extraños
enero 7, 2022 § Deja un comentario
No deja de ser extraño que vivamos y luego lo dejemos estar (a menudo, muy a nuestro pesar). Como si estuviéramos a prueba. O como si tuviera que haber un y continuará. No es el único modo de sentirlo. El primer Israel creyó que a lo único que podíamos aspirar, en el mejor de los casos, era a una vida larga y saludable. En modo alguno, a la inmortalidad. Y uno no puede evitar la idea de que acaso esta posición —una creencia es, al fin y al cabo, una postura— sea la más coherente con respecto a un hallarse bajo el exceso de lo divino. Aún gracias. La posición cambia, sin embargo, cuando nos preguntamos qué vida pueden esperar los que murieron antes de tiempo a causa de nuestra injusticia (y de ahí que Israel comenzase a especular con una nueva creación, aunque en modo alguno con una vida post mortem). En cualquier caso, Dios no resuelve lo extraño de nuestro estar arrojados al mundo. Y acaso la posición de quien permanece a la espera sea la posición creyente más honesta. Pues a veces resulta difícil eludir la sospecha de que la certeza sentimental sobre una existencia post mortem ahoga cuanto pueda haber de verdadero en nuestro estar expuestos a la desmesura de Dios.
Novell
enero 6, 2022 § Deja un comentario
El asunto Novell es, cuando menos, desconcertante. Como tantos otros. Y no porque haya dejado los hábitos por haberse enamorado. Pasa aquí como con aquellas parejas que lo dejan estar después de haberse amado tanto: que uno no puede evitar preguntarse si hubo realmente amor. Y no porque creamos que la verdadera pasión sea eterna, sino porque el amor no puede morir sin traición, por decirlo así. Aunque esto hoy en día no se entienda fácilmente, amor y deuda van de la mano. Evidentemente, el amor tiene poco que ver con el gustar y la costumbre, aun cuando en el día a día prevalezca, de hecho, el anar fent. Análogamente, uno puede preguntarse, en este caso, si la vocación fue una respuesta y no una fuerte inclinación; si se quemaron algunas naves o, en su lugar, se trató simplemente de un me atraen las cosas de Dios. Es cierto que cada uno vive como puede y que andamos lejos de estar a la altura de nuestras confesiones más sinceras. No se trata, por tanto, de evaluar. Pero una cosa no quita la otra. De hecho, testigos hay pocos. Y ni siquiera ellos pueden decir que lo sean.
gorda
enero 5, 2022 § 1 comentario
Poca alegría —y sí mucho desprecio de una misma— por unos pocos quilos de más. No triunfarás. Otras, sí. O eso es lo que creemos. Las mujeres y los hombres tenemos las de perder ante un dios —aquí, el patrón. De hecho, el actual culto al cuerpo, lejos de ensalzarlo, oculta una repulsa de fondo. Pues solo somos capaces de aceptar un cuerpo si es perfecto (a pesar de que la perfección no sea abrazable). Como viera el viejo Israel, aunque también Epicuro, hay que pasar de los dioses. Los eslóganes de la autoayuda no nos sirven —como tampoco, su antigua variante: Dios te quiere tal y como eres. Sirve, por decirlo así, orientar la propia existencia cara a lo que importa. Y lo que importa no es lo que tenga que decirte un espejo.
de-votos
enero 4, 2022 § Deja un comentario
¿Qué piedad —qué devoción— para quien ya no puede considerarse a sí mismo como criatura o dependiente? Acaso le quede la contemplación. Pero ¿desde qué lugar? Aún quedan montes. Pero también simas. Quizá no sea casual que los monjes se recluyeran en celdas, esa mezcla de altura e infierno.
pastillas
enero 2, 2022 § Deja un comentario
¿Qué conseguiríamos si tomásemos la pastilla que disuelve el peso de lo traumático? ¿A qué renunciaríamos? Podríamos decir que es cuestión de proporción. Pues hay traumas que nos sepultan en el infierno. Sin embargo, el resucitado, el cual conserva las marcas de la cruz, ¿hubiese preferido olvidar? ¿Se trata de volver a comenzar como si nada hubiese ocurrido? ¿Qué redención, entonces, cabría esperar? ¿Tan solo la que nos sitúa de nuevo en una infancia perpetua?
déficit de bien
diciembre 31, 2021 § Deja un comentario
O el mal es carencia de bien, o el otro lado del bien, del mismo modo que no hay luz sin oscuridad. En el primer caso, se trataría simplemente de aumentar la temperatura, por decirlo así, para dejar de tener frío. Como si fuese cuestión de alcanzar una cumbre que, en este mundo, nunca lograremos alcanzar. En el segundo, de admitir que el mal es el resultado de la realización del bien. Donde pensamos el bien como si solo hubiera bien, aunque este trascendiese el plano de lo sensible, no pensamos el bien. En su lugar, la fantasía. En cambio, donde intentamos pensarlo, tarde o temprano tendremos que ceder al rigor de la dialéctica. Pues el fuego es el efecto de la combustión de la madera. O de otro modo: que solo puede avanzar consumiendo —negando— aquello que lo hace posible. Si el bien se da en particular —y solo, como cuanto se da, puede darse así—, entonces el bien no puede darse en absoluto. Ciertamente, la oscuridad puede reducirse al mínimo —y en eso estamos—, pero no eliminarse. Pues en un mundo donde no fuese posible la oscuridad inevitablemente produciría en nosotros la sensación de irrealidad. De hecho, sería irreal. Por eso mismo, podríamos decir que los cielos son inconcebibles. Salvo que en ellos quedase una pizca de dolor, el que acaso provocase un Dios que, incluso ahí arriba, seguiría estando por ver. Pero, en ese caso, no deberíamos hablar propiamente de los cielos, sino de una nueva creación.
imaginar que no todo da igual
diciembre 30, 2021 § Deja un comentario
Desde la óptica de un tiempo sin final —sub specie aeternitatits, decía Spinoza—, da igual hallarse en la posición del verdugo que en la de la víctima, un día de fina lluvia que un genocidio. No hay juicio final. Como si lo que es primero para nosotros no lo fuera según naturaleza. No en vano Nietzsche reconoció en Spinoza a un semejante. Por consiguiente, se equivoca quien cree que se halla sub iudice. Sin embargo ¿es así? ¿Se equivoca, por ejemplo, el supersticioso que se toma en serio la imagen de que nacemos con un alien en nuestro interior y que solo es cuestión de tiempo que nos desgarre las entrañas? ¿Acaso no le sitúa más verdaderamente ante la realidad de la muerte —ante el hecho de que vivimos dentro de un plazo— que aquel que simplemente se limita a constatar la caducidad de los cuerpos? Desde la atalaya ¿es posible incorporar lo que en verdad acontece y no tan solo pasa? ¿Acaso la prohibición de no matar no se nos reveló como el envés del carácter intocable de una alteridad avant la lettre? Y ¿qué alteridad puede haber para el geómetra?
brujas
diciembre 28, 2021 § Deja un comentario
Durante la Edad Media, casi bastaba con acusar a una mujer de bruja para que fuera llevada a la hoguera. Como si de lo que tratase no fuese de quemar a la bruja, sino de quemar. Podríamos decir algo parecido con respecto a la fe de muchos: que, con la excusa de un Dios hecho hombre, algo que, si se piensa bien, debería provocar cuando menos nuestra perplejidad, de lo que se trata es sencillamente de creer que hay algo más.
razones para el bien
diciembre 27, 2021 § Deja un comentario
Quizá sea absurdo preguntarse por las razones del bien moral… como quien busca unos argumentos que tuviéramos que aceptar como aceptamos una demostración a la matemática. De hecho, cualquier derivación lógica parte de lo que se acepta sin más, del axioma. Y aquí el axioma sería lo que el sujeto es, en tanto que, precisamente, sujeto al bien. Pues la exigencia del bien —de lo sin tara— constituye el para sí de la subjetividad. Todo comienza, de hecho, con la crítica de la inclinación: no todo cuanto me gusta es bueno. De este modo, el bien se presenta como el horizonte asintótico de la existencia. Al fin y al cabo, somos esos cuerpos que estan obligados a decirse a sí mismos que lo mejor aún está por realizar. Preguntarse por las razones del bien sería, por tanto, como preguntarse por qué lo mejor es lo mejor. No hay un último porqué para la tautología. Con respecto a este asunto y como viera Kant, el único argumento es el trascendental, aquel que se interroga por las condiciones formales de posibilidad del dato indiscutible, en nuestro caso, el hecho de que distinguimos entre el bien y el mal. Otro tema es cómo se determina la integridad, bajo qué mandatos en concreto. Pero lo que no que se cuestiona es que la libertad que proporciona el ser de una pieza es preferible a ir de oca en oca (y tiro porque me toca). Y es que esta preferencia —este juicio— es lo que, en definitiva, somos.
de miradas
diciembre 26, 2021 § Deja un comentario
En principio, lo que hay va a depender de la mirada —de su alcance. Ver cuanto te rodea con los ojos del asombro no es lo mismo que verlo con los ojos de la codicia. No es lo mismo partir del don que de la propiedad. No hablamos de pareceres, sino de puntos de vista que nos permiten apuntar a lo real en su carácter otro o ab-suelto.
Sin embargo, cabe un tercer grado, por decirlo así, aquel que consiste en ser mirado. De hecho, este es el inicio. Aunque lo obviemos. Aquí la cuestión es quién te mira —quién decide tu lugar en el mundo, esto es, quién es tu padre, tu señor. Y donde creemos que no dependemos de la mirada de nadie es que aún no hemos caído en la cuenta de que nuestro padre es la gente, con lo cual terminanos hundidos en lo impersonal: en lo que se dice, se hace, se espera. Al fin y al cabo, sometidos a lo objetivo —a lo que admite una medida—, cuando lo cierto es que no hay más realidad que la que, desde su más allá, interrumpe la certidumbre del espectador.
En este sentido, la audacia bíblica debería provocar, al menos, nuestra perplejidad. Pues desde la óptica de Israel lo decisivo es hallarse sujeto a la mirada del que no cuenta, el paria, el despreciado por el orgullo de los hombres. Estos, y no los que se llenan la boca con los asuntos de Dios, son el envés del aún nadie de Dios. Y lo que esto significa es que un creyente es aquel que, a la hora de hacer o deshacer, siempre se pregunta si lo haría de encontrarse en medio de aquellos que no tienen el pan de cada día. Aunque, sin duda, facilita las cosas el que ya se encuentre junto a ellos.
sí y no
diciembre 25, 2021 § Deja un comentario
¿Por qué el asombro es preferible al ver y el tocar? ¿Por qué el Sí al No, la vida a la muerte? ¿Se trata, en el fondo, de impulsos? Los antiguos ¿no se decantaron por el equilibrio? ¿Quizá porque la naturaleza lo busca? ¿Porque el Bien se halla inscrito en la naturaleza de cuanto es? ¿Pueden haber otras razones? ¿Cabe decidirlo por nuestra cuenta? Cuando tomamos del fruto prohibido ¿no elegimos el extravío en vez de la inocencia? ¿Acaso pretendemos que la respuesta nos la de un tercero, un espectador imparcial? Como si las plagas se preguntaran si es mejor comer que no comer y nosotros tuvíéramos que darles una respuesta…
Platón estuvo en lo cierto
diciembre 22, 2021 § Deja un comentario
Como es sabido, según Platón, el cuerpo es el zulo del alma. De acuerdo. La cuestión es si esto es verdad. Uno, dejándose llevar por el clima cultural, puede creer que no; que Platón regaba fuera de tiesto. Sin embargo, nuestras creencias, en tanto que dependen en gran medida de lo que nos parece, no interesan a nadie. De hecho, ninguna opinión es nuestra. Al opinar, más bien, replicamos lo que se dice por ahí. Hace falta poner la creencia contra las cuerdas si de lo que se trata es de la aspiración a la verdad, a lo que en verdad tiene lugar frente a lo que simplemente sucede o pasa. Y con respecto al asunto del cuerpo y el alma, lo cierto es que, por lo común, el gen prevalece. Aunque, ingenuamente, opinemos lo contrario.
Imaginemos, por ejemplo, que nos enamoramos de alguien por su carácter, pero con un aspecto sumamente desagradable. Al principio nos diremos, llevados por el entusiasmo que provoca la aparición, que eso no importa. Sin embargo, el cuerpo tiene sus motivos —y un cuerpo sabe que la tara suele ser el signo de una salud deficiente. De ahí que el cuerpo, con el paso de los días, nos empuje a abandonar al deforme. Al final, pesará más el asco que el brillo del alma, al menos porque no hay aparición que dure lo suficiente como para contrarrestar. Pero esto es lo mismo que decir que el cuerpo, por lo habitual, nos obliga a alejarnos de lo mejor de nosotros mismos. Los cuerpos tan solo negocian. Y en los negocios, no hay redención que valga. Esto, sencillamente, es así, salvo que, guiado por el alma, el cuerpo esté dispuesto a abrazar la tara.
Sin embargo, esto no es fácil. Como no lo es ascender hasta la boca de la caverna. Antes uno tiene que morir para sí mismo. Esto es, tiene que aprender a morir. A veces, no puedo evitar la impresión de que el sujeto moderno, en su desprecio de la sabuduría de los antiguos, es como un adolescente, el cual está convencido de que ya ha llegado cuando apenas se ha levantado de la sofá.
Panikkar and Co.
diciembre 20, 2021 § 1 comentario
A tu sparring hay que tomárselo en serio. Y por eso, de entrada, es conveniente reconocer sus razones. Incluso los que condenaron a Sócrates, tuvieron sus buenos motivos (y hay que partir de ahí si uno quiere comprender el alcance de su muerte). Pannikar está en lo cierto cuando defiende la conciencia de pertenecer a lo que, de algún modo, nos supera. Algo perdimos cuando progresamos hacia el individuo. Es lo que tiene sustituir el asombro como actitud fundamental por la sospecha. No hay logro que no entrañe un coste. En este sentido, Merton decía que tarde o temprano deberíamos darnos cuenta de que formamos parte de aguas que nos cubren. Sin embargo, hubo la cruz. Y la cruz impugna la pretensión religiosa del hombre, aquella que pretende restaurar desde nuestro lado la conexión con el fondo nutricio del cosmos. Más aún: nos obliga a entender dicha pretensión como impiedad. No formamos parte. Mejor: algunos sobran. En realidad, muchos. Hay algo roto en el mundo. Y algo que no está en nuestras manos reparar. Aunque tampoco solo en las de Dios. El estoico, al fin y al cabo, hace oídos sordos al clamor de tantas mujeres y hombres. Va con la naturaleza de las cosas. De hecho, es natural que unos se eleven y otros caigan.
seducciones
diciembre 18, 2021 § Deja un comentario
Si alguien nos seduce es porque nos hace creer, por lo común, de manera espontánea, que coincide con lo que esperamos de él… cuando lo cierto es lo contrario: nunca terminará de coincidir. Pues, en realidad, ni siquiera coincide consigo mismo. El hombre y la mujer son, uno para el otro, extraños. Y con la extrañeza conviene mantener la distancia, a pesar de que, sin duda, puedan haber momentos epifánicos. De ahí importancia de las formas, en definitiva, del culto, que, no casualmente, conecta con cultivar o, lo que viene a ser lo mismo, con cuidar.
de la realidad y la aparición
diciembre 17, 2021 § Deja un comentario
Aparición es irrupción. O también, interrupción. Nada más real que cuanto se resite al dominio —nada más real que un dios. Su alteridad se presenta como lo nuevo o, literalmente, extraordinario que altera la continuidad de los días. Por eso no puede durar sin petrificarse. De ahí que el otro —la mujer para el hombre y viceversa— quiebre, como el cuerpo de un ángel, el perímetro de seguridad en el habitamos. Y aquí conviene tener en cuenta que no todo ángel es luz. Hay algo que cojea en la sentencia que equipara ser y permanecer. A menos que permanecer signifique fuera del presente. O lo que es lo mismo, eternidad. Contra los delirios de Nietzsche, quizá la muerte de Dios, aunque fuese inevitable, haya dado paso, antes que a un superman, a una humanidad gris. Ciertamente, no podemos dejar de ir en busca de lo nuevo. Pero en su lugar, tan solo la novedad.
adorable
diciembre 16, 2021 § Deja un comentario
Es cierto que vivimos entre sombras. Tratamos con lo que es tal y como nos viene, esto es, como cosa. Y al hacerlo, inevitablemente perdemos de vista su carácter excepcional: el que sea algo en medio de la nada. Lo que provoca nuestro asombro —lo ab-suelto de cualquier juicio que pretenda dar con su quiditas— no acaba de incorporarse en el día a día. Pues el mundo nos pide, sobre todo, comer. Y comer a diario. De ahí que cuanto provoca nuestro estupor tan solo pueda ser adorado. En este sentido, podríamos decir que la experiencia de lo sagrado es anterior incluso a la experiencia de hallarse bajo el dominio de un dios.
respeto
diciembre 14, 2021 § Deja un comentario
El sentimiento de respeto, aquel que Kant entiendió como sentimiento racional, arraiga racionalmente en el carácter absuelto de la alteridad. Pues la alteridad avant la lettre es sagrada o, dicho de otro modo, intocable. El yo de quien tenemos enfrente, como trasunto de lo real-en-sí, es siendo nadie. Traducción: es en tanto que continuamente difiere del sí mismo, de su forma o aspecto. De ahí, que, como nadie, no podamos hacer más que presevar su distancia. Como dijera también Kant, deber es poder, en este caso, estrictamente un no poder. Pues el puedes respetarlo es, al fin y al cabo, la imposibilidad de alcanzarlo.
imágenes
diciembre 13, 2021 § Deja un comentario
Somos reos de la imagen. O mejor dicho, de la mejor imagen. De ahí que no sepamos qué hacer con los cuerpos. Pues ninguno se ajusta a lo que debería, según su photshop. Tarde o temprano, aparece la ambivalencia, la tara como sello de su singularidad. Así, o desechamos una y otra vez el cuerpo que nos desgrada, a la manera del consumista, o aprendemos a vivir con la tara. Esto es, a amarla, por decirlo así. De hecho, ningún cuerpo perfecto se deja abrazar (ni, por lo común, abraza: la perfección, tarde o temprano, muere de éxito). En cualquier caso, un cuerpo perfecto exige adoración. Y ahí convertimos nuestra existencia en un error. Pues nos equivocamos donde orientamos nuestra vida hacia lo que no existe. Con todo, con respecto a este asunto tampoco hay receta que valga: hay cuerpos —carácteres— ciertamente malignos. Y uno haría bien en alejarse de los tóxicos. A menos que pretenda salvarlos (aunque pagando un alto precio). Sin embargo, solo un Dios fue capaz de querer tal cosa.
hay amores que matan
diciembre 12, 2021 § Deja un comentario
Al igual que hay madres que aman más el vínculo con el hijo que al hijo, tal y como dice mi amigo Víctor, psicoanalista, hay creyentes que, antes que creer en Dios, creen en su relación con lo trascendente. De ahí que, para ellos, el nombre de Dios sea una especie de comodín. Como si fuera lo mismo un Dios con cuerpo —y un cuerpo que sangra sobre un madero— que el espíritu de interconexión.
epicureísmo y cristianismo
diciembre 11, 2021 § Deja un comentario
No hay tragedias, ni catástrofes, ni castigos —escribe John Sellars en su libro sobre Epicuro—; tan solo materia desapasionada en movimiento, que en sí misma no es nada a lo que se deba temer. No en vano Lucrecio decía que la salvación consistía en contemplar los naufragios ajenos desde la grada. Obviamente, no van por ahí los tiros del kerygma cristiano. Para el mundo greco-romano, nada humano sobrevive al derrumbe de los cielos. En cambio, para el cristianismo, el sí o el no de la existencia se decide ante la pro-vocación de los que sufren, precisamente, la caída de Dios. Son ellos quienes alzarán el pugar (o no). Evidentemente, estamos hablando de lo que no admite medida. Y por eso mismo, aquí no hay saber que valga. Ni siquiera hipotético. En cualquier caso, una espera sin expectativa.
a cada cual con sus creencias
diciembre 10, 2021 § Deja un comentario
El otro día hablando con un cristiano tradicionalista, pero del ala sensata, me dijo aquello tan típico de nuestros días: yo creo en Dios y en la Virgen, no tengo por qué dar ninguna explicación; cada uno es libre de creer en lo que cree. En principio, uno se siente inclinado a dar por buena esta opinión. Pues no en vano formamos parte de una sociedad tolerante. Sin embargo, sigo preguntándome si el que la fe tenga que ver con las últimas cosas acaso no implicará un poco más de atrevimiento, por no decir unas cuantas dosis de espíritu de contradicción.
monstruario
diciembre 3, 2021 § Deja un comentario
El hombre es un monstruo. Al fin y al cabo, su piedad es, salvo en algunos casos ejemplares, formal o episódica. Ya fue dicho: un lobo para el hombre. Muchos dirán, sin embargo, que no deberíamos sacar el asunto de quicio: también como modernos quedamos fascinados, hartos de civilización, con el buen salvaje. Pero acaso porque no quisimos hurgar demasiado en su lado, precisamente, salvaje. La idea de una inocencia originaria que el artificio social corrompe es sobre todo un wishful thinking, un ya me gustaría. Con todo, la ciudad también se revela como un muro de contención, un espacio virtual donde, gracias a las formas de la amabilidad, podemos creer que somos corderos con, de vez en cuando, algún mal pronto. Ahora bien, esas formas, tarde o temprano, muestran no ser mucho más que esa piel de cordero con la que se cubre la bestia. Sencillamente, el hombre no es de fiar. No recuerdo ahora si fue Yeshayahu Leibowitz o Primo Levi quien dijo que, tras sobrevivir a Auschwitz, no es que dejara de creer en Dios, sino que, más bien, dejó de creer en el hombre. Casi me atrevería a decir que, antropológicamente, los tiempos modernos nacen donde se arrincona la idea de una tara original —donde nos decimos que en el fondo, hay bondad, aunque no nos lo parezca. En este sentido, la Modernidad tiene mucho de gnosticismo, aunque ahora creamos que la chispa divina viene de fábrica. De ahí que, donde dejamos atrás la convicción de que nacemos como culpables —por exagerada o carca—, sea muy difícil entender siquiera un texto como la Biblia. Pues la cosa no va de conectarse a la fuente de las buenas vibraciones para que brille esa chispa divina que llevamos en lo más profundo y, así, logré vencer a la oscuridad. Va de si hay o no redención.
lo serio
diciembre 2, 2021 § Deja un comentario
¿Qué es lo serio? El poder. No el que un hombre ejerce sobre otro, el cual sería un mero sucedáneo, sino el de un dios que niega al hombre. Hay que partir de ahí para entender qué significa un Dios-amor —que su Sí pueda sobre el No. Otro asunto es que aún quepa creer en Él, sin hacer del amor un dios.
Marin Marais
diciembre 1, 2021 § Deja un comentario
Hay que imaginarse en medio de la derrota final —o del silencio que cubre los lager de la historia— para saber qué significa escuchar la sarabande de la quinta suite de Bach para cello. O los solos de viola de gamba de Marin Marais. ¿Bruckner? Una victoria arrodillada. Estamos lejos —muy lejos— del entretenimiento pop. La humanidad se extinguirá. Pero el eterno aún podrá escuchar su canto.
esperanza y apocalipsis
noviembre 29, 2021 § Deja un comentario
Si la esperanza cristiana apunta a un final apocalíptico —y no solo apunta al mismo, sino que lo desea—, entonces esta esperanza no es para nosotros, los que aún creemos en nuestra posibilidad. A pesar de lo que proclamamos llenándonos la boca. Pues que todo comience de nuevo —o al menos, termine de una vez— sólo lo pueden esperar los que no pueden esperar ya nada de este mundo.
póstumo
noviembre 28, 2021 § Deja un comentario
Cuando la vida se empeña en negar —en negarnos— solemos recurrir a lo póstumo: la tortilla ya dará su vuelta, nos decimos, sea en los cielos o, como esperaban los griegos, en la memoria de quienes nos sucedan. Sin embargo, no será así, dice el nihilista. Los cielos se derrumbaron en el Gólgota; toda fama tiene fecha de caducidad: de aquí a cien mil años nadie sabrá quien fue Beethoven o Jesús de Nazaret. En verdad, nadie cuenta nada. La cuestión es: y ahora qué. Nuestras fantasías no proporcionan ningún refugio. Acaso lo haya en la respuesta a demanda del prójimo (o mejor, en su respuesta a nuestra entrega). Y con respecto al luego, Dios dirá. Como suele decirse.
composición de lugar
noviembre 27, 2021 § Deja un comentario
Imaginemos que estamos en guerra y que te hallas junto a tu hija pequeña ante unos soldados que fuman unos cigarrillos antes de cargar sus armas para fusilaros: a tu hija, a ti y a cuantos habéis sido seleccionados. Ella te pregunta: ¿papá por qué quieren matarnos? No puedes hacer otra cosa que abrazarla, besarla. Quizá también llorar, mientras esbozas una última sonrisa, mirándole a los ojos. Toda su alegría de vivir —sus columpios— llega a su punto final. Abruptamente. La Biblia hay que leerla, sobre todo, desde estas escenas. Pues cuanto ahí se nos dice, no tiene nada que ver con el delirio. Aunque a los verdugos nos lo parezca.
de qué va
noviembre 26, 2021 § Deja un comentario
La pregunta es qué seremos capaces de hacer con nosotros mismos —y, de paso, con quienes nos rodean— cuando llegue el naufragio. Pues, tarde o temprano, hay naufragio. Aunque, a veces, no nos lo parezca —aunque, por lo habitual adopte el aspecto del gris—. Sencillamente, la vida no termina de coincidir con las palabras que proporcionan un sentido —un hacia dónde—. Estas, como un mal traje, nos vienen anchas (y no porque sean, necesariamente, una ficción). Así, se nos habló de heroísmo —o si se prefiere de lo auténticoo sensacional—; pero con el tiempo acabamos en el oficio (y un oficio es una jaula de hierro, aun cuando, en algunos casos, y por estar pulido, su brillo nos resulte cegador). La solución epicúrea es que el naufragio nos coja siendo unos espectadores: desde la atalaya (aunque para esto, y por lo común, sea necesario comer a diario). La variante popular es haber triunfado, tener, por decirlo así, un seguro de vida. De este modo, anem fent. Acaso el problema sea que, los que nos satisfacemos con nuestra satisfacción, no dejamos de ser, por eso mismo, unos chimpancés. Y es que la vida probablemente sea algo más que una versión del juego de la oca. Ahora bien, este algo más no tiene que ver con la novedad —con algo aún por descubrir—, sino con lo irreductiblemente extraño y, en consecuencia, indescubrible. Aquí el nihilista tiene razón: la novedad, ese simulacro de lo nuevo, es repetición de lo mismo. Nada nuevo bajo el Sol, salvo lo que se olvida. En definitiva, puede que la pregunta sea cómo nos situamos ante la realidad de lo extraño, la que se nos ofrece como un eterno porvenir, antes que como presente. El resto es naturaleza.
lo sagrado y las razones
noviembre 25, 2021 § Deja un comentario
Por definición, hablar de lo sagrado es hablar de lo intocable, de lo que se nos impone como lo que no es posible alterar sin que se disuelva su valor, su brillo. Por ejemplo, para un padre, la vida de su hija es sagrada. Aquí fácilmente podríamos decir que se trata únicamente del instinto. ¿Únicamente? No me atrevería a decirlo. También cabe sentirlo desde el asombro (y aquí el sentimiento se adhiere al logos). Desde el horizonte de la nada o el nadie, que sigan vivas —que estén ahí— es un milagro, una excepción. Y con el milagro va el deber de preservar su vida ante nuestra crueldad natural. Sin embargo, el cuerpo ayuda (y en este sentido, podríamos decir que en este caso el instinto va de la mano de la mirada de largo alcance). Quizá de lo que se trata, al fin y al cabo, es de poder sintonizar el cuerpo con las visiones del alma. O como se decía antiguamente, de modificar nuestra sensibilidad inicial, tan ligada a la bestia que llevamos dentro.
Dios y el inconsciente
noviembre 24, 2021 § 1 comentario
Con el inconsciente, seguimos siendo títeres de un afuera radical. Pues difícilmente vamos a reconocernos en cuanto tuvo que ser olvidado. Esto es, difícilmente vamos a incorporarlo (aunque los indicios del insconsciente sean ciertamente corporales). El inconsciente es un extraño en nuestra casa. Sin embargo, Freud hizo de su extrañeza lo más íntimo: como si pusiera al Dios terrible en lo más oscuro del alma. Así el psicoanalista deviene el nuevo sacerdote: el posee el secreto de Dios, un secreto cuya traducción es, sin embargo, infinita. Ahora bien, aquí un estoico podría decirnos que el inconsciente, aun siendo determinante, no importa. Al igual que, según el profeta, para Dios mismo, Dios no es el asunto. El asunto es a qué nos obliga lo que se desprende de la altura de Dios. De hecho, el yo está por encima de su inconsciente (y no solo de facto). Pues su pregunta es y ahora qué. Al menos, porque al tratar consigo mismo, tarde o temprano, descubre que él no es el tema. Aunque el extraño termine ganando la partida, su victoria es anecdótica: el yo no tiene por qué hacer una derrota de su derrota a manos de poderes invisibles. Y en esto acaso consista la salvación.
del cuerpo y el alma: una variante
noviembre 22, 2021 § 2 comentarios
Por lo común, dedicamos mucho tiempo intentando resolver los asuntos pendientes (y estos son, en primer lugar, materiales): comer a diario, hallar cobijo, prepararse para trabajar, cazar una pareja… Luego, acaso, comenzamos a preguntarnos por lo que en verdad importa. El problema es que los asuntos pendientes nunca terminan de resolverse: de algún modo, exigen continuamente nuestra atención: que si el trabajo podría ser mejor, o la casa, o la pareja… Así, el cuidado del alma permanece en stand by. Tenían razón los estoicos al decir que no es más libre quien más posee, sino quien menos necesita.
de mujeres y hombres (y vicerversa): una puntilla teológica
noviembre 19, 2021 § Deja un comentario
Lo que quiere la mujer del hombre no lo quiere el hombre para sí mismo. Y viceversa. Está es la raíz del desencuentro. De coindicir, solo en la ilusión. Sin embargo, porque hay desencuentro acaso haya reconciliación, la cual supera el hiato preservándolo. No hay otro amor para quien puede decir soy. En la fusión, ningún rostro que nos alcance.
(Podríamos tomarnos lo anterior como una metáfora teológica. Basta con sustituir a la mujer por Dios. Y aquí no vale decir que no es lo mismo; que a Dios no es posible acariciarlo. Sin embargo, si Dios es intocable, no será porque no tenga cuerpo, sino más bien porque su cuerpo nos repugna.)
esturament
noviembre 17, 2021 § Deja un comentario
Como decía Borges, el poeta descubre un motivo de asombro donde el resto solo vemos costumbre. Es asombroso, por ejemplo, que haya alguien-ahí en vez de únicamente cuerpos. La costumbre degrada cuanto es: lo convierte en digerible. Pero tampoco estamos hechos para soportar demasiada realidad. Quizá porque el mono que se asombró más de la cuenta terminó en el estómago del león. Como para creer que el mundo es nuestra patria.
más caña al mono (o un delirio platónico)
noviembre 16, 2021 § Deja un comentario
Uno puede quedarse con la letra de lo que dijo Platón: que hay un mundo de cosas y otro de ideas; que tan solo el segundo es real —que las cosas que podemos ver y tocar únicamente participan de lo real y que, por eso mismo, su realidad es aparente—. Pero donde uno se queda con la letra, acaso creerá que entiende, pues eso es lo que dijo Platón, aun cuando hoy en día nos parezca absurdo —¿de verdad hay un mundo repleto de ideas?—, pero, de hecho, no entiende nada. Para comprender las tesis de Platón hay que preguntarse qué hay detrás de esta distinción entre los dos mundos, la cual no deja de ser, al fin y al cabo, un modo de hablar. Y lo que hay detrás es la respuesta a la cuestión acerca de lo que significa decir que algo es —que hay lo que hay—, respuesta que no tiene nada de evidente… aunque resulte obvia (y quizá, por eso mismo, la obviemos).
La pregunta nos parece, por lo común, irrelevante. ¿Pues acaso no hay lo que podemos ver y tocar? Sin embargo, el asunto adquiere otra tonalidad si nos preguntamos si hay amor —o justicia, o bien—. Es cierto que uno puede contentarse con creer que lo hay. Pero la vida, tarde o temprano, desmiente nuestras creencias más ingénuas o espontáneas —nuestras opiniones—. Así, ¿hay amor —o justicia, o bien—? No lo parece. De hecho, y tras los sucesivos desengaños, nos sentiremos inclinados a decir que, a lo sumo, lo que hay —lo que constatamos— es una mezcla. No hay amor que no sea, de algún modo, interesado; o decisión justa que no sea, y por buenas razones, discutible. Ahora bien, por eso mismo, ninguna mezcla termina de ser lo que parece —aquello que, en un momento dado, más se destaca en ella—. Y así podríamos decir que, dado que todo es mezcla, nada es.
En cualquier caso, ¿qué significa decir que hay justicia o amor? Estrictamente, que tanto la justicia como el amor se encuentran ahí afuera, haciéndose de algún modo presentes (aunque en este de algún modo pierdan por el camino su carácter absoluto o por entero). ¿Cómo se encuentran, por ejemplo, los árboles y las sillas? No, exactamente. El haber de los árboles y las sillas es, por decirlo así, el fondo que comparten los árboles y las sillas, en última instancia, cuanto es en concreto. Sin embargo dicho fondo —precisamente, porque es el fondo de lo concreto— no es nada al margen de lo concreto. Pues en realidad nada es o está ahí sin que nos muestre un aspecto determinado —nada es sin un modo de ser—. Por consiguiente, no es que primero, en el orden de lo real, sea el simple haber y luego este se llene de cosas. El simple haber no es ontológicamente anterior al mundo —pues en realidad no es nada en concreto—, aunque, en cierto sentido, lo trascienda.
Sin embargo, ¿de qué sentido se trata? No del que apunta a otro mundo, aun cuando inevitablemente nos lo imaginemos así, al menos porque el pensar siempre se dirige a un algo, sino del que se perfila en el Platón de sus últimos diálogos. De ahí que la trascendencia de lo real en su carácter otro o absoluto —el puro haber, la radical exterioridad de cuanto es— consista en su retroceso o des-aparición… en el mismo instante de su hacerse presente. No hay experiencia del puro haber —de la exterioridad en cuanto tal—, sino de las cosas que hay. El puro haber se nos da relativamente en lo concreto. Y dado que lo concreto es lo que cabe asimilar, como lo que deja de ser en verdad otro. Nada otro que no se dé o haga presente. Y por eso mismo, nada otro que no sea lo que tuvo que perderse de vista en cuanto tal en su hacerse presente.
Podríamos decir, paradójicamente, que hay el absoluto haber porque no lo hay —porque, en sí mismo, no aparece—. La exterioridad en cuanto puro haber retrocede en su hacer presente —y por tanto representable— a una sensibilidad. Hablamos del resto invisible de lo visible, no de algo invisible, sino de la invisibilidad —la extrañeza— que, como tal, abraza cuanto es. Por consiguiente, la respuesta a la pregunta del asombro —¿por qué hay algo en vez de nada?— sería porque en definitiva lo que hay es la nada —porque lo que es no es nada (y aquí podríamos sacarle punta a la doble negación). Quizá no sea causal que la filosofía acabe rozando el nihilismo. Pero si no cae de bruces en él será porque cuanto es puede experimentarse también como lo que nos es dado desde el horizonte de nada, es decir, como excepción, milagro, donación.
Por consiguiente, a nuestras preguntas iniciales —¿hay amor, justicia, bien?— podríamos responder diciendo que, efectivamente, hay amor, justicia, bien… aunque imperfectos. E imperfectos, precisamente, porque son.
química elemental
noviembre 16, 2021 § Deja un comentario
Decimos que hay amor. Pero lo que siempre constatamos es una mezcla: junto a la entrega, de darse, la necesidad de tener un novio, la pulsión, el miedo a la soledad, la curiosidad de probar, la excitación de que alguien se interese por mí, la novedad, un jugar a ser mayores. También, por supuesto, el deseo o, incluso, la simple apetencia. El amor, como suele decirse, es cuestión de química. Y como ocurre con la química, el que termine precipitándose como un compuesto u otro dependerá de la proporción. Pero, en cualquier caso, no hay sentimiento puro. Tanto el moderno no es más que como el antiguo es más que operan del mismo modo: reduciendo la complejidad. O bien, hacia abajo, o bien hacia arriba. En ambos casos, estamos ante ejercicios racionales. Sin embargo, dado que no hay compuesto o mezcla que no sea inestable —y en este sentido decimos que nada acaba de ser lo que parece— la cuestión es qué prevalece o, mejor, qué terminará siendo. Al final, qué tendrá más peso ¿el gen o el amor? ¿Un no es más que o el es más que? O nuestra aspiración a la verdad —a lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente pasa— es una ilusión; o, de lo contrario, apunta a un porvenir que, en modo alguno, podemos controlar.
la potencia de Platón y la “impotencia” de la Modernidad
noviembre 15, 2021 § Deja un comentario
¿Por qué Platón ni siquiera se preguntó si acaso la idea de Bien —lo real en su carácter otro o absoluto— no podría darse como el producto de nuestra mente? ¿Por qué en modo alguno se planteó la posibilidad de que cuanto pensamos estuviera solo en nuestro interior? Que toda conciencia sea, por defecto, conciencia de algo no parece implicar —o al menos, eso diríamos espontáneamente hoy en día— la realidad del algo. ¿Por qué, en definitiva, Platón no llegó a la sospecha de Descartes? Sencillamente, porque el puro haber no es representable —no llega a la representación—. Y la sospecha apunta solo a las representaciones de lo que es. En realidad, el puro haber es invisible —no una cosa invisible, sino lo invisible, la extrañeza como tal—. El puro haber —el hay de lo que hay— aparece como lo que desaparece —y por eso mismo, está siempre supuesto— en lo concreto. El puro haber, en tanto que obvio, es lo continuamente obviado. Podemos dudar de que nuestras representaciones mentales sean relativas a un exterior —y de ahí al cogito media un paso—, pero no de nuestro hallarnos expuestos al puro haber. De hecho, el mismo Descartes llegó a esta conclusión, por otro lado lógicamente inevitable, al reconocer que la limitación temporal del cogito —el mientras del estoy seguro de que existo mientras pienso— va con la infinitud de un afuera (estrictamente, de lo eterno). O en nuestros términos, con un estar expuestos a una alteridad que en absoluto puede entenderse como algo aún por descubrir.
Acaso no sea casual que la experiencia del puro haber se nos dé donde sucumbimos a la desmesura de una oscuridad y silencio impenetrables —o de manera aproximada, en la soledad de los desiertos—. Podríamos decir que la realidad del haber sería un punto de partida paradójico (y no una hipótesis que tuviera que desmostrarse por medio de un criterio adecuado, pues ¿cuál podría ser dicho criterio?). El haber se da como lo que, literalmente, no se da en forma alguna. En este sentido, el haber —la extrañeza en sí, lo informal— se revelería como el non plus ultra del conocimiento y, por ende, de nuestra existencia. Hay lo extra-ordinario, pero no es de este mundo… aunque tampoco de ningún otro. Pues no es nada en concreto, sino la nada siendo, por decirlo así. A lo sumo, podemos participar de su carácter excepcional durante aquellos momentos epifánicos que, tarde o temprano, experimentamos.
Sea como sea, la Modernidad solo admite la verdad como adecuación entre las representaciones mentales de los hechos y los hechos, los cuales son, por definición, un mero estado de cosas. Y por eso mismo la Modernidad supone, en cierto modo, un paso atrás, el que tuvo que darse para, precisamente, progresar. ¿El precio? Una seria dificultad para pensar lo humano al margen de su servidumbre al principio de la voluntad de poder, aquel que exige hacer lo que puede hacerse. O por decirlo con otras palabras, una incapacidad cultural para escuchar la voz que se desprende del silencio que abraza la totalidad de cuanto es.
Desde nuestro lado…
noviembre 15, 2021 § Deja un comentario
La muerte, alrededor: somos frágiles, al fin y al cabo, una mota de polvo que no cuenta. Así, fácilmente sentimos —y lo sentimos como evidente— que estamos expuestos a lo superior. Sin embargo, esto es lo que decimos desde nuestro lado. Por tanto, es posible que no haya nadie más ahí —que seamos una pasión inútil—. ¿Hay algún modo de pasar de lo que nos parece que es a lo que es en verdad? En principio, a través de la razón. Pero no de una razón que ascienda hasta el en-sí de lo real —pues una razón ascendente termina reconociendo lo real-absoluto, la alteridad avant la lettre, como un eterno retroceso (y por eso mismo, acaba siendo la razón de una conciencia desdichada)—, sino de una razón que se ejerce a partir del puro haber, esto es, descendiendo hasta lo concreto.
Platón fracasó, como quien dice, cuando quiso derivar lo concreto de la idea de Bien (pues ¿cómo alcanzar la existencia sobre la base de lo que carece de entidad?). Hegel, por su parte, lo consiguió al pensar lo real como sujeto y no como sustancia… aunque al precio de hacer de lo real un poder. Y de ahí a Nietzsche, media un paso (un paso que dio habiendo leído a Schopenhauer, curiosamente uno de los enemigos de Hegel… aun cuando a Hegel le resultara indiferente). No es casual que Hegel fuese el filósofo de la muerte de Dios, creyendo, no obstante, que estaba siendo fiel al cristianismo (al menos, porque esa muerte incluía la reconciliación). Nietzsche se limitó a tomarse al pie de la letra la proclamación cristiana, prescindiendo, como es natural, de la resurrección. El problema del haber llegado hasta aquí es que ya no sabemos qué hacer con nuestro originario estar expuestos a. Y así, acabamos viviendo de espaldas a lo que se desprende —y se desprende imperativamente— de la fuga de la alteridad a un pasado anterior a los tiempos. Como si esta no tuviera nada qué decirnos o pro-vocar.
una de marxismo clásico
noviembre 14, 2021 § Deja un comentario
Ya es sabido que para Marx la religión es, a parte de opio de primera, la expresión de las condiciones materiales de la existencia. Esto significa, grosso modo, que uno no cree en lo que quiere, sino en lo que le dejan. Así, no debería sorprendernos que los antiguos dieran por sentado que se hallaban bajo el amparo o la amenaza de poderes invisibles. En la Antigüedad, la distancia, tanto natural como política, entre lo superior y lo inferior —entre el amo y el esclavo— hacía que fácilmente las mujeres y los hombres se sintieran instalados en un sentimiento de dependencia. La creencia fluía de manera espontánea. Todo cambia donde el mundo deviene homogéneo y, por extensión, dominable. Por su parte, la tolerancia moderna, la cual es, sin duda, bienvenida, coloca cualquier opinión en el mismo plano. El padre ya no tiene la última palabra. Con Descartes, por decirlo así, el argumento de autoridad deviene una falacia. Los hijos —y no el pater familias— ocupan el centro. La ciencia es la única instancia legitimadora, aun cuando los científicos sean los primeros escépticos.
En estas circunstancias, no debería sorprendernos que el cristianismo tenga las de perder. ¿En manos de Dios? Nadie puede ya creerlo sinceramente. En cualquier caso, creerá que lo cree. Pues no le temblarán las piernas, como quien dice, al invocar piedad, al comienzo de la misa dominical. Ya nadie es capaz de tomarse en serio a Dios… salvo los que caen en la cuenta, a causa de un sufrimiento sin nombre, de que no hay otro Dios que el que pende de una cruz. Debido a su carácter inadmisible, y a diferencia de la cristiandad, el cristianismo nunca terminó de hacer buenas migas con el mundo. Su catolicidad —su atemporalidad— reside, de hecho, en su congénita inadaptación. Es lo que tiene un Dios que no se deja homologar a lo que naturalemente experimentamos como divino.
vendrá la muerte y tendrá tus ojos
noviembre 13, 2021 § Deja un comentario
La muerte, ¿es algo? Desde la atalaya de espectador, donde quienes mueren siempre son los demás, la muerte es un hecho, no algo que aparece, sino un encadenamiento de cosas que pasan. No hay más. Se muere como el pc deja de funcionar (y por eso decimos que el pc se nos ha muerto). Para el observador imparcial, morimos al igual que nuestras mascotas. Sin embargo, dentro la escena todo es muy distinto. La muerte irrumpe como parca. La palabra procede, como sabemos, de la mitología romana. Según se decía, había tres parcas, deidades con aspecto de ancianas, Cloto, Láquesis y Átropos. La primera hilaba, la segunda enrollaba el hilo y la tercera se encargaba de cortarlo (y fue esta última la que, culturalmente, quedó fijada como figura de la muerte). ¿Superstición? Esto es lo que diríamos hoy, desde la grada. Es lo que tiene que, actualmente, solo el espectador desinteresado tenga las llaves de la legitimidad discursiva. No obstante, acaso sea inevitable experimentar los instantes finales como quien se encuentra expuesto a. Incluso diría que cuanto más hayamos vivido —y aquí no se trata de un haber acumulado momentos sensacionales—, más sentimos dicha exposición como la raíz de nuestra existencia.
Ahora bien, ¿a qué nos hallamos expuestos? Aun cuando aquí podamos llenarnos la boca de fantasías consoladoras, lo más crudo o cierto es que a un tiempo sin ti —a un tiempo en el que no cuentas—. De hecho, ante la muerte se nos revela que este no contar fue siempre así. Morimos siendo una invocación. Y a partir de aquí todo es un esperar sin expectativa o nada.
En cualquier caso, el espectador no muere. Tan solo los actores. Pero ¿de qué lado está la verdad? Depende de lo que entendamos por verdad. Si la verdad es lo que en verdad tiene lugar, antes que una adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos, entonces el espectador, sencillamente, no ve la extrañeza que abraza el mundo o, mejor dicho, no ve al nadie. Pues lo que en verdad tiene lugar —cuanto acontece y no simplemente pasa— es una alteridad imposible (e imposible porque su imposibilidad, su eterno más allá como aún nadie, es la condición de los mundos, incluyendo el sobrenatural). De ahí que soporte más realidad el símbolo que la descripción. Al menos, porque el símbolo apunta a una falta de presencia —a lo impresentable—. Quizá no sea casual que Sócrates o Jesús de Nazaret se fuesen de vacío, aunque el primero serenamente y el otro, abandonándose al que lo abandonó.
sobre los sencillos
noviembre 12, 2021 § Deja un comentario
En la tradición cristiana —y no solo cristiana—, es habitual elogiar a los sencillos —a los niños—. Y, sin duda, este elogio arrastra mucha verdad: al fin y al cabo, la soberbia es un error. Sin embargo, el riesgo de la sencillez, sobre todo hoy en día, es la prepotencia. O dicho de otro modo, el desprecio de cuanto se ignora. Es lo que tiene una época que malcría a sus hijos. Un limpio de corazón, sin embargo, antes irá con la pregunta que con sus opiniones (que, de hecho, y en tanto que opiniones, nunca son suyas).