comenzar de nuevo

julio 29, 2020 § Deja un comentario

¿Qué es el evangelio? La posibilidad de comenzar de nuevo —de volver a nacer por el perdón. Incluso para el genocida.

creer en lo que ves

julio 28, 2020 § Deja un comentario

El escéptico de a pie suele decir que solo cree en lo que ven sus ojos. De acuerdo. Pero los ojos también nos decían que la Tierra era plana o que el Sol se movía. Sin embargo, que los ojos nos engañen a menudo no es excusa para creer en cualquier cosa. El problema de fondo es que no hay indicios. O mejor dicho, índices. El índice no alcanza lo que indica. Así, pongamos por caso, todo cuanto posee valor tiene un precio. Pero con frecuencia un alto precio enmascara una falta del valor. La mentira se halla inscrita en el corazón del lenguaje. Puede que, al fin y al cabo, el esto —del esto es así o asá— sea indecible, lo cual está muy cerca de decir que no es. Por eso mismo, la esperanza no tiene otro horizonte que la verdad. O por decirlo en bíblico, el de una palabra encarnada.

las dos desmesuras

julio 25, 2020 § Deja un comentario

El asombro que provoca el que haya algo en vez de nada encuentra su envés en el estremecimiento que sentimos —y no solo el miedo— ante el hombre que le quita la vida a otro hombre. Estamos ante dos desmesuras —y no solo por su lado emocional. Sencillamente, esto es así, a pesar de que, por lo común, hayamos reducido la desmesura a la trivialidad de lo que simplemente sucede: se goza del paisaje, se mata. De ahí que la espiritualidad comience abriendo bien los ojos para captar el exceso en el nos hallamos inmersos —el exceso y, de paso, el interrogante.

Franz (4)

julio 22, 2020 § Deja un comentario

La cuestión religiosa por excelencia es la cuestión del poder. ¿Dónde se encuentra el verdadero poder? ¿En Dios o en los dioses que imagina el hombre? Quizá no estaría de más ver Una vida oculta desde esta óptica. Ciertamente, podemos no plantearnos la pregunta —mejor dicho, cabe que la pregunta no nos hiele el corazón. Pero este sería el síntoma de nuestra irrelevancia —de que aún vivimos en la burbuja del hogar. De hecho, en Occidente los primeros en hacerse esta pregunta fueron Platón y los profetas. En su Apología, Platón sostuvo, a riesgo de hacer el rídiculo, que el verdadero héroe no era Áquiles, a quienes los atenienses veneraban, sino el payaso de Sócrates. La operación es parecida a la que llevaron a cabo los profetas de Israel al proclamar que en verdad Dios no aparece como dios, sino como un Dios que está por venir —un Dios cuyo poder depende de la respuesta del hombre a su invocación. Por no hablar de la confesión cristiana que anuncia a un apestado de Dios como Dios en persona. La fe comienza donde nos vemos obligados a responder a la pregunta que nos dirige el santo inmolado: ¿y tú quién dices que soy yo? ¿De qué lado crees que se encuentra el último poder —de qué lado, la verdad? ¿En quién confías, en Franz o en el Führer? Evidentemente, la pregunta adquiere la densidad que les es propia donde se nos exige una confesión (y no tan solo una opinión). Uno siempre confiesa ante el juez que decide su libertad o condena. Y no parece que podamos confesar como quien no quiere la cosa que el poder está en manos de aquel que, por fidelidad al Bien, muerde el polvo de la derrota. La fe siempre fue contrafáctica.

vivir 120 años

julio 20, 2020 § Deja un comentario

Corre por ahí un vídeo de un hindú que ha llegado a los ciento viente años. Tiene la solución: ver el lado positivo de las cosas, vivir austeramente, respirar la naturaleza… Él posee el secreto de la felicidad. De acuerdo. Pero quien perdió a sus hijos en los Auschwitz de la historia no quiere vivir ciento veinte años —ni probablemente ser feliz. Quiere reencontrarse con sus hijos tras la muerte; que el mundo termine cuanto antes. En definitiva, que Dios resucite a los muertos —que el triunfo del verdugo no sea una última palabra. Alcanzar los ciento veinte es posible (aunque no sé si deseable). Volver como resucitados, imposible (y sin embargo, necesario). He aquí la diferencia entre Oriente y el judaísmo.

Dios es así

julio 19, 2020 § 1 comentario

Dios, al margen del hombre, sería como una biblioteca sin lectores (cojo prestada una imagen de Gregorio Luri, aunque él no la remita a Dios). Una biblioteca solo es lo que es donde hay lectores. De lo contrario, no es más que un simple almacén de libros. Y un almacén de libros es una biblioteca muerta. Dios quedó herido de muerte, no con el advenimiento de los tiempos modernos, sino cuando el primer hombre creyó poder prescindir de Dios. En cualquier caso, los tiempos modernos legitiman ese desprecio.

Franz (3)

julio 18, 2020 § Deja un comentario

El alcance del compromiso de Franz, el protagonista de Una vida oculta, no termina de entenderse sin el contraste que supone la fe de su esposa, Fani. Estamos ante una fe que no se cuestiona a sí misma, una fe que arraiga, como suele decirse, en el corazón. Para ella lo primero es la confianza en Dios: nada malo puede ocurrirle a un hombre bueno. Dios proveerá… aun cuando ahora estemos a oscuras. De acuerdo. Sin embargo, no parece que los hechos le den la razón. ¿Se trata de esperar lo imposible más allá de la muerte? Quizá. Pero la fe de Fani —la fe a secas— no puede entenderse desde la necesidad de un final feliz, aunque se satisfaga post mortem. Se trata de un esperar sin expectativa. Nuestras expectativas —los pronósticos— son refutables. En cambio, la esperanza es contrafáctica: a pesar de todo, confío (y esto resulta casi sobrehumano cuando el todo es insoportable y no tan solo un inconveniente). Diría que no es secundario que las imágenes de la esperanza bíblica —que el león coma hierba— sean increíbles. Tienen que serlo si el creyente espera lo que en modo alguno puede concebir como expectativa. La posibilidad a la que apunta la fe es la posibilidad de lo imposible, de lo que el mundo no puede admitir, precisamente, como posibilidad. La esperanza, al margen de lo razonable, es un estado, una postura existencial. En el estado de buena esperanza prevalece el frente a cualquier evidencia en contra. ¿Se trata exclusivamente de un estado psicológico? Probablemente… si el creyente no estuviera por entero referido a un Otro en falta y, en consecuencia, por venir. Esto es, si el paso atrás de Dios —su extrema trascendencia— no fuera lo más real de nuestro estar en el mundo, el acontecimiento originario por el que la vida se carga con el aura de lo sagrado (y esto es así, aun cuando el creyente solo pueda incorporar dicha trascendencia imaginándola como la de un Dios oculto tras las bambalinas: es lo que tiene ser también un cuerpo). De ahí, la importancia del diálogo final entre Fani y Franz, días antes de que este sea ajusticiado. Fani preferiría que Franz firmase la declaración de lealtad al Führer. Sin embargo, acepta con dolor la decisión de Franz. Estoy contigo. La bendición de Fani es el envés de la fidelidad de Franz. Es desde su aceptación que el compromiso de Franz se revela como la providencia de Dios. Ciertamente, no es esta la providencia que ella hubiera querido. Pero es la que hay. Al menos, mientras la historia siga su curso. El pedirle a Dios por Dios —y no otra cosa es la oración cristiana— no se resuelve como aparición ex machina de Dios, sino como la de aquel que lo encarna. Es en su nombre que el creyente permanece abierto a un Sí contra naturam. Más allá de esta esperanza, no hay saber que valga. Pues el saber, tarde o temprano, se decanta del lado del no que recae sobre aquellos que sobran.

Por eso, para entender de qué va el asunto de la esperanza creyente, podríamos preguntarnos si la película acaba bien. No lo parece desde una óptica meramente humana. Los justos tienen las de perder. Malick no ofrece, obviamente, un final a la Hollywood. Pero tampoco me atrevería a decir que termina mal. La muerte de Franz posee, cuando menos, una fecundidad extraña. La libertad frente al verdugo es posible, aunque quien la ejerce tenga que pagar un alto precio. En este sentido, cabe hablar de una libertad aparentemente sobrehumana. Pero porque hubo quien la encarnó, la historia se abre a una palabra que nosotros no podremos pronunciar. Aunque tampoco el dios de la expectativa religiosa.

Facebook es Dios

julio 17, 2020 § Deja un comentario

No hay democracia. Hay votaciones. Pueblo y poder son, en realidad, sistemas autónomos, aunque colindantes. Esto es, el pueblo es el entorno que el poder ha de tener en cuenta. Y viceversa. Sin embargo, la interacción con el entorno en ambos casos no es la misma. El poder se adapta al pueblo manipulándolo (y más —enormemente más— en la época del big data). En cambio, la adaptación del pueblo al poder tiende a ser pasiva. El poder es el hombre. El pueblo, un animal. Así, el poder —lo podemos ver con la abundancia de fake news que nos invanden a diario— puede mentir impunemente… y no pasa nada (o casi nada). Ciertamente, la mentira —la manipulación— tiene un límite. Pero de momento da la impresión de que es asintótico. La deriva de las democracias occidentales hacia un totalitarismo de corte tecnológico es innegable. El poder siempre ha hecho lo mismo. No hay diferencia entre las tácticas de Goebbles y las de Trump. La diferencia pasa por los medios empleados —y el algoritmo opaco de Facebook es, incomparablemente, más eficiente que la radio o la televisión. De momento, las leyes democráticas siguen estando ahí como muro de contención. Pero, sobre todo en países institucionalmente débiles, es un muro de pladur. Para entender el ejercicio del poder no hay que leer el titular —la ley que se promulga—, sino la letra pequeña, el reglamento que determina su aplicación. Y hay mucha letra pequeña. Tendríamos que mirar a China para vislumbrar lo que nos viene encima. Aunque es posible que la palabra democracia siga siendo en Occidente la excusa. Quien controla la emisión de la verdad y del dinero tiene el poder. Y el poder, por defecto, se ejerce contra el débil. Siempre ha sido así. No es causal que el próximo paso sea la eliminación del dinero contante y sonante. Como tampoco lo es que Facebook quisiera —y sigue queriendo— lanzar una moneda propia. Evidentemente, siempre con la mejor de las intenciones —que si de este modo se dificulta el fraude fiscal, que si se limita la corrupción… En cualquier caso, el pueblo no tendrá más remedio que aceptar la nueva situación. Es lo propio de los siervos. Los chicos de Podemos, por decirlo así, harían bien en dejar a Marx a un lado y ponerse a estudiar informática. Pues cuanto más anonymus seamos, mayor será nuestro margen de libertad. Puede que la solidaridad del futuro pase por que todos nos convirtamos en infractores. Habrá que cruzar semáforos en rojo. Pues si nadie tiene puntos en el carnet de buen ciudadano, dejan de haber puntos. Difícil, sin embargo. Como sabe cualquiera que le haya echado un vistazo al dilema del prisionero.

big data

julio 16, 2020 § Deja un comentario

Puede que el cristianismo pronto deba preguntarse cuál será su lugar —y su misión— en el mundo distópico que nos viene encima… si no lo está ya. De lo contrario, quedará reducido a ser un producto más en el mercado de las espiritualidades compensatorias. Todo el campo de entretenimiento —desde Instagram hasta la realidad virtual— está al servicio de la dominación. Y una dominación que será asfixiante. Como decía cínicamente Mark Zuckerberg, la era de la intimidad ha terminado. Nada es gratis, como sabe cualquier estudiante de economía. Ciertamente, es algo que damos por sentado. Pero aún no hemos caído en la cuenta de lo que implica el que todo —¡todo!— lo que hacemos en internet quede registrado. Incluso lo que ahora estoy tecleando. Dios existe y es un algoritmo. Los chinos, con su carnet de puntos de buen ciudadano, comienzan a saberlo. Orwell se preocupaba de que se nos prohibiera leer. La preocupación de Huxley, en cambio, era que no hiciera falta que se nos prohibiese leer… porque el poder habría conseguido que la lectura nos resultase aburrida. Podríamos decir que estamos más cerca de las visiones de Huxley que de las de Orwell. Por suerte, aún tenemos a mano libros como Armas de destrucción matemática de Cathy O’Neill o El enemigo conoce el sistema de Marta Peirano. Tendrían que ser obligatorios en las escuelas. Nunca lo serán. En su lugar, un aprender jugando, ese trampantojo, como ya avanzó Neil Postman en Tecnópolis o Divertirse hasta morir. Solo hace falta enterarse de qué es lo que se está cociendo en los centros desde los que se ejerce el poder —dónde se invierten hoy en día ingentes cantidades de dinero— para caer en la cuenta de que el problema de la justicia será indisociable de la cuestión de la libertad. Y es que en la era del algoritmo omnisciente, los pobres, una vez más, tendrán las de perder, no solo porque en la lucha por encontrar un lugar en el mundo no posean las mismas oportunidades, sino porque ya no se les dejará participar en esa lucha. El algoritmo los habrá desestimado antes de que pongan un pie en la calle.

perspectivismo

julio 15, 2020 § Deja un comentario

Desde la situación de los excluidos —esos condenados a muerte—, los dioses son ridículos. Incluso los humanos que pasan por tales —nuestros modelos, nuestros nobles. Ficciones que nos alejan de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar, de lo decisivo. En este sentido, la verdad es, antes que una afirmación sobre el mundo, un enorme interrogante, la puesta en cuestión de nuestro estar en el mundo. De hecho, las grandes afirmaciones sobre el mundo son sentencias antes de tiempo, declaraciones que encubren la verdad.

5G

julio 13, 2020 § Deja un comentario

Leo lo siguiente en el libro de Marta Peirano, El enemigo conoce el sistema: “en Beijing, un ciudadano que cruza en rojo puede ser multado instantáneamente en su cuenta bancaria. También puede verse inmortalizado en un loop de vídeo cruzando indebidamente en las marquesinas de las paradas de autobús, para escarnio propio y de su familia. Si comete más infracciones, como aparcar mal, criticar al Gobierno en una conversación privada con su madre o comprar más alcohol que pañales, podría perder el empleo, el seguro médico y encontrarse con que ya no puede conseguir otro trabajo ni coger un avión. Así es como funcionará el nuevo sistema de crédito social chino, programado para entrar completamente en vigor en 2020. Su lema es: Los buenos ciudadanos caminarán libres bajo el sol y los malos no podrán dar un paso”. Por lo común, no tenemos mucha idea de las dimensiones actuales del big data. Impresionan. Imagínate que cualquier conversación, estas palabras que tecleo, los paseos solitarios por el bosque, los correos que envías, los libros que ojeas en el metro… fueran registrados en la nube y procesados por el algoritmo. ¿Seguiríamos sintiéndonos libres? ¿Acaso podríamos respirar? Decía Pascal que los males del hombre comienzan donde este es incapaz de permanecer a solas en una habitación. Pero ¿habrán habitaciones en el internet de las cosas? Quien tiene un roomba de última generación debería saber que la empresa posee los planos de su hogar. Con la implantación del 5G, todo terminará al servicio de una limpieza más eficaz.

Decían los Padres de la Iglesia que Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios. La Modernidad podría entenderse como la realización irónica de la sentencia patrística: Dios renunció a su condición divina para que el hombre pudiera ocupar su lugar. Y parece que va ocupándolo a pasos de gigante. El ojo de Dios —el que escudriña hasta las profunidades más oscuras del alma— se ha hecho de carne y hueso, mejor, de cable y silicio. Lo que ignoraban los Padres es que el Dios hecho hombre no parece tener buenas intenciones. Dios es poder. Y el poder siempre se ejerce contra el débil. Los cielos difícilmente se encuentran donde las nubes. La tecnología de la información no está al servicio del hombre. De hecho, es al revés. El hombre se ha convertido en la materia —el dato— de un poder impersonal. Y de ahí a que la humanidad se escinda en castas genéticamente diferenciadas media un paso: los que puedan, pongamos por caso, alterar sus sinapsis cerebrales hasta el punto de que Einstein les parezca un deficiente mental no serán, ciertamente, de los nuestros.

Da la impresión que nos espera un futuro de hombres y mujeres tristes, hombres y mujeres que solo encontrarán la dicha en la distracción que se les permita, un futuro de hormigas. Al final, puede que el destino de Babel sea nuestra única esperanza. Sin embargo, lo que no cuenta la Biblia es que Babel se derrumbó, no por el rayo de Zeus, sino por el microbio. En verdad, Dios siempre estuvo del lado de la debilidad.

eternidad

julio 11, 2020 § Deja un comentario

Lo real, por defecto, es lo que permanece, lo inmutable o eterno. ¿Y qué permanece? Nada que tenga que ver con los hechos —con cuanto sucede. Pues todo pasa, y nada permanece… salvo la desaparición, la distancia, el retroceso que hace posible la aparición del mundo. Hay, sin duda, momentos epifánicos. Pero no duran lo suficiente. Tarde o temprano, se impone el oficio de vivir, el hiato, la necesidad de tratar con cuanto nos rodea. Únicamente, la pérdida es eterna. Y por eso mismo, el porvenir como regreso o restauración. Tan solo Dios es real —o mejor dicho, tan solo la relación, inicialmente quebrada, entre Dios y el hombre. Ni Dios ni el hombre terminan de hallar la paz mientras sigan separados. Y lo seguirán estando de aquí al final de los tiempos. Pues Dios es el Dios que el hombre encuentra en falta, la alteridad que el mundo tiene pendiente (y por eso mismo es lo que es). No hay otro vínculo con Dios que el que mantenemos con aquel que lo encarna. Con respecto a Dios tan solo cabe situarse ante Dios —ante lo debido a su eterna y radical trascendencia. No hay más allá de lo eterno. Y esto es lo mismo que decir que no hay más allá de nuestra situación con respecto a lo eterno. Y si lo hubiera, lo ignoramos, por no decir que no nos concierne. Lo eterno es un eterna promesa y no la materia, lo subyacente, ni siquiera donde lo entendemos como el fondo nutricio del cosmos. Incluso si lográramos conectarnos a dicho fondo, seguiríamos preguntándonos por el lugar de Dios. Sencillamente, el todo no puede ser el todo para quien existe.

Heidegger, el payés

julio 9, 2020 § Deja un comentario

Al fin y al cabo, las pantuflas pastoriles de Heidegger tienen más enjundia metafísica de lo que, a simple vista, parece. De hecho, la jerga de Heidegger, oscurece lo que, en el fondo, es simple: hay un sentido de la presencia que es anterior a la interrogación sobre lo dado —sobre las propias evidencias— y que tampoco consiste en caer en el carácter impersonal de lo que se dice o se hace. Se trata del sentimiento de formar parte de un exceso, el cual permanece indiferente al destino de los hombres. Los tiros del cine de Terrence Malick diría que van por ahí —un cine que intenta revivir el sentido pagano de la existencia, a pesar de los motivos bíblicos que también lo atraviesan. Sea como sea, la reflexión, en tanto que convierte la presencia originaria en creencia sobre dicha presencia —y en una creencia bajo sospecha—, impone una distancia en la que inevitablemente dejamos de formar parte. De ahí que el hombre se encuentre en el mundo como arrojado. La alteridad de la presencia original — el motivo de nuestro asombro— solo podrá ser pensada como pérdida. No en vano Heidegger se preguntará por la posibilidad de restaurar una presencia anterior al mundo. Y de ahí también que, al final, acabe diciendo que tan solo poéticamente puede el hombre habitar la tierra. Sin embargo, quién tendrá oídos para escuchar al poeta en tiempos de miseria. Ni siquiera el sentido pagano de la existencia cabe en un mundo que ha sido transformado en un campo de dominio.

Buda y Cristo

julio 8, 2020 § Deja un comentario

Buda muere serenamente. Cristo, gritando. La diferencia no es anecdótica. Buda alcanzó la iluminación. En cambio, las últimas palabras del crucificado son las de quien no entiende nada: Abba, abba ¿por qué me has abandonado? Sin embargo, si el grito del crucificado deviene la base de la fe es porque se dirige a Dios. Jesús no muere proclamando no hay Dios. La experiencia cristiana de Dios comienza con una interpelación a Dios. Y no hay interpelación que no espere una respuesta, aun cuando el que cuelga de una cruz no llegue a escucharla. Jesús muere sin poseer el significado de su inmolación. Como si el hombre tan solo pudiera ser fiel a Dios ante un Dios fuera de campo. La respuesta de Dios es la que escucharán los testigos de la cruz. ¿Preguntáis por Dios? Ahí lo tenéis, colgando de un madero. Ciertamente, esto está muy cerca de declarar que no hay Dios. Y de ahí que Nietzsche defendiera que el nihilismo es un hijo bastardo del cristianismo. Pero también cabe entenderlo tal y como lo entiende la confesión cristiana: Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado en nombre de Dios. Sencillamente, el Padre no es nadie sin el fiat del Hijo, un fiat que el Hijo solo puede pronunciar ante la impotencia del Padre, esto es, sin Dios mediante. Dios, cristianamente, solo se hace presente a través del fiat del hombre de Dios. Jesús es el quien de Dios y no tan solo aquel que ejemplificó el modo de ser de Dios. Dios no tiene un modo de ser independiente de su encarnación —de su hacerse cuerpo. De ahí que Dios, cristianamente, se revele como el encuentro —la reconciliación— entre el Padre y el Hijo, un encuentro que se determina en el centro de la historia y sobre un cadalso. No hay Padre sin Hijo, ni HIjo sin Padre. Evidentemente, la confesión cristiana supone una mutación de lo que se presupone religiosamente por Dios. Tras el Golgota —o si se prefiere, tras el tercer día— Dios no volverá a ser el mismo. De hecho, nunca fue el que imaginó la sensibilidad tópicamente religiosa.

Por eso, quien crea que el budismo es una vía junto a la cristiana de acceder a Dios sencillamente no sabe de lo que habla. Para Buda no haya lugar para Dios, y menos para un Dios crucificado. Quienes sostienen que gracias a Buda podemos seguir siendo cristianos, como si el budismo proporcionase el lenguaje que nos permite actualizar la espiritualidad cristiana, en el fondo están diciendo que hoy en día solo podemos ser espiritualmente budistas. Sin duda, Buda fue un maestro espiritual. Pero Jesús no fue reconocido como el Señor porque ofreciese un saber más profundo —ni tampoco porque estuviese impregnado de Dios. Quizá es lo que les pareció a los discípulos hasta el Gólgota. Sin embargo, la cruz reveló que la cosa no iba de que Dios habitase en el interior del hombre que fue Jesús. La cruz, desde los presupuestos del budismo, no deja de ser un mal karma. Es evidente que no estamos hablando de lo mismo. Aun cuando haya mucho de compasión en las diversas tradiciones del budismo. Pero este es otro asunto.

de los quarks

julio 7, 2020 § Deja un comentario

Incluso bajo el instinto, el hombre pretende alcanzar la estatura de un dios. Difícilmente, puede contentarse con lo básico. La pornstar tiene que presentarse como diosa, posar sin vergüenza. Su desnudez debe desafiarnos. Un dios —un noble— no tiene motivos de los que avergonzarse. Al igual que ninguno de nosotros tampoco se avergonzaría ante la mirada de un chimpancé. Sin embargo, el hombre no está a la altura de sus fantasías. De ahí que estas solo puedan realizarse cutremente. Los dioses tienen que ser contemplados a distancia. Un dios es intocable. Y no porque, de hecho, no podamos tocarlo, sino porque su hechizo desaparece al aproximarnos, al convertirse en carne. Un cuerpo, de cerca, siempre termina oliendo mal. El lúcido nihilismo de Las partículas elementales nace, precisamente, del derrumbe de los cielos virtuales. No otra cosa quiso decirnos Nietzsche. O Diógenes. Por eso mismo, hay un cierto parentesco entre el nihilista y el cristiano. Pues quien regresó con vida del infierno, tampoco se avergüenza de su presente, en cualquier caso del que fue. Ninguna fantasía se mantiene en pie. Sencillamente, él ya no importa.

ahora ya sé

julio 5, 2020 § Deja un comentario

La experiencia mística supone, según cuentan, un abrir los ojos a la verdadera realidad. Ahora ya sé. De ahí la incompatibilidad entre el místico y el sujeto de la reflexión, el que se pregunta si acaso su sensación de certeza no tendrá que ver con las maniobras de un genio maligno. Más aún: ¿acaso no serían místicos aquellos topos que, por un instante, vieran el mundo que, con tenacidad, taladran? ¿No se equivocarían si creyesen que han experimentado el cielo? La lúcida impresión del místico ¿está libre de sospecha? ¿A quién sirve su verdad? Mejor aún: ¿quién la necesita? ¿Acaso aquellos que verían justificada su creencia en un Dios-ente, aunque fuese magmático? ¿No podría ser que fuera el síntoma de quienes, habiendo purificado su alma, ya pueden ser devorados, tras morir, por aquel con quien se han unido antes de tiempo? ¿No hay aquí demasiado saber, aunque sea afásico, como para poder hablar de Dios? ¿No será ese Dios excesivamente real como para ser verdadero?

lo insuficiente

julio 4, 2020 § Deja un comentario

No es que el hombre, a diferencia del chimpancé, no tenga suficiente con lo suficiente, sino que tampoco le basta con el todo. Como si el todo no pudiera ser el todo para el hombre. De ahí su inquietud. Pues nadie que sea inquieto se encuentra en donde está.

La carretera

julio 3, 2020 § Deja un comentario

En un mundo sin Dios, tan solo puede caber un Dios encarnado. Hay que leer The road de Cormac McCarthy para entender, cuando menos, de qué va el cristianismo.

Leningrado

julio 1, 2020 § Deja un comentario

El hambre te somete a la tiranía del cuerpo. Cuando llevas días sin comer, no eres más que tu estómago. El hambre fácilmente nos deshumaniza, nos transforma en bestias, revelando como impostura cualquier elevación. En las grandes hambrunas de la historia, el prójimo se presenta, por lo común, como el que quiere devorarte. A ti y a tus hijos. De ahí que la invocación de Dios en tiempos de hambre sea el clavo al que se agarra el último resto de humanidad. Sin embargo, esa invocación no se dirige a un Dios que aún quepa imaginar. En realidad, se trata de un pedirle a Dios por Dios, o en clave mesiánica, de la pregunta por el quién de Dios: ¿quién saciará nuestra hambre? Y la respuesta nunca será el deus ex machina de las tragedias griegas, sino aquellos hombres y mujeres que responden a la invocación de los hambrientos como la invocación misma de Dios.

todo Heidegger (o casi), en unas pocas frases

junio 30, 2020 § Deja un comentario

A pesar de la jerga, el pensamiento de Heidegger es muy simple, lo cual no equivale a simplón, obviamente. Todo gira en torno a la cuestión de la verdad, que es lo mismo que decir en torno al sentido del Ser. ¿De qué hablamos cuando hablamos de lo que en verdad tiene lugar? No, de cuanto sucede, sino de lo que acontece, en definitiva, de lo que aparece como dado. Pues lo dado solo es posible desde el retroceso —la desaparición— del donante, por decirlo así. En cambio, la simple sucesión de los hechos siempre es relativa a la conciencia que decide qué puede ser admitido, precisamente, como hecho. La verdad del observador omnisciente e imparcial no es la de quien, en medio de la escena, se enfrenta a la muerte. Aquí, la pérdida se revela como el estigma de lo real. Como si no hubiera otra alteridad que la que dejamos atrás donde el mundo se convierte en el campo de un posible dominio.

Hoy en día, el prestigio de la verdad científica es indudable. Ahora bien, el científico no deja de ser un entomólogo. Todo es insecto. Como si el científico ocupara la grada de Dios. Sin embargo, la verdad que se le revela a quien fue arrojado al mundo —y se experimenta como tal— no es una mera impresión. Más bien, se trata de la verdad más originaria, aquella por la que el sujeto, a pesar de su extrañamiento de sí, sigue formando parte de un exceso. De ahí que ciencia y deshumanización vayan a la par. Al menos, en tanto que el científico trata con el mundo sin preguntarse por la falta —el olvido— que ha hecho posible la autonomía del mundo. Al fin y al cabo, el hombre de la civilización técnica es un instrumento de la voluntad de poder, la que se rige por el principio de si es posible, debe hacerse. No en vano Nietzsche sostuvo que donde muere Dios, muere también el hombre. Como tampoco es casual que Heidegger fuera quizá el lector más perspicaz de Nietzsche.

Gran Torino

junio 29, 2020 § Deja un comentario

Hay más verdad en las palabras de Walt Kowalski —Clint Eastwood— que en el sacerdote con quien dialoga sobre la vida y la muerte. El sacerdote, solo tiene respuestas. Walt, preguntas sin solución (y por eso mismo, únicamente podrá ofrecer gestos). Estamos ante una variante de la parábola del fariseo y el publicano. Se encuentra más lejos, quien se cree más cerca de Dios. Con esto, ya está dicho todo. La urticaria que provoca la Iglesia, aún actualmente, ya no se basa, obviamente, en el ejercicio de un antiguo poder (y donde hay poder, hay abuso de poder), sino en su facilidad para dar respuestas. Sobre todo, antes de tiempo.

una salvación moderna

junio 28, 2020 § Deja un comentario

El capitalismo, al convertir la mercancía en fetiche, sobre todo si es de marca, ha conseguido que nos creamos que la salvación no pasa por la renuncia a las cosas mundanas, sino por poseer lo que brilla. Evidentemente, basta con poseerlo para que de repente deje de brillar. De ahí que la propuesta del mundo sea algo así como un de oca en oca y tiro porque me toca. Entretenido, sin duda. Pero se trata de la dicha del hamster. Tenían razón los clásicos, desde Platón hasta Montaigne: la felicidad no pasa por satisfacer nuestro deseo, sino por la capacidad para reconocer el carácter excepcional, por no decir milagroso, del presente. Y esto exige desenmascarar la ilusión —derribar unos cuantos ídolos—, lo que no es fácil. Para los clásicos, la vida del espíritu, la fortaleza interior, comienza con el memento mori. Ciertamente, podemos preguntarnos qué vida cabe esperar cuando el mundo se hunde bajo nuestros pies —qué milagro, para los vencidos. Pero este es otro asunto.

Terrence

junio 26, 2020 § Deja un comentario

El poeta es capaz de rescatar la belleza que anida en el fondo de lo prosaico. También el horror. En cualquier caso, solo puede hacerlo separando el trigo de la paja —la plata de la ganga. Pues en lo prosaico todo es mezcla. De ahí que el poema muestre una belleza absoluta, sin tara. La cuestión es cómo lo muestra. Pues de hacerlo directamente la revelación se hundirá en las cristalinas aguas del mito —en la imagen paradigmática—, con lo que resultará increíble (aunque también ilusionante). Quizá el único modo de evitarlo sea contando una historia en donde la belleza —el bien, la bondad— se ofrece como un destello de pureza en medio de la degradación. Pero aquí, nos quedará un sabor agridulce. En el primer caso, la belleza es suprema (y por eso mismo, divina). Está ahí, indiferente a las luchas de los hombres, aun cuando necesitemos del poeta para verlo. En el segundo, deviene promesa. Aunque en ambos casos no podamos evitar la sensación de que la belleza no es para nosotros. Como si tan solo fuera posible contemplarla. De hecho, es lo único que cabe hacer frente a un Dios. Esto, y permanecer fiel a la obligación de preservar la distancia. Aunque sea al precio de morir a manos de los heraldos de la oscuridad.

Jakob, el padre de Freud

junio 25, 2020 § Deja un comentario

Freud se avergonzó de su padre porque no fue capaz de responder a la humillación que sufrió de un antisemita. Sencillamente, no estuvo a la altura del paradigma del padre. Algo semejante podríamos decir de un Dios que cuelga de una cruz. ¿De veras? Vergüenza debería darnos… Pero una fe que no parta de este avergonzarse de Dios —de lo que la cruz revela acerca de Dios— sigue siendo una ilusión.

Ciertamente, la lectura habitual de la resurrección deja a la cruz en mal lugar. Como si esta hubiera sido una anécdota desagradable. Al fin y al cabo, Dios, al levantar al crucificado de entre los muertos, demostró su poder ex machina. Pero esta lectura, aunque probablemente fuese la que hicieron los primeros cristianos, recuerda demasiado a la historia de superman —el pobre Clark Kent es, en realidad, un superhombre— como para poder ser verdadera (y esto aun cuando las cosas hubieran sucedido tal y como nos las cuentan). O también al cliché de los personajes de Bruce Willis: el paria, el desarraigado, al final se carga a los que inicialmente le vacilaron. Es como si Freud hubiera finalizado el relato sobre su padre diciéndonos que su humillación fue aparente… dado que, después de levantarse del suelo, destrozó a golpes el rostro de quien le había humillado. Pero no hubo final feliz en ese caso. Tras ese episodio, Freud cayó en la cuenta de que no tenía padre —que nadie, de hecho, lo tenía. Acaso la modernidad sea la época, y Freud contribuyó, sin duda, a ello, en la que la figura del padre se revela como ficticia. De ahí que para el sujeto moderno un Padre, con mayúsculas, siempre esté por ver —o por venir.

Con todo, a Freud quizá le falto unas dosis de perspicacia cristiana para comprender de qué iba el asunto. Al menos, porque lo que la cruz revela es que el verdadero padre no es el que nos sojuzga, estando por encima de nosotros, sino aquel con cuya debilidad el hijo debe cargar. Esto es lo que significa un Dios que, contra toda expectativa, se identifica con las víctimas —y solo desde ahí nos provoca. Nadie sabe quién es Dios si antes no lo ha despreciado. Papá en realidad pesa como un muerto. El cristianismo no dice mucho más que lo que sucede —o sucedió— entre el Padre y el Hijo, a saber, que el Padre no tiene otro rostro —otra presencia— que la del Hijo que, al sobrellevar su impotencia, ocupa su lugar. Por lo común, como los niños que seguimos siendo, no queremos saber nada de un padre tan real —tan de carne y hueso (y este es uno de los sentidos de la encarnación). De ahí que prefiramos un padre fantástico. Pero en esto consiste nuestro extravío. Pues nadie sabe quién es hasta que no sepa quién es su verdadero padre —qué es lo que su padre quiere de él. Y, ciertamente, no es lo que imaginamos.

qué difícil es ser mujer

junio 24, 2020 § Deja un comentario

Decía Freud poco antes de morir que, tras años de hurgar en la psique de tantos, aún no sabía qué es lo que quiere una mujer. Traducción: la mujer, en gran medida, permanece en su insatisfacción. Nada —ni nadie— puede colmar su deseo. Esto, sin duda, podríamos decirlo también del hombre. Pues va con el desear, al menos porque el deseo siempre promete en falso. Sin embargo, de lo que aquí se trata es de la relación con el propio deseo. Y la relación no es exactamente la misma en un caso y en otro. La figuras que fijan nuestro deseo son imposibles, algo así como una contradictio in terminis. Así, y con respecto al deseo sexual, la mujer deseará un amo al que poder dominar, mientras que el hombre a una mujer de putamadre. Es obvio que si el hombre fuese una bestia, la mujer no podrá dominarlo: el fantasma de la otra seguirá ahí. Pero también lo es que si comiera de su mano, terminaría despreciándolo por calzonazos. Paralelamente, ningún hombre puede admitir que una madre se comporte como una vestal: la boca que besa a sus hijos no puede ser la que lo succiona.

Sin embargo, socialmente, el hombre puede lidiar con su deseo, exorcitar su hechizo, al permitírsele separar las imágenes antagónicas que lo configuran. La puta por un lado, la madre, por otro. Tradicionalmente, al hombre se le ha tolerado que tuviera una amante, siempre y cuando su relación no saliera a la luz —siempre y cuando la esposa pudiera guardar las apariencias. Ya se sabe: los hombres son así. Podríamos decir que la institución familiar se sostiene sobre el silencio de la mujer: sé que hay otra, pero de momento haré como si no lo supiera. El amor, en este caso a los hijos, exige sacrificio. Pero aquí el sacrificado es siempre el mismo —en realidad, la misma. Culturalmente, la mujer nunca tuvo la oportunidad del hombre de separar las figuras contradictorias de su deseo. Una mujer promiscua es tachada de zorra. Incluso hoy en día, a pesar de que el discurso oficial legitime su liberación. Al fin y al cabo, el trato entre hombre y mujer no deja de ser un asunto político. Pues la cuestión de fondo es quién manda, aunque aquí las relaciones de poder queden enmascaradas al operar sobre un deseo que espontáneamente se concibe como natural. Y en el juego del poder pierde quien tiene más que perder. Claudica antes.

Ciertamente, podríamos decir que una mujer, por cómo es, nunca aceptará separar los dos rostros del deseo: la bestia debe comer de su mano; no hay otra mujer para el príncipe. Pero también podríamos preguntarnos si aquí, más que enfrentarnos a una esencia, no estaremos naturalizando lo que, en definitiva, es el efecto de lo político, a saber, que la mujer quede fijada a su fantasía. O dicho de otro modo, que el hombre diga que la mujer, por definición, no es capaz de lidiar con su deseo acaso tenga más que ver con lo que el hombre necesita decirse a sí mismo. A la mujer no se le permite desembarazarse de su naturaleza. Hay en el hombre un miedo posicional —un temor a perder su posición natural con respecto a la mujer. Sencillamente, el hombre no sabría qué hacer ante una amazona. En cualquier caso, como decía Lacan, el amor es dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere. Y aquí aún queda mucha tela por cortar.

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la evidencia de la fe

junio 23, 2020 § Deja un comentario

La fe de los apostóles reposa sobre una evidencia: Jesús resucitó de entre los muertos y se apareció a unos cuantos. Estamos ante un dato, aunque no en el sentido objetivo de la expresión, pues de entrada ninguno de los que vieron al resucitado llegó a verlo como tal. Las apariciones tuvieron lugar a través del reconocimiento. Y no hay reconocimiento que no repose sobre un cierto saber de antemano —sobre una expectativa—, en este caso, la del mesianismo apocalíptico de la época: al final, resucitarán los muertos para que Dios pueda hacer justicia. De ahí que los testigos de las apariciones estuviesen convencidos de que el fin de los tiempos era inminente: Jesús fue, sencillamente, el primero. Y, por eso mismo, Jesús sería el encargado de juzgarnos en nombre de Dios. Ahora bien, lo curioso es que Jesús resucita en otros, esto es, como otro… que sigue siendo el mismo. Sin duda, estamos ante algo enormemente desconcertante. Con todo, las apariciones no se limitaron a la imagen: el visionario —desde Maria hasta Pablo— no solo ve, sino que, sobre todo, escucha. El testigo es invocado por el que regresó de la muerte con la vida de Dios. De ahí que el testigo no se limite a constatar: debe responder. Un testigo, precisamente, es el que testifica, en el sentido casi jurídico de la expresión. Y testificar es dar (la) fe. Hasta aquí los hechos. Más o menos.

Algunos exegetas sostuvieron en su momento que los relatos de las apariciones no son más que relatos que pretenden legitimar posiciones de autoridad dentro de las primeras comunidades. Ciertamente, no podemos evitar, como modernos, creer que dichos exegetas tienen razón. O al menos, algo de razón. Pues para nosotros, la resurrección no puede ser un dato de la experiencia. Pero nos equivocamos donde proyectamos hacia el pasado lo que solo vale para nosotros. Si Pedro, Pablo, María de Magdala… estuvieron legitimados a liderar sus comunidades es porque antes se les apareció el resucitado —porque vieron lo imposible. Desde fuera nadie puede ver lo que el testigo ve. De haber estado junto a María cuando reconoció a su rabbuní nosotros hubiéramos visto tan solo a alguien que sufre una variante del síndrome de Capgras: cree estar hablando con el muerto… al hablar con el jardinero. Al igual que un antiguo aborigen australiano no vería dinero en lo que, para él, no puede ser más que un pedazo de papel… al que nosotros le conferimos un valor que, en realidad, no tiene. Sin embargo, hay dinero, aun cuando el aborigen, desde los presupuestos del mundo al que pertenece, sea incapaz de verlo. O mejor, aunque en su mundo no pueda haberlo.

Así, y contra nuestro prejuicio moderno, podemos decir que hubo resurrección y no una lectura, entre otras, de hechos en sí mismos neutros porque la lectura que da pie a la fe no es exterior a la visión. Esto es así, a pesar de que, en nuestro mundo, la resurrección no pueda darse como un dato de la experiencia. Toda visión supone un ver como, un cierto saber sobre lo visto, una mínima interpretación. No hay algo así como hechos químicamente puros. El carácter sagrado de un tótem, pongamos por caso, no se añade a la visión de un simple tronco de madera. No es que, quienes reconocen al tótem como tal, primero vean un tronco y, posteriormente, proyecten un significado sobre él. De entrada, ese tronco de madera es más que un tronco de madera. En cualquier caso, dicho significado tendría que añadirse, y no sin que se tambalease, si el mundo en el que ese tronco aparece como sagrado hubiera sido dejado atrás. Es lo que ocurre hoy en día con respecto a Dios: que la fe ya no reposa sobre la evidencia, salvo en el caso de quienes permanecen pegados a la superstición de la infancia, sino sobre el supuesto. La muerte de Dios, en realidad, es la muerte del mundo de Dios —del mundo donde cabe sentir la presencia de Dios como cabe sentir, aunque no del mismo modo, la presencia de árboles o montañas. De ahí que la visión de Pablo camino de Damasco no fuese tan solo un modo de expresar figurativamente una nueva lectura de los hechos. No hay aquí un como si. Pablo no dijo como si se me hubiese aparecido el Señor al igual que nosotros no decimos, ante un foca, veo algo como si fuera una foca. El problema es que nosotros ya no podemos tener la experiencia de Pablo y compañía. Para nosotros, en cualquier caso, vale lo que la resurrección revela, a saber, que Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado —que Dios no es nadie sin el cuerpo que cuelga de una cruz. Pero uno podría preguntarse perfectamente qué fe puede mantenerse en pie donde no encuentra un arraigo en lo sensible —donde difícilmente podemos seguir tomándose en serio la aparición de un cuerpo espiritual, algo así como un oxímoron. Quizá no sea casual que, para sobrevivir, el cristianismo se transformara con Agustín en una religión de la interioridad, al constatar que esto del fin de los tiempos iba para largo.

¿antes espirituales que cristianos?

junio 22, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo, hoy en día, no puede entrar a competir con otras fuentes de sentido. Y no solo porque su credo haya dejado de ser espontáneamente inteligible, sino también, y quizá sobre todo, por su carácter disruptivo. Sin duda, muchos cristianos viven su fe como una opción perfectamente legítima entre otras. Como si la comunidad fuese un club. Pero por eso mismo, el cristianismo pierde por el camino su pretensión de verdad, su fuerza originaria, su vigor. Por no hablar de la tendencia a acentuar, dentro de las comunidades postconciliares, todo cuanto provoque buen rollo. Así, preferimos hablar de solidaridad antes que de sacrificio —de compasión antes que de un encontrarnos sub iudice frente a los que sobran. No sea que perdamos a los parroquianos.

Ciertamente, el punto de partida de cualquier vida interior es un sentimiento de pertenencia. Y esto es indiscutible. Sin embargo, lo natural hoy en día es que este sentimiento no presuponga un quien espectral. La paz que experimentamos ante un puro haber, como leemos en Las ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau, esa paz en donde el canto de los pájaros, el rumor del viento, la luz… se nos presentan como silencio, no apuntan a ningún dios que habite tras el paisaje. En esa paz, el hombre se libera de las coerciones de la identidad. El sentimiento de formar parte anula cualquier diferencia social, la inquietud por ser alguien, el deseo de reconocimiento. No es casual que los desiertos, a pesar de su ambivalencia, hayan sido considerados, dentro de las diferentes tradiciones espirituales, no solo como el lugar de un combate interior, sino también como el de la revelación. En frase de Merton, tarde o temprano deberíamos experimentar que formamos parte de aguas que nos cubren. Para la vida espiritual, lo razonable hoy en día, al menos aquí en Occidente, es recuperar las tradiciones helenísticas, volver al estoicismo o al epicureísmo.

Sin embargo, el cristianismo no juega en la misma liga. El Dios cristiano no responde a la necesidad espiritual del hombre. O al menos, no responde tal y como el hombre espera. El Dios que pende de una cruz no es el final de un camino interior. Hay una discontinuidad entre lo que el hombre espera de Dios y la verdad de Dios. Pues lo que el hombre espera de Dios es lo que espera de sí mismo, una elevación, un ensanchamiento del alma. De ahí que un Dios caído en desgracia sea inaceptable para quien espera participar de la vida de Dios. Dios es interrupción. Y quien dice Dios, dice el sufrimiento de los abandonados de Dios. De ahí que el punto de partida del camino cristiano sea el grito de los desamparados, de los que no forman parte, los excluidos del mundo. La voz de Dios siempre nos coge con el pie cambiado. Como se lo cogió a Moisés, mientras estaba cuidando a sus cabras. Moisés deja de estar en paz, tras haber escuchado el clamor de los esclavos de Egipto como una voz insoslayable —como el clamor mismo de Yavhé . Sencillamente, ya no pudo volver a ser el mismo. Ese clamor no incitó tan solo un sentimiento de compasión, sino que lo situó ante un tener que responder a una demanda, en el doble sentido de la expresión. Tan solo basta con imaginar a Moisés arando los campos alrededor de Auschwitz para hacernos una idea de lo que estamos hablando.

Ahora bien, cuanto hemos dicho a propósito de lo poco razonable que resulta el cristianismo hoy en día, ya lo encontramos en los evangelios. La perícopa sobre el joven rico no pretende decirnos otra cosa. Como sabemos, el joven que se dirige a Jesús cumple con la Ley. Y cumplir con la Ley significa, entre otros asuntos, atender a la viuda, al huérfano, al extranjero. Estamos ante un buen tío, un solidario. Sin embargo, no tiene suficiente. Y en este punto la respuesta del maestro es, cuando menos, desconcertante: despréndete de cuanto posees, dáselo a los pobres, y sígueme. Es demasiado —superogatorio, diríamos en técnico, algo admirable pero que humanamente no nos podemos exigir. Los discípulos fueron perfectamente conscientes de que Jesús se había pasado de rosca. ¿Quién será capaz? De ahí la respuesta de Jesús: solo Dios puede hacer del hombre lo que es imposible para el hombre. Traducción: tan solo el hombre que se encuentra sujeto por entero al llanto de aquellos con quien Dios se identifica. Actualmente podríamos decir que si se trata de ahondar en la vida interior, basta con que seas budista. Pues en el budismo también hay mucho de compasión. Pero la pregunta es qué hay más allá. Y esta pregunta no nos la planteamos mientras no topemos con el muro del Mal. Pues el Mal es un Poder del que no llegaremos a liberarnos simplemente haciendo los deberes. La guerra, como decía Levinas, revela la moral —la pretensión espiritual del hombre— como farsa. Cristianamente, todo comienza con la cruz, esto es, con el derrumbe de los cielos. Cuanto antecede, es penúltimo, si no irrelevante.

mort

junio 21, 2020 § 1 comentario

La muerte de quienes forman parte de tu mundo —papá o mamá, el amigo, el hermano, el hijo…— significa nunca más volveré a verte. Se fueron dejándote un hueco —un cráter. Ciertamente, muchos creen que la muerte es un traspaso, un cruzar la puerta que nos separa de otro mundo o dimensión. Pero el que demos por descontado que nos reencontraremos en el más allá impide que caigamos en la cuenta de la profundidad del asunto. Aquí y ahora, su partida es irreparable. Ahora bien, por eso mismo, llega un momento en que los muertos pesan más —están más presentes— que los vivos. Como si al final no quisiéramos otra cosa que ir hacia ellos (y de ahí que la suposición de que continuan vivos en el más allá enmascara que, en el fondo, se trata de un querer, aunque no de un simple ya me gustaría). Sobre todo, si perdimos a nuestros hijos. Puede que, en definitiva, la seriedad de la existencia consista en tener que responder a la voz de un fantasma. Evidentemente, esto resulta inaceptable para quien sostiene que no hay más que lo medible. Sin embargo, probablemente no haya otra realidad —otra solidez, otra presencia— que la que del desaparecido. El resto es, precisamente, apariencia. Aun cuando podamos cuantificarla.

lo que fue

junio 20, 2020 § Deja un comentario

Quizá, una vez hemos acumulado unas cuántas pérdidas, debido, por lo común, a nuestras desafecciones o ilusiones, creamos que cualquier tiempo pasado fue mejor; que no supimos ver el relieve de lo que nos traíamos entre manos. Sin embargo, el valor solo se nos revela después de echarlo a perder. En el día a día, prevalece el trato. Y en el trato solo tenemos presente lo conveniente, la satisfacción, el ajuste. El valor ya estaba ahí. Pero antes tuvimos que dejarlo ir para caer en la cuenta. Y quien dice valor, dice amor.

un poco más de Hobbes

junio 19, 2020 § Deja un comentario

Hobbes se dio cuenta de lo que muchos hoy en día parecen ignorar, a saber, que decir que el mundo es Dios equivale a decir que no hay Dios. Ateísmo y panteísmo no dejan de ser las dos caras de una y la misma moneda.

el sujeto de la reflexión

junio 18, 2020 § 1 comentario

Descartes en el articulo sexto de sus Principia dice lo siguiente: pero aunque el que nos ha creado fuera todopoderoso y se complaciera en engañamos, no por ello dejamos de experimentar una libertad tal, que cuantas veces nos plazca podemos abstenernos de adoptar en nuestra creencia las cosas que no conocemos bien. Traducción: como hombres y mujeres capaces de interrogarse sobre la verdad de las creencias más espontáneas, las que van con el hecho de formar parte del mundo, podemos distanciarnos de lo dado. Incluso nuestros deseos pueden ser contemplados como un implante —como un picor. Evidentemente, el deseo sigue ahí. Pero ya no posee la misma fuerza, el mismo poder de seducción. El sujeto de la reflexión —el de quien vuelve sobre sí mismo con la intención de alcanzar la sólidez de cuanto es en verdad más allá de lo que nos parece que es— no juega en la misma liga que la de quien se pliega sin más a lo que se dice o se hace, a la inercia de lo común. Ahora bien, que, para el amante de la verdad, el mundo termine siendo algo extraño —que lo obvio pase a ser problemático— implica una extrañeza de sí, al menos en tanto que su cuerpo sigue perteneciendo al mundo. De ahí que la cuestión sea cómo regresar —como integrar el fruto paradójico de la reflexión. Pues el que busca la verdad, ciertamente, ya no podrá creer como quien no quiere la cosa en lo se da culturalmente por descontado. Pero a cambio no podrá ofrecer otro saber que el que confiesa que aún cuando haya realidad, no es para nosotros. Esta —y no otra— es la definitiva lección del platonismo: con respecto a lo absoluto tan solo obtendremos verdades inútiles. Esto es, díficilmente podremos evitar quedarnos con el pie cruzado. Es lo que tiene la dialéctica, la visión de que el carácter otro de lo real —la alteridad tot court— solo puede revelársenos desapareciendo como tal en su mostrarse a una sensibilidad. O por decirlo de otro modo: hay un hiato —y un hiato insalvable, desde nuestro lado— entre el Otro y su aspecto o manera de ser, de tal forma que el Otro es lo eternamente pendiente del mundo. En cualquier caso, la vida queda transformada —o si se prefiere, dislocada— por este saber. Como si la reflexión consistiera en anticipar la ancianidad.

resurrección y síndrome de Capgras

junio 17, 2020 § Deja un comentario

Podríamos entender las apariciones del resucitado como una variante del síndrome de Capgras: es él mismo, pero no es el mismo. Como en los sueños, cuando hablas con tu padre —y sabes que hablas con él— a pesar de que estás hablando con otro. Sin embargo, esto es lo que podríamos decir nosotros hoy en día. En modo alguno, María, la que incialmente confundió al maestro con el jardinero: dime dónde lo has puesto. Ella sencillamente, de admitir nuestro diagnóstico, hubiera creído que, gracias a su síndrome, llegó a ver lo que nadie más podía ver. Todo lo que vemos depende de lo que damos por sentado con respecto a lo que hay, de los que presupuestos que rigen una determinada visión del mundo. Y María, junto al resto de los testigos, en absoluto podía poner en cuestión que hubiera un más allá. El problema es que el más allá, modernamente, se ha convertido en el objeto de una creencia —en la suposición de la subjetividad creyente. Quizá, con respecto a este asunto, no tengamos más remedio que partir de la sentencia del cuarto evangelio: dichosos los que creen sin haber visto. La cuestión es qué supone este punto de partida en relación con la naturaleza de la fe. Pues no se trata de caer en el fideísmo. Aunque tampoco de quedarse solo con el Jesús que andó por Galilea anunciando el final de los tiempos.

sobre poesía y verdad

junio 16, 2020 § 1 comentario

La poesía supone la ruptura del uso habitual de las palabras por la que el puro haber llega al lenguaje. No tiene sentido preguntarse si el verso afortunado es verdadero, si se corresponde con los hechos. Es verdadero porque está bien dicho —porque las palabras tienen peso o, mejor, porque soportan el peso, no necesariamente insufrible, de lo patente. No hay hechos que puedan verificar el logro del poeta. Sencillamente, las cosas tienen que ser tal y como las dice el poeta. No hallaremos ningún explicación, ningún argumento en el poeta. Tampoco ninguna exhortación moral. La rosa es sin porqué, escribió el Silesius. De ahí que el poeta sea un heraldo —un receptor, un inspirado. No inventa, descubre. Y lo que descubre es un motivo de asombro donde los demás no vemos más que costumbre. El poeta revela la extrañeza que amaga lo familiar. Aunque lo descubra jugando con las palabres. O por eso mismo. Para el poeta hay más. Pero este más no se encuentra en otro mundo. En realidad, el más es más lo mismo, pero visto como dado —como donación. Hay más verdad —más presencia— en unas botas desgastadas, que en las que aún podemos usar. Hay más verdad en lo inútil que en lo útil. El poeta, al proporcionar una palabra a lo intratable, deja que lo que es simplemente acontezca. Sin embargo, lo dado no es solo la paz, aunque sea la que sucede a la derrota, acaso la única que humanamente nos corresponde. También, se nos concedió el horror.

Russell

junio 15, 2020 § Deja un comentario

Ayer me entretuve releyendo algunos de los fragmentos dedicados a la existencia de Dios del libro de Bertrand Russell Por qué no soy cristiano, un libro que leí hace ya tiempo, cuando era un adolescente. Las tesis de Russell son las típicas del libre pensamiento, aun cuando algunas, en la forma, sin embargo, de cuestiones a resolver, fueron avanzadas por el nominalismo medieval, por no hablar de Platón. La principal, quizá, sostiene que si las leyes del mundo obedecen a la voluntad de Dios, entonces o bien son sin razón —y, por tanto, el mundo pende de lo arbitrario y, para llegar a este punto, basta con el azar— ; o bien, la voluntad de Dios se encuentra sujeta a razones, y en ese caso tampoco necesitaríamos de la mediación de un Dios. Sin embargo, la impresión que me llevé releyendo a Russell es que eso ya lo sabíamos. Los argumentos de Russell son definitivos con respecto a un dios que se concibe al modo del ente, aunque lo carguemos con esteriorides. Un dios-ente formaría parte de la totalidad, y por tanto su más allá sería solo un efecto óptico, algo relativo a nuestra posición, a lo que nos parece que es divino: también nosotros seríamos dioses para aquellas lombrices que fueran capaces de, cuando menos, intuirnos. Pero lo que encontramos en la Biblia es que la realidad de Dios no puede concebirse según los modos del ente. Y no porque se trate de algo o alguien cuyo perfil no terminamos de percibir con nitidez debido a su superioridad. El misterio de Dios no responde a nuestra ignorancia o impotencia, sino al hecho de que, en tanto que absolutamente otro, siempre queda fuera del mundo —de hecho, fuera de los tiempos— como el Otro eternamente pendiente. Pues la pérdida de la genuina alteridad es la condición de la existencia del hombre —de su estar en el mundo, en cualquier mundo, incluyendo, de haberlo, el sobrenatural.

De ahí que no sea secundario que, bíblicamente, Dios en verdad, y frente a lo que espontáneamente se nos presenta como divino —lo gigantesco, lo desproporcionado o sin medida—, se revele como promesa de Dios, esto es, como su eterno por-venir. Desde el punto de vista del monoteísmo bíblico, de Dios tan solo tenemos lo debido a Dios: el don y la Ley —una vida que se nos ofrece, desde el horizonte de la nada, como milagro o excepción, y el deber de preservarla frente a la amenaza que supone nuestra voluntad de poder, de querer ocupar el lugar de Dios. Podríamos decir que el presente de Dios es su testamento, en el sentido casi forense de la expresión. La desmesura de Dios no es la una fuerza inconmensurable, sino la de su estar en falta —la de su des-aparición o paso atrás. Aquello que nos supera no es, salvo episódicamente, el fenómeno paranormal, sino el silencio de Dios en Getsemaní. Aunque también —y esta sería una aportación cristiana— la palabra que sucede a ese silencio, el perdón de un crucificado como apestado de Dios. En cualquier caso, la bendición y la maldición, desde la óptica de Israel, son las dos caras de una misma —y extrema— trascendencia. Nadie se encuentra expuesto a Dios que no sufra, de entrada, su falta. Sin embargo, esta falta nos obliga a la fraternidad. Una cosa va con la otra. O al menos, esta es la convicción bíblica. De ahí que solo podamos reconocernos como hermanos —como iguales— bajo el peso de un cielo impenetrable. La promesa de Dios es, en realidad, el envés de su ausencia. Como arrancados de Dios, el clamor del hambriento nos invoca como si de nuestra respuesta dependiera el sí o el no de nuestro estar en el mundo. Por eso mismo, ante Dios —un ante Dios que es sin Dios, como decía Bonhoeffer— nos vemos empujados a elegir entre la fraternidad y el infierno. No es cierto que si Dios no existe, todo esté permitido. Al contrario: porque el haber de Dios es el de un pasado anterior a los tiempos —Dios es el que fue y, en el mejor casos, será—, tan solo nos tenemos los unos a los otros. Dios es el misterio del mundo. De cualquier mundo. Incluso del de los ángeles. Y esto significa que la existencia no se resuelve, si es que pudiera resolverse, en los términos de un saber de Dios. Ni siquiera hipotético.

De Dios no veremos otro rostro que el de aquel que carga con el peso de su trascendencia… y obra en consecuencia. Es solo por su obrar —por su fidelidad— que podemos creer que el verdugo no pronunciará la última palabra. Y aquí el no pronunciará debe entenderse según el modo del imperativo, y no como si simplemente se tratase de una desiderata: solo porque hubo un gesto de piedad en medio del horror, podemos creer que Ha-Satán no juzga el mundo —que lo juzga Dios. Aunque no nos lo parezca. Ahora bien, precisamente porque Dios no es aún nadie sin el fiat del hombre —y esta sería la convicción cristiana—, el juez del mundo no es otro que el que fue crucificado en nombre de Dios, esto es, en su lugar. Sin embargo, para entender cuanto acabamos de decir hay que estar situados en la posición de quienes no pueden evitar ver el mundo como un campo de combate entre las fuerzas del bien y las del mal. A ojos de Israel —es Israel fue un pueblo de parias—, la historia es una teodramática. Desde la grada del espectador, no veremos más que un mundo que en modo alguno puede desprenderse de la ambigüedad, de su estar tensado por la oposición entre el Yin y el Yan. Desde la distancia teórica —literalmente, desde la posición de un dios— el sufrimiento de los hombres solo nos alcanza por empatía. Y la empatía en cualquier caso nos inclina a la reacción, pero no a un tener que responder. Para esto último, tendríamos que sentir el peso de la acusación, aunque, cristianamente, se trate de la acusación que se desprende de un perdón ofrecido de antemano. Pero este es otro asunto.

sin Buda

junio 14, 2020 § Deja un comentario

Actualmente, en muchas canchas cristianas se da por descontado que solo la espiritualidad oriental nos proporciona el lenguaje con el que poder seguir siendo cristianos. En este sentido, el libro de Knitter Sin Buda no podría ser cristiano sería algo así como el manual del nuevo progresismo cristiano. Sin embargo, cristianamente lo que deberíamos decir es que sin Moisés, no podríamos ser cristianos. Desde la óptica oriental, Jesús no es mucho más que un maestro de verdad, en modo alguno el quién de Dios, su modo de ser —aquel con el que Dios se identifica en el centro de la historia y, por eso mismo, llega a ser el que es. A lo sumo, el que representa un Dios cuya esencia es independiente de la respuesta del hombre a su invocación —como Adriana Lima puede representar el paradigma de la belleza femenina en Occidente—, pero no aquel sin el cual Dios aún no es nadie. Sencillamente, el Dios que se revela en la cruz, precisamente, como un Dios crucificado no es el denominador común de las diferentes sensibilidades religiosas. El cristianismo no es una manera, entre otras, de acceder a la cima de Dios. De hecho, el Dios de la fe cristiana es inaceptable para quien presupone que la esencia de Dios está determinada de antemano. Entre otras razones porque Dios tiene un cuerpo y un cuerpo que cuelga de un madero como si fuera un apestado de Dios. Estamos lejos de la tesis de Knitter con respecto a la naturaleza de Dios, la que sostiene que Dios no es más, aunque tampoco menos, que el espíritu de interconexión. Y estamos lejos porque, cristianamente, el espíritu, ese resto, no se nos entrega antes de la cruz, tal y como se nos dice en el evangelio de Juan. Literalmente, el espíritu es de Dios, un espíritu, tal y como proclama el credo, que procede del Padre y el Hijo, de su encuentro en la cruz. El problema de una fe a la Knitter es que el espíritu no es, cristianamente, una especie de fondo nutricio al que deberíamos conectarnos, si se trata de vivir con plenitud. Desde la óptica cristiana, el espíritu es un don, un resto, lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios. Y esto es lo mismo que decir que el espíritu es lo que permanece de un Dios que se hizo hombre —y consecuentemente, mortal—… porque no quiso ser sin el hombre. El espíritu, en tanto que alcanza el tuétano del creyente, atestigua la presencia de Dios en la historia tras el acontecimiento de la cruz. La esperanza —y como dijera Pablo, fuimos salvados en la esperanza— no encuentra otro motivo que el espíritu que mantiene con vida al arrodillado. Es por el espíritu de Dios que el arrodillado pudo ofrecer un gesto de misericordia en medio del infierno, algo que el mundo no puede admitir como su posibilidad. De ahí el carácter increíble de la esperanza creyente.

Por tanto, podríamos decir que la dificultad de la tesis de Knitter es que resulta demasiado razonable como para que podamos confesarla. En cualquier caso, se trata de una suposición entre otras. Sencillamente, la propuesta del nuevo cristianismo progresista no es un evangelio para los que sobran, los gaseados. De hecho, los Auschwitz de la historia revelan toda fe en el espíritu de interconexión como farsa. El punto de partida de la fe es la fe que tuvieron quienes, en medio del infierno, ya ni siquiera podían sentir a Dios —la fe de los muertos, de aquellos que ya no tenían vida por delante. Se trata de una fe que no se ofrece como saber, ni siquiera hipotético, sino como un gesto de piedad donde no cabía ninguna piedad. Esto es, sin Dios mediante. O en los términos de Bonhoeffer, estamos ante Dios, sin Dios. La fe en Jesús parte de la fe de Jesús. Es la fe de Jesús la que nos salva —la fe por la que cabe esperar, contra todo pronóstico, que el verdugo no pronunciará la última palabra. Por eso mismo, el cristiano debe responder a la pregunta que Jesús, el galileo, le hizo a Pedro: ¿y tú quién dices que soy Yo? De lo contrario, la fe deja de ser una confesión para convertirse en una simple conjetura.

sabiduría y dicha

junio 13, 2020 § Deja un comentario

Antes de la irrupción del cristianismo, el saber, en su sentido sapiencial, siempre fue la condición de la felicidad. Pues es feliz quien sabe vivir. Ahora bien, la pregunta es en qué consiste dicho saber. Y podríamos decir que, al fin y al cabo, se trata de aceptar que no hay solución —que las piezas del puzle nunca terminan de encajar. Estamos ante algo así como la ley de la gravedad de nuestro estar en el mundo. Comenzamos a saber de qué va el juego una vez admitimos—y abrazamos, al menos en lo posible— la discordia, el desencuentro, el hiato. Y no porque no sea posible encontrarse, sino porque el encuentro, de darse, solo tendrá lugar como reconciliación. Ahora bien, la reconciliación, contra el espejismo de la fusión, preserva las distancias. Únicamente quien permanece en el mundo de Instagram, por decirlo así, cree que cabe realizar su deseo tal y como se presenta. Se trata, obviamente, de un error. El deseo, en realidad, está hecho de piezas incompatibles. Así, la mujer puede soñar con un amo al que poder dominar, una bestia a la que transformar con su amor. Pero en el caso de topar con un amo, difícilmente llegará a dominarlo. Y si lo consiguiera, tarde o temprano, terminará despreciándolo. Paralelamente, el hombre puede fantasear con una mujer de putamadre. Sin embargo, es elemental, o debería serlo, que los términos que forman la expresión son incompatibles. El destino de una existencia centrada en el deseo es la insatisfacción, el desprecio de sí, la desdicha. Sencillamente, creer que queremos cuanto deseamos es propio de aquel que ignora de qué va el juego. Para vivir la vida, hay que saber. Y no es fácil. Cuando menos, porque fácilmente sabemos qué deseamos —un deseo no deja de ser un implante—, pero no lo que queremos.

crisis

junio 12, 2020 § Deja un comentario

Durante las crisis, lo que quiere la gente es que haya alguien que se haga cargo de la situación —que cargue con su peso. Esto es, que tome las riendas, haciendo frente al griterio habitual —y cambiante— de las opiniones. Al fin y al cabo, que ofrezca una salida, un final feliz. Hablamos del líder o, en judío, del Mesías. El problema es que, en situaciones críticas, siempre habrá quien se presente como redentor. Y cuesta distinguir al verdadero del falso. Más bien, tendemos a dejarnos seducir por el falso. Pues la verdad no suele hechizarnos. De ahí el carácter desconcertante del canto de Isaías sobre el siervo sufriente: el redentor no aparecerá como tal, sino como el chivo expiatorio que soporta sobre sus espaldas nuestra tara. René Girard probablemente diera en el clavo con sus tesis sobre el carácter revelador de la cruz, al menos desde una perspectiva antropológica: el sacrificio salvífico, tal y como lo concibe la religión política, es una ilusión óptica. Y esto es lo mismo que decir que no hay solución política a los problemas de la política. O mejor, la solución política no termina de ser una solución, sino en cualquier caso una solución de compromiso, un parche. En bíblico, no hay solución histórica a los trances de la historia. Es lo que tiene estar en el mundo: que erramos de tregua en tregua, mientras seguimos soñando con una paz ex machina.

el libro negro

junio 11, 2020 § 1 comentario

Leyendo el Libro negro de Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman, un inventario de las masacres nazis sobre territorio soviético, escrito sobre todo a partir del testimonio de los supervivientes, uno no puede evitar preguntarse de nuevo cómo fue posible. ¿Quién será capaz de tanta barbarie? Aquí no tardamos en ponernos junto a Hobbes, al menos en lo que respecta al diagnóstico: el hombre no es de fiar, no tiene remedio. Homo homini lupus. No es causal que Hobbes escribiera su Leviatán teniendo muy presente las guerras de religión que, en su momento, devastaron Europa. El libro comienzo con la matanza de Babii Yar en Kiev. Miles de ancianos, mujeres y niños, principalmente judíos, murieron sin piedad a manos de los alemanes —y con la entusiasta colaboración de la población no judía. El relato te hiela la sangre. Puedes seguir con el resto de matanzas. Pero hay que tener estómago. Sencillamente, nos enfrentamos a la desproporción. Y ante esta, la normalidad deviene una farsa. Puede que no haya Dios —y si lo hubiera, no sería tal y como nos lo imaginamos. Pero de lo que no hay duda es de la existencia de Ha-Shatán. La paz es siempre una tregua.

Sin embargo, nos equivocaríamos si creyéramos que los alemanes que invadieron Kiev —y los colaboracionistas ucranianos— fueron los malos, mientras que nosotros, los que fácilmente nos escandalizados ante sus actos, estamos del lado de los buenos. Mientras no salte la chispa, todo el mundo es bueno. O más o menos. Entre los carniceros de Kiev, hubo buena gente. Pero en el corazón de la buena gente anida espontáneamente el odio, el resentimiento, la rabia. La raíz es el desprecio natural: el cerdo español, la rata catalana, el pijo, la cucaracha tutsi. La nani que cuida de tus hijas con cariño casi maternal será la primera en anudarles la soga al cuello… si se diera la ocasión. Como si el hombre solo pudiera comprenderse a sí mismo —estimarse— en relación con el enemigo, aquel que representa lo peor, la tara que no podemos soportar en nosotros mismos. El chivo expiatorio fue antes un chivo, esto es, un animal abyecto. Para amar al enemigo, antes tendríamos que dejar de ser quienes somos. Y no parece que esté en nuestras manos dejar de serlo.

De hecho, el mismo llyá Ehrenburg escribió lo siguiente:

«¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!» Más aún: «¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!»

Y por si no bastara con lo anterior:

«Los alemanes no son seres humanos […] No debemos hablar más. No debemos excitarnos. Debemos matar. Si no has matado al menos un alemán en un día, has derrochado ese día […] Si no puedes matarlo con una bala, mátalo con una bayoneta. Si tu sector del frente está tranquilo, o estás esperando para un gran ataque, mata un alemán mientras tanto. Si dejas un alemán vivo, él matará a un ruso, violará a una rusa. Si ya has matado a un alemán, mata a otro. Nada nos es más grato que un montón de cadáveres de alemanes. No cuentes los días. No cuentes los kilómetros. Cuenta solamente el número de alemanes que has matado. Mata al alemán, es lo que te pide tu abuela. Mata al alemán, es lo que te pide tu hijo. Mata al alemán, es lo que te pide tu patria. No lo olvides. No lo dejes pasar. Mata.»

otro mundo

junio 10, 2020 § Deja un comentario

¿Hay otro mundo? Sin duda, es el mundo extramuros —un mundo aparte. El que habitan los excluidos, los que sobran o apestan. Se trata de un mundo inconmensurable, sin proporción. Ahí no hay cielo que valga —ninguna imagen que garantice un sentido, una ubicación. El dios de la ciudad —se muestre con aspecto humano o magmático— es un dios doméstico y, por eso mismo, un dios a medida del hogar. Nada que tenga que ver con la verdad de Dios. La pregunta por Dios solo puede plantearla el excluido —y la plantea como invocación de un Dios que ni siquiera puede concebir, un Dios imposible. Solo el excluido posee legitimidad para hablar de Dios. Y poco tendrá que decirnos si es que no prefiere callar. Pues el Dios con el que se encontrará, de encontrarse, no es otro que un Dios, a su vez, excluido —un Dios que está, en el mejor de los casos, por venir. En realidad, nadie topa con Dios, sino con aquel que ocupa su lugar. De ahí que no tenga sentido llenarnos la boca con lo que nos parece que es Dios. De Dios, tan solo lo que se desprende de su originario paso atrás —en judío, el don y la Ley.

inadmisible

junio 9, 2020 § Deja un comentario

Lo que no puede admitir nuestro mundo —el ángel, el fantasma, un dios— queda relegado al ámbito de la fantasía o de la ciencia ficción. Como ocurre con el adolescente contrahecho al que las chicas rehúyen: que solo liga en su mente. O con la cenicienta, ese cuento con el que las chicas sin valor —las inválidas, las que se ven fuera del mercado— creen que hay un príncipe para ellas, un hombre capaz de descubrir, y rescatar, su belleza interior. Sin embargo, hay mundo porque lo imposible es la eterna posibilidad del mundo (y no solo una compensación para el desfavorecido).

¿Dónde estoy?

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