la escuela moderna

septiembre 20, 2020 § Deja un comentario

Hace tiempo que la escuela, al menos por estos pagos, ha dejado de ser un campo para el cultivo del alma. La misma expresión suena demodé a oídos de nuestros adolescentes. Ellos están en Instagram o jugando al Fornite. De ahí que una escuela tenga que adaptarse, proponiendo actividades chispeantes. Así, al maestro se le pide, sobre todo, que haga de cheerleader. El resultado son chichos y chicas infantilizados que desprecian cuanto ignoran y que apenas toleran la frustación. Evidentemente, el suspenso es culpa del maestro: no ha sabido estimularlos lo suficiente (y de ello también están convencidos los padres, cada vez más imberbes). Es cierto que la escuela tiene que preparar para la vida. Y que, por tanto, hay que tener en cuenta dónde se encuentra el alumno… si no se quiere sembrar en el desierto. Pero solo para sacarlo de ahí, del lugar en el que habita tan cómodamente. Pues la vida no suele coincidir con nuestras fantasías. Ahora bien, lo que de hecho se da fácilmente por sentado es que esta preparación tiene que apuntar únicamente al desempeño de una profesión. El mensaje de fondo es el del mundo: de lo que se trata es de encontrar un buen trabajo y de divertirse cuanto se pueda. Esto es, esclavitud y soma. Ciertamente, aún hay escuelas que incluyen en su ideario grandes palabras: que si competencia humana, que si sensibilidad social, que si pensamiento crítico… Sin embargo, en la práctica poco se puede hacer al respecto donde las nociones de esfuerzo, disciplina, amor a la verdad… han dejado de ser socialmente vinculantes. En nombre del progreso educativo, la formación humana se ha transformado en un oropel.

Y, con todo, sigue siendo innegable que del mismo modo que uno tiene que cuidar de su cuerpo si pretende tener buena salud, debería igualmente cuidar de su alma si quiere dejar de ser un idiota, literalmente, alguien incapaz de salir de su interés más particular, el cual suele ser el eco de los intereses del sistema. En el cuidado del alma está en juego el desarrollo de un carácter y, en definitiva, la libertad, la posibilidad de estar por encima de lo que no importa en nombre, precisamente, de lo que en verdad importa. Donde la escuela olvida que su tarea principal es la formación del carácter se convierte en un taller. Nuestros jóvenes tienen que aprender que ellos no son el centro —que el centro se encuentra en lo que exige ser amado, esto es, perseguido eternamente—. Cuando menos, porque lo humano se juega frente a lo que nos reclama una entrega, aun cuando, a la manera de un límite asintótico, cuanto más cerca, más lejos. El otro día se lo decía a mis alumnos a propósito de las primeras líneas del Fedón, aquellas en las que Sócrates dice que de lo que se trata, al fin y al cabo, es de aprender a morir (solo quien tiene de algún modo presente que vivimos dentro de un plazo es capaz de distinguir entre lo que importa y lo que no). Su reacción no fue la del pasota. Al contrario. Pues el alma sigue estando ahí, aunque sepultada por un ruido ensordecedor. Pero me preguntaba qué comprenderán de lo que pueda decirles al respecto donde la mayoría ignora el significado de palabras como aberrante, insólito, consenso… Este, y no otro, es el resultado de las sucesivas reformas progres, las cuales han pretendido hacer tabula rasa del pasado, despreciando la diferencia que hay entre lo que debe ser renovado y lo que pide ser conservado.

A veces pienso que la deriva moderna hacia la trivialidad nos empuja a ser conservadores. Y es que lo mejor que una escuela pueda ofrecer a nuestros jóvenes es, precisamente, lo más granado de nuestra tradición humana e intelectual. De lo contrario, me atrevería a decir que nos dirigimos a nueva Edad Media en el terreno cultural —y quizá también económico—, en donde habrá unos pocos centros de excelencia, en el que estudiarán los hijos de los ricos, y para el resto, baratijas. En definitiva, o una escuela se convierte en un centro de resistencia, o lo que nos espera es la sumisión.

consuelo y verdad

septiembre 19, 2020 § 5 comentarios

La gente, por lo común, está hecha polvo. Vive la vida a presión, (y si no, lo que pesa es la costumbre: nada nuevo bajo el sol). También, y cada vez más, con desesperación. Muchos, sin duda, creen que son felices. Pero quizá porque no se preguntan si en realidad lo son. De ahí, la necesidad de tener con qué distraerse. Y si uno sufre más de la cuenta o pierde pie al preguntarse por el porqué, buscará algo con lo que consolarse. Hay mucha soledad (y con ella, su enmascaramiento: que si Instagram, que si postureo o buena cara). Preferimos ignorar la verdad o mejor, su búsqueda. Más bien, lo que compramos es ilusión. Que alguien nos diga, pongamos por caso, que hay alguien más allá que se preocupa por nosotros, aunque a veces no lo parezca. O que el astrólogo nos asegure que todo irá bien. O ceder a la fantasía romántica. Lo dicho, consuelo. De hecho, lo habitual es que los que apuntan a la verdad, aun cuando esta al final adopte la forma de lo paradójico —o puede que por eso mismo—, sufran el destino de Casandra. La verdad nunca fue una solución. O mejor dicho, una solución que estuviéramos dispuestos a admitir. Hace falta mucha musculatura para vivir en el espíritu de la verdad. Sobre todo, cuando va cargado de una esperanza en la que espontáneamente no podemos creer.

asuntos pastorales

septiembre 18, 2020 § 1 comentario

En la cancha cristiana, suele darse un exceso de tenemos que. Así, por ejemplo, desde el púlpito no es raro escuchar que como cristianos tenemos que experimentar la alegría de la salvación y obrar en consecuencia. No, tendríamos, sino tenemos. Como si se tratara de un propósito moral. Sin duda, el punto de partida de la fe —y aquí conviene tener en cuenta que tener fe es, antes que nada, un confiar— es la experiencia de la redención. Pero ¿cabe tenerla donde no sentimos ninguna necesidad de ser redimidos —donde lo habitual es la satisfacción—? Quien se encuentra hundido en la depresión —quien no tiene el pan de cada día con el que dar de comer a sus hijos— clama por el Mesías, por decirlo así. En gran medida, es ese clamor. Sin embargo, ¿qué salvación pueden esperar quienes aún creen en sí mismos, en su posibilidad? La fe es, sobre todo, una respuesta. Y una respuesta confiada a quien, tras habernos sacado del pozo en el que nos hallábamos, nos pregunta: ¿y tú quien dices que soy yo? Donde nos ahorramos la pregunta no puede haber fe, sino en cualquier caso una suposición entre otras. El tenemos que no va a ningún lado. A lo sumo, contribuye a acentuar un desenfocado sentimiento de culpa, por no hablar de la tentación pelagiana. Pretender experimentar la salvación donde no partimos del clamor supone forzar las cosas. Y de aquí a la neurosis media un paso. Quizá sería mejor reconocer de entrada nuestra falta de fe y, de paso, escuchar a quienes, con su testimonio, pueden hablarnos de Dios. Aunque, por lo común, tengan mucho que callar. O precisamente por esto.

dar por sentado

septiembre 17, 2020 § 2 comentarios

Que ya no podamos creer como antes —y aquí el antes tiene límites imprecisos— es evidente por una sencilla razón: Dios ya no se da por descontado. El creyente, en un momento u otro, tendrá que poner entre paréntesis su dirigirse a Dios como quien no quiere la cosa. Tarde o temprano, debería preguntarse de qué —o mejor dicho, de quién— está hablando cuando habla de Dios. ¿De un fantasma bueno? ¿De uno mismo? Sin embargo, esto de algún modo siempre fue así. La fe nace de la crisis de cuanto suponemos acerca de Dios. Como tal, esta nunca se impuso por defecto. En cualquier caso, lo que se da por defecto es la cosmovisión. Y porque la cosmovisión cristiana ha hecho aguas —porque ya no podemos creer como antes—, se nos da la posibilidad de una fe avant la lettre. Basta con leer con atención los relatos evangélicos. Pues estos nos hablan de lo que tiene lugar —y no simplemente pasa— cuando los cielos se derrumban. Ahora bien, lo que tiene lugar no es algo que podamos dar por descontado. De hecho, es lo imposible, lo que ningún mundo puede admitir como su posibilidad. Evidentemente, lo que tiene lugar o acontece solo puede expresarse por medio de un lenguaje disponible. Y un lenguaje disponible está al servicio de las cosas que pasan. Pero si leemos entre líneas los evangelios, caeremos en la cuenta de que, aunque lo parezca —e incluso se lo pareciese a los primeros cristianos—, nos se nos está hablando de las cosas que pasan. En este sentido, el kerigma cristiano fuerza el lenguaje disponible para obligarle a decir lo que, estrictamente, no puede decir. Al fin y al cabo, la revelación apunta a un Dios literalmente increíble —a un Dios que aún no es nadie sin la fe de un crucificado—. Y esto, sin duda, no deja las cosas de Dios como estaban.

el problema de lo político

septiembre 16, 2020 § Deja un comentario

La política encuentra su razón de ser —su principio de legitimidad— en el bien común. Pero lo que la explica es el conflicto, la lucha por el poder. De ahí que el bien común termine siendo algo así como un producto lateral. Según podemos observar fácilmente, interesa más la derrota del adversario que el acuerdo. En política, todo consenso es in extremis. Y evidentemente ello dependerá, al menos en tiempos normales, de lo que se considere una situación extrema. En definitiva, dependerá de la inteligencia práctica —la prudencia— de los políticos. Donde esta falta —y suele faltar— no habrá pacto que valga, mientras el enemigo pueda morder el polvo. Sobre el papel, los partidos que en principio representan intereses opuestos deberían lograr soluciones de compromiso. Pero no es lo que de facto sucede cuando lo que está en juego es conseguir el poder. Puede que las democracias solo sobrevivan donde quienes ejercen la política entiendan que deben mediar entre intereses enfrentados antes que representarlos. Por definición, todo poder tiende al poder absoluto. Y donde el objetivo es mantenerse en el poder o intentar alcanzarlo, no hay tiempo para mucho más. En este sentido, no es causal que tengamos la impresión de que el principal propósito de la oposición, sea cual sea su color, no es que el país funcione, sino el fracaso de quienes gobiernan. Que cuanto peor, mejor. Y viendo lo visto por estos pagos, casi estamos tentados de decir que, parafraseando a Unamuno, lo ideal sería que nos gobiernen otros. Jovellanos, en realidad, tuvo más sentido de Estado que aquellos patriotas que lo acusaron de afrancesado. Desgraciadamente, el percal sigue siendo más o menos el mismo.

contra el relativismo

septiembre 15, 2020 § 3 comentarios

Kafka escribe: el mesías vendrá cuando no sea necesario, vendrá un día después de su venida, no vendrá el último día, sino después del último. Caín, por su parte, responde a la provocación de Yavhé con una pregunta igualmente provocadora: ¿acaso soy el guardían de mi hermano? Las últimas palabras que escucharon quienes iban a ser inmediatamente gaseados fueron las de un sonderkommando: qué más da morir ahora que de aquí a cien años; desde el punto de la eternidad todos morimos al mismo tiempo. Siguiendo el dictado de nuestros días, podríamos decir que no hay verdad. Que con respecto a lo que es, no cabe trascender el punto de vista. Incluso la ciencia presupone una reducción de lo dado a lo que admite una medida. De acuerdo. Sin embargo, ¿acaso podemos dejar de preguntarnos si es cierto lo que dice Kafka? ¿Hay esperanza o no la hay? ¿Eres o no el guardián de tu hermano? ¿Tiene razón el verdugo? El amor ¿no es más que una reacción bioquímica? Son interrogantes que, antes que incitar nuestra curiosidad, deberían estremecernos. El que no podamos responder a estas preguntas de una vez por todas —el que cualquier respuesta exija una posición de valor, en el doble sentido de la palabra valor— no implica que podamos prescindir de ellas como quien no quiere la cosa. La cuestión de la verdad —de lo que en verdad acontece y no simplemente pasa— en modo alguno es irrelevante. De hecho, es la cuestión. El problema de la existencia no es que, con respecto al saber, andemos sobre arenas movedizas, sino que no parece que seamos capaces de pronunciar una última palabra sobre lo que, en definitiva, importa. No ser conscientes de ello supone seguir entre los estantes de un supermercado.

positivismo cristiano

septiembre 14, 2020 § 2 comentarios

La fe de una buena parte de los cristianos tiene mucho de positivismo. Así, fácilmente se dice que hay Dios; que Él nos creo y que, de algún modo, cuida de nosotros; que, tras la muerte, resucitaremos o algo parecido, si Dios quiere…, aunque, de hecho, bastantes dan por descontado que querrá, lo cual, dicho sea de paso, hace de Dios un Dios prescindible. Y este es el problema: el dar por descontado cuanto se refiere a Dios. Quizá una fe adulta, antes que traducir el kerigma a categorías digeribles hoy en día, convirtiendo a Dios en un océano o en el espíritu del buen rollo, debería interesarse, cuando menos, por lo que en la Biblia se afirma sobre la realidad de Dios, a saber, que en modo alguno es homologable a lo que espontáneamente entendemos por divino. De hecho, la revelación siempre nos coge con el pie cambiado. Pues, para una sensibilidad tópicamente religiosa, no es evidente que Dios, antes que ubicarse en la dimensión oculta del mundo, haya sido desplazado a un pasado inmemorial (y que por eso estamos donde estamos). Un Dios que se da por descontado exige culto y sacrificio. En cambio, como vio Israel, quien se encuentra ante la verdad de Dios permanece a la espera de Dios, mientras da de comer al hambriento. Sin embargo, Israel lo que no esperaba es que Dios regresara con el rostro de un colgado en nombre de Dios; que el Padre no fuese aún nadie sin la adhesión incondicional del hombre. Como decíamos, con el pie cambiado.

punto de partida

septiembre 13, 2020 § 2 comentarios

El cristianismo quizá fuese otra cosa si entendiéramos que, de facto, lo primero no es la creencia, sino nuestra incapacidad para la confesión. Esto es, que como cristianos más bien permanecemos en la falta de fe. En su lugar, unas cuantas suposiciones (y en el mejor de los casos, una cierta solidaridad). La fe es patrimonio de unos cuantos elegidos. O eso parece. A lo sumo, podemos decir que creemos que aquello en lo que cree el testigo es verdadero. Pero por honestidad, deberíamos admitir que la mayoría no nos encontramos en la situación en la que la fe es posible. O por decirlo de otro modo, no hay fe que valga para el escriba o el fariseo —para el satisfecho de sí mismo (y de paso, de su piedad)—. Quizá no sea casual que las eucaristías comiencen con un acto de contrición. Nos equivocamos donde creemos que lo que nos une cristianamente es la fe. En el día a día, lo que nos reúne es, precisamente, nuestra falta de fe. Y no estaría de más que fuéramos conscientes de ello. Una vez más, Deus semper maior. Y quien dice Dios, dice aquel que lo encarna.

mesianismo kafkiano

septiembre 12, 2020 § Deja un comentario

El judaísmo siente un verdadero vértigo ante la posibilidad de que el Mesías hubiera ya irrumpido en la historia y que nadie hubiese sido capaz de reconocerlo. De hecho, este sería el síntoma de que Israel habría dejado de temer a Dios. O lo que viene a ser lo mismo, de que habría perdido cualquier esperanza. Pues tan solo quien se encuentra sub iudice espera una redención. Como reza una sentencia talmúdica, todo está en manos de Dios, salvo el temor de Dios. Y el hombre, según el judaísmo, se hunde definitivamente en la oscuridad de una historia sin propósito donde permanece indiferente al juicio de Dios, mejor dicho, de aquel con quien Dios se identifica.

Desde esta sensibilidad, escribe Kafka en sus Cuardenos en octavo: el mesías vendrá cuando no sea necesario, vendrá un día después de su venida, no vendrá el último día, sino después del último. Este fragmento constituye una variante del dicho hay esperanza, pero no para nosotros, también de Kafka. Traducción: Dios cumplirá con su promesa (pues es Dios). Pero no sabremos verlo. Teniendo esto en cuenta, uno podría sospechar que la genuina convicción judía reside en la incapacidad de Israel para reconocer al ungido de Dios. No en vano, la Biblia es un inventario de profetas apedreados —o si se prefiere, de nuestros malentendidos con respecto a Dios, al fin y al cabo, de una connatural incredulidad—. De ahí que, según el monoteísmo bíblico, lo decisivo con respecto a Dios no sea el contacto con Dios, algo así como una contradictio in terminis, sino lo que se desprende de la imposibilidad de una religatio. Dios es, por defecto, el que nos puede u obliga de manera insoslayable. Pero el hallazgo judío acaso consista en haber visto que lo que ejerce un verdadero poder sobre nosotros no es el dios —de facto, su poder sería circunstancial—, sino su falta; que todo lo de Dios comienza, en definitiva, donde el hombre comprende a flor de piel que su estar en el mundo es debido al eterno paso atrás de Dios.

el viejo Bill

septiembre 11, 2020 § Deja un comentario

Imaginemos que la fundación Bill Gates lograse resolver el problema del hambre. Que hubiera dado con la tecla tecnológica por la que la humanidad pudiera alimentarse hasta reventar. Como si solo fuera cuestión de vivir de la luz. ¿Se salvaría Bill Gates? Ciertamente, dio de comer al hambriento… pero desde la distancia, apretando un botón, como quien dice. ¿Podrá un rico entrar finalmente en el Reino? ¿Será verdad que la ciencia nos permite al fin y al cabo prescindir de Dios?

Sin embargo, esto no sucederá. Pues el problema del hambre no es un problema de recursos, sino de acceso a los recursos. La escasez es un problema en definitiva político. Hay pecado original, por decirlo así. Y el pecado original tiene que ver con el hecho de que nuestra libertad va con la indiferencia hacia el extraño, por no hablar del miedo que nos empuja a eliminar al impuro —a arrancar las malas hierbas del jardín—. La caída implica que el horizonte de la libertad es el dominio. Hay remedio. Pero no para el hombre. Al menos, mientras siga estando sujeto a la voluntad de poder, a su anhelo de ocupar el lugar de Dios.

a vueltas con Buber

septiembre 10, 2020 § Deja un comentario

Es conocida la distinción que plantea Buber entre una divinidad concebida como Ello y el Dios que se revela como un Tú. Sin embargo, denominar Dios a la primera es lo de menos. Al fin y al cabo, se trata de un arjé, aunque se vista con los oropeles del amor o el espíritu de interconexión. Y lo que exige un arjé es una adecuación, un ponerse en sintonía, un cierto saber… en modo alguno, una respuesta. Desde la óptica judía, un dios-arjé no puede ser realmente divino. Tan solo vale como Dios aquel al que podemos invocar y que, sobre todo, nos invoca. Pues, si cabe hablar de Dios es porque en su palabra se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Esto es, ante Dios permanecemos sub iudice. Otro asunto es bajo qué situaciones podemos admitirlo.

Así, no es casual que, en la Biblia, Dios aparezca como la voz que interpela a Caín por el lugar de Abel. De ahí que fácilmente lleguemos a imaginarlo como una especie de abuelo espectral o como una variante del amigo invisible de la infancia. Y este es el problema. Un Dios que coincidiera con nuestra imagen de Dios no sería mucho más que un dios, un ente con el que deberíamos negociar o, si se prefiere, un misterio episódico o circunstancial. Ciertamente, aquí podríamos hablar de la analogia entis, esto es, de que cuanto quepa decir analógicamente de Dios —por ejemplo, Dios es como un padre— es siempre superado por una mayor desemejanza. Pero de ello hablaremos en otro momento.

la lengua de Adán

septiembre 9, 2020 § 1 comentario

En el origen, el nombre es el significado. La descripción va con el nombre. La cosa no difiere de cuanto cabe decir de ella. La posibilidad de una descripción en falso —que el sujeto de la predicación caiga fuera de la predicación como el resto invisible de lo visible— es, bíblicamente, el efecto de la caída. Evidentemente, no hay evidencias de lo que acabamos de decir. Pero es lo que se deduce de la existencia, del que nazcamos como los que fueron arrancados de una genuina alteridad. El decir no dice (o mejor, no termina de decir). Él carácter absolutamente singular de cuanto es se escapa al lenguaje, a la predicación. En realidad, se trata de lo no dicho en lo dicho. Por eso, nadie coincide con el mote que le caracteriza. Y no porque posea rasgos ocultos, sino porque el yo es, en sí mismo, un continuo desajuste con el aspecto que le identifica. Es algo más, aunque este algo más sea un eterno porvenir, una voluntad de ser definitivamente alguien que no termina de resolverse en lo concreto (y quizá deberíamos añadir, por suerte). De hecho, la pregunta fundamental es quién va a decidir quién eres —de quién obtendrás el reconocimiento. Por defecto, un Padre. Pero el Padre es, precisamente, lo que perdimos de vista al nacer.

El lenguaje, por tanto, miente. Y porque miente sin remedio, incluso donde se limita a constatar los hechos, el habla juzga. Díficilmente, podemos permanecer en la ambivalencia. De ahí que necesitemos decirnos que lo que observamos, pongamos por caso, es un gesto de amor (y no lo que también está en ese gesto y no es amor). Así, podemos estar de acuerdo en que el amor es sacrificio. Pero no todo sacrificio es amor. Aunque lo parezca. En este sentido, el juicio del decir es inevitablemente provisional. Es como si todo estuviera pendiente de una última palabra que no está en nuestras manos pronunciar.

Por eso mismo, frente al decir siempre cabe la sospecha. Y la sospecha es, literalmente, diabólica. Pues diábolos significa el que niega o separa (o más estrictamente, el que lanza falsedades, el que arroja a los unos contra los otros). La sospecha es la posibilidad más íntima del habla. Y esto significa que la posibilidad de dejar de confiar —la incredulidad— va con el lenguaje. Porque el diablo nos hizo suyos, por decirlo así, Dios pasó a ser un nombre-puro, sin referente (o con un referente pendiente, en el aire). Sin embargo, puede que tengamos que agradecerle a Dios la caída. Y es que la caída no es el fruto de la libertad, sino la libertad tot court. Aun cuando el precio de la libertad sea la imposibilidad de permanecer en la pura presencia de lo dado o, por decirlo en bíblico, en la adoración. Con todo, sigue siendo cierto que la rosa es sin porqué.

lobos solitarios

septiembre 8, 2020 § Deja un comentario

El otro día, tras la cena, nos juntamos unos cuantos en un extremo de la terraza del restaurante a fumar. Son las cosas del covid (y no de las peores, como es obvio). La escena es, cuando menos, curiosa. Allí había de todo, pijos y oficinistas, un ruso con aspecto de gánster, un camarero que aprovechaba el parón, un magrebí… No nos dijimos nada. Simplemente, fumábamos. La sensación, sin embargo, era que formábamos parte de una misma comunidad. Y no porque fumásemos, sino porque el momento era, por decirlo así, íntimo. En los recovecos de la soledad somos el mismo hombre. De coincidir con el fin del mundo, podríamos habernos dado la mano.

la raíz es la ausencia de raíz

septiembre 7, 2020 § Deja un comentario

La pérdida es la experiencia fundamental de la existencia. Su envés, el de una imposible esperanza. Así, lo dado —lo presente— es donación, aun cuando lo dado es retenido por la conciencia como algo propio. La alteridad tuvo que dejarse atrás para que pudiera haber mundo. En realidad, no hay Otro salvo para el que lo perdió de vista. Este es el principio de nuestro extravío, de nuestra condición de existentes. En medio del mundo, somos la torre de control, incluso donde nos decimos que no somos el centro (de hecho, el que necesitemos decírnoslo confirma lo anterior). Estamos, pues, sometidos a las apariencias. No es posible ir más allá de lo que nos parece que es. Intentarlo es como salir del pantano tirándose de los propios cabellos (como en el cuento del baron de Münchhausen). Quizá por medio del ejercicio de la dialéctica. Pero su final es siempre un impasse, en cualquier caso una formalidad. El saber que manejamos —hoy en día, la ciencia— sustituye una apariencia por otra (en el caso de la ciencia, por una emotivamente neutra, más operable por cuantificable). De ahí, que con respecto a lo dado prevalezca el trato, la negociación. Sentimos en lo más profundo una nostalgía de lo absolutamente otro. Necesitamos la aparición como indicio de que hay más que el No. Ahora bien, una aparición, por su carácter insólito, parece indicar, pero en verdad no indica nada que no sea más mundo. El todo, para quien es capaz de comprenderlo, es el aún no todo. Pero lo que falta nunca podrá constituir una ampliación de las fronteras del todo.

temor y verdad

septiembre 6, 2020 § Deja un comentario

La verdad que no destruye a la criatura no es una verdad, dicen que dijo un místico musulmán. Nadie que no haya experimentado el poder que puede aplastarte mientras pasa de largo sabe lo que es un dios. Todo con respecto a dios se juega de entrada en el plano de lo palpable. De ahí que el paso al monoteísmo —solo hay un Dios y además por-venir— sea un paso fuera de la religión. Con Yavhé, Dios deviene una abstracción.

Nani

septiembre 5, 2020 § 1 comentario

A pesar de su lucidez, no le vi nunca juzgar a nadie —aunque pudiera reprobar, y a veces duramente, sus actos—. Supo ver lo mejor de cada uno. Junto a él, uno se sentía convocado a la bondad. Escuchó más que habló (y cuando hablaba no podías evitar sentir el peso de lo meditado). Dado al consejo, acogió a quien se lo pedía sin importar en qué creyese o qué hubiera hecho. Su silencio siempre fue elocuente. Poseyó un atinado sentido de la prudencia, esto es, de lo mejor según el caso. También de la justicia. Así, vivía como propio el sufrimiento de tantos. Hombre de sencilla, pero profunda, piedad, Ignacio Vila falleció en la madrugada de este viernes. Con la misma discreción con la que vivió. Él encarnó como pocos lo que significa ser jesuita. Pocas veces le oí hablar de lo divino —su tema era la historia—, pero su modo de proceder supuraba una larga experiencia de Dios, de su proximidad y distancia. Los puntos suspensivos que se añaden a quien ha vivido lo suficiente no minó su convicción de que la compasión lo es todo. Por él supiste qué siginifica esto de una existencia que anda entre la gravedad y la gracia. Muchos nos hemos quedado ya sin padre. A través de su testimonio, algunos —ojalá— ocuparán su lugar. Deberían hacerlo.

optimus

septiembre 4, 2020 § 5 comentarios

¿Nihilismo? Prevalece el no. Los momentos de entusiasmo no apuntan a nadie más que a uno mismo. Pura reacción. ¿La esperanza? Un estado emocional, podríamos decir, un asunto de bioquímica, la ebriedad de quien ve el sol tras meses de oscuridad. El cosmos es piedra. Y la piedra carece de propósito. Si la humanidad no supiera secretamente que en el fondo no hay más que inercia y desamparo ¿para qué contar una y otra vez historias con final feliz si no es para convencernos de lo contrario? Quien tiene hambre, sueña con comida. Hay que partir de este punto si queremos intuir, cuando menos, qué es la fe —o mejor dicho, qué afirmación hay detrás de quien profesa una fe—. Pues lo opuesto a la fe no es la ausencia de fe, sino la mala fe. Y hay mala fe donde creemos porque las cosas nos van bien.

creencias

septiembre 3, 2020 § 1 comentario

A pesar de que suelen ir de la mano, la posición básica de quien ve el mundo con los ojos del asombro —o la vida como don— no termina de coincidir con la de quien cree que hay un ser de otra dimensión que nos ampara. Esto es, ambas posiciones no se situán en un mismo plano. ¿En serio que hay Dios como puedan haber extraterrestres? Basta con tomarse al pie de la letra esta suposición para que caiga por su propio peso. Demos por sentado, pues, que hay un ente superior —o incluso supremo— que cuida de ti. Por tanto, podrías topar con él si lograses cruzar la puerta. ¿Qué ocurriría entonces? Caben dos posibilidades. La primera es propiamente una reacción, me atrevería a decir que infantil, y consiste en postrarse. Como quien babea ante el ídolo musical o futbolístico de turno. La segunda exige haber tomado una cierta distancia con respecto a uno mismo, con cuanto nos sucede o parece. Y es que, habiéndola tomado, inevitablemente nos preguntaríamos si acaso eso es todo. De acuerdo, hay un dios, un ente superior. ¿Y? A partir de ese momento, ¿no pasaría a formar parte de nuestro mundo? ¿Acaso no se reproducirían las ambivalencias que rigen nuestra relación con la figura paterna (o si se prefiere, materna)? Y si quedáramos abducidos por su perfección ¿dónde quedaría nuestra libertad? Al fin y al cabo, ¿no deberíamos aprender a lidiar con él? Algo —o alguien— con el que cabe tratar aún no puede ser nada último. Tenía razón Rahner al decir que incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio (o también, un Dios por ver).

Así, quien cree sin haber nunca reflexionado sobre su creencia, o bien confía en la intervención de un deus ex machina como el prisionero espontáneamente permanece a la espera de un libertador, o bien lo de menos aquí es aquel a quien apunta la creencia. En este caso, el creyente creería como amaría el que ama antes el amor que a quien le sirve de excusa o motivo. El tema, entonces, no sería Dios, sino su necesidad de decirse a sí mismo que hay un espectro que le ampara. El amigo invisible de la infancia no existe como existe el avatar de las redes sociales con quien interactuamos desde el anonimato —y a veces, hasta en tono confesional—. De hecho, su respuesta es tan invisible como su presencia. Más aún: si pudiéramos asegurar que existe como podría existir un fantasma ¿no dejaríamos, por eso mismo, de hablarle en la intimidad para intentar comunicarnos efectivamente con él? En este sentido, los que practican espiritismo ¿no son más consecuentes con su creencia? ¿O los antiguos creyentes, cuando practicaban el ritual que debería proporcionarles algún indicio? De ahí que el amigo invisible no pueda existir. Tenemos que relacionarnos con él como si existiera. Es lo que tiene un Dios cuya realidad se decide por entero en el espacio de la interioridad.

Ciertamente, la fe va con la postración. Pero la cuestión es qué —o quién— nos obliga a ponernos de rodillas. Y bíblicamente, no es Dios en directo, sino lo debido a Dios, a su radical trascendencia. En concreto, el don de la vida (o de la bondad) y el sufrimiento de aquellos que soportan el peso de un Dios en falta. Pues no es posible responder a la demanda de estos últimos sin descender (aunque el horizonte sea el del ascenso). Al fin y al cabo, la cruz revela que Dios no es una variante del amigo invisible, sino aquel a quien invocamos en cuerpo y alma. Y lo invocamos como el hijo, que habiendo sido abandonado, clama por la vuelta de papá.

encaje

septiembre 2, 2020 § 1 comentario

Creer que Dios existe equivale a creer que hay un gran Otro-sujeto del saber. Aquí cabe establecer una cierta analogía con las teorías conspiranoicas. Alguien maneja los hilos. La diferencia pasa por suponer que Dios quiere nuestro bien. Pero uno podría preguntarse, de paso, por las similitudes psicológicas entre ambos tipos de creyentes. Al menos, en lo que respecta al punto de partida.

burbujas

septiembre 1, 2020 § Deja un comentario

El capitalismo, hoy en día, es un sistema burbujeante. Crecer a punta de burbuja. Es lo que tiene una economía basada en el dinero-deuda: que el dinero fluye inevitablemente hacia la especulación. Los gobiernos no saben qué hacer ante las burbujas… porque no hay nada que hacer. Pues no hay ley sin resquicios. De hecho, una burbuja como la inmobiliaria da trabajo a muchos (y a muchos que, difícilmente, encontrarían otro empleo). Luego pinchar y morir. El hecho es la solución.

fall in love

agosto 31, 2020 § Deja un comentario

Quizá lleguemos a enamorarnos del robot con aspecto humano —del replicante—. Al fin y al cabo, nos seducen las apariencias. ¿Lograremos también apiadarnos de su dolor… sabiendo que es una máquina? ¿Acaso los genocidios no comenzaron con reducir a las víctimas a un estado inferior? ¿Es que el verdugo no las vio antes como ratas? La cuestión no es si, a la vista del horror, cabe creer en Dios, sino si es posible fiarse del hombre. O Hobbes estuvo en lo cierto o lo estuvo el crucificado (y la historia parece que esté del lado del primero). Aunque también podemos erigir muros de contención más amables que un Leviatán —ganarle territorio al mar—. Sin embargo, tarde o temprano el mar termina por fracturarlos. El hielo, ya sabemos, se funde con el tiempo. Los enamorados han de contar con el cambio climático.

tablas

agosto 30, 2020 § 1 comentario

Si Dios fue un Dios que se puso en manos del hombre para llegar a ser Dios —esta es, en el fondo, la declaración cristiana—, entonces Dios le debe una al hombre. Pues sin el hombre, mejor dicho, sin aquel que fue colgado en su nombre, aún estaría por ver (aunque de Él solo veamos el rostro de ese hombre). Pero si el hombre no termina de cruzar el umbral que le separa de la bestia hasta que no es fiel a la Ley que se desprende del silencio del Padre, entonces el hombre deambula por el mundo como un espectro. O peor, como un bola de billar. Frente al prejuicio religioso, Dios no es Dios, sino el Dios que se decide entre Dios y el hombre.

apotegma

agosto 29, 2020 § Deja un comentario

El todo no lo es todo porque nacimos sin padre. ¿Quién decide quién soy? La gente no es nadie.

Ulysses

agosto 28, 2020 § 3 comentarios

Puede que, al fin y al cabo, se trate de volver para recuperar lo que tuviste que dejar atrás. Pero no lo recuperarás tal cual, sino como lo perdido. Ni Penélope es la joven que fue, ni Telémaco ese niño con el que jugaste. La pérdida, y no la ilusión, es el centro de gravedad de lo humano. Vivimos, sin duda, de ilusiones. Pero solo lo que perdimos y aún reverbera en otros rostros dota de seriedad a la existencia. Como viera Platón, no hay amor sin dosis de nostalgia.

de la izquierda y el poder (y 3)

agosto 27, 2020 § Deja un comentario

Es importante entender que, donde distribuimos dinero, lo que distribuimos, en último término, es deuda. Y el valor de una deuda depende, como es obvio, de la solvencia del deudor. Por eso, todo se derrumba donde se amontonan los impagos —donde la economía real no puede seguir el ritmo de la financiera–. Y esto es lo que ocurre tarde o temprano (y por lo que parece, cada vez más temprano que tarde). Podríamos decir que el capitalismo actual posee, en lo relativo a las rentas, el esquema de una estafa piramidal o, como suele decirse en el argot, un esquema Ponzi. Ahora bien, quienes pierden con el desplome de esta pirámide invertida no son aquellos que pudieron transformar rápidamente el dinero fresco en activos fiables. Son los que viven de un sueldo. Pero también de los beneficios de una pequeña o mediana empresa. Por eso una política que pretenda un mundo más justo tendría que abandonar los viejos esquemas, muy ligados al capitalismo decimonónico, para centrarse en la cuestión de la naturaleza de lo que hoy funciona como medio de cambio —en la naturaleza del dinero—. Cuando menos, porque el poder ya no se basa en acumular plusvalía, por decirlo así, sino por crear —y poseer— activos financieros, esto es, dinero cuyo respaldo en la economía real es cada vez más estrecho. El problema que plantea un dinero convertido en deuda es que el dilema al que se enfrenta la economía política ya no se plantea como una disyuntiva entre crecimiento y desigualdad, sino entre desigualdad e hiperinflación. Sencillamente, si el dinero que se mueve en la nube especulativa descendiera a la economía real —esto es, se redistribuyera—, nadie tendría el suficiente dinero como para comprar una barra de pan. Por consiguiente, no parece que se trate simplemente de aumentar los impuestos y resdistribuir la nueva renta (aunque a corto plazo deba hacerse… siempre y cuando seamos conscientes de que a mayor deuda pública, mayor cantidad de impuestos será destinada a saldar parte de la misma y, por tanto, menos dinero habrá para asuntos sociales). Pues la cuestión de fondo es con qué renta se juega. Como se ve, no estamos ante un asunto fácil. Ni de lejos.

fantástico

agosto 26, 2020 § Deja un comentario

Vivir de fantasías es la muerte. En cualquier caso, sigues por inercia o por la zanahoria tras el palo. Todo comienza cuando caes en la cuenta de que no hay solución —de que el hiato es insalvable—. Y comienza para (el) bien. Pues lo que entonces aparece no es el ángel, sino la carne. El encuentro no tiene que ver con el encaje de las piezas. Aunque también es posible que te quedes únicamente con el vacío que deja el ángel. Un niño siempre despreciará la galleta partida en dos.

predestinación

agosto 25, 2020 § Deja un comentario

Según Agustín, solo unos pocos han sido elegidos para la salvación. Que seamos o no condenados ya fue decidido in illo tempore. Parece, pues, que no hay nada que hacer. Tampoco podría ser de otro modo, si es verdad que para Dios no hay tiempo. La doctrina de Agustín guarda un aire de familia con el mito platónico de Er o la creencia hindú en un karma personal. Como si el carácter de cada uno estuviera determinado de antemano. El punto de partida es que los hay buenos de por sí y los hay que no son de fiar. Hoy hablaríamos de la genética y las circunstancias. Se trata de algo constatable. Los gnósticos, de hecho, también dividieron a los hombres en pneumàticos e hylicos —del griego hylé, materia—, aun cuando algunos autores añadieran la categoría de los tibios —los que no son ni fu ni fa. Ciertamente, el que no sepamos si nos contamos entre los elegidos nos da un margen para creer en la libertad. Pero no da la impresión de que la idea de la predestinación cuadre con la convicción evangélica de que cualquiera, sea sacerdote o genocida, puede convertirse y comenzar de nuevo. Ni tampoco con la experiencia bíblica de un Dios que no quiso ser Dios sin el fiat del hombre. Quizá lo único que pretendió Agustín fue entender la naturaleza anónima de un destino en los términos de la voluntad de Dios. Pero no sabría decir qué es preferible.

teoría del pack

agosto 24, 2020 § 4 comentarios

Una cosmovisión es un pack —una red de prácticas y significados que, al remitir espontáneamente unos a otros, generan una tópica, un mundo en común—. El paso de una cosmovisión a otra no tiene un factor determinante. Las dos dimensiones de lo histórico —la pedestre y la simbólica— avanzan según su propia lógica, pero incidiéndose entre sí como hilos que se entrelazan hasta tejer una nueva época. Así, a la hora de explicar el origen de una cosmovisión, podemos cortar el pastel por donde nos plazca. Así, la palabra cosa no significa lo mismo hoy en día que en la Antigüedad. Actualmente, una cosa es, antes que nada, algo susceptible de ser manipulado. En este sentido, todo es cosa hoy en día, incluso los cuerpos de los demás. El capitalismo disuelve cualquier solidez. Todo tiende a circunscribirse dentro de la lógica del intercambio. Hasta compramos el servicio que atiende a nuestros padres, ya ancianos. En este sentido, preocuparse por ellos —preocuparse de que estén bien cuidados— se asienta sobre una despreocupación de fondo. Sin embargo, tampoco podemos hacer mucho más… si permanecemos dentro del sistema. Se trata de lo normal. El valor se entiende, por su parte, según la medida del deseo. Pero el deseo es mudable. Todo vale significa todo puede valer… si hay alguien que lo desea intensamente. No hay valor que no sea revisable. Ningún tabú constituye un límite absoluto. La ley se adopta por consenso, aunque sea implícitamente. La desconfianza común con respecto a la verdad —el relativismo moderno, cada uno tiene su verdad— es el correlato epistemológico de un mundo que se ha convertido en supermercado. El científico, ciertamente, ocupó el lugar del sacerdote como juez de última instancia. Pero la ciencia solo opera con lo que admite una medida y, por eso mismo, es susceptible de ser modificado… según nuestro interés. No hay otra voluntad —y la ciencia sería su exponente— que la voluntad de poder. En vez del es más que propio de los tiempos antiguos, el no es más que característico de la reducción científica. Dios, evidentemente, ya no interesa, ni siquiera como cuestión. Aunque todavía sirva como la fantasía que sacia la necesidad de amparo de algunos. En cualquier caso, las creencias que uno pueda tener sobre lo último no son más que la expresión de una preferencia personal. Uno cree en Dios como otros pueden creer en Yoda. La cuestión sobre el valor de verdad de la creencia es socialmente implanteable. Ahora bien, donde la pregunta por la verdad deviene impertinente; donde la verdad solo admite hechos comprobables, obviando que no hay hechos sin prejuicios —donde la filosofía se convierte en una especialidad de raritos—, no somos mucho más que bolas de billar, cuerpos sometidos al poder de lo impersonal. Es posible que esto siempre haya sido así. Con todo, hay diferencias de grado. Y puede que estas no sean irrelevantes. El tren de mercancías y el Ave discurren a diferentes velocidades. Pero el segundo tiene más números de estrellarse catastróficamente que el primero.

qué esperanza para los malditos

agosto 22, 2020 § Deja un comentario

¿Qué podemos racionalmente esperar —se preguntaba Kant? Pues esperar, esperamos. Otro asunto es que esta esperanza sea, por lo común, la expresión de lo que nos gustaría que fuese. El gurú trabaja siempre sobre terreno abonado. ¿Quién no desea que le avancen una solución —que las cartas le sean favorables? ¿Quién no siente curiosidad por lo que le pueda anticipar el vidente? A veces, los pastores ceden a la tentación de ofrecer una solución a medida: al final todo terminará bien. De acuerdo. Sin embargo, la facilidad con la que creemos en ello ¿no será el síntoma de haber transformado la esperanza en una expectativa que satisfaga nuestra necesidad psicológica de un final feliz? El creyente ¿no se aleja de la fe donde cree en lo posible? Y sin embargo, esperar lo imposible —que el león coma hierba— ¿es algo más que un clamor? La respuesta de Kant —podemos esperar racionalmente que Dios concederá a los buenos la felicidad a la que aspiran y que el puro cumplimiento del deber no garantiza— es, como el mismo Kant reconoció, un postulado de la razón, en modo alguno una deducción lógica. La cuestión, por tanto, es en nombre de qué —o de quién— el creyente confía. Y la respuesta cristiana apunta siempre a una aparición: aquel hombre bueno que murió como un apestado de Dios ha resucitado. Fue inevitable que los testigos de la resurrección la vieran como un tráiler de lo que vendrá: una nueva creación, una humanidad nueva. Y este es el problema: que la fe se apoya sobre unos hechos que, como tales, dependen de unos presupuestos culturales que ya no son los nuestros (ni pueden serlo). Hubo resurrección —al menos, para unos cuantos— como también hubieron dioses en la Antigüedad. Pero nosotros ni siquiera podemos admitirla como un hecho del pasado. En cualquier caso, como la creencia —si no, la alucinación— de quienes fueron sus testigos. Quizá más que una reinterpretación —en verdad lo que significa la resurrección es…— lo que necesitamos es una mejor comprensión de nuestra situación con respecto a lo que se nos reveló al pie de una cruz. Pero este es otro tema.

cercanías

agosto 22, 2020 § Deja un comentario

No hay que ser muy perspicaz para caer en la cuenta de que la muerte de Dios corre pareja con el igualitarismo moderno. Lo paradójico del caso es que la igualdad por defecto fue un invento cristiano (aunque los estoicos, de hecho, ya se habían anticipado un par de siglos antes). En este sentido, podríamos decir que gracias a Dios —al triunfo histórico del cristianismo— pudimos prescindir de Dios. El sentimiento de existir bajo el amparo de un padre celestial surge espontáneamente en un orden donde el pater familias no se tutea con sus vástagos —o en el que la nobleza no se mezcla con la plebe. No es casual que antiguamente la autoridad poseyera el aura de lo divino o, como sugiere la misma palabra nobleza, una superioridad moral. Al menos, sobre el papel. Por eso, una vez se suprime de iure la distancia social, el sentimiento de dependencia propio de la sensibilidad religiosa se disuelve como azúcar en el café. A partir de ese momento, el creyente tendrá que forzar dicho sentimiento por su cuenta y riesgo (o a través de la inflamada retórica del pastor). Y de aquí a la neurosis media un paso. Evidentemente, no estamos diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero una cosa no quita la otra.

lo inefable

agosto 21, 2020 § Deja un comentario

El místico suele referirse al carácter inefable de su experiencia de Dios como prueba de su efectiva trascendencia. Las palabras se le quedan cortas. Sin embargo ¿qué prueba en realidad dicha experiencia? ¿La existencia de Dios o nuestra limitación? Evidentemente, ambas van de la mano. Pues no hay desborde si no es relación con un límite (y viceversa). Pero el que, por definición, la realidad de Dios trascienda nuestra capacidad de intelección no implica, como es lógico, que todo cuanto la desborde sea divino. No basta con topar con algo o alguien netamente superior como para que nos veamos obligados a hablar de Dios. Es verdad que lo excesivamente superior puede parecernos divino —y más si presuponemos que hay Dios como pueda haber vida en la cara oculta de la Luna. La visión siempre está determinada por lo que damos por sentado. A un hindú nunca se le aparecerá la Virgen. Pero, por eso mismo, que algo o alguien nos parezca divino no significa que en verdad lo sea (y esto es así, aun cuando no sepamos cómo distinguir nítidamente entre lo que nos parece que es y lo real). La presencia de un hombre también sería inefable para el ácaro del polvo… si llegase de algún modo a sentirlo. Y nadie en su sano juicio diría que es un dios porque así se lo parezca a los ácaros. En cualquier caso, si lo inefable constituyese un criterio, también deberíamos tener en cuenta su vertiente más terrible. En La especie humana, Robert Anteleme, uno de los supervivientes del Holocausto, igualmente considera el horror como inefable: desde los primeros días, nos parecía imposible cubrir la distancia entre el lenguaje disponible y aquella experiencia que, para la mayoría de nosotros, continuaba en nuestro cuerpo. Aquí, no es que, como en el caso de muchos místicos, nos falten las palabras. Más bien, sobran.

¿Estamos ante otro inefable? ¿O, por el contrario, deberíamos hablar del enmudecimiento que provoca la absoluta falta de piedad? Quienes están dispuestos a reconocer a Dios como causa de la experiencia mística, ¿acaso no deberían admitir la presencia de Moloch donde sienten el abismo? Las víctimas ¿no percibieron el aliento de lo demoníaco como el místico experimentó el amor de Dios? El maniqueísmo y sus variantes siempre tuvieron en cuenta este dato. Podríamos decir que el maniqueísmo es la opción más razonable o espontáena. Por poco que salgamos de nuestra burbuja, fácilmente nos inclinaremos a creer que existimos en medio de poderes que combaten entre sí. O si se prefiere, entre el lado luminoso y oscuro de la fuerza. En cambio, a la hora de explicar la facticidad del Mal, el cristianismo se decantó por la ausencia de Bien. Tan solo hay un poder —el de la bondad de Dios—. El dominio de Moloch es aparente. Por consiguiente, el Mal debería entenderse como déficit antes que como un poder superlativo… aunque lo suframos como tal. Así, suele decirse que, al igual que la oscuridad se debe a la falta de luz, la efectividad del Mal obedecería al retroceso del Bien. Hay Mal porque nos vimos privados de Dios. Sin embargo, a flor de piel, ¿podemos contentarnos con esta justificación? Si la experiencia valida, en principio, la convicción del místico ¿no podríamos decir lo mismo con respecto a quienes sufrieron indecentemente la opacidad de los lager? A la hora de pensar la experiencia, las víctimas ¿no tienen igual derecho a concluir que no hay Dios —o que Moloch, simplemente, puede más? ¿Es que su padecimiento fue una ilusión, un error de perspectiva? Más aún: ¿puede haber luz sin oscuridad?

El maniqueísmo tiene las de ganar donde únicamente apelamos a lo que sentimos en lo más profundo. De ahí que la Biblia desconfíe de las sensaciones en el momento de dar fe de la realidad de Dios. Y no porque esta última solo pueda ser pensada —esto es lo que diría, en cualquier caso, el filósofo—, sino porque no hay algo así como una experiencia inmediata de Dios. La inmediatez de la experiencia tanto nos permite hablar de Yavhé como de Moloch. No es anecdótico que el paganismo sea, literalmente, una religión campesina. En cambio, para el profeta, no es posible contactar con un Dios cuya trascendencia no debería entenderse como si Dios habitase en la dimensión oculta del cosmos. En modo alguno, la experiencia de Dios es el resultado de poner los dedos en un enchufe. En cualquier caso, dicha experiencia es, bíblicamente hablando, de lo debido a Dios, a su des-aparición o paso atrás. Su más allá es un más allá del presente, de cualquier presente, incluyendo aquí el supuestamente sobrenatural. La trascendencia de Dios es temporal antes que espacial.

Ahora bien, lo debido a Dios es tanto la bendición como la maldición. Hay don porque hay Dios. Pero porque hay Dios, hay también sufrimiento. La luz y la tiniebla responden a un Dios que fue desplazado a un pasado inmemorial, una vez el hombre fue arrojado al mundo. Estamos ante un Dios que, porque no quiso ser sin el hombre, no puede funcionar como Dios Por eso, el haber de Dios —su en sí— es el de un fue absoluto. Y por eso mismo, el creyente permanece a la espera de Dios, de su regreso. Dios se revela, bíblicamente, como promesa de Dios. Aunque el regreso de Dios suponga el fin de los tiempos. Pues mientras haya tiempo, Dios es un Dios por-venir. Existimos como arrancados —y no solo separados— de Dios. El problema de quien creer haber experimentado directamente a Dios, aun cuando sea de manera incompleta o parcial, es que da por sentado que estamos separados de Dios solo por el grosor de un muro. Pero, como decíamos antes, ese dios aún no sería Dios, sino un Dios en apariencia, poco más que un ente de más. Aun cuando sea inconmensurablemente superior. Al fin y al cabo, a Jesús no se le iluminó el rostro cuando experimentó directamente a Dios en Getsemaní. Más bien, quedó cubierto por lágrimas de sangre. La experiencia directa de Dios tiene más que ver con sufrir su silencio que con las vibraciones.

sexo y metafísica

agosto 21, 2020 § Deja un comentario

¿Y si hubiera entre hombre y mujer una contradicción irresoluble? No se trata simplemente de que el otro no esté a la altura del ideal, sino de la incompatibilidad, del hiato. Quien solo tiene en cuenta el ideal de pareja, permanece en su fantasía. No es casual que acabe estrellándose contra las rocas… aunque el mar esté en calma (o quizá por eso mismo). Las figuras que orientan el propio deseo no dejan de ser algo así como un oxímoron: un amo que coma de tu mano, una mujer de putamadre… Si es una cosa, no puede ser la otra. Tampoco se trata de encontrar un equilibrio. Pues no puede haberlo… salvo simulación. Tarde o temprano, el acento nos decanta. Por consiguiente, se equivoca quien cree que es cuestión de aproximarse al ideal —de participar del fondo paradigmático de la existencia. Cuando menos, porque ese fondo es, de hecho, la desconexión. Más bien, se trata de saber de qué va el asunto… para que la desconexión no nos pueda. De ahí que la posibilidad de un encuentro tenga que partir, precisamente, del desencuentro, de la brecha que nos separa (y no circunstancialmente). Al fin y al cabo, solo el encuentro, a diferencia de la fusión, preserva la distancia de la alteridad.

A.M

agosto 20, 2020 § Deja un comentario

La psicoanalista Ana Ma. Rizzuto sostiene, junto a otros, que la experiencia mística apunta a una realidad última, se llame Dios o el nirvana. La idea se vende bien… porque cuadra con el principio básico de la razón: toda diversidad es, al fin y al cabo, la expresión de una unidad de fondo. De acuerdo. El problema, desde una óptica bíblica, es que Dios no se revela como arjé. De hecho, para Isarel, el nombre de Dios no es lo de menos, sino lo de más. En el presente, Dios es tan solo un nombre —y además impronunciable—, cuyo referente está por ver. Y no porque Dios permanezca oculto, sino porque su invisibilidad responde a la de un Dios que, tras la caída, aún no es nadie sin el fiat del hombre. Pues la caída afectó tanto al hombre como a Dios. Es lo que tiene un Dios que no quiere ser sin el hombre. Contra el presupuesto de la mística —y por extensión de la religión—, Dios no es algo a lo que podamos conectarnos o de lo que quepa participar. Si el modo de ser de Dios no hubiera estado pendiente hasta el Gólgota, difícilmente un cristiano podría confesar que el crucificado es el quién de Dios —su modo de ser y no únicamente su representante—… salvo cayendo en la herejía, esa solución razonable al carácter inaceptable de un Dios hecho hombre.

zen

agosto 19, 2020 § Deja un comentario

Dice un proverbio zen que si el problema no tiene solución, deja de ser un problema. No sé… Supongo que depende del problema. Es verdad que a veces —o a menudo— permanecemos fijados a contrariedades que no admiten una salida. Y en estos casos haríamos bien en dejarlas de lado. Pero me cuesta imaginar que un parado de larga duración —aquel que, habiendo cruzado los cincuenta, solo milagrosamente va a encontrar un empleo— no viva como problema su situación. O que los prisioneros de los campos de exterminio puedan saltar por encima del horror. En modo alguno es casual que cada refrán —cada proverbio— tenga su contrapartida. No por mucho madrugar amanece más temprano. Cierto. Pero también lo es que a quien madruga, Dios le ayuda. Aunque quizá nuestro proverbio zen, precisamente porque tiene más de zen que de proverbio, apunte a una lectura más radical: no hagas de la vida un problema… porque no tiene solución. De acuerdo. Sin embargo, ¿a quién sirve esta enseñanza —a quién se dirige—? ¿A la madre que no tiene con qué alimentar a sus hijos? ¿A los niños que hurgan en los basureros de los McDonald en busca de restos?

iguales

agosto 17, 2020 § Deja un comentario

No es nada obvio que el enemigo —el que nos puede, el que desea la muerte de nuestros hijos— sea un igual. De entrada, es el demonio, la bestia. Para hacernos una idea de la impresión que produce un enemigo tan solo basta imaginarse que tu vida está en manos de un psicópata. No hay punto de contacto —ninguna emoción en común. Sencillamente, un psicópata se revela como la encarnación de Satán. De ahí que donde la igualdad se da por defecto —donde pasa a ser nuestro prejuicio— nos olvidamos del hallazgo que supuso proclamar que aquel que parece de otro mundo, por su poder, no es más que uno más. Que ante Dios —y un Dios en falta— somos el mismo indigente. Ciertamente, Nietzsche hablaría del hallazgo del resentimiento. Como si el resentimiento fuese el polvo que permanece oculto bajo la alfombra de nuestra moral. Con todo, a pesar de que en el origen hubiera solo rencor —la imposibilidad de admitir la superioridad del noble—, la cuestión es si los débiles dieron o no en el clavo o, si por el contrario, la verdad se decide desde el lado del inhumano. La pregunta no es espuria. Pues difícilmente podrían vernos como iguales aquellos que, tras la debida manipulación genética, llegaran a vivir cien años como nosotros actualmente vivimos diez. O aquellos cuyas sinapsis cerebrales fueran modificadas de tal modo que Einstein les pareciese un deficiente mental.

los órdenes de lo real

agosto 16, 2020 § 2 comentarios

La Modernidad comienza donde se suprime la antigua convicción de que lo real no es homogéneo —de que hay órdenes del ser. La ciencia, de hecho, presupone que, al fin y al cabo, todo son variaciones, cada vez más complejas, de una y la misma cosa. Para Galileo, no hay diferencia entre las leyes de los cielos y las del mundo sublunar. Sin embargo, podríamos preguntarnos si con la cosmovisión científica, a pesar de sus ventajas, no habremos dado un paso atrás —un paso que nos impide, precisamente, comprender lo que sostiene una sensibilidad religiosa.

Como sabemos, fue Descartes quien puso sobre la mesa las implicaciones de la visión científica del mundo. Para Aristóteles, y en lo que respecta al conocimiento, la vía de acceso al mundo de las piedras no puede ser la misma que hace posible un conocimiento de los cielos. Hay tantos saberes —hay tantos métodos— como órdenes de lo real. En cambio, desde el punto de vista moderno, hay un solo método para cualquier cosa. Tan solo es lo que admite una medida. La unidad del saber la proporciona un único procedimiento. Ahora bien, el que, de facto, no haya ciencia, sino ciencias ¿no nos sugiere, cuando menos, que la reducción racional es más un horizonte que un dato? No parece que un átomo pertenezca al mismo mundo que una ameba. Ni da la impresión de que una ameba puede siquiera vislumbrar la realidad del hombre. Lo inerte no puede comprender lo vivo. Ni lo que vive como si fuera una pieza de un engranaje —una lombriz encaja en su entorno como el hígado en nuestro cuerpo—, una existencia que es consciente de sí y de cuanto que le rodea. Más bien, lo obvio debería ser que dentro del todo hay algo así como diferentes mundos.

Sin embargo, también es cierto que la línea que separa los diferentes órdenes es porosa. El orden inferior influye en el superior. Pero también es posible, al menos en principio, el camino inverso. La cuestión es cuál de las dos dimensiones tiene más peso. Para la Antigüedad, lo determinante era el orden superior. Pues lo que antiguamente se daba por sentado es que una naturaleza se define por aquello a lo que está llamada a ser. Sin embargo, esta cosmovisión comenzó a perderse de vista con Tales y su todo es agua —con la convicción de que lo deteminante no es lo trascendente, sino lo subyacente. Una vez, el mundo puede prescindir de Dios, triunfa la reducción de lo superior a lo inferior. De hecho, la posibilidad de que la mente incida decisivamente en el cuerpo nos resulta, de entrada, ininteligible. Casi un tema de ciencia ficción. Para la sensibilidad moderna lo inferior constituye un límite para lo superior, aunque sea un límite hasta cierto punto técnicamente desplazable. Se trata del no es más que de la racionalidad moderna. Sin embargo, que sepamos que no somos ángeles, no implica que no los haya. Otro asunto es que, de haberlos, quieran saber algo de nosotros. O que no nos vean como nosotros podamos ver a los gusanos.

de los espíritus y el espíritu

agosto 15, 2020 § Deja un comentario

A pesar del aire de familia, una cosa es dar por sentado que todo se encuentra lleno de espíritus y otra, muy distinta, es creer que todo está atravesado por el espíritu de Dios. En el primer caso, seguimos dentro del orden del saber (y aquí la religión sería la antesala de la ciencia: un dios, al fin y al cabo, no deja de ser una fuerza). En el segundo, el horizonte es el de una ignorancia sin remedio, pues apunta a un Dios ausente o por venir. En el primero, el espíritu está presente como poder. En el segundo, se revela como el resto de una genuina alteridad. Dios en verdad no es tanto un dios oculto como un Dios sepultado en un pasado anterior a los tiempos. Pues hay mundo por el retroceso de Dios. Sencillamente, el haber del absolutamente Otro es el de un fue —el de un no-haber. El misterio del dios oculto es circunstancial. Como el de una habitación en la que se nos prohíbe entrar. No así el de un Dios que siempre se encuentra en falta como la eterna promesa de sí mismo.

religio

agosto 14, 2020 § 1 comentario

La religión es un invento monoteísta. Antes de Yavhé, no hubo religión, sino en cualquier caso culto. El presupuesto de la religión es la separación. Por eso mismo su horizonte, tal y como sugiere la palabra religare, no puede ser otro que el de la reunión, el de restablecer el vínculo perdido con la divinidad. El paganismo, sin embargo, nunca pretendió ninguna reconciliación con lo divino, sino en cualquier caso, un trato de favor o, en su defecto, un reset que restaurase la pureza de los orígenes frente a la degeneración del tiempo. Los dioses paganos estaban demasiado cerca —demasiado presentes— como para que se buscará un reencuentro, una religación. En cambio, con Yavhé la cosa cambia. Aquí su presencia es, de hecho, la de su ausencia. Desde la óptica del monoteísmo, Yavhé se revela como un Dios que está por ver, mejor dicho, por regresar. Únicamente un Dios que se ofrece como promesa de sí puede reclamar la fe —la confianza, la esperanza— del hombre. Ahora bien, solo hace falta que nos hayamos cansado de esperar el regreso de papá como para que nos digamos a nosotros mismos que papá ha muerto. No es casual que el desencantamiento del mundo tenga una raíz profética.

Franz: una coda

agosto 13, 2020 § Deja un comentario

En una entrada anterior, nos preguntábamos si el compromiso de Franz —su negativa a jurar fidelidad al Führer— fue ejemplar. Allí hablábamos del carácter superogatorio del mismo: admirable, pero quizá no ejemplar, al menos en el sentido moral de la expresión. No nos atreveríamos a acusar moralmente a quienes, por miedo, hicieron lo contrario. Y, sin embargo, también es cierto que, porque Franz se mantuvo fiel a Dios frente al horror, otros podrán seguir su ejemplo. Es como si la terquedad de Franz les diera las fuerzas de las que espontáneamente carecen. No es casual que niguna tiranía quiera producir mártires. Como dijera Tertuliano, su sangre es la semilla de la fe. Es por el espíritu de Franz —ese resto— que los hombres y mujeres se vuelven capaces de obedecer a la voluntad de Dios. Y en lugar de Franz, podríamos colocar al crucificado. El fue el primero. La fe, de tenerla, se la debemos a quien creyó antes por nosotros. Esto es lo que hay detrás de la fórmula paulina de la sola fide. Pues la fe que nos salva —y quien dice fe, dice esperanza— fue la del Hijo. Porque él tuvo fe donde ya no era posible seguir teniendo fe, podemos creer en su nombre. De ahí que el espíritu, cristianamente, no vaya por libre. O dicho de otro modo, incluso el espíritu tuvo necesidad de un cuerpo. Nada de Dios se nos da sin la mediación de la carne.

kénosis

agosto 12, 2020 § 2 comentarios

La fe cristiana —hay que admitirlo— apunta a un Dios bastante extraño. Pues un Dios que decidió hacerse siervo de Dios —un Dios que se puso en manos de los hombres para llegar a ser el que es— ¿hasta qué punto cuenta como Dios? La Encarnación implica un vaciamiento de la condición divina, una humillación, una renuncia. Dios, al encarnarse, desciende (y aquí el descenso no es geográfico). Podríamos decir que, al hacerse cuerpo, Dios se degrada como Dios. Cuando menos, porque la corporalidad de Dios va con la muerte de Dios —y una muerte abyecta. Ahora bien, un Dios mortal ¿no es acaso un oxímoron? La declaración de Nietzsche —Dios ha muerto— fue antes cristiana que nietzscheana. De hecho, el primero en proclamar que Dios había muerto en una cruz de hecho no fue Nietzsche, sino Tertuliano. Ciertamente, el cristianismo no se detiene en la cruz. De no haber habido resurrección, los discípulos de Jesús se hubieran quedado con el rabo entre las piernas. Es por la resurrección —y aquí dejamos a un lado de qué estamos hablando— que el que murió como un apestado de Dios pudo ser reconocido como Dios en persona. Como dijera Pablo, si Cristo no resucitó, la fe es una estupidez. Al fin y al cabo, Jesús murió como un fracasado —como un maldito de Dios. Tan solo con la resurrección, la cruz del Hijo se revela como una victoria sobre la muerte.

Sin embargo, ¿por qué Dios tuvo que abrazar la muerte para vencerla? ¿Es que no era suficiente un paraíso post mortem? ¿Acaso no basta con estar convencidos de la inmortalidad del alma para que la muerte no nos pueda? Quizá desde el prejuicio religioso, según el cual la esencia paradigmática de Dios ya se encuentra determinada de antemano, pero no desde la óptica del monoteísmo bíblico. La redención a la que aspira Israel no es la de las almas puras. Sencillamente, el hombre pierde su humanidad donde abandona la carne. Para Israel, el hombre no es un alma encerrada en un cuerpo, sino un cuerpo animado por el aliento de Dios. De ahí que, en las apariciones que narran los evangelios, se destaque la corporalidad, aunque transfigurada, del resucitado. El Jesús que regresa con la vida de Dios conserva las marcas de la cruz. En modo alguno, estamos hablando de un espectro dichoso. No es causal que la resurrección sea para Pablo el indicio de una nueva creación, algo así como un reset cósmico, un nuevo comienzo. O la redención tiene que ver con el hombre, o no hay redención. Es posible que ya no podamos creer en ello como quien no quiere la cosa. Pero este es otro asunto.

En cualquier caso, lo que resulta cristianamente decisivo es la identificación entre Dios-Padre y un crucificado en su nombre, identificación que el cristiano atestigua tras el tercer día. La revelación no dice tanto que Jesús es el Hijo de Dios —que también— como que Dios es Jesús. Ya no más Yo soy el que soy, sino Yo soy ese hombre que cuelga de un madero como un desarraigado de Dios. Y esto no deja las cosas de Dios como estaban. Pues lo que se nos está diciendo es que el Padre no es nadie sin el Hijo (y viceversa). O mejor, es un nadie que clama por ser alguien. Y esto equivale a decir que el Padre es impotente sin el Hijo (y vivercersa). En Getsemaní, el Padre no pudo hacer más que guardar silencio. De hecho, su palabra —su respuesta— fue un crucificado que muere —y muere sin Dios mediante— perdonando a sus verdugos. Cristianamente, Dios es el Dios que acontece entre el Padre y el Hijo. Al margen del crucificado, el Padre no es más —aunque tampoco menos— que la voz que clama por el hombre. Sin duda, estamos en las antípodas del presupuesto de la religión, el cual da por sentado, precisamente, que el modo de ser Dios se encuentra determinado de antemano. Pero si el cristianismo está en lo cierto, el modo de ser de Dios estuvo pendiente de un hilo hasta el Gólgota. Y esto resulta tan desconcertante, si lo pensamos bien, que todavía estamos lejos de aceptarlo. Que Dios se hizo hombre para la redención de la humanidad es algo que no podría confesarse de no haber habido resurrección. Pues el resucitado vuelve a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Quien sabe qué significa la palabra Dios, sabe que un dios no puede hacerse hombre sin dejar de ser divino.

Por tanto, no es casual que la dogmática proclame que Dios se hizo hombre —y no solo adoptó su aspecto—… sin dejar de ser Dios. Desde una óptica religiosa, no hay manera de entenderlo. Solo desde la realidad de un Dios que no quiso ser Dios sin la adhesión incondicional del hombre. Desde esta óptica, Jesús no es un hombre de Dios, entre otros, sino el modo de ser de Dios. Y esto tiene que ver antes con Dios que con el hombre. Evidentemente, donde el cristianismo pacta con las espiritualidades difusas del océano con el propósito de hacerse más digerible para las entendederas modernas, pierde de vista su hallazgo más fundamental —lo que es lo mismo que decir que deja de ser cristianismo. Esto debería ser obvio. Pero no lo parece si tenemos presente cuántos hoy en día, incluso sacerdotes, se apuntan a este carro. Y aquí, más que de una actualización del cristianismo, deberíamos hablar de su desintegración. Con todo, no sería la primera vez.