la paz de los desiertos

agosto 6, 2021 § Deja un comentario

Al final, uno está solo ante el silencio del cosmos. Hallas la paz. Te encuentras sin palabras —sin saber qué decir, esto es, sin saber. Es la experiencia de las noches del desierto. Abandonas cualquier inquietud. Como en Pi. Sencillamente, te encuentras en donde estás. No hay más y eso basta, puedes decirte a ti mismo (aun cuando también seas consciente de que no puedes permanecer ahí, prolongar ese momento ad eternum: esto es lo que significa pertenecer al mundo). Traducción: no hay más que un hallarnos bajo el más —bajo la desmesura de lo dado. Con todo, lo que puedes decirte a ti mismo no constituye una última palabra. A pesar de que te lo parezca. En cualquier caso, es tu última palabra. El escándalo del crimen exige una respuesta. Y tú no la tienes. Tampoco el iluminado. Es la que reclaman, precisamente, los muertos a causa de nuestra impiedad o indiferencia. El crimen —los exterminios de la historia— es una segunda desmesura. O mejor dicho, la otra cara de un mismo exceso.

la llamada

agosto 5, 2021 § Deja un comentario

Si Dios es uno con el abandonado de Dios —si tan solo cabe obedecer a Dios respondiendo a su desgarro—, entonces no puedes decirte como quien no quiere la cosa que Dios te llama, salvo retroactivamente (aunque el esquizoide también oye voces). Pues el desconsuelo del pobre solo cabe escucharlo como el clamor que clama desde el cielo donde el cielo permanece vacío de dioses. La espiritualidad de aquellos que creen escuchar directamente a Dios en la intimidad, esto es, sin que esa voz sea el eco del griterio de quienes sufren, tan solo tiene que ver con su necesidad de un amigo espectral. Sensiblemente, no te llama Dios, te llama el pobre: Juan, el sin techo; Ibrahim, el que vino en patera; Melisa, la madre soltera y sin trabajo… Tan solo posteriormente puedes caer en la cuenta de que has sido invocado por la voz de Dios. De hecho, ya se nos dijo que, ante Dios, nos hallamos sin Dios. Sin embargo, con este Dios no es que estemos, precisamente, muy en sintonía. Dios nunca fue el dios del hogar.

a vueltas con el justo sufriente

agosto 4, 2021 § Deja un comentario

Suele decirse que nuestra época es la época en la que Dios ya no se encuentre presente como el a priori, por decirlo así, de nuestro estar en el mundo. Dios es, en este sentido, el gran ausente. Hasta aquí nada nuevo. Y, a efectos prácticos, parece indiferente hablar de la muerte de Dios como de su eclipse. Pues da la impresión de que la luna de la Modernidad no está por la labor de retirarse. Ahora bien, desde el lado de los sufrientes, ninguna novedad en el frente: Dios siempre ha sido el Dios que está por ver. En relación con la fe, este es el punto de partida. O si se prefiere, la perplejidad de quien, por un lado, es capaz de experimentar la bendición y, por otro, la maldición (aun cuando en medio de los gulags de la historia, sea muy difícil permanecer en el filo de la navaja). Y es que cuanto tiene que ver con la verdad de Dios apunta a esos actos de bondad de quienes ya no tienen vida por delante a causa, precisamente, del abandono de Dios. Al menos, porque dichos actos no son entendibles como la posibilidad moral de quienes aún pertenecen al mundo. Aunque tampoco como la de un deus ex machina que operase desde las alturas.

hablemos de papá

agosto 3, 2021 § Deja un comentario

Quizá no sea causal que la idea de Dios corra a la par con la figura paterna tal y como se da en la estructura familiar. Así, el Dios distante —trascendente hasta la médula— sería el propio de una época en las que los hijos apenas ven a su padre, ocupado en los asuntos del campo o de la guerra. Papá es intocable —y su voz, indiscutible—. Una bestia, aunque amable. En cambio, el Dios cercano aparece donde el Padre ha caído de su pedestal hasta convertirse en un compañero de juegos. Aquí papá y mamá se reparten las tareas. Podríamos decir, a la manera de Marx, que la creencia es el reflejo de las condiciones materiales de la existencia. Y es posible que sea así. Aunque también podríamos decirlo a la inversa: la figura paterna a la antigua deja de funcionar una vez, envalentonados por nuestro mayor dominio de tot plegat, nos vemos capaces de prescindir de Dios. Donde papá se limita, simplemente, a pagar el nuevo iphone va a ser muy difícil caer en la cuenta de que existimos sub iudice.

abstracciones

agosto 2, 2021 § Deja un comentario

La revelación es difícilmente asumible. ¿Un Dios con cuerpo —y un cuerpo deformado por la cruz? ¿Acaso Dios, de haberlo, no es más bien espíritu? De ahí que los predispuestos a los asuntos de la trascedencia corran el riesgo de sustuir la fe en aquel hombre que se reveló como el quién de Dios —y por extensión, a un Dios cuya alteridad es la de un eterno porvenir— por una vaga creencia en el amor o el lado luminoso de la fuerza como el fondo nutricio de cuanto es, aunque dicha creencia esté encubierta con motivos cristianos. Quienes así lo suponen podrían prescindir perfectamente de los evangelios. Nada cambiaría, en lo relativo a su creencia, si llegara a descubrirse que estos fueron escritos como obras de ficción. De hecho, no es casual que fácilmente alcancen la conclusión de que la aportación cristiana, frente al resto de las religiones, consiste, sobre todo, en acentuar la solidaridad o el compromiso hacia los desfavorecidos. Pues Dios es el mismo en cualquier caso, solo que visto desde diferentes ópticas. Ahora bien, donde damos esto por sentado, seguimos hablando de nuestra percepción —de lo que nos parece que es Dios—, en modo alguno de Dios. Y es que no terminamos de topar con Dios mientras sigamos satisfechos con dios.

punto de vista

agosto 1, 2021 § Deja un comentario

Nada se entiende de los evangelios si no es desde la situación de los desesperados, de quienes ni siquiera pueden concebir a un Dios de su parte. Nada. Hay que ponerse, por tanto, junto a ellos, para cuando menos intuir por donde van los tiros de la confesión cristiana y, en definitiva, de la redención. Esto es, hay que partir del nihilismo —hay que tomarse muy en serio el No— para poder proclamar desde lo más íntimo (y no tan solo decir) que no hay otro Dios que aquel que, colgando de una cruz, ofreció el perdón que solo pueden dar quienes regresan con vida de la muerte. De ahí lo ridículo que resulta el intento de actualizar las fórmulas de la fe desde la posición de quienes aún podemos confiar en un futuro a nuestra medida. Pues aquí actualizar supone, sin duda, acomodar.

fe y liderazgo

julio 31, 2021 § Deja un comentario

¿Transmitir la fe como verdades en las que creer… porque nos elevan por encima de lo prosaico? ¿Es cierto que, ante la crisis, tan solo se trata de encontrar otros métodos? No sé… ¿Es que hemos olvidado que únicamente llegamos a la fe, de llegar, a través del contagio, seducidos por la fuerza de quienes la encarnan, aquellos que hicieron de la última palabra —o mejor dicho, del silencio más elocuente— un cuerpo? Y su fuerza ¿acaso no tendrá que ver con que regresaron con vida del infierno, aquella que ofrecen, precisamente, a los que aún estamos muertos? ¿Es posible creer sin haber sido convocados por un hombre de Dios? ¿De qué fe hablamos donde no hay seguimiento? Si Jesús de Nazaret no hubiera sido el que fue, un hombre que, ocupando el lugar de Dios, consiguió arrastrar voluntades hacia el final del mundo —“no puedo soportar que tantos vivan como perros”—, quienes proclamaron su resurrección, y ello al margen de cómo podamos entenderla hoy en día, no habrían hecho mucho más que anunciar un fenómeno paranormal.

Saturno devorando a sus hijos

julio 30, 2021 § Deja un comentario

De tan acostumbrados que estamos a un Dios-bonachón, al menos desde el Vaticano II, fácilmente nos hemos olvidado de que la experiencia más elemental de lo divino es la de un hallarnos bajo un poder capaz de destruirnos (aunque también de trabajar a nuestro favor si pagamos el precio). No tiene nada de obvio que un dios se interese por nuestra suerte (y menos que decida sacrificarse por nosotros). Y aquí uno podría preguntarse cómo la revelación que conduce a la confesión creyente es de Dios y no un primer paso, ciertamente enmascarado, hacia el ateísmo. Por eso, la conversión de Dios en un amor delirante hasta la inmolación ande de la mano de la crítica moderna —o no tanto— a la experiencia religiosa de Dios. Ambas podrían entenderse como las dos caras de una misma moneda. Quizá no sea casual que la salvación más básica consista en liberarse del Padre, escrito así con mayúsculas. Como tampoco que la redención cristiana suponga, de algún modo, también la de Dios, en el sentido objetivo de la preposición. Como si su ira tuviera más que ver con su impotencia que con el fantasma que tenemos en mente. Al fin y al cabo, el cristianismo viene a decirnos que la hija que sufrió los abusos de papá solo se libera del mismo donde logra abrazarlo movida por la compasión —donde es capaz de ver en su padre a un pobre dios (y no a un monstruo)—. Pero para que sea posible ha de regresar con vida de la muerte, como quien dice. Y este regreso en modo alguno puede entenderse como un horizonte moral. Aquí tan solo cabe apelar a lo que tuvo lugar, si es que fuera el caso, contra cualquier pronóstico.

cuestión de tamaño

julio 30, 2021 § Deja un comentario

La grandeza del hombre es grande porque se sabe miserable; un árbol no se sabe miserable.

Blaise Pascal

las otras cruces

julio 26, 2021 § Deja un comentario

¿Qué distingue la cruz de Jesús de Nazaret de la cruz de los profetas? ¿Acaso que, con Jesús, hubo un tercer día? No solo, me atrevería a decir. Pues los profetas, según parece, interpretaron el abandono de Dios como resultado de la infidelidad de Israel. Los profetas tuvieron que soportar cruentamente el peso de esa infidelidad. Pero no la hubo en Jesús de Nazaret. Como tampoco, en el caso de Job. La explicación profética de la desgracia no basta para entender la del justo que sufre. El crucificado sintió en sus carnes el silencio de Dios como no lo experimentaron los profetas. Estos se entregaron, en la soledad de su muerte, a un Dios que sabían que estaba de su lado. Jesús muere ante Dios como si no hubiera Dios. Los profetas fueron mártires de una causa. Jesús, en cambio, será la causa. Y lo será porque su sacrificio revela un Dios que en modo alguno puede darse por descontado —un Dios de carne y hueso—.

verdad y tiempo

julio 25, 2021 § Deja un comentario

Aun cuando estemos convencidos de que en Dios tiene más peso lo extraño que lo familiar —que su realidad es propiamente la del aún nadie que la de un ente espectral— resulta muy difícil, de creer, que no nos dirijamos a Dios como si fuese alguien. Aunque hayamos admitido que estar ante Dios supone estar ante los abandonados de Dios —y por tanto, sin Dios—, para el creyente resulta casi inevitable intimar con el fantasma. A pesar de que sepamos que en la mujer que abrazamos prevalece lo intangible, en el día a día se imponen los requisitos del (con)trato. Nadie niega, salvo el insensato, que la tierra gire alrededor del sol. Sin embargo, seguimos diciendo que es el sol el que se mueve. Hay un desencaje entre la verdad y lo que nos parece —o por decirlo al modo clásico, entre alma y cuerpo—. Pues la verdad —lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa— se ofrece como aquello que, estando ahí, somos incapaces de ver (y por eso para caer en la cuenta necesitamos volver sobre lo visto, esto es, diseccionarlo). Como si la verdad estuviera por debajo —o por encima— de las apariencias. O también, como si la hubiésemos dejado escapar —como si lo que acontece en el presente fuera un haber sido, un eterno por regresar—. Nuestra relación con la verdad, por consiguiente, no es como la que mantenemos con cuanto poseemos. De ahí que aquellos que han logrado interiorizarla suelan guardar una distancia irónica en todo lo que dicen y hacen o, en cristiano, un silencio expectante, mientras cavan pozos de agua para los sedientos. El hermano Gárate quizá estuvo más cerca que aquellos, de sus contemporáneos, que fueron hábiles en descifrar la Trinidad.

analogia entis

julio 23, 2021 § Deja un comentario

Decía Aristóteles —y antes que él, Empédocles— que tan solo lo igual conoce lo igual. No podemos conocer nada que, de algún modo, no suponga un re-conocer. Esto es lo que hay tras la teoría platónica de la anámnesis: que el conocer es, en definitiva, un recordar. Así, cuando nos enfrentamos a los desconocido espontáneamente intentamos reducirlo a lo conocido. La primera vez que los apaches vieron un tren, no vieron un tren sino un caballo de hierro. El cristianismo se apoyó en esta tesis para defender un cierto saber de Dios, aun cuando se guardó —y mucho— de que dicho saber anulase el misterio de su trascendencia. De ahí que en la doctrina católica de la analogia entis pesara más la desemejanza —lo que permanece en esencia incognoscible— que la semejanza.

Sin embargo, el problema de dicha doctrina es el de acabar creyendo que, en el fondo, Dios y el hombre poseen rasgos comunes solo que en distinto grado (y en este sentido, creemos que Dios es bueno o misericordioso, pongamos por caso, aunque en mayor medida que en el caso del hombre). Por no decir que hay algo así como una chispa divina en lo más hondo de uno mismo. De hecho, la tendencia gnóstica consiste, precisamente, en creerlo. Es como si el gnóstico se quedase con el interior intimo meo de Agustín olvidando que a continuación añadió et superior summo meo. Y aquí hay que tener en cuenta que estamos ante una superioridad ontológica —que no óntica, por decirlo a la Heidegger—. Como absolutamente otro, Dios no es el ente cuya extrañeza obedezca tan solo a una serie de rasgos inconmensurables (y por eso mismo ininteligibles). La distancia entre Dios y el hombre no es como la que media entre el hombre y una lombriz. El otro avant la lettre carece de rasgos (y por eso mismo, podríamos decir que, en sí mismo, no posee entidad). Para el hombre no hay alteridad como pueden haber focas o montañas. La alteridad se nos da como lo que tuvimos que dejar atrás una vez fuimos arrojados al mundo (y esto es lo que significa, literalmente, ex-sistir: un hallarnos expuestos a la desmesura de una alteridad en falta, estrictamente, a lo que se deriva de esta exposición).

En el mundo, la alteridad se nos da como el presupuesto de la representación, de la idea que nos hacemos de las cosas. Es por ello que, en cuanto tal, no es representable. La realidad de lo enteramente otro, en su hacerse presente, queda reducida a los esquemas de la conciencia. Dios inevitablemente adviene a la sensibilidad con un aspecto en concreto —y de ahí que creamos que Dios es lo que nos parece que es divino—. En cambio, la realidad de Dios tan solo puede ofrecérsenos bajo la forma de lo negativo: es en tanto que no es —o mejor dicho, en tanto que, en sí mismo, aún no es nadie. Así, no debería sorprendernos que, desde una óptica bíblica, no haya una experiencia de Dios como pueda haberla, por ejemplo, de un tsunami. Bíblicamente, la experiencia de Dios es siempre una experiencia de lo que se desprende de su radical trascendencia: el don de la vida y el mandato de preservarla de nuestra impiedad. O por decirlo en cristiano, el Padre no tiene otro rostro que el de un colgado en su nombre. Y esto, no por casualidad.

una de preposiciones

julio 22, 2021 § 1 comentario

Dijo Bonhoeffer: ante Dios, sin Dios. Y esto es así. Ciertamente, ante Dios somos responsables. Literalmente, aquellos que debemos responder a la demanda —el clamor— que se deprende de la absoluta trascendencia de Dios. Pero acaso también seamos responsables de Dios. Al menos, porque Dios es el Dios que no quiso ser Dios sin la respuesta del hombre.

Dios como nada (o por qué con Buda no podemos ser cristianos, aunque sí buena gente)

julio 21, 2021 § Deja un comentario

Dios como “la nada” convertiría a todo el mundo en un campo de concentración universal. Moltmann, dixit. Y podríamos añadir en un sálvese quien pueda.

perdidos

julio 20, 2021 § Deja un comentario

Es cierto que no caemos en la cuenta del valor del otro hasta que no se nos va. En el día a día, prevalece el trato, la reacción (y solo en raras ocasiones se nos revela su carácter excepcional, el milagro de que esté-ahí). La apariencia no basta. El otro tiene que desaparecer para que se haga presente su aura —su espíritu, su huella—. Podríamos decir lo mismo con respecto a Dios. Un Dios en exceso tratable aún no es Dios. En cualquier caso, una imagen a disposición. Al fin y al cabo, para la fe cristiana, no hay otra presencia de Dios que la del espíritu de un crucificado en su nombre (y un crucificado que volvió a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo).

más nihilismo

julio 17, 2021 § Deja un comentario

Nihilismo significa no habrá reino de Dios, esto es, no habrá fraternidad universal, ni viviremos en paz. El león nunca comerá hierba. Por tanto, para el nihilista prevalece el horror, la muerte, el triunfo del genocida. Y, visto lo visto, es lo más probable. Sin embargo, la fe tiene que partir de este dato. Pues de lo contrario se convierte en una expectativa entre otras, por no decir en una ilusión. De hecho, la esperanza creyente siempre fue contrafáctica. Aunque aquí la cuestión sea en nombre de qué acontecimiento cabe esperar lo increíble. Pues es obvio que aquí no tiene sentido apelar a lo que uno preferiría.

sobre el temor de Dios

julio 16, 2021 § Deja un comentario

El rechazo moderno al temor de Dios —y aquí conviene recordar aquella sentencia del Talmud según la cual Dios todo lo puede, salvo hacer que el hombre viva en el temor de Dios, esto es, expuesto a la desmesura de una redención que pende de un hilo— encuentra su última justificación en las épocas en las que dicho temor fue, principalmente, un temor a los representantes de Dios. Pues históricamente, la cruz ha ido con la espada. Nada ha hecho tanto daño al cristianismo como la cristiandad. Aunque también sea cierto que, sin su alianza con el poder imperial, el cristianismo difícilmente hubiera superado los límites de lo sectario.

apocalípticos e integrados

julio 15, 2021 § Deja un comentario

Jesús, como es sabido, fue un profeta apocalíptico. Su mensaje fue, al fin y al cabo, simple: el juicio de Dios es inminente y los hombres tendrán una última oportunidad si acogen el perdón del enviado (y obran en consecuencia). No parece, sin embargo, que podamos esperar sensatamente la fanfarria de los ángeles. El género ya nos resulta extraño. El fin del mundo, de haberlo, es a lo sumo un límite asintótico. Largo me lo fiáis. De ahí la irrelevancia actual de la predicación del Jesús que andó por Galilea. Con todo, acaso la pregunta no sea si el mito de un final de los tiempos es verdadero, sino para quién puede aún valer esta esperanza. No, evidentemente, para aquellos que confiamos en las ofertas del mundo. De hecho, solo los deshauciados son capaces de invocar a un Dios capaz de provocar un reset de dimensiones cósmicas. Únicamente ellos pueden seguir siendo apocalípticos, aunque sin el apoyo de un mito creíble. Ahora bien, es posible que la genuina esperanza siempre apuntase a lo increíble. Pues Dios nunca fue una posibilidad del mundo.

1Co 15, 17

julio 14, 2021 § Deja un comentario

Si Cristo no resucitó —sostiene Pablo—, vana en nuestra fe. En esta disyuntiva se decide la suerte del cristianismo. Pues es como decir o bien Cristo resucitó, o bien la fe es un trampantojo. De ahí que el cristiano, sobre todo hoy en día, deba tomar una posición al respecto. Pues la resurrección es dura de tragar (aunque ya lo fue desde los inicios). Sin embargo, tomar una posición no significa traducir. Como si proclamar la resurrección de un crucificado fuera, en definitiva, lo mismo que decir que Jesús sigue vivo en el corazón del creyente o como si se nos hablase, en los términos de una cultura que ya no es la nuestra, de la inmortalidad del alma. Quizá sea porque nos cuesta esto de la resurrección de la carne, como les costó a los griegos del Areópago, la sentencia de Pablo pueda entenderse actualmente como una ironía póstuma. Como si, al fin y al cabo, se nos dijera que los relatos que dan pie a la confesión cristiana pertenecen a la literatura fantástica. En cualquier caso, el cristianismo difícilmente sobrevivirá al ridículo histórico donde no asuma, en contraste con la deriva religiosa, que la realidad de Dios se decanta del lado de lo imposible —de lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. Y esto aun antes de comenzar a hablar de la resurrección.

supermarket religioso

julio 13, 2021 § Deja un comentario

Cada vez hay más mujeres y hombres que compran religión. La compra, sin embargo, busca una compensación. Nos pasamos los días en una jaula, en algunos casos dorada, y esto es difícil de soportar. Demasiada inercia o costumbre. Al fin y al cabo, religión significa, sobre todo actualmente, un caer en la cuenta de que no todo es comercio. Hay un fondo —y un fondo del que formamos parte, aun sin entenderlo—. Sin embargo, ese fondo, de haberlo —y podríamos dar por descontado que lo hay—, sigue formando parte del mundo. O si se prefiere, del todo. Pero nadie que se enfrente a según qué interrogantes puede admitir el todo lo sea todo. Ni siquiera donde el todo posee un horizonte, un final feliz. Basta con suponer que consiguiésemos enchufarnos a ese fondo: que nos disolviéramos en el mar como muñecos de sal; que aceptásemos serenamente la muerte —la nuestra, pero también la de aquellos a los que se les arrebata injustamente la vida—. En ese momento, la pregunta que Yavhé le dirige a Caín —dónde está tu hermano Abel— se revelaría como ridícula. No es este el tema, nos diríamos. Que cada palo aguante su vela —esto es, su karma—. Ahora bien, la convicción bíblica sostiene que ese es, precisamente, el tema. Y lo es en nombre de un Dios que, como absolutamente otro o extraño, se encuentra fuera del mundo, de cualquier mundo, incluyendo el sobrenatural. Precisamente, porque existimos como arrancados de Dios, tan solo nos tenemos los unos a los otros. De hecho, el lugar de Dios no es un lugar, sino ese tiempo, anterior a los tiempos, al que fue dezplazado por el desprecio de Adán. Es desde esta radical exterioridad que el Otro clama por el hombre como un Dios herido de muerte. Y por eso mismo mantiene el mundo sub iudice a través de aquellos que reproducen su clamor.

la nada y el todo

julio 12, 2021 § Deja un comentario

No hay Otro. O mejor, el Otro es lo eternamente pendiente del mundo. Y por eso el todo no lo es todo. De ahí que los árboles, las hormigas, nuestros semejantes… se carguen con el aura de la excepción, del milagro. Puede incluso que haya un dios. Pero porque no es en verdad Otro, con mayúsculas, aún no es Dios. No puede serlo. Pues Dios —el absolutamente Otro— tiene que desaparecer ante la conciencia de sí. En cualquier caso, en vez de Dios su representación o simulacro. Sin embargo, todo esto estaría muy bien —y vió que era bueno—, si no fuera porque hay también amenaza, crueldad, genocidio. Y quizá sea porque no hay luz sin oscuridad —mejor dicho, porque estamos en medio— que el todo se encuentra sub iudice.

celos

julio 11, 2021 § Deja un comentario

El Dios bíblico es un Dios que, desde el principio, no quiso ser un dios. O al menos, no sin la fe del hombre. El celo de Yavhé hacia el resto de las divinidades debería entenderse, por tanto, como el reflejo especular de esta renuncia: no quiero que me confundas con otras. Dios nunca fue una opción.

Dios es el que llama

julio 10, 2021 § Deja un comentario

¿Qué significa decir que Dios se manifiesta como el Dios que nos invoca? Pues que no es el que nos imaginamos religiosamente, un dios que habita en las alturas y cuya superioridad nos subyuga. Traducción: Dios, en cuanto tal, carece de la entidad de un dios. Con respecto a lo que sea Dios, no cabe ir más allá de nuestro encontrarnos expuestos a su invocación, la que nos convierte en rehenes del que sufre, precisamente, la realidad de un Dios en falta. Mejor dicho, más allá de que aquellos con los que Dios se identifica. El resto es un eterno por-venir. O si prefiere, una tensa esperanza.

no matarás

julio 9, 2021 § Deja un comentario

Dice la ley: no matarás (y esta fue una ley divina antes que humana). Sin embargo, la ley, en tanto que de Dios, amaga también una promesa: acabarás no matando (pues también asesinamos cuando pasamos de largo de quien carece del pan de cada día). Ahora bien, hay un matiz que quizá se nos escape: no matarás porque, en realidad, no puedes matar a nadie. Pues el nadie que hay tras el rostro de cualquiera —la expresión, literalmente clamorosa, de su genuina alteridad— es inalcanzable. Y esto es lo mismo que hablar de lo santo.

la sabiduría de un taxista

julio 8, 2021 § Deja un comentario

El problema no es vivir equivocado, sino morir equivocado, me dijo Eudaldo, el taxista con el que fui el otro día. En su guantera tenía Confesión, de Lev Tolstoi. También me habló de su padre, que murió cuando él tenía nueve años. Terrateniente en Ecuador, y a pesar de su profunda convicción cristiana, el obispo le tenía vetada la entrada en la iglesia por no pagar el diezmo: “si lo quieren, que trabajen la tierra”. En cambio, se preocupaba de que ningún campesino pasara hambre. “Cojan lo que necesiten de la cosecha; que sus hijos puedan comer a diario. Nosotros tampoco necesitamos tanto”. Esta fue su herencia. “Tan solo importa el amor que ofrecemos, aunque sea solo a veces”. Estas fueron las palabras con las que Eudaldo me despidió. Y luego dicen que no hay ángeles.

la santidad y el quinto

julio 7, 2021 § Deja un comentario

Lo sagrado o divino es, según la clásica sentencia de Rudolf Otto, tan fascinante como terrible, es decir, una completa desmesura. En este sentido, podríamos hablar también de lo monstruoso. Un monstruo es, al fin y al cabo, intocable (y, por eso mismo, siempre se encuentra más allá). Desde esta óptica, la epifanía de un dios es tan impresionante como lo pueda ser la presencia de un fantasma. Ahora bien, para una sensibilidad bíblica, las cosas son un tanto distintas. Pues nada hay más sagrado que la vida del otro —la del extranjero, el huerfano, el incontable—. Sin embargo, su carácter sacro no se nos revela de manera inmediata. De entrada, tendemos a tratarlo como objeto de deseo o rechazo. Esto es, de entrada, se nos presenta como estímulo. Hace falta mucho asombro para caer en la cuenta de que el milagro —la excepción de lo inerte— no se encuentra del lado de lo que espontáneamente nos impresiona. Hace falta mucho asombro —y acaso también unas cuantas dosis de estupor— para ver que la naturaleza intocable del otro no va con su apariencia —con lo que tiene de estimulante—, sino con el no matarás que se halla inscrito en su frente con tinta invisible. Aunque quizá no entendamos la dimensiones de este mandato mientras no percibamos que estamos ante el envés de una promesa.

Matusalen

julio 6, 2021 § Deja un comentario

Hasta la época de los Macabeos, en el AT la bendición de Dios se reflejaba en una vida larga y fecunda. Nada, por tanto, de una vida postmortem. Y por eso Dios es Dios: ningún hombre puede aspirar a los cielos. La cuestión de una vida más allá se plantea solo ante el problema del justo sufriente. Sencillamente, Dios no puede abandonar a los suyos. De ahí que la cuestión de la trascendencia sea inseparable, bíblicamente hablando, de la cuestión de la justicia, aunque algo de esto encontramos también en Platón. Sin embargo, no se trata únicamente de la reparación, sino, sobre todo, de la recreación. Y esto significa que Dios y el mundo, tal y como está, no acaban de ser compatibles; que no es cuestión de que nos pongamos a hacer los deberes. El mundo es irreparable. O mejor dicho, tan solo un Dios puede restaurarlo. Y esto, donde la palabra Dios ha dejado de ser significativa, está muy cerca de decir que no hay nada que hacer. Una espiritualidad que no tenga en cuenta que el horror es el envés de la paz —que no hay luz sin oscuridad— sigue siendo el mismo opio de siempre.

de predicados

julio 4, 2021 § Deja un comentario

Como es sabido, el cristianismo afirma que Jesús es Dios. Ahora bien, esto no hay que entenderlo como si la divinidad fuese un predicado —una propiedad— de aquel que anduvo por Galilea, hace unos dos mil años, anunciando el Reino de Dios. De ser así, haríamos de Jesús de Nazaret un dios disfrazado de humanidad (y no es esto lo que proclama el cristianismo). Defender que Jesús es Dios —o siendo más precisos, el Hijo de Dios— dice más sobre Dios que de Jesús. Y lo que dice es que Dios —estrictamente, el Padre— no es aún nadie sin la fidelidad del hombre. Si tú crees en mí, yo soy; si no crees, no soy. Por eso mismo, no cabe afirmar de un crucificado que es el quién de Dios sin alterar significativamente lo que damos por sentado acerca de lo divino. Ciertamente, la mayoría de los creyentes sigue dirigiéndose a Dios como si no hubiese habido Encarnación. Pero este es otro asunto.

Richard sj

julio 3, 2021 § Deja un comentario

Hay un árbol frente a mi ventana. Pero ese árbol es más que un árbol. Es el árbol que puso Dios para darnos sombra. Esto fue lo que me dijo Richard Gassis, jesuita, hace ahora unos cuantos años. Richard Gassis, como tantos creyentes, está instalado en la creencia. Y esto significa no preguntarse demasiado por lo que siente a flor de piel. Sencillamente, ve —y vive— cuanto nos rodea con los ojos del niño. Y me atrevería a decir que la relación que mantuvo con su madre —una buena y gran mujer— está en la base de su predisposición. Quizá hubiera sido más difícil tener esa fe si hubiese crecido como aquel que fue abandonado por sus padres. Sin embargo, ¿es la fe un asunto que podamos reducir a psicología? ¿Es la experiencia raíz que hay tras la fe una experiencia que dependa de quién seamos, de un modo particular de estar en el mundo? No me inclinaría a decirlo. A pesar de que la fe común nos dé esta impresión.

En cualquier caso, la pregunta no es ¿de hecho, puso Dios es árbol ahí? Pues es obvio que de hecho no lo puso o, al menos, ya no puede tratarse de un hecho para nosotros. Ahora bien, lo cierto es que todo nos ha sido dado por Dios… aunque, desde una óptica bíblica, estemos casi obligados a entender el don como lo debido al retroceso de Dios a un pasado inmemorial. Dios no procede al modo de un titiritero espectral. De hecho, no procede sin nuestras manos. ¿Deberíamos concluir que la fe de Richard Gassis es un delirio infantil? Tampoco me atrevería a concluirlo. Pues no parece que podamos interiorizar la realidad del don divino —y menos en el día a día— si no es por medio de imágenes que, como tales, traducen lo real… con un cierto desenfoque. Y aquí podríamos ingerir unas pocas dosis de ironía judía: Dios, de hecho, no puso ese árbol ahí… aun cuando en verdad lo pusiera. Pues acaso sea la única manera de presevar al niño dentro de un cuerpo que comienza a estar de vuelta.

la convicción cristiana

julio 2, 2021 § 2 comentarios

El creyente, según Simone Weil, permanece a la espera de Dios: al final, lo veremos cara a cara. Y aquí podemos estar religiosamente de acuerdo. Sin embargo, la convicción cristiana es otra: Dios —estrictamente el Padre— es invisible como tal. Y no porque lo sea como nosotros podemos serlo para las orugas, sino porque no es nadie sin el Hijo. O lo que viene a ser lo mismo un nadie. Por consiguiente, no habrá un cara a cara. En cualquier caso, ver a Dios supone ver el rostro de un crucificado en su nombre. Mejor dicho, el de un crucificado que fue transformado por la fuerza del espíritu de Dios. No entender que Dios no tiene otro rostro que el del crucificado supone no entender nada de lo que proclama el cristianismo.

amor y violencia

julio 1, 2021 § 1 comentario

Creer en la fuerza del amor no es moco de pavo. Sobre todo, si se trata de amar al enemigo. La pregunta no es si esto es posible, sino dónde o bajo qué situación se nos da esta posibilidad. Mejor aún, quién la lleva a cabo (pues probablemente hablemos de los muertos, de aquellos que ya no tienen vida por delante de hundidos que están). El Mal muestra la resistencia del diamante. Hay orcos a las puertas. El enemigo no tendrá piedad. Ni de ti, ni de tus hijos. Quiere exterminaros. Ciertamente, hay milagros: ovejas que lograron, con su bondad, paralizar la mandíbula del lobo. Pero la excepción confirma la norma (y de ahí que el milagro sea el indicio de otro mundo). Pues mundo significa el amor no transforma. El reino de la bondad es imposible, esto es, no se ofrece como una posibilidad del mundo. Hace falta mucha fe para creer en el triunfo final del amor. Y esto es lo mismo que decir mucha confianza en lo increíble (en nombre, precisamente, del milagro). Donde la fe es sustituida por la hipótesis —donde se convierte en un ideal— es como si dijéramos que mañana saldrá el sol tras cuarenta días de lluvia. Quien cree que el orco no tendrá la última palabra porque los muertos resucitarán como quien cree que, al fin y al cabo, todo terminará bien porque así lo siente —porque su carácter le predispone al buen rollo— le hace un flaco favor a la causa de la fe. Pues, siendo sensatos, es como si dijera que los orcos tendrán la última palabra. Nadie se tomaría en serio a quien dijera que la tierra es plana porque soy Napoleón. Salvo que fuese un modo irónico de decir que la tierra es, efectivamente, redonda.

un comunicado

junio 30, 2021 § 1 comentario

El creyente está convencido de que Dios se comunica. De acuerdo. Pero ¿de qué estamos hablando? ¿De un mensaje? En cierto modo, sí (aunque se trate de un mensaje hecho carne). Ahora bien, no para que nos llenemos la boca. Hay un exceso de verborrea en muchos cristianos, sobre todo cuando intentan traducir su experiencia de Dios. Como si esta no hubiera sido antes la de Dios. Sin embargo, lo cierto es que en toda comunicación, de haberla, lo dicho se revela como el síntoma de lo que debe permanecer oculto. Sucede algo parecido con el encuentro: que, a diferencia de la fusión, preserva la distancia —eterna e infranqueable— de la alteridad.

más Kierkegaard

junio 29, 2021 § 1 comentario

En los Diarios de Kierkegaard encontramos lo siguiente: todos los que saben callarse se convierten en hijos de los dioses; pues callando es como nace la conciencia de nuestro origen divino. Los charlatanes nunca serán más que hombres. Y es cierto, a su modo. ¿Cómo es que la sensación de profundidad la da quien guarda silencio, y no quien se llena la boca con grandes palabras (y que por eso mismo nos vienen grandes)? ¿Acaso porque ha caído en la cuenta de que no hay nada que decir —que el habla no logra escapar del escenario, de lo que nos parece que es? ¿Será por está razón que el Dios de Getsemaní fue el más penetrante? ¿Es posible que el secreto de lo real consista, precisamente, en que no hay secreto? El cofre, cerrado a cal y canto, no guarda ninguna joya. Y quizá sea por este vacío que cuanto despreciamos, mientras intentamos abrir el cofre, posea el aura de la excepción, aquella que solo llegará a deslumbrarnos, si fuese el caso, cuando apenas nos quede tiempo por delante.

de la eleccion

junio 28, 2021 § Deja un comentario

Al final, y con respecto a uno mismo, no se trata de seguir eligiéndose —de un permanecer abierto a la novedad—, sino al contrario, de no poder elegir. Y no porque no haya ninguna alternativa sobre el papel, sino porque llega un momento, si llega, en que te has convertido en lo que elegiste, antes incluso de nacer. Aquí tan solo cabe un disyuntiva: o fidelidad o traición —u obediencia o rebelión (aunque sin norte, esto es, como si fuera un espasmo). Porque lo más íntimo ni siquiera garantiza una identidad —porque nadie se posee a sí mismo—, no hay vocación que no se experimente, en definitiva, como encargo —como misión.

películas del oeste

junio 27, 2021 § 1 comentario

El séptimo de caballería: eso —y no que el león coma hierba— es lo que espera el prisionero de los sioux. Sin embargo, en su lugar, el cristianismo ofrece un Mesías crucificado —un Dios que no tiene otros brazos que los nuestros. Mal remedio para quien prefiere una expectativa a la fe (¿y quién no la prefiere?). La esperanza siempre fue de entrada muy física —muy concebible. De salida, en cambio, es incapaz de ver nada que no sea increíble y, por eso mismo, delirante. La esperanza de quienes ya no pueden imaginar una intervención ex machina apunta a lo imposible. Pues, sensatamente, no cabe esperar que el león coma hierba, ni que los muertos resuciten. Y menos que la nueva humanidad dependa de un siervo sufriente. Eppur si muove.

Etty

junio 26, 2021 § 3 comentarios

Escribe Etty Hillesum: sólo una cosa es para mí cada vez más evidente: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti, y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros. Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente. Aquí, teológicamente hablando, solo cabe hacer una pregunta: ¿qué implica, con respecto a Dios, el que no pueda ayudarnos? ¿Qué Dios es aquel que necesita ser resucitado en el corazón del hombre (y por el hombre)? Evidentemente, no uno ex machina. Pero tampoco uno cuyo modo de ser esté determinado de antemano. Incluso la bondad de Dios está en el aire, una vez decidió no ser Dios sin el fiat del hombre.

emoción y verdad

junio 25, 2021 § Deja un comentario

Todo pasa por el cuerpo. El estremecimiento es el síntoma de la aparición. Pero no alcanza al aparecido. Este permanece siempre más allá como el extraño que siempre fue (y será). De ahí la pregunta por su realidad. Trascender el horizonte de las apariencias no es posible salvo que aceptemos que no hay otra realidad —otra verdad— que la del desaparecido. Pues la desaparición de la alteridad es la condición de su presencia sensible. Esto es, en el fondo, Platón. El resto, como ha sido ya dicho, notas al pie.

amar a Dios

junio 24, 2021 § Deja un comentario

Amarás a tus hijos. ¿Tiene sentido? No, cuando se da por sentado. Que Dios nos exija amarlo presupone, por tanto, que no es el caso. Nuestro punto de partida es un pasar de Dios (aunque nos llenemos la boca con su palabra —sobre todo, entonces). De ahí que el primer mandamiento sea leído como profecía: terminarás amándolo. En Israel, mandato y anticipación siempre fueron de la mano. Con todo, lo que acaso estuvo por aclarar es que esto solo es posible abrazando —o dejándose abrazar: Dios ama primero— por el cuerpo que lo encarna. Difícil amar a Dios si no es respondiendo a su entrega o sacrificio. Quien de entrada cree amarlo, no ama a Dios, sino su idea de Dios.

tiempo y verdad

junio 23, 2021 § Deja un comentario

Con el paso del tiempo, incluso las palabras verdaderas dicen algo muy distinto a lo que originariamente dijeron. Por ejemplo, la proclamación de la cruz como sacrificio redentor derivaba, inicialmente, de algo muy físico, a saber, la resurrección. Actualmente, dicha proclamación se ha convertido en una variante, pongamos por caso, del carácter curativo de la ascesis, al fin y al cabo, en un asunto interno. Así, el relato de la resurrección acaba entendiéndose como un modo de hablar. Pero no lo fue en un primer momento. En realidad, fue una visión. Sin embargo, no hay visión que no incluya un cierto saber —una ver como, una carga teórica, en definitiva, los presupuestos de una cosmovisión—. Y este es el problema.

santo vs sabio

junio 22, 2021 § 1 comentario

Para comprender la distancia que separa Atenas de Jerusalén basta con poner frente a frente la figura del sabio, tal y como la entendió el helenismo, y la del santo. En el primero, el horizonte es el de la autosuficiencia —un estar por encima de cuanto sucede—. O, como decía Lucrecio, el de poder contemplar el naufragio ajeno desde la atalaya del espectador. En el segundo, se trata de plegarse a la voluntad que se desprende de un Dios trascendente hasta rozar la nada —de instalarse en el sentimiento de una dependencia fundamental—. Para el sabio, el cosmos no tiene propósito. Es posible que las piezas encajen —puede que haya un sentido—, pero no para nosotros. En cambio, el santo se encuentra expuesto a la demanda insatisfacible que arraiga en los estómagos del hambre, una demanda que experimenta como la demanda misma de Dios. O el despreciado —y espontáneamente despreciable— nos incumbe, o no. Esta es la única disyuntiva, aquella ante la que se decide nuestra justificación. Para el sabio, por contra, lo único que está en juego es la libertad que se da como indiferencia ante lo que no importa sub specie aeternitatis (aunque desde esta óptica cuanto importa quede siempre en suspenso). En cualquier caso, lo que tienen en común ambas figuras es su extrañamiento del mundo (y, por eso mismo, un cierto sentido de la donación). Pues el todo nunca termina de ser el todo ni para el sabio, ni para el santo (aun cuando lo cierto es que no se sitúan de igual modo ante esta esencial incompletud).