libertad y redención

diciembre 1, 2019 § Deja un comentario

La base de la libertad es el valor: el no temer el qué dirán, la frustración, el dolor —¿también bajo tortura?— hasta el punto de perderle el miedo incluso a la muerte. Como si no fuera contigo. Y esto porque una genuina libertad solo es posible en relación con lo que uno ama o busca eternamente. Pues nadie puede amar lo que esté a su alcance. En definitiva, estar por encima de uno mismo supone admitir que el centro de uno mismo no es uno mismo. Sócrates nos diría que tan solo cabe amar la verdad, entendida no como colección de frases verdaderas, sino como lo que en verdad importa o acontece al margen de los que nos parece que importa o acontece.Y probablemente sea así. ¿Importa realmente el éxito, gustar, poder realizar nuestro deseo? Creerlo es hacer el ridículo, sobre todo si somos capaces de vernos desde una cierta distancia, desde la grada de un dios. Cuanto acabamos de decir, sin embargo, es ateniense (y nosotros venimos de Atenas, al menos porque esto del cuidado de alma, un cuidado que prescinde del agradar a la divinidad de turno, es un invento griego, aunque hilando fino quizá deberíamos decir oriental). Jerusalén, en cambio, vio las cosas de otro modo. Pues su horizonte no es la libertad, sino la liberación. Aquí, la preocupación fundamental no es por uno mismo, sino por el que sobra a ojos del mundo. Sócrates fue su inquietud —su interrogación. El sujeto de la fe bíblica, en cambio, es su tener que responder a la demanda, en el doble sentido de la expresión, que procede de los estómagos del hambre. Sócrates parte de su insatisfacción ante lo común —de su asombro y sospecha. El creyente, de su encontrarse sub iudice —sometido al clamor que exige un paso al frente, un heme aquí; qué quieres de mí. La pregunta de Sócrates es de qué se trata en definitiva tot plegat. La del creyente, quién podrá redimirnos de nuestra sujeción a la impiedad (pues, el hombre desde su lado nunca termina de responder a aquel que decide el sí o el no de su entera existencia). El horizonte de Atenas es la libertad como dominio de sí. El de Jerusalén, la redención. No estamos hablando, estrictamente, de lo mismo —ni, por consiguiente, de la misma libertad. Aunque en ambos casos, hablemos de un desplazamiento con respecto a lo habitual o, si se prefiere, de una férrea obediencia. Pues no hay libertad sin fijación a lo que nos supera. Pero no se obedece a la misma voz. En el primer. caso, la voz es la del propio daimon. En el segundo, la de un Dios que se identifica con los que no parecen contar ni siquiera para Dios. En el primer caso, uno debe tener presente que va a morir. Memento mori. En el segundo, la muerte que nos saca de quicio no es la propia, sino la de quien vive como si fuera un perro. 

amar al enemigo

noviembre 30, 2019 § Deja un comentario

Se nos dijo: amarás a tu enemigo. Pero ¿es esto posible? Es obvio que no estamos ante un mandato moral. Debemos ser honestos. Y si no lo fuéramos, se nos puede acusar de deshonestidad. Pero no se nos ocurriría condenar a una madre por no saber perdonar al asesino de su hijo. Estamos ante un mandato, sin duda, excesivo. Pues se nos pide perdonar lo que, humanamente, no podemos perdonar. Un enemigo es, por decirlo así, el que quiere que tus hijos mueran —aquel que, habiéndote secuestrado, te da de comer a tus hijos haciéndote creer que tomas un estofado. Sin embargo, lo imposible ha tenido lugar. El cristianismo parte, no de nuestras suposiciones acerca de Dios, sino del testimonio de quienes han visto más de lo cabe esperar del hombre: el perdón de la víctima a su verdugo. Probablemente, tan solo como muertos en vida —como aquellos que ya no tienen vida por delante— podamos ofrecer es ese perdón. Y en este sentido no es nuestro. Pero tampoco solo de Dios. De ahí que la pregunta sea quién perdona lo imperdonable. Quizá solo lleguemos a entender el credo cristiano —al fin y al cabo, la Encarnación— donde logremos entenderlo como respuesta a esta pregunta.

la fruta madura antes de caerse del árbol

noviembre 29, 2019 § Deja un comentario

Una vez alcanzas una cierta madurez, no puedes evitar sentirte ridículo por lo que fuiste, incluso por lo que soñaste. Sencillamente, no quisieras volver a ser como antes. Esto es así, por lo común. Sin embargo, cabe otra madurez —otro avergonzarse—. Y es la que alcanzamos una vez topamos con el mártir, con el cadáver de quien murió a causa de su compromiso con los más pobres. Aquí no es que simplemente no quieras volver a ser como antes, sino que, más bien, sientes vergüenza de haber sido quien fuiste. No es exactamente lo mismo.

el ave Fénix

noviembre 28, 2019 § Deja un comentario

Comenzamos nuestros proyectos con ilusión. Un nuevo trabajo, una nueva pareja, un nuevo hijo. Incluso con heroísmo, en el caso de quienes se entregan incondicionalmente a los demás, sobre todo a los que sufren. Pero, tarde o temprano, la ilusión se resuelve en oficio (un buen oficio, en el mejor de los casos). Esto es sencillamente así. Sin embargo, nos prepararon para el consumo, no para el día a día del oficinista. Así, por poco que podamos tendemos a renovar el producto que ha sufrido un desgaste. Pensamos que no hay alternativa. O renovación o resignación. Como si el oficio no fuera con nosotros. Como si hubiéramos sido destinados a una adolescencia perpetua. Pero al creerlo nos equivocamos (o al menos, a menudo). Pues hay que aprender a vivir el tiempo. Es cierto que la ilusión es un espejismo. Pero también el índice de lo puro. Cínicamente, podríamos concluir que el deslumbramiento de lo puro es un señuelo. Ahora bien, igualmente podríamos decirnos que hay pureza, aunque no podamos permanecer en ella. No en vano Rimbaud escribió que los amantes se encuentran fuera del mundo. Con todo, acaso lo puro no sea tanto lo que inevitablemente dejaremos atrás como lo que renace de las cenizas, una carne redimida. Hay más amor en el perdón que en la fusión. Donde llenamos fácilmente los contenedores, no nos damos tiempo para resucitar. Y si no hay más que el chute emocional del instante, no hay otro porvenir que el de la novedad. Y la novedad, en tanto que apenas simula lo nuevo, tiene fecha de caducidad. De ahí que quien se contenta con la novedad esté condenado a la repetición —a un continuo ir y venir, de casa al gran almacén, ese templo moderno. Así, o el Fénix o Sísifo. Tertium non datur.

feria

noviembre 27, 2019 § Deja un comentario

Vamos por ahí con la máscara puesta, con nuestro personaje a cuestas. Es lo que tiene la vida social, la feria. Como decía Qohélet, todo es vanidad y alimentarse de viento. Al fin y al cabo, (con)trato. En medio de la cháchara dejas atrás tu soledad, tu indigencia. Como si fueras alguien. Pero el espejo nunca miente: no terminas de ser lo que debieras. De ahí que no busques otra cosa que gustar. Y este es tu error. Tan solo se encuentran los náufragos.Pero siempre fuera del mundo. No hay otro comienzo.

sexo y religión

noviembre 26, 2019 § Deja un comentario

La religión es como el sexo. Necesitamos el cuerpo para ir más allá. Así, la fe queda disuelta en el aire hasta que no es in-corporada por medio de imágenes, literalmente, increíbles. Pues si las imágenes fueran demasiado creíbles, fácilmente terminaríamos haciendo de Dios un dios a nuestra medida. Y este es el problema hoy en día: que ya no podemos tomarnos en serio lo inverosímil.

ateísmo y cristianismo

noviembre 25, 2019 § Deja un comentario

La muerte de Dios es un tema cristiano, antes que moderno. Pues, un Dios no puede colgar de una cruz sin dejar de ser un dios. El significado elemental de la palabra Dios se pierde en el Gólgota. Pues la diferencia entre un dios y el hombre es, originariamente, la que media entre el hombre y los ácaros del polvo. De ahí que un dios no pueda amar a los hombres (y menos sacrificarse para salvarlos de su des-gracia). En cualquier caso, puede jugar a amarlos, pero en modo alguno amarlos, a menos que se trate de un Dios enajenado. Proclamar que el crucificado es Hijo de Dios —Dios en la persona del Hijo— está muy cerca de proclamar que no hay dios. Pues tan solo hace falta que dejemos de tomarnos en serio la resurrección —ese imposible— para que el que aún intenta creer tenga frente a sí únicamente a un abandonado de Dios. No es casual que Ernst Bloch dijera, comentando la sentencia de Nietzsche, que los hombres no mataron a Dios. Lo mató Jesucristo.