un viaje alucinante

mayo 17, 2020 § Deja un comentario

El que alucina no alucina mientras alucina. Sobre todo, si de repente ve cosas que nadie más ve, esto es, si antes no ha tomado una dosis de peyote o LSD. Hasta los fantasmas huelen. Es después que podrá decirse a sí mismo que ha sufrido una alteración de la conciencia. Ahora bien, si puede decírselo es porque lo visto no encaja en los presupuestos de su mundo, aquellos que deciden qué puede admitirse como hecho. Nuestro punto de partida hoy en día es que no puede haber otro mundo. Si nuestro prejuicio fuera el contrario, entonces no hablaríamos de una alucinación, sino de una teofanía. Sencillamente, habríamos recibido la visita del ángel. Pero esto es, precisamente, lo que actualmente no podemos decir. No hay hechos químicamente puros, hechos que no estén cargados de a priori —de lo que culturalmente damos por sentado. Y lo que, como modernos, damos por sentado es que no cabe la aparición. Un fantasma, de haberlo, no sería más que un fantasma. Más que nuestra reverencia, impulsaría nuestra curiosidad. Aunque no pudiéramos evitar el estremecimiento inicial. Bastaría con que nos acostumbrásemos a su presencia —bastaría con darlo por hecho— para que se desvaneciera el efecto transcendencia. Donde la sospecha, salvo con respecto a lo medible, se ha incorporado al sentido común nadie puede, sensatamente, seguir confiando en su experiencia. La sensaciones intransferibles no constituyen la medida de la verdad. De ahí que se entiendan como un simple asunto interno. No es casual que ciencia y nihilismo vayan a la par.

teoría del lenguaje

mayo 16, 2020 § Deja un comentario

Para muchos de los que se ocupan de este asunto, el lenguaje humano comienza con la denominación. Necesitamos nombrar las cosas para que, juntos, podamos utilizarlas y, quizá sobre todo, intercambiarlas. Sin nombres no podríamos jugar al balón o tomar un café. Un nombre funciona como una etiqueta. Y aquí la etiqueta se aplica tanto a las cosas como a la acción (en general, un verbo podemos entenderlo como el post-it de una práctica). En este sentido, el lenguaje sería principalmente un instrumento de comunicación social al servicio del uso que hacemos de las cosas. Ahora bien, de ser solo eso, entonces no nos distinguiríamos de los chimpancés. La ruptura con el mundo animal comienza no con los nombres, sino con la cópula —con el verbo ser. Los chimpancés también son capaces de nombrar. Pero, qué sepamos, ninguno se interroga sobre qué significa decir que algo es-ahí. No hay ahí para el chimpancé. La cópula en modo alguno puede comprenderse como un verbo entre otros, no une etiquetas. Por medio del verbo ser, más que denominar, juzgamos. Esto es, con la cópula respondemos a la pregunta acerca de lo que se trata en cada caso. Pues, en realidad, todo se nos muestra confusamente. El amor de una madre, pongamos por caso, ¿es solo amor? ¿Acaso su abrazo no puede también ahogarnos? La decisión que tomamos ¿es justa? ¿O solo nos lo parece? Todo, hasta cierto punto o medida. De acuerdo. Pero necesitamos también decirnos que las cosas son lo que creemos que deberían ser. No podemos soportar caminar sobre el alambre durante mucho tiempo. En el espacio del ni una cosa, ni otra hay demasiada tiniebla. Hablar es, sobre todo, juzgar. Aunque con el juicio no podamos hacer otra cosa que equivocarnos. Difícilmente, el mundo poseería la estabilidad que suponemos que posee —difícilmente, sería un hogar más o menos habitable— de percibir a flor de piel la borrosidad de cuanto sucede. Como arrancados, buscamos la solidez a la que apunta la palabra ser. Pues, al menos sobre el papel, nada es que no permanezca. De ahí que cuando el Sócrates de turno pregunta si acaso sabemos de lo que estamos hablando, todo se tambalee (y de paso, nosotros). El lenguaje común, al fin y al cabo, antes que un instrumento es un trampantojo —y un trampantojo que responde a una exigencia, en el fondo, moral.

el alien y el poeta

mayo 14, 2020 § Deja un comentario

Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego, escribió el Maestro Eckhart. Por su parte, Paul Celan añadirá, siglos después, una glosa: ciégate para siempre / también la eternidad está llena de ojos. ¿Cierto? Sin duda. Aquí hay verdad, aunque de hecho la eternidad no sea un saco repleto de glóbulos oculares. Solo como ciegos percibimos la presencia del alien —de una genuina alteridad. Pues en esto consiste la aparición: en ser vistos —o tocados— por quien no podemos ver. Nuestra mirada siempre estuvo al servicio del dominio de lo extraño. Al menos, en tanto que nos permite mantener la distancia de seguridad. No es casual que ni el tacto ni la escucha sean objetivos. Únicamente, la visión puede serlo. Como tampoco lo es que la palabra teoría proceda de la palabra theos (dios en griego). En la teoría alcanzamos a ver las cosas como pueda verlas la divinidad. La visión reduce la presencia a objeto de la experiencia. Así, decimos espontáneamente ahora lo sé, ahora lo veo —y no, ahora lo sé, ahora lo escucho. El grado cero de la presencia no se encuentra en la visión —a menos que contemplemos lo que hay con los ojos del asombro—, sino en el tacto y la escucha. Sin embargo, el tacto y la escucha solo devienen puros en la oscuridad. Ante el alien —ante aquel que aún no hemos logrado reducir a imagen— inevitablemente nos encontramos en una posición vulnerable. La aparición propiamente no deslumbra. Provoca, más bien, nuestro temblor y temor. Un alien tanto puede abrazarnos como devorarnos. Es una voz —un tacto— en medio de la noche. Estamos, sencillamente, en sus manos. No hay experiencia de la alteridad que no implique indefensión. Y todo es alteridad para el ciego. De ahí que nadie puede preferir para sí mismo habitar en la oscuridad. Lo preferible es saber a qué atenernos, ver el mundo como si fuéramos un dios. Pero nadie dijo que seamos lo que preferimos ser.

Dios es Dios

mayo 12, 2020 § Deja un comentario

Con respecto a Dios —Heidegger diría con respecto al Ser—, de entrada no cabe ir más allá de la tautología. Inicialmente, de Dios no hay descripción que valga —no cabe su reducción a concepto. Y por eso mismo tampoco hay un referente —un algo en particular, ni siquiera enigmático. Dios es Dios. Hablamos de una docta ignorantia frente a una presencia virginal —de un hallarnos expuestos al puro haber. Aquí todavía no hay fantasmas, sino tan solo un simple, aunque excesivo, il-y-a. Todo es aparición. No es casual que el animismo fuese la primera religión si es que podemos aquí hablar de religión… pues en un mundo donde incluso las piedras posee un alma, no hay partes que religar. En este sentido, el regreso al Ser con el que nos martilleó Heidegger podría leerse, más allá de su retórica, como la necesidad histórica de volver al animismo, por decirlo así.

La cosa cambia cuando convertimos a Dios en un ente entre otros, aunque lo consideremos supremo, esto es, donde hacemos de Dios el referente de nuestra idea de Dios. Y cambia no solo en lo que respecta a Dios, sino también en lo relativo a quiénes somos. Pues el hombre que es capaz de adorar a Dios —de contemplar con los ojos del asombro el milagro del haber, de respetar la distancia de lo sagrado— no es el mismo que el que intenta llegar aun buen trato con un dios concebible. En este caso, el hombre ya ha mordido la manzana. Y quizá fue inevitable que la mordiera si se trataba de incorporar a Dios en el día a día. Pero la incorporación de Dios tiene un precio. Tras su pasión por el conocimiento, el hombre procurará ocupar el lugar del dios incorporado, al fin y al cabo, pretenderá vencerlo. El olvido del Ser, por seguir con la jerga de Heidegger, va con la voluntad de dominio y, por ende, con la transformación del mundo en objeto de la técnica —y la religión, como rito, no deja de ser un método. La historia comenzó con la magia. El exceso de Dios es, para el caído, tan solo circunstancial, por no decir aparente.

Con la caída —con el olvido del Ser, por decirlo a la Heidegger—, la aparición se convirtió en apariencia. El mundo —y Dios con él—devino representación. Esto es, a partir de entonces, lo primero ya no será el mundo —el hecho de estar ante la extrañeza del puro haber—, sino la idea que nos hacemos del mundo. O en lo relativo a Dios, lo primero no será Dios —nuestra exposición a Dios—, sino nuestra suposición acerca de Dios. Por eso, el conocimiento dependerá de asegurar la verdad de nuestras representaciones de cuanto sucede. Es lo que tiene que la palabra sea, antes que la morada del Ser, un instrumento. Como arrancados de la presencia, dejamos de formar parte. La verdad será, consecuentemente, lo que de hecho pasa, en modo alguno lo que acontece. Y esta verdad no admite testigos, sino especialistas. De ahí que el creyente intente preservar en lo más hondo de sí mismo la memoria de su fragilidad frente al misterio, permanecer en la posición de quien se encuentra a sí mismo desnudo ante lo que le supera. Y lo que le supera, no es el fenómeno extraordinario —en cualquier caso, este sería el índice de una exposición más fundamental—, aunque lo parezca, sino el hecho de que haya presencia. Se trata de una postura, más que de una visión. La fe, antes que creencia, fue —y sigue siendo— un asunto corporal. Únicamente el creyente deja que Dios sea. También, el poeta, aunque sin Dios mediante. Ante el poema no tiene sentido preguntarse y tú cómo lo sabes. Debe ser tal y como ha sido pronunciado. Joven ateniense: sé fiel a ti mismo y al misterio. Todo lo demás es perjurio. Aquí ¿cabe decir algo más? Quien se atreviera a dar su opinión —quien añadiera pues a mí no me parece que todo lo demás sea perjurio— ¿acaso no estaría hablando de sí mismo, de su incapacidad? El poeta desaparece en su obra. No es su logro. En la palabra justa acontece la presencia: es así porque está bien dicho. Algo parecido podríamos decir de los profetas.

Con todo, lo cierto es que no podemos regresar a la posición original, salvo puntualmente. No cabe hacer de la posición creyente una sesión continua. Existimos como arrancados. Y esto se traduce en el hecho de que el mundo no solo es digno de asombro, sino también motivo de escándalo. Luz y oscuridad —bendición y tiniebla— van a la par. Hay noche estrellada —hay paisaje. Pero también, el Gulag. De ahí que, bíblicamente, no se trate de negociar con Dios, ni por supuesto de penetrar en su misterio, sino de hacer lo debido —y luego ya veremos… si es que hay algo que ver. Con respecto a Dios, y teniendo en cuenta que fuimos arrancados de su presencia, la cuestión no es Dios, sino lo debido a Dios. Y lo debido a Dios es la vida que nos ha sido dada, precisamente, por el retroceso de Dios. Ahora bien, por eso mismo, lo debido a Dios es también el tener que preservarla de nuestra impiedad. El don supone un estar deuda, aunque se nos diera porque sí. Acoger lo dado va con el tener que responder. Desde una óptica bíblica, de Dios tan solo escucharemos, de escucharla, una voz —en realidad, un clamor—… que nos invoca a través del llanto de los que no cuentan (y aquí Heidegger no tuvo nada que decirnos). Podemos, sin duda, cultivar el hallarnos en el sentimiento de una presencia. Y es bueno hacerlo. Pero no sin ser conscientes del peligro de forzarlo hasta el punto de hacer de dicho sentimiento una posesión —un estado. En ese caso, el creyente se convierte en un iluminado. Entre una cosa y otra —entre la aparición y el desarraigo, la adoración y el lamento, la gracia y el mandato— anda nuestro estar en el mundo. Y así hasta el final de los tiempos. Quizá no sea anecdótico que Heidegger, en sus últimos años, dijera que tan solo un Dios puede salvarnos. Aunque no deberíamos aquí descartar la ironía.

pregunta trampa

mayo 11, 2020 § Deja un comentario

¿Cómo lo sabes? No lo sé; es lo que soy. Un ciempiés no puede responder a la pregunta acerca de cómo puede coordinar sus cien pies… sin que deje de moverse. La pregunta es, de por sí, paralizante. Hay creencias para comprobar y creencias para encarnar. El problema es que bajo las exigencias del logos terminamos confundiéndolas. Ahora bien, sin la sospecha acabamos siendo, precisamente, unos ciempiés. Y no es esto lo que queremos. Pero con ella nos quedamos sin luz —sin transparencia, sin aparición. La segunda ingenuidad, tan solo puede ser irónica. O sufriente.

equilibrio y lenguaje

mayo 10, 2020 § Deja un comentario

Los griegos decían que el equilibrio entre opuestos es lo que hay, por decirlo así. Que todo es cuestión de medida. Que no hay nada sin mezcla. Que el error consiste en el exceso. Así, es cierto, pongamos por caso, que no hay amor que no vaya acompañado de unas cuantas dosis de celos. Pero al igual que, donde los celos pesan más, el amor se transforma en posesión. Podemos admitir que no es lo mismo amar que desear. Pero sería inhumano un amor que no partiera del deseo —que no lo incluyera en absoluto. Y así hasta que nos cansemos. Por eso, en los asuntos predicativos, el lenguaje es una trampa —o si se prefiere, una simulación. Al menos porque el es del A es B no admite por defecto medias tintas. Es como si el decir fuera un veredicto. ¿Hay amor —belleza, bien…— o no lo hay? Vamos a verlo. Esto es, vamos a decirlo. El lenguaje no acierta con la medida exacta. No puede hacerlo, en tanto que las fronteras entre un hecho y su contrario son borrosas… en la mayoría de los casos. Por eso mismo, la sinceridad tiene que ser irónica. ¿Me amas? Vamos a decir que sí… Pero donde abusamos de la sinceridad el juego se interrumpe. Debemos jugar con las palabras. No hay que tomárselas demasiado en serio. Esto es, debemos seguir con la ilusión, hacer como si el trampantojo fuese real. La ironía solo puede ejercerse impunemente entre amigos… siempre y cuando no apunte a la amistad.

El equilibrio —el en cierta medida o hasta cierto punto— no admite ser cuantificado. De ahí que, por lo común, nos baste con lo que nos parece que es —con lo suficiente. ¿Cuántas dosis de celos podríamos tolerar? No lo sabemos, aunque sepamos que no demasiadas. ¿Cuándo podríamos decir que un vino ha alcanzado su madurez? Aquí es inevitable el más o menos, dentro de ciertos márgenes. ¿Cuántos granos de arena deberíamos quitar para que un montón de arena deje de serlo? Y, sin embargo, no hay equilibrio que sea estable. De ahí que, cuando se tambalea más de la cuenta, nos preguntamos de qué se trata al fin y al cabo. ¿Qué es lo que nos traemos entre manos? ¿Amor o costumbre? ¿Heroísmo u oficio? ¿Bondad o interés? Esto es, tarde o temprano nos veremos empujados a juzgar —a decir de qué se trata en cada caso. Es lo que necesitamos decirnos, aunque no sepamos a ciencia cierta cuál es la respuesta. No podemos soportar demasiada realidad —andar sobre la cuerda floja durante mucho tiempo.

Ahora bien, un juicio siempre se lleva a cabo en nombre de lo que debe ser —en nombre de lo paradigmático o ideal. Por eso, cuanto nos traemos entre manos tiene las de perder. El lenguaje —la predicación— es un juez implacable. Las palabras vienen del cielo. Por eso mismo, siguen estando al servicio de un dios. Y ante la irrupción del un dios, nada se salva. Pues todo se nos da a medias, nunca hasta el final o por entero. No es casual que, como dijera Hegel, donde irrumpe la reflexión no vuelva a crecer la hierba. Como tampoco lo es que la filosofía termine coqueteando con el nihilismo… si es que no lo abraza. Y es que lo que no es por entero —lo que no acaba de ser lo que debiera—, lógicamente no es.

Con todo, podríamos preguntarnos si acaso al someternos a la exigencia del logos no habremos echado por la borda la posibilidad de ver con los ojos de la gratitud cuanto nos ha sido dado. El logos es un arma de doble filo. Es cierto que solo a través de la pregunta por lo que hay más allá de lo que nos parece que hay cabe distanciarse del poder de lo impersonal —de lo que se dice o se hace, al fin y al cabo, de la inercia. Pero también es cierto que en el logos hay una pretensión que no está a nuestro alcance. Para quien no tiene qué comer, un croissant al que le falte un cuerno es un milagro. No, para el niño malcriado. Más bien, lo probable es que lo desprecie: no es lo que debiera. Y aquí, sencillamente, se equivoca. Al menos, porque el retroceso —la ocultación, la des-aparición—de lo real pertenece a la naturaleza de lo real, a su darse o hacerse presente. Porque el no terminar de ser va con lo que debe ser.

si la fe fuera un asunto interno

mayo 9, 2020 § 2 comentarios

Si la fe solo fuera solo cuestión de sentirse bajo el amparo de Dios —o de un percibir intensamente la vida como milagro— ¿acaso no bastaría con una droga de la fe? Si se tratara de vivir a flor de piel la presencia invisible de Dios, ¿no sería suficiente con alterar artificialmente nuestra receptividad para sentir junto al esquizoide que existimos rodeados de fantasmas? El que la fe haya pasado como quien no quiere la cosa a ser un experiencia interior y poco más —algo que se decide únicamente en el territorio infranqueable de la intimidad— nos impide caer en la cuenta de que la convicción del esquizoide es el reflejo especular de la del creyente. Que entendamos las visiones del esquizoide como expresión de una enajenación mental mientras que aceptamos la creencia de muchos en la presencia intangible de algo más como legítima, siempre y cuando se presente como una opción personal, ya es de por sí el índice de una cierta mala fe. La indeterminación actual de la experiencia creyente juega a su favor. Pero al precio de enmascarar a Dios. El esquizoide, en este sentido, estaría más cerca de la experiencia tópicamente religiosa que el creyente de hoy en día. Pues, teniendo en cuenta que no le suelen temblar las piernas cuando experimenta a Dios en su interior —y no necesariamente porque Dios sea terrible—, podríamos decir que en nuestros tiempos el creyente, antes que creer, cree que cree.

Pero no siempre fue así. Originariamente, la fe respondió a la dura realidad. Es verdad que el punto de partida de la fe de Israel —la única creencia que en la época contó como fe— fue la efectividad la intervención divina. En concreto, la liberación de Egipto: tenemos a un Dios de nuestra parte. En este sentido, y puesto que antiguamente los dioses se daban por descontado, la fe, antes que una experiencia íntima, fue un asunto corporal —y por eso mismo, Dios, un ente casi palpable. Luego, la cosas de Dios fueron evolucionando, por decirlo así. La desgracia absoluta —la destrucción del Templo a manos de las tropas de Nabucodonosor— desplazó la trascendencia de Dios de los cielos a un pasado inmemorial. De ahí que dicha trascendencia se hiciera radical. Dios es un Dios que el creyente avant la lettre encuentra esencialmente en falta —un Dios por ver o por-venir. Su realidad es la de una alteridad que perdimos de vista al nacer. Hay, sin duda, luz, milagro, excepción —el hecho de seguir con vida desde el fondo de un cosmos, cuando menos, indiferente. Pero también, horror y oscuridad. Bendición y maldición van de la mano. Por eso, la fe se juega en el territorio de la carne, aun cuando encuentre, ciertamente, un eco —una resonancia— en el corazón del hombre. El creyente, al ser invocado por el clamor de Dios, no puede a su vez dejar de interpelar a Dios —a un Dios que desde el fango de la existencia ni siquiera puede imaginar— con una pregunta fundamental: qué vida pueden esperar quienes murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad. Y aquí no hay saber que valga. Ni siquiera hipotético. En cualquier caso, una fiel confianza en un futuro más allá de la historia. Y ello en nombre, precisamente, de la vida que nos ha sido dada por el repliegue de Dios, y de los pocos gestos de bondad que han habido en medio del infierno. Ciertamente, increíble. Pero lo increíble de la fe no es el síntoma de nuestra ilusión o fantasía, sino de que acaso tan solo lo imposible —lo que el mundo no puede admitir como concebible— sea lo único real.

qué difícil es ser un Dios (y 2)

mayo 7, 2020 § Deja un comentario

En el fondo, anhelamos que un dios —o una diosa— aparezca en nuestras vidas. Mejor dicho, que un dios nos elija. Tan solo un ser extraordinario, se trate de un hombre o una mujer, es capaz de liberarnos de la repetición. Pero un dios no puede amarnos como dios, salvo paternalmente. No somos su igual. Y no es eso, precisamente, lo que queremos —un amor condescendiente. Quizá podamos gustarle —y, por eso mismo, creer que nos ama. Pero lo superior no puede amar lo inferior. Como decían los griegos, el amor, únicamente entre iguales. Para poder amarnos, un dios antes tiene que renunciar a su divinidad —tiene que rebajarse, humillarse, empobrecerse. Dejar de ser un dios. Sin embargo, de hacerlo, no podríamos aceptar su amor —su sacrificio. Más bien, lo despreciaríamos. Por no hablar de colgarlo de nuevo en una cruz.

Agustín

mayo 6, 2020 § Deja un comentario

Con Las Confesiones de Agustín el cristianismo pasa a ser algo muy distinto de lo que fue originariamente. Podríamos decir que, a través de Agustín, Cristo deviene la excusa de una relación privada con Dios. Y de aquí a entender la Encarnación como ejemplificación media un paso. Es conocido el lema de Agustín interior intimo meo —más íntimo que mi propia intimidad. Que luego le añadiese superior summo meo no quita que, de facto, Agustín le encontrase un hueco a Dios en las profundidades abisales del alma. La cuestión es de qué superioridad hablamos. Es cierto que el superior summo meo apunta a un sujeto que no encuentra su raíz en sí mismo. Y esta es, sin duda, la conditio sine qua non de la experiencia religiosa. Pero no me atreveria a decir que sea igual decir que la raíz de la que fuimos arrancados —o si se prefiere, separados— sea un ente superior que un Dios esencialmente extraño o enteramente otro —un Dios que no es aún nadie sin la fe del hombre. El primero exige un saber —aunque se trate de un saber que transforma el alma. El segundo, una respuesta. De hecho, cristianamente la superioridad de Dios es paradójica: aquel en cuyas manos estamos no es el dios que nos fascina con su poder, aun cuando se trate del poder del amor, sino un Dios-lumpen  —un Dios que despreciamos como un resto de hombre. Y no parece que Agustín dijera esto último. Aunque le moviese la caridad.

En cualquier caso, hasta el momento, a nadie se le había ocurrido hacer de Dios un dato de la interioridad. Al menos con la contundencia con la que lo hizo Agustín. Y no porque con anterioridad los hombres y mujeres de fe creyeran que Dios permanecía en las afueras del corazón humano. De hecho, como dijeron los profetas, solo Dios es capaz de alcanzarlo hasta transformarlo en un corazón de carne. Pero bíblicamente, Dios llega a la interioridad del hombre desde el exterior, en realidad, desde una exterioridad inalcanzable. El corazón de uno tiene que dejar de latir para seguir latiendo a través del corazón de los que no cuentan. Desde una óptica bíblica, en lo más profundo no hallamos la luz, sino el vacío en el que resuena el clamor de los excluidos como el clamor mismo de Dios. O mejor dicho, la luz que pudiéramos hallar —la que nos mueve a la gratitud— no termina de iluminar la oquedad donde resuena dicho clamor. Y esto no es, ciertamente, lo que leemos en Agustín, aun cuando él sea muy consciente de que nacemos y vivimos como alejados de Dios. Dios, en la obra de Agustín y otros Padres de la Iglesia, antes que voz, es verdad o, si se prefiere, summa re. Literalmente, in interiore homine habitat veritats. Y donde Dios es comprendido como summa re el hombre tarde o temprano termina liberándose de Dios, mejor dicho, de su juicio o interpelación. Ciertamente, para Agustín, Dios no es un algo, sino un alguien. Pero un alguien que llama al hombre desde el fondo de su alma, para encontrarse de nuevo con él, no aquel cuyo modo de ser depende de la respuesta del hombre a su invocación —no el Dios que se pone en manos del hombre para llegar a ser el que fue, el Dios que, como Padre, siempre permanecerá más allá del Hijo con el que se identifica.

No es casual que, al comprender la interioridad como el lugar del encuentro con Dios, Agustín plante la semilla del sujeto moderno. En este sentido, el cogito cartesiano es heredero del si enim fallor, sum de Agustín. La diferencia entre Descartes y Agustín pasa por que el primero, en su propósito de alcanzar una primera certeza, no da a Dios por descontado. Y esta diferencia en modo alguno es anecdótica. Pero, sea como sea, lo cierto es que para ambos lo que decide la relación con Dios no es ya el culto, sino la introspección. Así, con la obra de Agustín, la confesión cristiana deja atrás su dimensión pública o corporal. Pues en un principio el carácter confesional de la fe se resuelve ante aquel que, habiendo sido abandonado incluso por Dios, nos interroga acerca de su identidad: y tú quién dices que soy. Leyendo Las confesiones uno no puede evitar la impresión de que, con ellas, el crucificado ha sido puenteado. Como si para llegar a Dios, bastase con bucear. Y no me atrevería a decir que los evangelios vayan por ahí. Aunque añadamos, empleando un lápiz más fino, que tendríamos que sumergirnos hasta donde ya no pudiéramos respirar.

diálogo entre amantes

mayo 5, 2020 § Deja un comentario

Un hombre y una mujer, tras intimar a las pocas semanas de conocerse.

Ella— te quiero… (susurrándoselo al oído)

Él— es posible…

Ella— no. Es así como lo siento.

Él— quizá sea pronto… Todavía no has visto mi lado oscuro… (guiño)

Ella— sí que lo he visto: roncas. Pareces tan frágil… (acariciando su rostro)

Él— este aún no es mi lado oscuro. Lo será cuando mis ronquidos te den asco… (otro guiño)

de Dios y los árboles

mayo 4, 2020 § Deja un comentario

Un árbol está-ahí. Un piedra está-ahí. Pero el estar no está. Más bien, por todas partes y en ninguna. Pero este no es un asunto espiritual, sino acaso lingüístico. Lo espiritual comienza con la ausencia de un quién —con su eterno por-venir. No hay esperanza sin memoria: recuerda que naciste como arrancado.

pura sangre mesiánica

mayo 3, 2020 § Deja un comentario

Ayer vi, por segunda vez, el remake que hizo Antoine Fuqua del clásico Los 7 magníficos. Un excelente western. También un buen buddy film. El argumento es simple: hay un malo muy malo que pretende apropiarse de las tierras de unos pobres campesinos. Estos recurrirán a una especie de cazarrecompensas —un digno Denzel Washington— que llega casualmente al pueblo para llevar a cabo un trabajo. Tras resistirse en un primer momento, se dejará convencer por una mujer valiente para que les libere del opresor —busco justicia; pero acepto venganza, le dirá. El cadáver de su esposo, asesinado por el malo, aun está caliente. Muy bien. La primera parte del film consiste en reclutar a unos cuantos derrotados por la vida —un antiguo soldado de la confederación, un viejo comanchero al que ya no le quedan cabelleras que cortar, un pistolero alcohólico, un chicano en busca y captura, un indio desterrado por su tribu… Nosotros somos los gigantes que limpiamos el Mal de la tierra, serán las palabras finales del viejo —y bruto— comanchero. Todos ellos son ruinas de sí mismos. Como si su misión fuera una última oportunidad de redención. El resto uno ya se lo puede imaginar. Mito puro y duro.

De vez en cuando, hay que ver películas de este género, todas cortadas con el mismo patrón, para vivir a flor de piel lo que significa la esperanza de los desesperados. Sencillamente, Sam Chisolm, el protagonista, es el Mesías. No se sabe de dónde viene ni adónde se dirigirá tras haber instaurado el Reino. El héroe tiene que partir, desaparecer tal y como apareció. Sería ridículo que echara raíces y fundara una familia: no es de este mundo. Es un enviado. Aunque sea un hombre —y un hombre con un terrible pasado— no es como los demás. Los que no cuentan difícilmente pueden esperar otro milagro que el que realiza —y duramente— un hombre-dios que está, de manera sorprendente, de su parte. Sin embargo, también hay que ver este tipo de westerns, para caer en la cuenta de lo que sería un western cristiano. Basta con imaginar que el malo gana —que el héroe y su pandilla son, finalmente, ahorcados. Los campesinos no podrían evitar la impresión de que su héroe era un fake —esta fue, de hecho, la primera convicción de los discípulos del crucificado. Volvemos a la eterna repetición de lo mismo. Simplemente, gana el que carece de piedad. Pues bien, si en los minutos finales se añadiera una escena en la que el mesías resucita con un poder sobrehumano para poner a cada uno en su lugar ¿acaso, como espectadores, no tendríamos la sensación de que se trata de un añadido de la productora? ¿Acaso no estaríamos ante el típico final feliz que no cuadra con la historia que se nos contó, y cuyo objeto es dejar al público con un buen sabor de boca? Dicho final, ¿no sería, por eso mismo, increíble? Los críticos gafapasta probablemente se pondrían a silbar, preguntándose, de paso, qué se habrían fumado los guionistas. Ya lo dijo Pablo: si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. Y esto está muy cerca de decir que la fe es un despropósito.

De ahí que el cristianismo de hoy en día haría bien en plantear de nuevo —y en serio— la cuestión sobre el significado de los relatos del resucitado. Al fin y al cabo, de qué hablamos cuando hablamos de la resurrección. Puede que la respuesta nos obligase a admitir que, aun cuando la resurrección como dato ya no pueda valer para nosotros, sí sigue valiendo lo que la resurrección reveló en su momento, a saber, que no hay otro Dios que el que se descuelga —y se descuelga porque lo descolgamos al responder a su provocación. Que solo porque hubo quienes regresaron con vida del infierno —y ofreciendo un inaceptable gesto de bondad— podemos esperar que el verdugo no pronunciará la última palabra. Aunque nos cueste creerlo —y aunque no fuera eso lo que esperábamos de buen comienzo. O por eso mismo. Ahora bien, porque dicha revelación lo forzaría a abandonar lo que se entiende espontáneamente por divino, no parece que el cristianismo esté por la labor. Demasiados años de religión sobre sus espaldas como para dar marcha atrás. Con todo, y por suerte, seguimos sin tener ni idea del porvenir. El futuro, desde los ojos la fe, siempre se declinó en imperativo, y no en los modos de una expectativa razonable.  

obras públicas

mayo 2, 2020 § Deja un comentario

Al final, solo nos quedará el andamio, un permanecer calladamente junto a lo que se nos dio y no supimos conservar. Puede que haya más verdad en mantener las formas que en el sentimiento. Aunque tampoco quepa mantenerlas antes de tiempo. Ya lo dijo Qohélet: hay un tiempo para cada cosa. Y aquí, aunque no se trate de una cosa, podríamos también incluir a Dios.

un apunte sobre la inmortalidad

mayo 1, 2020 § Deja un comentario

Decir te amo significa no debes morir (G. Marcel, dixit). Vivirás, esto es, debes vivir. O también, volveremos a estar juntos. La muerte no podrá separarnos. Basta con ponerse en la piel de una madre para verlo. La inmortalidad no es el objeto de una creencia. Es un síntoma del amor. Va con él. Otro asunto es que no podamos afirmar que la muerte no tendrá la última palabra como quien afirma que la tierra es redonda o que la lluvia fecunda los campos. O como quien imagina que hay vida en los confines de la galaxia. Al fin y al cabo, la verdad o, mejor dicho, la verdad a flor de piel, antes que una suposición lo suficientemente contrastada se presenta como mandato—como lo que debe ser aun cuando difícilmente podamos concebirlo. Y ello en nombre de lo que decide el sí o el no de nuestro estar en el mundo —en nombre del don o la gracia. De ahí que la pregunta no sea cómo lo sabes. Pues estrictamente no lo sabes. La verdad —la verdad que importa— no es algo que el hombre pueda poseer. Más bien, sucede al revés.

ser juzgado

abril 30, 2020 § Deja un comentario

El sentimiento de inferioridad tan típico de la infancia es el resultado de hallarnos bajo el juicio del Padre: tú no eres —ni serás— como él. ¿Como te liberas? Quizá no matando al Padre, como diría Freud. No, desmitificándolo. En esa lucha uno tiene las de perder. Un Padre es inasible. Siempre fue nuestro fantasma. Más bien, la liberación sucede cuando cambiamos de Padre. Y lo mejor es adherirse a uno para el que no haya juicio. Todo fluye. El problema surge cuando el que dejamos atrás es el verdadero. Y la verdad tiene que ver, no ya con nuestras suposiciones, sino con lo que reclama el non plus ultra de la existencia. Esto es, con la posición que tomamos ante la muerte, el sufrimiento, la injusticia, el don.

Nietzsche y la fuente judía

abril 28, 2020 § Deja un comentario

La muerte de Dios anunciada por Nietzsche con entusiasmo profético no niega, si lo pensamos bien, la posibilidad de un ser superior. Pues haberlo, puede haberlo. Lo que niega es que que se trate de un padre. Sencillamente, el que nos juzga desde arriba —el que dota de valor al evaluarnos— es tan poca cosa como aquel al que juzga. Como si quien nos juzgara no fuera más que un niño que juega a juzgarnos. Aunque nos parezca un dios —o él mismo se crea un dios. No hay Nabucodonosor que no tenga los pies de barro. Nietzsche era consciente de que su operación destructiva ya la hicieron antes los profetas de Israel. Pues fueron ellos los primeros en denunciar a los dioses como dioses en falso. Sin embargo, al rechazar la trascendencia de lo que entendemos espontáneamente por divino, salvaron a Dios de caer en la irrelevancia del dato. Dios es más Dios cuando su invisibilidad responde a su eterno porvenir —cuando amenaza con una aparición inviable; cuando lo que se da por descontado, no es su presencia, sino su ausencia. En este sentido, Dios se revelaría como el límite asintótico de la existencia. De ahí que negar que haya Dios equivalga a proclamar el eterno retorno de lo mismo. Esto es, nada nuevo puede haber bajo el Sol, nada en verdad otro —nada o nadie irreductiblemente extraño. Puede que a Nietzsche le faltara una pizca de perspicacia judía. Al menos, porque un Dios herido de muerte por el orgullo del hombre es más Dios que aquel que admite un trato. Y es que, si Dios es el nombre de una absoluta alteridad, entonces no hay nada más real que el Dios que perdimos de vista al nacer.

entre uno y otro

abril 27, 2020 § Deja un comentario

En la base de la experiencia religiosa, hay dos sentimientos en tensión. Por un lado, el de formar parte. Por otro, el de existir como arrancados. En el primer caso, el horizonte es el de la armonía. Se trata, en definitiva, del acorde. Su punto de partida es el asombro. Hay un único milagro: que el mundo sea. Aquí lo sobrenatural es lo más natural —no la posibilidad de un mundo de duendes. Basta con verlo o, mejor dicho, con caer en la cuenta. En el segundo, el arrancado —el judío, el cualquiera (y ¿quién no es cualquiera?)— sería una nota discordante, por seguir con la metáfora del acorde. Aquí, partimos del escándalo. Basta con tener entre tus brazos el cadáver de tu hijo tras la última operación del enemigo para poner a Dios contra las cuerdas —para que deje de ser evidente que, en el fondo, habita el espíritu de interconexión. Es posible que sea así —que lo primero fuera la paz. Sin embargo, la Creación está rota. De ahí que Dios sea el Dios que dejamos atrás —aunque, por eso mismo, también el Dios que está por regresar. Sea como sea, entre uno y otro, como narra el libro de Job, anda nuestra consustancial exposición al misterio. El riesgo es que la tensión rompa la cuerda. Y la rompemos donde despreciamos al que acentúa el polo que nosotros no tenemos tan en cuenta. Pues, como hombres y mujeres situados, no podemos evitar el acento. En cualquier caso, seguimos sin saber.

La fe, por consiguiente, no tiene nada que ver con el presupuesto del paganismo, el que da por sentado que hay entes superiores. Que los haya es irrelevante, a lo sumo un asunto técnico, cuando menos porque un ente superior tan solo exige un buen trato —un culto adecuado, una magia. No sea que se vuelva contra nosotros. De ahí que la sustitución de la vieja superstición, la que entendía los fenómenos observables, sobre todo los extraordinarios, en relación con la intervención divina, por el conocimiento objetivo de los hechos, sea, al fin y al cabo, anecdótica. En realidad, es más de lo mismo. La creencia en dioses enmascara el misterio al intentar incorporarlo. Al igual que la ciencia, al intentar poseerlo. En ambos casos, jugamos con moneda falsa.

un cristianismo de buen rollo

abril 26, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo nace al pie de una cruz —o mejor dicho, del testimonio de aquel que nos reveló que hay vida más allá de la muerte (y no precisamente la de las almas). Sin embargo, hoy en día muchos de sus pastores se entregan a promover un cristianismo buenrollista. Como si pudiéramos ahorrarnos el Gólgota. Puede que sea el síntoma de una desesperación —de que ya no sabemos por dónde ir. De ahí que los pastores, si son conscientes del tsunami secular, se centren en la espiritualidad del descubrimiento. Se trata de ver el mundo con los ojos del asombro y no con los del deseo o el propio interés  —de caer en la cuenta de que nos hallamos en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la manera de Merton. Esto está muy bien, sobre todo donde partimos del narcisismo —de una existencia reducida a consumo. Más aún, quizá sea inevitable donde de lo que se trata es de educar a niños —por no decir, a animales. Sin embargo, donde nos quedamos aquí, lo que obtendremos no será un cristianismo puesto al día, sino una variante del viejo paganismo o de la espiritualidad helenística. O lo que acaso sea peor, un nuevo narcisismo —una nueva sentimentalidad. Así, caeríamos una vez más en el cristianismo burgués que denunció Metz hace ya unos cuantos años, en un cristianismo para los (in)satisfechos, un cristianismo de supermercado.

Podemos dar por descontado que hay mas leña que la que arde. Que no lo sabemos todo. Que tan solo el misterio es real. Creer lo contrario quizá fuera un error, por no decir, una estupidez. Ahora bien, la pregunta no es si hay algo más que cuanto quepa ver y tocar, —algo más que lo que se ajusta a lo concebible—, sino si el verdugo tendrá o no la última palabra; si el No —la violencia, la injustica, la impiedad— será el non plus ultra de nuestro estar en el mundo. Pues da esta impresión. Y para ello hay que ir más allá de nuestra necesidad de colmar un vacío. La fe cristiana será lo que sea, menos naïve. Un cristianismo que pretenda evitar caer en la autoayuda debería ser consciente de que el punto de partida son las víctimas —aquellos hombres y mujeres para los que la salvación es, antes que nada, un asunto corporal. Un cristiano no ve lo que ve únicamente con los ojos del asombro, pues para este viaje no hacen falta las alforjas cristianas, sino sobre todo con los de la redención. Para el hombre de fe, la existencia no se encuentra tanto en medio de aguas que nos cubren como en el centro de un drama cósmico. La esperanza creyente no arraiga en la necesidad psicológica de un final feliz, sino en el testimonio de los que han vuelto del infierno con vida… porque les rescató una bondad imposible —una bondad que tuvo lugar donde no podía tener (el) lugar. Por eso, tarde o temprano, el que se forma en la fe tiene que topar con el testigo y preguntarle qué has visto tú que nosotros aún no hemos visto. Donde nos ahorramos al testigo, con la intención de no espantar a la parroquia, volveremos a tener un Dios a medida, esto es, un ídolo. Aunque se vista de océano. En modo alguno, al Dios que nos saca del ensimismamiento o de quicio —de los muros del hogar. Hoy en día, como siempre, la fe parte de quien tuvo fe antes que nosotros. Nadie cree por su cuenta y riesgo. Nuestra fe, de tenerla, fue antes la fe de otro. La fe es algo más que una suposición —algo más que unos valores. Es la crisis de la religión —del dios que ya nos va bien.

Desde que recuerdo, los pastores se han hecho la misma pregunta: cómo transmitir la fe en un mundo que no da a Dios por descontado. Como si hubieran olvidado lo que es evidente —esto es, narrando la vida de los mártires—; como si se avergonzaran del crucificado. Hablemos de Dios: había una vez un hombre que… En realidad, la fe es una respuesta a una demanda: y tú quien dices que soy yo. Y aquí no basta con decir un ejemplo de integridad. Quizá los pastores haría bien si comenzaran confesando. De lo contrario, puede que la pastoral del buen rollo sea una excusa para enmascarar nuestra falta de fe.  

qué difícil es ser un dios

abril 25, 2020 § Deja un comentario

No sé si es una buena idea aspirar a la inmortalidad de un dios. No podríamos soportarlo. Quizá de lo que se trate es de vencer el poder que la muerte ejerce sobre nosotros. Pero no la muerte. No es casual que los griegos dijeran que los dioses envidiaban la mortalidad del hombre. Pues nada tiene valor donde no hay final —ni donde todo es posible con solo desearlo. Quizá por eso mismo los dioses terminaron no siendo nadie —pues no hay yo que sobreviva a un mundo eterno y feliz. Y por eso mismo quizá también, uno de ellos decidió hacerse hombre. Un dios solo llega a ser alguien si deja de ser un dios.

escatología

abril 24, 2020 § Deja un comentario

Estrictamente, la resurrección fue la irrupción, en el presente histórico, del futuro de Dios. O en técnico, un acontecimiento escatológico —una anticipación palpable del porvenir. No se trató, consecuentemente, de la aparición de un fantasma —de un espíritu que cruza la puerta que nos separa de los cielos. Es, por decirlo en clave profana, como si los extraterrestres que algunos creen haber visto no fueran seres de otro mundo, sino hombres y mujeres de una época futura. Como si ellos fueran capaces de viajar al pasado. De hecho, si nosotros ahora pudiéramos retroceder hasta los tiempos de Adán, difícilmente nos reconocería como a uno de los suyos. Para Adán seríamos, sencillamente, dioses. Ahora bien, que a él se lo pareciese no significa, obviamente, que lo seamos. Un dios no es un dios para sí mismo. En este sentido, los discípulos podrían haberle preguntado al resucitado si creía que era Dios en persona. Puede que se hubieran llevado alguna sorpresa (y de paso, ahorrado algún que otro galimatías conceptual).

felicitas

abril 23, 2020 § Deja un comentario

La felicidad no es estrictamente un estado de satisfacción. Tampoco lo contrario. Quizá un permanecer en la inquietud —un saber que nada importa de lo que aparentemente importa. Incluso si alcanzáramos el bienestar —incluso donde pudiéramos dar con el sentido de tot plegat—, tarde o temprano nos preguntaríamos si acaso eso es todo. Y es que no hay todo que valga para el hombre. Al fin y al cabo, puede que se trate de un ver las cosas con los ojos del asombro. Aun cuando también con los del escándalo. Pues la felicidad no cabe dentro de una burbuja. Afuera, muchos tienen frío. Y hambre.

de la búsqueda

abril 22, 2020 § Deja un comentario

El hombre, aun cuando lo ignore, va en busca de Dios —en busca de la aparición, de lo extraordinario. Pero sólo topará con el que ocupa su lugar. Y evidentemente, ello dependerá de lo que entendamos previamente por Dios —aunque también de que sepamos ver qué acontece en cuanto sucede. Pues no es lo mismo que el okupa sea un qué o un quién. Y cristianamente, ese quién no es otro que el que despreciamos con la excusa de nuestra elevación. El que huele mal, el sobrante, el extranjero.

tipos

abril 21, 2020 § Deja un comentario

¿Qué yo se promociona hoy en día? No, ciertamente, el socrático —no el que sabe que el centro se encuentra fuera de uno mismo. Más bien, el adolescente —el que busca el aplauso, su exhibición, el que quiere que le quieran por su cara. Literalmente. Da casi igual lo que diga o piense. De hecho, no piensa nada, en cualquier caso opina. El agora está repleta de narcisos. Basta con que descubras el Mediterráneo para que te hagan caso. Es lo que tiene la falta de padre. Incluso las escuelas tradicionales están a rebosar de madres. Y una madre, por definición, siempre está dispuesta a reírle las gracias al niño —a disculparlo, haga lo que haga. Pobret. El No —o mejor dicho, el aún no— perdió su viejo prestigio. En su lugar, el buenismo. Como si no fuera cierto que una vida que se interroga a sí misma en nombre de lo que importa, aun cuando no sepamos a ciencia cierta qué pueda importar, juega en otra liga que la del aquellos que todavía creen que lo real coincide con sus impresiones. Es lo que tiene un mundo que promociona una igualdad por defecto —lo popular. Y ya sabemos que en un pueblo basta con el mote para ser singular. El grupo prevalece. En cualquier caso, te distinguirás por tus compras o tus rarezas. O ni eso.

Yeshayahu Leibowitz

abril 20, 2020 § Deja un comentario

Yeshayahu Leibowitz, científico pero también teólogo, fue algo así como el Karl Barth de la fe judía. La editorial Taurus tradujo en su momento La crisis como la esencia de la experiencia religiosa —el título es, de por sí, programático—, una serie de artículos que giran en torno a la pregunta sobre qué supone estar ante Dios. Su tesis es simple, aunque profunda: la separación entre Dios y el hombre es radical; en el mundo no hay indicios de Dios. El Holocausto carece de significación religiosa. Tampoco el paso del mar Rojo. El dedo de Dios no actúa en la historia. La fe supone la crisis entre Dios y el hombre. Quien ha topado con Dios ha sido, por eso mismo, desplazado del mundo. No hay signos de Dios al margen de la situación en la que el hombre se encuentra. Traducción: Dios no es el dios que habita en una dimensión oculta y del que percibimos alguna que otra señal. No sabemos de Dios como el conde Montecristo llegó a saber que tenía un compañero de prisión por los golpes que este le dirigía a través del muro que los separaba. De hecho, con respecto a Dios, no sabemos nada, salvo que es. De Dios no tenemos, literalmente, ni idea. Aun cuando Leibowitz no llegue a afirmarlo explícitamente —y acaso tampoco a pensarlo—, podríamos decir que hay Dios porque el hombre se encuentra a Dios en falta (y en falta ante Dios); porque, en definitiva, no hay nada en verdad otro en cuanto está a nuestro alcance. No hay otra realidad que la que perdimos de vista al nacer. Y lo que no es real —lo que no es en su desaparición— es fantástico. La fe no reposa sobre el argumento. Según Leibowitz, la fe exige una posición de valor. El hombre tan solo debe ocuparse de dar culto a Dios —y esto implica cumplir los preceptos de la Ley, incluyendo, por supuesto, el deber de dar de comer al hambriento. En relación con la fe, la psicología no juega ningún papel. El creyente, sea cual sea su situación —en la sinagoga o en Auschwitz—, se mantiene firme ante Dios. Quien dejó de creer a la vista del horror nunca creyó en Dios, sino en la ayuda de Dios. Job sería, desde la óptica de Leibowitz, el caso ejemplar.

Con todo, uno podría preguntarse, si al hablar de Dios, no estará Leibowitz hablando únicamente de la existencia del hombre, esto es, de lo que conlleva, en definitiva, el hecho de estar en el mundo como un arrancado de raíz. Ciertamente, esto es muy judío —y hasta cierto punto, muy verdadero. Pero el creyente no solo se encuentra expuesto al misterio de Dios —un misterio que no admite un Dios concebible a la manera de un ente—, sino que también permanece a la espera de Dios. Y resulta difícil mantenerse en ella sin la mediación del mesías —aun cuando este termine, contra toda expectativa, clavado en una cruz. Pues, un Dios que, a pesar de su extrema trascendencia, en modo alguno pueda incorporarse, no es más, aunque quizá tampoco menos, que la ignotum X de nuestra impotencia.

Mt 25

abril 19, 2020 § Deja un comentario

Mt 25 no deja de ser un texto extraño. Si leemos con atención, veremos que los justos se sorprenden a la hora de ser elevados a la derecha del Padre: cuándo te vimos hambriento, desnudo, etc. Y la respuesta ya sabemos cuál es. Donde tenemos a Dios demasiado presente, el pobre difícilmente nos alcanzará con su llanto. En cualquier caso, podrá conmovernos, pero no desencajarnos. Dios tiene que desaparecer para que el crucificado —y aquellos con los que se identifica— ocupe su lugar. Al fin y al cabo, no cabe responder al clamor de Dios donde Dios se da por descontado a la manera de un deus ex machina. La respuesta del hombre a Dios inevitablemente se da sin Dios mediante. De no ser así, los justos no se sorprenderían. Como si la certeza religiosa nos alejara de la fe. Aun cuando parta de la creencia en la que ha sido educado, un cristiano no puede evitar recorrer el camino de la cruz. Y esto significa que, en el momento de la verdad, incluso lo que acabamos de decir salta por los aires. El sentido no pertenece a quien lo encarna. Aun cuando, por eso mismo, solo él da sentido. Literalmente.

extraterrestres

abril 18, 2020 § Deja un comentario

¿Existen los extraterrestres? Claro. Somos nosotros. La tierra se nos resiste (y el hombre es su cáncer). El mundo no es nuestro hogar. Aunque tampoco cualquier otro mundo. No parece que haya una tierra que pudiéramos habitar sin destruirla. Como arrancados, no pertenecemos a ningún mundo. 

de la aparición

abril 17, 2020 § Deja un comentario

No hay aparición —ningún ángel que interrumpa la continuidad de los días. Y si la hubiera, sería circunstancial. Basta con que el ángel —el fantasma— permaneciera a nuestro lado, visible hasta incluso palpable, por no hablar de su olor, para que llegara a formar parte del mobiliario. Un ángel tiene que desaparecer para conservar su aura. La aparición aún tiene demasiado que ver con nuestra naturaleza impresionable—con lo que nos parece que es— como para que podamos hablar de la verdad. Ciertamente, quien posee una sensibilidad para la trascendencia, creerá que el ángel es un indicio. Pero el indicio funciona solo si presuponemos que lo verdadero —la auténtica belleza o bondad, pongamos por caso, en definitiva, la genuina solidez— se ubica en otro mundo. Que lo real reside en lo oculto. Quizá sea inevitable que un ángel nos parezca divino. Sin embargo, que nos lo parezca no significa que lo sea. Podría tratarse, perfectamente, de un extraterrestre. Y un extraterrestre no es más que un extraterrestre. Aunque se nos presente como un ser superior. En el fondo, se trata de la propensión infantil al descubrimiento. La búsqueda del tesoro —la inclinación a cruzar la puerta que no deberíamos cruzar— es la metafísica de la infancia. Puede que lo encontremos —puede que crucemos la puerta. Pero tarde o temprano se impondrá la decepción. De ahí el desconcierto que provoca la revelación bíblica: lo que nos parece que es divino en realidad no lo es. Dios no aparece como dios. En verdad, Dios es el Dios que retrocedió a un pasado inmemorial en el origen de los tiempos —y por eso, el mundo es mundo. De Dios, únicamente el eco de su voz —de un clamor insoslayable. Por ahí van los tiros de la distinción profética entre el Dios verdadero y el falso dios. Dios siempre más allá de nuestra expectativa acerca de Dios. La eternidad de Dios sería la imposibilidad del Otro como tal. Estar ante Dios equivale a estar ante un Dios eternamente  por-venir. O mejor dicho, estar ante Dios significa estar ante el que ocupa su lugar. De hecho, en esto consiste la disrupción cristiana. ¿Buscas a Dios? Ahí lo tienes, colgando de un madero. Sencillamente, es imposible —deberíamos decirnos. La revelación, antes que conducir a la fe, incita nuestro rechazo. Ahora bien, tan solo es necesario que no sepamos qué hacer con la resurrección para que la proclamación del crucificado como Dios equivalga a decir, como viera Nietzsche, que no hay Dios. O cuanto menos, el dios que concebimos desde nuestra necesidad de dios.

Matrix

abril 16, 2020 § Deja un comentario

Matrix es, tal cual, una película religiosa. Todos, en nuestras cápsulas. Como mónadas. Nadie puede trascender el horizonte de lo que le parece que es. Cada uno en su mundo. De ahí que el mundo en común no deje de ser un malentendido —y un malentendido que el filósofo revela al hacerse una simple pregunta —pero, al fin y al cabo, de qué estamos hablando. La objetividad no deja de ser un apariencia más conveniente —más empleable. Sin embargo, en Matrix hay la verdad. Y la verdad, como siempre, se ubica por encima de nuestras cabezas —más allá de las cápsulas. Como si se tratase de la verdad de Dios. En Matrix, sin embargo, no da la impresión de que Dios nos ame. Matrix se alimenta de las mentes humanas —de los sueños de los hombres. En cualquier caso, cuida de nosotros como pueda hacerlo un criador de cerdos. Para que la película fuera una parábola bíblica Neo debería haber topado, en vez de con Matrix, con el aún nadie —con su silencio. No hay pastilla azul que nos abra los ojos al mundo verdadero. La verdad no se resuelve en los términos de otro mundo. Jean Paul quizá tuviera razón: Cristo resucita para decirnos que no hay nadie tras el muro. Tampoco es que pudiera decirnos otra cosa si él es en verdad el único Dios (aun cuando lo ignorase). Rahner sostuvo algo parecido —Dios, en los cielos, seguiría siendo un misterio. También, Nietzsche. Pues si el crucificado es Dios, entonces no hay Dios. Aunque, sin duda, no es lo mismo hablar del misterio que de la nada.

aprender a leer

abril 15, 2020 § Deja un comentario

Salvo que lea tonterías, nadie entiende nada de lo que lee hasta que no se imagina a su autor diciéndoselo o contándoselo. De lo contrario, lo leído fácilmente nos resbala. No es lo mismo leer, pongamos por caso, que tan solo lo invisible es real que escucharlo de boca de Platón, como quien dice. Ante un diálogo platónico es inevitable que terminemos diciéndonos de acuerdo, lo he entendido: esto es lo que piensa Platón. Y por supuesto, esto está muy cerca de no haber entendido nada. No es lo mismo leer los fragmentos del libro de Job en donde se nos narra la perdida de los hijos y el desprecio de la esposa que escucharlo de un Job que tuviéramos en frente. En el primer caso, es posible que nos quedemos igual: vale, se le murieron los hijos; ahora tiro porque me toca. Raramente, en el segundo. Una palabra fue, antes que grafo, voz —antes cuerpo que un contenido mental. No es casual que la filosofía, en tanto que reflexión sobre la experiencia, naciera con la escritura. Pues la escritura —como la pregunta acerca de qué estamos hablando— nos distancia de lo dicho. En el texto —y la raíz de texto es, precisamente, textura— las palabras terminan remitiendo unas a otras. Un texto se basta a sí mismo.

Cuanto acabamos de decir no implica, sin embargo, que la palabra de la experiencia sea incapaz de incorporar la más mínima reflexión. Al contrario. La reflexión que va con la experiencia —la distancia que provoca— no es la que pone en suspenso el significado de las palabras, como si fuéramos un dios al que nada humano le afectase, sino la que, debido al sufrimiento que tarde o temprano acompaña al simple hecho de seguir con vida, nos deja, precisamente, sin palabras. La voz incorpora, por decirlo así, el hiato que nos separa de lo natural o común, de cuanto nos parece que es, un hiato que todavía sangra —que aún no ha sido pensado. No hay voz que no proceda de un desengaño. Por eso, quien sabe leer, tras haber prestado oídos a quien tiene algo que decirnos, no sale disparado a por un bloc de notas. Se queda en silencio (y quizá porque las palabras que leyó son las que anteceden al silencio).

Quien sabe leer, lee escuchando —yendo hacia atrás, retrocediendo hacia el llanto o el hueco que sostienen las palabras pronunciadas como si fueran piedras. Al fin y al cabo, la lógica del argumento —o del relato— enmascaran la voz. Y sin voz no hay significado, sino solo diccionario. Un texto exige el comentario, la paráfrasis, la glosa. En modo alguno, la voz. De ahí que acaso la única palabra viva sea la del poeta. En el poema, no hay modo de arrancar la palabra de la boca. Y es que acaso la boca que merece ser leída es aquella que emite las últimas palabras, aquellas que deberíamos pronunciar antes de guardar (el) silencio. Frente a un escritor que valga la pena escuchar —y aquí hablamos probablemente de un escritor en fase terminal— uno siempre debería preguntarse qué has visto tú que no hayamos visto los que aún creemos que hay algo por descubrir (y acaso conquistar).

dos modos de pronunciar sí

abril 14, 2020 § Deja un comentario

Podemos decir, como si hubiéramos puesto los dedos en un enchufe, que la bondad lo es todo. Pero también podemos decirlo habiendo vuelto de Auschwitz. No es lo mismo —no decimos lo mismo. En el primer caso, lo dicho tiene que ver solo con lo que nos parece que es, aun cuando este parecer esté cargado de sentimientos. Como si el sentimiento fuera la medida de la experiencia. En el segundo, propiamente no hablamos de lo que es, sino de lo que será. Pues resulta evidente que lo evidente es lo contrario. En el mundo, prevalece el No. Aquí la esperanza arraiga en la visión de lo imposible —de lo que, no pudiéndose darse, se dio. Y no porque el que cargó sobre sus espaldas el peso de la bondad donde no podía haber bondad fuera alguien que no se diese cuenta de dónde se encontraba. Sus verdugos le hicieron ver cómo sus hijos morían ahorcados. De hecho, ya se nos informó sobre este asunto: el resucitado conserva en su cuerpo las marcas de la cruz. La fe nunca fue naïve.

algo más que ingenuidad

abril 13, 2020 § 1 comentario

Pablo fue proclamando como un poseso que Jesús había resucitado. Y si fue capaz de hacerlo, viniendo de donde venia, es porque se le apareció. Pero ¿nosotros? ¿Podemos cantar como quien no quiere la cosa que somos testigos de la resurrección? ¿Acaso no nos resultan familiares las llusiones ópticas? ¿No sigue siendo ingenuo depositar nuestra confianza en lo que nos parece que es? ¿Es que no hemos aprendido nada? Como si no se nos hubiera dicho —y no por los téologos, sino precisamente por el testigo— que ante Dios nos quedamos sin habla. Y esto porque Dios desaparece para que ocupe su lugar un crucificado en su nombre. Ciertamente, para un cristiano, la cruz no es la última palabra. Pero ¿cómo hablar de la resurrección donde no hemos visto a ningún resucitado —a nadie que haya regresado con vida del infierno (y no por un acto de resiliencia, sino por el poder de la bondad)?¿Acaso aquí la fe no tendrá que ver solo con los motivos personales, con nuestra necesidad de buen rollo?  Es como si ahora nos pusiéramos a cantar con entusiasmo que hubo quienes sobrevivieron a Auschwitz sin tener ni idea de lo que fue Auschwitz —sin haber visto ni siquiera unos minutos de Shoa. ¿No pareceríamos unos sectarios, por no decir unos estúpidos? O lo que quizá sea peor, como aquellos que, una vez más, toman el nombre de Dios en vano, aunque sea con buena intención. ¿Es posible que el creyente, tarde o temprano, termine apartándose de la parroquia? Y no porque quiera, sino porque no puede permanecer en ella sin perder la fe. Con todo, —y esto probablemente también lo sepa— sin el humus de la parroquia, y en gran medida el humus está compuesto de heces, difícilmente se encontraría donde se encuentra. De ahí que la tensa relación entre fe y política —entre profecía y templo— solo pueda resolverse como paciencia. 

la isla del tesoro

abril 13, 2020 § Deja un comentario

A nadie le interesa la verdad. En cualquier caso, preferimos creer que nuestra fábula es verdadera. Y este es, sin duda, otro asunto. A la filosofía —como a la teología— no le queda otro rincón que el de los cofrades. La verdad —que la haya, aunque no para nosotros— nunca fue exotérica, a pesar de la pasión común por lo oculto. Ciertamente, para dar rienda suelta a esta pasión debemos suponer, como lo supone cualquier niño, que algo —y algo fascinante— permanece encerrado bajo siete llaves. Que tras la prohibición de no pasar —o mejor aún, de no tocar— se amaga algo que merece el riesgo de la transgresión. Y aquí la filosofía ha hecho méritos de sobra como para seducirnos. Pero el problema de la filosofía, como también el de una teología audaz, es haber descubierto que tras el velo de las apariencias no hay más que el altar vacío de Dios. Ahora bien, este hallazgo no es que sea, precisamente, fabuloso. Por suerte para Dios.

tener presente al resucitado

abril 12, 2020 § Deja un comentario

Puede que la única pregunta que uno deba hacerse —hay, sin embargo, muchas variantes— es qué tiene presente en el presente. O también, qué ve en lo que ve. Frente a los cuerpos, ¿material comestible? ¿El zulo de un alma desencajada? No es exactamente lo mismo. Hoy, en el mundo cristiano, se celebra la resurrección. Y muchos en las misas virtuales de ahora —¿hay alguna que, actualmente, no lo sea?— serán exhortados a alegrarse: ¡Jesús ha resucitado! Como si la alegría fuera un deber (y un deber encuentra su sentido, precisamente, en su incumplimiento). ¿De verdad? Una vez más, la mala conciencia, el escrúpulo que se desprende del púlpito —o de la cátedra—: es que, de hecho, no termino de alegrarme (nos decimos con la boca pequeña). Y sobre el secreto, todos a agitar las velas con entusiasmo. ¿Podemos tener presente al resucitado como quien no puede evitar el alborozo por la lluvia tras la sequía? Quizá aquí el cristiano haría bien en tener en cuenta que no hay acceso directo al resucitado —como tampoco lo hay al que anduvo por Galilea haciendo milagros y anunciando la proximidad, tan ansiada por unos como temida por otros, del Reino de Dios. Y donde no cabe un acceso directo se necesita una mediación —un resucitado más tangible o, por decirlo a la clásica, un santo. ¿Quieres tener presente a quien volvió con vida del Sheol? Recuerda a Caddy —a Grégoire. Tarde o temprano, un cristiano debería poder decir, he visto la bondad entre los muertos. Si no, ¿qué salvación para los satisfechos?

2001

abril 12, 2020 § Deja un comentario

El mundo —lo habitual— se nos revelaría como extraño, por no decir ficticio, donde cruzáramos el umbral que nos separa de una dimensión desconocida y superior (pues, de no serlo, lo que nos parecería ilusorio sería, precisamente, el mundo inferior). Como le ocurriría a la hormiga si, de repente, adquiriese la conciencia de que forma parte de nuestro mundo. Sin embargo, es posible que con ello la hormiga tan solo hubiera conseguido sustituir una apariencia por otra. El efecto de que se le había revelado lo real sería transitorio. Al fin y al cabo, no salimos de lo que nos parece que es. Lo real —la radical alteridad del en sí— es, por eso mismo, el eterno porvenir del mundo. Es posible que la vida del espíritu —la profundidad que nos aleja de los chimpancés— comience con un desplazamiento del mundo. A partir de ahí, de lo que se trata es de regresar. Aun cuando no podamos hacerlo como si nada hubiéramos visto. De hecho, solo es posible como quien ha visto la nada. Es lo que tienen en común Sócrates y el profeta. Sin embargo, la diferencia entre ambos pasa, cuando menos, porque el segundo no puede obviar, en su estar de vuelta, el sufrimiento de tantos. Como si la redención, más que una posibilidad, fuese una Ley.

contemplar y adorar

abril 11, 2020 § 2 comentarios

La contemplación es a la filosofía lo que la adoración, a la religión. Aquí no hay tanto dos psicologías enfrentadas como dos modos, y me atrevería a decir que inconmensurables, de estar ante lo que nos supera. En filósofo no se siente inclinado. Más bien, permanece en pie —o si se prefiere en la posición del loto. El misterio —lo que provoca su asombro— es que el mundo sea; el que haya algo en vez de nada. En cambio para quien posee una sensibilidad religiosa, mejor dicho, bíblica, el misterio apunta a una ausencia fundamental. El todo es el no-todo. El mundo pende de una alteridad que, como tal, en modo alguno puede ofrecerse, salvo como una alteridad en falta. Por eso mismo, aquí no deberíamos hablar propiamente de lo sagrado, de la aparición monstruosa que provoca al mismo tiempo nuestra fascinación y temblor de piernas. Sencillamente, no hay aparición. De hecho, lo que pone de rodillas al creyente no es el misterio de Dios, sino lo que ocupa su lugar: la madre que lleva a su hijo en brazos, tras morir de hambre, al fin y al cabo, un sufrimiento que no admite una explicación. Así, lo que para el filósofo es vacío, para el creyente es un mañana que ni siquiera logra concebir. Según el primero, nunca tuvimos padre. En cambio, desde la posición del segundo, nacimos como abandonados en un portal. El creyente permanece a la espera de un Dios que —y esta es su convicción más íntima— solo podrá revelarse como hombre que permanece fiel a la voz de un padre que no es nadie sin la respuesta del hijo. Incluso en los cielos, Dios seguiría, en sí mismo, estando por ver. Entre el filósofo y el creyente anda nuestra existencia. En cualquier caso, lo que no es de recibo, aunque habitual, es la idiotez. Pues para el idiota, en el sentido etimológico de la palabra, nada hay que esté por encima o más allá de su particular interés. Y no porque en realidad haya algo másque no lo hay—, sino porque, de haberlo, estaría de más.

judaísmo y misticismo

abril 10, 2020 § 1 comentario

El judaísmo hizo de la nada un Dios. Este fue su hallazgo —su aportación a la historia de las religiones. Y aquí, a pesar del aire de familia, estamos lejos del misticismo. Pues nada significa que no hay Dios que nos saque las castañas del fuego (y cuando las castañas son los macabeos, la afirmación deja de ser una ocurrencia). Sin embargo, antes de disolver a Dios, el judaísmo tuvo que transformarlo en promesa de Dios. Antes que nada, Dios fue un Dios por ver. El cristianismo, como judaísmo radical, acabó dando la puntilla. ¿La promesa de Dios? Ahí la tienes: colgando de una cruz. El ateísmo contemporáneo —nuestro espontáneo pasar de Dios— es un hijo bastardo de la cruz. Sin embargo, para fructificar, el cristianismo antes tuvo que convencerse de su verdad, de lo que estaba diciendo al proclamar que no hay otro Dios que el crucificado (y en este punto, Nietzsche, al anunciar la muerte de Dios, demuestra ser mejor teólogo que muchos de los profesionales de Dios). Pues el cristianismo comienza dando marcha atrás, al hacer de la cruz una paradoja: el poder de Dios reside en su impotencia; Dios vence a la muerte, muriendo por nosotros, etc. De ahí que la paradoja cristiana pueda entenderse como una solución ad hoc de la disonancia cognitiva a la que se enfrentaron los discípulos. Como cuando intentamos convencernos de que la imitación que nos han colado en vez del diamante es, en realidad, la verdadera joya.

Ahora bien, esto sería tal y como lo decimos, si no fuera cierto que nacemos como huérfanos de Dios. La falta no es una proyección. En cualquier caso, cuanto ocupa su lugar en el presente. Es de idiotas, literalmente, suponer que lo real es lo que se ajusta a los moldes de la representación. Y es que nada es más real que lo esencialmente insólito o extraño, lo que en modo alguno es, o también, lo que es en su retroceso (y por eso mismo se resiste a la manipulación). Y quien dice insólito, dice imposible o inconcebible. Hay Dios. Pero no para nosotros. Para nosotros un crucificado en nombre de Dios. Sin embargo, la osadía cristiana consiste en declarar que esto no solo tiene que ver con nosotros, sino también con Dios. Sobre todo, con Dios.

el cristianismo y la Bauhaus

abril 9, 2020 § Deja un comentario

La mujer es la vestal —la diosa. Ella nos somete con el poder de lo extraño y, a la vez, fascinante. Una mujer, en cambio, es algo más: es un no terminar de coincidir con la mujer —con el paradigma. Aquí, nunca mejor dicho, menos es más. La deformidad que constituye el sello de lo individual —al fin y al cabo, de la personalidad— es, en gran medida, una resistencia a la divinidad. La mujer, en tanto que persona, lleva encima la máscara de lo que debiera ser. Así, nos atrae su aspecto, pero de entrada no queremos saber nada de la indigencia que oculta. A la indigente solo podemos abrazarla. Pero no sin que nos invada su mal olor. Esto es, no sin desprendernos de nuestro antifaz. Obviamente, podríamos decir algo parecido del hombre con respecto a la mujer. Quizá tuviera razón Nietzsche al decirnos que un Dios que se ponga de parte del pobre es un pobre Dios. Más aún: un Dios que se identifique con él es un Dios que en modo alguno puede ser divino. En este sentido, el Dios cristiano sería un Dios ad hoc, a la medida de aquellos que no soportan haberse quedado sin herencia. Aun así, lo que no vio Nietzsche es que el excluido es el envés de la exclusión de Dios. La muerte de Dios fue antes cristiana que nietzscheana. No hay la mujer, sino en cualquier caso mujeres de carne y hueso —como tampoco hay el hombre. No hay otro Dios que el que cuelga de una cruz. Y esto equivale a decir que no hay dios que valga como Dios. Antes que la Bauhaus, el cristianismo supo ver que, como decíamos antes, menos es más.

ironía y encarnación

abril 8, 2020 § Deja un comentario

Cuanto más somos conscientes de que, en el fondo, no tenemos ni idea, más tendemos a situarnos irónicamente con respecto al juego que jugamos por el simple hecho de existir. Un irónico nunca termina de encontrarse en donde está. Todo es vanidad y alimentarse de viento, que diría Qohélet. La sospecha irónica recae, antes que nada, sobre uno mismo, sobre las creencias que adoptamos a la hora de hacer de este mundo un hogar. Un irónico nunca dirá te amo, sino como dice el poeta, te amo. Es lo que tiene esto de la distancia interior que produce la vida examinada —una vida que se extraña de sí misma. El filósofo —y el filósofo es el irónico par excellence— encarna un estado de suspensión, un estar por encima de lo que pueda sucederle, sea o no satisfactorio. La aspiración a la verdad —a saber qué hay de verdadero, de sólido, en cuanto nos traemos entre manos— inevitablemente termina constatando que hay verdad, aunque no para nosotros. Otro asunto es que tengamos que enfrentarnos al horror. Ciertamente, un griego diría que nada humano sobrevive a la catástrofe. Y desde nuestro lado, acaso esto sea indiscutible. Sin embargo, hay quienes han regresado con vida del infierno, una vida que difícilmente cabe comprender como mera supervivencia: se trata de la vida que han dado a quienes, habiendo quedado reducidos a un resto, no podían esperar ninguna otra vida. Y la dieron siendo ellos mismos un resto. Aquí la cuestión es si Satán —el verdugo, el que te dio de comer a tus hijos sin que tú lo supieras— tendrá o no la última palabra. Y para poder creer que no, hemos de apuntar a quien creyó antes que nosotros, no porque lo supusiera, sino porque fue bondad donde solo podía haber crueldad. Aquí la ironía se revela, en cualquier caso, como penúltima palabra. Por no decir, como impiedad. La esperanza —la fe en el imposible triunfo del bien— no tiene otra raíz que la de aquellos que la encarnaron. Y no porque fueran genéticamente buenos, sino porque lo fueron en aquellas situaciones en las que en modo alguno podían serlo. Pues quizá sea cierto que lo humano solo obtiene su medida en relación con lo sobrehumano. Aunque lo sobrehumano conserve, al superarla, la corporalidad de lo humano. Dios en verdad nunca fue solo un Dios.

stricto sensu

abril 7, 2020 § Deja un comentario

Un creyente se encuentra, cuando menos, en el sentimiento de una presencia —bajo el halo de un misterio hospitalario. De acuerdo. Sin embargo, qué diferencia su sentimiento de aquel que experimentó el viejo homo religiosus, el cual vivía a flor de piel la presencia de espíritus palpables. ¿Quizá el hecho de que, en este último caso, dicha presencia inspiraba, antes que nada, su temor? Sin duda, el cristianismo produjo una modificación de la sensibilidad religiosa más espontánea. Pero la produjo alterando, y ya durante los comienzos, su mensaje original. Como suele decirse, la fe cristiana se transformó en una religión de la interioridad, una vez el fin de los tiempos dejó de parecer inminente. Y no es exactamente lo mismo estar convencido de que el día del Juicio está al caer —que a la historia ya no le queda mucho tiempo por delante— que suponer que no hay muerte —que el alma sobrevive al colapso de la materia.

En cualquier caso, al creyente siempre le quedó el recurso de seguir como si el fin del mundo fuera cuestión de días —o por decirlo a la manera de Pablo, como si no fueran con él, las alegrías y las penas cotidianas (pues nada importa de lo que habitualmente nos importa, donde el tiempo se acaba). Ahora bien, un como si no es un como. Hacen falta unas buenas dosis de autosugestión para transfigurar lo primero en lo segundo, aunque no sin enajenarse del sentido común. El cristiano, tras haberse desprendido, como si fuera un lastre, de la dimensión escatológica del kerigma original, pasa a creer por su cuenta y riesgo, a pesar de que su fe repose en el ejemplo de sus padres, de aquellos que la encarnaron antes que él. Y de ahí a que la fe pueda entenderse como un mero asunto psicológico media un paso. Aun cuando, esto último solo pueda defenderse desde la posición del espectador, no desde la de quien ha de tomar una postura ante la existencia (y aquí un padre es fundamental).

No es anecdótico que, actualmente, el sentimiento de un hallarse en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la Merton, haya sustituido al sentirse en manos de el Señor. Es, sin duda, lo más razonable. Pero quizá nos equivoquemos al suponer que una espiritualidad sin Dios —o sin un Dios al que podamos invocar como a un Tú— sería la única forma de actualizar el sentimiento de dependencia que sostiene la fe. Puede que reguemos fuera de tiesto al suponer que seguimos en lo mismo aun cuando de otro modo. El cristianismo cavó su tumba al abandonar —y acaso este fuera el precio que tuvo que pagar para sobrevivir dentro de la Modernidad— el sentimiento de un estar sub iudice. Al menos, porque bíblicamente nuestra esencial exposición a la alteridad —y la alteridad en sí misma siempre se hace presente como una alteridad en falta— es vivida no solo como gracia, sino también —y quizá sobre todo— como un encontrarse bajo la demanda, en el doble sentido de la expresión, que procede de aquel que aún no es nadie sin nuestra respuesta a su clamor.

el Papa

abril 5, 2020 § Deja un comentario

Las palabras que Francisco dirigió el otro día a los que sufrían las peores consecuencias de la crisis —los ancianos, los que no tienen hogar, los que se quedaron sin trabajo…— son, ciertamente, consoladoras: hoy más que nunca, se nos urge a la creatividad del amor, a un gesto de caridad, a admitir que solos estamos condenados…   La pregunta es para quién. Quizá deberíamos preguntárselo a los ancianos, a los homeless, a los que, cuando se les acaben los ahorros, si los tienen, no podrán alimentar a sus hijos. Sin embargo, es posible que estos ni siquiera sepan que el Papa les dedicó unas palabras de aliento. En cualquier caso, quien ve cómo a sus hijos se les hincha el vientre porque no tienen el pan de cada día ¿podrá tomarse en serio que Dios está con él? ¿Se trata de una broma? Es difícil no verlo así, sobre todo si quien se lo dice tiene el vientre hinchado por haber comido de más. La sospecha es que acaso resulten consoladoras para quienes, de hecho, las hemos podido escuchar: los que tenemos mala conciencia por estar en la zona de seguridad. Al menos, podremos decirnos a nosotros mismos que hay una solución que no pasa por renunciar a nuestro bienestar —que es suficiente con unas cuantas dosis de ternura. Es como si, ante un drama, se nos anticipara que habrá un final feliz en el que cada uno seguirá en su casa y Dios en la de todos. El problema es técnico —y por eso el discurso de Francisco provoca la indiferencia, ya que no la perplejidad, de los técnicos: de acuerdo; pero ¿hay que lanzar los eurobonos, o saldremos del paso con una nueva titulación de la deuda pública?; ¿quién en definitiva soportará el coste de la depresión que, según indicios, se avecina? La máquina se averió. Y aquí el amor no basta. A menos que la máquina esté definitivamente estropeada. El parche, de haberlo, tan solo nos permitirá avanzar unos pocos metros. El mensaje de Francisco —el mensaje cristiano— solo es, cuando menos, inteligible desde la perspectiva de un hasta aquí hemos llegado. Y esto es difícil de creer mientras los hombres sigamos confiando en nuestra posibilidad —mientras creamos que aún cabe chutar el balón hacia adelante. Con todo, si la convicción de que al final prevalecerá la bondad no es una ficción consoladora —aquello de que nada te turbe, nada te espante […] quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta— es porque hubo quienes estuvieron convencidos de ello en los gulags de la historia —hombres y mujeres que, no siendo más que un resto, llegaron a provocar la bondad de sus verdugos. O al menos, su contrición. La palabra de la fe solo nos alcanza como palabra encarnada. Proclamarla desde la grada solo es legítimo si apunta a quienes la pronunciaron donde no podían pronunciarla por su cuenta y riesgo. De lo contrario, no es más que una palabra que se alimenta de viento.          

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