus vibraciones.

más madera para Dios

octubre 17, 2011 Comentarios desactivados en más madera para Dios

La espiritualidad transconfesional suele congeniar con el antiguo ascetismo. Así, unos cuantos de los creyentes del buen rollo están convencidos que el esfuerzo ascético, el hecho de desprenderse de eso que está en ti pero no te pertenece, conduce inevitablemente a Dios o a su variante transconfesional, a saber, la buena vibración. Se trata pues de quedarse con lo esencial, con aquello más íntimo, más elemental de uno mismo, lo cual, se supone, es el aliento mismo de la divinidad. Se trata, en definitiva, de adelgazar. La dieta, una vez más, como metáfora. Sin embargo, cristianamente no hay otra ascesis que la de Dios mismo. Es él quien se adelgaza, no el hombre. En cualquier caso, si un cristiano decide soltar lastre no es porque pretenda ser uno con el dios de las cimas, no es porque quiera elevarse por encima de esa miseria que nos cubre por entero, sino porque uno no puede dejar de empobrecerse cuando se pone en manos de esos pobres con los que Dios se identifica. Y es que para el evangelio la puta que abraza a su cliente por compasión está más cerca de Dios que quienes pretenden elevarse hasta su altura.

jueves 13 (y 3)

octubre 17, 2011 § Deja un comentario

¿Qué significa decir que vivimos alejados de lo real? Pues que vamos por ahí como si la muerte sólo afectara a los demás, cuando lo cierto es que, tarde o temprano, moriremos. O también que tratamos con lo más vivo como si fuera una cosa entre otras, algo enteramente disponible, cuando en verdad la vida posee el carácter sagrado del don. Lo real es lo que en verdad tiene lugar, eso que se nos ofrece en relación con lo inalterable de la existencia y no hay nada más inalterable que la muerte. Nada ocurre en realidad si no es desde el límite de la muerte y, donde nada ocurre, todo pasa. Pero lo cierto es que nadie puede habitar eficazmente un mundo, si de algún modo no le da la espalda al carácter inmodificable de lo real. De ahí que la cuestión religiosa sea una cuestión inevitable, pues tarde o temprano, en medio del flujo inercial de la existencia, uno se pregunta que debería hacer para mantenerse en contacto con lo esencial. Es cierto que de hecho todo pasa. Pero es igualmente cierto que en verdad no todo pasa. La vida de mis hijas no es simplemente algo que pasa, sino que, desde el horizonte mismo de la muerte, se me entrega como esa vida que, antes que al tiempo, se encuentra sometida a la Ley de Dios, al deber de preservar esa vida contra la muerte, más allá de instinto de conservación, pues ya sabemos que un instinto es variable en tanto que siempre se encuentra ligado a las exigencias de una circunstancia. Y es que no hay duda que una cosa es vivir teniendo presente la muerte y otra vivir como si no hubiera muerte; que una cosa es abrazar la vida como aquello que nos ha sido prestado dentro de un plazo y otra malgastarla; que una cosa es vivir como si el centro de la existencia estuviera fuera de ti y otra muy distinta vivir creyendo que tus sensaciones son la medida de lo real. Con todo, es posible que la interrogación religiosa no pueda resolverse sirviéndonos de las figuras ideales de la religión. Pero éste ya es, sin duda, otro asunto.