hacerse una idea y caer en la cuenta, una vez más

abril 4, 2024 § Deja un comentario

Una cosa es dar por hecho que vamos a morir y otra hallarse a las puertas de la muerte. En el primer caso, el dar por hecho va con el como si no. Difícilmente podremos negar la evidencia, en el segundo. El aliento de la muerte lo cambia todo. Quiero decir que la muerte —su poder, su capacidad para la des-ilusión— se impone como el exceso mismo de lo real. Sencillamente, no cuentas. Creímos que importábamos. Pero andábamos en el error. La vida del espíritu comienza donde caemos en la cuenta y no donde seguimos suponiendo. Esto es, donde topamos cara a cara con lo real. Pues el espíritu solo vive de la verdad —y lo real es verdadero porque des-miente. cualquier representación. La vida del espíritu supone un comenzar de nuevo. Y todo comienza de nuevo tras ser descabalgados.

La vida del espíritu intenta anticipar, en la medida de lo posible, el momento de la sensación verdadera. ¿Cómo? Pues escuchando a quienes volvieron con vida de la muerte —es un decir. Las grandes obras de la cultura —desde la Biblia hasta Les Particules élémentaires de Houellebecq; desde el cine de Tarkovski hasta el Quatuor pour la fin du Temps de Messiaen— son, precisamente, eso: testimonios. No es lo mismo leer a Megan Maxwell que a Dostoyevski. Es decir, la primera acaso pueda entretenerte. El segundo, te sitúa más allá de ti mismo, en el territorio de lo concluyente. No es lo mismo pasarse el día oyendo regaetton, el cual inevitablemente convoca al mono que llevamos dentro, que escuchar periódicamente Erbam dich o variantes. No hay gustos inocentes.

Y me atrevería a decir que el desprecio de la cultura que se observa en las denominadas nuevas pedagogías, tan centradas en una aproximación superficial a tot plegat, quizá consiga producir mujeres y hombres aptos para trabajos en los que serán fácilmente sustituibles. Pero difícilmente adultos que no comulguen con ruedas de molino. La vida nunca fue una fiesta non stop. En el fondo, se trata de un asunto climático. Incluso me atrevería a decir que el éxito de dichas pedagogías nos arrojarán a una nueva Edad Media cultural —pocos sabrán; para el resto morcilla. Y quizá no solo cultural.

la friolera

abril 3, 2024 § Deja un comentario

Cuentan que Sócrates murió serenamente. Como quien se toma unas copas. ¿Admirable? Quizá. Y digo quizá porque incluso en los últimos instantes, sigue habiendo ambigüedad. Pues ¿qué significó esa serenidad? Sin duda, pudo significar valentía. Pero también, una cierta inconsciencia. Es posible, aunque cueste de creer que quien bajo el peso de estas situaciones no siente ningún temblor no haya caído en la cuenta.

¿Cómo saberlo? ¿Juntando pistas? Por ejemplo, difícilmente alguien se atrevería a decir que Sócrates fuese un inconsciente. Pero, en cualquier caso, permanece la ambigüedad. ¿Murió el crucificado con fe? ¿O más bien maldiciendo su destino? Ese abandonarse a un Dios que dio la callada por respuesta ¿fue una interpretación a la luz de Is 53? No lo sabremos nunca por nuestra cuenta y riesgo. De ahí que sin testimonios no vayamos muy lejos. Pues la fe es, cristianamente, la fe en quienes dieron fe. Quizá reguemos fuera de tiesto donde pretendemos basar la esperanza en sentimientos que no salen de los recovecos de una psicología adolescente —de adolecer. Al fin y al cabo, el juicio —el esto es tal y como lo decimos—, al pretender decantar la ambigüedad, es un acto de fe. En definitiva, un debe ser así. Como viera Israel, nada se decide verdaderamente en el presente. Ni siquiera la verdad de Dios.

muy poderoso

abril 2, 2024 § Deja un comentario

No es posible hallarse ante Dios sin plantearse la pregunta por el poder de Dios. El poder de Dios es la posibilidad de Dios. ¿Qué puede Dios? ¿Cuál es su posibilidad? ¿Resucitar a los muertos? Pero ¿cómo es esto posible si admitimos que Dios no opera ex machina? ¿Acaso la posibilidad de Dios no es la del hombre —y porque Dios quiso que fuera así desde un principio? En cualquier caso, un Dios impotente no vale como Dios. Ahora bien, si la posibilidad de Dios es la imposibilidad del mundo, entonces nuestra exposición a Dios es un hallarse expuestos a la posibilidad de lo imposible. O lo que viene a ser lo mismo,. de una nueva creación. Y ello en nombre de. Sin embargo, si Dios crea el mundo de la nada —esto es, retrocediendo hasta rozar la desaparición o, por decirlo a la hegeliana, negándose a sí mismo hacia lo otro de sí— ¿cómo podrá crear de nuevo la humanidad sin volver a dar un paso atrás? Cristianamente, el poder de Dios es el de su cuerpo. De ahí la importancia de la resurrección. Sin resurrección de los muertos el cristianismo, sencillamente, hace aguas. Pero esto está muy cerca de la ironía. Como si la convicción cristiana fuese un modo de decir que no hay esperanza para las víctimas de la historia. La esperanza creyente nunca fue una expectativa.

ya sí, pero aún no

marzo 31, 2024 § 1 comentario

Quienes vieron al crucificado con vida, estuvieron convencidos de que el final de los tiempos había ya comenzado. Y así Pablo pudo escribir —¡y eso, al cabo de unos cuantos años!— los que lloran, vivan como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegrasen; los que adquieren, como si no poseyeran. Luego el asunto se pospuso sine die. Las labios de los ángeles ni siquiera llegaron a rozar las trompetas del Juicio. Vinieron, por tanto, los días difíciles —los tiempos del todavía no. Y ahí seguimos. Como para tomárselo muy en serio.

Sin embargo, y a causa de tanto aún no, ¿no volvemos a estar donde Tomás… antes de que pusiera el dedo en la llaga? Ahora bien, ¿es que hemos olvidado la respuesta del resucitado: porque me has visto has creído; bienaventurados los que no han visto y han creído? De acuerdo. Pero ¿qué significa creer sin haber visto? ¿Quizá que la esperanza no tiene otro sostén que lo que la resurrección reveló, a saber, al crucificado como el quién de Dios —y lo que ello implica para Dios mismo? Y acaso esto último ¿no supone esperar, más allá de cualquier expectativa razonable, que los actos de misericordia en el centro del horror no caerán en saco roto… aun cuando el cómo no quepa imaginarlo, salvo con imágenes imposibles?

de la fe y los hechos

marzo 30, 2024 § Deja un comentario

La fe cristiana se basa en hechos. Si el crucificado no hubiese de hecho perdonado a sus verdugos en nombre de Dios —si Jesús de Nazaret hubiese muerto como morían los crucificados, esto es, como un perro que se retuerce de dolor y no más— el cristianismo sería una enorme creación literaria, acaso la mayor de los tiempos. La pregunta, por tanto, es si hubo perdón.

En principio, diríamos que sí. Pues esto es lo que se nos ha contado. Sin embargo, para el primer evangelista, el crucificado murió gritando, como quien dice, las exclamaciones del salmo 22. Esto es, como un apestado de Dios. ¿No deberíamos concluir, por tanto, que de hecho no hubo perdón, sino una interpretación del carácter redentor de la cruz a la luz de del Is 52, 13-53? No sería exactamente lo mismo. Pues en este último caso, la interpretación se añadiría al hecho y, por consiguiente, no habría habido visión, sino lectura. Así, deberíamos decir que de hecho no hubo perdón, sino que, más bien, leemos los acontecimientos del Gólgota como si lo hubiese habido. El problema es que el como no es un como si.

Ahora bien, lo cierto es que a lo largo de la historia ha habido hechos que encarnan esta lectura. Esto es, gestos de misericordia en medio del infierno. El episodio de las madres de El Salvador es, en este sentido, paradigmático. Son episodios como este los que validan retrospectivamente la interpretación cristiana de los últimos momentos del crucificado… de modo que el como si se convierte, al fin y al cabo, en un como En el ámbito de la literatura, suele decirse que el lector hace al autor. Y esto es, en gran medida, así. Sin embargo, este hacer en modo alguno es arbitrario. Pues se da —y debe darse— bajo la forma del reconocimiento. La autoría de un autor queda suspendida del vacío donde ningún lector admite su autoridad. Quiero decir que aún no hay autoridad donde falta el reconocimiento. El autor no es un tesoro por desenterrar, sino una interpelación que permanece como nada mientras no haya respuesta. Sin lector, el autor es simplemente alguien que juntó letras.

Algo parecido podríamos decir del acontecimiento del Gólgota. De ahí la importancia de las historias que dan testimonio de lo que por sí solo aún no tuvo lugar . Si no hubiera habido ninguna historia, los evangelios no serían mucho más, aunque tampoco menos, que una gran ficción, acaso consoladora. Pero el consuelo tiene los pies de barro donde no se apoya sobre el terreno de lo que en verdad se hizo presente.

contemporáneos

marzo 29, 2024 § Deja un comentario

Si lo vemos desde la óptica de un tiempo cósmico, aquellos con quienes nos cruzamos, los compañeros de trabajo, nuestros vecinos, cualquier transeúnte…, en definitiva, nuestros contemporáneos se revelan —esto es, son— como aquellos con quienes compartimos un destino o, si se prefiere, un estado de excepción. Hermanos. Incluso si inspiran nuestro desprecio.

Hay que distanciarse, por tanto, de lo que vemos a un palmo de nuestras narices —hay que coger perspectiva— para caer en la cuenta de lo que acontece. Antiguamente, quizá lo tuvieran más fácil. Pues nada era que, de algún modo, no representase o encarnara lo que se encuentra más allá Donde no hay altura, todo pasa y nada tiene lugar. De ahí que, sin cielos que valgan, para caer en la cuenta no tengamos más remedio que adquirir una perspectiva temporal. Y puede que este sea el último legado de la tradición bíblica. Al fin y al cabo, la profundidad es una cuestión de tomar distancia. Y tomarla para volver. Sin distancia, terminamos siendo reos de lo impersonal. Aunque nos guste.

superar a los clásicos

marzo 28, 2024 § Deja un comentario

Platón, Aristóteles, Hegel, Heidegger… son insuperables. También Juan, el cuarto evangelista. Quiero decir que no podemos dejarlos atrás sin pagar un alto precio. En cualquier caso, lo que para nosotros es un “progreso”, hartos de cientificismo, es más bien una impotencia, una dejar de entender o, cuando menos, un malentendido. Tener cultura es, en definitiva, esto: hablar el idioma de los clásicos —esos muertos vivientes—, un no dejar que se pierda lo que ellos vieron. Pues sin su ayuda, seremos incapaces de ver cuanto deberíamos ver. Y lo que esto significa es que fácilmente caeremos en el desprecio de quien ignora de qué va el asunto.

el poder de las imágenes

marzo 27, 2024 § Deja un comentario

Como modernos nos disparamos un tiro en el pie donde ridiculizamos las figuras del imaginario religioso y, en concreto, cristiano. Pues al final —es decir, en medio de la catástrofe, de la guerra sin cuartel— tan solo nos quedarán, a la manera de un andamio, las imágenes o la recitación. Es verdad que, dentro del hogar, la devoción a las estampitas fácilmente se pone al servicio de nuestra autosatisfacción. Es verdad que Dios no es aún nadie sin su cuerpo. Como también lo es que su poder no se ejerce ex machina, esto es, sin el fiat del hombre. Es verdad que el clamor de las víctimas se dirige a un cielo de plomo. O que la fe apunta a lo imposible, a lo que el mundo no puede admitir como su posibilidad. Pero donde el sufrimiento deviene insufrible los símbolos de la esperanza apocalíptica —que el león coma hierba; que el ángel de la luz terminarán por derrotar al ángel de la oscuridad— son, como decía, el único punto de apoyo para que el cuerpo siga en pie frente a la soberanía de la impiedad. O mejor, arrodillado ante el Sí. Cristianamente, y por parafrasear a Hegel, el espíritu siempre fue un hueso. O si se prefiere, una transfiguración de la carne.

una de Kant (y 5)

marzo 26, 2024 § Deja un comentario

Todos aspiramos a la felicidad. Sin embargo, y teniendo en cuenta que esta no es enteramente indisociable de la satisfacción, el cumplimiento del deber moral —el hacer lo debido con el único interés de hacerlo— no parece que haga muy buenas migas con la dicha personal. De hecho, se trata de una constatación. Pues de hecho, el cumplimiento del deber por puro sentido del deber implica, en muchas ocasiones, sufrimiento. Y no solo el nuestro. El rigor moral tiene como horizonte la felicidad, pero no la garantiza. De ahí que Kant se refiera a Dios como el postulado de la razón práctica: tiene que haber un Dios que asegure que la integridad moral tendrá un final feliz, por así decirlo.

Ahora bien, quizá convenga subrayar que no estamos ante una necesidad psicológica, sino ante la creencia que inevitablemente va con el mandato de la razón práctica. Sería contradictorio —y la razón no puede aceptar la contradicción— creer que somos los que están sujetos a un mandato que hace inviable la felicidad. Y lo sería porque la felicidad es, en gran medida, la realización de nuestra naturaleza —y esta es, ciertamente, racional. Así, el postulado de la razón práctica de hecho añadiría la esperanza de que Dios finalmente hiciese posible también la satisfacción. Aunque no solo. Pues también Dios tendría que hacer posible la disolución de la ambigüedad en la que nos movemos, aquella por la que no terminamos de saber hasta qué punto nuestro único interés es el de hacer lo debido por hacer lo debido.

Ahora bien, llegados a este punto, resulta difícil evitar la sensación de que esto está muy cerca de la creencia cristiana en la transfiguración de la carne —o en terminología kantiana, del sujeto empírico. Sin embargo, Kant no lo hubiera negado. Pues su más íntima intención siempre fue la de demostrar la racionalidad del cristianismo. Otro asunto es que Kant lo haya demostrado. Pues el Dios de Kant no termina de casar con aquel que aún no es nadie sin su cuerpo. Pero este, como decía, es otro asunto.

una de Kant (4)

marzo 26, 2024 § Deja un comentario

Kant distingue entre dos tipos de imperativos prácticos: el hipotético y el categórico. Tan solo este último es estrictamente moral. Según el primero, la obligación depende de un interés o condición particular: si no quiero ir a la cárcel, entonces no debo robar; si pretendo que mis amigos me acepten, entonces no debo mentirles; si quiero sentirme bien conmigo mismo, entonces debo colaborar en la campaña de Caritas. Resulta evidente que, en estos casos, el propósito de la obediencia —la intención de cumplir con el precepto moral, seamos o no conscientes de ello— es conseguir una recompensa o evitar las consecuencias más desagradables. Aunque hagamos lo correcto, no lo hacemos por hacer lo correcto, sino por un motivo al margen. Ciertamente, actuaremos conforme a la máxima moral —Kant dirá que la acción será legal—, pero en modo alguno seremos moralmente íntegros. En este sentido, cuando nos movemos bajo imperativos hipotéticos somos rehenes de nuestro deseo o temor. Y aquí, obviamente, no hay propiamente libertad, sino heteronomía, dependencia de lo que se nos impone como exigencia desde fuera. Quizá pueda haber sensación de libertad. Pero que uno se sienta libre no significa que lo sea.

Para Kant, la verdadera libertad solo se da en relación con el imperativo categórico o incondicional. Pues, como decía, donde hacemos lo debido —o lo que sea— por un motivo particular no hacemos mucho más que dejarnos llevar por nuestras pasiones, al fin y al cabo, reaccionar como simios. La buena voluntad —la determinación de la voluntad, el ejercicio de la autonomía— consiste, precisamente, en hacer lo debido con el único propósito de hacer lo debido. Desde la óptica moral, hacer lo que manda el precepto —cumplir con la máxima— no basta: la intención ha de ser pura. Moralmente hablando, tan solo es buena la buena voluntad. Y la buena voluntad, teniendo en cuenta que la voluntad manda, se expresa a través del imperativo categórico.

El imperativo categórico —haz lo debido con el único interés de hacer lo debido— admite diferentes fórmulas, cada una de las cuales pretende aclarar qué significa esto de que el único interés sea el de hacer lo debido. De entre las diferentes fórmulas destacaré dos. La primera dice: actúa solo según aquella máxima por la cual puedas querer, que al mismo tiempo, se convierta en ley universal. Con esta formulación, Kant pretende darnos a entender que la buena voluntad no es compatible con cualquier máxima. No se trata, por tanto, de adoptar la máxima que se nos ocurra y obedecerla hasta el final. Como decía, el darse a uno mismo la ley no consiste en elegir la máxima que más nos convenga. Aquella que representa un interés particular no puede convertirse, precisamente en tanto que expresión de un interés particular, en ley universal. Es posible que en un momento dado nos interese mentir. Pero si todo el mundo se viera obligado a mentir —si el mentir fuese ley universal— la mentira dejaría de ser una posibilidad. Para que sea posible mentir, hemos de dar por sentado que lo obligatorio es decir la verdad.

Por otro lado, la segunda fórmula que vamos a considerar dice lo siguiente: obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio. Esto es, el horizonte de la buena voluntad es el respeto al otro (y a uno mismo). Aquí la pregunta es si acaso el respeto es algo más que un sentimiento provocado por la admiración o el temor que el otro nos inspira. Pues, si no fuera más que un afecto que dependiera de quién nos infunde o no respeto, entonces difícilmente podríamos seguir hablando de racionalidad. Al menos, porque el sentirse afectado por algo o alguien en concreto no posee, a diferencia de los mandatos de la razón, un alcance universal. Es obvio que para Kant el sentimiento de respeto es algo más que un afecto particular. De hecho, Kant se refiere a dicho sentimiento como racional. O de otro modo, como el sentimiento exigido por la razón a la que nos encontramos sujetos… en tanto que somos, precisamente, este hallarnos sujetos a los imperativos de la razón.

¿En qué sentido, por tanto, el respeto es un sentimiento racional? ¿Acaso la expresión sentimiento racional no es un oxímoron? En relación con este asunto, no es que Kant sea muy explícito. A la hora de responder a esta pregunta, tendremos que ir tanteando, un poco por nuestra cuenta y riesgo.

La idea de fondo es que, por definición, el respeto preserva la distancia de la alteridad. El yo del otro es, literalmente, intocable. Podemos utilizar su cuerpo. Pero el yo, en tanto que difiere continuamente del cuerpo con el que se identifica, siempre se encuentra más allá, por decirlo de algún modo… aun cuando de hecho no sea nadie al margen de su cuerpo. Este más allá, sin embargo, no es objeto de percepción sensible. No es posible ver o tocar al yo que se encuentra sin encontrarse “más allá” de sí mismo. Tan solo cabe reconocerlo a través de la razón, en definitiva, del decir que da por sentado. La realidad del yo va, por consiguiente, con la necesidad —la obligación— de respetarlo. Tenemos que respetarlo, es decir, no podemos hacer otra cosa. Ahora bien, lo cierto es que en tanto que sujetos empíricos , por emplear la terminología de Kant, solo tratamos con cuerpos. Y los cuerpos se utilizan entre sí. De ahí que el sujeto trascendental, al estar obligado porque quiere a respetar la alteridad del yo, tenga que obligar al sujeto empírico a respetar el cuerpo de ese yo que es no siendo nadie sin su cuerpo, en definitiva, a tratarlo como un fin en sí mismo y no como medio de un interés particular. En esto consiste el obligarse a uno mismo, el ejercicio de la libertad. Como decía, la libertad entendida como autonomía presupone la escisión entre el sujeto empírico y el trascendental. La voluntad —la razón práctica— manda, precisamente, querer. Y tan solo queremos en verdad donde nos obligamos a hacer lo debido sin otro interés que el de hacer lo debido. Es decir, por respeto al otro. A modo de ejemplo, imaginemos que estamos dando de comer a quienes no tienen el pan de cada día. Y supongamos que uno de ellos nos preguntase por qué lo hacemos. Si nuestra respuesta fuese para sentirme bien conmigo mismo estaríamos fuera de juego, aun cuando hiciéramos lo correcto. La única respuesta moralmente válida sería porque quiero, esto es, por ti.

Otro asunto es que, aunque sepamos a qué estamos moralmente obligados, nunca terminaremos de saber hasta qué punto hacemos lo debido por hacer lo debido. Es lo que tiene que la escisión entre el sujeto empírico y el trascendental se dé en el seno de cada uno de nosotros.

una de Kant (3)

marzo 26, 2024 § Deja un comentario

Cuando decimos de alguien que tiene voluntad damos a entender que no tira la toalla ante la primera dificultad —ni ante la segunda—, en definitiva, que que persevera en lo que se propone sin que le pueda el desánimo. O dicho de otro modo, que es capaz de obligarse a sí mismo. El chimpancé se limita a reaccionar —y por eso mismo carece de fuerza de voluntad. Ciertamente, puede insistir en alcanzar ese plátano que se le ha puesto muy cuesta arriba. Pero en ningún caso se atará al mástil. De hecho, lo más probable es lo deje estar una vez se canse. Sin embargo, a diferencia del chimpancé, nosotros podemos persistir. Y digo podemos porque en muchas ocasiones abandonamos como el chimpancé. Otro asunto es que el esfuerzo merezca la pena. Pues de lo contrario, se trataría, más bien, del empecinamiento o la obsesión, algo así como el lado oscuro de la voluntad. Al fin y al cabo, la voluntad es un querer de verdad —y por extensión, un decirse a uno mismodebo porque quiero. Y no es posible querer de verdad cualquier cosa. Hay que tener esto presente. Pues los tiros de la ética kantiana irán por ahí.

Kant comienza su Fundamentación de la metafísica de las costumbres diciendo que, desde un punto de vista moral, tan solo es buena la buena voluntad, lo cual, como sabemos, equivale a decir que solo vale, moralmente hablando, hacer lo debido por puro sentido del deber. Sin embargo, esta tesis, por poco que nos detengamos a pensarla, resulta un tanto sorprendente. Pues ¿acaso el bien no consiste en hacer el bien? ¿Qué significa puro sentido del deber? Más aún: quién siguiese la instrucción de Kant al pie de la letra ¿no actuaría como un autómata moral? Las consecuencias de cumplir con nuestro deber ¿en modo alguno han de tenerse en cuenta? ¿Es que no acusaríamos de irresponsable a quien provocase un desastre por decir la verdad, pongamos por caso, solo por decir la verdad? ¿Qué razones apoyan, por tanto, la tesis de Kant?

El punto de partida de la argumentación kantiana es simple: nadie juzga como moralmente íntegro a quien se limita a cumplir con el precepto moral —Kant dirá con la máxima— con la única intención de obtener un determinado beneficio o evitar un perjuicio. Así, se sobrentiende que quien, por ejemplo, no roba solo por miedo a ir a la cárcel, podría perfectamente apropiarse indebidamente de lo que no le pertenece… si pudiera asegurar que su acto quedaría impune. En el fondo, se trata de la cuestión que enfrentó a Trasímaco con Sócrates en en el segundo libro de La República, a saber, si es posible amar la justicia por ella misma —o más bien solo llegamos a ser justos por temor a las consecuencias o por deseo de recompensa. La posición de Trasímaco recuerda a la que, siglos después, defenderá Nietzsche: el genuino poder es invisible. De ahí que si perdiéramos la vergüenza —si no hubiese quien nos mirase— hasta podríamos gozar bailando sobre un montón de cadáveres. Sin embargo, Kant sostendrá que, incluso en el caso de perder la vergüenza —esto es, si nos convirtiéramos en invisibles—, seguiríamos estando sujetos al imperativo de la razón y, por eso mismo, no dejaríamos de distinguir nítidamente entre lo que está bien y lo que está mal, moralmente hablando. Pues lo que manda la razón es, precisamente, hacer lo debido por hacer lo debido, al fin y al cabo, cumplir con la máxima moral con buena voluntad.

Ahora bien, esto es así, no porque de la razón se dedujeran directamente las máximas de la moral, sino porque, teniendo en cuenta que, en el territorio de lo práctico, razón significa voluntad, lo que manda la voluntad es, precisamente, querer. O por decirlo de otro modo, la voluntad es voluntad de tener voluntad, en definitiva, voluntad de ejercer la libertad. Sin embargo, para comprender esto último hay que tener presente que, para Kant, la libertad no es un hacer lo que a uno le venga en gana o, siendo menos elementales, la posibilidad de llevar a cabo nuestro deseo. Pues tanto las ganas como el deseo, por muy satisfactoria que resulte su realización, son, en términos de Kant, heterónomos, es decir, se nos imponen desde fuera. Según Kant, la genuina libertad es autonomía, literalmente, un darse uno mismo la ley, lo cual no significa, conviene subrayarlo, darse a uno mismo la máxima. La ley —el mandato racional— es el imperativo incondicional al que estamos sujetos, precisamente, como sujetos racionales. Tan solo somos libres donde nos obligamos a nosotros mismos a hacer lo debido, moralmente hablando, al margen de cuáles puedan ser las consecuencias de hacer lo debido. O por decirlo de otro modo, únicamente hay libertad donde uno se obliga a sí mismo a actuar conforme a la máxima sin otro propósito que el de actuar conforme a ella. Por ejemplo, decir la verdad por decirla o ser fiel al amigo con el único motivo de serle fiel. Sin embargo, ¿por qué la autonomía se da únicamente en relación con la máxima moral? No podríamos decir lo mismo —a saber, que obedecemos el mandato de la voluntad—, con respecto a una instrucción técnica, por ejemplo, aquella que nos indica cómo debemos clavar un clavo para que quede bien fijado en la pared? Vayamos por partes.

ambigüedad del horror

marzo 26, 2024 § Deja un comentario

En la compasión, también hay mucha satisfacción de sí. En la pasión romántica, genética. El amor de una madre oculta el amor al vínculo con el hijo. O al revés. No hay sentimiento químicamente puro. Tampoco terminamos de saber qué elemento pesa más. Y así nos movemos entre el no es más que y el más que. Todo está por decidir, si es que hay algo que decidir.

Pero ¿no fue Auschwitz el mal absoluto? En el horror, ¿puede haber también justicia? Es verdad que la hubo para los ejecutores. No pudo haberla para sus víctimas. En los lager, la justicia se encontró mezclada con el espanto. Pero también fue así durante los primeros años de la posguerra, donde las víctimas que sobrevivieron se pusieron el antifaz del verdugo. Para los heraldos de la justicia la metáfora es, por lo común, la de la siega, una metáfora campesina, esto es, pagana. Sin embargo, es la misma a la que recurrieron los profetas apocalípticos. Pero estos la desplazaron al final de los tiempos, más allá de la historia, impidiendo de este modo que podamos ejecutar la sentencia antes de tiempo, aun cuando la tentación sea siempre la de creer que los tiempos finales llegan con la rebelión campesina.

En cualquier caso, el horror parece encontrar su primera legitimidad en el derecho a la venganza —a la compensación. Se trata de la justicia del primate. ¿Qué podrá detener el ciclo interminable de la violencia? ¿La renuncia de las víctimas a la reparación, su perdón? ¿El sacrificio de Dios? Quienes no ven ningún abismo entre Dios y mundo —quienes transforman a Dios en un ídolo—, tarde o temprano cogerán la hoz en nombre de dios.

sobre los ángeles

marzo 25, 2024 § Deja un comentario

Sobre un tierra devastada por la guerra ¿quién alzara la voz para defender la superioridad del perdón o la bondad frente a la venganza? Pues la bondad es superior a la impiedad. ¿Acaso un ángel? Tan solo como bestias tenemos derecho a la revancha —a la compensación. La última justicia —la del ángel, la que nos sitúa en el lugar que nos corresponde, el de una nueva creación— será sin medida. Esto es, sin razón. Pues la Gracia siempre fue una medida de gracia.

Sócrates y la Ley

marzo 24, 2024 § Deja un comentario

Sócrates aceptó la condena de Atenas. Pudiendo huir, no huyó… por respeto a la Ley. Algo así como el árbitro siempre tiene razón, aunque se equivoque. Para un griego, la polis era el único lugar en donde los hombres podrían vivir como tales. Fuera de la polis todo es barbarie. En modo alguno fue anecdótico que Aristóteles definiera al hombre como zoon politikon. Aquí el adjetivo es esencial. Pierdes el adjetivo y queda la bestia. La ley es, por tanto, sagrada. Aunque podamos revisarla. Esto es, intocable mientras no se demuestre lo contrario. Pues su carácter sagrado no expresa la voluntad de ningún dios.

Lejos estamos, por tanto, de la convicción bíblica de que lo humano está por ver. Pues que estemos más cerca del ángel que de la alimaña se decidirá más allá de la caída de los cielos. Y esto es así, aun cuando este más allá siga siendo un más acá. Al fin y al cabo, el hombre , por sí mismo, es incapaz de ajustarse a la Ley de Dios. Es lo que tiene una ley que, a diferencia de la ley ateniense, no está hecha a medida de los arrancados de Dios. Para Israel, la polis es una ficción, una mascarada. Y más si una ley a medida del hombre es una ley al servicio de quienes detentan el poder. La esperanza siempre fue un asunto de los que se hallan a la intemperie, sin murallas. Según la fe bíblica, la humanidad del hombre dependerá, en último término, de la redención de Dios. Y quizá en el doble sentido del genitivo.

veo demonios

marzo 23, 2024 § Deja un comentario

Parece que hay una alteración neuronal —la prosopometamorfopsia— que hace que aquellos que la padecen vean todos los rostros distorsionados: como si fueran demonios. Tal cual. Evidentemente, nosotros decimos que se trata de una distorsión. En cambio, en la Antigüedad, aun aceptando el diagnóstico, probablemente hubieran dicho que, gracias a la enfermedad, quien la padecía era capaz de ver más allá —en concreto, el hecho de una humanidad endemoniada. Pues veía demonios como cualquiera puede ver árboles o montañas. ¿Cómo fue posible, entonces, el paso a la distorsión?

La respuesta está en los manuales de filosofía. Pues en el momento en qué Descartes reflexiona sobre la pretensión de verdad de las representaciones mentales del mundo —esto es, una vez pone en duda esta pretensión— todos los contenidos de la mente están bajo sospecha. Cuanto percibo podría ser perfectamente una alucinación: desde los demonios hasta los árboles y las nubes. De ahí la necesidad de un criterio que nos permita distinguir entre las representaciones verdaderas y las falsas —y, según Descartes, este criterio no puede ser el ver y el tocar: las imágenes de la sensibilidad quedarán, sencillamente, fuera del ámbito del conocimiento. La cuestión acerca de lo que hay se decidirá en el interior de la conciencia sobre la base de un criterio que asegure apodícticamente la correspondencia entre representaciones y hechos.

Ahora bien, y por eso mismo, la reflexión que lleva a cabo Descartes presupone secretamente lo que terminará siendo la conclusión del ejercicio de la duda metódica, a saber, la primacía epistemológica del ego cogito. Y aquí hay algo de trampa. Pues, de dar por descontado que estamos expuestos a la desproporción de un puro haber, como se daba por descontado en la Antigüedad, la reflexión, el volver sobre sí, hubiera ido por otros derroteros, aquellos por los que anduvo, precisamente, Platón. El punto de partida nunca fue inocente.

reduccionismo moderno

marzo 22, 2024 § Deja un comentario

Nunca he terminado de entender una de las operaciones básicas de la Modernidad, la que culmina en la filosofía de la sospecha y que consiste en aplicar la fórmula no es más que a los viejos asuntos del alma. Así, dirá Nietzsche, la compasión cristiana no es más que resentimiento —o el amor romántico, escribirá Dawkins, el gen buscándose la vida como puede. Ciertamente, el reduccionismo es el sesgo de lo racional. De hecho, con el todo es agua comenzó el despegue de la explicación científica. Sin embargo, el todo es de los antiguos no implicaba necesariamente una devaluación. Al contrario. La reducción racional en la Antigüedad miraba hacia lo alto. Aunque hoy no nos lo parezca, el agua de Tales poseía rasgos divinos.

Y digo que no termino de entender esta operación de la Modernidad porque creo que tiene algo —o mucho— de falaz y, en última instancia, de ideológico. Einstein podría haber dado con sus ecuaciones casualmente, bajo los efectos del alcohol. Ahora bien, aunque hubiera sido así seguirían siendo verdaderas. Al menos, mientras no se demuestre lo contrario. Paralelamente, puede que haya dosis de resentimiento en la compasión cristiana. En realidad, no hay sentimiento o motivo que sea químicamente puro. Pero la pregunta es si hay —o no— algo más que resentimiento. Y si ese algo más tiene o no que ver con la experiencia de un puro haber que, no siendo nada, trasciende el haber de las cosas.

Sin embargo, quizá el primer paso hacia el barro lo diera, precisamente, el Dios cristiano al negarse a sí mismo para poder reconocerse en el hombre. La Encarnación nunca fue una ejemplificación.

fides y fidelitas

marzo 21, 2024 § Deja un comentario

A los modernos nos resulta difícil comprender que no haya otra libertad que la que se concreta como compromiso incondicional. Que las otras libertades no sean más que simulacros. De hecho, como consumidores —uno es en gran medida lo que hace; y lo que hacemos, principalmente, es consumir— preferimos dejar siempre una puerta abierta. Esto es, preferimos poder cambiar de marca. Ciertamente, para la mayoría de las situaciones, es mejor dejar una puerta abierta que mantenerla cerrada. Sin embargo, en lo que respecta a las opciones fundamentales, por decirlo así, no tengo tan claro que la mejor opción sea, precisamente, saltar con red, en definitiva, ir probando. Sin duda, en cualquier caso es razonable dejar una puerta abierta. Pero no es lo mismo dejarla abierta a un paso que a cien. Y es que si vemos una salida a pocos metros, lo más probable es que, siendo consumidores, salgamos por ahí . Y si salimos por ahí difícilmente llegaremos a distinguir el gusto del querer. ¿El resultado? Malcriados.

De ahí la corrosión del carácter tan propia de nuestros tiempos. Pues, al fin y al cabo, el carácter se forma en relación con una fidelidad —de hecho, aquella que exige lo que nos ha sido dado, y por eso mismo, no está por entero a nuestra disposición. No es causal que, para el creyente —no el que dice creer o cree creer—, Dios sea, en el fondo, insoportable.

la muerte es un perro

marzo 20, 2024 § 1 comentario

La muerte se presenta como un perro: a dentelladas. Pero ¿la muerte es un perro? No, obviamente. Decimos: como un perro. Sin embargo, donde prescindimos de este como, morir no es más que cesar. Se apagó la luz. Así, para el espectador imparcial la muerte deviene una mera constatación: el corazón dejó de latir. En lugar del como un como si. ¿La muerte? Como si fuera un perro. No es exactamente lo mismo.

De ahí que, desde las gradas, la muerte sea únicamente lo que sucede al igual que sucede la lluvia. Y donde tan solo hay lo que sucede prevalece lo impersonal: se muere. Para el espectador, nadie muera: los cuerpos simplemente se detienen. Desde su óptica, cuanto sucede no se dirige a nadie. Por eso, nada le es dado al espectador. Pero lo cierto es que todo nos es dado desde el horizonte de la nada —y precisamente como negación de la nada. Ahora bien, por eso mismo, lo dado es donación. El mundo como dado, es decir, el mundo como donación. Quizá Hegel no andara tan desencaminado cuando dijo que no comprendemos el en sí mientras no lo comprendamos como un para sí —y aquí hay que tener presente que no hay para sí que no sea un para lo otro de sí en la negación de sí. Creatio —y creatio ex nihilo.

incluso la verdad

marzo 19, 2024 § Deja un comentario

Decía Hegel que, con el tiempo, incluso la verdad se transformaba en su contrario (aun cuando Hegel tenía muy en mente que ese contrario es lo exigido, precisamente, por el acontecer de lo verdadero). Esto es así porque la verdad, entendida como afirmación acerca de lo que es, no puede evitar las apariencias. Al fin y al cabo, nada es que no se muestre a haga presente. Y siempre se hace presente en relación con la posición que ocupa el testimonio. Esto es, relativamente. Vemos lo que podemos ver. Cambia la posición —y aquí por posición entiéndase cultura o época— cambia el aspecto de la verdad. Y porque de manera espontánea nos dejamos llevar por el aspecto, llegaremos a creer como quien no quiere la cosa que el primer aspecto fue, sencillamente, falso.

Así, pongamos por caso, en las culturas en donde los dioses se dan por descontado, naturalmente podemos reconocer en el crecimiento de la hierba el poder de un dios. En cambio, esto ya no es posible en una cultura como la nuestra, en donde la ciencia detenta la última palabra sobre lo que hay. Ciertamente, podemos decirnos que un dios actúa por detrás. Es decir, podemos suponerlo. Pero seremos incapaces de verlo. La hierba ya no se nos aparecerá como milagro. No puede hacerlo. A lo sumo, tan solo reflexivamente cabrá recuperar la verdad que perdimos de vista. Pues es por medio de la reflexión que llegaremos comprender, sea cual sea la sensibilidad cultural de la que partamos, que todo se nos da desde el fondo mismo de la nada. Todos los caminos de la razón, aunque estén rodeados de diferentes paisajes, conducen a Roma. No obstante, hace siglos que la reflexión se quedó sin imágenes con las que incorporar los resultados de su ejercicio. Aunque quizá fuese desde el principio. ¿O es que acaso la imagen no fue siempre una variante de la traición del traductor?

Baerwalde

marzo 18, 2024 § 1 comentario

Levinas comienza Totalidad e Infinito con el siguiente párrafo:

Aceptaremos fácilmente que es cuestión de gran importancia saber si la moral no es una farsa. La lucidez —apertura del espíritu sobre lo verdadero— ¿no consiste acaso en entrever la posibilidad permanente de la guerra? El estado de guerra suspende la moral; despoja a las instituciones y obligaciones eternas de su eternidad y, por ·lo tanto, anula, en lo provisorio, los imperativos incondicionales. Proyecta su sombra por anticipado sobre los actos de los hombres. La guerra no se sitúa solamente como la más grande entre las pruebas que vive la moral. La convierte en irrisoria.

Por su parte, Keith Lowe en Continente salvaje narra la siguiente historia:

Marie Naumann, una joven madre de Baerwalde, en Pomerania, fue violada y luego colgada en un pajar junto a su marido por una turba de soldados, mientras que a sus hijos los estrangularon con cuerdas en el suelo debajo de ella. Unos ciudadanos polacos la bajaron, todavía viva, y le preguntaron quién le había hecho eso, pero cuando les dijo que habían sido los rusos la llamaron mentirosa y le pegaron. Incapaz de soportar lo ocurrido intentó ahogarse en un riachuelo cercano, pero no pudo completar la tarea. Empapada, fue al apartamento de un conocido donde se topó con otro oficial ruso que de nuevo la violó. Poco después de dejarla aparecieron cuatro soldados soviéticos más y la violaron «de forma antinatural». Cuando acabaron con ella le dieron de patadas hasta dejarla inconsciente. Volvió en sí cuando otro par de soldados entraron en la habitación, «pero me dejaron en paz porque estaba más muerta que viva”.

No solo la moral se convierte en irrisoria, sino toda la espiritualidad woke. La facilidad con la que hablamos de Dios es, sencillamente, blasfema. Por no hablar de nuestra autosatisfacción al sentarnos en las primeras filas de las iglesias. Quizá aún estemos lejos de comprender Lc 18, 9-14.

Hamburgo

marzo 17, 2024 § Deja un comentario

“Tras el bombardeo de Hamburgo —escribe el historiador Keith Lowe en Continente salvaje—, no fueron las 40.000 muertes lo que llenó de malestar a la población alemana, sino cómo se produjeron. Historias de un infierno enfurecido, de vientos huracanados y tormenta de chispas que quemaban el pelo y los vestidos de la gente —estas cosas acaparan la imaginación con mucha más eficacia que los datos numéricos puros y duros.”

Este fragmento nos permite entender cómo procede la imaginación bíblica. Pues supongamos que tenemos que dar fe de lo que tuvo lugar a quienes no estuvieron allí. Resulta evidente que nos veríamos casi obligados a acentuar, por no decir, exagerar. La descripción objetiva quizá baste para hacernos una idea, pero no para incorporar el horror. Esto es, para hacer cuerpo de cuanto supera, y con creces, una descripción objetiva. Un infierno enfurecido. La imparcialidad —la visión sub specie aeternitatis— va de la mano de la impiedad. Desde la grada del entomólogo, no hay diferencia entre los hombres y los insectos. De ahí que no pueda diferenciar entre hechos y acontecimientos. Pues lo que acontece y no tan solo pasa siempre se revela desde la óptica del final del mundo.

Sin embargo, el entomólogo podría objetar que, tarde o temprano, llegaremos al mismo puerto: desde la óptica de la eternidad nadie cuenta. Como no cuentan los insectos. Ahora bien, para quien comprende la diferencia, no es lo mismo enfrentarse a lo que reclama una respuesta que a lo que simplemente exige una reacción conveniente. El acontecimiento va con la aparición —y nadie aparece a quien solo ve cosas que pasan. Por terribles que sean. La Ilustración riega fuera de tiesto al tachar de superstición las imágenes delirantes de la esperanza bíblica. De hecho, al hacerlo peca de analfabetismo, aun cuando tuviera sus buenos motivos para pecar: la Iglesia, mejor dicho, su implacable poder, no ayudó precisamente a que aprendiéramos a leer.

Hay que haber estado en el infierno —y quien ha leído, pongamos por caso, a Primo Levi puede decirlo— para padecer hasta el tuétano qué significa un acto de bondad.

una de Kant (2)

marzo 16, 2024 § Deja un comentario

Como decía al principio del post anterior, no entenderemos la pregunta por la razón práctica si la leemos como si Kant se interrogara sobre qué deberes morales se desprenden de la física matemática, por así decirlo —y en último término, del principio de identidad. Pues resulta evidente que de la física matemática no podemos derivar ningún precepto moral. La razón posee, así, dos dimensiones, la teórica y la práctica. Conforme a la primera se da la intelección del mundo, en definitiva, la actividad científica. La segunda, en cambio, constituye nuestro sentido del deber moral. Estas dos dimensiones permanecen separadas, una separación que, dicho sea de paso, corre paralelamente a la escisión del sujeto. Así, y empleando el rotulador grueso, tendríamos por un lado al sujeto que entiende cómo funciona el mundo y, por otro, al que se encuentra sujeto al mandato moral. En consecuencia, aquello a lo que apunta la palabra razón cuando Kant distingue entre razón teórica y razón práctica, no puede ser exactamente lo mismo.

No obstante, si Kant emplea la misma palabra es porque Kant quiere destacar lo común en ambos casos, a saber, el carácter coercitivo de la razón. La razón manda —y manda incondicionalmente, es decir, categóricamente— tanto en el ámbito teórico como en el práctico. Como seres sujetos a la razón, no tenemos más remedio que asentir a los resultados de su ejercicio. Pues somos aquellos que se encuentran sujetos al imperativo racional —y de ahí que seamos, precisamente, sujetos. La razón no exige lo que nos exige desde fuera —en palabras de Kant, heterónomamente. Ahora bien, este encontrarnos sujetos a nosotros mismos implica comprendernos desde la escisión entre lo empírico y lo trascendental, por emplear la terminología de Kant. De hecho, se trata de una escisión que recuerda —y digo recuerda porque las coordenadas en las que se inscribe no sean las mismas— a la división platónica entre cuerpo y alma.

En cualquier caso, la separación entre ambas razones implica que de cómo sea el mundo —y la razón, en su determinación físico-matemática, da cuenta de la estructura del mundo— no se desprende que debamos, por ejemplo, respetar la vida de nuestro semejante. No es posible pasar del ser al deber moral. Del que nos resulte satisfactorio ceder a tal o cual inclinación no se deduce que tengamos que seguirla. Que no me guste que me escupan no implica, lógicamente hablando, que no deba escupir a nadie. Algo parecido decía Hume al sostener que en la naturaleza de las cosas no hay ni bien ni mal —o también Nietzsche un siglo más tarde, a saber, que no hay hechos morales, sino en cualquier caso una lectura moral de los hechos. Y digo algo parecido, que no igual, porque Kant, a pesar de separar el ámbito del conocimiento teórico del de la obligación práctica, no entenderá el bien moral como una interpretación moral de los hechos. Ni de lejos. Pues el imperativo moral, como veremos, se muestra como el faktum —el hecho— de la razón práctica. En este sentido, el hecho es no poder evitar, como veremos, hallarnos bajo el imperativo de hacer lo debido por hacer lo debido. Y ello porque, como decía, somos los que nos encontramos, precisamente, sujetos al imperativo de la razón.

Pues bien, desde su lado práctico, la razón es sinónimo de voluntad. Y quien dice voluntad dice querer. La voluntad es, en el fondo, un mandarse a uno mismo —estricta autonomía. Sin embargo, aquí no vale cualquier mandato —cualquier propósito o intención. No vale, por ejemplo, obligarnos a nosotros mismos a hacer un buen curso… con el fin de agradar a nuestros padres. Pues, se entiende que, en ese caso, no haríamos lo debido si nuestra intención no fuese la de agradar a nuestros padres. Tan solo vale aquel mandarse que se concreta como buena voluntad. Y no hay buena voluntad —nada queremos en verdad— donde cumplimos con nuestro deber por motivos ajenos al cumplimiento mismo del deber.

En tanto que sujetos racionales, somos quienes necesariamente —Kant dirá a priori— se obligan a sí mismos a querer. Nuestra libertad consiste, precisamente, en el obligarse a uno mismo a querer , un obligarse que es, sin embargo, anterior a su concreción como actos de voluntad. Al fin y al cabo, la verdadera libertad es un querer-querer.

Con todo, para comprender cuanto acabo de decir, habrá que ir con un poco más de calma.

la seriedad

marzo 16, 2024 § Deja un comentario

Difícilmente nos tomaremos en serio a nosotros mismos mientas sigamos en medio de la realidad virtual que nos hemos montado con el propósito de cuadrar las piezas. De hecho, las cosas se ponen serias solo cuando irrumpe lo que, al menos desde nuestro lado, no admite la modificación: la muerte, una violencia sin medida, la impiedad. La seriedad adviene con la caída de los cielos —con la salida del hogar, con el tener que responder. Pues la luz solo es luz en medio de la oscuridad. Aunque no consiga iluminar la escena por completo. A lo sumo, esperaremos insensatamente a que lo haga. Aunque lo cierto es que donde no hubiese más que luz tampoco habría luz.

una de Kant (1)

marzo 15, 2024 § 1 comentario

No entendemos lo que Kant quiso decirnos con razón práctica mientras sigamos entendiendo la razón desde el lado del pensar. La pregunta a la que se enfrenta Kant es si la razón nos obliga en el campo del deber moral —y de ser así, cuál es esta obligación. Dicho de otro modo, Kant se preguntará acerca de si hay una justificación del deber moral, y no tan solo una explicación. Si únicamente hubiese una explicación, entonces que creamos, pongamos por caso, que debemos compadecernos del que sufre dependería, como sostuvo Hume, del hecho de que nos sintamos emocionalmente inclinados a ello —aunque también de la educación que nos empujara a seguir esta inclinación. Esto es, si tan solo hubiese una explicación, el deber moral no poseería el carácter incondicional que, por otro lado, presuponemos que tiene. Y digo presuponemos porque espontáneamente damos por sentado que no es lo mismo creer que no tenemos que comer con la boca abierta que creer que no debemos patear abuelas. Y damos por sentado que no es lo mismo porque, al fin y al cabo, nos decimos unos a otros que no debemos patear abuelas… porque no debemos hacerlo. Punto. Esto es, en ningún caso —y no porque, por ejemplo, nos resulte desagradable como sucede en el caso de comer con la boca abierta, ya que, de ser así, entonces la obligación de masticar con la boca cerrada solo nos obligaría si nos resultase, efectivamente, desagradable.

Ahora bien, que creamos que no es lo mismo no significa que no sea lo mismo. Y podría serlo, aun cuando admitiésemos que hay una diferencia de grado entre ambas obligaciones. Aquí la cuestión es, por tanto, si lo que damos por sentado, a saber el carácter incondicional de la obligación propiamente moral, se asienta sobre la razón o si, en definitiva, no es más que una creencia que, por conveniente, esta de hecho asentada en el territorio de las buenas costumbres… aunque como si fuese algo más que una buena costumbre. Si se asentara sobre la razón, la obligación moral tendría una alcance universal, esto es, nos obligaría al margen de cómo hubiésemos sido educados o de cuáles fueran nuestras emociones. Incluso el psicópata estaría forzado a admitir aquello a lo que está moralmente obligado . Si lo segundo, entonces el mandato moral sería relativo a las circunstancias —y por eso mismo, estaríamos tan solo ante una creencia o suposición —ante un nos parece que—… que únicamente nos obligaría si formamos parte del contexto que la produce (y, de paso, nos produce, al menos en gran medida). Como sabemos, Hume defendió esto último.

Hegel, un resumen

marzo 15, 2024 § Deja un comentario

Hegel, en un sola cita: Jn 1, 1-18. Como dijo Heiddeger, el pensamiento de Hegel es, en el fondo, teología (y lo decía peyorativamente). Pues Hegel pensó a Dios dede el lado de Dios… al igual que el cuarto evangelista narra la historia de Jesús de Nazaret desde el lado del Padre. Sin embargo Heidegger, probablemente, hiciese lo mismo, aunque desde el lado del hombre. Ahora bien, lo que hizo Heidegger ya lo avanzó Hegel al decir que, desde nuestro lado, no podemos ir más allá de la teología negativa… cuyas tesis están muy cerca de lo que Heidegger escribió acerca de la falta de entidad del ser en cuanto tal. Al fin y al cabo, el pensar siempre da vueltas en torno a lo mismo. Como dijera Whitehead, la historia de la filosofía podría exponerse como notas al pie a los diálogos de Platón.

Hamlet, Matrix, Dune et al. (y 2)

marzo 14, 2024 § Deja un comentario

… y sin embargo, el enviado, de buen comienzo, no puede tomarse en serio el mandato . De lo contrario, sería un fake —un bocazas, alguien que no se diferencia de su papel. Ningún profeta creyó de entrada que él sería capaz de estar a la altura de la elección. Antes tuvo que sumergirse en su incapacidad, ser sepultado por ella. Y serlo hasta que comprendiera que él no es más que su obediencia. Ahora bien, esto solo llegó a admitirlo, no tras escuchar voces, sino una vez topó de bruces con el silencio que abraza el mundo. Pues es desde este silencio que pudo asumir su tarea como respuesta incondicional a un clamor.

Hamlet, Matrix, Dune et al.

marzo 13, 2024 § Deja un comentario

Una de las consecuencias de la muerte de Dios —una proclamación en el fondo cristiana, como bien viera Hegel— es que el crucificado fue el último Mesías. De hecho, los héroes de la Modernidad, desde Hamlet hasta Paul Atreides, son enviados que no terminan de creer en su misión o, si se prefiere, destino. Y no por debilidad psicológica. No pueden creer en sí mismos como heraldos de lo alto porque ya no hay altura, salvo la imaginaria.

En realidad, siempre fue así. Sin embargo, lo que ha cambiado, y gracias a la Modernidad, es la función de la imaginación como vehículo del conocimiento más abisal. De hecho, la Modernidad reduce el poder de las imágenes sobre lo definitivo de la existencia —aquellas que dibujan el mapa en donde se decide el Sï o el No— al carácter virtual de nuestras fantasías. Y la reducción, en este caso, supone un empobrecimiento del sujeto. Sencillamente, no hemos vuelto más finos o tambaleantes —más insujetables. Shakespeare es superior a los guionistas de Matrix y Dune. Pues, siendo fiel a la evidencia, no se atrevió a escribir una final feliz para Hamlet. El ruido y la furia vencen donde el padre se ha convertido en un fantasma. Y es que la voz de un padre espectral siempre fue menos terrible que la aquel que guarda silencio.

Rep 350

marzo 12, 2024 § Deja un comentario

Dijo Platón: quien quiera buscar a Dios haría bien en dejar de mirar los cielos estrellados. Esto nos recuerda a la sentencia de Lucas: qué hacéis mirando a los cielos (Hch 1, 11). Y mientras tanto, seguimos como si esto no fuera con nosotros.

Hume y Platón —y de paso, unas dosis de Descartes (y 3)

marzo 11, 2024 § Deja un comentario

Hay, por tanto, dos nihilismos. O mejor dos modos de nihilismo: el antiguo y el moderno. El primero se enfrenta a la nada que abraza el mundo (y por eso mismo, para el nihilismo antiguo, la aniquilación —la posibilidad de la catástrofe— es el horizonte del mundo). El segundo, sobre todo a través de la crítica a la superstición, afirma un mundo inerte frente a la posibilidad de un sentido o valor. Y curiosamente lo hace negando la paradójica realidad de la nada.

El primero es un nihilismo fecundo, en la medida que implica una valoración del presente como donación, llevando sobre sí el peso de una esperanza agnóstica, por increíble. El segundo, en cambio, será incapaz de distinguir entre un bien y un mal en los que no cabe añadir ninguna nota al pie. Pues no podrá comprender que la experiencia del don va con el del deber de preservarlo de la impiedad. Como si fueran las dos caras de una misma moneda. Desde las cimas que alcanza el espectador romántico —y Nietzsche no dejó de serlo— es difícil captar la diferencia entre hecho y acontecimiento. A lo sumo, tomaremos nota del acontecimiento, pero no calará en el tuétano de nuestra existencia.

El espectador romántico no queda sepultado por un silencio y una oscuridad sin resquicio. En las cimas hay demasiado orgullo —tampoco podría ser de otro modo, tratándose de un logro— como para permanecer bajo los escombros. En vez de la sepultura, el sentimiento de lo sublime. La escalada será, en cualquier caso, una variante de lafuga mundi de los monásticos. Aquí el único sufrimiento que cuenta es el propio —el de quien se siente como una rara avis frente a los demás. Y de aquí a que los demás se revelen como un infierno media un paso.

la diferencia

marzo 10, 2024 § Deja un comentario

Creo que es importante caer en la cuenta de la diferencia entre lo que acontece o tiene lugar y lo que sencillamente pasa. Esto en metafísico se dice: entre lo real avant la lettre y los hechos que pasan o se suceden. O entre lo eterno y lo temporal.

De hecho, existimos de espaldas a lo que en verdad tiene lugar. Cada vida es un milagro. Pues se hace presente —y por eso mismo se nos da— desde el horizonte de la nada (y de ahí, dicho sea de paso, el doble sentido de la palabra presente). Sin embargo, el mundo no obliga a servirnos de lo que nos ha sido dado. En el día a día, se impone la negociación, el trato. Tampoco puede ser de otro modo. Pues no habríamos sobrevivido como especie de habernos entregado a la adoración o a la vida contemplativa. En cualquier caso, las formas de la amabilidad, como también las ceremonias de la memoria, son necesarias si se quiere conservar en tiempo diario las huellas de la verdad —de lo que en verdad tienen lugar y no simplemente pasa. Se trata de evitar, en la medida de lo posible, el maltrato. La Ley —y de esto Israel era muy consciente— se desprende del don.

Y decía que era importante caer en la cuenta de la diferencia porque, de lo contrario, difícilmente comprendemos que hay detrás del lenguaje que nos habla de la trascendencia, se trate de la Biblia, los Upanishad o Platón. En definitiva, difícilmente llegaremos a comprender qué significa existir. Quizá sea porque despreciamos dicho lenguaje que actualmente, y desde las canchas intelectuales, tendamos a entendernos como si no fuéramos más que simios, aunque un poco más listos. Donde prescindimos de la cuestión de la verdad —donde dejamos de preguntarnos qué tiene lugar en verdad— nos convertimos en las piezas de un mecanismo sin piedad. O si se prefiere, en los reos del principio del dominio tecnológico del mundo, el que exige que debe hacerse cuanto puede hacerse.

La inquietud por la verdad está lejos de ser un pasatiempo estéril, el asunto de aquellos a quienes les gusta la especulación como a otros el chocolate. La pasión por lo verdadero —esa manía, según Platón— es una cuestión de resistencia —y me atrevería a decir de vida o muerte, aun cuando la muerte pueda vestirse con los oropeles de la distracción. Ciertamente, podemos despreciar cuanto ignoramos. Pero no sin caer en la barbarie. Y quien dice barbarie, dice autodestrucción.

Hume y Platón —y de paso, unas dosis de Descartes (2)

marzo 9, 2024 § Deja un comentario

No hace falta decir que los términos en los que se plantea la cuestión a resolver avanzan la respuesta. Y más si se trata de argumentar. Pues, como sabe cualquier estudiante de lógica, la deducción racional no hace más que explicitar lo que ya quedaba afirmado implícitamente con las premisas (y de estas lluvias, los lodos de la necesidad lógica). De ahí que el resultado del ejercicio metódico de la duda, al partir de la pregunta por la certeza de la representación mental —y, por tanto, al asumir la representación mental como aquello que no se pone en cuestión en tanto que se tiene en mente—, no pueda ser otro que el cogito, mientras que el de la reflexión conducida por la perplejidad frente al hecho de que hay mundo no podrá evitar enfrentarse a la realidad de una nada que es no siendo. Y quizá sea por el carácter sacacorchos de la deducción racional que la filosofía, más allá de la confesión socrática, nunca termine de quitarse de encima la acusación de no ser mucho más que un espléndido ejercicio de retórica.

Sin embargo, me atrevería a decir que la retórica retrocede a un segundo plano una vez irrumpe la realidad de la nada. O por decirlo en clave existencial, donde nos sepulta una oscuridad y silencio impenetrables —en definitiva, donde el sesgo anónimo de un puro haber convierte el mundo en ficción. La Modernidad solo en apariencia coloca al hombre en el centro. De hecho, lo desplaza a la periferia del mundo. Pues en el momento que el sujeto del conocimiento contempla el mundo desde la grada del espectador —o si se prefiere sub specie aeternitatis— la existencia, el estar en medio del mundo como arrancados, deja de ser relevante a la hora de responder a la pregunta por lo que hay en verdad —por lo que en verdad tienen lugar o acontece y no simplemente sucede. Para un juez imparcial —el sujeto del saber— tan solo valen los hechos —o mejor dicho, los hechos probados. Por consiguiente, no cabe diferenciar entre lo que acontece y lo que pasa. Para el sujeto moderno del saber, no hay más que relaciones entre hechos que se suceden, unos tras otros.

Sin embargo, en el caso de Platón —y en general, del pensamiento de la Antigüedad— la diferencia entre el acontecimiento y lo que simplemente sucede es lo que debe ser pensado… si se trata de responder a la pregunta por lo que hay en verdad —por lo real en cuanto tal. Esta distinción, obviamente, permanece oculta donde nos interrogamos por el criterio que pueda asegurar, si es que lo hubiera, la correspondencia entre los contenidos de la representación mental y los hechos. Sin embargo, una vez partimos de que hay cosas —que hay exterioridad—, tarde o temprano, llegaremos a comprender que hay cosas porque el haber como tal retrocede en su hacerse presente como el haber del mundo —y por eso mismo el puro haber trasciende, aunque en clave temporal, cuanto es. Sin embargo, lo trasciende no como otro mundo —resulta elemental—, sino como el silencio y la oscuridad que amenazan eternamente el mundo. En el principio siempre estuvo el final. O también, hay donación porque el horizonte del don es la extinción. Nunca nada del todo. Y por eso, siempre el no-todo. Hay mundo y no nada… porque el mundo es el envés de la no-nada. La nada es no siendo. De ahí que lo que acontece en medio de lo que pasa sea la negación de sí de lo absolutamente otro o ahí. Llámale Yavhé.

De ahí que la Modernidad que inaugura Descartes no sea tanto la época de la muerte de Dios, como la época en donde la paradójica realidad de Dios permanece como lo impensado —y en definitiva, como lo que no puede ser pensado. Ahora bien, esto equivale a decir que la Modernidad, dejando a un lado a sus poetas, es incapaz de pensar la existencia —el vivir como alejados— hasta el final. Y no porque Dios, precisamente, exista como puedan existir los extraterrestres, sino porque un Dios que existe, como dijera Bonhoeffer, no existe.

(Con todo, Descartes, acaso fuese más profundo que muchos de quienes le sucedieron, incluyendo aquí a los empiristas. Pues como el mismo demostró, aun cuando el cogito sea primero en el orden del saber, no puede evitar admitir, a causa de su finitud, que es segundo en el orden del haber. Al menos, porque si hay limite —y el cogito encuentra su límite, precisamente, en la actividad del pensar— hay un afuera. Y un afuera ilimitado… al que concibió, por este motivo, como Dios.)

Hume y Platón —y de paso, unas dosis de Descartes (1)

marzo 8, 2024 § Deja un comentario

La cuestión par excellence de la filosofía es de qué hablamos cuando hablamos de lo que hay. El asunto en modo alguno resulta trivial. Quiero decir que no cabe resolver la cuestión diciendo simplemente que lo que hay son, precisamente, cosas… aun cuando en cierto sentido sea así. Y es que, como veremos, hay cosas porque no solo hay cosas… aun cuando lo que hay más allá de las cosas no sea, literalmente, nada en particular. En definitiva, la cuestión es cómo cabe pensar el haber del haber de las cosas.

De hecho, es el mismo lenguaje el que nos da la pista de la dificultad… siempre y cuando la referencia a lo real se diga como un decir algo de algo (y es que el asunto sería probablemente muy distinto si no dijéramos el árbol es verde, pongamos por caso, sino el verde verdea en el árbol, esto es, si el lenguaje no pivotara en torno al sujeto). Obviamente, el problema apunta, precisamente, al de algo. Y es que la pregunta es, precisamente, qué es ese algo del que decimos que es así o asá… al margen de la atribución. Es decir, de qué hablamos cuado hablamos de ese algo en cuanto tal o en sí mismo. La cuesta comienza a empinarse cuando caemos en la cuenta de que, al margen de la atribución, el algo como tal no puede ofrecerse, por defecto, como algo en particularo determinado. Y esto está muy cerca de decir que no es nada. Al margen del haber de las cosas, no hay nada (y acaso baste con tomarse esta afirmación al pie de la letra para, cuando menos, intuir su alcance). De otro modo, en sí mismo o como tal, el algo —la sustancia, en términos de Hume, aunque no solo de Hume— no aparece o se hace presente a una sensibilidad. No percibimos —ni cabe percibir— el algo en cuanto tal. La pregunta es si, con todo, podemos pensarlo —y pensarlo en los términos de un haber.

Estamos, obviamente, en un territorio más allá de la física —en el territorio de la metafísica. La cuestión será, por tanto, si ese algo es real o simplemente una ficción de la mente, un trampantojo lingüístico. De hecho, y en gran medida, podríamos decir que la operación de la Modernidad consiste en desmontar las pretensiones de la metafísica —y de paso, la pretensión creyente. El metafísico, dirá el moderno, se inventa el problema. Al menos, porque con respecto al algo en cuanto tal —con respecto al lo que hay más allá del ente— no hay nada de lo que hablar… precisamente, porque no hay nada que ver. Y, como dirá Wittgenstein, de lo que no se puede hablar, más vale guardar silencio.

Hume defenderá, como sabemos, que la idea de sustancia es un constructo mental —una ficción útil—, el resultado de integrar sensaciones de diferente orden. Si nuestra mente funcionara de otro modo —por ejemplo, si fuese incapaz de integrar el tacto y la visión— el mundo sería muy distinto. En cambio, Platón —la Antigüedad, en general— pensará de otro modo la escisión que implica la atribución de una serie de rasgos a un algo. Y la pensará de otro modo porque, para Platón, el punto de partida del pensar es el haber de las cosas y no nuestra representación de las cosas que hay. Es decir, la cuestión no será, como lo fue para Descartes y los que le siguieron, hasta qué punto cabe asegurar, sin ningún genero de duda, la verdad de nuestras representaciones del mundo, sino en qué consiste que haya algo y no más bien nada. En la Antigüedad, la actitud fundamental que sostuvo la actividad del pensar no fue la de la sospecha, sino la del asombro… a pesar de que la sospecha de algún modo también estuvo ahí desde el principio. Pues el asombro, tarde o temprano, nos obliga a poner en suspenso las pretensiones de verdad de lo que se dice , esto es, de la opinión. Al menos, porque la opinión —un hablar por hablar— solo es posible una vez hemos dejado atrás el motivo del asombro. Las opiniones cambian. No, lo que provoca nuestro estupor. O mejor, extrañeza. Y es que acaso sea la posibilidad de caer en la extrañeza, esa mezcla de fascinación y pasmo, lo que hace de nosotros, a diferencia de los simios, unos extraños.

Seguiremos en un próximo post.

restos de ilustración

marzo 7, 2024 § Deja un comentario

Una existencia libre al igual que el amor, en definitiva, cualquiera de los asuntos humanos, solo pueden narrarse. Creo que nos equivocamos, por tanto, donde nos preguntamos hasta qué punto hay libertad o amor. Pues ningún hecho podrá corroborar que los haya como puedan haber árboles o moscas. Nada humano se presenta en un estado químicamente puro. De ahí que, a la hora de hablar de la libertad o el amor —o incluso de Dios— solo quepa contar historias de libertad o amor… e historias tan humanas que nunca terminamos de saber si deberíamos imitarlas o, más bien, evitarlas. Y no porque en dichas historias aparezca la libertad o el amor sin tara, sino porque se revelan como vestigio en medio de la tara (y aquí hay que tener en cuenta que la tara siempre mancha). De ahí que la pregunta no sea qué hay, sino qué terminará siendo. Esto es, la pregunta es si al final vencerá la bondad o el impulso del odio. Toda historia es una historia abierta —y abierta a un porvenir que no está en nuestras manos alcanzar. Y por eso mismo, las historias de libertad o amor están lejos de ser cuentos. Un cuento siempre cierra el asunto antes de tiempo.

bajo el poder

marzo 6, 2024 § Deja un comentario

En el cristianismo actual, la experiencia de Dios suele expresarse en los términos de un hallarse en el sentimiento de una presencia, se supone que benevolente. Vamos a dejar a un lado que este sentimiento, por sí solo, no tiene en cuenta que la experiencia cristiana de Dios no es independiente de hallarse al pie del Gólgota —y por tanto, de la confesión que proclama, frente a los verdugos, que el crucificado es el quién de Dios. Pues, lo que quiero ahora destacar es que, siglos atrás, un cristiano hubiese dicho que la experiencia de Dios va con el sentimiento de hallarse bajo un poder insobornable —y en concreto, bajo un poder del que depende la salvación o la condena eternas.

Ciertamente, en ambos casos y habiendo honestidad, no se trata de una suposición, sino de un sentimiento vivido a flor de piel. Sin embargo, no es el mismo sentimiento. El viejo creyente no daba por descontada la misericordia de Dios, sino que confiaba en ella. En cambio, el creyente moderno —o mejor dicho, aquel de talante progresista— da casi por hecho que no habrá juicio. Difícilmente queda rastro de la antigua dependencia. Por un lado, el haberla dejado atrás fue, sin duda, liberador. Al menos, porque la Iglesia decimonónica —o no tanto— se pasó de la raya acentuando el temor. Pero, por otro, donde no queda ni pizca de temor —donde Dios ha quedado reducido a una variante del amigo invisible de la infancia— estamos a un paso de prescindir de Dios… si es que no hemos prescindido ya, aun cuando, en los clubs cristianos, sigamos sirviéndonos de la palabra Dios.

divina verdad

marzo 5, 2024 § Deja un comentario

Una existencia reflexionada —una vida examinada— posee más valor que una vida sin reflexionar, escribió Platón hacia el final de su Apología. Sin embargo, lo que Platón no ignoraba es que no podemos incorporar los resultados de la reflexión. Esto es, difícilmente la sensibilidad quedará modificada por dichos resultados. A lo sumo, habremos abandonado la presunción de inocencia —la cretinidad: el saber solo podrá expresarse como un tomar conciencia de la propia ignorancia. Hay una escisión insuperable entre lo que sabe el cuerpo y el saber del alma. Así, por ejemplo, sabemos que la tierra da vueltas alrededor del sol. Sin embargo, vemos que el sol se mueve… y por eso mismo, en el día a día, permaneceremos presos de esta visión. El cuerpo gana.

De ahí que, para Platón, la verdad —en el sentido de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa— fuese un asunto divino. Hay verdad, pero no para nosotros —por parafrasear a Kafka. Para nosotros, las apariencias, la ilusión, el trampantojo. O por decirlo a la manera de Eliot: no podemos soportar demasiada realidad. En el mejor de los casos, vislumbraremos su destello. Pero seguiremos habitando la oscuridad. No hay otro punto de partida para la vida del espíritu.

Hegel y Nietzsche

marzo 4, 2024 § Deja un comentario

Hegel es una bestia. Clava el diente hasta el final (y aquí hay que tener en cuenta que el final es siempre una derrota ). Nietzsche, un adolescente que pretende ser una bestia. A Nietzsche le faltó conciencia del fracaso del pensar. Esto es, dialéctica.

crónica deportiva

marzo 3, 2024 § Deja un comentario

Hay una diferencia entre el filósofo y el profesor de filosofía. Entre Martin Heidegger y Etienne Gilson. O entre Aristóteles y Pierre Aubenque. Leyendo las obras del filósofo, asistes a un combate. Mejor, estás en el ring. En los escritos del profesor de filosofía, lees la crónica deportiva. Tanto Gilson como Aubenque son muy buenos cronistas. Y necesitamos a los buenos cronistas. Pues solo ellos te permiten comprender lo que sucedió en la cancha. Ahora bien, esto es posible porque los buenos cronistas antes estuvieron peleando con el combatiente. Aunque no dieran los golpes más certeros. Y es que, al darlos desde atrás, nunca llegaron a alcanzar el rostro del contrincante.

Con todo, me atrevería a decir que es más difícil ser un buen lector que un combatiente. Al menos, porque para el filósofo el combate es un asunto genético —los antiguos dirían un destino. La escritura del filósofo es agónica —y por eso, termina fracasando: porque se enfrenta a un dios. No puede serlo la de quien escribe sin tambalearse. Para el cronista un dios es siempre la idea de un dios. No es exactamente lo mismo.

dinero

marzo 2, 2024 § Deja un comentario

Dicen los estultos: la filosofía no sirve para nada. De acuerdo. Y por eso sirve para todo, por así decirlo. El horizonte de la filosofía no es el de la especulación por la especulación —pues, al fin y al cabo, eso no sería mucho más que un juego—, sino el saber vivir. Y es que este saber no es nada fácil de adquirir. Al menos, porque las mujeres y los hombres vamos alcanzando muy lentamente, de alcanzarlas, nuestras posibilidades últimas.

El horizonte de la mayoría es el de hacer mucho dinero. Pues quienes integran esta mayoría dan por sentado que, de este modo, serán felices o vivirán bien. Ciertamente, donde no tenemos lo mínimo para satisfacer lo básico difícilmente viviremos bien. Pero ¿de qué te sirve tener mucho dinero? ¿Acaso no vivirás anclado al temor de perderlo? ¿Es que no dependemos de lo que tenemos, sea dinero, un buen aspecto o, simplemente, prestigio? ¿No hemos comprendido aún que somos esclavos de cuanto poseemos? Nos equivocamos donde nos juzgamos a nosotros mismos por nuestras propiedades. De ahí que Sócrates estuviese convencido de que la infelicidad, dejando a un lado la catástrofe, es el síntoma de un error.

traditio

marzo 1, 2024 § Deja un comentario

¿Por qué deberíamos preservar la tradición de Occidente? Porque Platón y la Biblia ya lo dijeron todo. El riesgo de olvidarla es empezar de cero. Y esto es lo mismo que volver a la infancia. Y quien dice infancia, dice inocencia. Pero también tontería. No aprendemos la mecánica newtoniana recorriendo de nuevo el camino que recorrió Newton por su cuenta y riesgo: partimos de sus resultados…. pero, a la vez, comprendiendo su porqué. Estar empapados de la tradición nos ahorra tiempo a la hora de entender de qué va esto de la existencia. Pues no va de entrar y salir de El Corte Inglés. Aunque inicialmente nos lo parezca.

No se trata, sin embargo, de aprender la tradición como si solo fuera cuestión de memorizar sus fórmulas. Se trata de redescubrirlas: ¡es lo que ya nos dijeron nuestros padres! Un tradición actúa como una semilla… si la tierra es fecunda. Al fin y al cabo, ya lo dejó escrito Pindaro: llega a ser el que eres.

fe y escatología

febrero 29, 2024 § Deja un comentario

Donde los creyentes, en su intento de actualizar su fe, prescinden de la imagen de un combate de dimensiones cósmicas como si fuera el lastre de un antigua superstición, la causa cristiana pierde su fuelle. Por no decir, que se transforma en la excusa del narcisismo espiritual. Una entre otras. Es cierto que va a resultar difícil que el mundo se nos muestre como la pugna entre ángeles y demonios por nuestra alma donde contemplamos el desastre a través de la pantalla. Pero al igual que es cierto que dicho combate se presentará como innegable a quienes sufren la impiedad de los diferentes rostros de Satán —y aquí hay que tener en cuenta que solo cabe incorporar lo que acontece a través del mito.

En cualquier caso, la esperanza en un final de los tiempos va con la fe. Pues fe es, precisamente, esperar una última palabra. Puede que el nihilista haya dado en el clavo y que la fe sea una quimera. Y que, en vez de un tiempo final, el eterno retorno de lo mismo. Ahora bien, no porque no haya Dios, sino porque Dios es el Dios que se puso en manos de los hombres para llegar a ser el que es.