Ludwig y Piero

noviembre 13, 2025 § Deja un comentario

A veces, el edificio se derrumba por un simple comentario… lo que suele avergonzar al arquitecto. Durante un tiempo, Ludwig Wittgentein estuvo convencido de que el lenguaje, una vez expurgado sus ambigüedades, reflejaba la estructura lógica de la realidad… como puede hacerlo una maqueta. Esta es, de hecho, la tesis del Tractatus. El economista Piero Schaffra, en una conversación que mantuvieron en Cambridge, se limitó a plantearle la siguiente pregunta: “pero ¿cuál sería la forma lógica de eso?” Wittgenstein, tras el comentario, tiró la toalla. Y si la tiró fue porque aceptó los límites del idealismo implícito de su propuesta. De haber leído a Kant, probablemente su respuesta habría sido que no es posible responder a esta pregunta.

Ciertamente, caben dos posibles respuestas. La primera es, precisamente, de corte kantiano: la forma lógica de la realidad es la que impone el lenguaje; por consiguiente, no hay forma de acceder al en sí al margen de las condiciones de posibilidad del conocimiento. La segunda, en cambio, nos empuja hacia Grecia. En concreto, hacia Platón. Es verdad que, donde el ego cogito deviene principio y fundamento del saber, Kant es el final. Sin embargo, otro gallo nos canta donde partimos del haber: hay el haber. Y aun cuando sea indiscutible que el haber en cuanto tal no se presenta al pensamiento bajo las formas de cuanto posee entidad —ni puede hacerlo—, también lo es que en cierto sentido hay el haber. La cuestión es en qué sentido. Ahora bien, una vez nos hacemos la pregunta, tarde o temprano, llegaremos a la conclusión de que el haber en cuanto tal —lo absoluto o absuelto del mundo— es, pero no existe; que la realización de lo absoluto exige su negación de sí. Hablamos, como es obvio, del sesgo dialéctico de la razón y, por eso mismo, de lo real.

Es posible que Hegel comprendiese mejor a Platón que muchos de sus comentaristas. Donde intentamos comprender el en sí desde el lado del sujeto, este en sí deviene el límite del conocimiento, la ignotum X de la experiencia. Pero donde intentamos comprender el en sí desde su lado, la conclusión será que si hay algo en vez de nada es porque (la) nada permanece… en la negación de sí que le es inherente, lo que, de hecho, nos deja en un estado de suspensión. O, por decirlo de otro modo, expuestos a la irresolución del mundo.

Fascinante.

madalenas

noviembre 12, 2025 § Deja un comentario

Los recuerdos hacen la vida más bella, pero solo el olvido la hace soportable.

Richard David Precht

excusas

noviembre 11, 2025 § Deja un comentario

¿El nihilismo? La excusa para que el nihilista se ponga a bailar. O para seguir comprando. Otro asunto es el nihilismo bíblico. Aquí, el nihilista tiene las manos encallecidas de cavar pozos para los sedientos. Y ello en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. Ciertamente, ante Dios, nos hallamos sin Dios. Pero, por eso mismo, enfrentados a Dios… esperando, contra toda evidencia, que, al final, la gracia no vaya de la mano del horror.

ahí arriba (y 2)

noviembre 10, 2025 § Deja un comentario

Si es verdad —y lo es— que los capaces de Dios son los que claman a Dios por Dios donde no parece que haya Dios, ¿cómo podemos creernos capaces de Dios donde damos por descontado al dios que nos atiende desde su más allá? ¿Acaso no sufriremos del mal de las primeras filas (Lc 18, 9-14)? ¿Es que Dios no respondió al clamor de los sin Dios con un crucificado en su nombre?

Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (addenda)

noviembre 9, 2025 § Deja un comentario

Vamos a proponer algunas notas al pie, por aquello de seguir pensando.

1— Hay lo real en sí —lo absoluto. Porque hay el haber de las cosas, hay el haber en cuanto tal —el puro haber. Este es independiente de su realización o modo. Ahora bien, esto significa que el puro haber carece de forma. ¿Cómo entender que el puro haber sea… sin tener ningún aspecto? Y es que nada es que no posea una forma o aspecto—que no sea en concreto. ¿Cómo podemos decir, entonces, que el puro haber es no siendo nada? ¿Acaso podríamos sostener que es… aun cuando no exista?

La respuesta pasa por tener en cuenta que el hecho de que nada sea al margen de su forma o aspecto implica que no hay nada real que no se realice en lo concreto o particular. Por consiguiente, la cuestión de fondo sería ¿cómo se realiza lo absoluto de un puro haber? Decíamos: el puro haber, en sí mismo, es no siendo nada. Se trata de pensar esta fórmula hasta el final.

El puro haber no es nada en concreto. Pero, en cierto sentido, es. ¿De qué estamos hablando entonces? La respuesta es que la realidad del puro haber, en cierto sentido, es la de lo posible. Sin embargo, debemos aclarar en qué sentido hay lo posible. Pues no se trata de lo que aún no existe, pero que, en tanto que concebible, podría existir… como podemos decirlo, por ejemplo, de la representación mental de un unicornio. El carácter posible de lo absoluto no es pensable como contenido mental. Pues el haber es lo absolutamente primero. O por decirlo con otras palabras, que podamos concebir lo que aún no existe —el unicornio de antes, por ejemplo— presupone el haber. Ahora bien, tampoco es que primero haya el haber y, posteriormente, el haber de las cosas. El puro haber, en sí mismo, no es nada. De ahí que la relación entre el haber en cuanto tal y el haber de las cosas solo pueda comprenderse como las dos caras de lo mismo. No hay realidad que no se realice. Por tanto, el haber de las cosas es la realización del haber… es decir, la realización del no es nada del haber.

La nada no es. De acuerdo. Sin embargo, el puro haber es no siendo nada. De otro modo, es… que no (sea nada). La realidad del puro haber —lo absoluto— debe comprenderse, por consiguiente, como la negación de sí de la nada. Esta negación —el acto originario, algo así como un big bang metafísico— abre el campo de lo posible, es decir, del mundo. En definitiva, se trata de comprender que la realización de lo real absoluto —del puro haber— pasa por su negación de sí, por el retroceso o paso atrás de, precisamente, lo real absoluto. El haber del puro haber es el de una negación de sí en la dirección de lo otro de sí mismo: la perspectiva, lo particular o relativo. En definitiva, en la dirección del tiempo. El tiempo es el otro lado de la negación de sí inherente a lo absoluto. Pues tiempo significa nada permanece. Y, ciertamente, la nada permanece en su realización como mundo —en lo que, precisamente, la niega.

¿Qué tiene que ver lo anterior con la tesis de que el Bien, según Platón, sea lo más? Veamos. La nada no es… ni puede ser. Consecuentemente, la nada del puro haber —el que sea no siendo nada— equivale a debe ser algo, en definitiva, al Bien. Pues el Bien es lo que debe ser o acontecer. Así, porque el puro haber carece de forma o modo de ser, Platón dirá aquello de que el Bien — en nuestros términos, el puro haber— se encontrará, como quien dice, más allá de la esencia. Y teniendo en cuenta que referirse al Bien equivale a referirse al ser en cuanto tal, ser y deber ser —lo real en sí y la exigencia de realización— son dos caras de lo mismo.

Sin embargo, que el Bien o absoluto carezca de esencia —que sea poder de ser— ¿significa que todo es posible? No, estrictamente. Que el Bien esté más allá de la esencia —del modo de ser— no implica que carezca de definición. En realidad, el Bien es idea. Y sI hay definición es porque hay exclusión. Pero la definición del Bien o lo absoluto no es como cualquier otra. Esto es, no delimita una porción del mundo frente a otra —por ejemplo, los animales frente a los vegetales. ¿Qué excluye, por tanto? La respuesta es simple: la contradicción, la nada. De hecho, esta exclusión es el envés de la doble negación.

No obstante, esta exclusión preserva lo que excluye. Tampoco podría ser de otro modo si el mundo es la realización de la nada de un puro haber —de la realización que consiste en su negación de sí. Así, el puro haber —su nada—permanece como lo que fue dejado atrás en el aparecer del mundo. Y esto es, como decíamos, el tiempo.

2— Que lo que debe ser —el Bien— sea que lo que debe ser nunca sea por entero ¿acaso no implica que nuestra aspiración a lo inmaculado sea un error de perspectiva, una ilusión optica? ¿No deberíamos, por el contrario, aceptar que nunca habrá luz sin oscuridad? Un mundo en donde todo fuese bien-estar ¿no sería irreal?

De hecho, intentamos que haya más luz que oscuridad —más justicia que injusticia. ¿Cómo entender esta intención? ¿Acaso solo tiene que ver con nosotros —con nuestras preferencias? Ciertamente, para que en el mundo haya bien, juisticia, belleza… tiene que haber mal, injusticia, fealdad. La cuestión es en qué grado. Ahora bien, el grado no se decide en relación con el Bien, que está, como ya dijimos, más allá de la esencia, sino en relación con una de sus focos, el bien modélico o ejemplar, el cual se encuentra culturalmente determinado. Podríamos decir que el bien modélico es perspectiva del Bien. Y, al menos de entrada, estamos atados a la perspectiva.

Algo parecido podríamos decir en relación con la Belleza, la cual, según Platón, es otro modo de referise al Bien. Como dijimos, lo bello absoluto es lo que, reclamando poderosamente nuestra atención, nos paraliza. Pero, como también dijimos, aquí cabe tanto la diosa como el monstruo. Y por eso mismo, una diosa nunca termina de serlo… al igual que el monstruo. Si intentamos aproximarnos a la diosa y huir de lo monstruoso es porque, al fin y al cabo, el cuerpo va en la dirección de lo saludable, por así decirlo, no en la de la verdad.

parodia

noviembre 8, 2025 § Deja un comentario

Las cosas que buscamos no se encuentran donde están. Y están ahí, a mano.

Hegel y la teología

noviembre 7, 2025 § Deja un comentario

Suele decirse —y en cierto modo es así— que el pensamiento de Hegel es teología cristiana en clave racional. Sin embargo, también podríamos decir que la teología cristiana es el ejercico de la razón en clave mítica —o metafísica como ontoteología. No en vano Platón —mejor dicho, el último Platón— ya lo dijo todo.

Sin embargo, lo que no vio Platón fue que el envés de Dios como posibilidad de Dios —como su poder de ser— era su encarnación.

ahí arriba

noviembre 5, 2025 § Deja un comentario

Hablas con Dios y crees que Dios te escucha. ¿Dios?

Es verdad que el de Nazaret fue diciendo aquello de que pedid y se os dará. Pero a él se le dio el cáliz que no pidió, aun cuando aceptó.

Más aún: cómo te quedas creyendo que Dios te escucha, sabiendo que hay tantos que muerden el polvo clamando a Dios por Dios.

epistemología y crítica a la metafísica

noviembre 4, 2025 § Deja un comentario

La crítica de la metafísica —a saber, de la reflexión que apunta a lo que, en tanto que fundamento de cuanto es, se encuentra, por así decirlo, más allá del ente y, por eso mismo, coquetando con la nada— solo fue posible donde la cuestión primera pasó a ser, no ya cómo es que hay algo en vez de nada, sino cómo es posible el conocimiento. Esto es, donde la certeza de ego cogito desplazó la primacía, tanto ontológica como epistemológica, del haber. De ahí que el empirismo, siguiendo el rastro del nominalismo medieval, pudiera defender la tesis de que la sustancia —el lo que de lo que se manifiesta o hace presente— no es más que un constructo de la mente, el resultado de determinadas operaciones mentales.

Eppur si muove. Quiero decir que incluso Descartes tuvo que admitir que no es posible afirmar la primacía epistemológica del ego cogito si no es admitiendo la primacía ontológica de una pura exterioridad. Y es que el envés de la limitación temporal de la certeza de sí —el mientras del mientras pienso— es lo que hay más allá de, precisamente, dicha limitación. Aunque este lo que sea el de un simple afuera.

Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (y 3)

noviembre 3, 2025 § Deja un comentario

Al emplear la palabra idea Platón no pretendió darnos a entender que lo que ejemplificaban los cuerpos bellos o las decisiones justas sea simplemente una noción o concepto mental. Hay cuerpos bellos porque hay belleza y no tan solo una definición de diccionario o un patrón mental, culturalmente establecido. En esto, Platón se opuso a los sofistas.

Nadie niega que si cabe discutir sobre lo bello, lo justo, el bien… es porque las diferentes sensibilidades u opiniones acerca de lo justo, bello, bueno… comparten una misma definición de la belleza, de lo justo o de lo bueno. De hecho, se discute sobre lo justo, bello, bueno… Para los sofistas, no obstante, la definición, y debido a su carácter formal o vacío de contenido, no remite a nada real. Se trata simplemente de definiciones que van con el ejercicio de la razón. Y, por eso mismo, poseen un alcance general. Demasiado general. Así, sería irracional decir, como señalaba en la entrada anterior, que lo justo fuese darle a cada uno lo que no se merece. No hay modo de sostener que esto último sea una concepción particular de lo justo. Sin embargo, de la definición formal de lo justo —darle a cada uno lo que se merece— no se desprende qué se merece cada uno. Y de ahí que discutamos a menudo sobre lo justo.

Por consiguiente, la definición de lo justo , y debido, precisamente, a su carácter meramente formal, no supone, según los sofistas, que haya algo así como la justicia. Tan solo las leyes o decisiones que consideramos, convencionalmente, justas… conforme a una determinada sensibilidad. No hay hechos —decisiones o leyes objetivamente justas— a los que podamos referirnos a la hora de zanjar de una vez por todas nuestras disputas en torno a lo justo… como sí cabe apelar a los hechos cuando discutimos sobre si el líquido que hay en el vaso es agua o ginebra. De ahí que nuestras disputas sobre los asuntos político-morales sean interminables.

Platón, en cambio, sostuvo que, aun cuando, efectivamente, no haya decisiones o leyes indiscutibles justas, hay justicia… por encima de las decisiones más o menos justas. O belleza por encima de los cuerpos bellos. Las ideas no son simplemente definiciones formales… que nos permiten discutir sobre lo justo, lo bello, lo bueno. Sin embargo, lo que no dirá es que haya la justicia, la belleza, el bien… flotando por encima de nuestras cabezas como entes espectrales, aunque, a veces, una lectura despreocupada de sus primeros diálogos, la que encontramos en muchos manuales, nos dé a entender que es esto lo que dijo Platón. Más bien, lo que defendió, y frente a la sofística, es que referirse a lo real en sí mismo equivale a referirse a lo justo, lo bello… en definitiva, al Bien —a lo que debe ser. De ahí que la idea —el en sí— posea un carácter normativo o, en los términos de Platón, paradigmático.

Así, lo justo es, en sí mismo, exigencia de lo justo. Al igual que, en sí mismo, lo bello es exigencia de lo bello. El haber de lo justo equivale, por tanto, a debe haber lo justo. El haber de lo bello, a debe haber lo bello. Es por eso que tradicionalmente la idea se ha entendido también como ideal. Sin embargo, conviene subrayarlo, se trata de un ideal.. sin aspecto, de una pura exigencia. Y es que el aspecto implica concreción. Los ideales de justicia o belleza culturalmente determinados ya suponen una delimitación particular de la exigencia absoluta de lo justo o lo bello. Por encima de los patrones culturales de justicia o belleza, sigue habiendo las ideas de justicia o belleza, esto es, el en sí de lo justo o bello. Como vimos en la entrada anterior, lo único que excluye las ideas de lo justo o lo bello… es la contradicción, lo imposible, al fin y al cabo, la nada. Y en cada caso, respectivamente, lo imposible, por ininteligible, es que debamos darle a cada uno lo que no se merece o que haya lo que, no exigiendo nuestra atención, nos paralice.

En términos generales, podríamos decir que el en sí —lo real al margen de su realización— sería exigencia… de realización. De ahí que, según Platón, el debe ser —el Bien— y el en sí de cuanto es en tanto que es —el Ser— sean dos caras de lo mismo. En el esquema de Platón, la idea de Bien, como sabemos, es la idea suprema, aquella de la que participa cuanto existe. O por decirlo con otras palabras, la realidad en su carácter otro o absoluto —el ser en cuanto tal— es exigencia de ser algo en particular. Podríamos decir que lo absoluto es únicamente exigencia de hacerse presente. O, puesto que todo se hace presente en relación con un punto de vista —esto es, relativamente—, la exigencia inherente a lo absoluto es la de una negación de sí. Hay lo absoluto. Pero lo absoluto es negación de sí. Y por eso mismo, hay lo que hay, a saber, mundo. Veamos esto último con más calma.

Exigencia es, por defecto, posibilidad. Ahora bien, posibilidad, en griego, significa poder de ser, poder de realización, en definitiva, deber ser. Así, lo real, al margen de su realización, es un tener que realizarse. De ahí que nada es que no se haga presente. Y, por eso mismo, no se trata de una posibilidad que sea temporalmente anterior a su realización. Pues de serlo, entonces sería algo, aunque fuese etéreo o espectral. Y no lo es. No obstante, comprender de qué estamos hablando en última instancia supone reflexionar sobre qué significa decir que la nada no es. Y a partir de ahora la zona se vuelve pantanosa. Más aún.

El punto de partida es que hay cosas —hay lo que podemos ver y tocar. Así, lo que tienen en común las cosas que hay es, precisamente, el haber. Interrogarse por lo real al margen de su realización equivale, por tanto, a interrogarse por el haber en cuanto tal —por el puro haber. Sin embargo, el puro haber —el en sí de lo que hay en tanto que es— no es nada en concreto. De enfrentarnos a un puro haber, si eso fuera posible, nos enfrenteríamos a la nada —a una oscuridad y silencio absolutos. Ahora bien, la nada no es nada. ¿Cómo integrar que el ser —el en sí absoluto— sea poder de ser con que la nada de un puro haber no sea, precisamente, nada?

La respuesta es lógica —y no puede dejar de serlo… teniendo en cuenta que razón y ser son lo mismo. Veamos. Porque hay el haber de las cosas hay el haber en cuanto tal. Pero el haber en cuanto tal —el puro haber, el en sí de cuanto es en tanto que es— no es nada. Como decía en la entrada anterior, oscuridad y silencio absolutos. Podríamos decir que el puro haber es no siendo nada. Ahora bien, que la nada de un puro haber no sea nada entraña una doble negación. (La) nada no es, el puro haber no (es nada). Y una doble negeción equivale a una afirmación. Que el puro haber sea no siendo nada significa, por tanto, que tiene que haber algo. El poder de ser es inherente, como decía, a que la nada no pueda ser. La clave de este embrollo pasa por comprender que el poder ser es interno a que el puro haber sea no siendo nada. En este sentido, podríamos decir que la negación de sí es inherente al puro haber —a su nada. El puro haber —el en sí de lo que es en tanto que simplemente es o está ahí— es exigencia de realizarse como haber de las cosas, de lo particular. Hay mundo —hay el haber de las cosas— porque la nada de un puro haber es negación de sí —y, consecuentemente, poder de ser. O por jugar significativamente con las palabras: el puro haber en absoluto es. Es decir, en modo alguno es. Y por eso mismo, es absuelto del mundo. La trascendencia de lo absolutamente otro es el envés de su negación de sí.

No obstante, y por seguir desliando la madeja, que el fundamento del mundo sea la negación de sí de la nada de un puro haber —de lo que es absolutamente— implica que (la) nada termine de ser. Que la nada de un puro haber se realice como negación de sí significa que el haber de lo que hay no acabe siendo un puro y eterno haber. Nada permanece. Es decir, la nada permanece en su negación de sí. Y esto es el tiempo: la realización de la nada como algo que pasa.

Al final, el resultado de la reflexión extrema es tan elemental que cuesta comprenderlo. ¿Por qué hay algo en vez de nada? Porque la nada no es.

Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (2)

noviembre 2, 2025 § Deja un comentario

Las cosas siempre se nos presentan bajo una forma o aspecto. Esta forma o aspecto es un modo de ser, literalmente, una determinada realización —un cierto hacerse presente— de lo que es.

Así, el modo o la forma de ser difiere de aquello que constituye, precisamente, su modo. Hay un hiato —una discontinuidad— entre lo que se hace presente y el modo —el aspecto, la forma— en que se nos muestra o aparece. De ahí que el lo que de lo que se hace presente —el en sí— carezca de forma. Y sin forma, no hay entidad.

En cierto sentido, podríamos decir que el ser —lo real con independencia de su realización, esto es, en tanto que lo otrotrasciende el modo de ser, su realización como algo determinado o cosa. Por eso mismo, la “realidad” del en sí se revela al pensamiento como abstracta, esto es, como abstraída —separada— de lo concreto. El término tradicional que apunta al carácter abstracto de lo real al margen de su realización es absoluto. Pues absoluto significa, originariamente,absuelto. Así, lo real, al margen de su realización, sería lo absuelto del mundo… y, en definitiva, de la existencia. Y es que tan solo existe lo concreto o particular. Podríamos decir que lo absoluto es no siendo nada. Ahora bien, ¿cómo es posible que sea lo que carece de forma y, por eso mismo, no existe? ¿Cómo entender que lo absoluto sea no siendo nada… si es que cabe entenderlo?

Según Platón lo real, al margen de su realización en lo concreto o particular, es idea. Sin embargo, regaríamos fuera de tiesto si entendiéramos que, en Platón, idea significa contenido mental. Pues, si la idea fuese en primer lugar un contenido mental, la pregunta sería qué realidad se corresponde con la idea de ser. Y esta no es la pregunta de Platón, sino la de la filosofía moderna. El término idea apunta, por consiguiente, al carácter abstracto o absoluto de lo real en sí. El punto de partida no es el contenido mental —las representaciones de la conciencia—, sino el haber: hay el haber de lo que hay. De lo que se trata es, precisamente, de pensar en qué consiste —si es que posee alguna consistencia— lo real independientemente de su modo de ser, al fin y al cabo, la consistencia de lo absoluto —de la idea. Esto es, qué sería el haber en cuanto tal, al margen del haber de las cosas.

Dando por sentado que lo real es lo que se hace presente de un modo u otro, podríamos empezar preguntándonos qué se hace presente, por ejemplo, en un cuerpo bello, en tanto que bello. La respuesta, sin embargo, es elemental: lo que se hace presente en un cuerpo bello, en tanto que bello, es la belleza. Así, lo real de los cuerpos bellos, en tanto que bellos —el lo que de lo que se hace presente en todo cuanto se nos presenta como bello—, sería, precisamente, la belleza. Ahora bien, la belleza que los cuerpos bellos muestran no les es inherente o propia. Si lo fuera, entonces los cuerpos bellos serían siempre bellos —o bellos desde cualquier punto de vista, esto es, absoluta o incondicionalmente bellos, en vez de relativamente bellos. Pero no es el caso. No hay cuerpo bello que lo sea siempre o desde cualquier punto de vista. En general, nada nunca por entero. Al fin y al cabo, todo se encuentra sometido al tiempo: todo pasa, todo va dejando de ser… como la sal que se disuelve en el océano. Y cuanto no es por entero, estrictamente, no es.

Por eso mismo, Platón dirá que los cuerpos bellos participan de la belleza que representan o realizan. De ahí que los cuerpos bellos sean aparentemente bellos. Y lo son en un doble sentido. Así, son aparentemente bellos porque en los cuerpos bellos aparece, ciertamente, la belleza. Pero también son aparentemente bellos, porque en realidad no lo son. Pues la belleza tan solo se muestra en ellos hasta cierto punto o medida, esto es, nunca por entero o absolutamente. Y, como decíamos, lo que no termina de ser, estrictamente, no es. Nadie diría, por ejemplo, de alguien que no acaba de ser simpático que, efectivamente, lo sea. Es verdad que cualquier simpático nunca termina de serlo. Sin embargo, decimos que lo es cuando su simpatía es más frecuente que su contrario. Al fin y al cabo, un simpático, en cualquier caso, se muestracomo si fuera simpático. Dejarse llevar por las apariencias supone confundir lo que es con el como si fuera. Estas poseen, por tanto, un carácter ambivalente —un sí, pero no. Y de ahí el término participación. A la hora de aclarar lo que significa participar, Platón recurrirá a un símil: las cosas son como copias imperfectas de la realidad que representan o realizan.

Aun así, la pregunta fundamental sigue en pie: ¿cuál es la consistencia de la belleza, al margen de su realización en los cuerpos bellos? ¿Qué sería la belleza en sí misma? ¿Cuál sería su esencia, un término que hizo fortuna en el pensamiento occidental como equivalente a idea? En definitiva, ¿qué cabe decir al respecto? La respuesta típica es que la idea es su definición, la cual, según la interpretación habitual de Platón, estaría en su mundo, como si se tratase de un ente espectral. En el caso de la belleza, lo que podríamos decir es que, en cuanto tal, es lo que, reclamando poderosamente nuestra atención, nos paraliza.

Sin embargo, la definición de belleza no es, contra lo que inicialmente pudiéramos suponer, una definición . Es decir, no proporciona una delimitación. Pues tanto remite a los cuerpos canónicos—actualmente, los cuerpos Danone—… como a su contrario, al cuerpo monstruoso. La definición de la belleza —su realización— son, precisamente, los cuerpos bellos. Ahora bien, todo cuerpo es bello… conforme a la lo que la belleza es. Que, de hecho, distingamos entre cuerpos más bellos que otros —entre los modélicos y los que no— tiene que ver, como sostuvieron los sofistas, con lo que nos parece en un momento dado. Esto es, con la convención social, y no con la realidad —la idea— de lo bello.

Algo parecido podríamos decir de la idea de justicia: su definición, a saber, darle a cada uno lo que se merece, no define —no determina, no decide— qué se merece cada uno. La determinación de lo justo, su concrecion, dependerá de lo que nos parezca justo. Esto es, no dependerá de la razón, sino de la sensibilidad. Y si esto es así, entonces tanto podemos condenar a alguien como absolverlo… por lo mismo.

Ahora bien, lo cierto es que no cualquier decisión puede valer como justa. Pues si un juez, a la hora de pronunciar un veredicto, dijera de quien es juzgado que se merece una condena y que, por eso, lo absuelve, nadie entendería nada. Sencillamente, lo anterior no es posible… por irracional. Algo parecido podríamos decir también acerca de la definición de belleza: lo que reclama poderosamente nuestra atención y, en consecuencia, nos paraliza excluye, precisamente, que haya lo que, paralizándonos, no reclame poderosamente nuestra atención. Esto es, que haya la nada. Pues en la nada, nada hay que podamos atender.

La conclusión es, sin duda, paradójica, por decir sumamente desconcertante. Por un lado, la definición de la idea no define o delimita. Así, por ejemplo, la definición de belleza, como veíamos, admite tanto el cuerpo Danone como su contrario, el monstruoso. Pero, por otro, no todo es posible en relación con la definición. Hay, por tanto, cierta delimitación. Como si el carácter abierto de la definición de lo que es negase, precisamente, lo imposible, la contradicción, en definitiva, la nada. En cierto sentido, podríamos decir que la definición —la idea, el en síes la negación de la nada. Y esto es lo posible, un deber ser —en platónico, el Bien. La cuestión es cómo entender la realidad de lo posible —la realidad del Bien.

Y a partir de aquí ya entramos de lleno en la zona. Aunque, con lo anterior, ya hayamos puesto un pie.

Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (1)

noviembre 1, 2025 § Deja un comentario

Que nos preguntemos qué es, en sí mismo, lo que se presenta en perspectiva —que la pregunta sea posible—, presupone, al menos implícitamente, que hay algo así como un hiato entre el en sí mismo y su hacerse presente como algo determinado o concreto (y por eso mismo, siempre en perspectiva o relativamente). Dicho de otro modo, la pregunta presupone que, por un lado, habría el en sí y, por otro, su aparecer bajo una forma o aspecto. Platón, como sabemos, recurrió a la imagen de los dos mundos —el de las ideas y el de las cosas, el inteligible y el sensible— para ilustrar esta cesura.

El problema se plantea una vez caemos en la cuenta de que el en sí mismo, propiamente hablando, no es. Y esto porque solo es lo que se hace, de algún modo, presente —y el en sí difiere, precisamente, de su hacerse presente, de su particular modo de ser. De ahí que el en sí sea absoluto, literalmente, absuelto —separado— del presente y, por extensión, del mundo que nos ha tocado en suerte.

En consecuencia, podríamos sentirnos inclinados a creer que la pregunta por la realidad del en sí —por su qué es— carece de sentido. Sin embargo, hay el aparecer —hay la perspectiva—… y, por eso mismo, cabe interrogarse por aquello en relación con lo cual el modo de ser —la perspectiva— es, de hecho, un modo, al fin y al cabo, su concreción. De este impasse se desprende que el haber de este aquello —del en sí— no debe entenderse en los mismos términos que el haber de las cosas. Pues el en sí no es algo determinado. Ni puede serlo. El asunto es cómo comprender el haber del en sí, al fin y al cabo, el haber de lo que es no siendo nada en concreto.

novum

octubre 31, 2025 § Deja un comentario

La relación entre fe y religión sería análoga a la que mantiene lo nuevo con la novedad. Pues la novedad es el sucedáneo de lo nuevo como la religión lo es de la fe. Y es que la fe apunta a lo imposible —a lo que el mundo no puede admitir como posibilidad. Esto es, a un novum absoluto —y, por eso mismo, a lo otro par excellence. Sin embargo, no podemos permanecemos demasiado tiempo frente a la alteridad radical. Esto es, frente a la irreductible extrañeza del nadie aún. Hablamos, obviamente, del haber de Dios. De ahí la necesidad, en definitiva corporal, de sustituir a Dios por un dios a medida, lo cual supone reducir la alteridad a lo simplemente superior —o mejor dicho, a lo inconmensurablemente superior… por aquello de mantener un resto de alteridad. Ahora bien, dios aún está lejos de Dios. Pues la superioridad de dios, por muy inconmensurable que sea, aún es relativa. O por eso mismo: porque lo incomensurable sigue siendo, y por defecto, según medida.

todo y nada

octubre 30, 2025 § Deja un comentario

Si nada vale —si nada importa sub specie aeternitatis—, entonces todo vale —todo es aparición.

No obstante, tanto aparece el amanecer como la fosa abisal. La cuestión es si aparecen por igual. Y esto está por decidir. Pues mientras haya mundo, la sentencia de Is 45, 7 es, por así decirlo, apodíctica.

el poder que puede con el todo

octubre 29, 2025 § Deja un comentario

Decimos: el poder que puede con el todo —el poder omnipotente— no puede formar parte del todo. Sin embargo, este poder ¿acaso no podría entenderse como inherente al todo —como una especie de ley de la entropía? ¿Acaso la dialéctica no nos da a entender que hay fuego porque el fuego consume —niega—, precisamente, aquello que lo hace posible? Quizá. Sin embargo, la negatividad ineherente al todo no acabaría con el todo , sino en cualquier caso, con su orden. Pues permanecería la materia, aunque informe.

El poder que puede con el todo, por tanto, tiene que permanecer fuera del todo. Pero fuera del todo no hay nada. Hablamos, por tanto, del poder de la nada, literalmente, de su posibilidad. Esta sería absoluta. Pues absoluto significa absuelto, es decir, abstraído —y abstraído del mundo. Hay todo porque la nada es la definitiva posibilidad del mundo. Y porque esto es así, el mundo es gracia. A pesar del horror.

En realidad, el horror es el otro lado de la gracia. Is 45, 7.

filosofía política

octubre 28, 2025 § Deja un comentario

La filosofía política o es católica o no es política. Pues la cuestión de la política es qué debemos hacer donde lo que debemos hacer en nombre del bien común no es posible llevarlo colectivamente a cabo. Donde no tenemos esto en cuenta, la politica se muda en adanismo. Es como el arquitecto que debe erigir un edificio sobre arenas movedizas: que se equivocaría si comenzara a construir creyendo que la construcción, por si sola, transformaría las arenas en tierra firme.

Este tipo de política, típicamente revolucionaria, da por descontado que el cambio de las estructuras —diseñadas desde arriba— implica la modificación de la naturaleza humana. No hace falta decir que este tipo de política conduce al terror. Si la realidad no se adapta, entonces peor para la realidad. Hay una versión naïve: aquella que pone encima de la mesa una situación ideal… con el propósito de aproximarnos en la medida en que sea posible. Y aquí, ciertamente, nos ahorramos el temblor de piernas.

El problema de este tipo de planteamientos es que, al presuponer que la naturaleza humana es perfectible, no tiene en cuenta que, por las rendijas de las instituciones o leyes justas, tarde o temprano se colara la corrupción. Al final, dichas instituciones o leyes acabarán siendo la excusa de un poder que se ejerce invisiblemente desde la trastienda. Es como aquel que pretende adelgazarse haciendo dieta sin tener en cuenta que su exceso de peso es de origen endocrino… para el que no hay solución.

Por eso, lo de católica. Pues el catolicismo tiene muy presente que solo Dios puede remediarnos. Massa damnata. Hay que levantar el edificio con materiales defectuosos. La falta de realismo, como decía, lleva al desastre.

¿Qué diferenciaría, sin embargo, el realismo católico del realismo de Maquiavelo o Hobbes? A la hora de pensar la política, Maquiavelo, como sabemos, deja a un lado el bien o la justicia. Pues en política no hay más que lucha por el poder. Y el poder siempre se ejerce contra los más débiles. La referencia al bien o a la justicia estarían únicamente al servicio de la racionalización del ejercicio del poder. Desde la cruda realidad, el filósofo político no puede más que aconsejar sobre cómo conquistar el poder o preservarlo. Hobbes, por su parte, tampoco se hará muchas ilusiones. Pues la humanidad, teniendo en cuenta cómo es, no puede aspirar a mucho más que al orden. De ahí que, según Hobbes, debamos elegir entre la libertad o la paz social —y nos equivocaríamos si eligiéramos lo primero.

El realismo católico, sin embargo, cree que es posible que el ejercicio del poder, al fin y al cabo, de la violencia política se realice en nombre del bien y la justicia. Como si fuera necesario marcar líneas rojas —y hacerlas respetar— para que los drogadictos pudieran dejar atrás la droga que los degenera. ¿El problema? Que esta política exige un sacerdote al mando. Y el sacerdote, en política, no constituye una tercera vía. O está más cerca de Leviathán o del revolucionario. Es lo que tiene que el sacerdote también sea humano.

not religio

octubre 27, 2025 § Deja un comentario

Para comprender mejor por qué el cristianismo no es, estrictamente, una religión entre otras, basta con tener en cuenta que, tanto el docetismo como el arrianismo, acaso los dos corrientes cristianas que, durante los primeros siglos, a punto estuvieron de sobrepasar la interpretación que terminaría siendo la canónica —la que se cristalizó en la dogmática cristológica—, fueron, de hecho, una lectura religiosa del acontecimiento de la cruz. Y es que, tanto si Jesús es visto como Dios disfrazado de hombre, como si solo es admitido como hombre de Dios pero no como Dios —un hombre de Dios que, tras su muerte y por sus méritos, fue elevado a la altura de Dios… a la manera de los héroes de la antigua Grecia—, Dios permanece en la alturas como un Dios ya realizado, esto es, al margen de su encarnación. Ahora bien, no es esto lo que confiesa el cristianismo. El Dios verdadero y hombre verdadero del credo no hace buenas migas con la revelación. Y es que el Padre no es sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre. Y esto, evidentemente, no dejan las cosas de Dios como estaban.

Otro asunto es que el docetismo o el arrianismo hayan sobrevivido históricamente en la mente de muchos cristianos, bajo la forma de un cristianismo conservador o de izquierdas, respectivamente. De hecho, si hubo cristiandad es porque la Iglesia toleró de facto lo que de iure condenó.

sentir a Dios

octubre 26, 2025 § 1 comentario

La fe hay que vivirla. Dicen. Y en cierto modo es así. Sin embargo, en la promoción de la fe se insiste en el sentimiento. Así, solemos aplaudir a quienes manifiestan sentir a Dios. Y quien dice aplaudir dice poner como ejemplo. También tiene que ser así. Pues es una mala idea comenzar la casa por el tejado. No se les puede exigir a quienes comienzan a salir, pongamos por caso, que se amen de verdad. Pues el amor, de darse, siempre se dará a mitad de trayecto o, lo que es más común, en la tercera fase, cuando los amantes tienen algo que hacerse perdonar y no, meramente, disculpar. En los inicios, prevalece la ilusión del unboxing, la excitación corporal, el enamoramiento que pasa por amor —y es bueno utilizar esta palabra antes de tiempo… para que, precisamente, pueda haber amor, con el paso de los años.

¿El problema? Detenerse en el sentimiento. O creer que la experiencia consiste en el sentir que existimos bajo el amparo de Dios. Pero el sentimiento es frágil… salvo que sea terminal. De ahí que el sentir de los satisfechos poco tenga que ver con el de quien ha experimentado realmente a Dios. Al menos, porque la experiencia de Dios divide la existencia en un antes y un después. Nada volverá a ser como antes.

De hecho, la experiencia de Dios, la que nos obliga a dar el salto de la fe, tiene lugar, precisamente, cuando no hay sentimiento que la apoye. O mejor dicho, cuando el sentimiento es el de una profunda desolación o desamparo. Oscar Romero, antes de morir asesinado dando el pan de cada día a quienes no tienen pan, hacía meses que se sentía incapaz de sentir a Dios. Y es que Dios no pronunciará su Palabra, si antes el creyente no ha cargado sobre sus espaldas el peso de su silencio. Ninguna fe mientras no nos sangren las rodillas.

Al igual que los amantes que no superan la decepción que sucede al unboxing nunca sabrán qué significa amar, el creyente difícilmente podrá dar el paso de la fe donde siga creyendo que el sentimiento de hallarse bajo la presencia de Dios es el no va más de la experiencia de Dios.

Simple. Pero, a la vez, tan difícil. Pues tampoco es algo que podamos humanamente preferir: que pase de mí este cáliz.

felices

octubre 25, 2025 § Deja un comentario

Si le preguntas a la gente si es feliz, la mayoría no sabrá que decir. A menos, claro está, que nuestra vida sea una completa desgracia. Demasiadas cartas en la mesa como para una respuesta sin notas al pie. ¿En el trabajo? ¿Con la pareja? ¿Con uno mismo?

Sin embargo, la pregunta viene con un as bajo la manga. O tres. El primero tiene que ver con el hecho de que uno cae en la cuenta de lo feliz que ha sido solo cuando deja de serlo. Es como la salud: que apenas la valoramos mientras nos sentimos sanos. El segundo, con que tampoco podríamos soportar un mundo feliz. Demasiado azúcar —y el azúcar infla. El tercero, con que la felicidad se dibuja con trazo grueso. Al fin y al cabo, basta con hacer lo que uno quiere… lo cual no coincide con realizar cuanto uno desea o simplemente le apetece. ¿El problema? Que aun cuando no ignoramos qué deseamos o nos apetece, cuesta dar con lo que uno en verdad quiere.

También es verdad que siempre hay un pie que cojea. La clave es que no te importe. Y ello en nombre de lo que importa.

ateísmo, agnosticismo y religión

octubre 24, 2025 § Deja un comentario

Suelo decir que el cristianismo está más cerca del ateísmo que de la religión. La razón es que la religión, en general, suele responder a las preguntas últimas antes de tiempo. Y, desde la óptica cristiana, incluso la verdad de Dios se halla en manos de Dios, por así decirlo.

Sin embargo, ¿por qué ateísmo y no agnosticismo? Acaso porque el agnosticismo deja la puerta a que haya algo más allá. Es decir, admite la posibilidad de que la religión dé en el clavo. Ahora bien, es posible que la religión dé en el clavo. Pero aún no será el clavo de Dios.

Y es que cuestión, diría, no es que haya algo más, sino si, al final, podremos vivir en paz, como hijos de un mismo padre. Que Caín no vuelva nunca más a alzar su mazo contra Abel. De haber algo más ahí arriba , no sería Dios, sino a lo sumo dios. Y esta es la cuestión porque, para la tradición bíblica, la realidad de Dios, su extrema trascendencia, no tiene nada que ver con más de lo mismo, pero a lo grande y ahí arriba, sino con la promesa —el por-venir— de Dios. El asunto se las trae. Al menos, porque la realización de Dios —su presentarse— va con el final del mundo. El haber de Dios nunca fue el de los entes. Ni siquiera donde añadimos superiores.

De ahí que, desde los comienzos, el horizonte de la esperanza creyente fuese una nueva humanidad, la recreación, un reset de dimensiones cósmicas, en definitiva, la resurrección de los muertos. Hablamos, sin duda, de lo increíble por imposible. Es en este sentido que me refiero a la la proximidad con el ateísmo. Y es que sostener que no podemos esperar nada más allá, salvo lo imposible, es casi como decir que no hay nada que esperar. Y sin el casi, de entender el cristianismo como la gran ironía de Occidente.

Quizá no sea causal que la revolución sea un asunto de raíz cristiana. Pues revolución significa hacer tábula rasa del pasado para comenzar de nuevo. Pero nada nuevo puede surgir de unas manos que aún conservan los restos de la sangre de Abel. Sencillamente, sin Dios, Nietzsche tiene razón. No esperes más que la reiteración, los mismos perros, con distintos collares.

¿El problema? Que no vamos a refutar a Nietzsche donde nos limitamos a decir aquello de siento que hay un Dios que me ama locamente. Quiero decir que el cristianismo tiene sus días contados donde se limita a cultivar el narcisismo espiritual. A menos que se conforme con la secta, renunciando a su catolicismo. Sin duda, es posible que sobreviva su ethos. Pero sobrevivirá, sin la excusa de Dios. Es decir, con culpable ingenuidad.

los malos

octubre 23, 2025 § Deja un comentario

Hay quienes parece que disfruten haciendo daño. Son los malos. Espontáneamente, podríamos decir que hay buena hierba y mala hierba, quienes nacen predispuestos a la bondad, y quienes se sienten inclinados hacia el mal. Sin embargo, muchos creen que la maldad es algo así como una crosta de la que podríamos desprendernos; que, en el fondo de cada uno, habita el amor al bien. La pregunta es si esto es así o, más bien, estamos ante una creencia en la que necesitamos creer, un trankimazin.

En cualquier caso, lo cierto es que, cristianamente, cabe una condena eterna —cabe el irredimible. Pues aún podemos rechazar la redención que se nos dio de antemano. Así, podría suceder que el soldado que sigue con vida gracias a sangre de su víctima —la sangre que ahora corre por sus venas—, coja de nuevo el fusil para terminar el trabajo. Es posible volver a crucificar a Dios, la posesión demoníaca. Freud nos habló de la pulsión de muerte. Probablemente, no regase fuera de tiesto. En este sentido, recuerdo aquel fragmento de Ernst Jünger en el que sintetiza su paso por las trincheras de la guerra del 14: la primera muerte no puedes soportarla; con la segunda, te acostumbres; la tercera la deseas.

Ahora bien, para que pudieran haber ángeles de Dios, uno tuvo que caer, el más lúcido, el que siempre niega. Y caer junto a Dios, tal y como podemos leer en el Libro de Job.

Todo lo profundo siempre fue muy extraño.

lecciones del Gólgota

octubre 22, 2025 § Deja un comentario

Frente a la hipótesis, la suposición, ¿qué es la fe? Simple: seguir confiando donde ya no somos capaces de seguir confiando. Fe es fidelidad al amo… donde el amo parece habernos abandonado. Y una fidelidad confiada en que finalmente no sea así. Ciertamente, hablamos de algo que anda rozando lo insensato.

Así el creyente confía en que, al final, el verdugo no se saldrá con la suya… a pesar de que las evidencias le dan a entender lo contrario. Y a pesar también de que ignore el cómo. El horizonte de la fe, por tanto, es la liberación, un mundo en el que la impiedad quede sepultada por la bondad. En definitiva, una nueva humanidad —el Reino. Y aquí sigue habiendo mucha insensatez.

Sin embargo, aún podemos hacernos un par de preguntas. Si la fe presupone un amo —un Señor—, en definitiva, una situación de dependencia, quien, por carácter o modernidad, no admite hallarse en manos de ¿podrá dar el paso de la fe? Esta ¿acaso no exige un sujeto infantil? Por otro lado, de realizarse la esperanza creyente, ¿hasta cuándo podríamos soportar un mundo sin sombra?

Con todo, estas preguntas no se las hace el desesperado, el que se encuentra en la situación de creer. Pues la fe, a diferencia del mapa mental, es un clamor que da un paso al frente. Ahora bien, por eso mismo, el sentido de la fe no pertenezca a quien da el paso. Salvo que regrese con vida de la muerte. Pero este ya es otro cantar.

tan lejos, tan cerca

octubre 21, 2025 § Deja un comentario

No tengo claro que ver desde lejos —desde la grada del dios— suponga ver más claro. Con más frialdad o desinterés, sin duda. Pero no, con mayor claridad. Pues la lucidez acontece en medio de un ambiente sumamente denso, donde apenas penetra la luz. Me explico.

Supongamos que alguien hubiera estao dos veces a punto de irse de este barrio. Y que, en cada una de ellas, no se hubiera ido de los nervios. Desde la distancia, alguien podría haber dicho este tío no teme morir. SIn embargo, también es posible que no se lo creyera del todo, a pesar de los indicios. Si le preguntásemos, siendo consciente de esto último, cómo vivió esos momentos terminales, acaso no sabría qué decirnos. Posiblemente, hubiese un poco de todo. Quizá podría creer, visto lo visto, que a la tercera —y en esta suele ir la vencida—, no le temblarán las piernas. Pero no lo sabrá —y de ello estará seguro. Es lo que tiene la lucidez.

En lo más íntimo, cualquier sinceridad deviene una docta ignorantia. O lo que es lo mismo, en los recovecos del alma topamos con esa densidad que ningún bisturí podrá diseccionar. Como si el silencio que abraza cuanto es solo pudiera realizarse en un mar de aguas turbulentas —y, por eso mismo, ensordecedoras. Al fin y al cabo, la realidad exige ser encarada —y no diseccionada. De diseccionarla, no obtendremos más realidad, sino esa abstracta simulación que nos permite dominarla. Y una realidad dominable —y, por eso mismo, modificable— no es aún real. Pues aún es algo.

simul

octubre 20, 2025 § Deja un comentario

Que en la vida hay quienes salen ganando y quienes pierden —quienes someten y quienes viven sometidos, quienes cuentan y quienes no— es algo que se ve a lo lejos cuando todo a nuestro alrededor está en orden. Un trabajo digno —o más que digno—, unos hijos que crecen saludables y sin preocupación… al fin y al cabo, una amable rutina, un hogar. Para quienes vivimos en la posición de confort, el cristianismo es un mapa mental que, con la excusa de Jesús de Nazaret, promueve los buenos sentimientos. Hay otros mapas. En los setenta, se hablaba de cristianismo burgués.

Sin embargo, la revelación —la que te deja en un estado de suspensión— solo alcanza a quienes viven a flor de piel el haber sido expulsados del mundo, el derrumbe de los cielos. Y por nuestra violencia, la cual también está hecha con los materiales de una desahogada indiferencia.

¿Estiércol? Sin duda. Pero aquí hay que tener presente que no hay flor que crezca donde la tierra no ha sido abonada. Como también es cierto que demasiado estiércol quema la planta. Simul.

de la misma naturaleza

octubre 19, 2025 § Deja un comentario

El Credo, como sabemos, declara que el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre. El asunto se las trae. Pues si partimos del Padre, es decir, si asumimos el presupuesto de la sensibilidad religiosa —Dios, arriba, siendo un ente aparte, y la humanidad, abajo—, entonces fácilmente caeremos en la lectura doceta de la Encarnación: Jesús de Nazaret es, sencillamente, Dios… solo que con un disfraz humano. Como sabemos, esta lectura fue rechazada por la Iglesia, casi desde el principio. Pues, de ser así, lo que quedaría comprometido es, precisamente, aquello de y hombre verdadero.

Por tanto, si la Encarnación es el hacerse hombre de Dios, entonces la naturaleza de Dios, su modo de ser, no es anterior a este hacerse hombre. En cualquier caso, lo anterior sería la voluntad de Dios —la voluntad que es Dios en sí mismo— de reconocerse en su imagen, en definitiva, su kenosis. El crucificado no fue el avatar de Dios, sino su quién.

Ahora bien, entender esto último supone entender que el que Dios sea un Dios con cuerpo —y un cuerpo humano— no significa, simplemente, que Dios sea simplemente humano, ni mucho menos que el hombre sea Dios: significa que Dios es ese hombre que cuelga de una cruz, el abandonado de Dios que, con todo, permaneció fiel a Dios. No hay otro Dios.

Ciertamente, es más fácil, religiosamente hablando, seguir con la interpretación doceta —o, en su defecto, arriana. Y, por eso mismo, la Iglesia ha perdurado a lo largo de dos mil años porque pastoralmente toleró las herejías cristológicas que oficialmente tuvo que condenar para preservar la revelación. Al fin y al cabo, la verdad solo sobrevive históricamente a costa de su simulación.

escepticismo y verdad

octubre 18, 2025 § Deja un comentario

La filosofía, como suele decirse, nace del asombro —¿por qué el haber y no más bien nada? Sin embargo, se trata de un asombro que conduce al escepticismo. Al fin y al cabo, cualquier seguidor de Sócratres acabará por confirmar la sentencia del maestro: al fin y al cabo, lo único que sé es que no sé nada. Ahora bien, el escepticismo socrático no es —o no solo— el resultado de una falta de pruebas, sino de un haberse expuesto a la trascendencia del carácter absoluto de un puro haber. Así, hay verdad —hay el haber, la pura exterioridad, lo absolutamente otro de la existencia—, pero no para nosotros. Para nosotros, la realización de lo verdadero, esto es, las apariencias, el tiempo, el que todo sea no siendo. En definitiva, el mundo.

Y como siempre: una cosa es tomar nota de lo anterior y otra, muy distinta, haberlo incorporado.

examen y libertad

octubre 17, 2025 § Deja un comentario

Cuandon Platón escribe hacia el final de su Apología que una vida examinada tiene más valor que una sin examinar está distinguiendo —es obvio— entre dos modos de estar en el mundo. El primero es el más común. Pues consiste en vivir sometidos al mapa mental, la suposición, la doxa. Así, a la mayoría le basta con creer que será feliz si consigue lo que desea, que vive bajo el amparo de lo divino o que es libre porque puede saltar las vallas. En estos casos, nadie se hace la pregunta sobre si es verdad que la felicidad depende de poder realizar cuanto deseamos, si realmente seguimos amparados por el ángel de la guarda de nuestra infancia o si nuestra libertad consiste en cruzar las fronteras.

Sin embargo, el segundo modo —el de quienes sí se hacen estas preguntas— no conduce a una respuesta definitiva, sino, más bien, a la perplejidad. Pues el resultado de la reflexión es, por decirlo en breve, la aporía. Ahora bien, lo curioso es que este permanecer en suspenso tenga, según Platón, más valor. Y es curioso porque, de entrada, no lo parece. Más bien, la sensación que nos dejan los filósofos es que son bastante torpes a la hora de lidiar con el mundo. Como si su mundo fuese otro.

Sin embargo, quizá esta extranjería sea la razón por la que suelen estar por encima de lo que sucede y no importa. No es fácil. Pues admitir que el centro está fuera de ti, aunque no sepas a ciencia cierta en qué consiste, no es una píldora fácil de tragar. La paradoja es que acaso el descentrado esté más centrado que quienes viven pendientes de su triunfo. O su felicidad.

las dos trascendencias

octubre 16, 2025 § Deja un comentario

Para la religión, la trascendencia es ubicable, un asunto espacial: hay una dimensión superior y de la cual solo obtenemos señales. En cambio, para la fe bíblica, la trascendencia es temporal, un porvenir: Dios no se encuentra en los cielos, sino tras el final de los tiempos. Aquí la trascendencia de Dios es la de su retroceso, el que dio pie al mundo, hacia el futuro del hombre como el futuro mismo de Dios. Y aquí, en vez de señales, contamos con historias, tan humanas que rozan lo sobrehumano.

No parece que se trate de lo mismo. Aunque siempre hay parroquianos que intentan cuadrar el círculo diciendo que la trascendencia es espacio-temporal. Claro.

la resurrección y el poder de Dios

octubre 15, 2025 § Deja un comentario

El creyente permanece a la espera de Dios. Pero ¿a quién —o qué— espera? ¿Al ente superior? ¿Su intervención milagrosa? Y quien espera de este modo, ¿acaso no espera como el niño que da sus primeros pasos espera a que papá le levante de nuevo?

El cristianismo fue, desde el principio, tremendamente provocador. ¿Esperáis a Dios? Ahí lo tenéis, colgando de un madero. Ciertamente, no parece que esto fuese lo que esperaban quienes le siguieron. Pero, con el crucificado, Dios cumple su promesa. ¿Un abandonado de Dios es el que satisface la esperanza creyente? ¿En serio? ¿No estamos cerca del desmentido? ¿Se ríe Dios de sus fieles?

Por supuesto… Sin embargo, hubo resurrección, se nos dirá. La historia no termina en el Gólgota. De acuerdo. Ahora bien, también hubieron dioses en la Antigüedad. Pero ya no pueden haberlos para nosotros. Para nosotros meras fuerzas que los antiguos vieron como expresión del poder de un dios. Modernamente, la interpretación religiosa que iba incrustada en la visión ha quedado separada de la visión. Y este es el tema, hoy en día: que no sabemos ya qué hacer con la resurrección. Ni siquiera, de viajar en el tiempo como periodistas del pasado, podríamos ver lo que ellos vieron. Como no podríamos sentir la presencia de Vulcano en el estallido de un volcán. Ahora bien, sin resurrección la fe cristiana se tambalea. Pablo dixit.

Es cierto que para los primeros cristianos las apariciones y la tumba vacía fueron señales. Entre el no está donde lo dejaron y el he visto al Señor se coció el porvernir, una nueva esperanza. Unos creyeron que dichas señales apuntaban a la simple exaltación del crucificado. Otros, a su haber sido levantado de entre los muertos por el poder de Dios. Estos últimos, terminaron, como sabemos, imponiendo su lectura. Y de esas lluvias los lodos de la cristiandad. En cualquier caso, hoy en día, María de Magdala sería una alucinada. Como lo es el chamán que nos cuenta sus visiones tras cruzar la puerta, con la ayuda de unas dosis de peyote. Pues en nuestro mundo no puede darse lo que, en el de la Palestina de entonces, fue, cuando menos y para algunos, una posibilidad: la posibilidad de lo imposible. Si vieron lo que vieron es porque su marco mental era el de la apocalíptica judía, un marco que, evidentemente, en modo alguno puede ser el nuestro.

Quizá no fuese casual que, en el evangelio más tardío —y por eso mismo, más madurado teológicamente—, cruz y resurrección fueran presentados como dos caras de lo mismo. Pero ¿qué es ese lo mismo? Pues, ni más ni menos, que la identificación de Dios con un crucificado en su nombre: Dios es Jesús.

Y de ahí a la dogmática trinitaria media un paso, un paso que el cristianismo dio a lo largo de cuatro siglos. Y es que la confesión creyente no deja las cosas de Dios como estaban.

Con todo, esta identificación solo posee fuerza motivadora —esto es, anima una nueva esperanza— donde aún cabe confiar en el poder de Dios. ¿De qué poder hablamos, sin embargo? Si nos tomamos en serio lo que significa que Dios sea un Dios encarnado, entonces este poder no puede ejercerse ex machina, es decir, al margen de los cuerpos de quienes vuelven con vida de la muerte, comenzando con el del crucificado. Y aquí, como siempre, hemos de recurrir a las historias que hay detrás de las fórmulas cristianas para, cuando menos, comprender de qué va este asunto. Así, basta con tener presente, por ejemplo, a la madre que amó al hijo que engendró tras una violación como el hijo que Dios le dio. Una locura. O mejor, un imposible. Aquí hay que tener en cuenta que esa madre, tras el trauma, está muerta: ningún porvenir que no sea miserable. ¿Un caso de resiliencia? Sí… si únicamente se tratase de una superación psicológica que la víctima logra por su cuenta y riesgo. Pero aquí hay un niño de por medio, un inocente fruto de la violencia, un responder al cruel desafío de Dios. Y por este gesto —un gesto que interrumpe la continuidad de lo histórico— cabe esperar un nuevo mundo, una nueva humanidad. Aun cuando no sepamos cómo sucederá. Ni si sucederá. En cualquier caso, Ha-Satán no debe alzarse con la victoria.

En el principio está el final, ciertamente. Quizá no sea anecdótico que Lucas comience su evangelio con el anuncio de María.

partamos de ahí

octubre 14, 2025 § Deja un comentario

No le importas a nadie. A lo sumo, te va a parecerlo. Pues hay momentos que provocas ciertas reacciones —positivas, se entiende— en algunos. Este es un buen punto de partida. De hecho, el único bueno. El otro es creer que estás en el centro, que todo gira a tu alrededor. Además, lo crees porque la sociedad te empuja a creértelo. Y digo que es un buen punto de partida porque resulta tremendamente liberador. Si crees que te hallas en el centro, fácilmente experimentarás la ansiedad. Porque, en el fondo, sabes que eres insignificante. En cambio, donde asumes tu posición polvorienta, todo puede empezar de nuevo. De hecho, es cuando empieza.

más paradojas

octubre 13, 2025 § Deja un comentario

Hay amor eterno. Pero terminará antes de tiempo. Debe hacerlo. Romeo y Julieta. La eternidad siempre fue la del instante.

catástrofe

octubre 12, 2025 § Deja un comentario

Catástrofe significa, literalmente, la caída de los cielos estrellados sobre nuestras cabezas. La catástrofe hace saltar por los aires nuestros mapas mentales, en definitiva, nuestro mundo. ¿Qué queda, por tanto? No un mundo, sino su ruina, una pura exterioridad. Todo deviene oscuridad y silencio. Aunque sea mediodía. Y tú frente a ese ahí, sin mundo.

Hay que reconocer la audacia cristiana cuando nos hace ver que lo de Dios comienza justo en ese momento.

el buen salvaje y Platón

octubre 11, 2025 § Deja un comentario

La nostalgia de la vida primitiva o elemental que sentimos aquí en Occidente sugiere, cuando menos, que, como individuos, hemos pasado a ser otra cosa. De hecho, esta otra cosa comenzó su andadura en la Atenas del siglo V aC. O mejor dicho, cuando Platón escribió aquello de que una vida examinada —es decir, una vida que se cuestiona a sí misma por mor de la verdad— posee más valor que una vida sin examinar. Y es que el examen de sí nos distancia de lo que nos liga a la tierra, a saber, la perspectiva, la visión espontánea de cuanto hay, la inocencia, no siempre inocente, de nuestro trato con las cosas… y los demás. Cuando sabes, como mujer, que tu mala suerte con los hombres —siempre has acabado con aquellos que terminan machacándote— obedece a que, inconscientemente, quieres redimir a tu padre, un machacador, las relaciones que puedas tener con los hombres difícilmente serán naturales.

Suele decirse que cada pueblo, incluso los primitivos, tienen su filosofía. No es cierto. En cualquier caso, su sabiduría, una particular cosmovisión. Pues la filosofía supone un poner en suspenso, precisamente, la visión más espontánea del mundo, las creencias que damos por ciertas, en definitiva, lo que nos parece que es. Hay asombro, sin duda, en el filósofo. Pero también en el buen salvaje —aunque quizá no fuese tan bueno como se lo imaginaron los primeros modernos Ahora bien, lo que hay en el filósofo, sobre todo, es escepticismo. Y no porque no crea que haya algo así como lo verdadero —lo que en verdad tiene lugar en lo que sucede—, sino porque, de hecho, lo hay, aunque no para nosotros. Para nosotros, la paradoja, la perplejidad, la extrañeza de sí… una extrañeza que no parece encontrarse en quienes viven perfectamente integrados en la madre naturaleza.

El ecologismo nunca podrá reconciliarnos con esta. Los filósofos ya se encargaron de cortar el cordón umbilical. En cualquier caso, la corriente ecologista nos empujará a ponerle un parche a los rotos, a ir reparando las vías de agua de un barco que en modo alguno puede volver al puerto. Tampoco es un asunto sin importancia.

perdón y disculpa

octubre 10, 2025 § Deja un comentario

Tan solo lo imperdonable merece el perdón. Aquello perdonable, acaso una disculpa. En cualquier caso, nadie merece el perdón de sus víctimas, si antes tuvo piedad de sí mismo.

teodicea básica

octubre 9, 2025 § Deja un comentario

Todavía hay creyentes que se preguntan por qué, habiendo Dios, hay tanta maldad y sufrimiento injusto. Aquí, las respuestas suelen ser desconcertantes, por no decir ridículas. Que si Dios, con todo, nos acompaña siempre, como la enfermera que le da su mano al que agoniza en el hospital; que si Dios prefiere dejarnos libres, antes que intervenir; que si Dios sufre con los que sufren,,, Y digo desconcertantes, porque no diríamos de una madre, pongamos por caso, que es una buena madre… si dejara que su criatura se arrojara desde un balcón porque decidió arrojarse o si sufriera junto al hijo que sufre… sin hacer nada para que dejase de sufrir.

Siendo más sofisticados, algunos teólogos recurren al libro de Job para simplemente decir que ignoramos el porqué —y no puede ser de otro modo, tratándose de Dios. Sin embargo, al sostenerlo, acaso demuestren tener poca perspicacia. Pues una lectura más penetrante del libro de Job nos haría caer en la cuenta de que, ciertamente, hay bien —o gracia— porque hay Dios… pero también de que hay desgracia porque hay Dios. La luz y la oscuridad son debidas al mismo Dios (Is 45,7). Pero no porque Dios lo quiera, sino porque tanto el don como el horror se desprenden de la extrema trascendencia de Dios, un trascendencia que, siendo extrema, anda rozando la inexistencia.

El problema de la pregunta de la teodicea tal y como habitualmente se entiende —¿por qué Dios lo permite?— es que apunta al Dios que espontáneamente concebimos como Dios, algo así como un ángel de la guarda big size, … y que nada tiene que ver con la realidad de Dios. Así, la cuestión teológicamente relevante es si la historia tendrá o no un final. Es decir, si al final se separará el trigo de la cizaña o si, más bien, no cabe esperar más que la eterna reiteración de lo mismo. En definitiva, hablamos de quién podrá más, si el Dios de la Justicia, el que decidió tomarse un descanso tras el sexto día, o el príncipe de este mundo. Y, evidentemente, no es algo que sepamos. Creer antes de tiempo, dando por descontado que la película terminará bien, más que una ingenuidad es un tomar el nombre de Dios en vano. Pues creer no es suponer.

De ahí que la pregunta no sea si hay o no hay Dios, sino si lo habrá. O mejor dicho, si regresará. No es casual que el dirigirse a Dios propio de un crisitiano sea un clamar no ya por la presencia de Dios, sino por la vuelta de aquel sin el cual Dios no es aún nadie. Maran atha.

paradojas de la vida e intolerancia woke

octubre 8, 2025 § Deja un comentario

Decía Adorno que la intolerancia a la ambigüedad es indicativa de una personalidad autoritaria (citado por David Rieff en su libro Deseo y destino). El puritanismo —incluido el woke— sería una expresión típica de esta intolerancia. Como si fuera posible extirpar la oscuridad ahí donde hay luz. Evidentemente, todo es cuestión de medida: donde la luz es tenue, hay demasiada oscuridad alrededor… y, en ese caso, todos los gatos serán pardos. Pero la medida —la frontera que separa lo aceptable, aunque duela, de lo inaceptable— no puede determinarse por ley sin enrarecer la vida en común. Sucede aquí como en la paradoja sorites: no hay modo que no sea arbitrario de establer en qué momento un montón de arena deja de serlo cuando vamos apartando los granos, uno a uno. Aquí prevalece —o debería prevalecer— el sentido común.

Así, los mandamientos woke, tan predominantes en las universidades anglosajonas, suenan igual que las exhortaciones del coach de turno a eliminar, pongamos por caso, cualquier rastro de celos en una relación de pareja. Pues ninguna mujer se sentiría mínimamente querida si al hombre con quien convive le diera igual que ella pasara un fin de semana con su mejor amigo. No hay vínculo humano que no entrañe unas ciertas dosis de posesión. La cuestión será siempre cuál de los contrarios pesa más. Pero, con respecto a este asunto, no hay racionalidad que valga —y aceptarlo sería, de hecho, lo más racional. Esto es, sencillamente, así. Y quien niega lo que es tiene las de perder. Al menos, porque, tarde o temprano, tendremos que navegar en mar abierto.

el decir y la metáfora

octubre 7, 2025 § Deja un comentario

Decía Heidegger que el mundo lo fundan los poetas. Y algo de esto hay. O mucho. Pues la predicación —el esto es X— no deja de ser un esto como aquello… en todos los casos. Y es que lo desconocido siempre será descrito por lo conocido. Caballo de hierro. Incluso la palabra materia remite a la mesa sobre la que se apoyaba el artesano. Aquí la cuestión es cuál fue la primera descripción. Y probablemente no se tratase de una descripción, sino de una onomatopeya.

Así nos preguntamos, con Marco Aurelio, qué es la vida. ¿Un combate o una danza? ¿O acaso podemos evitar decir ante aquel que acaba de morir “se fue”? ¿No supone esta visión de mínimos una creencia en el alma? ¿O cuando menos en el élan vital? ¿Acaso quien ve un martillo no ve un clavo?

Al fin y al cabo, la crisis del cristianismo es una crisis de ciertas metáforas —y, por eso mismo, del mundo al que dieron pie. La existencia como estando sub iudice, por ejemplo. Sin embargo, debido a su crisis, acaso estemos en las mejores condiciones para, cuando menos, comprender el alcance de la revelación cristiana, en definitiva, su carácter paradójico. Pues el cristianismo dibuja un mapa mental que hace saltar por los aires cualquier mapa mental. Incluyendo el de la cristiandad. Es como utilizar un lenguaje para decir que no cabe el lenguaje. Lo dicho: poetas.

carpintero

octubre 6, 2025 § Deja un comentario

Podemos discutir sobre qué rasgos comparten el Dios cristiano y la divinidad a la que apuntan las diferentes religiones. E incluso creer que ese denominador común, de haberlo, es propiamente Dios —y que el resto son perspectivas. Pero, en cualquier caso, eso lo haremos siempre desde la distancia. Así, difícilmente entenderemos que la fe, aunque se exprese oficialmente a través de una serie de declaraciones, es un clamor, algo así como agarrarse a un clavo ardiendo. A pesar de que, cristianamente, sea un clamor esperanzado. Y cuando digo esperanzando no me refiero a ingénuamente esperanzado. Pues el clamor creyente —el maranathá con el que concluye el Nuevo Testamento— conserva el temblor de piernas. Como el resucitado conservó las marcas de la crucifixión.

otra de Job

octubre 5, 2025 § Deja un comentario

¿De verdad? ¿Un Dios que se interesa por nosotros? Cambia de óptica. Como tuvo que hacer el bueno de Job. Entonces quizá te preguntes ¿cómo pudimos tomarnos en serio que hay un Dios que nos quiere y además sentir a flor de piel que no somos más que polvo? ¿Puede haber un Dios que tenga en cuente a los que no cuentan y, por eso mismo, seguir siendo Dios? Quizá hayamos olvidado qué significó inicialmente la palabra Dios.

Los autores de los libros sapienciales supieron ver que Dios se encuentra por encima del dios conveniente, el dios de nuestra parte. Y que, consecuentemente, la actitud es la de quien cae de rodillas ante el exceso que supone que tanto la luz como la oscuridad —la bondad y el exterminio—sean debidas a la radical trascendencia de Dios (Is 45,7). De ahí que la realidad de Dios no pueda entenderse en los términos de un Dios-ente, ni siquiera superior o, si se prefiere, supremo. El verdadero más allá no es el de otro mundo. De haberlo, su trascedencia sería, obviamente, relativa.

Moisés añadió un capítulo extra. Pues vio que, de la trascendencia de Dios, se desprende la Ley que nos obliga a la fraternidad. Ante Dios estamos sin Dios, como dijo Bonhoeffer. De ahí que, en nombre de Dios permanezcamos enfrentados a Dios, a su aparente indiferencia. Y esperando, quizá inocentemente, que el poder de Dios al final se decante por la bondad.

Posteriormente, vino la cristiandad y su Dios íntimo, el Dios que habitando en lo más profundo del alma, nos escucha y con el que es posible charlar. Al creerlo, la cristiandad conservó los restos del viejo gnosticismo. Y como acaso intuyera Nietzsche, de esas lluvias, los lodos del ateísmo moderno. Y es que si podemos decirnos a nosotros mismo que el alma es una chispa divina —una lectura ciertamente atrevida del a imagen y semejanza— es porque nos hemos alejado de la experiencia originaria de Dios.

El error del gnosticismo fue creer que la chispa divina es algo así como una fuente de poder que tenemos que aprender a desbloquear. Hay chispa divina. Pero esta permanece apagada como nada. En realidad, esa chispa es la huella interior del retroceso de Dios, de su eterno más allá. El Espíritu siempre fue un Ave Fénix.

todo uno: Tales y Anaximandro

octubre 4, 2025 § Deja un comentario

Una de las operaciones de la razón, quizá la más básica, consiste en la reducción de la diversidad a un denominador común. De ahí que la sentencia de Tales —todo es agua— constituya el primer intento de ofrecer una explicación racional del mundo. Aquí no interviene ningún dios —y por eso mismo, no se nos cuenta ninguna historia. Más aún: los dioses, al formar parte de la totalidad, son también agua. Y puede que sea por este motivo que razón y religión nunca terminen de hacer buenas migas.

Este denominador confiere unidad al mundo. Quiero decir que, porque todo es al fin y al cabo una y la misma cosa, el mundo se nos presenta como el todo-uno y, en definitiva, como orden o cosmos. La referencia a un arjé supone aceptar que en el origen reside la Ley. La Ley —no el dios— gobierna el mundo. No es casual que la palabra principio traduzca al castellano el griego arjé.Pues con principio se mantiene el doble sentido inicial.

Ahora bien, que haya Ley significa que no todo es posible. Así, las posibilidades del mundo son las que contiene la naturaleza de esa cosa última, el agua en el caso de Tales. Por decirlo en breve, lo que la naturaleza de la cosa última pueda dar de sí es lo que puede dar de sí el mundo. Sencillamente, no es posible lo que no cabe dentro de dicha naturaleza. Por consiguiente, dado que no todo es posible, cuanto sucede, sucede necesariamente conforme a la naturaleza del ladrillo con el que estan hechas el resto de cosas. Al fin y al cabo, la pluralidad serían modificaciones de lo mismo, sus diferentes apariencias.

Más aún: si hay cosas —y las hay—, entonces no puede haber caos. Pues si las cosas se dan dentro de un orden es porque, en definitiva, son una y la misma cosa. No puede haber desorden en lo que es uno. Estamos lejos, por tanto, de la contingencia de un mundo en el que las cosas son como son debido a las decisiones que tomó in illo tempore el dios de turno. La explicación que proporciona el mito nos da a entender que el mundo podría haber sido muy distinto si al dios le hubiese dado por ir en otra dirección.

Anaximandro, sin embargo, dará una vuelta de tuerca a este asunto. Su tesis es que el arjé es apeiron, literalmente, sin límite. Ahora bien, no hemos de entender dicha tesis como si simplemente fuese una variante —una más— de la sentencia de Tales. Al sostener que el origen es apeiron, Anaximandro está yendo más allá de la física. Pues la pregunta a la que responde no es cuál es la naturaleza de la materia de la que están hechas todas las cosas, sino en qué consiste qué algo simplemente sea. O por decirlo a la manera de Leibniz, por qué hay lo que hay en vez de nada. Es evidente que la respuesta a esta pregunta no podrá darse en los términos de una cosa aún más pequeña que la que se entendió como arjé en un primer momento (o no tan primero). Anaximandro no se pregunta, por tanto, por la primera causa eficiente, la cual solo puede concebirse, desde nuestra posición, como la de una cosa última , sino por el fundamento o razón de cuanto es… en tanto que es o está ahí. El aperion, sencillamente, en tanto que carece de límites —esto es, de forma o aspecto— no puede ser algo en concreto. El fundamento del mundo no pertenece al mundo. O por decirlo de otro modo, la razón por la que el todo es el todo permanece fuera del todo.

No obstante, la pregunta que se plantea a continuación es en qué sentido podemos decir que el fundamento sea… si es cierto que tan solo es lo que se da en concreto, es decir, como algo determinado. ¿Puede comprenderse como real lo que aún no se ha realizado? Al fin y al cabo, teniendo en cuenta que al referirnos al fundamento —la razón de ser de cuanto es— nos referimos a la posibilidad de que algo sea; y teniendo en cuenta, a su vez, que la posibilidad, en cuanto tal, aún no se ha realizado ¿no deberíamos concluir, que la posibilidad es, precisamente, lo imposible del mundo? ¿Acaso la pregunta acerca de en qué sentido podemos decir que la posibilidad de que haya lo que hay no equivale a interrogarse por el haber de lo imposible? ¿Acaso no estaríamos, en definitiva, ante el carácter paradójico de la fórmula es no siendo aún nada? ¿Cómo comprender la realidad del todavía no?