horticultura práctica

julio 12, 2019 Comentarios desactivados en horticultura práctica

Durante miles de años, fue obvio que el cosmos obedecía a un plan. Tanto orden —tanto encaje— no puede ser casual. Hoy, en cambio, no nos atreveríamos a decirlo. Galileo y Darwin hicieron hecho mucho daño a la astrología. Sin embargo, lo más natural es creer en lo primero, del mismo modo que seguimos viendo que el sol se mueve, a pesar de que sepamos que no es así. Por eso, el creyente de hoy en día tiene serías dificultades para integrar las fórmulas de su fe con lo que se da por descontado en el ámbito del saber. Es cierto que, espontáneamente, aún puede dirigirse a Dios. Pero, por poco que se distancie de sí mismo, no podrá evitar preguntarse por el sentido de su invocación. De hecho, esta esquizofrenia constituye, según Buber, la enfermedad espiritual de nuestro tiempo. Aunque si lo pensamos bien, el cristianismo parte de una situación semejante. Pues quizá todo se decida entre dos jardines. O mejor dicho, entre un jardín y un huerto. O se trata de habitar el jardín de Epicuro —y aquí el carpe diem sería la única opción—, o se trata de pisar Getsemaní —y aquí la pregunta sería qué cabe esperar después de sudar sangre—.

piedad cristiana y cosmovisión

julio 11, 2019 Comentarios desactivados en piedad cristiana y cosmovisión

Voy a decir algo elemental: la cosmovisión original del cristianismo hace tiempo que dejó de ser válida (lo cual no significa necesariamente que haya dejado de ser verdadera, aunque este sin duda es otro asunto). Nuestro mundo no es un mundo divido en tres planos cualitivamente diferenciados, aun cuando comunicados entre sí —cielo, tierra y sheol—. Para nosotros el cosmos es homogéneo. Como es sabido, Giordano Bruno fue el primero en defender un universo infinito y uniforme. La Iglesia fue muy consciente de lo que estaba en juego —a pesar de que Bruno se cuidara de preservar la existencia de Dios, aunque al precio de identificarlo con el todo— y por eso fue condenado a morir en la hoguera. Pero la deriva hacia la disolución de los cielos fue imparable. Es verdad que el devoto actualmente da por sentada la realidad de una dimensión espiritual, la cual sigue concibiendo como el horizonte paradigmático de su existencia. En este sentido, podríamos decir que el cielo se ha interiorizado —que no espiritualizado, pues en la Antigüedad, el cielo ya se hallaba lleno de espíritus—. Pero esto es lo mismo que decir que uno sigue creyendo en el cielo por su cuenta y riesgo. Pues la idea de una dimensión normativamente superior no casa con los presupuestos de la verdad científica, la única que podemos admitir como tal hoy en día. Y es que incluso si científicamente llegara a probarse la realidad de esa otra dimensión, estaría por ver si el dios que pudiera habitarla —al fin y al cabo, el dios del deísmo— podría aún entenderse como el Dios de la tradición cristiana. Al menos porque, como dijera Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. Hasta aquí nada que pueda soprendernos.

Ahora bien, lo que quizá no sea tan obvio es que la devoción cristiana, una vez dejamos atrás la cosmovisión que la hizo inteligible en su momento, pierde su anclaje ontológico, por decirlo así. De otro modo, la devoción —el dirigirse a Dios desde lo más íntimo— no encuentra su razón de ser en una teodramática de dimensiones cósmicas. La devoción queda desligada de la Historia de la salvación. Ciertamente, el devoto puede decirse a sí mismo que sigue creyendo en el relato fundamental. Pero podría preguntarse si no será a cuenta de caer en una especie de esquizofrenia epistemológica. Quien cree en vampiros —y no simplemente cree que cree— lleva consigo una estaca. Y no parece que a quienes proclamamos el credo hoy en día nos tiemblen las piernas cuando decimos aquello de que volverá con gloria para juzgar a vivos y a muertos. Donde perdimos de vista la teodramática que hay detrás de la fe cristiana, difícilmente podremos seguir creyendo en la iniciativa de Dios. A menos que la entedamos en un sentido muy general, como si Dios no fuera mucho más que una variante del amigo invisible de la infancia o del deus ex machina de las tragedias de Empédocles. Sin embargo, es innegable que el cristianismo pierde su antigua legitimidad donde damos por descontado que no cabe hablar de la iniciativa de Dios sin caer en la superstición. No es casual que Rudolf Bultmann defendiera la necesidad de un nuevo lenguaje para el mito cristiano. De ahí que se tomara tan en serio la tarea de una desinfección del kerigma (como el minero que tiene que separar la plata de la ganga para poder venderla). Según Bultmann, la fe hoy en día depende de que sea posible separar el significado del mensaje original de su primera expresión, culturalmente determinada. Como el mismo dijera, en la era de la energía atómica —la era del dominio técnico del mundo— no cabe seguir creyendo en un mundo poblado de ángeles y demonios. Así, en modo alguno es casual que, entre los teólogos contemporáneos, sean habituales afirmaciones del tipo lo que en verdad significa la resurrección es que la causa de Jesús continúa o que sigue vivo en nuestros corazones. No obstante, podríamos preguntarnos si la desmitificación no acabó tirando al niño con el agua sucia. Pues, tal y como vemos hoy en día, una devoción sin teodramática fácilmente termina apuntado a una divinidad que puede ser asumida por cualquier religión o espiritualidad. Como si Jesús fuera un símbolo de Dios entre otros y no el quién de Dios. Ahora bien, el cristianismo no dice que Jesús fuera un representante de la esencia de Dios, sino el modo de ser de Dios. Y decir que Dios solo llega a ser el que es en aquel que fue colgado de un madero —y no solo adoptando el aspecto de un crucificado— no es lo mismo que decir que la esencia de Dios se hace presente en cualquiera que llegue a ejemplificarla. La palabra Dios no significa lo mismo en ambos casos. Si no hay otro Dios que el encarnado, entonces no es cierto que Dios permanezca en las alturas a la espera del ascenso espiritual del hombre. Cristianamente, no hay Dios al margen de su identificación con el que murió como un apestado de Dios. Otro tema es si aún podemos confesarlo y a qué precio. Aunque, si lo pensamos bien, el cristianismo nunca fue una fe que pudiera ser asumida por el homo religiosus como quien no quiere la cosa.

la nada y el orgullo

julio 10, 2019 Comentarios desactivados en la nada y el orgullo

Nihilismo significa no hay valor, sino en cualquier caso creencia en el valor. Nada que sostenga nuestra creencia en la verdad, la justicia, la bondad. Sin embargo, el nihilismo originariamente quizá tenga que ver antes con el nadie que con la nada. El hombre que niega a Dios, niega su dependencia de Dios, la cual es moral antes que física. Y es que la alteridad de Dios se nos revela como la de aquella voz que nos interpela desde el más allá de la presencia. Al fin y al cabo, existimos como los que fuimos arrancados del otro —como los que reducimos su alteridad a imagen—. Por eso mismo, no podemos evitar escuchar en lo más íntimo el clamor que nos acusa: ¿Caín, Caín dónde está tu hermano Abel? Cristianamente, el espíritu de Dios es el de la sangre inocente que fue derramada a causa de nuestra indiferencia. Así, el poder del espíritu no es tanto el de la energía que conecta cuanto es, sino el del fantasma que nos obliga a salir del quicio del hogar. En cualquier caso, la conexión, de darse, será el fruto de la respuesta del hombre al clamor de Dios. Nadie más real —más otro— que quien murió antes de tiempo. De ahí que la figura nietzscheana del superhombre pueda entenderse como la expresión del rechazo a la demanda, en el doble sentido de la palabra, que nace del fantasma. Estaríamos, al fin y al cabo, ante una reacción. Como la de ese niño que decide ser malo al creer que su padre no le quiere porque le inquiere.

es mejor que muera un hombre

julio 9, 2019 Comentarios desactivados en es mejor que muera un hombre

Dios y mundo no terminan de hacer buenas migas. Sus lógicas son distintas. El mundo podría aceptar, pongamos por caso, el sufrimiento eterno de un niño si con dicho sufrimiento se pusiera fin al hambre, la enfermedad, la injusticia. En cambio, no parece que pueda aceptarlo un cristiano. Para un cristiano o nos salvamos todos, o no se salva nadie. Ciertamente, esta lógica no va a ningún sitio, salvo quizá al fin del mundo. Pues, como tal, es políticamente aberrante. Pero un cristiano no puede entrar en la negociación… porque ese niño es, sencillamente, su hermano (sea quien sea). Es verdad que, según la convicción cristiana, Dios murió en una cruz para que no fuera necesario ningún otro sacrificio —para que pudiéramos dejar de pagar el tributo que el mundo nos exige—. Sin embargo, porque pasamos de largo —porque vemos la cruz simplemente como el destino del profeta— seguimos diciendo como Caifás: conviene que uno muera por todos. Y sin duda, conviene. Ahora bien, la cuestión es quién decide quién debe morir. Si la decisión la toma el hombre, entonces seguimos atados a la lógica del mundo (y por consiguiente a la impiedad). En cambio, si fue Dios quien quiso inmolarse —o como en el caso del niño de nuestro experimento mental, sufrir eternamente— para que el hombre pudiera contar con una última oportunidad, entonces no hay política que logre justificarse en nombre de un principio sacrificial. Y quizá por eso mismo el mundo se encuentre sub iudice. Aun cuando no nos lo parezca.

la tríada creyente

julio 8, 2019 Comentarios desactivados en la tríada creyente

Un cristiano vive de la oración, la providencia y el testimonio (aunque inicialmente del testimonio, pues no hay fe que no nazca de un haber sido acogido, perdonado por aquellos en los que Dios se reconoce). Un cristiano se alimenta de la oración, porque en ella, frente a la distracción del tiempo diario, se encuentra a sí mismo expuesto al misterio de Dios —a su esencial por-venir—. De hecho, el padrenuestro no deja de ser un pedirle a Dios por Dios, según la fórmula de JB Metz. También puede ponerse en situación, algo así como un memento mori, pero al pie de la cruz. O imaginar que, como el joven rico de la parábola, conoce a un iluminado que, en los arrabales de la ciudad, va diciendo que el mundo no tiene remedio y que, por eso mismo, tan solo nos tenemos los unos a los otros. Sin oración va a ser díficil que un cristiano pueda in-corporar las fórmulas de fe. De la providencia, porque un cristiano ya no confía en su posibilidad. Poco tiene porque apenas necesita. Pero lo que necesita solo puede venir de Dios. Del testimonio, porque no hay otra experiencia de Dios que la que se nos da a través del cuerpo de aquel que se ha puesto en el lugar de Dios (y ya sabemos cual es ese lugar). Un cristiano permanece a la espera de Dios porque confía en quienes lo encarnan —y lo encarnan porque van con la bondad por delante—. Ahora bien, confiar no es saber. Pues con respecto a lo último seguimos sin tener ni idea. Incluso con respecto a la verdad de Dios estamos en manos de Dios. De ahí que las imágenes de la esperanza cristiana sean, literalmente, increíbles.

estar de vuelta

julio 7, 2019 Comentarios desactivados en estar de vuelta

La verdad no es para púberes. Y no porque no pudieran soportarla —que también—, sino porque no hay otra verdad que la de quien ha vuelto del s allá, por decirlo así. Pues el más allá, ese non plus ultra, hace saltar por los aires la ficción del hogar. Mientras vamos por la senda que nos marcaron, todo es proyecto, ilusión, expectativa. Vanidad, que diría Qohélet. De ahí que lo único que nos interesa o debiera interesarnos es la palabra de aquel que está de vuelta. ¿Qué has visto tú que aún no hemos visto? Y aquí caben dos respuestas. O bien, nada nuevo, esto es, más de lo mismo (y, por con siguiente, más mundo). O bien, muertos vivientes. La primera es la del nihilismo. La segunda, la del cristiano. Para el nihilista el todo es la nada, mientras que para el cristiano, el todo es el no-todo. Tertium non datur: o hay alteridad —lo enteramente otro o nuevo—, o no hay más que hologramas. Esto es, nada. De ahí que la fe, antes que una suposición, es un fiarse del testimonio de quien ha vuelto con vida de la muerte, esto es, de aquellas situaciones en las que ya no nos queda vida por delante: Auschwitz, Río Bravo, Hiroshima. La fe arraiga en el cuerpo del otro, no en nuestra necesidad de un final feliz. Fe es creer en lo imposible en nombre de un zombie (se supone que bueno). Pues, desde nuestro lado, la fe es, sencillamente, increíble.

lingua

julio 6, 2019 Comentarios desactivados en lingua

Quien mata, no mata. Dispara o apuñala a la rata, al mierda, al hijoputa. Quien mata fácilmente cree que la razón —y más si es histórica— está de su parte. Sin embargo, basta con que se distancie un poco de sus impresiones, para que se dé cuenta de que disparar o apuñalar es matar. El lenguaje, en tanto que permanece ligado a lo que nos parece que son las cosas, no dice la realidad. La oculta.