de Babel

septiembre 15, 2019 § Deja un comentario

El diálogo interreligioso, sin duda, contribuye a la paz, al menos porque su punto de partida es el de un no vamos a pelearnos en nombre de Dios. Sin embargo, mientras su propósito sea el de hallar puntos de encuentro, lo cual implica de algún modo hacer de Dios un denominador común y, en último término, una abstracción, ¿no podríamos entender dicho diálogo como un nuevo intento de levantar una torre de Babel? Como si pudiéramos asaltar los cielos desde nuestro lado. Ciertamente, hay en el hombre un anhelo de Dios o, cuando menos, de lo último o definitivo. Pero el hombre no topa con Dios —ni con lo último— solo desde su interés por las cosas de Dios. Ni siquiera donde suponemos que Dios sale al encuentro de quien busca a Dios —donde damos por sentado que el hombre por sí mismo solo puede acercarse a Dios. Quizá esto sería así si Dios coincidiera con la imagen, aunque borrosa, que el hombre se hace de Dios. Pero el Dios que se encuentra con el hombre no es el Dios que este imagina. Dios irrumpe en la existencia cogiéndonos a contrapie o, si se prefiere, por la espalda. E irrumpe en la existencia, interrumpiéndola, sacándola del quicio de la costumbre. De ahí que no quepa hablar de la verdad de Dios, si no es como revelación, esto es, si no es desde el lado de Dios, un lado en el que, sin embargo, no hay nadie aún. Y si esto es así, no parece que sea lo mismo presuponer que Dios es una especie de arkhé que aquel que se pone en manos del hombre hasta colgar de una cruz para que el hombre pueda hacerse capaz de Dios —de responder a su clamor.—. Sobre todo, si tenemos en cuenta que Dios no llega a ser el que es al margen del fiat de aquel en quien se reconoció in illo tempore. No parece que sea lo mismo el Dios que permanece a la espera del ascenso del hombre, aunque dé un paso al frente, que el Dios que aún no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre.

las dos banderas

septiembre 14, 2019 Comentarios desactivados en las dos banderas

La humanidad es esto:

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero también esto:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es lo que diría un espectador: hay de todo. Y puede que tenga que haberlo. Es lo natural. Sin embargo, en medio de la escena no podemos evitar la impresión de que nos hallamos en medio de poderes que pugnan por el corazón de los hombres. El mal no debe vencer. Lo natural del hombre no es lo natural en el hombre. Y esto es así, aunque no se lo parezca a quien contempla los asuntos humanos desde la distancia. Pues para este último, nada se le aparece en verdad, nada —o mejor dicho, nadie— que le exija una respuesta. Un espectador siempre está solo (y por eso mismo, no existe, aun cuando sin duda esté ahí como lo están las focas o las piedras). Y es que existir supone hallarse bajo una demanda infinita, aquella que procede del fuera de sí. Puede que haya más verdad en los mitos bíblicos que en las asépticas descripciones de la ciencia. Cuando menos, porque la verdad del mito bíblico da fe de lo que aconteció —de lo que tuvo lugar verticalmente— y no simplemente sucedió o pasó. Y nada acontece sin que nos obligue a elegir entre la bondad y el horror.

el hastío de los ángeles

septiembre 13, 2019 Comentarios desactivados en el hastío de los ángeles

Según Orígenes, hasta los ángeles se hastiaron de estar en presencia de Dios. Nada —ni nadie— nos asegura que el Dios que nos subyuga en un momento dado pueda provocar, más adelante, nuestro aburrimiento o desafección. Ahora bien, si Orígenes pudo decir lo que dijo, quizá fuese porque seguía teniendo en mente una divinidad de algún modo palpable. Otro gallo le hubiera cantado, si hubiera tenido en cuenta que, incluso en los cielos, Dios sigue siendo un misterio —un Dios por ver. En este sentido, no es casual que el cristianismo sostenga que Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado —y resucitado— en su nombre.

deus sive matrix

septiembre 12, 2019 Comentarios desactivados en deus sive matrix

La Modernidad, como es sabido, supone un cambio de posición del hombre con respecto a la totalidad. El sentimiento de formar parte de un orden más amplio es sustituido por el de un hallarse en el centro de control (y aquí por sentimiento entendemos el sentimiento configurador de un modo de estar en el mundo). Sencillamente, el sujeto de la Antigüedad no es el mismo que el de la Modernidad. Sus diferencias no apuntan tanto a sus creencias como a la postura inicial que adoptan frente al mundo. Y una postura es un asunto corporal, antes que teórico. En gran medida, somos lo que hacemos, no solo en relación con lo que tenemos a mano, sino también, y quizá sobre todo, con nosotros mismos. Modernamente, el mundo es, más que un milagro, algo disponible para su consumo. De ahí que, para el sujeto de hoy en día, la cuestión de Dios —la cuestión del ente supremo— no sea la cuestión acerca de su existencia, sino la de si, en el caso de existir, aún podría admitirlo como Dios, esto es, como Padre. Es posible que haya un ente superior en poder e inteligencia —o incluso entes. Pero probablemente nos situaríamos ante él como Neo ante Matrix: como ese poder al que vencer. Nietzsche dio en el clavo cuando sostuvo que la muerte de Dios implica la transformación del hombre en el sujeto de la voluntad de poder. Así, el hombre pasa de estar sujeto a Dios —de depender de su bendición— a estar sujeto al principio impersonal de si es posible, debe hacerse. No tengo claro que sea una buena noticia para el hombre. Pues el hombre probablemente se equivoca donde cree que alcanza una genuina libertad donde dejan de haber límites. De hecho, en tanto que sujeto, el hombre no puede evitar estar sujeto a. La cuestión es a qué —o a quién. Y no se trata de una cuestión secundaria.

ipseidad

septiembre 11, 2019 Comentarios desactivados en ipseidad

Como es sabido, para Descartes la certeza de sí es la primera evidencia sobre la que reposa cualquier posible verdad acerca del mundo. Sin embargo, la posibilidad de que el yo esté solo —que no pueda asegurar la realidad de un afuera— está siempre presente. Puede que la realidad no sea más que virtual. El solipsismo es el riesgo de una reflexión que pretenda un saber del que no quepa dudar en absoluto. Paul Ricoeur, por su lado, sostiene que nadie se configura a sí mismo por su cuenta y riesgo. Es frente a la solicitación del otro que me convierto en alguien (y en este punto Ricoeur estaría muy cerca de Levinas). De acuerdo. Sin embargo, podríamos decir que Ricoeur abandona el territorio del pensamiento radical —el que pone en suspenso los presupuestos de nuestra relación con el mundo— para regresar al del sentido común, a la de una psicología que solo se pregunta por la génesis de la personalidad. Como si Descartes y Ricoeur estuvieran en planos distintos. Ahora bien, el otro ante el que me constituyo como sujeto no es aquel con el que trato a diario —aquel del que no poseo más que su aspecto y que me afecta solo en tanto que me exige una reacción—, sino aquel que echo en falta, precisamente, porque se encuentra más allá del sí mismo —de su aspecto o modo de ser. El rostro, por seguir la terminología de Levinas, es invisible —el resto intangible de lo tangible, acaso lo más real del otro. Pues lo real es, por defecto, lo que se resiste a cualquier asimilación o dominio, en definitiva, lo intratable. Descartes pudo llegar al cogito porque hizo abstracción de la existencia. La preocupación por la representación absolutamente cierta o indudable solo es posible como interrogación fundamental donde dejamos a un lado la referencia a la falta de una genuina alteridad que supone el hecho de existir. Pues existir es vivir como arrancados… de no sabemos quién. De ahí que, en lo más hondo, estemos expuestos a la llamada del otro, una llamada que procede de un pasado anterior a los tiempos o, por decirlo a la manera de Levinas, a un mandato insoslayable. En este sentido, ser sujeto significa estar sujeto a una invocación espectral, y en relación con la cual no responder es ya responder. Pues la caída afecta tanto al hombre como a aquel de quien fuimos arrancados. No otra cosa quiere decirnos el mito de la expulsión del Edén. Dios —el enteramente otro— des-aparece una vez fuimos arrojados al mundo. En su lugar, la obviedad —y lo obvio es lo siempre obviado— de que hay otro donde tan solo contamos con sus imágenes. Dios no aparece como dios, sino como la voz que clama por el hombre a través del llanto de los que sufren en carne viva un mundo sin Dios. El pistoletazo de salidad de la Modernidad —la primacía del ego cogito— no es, por tanto, un hallazgo, sino más bien un olvido. Y quizá por eso mismo, un empobrecimiento. Pues fácilmente nos empuja a creer que somos el centro de cuanto es.

de gallinas violadas

septiembre 10, 2019 Comentarios desactivados en de gallinas violadas

Hay por ahí un grupo de veganas que dan la impresión de haber fumado más de la cuenta. Entre otras cosas, sostienen que las gallinas son violadas (almas veganas) por los gallos (y que, por consiguiente, no deberíamos permitirlo). Todas las especies, según ellas, se encuentran en el mismo plano. No tenemos ningún derecho a alimentarnos de los animales. Muy franciscano, tot plegat. Hermano lobo, hermana gallina. ¿Unas locas? Eso parece. Sin embargo, ¿acaso los profetas no fueron vistos en su momento como unos pirados (de Dios)? Ciertamente. Con todo, que los profetas fueran unos pirados, no implica que cualquier pirado sea un profeta. De ahí que los paralelismos tengamos que cogerlos con pinzas. En cualquier caso, tan solo hace falta que nos lo terminemos creyendo —y en cosas más increíbles hemos creído—, para que de aquí a unos años estas chicas pasen a ser unas avanzadas a su tiempo. Al final, será cierto que la cuestión sobre las creencias que debemos admitir como verdaderas es, en el fondo, una cuestión política. O por decirlo de otro modo, que el último criterio de verdad, al menos en lo que respecta al valor, es el poder. No hay sentido común como puedan haber montañas o árboles. El sentido común —cuanto damos por sentado— no brota por generación espontánea, sino que se nos impone, aun cuando el poder, tan invisible como en definitiva impersonal, oculte aquellas operaciones por las que su verdad termina pareciéndonos, frente a toda alternativa, una obviedad aplastante. Pero basta con tener una mínima experiencia en los asuntos de la vida, para sospechar, cuando menos, de lo que se nos presenta como obvio.

Silencio

septiembre 9, 2019 § Deja un comentario

¿Francisco Javier en Japón? ¿Matteo Ricci en China? ¿Para qué? ¿Para imponer su religión? Hoy en día esto nos parece un despropósito. Que cada uno haga lo que pueda con su mochila. Sin embargo, el que fácilmente demos por descontado que no tenemos derecho a interferir en las creencias de otros pueblos o culturas —aunque no tengamos ningún problema en imponerles el mercado—, ¿acaso no es un síntoma de nuestra poca fe? Hay que ponerse en la piel de esos cristianos, por no decir de los primeros, para entender de qué iba el tema. A diferencia de nosotros, ellos sí que estuvieron convencidos de que Jesús era el heraldo de la redención (y no solo un maestro espiritual). Poca broma. En la confesión, sencillamente, estaba en juego la vida eterna. Nada menos. Su afán misionero, por no decir su fijación, obedecía a su amor a los hombres. Es como aquellos que dedican su vida, o parte de ella, a vacunar a quienes, en el tercer mundo, no tienen acceso a las vacunas. No puede ser que tantos mueran, por no disponer de la más mínima prevención, como si no contaran para nadie. Tenemos el remedio. Y, por consiguiente, no podemos dejarlos morir. La tolerancia moderna, sin duda, nos ha ahorrado unas cuantas guerras de religión. Al menos, en Occidente. Pero el precio que tuvimos que pagar por esta paz es el de un cristianismo sin vigor —el de una fe reducida a un mero supuesto personal. Es verdad que, junto a la cruz, fue también la espada. En los asuntos humanos, la ganga sigue adherida a la plata. Pero este es, de hecho, otro asunto.