Dios y los poderosos
octubre 11, 2021 § Deja un comentario
Hay que entender antes qué significó que la divinidad estuviera del lado de los poderosos para comprender el alcance la revelación bíblica. Así, no solo que Dios fue la excusa que legitimó durante siglos el ejercicio del poder, sino también que a lo que les va bien —las buenas familias— suelen ser más sensibles a los asuntos espirituales. A los pobres, la superstición. De ahí que sea sumamente desconcertante un libro como el de Job. Al menos, porque una de sus moralejas es que nadie se acerca a Dios sin antes sufrir el abandono de Dios (y el Dios al que se acerca Job no es, precisamente, el Dios que los amigos de Job, los cuales representan la típica sensibilidad religiosa, dan por descontado). Por no hablar de la identificación de Dios con aquel que colgó de un madero en nombre, precisamente, de Dios. Esto es, en su lugar.
de la devota superstición
octubre 10, 2021 § Deja un comentario
¿Dirigirse a Dios como al ángel de la guarda de nuestra infancia? No toca, dice el ilustrado (e incluso siendo —o creyendo ser— aún cristiano). Sin embargo, de no permanecer fieles al niño que llevamos dentro, ¿cómo echar en falta a Dios cuando se revele su verdad, la de aquel que trasciende los cielos hasta la desesperación? ¿Cómo dirigir el llanto a un Dios cuya presencia es la de su ausencia si ya nos convencimos a nosotros mismos de que no podía haber ahí ningún dios? ¿Acaso la fe no fue siempre un invocar a Dios por Dios (y obrar en consecuencia)? Y es que donde fuimos adultos antes de tiempo difícilmente cabe una segunda ingenuidad.
android
octubre 4, 2021 § Deja un comentario
El Dios que tiene pendiente su quién ¿no será una especie de robot, un dios hierático, por parálisis, hasta la desesperación? Por otro lado, ¿podemos seguir diciendo que la resurrección confirma la identificación de Dios —estrictamente el Padre— con el crucificado donde Dios no procede, ni puede proceder, ex machina?
eleidad
octubre 3, 2021 § Deja un comentario
¿Dios? La piedra en el zapato que perturba la relación entre dios y el hombre. Incluso la más íntima. En este sentido, Dios no es tanto un Tú como un Él. Aunque se trate de un Él sin otro referente que el de aquellos que lo re-presentan: los leprosos, los que no cuentan, los crucificados. Al fin y al cabo, aquellos que preferimos no ver, los invisibles como Dios. De ahí que no sea casual que la trascendencia de Dios —su desplazamiento a un pasado inmemorial y, por consiguiente, a un eterno porvenir— encuentre su correlato político, no en quienes detentan el poder, sino en los excluídos, precisamente, por el poder. La eleidad de Dios fue siempre la de un tercero inoportuno que corta el idilio que el alma religiosa mantiene con su amigo espectral. Pues Dios es el que no cabe interiorizar salvo como el en absoluto interiorizable. Ciertamente, interior intimo meo, dijo Agustín. Pero no sin añadir, et superior summo meo, una superioridad cuyo exceso, sin embargo, es el de lo excremencial. Que Dios sea un mierda es, de hecho, lo que, religiosamente, no estamos dispuestos a admitir. Eppur si muove.
less is more
octubre 2, 2021 § Deja un comentario
Espontáneamente, tendemos a creer que lo divino es más. Sin embargo, la cruz revela lo contrario: Dios —el Padre— es el que, siendo, ni siquiera es o, mejor, el que no cuenta porque aún no es. Pero, por eso mismo, es más. Pues la verdadera desmesura no se halla en lo gigantesco, sino en la impotencia de un Dios que no quiso seguir siendo el que es sin el cuerpo de un hombre. La altura de Dios es la de un cuerpo colgando de una cruz. Y esto no es fácil de tragar. Sobre todo para el estómago religioso.
fe y religión, una vez más
septiembre 25, 2021 § Deja un comentario
La religión no exige ninguna fe: le basta el supuesto. Por no decir, la constatación. En la Antigüedad, hubieron dioses como habían animales. La diferencia entre ambos es que los primeros, aunque efectivos, eran invisibles. La cosa cambió con Abraham. Pues el Dios de Abraham es un Dios que se ofrece como un Dios por venir. O si se prefiere, pendiente. Como si el tema, con respecto a Dios, no fuese Dios, sino la búsqueda de Dios y, en definitiva, la fe. O lo que resulta equivalente el amor. Pues amar significa, literalmente, perseguir lo inalcanzable (y, no obstante, debe ser alcanzado). Con Abraham, Dios dejó de presentarse como un dios natural, esto es, como un poder con el que cabe negociar. El problema es que el Dios de Abraham reclama mucha fe, una ciega confianza. Y puesto que la fe es endeble, el creyente siempre está a un paso de no creer. Ahora bien, mejor esto que creer que se cree.
un nota sobre la muerte de Dios
septiembre 23, 2021 § Deja un comentario
¿Dios ha muerto? Claro. Y desde el origen de los tiempos. Murió con la religión. Donde damos a Dios por sentado —donde hacemos de Dios un dios a medida—, nos alejamos de Dios, de su verdad. Pues la verdad de Dios se revela como la de una alteridad, de por sí, inalcanzable (y, por eso mismo, literalmente sagrada). Nada hay más real que el Otro que se desplazó más allá del tiempo para que pudiéramos habitar un mundo. Nada más real que un Dios muerto o, mejor dicho, siempre pendiente. Esto es, como si no hubiera Dios. Su clamor es el de un espectro. Y nada hay que sea más omnipresente. Aunque lo ignoremos. El creyente —no el que cree que cree— se encuentra expuesto a la desmesura de este perpetuo porvenir (y a lo que se desprende de ella, el don y la Ley). Hay Otro. Pero es eternamente invisible. Ahora bien, no se trata de la cosa invisible —no hay cosas invisibles—, sino de lo que, en modo alguno, cabe ver o concebir, de la alteridad avant la lettre. De ahí que el Otro sea la imposibilidad por la que el todo deviene el no-todo, la brecha que impide el cierre inmanente de la totalidad. Y, bíblicamente, la radical trascendencia de Dios —la grieta del mundo— encuentra su eco en el llanto de los que no cuentan para nada ni nadie. Pues Dios muere con la muerte de los cuerpos que lo representan. Esto es, como nadie.
simple
septiembre 18, 2021 § Deja un comentario
La Biblia dice muchas cosas. Pero su leitmotiv es un Dios que no coincide con lo gigantesco, sino con lo minúsculo o despreciable —con lo que anda rozando la desaparición, por no decir el exterminio—. Y esto es algo con lo que, religiosamente, no contábamos.¿Puede la divinidad revelarse como un nadie —como el Dios que no quiso tener otra entidad que la de un crucificado— y seguir siendo divina? Para una sensibilidad religiosa, resulta difícil admitir un Dios con el que no cabe negociar, un Dios que, en definitiva, nada quiere saber de nuestros intentos de sintonizar con la fuente del poder.
luz o bondad
septiembre 17, 2021 § Deja un comentario
Cuando decimos de Dios que es como la luz o una bondad inconmensurable… no estamos recurriendo al tropo literario —no nos hallamos ante un modo de describir, quizá de un modo más adecuado, lo que ya conocemos—. No es un ejercicio de retórica, sino de ontología. En definitiva, se trata de determinar la palabra Dios, esto es, de constituir lo que es Dios (y esto, obviamente, lo hacemos desde nuestro lado, lo cual, de por sí, es sospechoso). Sin embargo, con ello no estamos más cerca de Dios, sino más lejos. Pues con respecto a Dios, lo primero no es una descripción definida—un concepto— a la que haya que proporcionar una mayor concreción (que es lo que hacemos cuando decimos, por ejemplo, que lo supremo —aquí el concepto— es la bondad —y aquí la concreción—), sino el nombre. Ahora bien, se trata de un nombre que, dentro de los tiempos históricos, es un puro significante, un trazo sobre la arena, por decirlo así, aquel cuyo referente —cuyo quién— está por ver (o al menos lo estuvo, según el cristianismo, hasta que no llegó el tercer día). Nada entendemos de la Biblia —de su carácter anti-mítico—, si no partimos de la convicción de que Dios es su nombre, una convicción que arraiga en la experiencia de los abandonados de Dios, los únicos capaces de DIos. Al menos, porque si Dios es el nombre del otro-siempre-en-falta, la cuestión religiosa por excelencia no es qué es Dios, sino quién. Y no porque este quién eluda la representación —un quién inimaginable que habita, se supone, en las alturas—, sino porque Dios, en sí mismo, es el aún nadie (y lo es porque quiso). La cuestión, al fin y al cabo, es en qué cuerpo volverá a reconocerse como Dios. En este sentido, desde la óptica bíblica, Dios no es el Dios por descubrir, sino el Dios por encarnar. Es lo que tiene un Dios que no quiso ser Dios sin la adhesión incondicional de aquel que fue creado a imagen y semejanza. En definitiva, sin su cuerpo. ¿Quién eres tú?, le preguntamos a Dios, Y el responde: todavía no lo sé; dímelo tú. Ahora bien, el hombre solo podrá decírselo, no donde crea saber qué o quién es Dios, sino en aquellas situaciones en las que, precisamente, no pueda seguir creyéndolo. Esto es, en aquellas donde tan solo habla nuestra carne.
el Dios cristiano y el Dios de Jesús
septiembre 14, 2021 § Deja un comentario
Religiosamente, damos por hecho que el Dios al que invocaba Jesús como Abba es el Dios cristiano. De algún modo, es así. Pero no exactamente así. Y no lo es porque, evidentemente, Jesús, al margen de la conciencia que pudiera tener como heraldo de Dios, nunca dijo de sí mismo que era el quién —el cuerpo, el modo de ser— de Dios… que es lo que confiesa un cristiano. Sencillamente, el hombre que fue Jesús de Nazaret no podía saber que el Padre al que se dirigía íntimamente, el mismo que guardó (el) silencio en Getsemaní, no quiso ofrecerse como tal sin la adhesión incondicional del hombre. No hubo revelación para el abandonado de Dios que se abandonó a Dios. En cualquier caso, para quienes estuvieron al pie de la cruz. De ahí que Pablo dijera que es la fe la que nos salva. Pues si somos capaces de tener fe —de adherirnos— es solo porque antes fue la fe de un crucificado en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. Quien cree espontáneamente por su cuenta y riesgo, no cree, sino que, más bien, cree que cree. Y quizá porque aún no se encuentra en aquella situación en la que ya no cabe seguir creyendo, como quien no quiere la cosa, en una divinidad a nuestro favor.
profetas
septiembre 13, 2021 § Deja un comentario
La profecía no es visión del porvenir —no es un oráculo—, sino la expresión del íntimo —y extraño— vínculo entre mandato y promesa. Así, el no matarás, por ejemplo, significa tanto no debes matar como terminarás no matando. Y esto es así porque el mandato que procede de Dios —estrictamente, de su retroceso hacia el casi-nadie— es tan insatisfacible como insoslayable. Pues ¿quién no mata por el simple hecho de existir? ¿Acaso no asesinamos a quienes no tienen pan qué llevarse a la boca donde pasamos de largo? Sin embargo, el excluido ¿acaso no nos convoca, en cuanto tal, también a la fraternidad? El profeta, al fin y al cabo, viene a decirnos una sola cosa: en nombre de Dios, lo que debe ser, será. Ahora bien, no solo porque Dios quiera. Pues el Dios al que apunta la fe no es un deus ex machina, sino aquel que no es nadie —y no lo es porque no quiso— sin la respuesta del hombre. De ahí la exhortación profética a cargar con la voluntad de Dios, precisamente, para que Dios sea el que es. El profeta, por tanto, no nos enfrenta a un destino, sino a lo que cabe esperar. Y ello porque nada está aún decidido. Ni siquiera que termine habiendo Dios (aunque, cristianamente, la resurrección funcione, por defecto, como una prueba a favor).
haya cruz y despúes gloria
septiembre 10, 2021 § Deja un comentario
La presentación de la fe ya no puede partir del momento de gloria: como si pudiéramos dar por sentada la resurrección. Al hacerlo, olvidamos que el cristianismo no termina de hacer buenas migas con la religión, la cual grosso modo supone, precisamente, que hay un Dios en las alturas que nos está esperando (y, por añadir la aportación cristiana, que este Dios está íntimamente unido a Jesús tras levantarlo de entre los muertos a la manera de un deus ex machina). Y no termina de hacer buenas migas porque lo que se nos revela al pie de la cruz, aunque solo tras el tercer día, es que Dios —propiamente, el Padre— no es aún nadie sin la fe del hombre. No puede serlo. Pues no quiso serlo.
Ciertamente, en los orígenes del cristianismo, la resurrección fue el pistoletazo de salida. En modo alguno es el nuestro. Cuando menos, porque estamos muy lejos del marco mental que la hizo inteligible como acontecimiento escatológico. De ahí que nos veamos obligados a recorrer de nuevo, como cada generación de creyentes que no lo sean por defecto, el camino que se narra en los evangelios. Y es que el creyente, para serlo, tiene que atravesar Getsemaní, esto es, sufrir el derrumbe de cuanto cree espontáneamente acerca del más allá. No hay fe que no pase por la cruz. En este sentido, la fe es una respuesta al nihilismo, aunque en modo alguno una respuesta bobalicona. Al contrario. La resurrección como acontecimiento —y no tanto como fenómeno paranormal y, por eso mismo, ex machina— revela que no hay otro Dios que aquel que vuelve al presente con el cuerpo de un abandonado de Dios que se abandona a Dios. Y, sin duda, esto difícilmente cabe proclamarlo donde seguimos dentro del marco del prejuicio religioso. Pues que Dios sea el Dios que depende del hombre que depende de Dios no es algo que podamos admitir como quien no quiere la cosa. De hecho, preferimos un dios a medida de nuestra necesidad de contar con una variante espectral del primo de zumosol, aunque actualmente adopte el aspecto de un poder impersonal. Con respecto a Dios, lo único que está en juego es nuestra respuesta a su demanda, la que escuchamos, en realidad, como el eco del lamento de los despreciables a causa de su mal olor (y no porque hayan decidido no ducharse a diario). El resto solo tiene que ver con nosotros. Y aquí la sospecha siempre tiene las de ganar.
imaginar a Dios
septiembre 2, 2021 § 1 comentario
Hay en lo más hondo un anhelo de aparición, como quien dice. De ahí que el niño que permanece en nosotros siga invocando, de un modo u otro, al ángel de la guarda. Sin embargo, si es cierto que, como decía Karl Rahner, incluso en los cielos Dios seguiría siendo un misterio, entonces incluso en los cielos continuaríamos teniendo a Dios pendiente, deseando su aparición. Ningún ángel logró nunca ocupar el lugar de Dios. Aunque, de entrada, pudiera parecérnoslo. Junto al ángel, estamos cerca. Pero todavía no hemos llegado. Con todo, al apuntar a Dios no podemos evitar imaginarlo como aquel que podría aparecerse. Es lo que tiene llevar un cuerpo a cuestas. La imaginación es, sin duda, ambivalente. Por un lado, nos permite incorporar nuestra exposición a lo más íntimo o verdadero. Por otro, lo falsea. En cualquier caso, no podemos negar que muchos vivimos de espaldas a lo que en el fondo anhelamos. Así, en vez de ir por la senda, vamos de compras: de oca en oca y tiro porque me toca. Esto es, perdiendo el tiempo. Aun cuando sea intensamente. Como las bestias.
modos de dirigirse a Dios
agosto 31, 2021 § Deja un comentario
Hay dos modos de invocar a Dios. El primero presupone que Dios está en el piso de arriba, esperando que llamemos a su puerta (y también que, de hacerlo, estará dispuesto a echarnos un cable… si es que no tiene otros planes). El segundo, en cambio, parte de un padecer su silencio: no parece que haya nadie en las alturas. Aquí la invocación es, más bien, un clamor. Ahora bien, la respuesta a ese clamor nunca será de Dios, sino de las mujeres y hombres que permanecen sujetos al mandato que procede, precisamente, de dicho silencio. Y es que podríamos decir que esto de la fe cristiana comienza con una sola pregunta, aunque vivida a flor de piel: qué queda de Dios donde ya no queda nada de dios.
la vuelta de lo religioso
agosto 30, 2021 § Deja un comentario
La Iglesia acaso haría el ridículo si, tras años a la defensiva, echara las campanas al vuelo con el retorno de lo religioso en Occidente. Pues el resurgimiento de un interés general hacia los asuntos de la trascendencia no es cristiano de per se. Al contrario: es pagano. Literalmente, una creencia campesina. Ni siquiera cabe entender dicho retorno como el estiércol en el podría crecer de nuevo la fe. Pues la esperanza cristiana parte, precisamente, del derrumbe de lo religioso. Un Dios que pende de un madero no es que sea, precisamente, un dios. Más bien, el Dios que quiso tener un cuerpo de hombre para llegar a ser el que es. No en vano en el Talmud encontramos aquello de si tú crees en mí, yo soy; si no crees, no soy.
2001
agosto 29, 2021 § Deja un comentario
Imaginémonos que nos encontrásemos en la situación del protagonista de 2001, la película de Kubrick, durante las escenas finales: como él, no entenderíamos nada. Todo allí es muy raro. ¿Misterioso? Sin duda. Necesitamos una explicación. Pero ¿divino? A unos, ciertamente, se lo parecerá. Sobre todo, si ese misterio se muestra superior… según nuestra medida —más inteligencia, más poder, más belleza: pues ¿podríamos admitir como dios a un ente sumamente fuerte pero feo, desagradable, monstruoso…?—. Ahora bien, está sensación religiosa ¿acaso no dura solo mientras dura el misterio? Contra el postulado de la vía racional, casi podemos dar por descontado que el fondo de lo real es ininteligible. Como decía Richard Feynman, quien entiende la mecánica cuántica, no la entiende. O Plotino: el Uno es incognoscible (y esto es lo mismo que decir tan esencialmente extraño que, ni siquiera, se trata de algo). Pero de ahí a creer media un paso. Un gran paso. Para los tiempos modernos, el misterio no basta. Ni siquiera lo misteriosamente superior. Sencillamente, un ser supremo no deja de mostrarse, aunque en mayor cantidad, como más de lo mismo. Lo gigantesco ya no nos dobla las rodillas. En cualquier caso, nos asombra o aterroriza. Pero poco más. Todo lo relativo a lo desbordante permanece en la epidermis. O tendría que ser así, siendo ya mayores. Sin embargo, cuanto acabamos de decir podríamos considerarlo antes una herencia de la tradición bíblica que de la novedad ilustrada. Y es que para el monoteísmo de Israel, el misterio nunca fue el de la cosa misteriosa, sino el de la constante presencia del impresentable. De ahí que, para Israel, la pregunta no sea qué o quién hay o pueda haber en el otro mundo —pues no sería Dios—, sino a qué nos obliga el que, en definitiva, Dios se nos revele, en sí mismo, como el eterno aún nadie —como el otro ab-soluto que ningún mundo puede admitir como posibilidad—. Y me atrevería a decir que únicamente desde este punto de partida cabe, cuando menos, entender de qué hablamos cuando hablamos de la Encarnación. Pues en modo alguno se trata de un dios dándose un garbeo por la tierra.
de los “pobrets”
agosto 28, 2021 § Deja un comentario
¿Amarlo? Por supuesto. Pero ¿porque nos pide desde abajo el pan de cada día? Debemos hacerlo, en cualquier caso. ¿Y si fuera un desagradable? No solo porque lleva meses sin ducharse, sino porque es un resentido, una mala hierba, alguien dispuesto a vengarse… ¿Podemos? ¿Desde dónde—bajo qué situación? ¿Logró Oseas amar a la ramera con la que tuvo que desposarse en nombre de YWHW? Fácilmente, nos sentimos inclinados a compadecernos del pobret. Viene de fábrica. Ahora bien, siempre y cuando no nos plante cara. Sin embargo, la verdad de la compasión va más allá. Literalmente. De hecho, es sobrenatural (y de ahí que, con respecto a ella, siempre estemos en falso). Un imposible. Como Dios mismo. Y lo imposible significa lo que ningún mundo puede admitir su posibilidad. Quizá, otro tiempo. Aquí la cuestión es que prevalecerá: si lo subyacente —lo posible, lo natural— o el por-venir. Sin embargo, lo segundo es increíble. Desde nuestro lado, la fe es sencillamente una ilusión.
spoiler
agosto 23, 2021 § Deja un comentario
Una de las moralejas de la cruz es que el hombre de Dios responde a la voluntad de Dios —la que se desprende de su vaciamiento— sin Dios mediante, esto es, bajo un cielo impenetrable. Esto significa que esta moraleja no constituye un motivo para responder. El abandonado de Dios no se abandonó a Dios porque supiera que solo puede realizar su voluntad donde no parece que haya un Dios de nuestro lado. De hecho, cualquier verdad queda en suspenso en esa situación. El dar razón siempre fue algo póstumo. O como decía Hegel, el vuelo de la lechuza al anochecer. De ahí que el sentido no pertenezca a quien lo soporta sobre sus espaldas. Sin duda, aquí alguien podría decir que la resurrección lo cambia todo: que, tras las apariciones, los creyentes que penden de una cruz pueden morir en paz, sabiendo cuál es el final. Quizá esto fuese así para los que aún podían creer en el carácter físico de la resurrección. No ya, para aquellos que consideran que los relatos del resucitado son, en el fondo, una interpretación, en clave mítica, del significado de la cruz. Pues el horror pesa más que la hermenéutica.
obviedades que dejaron de serlo
agosto 21, 2021 § Deja un comentario
Ningún enunciado del credo significa nada —o nada que no sea, hoy en día, una insensatez— sin la historia que hay detrás. Podríamos decir que el kerigma cristiano emplea el lenguaje religioso disponible para aplicarlo a lo que en modo alguno puede admitirlo. Es como si dijéramos que el autor de Hamlet fue un analfabeto que se entretuvo trazando al azar durante décadas unos cuantos garabatos sobre unos pliegos de papel. Esto, sencillamente, no cabe en nuestro mundo (ni en nuestra cabeza). Es imposible. Pero también lo es que un crucificado sea proclamado Hijo de Dios. ¿Acaso no nos tomaríamos a risa —o como una provocación— que un diseñador de moda organizara un pase de modelos con leprosas, mientras insite en que solo ellas son realmente hermosas? Tras el cristianismo no podemos seguir hablando de Dios a la religiosa, como si Dios fuese un ente sin cuerpo. Y quien dice hablando dice experiementando. Por ejemplo, según el cristianismo, María concibió por el espíritu de Dios. Y aquí fácilmente nos imaginamos a María poseída por un poder que procede del más allá, como la niña de El exorcista, pero en bueno. Aquí el cristianismo aplica a María un símbolo de la tradición profética (y no solo profética): el de la doncella que concibe milagrosamente. Sin embargo, las cosas no sucedieron tal y como se nos narran. Probablemente, María fuese una joven madre soltera. Algunos biblistas defienden que concibió tras una violación. ¿Qué hizo, de hecho, María? Amar a ese fruto de su vientre. Basta con imaginarlo para caer en la cuenta de que estamos ante un imposible. El rostro de Jesús terminaría siendo el de los romanos que la forzaron. ¿Qué hicieron los primeros cristianos? Proclamar por medio del antiguo símbolo que este es el verdadero milagro: María es la virgen. El horror no alcanzó, por así decirlo, su corazón. Aunque fuese un corazón roto. O por eso mismo. María regresó con vida de la muerte, como quien dice, la vida que, precisamente, ofreció a su hijo. ¿Qué hizo, en cambio, la cristiandad? Prescindir de la historia, para quedarse solo con la fórmula. Y de ahí al mito —cuando el cristianismo es el antimito por excelencia— media un paso. Pues los hechos que se corresponderían con la fórmula son, inevitablemente, paranormales. Y lo paranormal no invita a la fe —a confiar, contra pronóstico, en que al final habrá un Sí—, sino a una mejor explicación.
casi programático
agosto 19, 2021 § Deja un comentario
Para comprender qué significa un estar expuesto a la trascendencia quizá baste con sufrir el horror bajo un cielo radiante: la desmesura de un cosmos indiferente se muestra como lo último o definitivo. Is 45, 7. De ahí lo desconcertante de un Dios que, desde el principio, quiso incorporporarse, esto es, hacerse cuerpo. Desde una óptica bíblica, Dios carece de naturaleza. Pues es el Dios que, de buen comienzo, quiso salir de sí hacia lo otro de sí (y esto está muy cerca de decir que se afirma en su negación de sí). La pregunta, sin embargo, es cómo llegamos a saberlo o, mejor dicho, cómo pudo revelársenos. No es casual que los evangelios, al hablar de Dios, no hablen de Dios, sino del Dios de aquel que pasó por enviado de Dios y que murió etsi deus non daretur. Esto es, como si no hubiera Dios. Aquí podríamos objetar que Jesús resucita por el poder de Dios (y que, por tanto, Dios siempre estuvo ahí, tras la cortina, esperando su momento para intervenir espectacularmente). Sin embargo, y dejando al margen cómo podemos aún creer en la resurección de los muertos, lo cierto es que el crucificado vuelve a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Como si Dios fuese incapaz sin la entrega del hombre. Pues si Dios es el Dios que quiso, desde el origen, reconocerse en el hombre, entonces Dios no tiene otro quién que el hombre que regresa hacia Dios.
la verdad y sus historias
agosto 18, 2021 § Deja un comentario
Las proclamaciones cristianas —pero, ¿quién las proclama hoy en día?— solo recuperan su sentido original si tenemos presente las historias que hay detrás. No es causal que los evangelios, a la hora de presentar a Dios, cuenten la historia de un hombre… que murió como un apestado de Dios. Ahora bien, al tenerlas en cuenta, la palabra Dios ya no significará lo que significa por defecto. No podrá. Es como si el cristianismo cambiara el ámbito de aplicación de las categorias religiosas. Y esto no es fácil de tragar para quien se siente inclinado hacia las cosas divinas. Para comprender, cuando menos, el alcance de los enunciados del credo hay que partir del desconcierto. ¿Ese colgado es Dios? No sabes de lo que hablas. Gregoire de Ahongbonon (https://www.cesal.org/ong/figura-de-gregoire/gregoire-ahongbonon_3513_326_5002_0_1_in.html) ve a Dios —al que llama, el único que merece su nombre— no en los elevados por la ascesis o en los ministros de Dios, sino en los locos de atar, literalmente, los despreciados de los despreciados. Y estos huelen mal. Ante Dios, la primera reacción es la de quien se aparta.
Si colocamos el dibujo de un niño en el lugar de la Gioconda —y nos tomamos en serio la gamberrada— difícilmente podremos seguir manteniendo el concepto tradicional de Belleza. No hay continuidad entre el arte moderno y el renacentista. Como no la hay entre el cristianismo y la religión. Ciertamente, si decimos que la verdadera belleza es la de esos garabatos infantiles es porque presuponemos la validez del concepto de belleza. Y aquí podríamos creer que tan solo hemos cambiado de referente. Pero únicamente hace falta imaginarnos en la situación de los sin salida —las mujeres de Afganistan, quienes ven morir a sus hijos de hambre ante la indiferencia del mundo…— para captar la revelación que supone que tu pequeño trace unos garabatos sobre un papel: ese dibujo es, sencillamente,. sagrado. Ahí, las giocondas se mostrarán como vanas. Porque lo son. Podemos tomarnos en serio la gamberrada porque la gamberrada es seria. Es innegable que hay una idea general de Dios como la hay de la Belleza (y por eso hay algo así como religiones o una Historia del arte). Sin embargo, su carácter es meramente formal (y quien dice formal, dice vacío o tautológico). Como sostuvo Platón, no sin perplejidad, podemos ascender a la idea última —y esto en Platón equivale a decir a lo real—, pero no deducir de ella lo concreto: su carácter formal nos lo impide. De ahí que no podamos pasar de la noción general de lo divino a la concreción cristiana. Defender que las diferentes religiones apuntan a lo mismo es lógicamente trivial (y por eso mismo irrelevante). Con todo, solo porque Leonardo pintó la Gioconda fue posible invertir los términos.
del misterio y la llamada
agosto 17, 2021 § Deja un comentario
Si Dios es el que llama, entonces no hay experiencia de Dios donde uno no se siente invocado por Dios. Y ya sabemos como invoca Dios: siempre a través de los sin Dios. La apertura a lo desconocido o, si se prefiere, al misterio, no basta. Es necesario, además, que alguien nos desmonte el hogar. No es secundario que nuestro hallarnos cabe Dios se revele en los tiempos finales, esto es, donde los cielos se derrumban. Ahora bien, quien dice Dios, dice el Dios que no se presenta —no es— salvo como el que fue y será (si el hombre quiere).
Abraham y la isla del tesoro
agosto 13, 2021 § Deja un comentario
Ante YWHW, Abraham solo se atreve a balbucear aquello de “heme aquí; qué quieres que haga”. Interesante. Veamos por qué. Primero: el heme aquí está lejos de ser una obviedad. Abraham, por supuesto, no indica una coordenada geográfica. Frente a Dios, uno no permanece arrojado a las posibilidades que le ofrece el mundo —de hecho, han dejado de haberlas—, ni tampoco atado por su pasado: simplemente se halla, en el sentido más amplio de la expresión, en donde está. Y esto es lo mismo que decir solo. Puede convenga recordar que aquí YWHW no se revela estrictamente como presencia, sino como un Dios por-venir. Literalmente. No hay epifanía en el episodio de Abraham. Nada numinoso que pueda sobrecogerlo. Tan solo la voz —el silencio elocuente— de un Dios que, por eso mismo, se ofrece como promesa de Dios. Y no porque esté por descubrir, como si Dios fuese un tesoro enterrado que deberíamos localizar. Con respecto a Dios, no hay nada que des-cubrir. Dios no permanece velado por las apariencias, aunque ya nos gustaría que fuese así. Abres la puerta que se te prohibió cruzar… y ahí no hay más que cuatro paredes. Quizá no sea casual que en el sancta santorum, el lugar de la presencia de Dios en el templo de Jerusalén, careciese de imágenes. Ahora bien, Abraham topa con YWHW solo tras fracasar en su búsqueda del tesoro.
Segundo: el qué quieres que haga refleja la disposición de quien cae de rodillas ante un Dios en falta o por ver, la que también se observa en la respuesta del pueblo de Israel a Moisés: primero obedeceremos y luego ya veremos. Podríamos decir que el heme aquí, con cuanto implica, es indisociable de un interrogarse por la voluntad de aquel ante quien nos situamos. Ciertamente, podemos permanecer de pie ante el abismo, como los héroes del romanticismo. Pero en ese caso, seguiríamos inflados de poder. Ningún heme aquí vamos a escuchar de quien experimenta lo sublime al borde de la desmesura de un cosmos sin final o propósitp. Pues solo podemos pronunciarlo ante aquel que, como enteramente otro, no es aún nadie. Y dado que solo lo igual sabe de lo igual, únicamente como nadie podemos hallarnos ante el aún nadie. Por lo común, nos situamos desde la posición que ocupan nuestros ídolos. Son ellos los que, de entrada, establecen la medida de lo que creemos valer para los demás —son ellos quienes, en un primer momento, nos dicen qué debemos ser mayores—. Y aquí ser equivale a lograr. Sin embargo, esta situación carece de solidez. No hay ídolo que no posea pies de barro. Un ídolo nunca cumple su promesa. Nuestra situación deviene un tener lugar tan solo ante el aún nadie. Pues solo ante el aún nadie caemos en la cuenta de que, en realidad, no somos nadie. Ahora bien, si hablamos del aún nadie y no de, simplemente, la nada, no es porque seamos unos fantasiosos, sino porque el hecho de existir supone un estar en el mundo como arrancados del Otro y no solo como unos distantciados. Nadie puede aparecer como Otro, sino en cualquier caso como otro en apariencia (y aquí estamos casi en el terreno de las tautologías: nadie aparece como Otro=el Otro aparece como (el aún) nadie). De ahí que Abraham se pregunte ¿qué quieres de mí?, y no ¿y ahora qué hago?. Esto es, ante Dios estamos solos como nadie y, en consecuencia, en manos de… ¿nadie? Y esto, bíblicamente, está muy cerca de decir en manos de los nadie.
De ahí que la respuesta que escucha Abraham no sea directa, sino la que se desliga de un Dios enmudecido, el Dios del séptimo día, el que está por regresar. No hablamos, por tanto, del esquizofrénico que oye voces en su interior, a menudo imperativas, sino de quien escucha el mandato de Dios en su silencio. Tan solo el que no sabe leer —y no me refiero tanto al texto como a la vida que hay detrás— puede tachar a Abraham de supersticioso. Abraham no fue un iluso. Todo lo contrario: fue un desterrado, un sin tierra y, por consiguiente, un sin Dios (pues, en la época, no había dios que no fuese territorial o, cuando menos, que no tuviera un ámbito). Consecuentemente, no deberíamos leer este fragmento bíblico como si su autor se hubiese limitado a transcribir una conversación telelefónica. La voz de Dios es de Dios no como nuestra voz es nuestra. Nos hallamos ante la voz que se desprende, precisamente, de una alteridad en falta —eternamente en falta—, una voz cuyo eco escuchamos, precisamente, en el clamor de los que no cuentan para nadie. Y solo porque esta es la eternidad de Dios, cabe la Encarnación. Pero este es otro asunto.
Sancho y Nietzsche
agosto 12, 2021 § Deja un comentario
¿El Valor? Se le supone. Literalmente. Pues la mayoría de los condecorados en el frente tuvieron el valor que tuvieron porque iban cocidos de opiáceos. No solo en Vietnam, sino en cualquier guerra. El hecho es que quienes los condecoraron lo sabían: hay que mantener la ilusión —también podríamos decir el photoshop— a cualquier precio. Y es que con la ilusión, seguimos siendo unos niños, aquellos que miran desde abajo. Al menos, porque no hay ilusión sin vidas ejemplares o, lo que viene a ser lo mismo, sin autoridades que las señalen. Por suerte, siempre tendremos a Sancho: no son héroes, mi señor, son toxicómanos. De ahí que su pensamiento siga siendo tan sanador, tan cauterizante. En este sentido, podríamos decir que la filosofía de Nietzsche o, mejor dicho, su lectura escolar sigue reposando sobre una lógica sacerdotal. Pues, en el fondo, dicha lectura se limita a sustituir al santo por el noble. Al igual que la Iglesia muestra a sus santos como ejemplos de integridad sin grieta, Nietzsche presentaría a la bestia rubia como hecha de una pieza, aunque con otro material. Ante las bravatas de los nietzscheanos, Sancho siempre podría replicar: no son dioses, mi señor, son idiotas. Y aquí no parece que haya mucho resentimiento que digamos. Tan solo lógica campesina.
En realidad, la figura del noble en Nietzsche no funciona como una categoría socio-política. Por tanto, no hablamos de los que, de hecho, detentan un cierto poder, sea el que proporcionan las riquezas o la belleza, sino del psicópata, por decirlo en breve. Y aquí el asunto es otro. Frente al psicópata, un campesino se limita a afilar el azadón. O a huir. El psicópata no es envidiado: es temido. Nada de cuchichear en voz baja intentanto encontrar las vergüenzas de quien se nos presenta como de otro mundo. No hay como en el caso del psicópata: es un dios hecho cuerpo, aunque un dios del lado oscuro de la fuerza, un heraldo de Ha-Satan. Para una sensibilidad religiosa, lo habitual es reaccionar ante este dios suponiendo que hay un dios de nuestro lado o, al menos, un psicópata bueno, un mesías cargado de luz. Sin embargo, los tiros cristianos no van por ahí. El cristianismo no se enfrenta a la encarnación de Ha-Satan con un hombre-dios resplandeciente, sino con un Dios que no es nadie sin la respuesta del hombre, el único que hay. Y llegados a este punto quizá convenga recordar que algunos de los santos fueron lo que fueron —o son lo que son—, no porque se hubiesen apropiado de un poder sobrehumano, sino porque, habiendo regresado del más allá, por decirlo así, habían constatado que ahí no hay ningún dios, obrando en consecuencia. Desde la óptica de una eternidad vacía de dioses, incluso el psicópata deviene ridículo.
más nihilismo
agosto 10, 2021 § Deja un comentario
El nihilista es aquel que sabe que no es posible comenzar de nuevo. ¿Un nuevo trabajo, una nueva mujer, nuevos amigos…? Al final, salvo error flagrante, será más de lo mismo. Los comienzos están, sencillamente, cargados de ilusión. Y este siempre igual lleva sobre sí el estigma de la muerte. De ahí que el cristianismo tenga necesidad de testigos. Pues que los deshechados puedan esperar nacer de nuevo es algo que hay que haberlo visto para creerlo. De lo contrario, seguimos consumiendo opio. Y un cristiano está lejos de flotar.
filar prim
agosto 8, 2021 § Deja un comentario
O bien, Dios provoca lo mejor de nosotros mismos. O bien, nos deleitamos con nuestros mejores sentimientos con la excusa de Dios. El síntoma de que nos hallamos en la primera opción es que no contábamos con ello. Pues Dios es interrupción —y ya sabemos cómo nos interrumpe: con el desagradable olor de los prescindibles. En cambio, con la segunda fácilmente llegamos a creer que da igual del Dios del que hablemos.
eternidad
agosto 7, 2021 § Deja un comentario
No deberíamos confundir la eternidad de Dios con la inmortalidad de lo divino. Esta tiene que ver con el presente continuo: siempre ahí, por encima o, si se prefiere, en las profundidades. En cambio, Dios es eterno porque, como absolutamente otro, fue desplazado a un pasado anterior a los tiempos. En este sentido, su eternidad es la de un eterno paso atrás. De ahí que, de Dios, tan solo lo debido a Dios, a su retroceso. En última instancia, el cuerpo de aquel que soporta sobre sus espaldas el peso —aunque también la levedad— del aún nadie de Dios. Y, por descontado, obra en consecuencia.
la llamada
agosto 5, 2021 § Deja un comentario
Si Dios es uno con el abandonado de Dios —si tan solo cabe obedecer a Dios respondiendo a su desgarro—, entonces no puedes decirte como quien no quiere la cosa que Dios te llama, salvo retroactivamente (aunque el esquizoide también oye voces). Pues el desconsuelo del pobre solo cabe escucharlo como el clamor que clama desde el cielo donde el cielo permanece vacío de dioses. La espiritualidad de aquellos que creen escuchar directamente a Dios en la intimidad, esto es, sin que esa voz sea el eco del griterio de quienes sufren, tan solo tiene que ver con su necesidad de un amigo espectral. Sensiblemente, no te llama Dios, te llama el pobre: Juan, el sin techo; Ibrahim, el que vino en patera; Melisa, la madre soltera y sin trabajo… Tan solo posteriormente puedes caer en la cuenta de que has sido invocado por la voz de Dios. De hecho, ya se nos dijo que, ante Dios, nos hallamos sin Dios. Sin embargo, con este Dios no es que estemos, precisamente, muy en sintonía. Dios nunca fue el dios del hogar.
a vueltas con el justo sufriente
agosto 4, 2021 § Deja un comentario
Suele decirse que nuestra época es la época en la que Dios ya no se encuentre presente como el a priori, por decirlo así, de nuestro estar en el mundo. Dios es, en este sentido, el gran ausente. Hasta aquí nada nuevo. Y, a efectos prácticos, parece indiferente hablar de la muerte de Dios como de su eclipse. Pues da la impresión de que la luna de la Modernidad no está por la labor de retirarse. Ahora bien, desde el lado de los sufrientes, ninguna novedad en el frente: Dios siempre ha sido el Dios que está por ver. En relación con la fe, este es el punto de partida. O si se prefiere, la perplejidad de quien, por un lado, es capaz de experimentar la bendición y, por otro, la maldición (aun cuando en medio de los gulags de la historia, sea muy difícil permanecer en el filo de la navaja). Y es que cuanto tiene que ver con la verdad de Dios apunta a esos actos de bondad de quienes ya no tienen vida por delante a causa, precisamente, del abandono de Dios. Al menos, porque dichos actos no son entendibles como la posibilidad moral de quienes aún pertenecen al mundo. Aunque tampoco como la de un deus ex machina que operase desde las alturas.
abstracciones
agosto 2, 2021 § Deja un comentario
La revelación es difícilmente asumible. ¿Un Dios con cuerpo —y un cuerpo deformado por la cruz? ¿Acaso Dios, de haberlo, no es más bien espíritu? De ahí que los predispuestos a los asuntos de la trascedencia corran el riesgo de sustuir la fe en aquel hombre que se reveló como el quién de Dios —y por extensión, a un Dios cuya alteridad es la de un eterno porvenir— por una vaga creencia en el amor o el lado luminoso de la fuerza como el fondo nutricio de cuanto es, aunque dicha creencia esté encubierta con motivos cristianos. Quienes así lo suponen podrían prescindir perfectamente de los evangelios. Nada cambiaría, en lo relativo a su creencia, si llegara a descubrirse que estos fueron escritos como obras de ficción. De hecho, no es casual que fácilmente alcancen la conclusión de que la aportación cristiana, frente al resto de las religiones, consiste, sobre todo, en acentuar la solidaridad o el compromiso hacia los desfavorecidos. Pues Dios es el mismo en cualquier caso, solo que visto desde diferentes ópticas. Ahora bien, donde damos esto por sentado, seguimos hablando de nuestra percepción —de lo que nos parece que es Dios—, en modo alguno de Dios. Y es que no terminamos de topar con Dios mientras sigamos satisfechos con dios.
punto de vista
agosto 1, 2021 § Deja un comentario
Nada se entiende de los evangelios si no es desde la situación de los desesperados, de quienes ni siquiera pueden concebir a un Dios de su parte. Nada. Hay que ponerse, por tanto, junto a ellos, para cuando menos intuir por donde van los tiros de la confesión cristiana y, en definitiva, de la redención. Esto es, hay que partir del nihilismo —hay que tomarse muy en serio el No— para poder proclamar desde lo más íntimo (y no tan solo decir) que no hay otro Dios que aquel que, colgando de una cruz, ofreció el perdón que solo pueden dar quienes regresan con vida de la muerte. De ahí lo ridículo que resulta el intento de actualizar las fórmulas de la fe desde la posición de quienes aún podemos confiar en un futuro a nuestra medida. Pues aquí actualizar supone, sin duda, acomodar.
fe y liderazgo
julio 31, 2021 § Deja un comentario
¿Transmitir la fe como verdades en las que creer… porque nos elevan por encima de lo prosaico? ¿Es cierto que, ante la crisis, tan solo se trata de encontrar otros métodos? No sé… ¿Es que hemos olvidado que únicamente llegamos a la fe, de llegar, a través del contagio, seducidos por la fuerza de quienes la encarnan, aquellos que hicieron de la última palabra —o mejor dicho, del silencio más elocuente— un cuerpo? Y su fuerza ¿acaso no tendrá que ver con que regresaron con vida del infierno, aquella que ofrecen, precisamente, a los que aún estamos muertos? ¿Es posible creer sin haber sido convocados por un hombre de Dios? ¿De qué fe hablamos donde no hay seguimiento? Si Jesús de Nazaret no hubiera sido el que fue, un hombre que, ocupando el lugar de Dios, consiguió arrastrar voluntades hacia el final del mundo —“no puedo soportar que tantos vivan como perros”—, quienes proclamaron su resurrección, y ello al margen de cómo podamos entenderla hoy en día, no habrían hecho mucho más que anunciar un fenómeno paranormal.
Saturno devorando a sus hijos
julio 30, 2021 § Deja un comentario
De tan acostumbrados que estamos a un Dios-bonachón, al menos desde el Vaticano II, fácilmente nos hemos olvidado de que la experiencia más elemental de lo divino es la de un hallarnos bajo un poder capaz de destruirnos (aunque también de trabajar a nuestro favor si pagamos el precio). No tiene nada de obvio que un dios se interese por nuestra suerte (y menos que decida sacrificarse por nosotros). Y aquí uno podría preguntarse cómo la revelación que conduce a la confesión creyente es de Dios y no un primer paso, ciertamente enmascarado, hacia el ateísmo. Por eso, la conversión de Dios en un amor delirante hasta la inmolación ande de la mano de la crítica moderna —o no tanto— a la experiencia religiosa de Dios. Ambas podrían entenderse como las dos caras de una misma moneda. Quizá no sea casual que la salvación más básica consista en liberarse del Padre, escrito así con mayúsculas. Como tampoco que la redención cristiana suponga, de algún modo, también la de Dios, en el sentido objetivo de la preposición. Como si su ira tuviera más que ver con su impotencia que con el fantasma que tenemos en mente. Al fin y al cabo, el cristianismo viene a decirnos que la hija que sufrió los abusos de papá solo se libera del mismo donde logra abrazarlo movida por la compasión —donde es capaz de ver en su padre a un pobre dios (y no a un monstruo)—. Pero para que sea posible ha de regresar con vida de la muerte, como quien dice. Y este regreso en modo alguno puede entenderse como un horizonte moral. Aquí tan solo cabe apelar a lo que tuvo lugar, si es que fuera el caso, contra cualquier pronóstico.
las otras cruces
julio 26, 2021 § Deja un comentario
¿Qué distingue la cruz de Jesús de Nazaret de la cruz de los profetas? ¿Acaso que, con Jesús, hubo un tercer día? No solo, me atrevería a decir. Pues los profetas, según parece, interpretaron el abandono de Dios como resultado de la infidelidad de Israel. Los profetas tuvieron que soportar cruentamente el peso de esa infidelidad. Pero no la hubo en Jesús de Nazaret. Como tampoco, en el caso de Job. La explicación profética de la desgracia no basta para entender la del justo que sufre. El crucificado sintió en sus carnes el silencio de Dios como no lo experimentaron los profetas. Estos se entregaron, en la soledad de su muerte, a un Dios que sabían que estaba de su lado. Jesús muere ante Dios como si no hubiera Dios. Los profetas fueron mártires de una causa. Jesús, en cambio, será la causa. Y lo será porque su sacrificio revela un Dios que en modo alguno puede darse por descontado —un Dios de carne y hueso—.
verdad y tiempo
julio 25, 2021 § Deja un comentario
Aun cuando estemos convencidos de que en Dios tiene más peso lo extraño que lo familiar —que su realidad es propiamente la del aún nadie que la de un ente espectral— resulta muy difícil, de creer, que no nos dirijamos a Dios como si fuese alguien. Aunque hayamos admitido que estar ante Dios supone estar ante los abandonados de Dios —y por tanto, sin Dios—, para el creyente resulta casi inevitable intimar con el fantasma. A pesar de que sepamos que en la mujer que abrazamos prevalece lo intangible, en el día a día se imponen los requisitos del (con)trato. Nadie niega, salvo el insensato, que la tierra gire alrededor del sol. Sin embargo, seguimos diciendo que es el sol el que se mueve. Hay un desencaje entre la verdad y lo que nos parece —o por decirlo al modo clásico, entre alma y cuerpo—. Pues la verdad —lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa— se ofrece como aquello que, estando ahí, somos incapaces de ver (y por eso para caer en la cuenta necesitamos volver sobre lo visto, esto es, diseccionarlo). Como si la verdad estuviera por debajo —o por encima— de las apariencias. O también, como si la hubiésemos dejado escapar —como si lo que acontece en el presente fuera un haber sido, un eterno por regresar—. Nuestra relación con la verdad, por consiguiente, no es como la que mantenemos con cuanto poseemos. De ahí que aquellos que han logrado interiorizarla suelan guardar una distancia irónica en todo lo que dicen y hacen o, en cristiano, un silencio expectante, mientras cavan pozos de agua para los sedientos. El hermano Gárate quizá estuvo más cerca que aquellos, de sus contemporáneos, que fueron hábiles en descifrar la Trinidad.
analogia entis
julio 23, 2021 § Deja un comentario
Decía Aristóteles —y antes que él, Empédocles— que tan solo lo igual conoce lo igual. No podemos conocer nada que, de algún modo, no suponga un re-conocer. Esto es lo que hay tras la teoría platónica de la anámnesis: que el conocer es, en definitiva, un recordar. Así, cuando nos enfrentamos a los desconocido espontáneamente intentamos reducirlo a lo conocido. La primera vez que los apaches vieron un tren, no vieron un tren sino un caballo de hierro. El cristianismo se apoyó en esta tesis para defender un cierto saber de Dios, aun cuando se guardó —y mucho— de que dicho saber anulase el misterio de su trascendencia. De ahí que en la doctrina católica de la analogia entis pesara más la desemejanza —lo que permanece en esencia incognoscible— que la semejanza.
Sin embargo, el problema de dicha doctrina es el de acabar creyendo que, en el fondo, Dios y el hombre poseen rasgos comunes solo que en distinto grado (y en este sentido, creemos que Dios es bueno o misericordioso, pongamos por caso, aunque en mayor medida que en el caso del hombre). Por no decir que hay algo así como una chispa divina en lo más hondo de uno mismo. De hecho, la tendencia gnóstica consiste, precisamente, en creerlo. Es como si el gnóstico se quedase con el interior intimo meo de Agustín olvidando que a continuación añadió et superior summo meo. Y aquí hay que tener en cuenta que estamos ante una superioridad ontológica —que no óntica, por decirlo a la Heidegger—. Como absolutamente otro, Dios no es el ente cuya extrañeza obedezca tan solo a una serie de rasgos inconmensurables (y por eso mismo ininteligibles). La distancia entre Dios y el hombre no es como la que media entre el hombre y una lombriz. El otro avant la lettre carece de rasgos (y por eso mismo, podríamos decir que, en sí mismo, no posee entidad). Para el hombre no hay alteridad como pueden haber focas o montañas. La alteridad se nos da como lo que tuvimos que dejar atrás una vez fuimos arrojados al mundo (y esto es lo que significa, literalmente, ex-sistir: un hallarnos expuestos a la desmesura de una alteridad en falta, estrictamente, a lo que se deriva de esta exposición).
En el mundo, la alteridad se nos da como el presupuesto de la representación, de la idea que nos hacemos de las cosas. Es por ello que, en cuanto tal, no es representable. La realidad de lo enteramente otro, en su hacerse presente, queda reducida a los esquemas de la conciencia. Dios inevitablemente adviene a la sensibilidad con un aspecto en concreto —y de ahí que creamos que Dios es lo que nos parece que es divino—. En cambio, la realidad de Dios tan solo puede ofrecérsenos bajo la forma de lo negativo: es en tanto que no es —o mejor dicho, en tanto que, en sí mismo, aún no es nadie. Así, no debería sorprendernos que, desde una óptica bíblica, no haya una experiencia de Dios como pueda haberla, por ejemplo, de un tsunami. Bíblicamente, la experiencia de Dios es siempre una experiencia de lo que se desprende de su radical trascendencia: el don de la vida y el mandato de preservarla de nuestra impiedad. O por decirlo en cristiano, el Padre no tiene otro rostro que el de un colgado en su nombre. Y esto, no por casualidad.
una de preposiciones
julio 22, 2021 § 1 comentario
Dijo Bonhoeffer: ante Dios, sin Dios. Y esto es así. Ciertamente, ante Dios somos responsables. Literalmente, aquellos que debemos responder a la demanda —el clamor— que se deprende de la absoluta trascendencia de Dios. Pero acaso también seamos responsables de Dios. Al menos, porque Dios es el Dios que no quiso ser Dios sin la respuesta del hombre.
perdidos
julio 20, 2021 § Deja un comentario
Es cierto que no caemos en la cuenta del valor del otro hasta que no se nos va. En el día a día, prevalece el trato, la reacción (y solo en raras ocasiones se nos revela su carácter excepcional, el milagro de que esté-ahí). La apariencia no basta. El otro tiene que desaparecer para que se haga presente su aura —su espíritu, su huella—. Podríamos decir lo mismo con respecto a Dios. Un Dios en exceso tratable aún no es Dios. En cualquier caso, una imagen a disposición. Al fin y al cabo, para la fe cristiana, no hay otra presencia de Dios que la del espíritu de un crucificado en su nombre (y un crucificado que volvió a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo).
apocalípticos e integrados
julio 15, 2021 § Deja un comentario
Jesús, como es sabido, fue un profeta apocalíptico. Su mensaje fue, al fin y al cabo, simple: el juicio de Dios es inminente y los hombres tendrán una última oportunidad si acogen el perdón del enviado (y obran en consecuencia). No parece, sin embargo, que podamos esperar sensatamente la fanfarria de los ángeles. El género ya nos resulta extraño. El fin del mundo, de haberlo, es a lo sumo un límite asintótico. Largo me lo fiáis. De ahí la irrelevancia actual de la predicación del Jesús que andó por Galilea. Con todo, acaso la pregunta no sea si el mito de un final de los tiempos es verdadero, sino para quién puede aún valer esta esperanza. No, evidentemente, para aquellos que confiamos en las ofertas del mundo. De hecho, solo los deshauciados son capaces de invocar a un Dios capaz de provocar un reset de dimensiones cósmicas. Únicamente ellos pueden seguir siendo apocalípticos, aunque sin el apoyo de un mito creíble. Ahora bien, es posible que la genuina esperanza siempre apuntase a lo increíble. Pues Dios nunca fue una posibilidad del mundo.
1Co 15, 17
julio 14, 2021 § Deja un comentario
Si Cristo no resucitó —sostiene Pablo—, vana en nuestra fe. En esta disyuntiva se decide la suerte del cristianismo. Pues es como decir o bien Cristo resucitó, o bien la fe es un trampantojo. De ahí que el cristiano, sobre todo hoy en día, deba tomar una posición al respecto. Pues la resurrección es dura de tragar (aunque ya lo fue desde los inicios). Sin embargo, tomar una posición no significa traducir. Como si proclamar la resurrección de un crucificado fuera, en definitiva, lo mismo que decir que Jesús sigue vivo en el corazón del creyente o como si se nos hablase, en los términos de una cultura que ya no es la nuestra, de la inmortalidad del alma. Quizá sea porque nos cuesta esto de la resurrección de la carne, como les costó a los griegos del Areópago, la sentencia de Pablo pueda entenderse actualmente como una ironía póstuma. Como si, al fin y al cabo, se nos dijera que los relatos que dan pie a la confesión cristiana pertenecen a la literatura fantástica. En cualquier caso, el cristianismo difícilmente sobrevivirá al ridículo histórico donde no asuma, en contraste con la deriva religiosa, que la realidad de Dios se decanta del lado de lo imposible —de lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. Y esto aun antes de comenzar a hablar de la resurrección.