sor Caram y el pequeño Nicolás

octubre 3, 2025 § Deja un comentario

Recuerdo haber visto por televisión, hace ya años, un trasunto de debate entre sor Caram y el pequeño Nicolás. Versaba sobre política. La tesis que defendía el pequeño Nicolás era muy simple: quienes están en la alta política no pretenden más que enriquecerse. El bien común es la excusa. La respuesta de Lucía Caram fue una respuesta enloquecida, hasta el punto de insultar a su oponente. Su argumento también fue minimalista: la política no tiene otro propósito que el de servir a la sociedad. El bien común no es la excusa, sino el horizonte… al que nos vamos aproximando paso a paso. Ciertamente, esta manera de entender la política resulta convincente. Por moralmente axiomática. Pero ignora el hiato que separa la Ley de los reglamentos que las ponen en práctica. Y los reglamentos son la grieta por donde se ejerce el genuino poder.

Basta con leer el libro de Matt Taibbi, Cleptopía , para caer en la cuenta de que Lucía Caram prefiere vivir en su mundo que en el de Maquiavelo. El problema es que el de Maquiavelo es real. Al igual que el inconveniente de alimentarse espiritualmente del whisful thinking es que, tarde o temprano, terminas bailándole el agua al poder. Y ello con independencia de la buenas obras que sor Caram lleva a cabo.

Con todo, la violencia revolucionaría tampoco es una solución. Pues, dejando a un lado los momentos iniciales, el final es el previsible: los mismos perros con distintos collares. Massa damnata.

los dioses y las piedras

octubre 2, 2025 § Deja un comentario

La estátua —la roca— es la representación perfecta del dios. Y la piedra, cuanto más gigantesca, mejor. La piedra es inmortal. Como el dios.

Hoy en día, la crítica profética a la idolatría nos parece evidente —¿hay aún quién, en su sano juicio, se arrodille ante un tótem?—, digna de una mentalidad ilustrada, aunque todavía sensible a la trascendencia. Sin embargo, solemos pasar de puntillas sobre el hecho de que dicha crítica apunta directamente a la línea de flotación de lo que espontáneamente se experimenta como divino. Y lo hace situándose en la perspectiva de la eternidad. Nada sobrevive, ni siquiera los dioses, al paso del tiempo. Tan solo e Eterno. Sin embargo, la crítica profética no apunta únicamente a la fugacidad de cuanto existe, sino también, y quizá sobre todo, al carácter ilusorio de la experiencia natural de la trascendencia, la que el homo religiosus padece hallándose sometido a los poderes que atraviesan el mundo.

Ciertamente, desde la óptica de la eternidad, no somos más que polvo. Pero ante el dios, la sensación no es exactamente la misma. Ante el dios, somos simplemente menos. Hablamos, por tanto, de una sensación relativa a nuestra posición. De ahí que un dios sea tan solo aparentemente divino. Si cabe lidiar con un dios —si es posible tratarlo, negociar—, entonces aún no es Dios. Y donde la diferencia es relativa —donde esta es, en definitiva, de grado— siempre será posible lidiar.

Dios en verdad —el exceso verdadero o absoluto— se manifiesta como el silencio que abraza por igual los campos de la muerte como la belleza de un amanecer. De ahí que aún está por decidir de qué lado se decantará Dios. Aunque, cristianamente, Dios ya tomó su decisión.

nihilismo y bondad

octubre 1, 2025 § 1 comentario

En el mundo, prevalece el ruido y la furia. Y si no nos lo parece es porque vivimos dentro de un espejismo.

Sin embargo, hay quienes sufren en carne viva la condena del mundo: tú no cuentas. A estos, no les queda ninguna ilusión. Su esperanza, de tenerla, no nace de la necesidad psicológica de creer que la película terminará con el triunfo de los buenos —pues ya no pueden creer en ello—, sino de haber topado con la aparición, es decir, con ese gesto de bondad donde no cabía ninguna bondad. En nombre de ese gesto, el verdugo no debe pronunciar la última palabra, aun cuando no podamos ni siquiera hacernos una idea mínimamente sensata sobre el cómo.

En este sentido, la fe en la bondad es un acto de resistencia a la racionalidad del mundo. Y es que lo racional —lo que debe ser conforme a lo que es— sería el combate eterno entre la luz y la oscuridad. Al menos, porque en realidad no hay luz sin oscuridad. De ahí que el triunfo de la bondad no se entienda, cristianamente, como si el mal hubiera sido eliminado de la faz de la tierra —creer en ello es fantasear—, sino como Satán bajo las botas del Arcángel. No es lo mismo. Lo racional es la realización de lo real —y lo real implica la relación dialéctica entre la luz y la oscuridad. La fe, en cambio, apunta a lo imposible. Esto es, a la recreación del mundo, en definitiva, a la interrupción de lo histórico. De locos.

pensar la lengua

septiembre 30, 2025 § Deja un comentario

Es curioso que, en castellano, no podamos decir habían unos cuantas tizas en el cajón. Lo correcto es decir: había… Y es que, en definitiva, la construcción haber + sustantivo es impersonal y, por eso mismo, invariable. Aquí, el sustantivo no es sujeto, sino complemento directo. Las tizas no soportan el haber. Es el haber lo que soporta las tizas, por así decirlo. La confusión procede de confundir el haber con el existir o el estar. De este modo, pasamos de decir las tizas estaban en su cajón a habían unas cuantas tizas en el cajón.

Es una confusión análoga a la que media entre el Dios que existe y el que es. Esto es, entre lo que está oculto —la cosa misteriosa— y el genuino misterio.

la resurrección y sus presupuestos

septiembre 29, 2025 § Deja un comentario

Alguno teólogos sostienen —o sostuvieron— que las apariciones del crucificado tras el tercer día presuponen la fe. Que sin fe, no había nada que ver. Sin embargo, la fe —en definitiva, la confesión creyente que proclama a Jesús como el Hijo de Dios— fue el resultado de las apariciones. O mejor dicho, de su explicandum. Pues la convicción de que Jesús había resucitado fue, de hecho, una… entre otras. Como explicación parecía más aceptable aquella que apuntaba a la exaltación. No es exactamente lo mismo, a pesar del aire de familia. Así, el presupuesto de la resurrección no fue, estrictamente, la fe en Jesús, sino la creencia —la más íntima suposición del judaísmo apocalíptico— que daba casi por descontado que, en los tiempos finales, Dios levantaría a los muertos para que pudieran soportar su última palabra, esto es, el juicio. Tan solo dentro de esta perspectiva —únicamente en el interior de este mapa mental—, el aparecido pudo aparecer, precisamente, como resucitado… y no simplemente como aquel que había sido exaltado a los cielos para estar junto a Dios. Las apariciones, por si solas, no demuestran nada.

invocar y clamar

septiembre 28, 2025 § Deja un comentario

Quien invoca a Dios o, incluso, habla con Él suele dar a Dios por descontado. En este sentido, Dios sería la pieza que permite encajar las piezas del mapa mental creyente. Sin embargo, llama la atención que la Biblia insista en que los capaces de Dios son aquellos que claman por Dios. No me parece que sea exactamente lo mismo. Pues el clamor surge cuando no parece que haya Dios. O, al menos, un DIos de nuestra parte. El clamor es el resto más puro de nuestro estar ante Dios. Como dijera Bonhoeffer, estamos ante Dios, sin Dios. Y todo cuanto cabe decir, cristianamente, acerca de Dios es lo que cabe decir de las mujeres y los hombres que actúan en consecuencia tras clamar por Dios o, en su defecto, por hacerse eco del clamor de los sin Dios, comenzando por el crucificado.

Una comunidad que invoque a Dios sin tener presente la raíz de nuestro estar ante Dios quizá esté más cerca del fariseo de la parábola de Lucas, el cual, a diferencia del publicano, está demasiado satisfecho de sí mismo como para creer, que del que murió como abandonado de Dios. Aun cuando se abandonase a Dios.

la lógica y el dirigirse a Dios

septiembre 27, 2025 § Deja un comentario

Cuando el creyente invoca a Dios ¿tan solo hay una necesidad psicológica de contar con un papá que lo puede todo? Quizá. Pero también podría ser que hubiere un Dios al que le importase nuestra suerte. Y ello a pesar de necesitar, también, a ese Dios. El truco de la sospecha moderna es creer que tan solo se trata de nuestra necesidad. Y digo truco porque los argumentos de la sospecha únicamente convencen donde asumimos su presupuesto, a saber, que no hay Dios. Por tanto, estrictamente, no demuestran. Pues concluyen lo que inicialmente dan por sentado. Y a esto, en lógica, se le denomina falacia —en concreto, la falacia del argumento circular.

el bien y la singularidad

septiembre 26, 2025 § Deja un comentario

El algo-en-concreto —lo singular— surge como tara, esto es, como un diferir de lo que debe ser, el Bien. Si lo real es lo que se manifiesta o hace presente, entonces lo real de, pongamos por caso, un cuerpo bello, y en tanto que bello, es la belleza. Pues lo que se hace presente en los cuerpos bellos —y en tanto que bellos— es, precisamente, la belleza. ¿Por qué añadimos, sin embargo, en tanto que bellos? Simple. Un langosta es bella. Pero también comestible.

Ahora bien, la belleza en sí misma, es decir, al margen de su hacerse presente no es nada en concreto. Ni puede serlo. Es, por decirlo a la manera de Platón, idea —y aquí por idea no hemos de entender contenido mental, sino más bien que lo real en sí mismo “posee” una carácter abstracto y que, por eso mismo, solo se revela al pensamiento. En este sentido, lo real en sí sería algo parecido a la fórmula matemática que, con independencia de cualquier perspectiva, es el cubo de Necker. En este sentido, podríamos decir que lo real-absoluto no es nada fuera de su realización. Mejor dicho: es no siendo en sí mismo nada en concreto. La realidad de lo real sería, por tanto, la pura posibilidad del mundo —y por eso mismo anterior al mundo. Así, la fórmula del cubo de Necker, por continuar con nuestro ejemplo, encerraría la posibilidad de los cubos de Necker que dibujamos en una pizarra o sobre un papel. Como tal, dicha formula es anterior al cubo dibujado. Sin embargo, esta anterioridad no debe entenderse como la de una semilla con respecto al fruto. Pues la anterioridad de la posibilidad del mundo —de su fundamento— se encuentra fuera del mundo y, por consiguiente, del tiempo. De hecho, solo hay tiempo —en definitiva, presente— en relación con dicha anterioridad. En cierto sentido, podríamos decir que la posibilidad del mundo es, en sí misma, imposible. Y es que no es —ni puede ser— una posibilidad del mundo.

Así, y por decirlo de algun modo, lo real solo puede realizarse perdiendo por el camino su carácter absoluto u otro. De ahí que nada nunca del todo. Ningún cuerpo bello, por seguir con nuestro ejemplo, es bello por entero. Siempre hasta cierto punto o desde un determinado punto de vista. La belleza de un cuerpo bello se da o hace presente como deformación o negación de la belleza en sí o paradigmática. Ningún cuerpo bello —y en general, nada de cuanto es en concreto— termina de ser lo que debiera. Y esto es el tiempo. En este sentido, el tiempo es el envés de la eternidad propia de lo real-absoluto. Y aquí, obviamente, no nos estamos refiriendo a una cosa eterna. Hay mundo —y por ende, tiempo— porque lo real en sí mismo es no siendo nada. O por decirlo de otro modo: lo real-absoluto solo se realiza en —y como— negación de sí. De hecho, la expresión es no siendo nada, si lo pensamos bien, es una doble negación. Es decir, un afirmación. Decir no es cierto que no llueve equivale a decir que está lloviendo.

Ahora bien, de entender lo dicho hasta ahora, entenderemos que, teniendo en cuenta que la realidad tiende a su realización —que la realización es inherente a lo real— lo que debe ser es que nada termine de ser lo que debiera. De topar con un cuerpo que no difiriese en modo alguno del cánon —que fuese bello sin objeción, un cuerpo sin tara—, no podríamos evitar la sensación de irrealidad. No obstante, por poco que le demos unas cuantas vueltas a este asunto, veremos que estamos ante algo muy extraño o paradójico. Pues, por un lado, si podemos decir de un cuerpo bello que no termina de ser bello es poque ese cuerpo se encuentra sometido, por así decirlo, a la exigencia de ser bello por entero. Pero, por otro, esta exigencia tampoco puede realizarse… si es que la belleza debe realizarse.

Por tanto, no hay nada que no cargue con su contrario. No hay cuerpo bello sin tara. Como tampoco decisión justa que no incorpore unas dosis de injusticia. De ahí la necesidad de juzgar —de decir— qué pesa más en la mezcla, en definitiva, qué es: si lo primero o lo segundo. Pero ningún juicio —nada de cuanto podamos decir— será inapelable. Y es que el peso siempre dependerá de lo que nos parezca en un momento dado.

cuanto se afirma de Dios

septiembre 25, 2025 § Deja un comentario

El Dios de Israel —el verdadero— es indescriptible. Y no porque no seamos capaces de hacerlo —no debido a nuestra limitación—, sino porque Dios en verdad no admite descripción alguna. Yavhé es simplemente el que es —o, siendo más justos, el que es siendo el que será. No hay concepto que valga para Yavhé —y lo que esto significa es que no hay ninguna esencia que nos permita apuntar hacia algo que posea una mínima entidad.

Sin embargo, la BIblia está repleta de caracterizaciones de Dios. ¿Cómo deberiamos entenderlas… si Dios, en verdad, no las admite? Aquí la cópula —el es— produce el malentendido… al que nos hemos acostumbrado. Pues, a diferencia del griego, el hebreo no permite pensar el presente al margen del imperativo. Dicho de otro modo, el equivalente a la cópula no remite a lo sustancial —y por eso mismo, permanente—, sino a lo que aún está por decidir. Así, cuando el creyente de Israel afirma que Dios es misericordioso lo que, de hecho, está diciendo es que tiene que serlo… teniendo en cuenta que seguimos con vida a pesar de nuestra iniquidad. Ahora bien, y como decíamos, eso aún está por ver. Pues todo en el presente, incluso Dios —o mejor dicho, su presente, en definitiva, el Reino—, está por decidir. La pregunta de Israel no será, por tanto, qué es, pongamos por caso, el amor o la bondad —pues en el presente, como decía, todo es solo en cierta medida—, sino si el amor o la bondad terminarán triunfando sobre el odio.

De ahí que en clave judía el hacerse presente de Dios en el Gólgota, y como cuerpo crucificado —y aquí hay que tener en cuenta que los primeros cristianos no fueron cristianos, sino judíos que se entendieron a sí mismos, precisamente, como judíos seguidores de Jesús— sea comprendido como un acontecimiento final.

afirmar es fijar

septiembre 24, 2025 § Deja un comentario

Cuando el creyente afirma —y convencidamente— que, pongamos por caso, la bondad de Dios al final triunfará sobre el mal se fija en esta posición. Esto significa que esta convicción es inamovible, la pieza clave en torno a la cual se organiza su mapa mental. Y no hay quien se oriente en la existencia sin un mapa. Más aún: donde se trata de orientarse, cualquier mapa sirve, aunque no todos los mapas conduzcan al mismo puerto.

Sin embargo, la fe aún aguarda su momento. Pues ese momento es aquel en el que los mapas mentales dejan de servirnos. Así, en vez de la suposición en la que permanecemos fijados, la fe, el salto —y en el caso creyente, un salto que apunta, con ciega confianza, a aquello que, desde únicamente nuestro lado, no es posible creer.

cesuras

septiembre 23, 2025 § Deja un comentario

La irrupción histórica del cristianismo supuso una cesura en el ámbito de la sensibilidad religiosa. Pues la pregunta que tuvo qué soportar Israel durante siglos —¿dónde está tu Dios?—, y por extensión, el crucificado, ya no pudo resolverse apuntando a los cielos. De Dios —de su presente—, el cuerpo que lo encarna, aquel sin el cual Dios aún no es nadie.

el profeta y el terruño

septiembre 22, 2025 § Deja un comentario

Nadie es profeta en su tierra, dijo el de Nazaret. Y esta certeza sintoniza, de algún modo, con la sentencia de Napoleón: nadie puede ser un héroe para su ayudante de cámara. Como también con aquella que dice que en casa del herrero, cuchara de palo. La patria del profeta es el extranjero. Al igual que ningún héroe puede sentirse como en casa en su propia casa. En casa —en Nazaret— pesa más el ad hominem, la cojera, el desmentido que supone cualquier biografía: ¿no es este el hijo del carpintero? El hidalgo de la Mancha nunca fue don Quijote para Sancho.

Sin embargo, Alonso Quijano no se equivocó al ver gigantes donde, para cualquiera, solo había molinos de viento. Como no se equivoca quien ve devoradores de almas, pongamos por caso, en los móviles que tienen abducidos a nuestros adolescentes. Al fin y al cabo, el más siempre a lomos del menos. Que el profeta sea uno de los nuestros —tan cojo como cualquiera— no invalida su palabra. Y no la invalida porque, en el fondo, no es suya. De hecho, en la Antigüedad los locos eran, por lo común, visionarios. Y no, a pesar de su tara, sino, precisamente, por ella. Es lo que tiene que, modernamente, demos por decontado que no hay nada que ver más allá de lo cuantificable —que cualquier visión corre a cuenta del visionario.

el clavo en la pared

septiembre 21, 2025 § Deja un comentario

A diferencia de los simios, buscamos lo verdadero, lo real o sólido. Esta búsqueda constituye nuestra más genuina inquietud, el hecho de no encontrarnos como en casa donde ya no podemos seguir obviando lo que hasta el momento dimos por hecho. Y así nos preguntamos, por ejemplo, qué de verdadero hay en el amor que siento por él o ella. O qué de verdadera libertad hay en mi poder hacer cuando me viene en gana… una vez comienzo a hastiarme de tanta satisfacción. De este modo, vamos en busca de lo verdadero como quien busca el clavo al que agarrarse y, así, resistir la fuerza de la gravedad, la que nos aplasta contra el suelo. Pero lo real es un clavo ardiendo. No podremos aguantar demasiado tiempo colgando de ese clavo. Estamos llamados a la elevación. Pero no estamos hechos para permanecer en el aire —o en suspenso— durante demasiado tiempo.

Pero ¿por qué arde? ¿Quizá porque lo real —lo fijo, lo inmutable o absoluto de la existencia— carece de la entidad de lo concreto o singular? Nadie puede permanecer ante el silencio y la oscuridad más impenetrables. Sin embargo, lo real reclama su realización, un hacerse presente, en definitiva, un aparecer. Lo real, en sí mismo, aún no es —y de ahí lo de su silencio y oscuridad. En este sentido, podríamos decir que lo real es no siendo aún. O de otro modo, es siendo estrictamente la posibilidad del mundo. Ahora bien, lo real solo podrá realizarse en aquello que lo niega —en las cosas sometidas al tiempo. Pues nada termina de ser donde todo pasa. La conclusión resulta, de nuevo, paradójica: la posibilidad del mundo es, precisamente, lo imposible, lo que, en sí mismo, no puede suceder sin que desaparezca el mundo, es decir, cuanto hay o existe.

Al fin y al cabo, que seamos quienes han sido arrojados al mundo encuentra su envés en el retroceso de lo verdadero o absoluto. En su lugar, su simulacro, las apariencias. Por suerte. Pues quien aspira a lo verdadero no sabe, al menos inicialmente, a lo que aspira. De ahí su desconcierto o parálisis una vez vislumbra en qué consiste lo real. Sin embargo, lo decisivo de esa búsqueda comienza cuando se pregunta y ahora qué… tras topar con lo que buscaba y, sin embargo, no esperaba.

es real, pero no existe: sobre el cubo de Necker

septiembre 20, 2025 § Deja un comentario

¿Qué hay de real —de absolutamente otro, fijo, inamovible— en eso que percibimos como real? La percepción es siempre una perspectiva. Vemos lo que vemos desde diferentes ángulos —y quien dice ángulos, dice modos de ver, sensibilidades, esquemas lingüísticos o mentales. Y esto es así, hasta el punto de que lo que para unos es una cosa, para otros, una muy distinta. No hay visión que no integre una carga teórica, un cierto saber sobre aquello que se está viendo. Todo ver es un ver como. Pôr consiguiente, no hay hechos que sean químicamente puros, esto es, al margen de los presupuestos que constituyen un mapa mental.

Así, por ejemplo, lo que para nosotros es dinero, para los aborígenes del Mato Grosso no es más que un trozo de papel… al que nosotros le otorgamos un valor que anda rozando lo sagrado. Para ellos, el dinero sería algo así como una superstición. Al igual que nosotros consideramos como supersticiosa la antigua creencia en dioses. No me atrevería a decir que nosotros estemos más cerca de la verdad que los aborígenes. Y viceversa. Las perspectivas, cuando parten de presupuestos irreconciliables, son como agua y aceite. Ahora bien, en tanto que diferentes perspectivas de eso que está ahí, es obvio que apuntan a lo mismo. La pregunta surge de inmediato: qué es ese lo mismo.

Para entender mejor la respuesta a esta cuestión, nos serviremos de lo que se conoce como el cubo de Necker. El cubo de Necker, de hecho, el cubo que la mayoría dibujaría espontáneamente, admite dos perspectivas. Podemos ver el cubo desde cualquiera de estas dos. Pero nunca lo veremos integrando las dos perspectivas a la vez. Cada perspectiva sería el equivalente a un mapa mental —a un modo de ver. En este sentido, el cubo tendría dos apariencias. Esto es, aparecía de dos modos distintos. Sin embargo, resulta elemental que estamos ante dos presentaciones de un mismo cubo. ¿Qué sería, por tanto, lo que se mostraría bajo dos aspectos diferentes, el cubo en sí, al margen, precisamente, de su aparecer o hacerse presente con un aspecto determinado?

La pregunta tiene algo de, cuando menos, desconcertante, por no decir, de impropia o, literalmente, impertinente. Y es qe si solo es lo que se hace presente o aparece, en definitiva, cuanto cabe percibir de una manera u otra, entonces lo que se manifiesta nunca se manifiesta o aparece… en sí mismo o en cuanto tal. ¿De qué estamos hablando, por consiguiente? ¿A qué nos referimos cuando nos referimos al cubo en sí mismo? En realidad, a la idea de cubo, esto es, a lo que tan solo, y en este caso, admite una expresión matemática. Por consiguiente, lo real en sí mismo posee una naturaleza abstracta. Y por eso mismo, lo real en cuanto tal, esto es, en su carácter absolutamente otro o diferente, solo puede ser pensado. Pues en tanto que diferente, eso que se hace presente difiere continuamente del aspecto con el que se realiza. O dicho de otro modo, siempre se abstrae de su manifestación. Al igual que el yo con respecto a su aspecto o manera de ser…

También podríamos decir lo mismo de la materia en cuanto tal. Ciertamente, la matería se hace presente sensiblemente como algo más o menos rugoso, extenso, sonoro… Ahora bien, ese algo cuyos rasgos o aspecto capta nuestra sensibilidad no es perceptible como tal. Es como si siempre permaneciera más allá o por debajo de su hacerse presente en una mesa, un árbol, una mosca… Es decir, como si, en cuanto tal, se sustrajera a la presencia —y de ahí su carácter abstracto; pues abstraer es sustraer.

Pues bien, si nada es que no sea en concreto, entonces el lo que de lo que se hace presente, y debido, precisamente, a su carácter abstracto, no es nada en concreto. Es, ciertamente. Pero, en sí mismo, no existe, por así decirlo. Y es que tan solo existe o posee entidad lo singular. Siendo más estrictos, podríamos decir que la realidad, al margen de su manifestación sensible, es no siendo aún nada. Estrictamente, estaríamos hablando de la posibilidad del mundo, una posibilidad que, si lo pensamos bien, es imposible. Y lo es porque no puede darse como tal. De ahí que pudiéramos decir que lo imposible es el fundamento del mundo, de sus posibilidades. Pero estirar este hilo ya nos llevaría demasiado lejos.

En cualquier caso, lo anterior puede servir como una breve introducción a Platón. Al menos, porque fue Platón el primero en pensar la escisión que constituye cuanto hay, la que se da, precisamente, entre el mundo inteligible y el sensible, por decirlo en sus términos. Hay mundo porque “hay” un más allá del mundo. Y si el haber de este más allá va entrecomillado es porque, propiamente, no hay un más allá que pueda comprenderse como otro mundo.

una imagen vale más que mil palabras

septiembre 19, 2025 § Deja un comentario

¿Sí? Quizá… si no nos hacemos demasiadas preguntas. Pues todo gesto es ambiguo. Ninguna imagen cuenta toda la historia. De ahí la necesidad de un mínimo discurso que apunte a lo que tiene lugar en medio de cuanto sucede… que es lo que la imagen presenta. Sin palabras, la imagen sugiere, pero no dice. A lo sumo, creemos que dice.

Sin embargo, un discurso también guarda sus ases bajo la manga. Pues, en tanto que decir implica juzgar —en definitiva, deshacer la ambigüedad que atraviesa cuanto es—, todo discurso anticipa un veredicto que no está en nuestras manos pronunciar. Así, cuando decimos, pongamos por caso, que la imagen que muestra a una madre abrazando a su hijo representa el amor que siente por él, dejamos a un lado —decidimos no ver— que en ese abrazo también se hace presente el amor al vínculo con el hijo. No es exactamente lo mismo. Nunca terminamos de saber qué pesa más, si lo uno o lo otro. Así, al decir que hay más de lo primero que de lo segundo, no hacemos otra cosa que juzgar antes de tiempo. Y de paso, creer, ingénuamente, que las cosas son tal y como las decimos.

Los filosófos entienden lo anterior como un estar rodeados sombras —como un vivir protegidos por la ilusión. Sin embargo, donde encienden el foco, crecen unas sombras más densas. Es lo que tiene ver directamente el Sol: que nos deja ciegos. Esto es, en un estado de suspensión o fuera del juego. Como si al caer en la cuenta de que hay lo verdadero —lo que tiene lugar en lo que simplemente pasa—, pero no para nosotros, difícilmente pudiéramos seguir tomándonos en serio lo que suele tomarse por serio, la ilusión.

No obstante, el final del trayecto no es la desilusión, sino el aceptar que no podemos hacer más que volver a tomarnos en serio la ilusión. Aun cuando ahora sepamos que se trata, precisamente, de un espejismo. Como el actor que no ignora que debe representar el papel que le ha tocado en suerte… sabiendo que no es más que un papel. De este modo, la ironía, como la más fina expresión del distancia de sí que constituye la individualidad, se impone como el destino vital de quien alimenta nuestra connatural inquietud por lo verdadero.

El resto, como escribiera Shakespeare, es silencio. Esto es, sobre el resto nada qué decir —nada qué juzgar. En cualquier caso, mucho a escuchar. Al menos, porque no hay silencio, salvo el circunstancial, que no sea elocuente.

el gran fracaso

septiembre 18, 2025 § Deja un comentario

La cruz supuso el fracaso del hombre de Dios que fue Jesús de Nazaret. Y un fracaso descomunal. Esto es, noche oscura. Ninguna luz al final del túnel. No habrá un nuevo amanecer. Y aunque lo hubiese, no sería para ti. El mapa mental de Jesús de Nazaret saltó hecho pedazos colgando de un madero como si fuera un perro. Sencillamente, no parecía que fuese verdad que hubiera un Dios de su parte. Y aquí no vale decir que, al fin y al cabo, hubo resurrección. Pues, en tanto que acontecimiento escatológico, la resurrección del crucificado no puede comprenderse como un hecho que revelase la crisis, en definitiva, el abandono de Dios, como un malentendido.

Ciertamente, lo hubiera sido si el poder por el que Dios levantó al enviado de entre los muertos hubiera sido el de un deus ex machina. También es verdad que así se entendió, e inevitablemente, en un primer momento. Pero si la cruz reveló que el Padre no es nadie sin el Hijo —y viceversa—, aunque los cristianos tardasen cuatro siglos en comprenderlo, entonces la apelación a un deus ex machina que actúa por su cuenta y riesgo está lejos de ser cristiana.

Otro asunto es cómo comprender el poder de Dios sin imaginar un Dios capaz de mover los hilos.

significado y denotación en cristiano

septiembre 17, 2025 § Deja un comentario

No podemos señalar el haber como sí podemos indicar cada una de las cosas que hay. De apuntar al haber, deberíamos apuntar al todo. Por tanto, el haber significa, pero, en cuanto tal —esto es, como puro haber— carece de denotación.

Lo mismo con respecto a Dios… en sí. Cristianamente, el haber de Dios —su hacerse presente— es un cuerpo crucificado en su nombre —en el nombre de Dios. De ahí que un cristiano, cuando se dirige a Dios, yerre el tiro donde apunta a los cielos como quien imagina que hay vecinos en el piso de arriba por los pasos que escucha. En cristiano, no hay otro apuntar a Dios que no sea un apuntar al Gólgota. O mejor dicho, al tercer día, ese imposible.

peleterías Hernández

septiembre 16, 2025 § Deja un comentario

Decir lo real es, por defecto, decir lo que hay. Ahora bien, lo que hay se da o hace presente. No hay un haber al margen del haber de las cosas. Sin embargo, este último haber es, en cualquier caso, perspectiva.

¿Qué es, por ejemplo, una piel? Depende de cuánto de acerques. O de si eres humano… o una pulga. Y con todo, sea como sea el mundo, el haber en cuanto tal sigue estando ahí —es el ahí— como el fondo inexistente, aunque real, del mundo. Nada es más real —más otro— que lo imposible. En lo imposible reside la posibilidad de los mundos.

Ahora bien, comprender esto último pasa por caer en la cuenta de que el hacerse presente del puro haber exige su negación de sí —su kénosis, el acto creador. Hablamos, en definitiva, del tiempo. Y de ahí el doble significado de la apariencia.

fenomenología básica

septiembre 15, 2025 § 3 comentarios

Un sacerdote le dice a quien le quedan pocos meses de vida: cada día es un milagro. Dios te espera. Y lo dice con profunda convicción. Ambos, viven dentro de este mapa mental. Además, lo sienten de corazón. Y en este mapa mental permanecen.

El filósofo, en cambio, es quien sospecha de lo que le parece verdadero o, incluso, incuestionable. Y así, al interrogarse sobre la verdad de lo que siente, se sitúa a una cierta distancia de sí mismo, en una especie de tierra de nadie. Evidentemente, la reflexión —ese volver críticamente sobre uno mismo— bloquea de algún modo la vida más espontánea. Ahora bien, la búsqueda de la verdad del filósofo terminará con las manos vacías. Aunque tampoco se irá, anímicamente, de vacío. En el fondo, hablamos de una docta ignorantia.

El creyente recorrerá un camino paralelo. Pues el salto de la fe, a diferencia de la suposición interiorizada de quien asume un mapa mental, tiene su momento, un momento, literalmente, crucial. En los Gólgota, los mapas mentales caen hechos pedazos. Las manos, también vacías… aunque con los callos de quien se ha pasado media vida cavando pozos de agua para los sedientos. Ahora bien, en vez de un sano escepticismo, una ciega esperanza. Y digo ciega porque, estrictamente, no se trata de un ideal o una expectativa difícilmente realizable, en definitiva, de algo que quepa visualizar, sino, más bien, de un debe suceder en nombre de. Pues lo decisivo de la vida creyente siempre fue a qué nos obliga mientras tanto la imposibilidad de Dios —su extrema trascendencia.

distingos

septiembre 14, 2025 § Deja un comentario

Una cosa es la verdad que revela el Gólgota —y la verdad es algo así como un non plus ultra que afecta a la totalidad— y otra, lo que hacemos con esa verdad. Y aquí caben dos opciones. La primera es la habitual: permanecer en el mapa mental que dibujamos con la revelación como motivo o excusa. El mapa mental nos ubica en el mundo, cielos incluidos, en tanto que facilita que las piezas encajen. O, al menos, la mayoría. Y quizá, por eso mismo, lo que lo sostiene un mapa mental es el sentimiento de estar en el lado correcto.

La segunda, en cambio, no es capaz de dibujar ningún mapa mental. En su lugar, y con la ayuda, eso sí, de cuatro fórmulas, el tener que responder a la voz ahogada de los sedientos y un esperar lo que no puede integrarse como una simple expectativa. Pues en el mundo, la mayor parte de las piezas quedan sueltas.

Ahora bien, la primera opción es el humus que hace posible que florezca la segunda. Y, sobre todo, que pueda reproducirse. Aunque sea de aquella manera. El blanco y el negro, para los film noir.

el abc del nihilismo

septiembre 13, 2025 § Deja un comentario

El nihilista no debe esforzarse demasiado. Y es que difícilmente podemos imaginar que sigan habiendo creyentes de aquí a…. ¿cien mil años? ¿Habrá quien sepa, eruditos al margen, que hubo un tal Jesús de Nazaret? ¿Y que fue confesado como Dios por millones de mujeres y hombres? Ni siquiera podemos confiar en que siga habiendo humanidad.

De ahí que el envés de la fe sea la convicción de que el tiempo debe tener un final. Y un final que no debería andar muy lejos… desde la óptica de Dios. Más aún: un final que incluya algo así como un reset cósmico… tras separar el trigo de la cizaña. Donde el cristianismo abandona la perspectiva escatológica, el nihilista, sencillamente, gana. Y por goleada.

Sin embargo, el problema de esta perspectiva es que resulta, literalmente, increíble. Aunque también es verdad que la esperanza creyente, y en tanto que apunta a lo imposible, nunca fue, salvo quizá en los inicios, una expectativa de la que pudiéramos hacernos una idea.

política y argumento

septiembre 12, 2025 § Deja un comentario

Si todo es política, incluyendo las relaciones familiares, entonces cualquier argumento que gire en torno a lo discutible termina en los lodos del ad hominem. Pues, como vio Carl Schmitt, el punto de fuga de la perspectiva política es la distinción amigo/enemigo. Y el enemigo es, por definición, aquel que debemos negar por lo que es. Aunque los prejuicios del consenso político nos den a entender lo contrario. Que todo sea política, al fin y al cabo, significa que la principal cuestión que debe resolverse, y cuanto antes, es quién manda, esto es, quién pronunciará la última palabra —quién decidirá.

Ahora bien, si esto es así, entonces la pretensión platónica de que la razón tenga algo que decir —y algo determinante— en el terreno de la política es vana. De hecho, fue el mismo Platón quien se dio cuenta de ello antes que nadie. En este terreno, el sofista siempre tiene —y tendrá— las de ganar. Será que, para la filosofía, también vale aquello de que hay un hiato insalvable entre verdad y mundo. Pues, parafraseando a Kafka, hay verdad, pero no para nosotros. Para nosotros lo que puede pasar por verdadero. Y, políticamente, que pueda pasar por equivale a imponer. Aun cuando sea con vaselina.

De hecho, la última verdad, en tanto que se presenta paradójicamente, siempre fue impracticable. En el Gorgias, el aguijón socrático no logró penetrar en la piel de Calicles. Y no porque este tuviera mejores argumentos, sino porque, de hecho, nunca le interesaron. En vez de argumentos, el ejercicio del poder. Por eso mismo, el Gorgias acaso sea una de las mejores introducciones al pensamiento de Nietzcshe.

cuestiones básicas sobre el poder

septiembre 11, 2025 § Deja un comentario

La cuestión: bajo qué poder nos hallamos, es decir, nos encontramos a nosotros mismos. Hoy en día, y espontáneamente, creemos que bajo ninguno. O mejor dicho: que la mayoría de los poderes que nos rodean son simplemente circunstancia, poderes con los que tenemos que lidiar. Hoy en día, nos encontramos a nosotros mismos en relación con nuestros deseos. No es lo mismo, En realidad, supone un encogimiento de la existencia.

Ciertamente, hay el poder gigantesco —el tsunami. Pero, de sufrirlo, lo sufriríamos por accidente. Es lo que tiene experimentarse a uno mismo como el centro de control. O también, el lado perverso de la dignificación ilustrada de la autonomía.

Una de las principales aportaciones del monoteísmo de Israel fue la de comprender el poder de Dios, como, por un lado, un poder creador y, por otro, como el poder del juicio. Y ello frente al de los dioses, el cual siempre estuvo del lado de lo simplemente gigantesco o impresionante. En cualquier caso, tanto el poder creador como el poder del juicio serían las dos caras de una misma moneda. Al menos, porque la creación como dádiva reclama el deber de preservarla de nuestra impiedad.

No hay que ser muy lúcido para caer en la cuenta de que, actualmente, el sentido de la creación así como el de hallarse sub iudice no es que sean, precisamente, comunes. Quizá porque tradicionalmente el primer poder se ha asociado a la imagen de un demiurgo espectral, aun cuando se vista con los ropajes del Dios cristiano; y porque el del segundo, a la de un dios enfurecido. En su lugar, evolucionismo y ley civil. No son incompatibles. Pero se imponen como si lo fueran.

Es posible que los emancipados de Dios —y quién no, modernamente— hicieran bien en preguntarse qué perdieron con su emancipación —y no solo qué lograron. De hecho, la mayoría de ellos ignora que Dios ya nos liberó, en su momento, del dios. Otro asunto, sin embargo, es que el dios se colase por la puerta de atrás con el triunfo histórico del cristianismo. Pero, como acabo de decir, este es otro asunto.

problemas aristotélicos

septiembre 10, 2025 § Deja un comentario

Quizá el problema de Aristóteles, por lo que tengo entendido, fue el de intentar resolver la cuestión acerca del ente como ente —esto es, al margen de cualquier atributo— en los términos de una existencia primera o fundamental. O al menos, este fue el problema de sus comentaristas. Y es que el ente en cuanto tal —el interrogante que apunta a un puro haber— en modo alguno podrá comprenderse en referencia a algo en concreto, ni siquiera cuando ese algo se entienda como un primer motor. Al fin y al cabo, donde nos preguntamos por qué hay algo en vez de nada, la entidad está de más —y, por eso mismo, hay más de lo que hay. De ahí que la realidad de un haber en cuanto tal sea, en cierto sentido, anterior a la existencia —y, consecuentemente, ande rozando la nada. La cuestión es, precisamente, en que sentido es anterior. Pues es obvio que no estamos hablando de una anterioridad temporal.

Quizá no sea casual que aquellos cuya existencia ha girado en torno a esta cuestión, en definitiva, en torno a la pregunta por lo verdadero avant la lettre, hayan terminado admitiendo, de un modo u otro, que todo es de nada. O en cristiano, gracia.

estupefacción

septiembre 9, 2025 § Deja un comentario

La filosofía, se dice, comienza con el asombro. Y es así —aunque también podríamos añadir que la sospecha juega aquí su papel. El asombro, en cualquier caso, va más allá de la simple curiosidad. Esta se dirige al cómo, aun cuando este se encuentre agazapado bajo una pregunta por el porqué. Así, podemos sentir curiosidad ante el hecho de que las cosas se caigan cuando las soltamos. O ante el crecimiento de la hierba. En cambio, el asombro es provocado por el simple hecho de que algo sea.

Esto podría pasar por una clasificación escolar… si no fuera que, por debajo de cada uno de estas cuestiones, late una actitud vital, diferentes modos de estar en el mundo. El curioso —y todos lo somos, en mayor o menos medida— sigue siendo un mono, aunque superior. Quien se asombra, sin embargo, queda fuera de juego. Pues no es posible responder a la pregunta del asombro —por qué algo y no, más bien, nada— sin, de algún modo, interiorizar la nada de un puro haber, aquella que abraza, precisamente, cuanto es. Y es por eso que quienes cultivan el asombro serán, de algún modo, transformados por esa docta ignorantia en la que el asombro se resuelve sin suprimirse. De ahí que difícilmente puedan sentirse cómodos en esos lugares comunes que hacen posible, precisamente, la vida en común.

el Dios imposible

septiembre 8, 2025 § Deja un comentario

Dios es imposible. Ciertamente. Ahora bien, esta fue un afirmación cristiana antes que atea, aun cuando la cristiandad nos obligase a mirar en otra dirección. Y tuvo que ser así. Pues, de no haber permanecido agazapada bajo los oropeles de la religión, la revelación del Gólgota difícilmente hubiese sobrevivido al paso de los siglos.

Al decir que Dios es imposible, me refiero a que la realidad de Dios en sí no puede comprenderse como una posibilidad del mundo, ni siquiera de uno superior. En modo alguno, cabe ubicar espacialmente la extrema alteridad de Dios. O por decirlo en trinitario, al margen del Hijo, el Padre carece de entidad. Y esto significa que, siendo real, aún tiene pendiente la existencia.

Me atrevería a decir que el en sí de Dios es la voluntad de anida en el seno del puro haber y por la que hay mundo. O dicho de otro modo, el hágase original —y por eso mismo, originario— se encuentra inscrito en la negación de sí de la nada, esto es, de la oscuridad y el silencio sin resquicio propios de un haber sin mundo. Y es que la nada no es nada, es decir, doble negación. El haber de un puro haber es no siendo aún un haber en concreto. Ahora bien, esto es así no porque el puro haber sea anterior en el tiempo —pues el tiempo es el efecto de la kenosis de Dios, aquella por la que Dios es imposible—, sino porque no hay haber de las cosas que no remita retroactivamente al fondo abisal —y, en consecuencia, mítico— de un puro haber. Y si este puro haber es el de Dios no es solo porque se trate de un non plus ultra, sino porque existimos como los arrojados que se encuentran expuestos a la posibilidad de la aniquilación —y, por eso, arrojados significa también donación. En el puro haber, reside la posibilidad del fin del mundo, una posibilidad continuamente diferida, sin embargo, por la kénosis de Dios. De ahí que, bíblicamente, el haber de Dios carezca de atributos. En este sentido, la imposibilidad de Dios sostiene lo posible. Es decir, Dios en sí es no siendo nada —y consecuentemente, fantasma, un clamar por la carne.

Por eso mismo, cristianamente, el primer atributo de Dios es el cuerpo de un abandonado de Dios que se abandona a Dios. Es por el fiat incondicional del crucificado que Dios adquiere entidad —una entidad humana— y se hace presente en el centro de lo histórico. Cuanto quepa decir acerca de Dios es cuanto cabe proclamar de aquel que pasó por enviado de Dios. Y no desde los prejuicios religiosos que podamos mantener sobre Dios, lo que, precisamente, dan a Dios por descontado… al margen de su hacerse cuerpo. Y es que la cruz no deja las cosas de Dios tal y como estaban.

No obstante, ¿dónde queda, entonces, el poder de Dios? La pregunta no es secundaria. Al menos, porque no tiene sentido referirse a Dios al margen de su poder o definitiva realización. En cristiano, suele hablarse del poder de la impotencia. De acuerdo. Pero este o es el verdadero poder, o la fe es, sencillamente, una ilusión. Así, el cristianismo responde al interrogante sobre el poder de Dios convirtiendo la imposibilidad de Dios en motivo de la esperanza creyente. Pues la esperanza creyente es un esperar, en último término, lo imposible en nombre de Dios. Y nada más imposible que la resurrección de los muertos. Así, y en nombre de Dios, los muertos deben resucitar… aun cuando no podamos hacernos una idea, salvo la delirante, de cómo podrá suceder. De hecho, que las imágenes del final de los tiempos sean delirantes sugiere, como mínimo, que no podemos creer desde nuestro lado, es decir, desde una posición de dominio, incluso si esta se viste con las excusas del sentimiento religioso de quienes están satisfechos con su fe. Donde transformamos la resurrección de los muertos en una expectativa humanamente asumible dejamos de creer. Pues creer implica creer en lo que no es posible creer. En su lugar, pasamos a suponer, lo que indica que aún no estamos los suficientemente desesperados como para esperar lo imposible en nombre de.

pistas

septiembre 7, 2025 § 2 comentarios

Quién busca señales, verá señales. Quien no, tan solo verá coincidencias. Pero ¿ hay señales? Cristianamente, la respuesta es un crucificado en nombre de Dios. Y esto fue y sigue siendo desconcertante para los buscadores de pistas. Pues, para el cristianismo, un más allá meramente topológico es irrelevante. Lo relevante: la encarnación de Dios. Al fin y al cabo, lo que la cruz nos revela es que Dios es un Dios que, desde el principio, no quiso serlo al margen del cuerpo de quien se abandonó a Dios en medio del abandono de Dios. Así, no fueron los ilustrados los primeros en constatar que Dios, en sí mismo, es un fantasma. Fueron, en realidad, los cristianos. Aunque tardasen siglos en comprender las últimas implicaciones de lo que inicialmente proclamaron.

relatos de carne y hueso

septiembre 6, 2025 § Deja un comentario

Es imposible, cuando menos, entender, y menos hoy en día, las fórmulas cristianas donde no tenemos presente las historias que les dan pie. Las fórmulas o las polémicas de los inicios. Por ejemplo, la que mantuvo Pablo con Santiago acerca de la necesidad de circuncidar a los gentiles que pretendían hacerse cristianos. Actualmente, esto nos parece un requisito meramente formal y, por tanto, propio de mentalidadesintolerantes. Pero basta con imaginar que los supervivientes de los campos de exterminio hubieran decidido tatuar a sus hijos con la estrella de David que los nazis impusieron a sus víctimas para hacernos una idea de lo que significaba la circuncisión. De ahí la resistencia de la comunidad de Jerusalén a quien sostuvo, dándose de apóstol, que ya no era necesario el viejo ritual.

Sin embargo, ¿por qué Pablo creyó que este dejó de ser obligatorio? ¿Quizá porque la liberación que supuso la resurrección inauguraba una nueva época? Así, en vez del no olvidemos de dónde venimos, el ten presente que se nos ha dado una nueva humanidad. Evidentemente, quien no no experimenta la liberación o, cuando menos, no se pone en la piel de los liberados, difícilmente podrá hacerse cargo de lo que aquí estuvo en juego.

dos ciudades

septiembre 5, 2025 § Deja un comentario

La revelación, en Israel, siempre fue la de una voz. Pero una voz se escucha —y no simplemente se oye— en la oscuridad. Y es que, bíblicamente, la verdad acerca de Dios se revela donde se derrumban los muros de la ciudad —donde la violencia, el hambre, el abuso de poder, en definitiva, la desgracia se imponen como la definitiva sentencia del mundo. Ahora bien, la verdad acerca de Dios nunca se le presentó a Israel, salvo en las fases más tempranas, como la de un deus ex machina, algo así como el séptimo de caballería. Israel no llegó a creer hasta que no sufrió la dura experiencia del exilio. Solo entonces comprendió que Dios es más que un único dios. La experiencia de Dios comienza, ciertamente, con el asombro ante lo dado. Pero no se completa, como quien dice, sin esa voz cuyo eco escuchamos en el clamor de los sin Dios. Y bajo un cielo de plomo.

Atenas, sin embargo, nunca fue por ahí. Para el griego, el lugar de la revelación es la atalaya de quien mantiene una debida distancia —la atalaya del dios. Al fin y al cabo, se trata de un caer en la cuenta, el cual, sin embargo, nada tiene que decir, ni mucho menos proclamar, una vez irrumpe el tsunami de la catástrofe. Pues nada humano sobrevive a esta.

Voz o visión. No es exactamente lo mismo. Aunque en ambos casos, aquello a lo que apuntan sea la realidad de una raíz que carece de entidad. Con la voz, queda comprometido el cuerpo. Aquí no habrá error, como si se tratase, simplemente, de enfocar sin que nos tiemblen las manos, sino acusación, el motivo de la cual fue, desde el principio, una congénita indiferencia o impiedad. En cambio, donde prevalece la visión, el cuerpo —su modo de percibir— es el lastre.

Occidente —mejor dicho, la cristiandad— es el resultado del cruce entre el profeta y el sabio. Y esto significa que Occidente, en lo que respecta a la verdad de Dios, siempre jugó con las cartas marcadas. Tampoco debería, sin embargo, sorprendernos. Pues el doble juego quizá sea lo que hace posible un éxito histórico.

Jesús, un mito

septiembre 4, 2025 § Deja un comentario

La divinización de Jesús ¿supuso una mitificación del hombre? Es posible que hubiese algo de esto en bastantes de las variantes del primer cristianismo. Sin embargo, la mitificación presupone que todavía nos mantenemos dentro de las coordenadas de la religión, las cuales dan por descontado que Dios posee entidad al margen de su hacerse hombre. Ahora bien, el cristianismo, cuando proclama que Jesús es Dios, no nos está diciendo que Jesús se hiciera divino, sino que Dios, más bien, se hizo hombre —y que, por eso mismo, Jesús es Dios. Cristianamente, todo cuanto que decir sobre Jesús se dice sobre Dios. Y esto, ciertamente, no deja las cosas de Dios como estaban. Pues la exaltación de Jesús tiene como condición un Dios en caída libre, como quien dice.

más qué es

septiembre 3, 2025 § Deja un comentario

Decimos: esto es así…. porque siempre ha sucedido así. Pero también es cierto que el dios no necesita reiterar su aparición. Bastó Hiroshima para darnos cuenta de que es mejor no estar cerca. Quizá sea verdad que, en cualquier caso, permanecemos aferrados a la impresión, a los mecanismos cerebrales que fijan nuestras primeras convicciones.

Sin embargo, hay más. Pero acaso, parafresando a Kafka, no sea para nosotros. Para nosotros una mezcla de asombro y espanto. Y este acaso sea el principio de cualquier profundidad.

qué es

septiembre 2, 2025 § Deja un comentario

Vemos lo que vemos —y tal y como lo vemos. Así, decimos: hay árboles. O también: hay Dios porque siento que hay un Dios. No es necesario suponer que quizá estemos dentro de un sueño o bajo los efectos de una brutal alucinación. De hecho, esta extravagante suposición tan solo posee una función epistemológica al apuntar a la posibilidad de la certeza absoluta —y la noción de verdad desborda, originariamente, los límites que le impone la preocupación por una saber del que no quepa la más mínima duda. Para desconfiar de los que nos parece verdadero, bastan los resultados de la investigación: la tierra no es plana, el Sol no gira, en la mesa sobre la que nos apoyamos hay más vacío que materia…

Estos resultados, no obstante, simplemente proporcionan una nueva apariencia… que difícilmente llegaremos a incorporar. Se trata de la realidad que se presenta al intelecto, y, por eso mismo, a sus condiciones. Estamos, pues, ante una realidad deducida —y aquí el cuerpo no nos sigue: la mesa sigue siendo dura, no podemos vernos dando vueltas alrededor del Sol… De ahí la pregunta metafísica par excellence por la ignotum X de la experiencia, por lo real al margen de su hacerse presente —una pregunta que, de hecho, pretende pillar la cosa por detrás, como decía Hegel.

El presupuesto implícito de las apariencias es, por tanto, que hay más —que tiene que haberlo. Sin embargo ese más nunca será el de otro mundo. Pues en ese caso simplemente habríamos desplazado la cuestión. Aunque nos lo imaginemos así.

volver al quicio

septiembre 1, 2025 § Deja un comentario

La paz de ánimo —la serenidad— solo se alcanza aceptando que formamos parte de aguas que nos cubren, como decía Merton. Y esto, hasta cierto punto, es así.

Sin embargo, hay otra espiritualidad, aquella en la que el creyente es sacado de quicio por el llanto ensordecedor de las víctimas de la historia. Aquí, la paz de ánimo encuentra su envés en la tensa esperanza de quien mantiene los ojos abiertos y las manos ocupadas repartiendo el pan de cada día. El compromiso creyente con los hambrientos posee, en realidad, una dimensión eucarística y, por eso mismo, sacramental.

El riesgo de la espiritualidad del formar parte es el de acabar siendo espectadores del naufragio de tantos. Como también, el riesgo de la espiritualidad de los dequiciados es el de transformar la esperanza en un ideal al alcance de nuestro activismo.

No hay, por tanto, respuesta a lo que debemos hacer. En su lugar, llamada. Es decir, in-vocación. Y Dios ya decidirá, como quien dice.

no hay tautología

agosto 31, 2025 § Deja un comentario

El principio de identidad —A es A— es algo más que una verdad formal, al revelar el doble lenguaje que constituye el habla. Ciertamente, cuando nos situamos exclusivamente en la perspectiva lógica, perdemos de vista su carácter revelador. Pero el principio de identidad es inútil —esto es, no sirve como regla del apañárselas con cuanto nos rodes— si no remite, al fin y al cabo, a un algo. A es A no dice nada si no podemos afirmar que una manzana es una manzana.

Evidentemente, si permanecemos en el lado del concepto, no hay más que decir. Y por eso mismo, una madre es por definición una madre, pongamos por caso. Pero una vez descendemos al terreno de la individualidad, siempre cabe decir más. Pues individualidad significa posibilidad de negar el ajuste con el concepto, un ajuste por el que —conviene destacarlo— lo particular llega a ser, precisamente, lo que es. Y dado que esta posibilidad permanece, cuando menos, latente en lo más íntimo, la negación se revela como el sesgo de la individualidad.

Así, la posibilidad de que una madre abandone a sus hijos sigue ahí, en cualquier madre… en tanto que madre. De lo contrario, no tendría sentido hablar de malas madres. No hay madre que, siendo una buena madre, no conserve en su seno a la mala. De ahí que antes nos refiriésemos al habla como doble lenguaje, en definitiva, a la ambigüedad que atraviesa cuanto es. Hablamos, en definitiva, del tiempo.

Para entendender mejor esto último, consideremos lo siguiente. Decimos el presente es presente. Y creemos estar diciendo una obviedad. En cierto modo, es así. Pues, siendo lo obvio lo obviado, solemos pasar de largo ante este tipo de afirmaciones. Ahora bien, porque pasamos de largo, no nos damos cuenta de que la obviedad dice siempre más de lo que aparentemente dice. En este caso, que el presente se nos presenta como presente, es decir, como dádiva. De este modo, al presentarse como don, la presencia de cuanto tiene lugar es remitida a un antecedente que, en última instancia, apunta al pasado absoluto de un puro ahí. Todo es de nada.

En general, podríamos afirmar que con el principio de identidad, una vez se aplica a lo que es, la primera aparición del término se sustrae a la segunda —y por eso mismo deviene algo más. A es A —algo es lo que es— porque A no acaba de ser A. Es lo que tiene la singularidad de un A —en definitiva, del esto que es A. Esta sustracción o retirada sostiene la posibilidad de dejar de ser lo que se es. Todo esto se encuentra infectado de la nada de un puro ahí —de la nada de la que procede… pues hay algo porque la nada no es; porque la realidad de la nada del puro haber consiste en una negación de sí: no es nada. Hablamos, por tanto y como decíamos, del tiempo. Así, es verdad que un amigo es un amigo. Pero porque la amistad determina al amigo como tal, el amigo es algo más que un amigo,a saber, alguien que podría dejar de serlo.

Más aún: quien dice yo soy el que soy ya por eso mismo está más allá de su concepto, modo de ser o aspecto. Ahora bien, por eso mismo, sin su aspecto ese yo no es aún nadie.

Traducción cristológica: Dios —trinitariamente, el Padre— está eternamente más allá de su cuerpo porque sin ese cuerpo colgando de una cruz no es nadie. Y si pillamos esto —mejor, si no lo experimentamos, es decir, padecemos— va a resultar difícil no escandalizarse… por poco que conservemos una cierta sensibilidad religiosa.

sin duelo

agosto 30, 2025 § Deja un comentario

¿Nos atreveríamos a criticar a una madre por limpiar a diario la tumba de su hijo y ponerle flores? ¿Por agarrarse a su cadáver? El duelo nos obliga a permanecer junto al muerto. ¿Estamos ante un desvarío que deberíamos evitar? No me atrevería a decirlo. Al fin y al cabo, se trata de un no debes partir.

Sin embargo, en nuestras ciudades, tan modernas, el negocio de las funerarias —nuestro higienismo— nos impide experimentar el duelo… por poco que nos despistemos. Una vez comunicamos la muerte de nuestro padres, hijos, hermanos… todo sucede metódicamente. Y con rapidez. Se trata de alejar la muerte. Mejor que conserves un buen recuerdo.

Y así el duelo, hecho de desgarro y silencio, se transforma en su simulacro: unas palabras durante el funeral y, si fuera posible, muy cargadas de sentimiento. También ayuda el cant dels ocells. Que la gente se ponga a llorar… aun cuando apenas conociese al muerto. A esto se lo denomina, por lo común, espectáculo.

el darse de Dios y la idolatría

agosto 29, 2025 § Deja un comentario

Que el en sí sea siempre un para mí implica que Dios aparecerá como dios. Dios en sí se revela como la abstracción de dios —como lo que queda de Dios donde ya no queda nada del dios. Y no hay nada más real que lo abstracto.

La idolatría es, por tanto, inevitable. La cruz —el silencio de Dios en medio del infierno— es el único antídoto. Pues en la cruz hace saltar por los aires cualquier creencia o suposición —todo mapa mental. La cuestión es qué vida puede haber más allá del Gólgota —más allá de la revelación de Dios.

Para los griegos, esta pregunta carecía de sentido. Pues, según ellos, nada humano sobrevivía a la catástrofe, al derrumbe de los cielos. Ya conocemos, en cambio, la respuesta cristiana: tan solo cabe esperar la vida de quienes regresan con vida de la muerte —y esta vida es la vida de Dios.

Ahora bien, no hay vida sin cuerpo. Ni siquiera la de Dios. De ahí, los relatos de la resurrección, en definitiva, de esas víctimas que estando muertas , al no tener ya vida por delante, llegan a perdonar, y creemos que desde lo más íntimo de ellas mismas, a sus verdugos.

¿Imposible? Por supuesto. Ahora bien, no terminamos de comprender qué significa hallarse expuestos a la realidad de Dios —a su acontecimiento— donde seguimos aferrados a lo que el mundo puede admitir como posibilidad, incluyendo la religiosa.

el tamaño no importa

agosto 28, 2025 § Deja un comentario

Hay un árbol frente a ti. ¿Qué es? Un árbol. Pero te vas acercando cada vez más. ¿Qué sucede? La perspectiva se estrecha. Pero ahí sigue habiendo un árbol. Ahora bien, al aproximarte, ese árbol te afecta en mayor medida. El olor de las hojas, su humedad, la rudeza del tronco… no es que se te hagán más presentes, sino que, sencillamente, se te hacen presentes —aparecen— como teniendo una existencia propia. Sin embargo, tendrás que pagar un precio: ya no ves el árbol, sino que captas sus fragmentos. La hoja, la corteza, la rama… siguen siendo partes de. Pero solo por principio Una vez se nos presentan como tales, su formar parte deviene secundario. El Uno se replica en lo individual. Todo es el todo. De hecho, esta fue la intuición fundamental del neoplatonismo.

Más aún. Supongamos ahora que a medida que te acercas al árbol también vas reduciéndote hasta alcanzar el tamaño de una célula, penetrando en el cuerpo de una de las hormigas que recorren el tronco. La hormiga desaparece del campo de visión: su interior es en ese momento tu nuevo mundo. Pues un mundo es siempre relativo al tamaño, las medidas, la proporción. Ahora bien, por eso mismo, el tamaño solo le importa al mundo.

Sin embargo, ¿qué permanece por encima o más allá del mundo? El ahí de lo que hay. Este es siempre el mismo… no siendo nada en sí mismo. Mejor dicho: es no siendo nada en concreto. Oscuridad y silencio sin resquicio. Es por eso que el puro ahí es lo más real —lo irreductible o indomable, lo otro o absoluto. En definitiva, lo que no puede aparecer como tal sin que desaparezca el mundo. Pues la condición del mundo es el retroceso del puro ahí. Así, el mundo se nos da como representación. Esto es, el en sí deviene un para mí.

Hay, ciertamente, otros mundos, al igual que hay lo que trasciende los mundos. Pero lo que trasciende los mundos nunca será un mundo superior, sino lo otro del mundo. Y mejor no topar con eso: que pase de mí este caliz.

de entrada

agosto 27, 2025 § Deja un comentario

En el prólogo al cuarto evangelio encontramos, como es sabido, algo que si se piensa bien, resulta cuando menos curioso, a saber, la utilización del término logos, un término extraño a la tradición deuteronómica. También es sabido que los evangelios se escriben en una época en la que la influencia del helenismo se respiraba en el ambiente. Por eso mismo, Juan pudo asociar, y como quien no quiere la cosa, la Palabra de Dios a la razón que rige cuanto es.

Ahora bien, digo que es curioso porque esta asociación admite una doble dirección. O bien, la entendemos asimilando a Jesús de Nazaret a lo que se nos muestra naturalmente como divino. O bien, vinculando la experiencia de lo divino a quien muere como un apestado de Dios. Es evidente, que con esta segunda lectura lo divino deja de presentarse como hasta el momento. Tras el Gólgota, las cosas de Dios, por así decirlo, no permanecen donde estaban. De ahí que podamos hablar de revelación. En cambio, desde la primera óptica tan solo hay ilustración. Aunque nos sorprenda. En el primer caso, partimos de Jesús es Dios. En el segundo, de Dios es Jesús.

No obstante, el triunfo histórico del cristianismo se debe a que, como Iglesia, nunca renunció a esta ambigüedad, la que se mueve entre la religión y la fe, una ambigüedad que se desprende de la circularidad de las dos fórmulas anteriores. De hecho, popularmente siempre se prefirio seguir con esa variante del ángel de la guarda de nuestra infancia —la que no quiere saber nada del escándalo de la revelación— que con el Dios que, desde el principio, no quiso ser nadie sin la adhesión incondicional —es decir, contra toda evidencia— del hombre de Dios.

la oración como mantra

agosto 26, 2025 § Deja un comentario

Limitarse a recitar lo que otros oraron en verdad… Como quien quiere permanecer cerca… estando lejos. Muy lejos. Y puede que este recitar sea incluso más auténtico que la oración de quienes, al orar, se apoyan únicamente en su sensación de contar con la ayuda de Dios. Al final, la fidelidad es seca.

la sabiduría y sus tautologías

agosto 25, 2025 § Deja un comentario

Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, dejó escrito que los amigos son el único refugio ante la desgracia —y aquí podríamos añadir cualquier frase de este estilo: una madre nunca abandona a sus hijos, el amor es libre, etcétera. La pregunta sería si esto es verdadero. Y la respuesta es que es tautológicamente verdadero. No hay posibilidad de que haya una madre por ahí que abandone a su hijo… pues, de hacerlo, no sería, propiamente, una madre. No es esto lo que hace una madre, decimos. Así lo que es una madre —su esencia— va con el tener que ser una buena madre. Lo mismo podríamos decir con respecto a lo que es un amigo o el amor.

Sin embargo, aquí la referencia a lo bueno no implica un compromiso estrictamente moral. Y es que también cabe una definición de, por ejemplo, el maligno. Un psicópata es quien debe comportarse conforme a su esencia, naturaleza o modo de ser. Con todo, nunca sabremos hasta qué punto el amigo siempre estará ahí o nuestra madre no nos abandonará bajo ninguna circunstancia.

¿Qué se desprende de lo dicho? Pues que la definición de lo que es un amigo —o una madre, o el amor…— va con una exigencia, un deber ser, una tendencia a realizarse como tal. Ahora bien, esto significa que, como posibilidad, la esencia es, en cierto modo, anterior a la existencia. De hecho, esto es lo que sostuvo Platón. Pero, en ese caso, el problema es del tránsito de la posibilidad a la existencia o, en términos Aristotélicos, de la potencia al acto.

Platón, como es sabido, lo resolvió apelando a un creador, un demiurgo. Sin embargo, Platón fue consciente de que esta era una solución mítica, es decir, una que suponía abandonar la necesidad para regresar al relato de hechos que hubieran podido no suceder.

La respuesta a esta dificultad la dio, de algún modo, el mismo Platón en sus últimos diálogos y la afinó su discípulo Aristóteles. Posteriormente, la redondearon con Spinoza y Hegel. Grosso moso, consiste en comprender la posibilidad como dinámica, en definitiva, como energía o poder. Esto es, la posibilidad es su realización. Así, no es que, por un lado, haya posibilidades —esencias, formas…— y, por otro, las cosas que las realizan. El carácter real de la esencia no trasciende su realización —y por eso mismo, no chorismos, hiato. Hay un movimiento interno a la esencia que la empuja a darse en lo concreto.

Ahora bien, la realización supone que la esencia es dejada atrás, como quien dice. Pues nada se realiza como debiera. No hay nada que sea por entero lo que muestra ser. Y esto —y aquí ya topamos con Hegel— es lo que tiene que ser. La ambigüedad atraviesa cuanto es. Hablamos, por descontado, del ser como tiempo, y, por eso mismo, de la dialéctica entre el aparecer y el desaparecer.

La traducción teológica surge sin esfuerzo. Así, o bien Dios es al margen del acto creador; o bien Dios, en sí mismo, no se diferencia del acto creador —de su voluntad. En el primer caso, tendríamos religión. En el segundo, monoteísmo. Y en su perspectiva, la bondad de Dios acaso debiera comprenderse como el envés de su retroceso o altura. Pues hay mucha piedad en un Dios que sea niega a sí mismo para que haya criatura. El hágase, en realidad, siempre fue una kenosis, un séptimo día.