ophthé
julio 12, 2015 § Deja un comentario
Supongamos que ahora alguien, se plantara en medio de la plaza del ayuntamiento y proclamara: «aquel que ajusticiásteis como un perro, Dios lo ha rescatado de la muerte para juzgar a vivos y a muertos en el inminente día de la ira.» ¿Acaso no lo tomaríamos por loco? Así, cuando lo proclamamos en la liturgia ¿qué estamos haciendo entonces?
a vueltas con Marción
julio 10, 2015 § Deja un comentario
Todos somos marcionitas cuando, cristianamente, hacemos de Dios un Dios bueno sin ambages. Y es que, siendo honestos, donde defendemos a un Dios que es solo bondad, tarde o temprano no sabremos qué hacer con Yavhé.
high windows
julio 9, 2015 § Deja un comentario
A menudo tengo la impresión de que hay más verdad en los versos de Philip Larkin que en los intentos pastorales por cuadrar el credo cristiano.
el error
julio 9, 2015 § Deja un comentario
Si Dios no existe, el sacerdote vive en el error. Pero su error es su obligación—su vocación. En nombre de Dios, debe permanecer en él. Pues cuando renuncia a su error, a Dios ya no le queda otra oportunidad.
tomando un café con nuestro amigo budista
julio 9, 2015 § Deja un comentario
Que nosotros fácilmente creamos que las religiones son diferentes modos de llegar a una y la misma cima, acaso sea el síntoma de lo lejos que estamos de creer lo que creyeron nuestros antepasados. A Israel nunca se le ocurrió la idea de que la obediencia a Yavhé, su Dios, era un modo de aproximarse a lo divino, tan legítimo como podría serlo el culto a Zeus o a Astarté, la diosa semítica de la fecundidad. Como es sabido, Israel llegó a la convicción de que Yavhé era el único Señor —»yo soy el Señor y no hay ningún otro; fuera de mí no hay Dios» (Is 45:5)—, negando, en último término, la divinidad del resto de los dioses. Hoy quizá hablaríamos de intolerancia. Pero ellos prefirieron hablar de revelación. Detrás de esa confesión latía una experiencia de un Dios palpable, casi físico, en definitiva, de un Tú bestial, duro pero a la vez compasivo, un Tú que demostraba, a veces salvajemente, su preferencia por los pobres y oprimidos, lo cual, ciertamente, no acaba de casar con un sentido más elaborado —más impersonal— de la divinidad. Sin duda, en la Biblia encontramos la tendencia, por lo común dentro de la tradición sapiencial, a hacer de Yavhé, el Dios que actuó poderosamente a favor de Israel, un Dios oculto, esquivo e incluso indiferente a la suerte de su pueblo y, por tanto, un Dios que difícilmente podía seguir reconociéndose como un Tú. Pero, lo cierto es que Israel, a pesar de lo dicho, siempre termina comprendiendo la desaparición de Dios, no como la transformación del Tú en un Ello, sino como el eclipse del Tú. Así, es cuando la divinidad deja de ser un Tú para convertirse definitivamente en un Ello —una cima que coronar, una fuerza de la que participar, un océano en el que disolverse— que comenzamos a caer en la cuenta de que quizá en el fondo estemos —moros y cristianos, griegos y judíos— hablando de lo mismo. De lo que no nos damos cuenta, sin embargo, es que para que nos lo parezca, hemos tenido que renunciar a la insobornable personalidad de Yavhé, mejor dicho, a interpretarla como el encubrimiento imaginario —infantil— de una experiencia más profunda de Dios. Es posible que la Biblia esté equivocada con respecto a Dios. Que Dios no sea un Tú, sino un Ello (o, si se prefiere, una nada). Pero lo que no podemos hacer es hacerle decir lo que no dice, como si siempre hubiera estado hablando de un Ello aunque con los atavios míticos del Tú. Así, en lugar de jugar a las actualizaciones del lenguaje bíblico, quizá fuera más honesto cortar el cordón umbilical y reconocer que ya no sabemos qué hacer con el Dios bíblico. Que la radical alteridad de Dios, acaso aún pueda ser pensada, pero de ningún modo sufrida.
aprender a leer
julio 9, 2015 § Deja un comentario
Una lectura seria de los textos veterotestamentarios ha de partir de un dato incuestionable, a saber: que para Israel, Yavhé es un Dios que interviene poderosamente en la Historia. Qué podamos hacer actualmente con este dato es otra cuestión (de hecho, una buena cuestión). Sin embargo, lo que en ningún caso podemos hacer es transformarlo en un como si —como si Dios hubiera intervenido—, dando a entender que ellos tuvieron, en el fondo, la misma experiencia de Dios que nosotros acaso podamos tener hoy en día solo que expresada míticamente. En un mundo donde los dioses campan a sus anchas —en un mundo donde la presencia del dios es un dato natural—, el lenguaje del mito no puede comprenderse simplemente como una manera de exteriorizar una experiencia interior. Yavhé es, para el pueblo de Israel, el que puede realizar lo imposible: abrir el mar en dos, hacer que la estéril conciba… Y aquí no hay medias tintas. Pues resulta evidente que los esclavos de Egipto no llegaron a la convicción de que tenían un Dios de su parte desde el asombro ante lo creado —o suponiendo simplemente que hay un dios bueno por ahí o que tiene que haber algo más que lo que nos podemos traer entre manos. Ciertamente, con posterioridad llegaron a creer que Yavhé, el Dios de la liberación, es también el creador. Cómo llegaron a esta convicción —pues el creador es, en gran medida, un Dios que permanece oculto— es otro tema. Pero, lo que no cabe discutir es que lo primero en Israel, lo que constituye su experiencia raíz, aquella que nada de lo que ocurra posteriormente llegará a cuestionar, exilio incluído, es que Yavhé los rescató, por medio de prodigios, del poder del Faraón. En este sentido, la fe es un permanecer fiel a una experiencia fundante, la cual se entiende como revelación de Dios, y la experiencia fundante de Israel es la del paso del Mar Rojo. Otra cosa es que, el pueblo de Israel no acabe de entender a Yavhé —que no termine de comprender, por ejemplo, por qué a menudo su ira se pasa de rosca o, simplemente, desaparezca del mapa. Pero lo que permanece imborrable en la conciencia de Israel, al fin y al cabo, lo que sostiene su inquebrantable esperanza frente a la desgracia, es la existencia de un Dios que intervino milagrosamente a su favor. Así, los esclavos de Egipto no creyeron simplemente en Dios, sino en el Dios de Israel. Cuando se abandona esta convicción, entonces la fe deja de ser bíblica y pasa a ser otra cosa, por lo común una especulación sobre las últimas cosas o la expresión de nuestra necesidad de Dios.
sin embargo
julio 8, 2015 § Deja un comentario
Todas las declaraciones veterotestamentarias acerca de Dios están atravesadas de un profundo «y sin embargo». Así, leemos que Dios es fiel o justo, y sin embargo… O que interviene en favor de los suyos, y sin embargo… En esto consiste la extraña novedad del Antiguo Testamento: que el creyente no es solo el que confía en las promesas de Yavhé, sino aquel, que sin renegar de la experiencia fundacional de Egipto, se atreve a dudar de Dios—a interpelarlo. De hecho, si el creyente confía en Yavhé —en su promesa, en su fidelidad, en su intervención final— es porque nunca acaba de saber por dónde le saldrá. El creyente no deja de tener la mosca en la nariz. Dios, bíblicamente hablando, está en el aire. Y por eso mismo es un Dios que está vivo y coleando. Por tanto, podríamos decir que es este y sin embargo el que dota al testimonio veterotestamentario de una enorme credibilidad, credibilidad que, por cierto, se encuentra a faltar por lo común en la predicación cristiana —que no en el evangelio—, quizá por la excesiva preocupación de los pastores en cuadrar las cosas de Dios o, lo que acaso sea peor, por haber eliminado de Dios su inquietante libertad. Así, puede que sea verdad que el Dios cristiano sea un Dios que ha muerto a causa de su ilimitada bondad.
salmo 88
julio 7, 2015 § Deja un comentario
¿Cómo nos atrevemos a dirigirnos a Dios —cómo nos atrevemos a rezarle—, habiendo tantos a los que Dios ha dado la callada por respuesta? ¿Es que esperamos que nos haga caso, precisamente, a nosotros, los satisfechos? Y si nos lo hiciera ¿cómo soportar la mirada de aquel que ha sufrido el desamparo de Dios? Hay algo de hybris en la oración que no es de por sí un clamor.
«Diosito nos acompaña siempre»
julio 7, 2015 § Deja un comentario
La fascinación que a menudo experimentamos por la fe de la gente sencilla expresa, en el fondo, una nostalgia por la fe perdida, la fe más elemental. Esta fe proclama sin rubor que hay Dios y que éste interviene en la vida de los hombres, fortaleciendo al débil y, en definitiva, preservándola de la devastación. La gente sencilla cree, sencillamente, en los milagros. Pues, al fin y al cabo, creer, para quien depende por entero del poder de Dios, es creer en la posibilidad de lo imposible. De hecho, si lo cree no es porque necesite creerlo, aunque también haya algo de eso, sino porque, efectivamente, Dios ha intervenido en favor del huérfano, la viuda, el oprimido. La gente sencilla se fía, sencillamente, de quien lo vió. La acción de Dios infunde, sin duda, confianza, pero también un cierto temor, pues el poder de Dios es, en tanto que de Dios, excesivo. De ahí que los sencillos vayan con pies de plomo cuando se acercan al Dios en quien confían. En cualquier caso, la fe, a diferencia de la especulación, deriva de un acontecimiento fundacional y este acontecimiento, en el caso del Dios de los sencillos, no puede ser otro que la liberación de Egipto (y sus variantes). Por eso, si Dios es en verdad un Dios de pobres, solo los pobres puedan ver a Dios. Pues bien, ¿hemos de deducir que no hay Dios que valga para quién vive alejado del peligro—para quien ha dejado atrás la infancia? Es posible… aunque lo normal es que, al menos inicialmente, cambie la noción de Dios. Mejor dicho, lo normal es que Dios pase a ser una noción, una imagen, un principio, y deje de ser esa bestia compasiva —ese Dios vivo— que originariamente fue. El paso suele justificarse con una teología para adultos, en la cual Dios ha quedado reducido, por lo común, a su cara más amable. Es así que esa teología para adultos suele ser una teología de la bendición. Es cierto que una teología de la bendición es el horizonte natural de la teología de la liberación. Que el clamor, si es que hay un Dios que vale como Dios, termina en alabanza. Ahora bien, es igualmente cierto que para quienes alcanzan la tierra prometida, Dios pasa a ser, no tanto el que actúa (rescatando a los esclavos de Egipto), como el que preserva la vida. Esto es, para quienes han logrado arraigar en el mundo, Dios ya no aparece como el que interviene en combate, sino como el que se dedica a tareas de mantenimiento. Sin embargo, lo cierto es que, por eso mismo, quienes han arraigado en el mundo fácilmente dejan a un lado la fe de sus padres —o, lo que viene a ser lo mismo, caen en la idolatría, quedándose solo con el Dios bonachón, con aquél que, desde las alturas, mantiene el aliento de la vida. En este sentido, no hay mucha diferencia, del lado del Dios vivo, entre quien no cree que haya Dios y aquel que da por sentado que Dios es una especide de océano en el que acabaremos disolviéndonos como muñequtios de sal. Por ello, la fe de Israel insiste una y otra vez en que el Dios de la Creación es el Dios de la liberación de Egipto. De ahí el no olvides de donde vienes—no olvides quién te rescató del Faraón—no olvides la ira de Dios. En definitiva, no te olvides de quien aún está por llegar: del inmigrante en la patera, de la viuda que no puede alimentar a sus hijos, del que no tiene padres que cuiden de él. Fe y memorial —fe y mandato— van, por consiguiente, de la mano, pues quien deja de tener presente los terrores de la infancia, nuestra condición de hombres y mujeres tremendamente vulnerables al poder de la muerte, fácilmente acabará haciéndose un Dios a la medida de su satisfacción. Fácilmente pasará de un Tú a un Ello, de la aparición a la apariencia, del enteramente otro al «lo mismo que yo pero en grande». Ahora bien, el problema es que, desde la tierra prometida, la fe de los padres se comprenderá como superstición. Los padres son, de hecho, desacreditados por los hijos de la saciedad. La cosa no es, por consiguiente, tan simple: el recuerdo que se nos reclama no puede darse en los mismos términos que acuñaron los testigos del acontecimiento fundacional. De hecho, para quienes han alcanzado la tierra prometida, el testigo pierde su antigua credibilidad: lo que el vió ya no podemos verlo nosotros, ni siquiera teniéndolo delante. Con buena voluntad, los hijos intentarán una interpretación, una hermenéutica, un como si. Pero donde hay interpretación no hay visión. Los herederos de la fe ya no podrán ver lo mismo que vieron los testigos de Dios. De ahí que la apología de la fe en los tiempos modernos pierda el tiempo donde busca una actualización de las primeras visiones. Quizá le sería más útil demostrar que no hay otra realidad —otra alteridad— que la que percibimos en medio de la oscuridad. Que solo en la oscuridad cabe, propiamente, la aparición. Que a plena luz del día todo es apariencia—algo demasiado visto como para que sea realmente otro. Pero en ese caso deberíamos admitir que hay más realidad en los cuadros de el Bosco que en una fotografía de Europa Press, en el mito que en la ciencia. Algo, sin duda, difícil de tragar para las tragaderas modernas.
love is not love
julio 6, 2015 § Deja un comentario
Esto de Dios es como el amor: cuando pasa no acabas de saber a ciencia cierta de qué va el asunto. De hecho, la densidad del amor es la densidad misma de lo real. Así, en el amor hay un poco de todo: sin duda cariño, intimidad, pero también unas dosis de asco; disputa pero también y, quizá sobre todo, reconciliación; hay proximidad y, sin embargo, los amantes siguen siendo un poco extraños el uno para el otro; hay solidez pero también una extrema vulnerabilidad. En cualquier caso, se aman, esto es, al fin y al cabo, sí. Pero no podríamos montar con ese amor un guión tipo high school. Ahí las cosas son demasiado obvias —demasiado previsibles— como para que merezcan nuestro crédito. High school —como la religión más amable— se queda con uno de los lados del amor: el más blandengue, el más dulzón. Y por eso mismo no acaba de ser lo que promete. En realidad, empacha.
capillas
julio 6, 2015 § Deja un comentario
Nos hemos acostumbrado tanto a ver al crucificado en las iglesias que ya no nos damos cuenta de lo que supone tener a un crucificado en el lugar de Dios. Así, imaginemos que, en vez de una cruz, tuviéramos la representación de un ahorcado —o, en vez de una representación, a cualquiera de los mártires de este mundo en cuerpo presente—. Quizá entonces caeríamos en la cuenta de lo que supone que, en lugar de Zeus o el Buda, tengamos a un crucificado en nombre de Dios. Quizá entonces caeríamos en la cuenta de que, ante la cruz, solo podemos postranos y exclamar «¡Dios mío!». Algo perdimos por el camino —algo esencial— cuando, frente al crucificado, nos atrevimos a permanecer de pie o, en su defecto, en la posición del loto. Fue el precio que tuvimos que pagar por nuestra calma espiritual.
nihilismo
julio 5, 2015 § Deja un comentario
Nihilismo, esto es: el tiempo no queda dividido por la aparición. Un parto y un lager son simples episodios de una sucesión circular. Desde la óptica de un tiempo sin final, no hay irrupción de Dios —no hay milagro, no hay redención— que pueda soportar el peso del mundo. Así, el rescate de los esclavos de Egipto no tiene más importancia que un eructo después de comer.
vecinos
julio 5, 2015 § Deja un comentario
Cuando cristianamente se nos exhorta a la reconciliación ¿acaso percibimos su alcance, su exceso, su monstruosidad? Es así que, por lo común, entendemos que lo que se nos pide es que seamos buenos vecinos, que nos dejemos de esas puñetas que tan fácilmente nos dividen. Y eso, puesto que creemos que está a nuestro alcance, nos reconforta. Pues, fácilmente, damos por hecho que podemos llegar a ser mejores de lo que somos, ascender espiritualmente, convertirnos en agentes de Dios o, si se prefiere, de lo divino. Ahora bien, el carácter de la reconciliación cristiana no reside en ser buena gente, pues no apunta al vecino, sino al enemigo, esto es, a aquel que quiere la muerte de tus hijos, aquel que fue capaz de degollarlos ante ti, aquel con el que no puedes, sencillamente, hacer las paces. Es obvio que no estamos hablando de algo que esté en nuestras manos. Pues lo que es de Dios, ha de ser imposible para el hombre. No estamos hablando, pues, de la resiliencia, en tanto que quien perdona lo imperdonable no es el sujeto capaz de superar un trauma, sino más bien un muerto, alguien incapaz de seguir diciendo yo —alguien que no es más (aunque tampoco menos) que su perdón.
testigos
julio 5, 2015 § Deja un comentario
Una cosa que no suele tenerse muy en cuenta, a la hora de enfrentarse al credo cristiano, es que la verdad creyente pertenece, como quien dice, al género judicial. Esto significa que las proposiciones de la confesión de fe se ubican en el seno de una controversia en la que se decide el alcance de los hechos. Así, lo que está en juego no es si hubo, pongamos por caso, resurrección, sino si la resurreción de Jesús fue en verdad una acción de Dios. Es en este sentido que decimos que un creyente es un testigo. Pues el testigo, en un proceso judicial, es el que nos permite establecer el alcance de los hechos, teniendo en cuenta que los hechos que deben ser juzgados son, precisamente, excesivos. Un hecho que exige nuestra aprobación o condena —nuestra adhesión o rechazo— es aquel que nos obliga a preguntarnos ¿qué ha sido eso en verdad? Un testigo no es simplemente alguien que informa de algo que no hemos visto, pero que podríamos haber visto de haber estado allí. Un testigo es alguien que, en la medida que nos fiémos de él, puede decidir qué ha ocurrido en realidad, pues lo que debe ser juzgado no acaba de ser hasta que no se emite el veredicto. Así, supongamos que las víctimas del Holocausto —todas— hubieran creído que su destino fue justo. Que ellas merecieron la muerte que tuvieron. Que sus verdugos fueron, de hecho, los ejecutores de Dios. Más aún, supongamos que quienes estuvieron en los campos de la muerte se hubieran dirigido a las cámaras de gas llenos de júbilo, conscientes de adónde se dirigían. Si ese fuera el caso, entonces no habría habido propiamente Holocausto, aun cuando a nosotros nos hubiera parecido una salvajada o un episodio de enajenación colectiva. Ciertamente, el Holocausto habría sido otra cosa.
Jr 5, 12
julio 4, 2015 § Deja un comentario
Dice Jeremías: «han renegado del Señor, diciendo: no existe; ningún mal nos alcanzará, no moriremos a espada ni de hambre.» Traducción: quien confía en su posibilidad —quien se cree inmune a la desgracia, fácilmente nosotros mismos— no puede creer en Dios. Pues Dios se revela como Dios en el poder que, increíblemente, libera al desgraciado de su desgracia. Dios es, sencillamente, el Dios de los desgraciados, de los que se encuentran en manos de la muerte. Es posible que, en los tiempos bíblicos, nadie se atreviera a negar la existencia de Dios. Pero para los profetas de Israel cabía algo así como un ateísmo práctico, el de aquel que, por medio de sus acciones, demuestra no tener temor de Dios. O, por decirlo con otras palabras, orgullo e infidelidad van de la mano. Pues Dios, bíblicamente hablando, es el que liberó a Israel del poder del Faraón—el Dios que preserva la vida de los hundidos del poder de la muerte y condena al opresor, el Dios que promete una tierra donde arraigar a los sin tierra. El Dios, en definitiva, al que se le debe una vida. Lo admirable de la fe judía —lo extraño, podríamos decir— es que ningún hecho posterior —ninguna desgracia, ni siquiera la del exilio— cuestionó el carácter innegable de la Revelación. Ni siquiera donde Dios parecía haber olvidado su promesa. Para la fe judía, el abandono —el silencio— de Dios en ningún momento pone en duda lo que en verdad ocurrió: que Yavhé liberó milagrosamente a los esclavos de Egipto de una muerte segura. Todo lo que no parezca encajar ahí es algo que tiene que ver con la incomprensibilidad —con el misterio— de Dios (o, en su defecto, con la infidelidad del hombre), pero en modo alguno es algo que comprometa la fe en Dios como el que actúa en favor del oprimido. Así, quien corta el cordón umbilical que le une a la experiencia raíz de la fe es alguien que, porque se basta a sí mismo, ha dejado de estar sujeto a la promesa de Dios, alguien que puede, sencillamente, prescindir de él, aun cuando con la boca siga diciendo, Señor, Señor.
los múltiples rostros de Dios
julio 4, 2015 § Deja un comentario
Suele ser un lugar común entre los exegetas decir que el Dios bíblico difícilmente deja encasillarse en una sola acepción. O, por decirlo de otro modo, bíblicamente hablando no cabe algo así como una definición de Dios. Así, Dios es misericordioso, pero a la vez cruel. O protector de los suyos, pero también capaz de dejarlos de la mano de Dios. El Dios bíblico es, sencillamente, desconcertante. No hay quien lo entienda. De ahí lo del misterio de Dios, el cual más que fascinarnos provoca nuestra ofuscación. Sin embargo, la ambivalencia de Dios, su continua indefinición, no basta para legitimar la divinidad de lo divino, pues lo que decimos de Dios ¿acaso no podríamos decirlo de cuanto existe? No hay nada que se halle exento de ambigüedad. La amante nos ahoga al mismo tiempo que nos abraza. Anhelamos la unión, pero tras ella corre la necesidad de alcanzar una debida distancia. Desemos realidad, pero difícilmente podemos soportar demasiada realidad. Quisiéramos eliminar las vallas de nuestra existencia, pero sin ellas no sabríamos qué hacer. Y así con todo. Ni siquiera una piedra es una piedra. Pues su alteridad, el hecho de que se trate de algo otro ahí, es lo que, precisamente, no llega a mostrarse en su mostrarse como piedra.
cruz y ajos
julio 3, 2015 § Deja un comentario
En el instante en que el hombre pierde el miedo a ser devorado —acaso el miedo más atávico—; en el instante en que el hombre, por medio del fuego, aleja a la fiera, creando, así, un hogar, en ese instante, la alteridad deja de ser corpórea, tangible, epidérmica, para ser simplemente un residuo del pasado, una figura de la imaginación, un arquetipo. El carácter otro de lo otro se hace, sencillamente, abstracto. Un hombre seguro de sí mismo, de su posibilidad; un hombre capaz de arraigar en el mundo, transforma al otro en objeto de su deseo o, a la inversa, de su asco. Pero la alteridad que ofrece el cuerpo del deseo es ilusoria. El hechizo del deseo, como sabemos, tiene fecha de caducidad. La alteridad es, sin duda, fascinante. Ahora bien, sin amenaza que valga —sin temor ni temblor— lo otro apenas nos alcanza. Que solo podamos experimentar el terror atávico a ser devorados en las películas de miedo, indica lo lejos que estamos de aquella situación que nos obligó a hablar de Dios. Uno debería ver más a menudo películas como el chupacabras para al menos ponerse en la piel de los primeros creyentes.
rock progresivo
julio 2, 2015 § Deja un comentario
Cualquier avance tiene un coste. Esto es, algo válido se deja atrás. El progreso no es un juego de suma cero, ni siquiera cuando hablamos de progreso moral. Así, lo que pierde la cristiandad con su rechazo del maniqueísmo es la percepción de la vida como combate. Como es sabido, el maniqueísmo contempla el mundo como un enorme campo de batalla entre las potencias del Bien y el Mal. Satán existe y hay que enfrentarse a él. Está en juego el destino del mundo. Es obvio que, cuando cristianamente damos por hecho que todo acabará bien, como en las películas de Hollywood, fácilmente acabamos viendo el Mal como un error o un problema, aunque se trate de un problema sangrante, que admite una solución más o menos técnica. Pero el Mal no es un error o un problema a resolver, sino un enemigo al que vencer. Uno tiene la impresión de que el Mal se encuentra arraigado en la naturaleza misma de las cosas. Que hay algo así como una perversión natural que impide que podamos vivir en paz. Ciertamente, para un cristiano de lo que se trata es de hacer el bien. Pero a veces no estaría de más estremecerse ante la posibilidad de que Dios —y más si estamos hablando de un Dios que se pone en manos de los hombres— pierda la partida. Pues diría que lo que anda en juego es, precisamente, el vigor.
no n’hi ha per tant
julio 1, 2015 § Deja un comentario
Muchos creyentes de hoy en día, cuando se ponen a leer, pongamos por caso, el libro de Job, sienten una cierta desazón, pues no se sienten abrumados por el Mal. Y es cierto: para quienes vivimos al margen del sufrimiento de los hombres —quienes experimentamos a lo sumo un sufrimiento doméstico—, la fe es algo «complementario», eso que dota a nuestra existencia de una cierta profundidad. Así, fácilmente llegamos a creer que para creer no es necesario pasar por la prueba de un mal abisal, extremo. Y, sin duda, para creer que somos una especie de muñequitos de sal que acabaremos disolviéndonos en las inmensas aguas del océano de la divinidad, no hace falta pisar el Gólgota. Pero diría que la fe cristiana es otra cosa. Pues, la cuestión a la que se enfrenta es si hay vida más allá de los lager de la Historia, esto es, si hay o no resurrección de los muertos. O, por decirlo con otras palabras, qué vida pueden esperar aquellos a los que la vida les ha sido arrancada injustamente antes de tiempo. De ahí que el horizonte de la vida cristiana no sea el de la satisfacción —o, si se prefiere, el de la liberación de la cárcel del ego—, sino el de la salvación de los hundidos, aunque, sin duda, los que fueron salvados difícilmente pueden seguir encerrados en los estrechos límites de la subjetividad.
kultur
junio 28, 2015 § Deja un comentario
Lo mínimo que se le puede pedir a un ministro de cultura es que sea culto. No fue el caso de Wert. Wert ha sido el heraldo de la deshumanización de los planes de enseñanza. Y es una lástima. Pues quien recibe una buena formación en humanidades es sencillamente más capaz. Se tardan unos cuantos años en poder comprender a Heidegger (o, al menos, ese fue mi caso). Pero una vez lo consigues, dejas de ser un mono.
gnosticismo y cristianismo
junio 24, 2015 § Deja un comentario
Según el gnosticismo, hay tres clases de hombres. En primer lugar, tendríamos a los hilicos (de hylé, materia en griego), los cuales se encuentran por entero sometidos al poder de lo elemental, algo así como unos brutos. En segundo lugar tendríamos a los «psíquicos», aquellos capaces, por decirlo así, de una cierta elevación. Son los que, hoy en día, denominaríamos «intelectuales», hombres y mujeres sensibles a los «temas de fondo». Finalmente, tendríamos a los «espirituales», aquellos que experimentan una insatisfacible nostalgia de lo divino, pues en lo más profundo de cada uno de ellos habita un destello de Dios. La redención solo afectaría a estos últimos, pues con el resto, literalmente, no hay nada qué hacer. D'on no hi ha, no pot rajar. En este sentido, podríamos decir que el gnosticismo es sabio. Ahora bien, a pesar de los neognósticos de hoy en día, los defensores de una espiritualidad transconfesional, lo cierto es que el cristianismo no puede, por definición, aceptar esta manera de ver las cosas. Pues, lo decisivo en el cristianismo no es qué somos, sino a quién responde nuestra existencia. El modo de ser es algo lateral, algo que se da, en cualquier caso, por añadidura. Así, lo primero es dar de comer al hambriento, desatar a los locos de los árboles, vestir al desnudo. Y ante la demanda del excluido —ante el clamor de las víctimas— todos estamos posicionados en la misma línea de salida. De hecho, como fue dicho, las putas y los publicanos, esos hílicos, pasarán antes que nosotros, algo del todo inaceptable para el aristócrata espiritual. Pues, de facto, el abandonado de Dios es más capaz de responder a los abandonados de Dios que el que se siente henchido de Dios.
chispazos
junio 24, 2015 § Deja un comentario
O somos una «chispa» divina encerrada en un cuerpo o somos las huella de Dios, el cráter que un Dios en falta deja en nosotros. En el primer caso, somos gnósticos y nuestra tarea es la de liberarnos de la prisión de la materia. En la segunda, huérfanos de Dios, hombres y mujeres sometidos al deber de darnos el pan.
quasi nihilismo
junio 22, 2015 § Deja un comentario
Los protagonistas de La zona gris, la película de Time Nelson Blake sobre Auschwitz, deciden salvar, aun a costa de sus vidas, a una niña que ha sobrevivido, incomprensiblemente, a la cámara de gas. La niña, como suele decirse, no vale la pena: no habla y es difícil que entienda algo. Con toda probabilidad el gas ha afectado a su sistema nervioso. Es, estrictamente hablando, una deficiente. Sin embargo, esos hombres, miembros del sonderkommando, endurecidos y embrutecidos por su compromiso con sus verdugos, no ceden: la niña debe sobrevivir a cualquier precio. El gesto sería, por si solo, admirable, si no fuera porque el hecho de que la niña siga con vida compromete seriamente la fuga que se está planeando. Este plan incluso cuenta con sus mártires: las mujeres que murieron, precisamente, por no delatar a sus compañeros. Así pues, tenemos lo siguiente: la vida de la niña a cambio de que cientos (o incluso miles) de hombres no puedan escapar. Como espectadores es fácil ponerse del lado de los miembros dels sonderkommando. Sin embargo, ¿acaso no serían acusados de irresponsables por quienes se han jugado la vida preparando la evasión? ¿Acaso podrían soportar la mirada de aquellos que saben que la fuga es la única posibilidad de que ellos y sus hijos puedan seguir con vida? Los protagonistas, sin embargo, se dicen una y otra vez que ellos ya están muertos. Que nadie sale de Auschwitz con vida, aunque logren escapar. Nadie que haya estado en una lager tiene vida por delante. Por tanto, la redención —pues esto es lo que está en juego aquí— es la última posibilidad de quienes ya no pueden ver el mundo como posibilidad. La redención, así, no es una causa por la que morir. De hecho, la redención solo está al alcance de quienes han probado el amargo sabor del nihilismo. El resto —la causa, los ideales emancipatorios— es algo aún demasiado humano como para que sea necesario hablar de la Ley de Dios.
la vida del espíritu
junio 20, 2015 § Deja un comentario
La antigua fe en el espíritu del hombre debería ponerse en su contexto. Y el contexto es el de un mundo en donde los hombres huelen mal. El mundo antiguo es un mundo con un fuerte olor a pies. De ahí que el cuerpo fuera fácilmente despreciado. La fe en el espíritu del hombre es, por tanto, un intento de salvar al hombre del poder de la descomposición, algo así como una higiene. De ahí también que nosotros, acostumbrados al desodorante, no tengamos que recurrir al espíritu. Para aceptar al otro, solo hace falta una buena ducha. Ahora bien, lo cierto es que los cuerpos, dejados de la mano de Dios, siguen oliendo mal.
Jesús como mito
junio 19, 2015 § Deja un comentario
Para muchos «espiritualistas cristianos», Jesús fue lo más, algo así como un hombre que supuraba por los poros el aura de lo divino. No tengo claro que de ahí pueda derivarse una fe bíblica, sino en cualquier caso una excusa para seguir creyendo cristianamente aquello en lo que ya creemos de entrada, a saber, que Dios es algo así como esa sustancia oceánica a la que, tarde o temprano, iremos a parar. Jesús aquí se presenta como una figura mítica, como una especie de dios paseándose por la tierra. Jesús era tan bueno, tan bueno como solo Dios podía serlo. Pero no está claro que el Jesús histórico fuera una especie de gusiluz de la bondad. De hecho, de Jesús de Nazareth sabemos muy poco. Es indudable que Jesús creía estar cerca de Dios, como lo creían la mayor parte de los taumaturgos de la época. Pero también que Jesús fue el heraldo del final de los tiempos —del día de la Ira (aunque, a diferencia del Bautista, ofreciera, en nombre de Dios, un perdón de última instancia). Uno tiene la impresión que, para los «espiritualistas cristianos», daría igual que se llegara a demostrar que Jesús no fue tal y como se lo imaginan. Ellos seguirían con lo suyo. Al menos por aquello del se non è vero, è ben trovato.
el perquè de tot plegat
junio 18, 2015 § Deja un comentario
Es posible que nos vayamos de aquí sin saber de qué va tot plegat. Pues ¿acaso es una respuesta la idea, tan común por los pagos «new age», de que, al final, todos acabaremos formando parte de la luz o el magma celestial? ¿Qué diferencia habría entre la fusión magmática y ser engullidos por la gran oscuridad? Al fin y al cabo, donde no cabe poder decir yo, tanto da una cosa que otra. Algunos dirán que quienes acaban siendo luz existen en la dicha. Pero, el estado de una dicha perpetua ¿no coincide acaso con el estado de estupidez —de un inmarcesible ennui—o, en el mejor de los casos, con el de una eterna infancia? Más aún: quien ha perdido la conciencia —pues fusión es disolución— no existe. En cualquier caso, es del mismo modo en que la piedra o el mosquito son. ¿Quién nos dijo que lo impersonal puede ser una buena solución para quien aún es capaz de decir «yo»? ¿Acaso la solución impersonal no es como el factum de la gravedad? Es como si se nos dijera: en definitiva, esto es lo que hay. Pero lo que hay ¿no es, precisamente, lo que se encuentra suspendido en el aire por la pregunta sobre el porqué? La conciencia es, por defecto, desdichada. Siempre se encuentra pendiente de una última reconciliación… que de darse, difícilmente podría admitir, sin embargo, como última. El yo sufre eternamente la escisión con lo dado. De ahí que nos vayamos con las manos vacías. O lo que viene a ser lo mismo, el sentido de tot plegat no nos pertenece. Aunque ¿quién dijo que el sentido de tot plegat tuviera que declinarse en futuro? Al fin y al cabo, puede que no haya más que lo que nos fue dado. Y, por eso mismo, quizá no haya mayor condena para el hombre que la de haber dilapidado el don.
desconfiance
junio 17, 2015 § Deja un comentario
Con el tiempo aprendes a desconfiar del «esto es tal (o cual)», de las grandes sentencias que pretenden decirlo todo de una vez. Así, cuando alguien dice que la realidad es un espejismo o que no hay más leña que la que arde. Con seguridad podemos apostar que aún queda tinta en el tintero.
la mística salvaje
junio 16, 2015 § Deja un comentario
Del mismo modo que ya no nos atrevemos a interpretar un rayo como una señal del cielo ¿por qué seguimos empeñados en comprender los éxtasis místicos —esa alteración de la conciencia— como una experiencia de Dios?
Eliot, una vez más
junio 15, 2015 § Deja un comentario
TS Eliot dijo que hay momentos en los que solo cabe elegir entre la herejía y la increencia. Pues hay veces que para preservar la fuerza de la fe es necesario forzar la interpretación.
willy
junio 15, 2015 § Deja un comentario
Nadie puede elegir lo que quiere. Aunque tenga, sin embargo, que elegirlo.
Jn 1
junio 14, 2015 § Deja un comentario
Escribe Deleuze: «mi herida existía antes de mí; nací para encarnarla.» ¿No es esto algo parecido a lo que encontramos en el prólogo del cuarto evangelio? ¿Qué diríamos de un lector que, a propósito del aforismo de Deleuze, dijera: «esto no es posible: la herida no puede preexistir»? ¿Acaso no le acusaríamos de no haber entendido nada?
maitemindu
junio 14, 2015 § Deja un comentario
Un día hace alguna tontería, como besarte o sonreírte, y entonces tu vida deja de pertenecerte. El amor toma rehenes. Se te mete dentro.
Neil Gaiman
Incarnatus est
junio 14, 2015 § Deja un comentario
La Encarnación no es el instante en que lo corpóreo alcanza la Eternidad, sino al revés: el momento en que la Eternidad se hace mundana. Esto debería ser suficiente para borrar de golpe cualquier intento de comprender religiosamente el cristianismo.
melancholia
junio 13, 2015 § Deja un comentario
La melancolía, más que el asombro, es el principio de la filosofía. Pues, la melancolía no es tanto el apego al objeto perdido, como un ver el objeto que aún poseemos como si ya lo hubiéramos perdido.
juego sucio
junio 12, 2015 § Deja un comentario
Creer que Jesús de Nazareth es de la misma naturaleza que el Padre porque, entre otras razones, mantuvo una especial relación con Dios es pecar de mala fe. Suele decirse que, en el judaismo antiguo, nadie, salvo Jesús, se hubiera atrevido a emplear la expresión «abbá» para dirigirse a Dios. Como es sabido, la expresión —papá en arameo— denota un trato familiar, excesivamente familiar. De hecho, es la palabra que empleaban los niños para dirigirse cariñosamente a sus padres. Por eso, fácilmente, muchos concluyen que, si Jesús la empleaba, es que era íntimo de Dios, tan íntimo que, en verdad, era como Dios. Como si, al fin y al cabo, esa intimidad fuera una prueba de la naturaleza divina del profeta escatológico que fue Jesús. Pero esto, sencillamente, no es tal y como nos lo cuentan. Pues en el judaismo antiguo, el término «abbá» era empleado por aquellos taumaturgos que atribuían su poder, precisamente, a una especial relación con Dios. Así tendríamos, por ejemplo, al rabí Honí, el trazador de círculos, el cual fue acusado de ser irrespetuoso con Dios, por dirigirse a él como «abbá» (como Jesús). O el rabí Haniná ben Dosa, el cual creía que ser Hijo de Dios en un sentido especial. Lo normal es que un taumaturgo se considerara más cerca de Dios que el resto de los mortales. Pero, de ahí, a creer que eran como Dios media un paso. De hecho, un gran paso.
sujeto y culpabilidad
junio 6, 2015 § Deja un comentario
La imputación es el origen de la subjetividad, de la vuelta del sujeto sobre sí. La imputación no recae, pues, sobre un sujeto consciente de sí mismo y de las consecuencias de sus actos. La imputacion recae sobre aquel simio que no supo reprimir el impulso de asesinar a su hermano. Así, la pregunta que Dios le dirige a Caín —»¿dónde está tu hermano Abel?»— se revela como la pregunta que constituye lo humano del hombre. Es gracias a la imputación que el simio deviene humano. Pues el hombre es aquel que ha de dar cuenta de sí mismo ante aquél que le acusa injustamente, ante su Señor. Pero solo por eso, el hombre es destinado a la justicia. En tanto que acusado del crimen que no pudo evitar, el simio deviene guardián de su hermano. El hombre nace, pues, como culpable. Pero esto es lo mismo que decir que el Tú precede al Yo —que el Tú originario es aquel que tiene la potestad de obligarte a responder. Hacer del hombre un buen salvaje, no lo vuelve bueno. Lo torna, literalmente, idiota. Y es así que la pastoral del buen rollo solo engendra cristianos «atontados», hombres y mujeres encantados de conocerse. La bondad del hombre no es, pues, lo originario del hombre. Aunque solo por eso, el hombre está llamado a la bondad. Le quitas la culpa, y el hombre solo puede comprender su responsabilidad hacia el hermano como buena costumbre. Pero no hay costumbre que pueda justificarse ante una naturaleza sin piedad.
cristología básica
junio 6, 2015 § Deja un comentario
La dogmática afirma: el Hijo, la imagen de Dios, es Dios mismo. El Hijo, por tanto, no es una emanación —un efluvio— de Dios. Y esto, sin duda, da que pensar. Pues si Dios se identifica con el Hijo, Dios por sí mismo no es nada: una incógnita, un nombre sin referencia, una abstracción. De Dios no hay más, aunque tampoco menos, que el Hijo.
conócete a ti mismo
junio 4, 2015 § Deja un comentario
¿Quién soy? No lo sé, mientras no llegue a objetivarme como otro y decir, por ejemplo, yo soy como Eric Cantona. O como papá. O como tal o cual. Yo soy siempre como otro, como aquel otro en el que me reconozco. Sin ese otro no soy más que un amasijo de impulsos y creencias variables, una simple bola de billar. El yo queda fijado por la alteridad con la que se identifica. El delirio, sin embargo, consiste en anular la diferencia que hace posible, precisamente, la identificación. Pues si puedo decir que yo soy otro es porque el yo no termina de coincidir con el otro con el que, sin embargo, se identifica. El yo es otro, pues, porque el yo en última instancia no es otro. Ahora bien, ese yo, al margen de su identificación con el otro, no es nada. Mejor dicho, el yo en sí mismo es la fuerza —el neguit— de la negación de sí. El delirio consiste, por tanto, en suprimir la dialéctica del proceso de identificación: en creer que uno es, sin fisuras, Eric Cantona (o papá, o…). De ahí que un Dios que pueda decir yo es un Dios que necesariamente busca identificarse con lo otro de Dios y lo otro de Dios es, de hecho, el hombre. La Encarnación pertenece a la misma naturaleza de Dios. Probablemente, el dogma trinitario no pretenda decirnos otra cosa que ésta. Ahora bien, si lo anterior es cierto, entonces Dios no es nada sin el hombre. Pero, si lo anterior es cierto, Dios es también la continua negación de la autosuficiencia del hombre. El atrevimiento cristiano consiste no en decir algo de Dios del lado del hombre —del lado de su necesidad de Dios—, sino en pensar a Dios del lado de Dios. Es posible que el cristianismo sea, por eso mismo, la religión de la indigencia de Dios. Y es que acaso no quepa otra trascendencia que la de un Dios que eternamente difiere del hombre con el que, sin embargo, se identifica.
secularización
junio 4, 2015 § Deja un comentario
Fácilmente, podríamos entender el proceso de secularización como el paso del mito al tópico. Pues cuando la vida de los hombres se queda sin nada que representar —cuando el sentido ya no puede comprenderse como la ejemplificación de lo divino—, los hombres se entregan al imperativo de lo impersonal: de lo que se hace, se siente, se dice. En ausencia de mito, la costumbre, vaciada ya de sustancia, se vuelve totalitaria.
Bernardo
junio 2, 2015 § Deja un comentario
Amor triumphat de Deo, escribe san Bernardo. El amor venció a Dios. Sin embargo, de ahí a decir que el amor es Dios hay un paso.
