espectros
abril 22, 2012 § Deja un comentario
Es posible que haya más verdad en la superstición que en la descripción aséptica del investigador. Pues, como pone de manifiesto el psicoanálisis de Lacan, lo Real está del lado del fantasma. Y es que la verdad de la superstición no reside en su contenido —ya que solo haría falta que nos acostumbrásemos a los espíritus, de existir, para que la superstición se transformara de repente en un mayor conocimiento del mundo—, sino en el hecho mismo del temor ante lo desconocido. En este sentido, el fantasma —el espíritu, el espectro, el dios—, sería la figura de un exceso que, como tal, no puede ser integrado en el psiquismo sin que este salte por los aires. Como si, al fin y al cabo, la desmesura propia de lo real solo pudiera hacerse presente como aparición espectral. Por eso la verdad de la superstición solo puede ser conservada, una vez alcanzamos la mayoría de edad, en la superación monoteísta de la superstición y no en la transformación gnóstica del exceso de lo real en una variante cósmica de la placenta materna. Y así, Isaías entendió, tras la experiencia del exilio, que en verdad no podía haber otro Dios que el que se oculta y, por eso mismo, se muestra como intratable. Que el verdadero temor a lo desconocido —la genuina exposición a la trascendencia— no puede darse ante espíritus, pues, como decíamos antes, los espíritus aún son demasiado mundanos como para que nos obliguen a ponernos de rodillas, sino solo ante el Dios de Job, aquél que situándose más allá de lo creado, revela el sufrimiento de los hombres como lo indecible de la experiencia del mundo y, por eso mismo, el Bien como lo que no puede ser integrado en un universo en donde Bien y Mal son las dos caras del ciego movimiento de una vida no sometida al Juicio de Dios.
de profundis
abril 22, 2012 § Deja un comentario
Será cierto que hay dos profundidades. Una se da como la experiencia de otra dimensión. La otra como la de un límite infranqueable. Una te permite alcanzar una mejor vida. La otra te mantiene a la espera de lo en modo alguno puede tener lugar. Una concibe lo profundo como la fuente del ser. La otra como esa realidad que tuvo que ser negada para que fuera posible el mundo. Una te invita a disoverte en el océano. Otra te arroja más allá. Una concibe a Dios como la sustancia del mundo. Otra como la imposibilidad que transfigura el mundo.
transconfessional: comentarios a la teología de Javier Melloni (1)
abril 21, 2012 § Deja un comentario
Una vez resulta inviable creer en Dios como quien cree en la existencia de fantasmas, a los creyentes les quedan dos opciones. O bien todo es Dios o bien todo es debido a Dios. Es decir, Bombay o Jerusalén, el Pacífico o el Gólgota. En el primer caso, Dios es comprendido en los términos de otra cosa —o bien como el simple nombre de todo cuanto es o bien como la sustancia del mundo—. En el segundo, Dios, en tanto que es Dios y no otra cosa, se encuentra más allá de todo cuanto es… y, por eso mismo, estrictamente hablando no existe. Aquí todo —el mar y los hombres, el bien y el mal— se nos da en relación con la ausencia de Dios, del mismo modo que un hermano solo se revela como tal tras la muerte del padre. En el primer caso, Dios es la chispa de la vida, la fuente de la que emana la existencia misma de las cosas. En el segundo, el silencio que abraza la Creación por entero y que, por eso mismo, la mantiene en el filo de un final de los tiempos. En el primer caso, el sufrimiento de los hombres queda integrado en una cosmovisión y, por tanto, en un saber. Cabe, pues, una explicación del sufrimiento, una teodicea. En el segundo, ese mismo sufrimiento se convierte en indecible y, por eso mismo, aguarda una respuesta que solo puede proceder de un Dios que renuncie a su divinidad.
arbeit macht frei
abril 20, 2012 § Deja un comentario
Ciertamente, aún podemos preguntarnos si es posible hablar de Dios después de Auschwitz. Y aunque quizá solo debamos hablar de Dios, lo cierto es que probablemente tan solo quepa escucharlo.
el libro de Job
abril 20, 2012 § Deja un comentario
Las cuestiones que, desde el lado del sufrimiento de los hombres, podamos plantearnos sobre Dios no admiten una respuesta humana. Esto es, la perplejidad de Job —el estupor creyente— no se resuelve como un saber acerca de Dios. Y no porque Dios sea algo que nunca acabamos de conocer del todo —no porque nuestras capacidades para contener a Dios sean, ciertamente, limitadas—, sino porque, quien se encuentra sometido a la realidad de Dios, comprende, casi me atrevería a decir que corporalmente, que tanto la Belleza como el Horror —tanto la bendición como la maldición— son las dos caras de una y la misma trascendencia. Pero solo porque Dios se encuentra más allá de la Creación como el silencio que la cubre por entero —solo porque Dios es el Señor del Bien y del Mal como dirá Isaías—, el clamor de quienes sufren lo indecible puede revelarse como la voluntad —la llamada— misma de Dios. Ahora bien, esto último es lo que difícilmente admitirá quien haya hecho de Dios un océano.
diábolo
abril 20, 2012 § Deja un comentario
Decía Baudelaire que el triunfo del diablo consistía en habernos convencido de su inexistencia. Sin embargo, lo demoniaco existe, aun cuando carezca de entidad. El demonio es, de hecho, esa imagen —ese ídolo— que, al someternos por entero, hace difícil, por no decir imposible, que podamos ver más allá de nosotros mismos. Es así que lo diabólico nos impide salir del círculo de nuestro ombligo, de responder, al fin y al cabo, a la llamada, mejor dicho, al grito de Dios. De ahí que, para el hombre, la imagen arquetípica de Eva haya sido desde antiguo, no ya la imagen de lo demoniaco, sino lo demoniaco mismo. Como, para la mujer, acaso lo haya sido la figura del Príncipe.
amor filial
abril 19, 2012 § Deja un comentario
Ella ya nació y sus padres comenzaron a quererla con locura. Ella, como suele decirse, fue una hija muy deseada. Las cosas durante los primeros años fueron tal y como debían ir. Ella creía que sus padres se amaban. Recuerda aún con qué cariño se abrazaban mientras ella se columpiaba en el parque. O la ilusión con la que papá preparaba una cena especial para mamá. O cómo mamá la arropaba a medianoche creyendo que ella no se daba cuenta. O la alegría con la que papá la lanzaba al aire… Luego las cosas, se torcieron. Papá abandonó el hogar y se fue con otra. Algo se rompió entonces. Las cosas —es obvio— nunca podrían volver a ser como antes. La hija, ya adolescente, es incapaz de perdonar a su padre. Aunque mantienen un buen trato ya nada es lo mismo. Las formas ya no preservan ninguna verdad. Podríamos decir que su situación es típicamente religiosa, pues la cuestión que flota en el aire es la de si es posible la reconciliación, esto es, si cabe algo así como un religarse a lo que se les dió de buen comienzo. Si es posible recuperar los antiguos vínculos. La religión de hecho siempre tiene en la manga una respuesta. Y aquí la respuesta sería, pongamos por caso, una terapia familiar. ¿Qué diría, sin embargo, el cristianismo? Pues que una verdadera reconciliación no es posible, dentro de la normalidad, esto es, mientras las reglas del mundo sigan siendo las que son. Si cabe la reconciliación es porque se ha hundido el mundo. O, por decirlo de otro modo, que si padre e hija pueden amarse de nuevo es porque el mundo ha sido dejado atrás. Porque ambos se encuentran en medio de un gran naufragio. Porque el cielo ha caído sobre sus cabezas y ya nada pueden esperar del mundo. Porque ambos, en definitiva, se han convertido en unos miserables. Es decir, que no puede haber en verdad otro religare, otra religión que la que se da como resurrección de los muertos. (Ciertamente, el significado originario de la resurrección no es estrictamente éste. Pero por ahí van los tiros. Y es que al fin y al cabo el perdón de Dios solo puede comprenderse como el perdón de Dios.)
inedit film
abril 18, 2012 Comentarios desactivados en inedit film
Si nos quedamos sin contradicciones, ¿cómo haremos para avanzar?
JL Godard
cuestión de medida
abril 18, 2012 § Deja un comentario
Lo que se te da según la medida de tu receptividad, en realidad no se te da. Lo que llegas a poseer, se te escapa de las manos. Un pájaro en mano no puede volar.
blasfemia
abril 18, 2012 § Deja un comentario
La Biblia es muy clara al respecto: tan solo el pobre es capaz de Dios. Únicamente él está autorizado a hablarnos de Dios o, mejor dicho, en su nombre. Por eso resulta desconcertante que, en muchas de nuestras comunidades más o menos satisfechas, se nos exija compartir nuestra experiencia de Dios como si ella se decidiera por entero en el seno de nuestra interioridad. Y, lo que aún es peor, que nos atrevamos a hacerlo… sin poner al pobre por en medio. Cuando lo cierto es que cristianamente no hay otra experiencia de Dios —no hay otro encuentro con Dios— que el que tiene lugar ante la Cruz. Por eso cuando nos preguntan por Dios, lo primero que deberíamos decir es «había una vez un hombre llamado Jesús (o Grégoire o Romero o Espinal…)». Cualquier otra respuesta —sobre todo aquella que únicamente tiene en cuenta nuestras vibraciones— supone, literalmente, tomar el nombre de Dios en vano. Y a esto, antiguamente, se le llamaba blasfemia.
¿existe?
abril 17, 2012 § Deja un comentario
Quienes se preguntan por la existencia de Dios, ¿qué esperan encontrar que pueda valerles como Dios? De hecho, cualquier respuesta que un creyente pueda darles, nunca podrá ser admitida por ellos como una buena respuesta. Y es que, si es posible preguntarse por la existencia de Dios, es porque nada de cuanto existe puede ya valer como Dios. Un Dios o se da por descontado o no puede darse como Dios. Y hoy, en día, Dios solo puede darse por descontado como un acontecimiento del alma, esto es, como un asunto demasiado privado —demasiado interesado— como para que pueda provocar nuestro estupor. Nada extraordinario puede ya someter por entero la existencia de aquél para quien el mundo es antes que nada lo que le rodea. Y esto vale para los creyentes también. Pues nosotros, creyentes y no creyentes, somos aquellos para los que una divinidad ya no puede valer como Dios. De ahí que todo suponer típicamente religioso solo pueda concretarse como mala fe. En el momento en que Dios se plantea como una posibilidad del mundo —en el momento en que Dios se comprende como aquél que existe como ahora pueda existir cualquier otra cosa, aunque su existencia sea de suma importancia—, Dios ya no puede valer como Dios. Ahora bien, lo cierto es que Dios nunca existió para quien se encuentra sometido a la realidad de Dios. Para el creyente de la tradición bíblica, Dios no se da en los modos del presente. Preguntarse en verdad por Dios es preguntarse, por tanto, por el Señor de nuestra entera existencia. Y no hay otro Señor —no hay nada otro a lo que en verdad nos encontremos sujetos— que el que no existe y, con todo, debería existir. Como no hay Padre verdadero que no esté muerto. Un padre que se encuentre ahí a nuestra disposición es siempre alguien que hace de padre —un progenitor—, alguien con quien podemos alcanzar un buen trato. Aún no se ha revelado como nuestro Padre. Aún podemos saldar las deudas que tengamos con él.
el diferir
abril 16, 2012 § Deja un comentario
Si la vida de un hombre es significativa es porque representa, aunque siempre sea hasta cierto punto, un arquetipo. Un arquetipo es la personificación de una idea y, por eso mismo, permite que el hombre pueda comprender esa idea como una de sus posibilidades. Lo de menos es si los arquetipos existen con independencia de nosotros —como daban por sentado los antiguos— o, por el contrario, anidan en lo más profundo del inconsciente, como creía Jung. Lo decisivo es que definan un posible modo de ser. Así, una vida significativa puede darse como Patriarca o como Puber; como Profeta o como Sacerdote; como Poeta o como Esclavo; como Explorador o como Oficinista; como Madre o como Vestal; como Divinidad o como Bestia… Ahora bien, para un judío, en tanto que Dios no se caracteriza por un determinado modo de ser, mejor dicho, en tanto que Dios no se caracteriza en absoluto, no hay vida que puede estrictamente representar a Dios. Un Dios que se encuentra más allá de todo ente, un Dios que, por eso mismo, carece de entidad, un Dios cuya realidad es la del silencio que abraza por entero la Creación, no puede darse a la manera de un arquetipo, ni siquiera cuando se trata del arquetipo de la bondad. En cualquier caso, un Dios sin entidad solo puede encarnarse en el hombre sin rostro, un homo sacer, un crucificado. Dios como nada solo puede coincidir con el nadie. Ahora bien, el nadie no es que represente a un Dios que permanece en cierto sentido más allá de ese nadie: de hecho, si es uno con ese nadie es porque la nada de este último esta hecha con la nada de Dios. En definitiva, no es nadie porque Dios no es nada, porque sufre al fin y al cabo la impotencia de Dios, su inexistencia. Es por esto, que bíblicamente, Dios se da por entero en los despojos del hombre, su desnudez, su vergüenza. Y es así que el que va desnudo —el que no es más que su hambre— no representa propiamente a Dios, sino que lo encarna. O, por decirlo de otro modo, si el Crucificado encarna a Dios es porque no hay Dios qué representar.
incarnatus est
abril 16, 2012 § Deja un comentario
El inaudito perdón de un Dios-crucificado no debe comprenderse como una posibilidad del hombre. Pues, los posibles modos de ser del hombre solo se dan en relación con la serie de los arquetipos o modelos de existencia, y Dios, puesto que, en sí mismo, no se define por un modo de ser, difícilmente puede revelarse como un modelo para la existencia. Ahora bien, ese perdón tampoco puede comprenderse como una posibilidad de Dios… como si Dios pudiera perdonarnos o no. Pues la Encarnación no es una posibilidad de un Dios que pueda concebirse con independencia de su ponerse por entero en manos del hombre. La Encarnación pertenece a la esencia misma de Dios. Porque Dios desde el origen de los tiempos decide negarse a sí mismo para que sea posible el hombre, Dios desde el principio no es más —aunque tampoco menos— que la misericordia de un Crucificado. De ahí el prólogo del evangelio de Juan.
sexmachine
abril 16, 2012 § Deja un comentario
Hombre y mujer nunca coincidirán allí donde coincidan. O, por decirlo de otro modo, su coincidencia está hecha de ocultaciones. Y en esto —en una esencial, aunque sutil, falta de transparencia— consiste la habilidad de quienes alcanzan un buen trato. Ahora bien, por eso mismo, porque la coincidencia no es posible, pueden los amantes encontrarse. Hombres y mujeres aspiramos a la coincidencia y quizá las cosas no puedan ser de otro modo. Pero lo cierto es que solo los náufragos llegan a abrazarse.
Job’s God
abril 16, 2012 § Deja un comentario
Quien cree que Dios se da según la medida de su sensibilidad—quien cree que basta con que Dios le valga a él para que Dios valga en verdad—difícilmente admitirá al Dios de Job, aquél al que le debemos tanto la bendición como la maldición de nuestra existencia. Así tenemos que muchos de los creyentes que han actualizado su fe, precisamente, haciendo de Dios un asunto interno, no saben qué hacer con una buena parte del Antiguo Testamento. Y con que no saben qué hacer, deciden cortar por lo sano y, a la manera de Marción, quedarse solo con el Dios que les conviene, el cual siempre acaba teniendo las formas de un Dios-consolador. Ahora bien, quien prescinde del lado oscuro de YWHW—quien no admite la sombra que engendra su altura—difícilmente podrá encontrarse sometido a su voluntad, aquélla que nace del estómago de los hambrientos, y mucho menos entender que solo porque YWHW es YWHW puede un Crucificado darse como Señor.
más Duchamp
abril 15, 2012 § Deja un comentario
Si el urinario de Duchamp puede mostrarse como bello es porque ya no hay belleza qué representar. La fe en una belleza incuestionable —el dar por sentado que existe una belleza más allá— hace posible que podamos dividir las cosas en bellas y no bellas (o no tan bellas). Pero donde ya no cabe esa fe, entonces ya no es posible seguir dividiendo. Un urinario se sitúa a la misma altura que la Gioconda. Todo deviene bello por la previsible muerte de la belleza. (Hagamos las debidas traducciones y tendremos una bonita teoría de la Encarnación.)
sin mito
abril 15, 2012 § Deja un comentario
El derrumbe del más allá no solo nos ha dejado con el culo al aire al vaciar el cielo de dioses, sino que además nos empuja a creer que la vida de los dioses se encuentra de hecho a nuestro alcance. La catástrofe de la Modernidad transforma, pues, lo sobrenatural —y, por eso mismo, inaccesible— en una posibilidad del hombre, en un ideal creíble. Y, así, cualquiera cree puede vivir como dios, precisamente, porque ya no hay dios que valga por encima de su cabeza. La chica de hoy en día cuando ve una película típicamente romántica cree sin ningún género de duda que eso le puede pasar perfectamente a ella, cuando lo cierto es que, hace unos cuantos siglos, a ninguna mujer se le habría ocurrido pensar que la historia, por ejemplo, de Paris y Helena iba con ella.
athéisme
abril 15, 2012 § Deja un comentario
Una manera habitual de negar la existencia de Dios es diciendo que Dios no deja de ser el nombre de otra cosa, por lo común una fuerza o un poder, se trate del poder de la Madre Tierra o el de la Bondad. Esto es, que para el viaje de las cosas no hacen falta las alforjas de Dios. Ahora bien, lo cierto es que no hay mucha diferencia entre quien se refiere a Dios como algo o alguien ahí y quien se queda con lo que hay. Ambos permanecen en el ámbito de los hechos, aunque uno, el creyente, tenga que suponerlos. Quien cree en Dios como si Dios fuera el nombre de otra cosa, no cree verdaderamente en Dios, sino en esa cosa a la que llama Dios como podría llamarla «el fundamento de cuanto es» o también «la cosa más importante o decisiva de nuestras vidas». O, por decirlo según los tecnicismos de la filosofía del lenguaje, ‘Dios’ no sería más que la abreviatura de una descripción definida. Si Dios es el nombre de otra cosa, entonces tiene razón el ateo: para ese viaje no hace falta ir tan lejos. Ahora bien, no deja de ser curioso que en la Biblia el nombre de Dios no pueda funcionar como un nombre al uso. Esto es, en la Biblia el nombre de Dios no refiere o, mejor dicho, no refiere a nada más que a sí mismo. Pero si esto es así —que lo es—, entonces aquél que se encuentra sometido a Dios no se encuentre sometido a ningún poder, aun cuando sea el de la bondad, sino al simple nombre de Dios que es como decir a su falta. Decir YWHW es como decir EANJOIESHOJHIS. El nombre de Dios ha de comprenderse, pues, como comprenderíamos una ‘inscripción’ que halláramos en Marte: como ese signo que reclama un referente que no acaba de revelarse. De ahí que YWHW solo pueda darse como promesa de sí mismo. Al menos, hasta que no comprendamos que donde no puede haber Dios no puede haber más Dios que el que cuelga de un madero.
el Rey León
abril 15, 2012 § Deja un comentario
Desde hace unas semanas tengo a mi hija Clara fascinada con el Rey León. De hecho, sus sensaciones son una mezcla de fascinación y terror: está descubriendo lo santo de la muerte. Frecuentemente, me pregunta si yo también me moriré como Mufasa. Le digo que sí, que con el tiempo los papás nos vamos al cielo —como Mufasa— y que desde allí seguimos cuidando de nuestros hijos. Entonces Clara me dice que ella tiene una idea mejor: que cuando muera me pondrá debajo del grifo de la bañera para que vuelva a la vida. (No sé de donde ha sacado la idea, pero es un fantástica imagen del bautismo: será cierto aquello tan cristiano de que solo el Hijo pudo redimirnos.) Ahora bien, lo que me llama la atención de todo esto es que, desde que sabe que puedo morir, su relación conmigo es más tierna, si cabe. A veces entra en mi habitación simplemente para darme un beso o para decirme que me quiere mucho (y luego, por supuesto, a corretear por el pasillo como si nada…). Es verdad que solo amamos lo que perdimos o podemos perder. Como si, al fin y al cabo, la muerte fuera nuestro privilegio. Como si solo ella pudiera entregarnos el valor de una vida. De ahí a comprender que solo podemos amar un Dios que murió por nosotros hay un paso. Aunque no sea fácil de dar.
las dos fuentes del valor
abril 15, 2012 § Deja un comentario
O bien las cosas valen por lo que representan, o bien valen porque ya no se encuentran a nuestra entera disposición. En el primer caso, el valor se comprende a la manera del antiguo, o no tan antiguo, paganismo. Y, así, entendemos, por ejemplo, que una relación vale la pena si puede comprenderse como el calco más o menos aproximado de una relación prototípica o mítica. Esto es, si encarna un amor de película. En el segundo caso, sin embargo, el valor se da en relación con la experiencia de la pérdida. Es así que no somos capaces de ver, por ejemplo, el valor de nuestra madre hasta que no muere. Mientras sigue ahí no podemos dejar de tratarla, como si fuera una cosa entre otras, aunque, sin duda, de mayor importancia. Sustituyamos la cosa por Dios y obtendremos la diferencia entre la religión, la cual es siempre pagana, y la fe de quien sabe, porque lo ha sufrido en sus carnes, que solo puede haber un Dios que valga.
(el) uno está que trina
abril 15, 2012 § Deja un comentario
A veces pienso que la Trinidad fue concebida para que entendamos de una vez por todas que Dios siempre se encuentra más allá de lo que uno pueda llegar a creer sobre Dios. Así cuando identificamos, por ejemplo, a Dios con el Espíritu, viene el dogmático para recordarnos que el Espíritu es en todo caso de Dios —y para más inri de un Dios crucificado—, pero no es Dios. Cuando, siendo más cristológicos, identificamos a Dios con el Crucificado, entonces ese mismo dogmático nos indica que si podemos admitir a un hombre crucificado como Señor es porque un hombre despojado de su humanidad es algo más que un humano. Y cuando estamos tentados de seguir con el viejo teísmo y quedarnos solo con el Padre, el dogma insiste en que un Padre no puede darse sin el Hijo. O, lo que viene a ser lo mismo, que no hay Dios que valga sin la obediencia del hombre. Al fin y al cabo, esto del Dios uno y trino tiene más miga de la que parece. Como si se nos quisiera decir que uno no puede creer en Dios —que nadie puede honestamente ponerse en sus manos—, donde no renuncia a su creencia.
ex cathedra
abril 14, 2012 § Deja un comentario
Dios tiene que morir para que pueda aparecerse en el hombre.
influence
abril 14, 2012 § Deja un comentario
Un autor es influyente cuando muchos, sin haberlo leído o, lo que aún es más sorprendente, sin saber de su existencia, piensan lo que solo él pudo haber pensado.
perversa inocencia
abril 14, 2012 § Deja un comentario
Algunos creyentes reaccionan ante la verdad cristiana, ésa que nos deja con el culo al aire, diciendo aquello de no n’hi ha per tant. Esta reacción es semejante a la que tienen algunos cuando se les dice aquello de Plauto, tan querido por Hobbes, a saber, que el hombre es un lobo para el hombre (homo homini lupus). De hecho, quienes dicen esto de que no n’hi ha per tant, suelen vivir una vida confortable, una vida en la que todo el mundo es bueno, al fin y al cabo, una vida muy alejada de las guerras de religión que asolaron Europa en los inicios de la Modernidad y que llevaron a Hobbes a decir que solo renunciando a su libertad podían los hombres vivir en paz. Será verdad que, por lo común, uno ve tan solo lo que puede ver a un palmo de sus narices.
la pastoral del miedo
abril 14, 2012 § Deja un comentario
Hay un cierto paternalismo en la pastoral que siente una aversión casi visceral a la reflexión de un determinado alcance. Això que dius, la gent no ho entendrà, suelen decir los pastores. Y se quedan tan anchos, después de darte unas cuantas palmaditas en la espalda. Es verdad que muchos fieles difícilmente comprenden según qué cosas de las que se afirman en el credo cristiano. Y de ahí que esa pastoral se sienta obligada a ofrecerles algo así como un compendio de principios básicos. Que si Dios nos quiere. Que si Jesús era tan bueno como solo podía serlo Dios mismo. Que el lenguaje de la resurrección lo que quiere decirnos en verdad es que Jesús sigue vivo en nuestros corazones. Etc. Pero ahorrarse según qué preguntas, probablemente por temor a perder la clientela o, simplemente, porque no se quiere caer en el antiguo elitismo, no produce más que rebaños que difícilmente querrán otra cosa que consumir lo que los pastores puedan darles para su satisfacción. Así, la pastoral del miedo, tanto si es de derechas como de izquierdas, deja de ser cristiana, a pesar de que sus contenidos sigan siendo cristianos, para transformarse en una pastoral típicamente religiosa, la cual gira siempre alrededor de la cuestión sobre qué debemos hacer para ganarnos el cielo o la conexión con Dios. Esto es, no acerca a la fe, sino que nos mantiene sometidos al poder de la superstición, aunque ésta se encuentre enmascarada bajo el ropaje, ciertamente más sofisticado, de una espiritualidad de trazos gnósticos o panteístas. Ahora bien, las personas no son siempre tan cortas de miras como supone la pastoral del miedo. Si se les explican bien las cosas, pueden comprender lo aparentemente incomprensible, aunque eso requiera más tiempo del habitual para seguir alimentando los prejuicios religiosos. Es fácil decir que Jesús es Dios. Pero no es fácil saber qué estamos diciendo con ello, pues admitirlo supone dejar definitivamente atrás la idea religiosa de un Dios que se encuentre más allá del Crucificado. Y, así, quienes fácilmente aceptan esto de que Jesús es Dios, o bien lo convierten en un dios paseándose por la tierra, aunque sea con buen rollo, o bien en un hombre capaz de interiorizar por entero a Dios y, por consiguiente, en un ejemplo a seguir. Pero el dogma se escribió, precisamente, para bloquear cualquiera de estas dos interpretaciones. Por eso la pastoral del miedo aleja fácilmente a quienes, hoy en día, se vuelven a hacer las grandes preguntas sobre Dios que condujeron precisamente al credo cristiano, aquellas que nos impiden creer en un Dios que se sitúe por encima de la Cruz. El credo cristiano no tiene nada de elemental, pues no tiene nada de elemental identificar a Dios con un Crucificado. Pero su dificultad no es imposible de entender, si se explica bien. Lo difícil es admitir lo que tarde o temprano uno puede llegar a entender. Y si los simples pueden creer, no es porque comprendan el credo, sino porque solo ellos pueden vivir lo que los teólogos deben comprender. Si Agustín y compañía hubieran tenido el prejuicio de muchos de nuestros pastores, tanto carcas como progres, hoy en día ya no habrían cristianos. O los habría como en Méjico puedan aún haber indígenas que crean que no hay más dios que el Sol.
young people
abril 13, 2012 § Deja un comentario
Un joven difícilmente puede ver más allá de los límites que le impone su propio deseo. La chica de la que estás enamorado lo es todo. Por decirlo de otra manera, de esa chica no verás nada que no admita tu deseo. Y será por eso que, durante el tiempo de nuestra juventud, resulta tan difícil creer en un Dios tan poco preferible como el que cuelga de una cruz.
día 6
abril 13, 2012 § Deja un comentario
Porque los reyes son los padres, los reyes son los padres. Esto puede parecer una obviedad, pero no lo es en absoluto. De hecho, el dogma cristiano de la Encarnación podría caricaturizarse diciendo lo anterior. Pues solo cuando uno cae en la cuenta de que los reyes son los padres, puede ver a sus padres como esos reyes que, en definitiva, son. Para bien y para mal.
Todo Hegel (o casi) en un aforismo.
abril 13, 2012 § Deja un comentario
Una rosa es una rosa. Pero si esto es así es porque una rosa no es, en definitiva, una rosa, sino siempre algo más. Aunque, estrictamente, sea algo menos.
veritas
abril 13, 2012 § Deja un comentario
No por el hecho de estar más cerca de la verdad acerca de Dios estamos más cerca de Dios.
trailer
abril 12, 2012 § Deja un comentario
Los hombres alcanzamos la verdad, si la alcanzamos, antes de que podamos comprenderla.
templus fugit
abril 10, 2012 § Deja un comentario
Es de suponer que Pompeyo se llevó una gran sorpresa cuando entró en el arcano del Templo; habría esperado encontrar, al acercarse al interior del mismo, el centro de la adoración y, en él, la raíz del espíritu nacional, el alma vivificante de ese pueblo excepcional, centrado en un punto; habría esperado encontrar también un ser que pudiera ser objeto de su devoción, un ser cuya veneración tuviera sentido, pero al entrar sus esperanzas se vieron defraudadas y tuvo que comprobar que el centro misterioso era un espacio vacío.
GWF Hegel
echar en falta (y 2)
abril 10, 2012 § Deja un comentario
Algunos creen que Dios se encuentra ahí para cubrir las faltas que sufren los hombres. Y, así, Dios ocuparía el lugar del esposo que murió. O el de los padres que el huérfano echa en falta. O el del hogar del que el extranjero fue expulsado. Pero Dios en verdad no suple nuestras faltas. En verdad se mantiene ahí arriba, inaccesible a nuestro desaliento, para que los hijos que perdimos se nos aparezcan en los huérfanos de Israel.
sin fin (y 2)
abril 9, 2012 § Deja un comentario
La experiencia de lo real como la experiencia de ŀo enteramente otro nunca podrá darse como una visión de lo real. Una visión puede ser más o menos completa, pero en tanto que visión se encuentra siempre ligada a una posición, y, por eso mismo, nunca entregará nada en verdad real, sino propiamente una determinada captación de lo real. Al fin y al cabo, una visión se da siempre conforme a las condiciones de nuestra receptividad, y la experiencia misma de lo real no puede darse como algo relativo a la posición de un sujeto. Estrictamente, en un campo de visión, lo enteramente otro solo puede indicarse en negativo, esto es, como algo fuera de campo, como esa ausencia que hace posible, precisamente, el aparecer mismo de las cosas como meras cosas. La experiencia positiva de lo real no es, por tanto, la de algo ubicable, aunque sea en un transmundo, sino la que podamos tener de las cosas mismas pero en tanto que sometidas a la inminencia de un final de los tiempos. Dicho de otro modo, la experiencia de lo real depende de hecho del horizonte temporal en el que se inscribe cualquier visión particular de las cosas. Supongamos, por ejemplo, que supiéramos a ciencia cierta que al cosmos le quedan unos dos días. Que todo —¡todo!— termina después. No se trata solo de mi muerte, sino de la Muerte. En esos tiempos finales no nos preguntaríamos a dónde iremos a parar o qué otro mundo nos espera, sino más bien y ahora qué podemos o debemos hacer. El mundo quedaría por entero transfigurado y las cosas dejarían de darse según la medida de cada uno. El mundo ya no podría revelarse como lo que me rodea, sino más bien como esa claridad en la que nos hallamos inmersos. En un mundo transfigurado no hay espectador que valga. El mundo se convertiría de repente en lo más vivo. Y el mundo verdadero coincidiría, al fin, con el mundo fantástico o alucinante de nuestra infancia, horror incluído. De repente, el mundo por entero, con independencia de cual fuera nuestra visión particular de las cosas, se habría convertido en (el) otro mundo. La posibilidad de un final de los tiempos—la posibilidad irrefutable de la aniquilación— se muestra, así, como la única vía por la que el hombre puede palpar la realidad del mundo, su excesiva alteridad, su valor. Y, así, fácilmente comprendemos lo que la tradición bíblica da por sentado de buen principio, a saber, que la genuina experiencia de la trascendencia como la experiencia del silencio que envuelve por completo la Creación no devalúa el mundo, sino que, al contrario, lo carga con el aura de lo santo. La experiencia de lo enteramente otro no se da, pues, como la experiencia de una divinidad ubicable en otro mundo, sino como la experiencia misma de un mundo sometido a la única eternidad efectiva, la de un Dios que, en sí mismo, no es otra cosa que nada. De ahí que la tradición bíblica insista en que no puede haber una genuina experiencia de Dios que no se dé junto con la convicción casi corporal de que el mundo no es eterno, de que el fin es inminente. Será por esto que aquellos que creemos ingenuamente en que no hay final que valga —aquellos que damos por sentado que el mundo es lo que nos rodea—, difícilmente podremos ahorrarnos un mundo en que todo pasa y nada ocurre en verdad. Pero este es el precio que hay que pagar por nuestro desprecio de Dios.
Maimónides
abril 9, 2012 § Deja un comentario
Esa doctrina tan judía de una Creación a partir la nada acaso no pretenda otra cosa que impedir la disolución panteísta de Dios o, lo que viene a ser lo mismo, la identificación de Dios con el Ser. Ahora bien, por eso mismo, quien admite la Creación de la nada debería estar dispuesto a admitir igualmente que Dios se encuentra, como no se cansaba de repetir Maimónides, del lado del no ser. Y de ahí a decir que la Creación consiste en el negarse mismo de Dios hay un paso. Para la sensibilidad bíblica, el mundo no emana, por tanto, de Dios. Dios será el comienzo de la Creación, pero en modo alguno su resultado. La Creación no puede comprenderse, así, como el movimiento reflexivo de un Dios que sale de sí para regresar a sí mismo. El resultado de la Creación es, de hecho, lo otro de Dios, un mundo dejado, precisamente, de la mano de Dios y que, por eso mismo, no puede menos que echar a Dios en falta. Como si la culpa del hombre, ese existir sin Dios mediante, fuera en definitiva el reverso del amor de Dios, el gesto por el cual Dios se niega a sí mismo para que, de este modo, el hombre pueda ser llamado a la existencia.
afueras
abril 9, 2012 § Deja un comentario
Hay algo más trascendente que la trascendencia de un orden cósmico que no acabamos de comprender y es el silencio que abraza el cosmos por entero. No son, pues, las figuras arquetípicas de un orden las que configuran la experiencia de lo más vivo. Para quien ha dejado su infancia atrás no tiene otra oportunidad para alejarse del nihilismo que la que le concede el silencio mismo de Dios.
full contact
abril 8, 2012 § Deja un comentario
El éxtasis es la otra cara del saber. Se equivocan, así, quienes comprenden el éxtasis como una superación del saber o el saber como una desmitificación del arrebato místico, creyendo en ambos casos que se da en el clavo de la relación del hombre con Dios. Ambos, éxtasis y saber, funcionan como el reverso especular del otro. Pues si en el saber la alteridad de Dios queda reducida a las condiciones de la receptividad del yo, en el éxtasis místico el yo queda absorbido por la supuesta realidad de Dios. Éxtasis y saber revelan, cada uno por su lado, que donde hay yo no puede haber Dios y viceversa. Por eso en los textos bíblicos no hallaremos ni conocimiento de Dios, ni episodios de arrobamiento. Pues para la tradición bíblica no puede haber en verdad un yo que no esté sujeto a la voluntad de Dios, ni un Dios que no reclame del hombre una obediencia inviable. Y es que donde se trata de Dios no cabe ni el éxtasis, ni el saber, sino solo algo así como un meeting, por no hablar de un full combat. Esto es, quien se encuentra con Dios —quien sufre su altura— solo puede interpelarlo… o dejarse interpelar por él. ¿O es que acaso la invocación judía no posee los tonos de la interpelación de quien cree que Dios ha dejado de escucharnos? ¿O es que acaso la experiencia misma de la bendición no está judíamente siempre acompañada de una responsabilidad para los que no gozan, precisamente, de esa bendición? Ahora bien, quien se encuentra con Dios, mejor dicho, quien topa con él, no tiene a Dios ante sí —pues de tenerlo Dios sería una cosa dada según nuestra medida—, sino a aquél que le re-presenta. Cualquier diálogo con Dios es un diálogo de sordos mientras no escuchemos la respuesta de Dios en el llanto de los desamparados. Porque Dios no se da según los modos del presente —porque no hay presencia de Dios—, Dios se a-parece en los que, con su desarraigo, dan testimonio, precisamente, de la excesiva trascendencia del único Dios.
echar en falta
abril 8, 2012 § Deja un comentario
La viuda echa en falta al esposo. El huérfano, a sus padres. El extranjero, el hogar. La audacia bíblica consiste en hacer de estas figuras del desarraigo, no ya la representación misma de lo humano —como, si al fin y al cabo, no fuéramos más que viudas, huérfanos o extranjeros—, sino la única representación de Dios ante la cual nos es lícito postrarnos. Que el hombre sea imagen de Dios no significa, pues, que el hombre sea algo así como una copia, aunque imperfecta, de la supuesta fuerza de Dios. Significa más bien que el estigma de un Dios sin entidad le pertenece como lo más íntimo. Al igual que Dios, el hombre no se encuentra en el mundo como en casa. De Dios en verdad solo poseemos sus huellas —esos rostros—, las cuales nos obligan hasta el final de los días, más incluso que si Dios se hubiera hecho presente como divinidad.
God is a monkey (1)
abril 7, 2012 § Deja un comentario
El cristianismo, como es sabido, proclama a los cuatro vientos la Encarnación de Dios. Mejor dicho: el carácter salvífico de dicho acontecimiento. Así, no entiende la Encarnación a la manera griega, como si un dios se hubiera vestido de hombre para indicarnos el camino, sino que la comprende como el sacrificio expiatorio del mismo Dios. Solo el sacrificio de Dios —la revelación misma de Dios como amor (1Jn 4, 8)— nos libra del pecado, esto es, de nuestro esencial vivir de espaldas a Dios. Ahora bien, quien entienda todo esto difícilmente podrá admitirlo como algo religiosamente viable. O, por decirlo de otro modo, no es posible comprender la Encarnación desde una típica sensibilidad religiosa. Supongamos que Robinson Crusoe fuera Dios, y los hombres, esos monos que viven en las montañas de la isla a la que Robinson fue a parar. Robinson Crusoe, por lo común, les trata bien: sabe cómo acariciarlos para que duerman en paz, les acerca el agua de las grutas en época de sequía, cura a los heridos… Pero también se los come. Robinsons Crusoe es, ciertamente, una divinidad tot court. Los monos, en un momento dado, comprenden que tienen que aplacar el hambre de Robinson Crusoe para quedarse únicamente con su lado amable y, así, decidieron ofrecerle en sacrificio un mono joven cada semana. De este modo, saben a qué atenerse cuando topen con él: saben que solo les querrá para cuidarlos. Sin embargo, en un momento dado Robinson Crusoe intuye que vendrán a rescatarlo y que, probablemente, esto de la isla se acabe. Es entonces que incomprensiblemente se apiada de esos pobres monos y toma la decisión de convertirse en uno de ellos. Esto es, no decide vestirse de mono, sino hacerse mono… renunciando, por tanto, a su poder. Más aún: no resuelve encarnarse en un macho alfa, sino en uno de aquellos monos destinados al sacrificio ritual. Se convierte, así, en un mono en manos del resto de los monos. Y una vez allí en medio de ellos se dedica a predicar el acontecimiento: que el Hombre ya no quiere comerse a los monos. Es obvio que nadie puede tomárselo en serio. El caso es que en el momento de la verdad, cuando lo atan al árbol para que el Hombre venga a buscarlo, él no se resiste. Al contrario, ¡les perdona! Muchos creyeron que se había vuelto loco. Al fin y al cabo, el Hombre no puede hacerse mono y, siendo un verdadero mono, hablar en nombre del Hombre. (to be continued…)
liberty one
abril 5, 2012 § Deja un comentario
La pregunta por la libertad, entendida como la posibilidad de realizar el propio deseo, resulta ininteligible para quien se encuentra a una cierta distancia de su propio deseo. Como si dicha realización, al fin y al cabo, no tuviera que ver con él. Ahora bien, quien no se reconoce en su propio deseo suele preguntarse que podrá querer en verdad. Y es que, alejado de sus inclinaciones más elementales, no parece que pueda querer algo desde sí mismo. Como si solo pudiera amar sometiéndose a la voluntad de un Padre insatisfacible. Como si no hubiera otra libertad que la de quien se encuentra sujeto a la necesidad de responder a una petición tan ineludible como imposible. No es casual que quien llega a querer algo en verdad esté más cerca de la obsesión que de la tranquilidad de quien hace sus compras.
sin fin (1)
abril 5, 2012 § Deja un comentario
Para comprender de qué va esto de Dios hay que dejar de ver las cosas desde el punto de vista de la eternidad. Desde la óptica de un tiempo infinito, todo vale por igual o, lo que viene a ser lo mismo, nada vale en verdad. La historia entera de la humanidad queda reducida a un instante infinitesimal en el que ya no cabe distinguir entre las fosas comunes y el crecimiento de la hierba. Por tanto, o la materia es eterna y, por consiguiente, no hay Dios que valga; o hay Dios y, por consiguiente, el tiempo tiene un final, aquel en el que Dios irrumpe, precisamente, como final de los tiempos. Ahora bien, un Dios que pone fin a los tiempos no puede ser un ente ni tampoco una fuerza, sino que debe comprenderse, en sí mismo, como la nada que subyace a todo cuanto es. O, por decirlo en bíblico, como el silencio que abraza por entero la Creación. Ahora bien, quien comprende lo anterior, comprende que la materia en absoluto puede ser eterna, aun cuando la ciencia demuestre que de hecho lo es, ya que la experiencia de la nada —la experiencia del silencio de Dios— es fundamental, esto es, ontológicamente primera. El no-ser siempre se encuentra fuera de todo cuanto es, precisamente, como su eterna posibilidad. Porque solo Dios es eterno, el mundo se encuentra sometido al poder de Dios como la posibilidad misma del final. Quien se mantiene en el plano de los hechos se mueve, por tanto, entre la ingenuidad y el nihilismo. Únicamente quien experimenta que el todo como no-todo —solo quien sufre la trascendencia del Dios de Job— puede escapar de la eternidad de la materia. Pues ahí donde encaramos la posibilidad de un final absoluto, ahí nos encontramos sometidos al Juicio o, por decirlo de otro modo, ahí se diferencian verdaderamente el Bien del Mal como las dos posibilidades de la existencia. La vida comienza a valer como aquello que nos ha sido dado dentro de un plazo y, por tanto, como lo que debe ser preservado frente a la muerte. Ante Dios, somos así quienes nos encontramos sometidos al deber insoslayable de guardar la vida por encima de(l) todo. En verdad, no somos más —aunque tampoco menos— que ese encontrarse sujetos a la realidad imperativa de Dios. Quien sale de este encontrarse —quien intenta verse desde fuera de esta situación— tan solo podrá verse como un cuerpo sometido a las fuerzas impersonales del mundo. Dios nos da la vida, sí, pero al precio de que Dios, en sí mismo, se revele como la muerte del mundo.
