teo-dices
mayo 13, 2015 § Deja un comentario
El problema de la teodicea es el problema de la bondad de Dios en un mundo donde el Mal parece tener la última palabra. Así, o bien esa bondad de Dios está por ver, o bien el mundo no es obra del Dios bueno (y esta sería la solución marcionita). Cabe, con todo, una tercera posibilidad, a saber, que Dios no sea tal y como nos lo imaginamos. Es decir, que la realidad de Dios no pueda concebirse como la de un ente superior: que Dios, propiamente hablando, no exista. En este sentido, la mística de Isaac Luria constituye el punto de partida para pensar la realidad de Dios. Como es sabido, Luria sostiene que Dios crea el mundo negándose a sí mismo, esto es, desapareciendo del mapa. Hay mundo, pues, porque lo Absoluto da un paso atrás. Lo real, en este sentido, es pura trascendencia —un continuo diferir de la existencia, un «no acaba de ser esto», siendo el «esto» todo cuanto nos podemos traer entre manos. Dios es la promesa de lo real. Pues lo real acaso solo pueda darse como ese absoluto «en falta» que, sin embargo, nos reclama. Desde esta óptica, la bondad de Dios se muestra como Providencia, aunque se trate de una Providencia un tanto extraña, pues no se da como tutela del hombre, sino como preservación del mundo. Hay Providencia porque hay mundo, porque el mundo no es aniquilado por la aparición de Dios como tal.
necesidad del mito
mayo 12, 2015 § Deja un comentario
Una cosa es la verdad y otra muy distinta es cómo podemos vivir con la verdad. Con respecto a la primera, contamos con el saber, aunque sea parcial o problemático. Sin embargo, la segunda exige el mito, las historias, en definitiva, el recurso de lo imaginario. Así, todos sabemos que nos vamos a morir. Pero este saber no es efectivo —no puede ser integrado—, si no disponemos del apoyo de ciertas imágenes simbólicas. Si pudiéramos tomarnos en serio, pongamos por caso, la existencia de un alien que se gesta en nuestro vientre desde que nacemos y que, tarde o temprano, acaba estallando, nuestra relación con la inevitabilidad de la muerte dejaría de ser tan abstracta. Sin duda, eso que todos sabemos —que nos vamos a morir— se sabría de otro modo: tendríamos un conocimiento sensible y no meramente nocional del asunto. El problema reside en que el saber se afirma a sí mismo frente al mito o, mejor dicho, contra el valor de verdad de lo simbólico o imaginario. De ahí que el cuerpo no siga —no pueda seguir— las iluminaciones del alma. De ahí, en definitiva, nuestro déficit de integridad.
esto del pluralismo religioso
mayo 11, 2015 § Deja un comentario
El supuesto, muchas veces explícito, del diálogo interconfesional es que las religiones, al menos las majors, son diferentes visiones de una misma trascendencia. Así, habría múltiples aproximaciones a la divinidad del mismo modo que hay diferentes aproximaciones a, pongamos por caso, la belleza. Sin embargo, el implícito del diálogo interconfesional es que cada aproximación vale por igual. Esto es, que no cabe aquí plantear la cuestión de la verdad. Que cada religión es, a su modo, verdadera. Ahora bien este implícito es, al menos formalmente, discutible. Que lo real —en este caso, lo real de la trascendencia— solo pueda ser percibido desde una cierta óptica es indiscutible. Pero de aquí no se sigue lógicamente que toda óptica valga por igual. Ocurre aquí como en el caso de tener que dibujar una habitación. Es obvio que, dependiendo de dónde estemos situados, el dibujo será uno u otro. Pero es igualmente obvio que el dibujo de aquél que se halla «cara a la pared» es menos aproximado, por decirlo así, al de aquél que la observa desde, pongamos por caso, la puerta. Entiendo que la neutralización de la cuestión de la verdad tenga motivos políticos (pues, el occidente moderno nace en gran medida de la desactivación de los motivos que llevan a las guerras de religión). Sin embargo, la cuestión de la verdad, a pesar de su neutralización, sigue siendo pertinente. No puede dejar de serlo. Pues, si el dogma de la Encarnación, por ejemplo, está en lo cierto —si es verdad que no hay otro Dios que el Crucificado—, entonces el Islam, pongamos por caso, se queda corto. A menos que hagamos del nazareno un avatar de Dios, entre otros. Pero esto no es lo que defiende el cristianismo. En honor a la verdad, no estamos hablando de lo mismo. Aunque sea igualmente cierto que no se nos juzgará por nuestras creencias, sino por nuestras obras.
no es más que (y 2)
mayo 11, 2015 § Deja un comentario
La operación reductiva de la modernidad no hubiera sido posible sin la soberanía del sujeto trascendental. Para un yo, cuya certeza principal es la certeza de sí, el mundo es necesariamente algo cuya inteligibilidad depende, precisamente, del carácter fundamental de dicha certeza. O dicho con otras palabras, donde el yo no se experimenta a sí mismo como aquel que depende esencialmente de otro, el mundo difícilmente puede ser algo más.
ambivalencias
mayo 10, 2015 § Deja un comentario
Lo que nos sostiene de algún modo también nos aprisiona.
no es más que
mayo 9, 2015 § Deja un comentario
La Modernidad, como sabemos, es principalmente reductiva. Al menos con las pretensiones de la trascendencia. Así, el sentido del deber moral no es más que reacción al aplauso (o al rechazo) social, la religión, compensación, el amor, pulsión sexual, un árbol, unos pocos átomos bailando en el vacío. En definitiva, cualquier pretensión de sentido es comprendida como un intento de tapar el polvo con la alfombra. Ahora bien, pongámonos, por un momento, junto al polvo, esto es, supongamos que habitamos el mundo de los átomos. ¿Seguiríamos diciendo que una mesa no es más que un montón de partículas en medio de la nada? Difícilmente. Desde una perspectiva atómica, la mesa es sencillamente más. Al fin y al cabo, esto de la realidad es demasiado extraño como para que pongamos los huevos de lo real en una misma cesta.
demos
mayo 9, 2015 § Deja un comentario
Nuestra democracia se parece cada vez más al teatro, a la liturgia: todo gira alrededor de la representación. Como en el caso de aquel sorteo de la Champions, en donde las bolas estaban marcadas. Los emparejamientos se decidieron de antemano, pero había que disimularlo: como si se tratara efectivamente del azar. Así, solo en apariencia el poder se decide en las urnas. La democracia es, hoy en día, un guardar las formas. Aunque esto siempre fue así con respecto al ejercicio del poder. Pues, el ejercicio del poder solo puede legitimarse en relación con lo que debería ser (y, sin embargo, no puede ser). El poder se alimenta de la ilusión de los hombres.
liberto (y 2)
mayo 7, 2015 § Deja un comentario
Libertad es promesa —o, como suele decirse también, compromiso. El hombre libre —el que quiere en verdad algo— es aquel capaz de atarse al mástil. Quiero, por tanto, debo. Libertad es, así, fidelidad. Sin disciplina, la libertad es simplemente un estar a merced de los vientos variables del deseo, una forma agradable de esclavitud. Sin embargo, el sujeto que realiza la promesa no acaba de coincidir con el que la realiza. Pues, en el fondo, nadie está a la altura de sus mejores promesas. Incluso ahí donde se mantiene fiel, el corazón del hombre se encuentra en otra parte. Las promesas del hombre solo pueden llevarse a cabo contra el hombre de carne y hueso (el sujeto empírico en términos de Kant). La sujeción a la Ley que el hombre se impone a sí mismo —el ejercicio de la voluntad—, tarde o temprano, termina con la alienación de la carne. De ahí que el hombre no pueda evitar una consustancial falta de integridad. El cuerpo no sigue los dictados del alma. La escisión le pertenece como aquello más íntimo. O, lo que viene ser lo mismo, no parece que el hombre pueda poseerse a sí mismo. Aunque quizá deberíamos admitir que el destino de la libertad sea, precisamente, un ponerse en manos del otro —en manos de su orfandad—, en tanto que uno acaso solo pueda querer con cuerpo y alma respondiendo a la demanda infinita que nace de la soledad del otro hombre. Al fin y al cabo, puede que la libertad no sea más que un liberarse de sí mismo. Una heteronomía radical se encuentra en la raíz de la libertad del hombre.
la noche
mayo 5, 2015 § Deja un comentario
Un día que volvíamos del trabajo, vimos tres horcas levantadas en el recinto de llamada, tres cuervos negros. Llamada. Los S.S. a nuestro alrededor, con las metralletas apuntándonos: la ceremonia tradicional. Tres condenados encadenados y, entre ellos, el pequeño pipel, el ángel de ojos tristes. Los S.S. parecían más preocupados, más inquietos que de costumbre. Colgar a un chico ante millares de espectadores no era poca cosa. El jefe del campo leyó el veredicto. Todos los ojos estaban fijos en el niño. Estaba lívido, casi tranquilo, y se mordía los labios. La sombra de la horca lo cubría. El lagerkapo, esta vez, se negó a servir de verdugo. Tres S.S. lo reemplazaron. Los tres condenados subieron juntos a sus sillas. Los tres cuellos fueron introducidos al mismo tiempo en las sogas corredizas. ¡Viva la libertad!, gritaron los dos adultos. Pero el pequeño callaba. ¿Dónde está el buen Dios, dónde está?, preguntó alguien detrás de mí. A una señal del jefe de campo, las tres sillas cayeron. Silencio absoluto en todo el campo. En el horizonte, el sol se ponía. (Descúbranse!, aulló el jefe del campo. Su voz estaba ronca. Nosotros llorábamos. ¡Cúbranse! Luego comenzó el desfile. Los dos adultos ya no vivían. Su lengua colgaba hinchada, azulada. Pero la tercera soga no estaba inmóvil: el niño, muy liviano, vivía aun… Más de media hora quedó así, luchando entre la vida y la muerte, agonizando ante nuestros ojos. Y nosotros teníamos que mirarlo bien de frente. Cuando pasé delante de él todavía estaba vivo. Su lengua estaba roja aún, sus ojos no se habían apagado. Detrás de mí oí la misma pregunta del hombre: ¿Dónde está Dios, entonces? Y en mí sentí una voz que respondía: ¿Dónde está? Ahí está, está colgado ahí, de esa horca… Esa noche, la sopa tenía gusto a cadáver.
E. Wiesel
salmo (y 2)
mayo 5, 2015 § Deja un comentario
Dirigirse a nadie no es exactamente lo mismo que no dirigirse a nadie. Hablar a nadie, arriesgándose, cada vez, singularmente, a que no haya nadie que bendecir, nadie para bendecir, ¿no es la única oportunidad de una bendición? ¿de un acto de fe? ¿Qué sería una bendición segura de sí misma? Un juicio, una certeza, un dogma.
J Derrida
salmo
mayo 5, 2015 § Deja un comentario
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Nadie nos plasma de nuevo de tierra y arcilla,/nadie encanta nuestro polvo./ Nadie./Alabado seas tú, Nadie./Por amor a ti queremos/florecer./Hacia/ti./ Una nada/fuimos, somos seremos/siempre, floreciendo:/rosa de nada,/de Nadie rosa./Claro de alma el estilo,/yermo tal cielo el estambre,/roja la corola/ por la púrpura palabra que cantamos/sobre oh sobre/la espina.
Paul Celan
acertijo
mayo 4, 2015 § Deja un comentario
¿Dios es para sí mismo Dios? Y si lo fuera, ¿cómo podría decir «yo»? Pues un Dios que pudiera ser consciente de sí mismo ¿no sería acaso un Dios que se extrañaría necesariamente de su divinidad?
fe y escepticismo
mayo 2, 2015 § Deja un comentario
El desenlace de la gran fe es la decepción. Y es que, tarde o temprano, acabamos soportando el derrumbe del cielo sobre nuestras cabezas (o sobre la de los otros). El escepticismo es, así, la otra cara de la moneda creyente. A menos que esa gran fe ya incluyera en su seno una cierta suspensión del juicio o, como suele también decirse, una docta ignorancia. Sin ella, la fe se convierte en un insulto a la inteligencia o, mejor dicho, a aquellos que sufren la desgracia.
el asunto
abril 30, 2015 § Deja un comentario
El desconcierto eclesial es tan notable que muchos predicadores se limitan hoy en día a decir que, al fin y al cabo, lo único que importa es ser buena gente. La palabra redención, como pasa con esos trajes usados, nos ha quedado grande. La pregunta, sin embargo, es a quién satisface este kerygma. No a los que permanecen atados a los árboles. No a los locos de Grégoire. Nos satisface a nosotros, jóvenes ricos. Se trata, pues, de un mensaje consolador para aquellos que no queremos que nos busquen las cosquillas, que el otro no nos interrumpa demasiado. Los predicadores del buen rollo son, en definitiva, los socialdemócratas del cristianismo actual. La redención no es para nosotros. Nosotros creemos que la redención no es nuestro tema. Nuestro tema es la felicidad. En cambio, para quienes se encuentran atados de los árboles —los olvidados de los olvidados— la cuestión es si es posible la redención. De ahí, que aquellos cuya humanidad ha sido restituida por la obsesión de Grégoire, crean que el tema no es ser simplemente buena gente, sino anunciar que lo imposible ha tenido lugar. El cristianismo, obviamente, es algo más que una receta para la dicha.
(http://www.lavanguardia.com/lacontra/20111101/54236663910/primero-el-ser-humano-luego-el-dinero.html)
calvary
abril 30, 2015 § Deja un comentario
«Por error del anestesista, un niño se queda ciego, sordo, mudo, clavado a una silla de por vida. Al despertar espera que sus padres enciendan la luz. Pero sus padres no aparecen. La oscuridad sigue ahí, eterna, inmutable. El niño ni siquiera será capaz de escuchar sus propios lamentos. No hay salvación para ese niño.» Estas son, grosso modo, las palabras que el médico le dirige al cura de Calvary en uno de los grandes momentos de la película. Es obvio que esta es la cuestión: si hay salvación para los que sufren una desgracia sin paliativos. Y es igualmente obvio que la respuesta no puede ser que, en el fondo, se trata de ser buena gente.
una justificación
abril 29, 2015 § Deja un comentario
¿Por qué Dios aún? Porque fuimos unos niños. Mejor dicho, porque las pretensiones de la infancia siguen estando ahí, aunque no podamos aceptarlas.
inteligibles
abril 29, 2015 § Deja un comentario
Quizá la idea de Dios es la idea de que el universo es inteligible, pero no para nosotros.
Thomas Nagel
extrarradio
abril 28, 2015 § Deja un comentario
Quizá uno nace para el espíritu donde siente que todo cuanto le rodea no es real. Que la partida se juega en otra parte.
silvie
abril 28, 2015 § Deja un comentario
Una vez que uno ha visto a Dios, ¿cuál es el remedio?
Sylvia Plath
antisofística
abril 27, 2015 § Deja un comentario
La filosofía nace no solo del asombro, sino también como antídoto frente a las seducciones del lenguaje. Así, la ignorancia no consiste únicamente en creer que lo real coincide con lo que nos parece real, sino también, y quizá sobre todo, en permanecer preso de la retórica. Pues, el que sabe jugar con las palabras —sobre todo con las grandes palabras— fácilmente puede construir castillos en el aire, producir, como diríamos hoy en día, el efecto de una realidad virtual. «El amor es todo lo que es y, al mismo tiempo, nada de cuanto es». Por eso, el arma más poderosa frente al hechizo del sofista fue y sigue siendo la pregunta socrática: «¿de qué estamos hablando?» Tan solo hace falta plantearla para que el mago se quede, literalmente, sin palabras. Pues con respecto a las grandes palabras —con respecto a lo último— no salimos de nuestra perplejidad.
coitus interruptus, una vez más
abril 26, 2015 § Deja un comentario
Si Dios es interrupción —que lo es—, entonces hay algo de incomensurable entre Dios y el hombre. Pues la interrupción de Dios es lo que en modo alguno puede anticipar el hombre. Ahora bien, por eso mismo, la fe bíblica se desmarca de aquellas creencias en donde lo divino solo exige un descubrimiento, una iluminación. Dios no se encuentra agazapado en las interioridades del alma, esperando la ascesis del hombre. De ahí que, si el hombre es capaz de Dios, no es porque en él habite la «chispa divina», sino porque, en lo más íntimo, el hombre es aquel que se encuentra expuesto a la ruptura de Dios.
el viejo Franz
abril 26, 2015 § Deja un comentario
Dios no es solo el Redentor, sino también aquel que recibe la redención. En la redención, del mundo por el hombre y del hombre en el mundo, Dios se redime a sí mismo.
Franz Rosenzweig
barthiana
abril 25, 2015 § Deja un comentario
Dijo Barth: «sólo Dios habla de Dios». De ahí que el hombre, cuando habla de Dios, no hable de Dios.
Nietzsche 4: resentimiento y conciencia cristiana
abril 25, 2015 § Deja un comentario
Como es sabido, Nietzsche en la genealogía de la moral intenta ir más allá de lo que fueron los psicólogos ingleses (los Hume de turno). La genealogía es una investigación sobre el origen de la moral cristiana y, según Nietzsche, la raíz del sentido del bien y el mal no reside en impulsos y factores amorales, como puedan ser las emociones que nacen de la empatía o el aplauso social, sino en motivos directamente inmorales. Veamos cómo llega Nietzsche a tal idea.
Para Nietzsche, la distinción básica es la que se da entre el fuerte y el débil. Se trata de una distinción muy pegada a la vida más desnuda, a la vida que se despliega como voluntad de poder, pues la vida no sujeta a ningún valor trascendente —no sujeta al juicio divino— es una vida que no entiende de absolutos. La existencia noble se encuentra más allá del Bien y el Mal —así, con mayúsculas—, aunque no más allá de lo bueno y lo malo. Desde su óptica, una óptica propiamente biológica, lo bueno es lo que le hace más fuerte y lo malo, lo que le debilita. Por eso Nietzsche se pregunta cómo fue posible una moral que invirtiera este sentido originario de lo bueno y lo malo, cómo fue posible, en definitiva, la moral cristiana. Pues dicha moral ensalza la debilidad —la enfermedad, la tara—, mientras denigra el orgullo, la alegría, la impiedad de la vida noble. Felices los pobres, pues de ellos es el Reino de los cielos. ¿Cómo fue posible un Dios que se pusiera del lado del pobre? ¿Cómo fue posible declarar que los tullidos, los enfermos, los miserables eran, de hecho, los preferidos de Dios? ¿Cómo fue posible colocar la compasión en el centro de la sensibilidad moral? La vida como tal no admite la debilidad. El enfermo, el tarado, el deforme es aquel que debe ser apartado de la vida en nombre, precisamente, de la vida misma. ¿Cómo fue posible, por tanto, una moral contraria a la vida?
La respuesta de Nietzsche es conocida: por debajo de los buenos sentimientos de la moral cristiana —por debajo de la exhortación cristiana a la compasión, por debajo del igualitarismo cristiano— anida el rencor, la envidia, el resentimiento, en definitiva, el odio hacia todo cuanto es superior. El débil no puede soportar la superioridad de la existencia noble. Por eso necesita denigrarla. Por eso necesita decirse a sí mismo que la superioridad del noble es una máscara, que, en el fondo, él es como cualquiera: un pobre hombre. La moral cristiana es, según Nietzsche, una moral de esclavos, una moral de rebaño. El mecanismo psicológico es parecido al que se activa cuando, en una fiesta, entra la mujer más bella del mundo. Todas las mujeres se ponen a murmurar. Todas se ponen a buscarle algún defecto: que si es pote, que si no tiene dos dedos de frente, que si es un tío… En cualquier caso, ella no puede ser en modo alguno lo que parece. Es por esto que Nietzsche sostiene que por debajo de la verdad —en este caso de la verdad cristiana— hay siempre un interés, una voluntad de dominación. La verdad de la verdad moral no reside en lo que dice, sino en lo que oculta. Y lo que oculta no es amoral, como dirían los psicólogos ingleses, sino propiamente inmoral: el odio, la envidia, el rencor. Así, de lo que se trata con respecto a la verdad no es propiamente de la verdad, sino de quién gana con la verdad. Así, ante una verdad, la pregunta es a qué propósito —a qué interés— sirve. La verdad es un instrumento de la voluntad de poder. En definitiva, quién necesita que la verdad se imponga, precisamente, como verdad y, por tanto, como aquello que no se discute, aquello que se da por sentado. Más aún: el presupuesto incuestionable de la metafísica —la distinción entre el ser y la apariencia— no obedece a la voluntad de verdad, sino a la de necesidad del débil de reducir la superioridad del fuerte. Como acabamos de decir, el débil necesita creer que el fuerte no es lo que parece.
De ahí, que la conciencia moral sea siempre una falsa conciencia. La conciencia moral no puede admitir como propios los motivos que la constituyen. La conciencia cristiana no puede aceptar que la envidia, el odio a lo superior, sea lo que la hace posible. De hecho, constituye una expresión de esa misma voluntad de poder a la que, explícitamente, se enfrenta: del egoísmo, la impiedad, el orgullo que considera esencialmente malignos. El ideal socrático de un conocimiento de sí es, por tanto, un ideal imposible, pues, la conciencia —la cual es, de por sí, conciencia moral— no puede reconocerse en los impulsos que la originan. La sospecha sobre las mejores intenciones de los hombres apunta, pues, directamente a los fundamentos de la conciencia. El hombre no puede vivir en la verdad. Necesita ocultarla, mentirse a sí mismo. La verdad que el hombre defiende —la verdad explícita, la verdad publicitada— es siempre un encubrimiento de la verdad. Por eso, como decíamos, la conciencia es necesariamente una falsa conciencia. Más aún, una conciencia culpable. Pues, la conciencia moral es también la expresión de una negación de sí. Efectivamente, donde uno es capaz de decir yo, hay algo de uno mismo que debe ser rechazado como impuro, despreciable, maligno. La conciencia no puede admitir la integridad del cuerpo, al fin y al cabo, la desnudez. Nietzsche ve en la constitución misma de la conciencia moral el odio hacia la mera vida, la vida que no entiende la distinción entre lo puro y lo impuro, el Bien y el Mal. En este sentido, la conciencia moral siempre se encuentra fuera de juego como quien dice. Siempre tiene miedo de ser descubierta. Vive en la impostación, la ocultación de sí, el odio hacia la vida más desnuda. Y así, por debajo de la típica acción de gracias cristiana, siempre encontraremos la acusación del sacerdote —la figura arquetípica del resentimiento cristiano—, en definitiva, el sentirse mal con uno mismo: gracias por la salud, los alimentos que no merecemos… y que a otros les faltan. El sentimiento de culpa es, de hecho, la especialidad sacerdotal por excelencia, su arma preferida contra la indiferencia propia de la existencia noble. Pues el noble, de por sí, no entiende la pregunta por el hermano. El noble no entiende de prójimos. La responsabilidad hacia el que sufre le resulta naturalmente extraña. De ahí que la conversión del noble en un culpable sea propiamente el triunfo del resentimiento sacerdotal.
point of departure
abril 24, 2015 § Deja un comentario
Dice JA Estrada que el único modo de llegar a la divinidad de Dios es desde la humanidad de Jesús. Que a Dios, y menos hoy en día, no es posible abordarlo directamente. Dios es, de hecho, el problema. Ahora bien, precisamente, por esto —porque Dios ya no se da por descontado— la humanidad no puede ser un punto de partida, sino en cualquier caso de llegada. Si Dios es el problema —que lo es—, entonces quien parte de la humanidad, se queda con la humanidad. Es muy difícil, por no decir imposible, poder ver algo de Dios donde Dios ha dejado de ser nuestro mejor prejuicio.
diagnosis
abril 24, 2015 § Deja un comentario
Algunos dicen que, hoy en día, solo podríamos defender la existencia de Dios, si lográsemos verificarla, si hubiera algún hecho en relación con el cual pudiéramos comprobarla. Pues, en tanto que impregnados de mentalidad científica, solo existe aquello que admite una contrastación empírica. Ahora bien, uno puede sospechar que no se trata de eso. Cualquier intento por demostrar la existencia de Dios acaba necesariamente en saco roto. Y no porque la realidad de Dios no sea verificable, sino porque nuestra situación es la de aquellos que, aunque existiera, difícilmente podríamos admitir a Dios como Dios. Un Dios comprobable —un Dios verificable— sería una inteligencia superior o algo por estilo. Pero solo eso. Pues para admitir un Dios como tal, uno tiene que poder verlo como Dios. Y es que, una vez nos hemos hecho mayores —una vez el mundo se ha independizado de Dios—, papá ya no puede seguir siendo el papá de nuestra infancia, sino un hombre como los demás, al que le debemos la vida, sin duda, pero con sus debilidades, sus miserias. Un vez papá se hizo hombre ya no cabe volver atrás.
Gott ist tot
abril 22, 2015 § Deja un comentario
Dios ha muerto, dijo Nietzsche y estaba en lo cierto. Lo que no dijo es que Dios murió por compasión hacia los hombres.
Nietzsche 3: el superhombre y la civilización técnica
abril 20, 2015 § Deja un comentario
La época de la muerte de Dios, decíamos, es la época en la que el hombre será superado, en tanto que la muerte de Dios supone en cierto modo la muerte del hombre. Pues los hombres no podemos vivir sin darle un sentido a la vida y Dios es, por definición, la fuente de todo posible sentido. Aquí no vale decir que los hombres, de hecho, podemos apañarnos sin Dios o, mejor dicho, sin el Dios del cristianismo. Pues, lo que único que deben preguntarse quienes prescinden del Dios de la tradición es qué Dios —qué ideal— han puesto en su lugar. Humanamente no podemos admitir una vida que no deba, de algún modo, realizar un ideal, sea, pongamos por caso, el de la transformación moral del mundo o el del amor verdadero de las películas románticas. Un Dios siempre juzga nuestra existencia desde el más allá de la mera vida. Así, fácilmente decimos que nuestra vida vale la pena, si realiza, aunque sea aproximadamente, lo que creemos que vale en verdad. Y lo que vale en verdad siempre se encuentra, de algún modo, por encima de nuestras cabezas. La época de la muerte de Dios es la época en la que Dios ya no tiene cabida como realidad incuestionable y, por eso mismo, Dios solo puede darse como ilusión, como espejismo. Y por eso nuestras ilusiones son la otra cara del nihilismo. Quien vive de sus espejismos —quien vive con ilusión— no refuta el nihilismo, sino que lo confirma. De ahí que la época de la muerte de Dios sea también la época de la transvaloración de los valores, la época en la que ya no cabe ningún valor. Nada en realidad detrás de nuestras grandes palabras.
La figura del superhombre, como es sabido, es la figura de la superación de lo humano. El superhombre no se resigna a una vida sin sentido, sino que, por decirlo así, la abraza. El superhombre quiere la nada. Es así que Nietzsche dice que el nihilismo del superhombre es positivo y no la manifestación de una vida resignada a la falta de valor. Su vida es la expresión de la vida más desnuda, la vida que se realiza como voluntad de poder. La voluntad de poder no quiere otra cosa que vencer. Un límite, para la voluntad de poder, está ahí para ser superado. Una vida no sujeta a un ideal que deba ser realizado —una vida sin metas— es una vida que avanza devorándose a sí misma, una vida que se despliega bajo el principio de que lo que puede hacerse, debe hacerse. Este principio es, de hecho, la inversa de aquel que sostiene una civilización moral, aquel que sostiene, precisamente, que no todo lo que puede hacerse, debe hacerse. El superhombre se toma la vida como un juego. Su existencia es, podríamos decir, dionisíaca. El superhombre es capaz de danzar frente a las cámaras de gas. Así, podemos imaginarlo diciéndoles a los que serán gaseados, que no importa morir ahora que de aquí diez, veiente años. Desde la óptica de un tiempo infinito, todos morimos al mismo tiempo.
En este sentido, podemos decir que la muerte de Dios supone la desaparación de aquellos límites que, en tanto que sagrados, circunscriben la vida humana. De hecho, la humanidad del hombre se define en relación con dichos límites. El hombre no puede traspasarlos sin poner en juego su humanidad. Es por eso que fácilmente comprendemos dichos límites como trascendentes, mejor dicho, como aquellos impuestos por la voluntad de Dios. Así, la muerte, pongamos por caso, sería no solo un límite físico, sino también, y quizá deberíamos decir sobre todo, moral. Pues el hombre es el animal que se enfrenta a su propia muerte, el animal que sabe que va a morir. En tanto que impuesta por Dios, la muerte constituye un límite infranqueable, un non plus ultra que el hombre en modo alguno debe traspasar… aunque pudiera. Por eso, donde Dios ya no tiene cabida —donde ya no hay temor de Dios—, el hombre difícilmente podrá resistir la tentación de cruzar el umbral que lo define, delimita. En el momento en que se dé la posibilidad de hacerlo —y hoy en día esta posibilidad está técnicamente a nuestro alcance—, lo hará. La época de la muerte de Dios es, en definitiva, la época en la que el principio de la vida moral —no todo lo que puede hacerse, debe hacerse— es sustituido por el principio que rige una vida sin metas: lo que puede hacerse, debe hacerse. Pues, como decíamos, un límite es, desde la óptica de la voluntad de poder, aquello que debe ser superado. Es así que la verdad científica se revela como la otra cara del nihilismo. La verdad científica, en tanto que presupone que no hay nada esencialmente sagrado o intocable, comprende cuanto existe como susceptible de ser modificado. Desde el punto de vista de la verdad científica, todo —incluso el cuerpo del hombre— deviene un simple objeto, algo susceptible de ser manipulado técnicamente. Por consiguiente, si es posible por ejemplo, retrasar indefinidamente el envejecimiento celular —si es posible diferir el momento de la muerte—, entonces tarde o temprano se retrasará. Más allá de la figura retórica del superhombre, Nietzsche tiene razón. Y es que si es posible diseñar un hombre no sujeto al límite de la muerte, se diseñará. Ahora bien, un hombre «inmortal», ciertamente, ya no será uno de los nuestros. El hombre sin Dios —el hombre no sujeto al temor de Dios— difícilmente podrá seguir siendo simplemente un hombre. En este sentido, no es casual que el mito de Drácula —o el de Fausto— sea el mito por excelencia de nuestra época. Pues el precio que Drácula o Fausto tuvieron que pagar para ser inmortales es, precisamente, el de la pérdida del alma. De ahí que Nietzsche afirme que la muerte de Dios va con la del hombre.
esto de la relación con Dios
abril 18, 2015 § Deja un comentario
Dios no es algo que se encuentre ahí a la espera del descubrimiento del hombre. Los teólogos suelen decir, con razón, que la realidad misma de Dios posee un carácter relacional. Ahora bien, no me parece que debamos entender este carácter como si se tratara de relacionarse con algo-ahí. No nos relacionamos con Dios como quien se relaciona, pongamos por caso, con su perro. La relación con Dios no se añade a la realidad de Dios, sino que de algún modo la constituye o, mejor dicho, la determina. En sí mismo, Dios no es nada. O, por decirlo en teológico, Dios es, en sí mismo, el misterio, la incógnita de Dios. Por eso, podemos atrevernos a decir que Dios no se hace presente —no se determina— sin la respuesta del hombre. Es la respuesta a la demanda infinita de Dios, aquella que nace del clamor de los sin Dios, la que realiza la posibilidad de Dios. De ahí que el cristianismo diga que Dios se revela, precisamente, en Jesús de Nazareth. Pues fue su fidelidad a la llamada de Dios —su obediencia, su fe— la que hizo posible a Dios, en definitiva, que Dios pudiera tener lugar entre los hombres. Y todo ello, precisamente, sin Dios mediante, esto es, bajo la ocultación, la desaparación de Dios.
el cuento del amor romántico
abril 17, 2015 § Deja un comentario
El amor romántico —el encuentro de las almas— es un mito o, mejor dicho, una excepción. Los amantes siempre se encuentran fuera del mundo. De hecho, una relación —cualquier relación— acaba siendo con el tiempo una relación de dominio, a menos que se trate de una relación meramente contractual entre iguales. Pero una relación contractual no es, propiamente, un vínculo. Nadie ama a su cliente (o al menos no lo ama por ser su cliente). Así, uno es el fuerte y otro el débil; uno, el amo y otro, el esclavo; uno, el cautivador y otro, la víctima. De ahí que el destino del amor romántico —o quizá deberíamos decir el mejor destino— sea la separación, la emancipación de la víctima. Ahora bien, es ese destino —esa separación— la que hará posible, precisamente, el amor. Pues, es aquí que al amo se le abre la posibilidad de la redención. Y es que solo en el momento en que la parte débil se ha liberado de su influjo, el amo puede reconocer cuánto le debe a su víctima, a su sacrificio. Le debe de por vida su manutención. Probablemente el amo solo pueda reconciliarse con su víctima —amarla— poniéndose en sus manos. La separación es, por tanto, el precio que el amante tiene que pagar para poder realizar la promesa de los orígenes. La vida es, sencillamente, así.
presentación del libro del Oriol Quintana: filosofía para una vida peor
abril 17, 2015 § Deja un comentario
De entrada una confesión: he disfrutado, y mucho, con la lectura de este libro. No se trata de un elogio gratuito. A los que llevamos unas cuantas lecturas sobre la espalda, no da mucha pereza ponernos a leer «novedades». Como si todo ya hubiera sido escrito. Sin embargo, el libro de Oriol tiene un innegable interés. Por el tema y por cómo esta contado. El tema interesa de por sí. Se trata del viejo tema acerca de cómo hemos de vivir, de encarar la vida que nos ha tocado en suerte. Y está contado —escrito— tal y como es Oriol: con un cierto desenfado. Y con unas buenas dosis de ironía también. Es, en definitiva, un libro inteligente.
El libro nace con voluntad polémica. El libro pretende ser, por tanto, provocador (y su carácter provocador ya está presente en el mismo título): filosofía para una vida peor. Se trata de un título desconcertante. ¿Acaso la filosofía no apunta al saber vivir y, por consiguiente, a la felicidad? ¿Acaso la filosofía no promete una vida mejor, más elevada? ¿No escribió Platón aquello de que una vida reflexionada posee más valor? En cualquier caso, su intención es claramente desmitificadora, tal y como tiene que ser conforme a la tradición del pensamiento occidental. Toda palabra significativa, de hecho, siempre se dirige contra alguien. Y ese alguien, en este caso, es el escritor de libros de autoayuda, aquel que tiene una solución, una receta al problema de la existencia. El presupuesto de quien escribe un libro de autoayuda es, como sabemos, el no hay límites. Pienso en el clásico libro de Josef Ajram… Un límite, para el hombre de éxito se encuentra ahí para ser superado. Pero lo cierto, y lo subrayo, es que límites, haberlos haylos. Y muchas veces se imponen con dolor, mucho dolor. Vivir sin aceptar que al final nos iremos con las manos vacías es, en definitiva, no vivir o, mejor dicho, vivir como un idiota (y un idiota, literalmente, significa ser incapaz de salir de uno mismo). El viaje que nos propone Oriol es una viaje hacia una mayor lucidez. Al menos no nos trata de idiotas, cosa que agradecemos.
A mí me parece que todo esto está en la línea de, por ejemplo, un Epicuro (aunque no tengo claro si Oriol estaría de acuerdo conmigo). ¿Qué decía Epicuro? Pues que los dioses no quieren saber nada de nosotros y que al final todo termina con la muerte. Se trata, en definitiva, de tomarse en serio la vida, de encara la vida sin ilusiones, en el doble sentido de la expresión (una ilusión es también un espejismo). ¿Y en qué consiste tomarse en serio la vida? Pues en encarar, por decirlo rápidamente, nuestra situación de animales inermes, indefensos, en definitiva, la muerte. De hecho, todos sabemos que nos vamos a morir. Pero vivimos como si fuéramos eternos. Hasta que el médico nos dice que nos quedan pocos meses de vida. Podríamos decir que es entonces que la vida comienza en verdad. Ahora bien, solo quien acepta que vivimos dentro de un plazo posee un sentido del presente. Para quien sabe que quizá mañana está muerto, un día más es un milagro. Carpe diem. Así pues, diría que el libro del Oriol no es tanto un alegato contra la superficialidad de la mentalidad happy —que también— como un alegato contra la vanidad de la mayoría de nuestras pretensiones. En este sentido se trata de un libro espiritual. Como el Eclesiastés, salvando las distancias.
En este sentido, podríamos decir que el recorrido que nos propone Oriol constituye una especie de fenomenología del espíritu, una travesía hacia una vida que es consciente de sus limitaciones y que, por eso mismo, sabe tomarse en serio. El saber vivir no consiste, por tanto, en suprimir las limitaciones de la existencia, en alcanzar algo así como las mieles de una vida prometeica, sino en aceptar no solo las rugosidades de la cotidianidad, sino también su dureza. En encararlas con valor. Está en juego no solo nuestra madurez, sino también la posibilidad de una cierta dicha. Solo por estímulo que supone su lectura —el estímulo que nos incita a leer los autores que comenta—, el libro ya vale la pena.
Con todo, me atrevería a añadir una nota al pie. Y es que tomarse en serio la vida no pasa solo por encarar la muerte, la limitación, nuestro carácter inerme, sino también, y cristianamente quizá deberíamos decir sobre todo, la muerte injusta de tantos hombres y mujeres, el sacrificio de las víctimas de la Historia. No responder a su clamor es morir en el interior de nuestra posición de confort, como suele decirse ahora. Nadie dijo que la felicidad del hombre satisfecho fuera el último horizonte de la existencia. Pero un libro, ni siquiera un buen libro como el que comentamos, no puede tocar todos los palos. Valgan estas pocas palabras como introducción. Mejor dicho, como una introducción entusiasta, si es que Oriol me permite un cierto entusiasmo.
Nietzsche 2: perspectiva y verdad
abril 13, 2015 § Deja un comentario
La crítica de Nietzsche a la religión, a pesar de las apariencias, no sigue el patrón de una crítica ilustrada. Nietzsche no proclama la muerte de Dios como si dijera que ahora nos hemos dado cuenta de que Dios nunca existió o que Dios no era más que una proyección del hombre. Nietzsche no dice que los antiguos se equivocaban cuando creían ver la presencia de un Dios en lo que, de hecho, no era más que la erupción de un volcán o un pedrusco caído del cielo. Dios no fue una entelequia del espíritu humano. Dios fue en verdad. Esto es, hubo Dios. Y por eso Nietzsche puede proclamar, más allá de la retórica, la muerte de Dios, pues solo un Dios vivo puede morir. Ahora bien ¿cómo podemos decir que Dios existió en verdad? ¿Cómo puede un Dios morir? De lo que se trata, en último término, es de la verdad, mejor dicho, de lo que entendemos por verdad. ¿De qué hablamos, pues, cuando hablamos de la verdad?
Según Nietzsche, no hay algo así como un mundo objetivo, una serie de hechos indiscutibles en relación con los cuales, nuestras ideas, nuestras representaciones del mundo, puedan ser verdaderas. De hecho, no hay un único mundo, sino múltiples mundos. Cada época —cada cultura— es un mundo. Un mundo es un sistema de representaciones, las cuales dependen en último término de lo que en ese mundo se da por descontado, esto es, de sus prejuicios. Cada mundo es una perspectiva del mundo. Ahora bien, no hay algo así —a diferencia de lo que decía Platón— un mundo en sí, un mundo objetivo con respecto al cual los diferentes mundos o culturas se revelan como perspectivas. Cada mundo tiene, pues, sus verdades. Veámoslo con un ejemplo.
Supongamos que ponemos un billete de cien euros sobre la mesa. Es obvio que eso es, para nosotros, un billete de cien euros. No vemos un papel al que le damos una especial importancia, sino dinero contante y sonante. Sin duda, sabemos que ese billete esta hecho con papel. Pero no es un simple papel. O, por decirlo de otro modo, nosotros no podemos ver ese billete como un simple papel. Supongamos ahora que un aborígen del Mato Grosso, uno que aún no hubiera entrado en contacto con el «hombre blanco», estuviera junto a nosotros. ¿Qué vería? Evidentemente, no podría ver un billete de cien euros, sino simplemente un trozo de papel. A medida que se fuera familiarizando con nuestra cultura, llegaría a saber que se trata de un trozo de papel al que nosotros le damos una gran importancia. Pero seguiría sin poder ver dinero encima de la mesa. Más aún, probablemente vería nuestra relación con ese trozo de papel como una relación supersticiosa. En efecto, nosotros creemos que ese trozo de papel posee determinados poderes, pues, entre otras cosas, es capaz de doblegar la voluntad de los hombres. Vería que nosotros dedicamos buena parte de nuestra vida a acumular papeles. Que depende de cuántos papeles tengamos, somos más o menos felices. Que enloquecemos cuando dejamos de tenerlos o, como suele decirse, nos quedamos sin blanca. Vería, en definitiva, que nosotros adoramos el dinero. Ese aborígen podría decir, perfectamente, que nosotros vivimos en el error: que tomamos lo que no es más que un trozo de papel como si poseyera propiedades mágicas o espirituales. Ahora bien, lo cierto es que nosotros no estamos equivocados (aunque el aborígen tampoco, al ver ese billete de cien euros como un simple trozo de papel). Eso que hay encima de la mesa es, en verdad, dinero. Pues bien, lo que acabamos de decir con respecto al billete de cien euros podemos trasladarlo a la antigua creencia en dioses. De hecho, los antiguos no creían en Dios, sino que lo daban por descontado como nosotros damos por sentada la existencia de dinero. Así, quien hoy en día dijera que cree en la existencia del dinero, regaría, como suele decirse, fuera del tiesto. Los antiguos, por tanto, no creían equivocadamente que todo estaba llenos de dioses, por decirlo a la manera de Tales de Mileto. Veían la presencia del dios de turno del mismo modo que nosotros vemos un billete de cien euros encima de la mesa y no un simple trozo de papel. Que nosotros digamos que los antiguos eran unos supersticiosos —que nosotros no podamos ver su visión de otro modo que como una superstición— es un síntoma, no de que estemos más cerca de la verdad que ellos, sino de que nuestro mundo no es el suyo.
Por eso, según Nietzsche, la cuestión de la verdad no es simplemente la cuestión de qué hechos pueden hacer verdaderas nuestras visiones o afirmaciones sobre lo que es el caso, sino la cuestión de para qué mundo es tal o cual afirmación verdadera. Ciertamente, desde la óptica de un determinado mundo, sigue siendo pertinente la distinción entre lo verdadero y lo falso. En la Antigüedad, uno podía estar equivocado a atribuir a un dios lo que no era más que casualidad. Ahora bien, cualquier distinción entre lo verdadero y lo falso se apoya sobre una serie de verdades indiscutibles, aquellas que constituyen los prejuicios, los presupuestos que, en tanto que se dan por descontado, definen una perspectiva del mundo o, lo que viene a ser lo mismo, un mundo. Y en la Antigüedad lo que se daba por descontado —lo que no era objeto de discusión— era, precisamente, que había un más allá, una trascendencia. Todo era visto desde esta óptica. Por eso, cuando veían caer un meteorito no veían simplemente la caída de una piedra, sino un signo del cielo. No podían ver otra cosa. Y eso era en verdad un signo del cielo. Ahora bien, lo que se deduce de lo anterior es que no hay algo así como un progreso con respecto a la verdad. Hay tanta verdad hoy en día que antiguamente, por decirlo así. Ciertamente, cabe el error. Es posible que, dentro de una determinada cosmovisión —dentro de una determinado sistema de creencias—, nos equivoquemos. Podemos creer que el billete que hay encima de la mesa es dinero, cuando en realidad es un billete del Monopoly. Ahora bien, reparar el error no supone necesariamente cambiar la perspectiva desde la cual se observa el mundo. Así, los antiguos podían equivocarse con respecto a un determinado oráculo. Cabía la posibilidad de que el oráculo no hubiera acertado a la hora de interpretar los signos del más allá. Pero ese error no ponía en cuestión la verdad fundamental del mundo antiguo, a saber, que existían los dioses y que estos se comunicaban con los hombres. AsÍ, podemos progresar en nuestro conocimiento del mundo, sin duda, pero siempre dentro de un determinado sistema de creencias. De ningún modo podemos decir que nuestro sistema de creencias —nuestro mundo— esté más cerca de la verdad que el sistema de creencias del mundo antiguo.
En cualquier caso, la cuestión de la verdad es la cuestión de a quién sirve la verdad, qué interés representa. No hay, por tanto, verdad inocente. En efecto, un mundo —una cultura— no es solo un sistema de representaciones, sino un sistema de representaciones que constituye la expresión de una relaciones de dominio. Recordemos que para Nietzsche, la vida como tal no es más que pura voluntad de poder. Así, el mundo antiguo, el mundo que dividía el cosmos en dos ámbitos, el del más acá y el del más allá, era un mundo al servicio, por decirlo así, de la casta sacerdotal. En cambio, el mundo objetivo de nuestros días, el mundo en donde las cosas no son más que cosas a nuestra disposición, el mundo en el que ya no hay nada sagrado o intocable, es un mundo al servicio de la manipulación técnica de lo dado, el mundo de la tecnocracia. El mundo, en definitiva, de la superación de lo humano. Pero este será el tema de una próxima entrega.
amables
abril 13, 2015 § Deja un comentario
Las formas lo son todo —o casi todo. En concreto, las formas de la amabilidad. Pues la amabilidad nos hace dignos de ser amados (esto es, literalmente, lo que significa la palabra «amable»). Aunque uno podría decir, sin miedo a equivocarse que, de hecho, no es que seamos muy dignos. Pues cualquiera, al fin y al cabo, termina durmiendo con la boca abierta. Aquí, el limpio de corazón, podría decirnos que, en el fondo, somos dignos de ser amados, por aquello de que, en definitiva, no dejamos de ser unos niños. Pero, aparentemente, pesa más lo desgradable que hay en nosotros, la torpeza, el mal aliento, la falsedad. De ahí, lo dicho: las formas lo son todo —o casi. Pues, si el limpio de corazón está en lo cierto, solo las formas nos permiten linkar a lo intacto que hay en nosotros.
God is dead
abril 13, 2015 § Deja un comentario
Dios ha muerto. De acuerdo. La cuestión es qué tenemos en su lugar. Y, en principio, solo caben dos posibilidades, ambas igualmente espectrales: o bien tenemos el espíritu (de Dios), o bien una ilusión, un espejismo, una imagen de Dios.
ciencia y religión
abril 12, 2015 § Deja un comentario
La sensibilidad religiosa, hoy en día, o al menos la más progre, cree sin ningún rubor que es posible sustituir a Dios por algo más allá. Y, ciertamente, es posible que la cosa no termine con la muerte: que existan, en definitiva, otras dimensiones, otros niveles de conciencia que ni siquiera podemos atisbar. Ahora bien, eso ya no sería religión, sino en cualquier caso conocimiento, esto es, ciencia. Pues, quien se encuentra cabe Dios, no puede afirmar que Dios exista. Y es que, parafraseando a Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. Un creyente, de hecho, no se sitúa ante un dato, por muy espectral que sea, sino ante una ausencia fundamental, eterna.
no hay infierno
abril 11, 2015 § Deja un comentario
La negación del infierno es, por sí sola, un síntoma de la situación en la que se encuentra el cristianismo. Negar el infierno es negar que haya una condena eterna. Es así que quienes niegan que haya infierno, niegan que haya juicio o, mejor dicho, un Juicio final. Todo el mundo es, por tanto, bueno. Hitler y Romero comiendo en la misma mesa celestial. Ciertamente, Dios quiere que todos se salven, por decirlo a la manera de Pablo. Pero no parece que los hombres estemos por la labor. Es verdad que nos cuesta imaginarnos un mundo en llamas perpetuas. Pero que no podamos tomarnos en serio la imagen, esto es, que solo podamos ver una imagen y no aquello a lo que apunta, es un síntoma, como decíamos, del hecho de que ya no nos hallamos sujetos a la realidad de Dios. Ahora bien, si nada nos juzga —si la interrupción del pobre con el que Dios se identifica ya no nos pone en la situación de quien le debe una respuesta—, entonces difícilmente podremos evitar la deriva hacia el nihilismo. Pues nihilismo significa que, en definitiva, da lo mismo un Hitler que un Romero. Por eso el cristianismo del buen rollo está más cerca del nihilista que de aquel que dijo que, en los días finales, separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.
el síndrome de Estocolmo
abril 11, 2015 § Deja un comentario
Si el creyente es aquel que cree que su vida depende por entero de Dios, entonces la relación del creyente con Dios podría comprenderse en los términos de un síndrome de Estocolmo, según el cual, la víctima acaba amando a su secuestrador. Por eso, que Dios pueda amar al hombre es algo que cualquiera que tenga una mínima idea de lo que significa originariamente la palabra «Dios» no puede dar por descontado. De ahí que Dios tenga que sacrificarse para demostrar el amor que siente hacia su criatura. Un Dios que permanezca en las alturas —un Dios que no haya caÍdo en picado sobre una cruz— sigue siendo, en cierto modo, un Dios culpable, un Dios cautivador.
