el sueño de Escipión

agosto 24, 2025 § 1 comentario

Una de los leitmotivs de la espiritualidad antigua consiste en observar cuanto nos sucede desde la óptica del dios. Así dice Cicerón, por ejemplo: miramos desde arriba los asuntos humanos y, al contemplar las cosas superiores y celestes, despreciamos dichos asuntos como mezquinos y limitados. O Séneca: sabré que todo es pequeño cuando haya tomado la medida de Dios. Desde arriba, el lujo, el anhelo de poder, las guerras, nuestros deseos, la búsqueda de renombre… se tornan ridículos. Al fin y al cabo, se trata de vivir desde la perspectiva de la caducidad, por no decir de la propia muerte. Y es que, únicamente de este modo, cabe reconocer el valor del simple hecho de existir y, de paso, llegar a distinguir entre lo que importa y lo que no. Asentados mentalmente en la atalaya del dios, la sociedades humanas se muestran como colonias de hormigas.

Salta a la vista el paralelismo entre lo anterior y el libro de Job. ¿La diferencia? Job cae de rodillas, mientras que el griego se mantiene en pie.

Spinoza y, posteriormente, Nietzsche darán, sin embargo, una vuelta de tuerca: sub specie aeternitatis, nada importa. No hay bien, no hay mal. Tan solo, cosas que suceden. La pureza de la infancia y los genocidios de la historia se encuentran en un mismo plano.

Con todo, la pregunta que permanece en el aire es si los asuntos humanos son en verdad ridículos —o, más bien, solo es lo que nos parece… desde otro punto de vista. En definitiva, si es posible dar en el clavo de lo real más allá de las apariencias. O mejor, teniendo en cuenta que no podemos evitarlas —pues todo lo real aparece o se hace presente—, la pregunta sería, más bien, si hay alguna perspectiva de la que podamos decir que es verdadera.

Ciertamente, no la hay con respecto a los hechos. Pero, por eso mismo, la cuestión sobre la última verdad apuntará inevitablemente al conjunto de la existencia y, en definitiva, a la posibilidad de un valor adherido a cuanto es… lo que, por otro lado, conduce a la distinción entre hecho y acontecimiento. Pero este sería otro asunto.

retrocesos espirituales

agosto 23, 2025 § Deja un comentario

Donde olvidamos que la esperanza cristiana en la resurrección de los muertos —ese imposible— nace de la pregunta por el destino de las víctimas inocentes de la historia —esto es, donde esta cuestión no provoca nuestro insomnio, como quien dice—, fácilmente hacemos de dicha esperanza el motivo de una ilusión: “no terminaré muriendo”. Como si la resurrección de los muertos fuese, simplemente, un modo de hablar de la inmortalidad del alma. Y, evidentemente, no se trata de lo mismo.

tolerancia y creencia

agosto 22, 2025 § Deja un comentario

Todos tendemos a creer en lo que se cree —en las creencias que flotan en el ambiente. Es por esto que las creencias compartidas, las cuales van asociadadas a la buenas costumbres, constituyen algo así como una argamasa social. La cuestión es que, en las sociedades tolerantes, no cuentan con esa argamasa. En su lugar, los códigos de circulación. Y a estos les basta la exigencia de respetar la libertad del otro.

En las sociedades tolerantes la creencia ha pasado a ser, por tanto, un asunto privado, personal. Como los gustos. Y ello, ciertamente, afecta a su pretensión de verdad. La creencia siempre tuvo su envés político. Al fin y al cabo, la solución de Occidente a las guerras de religión consistió en dejar de tomárnoslas en serio.

Y es así que Dios se convirtió, de nuevo, en un dios. Aunque también es verdad que mejor esto que matarnos unos a otros en su nombre, lo que, de hecho, supone caer en un contradictio en terminis. De ahí que para recuperar a Dios tengamos que volver a leer para, al menos, caer en la cuenta de que Dios en verdad nunca fue el objeto de una creencia. Esto es, de una suposición. Pues la fe siempre fue antes un mantenerse a la espera que un dar por descontado.

compradores

agosto 21, 2025 § Deja un comentario

El problema del individuo moderno es que difícilmente se experimentará a sí mismo en relación con lo que le supera, sea la inmensidad del cosmos o el exceso de los horrores históricos. En vez de ello, permanece frente al escaparate o excitado ante el próximo unboxing. Entre el oficio y la distracción, el indiviso deambula por la vida alejado de sí mismo, , esto es, de su escisión. Como las bestias, que tampoco están divididas, distanciadas de su naturaleza. Esto, de hecho, siempre ha sido así. De lo contrario, Platón no hubiera escrito que una vida que vuelve sobre sí misma —y que, por consiguiente, deja de ser indivisa— tiene más valor que una que se deja arrastrar por la inercia de los días. Sin embargo, este contraste, hoy en día, resulta ininteligible. Pues el sabio —o en la tradición cristiana, el santo— ya no es un referente. En su lugar, el triunfador, hablemos de un futbolista, un rapero o de Elon Musk.

De hecho, que existamos arrojados a nuestra posibilidad significa que todo, al fin y al cabo, se decide en torno a la cuestión del poder: a qué poder nos encontramos sometidos incondicionalmente; cuál es el límite de nuestra posibilidad… Pero no es el mismo poder el que se ejerce sobre uno mismo en nombre de lo que nos invoca, siendo inalcanzable, que el que se lleva a cabo sobre —y probablemente, contra— los demás.

padre e hijo

agosto 20, 2025 § 2 comentarios

El cristianismo es la religión del Hijo. Y porque es así el Padre se hace presente —llega a ser el que es— en el centro de lo histórico. El Hijo, estrictamente, no representa a un Padre que habita los cielos como pueda habitarlo un dios. Pues el Padre, por sí solo, aún no es Dios, sino la voluntad de Dios, una voluntad cuya aspiración es, precisamente, la de tener un cuerpo. Dios llega ser el que es en la carne. Este y no otro es, de hecho, el leitmotiv de la dogmática trinitaria, su música de fondo.

La cruz del Hijo, por tanto, arranca al Padre de su aún nadie —de su silencio. Por la entrega del Hijo, el Padre es, por tanto, alguien y no, simplemente, algo sumamente poderoso. Proclamar, como proclama el cristianismo, que Dios es Jesús —y que, por eso mismo, Jesús es Dios— equivale a confesar, por tanto, que el crucificado, un hombre de Dios, es el quien de Dios. Más allá de silencio de Dios hay la carne de Dios.

Comprender el cristianismo como una religión entre otras es no haber pillado todavía su audacia —su desconcertante seriedad. Quizá no fuese casual que los romanos tildasen a los primeros cristianos de ateos. Pues que, desde el principio, la voluntad de Dios —la voluntad que es Dios en sí— fuese la de depender del hombre que depende de Dios no es algo que termine de casar con lo que espontáneamente entendemos por divino. Y porque la revelación siempre nos coge con el pie cambiado, quizá tampoco sea casual que muchos de los se dicen a sí mismos cristianos sigan dirigiéndose al Padre como si este fuese alguien al margen de su cuerpo. En este sentido, podríamos decir que su cristianismo es el de Jesús que anduvo por Galilea, esto es, un judaísmo edulcorado con los toppings —o la excusa— de Jesús de Nazaret como enviado de Dios.

aporías del tiempo

agosto 19, 2025 § Deja un comentario

Decimos: el tiempo puede dividirse en infinitos instantes. ¿Qué presupone esta afirmación? En primer lugar, que el tiempo es algo así como una línea continua. En segundo lugar, que hay el instante. Pero ¿cómo este podría hacerse presente? ¿Acaso el tiempo no implica que no haya, precisamente, el instante? El instante no puede suceder. En cualquier caso, el instante es lo dejado atrás por el tiempo —y por eso mismo, no cabe constatarlo y, por extensión, medirlo. Si, de hecho, medimos el tiempo es porque hacemos de un valor mínimo el trasunto convencional del instante.

El instante sería, por tanto, como el punto geométrico: una noción. Pues, al igual que el punto geométrico no ocupa ningún espacio, el instante no dura. Por consiguiente, el tiempo estaría formado, no ya por unidades de tiempo, sino por lo que no es tiempo. Esto es, por lo eterno.

Así, la noción de instante, como la del punto geométrico, presupone la idea abstracta de una unidad absoluta, es decir, indivisible, una idea que va adherida al lenguaje. Pero también la relación entre un todo y sus partes. Así, nos imaginamos la línea continua del tiempo como si fuera un salsichón: podemos cortarlo potencialmente en trozos cada vez más pequeños. No hay nada compuesto —y toda cosa es compuesta— que no pueda descomponerse. Ahora bien, ¿con qué toparíamos al final? De hecho, no toparíamos. Y es que si este final fuese algo en concreto —algo material—, aún cabría seguir cortando, como quien dice. La idea de una unidad absoluta es, en realidad, una noción cuyo referente —el instante, el punto geométrico— carece de la concreción de lo palpable. Nada más real que la idea, decía Platón. Y no lo dijo por decir. Hay lo absoluto. Pero su haber no es el de presente. Al fin y al cabo, lo Uno solo puede hacerse presente como lo múltiple —como aquello que lo confirma al negarlo. O por decirlo de otro modo, la eternidad es el instante. Pero el haber de la eternidad no es el de lo presente, sino el de lo que debe ser o realizarse. Pero el instante solo puede hacerse presente como momento. En definitiva, como tiempo —como lo que niega el instante, la eternidad.

Por tanto, al final, lo eterno. Sin embargo, eterno no pueda, de hecho, realizarse… como tal. Hay tiempo porque la eternidad fue dejada atrás en su realizarse. Porque la eternidad es lo que debe ser, la eternidad es su tener que hacerse presente —y por eso mismo, es en su negación de sí. Nada habría —nada sería— si lo irrealizable como tal no debiera ser. Y quien dice irrealizable dice imposible.

Hay momentos. Como, también, podemos dibujar un punto. Pero ni el momento, ni el punto que dibujamos son instantes o puntos simples, sino siempre su re-presentación. Así, el instante o el punto se hacen presentes en lo que no es estrictamente ni instante, ni punto. Es decir, relativamente.

Paralelamente, el paso del tiempo es indisociable de la metamorfósis de cuanto es. Todo cambia de forma. Si las cosas no modificaran su forma —en general, si nada se moviera—, no habría tiempo. Ahora bien, las cosas se mueven en relación con lo que no se mueve. Pero ¿qué es lo que no se mueve? Por definición, lo sustancial, el substrato de cuanto es, en definitiva, su base o fundamento. Y, como decíamos, lo substancial, tradicionalmente, es lo eterno. O por aquello de elevarse a lo paroxístico, hay lo que hay porque (la) nada se mueve — y solo puede moverse hacia lo que no es nada. Se trata del movimiento inherente a la nada.

Pues bien, con respecto a este asunto, ¿en qué consistió la operación originaria de la Modernidad? Por decirlo brevemente, en transferir el poder de lo sustancial al ego cogito. Este sería el espectadorque, permaneciendo en su posición, constata la transformación de cuanto es. Hay tiempo. Pero porque lo que permanece inmóvil, en primer lugar, es la conciencia de sí como res cogitans. Y si decimos en primer lugar es porque la conciencia, tarde o temprano, llegará a la conclusión de que la materia, en cuanto tal, también es sustancia.

Sin embargo, la unidad del ego cogito , el envés de su carácter sustancial, depende de la memoria —de su capacidad para reunir el pasado y presente en un momento dado. Este momento depende, por su parte, de que el ego cogito pueda decirse a sí mismo que sigue siendo el mismo que el que era hace un momento. Pero ¿podría decírselo sin recurrir, cuando menos, a lo que recuerda? Esto es, sin verse a sí mismo —y por tanto, sin diferir de los recuerdos… con los que, por otro lado, se identifica. Ciertamente, la Modernidad piensa la temporalidad desde la sustancialidad del ego cogito. Pero el ego cogito no funda la temporalidad, sino que la presupone. Absurdo. Podríamos decir que la Modernidad se inicia con una especie de juego de manos.

Las consecuencias teológicas saltan a la vista… siempre y cuando no suframos de miopía.

el prejuicio de la mística

agosto 18, 2025 § Deja un comentario

La experiencia mística presupone, conceptualmente, que pertenecemos a y no solo formamos parte. O por decirlo de otro modo, que en el fondo de cuanto es habita el Espíritu, cuyos destellos se encuentran en lo más profundo del alma. El arrebato místico sería, por tanto, el correlato sensible de esa pertenencia esencial. Con estos arrebatos, el yo perdería, sin duda, su individualidad, la cual arraiga en la negación del Espíritu…, pero sin dejar de ser uno mismo. Esto último parece contradictorio. Sin embargo, no lo es. Y es que, desde la óptica mística, somos los que pertenecemos a. En este sentido, la individualidad sería un espejismo.

Sin embargo, hoy en día, espontáneamente decimos que el arrebato mísitico refleja tan solo una alteración cerebral. Así, se provocaría igualmente un efecto místico ingiriendo, por ejemplo, ciertas drogas o padeciendo determinadas enfermedades mentales. La pregunta es si esta constatación demuestra que la experiencia mística es tan solo una ilusión.

La respuesta, no obstante, es inmediata… si tenemos en cuenta que no hay hechos químicamente puros. O mejor dicho, que no hay visión que no posea una carga teórica, esto es, que no lleve incrustada un saber de qué se trata, al menos hasta cierto punto. Todo ver es un ver como.

Por ejemplo, si ahora pudiéramos mostrarles un billete de cincuenta euros a los antiguos egipcios, no verían dinero. No podrían verlo. En su mundo, sencillamente, no hay papel moneda —ni puede haberlo. Paralelamente, a los viejos chamanes no les impresionaría la crítica moderna a la cosmovisión religiosa: tú ves lo que ver porque has ingerido peyote. Que pudieran acceder al éxtasis a través de estimulantes o de ciertos estados mentales es, de hecho, lo que daban por descontado. Es decir, no cuestionaría su convicción fundamental, a saber, que hay un mundo superior y que es posible acceder a él… a través, precisamente, de ciertas prácticas. Estas serían, por eso mismo, la llave que abriría la puerta.

De ahí que la crítica moderna a la religión solo sea posible desde el presupuesto de que no hay otro mundo, ontológicamente superior. Así, antes que descubrir, los argumentos ilustrados confirmarían el prejuicio del que parten. Al igual que en el caso del viejo chamán. O de Teresa de Ávila.

Y ahora la pregunta es qué prejuicio daría en el clavo de lo real. Evidentemente, la respuesta dependería de lo que entendamos por real. Pues bien, no parece que podamos decantarnos por los antiguos… si no partimos de nuestro estar constitutivamente expuestos a una alteridad que, en sí misma, anda rozando la nada. Donde partimos del ego cogito como principio y fundamento del saber, no puede haber otra verdad que la que se muestra como adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos a los que estas apuntan. Sin embargo, la verdad de la alteridad avant la lettre en modo alguno puede comprenderse como adecuación. Pues que haya alteridad no es, propiamente, un hecho. Pero este es otro asunto.

la experiencia de Dios

agosto 17, 2025 § Deja un comentario

Por lo común, decimos que experimentamos el hambre o la sed, el desprecio o el triunfo, la violencia, el amor… También, la vida en su conjunto… siempre y cuando podamos comprenderla como un trayecto hacia —como consumación—, esto es, como un viaje y no como una mera sucesión de las cosas que nos pasan. No obstante, estas experiencias quizá no puedan ponerse en el mismo saco.

Una experiencia avant la lettre, y a diferencia de lo sensacional, ese chute de adrenalina, siempre apunta al acontecimiento que interrumpe —y en vertical— la rutina diaria y, por eso mismo, no saca de su quicio. Y esto así aun cuando esa irrupción sea el precipitado de un éxodo interior. Nadie experimenta, propiamente hablando, una montaña rusa o un juego. Aquí, en cualquier caso, estaríamos únicamente ante la imitación de la experiencia, al igual que la novedad supone el simulacro de lo nuevo. Y es que la experiencia supone, en cualquier caso, la invasión de la alteridad, la cual se presenta siempre como la realidad del aún nadie.

Teniendo esto en cuenta, podríamos ahora preguntarnos en qué consistiría una experiencia de Dios. Espontáneamente, creemos experimentar lo divino ante lo gigantesco, el exceso natural que desborda por entero nuestra sensibilidad. Pero esta experiencia es, en tanto que relativa, circunstancial. Pues basta con que aprendamos a dominar lo gigantesco para que deje de conmovernos.

Ciertamente, la devastación que supone un tsunami o el estallido de un volcán puede marcar nuestra existencia, dividirla en un antes y un después. Pero esta división será epidérmica —aunque la herida sea profunda— si no queda abrazada por el silencio que cubre por igual tanto los cadáveres abandonados en el campo de batalla como la sonrisa inocente de un niño. Es a partir de este silencio que podemos comenzar a hablar sin caer en la cháchara.

De hecho, los textos bíblicos que remiten a la experiencia de Dios van en esta dirección: desde el cara a cara de Moisés en el Sinaí hasta el Gólgota, pasando por Elías y, aunque no en último lugar, Job. Es verdad que, bíblicamente, la experiencia de Dios es la de su voz. Ahora bien, esta no se escucha directamente, sino a través del clamor de los que sufren su altura, esto es, de quienes experimentan el silencio de Dios. De ahí que la fe, propiamente, nunca dé por descontada la ayuda de Dios. La esperanza creyente fue, antes que una previsión, un permanecer a la espera de la Palabra de Dios. Al fin y al cabo, un Dios invisible, como tal, no puede aparecer.

Sin embargo, el cristianismo da un paso al frente. Pues los testigos del acontecimiento del Gólgota, tan ligado al tercer día, comprendieron, aunque no sin cojear, que no hay —ni habrá— otra presencia de Dios que la del abandonado de Dios que se abandona a Dios. De ahí que el crucificado sea, cristianamente, reconocido como la Palabra de Dios. Para un cristiano, la experiencia de Dios no consiste únicamente en soportar fielmente su silencio —y obrar en consecuencia—, sino en adherirse al crucificado. Esto es, en seguirlo.

Por eso, en la perspectiva cristiana, la experiencia de Dios fue, y desde los comienzos, indisociable del encuentro con el crucificado. O, tras el paso de los siglos, con los de quienes siguieron sus huellas.

Otro asunto es que la cristiandad haya sobrevivido haciéndonos creer que es posible algo así como un acceso directo a Dios.

estoicos de ayer y hoy

agosto 16, 2025 § Deja un comentario

El estoicismo está de moda. Sobre todo, entre los altos ejecutivos. O los estresados. Al menos, si tenemos en cuenta la cantidad —notable— de libros que se publican sobre el asunto. Hasta podríamos hablar de una autoayuda inteligente.

Uno de los consejos típicos del estoicismo recomienda, como sabemos, anticipar imaginativamente lo peor que pudiera sucedernos. La idea que sostiene esta práctica es que, en el fondo, los males no deberían afectarnos, esto es, modificar la paz del alma. Que nada te turbe, que nada te espante… por decirlo a la manera de Teresa de Ávila.

Y es que, cuanto no depende de nosotros, se nos impone como si fuera un destino. Sin embargo, podemos situarnos por encima, como quien dice. En esto consiste nuestra libertad. Y para ejercerla, deberíamos tomar distancia, situarnos en la perspectiva del dios. Así, caeríamos en la cuenta de que, sub specie aeternitatis, somos algo así como una anécdota cósmica, una ilusión óptica. Aunque no nos lo parezca. De hecho, las espiritualidades —o muchas de ellas— consisten en interiorizar la mirada del dios. La cuestión es de qué dios.

Y entonces topamos con la Biblia. Aun cuando no quepa negar la influencia del estoicismo en la tradición cristiana, lo cierto es que hay un factor diferencial —y decisivo. Pues a diferencia del sabio, el santo es un desquiciado. Y desquiciado no por lo que le pueda caer sobre la espalda —esas cruces—, sino por la vida de perro que llevan tantas mujeres y hombres.

De no tener esto en cuenta, al final nos parecerá que todos los gatos son pardos.

¿un Mesías militar?

agosto 15, 2025 § Deja un comentario

Cristianamente, se suele decir que la esperanza judía en un Mesías a la David, esto es, militar fue, al menos por parte de los discípulos, un malentendido. Sin embargo, al desestimar fácilmente esta esperanza, probablemente perdamos de vista el carácter provocativo del cristianismo. Pues quienes sufrieron la brutal dominación romana ¿acaso podían confiar en quien ofrecía la otra mejilla? Los prisioneros de Auschwitz ¿es que no miraban al cielo esperando los aviones de los aliados?

Creer que la violencia no libera, sino que, únicamente, pospone la liberación es, en realidad, una osadía. Y una osadía que, honestamente, no sirve a quienes permanecen aplastados por la bota del opresor… salvo que anden rozando la mística o el estoicismo. Ofrecer la otra mejilla es, al fin y al cabo, un gesto escatológico. En el mientras tanto, a veces, es necesario usar el látigo que expulsó a los mercaderes del Templo. De hecho, al de Nazaret no lo crucificaron por buenazo.

una nota a Ser y tiempo

agosto 14, 2025 § Deja un comentario

En su intento de superar las aporías del pensamiento que parten de la centralidad del ego cogito, Heidegger sostuvo, como es sabido, que la respuesta a la pregunta por el sentido del ser no puede clavarla la reflexión que se interroga sobre la certeza de las representaciones del mundo. La razón —y aquí entro en la paráfrasis— es que esta reflexión solo es posible ignorando nuestra originaria exposición a un ahí. Por eso mismo, los resultados de la reflexión que parte de un poner entre paréntesis la veracidad de nuestras representaciones del mundo son siempre un segundo plato. Al fin y al cabo, partir de la representación en lo que respecta al saber supone, implícitamente, colocar al cogito en la torre de control que decide qué avión aterriza, esto es, la realidad de cuanto es. Ahora bien, esta centralidad del sujeto impide pensar lo real desde el lado, como quien dice, de lo real. Esto es, en su carácter otro o absoluto.

De ahí que, según Heidegger, el sentido de ser solo pueda escudriñarlo quien topa con el exceso de lo que es, y no por aquellos que se sitúan en la atalaya del espectador con la intención de medir con exactitud lo que, previsamente, ha sido reducido a cantidad. El hecho fundamental con respecto a la cuestión sobre el haber es que este, precisamente, se nos da. Y se nos da signficamente, esto es, como mundo interpretado. No hay acceso a lo real que no este mediado por una comprensión de fondo. Y esto es lo que hay que pensar.

Es cierto que, de entrada, pertenecemos a un mundo en el que lo que hay posee un sentido. Como también que solo desde esta pertenencia se nos da lo que hay. Sin embargo, que de facto esto sea así no implica que lo primero —el punto de partida del pensar acerca de lo real en cuanto tal— sea nuestra expuesta pertenencia al mundo. Me explico.

El punto de partida del pensar es el darse de lo real como mundo. Pero con anterioridad a la donación hay la aparición… aunque se trate de una anterioridad en la que no podemos estar desde el principio. Al fin y al cabo, la donación del mundo presupone la desaparición de lo que aparece sin porqué… como la rosa del Silesius. Ahora bien, esta anterioridad no puede elucidarse fenomenológicamente. Pues es, precisamente, anterior a nuestra pertenencia al mundo. Por eso, tan solo podemos vislumbrarla en esos momentos en los que, perteneciendo ya a un mundo, el tiempo queda en suspenso. Esto es, cuando la rosa que estuvimos a punto de cortar se nos aparece —se nos revela— sin porqué.

Pertenecer a un mundo supone, por tanto, volverle la espalda a la aparición. El mundo es el fondo difuso de la aparición. Pero al igual que la aparición es lo dejado atrás por el mundo. Es así que salimos del mundo una vez acontece el sin porqué. O por decirlo de otro modo, el mundo queda en suspenso —y de paso, nuestra pertenencia al mundo— en el instante en que contemplamos la rosa sin porqué.

Es posible que esto sea lo que pensó el Heidegger terminal. Pero ignoro hasta qué punto.

bokeh

agosto 13, 2025 § Deja un comentario

La rosa es sin porqué, escribió el Silesius. Ni siquiera se nos muestra. Tan solo puede contemplarse. Y quien contempla no ve nada. Al menos, porque toda visión arrastra su carga teórica, una cosmovisión de fondo, en definitiva, un mundo. Un billete de cincuenta euros, para los aborígenes del Mato Grosso, no es más que un trozo de papel. Toda visión supone un ver como. Y ante la rosa del Silesius no hay como que valga.

Aun cuando este ahí, provocando nuestro asombro, la rosa sin porqué aún no pertenece al mundo. Esto es, aún no nos ha sido dada. Todavía no no nos vemos obligados a hacer algo con ella, aunque sea pasar de largo. Está ahí, simplemente, porque está ahí. La aparición es tautológica, carece de relaciones. Simplemente, se sostiene por sí misma. Como si estuviese más allá del tiempo. En tanto que un hecho es una relación entre cosas, la rosa sin porqué no es, propiamente, un hecho. Es un acontecimiento. El mundo es simplemente un entorno —y, además, difuminado. Como en esas fotografías con efecto bokeh.

También el perdón del Gólgota fue un acontecimiento.

la inhospitalidad y el zen

agosto 12, 2025 § Deja un comentario

Israel fundó la religión de la inhospitalidad… si es que estamos propiamente ante una religión al uso. Pues, para quienes andan dando vueltas en busca de un tierra donde arraigar, resulta evidente que las mujeres y los hombres existen como arrancados —y arrancados no es lo mismo que separados. En cambio, el paganismo fue —y sigue siendo— una religión del formar parte, una religión campesina. En esta se trata, sobre todo, de alinearse con el viento más propicio, en definitiva, de sintonizar. Por otro lado y como es sabido, el budismo zen es una espiritualidad sin Dios —y esto significa, entre otras cosas, asumir que nada sostiene la vida que nos ha tocado en suerte. De ahí su concentración en el presente: ahora estoy escribiendo… y eso es todo. Una cosa tras otra. Sin horizonte. El maestro zen siempre se encuentra en donde está. Como una vaca —y no lo digo en un sentido peyorativo. Pues la vaca tiene suficiente con el agua que sacía su sed. No hay más. Nada que ver con la angustia de fondo de quien no termina de hallarse en su presente.

Así, en cada caso lo que nos saca de quicio no es lo mismo. En el caso del paganismo, el palo entre las ruedas, el inconveniente, el desajuste. De lo que se trata es de reparar. Para el budismo zen, el ruido del mundo, la distracción, el neguit de quien ignora de qué va el juego. Israel, sin embargo, no duerme ante la injusticia histórica: qué vida pueden esperar aquellos que murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad. Y este es un interrogante cuya respuesta no es una solución.

Con todo, las diferencias tampoco es que sean tan nítidas. Los límites son borrosos. Y es que, por ejemplo, Israel también tiene su momento zen, como quien dice. Me refiero al momento del heme aquí, aquel en el que el creyente topa con el non plus ultra de la realidad divina, la que se revela, precisamente, como oscuridad y silencio. Desde la óptica pagana, el equivalente sería el momento de la muerte. De ahí que la espiritualidad pagana gire en torno al memento mori y, en definitiva, a la experiencia de la caducidad. Sea como sea, en estos momentos, somos de una pieza.

El aire de familia es innegable. Ahora bien, las diferencias también saltan a la vista… si no sufrimos miopía. Y es que lo decisivo es qué hacemos una vez nos hemos dado de narices con el muro. No es exactamente lo mismo en cada caso.

Dios y la metáfora

agosto 11, 2025 § Deja un comentario

No hay reducción conceptual que valga a la hora de incorporar el acontecimiento originario o, mejor dicho, el hecho de encontrarnos esencialmente expuestos al mismo. Tan solo cabe la metáfora, un como. Así decimos: existir es vivir como arrancados. O como náufragos.

Llama la atención, sin embargo, que dichas metáforas apunten a lo que, en el día a día, es excepcional. De hecho, la metáfora a la que recurrimos a la hora de comprender en qué consiste la vida que nos ha tocado en suerte no es la del naufragio, sino la del viaje. Ulises regresó a Itaca, aunque transformado. Abraham, en cambio, partió sin saber adónde. Esto es, sin un mapa que pudiera orientarlo. Tan solo tuvo fe. Como el náufrago que, agarrado a un tablón, espera, despojado de cualquier expectativa, que alguien lo recoja o que la corriente le arrastre a tierra firme.

preexistencia

agosto 10, 2025 § Deja un comentario

Ciertamente, el teologúmeno de la preexistencia del Hijo se presta a malentendidos… los cuales tienen que ver con una lectura literal del prólogo del cuarto evangelio, el cual posee, sin duda, un carácter mítico. Pero una lectura literal del mito es, precisamente, lo que no debemos hacer. Y no porque exija una interpretación —no porque el mito, diciendo lo que dice, pretenda decirnos algo muy distinto. El mito no remite a ningún hecho… aun cuando no pueda evitar recurrir a la narración. En tanto, que apunta a una realidad anterior a los tiempos, en el mito no puede haber hechos que valgan —y, por tanto, lo verigiquen. Nada sucedió antes de que hubiera un presente. Pero una lectura espontánea del mito, inevitablemente, se interrogará sobre los hechos que correspondan a sus enunciados.

Ahora bien, que nada sucediera significa que sucedió la nada. En el fondo, el mito, en tanto que se dirige al origen de cuanto es —y teniendo en cuenta que dicho origen, por defecto, no puede pertenecer al mundo al que da pie— , tiene que enfrentarse a lo que es no siendo aún nada. Sin embargo, esto significa que la negación de sí es inherente a la nada. Literalmente, la nada no es nada. Y por eso mismo hay lo que hay. Ex nihilo.

La expresión teológica de esta especulación surge de inmediato. Si Juan escribe lo que escribe es porque, de algún modo, intuye que el Hijo, desde el principio, es el envés de la negación de sí del Padre. La Encarnación no fue una decisión que Dios tomase en un momento dado… como quien decide bajar al sótano para reparar una cañería suelta. De hecho, defenderlo supondría caer, de nuevo, en el docetismo y sus variantes. Dios, en sí mismo, es su kenosis. Por consiguiente, al principio era la Palabra, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. De ahí que el de Nazaret no fuera una representación, entre otras, del Hijo, sino el Hijo. Dios en sí aún no es nadie sin el cuerpo que, abandonado de Dios, se abandona a Dios. En el abandonado de Dios que se abandona a Dios se revela que Dios en sí es el sacrificio de Dios. Por este motivo, Dios es más que Dios, a saber, cuerpo de Dios. Y por eso mismo, alguien.

El mito da que pensar, decía Ricouer. Y, en cierto modo, es así. De hecho, es lo que hemos estado haciendo, aunque sea torpemente, al escribir estas líneas. Pero este pensar no se resuelve en una traducción. El mito está bien como está. Solo hace falta aprender a leerlo bien. Pero esto es, precisamente, lo difícil.

sin perspectiva

agosto 9, 2025 § Deja un comentario

Un paisaje siempre es contemplado desde una perspectiva. Un paisaje es un hecho. O mejor dicho, todo hecho es, al fin y al cabo, paisaje. Pues un hecho es una relación entre cosas, una textura —y, por eso mismo, puede dar pie a un texto. La perspectiva se dibuja desde el lugar en el que nos encontramos en medio de un paisaje. No hay, por tanto, algo así como una única visión del paisaje. No puede haberla. Cada perspectiva genera un mapa mental, una representación del conjunto en la que la mayoría de las piezas encajan y, consecuentemente, hace posible una orientación. Ahora bien, de lo anterior se deduce que, en cada perspectiva, por el simple hecho de serlo, siempre habrá puntos ciegos.

Sin embargo, con respecto a lo que hay ahí, no todo es perspectiva. No me refiero a los enunciados de la matemática. Pues si bien proporcionan una descripción de la estructura subyacente a las diferentes perspectivas —y por eso mismo, pueden darnos a entender que han dado en el clavo del en sí—, presuponen igualmente un punto de vista, aunque sea distante. Y porque sigue siendo una perspectiva, a pesar de la distancia, lo que no ve el matemático —lo que se ahorra, su punto ciego— es, precisamente, el compromiso con el paisaje de quien se encuentra en medio.

El prejuicio del cientifismo moderno es que este compromiso impide el acceso a lo real —a su en sí—… cuando lo cierto es lo contrario. El precio de la objetividad cientifica es que el sujeto del conocimiento permanece fuera de lo que conoce o cree conocer y, en definitiva, del mundo que cuantifica. Se trata de la moderna escisión entre sujeto y objeto a la que da pie el pensamiento de Descartes. Ahora bien, al permanecer fuera o más allá del mundo, la realidad del sujeto del conocimiento solo podrá afirmarse como distinta del mundo objetivo, esto es, al margen de su pertenencia a un mundo. Desde esta posición, el exceso de lo real —su trascendencia— solo podrá pensarse, por consiguiente, en relación con la propia finitud. Esto es, relativamente. Así sucede, por ejemplo, en Descartes cuando demuestra la existencia de Dios. Pero también, en quienes llegan a Dios desde la constatación de nuestra común impotencia. Y aquí el creyente, como el cogito cartesiano, permanece en el centro de la experiencia… aun cuando diga, pongamos por caso, que la iniciativa es de Dios o que nos hallamos expuestos a su trascendencia.

Sin embargo, lo real es uno. De ahí que la escisión entre el cogito y la exterioridad solo pueda resolverse desde el lado de lo real… lo que solo es posible lógicamente. Es lo que hizo Spinoza y, posteriormente, Hegel. Aunque antes lo hiciese el cuarto evangelista, aunque con la lógica de la intuición simbolica, dando por sentado que la realidad de Dios es lo real par excellence. De hecho, el pensamiento de Hegel sería algo así como poner en abstracto lo que Juan expone en clave mítica. Y lo que sostiene Hegel es, cogiendo el lápiz grueso, que lo primero es la nada que se niega a sí misma —una doble negación, actus primus, el hágase. Y de estas lluvias, la carne en los huesos.

¿Qué se desprende de lo dicho hasta ahora? O mejor ¿qué, con respecto a la idea de que no todo es en perspectiva? Pues que antes de que perteneciéramos a un mundo —antes de formar parte del paisaje—, tuvo lugar la aparición. Y la aparición acontece desde el fondo de una nada que es no siendo nada. Quiero decir que todo, en verdad, nos ha sido dado. Y lo dado es sin porqué. Como la rosa del Silesius. Ante la aparición, como es obvio, no cabe la perspectiva —y por tanto, tampoco la pregunta por el criterio de verdad de esta verdad. Únicamente, el heme aquí.

Ahora bien, la aparición es, precisamente, lo que tuvimos que dejar atrás al integrarnos en el mundo —y, por tanto, al vernos obligados a negociar. Me atrevería a decir que esta constatación es la raíz de la vida del espíritu.

reducción

agosto 8, 2025 § Deja un comentario

La descripción matemática del mundo es como una fuga de Bach ejecutada en un piano eléctrico que no admita pulsación y, por extensión, contrastes dinámicos. Ciertamente, percibiremos su estructura —y esto, en el caso de Bach, basta para provocar nuestra admiración… como la pueda provocar un dios hierático. Pero perderemos su alma, la que nos trasnmite, precisamente, las pulsaciones del intérprete. Incluso cuando se equivoca. O sobre todo.

ciencia y muerte de Dios

agosto 7, 2025 § Deja un comentario

La ciencia no es compatible con el exceso de Dios, el cual anda abrazado a la nada. En todo caso, con el teísmo que concibe a Dios como mente suprema, en definitiva, como demiurgo. Pero un ente superior, aunque nos ponga circunstancialmente de rodillas, aún no es Dios.

En realidad, la ciencia moderna es el envés de la muerte de Dios. Pues mientras Dios aún estaba en el ambiente, la inquietud por lo verdadero permanecía vinculada a la espontánea comprensión de nuestro estar en el mundo como quienes se hallan expuestos a lo que les sobrepasa por entero. Una vez dejamos, culturalmente, de estar enfrentados al misterio esencial —una vez el lenguaje que lo expresa deja de ser vinculante—, podemos desplazarnos impunemente al Olimpo, la atalaya desde la que el mundo es observado con la indiferencia del dios, aun cuando ande teñida de curiosidad. Pero desde el Olimpo no habrá comprensión que valga, sino solo explicación. La diferencia consiste en que el sujeto que expllica no se encuentra implicado en lo explicado. Es decir, no juega el juego cuyas reglas pretende entender.

Es verdad que el hombre puede ocupar, aunque sea tambaleándose, el lugar de lo divino. Pero caben dos modos de hacerlo. El primero es el descrito: como quien se sitúa en la posición del dios que observa como si la cosa no fuese con él. Aunque aquí no ocuparía, estrictamente, el lugar de Dios, sino el de un dios. El segundo, en cambio, sería el del crucificado, aquel que negándose a sí mismo se enfrenta a lo otro de sí, no con el puño cerrado sino con las manos abiertas. Como Dios mismo al crear cuanto es. Al fin y al cabo, lo más real es kenosis.

De hecho, el crucificado fue condenado en nombre de Dios. Esto es, en su lugar.

pertenencia y sujeto

agosto 6, 2025 § 1 comentario

Es obvio que somos dependientes. Así, pertenecemos a la constelación de significados que constituyen un mundo. No partimoss de cero. El punto de partida es siempre un encontrarse en medio de. Como sujetos estamos sujetos a. Esto significa que el yo es resultado, sea del contexto socio-cultural, el inconsciente, el ciego impulso de una voluntad de poder… La hermenéutica de sí —la comprensión del existir— parte de este factum.

La pregunta, sin embargo, es si acaso, una vez constituido, el sujeto no se emancipa, precisamente, de las condiciones materiales que lo configuraron. Esto es, si en su búsqueda de lo verdadero, y en tanto que sujeto a las exigencias de la razón, no se libera, precisamente, de su estado de pertenencia. La tesis de Heidegger es que no —o no del todo: en cualquier caso, estamos imbuidos en un modo de ver, cuyo envés es un modo de ser o estar en el mundo.

Ciertamente, la perspectiva científica se comprende a sí misma como un desmarque, en la medida que dicha perspectiva es la del juez imparcial para el que solo hay en verdad lo que admite una cuantificación. La decisión teórica, por consiguiente, hace abstracción de nuestro hallarnos enfrentados al exceso de un puro haber con respecto al haber de las cosas. Un juez imparcial no existe. En cualquier caso, es. Y lo que simplemente es, a la manera de una piedra, una bestia o un ordenador, no puede hacerse cargo de lo que significa existir —y, de paso, cargar con ello. Un juez imparcial solo verá hombres y mujeres que reaccionan y que, además, dicen cosas.

La reflexión de quien permanece en la escena, y porque no puede rebasarla, solo puede problematizarla en la dirección de lo real avant la lettre. Esto es, en la de una absoluta alteridad que, tarde o temprano, se revelará como perdida. Es verdad que una vez se atreva a problematizar el lugar común —el mapa mental— en el que habita, el sujeto se extrañará de su propia circunstancia, al igual que alma difiere del cuerpo en el que siempre està. Pero se trata de una extrañeza distinta al desmarque que proporciona la ciencia moderna. En el caso del sujeto que comprende, la extrañeza es la del arrancado de una absoluta alteridad. Y, por eso mismo, la de arrojado al mundo. En el de quien explica, la del separado del mundo. No es exactamente lo mismo.

En el primer caso, cabe interiorizar, al menos hasta cierto punto, los resultados de la reflexión… a través de imágenes que solo sirven a su propósito si las tomamos como símbolos y no como signos. En el segundo, no es posible incorporarlos, es decir, ver las cosas conforme a los resultados de la reflexión. Pues aun cuando, por ejemplo, sepamos que en la materia que podemos ver y tocar en realidad hay más vacío que matería… seguiremos tratándola como si no hubiese vacío.

Con todo, este es también el riesgo de los símbolos: que acabemos, como insinuaba hace un momento, considerándolos como etiquetas… de lo que no puede admitirlas — de lo que es, aun cuando, en sí mismo, no posea entidad. Hablamos, obviamente, del puro haber o lo absolutamente otro.

qué me pasa

agosto 5, 2025 § 1 comentario

Para la Modernidad, el centro reside en el yo. ¿Qué significa esto con respecto al haber —a nuestro estar originariamente expuestos? Pues que si, de repente, se impusiera la más completa oscuridad y silencio, quien sufriera esta situación se preguntaría, no sin espanto, qué me está sucediendo. Esto es, no hay imposición como tal —y por eso mismo, tampoco revelación. El mundo no desaparece —diríamos—, sino que, simplemente, habríamos perdido nuestras facultades.

Sin embargo, la oscuridad y el silencio sostienen el mundo. Y esto es lo que no podemos pensar desde los presupuestos del cientifismo moderno: que existimos como arrojados porque la nada es en su negación de sí. O por decirlo en clave teológica, lo impensable para el cientifismo moderno es que el mundo nos ha sido dado por la kenosis de Dios —por la kenosis que es Dios en sí.

Es verdad que no parece que la cuestión acerca de Dios sea, hoy en día, de una cuestión crucial. Pero no nos lo parece porque no hemos estado al pie de ninguna cruz.

el ahí

agosto 4, 2025 § Deja un comentario

Kant viene de Descartes. Y esto significa que el ahí será reducido a los esquemas de la subjetividad. Sin embargo, esto solo fue posible porque, previamente, la cuestión sobre lo real se planteó desde los presupuestos de la teoría del concimiento, aquellos para los que solo hay saber donde cabe asegurar la verdad de nuestras representaciones del mundo. Así, la decisión típicamente moderna consiste en admitir como real únicamente lo que se corresponde con los enunciados ciertos.

Por consiguiente, para el cientifismo moderno, tan solo es lo que admite una medición. De ahí que el cientifismo moderno permanezca ciego al hecho de encontrarnos originariamente expuestos a la imposible posibilidad de un puro ahí, esto es, a la imposible posibilidad de la nada —de un absoluto silencio y oscuridad. Pero lo cierto es que este permanecer ciegos nos empobrece. Así, para el individuo moderno, tan solo emociones y trato. No habrá más. Aunque lo haya.

dime qué hay

agosto 3, 2025 § Deja un comentario

Cuando nos preguntamos qué hay de real en cuanto nos rodea, Descartes dice: tan solo lo cuantificable, lo que admite medida, es decir, los cuerpos. Sin embargo, Descartes, estrictamente hablando, no responde a la pregunta sobre lo real, sino a la que se interroga sobre las condiciones de la certeza. No es lo mismo.

Es verdad en sus meditaciones Descartes alcanza, a partir de la demostración de la existencia de Dios, conclusiones metafísicas: ciertamente, hay un afuera. Pues la limitación temporal del cogito, exige que lo haya. Donde hay limitación, hay un más allá del límite. Ahora bien, a la hora de determinar en qué consiste dicho afuera—cuál es su contenido—, la respuesta de Descartes se encuentra determinada por la cuestión epistemológica: solo puede estar seguro de que el afuera es un afuera material. Estrictamente, Descartes no dice que tan solo haya cuerpos —de hecho, para Descartes es evidente que hay un yo que, mientras siga pensando, difiere del cuerpo al que se siente unido—, sino que únicamente hay saber con respecto a los cuerpos. Serán otros quienes darán el paso al cientifismo moderno, el que sostiene que tan solo es lo que admite una medida.

Ahora bien, deducir de esta certidumbre que no hay más que lo material supone un pasarse de rosca. Me refiero a que la reducción cientifista, al cerrar el tema de la metafísica desde los presupuestos de la epistemología, se despreocupa, impertinentemente, de la pregunta sobre la consistencia del haber, en definitiva, de la cuestión que se interroga sobre el ser en cuanto tal. Y aquí, como sabemos, la respuesta no la darán las mediciones. Tampoco podrían darla… en tanto que, con respecto a lo real avant la lettre, no hay nada que medir. Pues, en sí mismo, el afuera —un puro haber— es no siendo nada.

Más aún: quien sabe leer entre líneas, comprende que este ser no siendo nada equivale a una negación de sí del puro haber. Hay, por tanto, mundo —y por extensión, ciencia— porque el envés del aparecer es el retroceso de un absoluto afuera a un pasado anterior a los tiempos. Hay lo absoluto porque, por así decirlo, no lo hay —porque el haber de lo absoluto, como viera Platón, se encuentra más allá de los mundos. Y esto es así porque solo hay el haber de las cosas. La imposibilidad del puro haber es la condición real de lo posible.

¿Qué es, por tanto, lo que acontece en cuanto sucede? Es decir, ¿qué es lo siempre presente —lo eterno— en lo que pasa? La kenosis de Dios. El problema —o mejor dicho, el problema del cientifismo moderno— es que no es posible asumir existencialmente dicha kenosis sin recurrir a las imágenes del mito, debido, precisamente, a su carácter imposible.

Dios es

agosto 2, 2025 § Deja un comentario

Si Dios en verdad es un Dios hecho cuerpo, entonces no cabe una descripción del en sí de Dios, ni siquiera aproximada. Y ello significa que al dar cuenta de la experiencia de Dios no podemos referirnos, honestamente, a las sensaciones que provoca lo suponemos que es Dios. Como sucede con el amor, con respecto a Dios, únicamente cabe una historia. Dios es la historia de Dios. Esto es, había una vez un hombre que

ghostbusters

agosto 1, 2025 § Deja un comentario

Dios es espiritu. Esto es, un fantasma. Ahora bien, el fantasma es lo más real, el en sí que hay más allá del fenómeno. Ahora bien, no hay fantasma que no clame por tener un cuerpo. Nada más real, por tanto, que lo real en busca de ser algo —de la existencia.

heme aquí (y 3)

julio 31, 2025 § Deja un comentario

Dios —de hecho, su silencio— nos saca de quicio. Abraham. Pero no como pueda hacerlo lo gigantesco o el cuerpo desnudo de una mujer. Ante ambos, tan solo cabe reaccionar. No, en el caso de Dios. Pues de topar con el en sí de Dios —esto es, con la cruz, la oscuridad que desplaza el mundo hacia atrás—, tan solo cabe responder con un heme aquí; qué quieres que haga. O esto, o perecer.

el fiat de Maria

julio 30, 2025 § Deja un comentario

Debería llamar nuestra atención que el fiat lo pronunciase tanto Dios, al crear el mundo, como María. O su hijo, colgando de una cruz. Y más si tenemos en cuenta que el fiat creador encuentra su envés en la negación de sí de Dios. Como también, en el caso de María —o el del Hijo. Y teniendo en cuenta esta correspondencia quizá entendamos mejor qué significa que Dios, desde el principio, es el Dios que quiso depender del hombre que depende de Dios. De no haber habido ningún fiat por parte de la humanidad, Dios seguiría siendo la ignotum X de la existencia. Esto es, seguiría siendo aún nadie.

Así, la respuesta cristiana a la pregunta acerca de si hay Dios es que lo hay porque hubo quien llegó a responder su demanda. Es decir, porque hubo quien creyó.

la paz de Dios

julio 29, 2025 § Deja un comentario

Dios es interrupción. Hay un antes y un después en quien se encuentra cara a cara con el en sí de Dios —con el impenetrable silencio del Padre. Dios nos saca del quicio del hogar. No hay vuelta a Itaca que valga. El relato de Ulises es irreconciliable con el de Abraham.

Sin embargo, cristianamente, ¿acaso no se nos habla la paz de Dios? Sí, pero la paz de Dios no nos deja en paz. Al fin y al cabo, que Dios siga siendo depende del fiat del hombre a su elocuente silencio.

los justos de Sodoma

julio 28, 2025 § Deja un comentario

Quien lea Gn 18,20-32, el fragmento en donde Abraham intercede ante Yavhé por los justos de Sodoma, quizá se pregunte por qué Abraham considera que basta con diez para liberar al pueblo de la devastación… una devastación que, dicho sea de paso, vendrá por si sola. Pues Yavhé, debido precisamente a su altura, no va hacer, precisamente, nada. La pregunta, por tanto, es si acaso con nueve ya no valdría la pena.

Esta pregunta, sin embargo, revela lo que tienen las lecturas más espontáneas de los viejos textos, a saber, que arrastran los prejuicios de nuestro tiempo. Y es que estas lecturas probablemente olvidan que, en ese momento, lo que contaba no era el individuo, sino la tribu. ¿Un justo a solas? Inconcebible. O nos salvamos todos, o no se salva nadie. El individuo, de hecho, es un invento relativamente reciente. En el fondo, la pregunta que Abraham le dirige a Yavhé sería algo así como la siguiente: ¿y si la comunidad de los justos fuera insignificante?

Me atrevería a decir que una manera de entender este fragmento —y por extensión, la parábola del grano de mostaza— sería recordando aquello que contaron algunos de los que sobrevivieron a Auschwitz: que, aun cuando el lager los hubiera convertido en alimañas, si pudieron mantener una cierta esperanza —si pudieron creer que la aniquilación no sería la última palabra… a pesar de las evidencias— es porque hubo algunos hombres buenos en medio del infierno. Hombres sagrados, para los embrutecidos. Es decir, intocables. El Mal no alcanzó su corazón. Aunque terminasen muriendo a manos de los demonios. Al fin y al cabo, su presencia fue, antes que algo constatable, un acontecimiento vertical. Como todo acontecimiento.

heme aquí (2)

julio 28, 2025 § Deja un comentario

¿Qué observamos, por lo común, en la gente? Un continuo ir de aquí para allá. Esto es, un siempre estar en otra parte. Desesperación. Se trata de mantenerse ocupado, distraído, disperso. Y aquí la imaginación —la fantasía— juega su papel, un papel determinante. En el fondo, sigue operando la lógica del deseo, el cual siempre promete en falso. Como si la paz de espíritu dependiera de obtener lo que aún no poseemos.

¿Inquietud? No, en el mejor sentido de la palabra, aquel que vincula la inquietud con el espíritu de la búsqueda. Más bien, no poder soportar estar a solas. Pues detenerse supondría darse cuenta, como en el caso del coyote, de que bajo nuestros pies solo hay abismo. Todo, entonces, sería espejismo.

Por contraste, el momento de la sensación verdadera sería aquel en el que no cabe ir más allá, algo así como un hasta aquí hemos llegado. Ciertamente, estamos ante un momento paralizante. Es lo que tiene lo serio. Sin embargo, dicho momento también abre la posibilidad de un nuevo comienzo. Habrá un antes y un después.

Aunque, cogiendo el rotulador grueso, diría que hay dos tradiciones espirituales con respecto a este asunto. Una, sería la de Israel. La otra, la del budismo zen. ¿Qué las distingue? En ambos casos, el presente se vive, ciertamente, como absoluto: estar de una pieza en el aquí y el ahora. Como el artesano que vive centrado en —y por— su tarea. Pero, en el caso de Israel, a la constatación del hasta aquí le sucede el ahora qué quieres que haga. Y esto es lo interesante.

Pues la pregunta no es y ahora qué hacer, sino qué quieres… ¿Quizá porque el creyente se imagina un tú espectral? Es posible. Sin embargo, el al que responde Israel es, en verdad, el de aquellos que sufren el peso de un Dios en falta. Al menos, porque Dios se refleja, precisamente, en el rostro de los que claman por Dios.

En realidad, al margen de ester reconocerse en su rostro, Dios aún no sabe quién es. Como quien dice.

Ha-Satan

julio 27, 2025 § Deja un comentario

Que Satán sea el príncipe de este mundo no es un modo de decir que simplemente hay por ahí mucho mal. Significa que el Mal se escribe con mayúscula. Esto es, que no podemos erradicarlo simplemente haciendo lo debido. De hecho, los genocidios de la historia siempre se hicieron en nombre del Bien, escrito también con mayúscula: hay que arrancar las malas hierbas del jardín, exterminar la plaga. Evidentemente, ello remite a una culpa original.

Ahora bien, por eso mismo, la esperanza creyente no puede evitar la pregunta por el poder de Dios. Pues si existimos en medio de un combate entre las fuerzas de la bondad y las del odio, entonces el final de los tiempos no puede simplemente consistir en la extinción de la humanidad.

Sin embargo, tomarse en serio el cristianismo supone, por tanto, tomarse en serio que el poder de Dios reside en un crucificado en su nombre, el envés de la kenosis originaria de Dios. Y esto es, sencillamente, increíble. Y tiene que serlo. Pues la reparación del mundo no podrá suceder ex machina. De ahí que la fe no repose en la idea que podamos hacernos del cómo, sino en lo que debe acontecer en nombre de.

trascendencia y alteridad

julio 26, 2025 § Deja un comentario

La verdadera trascendencia, en tanto que alteridad tot court, no puede comprenderse honestamente en los términos de otro mundo. Como si este fuese una réplica de lo bueno que hay en el que nos ha tocado en suerte —y además, amplificada. En cualquier caso, imaginar otro mundo sería un modo legítimo de, literalmente, hacerse una idea y, en definitiva, de incorporar la trascendencia—… a condición de que ese otro mundo fuese extraño, por no decir delirante. Pues una absoluta alteridad es, por defecto, inasimilable. Y lo es, porque, al finy al cabo, carece de entidad. Estrictamente, es no siendo nada —y, por eso mismo, negación de sí, ur-acto.

Así, la alteridad no significa simplemente desconocimiento del en sí que sostiene lo fenómenico, sino que el en sí —lo absoluto— es kenosis. De ahí que haya Creación. De ahí que, en realidad, seamos criaturas. Aun cuando, de hecho, vengamos del mono.

combate e inteligencia

julio 25, 2025 § Deja un comentario

Me atrevería a decir que el cristianismo riega fuera de tiesto donde pretende adaptarse a los tiempos. Ciertamente, no puede prescindir de los tiempos a la hora de dar razón. Pero los tiempos siempre fueron el mundo. Y Dios y mundo no terminan de hacer buenas migas.

De ahí que el cristianismo no pueda evitar enfrentarse al mundo en nombre de la revelación que tuvo lugar en el Gólgota. El espíritu de combate es inherente a la espiritualidad cristiana. Esto es, sencillamente, así, aun cuando haya —es obvio— diferentes frentes y, por eso mismo, diferentes maneras de combatir.

El problema eclesial, diría, es que a los grupos más combativos les suele faltar inteligencia, mientras que los que poseen inteligencia no suelen enfrentarse al mundo. O al menos, de una manera lo suficientemente contundente como para que el enfrentamiento no ponga a Dios como excusa. Aun cuando no sea esta, obviamente, la intención.

messiah (y 2)

julio 24, 2025 § Deja un comentario

Esperamos al Dios interventor, ex machina. Normal. Pero no llega. Así, esperamos como quien espera a Godot. Pero ¿qué nos dice esto acerca de Dios? ¿Que no existe? ¿Que esperamos en vano? Quizá. Pero también podría darse el caso de que el mesías hubiese estado entre nosotros y no hubiéramos sido capaces de reconocerlo. De hecho, es lo que sostiene el cristianismo, a saber, que dicho reconocimiento fue post mortem —y solo pudo ser post mortem… en tanto que el acontecimiento mesiánico va de la mano de la revelación. De ahí que la esperanza cristiana consista en esperar su regreso y, consecuentemente, el final de los tiempos. Pues no regresará antes de que finalice el presente histórico. Estamos lejos de comprender el cristianismo donde renunciamos a su horizonte apocalíptico. No hablamos, por tanto, de un acercarse progresivamente a un ideal. Dios es interrupción.

Fedro y el saber leer

julio 23, 2025 § Deja un comentario

En el Fedro, Platón desconfía, como es sabido, de la escritura como medio para transmitir lo verdadero. Y algo de esto hay, obviamente. Pues, en principio, no es lo mismo leer en República 486a que el alma no tiene motivos para temer la muerte que escucharlo de labios de alguien. Y digo en principio porque que esto sea así dependerá de cómo lo pronuncie. Me refiero a la posibilidad de que no podamos tomarnos en serio a quien diga lo anterior simplemente por decir. No da igual que lo diga quien no tiene otra intención que la de impresionar, pongamos por caso, que aquel que ha encarado la muerte. Pueden utilizar las mismas palabras. Pero no dirán lo mismo. Este lo mismo, sencillamente, no saldrá a flote en el decir del provocador. Más bien, veremos solo su propopósito… si es que tenemos olfato para ello.

Así, que el decir logre transmitir lo verdadero dependerá de si ha sido o no incorporado —de que exprese un haber caído en la cuenta, en vez de un hablar de oídas. Pero que lo sepamos ver —que podamos olfatear a quien no sabe de lo que habla— dependerá, por su lado, de que, de algún modo, participemos de lo dicho. De ahí que comunicar o transmitir lo verdadero no consista simplemente en soltar una información. Se trata, en el fondo, de un ser con-vocados. En la escritura, por tanto, es más difícil que podamos distinguir entre el sabio y el impostor —que podamos experimentar la con-vocación. Pero que sea más difícil no significa que sea imposible. De hecho, el poeta, cuando consigue dar con las palabras y el ritmo justos, consigue transformar lo que podamos dar por obvio en un motivo de extrañeza.

En cualquier caso, leer bien supone leer como si el autor, de merecerlo, nos estuviese diciendo lo que escribe. Y no es algo que podamos hacer como quien no quiere la cosa.

Levinas y el carpintero

julio 22, 2025 § Deja un comentario

La alteridad, en sí misma, no es nada en concreto. Ni puede serlo. Por eso mismo, se revela como eterna promesa de lo verdaderamente otro. Es lo que tiene su carácter absoluto.

Ahora bien, debido a su irreparable invisibilidad, todo se hace presente sin porqué. Es decir, todo es aparición, el eco de la alteridad avant la lettre. La promesa que es inherente a lo absoluto se cumple, por consiguiente, en lo dado. Pues lo dado es el envés de la negación de sí propia de lo absoluto —de lo que es no (siendo nada). Sin embargo, lo dado exige igualmente dominio, conocimiento, reducción. Y es que no todo es la rosa del Silesius. También nos fue dado el depredador. El hermano lobo se alimenta de ti —y de tus hijos.

¿Qué hacer, por tanto? Entre la contemplación y el dominio que no escucha ningún eco, el respeto devocional del artesano a la resistencia de la materia. O, en el caso del cazador, el ritual que nos recuerda el carácter dado —sacrificial— de la bestia que, al matarla, nos permite seguir con vida.

Al fin y al cabo, toda espiritualidad, como comprendió Israel tras la dura experiencia del exilio, reposa sobre un imperativo: ten presente lo que el mundo nos empuja a olvidar —el acto primordial por el que el mundo es lo que es. Y, por supuesto, vive en consecuencia.

ante quien no importas

julio 21, 2025 § Deja un comentario

Dice el nihilista: no le importamos al dios. Pero ni siquiera un dios importa. Por tanto, da igual lo que hagas. Creer que algo importa —tu vida o, mejor, la de tus hijos— solo obedece a la emoción. No hay respuesta. Únicamente, reacción.

Y frente al nihilismo, no vale poner encima de la mesa un mapa mental, donde todas las piezas encajan. Pues, en verdad, no hay modelo que nos permita encajarlas. Este es el punto de partida.

Pero, ¿el de llegada? O bien, carpe diem, y el mundo es ruido y furia, con algún que otro espejismo a modo de oasis. O bien, una resistencia abierta a lo imposible en nombre de. El resto es inercia.

Dios y el tiempo

julio 20, 2025 § Deja un comentario

Si la realidad de Dios debe comprenderse en términos temporales —pues su presente es el de un Dios por venir desde un pasado absoluto, anterior a los tiempos—, entonces su eternidad ¿no debería entenderse como la de un Dios siempre por venir?

Claro. Pues lo que está siempre por venir es Dios en sí mismo, en cristiano, el Padre. En su lugar, el Hijo. Cristianamente, DIos no tiene otro presente, otra presencia que la de su cuerpo. ¿Cómo pudimos olvidar tan fácilmente la audacia cristiana? ¿Cómo es que el cristiano aún sigue dirigiéndose a Dios como si no hubiese habido Encarnación?

mysterium

julio 19, 2025 § Deja un comentario

La pregunta es simple: ¿por qué el misterio de Dios, en vez de simplemente el misterio? ¿Porque, espontáneamente, nos preguntamos por el padre — por aquel que, desde arriba, responda a la cuestión sobre el sentido de la existencia y de paso ayudarnos? Quizá. Pero, como dijera Yeshayahou Leibowitz —creo recordar—, los que dejaron de creer tras Auschwitz, nunca creyeron en Dios, sino en la ayuda de Dios.

Ahora. bien, si Dios es el nombre al que apunta nuestra dependencia esencial, la pregunta, entonces, debería reformularse: ¿de qué depende nuestra entera existencia —de qué poder? La respuesta más natural, aquella que señala lo gigantesco, fue tachada de idolátrica por los profetas. En lo gigantesco, no reside la verdad de Dios. Sencillamente, el dios no es en verdad Dios. Y es que la dependencia del poder de un dios fue siempre relativa o circunstancial, un asunto de proporciones. Al fin y al cabo, el poder cambia de manos. Ciertamente, la crítica a la típica sensibilidad religiosa fue antes profética que ilustrada.

Pero si la extrema altura de Dios, la que apunta a un más allá de los cielos —y por eso mismo, de los tiempos— expresa el misterio bajo el que nos movemos, entonces la pregunta que se interroga sobre el qué —o el quién— de Dios ¿puede admitir una respuesta? Diría que no. O no, en los términos que esperaríamos. Pues Dios no es un ente aún por descubrir. Ni siquiera, un ente incognoscible… Al menos, porque lo incognoscible es en relación con nuestras capacidades cognitivas. El misterio de Dios es absoluto. Y lo es porque en la expresión el misterio de Dios pesa más el misterio que Dios. Dios es misterio. De lo contrario, Dios sería un dios, aun cuando añadiéramos el adjetivo supremo. Un Dios determinado no puede imponerse como la respuesta a la pregunta por la realidad de Dios.

Ahora bien, lo que esto significa, en última instancia, es que el referente del término Dios no puede ser Dios en sí mismo. Tan solo es lo que muestra una forma o aspecto. De ahí que la realidad de Dios en sí —la de su radical trascendencia— solo pueda pensarse como la nada que es no siendo. Y lo que esto significa, en definitiva, es que el misterio que es Dios en sí es el del acto inherente a la nada… por el que la nada es en su negación de sí: la nada no es. Y quien dice acto dice voluntad de sero amor. Ahora bien, comprender esto último supone comprender que no hay amor que no sea kenótico.

Hablar, por tanto, del misterio de Dios —o de Dios como misterio del mundo— supone, por tanto, una crítica implacable a la senbilidad tópicamente religiosa, aquella que da por descontado que Dios es un ente superior o, si se prefiere, supremo. Y de estas lluvias, la Encarnación, el que Dios se revele como carne. Pues la revelación de la que da fe la confesión cristiana consiste, precisamente, en reconocer que el crucificado es la forma de Dios —su presente, su cuerpo, su entidad, su quién.

¿El referente de Dios? Un crucificado en su nombre.

heme aquí

julio 18, 2025 § Deja un comentario

La expresión heme aquí es empleada en el Antiguo Testamento para transmitir la situación en la que nos hallamos ante Dios. Se trata de un estar en el que ya no hay escisión, es decir, en el que nos encontramos de una pieza, algo así como un hasta aquí. La inquietud —el espíritu de la búsqueda— pertenece al tiempo secular, aquel en el que no terminamos de encontrarnos en donde estamos.

Israel comprendió que el envés del heme aquí es un ¿y ahora qué? Es decir, ¿y ahora que debo hacer? Revelación y misión van de la mano. Teniendo en cuenta que Dios en sí mismo no se revela como dios, sino como el silencio que abraza cuanto es —el silencio que nos saca de quicio con asombro y temblor—, lo que sigue es obediencia o un tener que responder, el cual parte del no poder soportar el clamor de quienes viven como perros bajo el poder del Faraón. Mientras no nos hallemos en la situación del heme aquí , esto es, sin poder andar, descalzados, por no decir depojados, dicho clamor podrá herir nuestra sensibilidad, pero difícilmente con-movernos.

hacerse una idea

julio 17, 2025 § Deja un comentario

La esperanza creyente apunta a lo imposible. En concreto, a la resurrección de los muertos. Quien aún cree que Dios es una posibilidad del mundo —que Dios puede intervenir o mostrarse como tal en el presente histórico— no cree en Dios, sino en su idea de Dios.

Sin embargo, cuesta permanecer en lo imposible. Y de ahí que, inevitablemente, intentemos hacernos una idea. En este caso, como si la resurrección de los muertos fuese una historia de zombies. Ahora bien, Dios retrocede donde nos hacemos una idea —una imagen— de Dios. Pues toda idea es un posible. Quizá no sea anecdótico que Israel articulase su esperanza por medio del imperativo: en nombre de la bondad que tuvo lugar en medio del infierno, el Sí debe triunfar sobre el No —lo imposible, sobre lo posible. Aunque no podamos hacernos una idea del cómo sucederá. O por eso mismo.