espartacus
junio 1, 2011 Comentarios desactivados en espartacus
Somos, sin duda, esclavos de nuestros miedos. Y quizá por eso no pueda haber más libertad que la de quien se encuentra más allá de sí mismo porque debe obedecer el mandato de un Dios imposible.
amor platónico
junio 1, 2011 Comentarios desactivados en amor platónico
Quizá sea cierto que, al fin y al cabo, nuestro yo será uno u otro según cuál sea nuestra relación con el cuerpo. Así, o bien nuestro cuerpo, aunque vaya con nosotros, es algo que nos nos pertenece… del mismo modo que no somos la casa en la que habitamos; o bien, no somos más que nuestro cuerpo y, por consiguiente, cualquier anhelo espiritual no sería más que la expresión camuflada de un craso interés. O bien somos aquellos para quienes la satisfacción del cuerpo no resulta satisfactoria; o bien aquellos para quienes no hay otra satisfacción. O bien somos quienes apenas se reconocen en las exigencias del cuerpo; o bien aquellos que se encuentran como en casa en el follón de dichas exigencias. O bien somos quienes caen en la cuenta de que nada tienen donde lo tienen todo; o bien aquellos que creen que no acaban de ser del todo porque no lo tienen todo. O somos quienes se sienten extraños cuando simplemente penetran un cuerpo sin mirada. O bien aquellos que no saben dónde meterse cuando el cuerpo que devoran les mira desde su más allá —desde su falta de coincidencia consigo mismo, desde su desnudez—. Ésta es, sin duda, la gran diferencia entre los hombres. Que esta diferencia no valga nada ante Dios es algo que debería, cuanto menos, desconcertarnos.
Decálogo (1)
mayo 31, 2011 Comentarios desactivados en Decálogo (1)
El momento en que el padre coge un pedazo de hielo y se lo lleva a la frente, doblegado por la muerte del hijo… Es probable que Kieslowski haya comprendido mejor que nadie qué es el bautismo: como si sólo el agua en la que se ahogaron nuestras víctimas pudiera redimirnos.
la comprensión
mayo 31, 2011 Comentarios desactivados en la comprensión
Quien se preocupa de su imagen —quien pretende alcanzar la pureza aunque sea bajo la forma de una bondad intachable—, no puede soportar la caída. La mancha le resulta literalmente inadmisible. O, por decirlo de otro modo: la vergüenza le cubre por entero. En cambio, quien existe como quien se encuentra en medio de un combate —quien sabe que debe responder a una voz que no admite una negociación—, no tiene más remedio que levantarse. Sabe que el hecho de tener que responder no tiene que ver con su mérito, sino con el haber sido llamado a filas. Por lo común, ya cuenta con su miseria. Así pues, levántate y anda, si es que has caído. En definitiva, debes responder por la vida que te ha sido dada, sea cual sea su dignidad. No es de extrañar, pues, que esas palabras capaces de resucitar a los muertos solo fueran efectivas con aquellos que vivían a pelo, sin máscara, precisamente porque ya no podían esperar nada de sí mismos: los tullidos, los leprosos, las viudas, los huérfanos…, al fin y al cabo, esos manchados. Al resto nos espera la depresión, si es que la tara llega a ser demasiado visible.
las dos integridades
mayo 31, 2011 Comentarios desactivados en las dos integridades
Una cosa son las cosas de la moral —nuestras obligaciones en común— y otra la posibilidad del carácter. La sensibilidad moral suele confundir ambas posibilidades —como si ser bueno en ambos casos fuera lo mismo—, pero lo cierto es que el tipo de integridad no es la misma en un caso que en otro. En el primero, se trata de lograr un cierto equilibrio sistémico. La sociedad tiene aquí más peso. Lo que nos debemos los unos a los otros es lo que, al fin y al cabo, nos conviene socialmente. En este primer caso, un hombre íntegro será, pues, aquel que logre adaptarse a las exigencias del orden moral. En cambio, en el segundo caso, se trata de responder a una demanda insatisfacible. Si uno llega a ser de una pieza —si uno llega a ser una sola cosa— es porque su vida responde, por entero, a una sola cosa, una cosa imposible de alcanzar. Ahora bien, quien intenta responder a esta demanda no suele adaptarse a las exigencias del buen trato. Es, como quien dice, un intratable, alguien que se encuentra fuera de sus casillas. La primera integridad reposa sobre el sentido de la prudencia. La segunda sobre la obsesión. O, por decirlo, en clave religiosa: la primera, se sostiene sobre los dioses del lugar. La segunda, sobre un Dios que está por ver. Con todo, nadie elige aquí. Como decían los griegos, un carácter es un destino.
(Y por eso resulta enternecedor ver a esos chicos y chicas que creen ser alguien porque visten de ese modo tan particular, cuando la única individualidad está hecha con los materiales de un feroz olvido de sí.)
se revela el misterio: el 5º pino es el zoo
mayo 26, 2011 Comentarios desactivados en se revela el misterio: el 5º pino es el zoo
Más madera (tendrán unos 18 años):
—las cabronas solo hacían que preguntarme si ya tenía novio, tía…
—es que eres la única, tía…
—pero si es que lo dejamos con Carlos hace solo dos semanas.
—pasa de ellas, tía. Es que no te perdonan que salieras con él.
—no me dejan respirar.
—ellas dicen que fue él quien te dejó.
—envidía que tienen esas putas (sic)
—yo pasaría de este rollo, tía… Tu vales más que todas.
—es que es muy fuerte, tía. Parece que si no tienes novio no eres nadie…
Comentario de texto: sin embargo, es cierto lo que parece: si no tienen novio ellas no son nadie… Se confirma una vez más que lo que decimos muchas veces de nosotros mismos, no suele coincidir con quienes somos, sino con lo que quisiéramos ser.
sobre nuestra visita al zoo
mayo 26, 2011 Comentarios desactivados en sobre nuestra visita al zoo
He recibido unos cuantos mails echándome en cara la entrada del zoo. La acusación es más o menos la siguiente: cómo puedes ser tan despreciativo y, a la vez, cristiano. La verdad es que no me atrevo a escribir con letras grandes que sea cristiano. Creo que la muerte —ese des-ánimo— no tiene la última palabra. Creo que hay vida más allá del infierno, como quien dice, y que ésta es la vida que nos la da el perdón de un Dios crucificado. Creo que quienes han visto a ese Dios, viven, ciertamente, mucho más que cualquiera de nosotros, hombres y mujeres normales. Yo creo en quien cree a pie de Cruz. Pero no creo que yo sea un buen ejemplo para nadie. Ahora bien, me atrevería a decir que hay que pasar por ese desprecio —que, de entrada, hay que reconocer lo obvio, a saber, que las diferencias entre los hombres no son meramente anecdóticas— para poder, cuanto menos, vislumbrar el escándalo que supone afirmar que, ante Dios, esas grandes diferencias no valen ciertamente nada. De lo contrario, hacemos de una verdad, un tópico y una verdad que no posea poder revelador —una verdad que damos fácilmente por sentada— en modo alguno llegará a transformar la vida de los hombres.
una visita al zoo
mayo 25, 2011 Comentarios desactivados en una visita al zoo
Dos chicas, en la mesa de al lado:
—no jodas, tía, que iba tan borracha…
—sí, tía, qué fuerte.
—pero cómo mola tía…
—tenías que ver a los tíos de ayer echándote la cerveza…
—que se jodan.
—hoy tengo prácticas, qué palo. ¿Tienes casco?
—no. Hoy como con mi abuela. Un rollo pero se come bien…
—¿estaba el Johnny en la graduación?
—están tooodo el día juntos, tía…
—seguro que se fueron por ahí.
—hay un parque detrás…
—a ella solo le gusta bailar.
—yo a ella la conozco y sé que sale con Johnny para restregárnoslo por la cara.
—pero creo que se ha quedado sin pasta, tía… ¿Viste como fue a la fiesta?
—no hará la sele.
—vaya palo la sele. Yo solo quiero dormir, tía…
la Contra
mayo 25, 2011 Comentarios desactivados en la Contra
En la Contra del pasado 23 leemos: «la vida como milagro es un modo romántico de subrayar su complejidad.» Se trata, como es obvio, de una visión muy actual. Como si la mirada que nos lleva más allá del dato fuera algo que solo tiene que ver con nosotros. Y, ciertamente, el error sería creer que el milagro tiene que ver con un más allá que podemos perfectamente comprender como una continuación, aunque superlativa, de nuestro más acá. Pero que la vida sea un acontecimiento producido por un demiurgo, en vez de ser el efecto de la evolución de la materia, no tendría nada de extraordinario. Tendríamos una causa en vez de otra. Lo extraordinario es que haya vida en vez de nada, por parafrasear la sentencia de Leibniz. Esto es: lo extraordinario no tiene que ver con lo inexplicable —pues, por defecto, cualquier cosa admite una explicación—, sino con la inviable posibilidad de la nada. O por decirlo esotéricamente: se nos dió la vida porque Dios es imposible.
la dispersión
mayo 25, 2011 Comentarios desactivados en la dispersión
Cuando alguien me dice que no tiene palabras para expresar lo que siente suelo tomármelo al pie de la letra: él no tiene esas palabras. Pero la lengua anda casi sobrada. Solo para un diccionario las palabras ‘asombro’, ‘estupefacción’, ‘admiración’, ‘estupor’… son equivalentes. Si las tenemos es porque las necesitamos: porque no tratan exactamente de lo mismo. Las palabras importan, pues sin palabras los sentimientos son ciegos… y es sabido que un ciego no suele ir muy lejos. Los sentimientos no pueden dirigirse a nadie, si no es con la palabra. Prueba, si no, a decirle a una mujer que, a pesar de la intensidad, no sabes lo que sientes por ella… Con todo, es indudable que la realidad tiende a escaparse de nuestros intentos de designarla. La realidad persiste en mostrarse como eso que no acaba de ser lo que parece. Eso que tenemos ahí no acaba, pues, de coincidir con lo que captamos sensiblemente de él. Es, por tanto, único. Y si algo no acaba de coincidir con lo que parece es porque no admite ser descrito con esas palabras que, por defecto, pueden o podrían aplicarse a otras cosas. O por decirlo con precisión quirúrgica, la realidad no es cosa. Aunque las cosas tiendan a ser únicas —no hay dos Rochefort iguales—, las cosas solo podemos comprenderlas —al fin y al cabo, tratarlas— como un caso particular de un rasgo general o, cuanto menos, generalizable. Ahora bien, lo cierto es que si hay algo ahí es porque no sabemos —porque no podemos saber— qué hay, en definitiva, ahí. Todo se encuentra sometido al tiempo y, por tanto, no acaba de ser. Pero esto es así porque la realidad es solo una idea cuyo referente es siempre posible, nunca algo actual. No obstante, para mostrar este carácter faliido —inefable— de la realidad es necesario que fracase una y otra vez nuestra voluntad de apresarla. Decir antes de tiempo ese típico no sé qué decir tiene más que ver con el yo que muestra impunemente su ignorancia —como si esa ignorancia fuese más auténtica…— que con la realidad propiamente dicha.
tres rondas con ZZ y al día siguiente estás K.O
mayo 24, 2011 Comentarios desactivados en tres rondas con ZZ y al día siguiente estás K.O
Sin duda, cabe algo así como una tipología de los diferentes modos de ser. El eneagrama sería un buen intento (http://www.eneagrama.com/; http://www.cosmograma.com/). Así, con trazo grueso podríamos distinguir, por ejemplo, entre el entusiasta, el calculador, el generoso, el espiritual… Ahora bien, una tipología no se limita simplemente a clasificar. Su hipótesis implícita es que los diferentes compartimentos no admiten tránsfugas: que podemos, ciertamente, modularnos, pues cada tipo posee sus luces y sus sombras, pero no cambiar nuestro modo de ser; que resulta ridículo decirle a quien está centrado en triunfar que debería ser como aquel chico tan espiritual. Aun cuando socialmente podamos destacar un determinado modo de ser como preferible o, incluso, admirable, no podemos aspirar sensatamente a que todos seamos como ese tipo ideal. Desde esta óptica, no tiene sentido pretender que todos fuésemos, pongamos por caso, unos sensibles por las cosas del espíritu, sino, en cualquier caso, que cada uno pudiera ofrecer el lado luminoso de su típico modo de ser. Por eso me parece tan verdadero lo que encontramos en tantos pasajes bíblicos, a saber, que la relación con el Dios vivo —el único que te saca de tus casillas—, contra lo que suponen las diferentes espiritualidades, no se decide con respecto a una particular manera de ser. Como sabemos, lo decisivo aquí es la respuesta al mandato de Dios, es decir, a la demanda insatisfacible que nace de la garganta de las víctimas. Ahora bien esa respuesta —y los relatos bíblicos insisten casi obsesivamente en este asunto— solo es posible tras la quiebra de nuestra personalidad. En verdad, la vida que nos espera más allá de nuestra muerte anímica es la vida de quien responde a un Dios que se identifica con el pobre… una vida que, con todo, nadie puede sensatamente preferir. Mal iríamos si la relación con las últimas palabras dependiera de que fuéramos o hubiéramos llegado a ser de un determinado modo. Dificílmente podríamos decir que YWHW —ese Dios imposible— es el Dios de todos los hombres, el único que nos iguala, aunque sea, ciertamente, por abajo.
cuestión de tamaño
mayo 24, 2011 Comentarios desactivados en cuestión de tamaño
Hay muchos, la mayoría, que quisieran hacer grandes cosas, pero su espíritu es pequeño. Sin embargo, quien posee un gran espíritu no suele encontrar sitio donde reposar su cabeza. Los enanos nos encargaremos de recordarle con machacona insistencia que no tiene derecho a ser como es. No debería extrañarnos, pues, que acabara a latigazos con los mercaderes del Templo.
hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (y 2)
mayo 24, 2011 Comentarios desactivados en hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (y 2)
Podemos hablar, por ejemplo, del amor si queremos ver por dónde van los tiros. La mayoría entiende que hay amor cuando los amantes se sienten íntimamente conectados. No es mala cosa, ciertamente. Las conexiones, de hecho, existen. La cuestión es qué ocurrirá después, cuando se alcance, en el mejor de los casos, el equilibrio térmico, la distribución uniforme de la energía o, en su defecto, la falla, el décalage. Algunos creemos que es entonces cuando el amor se hace en verdad posible. Como si el amor solo pudiera darse como última palabra y, por tanto, como el abrazo de los náufragos. En el primer caso, el amor es sobre todo algo emocionante. De hecho ¿quién no se siente feliz cuando las piezas parecen encajar? En cambio, el amor se revela, en el segundo, como el encuentro de quienes, a su pesar, no alcanzan a fundirse. En el primero, el amor reposa como encarnación de las relaciones arquetípicas. En el segundo, el amor se da, precisamente tras el hundimiento del mito, como historia de amor. El primero tiene lugar entre tipos. El segundo entre individuos, literalmente, entre separados. Así pues: o conexión o relato. Dos posibilidades, dos modos de enfrentarse a la existencia, en el fondo, dos cuestiones: o bien nos preguntamos qué hemos de hacer para lograr una feliz coincidencia; o bien qué vida podemos esperar después de la muerte.
(Solo hay que sustituir la palabra «amor» por la palabra «Dios» y tendremos, una vez más, la diferencia entre las religiones y las tradiciones bíblicas.)
libra con acuario
mayo 23, 2011 Comentarios desactivados en libra con acuario
Quién quiera comprender que significaba originariamente la religión que le eche un vistazo a la sección de astrología de los periódicos: fácilmente verá que lo decisivo de una sensibilidad religiosa es el sentimiento de formar parte de un orden más amplio. Para quien posee dicha sensibilidad es evidente que no hemos sido simplemente arrojados a un mundo que no quiere saber nada de nosotros. Y, por contraste, quizá comprenderemos también que encontrarse sometido a la voluntad de un Dios invisible —esa que nos obliga a ponernos en manos del pobre— es, ciertamente, otra cosa. De hecho, si nos encontramos verdaderamente bajo esa voluntad es porque no hay orden que ampare nuestra existencia.
a veces
mayo 23, 2011 Comentarios desactivados en a veces
A veces pienso que estamos forzados a tratarnos como si tan solo fuéramos cosas, pues ¿quién podría resistirse a la desinhibida irrupción de los cuerpos que proceden del más allá? Una mirada es, ciertamente, irresistible (a menos que ella tenga bigote, of course).
hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (1)
mayo 23, 2011 Comentarios desactivados en hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (1)
Un creyente es aquel que permanece vinculado a un más allá en el que no puede creer. O por decirlo de otro modo: un creyente se encuentra sometido a lo que en absoluto puede suceder y, sin embargo, debe suceder. No estamos hablando, con todo, de un ideal. Las imágenes ideales constituyen una expectativa, el horizonte regulativo de una acción transformadora, al fin y al cabo, una imagen de una posible, aunque difícil, vida divina. Pero las imágenes bíblicas del más allá son estrictamente increíbles. De hecho, son imágenes que funcionan como anti-expectativas. Nadie puede creer sensatamente que en el futuro el león comerá hierba. Esta posibilidad no es una posibilidad de nuestro mundo. Ahora bien, tampoco lo es de un mundo sobrenatural. Para la antigüedad el mundo natural era el reflejo corrupto del más allá. Pero que el león coma gacelas no puede comprenderse como un caso imperfecto de un león que come hierba: del mismo modo que un manzano que dé peras no puede ser estrictamente un manzano, un león que come hierba ya no puede ser de ninguna forma un león. Estamos, pues, ante las imágenes de un mundo imposible, literalmente, ante las imágenes de otro mundo. Y si estas son las imágenes de la otra vida, de una vida conforme a Dios, entonces hemos de admitir que Dios no puede irrumpir —intervenir, realizarse— en nuestro mundo. Tal y como creían los antiguos judíos sin pestañear, la irrupción de Dios supone el fin del mundo. La relación entre Dios y el mundo no pueda entenderse, así, como la relación entre lo perfecto y lo imperfecto. Dios no es un ideal que el hombre pueda asumir desde sí mismo. La cuestión es, precisamente, ¿cómo puede alguien creer en este Dios? ¿Qué significa este encontrarse sometido a un Dios imposible? ¿Qué experiencia nos obliga a esta fe? Aquí podríamos decir que el creyente necesita creer en ese imposible. Sin embargo, las imágenes que satisfacen nuestra necesidad —aquellas que mitigan nuestra angustia— no son, precisamente, inviables. Perfectamente podemos suponer, aunque sea a costa de nuestra madurez, que seguiremos por ahí después de la muerte. Pero las imágenes bíblicas no pretenden suprimir el vértigo de la muerte. Al contrario. De hecho, no hay muerte para quien supone que el alma es inmortal. La creencia en la inmortalidad del alma desactiva la seriedad de la muerte. Pero al hacerlo desactiva también la seriedad de la vida. En realidad, solo quien tiene presente la muerte puede abrazar la vida y, sin duda, no hay fe que no abrace la vida. ¿De qué se trata, pues?¿Las imágenes de la esperanza creyente qué revelan, si en verdad no responden a nuestra necesidad? Sin muerte, como acabamos de decir, no hay vida que valga. Un creyente no sabe nada del más allá —quién puede saberlo—. Pero, precisamente, para quien experimenta la vida como colgada del hilo de la muerte —para quien la vive como algo dado— no puede menos que no creer, contra toda evidencia, que la muerte —y, sobre todo, la muerte injusta— sea el final. Esto es: la creencia en un Dios imposible es el reverso de la experiencia misma de la vida como don. El creyente, en este sentido, está a un paso del nihilismo. Su esperanza no es en modo alguno ingénua. Pero si las fosas comunes de la Historia no revelen la bendición de la vida como mera ilusión es porque esa bendición permanece, a pesar de todo, como algo pegado a la propia piel. No es, por tanto, que el creyente crea como también puede no creer. La fe no se sostiene sobre una hipótesis. No estamos ante la visión de un espectador. De hecho, quien cree en lo imposible acaba haciendo lo imposible: como esa mujer judía que estaba a cargo de un orfanato en Israel porque perdíó a sus hijos en las cámaras de gas (https://kobinski.wordpress.com/2010/09/22/historias-biblicas-2/). Si otro mundo es posible —si tiene que haber otro mundo— es solo porque se nos dió la vida en un mundo donde la muerte tiene la última palabra. Al fin y al cabo, quizá tan solo puedan creer quienes deben tomarse la vida en serio —quienes deben responder por ella—. Como si el encontrarse sometido a esta esperanza sin expectativa fuera la otra cara de un encontrarse sometido al mandato de un Dios que brilla por su ausencia.
de sol a sol
mayo 22, 2011 Comentarios desactivados en de sol a sol
Puede que tengan razón y el sistema se hunda si los bancos no son reflotados con nuestro dinero. Puede que el sistema no aguante una excesiva regulación del mercado de la vivienda o de los flujos financieros. Pero con un futuro más que incierto, nadie puede honestamente impedirnos okupar el espacio vacío y presionar contra los muros de piedra del sistema. El hasta aquí hemos llegado es algo así como un derecho fundamental. No hacen falta muchas razones, pues. Bastan con 600 € al mes trabajando de sol a sol. Todo sistema es un sistema de fuerzas y, por eso, sin intimidación nada se mueve. También se dijo en su momento que la abolición del trabajo infantil era poco razonable.

la buena gente
mayo 21, 2011 Comentarios desactivados en la buena gente
Por si aún quedaba alguna duda, imaginémonos por un momento ser aquellos padres que no tienen con qué alimentar a sus hijos. Difícilmente entenderíamos cómo pueden los cristianos pasar de ellos para reunirse por ahí y hablar de las cosas de Dios o preparar los cantos de su misa tan auténtica. Difícilmente podríamos admitir que solo hagan eso, mientras a nuestros hijos se les hincha el vientre. ¿Quién de nosotros, pues, se atreverá a decir que no pasa de largo? Si Incluso quienes están por la labor no pueden evitar sentirse, en el fondo, unos mierdas ante tanta miseria… Pues eso: que no parece que ante Dios podamos estar demasiado orgullosos de ser quienes somos. Puede que la autosatisfacción creyente esté más alejada de Dios que el repudio del ateo.
happiness
mayo 21, 2011 Comentarios desactivados en happiness
¿Qué es la felicidad? Ese momento en el que las piezas del puzzle parecen encajar. (Y puede que el hombre sea, precisamente, esa dificultad para permanecer demasiado tiempo ahí.)
senex
mayo 19, 2011 Comentarios desactivados en senex
La pregunta es si en la vejez dejamos de ser quienes fuimos o si, por el contrario, caemos en la cuenta de lo que en el fondo siempre hemos sido, unos indigentes. Esto es: si se trata de decadencia o de revelación. Si creemos que lo primero, entonces pertenecemos al universo mental del paganismo. Si lo segundo, al que surge del Sinaí. Heine probablemente tuviera razón. Tertium non datur: o estamos en Atenas o en Jerusalén.
¿es posible que la educación esté en manos de mancos?
mayo 18, 2011 Comentarios desactivados en ¿es posible que la educación esté en manos de mancos?
Me cansé de esos alumnos que te dicen: ‘Hace dos años que no leo un libro, pero el último que leí era uno suyo’. Me cansé de esos chicos que se pasan el curso mirándote en silencio. Me cansé de que en cada curso hubiera sólo un buen estudiante. Cansancio aparte, también habría que tener en cuenta, supongo, que ya no necesito el dinero de la universidad. Eso debe haber contribuido a mi decisión de abandonar la carrera docente.
Dennis Lehane, un (muy) buen escritor.
proverbio zen
mayo 18, 2011 Comentarios desactivados en proverbio zen
Cuando me encuentro haciendo demasiadas cosas, la única pregunta que se me ocurre es de qué estoy huyendo ahora.
pues eso
mayo 18, 2011 Comentarios desactivados en pues eso
Al fin y al cabo, se trata de acabar desnudamente. Esto es, sin otra máscara que la mortuoria. Ahora bien, una cosa es la desnudez del maestro zen y otra la de las víctimas. La primera puedo desearla. La segunda, no. La primera es, ciertamente, admirable. La segunda provoca nuestro espanto. La primera me obliga a preguntar qué debo hacer para ser perfecto. La segunda me pone en manos de quien no tiene fuerzas ni para mantenerse en pie. Es obvio —o debería serlo— que no se trata de la misma desnudez. Que el cristianismo baile con ambas —con la guapa y con la fea— es algo que debería inquietar al creyente, no a quien ya está familiarizado con las cosas de la política.
la piel del lobo
mayo 18, 2011 Comentarios desactivados en la piel del lobo
La noche responde con un silencio a nuestras preguntas.
Hans Lebert
Carla
mayo 18, 2011 Comentarios desactivados en Carla
El otro día, en una parroquia de la zona alta, se propuso a los que seguían un curso de iniciación a la fe que escribieran sobre el dibujo de una enorme nube aquellas actitudes que elevan el espíritu hacia Dios. La mayoría respondió a la propuesta tal y como se esperaba: que si la generosidad, la disposición a perdonar, a no malpensar, a devolver bien por mal… Estas dinámicas, como es sabido, suelen promover los buenos sentimientos de la gente. Sin embargo, el último garabato lo puso una joven que, atrevidamente, trazó una flecha hacia abajo. Todos sonrieron como si se tratara de una boutade adolescente. Pero es posible que ella hubiera visto lo que tanto nos cuesta admitir a quienes aún aspiramos a una vida intachable, a saber, que cristianamente no puede haber otro vuelo que el de quien cae, como Dios mismo, hasta los lodazales de la existencia. O por decirlo en dogmático: que no hay más elevación que la de la Cruz. Que el milagro no es morir con las manos vacías, sino abrazando una culpa que no es la tuya.
bolt
mayo 17, 2011 Comentarios desactivados en bolt
Dos son las cosas que nos liberan de la mediocridad que nos rodea: el gran sufrimiento y el humor del bufón. El sufrimiento es perenne. Pero no todos tenemos la suerte de sufrir lo indecible. Por eso, mientras tanto, nos son tan necesarias las bufonadas. Y es que dificilmente podremos trascender nuestra pequeña circunstancia, si no es convirtiéndonos en espectadores de esa escena de guiñol en la que, tarde o temprano, se transforma nuestra existencia. No en vano todas las vidas reales tenían su propio hazmerreír: para que no olvidaran quienes eran más allá de lo que representaban. Sin bufón —sin ese amigo que se ríe contigo de ti mismo— toda vida es, ciertamente, impostada. Como si no hubiera más seriedad que la de no tomarse demasiado en serio.
¿y si las walkirias fueran cristianas?
mayo 17, 2011 Comentarios desactivados en ¿y si las walkirias fueran cristianas?
El temor es lo más íntimo y uno siempre es esclavo de lo que teme. ¿Quién en su sano juicio no tiene miedo a ser descubierto? Por eso no es casual que la cara que ofrecemos a los demás —ese típico modo de ser— sea la petrificación de nuestro esfuerzo por ocultar los motivos de la vergüenza. ¿Acaso decir «persona» no fue lo mismo que decir «máscara»? Por eso cuanto más acentuado sea el rasgo característico —cuanto más fácilmente pueda dibujarse nuestra caricatura—, mayor será el temblor de piernas. Así, por ejemplo, lo más probable es que quienes van pisando fuerte por ahí despreciando los frutos de la inteligencia sean, precisamente, aquellos que temen ser descubiertos como esos que nunca verán más allá de un palmo de sus narices. Las uvas siempre están verdes para la zorra que no puede alcanzarlas. Y quizá por eso mismo no haya más fortaleza que la de quienes ya no tienen nada qué temer por haberse familiarizado en exceso con lo ridículo de su existencia.
modus vivendi
mayo 16, 2011 Comentarios desactivados en modus vivendi
Ciertamente, vibramos. O mejor dicho: vibra nuestro cuerpo. Si el agua cristaliza de un modo u otro dependiendo de qué música escucha, ¿cómo no va a afectarnos las ondas que desprenden los demás? ¿Quién no se ha sentido un hombre bueno en compañía de quienes desprenden bondad como quien respira? Puede que baste con una cita del libro de Masaru Emoto para comprender de qué estamos hablando: «aquellos pensamientos de fracaso quedan también representados en los objetos físicos que nos rodean. Ahora que somos conscientes de eso, quizá podamos comenzar a darnos cuenta de que, incluso cuando los resultados inmediatos no son visibles a ojos humanos, ellos están ahí. Cuando amamos nuestros propios cuerpos, ellos responden. Cuando nos sentimos unidos a la Tierra, ella responde. Nuestro propio cuerpo está compuesto en un 70 por ciento de agua. Y la superficie de la tierra es también un 70 por ciento de agua. Hemos visto anteriormente la prueba de que el agua, lejos de estar inanimada, está realmente viva y responde a nuestros pensamientos y emociones. Quizá, habiendo visto esto, podamos comenzar a entender realmente el imponente poder que poseemos al elegir nuestros pensamientos e intenciones, para sanarnos a nosotros mismos, así como a los demás. Pero esto solo será posible si creemos en ese poder.» Ahora bien, con independencia del asunto este del agua, ¿no es ésta la convicción más elemental de quienes poseen una psique religiosa? ¿Acaso no se trata de una creencia común a todas las espiritualidades? De este modo, se nos exige tomar partido por una de las dos vibraciones, la buena y la mala, al fin y al cabo, por el Bien o el Mal. Ciertamente, cabe preguntarse si el Mal es propiamente una energía independiente o si, por el contrario, se trata de una completa ausencia de energía. En el primer caso, tendremos una variante del antiguo maniqueísmo. En el segundo, una actualización del monoteísmo. Pero, sea como sea, la religión, aunque despersonalizada, sigue en pie. Donde antes teníamos a Dios y al demonio, ambos con su personalidad, hoy tenemos fuerzas, luminosas u oscuras, buenas o malas vibraciones. Esta es, de hecho, la religión que corresponde a nuestra época científica, para la cual solo cuentan lo cuantificable. Una religión, al fin, con una divinidad qué reconocer, pero sin un dios al que dirigirse. El hombre, en cualquier caso, debe optar, hoy al igual que antes, entre el lado luminoso y el lado oscuro de la fuerza. Incluso el cristianismo puede sobrevivir, reinterpretado bajo esta clave… cosa la cual, por otra parte, supondría algo así como una victoria pírrica del gnosticismo que inicialmente condenó. Así, desde esta óptica, Jesús de Nazareth no sería más que un maestro de bondad entre otros o, si se prefiere, aquél que poseyó en grado sumo la fuerza de Dios —aquél que la encarnó en verdad—. Pero no parece que el cristianismo más ortodoxo defienda esta idea. Y no porque no sea verdad esto de las fuerzas, pues probablemente lo sea, sino porque no se trata de una última palabra o, mejor dicho, de una esperanza para quienes ya no pueden humanamente tenerla. Si lo fuese, no se entendería por qué Jesús de Nazareth, aquél que, según cuentan, estaba en posesión del espíritu de Dios, fracasó ante el mal rollo de los hombres. A menos que estemos dispuestos a creer que se trate simplemente de combatir… como en la guerra de las galaxias, en donde el Bien y el Mal se hallan, al menos de entrada, al mismo nivel. Bíblicamente, sin embargo, no parece que la lucha entre el Bien y el Mal pueda comprenderse como una lucha entre los dos lados de la fuerza. Es decir, porque constatemos que las buenas vibraciones provocan por contagio un aumento del Bien, no podemos deducir que el Bien sea técnicamente superior o que tendrá la última palabra. Lo único que demuestra el hecho de la fuerza es que lo semejante llama a lo semejante. En este sentido, una psique religiosa da por hecho que el mundo sería diferente, si todos hiciéramos bien las cosas, es decir, si todos nos pusiéramos, por ejemplo, a tener pensamientos positivos. Así, las cosas van mal porque no hacemos lo debido. De hecho, es taulógicamente evidente que si todos fueramos buenos el mundo sería otro mundo. Pero lo cierto es que no parece que podamos tener siempre buen rollo: que existir tiene que ver también —por no decir, sobre todo— con existir de espaldas a Dios. Como es sabido, uno de los mantras más arraigados del legado bíblico es que el hombre, por sí mismo, no es capaz de realizar el Bien. Más aún: la cuestión de cómo podemos sintonizar con las energías positivas no se plantea para quien se encuentra sometido a la voluntad de Dios. La cuestión es, precisamente, qué esperanza puede tener quien ya no puede pretender participar del buen orden de las cosas, por la memoria misma de los que yacen en las fosas comunes de la Historia. ¿Cómo decirle, por ejemplo, a la madre que acaba de perder a sus hijos en la cámara de gas, que se trata de sintonizar con Mozart? Así pues, quienes se encuentran ante el Dios bíblico, no se encuentran propiamente ante una fuerza, sino ante aquél que, en tanto que enteramente otro, se sitúa más allá de las fuerzas, sean buenas o malas, tal y como atestigua, con claridad inquietante, el bueno de Job. Y es que, en definitiva, cristianamente no se trata de transformar nuestra sensibilidad para hacernos semejantes a Dios —o por vibrar con el lado luminoso de la fuerza—, sino de responder al Dios que se identifica con los abandonados de Dios. El error típiamente religioso —aquél que denunció con ferocidad inadmisible Jesús de Nazareth— consiste en creer que para responder a Dios, para cumplir con su mandato, antes uno ha de ser como Dios.
PS: ambas muestras de agua helada fueron expuestas a la palabra «ángel» y «demonio», respectivamente. Así, mientras que la estructura de la segunda, aquélla que recibió la mala vibración, es oscura y amorfa, la estructura de la primera —aquélla que recibió la buena vibración— posee la belleza propia de un orden eterno.

más Llort o la oración de quien ya no sirve ni para orar
mayo 15, 2011 Comentarios desactivados en más Llort o la oración de quien ya no sirve ni para orar

ella dice «yugur»…
mayo 12, 2011 Comentarios desactivados en ella dice «yugur»…
Aquí la cuestión sigue siendo la de siempre. Y es qué hacemos con el cuerpo. Los simples dirán: pues gozarlo, mientras se pueda. Pero el cuerpo —nuestro cuerpo— no es solo un receptáculo de posibles placeres, sino la matriz donde se incuban los mandatos más elementales. Una mujer puede, por ejemplo, aspirar a lo más alto en esto del amor, a la entrega incondicional de un hombre extraordinario. No obstante, lo más probable es que cuando se le pase el arroz, el cuerpo le exija pillar al primer sapo que se encuentre por ahí. El cuerpo tiene, sin duda, diferentes recursos para convencerla. Así, o bien le susurrará al oído aquello de que no hay nada en verdad extraordinario; que las historias extraordinarias son un espejismo. O bien le contará otro cuento: el de la bestia que se convierte, por amor, en príncipe. Sea como sea la vieja división platónica entre el cuerpo y el alma sigue ahí como el modo más imaginativo y, por tanto, más originario de exponer el conflicto entre las diferentes voces que habitan en nuestro interior. Hoy en día nos resulta difícil seguir dando por buena la existencia de un fantasma interior. Quizá preferimos hablar, aunque no se trate de lo mismo, de la tensión entre naturaleza y cultura, por ejemplo. Nuestra cosmología —y los discursos sobre el sentido de la existencia son más dependientes de la visión del mundo de lo que de entrada pudiéramos suponer— no nos permite decir legítimamente cualquier cosa que nos pase por la cabeza. El mundo infinito y homegéneo de Giordano Bruno —nuestro mundo— no admite otra divinidad que la que se identifique con la naturaleza. Sin embargo, en cualquier caso, la cuestión sigue siendo la misma: a quién hemos decidido seguir, si es que se trata de una decisión. Es obvio que la respuesta platónica —la de dejarse elevar por el anhelo del alma— se ha quedado modernamente sin imágenes. Con todo, el ilustrado desprecio de la imaginación, puestas todas ellas del lado de la falsedad, nos obliga a pagar el alto precio de una falta de integridad, pues sin ciertas imágenes inviables, el cuerpo no puede seguir las últimas visiones del alma, las de un imposible más allá. Sin el recurso de la imaginación, el cuerpo va por un lado y el alma por el otro. Así, por ejemplo, es difícil abrazar la trascendencia de Dios, si de algún modo no puedes ver al desgraciado como la encarnación del Dios de los cielos. Somos nosotros, hombres y mujeres ya familiarizados con el pensamiento abstracto, quienes nos tomamos a la ligera esta imagen: de hecho, el creyente moderno cree en ella como si tal cosa. Pero quien piensa en imágenes —ese primitivo— sufre hasta el tuétano la efectiva imposibilidad de esta imagen. Un cuerpo solo puede creer, esto es, arrodillarse a través de las imágenes increíbles de la fe. Sin la visiónes últimas del alma, el cuerpo solo puede creer infantilmente. Pero sin el conocimiento sensible que proporciona la imaginación, la visión más nítida se queda sin arraigo. Y es que si no nos sigue el cuerpo, no hay más que vana especulación. Por eso no debería soprendernos en exceso que la situación del cristiano moderno sea una situación esquizoide: o bien cree con el cuerpo, pero su alma está ciega; o bien su alma ha visto lo que hay que ver… pero desde su sillón. Por suerte aún nos queda el AT como esa raíz de una muela a medio arrancar. Pero este es otro asunto, un asunto que afecta a la entidad misma de Dios, algo que un cristianismo demasiado satisfecho con su Dios difícilmente admitirá. As usual.
aphorism
mayo 12, 2011 Comentarios desactivados en aphorism
Afortunadamente, no hay tiempo para nada.
(comentario: no hay tiempo para la nada —y, por tanto, la nada no es—, pues la eternidad no es para nosotros.)
3000
mayo 12, 2011 Comentarios desactivados en 3000
Esto de la muerte es, ciertamente, muy extraño. Como si ella sola se bastara para mostrar la impenetrabilidad misma de lo real, la imposibilidad de separar luz y oscuridad cuando topamos con el núcleo duro de lo que, en definitiva, se encuentra ahí. Por un lado, la muerte se revela como el aval del sinsentido. Si todo acaba con la muerte, la vida parece —quién lo pondrá en duda— el juego de un dios cruel. Pero, por otro, si fuéramos inmortales —si la muerte no estuviera en el horizonte—, cualquier valor se disolvería como el azucar en el café. Un hombre de tres mil años difícilmente recordará el rostro de sus padres, de la mujer que amó, de los hijos que llegó a engendrar… Nadie quiere morir. Pero la maldición bíblica fue, al fin y al cabo, una gracia de Dios. Desactivar la muerte, dar por sentado que la muerte es simplemente una transición, supone desactivar la raíz misma de la vida. Si tenemos la vida es porque en modo alguno la poseemos. Es verdad, pues, que vivimos de prestado.
morir de éxito
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en morir de éxito
Puede que la agonía del cristianismo se deba a su progresiva trivialización. Así nos parece evidente que quien no ama permanece en la muerte (1 Jn, 3, 14), pues, por lo común, entendemos con ello que el amor es algo así como la experiencia culminante de nuestra vida. Pero Juan dice otra cosa, algo de hecho inaceptable para quien tenga dos dedos de frente, a saber, que quien no ama —esto es, quien no se sacrifica por quien no merece ningún sacrificio— sigue muerto. ¿Qué cristiano hoy en día será capaz de ver muertos en todos aquellos que seguimos dando vueltas por ahí como si nada? ¿Qué cristiano se atraverá a decirlo? No es casual que el cristianismo vaya perdiendo vigor donde el amor ha dejado de ser una excepción contra el mundo para pasar a ser el desideratum de ese manual de autoayuda en el que, para muchos, se ha convertido el evangelio.
pedagogía
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en pedagogía
Alguien debería decirles a nuestros niños que no todo consiste en la efervescencia de la novedad: que el amor no pasa por encontrar a ese chico —o esa chica— sin mácula con el que te puedes conectar sin problemas. Que la historia continúa. O mejor dicho, que en verdad solo comienza cuando inevitablemente topamos no ya con el defectillo del otro, el cual puede hasta cierto punto aceptarse, sino con sus miedos, su desconfianza, su falta de ser, su maldad. Que el amor, más que una febril coincidencia, es siempre un abrazo de lo que en modo alguno podemos preferir. Pero esto es lo que tiene la moderna divinización de la adolescencia. La verdad se convierte, así, en un asunto demasiado esotérico, por no decir hostil, para quienes no saben lo que les espera, precisamente, porque se han quedado sin relatos para el día después.
no hay día sin noche
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en no hay día sin noche
Aquellos que ofrecen sin pestañear una solución a la existencia deberían preguntarse qué valor están dispuestos a sacrificar por esa solución. Para nuestra mentalidad mercantilista, el coste es aquello sin valor: lo que vale es, precisamente, lo que se consigue con ese coste. Así entendemos que el dinero no vale nada por sí mismo, sino solo en la medida en que puede comprar aquello que vale en verdad. Pero la verdad de la existencia sigue siendo la misma de siempre, a saber, que no hay valor sin el sacrificio de algo igualmente valioso. Esto es: que todo logro entraña una pérdida significativa. Cuando los antiguos sacrificaban a sus vírgenes en el altar para conseguir el favor del dios de turno, no se desprendían de lo que carecía de valor. Al contrario: era la pérdida que tenían que asumir para conseguir lo que en ese momento era necesario —que cesara la peste, que pudieran librarse del enemigo, que regresara la fertilidad…—. De este modo, podemos fácilmente admitir que la felicidad pasa, por ejemplo, por librarse del sentido de la culpa. Que basta con andar por ahí sin remordimientos para alcanzar finalmente una vida dichosa. Pero al arrojar el agua de la culpa, arrojamos también al niño de la genuina libertad, aquella que arraiga, precisamente, en una insatisfacible deuda por satisfacer. ¿Acaso debería extrañarnos de que, hoy por hoy, henchidos de la inocencia del buen salvaje, nos falte carácter como para ir hasta el final? No hay que ser Heráclito para comprender que la estupidez consiste en creer que puede haber luz sin oscuridad, bien sin mal, bendición sin culpa.
vestigios
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en vestigios
¿Hay alguien hoy en día que aún pueda decir aquello de contigo hasta el final, pues te debo la vida? Sin duda. Lo único es que su experiencia —acaso la única experiencia que merezca tal nombre— ha dejado de juzgarnos. Esto es lo que, en definitiva, significa decir que estamos en las postrimerías de la civilización cristiana: que la experiencia culminante que se vende por ahí —aquella que sirve como ejemplo— ya no es la del sacrificio que salda la deuda, sino la del exceso anfetamínico de quien puede permitirse unas cuantas noches locas.
new age
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en new age
La infidelidad es el ethos de la posmodernidad, pues en nombre de qué puede exigírsele una fijación a quien se sitúa ante la vida como el cliente en los estantes de la Fnac. La exigencia es que lo viejo ha de ser reempalzado por lo nuevo. Esto vale, ciertamente, para quien puede. Pero, según el ethos del consumidor, solo quien puede sigue estando vivo. No es casual que la sujeción de por vida tenga tan mala prensa en nuestro supermundo. Pero acaso no haya más libertad que quien permanece atado a la fragilidad de esa otra vida que le ha sido dada en medio de la nada, aquella que ya fue sin que todavía acabe de ser.
recetario
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en recetario
¿Qué nos dice un griego? Pues que aprendamos a morir —que nos familiaricemos con el momento de nuestra muerte—, si es que pretendemos que algo ocurra en nuestra vida, en vez de que las cosas nos pasen simplemente por encima. Para un griego, la muerte se revela, pues, como la clave de bóveda de una vida con un cierto relieve. Ahora bien, es obvio que esto no sirve para quienes, a su pesar, viven como si ya estuvieran muertos. Para ellos ¿cuál puede ser la esperanza? Podríamos decir que la posibilidad de comer a diario. Pero esto no vale —o no vale lo suficiente— para quienes, habiendo salido del pozo, llevan aún en las entrañas a los hijos que murieron antes de tiempo. Por este motivo, ellos, los más, solo pueden tener esperanza, si pueden contar con una resurrección de los muertos que restaure la vida perdida. Como sabemos esta es la esperanza del judaísmo apocalíptico y, por extensión, del cristianismo incipiente. La pregunta que cabe plantear aquí es qué queda de todo esto después de que las imágenes de esa esperanza hayan naufragado en las marismas de la superstición. En cualquier caso, un cristianismo sin apocalíptica parece condenado a la irrelevancia, pues o bien tendrá que presentarse como un ethos demasiado natural como para merezca la fe en Dios, o bien como una espiritualidad transconfesional para la cual, al fin y al cabo, tanto da un Dios que otro.

