lo serio
diciembre 2, 2021 § Deja un comentario
¿Qué es lo serio? El poder. No el que un hombre ejerce sobre otro, el cual sería un mero sucedáneo, sino el de un dios que niega al hombre. Hay que partir de ahí para entender qué significa un Dios-amor —que su Sí pueda sobre el No. Otro asunto es que aún quepa creer en Él, sin hacer del amor un dios.
Marin Marais
diciembre 1, 2021 § Deja un comentario
Hay que imaginarse en medio de la derrota final —o del silencio que cubre los lager de la historia— para saber qué significa escuchar la sarabande de la quinta suite de Bach para cello. O los solos de viola de gamba de Marin Marais. ¿Bruckner? Una victoria arrodillada. Estamos lejos —muy lejos— del entretenimiento pop. La humanidad se extinguirá. Pero el eterno aún podrá escuchar su canto.
esperanza y apocalipsis
noviembre 29, 2021 § Deja un comentario
Si la esperanza cristiana apunta a un final apocalíptico —y no solo apunta al mismo, sino que lo desea—, entonces esta esperanza no es para nosotros, los que aún creemos en nuestra posibilidad. A pesar de lo que proclamamos llenándonos la boca. Pues que todo comience de nuevo —o al menos, termine de una vez— sólo lo pueden esperar los que no pueden esperar ya nada de este mundo.
póstumo
noviembre 28, 2021 § Deja un comentario
Cuando la vida se empeña en negar —en negarnos— solemos recurrir a lo póstumo: la tortilla ya dará su vuelta, nos decimos, sea en los cielos o, como esperaban los griegos, en la memoria de quienes nos sucedan. Sin embargo, no será así, dice el nihilista. Los cielos se derrumbaron en el Gólgota; toda fama tiene fecha de caducidad: de aquí a cien mil años nadie sabrá quien fue Beethoven o Jesús de Nazaret. En verdad, nadie cuenta nada. La cuestión es: y ahora qué. Nuestras fantasías no proporcionan ningún refugio. Acaso lo haya en la respuesta a demanda del prójimo (o mejor, en su respuesta a nuestra entrega). Y con respecto al luego, Dios dirá. Como suele decirse.
composición de lugar
noviembre 27, 2021 § Deja un comentario
Imaginemos que estamos en guerra y que te hallas junto a tu hija pequeña ante unos soldados que fuman unos cigarrillos antes de cargar sus armas para fusilaros: a tu hija, a ti y a cuantos habéis sido seleccionados. Ella te pregunta: ¿papá por qué quieren matarnos? No puedes hacer otra cosa que abrazarla, besarla. Quizá también llorar, mientras esbozas una última sonrisa, mirándole a los ojos. Toda su alegría de vivir —sus columpios— llega a su punto final. Abruptamente. La Biblia hay que leerla, sobre todo, desde estas escenas. Pues cuanto ahí se nos dice, no tiene nada que ver con el delirio. Aunque a los verdugos nos lo parezca.
de qué va
noviembre 26, 2021 § Deja un comentario
La pregunta es qué seremos capaces de hacer con nosotros mismos —y, de paso, con quienes nos rodean— cuando llegue el naufragio. Pues, tarde o temprano, hay naufragio. Aunque, a veces, no nos lo parezca —aunque, por lo habitual adopte el aspecto del gris—. Sencillamente, la vida no termina de coincidir con las palabras que proporcionan un sentido —un hacia dónde—. Estas, como un mal traje, nos vienen anchas (y no porque sean, necesariamente, una ficción). Así, se nos habló de heroísmo —o si se prefiere de lo auténticoo sensacional—; pero con el tiempo acabamos en el oficio (y un oficio es una jaula de hierro, aun cuando, en algunos casos, y por estar pulido, su brillo nos resulte cegador). La solución epicúrea es que el naufragio nos coja siendo unos espectadores: desde la atalaya (aunque para esto, y por lo común, sea necesario comer a diario). La variante popular es haber triunfado, tener, por decirlo así, un seguro de vida. De este modo, anem fent. Acaso el problema sea que, los que nos satisfacemos con nuestra satisfacción, no dejamos de ser, por eso mismo, unos chimpancés. Y es que la vida probablemente sea algo más que una versión del juego de la oca. Ahora bien, este algo más no tiene que ver con la novedad —con algo aún por descubrir—, sino con lo irreductiblemente extraño y, en consecuencia, indescubrible. Aquí el nihilista tiene razón: la novedad, ese simulacro de lo nuevo, es repetición de lo mismo. Nada nuevo bajo el Sol, salvo lo que se olvida. En definitiva, puede que la pregunta sea cómo nos situamos ante la realidad de lo extraño, la que se nos ofrece como un eterno porvenir, antes que como presente. El resto es naturaleza.
lo sagrado y las razones
noviembre 25, 2021 § Deja un comentario
Por definición, hablar de lo sagrado es hablar de lo intocable, de lo que se nos impone como lo que no es posible alterar sin que se disuelva su valor, su brillo. Por ejemplo, para un padre, la vida de su hija es sagrada. Aquí fácilmente podríamos decir que se trata únicamente del instinto. ¿Únicamente? No me atrevería a decirlo. También cabe sentirlo desde el asombro (y aquí el sentimiento se adhiere al logos). Desde el horizonte de la nada o el nadie, que sigan vivas —que estén ahí— es un milagro, una excepción. Y con el milagro va el deber de preservar su vida ante nuestra crueldad natural. Sin embargo, el cuerpo ayuda (y en este sentido, podríamos decir que en este caso el instinto va de la mano de la mirada de largo alcance). Quizá de lo que se trata, al fin y al cabo, es de poder sintonizar el cuerpo con las visiones del alma. O como se decía antiguamente, de modificar nuestra sensibilidad inicial, tan ligada a la bestia que llevamos dentro.
Dios y el inconsciente
noviembre 24, 2021 § 1 comentario
Con el inconsciente, seguimos siendo títeres de un afuera radical. Pues difícilmente vamos a reconocernos en cuanto tuvo que ser olvidado. Esto es, difícilmente vamos a incorporarlo (aunque los indicios del insconsciente sean ciertamente corporales). El inconsciente es un extraño en nuestra casa. Sin embargo, Freud hizo de su extrañeza lo más íntimo: como si pusiera al Dios terrible en lo más oscuro del alma. Así el psicoanalista deviene el nuevo sacerdote: el posee el secreto de Dios, un secreto cuya traducción es, sin embargo, infinita. Ahora bien, aquí un estoico podría decirnos que el inconsciente, aun siendo determinante, no importa. Al igual que, según el profeta, para Dios mismo, Dios no es el asunto. El asunto es a qué nos obliga lo que se desprende de la altura de Dios. De hecho, el yo está por encima de su inconsciente (y no solo de facto). Pues su pregunta es y ahora qué. Al menos, porque al tratar consigo mismo, tarde o temprano, descubre que él no es el tema. Aunque el extraño termine ganando la partida, su victoria es anecdótica: el yo no tiene por qué hacer una derrota de su derrota a manos de poderes invisibles. Y en esto acaso consista la salvación.
del cuerpo y el alma: una variante
noviembre 22, 2021 § 2 comentarios
Por lo común, dedicamos mucho tiempo intentando resolver los asuntos pendientes (y estos son, en primer lugar, materiales): comer a diario, hallar cobijo, prepararse para trabajar, cazar una pareja… Luego, acaso, comenzamos a preguntarnos por lo que en verdad importa. El problema es que los asuntos pendientes nunca terminan de resolverse: de algún modo, exigen continuamente nuestra atención: que si el trabajo podría ser mejor, o la casa, o la pareja… Así, el cuidado del alma permanece en stand by. Tenían razón los estoicos al decir que no es más libre quien más posee, sino quien menos necesita.
de mujeres y hombres (y vicerversa): una puntilla teológica
noviembre 19, 2021 § Deja un comentario
Lo que quiere la mujer del hombre no lo quiere el hombre para sí mismo. Y viceversa. Está es la raíz del desencuentro. De coindicir, solo en la ilusión. Sin embargo, porque hay desencuentro acaso haya reconciliación, la cual supera el hiato preservándolo. No hay otro amor para quien puede decir soy. En la fusión, ningún rostro que nos alcance.
(Podríamos tomarnos lo anterior como una metáfora teológica. Basta con sustituir a la mujer por Dios. Y aquí no vale decir que no es lo mismo; que a Dios no es posible acariciarlo. Sin embargo, si Dios es intocable, no será porque no tenga cuerpo, sino más bien porque su cuerpo nos repugna.)
esturament
noviembre 17, 2021 § Deja un comentario
Como decía Borges, el poeta descubre un motivo de asombro donde el resto solo vemos costumbre. Es asombroso, por ejemplo, que haya alguien-ahí en vez de únicamente cuerpos. La costumbre degrada cuanto es: lo convierte en digerible. Pero tampoco estamos hechos para soportar demasiada realidad. Quizá porque el mono que se asombró más de la cuenta terminó en el estómago del león. Como para creer que el mundo es nuestra patria.
más caña al mono (o un delirio platónico)
noviembre 16, 2021 § Deja un comentario
Uno puede quedarse con la letra de lo que dijo Platón: que hay un mundo de cosas y otro de ideas; que tan solo el segundo es real —que las cosas que podemos ver y tocar únicamente participan de lo real y que, por eso mismo, su realidad es aparente—. Pero donde uno se queda con la letra, acaso creerá que entiende, pues eso es lo que dijo Platón, aun cuando hoy en día nos parezca absurdo —¿de verdad hay un mundo repleto de ideas?—, pero, de hecho, no entiende nada. Para comprender las tesis de Platón hay que preguntarse qué hay detrás de esta distinción entre los dos mundos, la cual no deja de ser, al fin y al cabo, un modo de hablar. Y lo que hay detrás es la respuesta a la cuestión acerca de lo que significa decir que algo es —que hay lo que hay—, respuesta que no tiene nada de evidente… aunque resulte obvia (y quizá, por eso mismo, la obviemos).
La pregunta nos parece, por lo común, irrelevante. ¿Pues acaso no hay lo que podemos ver y tocar? Sin embargo, el asunto adquiere otra tonalidad si nos preguntamos si hay amor —o justicia, o bien—. Es cierto que uno puede contentarse con creer que lo hay. Pero la vida, tarde o temprano, desmiente nuestras creencias más ingénuas o espontáneas —nuestras opiniones—. Así, ¿hay amor —o justicia, o bien—? No lo parece. De hecho, y tras los sucesivos desengaños, nos sentiremos inclinados a decir que, a lo sumo, lo que hay —lo que constatamos— es una mezcla. No hay amor que no sea, de algún modo, interesado; o decisión justa que no sea, y por buenas razones, discutible. Ahora bien, por eso mismo, ninguna mezcla termina de ser lo que parece —aquello que, en un momento dado, más se destaca en ella—. Y así podríamos decir que, dado que todo es mezcla, nada es.
En cualquier caso, ¿qué significa decir que hay justicia o amor? Estrictamente, que tanto la justicia como el amor se encuentran ahí afuera, haciéndose de algún modo presentes (aunque en este de algún modo pierdan por el camino su carácter absoluto o por entero). ¿Cómo se encuentran, por ejemplo, los árboles y las sillas? No, exactamente. El haber de los árboles y las sillas es, por decirlo así, el fondo que comparten los árboles y las sillas, en última instancia, cuanto es en concreto. Sin embargo dicho fondo —precisamente, porque es el fondo de lo concreto— no es nada al margen de lo concreto. Pues en realidad nada es o está ahí sin que nos muestre un aspecto determinado —nada es sin un modo de ser—. Por consiguiente, no es que primero, en el orden de lo real, sea el simple haber y luego este se llene de cosas. El simple haber no es ontológicamente anterior al mundo —pues en realidad no es nada en concreto—, aunque, en cierto sentido, lo trascienda.
Sin embargo, ¿de qué sentido se trata? No del que apunta a otro mundo, aun cuando inevitablemente nos lo imaginemos así, al menos porque el pensar siempre se dirige a un algo, sino del que se perfila en el Platón de sus últimos diálogos. De ahí que la trascendencia de lo real en su carácter otro o absoluto —el puro haber, la radical exterioridad de cuanto es— consista en su retroceso o des-aparición… en el mismo instante de su hacerse presente. No hay experiencia del puro haber —de la exterioridad en cuanto tal—, sino de las cosas que hay. El puro haber se nos da relativamente en lo concreto. Y dado que lo concreto es lo que cabe asimilar, como lo que deja de ser en verdad otro. Nada otro que no se dé o haga presente. Y por eso mismo, nada otro que no sea lo que tuvo que perderse de vista en cuanto tal en su hacerse presente.
Podríamos decir, paradójicamente, que hay el absoluto haber porque no lo hay —porque, en sí mismo, no aparece—. La exterioridad en cuanto puro haber retrocede en su hacer presente —y por tanto representable— a una sensibilidad. Hablamos del resto invisible de lo visible, no de algo invisible, sino de la invisibilidad —la extrañeza— que, como tal, abraza cuanto es. Por consiguiente, la respuesta a la pregunta del asombro —¿por qué hay algo en vez de nada?— sería porque en definitiva lo que hay es la nada —porque lo que es no es nada (y aquí podríamos sacarle punta a la doble negación). Quizá no sea causal que la filosofía acabe rozando el nihilismo. Pero si no cae de bruces en él será porque cuanto es puede experimentarse también como lo que nos es dado desde el horizonte de nada, es decir, como excepción, milagro, donación.
Por consiguiente, a nuestras preguntas iniciales —¿hay amor, justicia, bien?— podríamos responder diciendo que, efectivamente, hay amor, justicia, bien… aunque imperfectos. E imperfectos, precisamente, porque son.
química elemental
noviembre 16, 2021 § Deja un comentario
Decimos que hay amor. Pero lo que siempre constatamos es una mezcla: junto a la entrega, de darse, la necesidad de tener un novio, la pulsión, el miedo a la soledad, la curiosidad de probar, la excitación de que alguien se interese por mí, la novedad, un jugar a ser mayores. También, por supuesto, el deseo o, incluso, la simple apetencia. El amor, como suele decirse, es cuestión de química. Y como ocurre con la química, el que termine precipitándose como un compuesto u otro dependerá de la proporción. Pero, en cualquier caso, no hay sentimiento puro. Tanto el moderno no es más que como el antiguo es más que operan del mismo modo: reduciendo la complejidad. O bien, hacia abajo, o bien hacia arriba. En ambos casos, estamos ante ejercicios racionales. Sin embargo, dado que no hay compuesto o mezcla que no sea inestable —y en este sentido decimos que nada acaba de ser lo que parece— la cuestión es qué prevalece o, mejor, qué terminará siendo. Al final, qué tendrá más peso ¿el gen o el amor? ¿Un no es más que o el es más que? O nuestra aspiración a la verdad —a lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente pasa— es una ilusión; o, de lo contrario, apunta a un porvenir que, en modo alguno, podemos controlar.
la potencia de Platón y la “impotencia” de la Modernidad
noviembre 15, 2021 § Deja un comentario
¿Por qué Platón ni siquiera se preguntó si acaso la idea de Bien —lo real en su carácter otro o absoluto— no podría darse como el producto de nuestra mente? ¿Por qué en modo alguno se planteó la posibilidad de que cuanto pensamos estuviera solo en nuestro interior? Que toda conciencia sea, por defecto, conciencia de algo no parece implicar —o al menos, eso diríamos espontáneamente hoy en día— la realidad del algo. ¿Por qué, en definitiva, Platón no llegó a la sospecha de Descartes? Sencillamente, porque el puro haber no es representable —no llega a la representación—. Y la sospecha apunta solo a las representaciones de lo que es. En realidad, el puro haber es invisible —no una cosa invisible, sino lo invisible, la extrañeza como tal—. El puro haber —el hay de lo que hay— aparece como lo que desaparece —y por eso mismo, está siempre supuesto— en lo concreto. El puro haber, en tanto que obvio, es lo continuamente obviado. Podemos dudar de que nuestras representaciones mentales sean relativas a un exterior —y de ahí al cogito media un paso—, pero no de nuestro hallarnos expuestos al puro haber. De hecho, el mismo Descartes llegó a esta conclusión, por otro lado lógicamente inevitable, al reconocer que la limitación temporal del cogito —el mientras del estoy seguro de que existo mientras pienso— va con la infinitud de un afuera (estrictamente, de lo eterno). O en nuestros términos, con un estar expuestos a una alteridad que en absoluto puede entenderse como algo aún por descubrir.
Acaso no sea casual que la experiencia del puro haber se nos dé donde sucumbimos a la desmesura de una oscuridad y silencio impenetrables —o de manera aproximada, en la soledad de los desiertos—. Podríamos decir que la realidad del haber sería un punto de partida paradójico (y no una hipótesis que tuviera que desmostrarse por medio de un criterio adecuado, pues ¿cuál podría ser dicho criterio?). El haber se da como lo que, literalmente, no se da en forma alguna. En este sentido, el haber —la extrañeza en sí, lo informal— se revelería como el non plus ultra del conocimiento y, por ende, de nuestra existencia. Hay lo extra-ordinario, pero no es de este mundo… aunque tampoco de ningún otro. Pues no es nada en concreto, sino la nada siendo, por decirlo así. A lo sumo, podemos participar de su carácter excepcional durante aquellos momentos epifánicos que, tarde o temprano, experimentamos.
Sea como sea, la Modernidad solo admite la verdad como adecuación entre las representaciones mentales de los hechos y los hechos, los cuales son, por definición, un mero estado de cosas. Y por eso mismo la Modernidad supone, en cierto modo, un paso atrás, el que tuvo que darse para, precisamente, progresar. ¿El precio? Una seria dificultad para pensar lo humano al margen de su servidumbre al principio de la voluntad de poder, aquel que exige hacer lo que puede hacerse. O por decirlo con otras palabras, una incapacidad cultural para escuchar la voz que se desprende del silencio que abraza la totalidad de cuanto es.
Desde nuestro lado…
noviembre 15, 2021 § Deja un comentario
La muerte, alrededor: somos frágiles, al fin y al cabo, una mota de polvo que no cuenta. Así, fácilmente sentimos —y lo sentimos como evidente— que estamos expuestos a lo superior. Sin embargo, esto es lo que decimos desde nuestro lado. Por tanto, es posible que no haya nadie más ahí —que seamos una pasión inútil—. ¿Hay algún modo de pasar de lo que nos parece que es a lo que es en verdad? En principio, a través de la razón. Pero no de una razón que ascienda hasta el en-sí de lo real —pues una razón ascendente termina reconociendo lo real-absoluto, la alteridad avant la lettre, como un eterno retroceso (y por eso mismo, acaba siendo la razón de una conciencia desdichada)—, sino de una razón que se ejerce a partir del puro haber, esto es, descendiendo hasta lo concreto.
Platón fracasó, como quien dice, cuando quiso derivar lo concreto de la idea de Bien (pues ¿cómo alcanzar la existencia sobre la base de lo que carece de entidad?). Hegel, por su parte, lo consiguió al pensar lo real como sujeto y no como sustancia… aunque al precio de hacer de lo real un poder. Y de ahí a Nietzsche, media un paso (un paso que dio habiendo leído a Schopenhauer, curiosamente uno de los enemigos de Hegel… aun cuando a Hegel le resultara indiferente). No es casual que Hegel fuese el filósofo de la muerte de Dios, creyendo, no obstante, que estaba siendo fiel al cristianismo (al menos, porque esa muerte incluía la reconciliación). Nietzsche se limitó a tomarse al pie de la letra la proclamación cristiana, prescindiendo, como es natural, de la resurrección. El problema del haber llegado hasta aquí es que ya no sabemos qué hacer con nuestro originario estar expuestos a. Y así, acabamos viviendo de espaldas a lo que se desprende —y se desprende imperativamente— de la fuga de la alteridad a un pasado anterior a los tiempos. Como si esta no tuviera nada qué decirnos o pro-vocar.
una de marxismo clásico
noviembre 14, 2021 § Deja un comentario
Ya es sabido que para Marx la religión es, a parte de opio de primera, la expresión de las condiciones materiales de la existencia. Esto significa, grosso modo, que uno no cree en lo que quiere, sino en lo que le dejan. Así, no debería sorprendernos que los antiguos dieran por sentado que se hallaban bajo el amparo o la amenaza de poderes invisibles. En la Antigüedad, la distancia, tanto natural como política, entre lo superior y lo inferior —entre el amo y el esclavo— hacía que fácilmente las mujeres y los hombres se sintieran instalados en un sentimiento de dependencia. La creencia fluía de manera espontánea. Todo cambia donde el mundo deviene homogéneo y, por extensión, dominable. Por su parte, la tolerancia moderna, la cual es, sin duda, bienvenida, coloca cualquier opinión en el mismo plano. El padre ya no tiene la última palabra. Con Descartes, por decirlo así, el argumento de autoridad deviene una falacia. Los hijos —y no el pater familias— ocupan el centro. La ciencia es la única instancia legitimadora, aun cuando los científicos sean los primeros escépticos.
En estas circunstancias, no debería sorprendernos que el cristianismo tenga las de perder. ¿En manos de Dios? Nadie puede ya creerlo sinceramente. En cualquier caso, creerá que lo cree. Pues no le temblarán las piernas, como quien dice, al invocar piedad, al comienzo de la misa dominical. Ya nadie es capaz de tomarse en serio a Dios… salvo los que caen en la cuenta, a causa de un sufrimiento sin nombre, de que no hay otro Dios que el que pende de una cruz. Debido a su carácter inadmisible, y a diferencia de la cristiandad, el cristianismo nunca terminó de hacer buenas migas con el mundo. Su catolicidad —su atemporalidad— reside, de hecho, en su congénita inadaptación. Es lo que tiene un Dios que no se deja homologar a lo que naturalemente experimentamos como divino.
vendrá la muerte y tendrá tus ojos
noviembre 13, 2021 § Deja un comentario
La muerte, ¿es algo? Desde la atalaya de espectador, donde quienes mueren siempre son los demás, la muerte es un hecho, no algo que aparece, sino un encadenamiento de cosas que pasan. No hay más. Se muere como el pc deja de funcionar (y por eso decimos que el pc se nos ha muerto). Para el observador imparcial, morimos al igual que nuestras mascotas. Sin embargo, dentro la escena todo es muy distinto. La muerte irrumpe como parca. La palabra procede, como sabemos, de la mitología romana. Según se decía, había tres parcas, deidades con aspecto de ancianas, Cloto, Láquesis y Átropos. La primera hilaba, la segunda enrollaba el hilo y la tercera se encargaba de cortarlo (y fue esta última la que, culturalmente, quedó fijada como figura de la muerte). ¿Superstición? Esto es lo que diríamos hoy, desde la grada. Es lo que tiene que, actualmente, solo el espectador desinteresado tenga las llaves de la legitimidad discursiva. No obstante, acaso sea inevitable experimentar los instantes finales como quien se encuentra expuesto a. Incluso diría que cuanto más hayamos vivido —y aquí no se trata de un haber acumulado momentos sensacionales—, más sentimos dicha exposición como la raíz de nuestra existencia.
Ahora bien, ¿a qué nos hallamos expuestos? Aun cuando aquí podamos llenarnos la boca de fantasías consoladoras, lo más crudo o cierto es que a un tiempo sin ti —a un tiempo en el que no cuentas—. De hecho, ante la muerte se nos revela que este no contar fue siempre así. Morimos siendo una invocación. Y a partir de aquí todo es un esperar sin expectativa o nada.
En cualquier caso, el espectador no muere. Tan solo los actores. Pero ¿de qué lado está la verdad? Depende de lo que entendamos por verdad. Si la verdad es lo que en verdad tiene lugar, antes que una adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos, entonces el espectador, sencillamente, no ve la extrañeza que abraza el mundo o, mejor dicho, no ve al nadie. Pues lo que en verdad tiene lugar —cuanto acontece y no simplemente pasa— es una alteridad imposible (e imposible porque su imposibilidad, su eterno más allá como aún nadie, es la condición de los mundos, incluyendo el sobrenatural). De ahí que soporte más realidad el símbolo que la descripción. Al menos, porque el símbolo apunta a una falta de presencia —a lo impresentable—. Quizá no sea casual que Sócrates o Jesús de Nazaret se fuesen de vacío, aunque el primero serenamente y el otro, abandonándose al que lo abandonó.
sobre los sencillos
noviembre 12, 2021 § Deja un comentario
En la tradición cristiana —y no solo cristiana—, es habitual elogiar a los sencillos —a los niños—. Y, sin duda, este elogio arrastra mucha verdad: al fin y al cabo, la soberbia es un error. Sin embargo, el riesgo de la sencillez, sobre todo hoy en día, es la prepotencia. O dicho de otro modo, el desprecio de cuanto se ignora. Es lo que tiene una época que malcría a sus hijos. Un limpio de corazón, sin embargo, antes irá con la pregunta que con sus opiniones (que, de hecho, y en tanto que opiniones, nunca son suyas).
ligas
noviembre 12, 2021 § 1 comentario
¿Cómo discutir con un niño sobre asuntos que importan —con aquellos hombres y mujeres que juegan en otra liga—? No es posible. Sobre todo, si falta humildad —si se desprecia cuanto se ignora—. Por eso Pitágoras exigía cinco años de silencio a sus discípulos. Y si no se es discípulo, una sonrisa amable. A los niños siempre hay que sonreírles.
una nota a Platón (una más)
noviembre 11, 2021 § Deja un comentario
¿Qué hay? Cosas, decimos. Obvio. Sin embargo, para esta obviedad no hubiera hecho falta ningún Platón. Es cierto que las cosas están (en el) ahí. Pero no permanecen en el ahí —no tienen (el) lugar: pasan, suceden, aparecen como lo que está destinado a desaparecer (y por eso mismo, decimos espontáneamente que no acaban de ser). Por tanto, ¿qué hay —que permanece— en todo cuanto pasa? La respuesta es inmediata: el puro ahí —la simple exterioridad, el haber—. Ahora bien, conviene tener en cuenta que el haber no es cosa, sino el horizonte de cualquier cosa. El ahí es lo invisible de lo visible —y que hablemos de el ahí no deja de ser una impostación, una hypostasis—. El haber, por eso mismo, solo puede ser pensado como el silencio que abraza el mundo —su ruido y su furia—. En términos de Platón: como lo que trasciende el mundo —como lo que retrocede en su aparecer como algo del mundo. Y decir retrocede significa que no hay experiencia del haber como tal, sino siempre de un algo, esto es, de un modo o forma del haber. Para que la hubiera, el mundo tendría que callar —que guardar (el) silencio: pero el mundo no calla.
En este sentido, el haber es lo siempre presupuesto en nuestro percibir el mundo. El mundo es lo apropiado a —y por— una sensibilidad. Y nada hay que sea esencialmente otro o extraño en lo apropiado, salvo lo que damos por sentado (y por eso mismo obviamos). De ahí que el puro haber sea motivo de nuestro asombro (aunque no podamos mantenersnos en él, ante el absoluto ahí: habitamos un cuerpo, y un cuerpo solo atiende a las apariencias, a lo provisional; en este sentido, nos distrae, y a veces duramente). No conocemos el haber como conocemos algo del mundo. En realidad, el haber carece de entidad y, por consiguiente, anda junto a la nada. Es lo que tiene el retroceder.
Con todo, si las cosas pasan en vez de permanecer, no es porque en ellas haya algo así como un déficit de ser, sino porque el desaparecer va con el haber. O por decirlo de otro modo: si las cosas no terminan de ser lo que parecen —si no acaban de ser lo que se les exige o debieran ser— es porque son plenamente. Nada permanece porque permanece la nada. O mejor, porque la nada se ofrece como aparición. Aquí, sin duda, estamos cerca de caer en el nihilismo. Pero también de percibir la existencia como milagro.
amistades de ultratumba
noviembre 8, 2021 § 1 comentario
El problema del Dios-amigo es que, fácilmente, deja de inquietarnos. Ahora bien, un Dios que no nos saque de quicio no vale como Dios. Aunque, ciertamente, no solo nos desquicie.
hogar y verdad
noviembre 5, 2021 § Deja un comentario
La familiaridad anula lo que de otro hay en el otro: su extrañeza deviene invisible. Ninguna aparición en el hogar. La costumbre es enemiga de la verdad (pues la verdad es lo que en verdad tiene lugar y no simplemente sucede). La mejor manera de percibir al otro es en el instante de su aparición: vino y se fue. No hay otro que no sea un ángel. Aunque su cuerpo permanezca junto a nosotros.
y una más, de Pluto
noviembre 4, 2021 § Deja un comentario
Como otro o ab-suelto, lo real es en su des-aparecer —en su retirarse o paso atrás donde se muestra a un punto de vista (y por eso mismo en relación con, es decir, relativamente). Ahora bien, si tenemos en cuenta que lo real es también lo que aparece, esto se halla muy cerca de decir que lo real no es. Al final, pura dialéctica: es absolutamente otro en la medida en que, siendo, no es —no aparece—. Más aún: si las cosas, según Platón, participan de lo real —lo hacen presente—, entonces podríamos decir que no terminan de ser, precisamente, porque son. Y es que lo real va, como decíamos, con su desaparición —con su fuga—. Así, en nombre de lo real —en nombre de lo eterno—, nada hay más allá de lo corpóreo, caduco o histórico. Para la filosofía no cabe, por consiguiente, un final de los tiempos.
nihilismo y experiencia de lo divino
octubre 30, 2021 § Deja un comentario
Por lo común, y en ciertas canchas, se asocia la experiencia mística al nihilismo. Dios, al fin y al cabo, no es nada en concreto. Sin embargo, no hay que ser muy místicos para entender el nihilismo como la experiencia más cercana a la del primer hombre ante el exceso de lo natural, sobre todo, cuando la falta de sentido es vivida a flor de piel: tú, sencillamente, no cuentas; no eres nadie. El paso de la nada al nadie es, de hecho, muy corto. No es necesario apuntar a lo oculto para sentir religiosamente el mundo. Basta con la desmesura de un cosmos sin fin. Todo éxito es ridículo. De ahí que podamos preguntarnos cómo fue que, en un momento dado, llegáramos a imaginar que un dios pudiera tenernos en consideración. ¿Es que no pecamos de narcisismo al creer que un dios podría interesarse por nuestros sacrificios? Por no hablar de la idea gnóstica de que hay en nosotros una chispa divina… La magia, ese intento de capear técnicamente el temporal ¿no fue acaso más honesta? Nuestra época, tan tecnológica, ¿no representará, por eso mismo, el regreso de los magos? En cualquier caso, no hay fe que no atraviese los lager donde el nihilismo se impone como una revelación.
the absolute sound
octubre 29, 2021 Comentarios desactivados en the absolute sound
La filosofía puede pensar lo absoluto —lo enteramente otro o extraño. Pero no puede, literalmente, incorporarlo a la existencia. Para el filósofo, la alteridad de lo real permanece en el plano de lo abstracto. De ahí que su inquietud termine en una variante del escepticismo socrático: hay más, pero no para nosotros. Ni siquiera cabe decir que se trate de algo en concreto —de algo que pudiéramos ver si llegásemos a cruzar la puerta. En realidad, no puede darse como tal, pues precisamente se da como lo que no se da en su mostrarse a una sensibilidad.
Sin embargo, quien posee una sensibilidad religiosa no quiere renunciar a integrar, al menos hasta cierto punto, lo absoluto o, si se prefiere, lo último. Quiere estar ante Dios, aunque sea sin Dios. En este sentido, el creyente no puede evitar ir en busca del icono, del rostro cargado con el poder de la bondad —al fin y al cabo, en busca de la aparición del ángel. Tan solo el ángel nos salva del infierno de una existencia sin prójimo. Nada nuevo puede haber —nada que interrumpa el eterno retorno de lo mismo—, salvo la aparición. Aun cuando, por defecto, lo absolutamente nuevo no pueda durar. Pues de lo contrario, fácilmente llegaríamos a acostumbrarnos a su presencia. No hay aura que resista la fuerza de la costumbre.
Con todo, es posible que el creyente ignore que el ángel aparece, no como el que nos deslumbra, sino como aquel que pide que lo descolguemos de su cruz. Un ángel más que seducirnos, nos repugna. Al menos, de entrada.
amor y perdón
octubre 25, 2021 § Deja un comentario
El amor, frente al mito romántico, es un fruto tardío. Casi diría que surge del perdón de lo imperdonable (y como decía Derrida, solo cabe perdonar lo imperdonable; lo que no, exige tan solo una disculpa). Acaso no haya vínculo más fuerte que el que nace de un haber sido perdonado. Esto es, entre heridos. De ahí que el amor solo pueda ser narrado como historia de amor. Y esta no termina con las perdices. Más bien, comienza.
uno fariseo, otro publicano (y además Maslow)
octubre 17, 2021 § Deja un comentario
¿Es posible que los cristianos de misa sean, en su mayoría, los fariseos de la parábola de Lucas (Lc 18 9-14)? ¿Acaso no se sienten tan satisfechos con su fe (y de paso, consigo mismos)? Maslow nos da una pista. Primero, hay que cubrir las necesidades básicas: comer, vestirse, un hogar… Tan solo en la cúspide de la pirámide encontramos las necesidades espirituales. De ahí que quizá no sea casual que los cristianos más cercanos a la Iglesia —o los más sensibles a las cuestiones de fondo— hayan sido, por lo común, aquellos a los que nos sobra. Para los que tienen de menos, el cristianismo solo puede ser mesiánico (y esto significa que, en términos de Maslow, las necesidades espirituales de los pobres son muy básicas, muy corporales). Pues están convencidos —y convencidos a flor de piel— de que únicamente un enviado de Dios podrá sacarlos del pozo.
Pero los profetas siempre acabaron mal, apedreados, precisamente, por los representantes del dios que garantiza el orden natural. Entonces ¿qué esperanza les queda a los desgraciados, al margen de la revolución (y esta vez sin ninguna intervención ex machina)? ¿Un Dios crucificado? Ahora bien, esto ¿no está muy cerca de decir que no hay esperanza para los excluidos? De no haber habido resurrección, esta sería, sencillamente, la dura lección del Gólgota. Por eso, la fe en la resurrección sigue siendo decisiva, hoy en día como antiguamente, para la supervivencia del cristianismo en cuanto tal. Como dijera Pablo, de no haber habido resurrección, la fe sería una estupidez (o si se prefiere, un chute de opio). Sin duda, puede sobrevivir como una espiritualidad entre otras, pero en ese caso ya no sería cristianismo, sino algo parecido a una creencia oriental con temas cristianos. No obstante, el problema que plantea la resurrección, y no solo modernamente, es que resulta increíble (y aquí, con la intención de salvar los muebles, no vale traducirla como si los apóstoles hubiesen querido decirnos simplemente que Jesús sigue vivo en nuestros corazones). En consecuencia, el cristianismo riega fuera de tiesto donde pretende hacer las paces con la Modernidad antes de tiempo, esto es, sin aportar una crítica —y una crítica frontal— a los presupuestos que la hicieron viable. Y es que, tarde o temprano, el creyente tiene que caer en la cuenta de que no hay otro Dios que el imposible.
una fábula cristiana
octubre 13, 2021 § 1 comentario
No soy Dios sin ti —dijo Dios de buen principio—. Pues quiero tener tu rostro. Pero aquel a quien apuntaba la intención divina pasó de largo. Dios devino un nadie. Más adelante, hubo quien se tomó en serio lo que Dios quiso para sí mismo (y para el hombre). Pero Dios ya había muerto como dios. Nadie ahí arriba que pudiera rescatarlo de la desgracia. En cualquier caso, alguien ahí abajo —o mejor, entre el cielo y la tierra como quien cuelga— que logró rescatar a Dios de entre los muertos, aunque sin saberlo. A partir de entonces, Dios volvió a tener un cuerpo.
sabiduría y secreto
octubre 9, 2021 § Deja un comentario
Un sabio es aquel que conoce nuestro secreto: que, en el fondo, no somos nadie —pues fuimos hechos a imagen de Dios—, apenas unos náufragos que buscan abrazarse para no hundirse… aunque, en el día a día, vayamos ocultándolo. Como si supiéramos nadar. De ahí su poder: él es el único que puede poner el dedo sobre la llaga, descubrirnos. Sin embargo, se trata de un poder que difícilmente ejerce, salvo sobre sí mismo o sus amigos-discípulos. Y de ahí también que, para quien sabe de qué va el juego, el mundo sea una feria de vanidades. Esto es, un alimentarse de viento.
ad aeternum
octubre 8, 2021 § Deja un comentario
Es posible que, de alcanzar la inmortalidad por nuestros propios medios, más que derribar un muro, hubiéramos cerrado una puerta. Como el feto que hubiese conseguido permanecer para siempre en la matriz.
de la fe infantil a la fe adulta
octubre 7, 2021 § 1 comentario
Cuando niños, al rezar el padrenuestro, nos dirigíamos a Dios como podíamos dirigirnos al ángel de la guarda: que me vaya bien el examen de mates. Et cetera. De adultos, quizá lo sigamos rezando… pero para pedirle a Dios por Dios. Puede que la vida sea un viaje del niño al adulto… para volver, en definitiva, al niño. Solo que, con la segunda ingenuidad, Dios tendrá un rostro (y un rostro que acaso, como mujeres y hombres sensatos, preferiríamos no ver).
no hay cielos (aunque tampoco infiernos)
octubre 6, 2021 § 1 comentario
De habitar un mundo perfecto —un paraíso— no podríamos evitar la sensación de que nos hallamos en un mundo irreal o fantasmagórico. Como si estuviéramos en un sueño.Pues donde hay luz, hay oscuridad (y no hay que ser un Heráclito para darse cuent). Donde todo fuese luz, sencillamente no habría luz. Ergo, no pueden haber cielos que valgan. Pues, se supone que en los cielos no cabe la oscuridad. En este sentido, quizá no sea casual que la esperanza bíblica apunte a una nueva humanidad, aquí en la tierra, y no a un más allá de espectros puros. Por no hablar de que, según el cristianismo, incluso en los cielos, de haberlos, Dios, como tal, seguiría estando por ver.
a vueltas con el ser
octubre 5, 2021 § Deja un comentario
El bien y el mal ¿pueden desligarse de lo que nos parece bien o mal? ¿Fue Auschwitz el índice de un mal absoluto? Difícilmente podemos evitar verlo así. Pero ¿lo fue en realidad? Desde la óptica de un dios que nos viera como nosotros vemos a los insectos ¿acaso Auschwitz podría ser algo más que un dato natural? ¿Cómo deberíamos juzgar que dos amebas devengan una? ¿Como un acto de amor o, por el contrario, como canibalismo? La violencia sin piedad se ejerce y se sufre. Pero ¿es malvada? No hay hechos morales, decía Nietzsche, sino interpretaciones morales de los hechos (y aquí Nietzsche deviene un discípulo exaltado de Hume). ¿Hay Bien o tan solo perspectivas? Pero ¿acaso la pregunta por el Bien no es esta la pregunta por lo absoluto —por lo que se ab-suelve de cualquier aparecer—? La cuestión nos obliga, hoy como siempre, a preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos de lo real.¿Desde qué lugar se decide la cuestión? ¿Desde las gradas de un espectador imparcial —del dios que nos observa como el entomólogo, la mantis religiosa—? Quizá. Pero el espectador, ¿puede ver lo que ven quienes forman parte de la escena —y sobre todo la sufren—, a saber, la nada (o el nadie) que sostiene el mundo? Para el entomólgo no hay espera —no hay Otro que valga—, ninguna pregunta que vaya más allá de la curiosidad. Contamos con una variante: ¿hubo realidad antes de que surgiese la conciencia? Ciertamente, es lo que damos por descontado. Sin embargo, ¿puede haber realidad sin aparición? ¿Acaso lo real no es lo que de algún modo se muestra? Cierto. No obstante, la desaparación o retroceso de lo absoluto es lo que va con su revelación. De ahí que lo absoluto —el Otro, el Bien…— sea pasado irrecuperable o eterno porvenir. En modo alguno, presente. Por consiguiente, hay Bien —u Otro—, pero no para nosotros. O mejor, el Bien —lo que debe ser— es un debe haberlo. Los hechos ancestrales serían, en este sentido, algo así como la imagen del carácter inevitablemente ancestral de lo absoluto.
la moraleja de Heráclito
octubre 1, 2021 § Deja un comentario
Si todo fuera luz, ciertamente, no habría oscuridad. Pero tampoco luz. Este es el mensaje de la dialéctica. Ahora bien, entenderlo significa admitir que el conflicto es irresoluble: nadie gana por goleada. Por ejemplo, política y moral son irreconciliables. Pero donde todo fuese política, dejaría de haber política. En su lugar, la ley de la seva. Al igual que no es posible que siga habiendo mundo, donde hubiera desaparecido cualquier atisbo de maldad. De ahí que incluso en los cielos, de ser reales, deberíamos experimentar una cierta resistencia al Bien. Al fin y al cabo, la tensión solo se resuelve como equilibrio provisional. La paz siempre fue —y será— una tregua. Ciertamente, aspiramos a una paz eterna (y no podemos renunciar a esta aspiración sin sucumbir). Pero no es posible hacernos una idea, salvo la extravagante, de cómo sucederá. Esto es, una idea de lo imposible —de lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad—. Estamos ante un estricto tiene que. La cuestión es en nombre de qué —o de quién—.
un café en el Manolo Bakes
septiembre 30, 2021 § Deja un comentario
En la mesa de al lado, unos deformes toman un café. Él padece obesidad mórbida. Ella, diría, roza el síndrome de Down. No parece que puedan esperar mucho de la vida que aún tienen por delante. Su expectativa no es la de triunfar, sino la de vivir un día más. Llama la atención cómo se tratan —cómo se cuidan—. Admirable. Quizá también sacsejador. ¿Será cierto que tan solo como náufragos logramos abrazarnos? Ellos no tiene cromos que intercambiar. Nada que ver, ciertamente, con las películas románticas. Con estas nos quedamos a medias. Ninguna cuenta el final. Y el final, de haberlo, es siempre una historia de resurrección. Pues o hay resurrección, como quien dice, o se impone el eterno retorno de lo mismo, un sin fin (y Nietzsche, de paso, tenía razón).
lo que expresa, encubre
septiembre 29, 2021 § Deja un comentario
El Yo se expresa a través de un cuerpo. Ahora bien, la realidad del Yo como tal no es palpable: es la de quien continuamente difiere del cuerpo con el que, por otro lado, se identifica. La realidad del Yo es la del tiempo, algo así como su punto de fuga… visto desde fuera. De ahí que seamos algo más que cuerpo, aunque el Yo, ciertamente, no sea nadie sin el cuerpo. Alma es el nombre de nuestra inquietud fundamental. Porque hay alma nunca terminamos de encontrarnos en donde estamos… salvo en medio del desierto o la noche. En el desierto, ya no nos vemos forzados a negociar. El interrogante coincide con la paz. Hablamos del lugar en donde no es posible distinguir entre la pregunta por el hombre y la que apunta a Dios. Es verdad que no hay nada que ver más allá del cuerpo. Pero es una ingenuidad creer que lo más real es lo visible. Pues hay lo visible porque su alteridad retrocede, precisamente, en su mostrarse. Cuanto expresa lo real, lo encubre. No hay manifestación sin ocultación. Y lo que se oculta en modo alguno es algo que podríamos ver si escarbásemos un poco más, sino un eterno porvenir.
otro padrenuestro
septiembre 27, 2021 § Deja un comentario
Estando donde estamos, esto es, en el centro, quizá lo más honesto que podamos perdirle a Dios es que nos libre de Dios (como creo recordar que decía Eckhart). No sea que todo salte por los aires.
mito y superstición
septiembre 26, 2021 § Deja un comentario
Es fácil atribuir a los antiguos una predisposición a creer en historias increíbles, los denominados mitos. De ahí que, con igual facilidad, nos sintamos inclinados a la superioridad ilustrada. Pero los antiguos no fueron unos estúpidos. Ellos creyeron en sus mitos como nosotros podemos creer en los nuestros, esto es, suspendiendo la incredulidad. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando vemos un episodio de Star Wars o una película romántica como Pretty woman. Pues nadie puede, sensatamente, tomarse en serio que haya por ahí una especie de sapo zen. Y sin embargo, lo cierto es que las palabras últimas, casi un susurro, nos son extrañas (y por eso mismo, no puede pronunciarlas nadie que no proceda de otro mundo). Como También es increíble, por inviable, lo que cuenta Prettty woman. Una escort inocente está cerca del oxímoron. Sin embargo, la moraleja sigue siendo, más o menos, la misma, a saber, que solo lo extraordinario es verdadero. Y esto probablemente sea así.
fases
septiembre 22, 2021 § Deja un comentario
La infancia es, ciertamente, ilusión —y podemos prolongarla hasta momentos antes de morir—. Es inevitable que, de entrada, creamos en las promesas de la ilusión. Es lo que nos permite tirar de nuevo los dados. La madurez, por su parte, comienza con la desilusión. Ya no hay espejismo que valga. El juego de la oca ha terminado. Te has dado cuenta de que el juego es otro —y de que no eres el jugador principal—. Hasta aquí lo prosaico, lo común. Sin embargo, la cuestión es si hay vida más allá del desengaño. Y sin duda la hay. Aunque no va a depender de ti. O no solo.
el gen egoísta
septiembre 21, 2021 § Deja un comentario
En la denominada posmodernidad, todo va en la misma dirección: el hombre no es sujeto de sí mismo. Da igual hablar del inconsciente freudiano, de las condiciones materiales de la existencia o del gen. En cualquier caso, seríamos un efecto, algo así como el instrumento —los títeres— de una instancia superior, aunque en este caso se halle en lo más bajo o subyacente. Por no hablar de lo podrido. Ya lo dijo Nietzsche: no es fácil prescindir de los dioses. La cuestión es sí somos algo más que cuanto nos produce. Y aquí convendría recordar lo que dijeron los estoicos en su momento, a saber, que la conciencia de sí nos sitúa, en cierto sentido, por encima de cuanto nos sucede. Sin embargo, esto en la Biblia se dice de otro modo: en nombre de un Dios ausente o por-venir, el todo no lo es aún todo. Pues existir significa, precisamente, un no terminar de encontrarse en donde uno está. El problema es que la posmodernidad niega legitimidad epistemológica a cualquier intento de dar un lenguaje a este más, de tal manera que podamos entenderlo como un lenaguaje acerca de lo real. Pero esto podría ser solo un problema de nuestros tiempos.