equívocos de la fe

marzo 12, 2021 § Deja un comentario

El creyente que, hoy en día, vive a flor de piel su fe corre el riesgo de considerar su sentimiento como criterio de verdad. Así, una de las declaraciones nucleares del cristianismo —a saber, que a través de la adhesión al Hijo de Dios se restaura nuestra filiación—, termina entendiéndose únicamente desde el sentirse hijos de Dios. Es lo que tiene confundir sinceridad con verdad, aunque, con respecto a Dios, la verdad no debería comprenderse como una simple adecuación entre nuestras representaciones mentales de Dios y los hechos. Pues la verdad de Dios no es la de lo constatable, sino la que apunta a una perdida fundamental (y consecuentemente a lo pendiente). De ahí que, al no saber qué hacer con esta verdad, el acontecimiento que dio pie al sentimiento —el que Dios enviase a su Hijo— queda relegado a un segundo plano como un residuo mítico o un modo de hablar. Pero en su origen no fue un modo de hablar. Por eso podemos preguntarnos hasta qué punto seguimos creyendo en lo mismo. Y no me atrevería a decirlo donde la cuestión de la verdad de la confesión cristiana se entiende tan solo como una lectura sentimental de hechos en sí mismos neutros. Ciertamente, y para salir del paso, suele decirse que la experiencia es la misma, a pesar de que el lenguaje que la traduce sea inevitablemente distinto. Sin embargo, podríamos también preguntarnos hasta qué punto la experiencia es independiente de los presupuestos conceptuales que constituyen un mundo. Pues no hay vivencia que no incorpore una carga teórica —no hay un ver que no sea un ver como. Con todo, sigue siendo igualmente cierto, hoy en día como antes, que solo Dios sabe hasta qué punto creemos en Él.

día 9

marzo 11, 2021 § Deja un comentario

Ayer en una plaza bajo el Sol, tras días de lluvia, la sensación de que el mundo es muy extraño. Como si de repente un gran silencio lo cubriese todo. Como si cuanto es tangible y ruidoso fuese un holograma. Sin embargo, tampoco quería que esa sensación se disolviera, volver, en definitiva, a la obviedad. Pues acaso no haya otro mundo que este, tan poblado de espectros. Al menos, mientras tanto.

de vocaciones y pastores

marzo 10, 2021 § 1 comentario

Es difícil que haya vocaciones, ya no solo religiosas, sino también meramente cristianas, si no partimos del padre, esto es, de aquel a quien admiramos (y lo admiramos porque está de vuelta o, mejor dicho, porque ha vuelto con vida del horror). En el fondo, el pistoletazo de salida de una vocación es un decirse a uno mismo quiero ser como él (o como ella). Quizá los pastores se equivoquen donde pretenden aproximarse demasiado al rebaño —donde aspiran al coleguismo, a ser uno más, aunque con un oficio singular. O donde se limitan a decir que a ellos esto de Dios los hincha de felicidad. Quizá a los pastores les iría mejor si se atreviesen a hablar del clamor que los puso contra las cuerdas —de la voz que los sacó del quicio del hogar, obligándolos a quemar las naves. Esto es, puede que no estuviera de más que volviesen a hacer de padres y no solo de consoladores o compis (y para ello acaso baste con que nos presenten a su padre, a quien los dejó cojeando de por vida). Su vocación debería, al menos por resonancia, provocar nuestra resistencia y no únicamente buenos sentimientos. Y es que será verdad, como hemos dicho en otras ocasiones, que nadie sabe qué quiere mientras no sepa qué quiere de él su padre. Donde no hay paternidad que valga, sabemos qué deseamos o preferimos, pero en modo alguno qué —o quién— nos reclama una entrega.

acerca de lo que se trata

marzo 9, 2021 § 2 comentarios

Imaginemos que sufrimos una aparición. La sensación de realidad es innegable. No dudamos de que estamos ante una presencia. Pero ¿de qué se trata? ¿De la visita del ángel? ¿Del espectro de un muerto? ¿Del holograma de una dimensión paralela? ¿De un delirio mental? Que sea una cosa u otra dependerá de los presupuestos que determinan una cosmovisión. Si damos por descontado que hay otro mundo —y que entre este y el nuestro median vasos comunicantes—, entonces espontáneamente se trata de lo divino. Si, en cambio, lo que se da por cierto es que no hay algo así como espíritus —que todo es materia—, entonces el ángel o los fantasmas son, sencillamente, imposibles y, por consiguiente, habremos padecido una alucinación. Es verdad que, como decíamos, la impresión de que estamos ante presencias reales es indiscutible. Y por eso mismo inicialmente tendemos a creer que se trata de seres de otro mundo o dimensión. Va con los genes. Pero la cuestión es qué nos decimos al respecto —si juzgamos cuanto se nos muestra o aparece como sobrenatural… o no. Y esto va a depender, en último término, de lo que demos por sentado con respecto a los cielos. Algo parecido ocurre con el Sol. Pues aunque no podamos evitar la sensación de que el Sol se mueve, lo cierto es que, hoy en día, no podemos afirmarlo.

Con todo, es igualmente cierto que existimos de espaldas a lo que tiene lugar y no simplemente sucede o pasa. Tan solo basta con distanciarnos de lo que nos parece para caer en la cuenta de que en realidad vivimos en un estado de excepción; que lo que acontece cuando los amantes, pongamos por caso, llegan a mirarse a los ojos es, sencillamente, un milagro (y no tan solo un hormigueo en el estómago). Sin embargo, no podemos permanecer ante lo que acontece o tiene lugar. Esto es, el milagro tiene fecha de caducidad. Con el paso de los días, termina disolviéndose como azúcar en el café (aunque siempre queda un poso en el fondo de la taza: y hay que aprender a leer, como el augur, esos posos). Tarde o temprano, caemos de nuevo en el trato. No es casual que el horizonte de la aparición sea, de hecho, la desaparición. Es lo que tiene, precisamente, haber caído en la existencia. De ahí que podamos preguntarnos si acaso los mundos que presuponen un más allá no nos proporcionarán, en mayor medida que el nuestro, un lenguaje capaz de incorporar la aparición en el horizonte de la existencia. En este sentido, el drama del individuo moderno es que, al apostar por los hechos, se ve privado del imaginario que hace posible un estar expuestos a la desmesura que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. Y aquí el mito es más eficaz que la descripción objetiva de lo que sucede. Al igual que, tras Copérnico, ya no podemos decir que el Sol gire en torno a la tierra, aun cuando nos lo siga pareciendo, no podemos defender con facilidad que haya lo, literalmente, extraordinario. Aunque sea lo único que hay.

irrespirable

marzo 8, 2021 § 4 comentarios

Hay algo de asfixiante —por no decir mucho— en aquellas comunidades cristianas que están encantadas de haberse conocido, satisfechas de su fe. Pues pocos en ellas creen en lo que dicen creer. Buena gente, sin duda. Pero también lo fue el fariseo de la parábola de Lucas. Pocos conmocionados, alterados, descentrados por la irrupción de Dios, cuya trascendencia roza la nada. El Dios al que invocan es demasiado obvio, aunque sea en la intimidad, como para que merezca una fe, un temblor, una locura. De hecho, la única comunidad en la que he visto como se comparte el pan de cada día —de hecho, el salario para los que se han quedado en paro— es una de supersticiosos pentecostalistas, la mayoría de cuyos miembros tienen empleos basura. Tampoco es que su entusiasmo me inspire, precisamente, entusiasmo. Pero me atrevería a decir que, en su error, están más vivos que los que nos llenamos la boca con palabras de cartón piedra.

revolución y cristianismo

marzo 7, 2021 § Deja un comentario

La igualdad fue real durante la Revolución francesa. Esto es, se trató de un acontecimiento. Que los revolucionarios proclamasen que no había diferencias de naturaleza entre el noble y el plebeyo, antes que una constatación —de hecho, lo constatable es lo contrario—, fue el resultado de un acto del habla, de una locución performativa, aquella que constituye, de hecho, la realidad que afirma en el momento de afirmarla (como cuando el que lleva una reunión dice la reunión se ha terminado). Y esto es así, aunque los revolucionarios creyesen que estaban simplemente reconociendo un dato natural. Sin embargo, al instaurarse por defecto, la igualdad se transformó en ideología. Pues que actualmente la demos por descontada —que se trate de una igualdad sobre el papel— enmascara las desigualdades de la sociedad capitalista. Desde nuestra óptica, la igualdad revolucionaria fue un espejismo, una ilusión. Pero lo cierto es que no lo fue en su momento. Y precisamente porque no lo fue, de lo que se trata hoy en día es de recuperar lo que perdimos. Otro mundo es posible porque hubo otro mundo. Tan solo basta creer en lo que una vez tuvo lugar. Algo parecido podríamos decir con respecto al cristianismo. Como también con respecto al amor.

de las vísceras

marzo 6, 2021 § Deja un comentario

El odio —literalmente, lo diabólico, lo que separa— va con los genes. O por decirlo en cristiano, se trata de una culpa original. Políticamente, comienza con el extranjero, ese principio de identidad. Luego, sigue con los vecinos (aquellos que eran, en principio, de los nuestros). Termina, entre hermanos. Como si necesitásemos negar —excluir, juzgar—. Como si solo fuésemos en relación con lo insoportable. Podríamos incluso decir que estamos ante una malformación cósmica. De hecho, si existimos es porque en los orígenes hubo división celular. Es de ilusos creer que si nos separamos del excremento habrá paz. Quizá tregua. Pero no hay tregua sin fecha de caducidad. Y es que lo insoportable del excluido simboliza lo que no podemos soportar de nosotros mismos. De ahí que necesitemos proyectar nuestra tara sobre los otros para sentirnos puros. Pero ya se nos dijo hace tiempo: no es impuro lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella.

diseño inteligente

marzo 5, 2021 § 1 comentario

Por poco que consultemos un manual —o una web interactiva— sobre el cuerpo humano no podremos dejar de asombrarnos. Todo encaja (o casi todo). Cuesta imaginar que estemos ante del producto del azar. De ahí la hipótesis del diseño inteligente frente al darwinismo académico. Sencillamente, hasta los ojos de una simple mosca tienen que responder a la inteligencia de un ente superior. Y quien dice los ojos de una mosca, dice la inmensidad del cosmos. De hecho, la tesis del diseño inteligente es algo así como la puesta al día del deísmo ilustrado —de la hipótesis del dios relojero. Sin embargo, que no podamos imaginar que del azar salga espontáneamente un orden —que los ojos de una mosca tardasen millones de años en llegar a ser lo que son— tiene que ver con nosotros, con los límites de nuestra imaginación. Y no deberíamos confundir lo que nos parece que es con lo que es. Sin embargo, la cuestión de fondo no es esta, sino si habríamos topado con Dios en el caso de topar con el gran diseñador. Los que defienden dicha hipótesis probablemente dirían que sí. Pero podríamos preguntarnos si un dios que formase parte del mundo, aunque perteneciese a otra dimensión, sería algo más que un ente superior. La pregunta, para quien posee una sensibilidad bíblica, es retórica. Pues aun cuando los gusanos no puedan concebir ni siquiera nuestra existencia, no por ello somos dioses. Que se lo pudiéramos parecer no tiene que ver con nosotros, sino con su incapacidad. No es casual que la distinición mosaica entre el falso dios y Dios en verdad apunte en esta dirección. Y es que la experiencia de la realidad de Dios no tienen nada que ver con la percepción indirecta o parcial de lo desconocido, sino con la de una falta esencial y, por eso mismo, invisible (y no meramente aún por ver). Dios no pertenece a la totalidad. Ahora bien, no porque sea la pieza que falta, sino porque no se trata de pieza alguna. Más bien del nadie cuyo clamor espectral mantiene el mundo en vilo. En relación con el Otro en falta, el todo es el no-todo. Estar ante Dios es estar ante un Dios eternamente porvenir (y no ante el dios que juega al escondite). En este sentido, debería llamarnos la atención que el cristianismo declare, al margen de los malentendidos históricos, que Dios —estrictamente, el Padre— no tiene otro rostro que el de un condenado en su nombre. Y que, consecuentemente, el por-venir de Dios no es discernible del de aquel que, abandonándose a Dios, murió como un abandonado de Dios. Creer en otra cosa supone confundir las churras con las merinas —o por decirlo de otro modo, la fe con la religión. Aunque el huérfano no pueda evitar fantasear con papá.

presencias reales

marzo 4, 2021 § Deja un comentario

El que no ve más allá no ve nada. Pues hay más realidad en lo que se perdió de vista que en lo disponible, en la desaparición que en la aparición.

aporías de la piedad

marzo 3, 2021 § 4 comentarios

Es curioso que muchos de quienes se dirigen a Dios en la intimidad no se pregunten sobre si realmente hay alguien escuchándolos tras el muro de las apariencias. Como si bastara solo el sentimiento de que es así para darlo por cierto. Pero ¿no sería este el síntoma de un narcisismo de fondo —de una infancia mal resuelta? Que un Dios pueda atendernos ¿acaso no presupone un haber ya disuelto la distancia que, por defecto, nos separa de lo divino —el sello del orgullo que condujo, precisamente, a la muerte de Dios? ¿Hasta qué punto sirve como Dios un Dios que decide ponerse en manos del hombre —un Dios que desciende hasta situarse a la altura de su criatura? Un Dios hecho carne ¿no renunció, por eso mismo, a su divinidad, a su poder ex machina? Cuando me dirijo a mis hijas, estando en su habitación, es porque que están ahí. En el caso de que no hubiera nadie en esas habitaciones o, mejor aún, si no hubiera tenido ninguna hija, ¿acaso no haría el ridículo si me dirigiese a ellas? Esa plegaria —ese coloquio— ¿sería algo más que un modo de expresar una ausencia esencial? Más aún: ¿podríamos decir lo mismo en el caso de que se tratará de un clamor por la hija que abandonó el hogar?

sacrificio y sentimiento de culpa

marzo 2, 2021 § 3 comentarios

El culto es natural donde lo natural es un mundo repleto de presencias invisibles. Pues hay que congraciarse con los genios del bosque, pongamos por caso, del mismo modo que hay que pagarle el tributo al dueño del territorio. En este sentido, el culto —el sacrificio, el ritual— acaso sea lo más espontáneo de una sensibilidad religiosa. De ahí lo ininteligible que resulta, para dicha sensibilidad, un Dios que exige justicia antes que culto o sacrificios (Os 6,6). Como si fuese, antes que un dios, la excusa imaginaria de los desarraigados —de quienes viven consumidos por las ganas de revancha. No es casual que Yavhé tuviera que refugiarse en la interioridad para seguir funcionando como Dios. La interiorización de la relación con los dioses sería, así, la expresión de un mundo desacralizado. Como tampoco es casual que Nietzsche viera en esa fuga de Dios a los recovecos del alma el origen de la mala conciencia que caracteriza al sujeto de la cristiandad. Pues nadie puede estar en paz con aquel que le reclama lo imposible, a saber, que cualquiera sea su hermano. Es inevitable que, para seguir en el candelero, el Dios de la tradición bíblica requiera hombres y mujeres que se sientan culpables ante el sufrimiento injusto de tantos. Pues no se trata solo de colaborar con Caritas —aunque ello nunca esté de más—: se trata de entregar la propia vida a los demás, mejor dicho, a los que ya no tienen vida por delante. Un Dios, por defecto, siempre nos pedirá un sacrificio, aun cuando, tal y como corresponde a un Dios interiorizado, este sea íntimo. No debería extrañarnos, por tanto, que el neopaganismo de hoy en día suponga una liberación para muchos. La situación de quien tiene que responder a la demanda de los excluidos es, sencillamente, menos gratificante que la de quien cree que basta con sintonizar con las energías positivas del cosmos para que las cosas vuelvan a encajar. Esto es indiscutible, aun cuando haya aquí también algo de sacrificio. Y es que no es fácil seguir una dieta detox.

Sin embargo, puestos a sospechar, podríamos preguntarnos si acaso no habrá más verdad en ese desplazamiento de Dios que en las creencias que dan por descontado que la clave de la existencia reside en el poder de las buenas vibraciones. Y es que quizá la verdad apunte, no tanto a las presencias aún ocultas, sino al originario paso atrás de Dios. Al fin y al cabo, la voz interior no es más, aunque tampoco menos, que el eco de una desaparición (y, por eso mismo, de un eterno porvenir).

la razones del mal

marzo 1, 2021 § 1 comentario

Hanna Arendt, tras asistir al juicio contra Eichmann, sostuvo que el mal encuentra su raíz en la ausencia de reflexión. Esto es, quien produce el daño no sabe lo que hace. Se trata de una tesis muy antigua. La encontramos en Sócrates. Pero también en una de las últimas palabras del crucificado. Y no lo sabe porque no cae en la cuenta de lo que supone estar frente a otro hombre. O bien porque daña a sus víctimas a distancia —quienes arrojaron la bomba sobre Hiroshima simplemente dieron en el blanco—, o bien porque estas fueron previamente reducidas a representación: los judíos tuvieron que ser vistos como mala hierba, si no como ratas, antes de que fuesen gaseados impunemente. Ahora bien, lo cierto es que no se trata solo de un no haber caído en la cuenta de lo que exige el otro como tal —del carácter intocable de una genuina alteridad; del no matarás que se desprende de su aparición. Pues, como escribiese Ernst Jünger en Las tempestades de acero, la crónica del tiempo que pasó en la guerra de trincheras, la primera muerte no la puedes soportar; con la segunda, te acostumbras; la tercera la deseas. Y es que el mal no solo responde a la ignorancia, sino también a la pulsión de muerte que se halla en lo más profundo del alma. Es lo diabólico que hay en nosotros. Adolf Eichmann, para los habitantes del gueto de Terezín, no fue banal. Fue la encarnación de Satán.

los algoritmos del amor

febrero 28, 2021 § Deja un comentario

Están de moda las apps para ligar. Las más recientes, según parece, funcionan con un algoritmo infalible. Es lo que tiene manejar una cantidad desorbitada de datos. Así, resulta más difícil caer en la ilusión: el algoritmo te dice qué persona es la más adecuada, al margen de lo que te pueda parecer en un primer momento. Con la app, aciertas. Fijo. Sin embargo, la ilusión consiste en creer que, con respecto a los asuntos del amor, lo único a tener en cuenta son las carácterísticas del producto. Es verdad que un producto defectuoso —un hombre o una mujer enormemente susceptibles, sin paciencia, con escasa lucidez, muy pegados a los intereses más elementales…— pone las cosas muy cuesta arriba, si es que no hace inviable la vida en común (aquí los antiguos hubieran hablado de las virtudes que configuran un carácter, y no sin razón). Pero el encaje es solo el principio. Pues el hiato —la distancia, el extrañamiento— surge tarde o temprano. Va con la existencia, cuando menos porque quien existe nunca termina de encontrarse en donde está. De ahí que el amor solo se despliegue como historia de amor, una historia cuyo final, en el mejor de los casos, es el del perdón. Los algoritmos solo saben acoplar las piezas. Pero la vida, en un momento u otro, pondrá la nota discordante, el desajuste, el corte. Y si no sabes navegar —si ignoras cómo capear la tormenta—, te hundes. Donde únicamente has sido educado en el consumo —compra y si no te satisface te devolvemos el dinero— no vas a saber qué hacer con tu vida. Sencillamente, te dejarás conducir por la circunstancia. Y el final, para el consumidor, es siempre la derrota (aunque está se vista con los oropeles de un egoísmo a dos). Pues con el paso de los años, pierdes la capacidad de compra e inevitablemente tendrás que quedarte con los saldos.

fantasmas

febrero 27, 2021 § Deja un comentario

Damos por descontado que los fantasmas, creamos o no en ellos, son algo así como el holograma de los muertos. Pero el fantasma es, en realidad, el cuerpo de los vivos. Hay, por tanto, fantasmas. Son los hombres y mujeres que nos rodean a diario. En realidad, tan solo el fantasma existe. Sin embargo, difícilmente nos damos cuenta de ello hasta que no parten los que nos han acompañado a lo largo de los años —mientras no desaparezcan. Pues la desaparición, antes que lo tangible, es el dato innegable de la existencia. Solo tras la pérdida podemos ver que su vida fue una excepción. O un milagro. Lo dicho, fantasmas. En su lugar, el cráter. Y cuanto más cerca estamos del final, más se parece la tierra que habitamos a un paisaje lunar.

creer en el mesías

febrero 26, 2021 § 1 comentario

Uno no cree en los dogmas. En cualquier caso, estos son el destilado de la creencia. Cree en la carne. El creyente, inevitablemente, se aferra lo tangible. Quien está en el pozo no espera que Dios sea uno y trino, sino en un mesías que le saque, precisamente, de la situación en la que se encuentra. El moribundo espera, si es que espera, que la muerte no sea un final —que alguien lo acoja en el Hades. Es lo que tiene ser un cuerpo. Ahora bien, lo que tiene que no seamos solo un cuerpo es que podemos poner la creencia entre paréntesis. Y no como ejercicio intelectual, sino a la vista del carácter contrafáctico de una esperanza in extremis. De ahí que lo que espera el creyente se exprese mejor a la judía, esto es, en los términos de un tiene que ser en nombre de la gracia —de lo nos ha sido dado desde el paso atrás de Dios. O por decirlo en cristiano, como la confianza que se desprende de la confesión. La esperanza nunca ancló en un saber.

fe

febrero 25, 2021 § 1 comentario

Ser fiel a Dios —a lo debido a Dios, a su paso atrás hacia un futuro absoluto— más allá incluso de la creencia. Pues nadie sabe hasta qué punto cree.

castigo ejemplar

febrero 24, 2021 § Deja un comentario

Hay un leitmotiv que recorre las antiguas doctrinas sobre los orígenes: el dolor de la existencia se corresponde con un haber sido separados de la fuente. La separación —así como la posibilidad de una restauración— es la raíz del sentimiento religioso. De ahí que una buena hermenéutica de las diferentes tradiciones no pase tanto por reconocer qué de común cabe encontrar en ellas como por destacar su singularidad. Pues aquí lo singular es algo más que un accidente. En lo singular de un texto —en su giro— reside la significación. Con respecto a las diferentes sensibilidades religiosas, lo común sería lo trivial, lo que cualquiera llega a constatar desde la distancia teórica (aunque unas buenas dosis de trivialidad ayuden, sin duda, a evitar unas cuantas guerras de religión). En este sentido, el relato bíblico de la caída no es uno modo de expresar entre otros que nos hallamos separados del fundamento. Aquí lo esencial reside en afirmar que la enajenación es el resultado de la negación de Dios por parte de Adán, la cual afecta, y de manera fundamental, a la identidad de Dios (y no solo a la del hombre). Aquello de lo que fuimos separados no es un qué, sino un quién —y un quién que, tras la caída, quedó herido de muerte. Por eso, en la tradición bíblica, Dios se revela como el Dios que va en busca de su quién —como el Dios que se hace presente como el clamar de Dios por el hombre. De ello se desprende que nuestra existencia esté ligada a una interpelación insoslayable, a un estar sub iudice ante el excluido (aun cuando, por lo común, vivamos haciéndonos los sordos). Como también que la reparación del vínculo originario no es una posibilidad del hombre, sino la promesa de Dios. Y no es lo mismo creer en lo primero que en lo segundo.

asombro y catástrofe

febrero 23, 2021 § 1 comentario

El asombro no basta para instalarnos en la posición bíblica —a lo sumo en una oriental. Pero tampoco solo con la catástrofe, a pesar de su poder revelador. Pues de quedarnos únicamente con el derrumbe de los cielos, lo más sensato es el nihilismo. La posición bíblica es la de Job: entre lo uno y lo otro. O dicho de otro modo, todo está por decidir. Y de ahí el a Dios rogando y con el mazo dando. Aunque aquí el mazo sea un gesto de bondad.

Marvel y el nihilismo

febrero 22, 2021 § 1 comentario

Es sabido que la palabra apocalipsis significa tanto revelación como catástrofe. Como si la misma palabra nos diera a entender que, donde seguimos confiando en nuestras posibilidades, aunque esten respaldadas por la creencia religiosa, no puede haber Dios. Pues bien, supongamos que se acerca el día D, la hora del juicio final. Los desastres —literalmente, el derrumbe de los astros— se suceden uno tras otro. Como una versión cósmica de las siete plagas de Egipto. ¿Veríamos a los héroes de Marvel, una vez más, intentar salvar el mundo? Sin duda, Disney podría montar una historia donde el capitan América y sus compañeros se enfrentasen… a los ángeles de Dios. Y ya podemos imaginar de qué parte estaría el público. Quienes pertenecemos al mundo difícilmente podemos admitir el juicio de Dios. Solo, acaso, los sobrantes. Para los benestants, Dios es, sencillamente, el malo de la película. Tiene que serlo. Pues está del lado de los que ignoramos, si no despreciamos. En cambio, el fin del mundo es, para los desgraciados —para los que ya no pueden más— un motivo de esperanza. Que todo termine ya (y si es posible que haya un nuevo comienzo). Evidentemente, no es lo que esperamos aquellos que podemos pasar el fin de semana en una segunda residencia, por decirlo así. Más bien, que las cosas sigan como hasta ahora —que la fiesta continue. Hay más nihilismo en las fantasías de Marvel que en Demonios de Dostoyevski. Pues el nihilismo es más profundo en aquel que, atiborrado de satisfacción, no desea nada nuevo bajo el Sol.

participio

febrero 21, 2021 § 2 comentarios

Nuestra época —es un tópico decirlo— es la de la muerte de Dios como también la de la metafísica. Ambas muertes representan, de hecho, las dos caras de una misma moneda. Y quien dice muerte, dice irrelevancia. Es lo que tiene haber puesto en el centro al yo —o lo que viene a ser lo mismo, a la autorreflexión— como principio y fundamento de cualquier posible verdad. Lejos estamos, pues, de lo que para los antiguos griegos era indiscutible, a saber, que no hay conocimiento que no suponga un participar de lo que nos supera. Aquí la primacía corresponde al exceso. O también, al sentimiento de formar parte. En este sentido, no es casual que el punto de partida del saber sea, en los tiempos modernos, la sospecha y no el asombro. De ahí que el único modo de recuperar, por decirlo así, la posición clásica—y de paso, la del creyente— sea a través de la catástrofe. Pues únicamente donde se derrumban los cielos llegamos a descentrarnos, a comprender, en definitiva, que estar en el mundo significa existir como arrancados. Esto es, que el mundo no es un hogar.

cambio climático

febrero 20, 2021 § Deja un comentario

Platón impuso a Sócrates como nuevo ideal frente a Aquiles, el sin miedo. Al menos, sobre el papel, pues esto es lo que Platón dice, expresamente, en la Apología de Sócrates. El verdadero héroe —quien posee la fuerza— no es el que derrota con valor al enemigo, sino el que se enfrenta a sí mismo. El dominio avant la lettre deviene un dominio de sí. Podríamos decir que el carácter como fuerza interior, al menos en Occidente, comienza con Platón. Posteriormente, la figura de Jesús de Nazaret añade la entrega a los demás, y en particular a los más pobres. Así, la solidaridad —incluso más allá de la justicia— deviene un valor por defecto. Los evangelios podrían considerarse como una particular apología de Jesús. El sujeto occidental nace del cruce de estas dos apologías, las cuales, no deberíamos olvidarlo, defienden a dos condenados a muerte. Pues que fueran ajusticiados por el pueblo significa que el ideal que encarnan se afirma, de algún modo, contranatura. Aquiles —en general, el triunfador— es admirado espontáneamente. Aquiles no requiere de ninguna defensa. Basta con exponer sus gestas. No es casual que Nietzsche viera en ambas figuras la raíz del desprecio del mundo que atraviesa la historia de Occidente.

Sin embargo, hoy en día, es como si hubiéramos vuelto a los tiempos de la barbarie. Sócrates o Jesús apenas despiertan algún interés. En las escuelas, ya no se les presenta como ejemplos a imitar o, mejor dicho, como figuras que nos sacan del quicio del hogar. Quien tiene el megáfono son los chicos de Instagram. La idiotez crece entre los jóvenes. Y así no hay otro horizonte que el una existencia dividida entre el trabajo, a ser posible bien remunerado, y la distracción. Eso sí, para compensar, unos ejercicios de mindfulness. De hecho, esto fue siempre así para la mayoría. Panem et circenses que decía el César. Pero lo que distingue una época de otra no es lo normal, en el sentido estadístico de la palabra, sino quién lleva la voz cantante. Y actualmente es obvio que no la llevan los maestros. Homero, actualmente, sería un guionista de Marvel (mientras que un cristiano está cada vez más cerca de convertirse en un friki). Una civilización es un clima. Y nadie negará, salvo los negacionistas, que nuestra época es la del cambio climático.

¿hay Dios?

febrero 19, 2021 § Deja un comentario

Al igual que no hay dinero para los aborígenes del mato grosso —tan solo pedazos de papel al que los blancos le damos un valor cercano a lo sagrado—, tampoco hay Dios para nosotros, hombres y mujeres modernos. No puede haberlo. En cualquier caso, sucedáneos, dioses que ocupan el antiguo lugar de Dios: un amigo invisible o, en su defecto, océanos, energías,algo… No hay hechos puros, hechos que sean independientes de una carga teórica. La interpretación va con la visión. Ver es siempre un ver como. O por decirlo de otro modo, lo que hay se decide desde los presupuestos de una cosmovisión. Los hechos de un mundo en donde no se discute la realidad de un más allá no van a ser los mismos que los de un mundo en el que no cabe la división entre cielo y tierra. Ahora bien, de aquí no se desprende que el monoteísmo cristiano esté fuera de lugar. Al contrario. Y es que lo que el cristianismo revela, siguiendo la estela de Israel, es que la realidad de Dios no es la de un deus ex machina capaz de resucitar a los muertos, aun cuando esta sea la lectura al uso —la propia de un cristianismo en tiempos de religión—, sino la de un Dios —un Padre— cuyo haber es el de un haber sido desplazado a un tiempo anterior a los tiempos, a un tiempo inmemorial. De ahí que su trascendencia deba comprenderse en clave temporal, no espacial. Es verdad que hoy en día no hay Dios. Pero nunca lo hubo (en cualquier caso, hubieron dioses). El asunto Dios no se resuelve sobre el territorio del presente. En este sentido, no es casual que el cristianismo confiese que Dios —el Padre— no tiene otra presencia o rostro que el de un elevado en su nombre. Al fin y al cabo, existir significa estar expuestos a la eterna desaparición del Padre —al paso atrás del otro en verdad— y, por eso mismo, a la imposible posibilidad de un Dios esencialmente extraño. Cuanto podamos admitir —o digerir— de Dios tiene que ver con nosotros, en modo alguno con Dios. Quizá sea cierto que nuestros tiempos, aquellos en los que Dios no se da por descontado, sean la última oportunidad para un cristianismo avant la lettre (aun cuando antes debamos aprender a leer la lettre). Y es que lo serio no es el ateísmo, sino la confesión de un crucificado como el quién de Dios. Nietzsche, como sabemos, dejó escrito que el ateísmo es lo más difícil. Pues por lo común, el altar vacío de Dios es rápidamente ocupado por un equivalente, un valor, un ideal a nuestra medida. Pero acaso sea aún más difícil el ateísmo cristiano, por decirlo así.

esas oraciones

febrero 18, 2021 § Deja un comentario

El creyente habla con Dios en la intimidad, aunque su oración sea, por lo común, en silencio. En principio, nada qué decir. Pero ¿y si se dirigiese a Dios en voz alta? ¿Acaso no comenzaríamos a sospechar? ¿Deberíamos hacerlo? Pues en principio, no parece que haya diferencia entre invocar a Dios en silencio y hacerlo a viva voz… si es que efectivamente tras el muro hay alguien dispuesto a escucharnos (y más si se trata de un Dios que no le hace ascos al cuerpo). ¿Acaso Elías no se atrevió a gritarle a Yavhé ante los sacerdotes de Baal? Sin embargo, ¿no tuvo que enmudecer cuando cayó en la cuenta de que Dios no estaba en el fuego devastador, ni en el temblor de la tierra? ¿Es posible que la intimidad surgiese como el hueco que deja un Dios que se revela como el susurro que cubre por igual los campos de amapolas y los de exterminio?

confío

febrero 17, 2021 § 3 comentarios

Fe es confianza, antes que supuesto. Pero ¿confiar en qué o en quién? ¿En la ayuda de Dios? Sin duda, esta es la confianza más espontánea: que al final todo termine bien. No obstante, viendo como Dios trata a sus elegidos, ¿acaso no estamos hablando de una esperanza sin expectativa —de un final sine die—? Como sabemos, el cristiano cree en la resurrección de los muertos, una especie de día D de dimensiones cósmicas. Al menos, sobre el papel. Pero ¿acaso entre los relatos del resucitado y los finales ex machina de las tragedias griegas no hay un aire de familia? ¿No estaremos hablando de un happy end a la Hollywood, de esos finales que resultan tan consoladores porque, al meternos en la película, entramos en un estado de suspensión de credibilidad? Únicamente hace falta que entendamos la fe en la resurrección como la fantasía de unos iluminados —o como si fuera una variante de las resurrecciones de algunos dioses paganos— para que el cristianismo se convierta en una brutal ironía. Pues decir que la solución pasa por que los muertos resuciten está muy cerca de decir que no hay solución. No debería extrañarnos que muchos, hoy en día, prefieran las cartas astrales o las dietas milagrosas. Y es que puestos a elegir entre resucitados y un cierto saber es obvio que elegiremos lo segundo. Aunque lo que subyazca sea el mismo clamor, la misma desesperación de siempre.

Matrix vs Origen

febrero 16, 2021 § 1 comentario

Hay dos maneras de entender esto de la reflexión. En Matrix, los hombres viven en un sueño, pero hay una realidad fuera de las apariencias. Matrix encajaría en el esquema de la perspectiva científica o religiosa: la realidad es otro mundo. Sin embargo, en Origen, la sospecha es radical: si cabe la posibilidad de estar en un mundo virtual, entonces no hay modo de dar en el clavo de lo real. La sospecha es indisoluble. Esta sería, como sabemos, la posición del espepticismo. Frente a ambas, el Platón de El sofista. Pues, a pesar las lecturas de manual que se hace del platonismo, para el último Platón lo real en modo alguno cabe pensarlo como mundo. Ni siquiera como esencia. Hay realidad. Pero es inconcebible. Si comenzáramos por aquí, quizá seríamos de otro modo. Pues el envés de la extrañeza de lo real es una vida extrañada, una vida para la cual la existencia deviene un motivo de asombro, por no decir perplejidad. Así, la cuestión del socrática de cómo vivir debería entenderse como la que plantea cómo regresar a un mundo en donde hay que hacer los deberes o bajar la basura a diario. Y aquí Epicteto dijo lo que acaso Sócrates no llegó a decir, a saber, que hay que tomarse la vida que nos ha tocado en suerte —y para ello hay que tener, sin duda, un mínimo de suerte— como un actor se toma en serio su papel. Es lo que tiene hallarse expuesto a lo que en modo alguno puede ser dicho. Al fin y al cabo, a la desaparición.

moralejas de la existencia

febrero 15, 2021 § 1 comentario

Al fin y al cabo, se trata de preservar lo que nos fue dado y el tiempo fue erosionando. Esto es, de vivir del rito —de la recitación—. En esto consiste la fidelidad al milagro que no supimos ver. Pues al final solo las formas nos mantendrán en pie.

la lepra

febrero 14, 2021 § 2 comentarios

El leproso, en el antiguo Israel, era el estigma del mal. Esto es, un maldito de Dios (y por eso mismo, intocable). Dejando a un lado la cuestión de los milagros, lo cierto es que, según nos cuentan, Jesús curaba a los leprosos simplemente tocándolos, esto es, restituyéndoles la humanidad. Algo parecido hizo Pedro Claver en Cartagena de Indias con los esclavos que eran tratados como alimañas. Ni en un caso, ni en otro fueron bien vistos por la comunidad religiosa, ya cristiana con Pedro. Sin embargo, la trascendencia de Dios —su carácter sagrado o intangible— se encarna en mayor medida en los cuerpos de los intocables que en las elevaciones del inspirado. Y quien dice leproso, dice el gitano, la cucharacha tutsi, el sucio inmigrante…, los cuales, por vivir como perros, acaban actuando como tales. Es normal que intentemos alejarlos de nuestros hijos. De ahí que sea muy difícil que entremos en el territorio de la fe —o lo que viene a ser lo mismo, de lo serio— donde creemos que la lepra no va con nosotros. Como si la posibilidad de convertirse en un apestado fuera tan solo un asunto de desgraciados. Como si al fin y al cabo la existencia consistiera en estudiar para encontrar un buen trabajo y, así, tras una boda casi obligada, comenzar a ahorrar para comprarse una casa de campo y, de paso, un segundo coche. Sin duda, a algunos la vida les confirma este programa. Pero a costa de no preguntarse si acaso el que desprecia o simplemente ignora no será su hermano.

superlópez

febrero 13, 2021 § Deja un comentario

El contraste entre superman (o cualquiera de los héroes de Marvel) y superlópez da para una teoría de la subjetividad. En el primer caso, Clark Kent se identifica con sus poderes. En el segundo, López tiene superpoderes como quien tiene un bolígrafo: están ahí, pero como si no fueran con él. Es verdad que los utiliza según convenga, pero no terminan de ser suyos. Él sigue siendo un chico de pueblo. Aquí no hay misión, sino ostentación, aunque sin atisbo de narcisismo. Superlópez tanto puede salvar el mundo como exhibirse en un barracón de feria. En cambio, superman asume sus poderes como un destino de los cielos —y de ahí que deba enfrentarse al mal—. O por decirlo de otro modo, es responsable de lo que le ha sido dado. Ciertamente, ni Clark Kent, ni López terminan de coincidir con el personaje (y en este sentido representarían al yo puro, el que difiere continuamente de sí mismo). Pero mientras el primero se toma en serio su papel, el segundo no acaba de creérselo (y por eso mismo, es un mal actor). En superman, los malos son la bestia a batir. En superlópez, algo así como una mosca cojonera. Los cómics de superman son un calco, más o menos, de las antiguas novelas caballerescas. La película de superlópez, de El Quijote. Superman pertenece a un cosmos donde ángeles y demonios se disputan la herencia de un Dios que se perdió de vista. Superlópez, por el contrario, solo encaja en un mundo donde la única esperanza es la de seguir con vida un día más, a ser posible tomando unas cervezas con los amigos. Basta con imaginar que superman termina siendo una atracción circense para comprender qué significa nihilismo. Pero al igual que basta con imaginar a ese superman provocando con su magia caducada el asombro y la alegría de unos cuantos niños para intuir, cuando menos, por donde van los tiros de un nuevo comienzo.

Albert Balasch, poeta y maestro

febrero 12, 2021 § 1 comentario

Que un poeta tan admirable —y reconocido— como Albert Balasch tenga que escuchar que maestros como él ya no se llevan por parte de la dirección de su escuela; que esté, literalmente, fuera de lugar, a pesar del entusiasmo de muchos de sus alumnos, un entusiasmo que tiene que ver con lo que aprenden y no con las gracietas o el coleguismo, ya nos da a entender por dónde van los tiros de la Escola nova 21.

¿Por qué digo esto de Albert? Porque consigue que sus alumnos —¡de primero de la ESO!— sean capaces de escribir poemas como el que adjunto. ¡Y como estos hay unos cuantos, año tras año! Al fin y al cabo, lo que Albert les transmite es un sentido de la lengua, la importancia de la palabra bien dicha. Y es que hallar la palabra justa no es solo cuestión de decir bonito lo que pudiera ser dicho de otro modo, sino de descubrir lo que es digno de asombro donde los demás únicamente vemos costumbre. Como si de la forma —pues el poema que ilustra esta entrada es de un ejercicio de métrica— surgiera la verdad o, mejor dicho, la enunciación que ningún hecho podrá desmentir. Con Albert, sencillamente, los chicos y chicas crecen en sensibilidad e inteligencia. O al menos, se les da esta oportunidad. De ahí que, a la vista de los resultados, sea, como mínimo curioso, que en vez de maestros como Albert Balasch se opte por monitores de aula, como quien dice. Pues ahora se supone que, en secundaria, cualquiera con el suficientemente entusiasmo —y siendo capaz de leer un folleto de instrucciones— puede enseñar literatura (o mates o biología…), aun cuando no sepa distinguir entre El Quijote y Les tres bessones van engrescades al cole.

al doblar la esquina

febrero 11, 2021 § 1 comentario

La mujer que te fue dada, casi como milagro, también podría terminar siendo el animal que te chupará la sangre. Ningún autor está por encima de la crítica. Pero al igual que es cierto que hay obras que nos juzgan antes de que podamos abrir la boca. Y así hasta cansarnos. Nada nunca por entero —nada sin su opuesto—. Sencillamente, si todo fuese luz, no habría luz. La paz —el buen orden— es un estado de equilibrio, una proporción. Sin embargo, cuesta admitirlo. De ahí que hagamos trampas con el lenguaje. Necesitamos resolver la ambigüedad de tot plegat, juzgar sin paciencia, absolver o condenar en ausencia de pruebas aquello a lo que nos enfrentamos. No sea que, al final, no sepamos con qué —o con quién— hay que tratar. Así nos decimos, pongamos por caso, que estamos ante un buen hombre o una buena mujer… cuando lo cierto es que únicamente nos hallamos ante alguien cuya bondad suele pesar más. Todo depende de la dosis. Nadie es bueno. En realidad, si fuese bueno —si la maldad no fuera su posibilidad—, entonces no sería bueno. Pues cuanto es o aparece no se muestra sin tara. Que la razón dé por descontado que ser es permanecer en lo que se es implica que solo es lo absoluto —lo separado— y que, por eso mismo, nada de cuanto adviene a la presencia es en verdad. Pero por poco que pensemos nos daremos cuenta de que la humillación del ser va con el ser —de que no hay aparición sin renuncia—. Incluso Dios tuvo que abdicar como dios para llegar a ser el que es.

el poder

febrero 10, 2021 § Deja un comentario

Quizá solo quien se ha hundido en el fango —solo quien ha sufrido una depresión— puede conocer lo que es un dios. Ante un dios, sencillamente no eres nadie. Los demás son bellos, fuertes, sanos. Tú, en cambio, un mierda. El No pesa sobre ti como una losa. Un día más es un día de más. No eres capaz de levantarte. Ya conoces lo que es el poder: lo sufres. Eres su víctima, su ocasión. ¿Cómo atreverse siquiera a invocar la ayuda de un dios? ¿Es que Job no fue acusado de impiedad por sus amigos, aquellos que creyeron contar con la bendición? Un dios del lado de los Job de este mundo ¿no es acaso una contradicción en los términos? Pero ¿no fue la impiedad de Job el principio de su fe? Un punto de vista cósmico ¿no facilitó su liberación? Que el todo penda del hilo de un poder que trasciende el poder de los dioses ¿no es más reconfortante que el incierto amparo de un dios particular (o demasiado íntimo)? ¿No es verdad que Dios tuvo que desaparecer hasta rozar la nada para que los no cuentan pudieran librarse del peso de un dios?

dos pelis

febrero 9, 2021 § Deja un comentario

En una, el bueno es muy bueno (y el malo, muy malo). Ya se sabe que entre ángeles y demonios anda el juego. En la otra, una bélica, el alcohólico del pueblo —y se rumoreaba que también un pederasta—, se pone en lugar de aquel que, siendo padre de dos niños de corta edad, iba a ser colgado como escarmiento. La primera peli es distraída (y de paso, tranquilizadora: los buenos ganan). Blanco y en botella. La segunda, casi un documental.

todo pasa

febrero 8, 2021 § Deja un comentario

Todo pasa. Incluso Auschwitz. Tras siglos, y no muchos, hasta la resurrección terminó siendo otra cosa. De ahí la importancia de preservar, del memorial. Con los años, uno debe volverse conservador, que no es lo mismo que talibán. Pues se trata de mantener lo que nos fue dado como gracia.

buscar a Dios

febrero 7, 2021 § Deja un comentario

Buscas a Dios. De acuerdo. Pero ¿qué buscas? ¿Lo extraordinario?¿La aparición del ángel? Probablemente, de topar con él, no lo aceptarias como Dios. Acaso como un ente superior que deberías aprender a tratar. Bastaría con que te familiarizases con su presencia para que pasara a ser una pieza —puede que la cama— de tu mobiliario existencial. Por eso, Dios debe permanecer como el que no aparece como dios. En su lugar, un cuerpo desechable. Ciertamente, el cristianismo defiende que ese cuerpo termina siendo un cuerpo luminoso. Pero la resurrección, como acontecimiento, no pertenece a la historia. En el mientras tanto, Dios se revela como el que despreciamos por su mal olor.

Gott ist nicht Wesen noch Güte

febrero 6, 2021 § Deja un comentario

La sentencia del maestro Eckhart —Dios no es ni esencia ni bondad—, una sentencia que fue objeto de condena pontificia, es más que interesante: es el lugar en donde se juega la distinción entre fe y religión. En apariencia, se trata de la mística. Pero me atrevería a decir que no de la mística que entendemos por tal. Y es que la intuición del maestro Eckhart posee una raíz bíblica, antes que oriental, aunque no sé hasta qué punto él era consciente de ello. Ciertamente, Dios carece de atributos — de esencia—. En la Biblia nunca encontraremos un concepto de Yavhé. Al contrario: el es el que es o será. O lo que viene a ser lo mismo, es el que será. Yavhé se revela como el nombre Yavhé, un nombre, y esto no es causal, de hecho impronunciable. El nombre de Dios no es Yavhé, como podría ser otro, sino que Yavhé es el nombre que es Dios. Y esto equivale a decir que, al no estar asociado a una descripción definida, es un nombre que tiene pendiente su referente, su esencia o modo de ser, en definitiva, su quién. Estamos ante una de las consecuencias, si no la principal, de la caída. Pues esta afecta al hombre en tanto que también —y quizá sobre todo— afecta al ser de Dios, a su identidad. Por eso, cuanto podamos decir de Dios no es directamente de Dios, sino de lo debido a Dios, a su falta de entidad o consistencia. Dios ex-siste como ex-siste el hombre. O por decirlo de otro modo, Dios es el símbolo —que no el signo— del hombre como el hombre lo es de Dios. Pues un símbolo siempre señala a esa parte que encuentra en falta, aquella de la que fue separado en el origen. Así, cuando el creyente proclama, pongamos por caso, que Dios es misericordioso, no está exponiendo, a pesar de lo que sugiere la gramática, un rasgo de Dios, sino que se limita a decir que existimos bajo una medida de gracia. Pues seguimos con vida a pesar de no merecerla. Estrictamente, siendo aquí más judíos que griegos, la cópula gramatical expresaría un deber ser. Puesto que nos hallamos bajo un estado de gracia, Dios tiene que ser misericordioso. Para el judaísmo, el presente no se cierre sobre sí mismo, sino que solo significa en la medida en que apunta a un futuro incierto —a una esperanza sin expectativa—. El presente es, literalmente, un presente. Nada se nos da si no es bajo el modo de la espera. Estamos lejos del presupuesto de la religión, según el cual el modo de ser Dios está determinado en las alturas como en el mundo pueda estarlo el de las moscas. Añadir que no terminamos de conocer el modo de ser de Dios no marca la diferencia: es hacer de Dios una cosa misteriosa, lo cual más que divinizar a Dios, lo cosifica. Tampoco acabamos de saber en qué consiste la materia y no por eso la materia es divina. Y es que lo que nos pone de rodillas no es un ente superior —en cualquier caso, que nos arrodillemos ante él solo tiene que ver con nosotros, con nuestra sensación—, sino un Dios herido de muerte.

Hasta aquí, nada que sorprenda a quien esté familiarizado con los textos bíblicos o con la tradición de la metafísica. Desde Plotino hasta santo Tomás, pasando por Avicena, la existencia de Dios —o del Uno— está por encima de su esencia, hasta el punto de que la esencia deja de ser suya, por decirlo así. Y esto está muy cerca de decir que Dios se encuentra más allá del ser —y que por eso mismo, no es, aun cuando exista—. Eckhart quizá diría que Dios no es porque ex-siste. Sin embargo, la metafísica, a diferencia de lo que leemos en la Biblia, no entiende el carácter inesencial de la realidad de Dios como una falta que, desde el lado de Dios, esté por resolver. De ahí que el metafísico no se comprenda a sí mismo como el que se halla ante el clamor de Dios. Y acaso sea por esto que filosofía y cristianismo no terminen de casar. El filósofo difílcimente puede dejar de ser una conciencia insatisfecha, por decirlo a la manera de Hegel, aunque pueda lograr una cierta paz en la contemplación. En este sentido, el cristianismo fue más audaz —y lo sigue siendo, a pesar de los malentendidos que lo encubren—. Pues su tesis, como quien dice, es que la bondad de Dios es la de aquel hombre que terminó colgando de una cruz en nombre, precisamente, de Dios. Ahora bien, esto equivale a decir que Dios no tiene otra bondad que la encarnada. Y no la tiene porque no quiso tenerla. Al fin y al cabo, el cristianismo declara que Dios se reencuentra con su quién en la cima del Gólgota —que el referente del nombre de Yavhé es un ajusticiado que muere como un abandonado de Yavhé; que Dios dejó de ser el aún nadie colgando de una cruz—.

Quizá no fuese casual que los antiguos padres de la Iglesia se arrimaran al árbol de Plotino. Pues Plotino sostuvo que el Uno, hallándose más allá de la esencia y, por eso mismo, del ser, debía entenderse como voluntad, y una voluntad que, lejos de lo arbitrario, solo podía realizarse como Bien. Sin embargo, lo que no dijo Plotino —pues tampoco podía decirlo, si tenemos en cuenta su desprecio de la materia— es que ese Bien solo podía darse como cuerpo. Pero ya se sabe que el fruto tiene que caer del árbol para fecundar la tierra. En este sentido, puede que la deriva griega del cristianismo, deriva de la que se acusa desde Harnack a los padres de la Iglesia, fuese más bien un intento de preservar la herencia de Israel. Pues Atenas, como viera Filón, una vez extrae las últimas consecuencias de los presupuestos de la metafísica —y esto es lo que hizo Plotino—, llega a Jerusalén. O, cuando menos, se queda muy cerca.

el decir no dice

febrero 5, 2021 § Deja un comentario

No basta con decir, pongamos por caso, todo pasa para caer en la cuenta de que nada, ni siquiera la verdad, resiste el paso de los días. Pues las palabras serán las mismas para quien ha caído en la cuenta —y por eso mismo no puede pronunciarlas sin estremecerse— que para quien simplemente ha tomado nota. De ahí que el sentido —y aquí hay que tener presente el doble significado de la expresión— de las sentencias que pretenden revelar las lecciones de la existencia necesite de un discurso —de una retórica— que estire la sentencia hasta el corazón del lector o del oyente (aunque si eres poeta podrás ahorrate unas cuantas hojas: basta con hallar el verso justo). Pues solo por medio del discurso el joven podrá comprender —y no solo entender— las palabras del anciano. Pero el joven no lee ni escucha. Y es que el error de la juventud consiste en creer que ya sabe de lo que habla, mientras apenas ha aprendido a balbucear.

Quizá no sea causal que en las épocas en las que no había libros, el anciano fuese venerado por sabio. De hecho, la filosofía —y no hay filosofía sin escritura— es un intento de anticipar la visión de quien ha vivido lo suficiente cuando aún tenemos fuerzas (y por eso mismo podríamos atrevernos a decir que es un intento de prescindir del anciano). Aunque esa visión se limite reconocer que, al fin y al cabo, nos iremos de aquí ignorando lo esencial. Ahora bien, lo cierto es que si conseguimos interiorizarlo antes de tiempo, entonces no tendremos más remedio que optar entre el nihilismo y la mística, sea o no de ojos abiertos. Pues el mundo, al menos el habitable, se nos revelará como una farsa.

fe y creencia

febrero 4, 2021 § Deja un comentario

Nunca se creyó en los espíritus del bosque o en los dioses. Como hoy no se cree en piedras o árboles: se constatan. De los dioses o los espíritus del bosque hubieron, sin duda, indicios palpables, aun cuando actualmente estos indicios ya no apunten a ningún orden superior. Solo hay que imaginarse qué pudo suponer el estallido de un volcán en los tiempos de las cavernas para intuir que la experiencia de lo divino es natural. Obviamente, para los antiguos hubo un infierno —y estaba bajo el suelo que pisaban—. En cambio, a diferencia de los dioses, el Dios bíblico exigió de entrada una fe o, lo que viene a ser lo mismo, una ciega confianza en su porvenir. Y la exigió como Dios verdadero. Llama la atención que la verdad de Dios fuese contra toda evidencia religiosa. Y no porque Dios permaneciese oculto —de hecho, los ocultos siempre fueron los dioses—, sino porque Dios en verdad, tras la caída, tuvo en el aire, nunca mejor dicho, su modo de ser, su identidad. Por eso, no es casual que los testigos de ese Dios fuesen los que no contaban con ningún dios de su parte. Nada que palpar, ningún prodigio, salvo el de su falta o, siendo más estrictos, el que se desprende de ella: el milagro de seguir con vida. Pero con el tiempo la religión reclamó sus derechos sobre la fe. Sencillamente, la religión, con su dios por descontado, es más creíble —más interiorizable o apropiable—. De ahí que, dejando a un lado a los creyentes de primera línea, uno comience a creer en el Dios verdadero porque se cree en él —porque la creencia en Dios flota en el ambiente—. No es que, sociológicamente hablando, antes los hombres creyeran en Dios, sino que, más bien, creyeron en la creencia, por decirlo así. A lo largo de la cristiandad, la creencia compartida —aquello en lo se cree— ocupó, sencillamente, el lugar de Dios. Esto es, dios suplantó a Dios. Como si la única operación del cristianismo histórico hubiese consistido, al fin y al cabo, en sustituir el plural por el singular —los muchos por el uno—, olvidando que la diferencia entre el monoteísmo y el paganismo o la religión no es de grado, sino de naturaleza.

meditaciones cartesianas 18

febrero 3, 2021 § Deja un comentario

Como es sabido, Descartes llega a la conclusión de que la razón es fuente de verdad —y no simplemente válida— porque, en definitiva, la razón ha sido capaz, sometiéndose únicamente al dictado de sus principios, al fin y al cabo, unos principios meramente formales, de llegar a certificar una realidad exterior a la conciencia. Este es el argumento que hay detrás del que ofrece, de hecho, Descartes cuando afirma que Dios, debido a su perfección, no puede haberle creado con una razón defectuosa. Afirmar que la razón es fiable como criterio de verdad —y no solo como norma del pensamiento— equivale a decir, por tanto, que la descripción matemática del mundo es adecuada a un mundo (y que, por eso mismo, hay un mundo más allá de la conciencia y no solo una idea o representación del mundo). De lo contrario, no podríamos hablar de verdad, sino tan solo de validez. Así, el principio de transitividad, pongamos por caso, no solo expresa una ley del pensamiento —el hecho de que estemos obligados a concluir que A>C, si A>B>C—, sino que, además, Descartes puede asegurar que esto es efectivamente así —y tiene que serlo— en un afuera; esto es, que el afuera no es contradictorio. Por tanto, del carácter verdadero de la matemática se desprende necesariamente que hay un mundo que se corresponde con las fórmulas de la razón —y, de paso, que ese mundo tiene que ser un mundo de cuerpos, un mundo material, res extensa; pues la matemática se ocupa de cuantificar y tan solo la materia admite una medida—. Hasta aquí Descartes.

Sin embargo, llegados a este punto podríamos preguntarnos, puesto que la razón es válida incluso en sueños, si acaso su verdad no podría referirse a una materia simplemente supuesta —a una materialidad virtual—. De hecho, la representaciones mentales siempre apuntan a un exterior… solo que este exterior podría estar solo en mi mente; esto es, podría darse el caso de que no hubiera exterioridad a pesar de que mis representaciones del mundo la presupongan. Por consiguiente, la verdad racional —la correspondencia entre lo pensado matemáticamente y lo que, en principio, se encuentra fuera de la mente— no demostraría, por el solo hecho de que fuese verdadera, la exterioridad del mundo. Decir que la razón es verdadera, además de válida, y que, por eso mismo, tiene que haber un mundo exterior que se corresponda con los enunciados de la razón no implica lógicamente que ese mundo exterior sea, realmente exterior: basta con que su exterioridad sea virtual.

Ahora bien, esta objeción es aparente. Pues supone no haber entendido del todo a Descartes. De hecho, esta es la objeción que se plantea en el fondo del argumento contra la razón, cuya figura retórica es la del genio maligno. Descartes, sin embargo, no lo pone fácil. Pues sobre el papel da a entender que el argumento consiste en suponer que dicho genio podría hacer que me equivocase cada vez que digo que la suma de los ángulos de un triángulo siempre equivalen a la suma de dos rectos. Pero el argumento subyacente es otro. En primer lugar, podría ser que efectivamente la exterioridad fuese contradictoria: que no pueda concebir un afuera contradictorio no significa que en modo alguno pueda serlo. Y segundo, podría ser, sencillamente, que no hubiese un afuera… a pesar de que, como decíamos antes, mis representaciones inevitablemente apunten hacia un algo-ahí-afuera (y esta es, de hecho, la objeción que planteábamos inicialmente). Pues bien, para responder a esta dificultad basta con tener en cuenta lo que Descartes dijo a partir del carácter finito o contingente del ego cogito. Y lo que dijo es que hay exterioridad —y no solo la idea de una exterioridad—… porque la finitud o limitación temporal del sujeto del pensamiento —el que solo pueda estar seguro de que existe mientras piensa— exige el afuera. Donde hay límite —y lo hay porque puedo asegurar que existo mientras pienso—, hay lo que se encuentra más allá de ese límite. O por decirlo en términos de Descartes, la finitiud del ego cogito va con la infinitud de Dios —estrictamente, con su eternidad—. Esto es, el ego cogito supone inevitablemente, la realidad de un puro y simple haber más allá de la conciencia. Así, como indicábamos al comienzo de este párrafo, la objeción es aparente.

Otro asunto es que la deducción del mundo a partir de la perfección de Dios, tal y como la lleva a cabo Descartes, sea coherente. De hecho, Spinoza detectará el traspiés de Descartes al sostener que si Dios es infinito, entonces no pueden haber tres sustancias (Dios, alma y mundo). Decir Dios supone decir, sencillamente, el todo. Y si Dios es el todo —y como infinito no puede dejar de serlo—, entonces alma y mundo solo pueden comprenderse como dos caras de una misma moneda (una moneda que, en realidad, posee infinitas caras). Pero como decíamos, este es otro asunto.

el perdón

febrero 3, 2021 § 2 comentarios

Al final, todo se reduce a perdonar (o a pedir perdón). De acuerdo. Pero ¿incluso al psicópata? No conseguirás nada. Es como perdonar a Terminator. O a un lobo. Pero quizá con el perdón no se trate propiamente de conseguir algo. Quizá, del milagro.

ilustración y sacristía

febrero 2, 2021 § Deja un comentario

La Ilustración halló una de sus justificaciones, si no la principal, en lo rancio de la Iglesia. La sacristía huele a resentimiento —a sótano—. Obviamente, la Ilustración —la iluminación— gana. La esperanza siempre estuvo del lado de la luz. No es causal que Dios haya dejado de ser el tema. Incluso para negarlo. El Dios crucificado ya no importa. La connotaciones que debe soportar repelen a cualquiera. En su lugar, el hay algo más o la conexión astral. Aparentemente, en las canchas espiritualistas se respira mejor. ¿Cuestión de marketing? Tampoco. El cristianismo no es para débiles. Su asunto: qué puede esperar el hombre donde se derrumban los cielos. De ahí que el cristianismo, antes que contemporizar, haría bien en armarse de un discurso fuerte —que no talibán— que diga las cosas por su nombre. Lo veraz exige lucidez. Y no hay lucidez donde el mensaje se limita a promover el buenismo. Aunque, ciertamente, si se trata de comprar siempre preferiremos los oropeles del simulacro.