creer o no creer

marzo 14, 2019 Comentarios desactivados en creer o no creer

Quizá la pregunta no sea si aún podemos creer en el Dios cristiano. Pues que Dios se identifique con aquel que fue colgado como un perro en nombre de Dios no es que sea muy creíble que digamos, al menos para quien sepa que significa originariamente la palabra Dios (por no hablar de la resurrección del muertos). La cuestión quizá sea en nombre de qué o, mejor dicho, de quién cabe aún creer en lo increíble, en la posibilidad de lo que el mundo no puede admitir como posibilidad. Y desde qué situación.

ositos de peluche

marzo 13, 2019 Comentarios desactivados en ositos de peluche

Al final, dice Pablo, Dios llegará a ser todo en todos (1 Co 15, 28). Y, por lo común, esto se entiende como si Pablo nos dijera que todo terminará bien para todos. Puede que Orígenes tuviera la sentencia de Pablo en la cabeza cuando escribió que en el fin de los tiempos, tanto culpables como inocentes —y esto significa, tanto Hitler como quienes fueron gaseados en los campos de la muerte— volverán a ser uno con Dios. Sin embargo, lo que Pablo probablemente quiso decirnos, teniendo en cuenta las coordenadas apocalípticas de su teología, es que nada que se oponga a Dios permanecerá. Jesús de Nazareth, sin duda, fue sensible al sufrimiento obsceno de tantos hombres y mujeres de la época. Pero no deberíamos olvidar que no le crucificaron por su compasión hacia los que sufren. Jesús fue el heraldo del juicio de Dios, no Francisco de Asís. Ciertamente, ofreció el perdón de Dios por anticipado para la conversión de los hombres. Pero también trajo fuego y espada (Lc 2, 34-35). No parece que Jesús fuera un osito de peluche. Aunque algunos prefieran imaginarlo así para, cuando menos, seguir en paz.

temporeras

marzo 12, 2019 Comentarios desactivados en temporeras

Las mujeres que recogen las fresas, la mayoría inmigrantes, cobran unos 5-6 € la hora, trabajando unas ocho horas al día. Los empresarios suelen decir que no pueden pagarles más, ingresando unos 30 céntimos por kilo. De acuerdo. Vamos a suponer que no hay voluntad de explotarlas. En cualquier caso, que podamos tomar fresas —o patatas o arroz— a un precio razonable quizá tenga que ver con que muchos de los que trabajan como temporeros cobren un salario indecente. Que un sueldo medio dé para vivir depende, por tanto, de que sigan habiendo hombres y mujeres (sobre todo mujeres) que no salgan de la pobreza. No es cierto lo que se enseña en las facultades de economía, a saber, que el control de la inflación, esa bestia negra de las sociedades modernas, dependa principalmente de las decisiones que toman los bancos centrales sobre la cantidad de dinero en circulación. El control de la inflación depende, sobre todo, de que el precio de los productos básicos se mantenga bajo mínimos. Y que se mantengan bajo mínimos depende, sobre todo, de lo que se le pague al productor y, por extensión, al temporero. Ciertamente, el mercado no admitiría un kilo de fresas o arroz a 20€. Y no porque no estemos acostumbrados, sino porque los sueldos medios tampoco es que den mucho de sí. Con todo, podríamos preguntarnos quién se queda con la mejor parte. Y aquí, según parece, quien se la queda es el distribuidor. Ahora bien, se la queda porque, de hecho, la distribución está en pocas manos. Por tanto, tampoco es cierto, ni de lejos, que en los diferentes sectores de nuestra economía prevalezca la libre competencia. Vamos a darles la razón a los economistas que defienden que el mercado es la mejor solución. Pero no es verdad que nuestras economías de mercado sean realmente de mercado. Al fin y al cabo, los economistas liberales olvidan que la economía es un asunto también, y sobre todo, político —un asunto en el que la cuestión de fondo es quién o quienes detentan un genuino poder. Y no hay que haber leído a Nietzsche para saber que el poder solo busca más poder. Puede que el pecado original de la economía de mercado —la semilla de su autodestrucción— sea que la lucha por la supervivencia, tarde o temprano, exige una concentración empresarial que, por otro lado, no se puede llevar a cabo sin acentuar la desigualdad. De ahí que, tal y como están montadas las cosas, si queremos tomar arroz y pollo a diario, como quien dice, alguien tiene que pasarlo mal. Y muchos tienen que pasarlo mal porque algunos nunca tienen suficiente. Y esto no es que sea muy justo que digamos. Para encontrar la raíz de la injusticia en nuestra sociedad actual quizá no tengamos que discutir tanto sobre sistemas económicos, lo cual nos obliga a situarnos solo en el terreno de lo abstracto, sino leer con más atención el BOE. Como decía Romanones, hagan ustedes las leyes y déjenme a mi las nomativas.

sujeto y verdad

marzo 10, 2019 Comentarios desactivados en sujeto y verdad

Quizá la cuestión no sea si hay o no verdad, sino qué sujeto hay detrás de cada verdad. Esto puede entenderse —y de hecho se entiende, por lo común— como si dijéramos que cada sujeto tiene su verdad. Pero de entenderlo así, presupondríamos que todos nos encontramos en el mismo plano. Y no me atrevería a decirlo. Ciertamente, no vemos lo mismo desde cualquier situación (y un sujeto es siempre un sujeto situado). Pero hay situaciones que nos impiden ver cuanto exige ser visto o reconocido. No es lo mismo estar a ras del suelo que subido a las ramas de un árbol. Pues la verdad no es primariamente la correspondencia entre nuestras creencias y los hechos, sino un tener lugar de cuanto es en verdad. Y no es posible dar fe de lo segundo en los términos de una adequatio, sino en cualquier caso dialécticamente. Cuando menos, porque el tener lugar de lo real solo es posible donde el carácter otro de lo real retrocede, como quien dice, en su hacerse presente a una sensibilidad. En este sentido, no es lo mismo creer que no hay más que lo que puede ser asimilado por los esquemas mentales de la subjetividad que estar convencido de que la alteridad de lo real es, precisamente, lo que no cabe asimilar en lo asimilable. No es lo mismo ser un consumidor que un místico. No es lo mismo vivir de la posesión de cuanto pueda saciarnos, que expuestos a la desmesura de la alteridad. Y es que la alteridad no deja de ser ese resto invisible de lo visible, lo esencialmente inadecuado o extraño. Nos equivocamos donde creemos que ya hemos alcanzado al otro donde simplemente tratamos con su imagen. De ahí que no jueguen en la misma liga quienes se encuentran mordidos por la inquietud de una búsqueda que quienes, entre los estantes del super, no buscan otra cosa que el producto que pueda satisfacer su deseo. Los primeros no ven nada, mientras que los segundos solo ven. O por decirlo de otro modo, los primeros responden a una voz, mientras que los segundos se limitan a reaccionar a los estímulos del entorno. Los primeros son conscientes de que existimos como arrancados. Los segundos, en cambio, dan por sentado que es posible construir un hogar (y permanecer en él). Los primeros son libres. Los segundos, creen serlo, al menos mientras puedan seguir comprando. Quien está fijado a las apariencias —aquel que identifica lo que es con lo que le parece que es— habita el mundo como el que ha sido seducido por las formas de un inmenso holograma.

vale

marzo 9, 2019 Comentarios desactivados en vale

Deseamos lo oculto. Pero no podemos valorar lo que desvelamos. Tan solo cuanto perdimos. Tener mata. Esto es, sencillamente, así.

osadías de ayer y de hoy

marzo 8, 2019 Comentarios desactivados en osadías de ayer y de hoy

Vamos por ahí con la máscara puesta. Las máscara es nuestro maquillaje, nuestro éxito, nuestra coraza. Como decían los cínicos de Atenas, puede que no haya otra liberación que la de atreverse a ir por ahí sin maquillar (aunque quizá no haya que llegar al extremo de Diógenes, el cual no tenía reparos en defecar en el ágora). Nadie ama a nadie hasta que no caen las máscaras que nos permiten creer en nuestra invulnerabilidad. La máscara puede gustarnos —o repugnarnos—, pero no es posible abrazarla. En cualquier caso, siempre abrazamos al indigente que hay detrás. Y en el mejor de los casos, porque él nos abrazó antes. Ahora bien, hace falta mucho valor para dejarse abrazar por quien no es mucho más que su indigencia. El amor es una cosa de pobres.

Yeats y Eliot

marzo 7, 2019 Comentarios desactivados en Yeats y Eliot

Un sacrificio demasiado largo puede tornar en piedra el corazón. Como si el hombre no pudiera soportar demasiada verdad.

una variante del miércoles de ceniza de Eliot

marzo 6, 2019 Comentarios desactivados en una variante del miércoles de ceniza de Eliot

Porque sé que el tiempo es siempre tiempo

Y un lugar es de cualquier modo un lugar

Y lo que es un hecho lo es por una sola vez

Y sucede en un solo lugar

Me alegro de que las cosas sean como son

Y rechazo los rostros santificados

Antes de tiempo.

Susan

marzo 6, 2019 Comentarios desactivados en Susan

Sunsan Sontag, mientras se iba muriendo de una muerte lenta, pero devastadora, llegó a confesarle a su hijo que era la primera vez en su vida que no se sentía alguien especial. Memento mori. Quizá sea cierto que solo la anticipación de nuestra propia muerte o, más aún, la de aquellos a los que se les arrancó la vida antes de tiempo, nos libere del estanque de Narciso. Tras muerte, su hijo, David Rieff, dejó escrito una especie de epitafio: «mi madre se había visto siempre a sí misma como alguien cuya hambre de verdad era absoluta. Después del diagnóstico, el hambre persistió, pero su desesperación no era por la verdad, sino por la vida». Las últimas palabras de su madre fueron «quiero decirte…». Pero no dijo nada. Apenas un murmullo.

colonización

marzo 5, 2019 Comentarios desactivados en colonización

Hoy en día, la maternidad, antes que un destino, es una opción. Puede que la mujer tenga cada vez más difícil comprenderse espontáneamente como el cuerpo que es capaz de albergar una vida humana. Esto, de por sí asombroso, nos queda un tanto lejos a los hombres. No nos tiembla el cuerpo, por decirlo así. Ahora bien, nuestro prejuicio actual es que la maternidad no tiene por qué realizar a la mujer. Lo correcto es que la mujer se libere de su instinto maternal. Como si la maternidad fuese, al fin y al cabo, una fatalidad. Pero la realización a la que se apunta sigue en el fondo una lógica masculina. Pues el hombre, por lo común, se realiza cazando osos, como quien dice. Y, hoy en día, la lógica masculina sigue la lógica del mercado. Tan solo hace falta que podamos reproducirnos en los matraces de un laboratorio para que los hijos pasen a ser un producto más. No es casual que incluso el género se entienda como algo a elegir. Como si se hallara en los estantes de un supermercado. Es lo que tiene que el hombre, como especie, no se encuentre ligado a lo natural —que lo natural en el hombre, como decía Hegel, consista en dejar de ser natural. Ahora bien, que quepa elegir el género como quien elige un whiskey no nos hará más felices. Pues el deseo nunca ha constituido la medida de lo que somos. Un deseo no deja de ser un implante. De ahí que quien se reconoce en cuanto desea no deje de ser un esclavo de sí mismo, un consumidor. La liberación de ciertos límites no supone ser más libres, aunque nos lo parezca. Pues lo más probable es que tan solo hayamos puesto vino nuevo en los viejos odres. Quizá no haya otra libertad, como defendía Spinoza, que la de encontrarse por encima de cuanto pueda atarnos. O, por decirlo en bíblico, aquella que comprende lo fáctico, siempre y cuando no se trate de un sufrimiento indecente, como aquello que nos ha sido dado desde el horizonte de la nada.

los sencillos

marzo 4, 2019 Comentarios desactivados en los sencillos

Esto de los sencillos es una especie de leitmotiv bíblico. De hecho, la Biblia insiste en que los ricos y los sabios según el mundo, precisamente porque pueden confiar en sus posibilidades, no son capaces de Dios. Ahora bien, no son capaces en tanto que ricos y sabios. Para encontrarnos cabe Dios hace falta que el mundo nos despoje de cuanto pueda ofrecérsenos como motivo de orgullo. Y digo esto de que el mundo nos despoje porque la vía ascética no está libre de caer en una cierta hybris… a menos que el asceta sea consciente de su inevitable fracaso. Desde nuestro lado, no es posible alcanzar a Dios. La vía ascética, en cualquier caso, nos expone a la indecibilidad de lo último, pero no al quien de Dios. De ahí el tema cristiano de la kénosis de Dios: Dios tuvo que caer —vaciarse de divinidad— para que el hombre pudiera hacerse capaz de Dios.

sobre la verdad de Dios

marzo 3, 2019 Comentarios desactivados en sobre la verdad de Dios

Cuando nos preguntamos por la verdad de Dios no podemos evitar entender la pregunta como si nos preguntáramos por la verdad del enunciado que afirma la existencia Dios. Pero Dios no es verdadero porque sea el referente de la palabra Dios. No decimos que hay Dios como podemos decir que la nieve es blanca. En realidad, la palabra Dios es, bíblicamente hablando, un significante puro, un grafo o balbuceo —YWHW— sin referente. En la Biblia, no hay un concepto de Dios. Ni siquiera podemos entender la palabra Dios como un concepto vacío, aquel cuya determinación estuviera, nunca mejor dicho, en el aire. Tan solo el falso dios admite una esencia o modo de ser. Dios no es la abreviatura de una descripción definida, como pueda serlo Shakespeare en relación con el autor de Hamlet. Ciertamente, los textos parecen sugerir lo contrario. Pero si sabemos leer entre líneas, nos daremos cuenta de que, bíblicamente hablando, cuanto podamos decir de Dios no es propiamente de Dios, sino de lo debido a Dios. Y esto es lo mismo que decir a su ausencia. Que el nombre de Dios sea un significante puro nos da a entender que la realidad de Dios es la de su continuo paso atrás. De hecho, Dios es lo real avant la lettre. Y es que lo real es eso otro cuyo carácter otro desaparece en su aparecer. La verdad de Dios es el envés de nuestra condición de arrancados, la roca inamovible sobre la que reposa nuestra existencia. Pues existimos como los que encuentran a faltar una genuina alteridad. Estamos en el mundo como aquellos que no podemos trascender el horizonte de lo que nos parece que es. Las cosas del mundo se nos muestran solo porque la extrañeza propia de la alteridad —su carácter inconcebible o inasimilable— ha sido reducida a los esquemas de lo inteligible. Hay mundo porque Dios es lo eternamente pendiente del mundo. La cuestión es si Dios es un algo o, más bien, un alguien. Y si bíblicamente creemos en lo segundo no es porque nos imaginemos a Dios como un superhéroe espectral, sino porque como arrancados nos encontramos sometidos a una voz que clama por el hombre, voz que escuchamos en el lamento de los que sufren nuestra impiedad o indiferencia. Como si Dios, desde el origen de los tiempos históricos, fuera aquel que tiene pendiente su quien, su rostro y, en este sentido, como aquel que aún no es nadie mientras el hombre no abrace el silencio de Dios, su debilidad o impotencia, cosa que, según la fe cristiana, tuvo lugar en la cima de un calvario.

bondad natural

marzo 2, 2019 Comentarios desactivados en bondad natural

Un hombre bueno por naturaleza —un hombre que no pudiera hacer daño ni siquiera a una mosca, como suele decirse— en cualquier caso representaría la bondad, pero no sería bueno. Para ser bueno hace falta que podamos querer el mal. De ahí que, según Israel, no quepa bondad alguna, sin sabiduría, esto es, sin una cierta conciencia de haber optado por el bien. Y es que, bíblicamente, el bien solo se da como respuesta a la demanda de Dios, la cual, como es sabido, se expresa con la voz de los que no tienen voz. No es casual que la Biblia contega libros sapienciales. Como tampoco lo es que Jesús fuera reconocido, entre otras cosas, como maestro. Nadie llega a ser maestro, si no ha sufrido la tentación del desierto. Y quizá sea por esto —porque la tentación permanece como la cicratiz en la piel— que un hombre bueno nunca pueda decir de sí mismo que es bueno. Ahora bien, la sabiduría del hombre bueno tiene poco que ver con la erudición. Un maestro no deja de ser un sencillo. Pues aquí la bondad es algo así como una segunda ingenuidad.

lucha de clases

marzo 1, 2019 Comentarios desactivados en lucha de clases

Hoy en día, una escuela tiene que decidir entre la siguiente alternativa: o los alumnos son usuarios o productos (Mark Fisher). Es lo que tiene la colonización de la vida por parte del mercado. O bien el alumno tiene que adaptarse a lo que exige una escuela, en definitiva, a lo que debe saberse, o bien la escuela tiene que adaptarse al nivel del alumno. Y teniendo en cuenta que, actualmente, muchos llegan al bachillerato sin ser capaces de entender un artículo de opinión mínimamente serio, que la escuela opte por lo segundo supone firmar su acta de defunción. Digo adapatarse y no tener en cuenta. Pues es obvio que el maestro debe tener en cuenta dónde se encuentran los alumnos, de qué nivel parten. Pero, en cualquier caso, una escuela que haga honor a su nombre debe tener claro adonde pretende llegar. Y si lo único que busca son alumnos felices si renuncia a la, hoy por hoy, denostada cultura del esfuerzo, si de algún modo no nada contracorriente—, entonces no producirá más que consumidores. Esto es, rehenes del sistema.

¿Hay Dios?

febrero 28, 2019 Comentarios desactivados en ¿Hay Dios?

¿Hay Dios? Por lo común tendemos a planteárnoslo desde el prejuicio de un dios-superman. Pero un superman espectral no es más que un ente superior con el que, en cualquier caso, hay que saber lidiar. O por decirlo a la manera de los viejos profetas, un dios no es más que un falso Dios, un Dios en apariencia. Dios en los cielos seguiría siendo un misterio (Karl Rahner dixit). Y esto es lo mismo que decir que la realidad de Dios no puede concebirse en los términos del ente, de cuanto cabe asimilar o integrar según los esquemas de una sensibilidad. No es casual que a Eckhart le fuera la paradoja. Como si Dios solo apareciese como el que siempre retrocede. Es lo que tiene existir como los que fuimos arrancados de una genuina alteridad. Ciertamente, hoy en día tendemos a decir que no por eso tiene que haber un Otro (así, con mayúsculas). Pero esta tendencia, tan moderna, se sostiene sobre el presupuesto, que no la conclusión, de que no hay trascendencia que valga, sino a lo sumo dimensiones aún desconocidas. En este sentido, podríamos decir que la modernidad es incapaz de pensar el carácter otro o absoluto de lo real en los términos de una ausencia, por no decir, porvenir. No en vano fue Berkeley, el obispo, quien dijo aquello de esse est percipi. Para el sujeto moderno, lo que no puede ser visto, sencillamente no es. Sin embargo, es posible que no haya otra realidad que la que está eternamente por ver. Al fin y al cabo, es posible que nuestro mundo, el de cuanto cabe ver y tocar, sea un extenso holograma.

más allá del sí mismo

febrero 27, 2019 Comentarios desactivados en más allá del sí mismo

Podríamos definir la modernidad como la época en donde la alteridad propiamente dicha —el carácter esencialmente extraño o no encajable del otro— deviene irreal. O también, donde la naturaleza absoluta de una genuina alteridad tan solo puede ser pensada como el prejuicio de un conocimiento del mundo, prejuicio que, como tal, se encuentra bajo sospecha. Así, podría ser que nuestra referencia a un algo —o alguien— enteramente otro tan solo tuviera que ver con nosotros. Podría ser que no hubiera nada —o nadie— más allá de cuanto podamos asimilar o reducir al marco de lo tratable. Desde la óptica de la modernidad, los antiguos se equivocaban cuando daban por descontada la trascendencia del absolutamente otro, pues lo único que podemos asegurar es que se trata de un presupuesto, por no hablar de una proyección. Sin embargo, es posible que nos hayamos vuelto, sencillamente, incapaces de, cuando menos, pensar la realidad tot court o, como decíamos antes, el carácter necesariamente ajeno, separado, absoluto de lo real. Pues teniendo en cuenta que lo real es, por defecto, eso otro que se nos muestra según los esquemas de una sensibilidad, nada puede aparecer sin que desaparezca, por decirlo así, su alteridad. Donde perdemos esto de vista, tan solo contamos con nuestras imágenes o representaciones del otro. De hecho, la operación de Descartes, la que según el tópico da pie al pensamiento moderno, no deja de ser un estupendo ejercicio de retórica. Pues la duda hiperbólica solo es posible donde se da por supuesto que no hay certeza sobre algo en verdad otro. Esto es, donde el sujeto de entrada no se comprende a sí mismo como el que se encuentra expuesto a la trascendencia de lo real, la cual no solo tiene que ver con nuestra sensibilidad, con nuestro sentirso embargados ante el espectáculo del cosmos. El cogito —el yo como fundamento de todo posible saber— tan solo puede imponerse como conclusión de la sospecha metódica donde se da como su presupuesto implícito.

presencias reales

febrero 24, 2019 Comentarios desactivados en presencias reales

Si todo es presencia, entonces (la) nada es. Si todo es presencia, resulta difícil que podamos ir más allá de lo que nos parece que es. Nada que sea realmente otro se muestra a una sensibilidad. La alteridad de lo real no se nos ofrece como imagen, sino como lo eternamente pendiente del mundo (y por tanto como lo esencialmente extraño, como lo que no termina de encajar en los moldes de una receptividad). Acaso esta sea la última lección del platonismo o, lo que viene a ser lo mismo, de la filosofía. Algunos dirán que, en este sentido, la filosofía es ancillae theologia. Pero aún hay que dar un paso —y un paso enorme—  para que lo absoluto sea un alguien, una voz que clama por el hombre desde más allá de los tiempos (y de ahí su impronta espectral). El filósofo todavía queda lejos del creyente. Podríamos decir que le falta flexibilidad para encorvarse. Como decía Lucrecio, quizá la autosuficiencia del filósofo se deba a que ha tenido la suerte de contemplar un naufragio desde la atalaya del espectador.

children of men

febrero 23, 2019 Comentarios desactivados en children of men

Supongamos que viviéramos en un mundo apocalíptico, un mundo en el que nada nuevo pudiéramos esperar —en donde los hombres únicamente se ocupasen de sobrevivir y, a menudo, contra el otro. Un mundo poblado solo por bestias. Un mundo en el que nadie recordara la palabra Dios, ni, por supuesto, nadie que se atreviera a decir que existimos bajo el amparo de un Sí de fondo, un Sí del que, sin embargo, fuimos arrancados. Es posible que en ese mundo algunos buscaran aún remedios, fuerzas que, dentro de la naturaleza, les garantizasen algún poder, hasta puede que una cierta dicha. Incluso podríamos suponer que algunos fantasearan con una intervención extraterrestre que pusiera un punto y final a tanto dolor. Por lo que acabamos de decir, en ese mundo aún cabría el paganismo, el cual, como es sabido, es la religión tot court, la creencia espontáneamente ligada a la tierra, una religión campesina. No tengo tan claro, sin embargo, que aún fuera posible la fe en Dios. Para ello haría falta que hubiera alguien que, agarrado al resto de bondad que aún pudiera haber en lo más profundo de sí mismo, se atreviera a esperar el milagro, lo imposible, lo que el mundo en modo alguno puede admitir como posibilidad. Alguien que, siendo capaz de ver la desolación de los hombres como el síntoma de una común orfandad, diera de comer al hambriento y de vestir al desnudo. La pregunta no es si hay o no hay Dios, sino desde que situación cabe plantearla. Con todo, probablemente, nuestro hombre no sabría qué responder. En cualquier caso, nuestra esperanza sería su absurda esperanza. Aunque también es posible que algunos llegaran a la convicción de que de Dios no tendríamos más que a ese mesías que permanece a la espera de la restauración del Sí que fue pronunciado in illo tempore y que no está en nuestras manos volver a pronunciar.

alma primitiva

febrero 22, 2019 Comentarios desactivados en alma primitiva

El alma primitiva vive en medio de presencias invisibles. Todo, hasta las piedras, está cargado de poder. De ahí que la magia sea la técnica con la que lidiar con lo extraño. El alma primitiva es espontáneamente religiosa. Y de ahí también que el monoteísmo bíblico, al desplazar a Dios fuera del territorio, incluso del presente, suponga un desencantamiento del mundo. Los espíritus del lugar no son más que divinidades en apariencia. Dios, bíblicamente hablando, no aparece como dios. Nuestro ateísmo natural no deja de ser un hijo bastardo del profetismo.

mysterium

febrero 21, 2019 Comentarios desactivados en mysterium

Decía Karl Rahner que, incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio. La eternidad de Dios es un siempre más allá. Con respecto a Dios, el todo no lo es todo. Ahora bien, lo que esto significa es que Dios no es el garante de un sentido para la existencia humana. De otro modo, Dios no es un ente paradigmático. De hecho, existir supone un vivir como arrancados. Nunca terminamos de encontrarnos en donde estamos. Salvo que nuestra existencia termine siendo una existencia reconciliada. Pero en ese caso, no habremos topado con Dios en sí mismo, por decirlo así, sino con aquel con quien Dios se identifica. Pues Dios en sí mismo aún no es nadie, sino aquel que tiene pendiente, precisamente, un reconocerse de nuevo en su imagen. En cristiano, Dios con anterioridad a la cruz, no es más —ni tampoco, por supuesto, menos— que la voz que clama por el hombre desde más allá de los tiempos. Para una vida reconciliada el todo no lo es todo. Pero es todo cuanto hay.

in illo tempore

febrero 18, 2019 Comentarios desactivados en in illo tempore

Desde una óptica cristiana, suele decirse que el encuentro entre Dios y el hombre exige un movimiento, no solo por parte del hombre, sino también (y sobre todo) por parte de Dios. Sin el descenso de Dios —sin su caída libre—, el ascenso del hombre a lo sumo hubiera alcanzado una cima baldía. De acuerdo. Ahora bien, la pregunta es en qué punto tiene lugar el encuentro. Difícilmente, podemos hablar de un punto intermedio. En realidad, el encuentro tuvo lugar casi a ras del suelo, sobre la madera de una cruz. Ahora bien, no deberíamos pensar dicho encuentro como si fuera el de quienes llevan un tiempo sin verse. Más bien, como aquel por el que Dios, al reconocerse en el crucificado, llega a ser el que era en un principio. Al igual, sin embargo, que el hombre. No es casual que el cristianismo piense el encuentro, que no la fusión, entre Dios y el hombre como una restauración de aquella unidad perdida in illo tempore.

dentro y fuera

febrero 17, 2019 Comentarios desactivados en dentro y fuera

No es lo mismo creer que tu creencia es verdadera que creer. Así, no es lo mismo decir que es verdad, por ejemplo, que vivimos bajo un Sí de fondo que verlo. En el primer caso, aún permanecemos fuera de la verdad.

vistas al mar

febrero 16, 2019 Comentarios desactivados en vistas al mar

No es mismo ver las cosas desde la óptica del don que desde la de su utilidad. El destino de lo útil es el contenedor. El del don, el agradecimiento. El deseo solo aspira a devorar. Aun cuando prometa felicidad.

del sacrificio cristiano

febrero 15, 2019 Comentarios desactivados en del sacrificio cristiano

El sacrificio religioso suele entenderse desde la lógica del do ut des. Hay que rendirle un tributo al dios de turno para que nos proteja de la desgracia. Como si dios fuera un señor feudal o un capo mafioso. No obstante, cabe otra lectura del sacrificio ritual, quizá más profunda. Así, el sacrificio no pretendería tanto la dádiva del dios como mantenerlo con vida. Pues sin dios estamos muertos. Desde esta óptica, podemos leer la cruz —y de paso la resurrección— como la entrega que hizo posible la incorporación de Dios, su vuelta a la vida, aunque sea con el rostro desfigurado del entregado.

del asombro y el don

febrero 14, 2019 Comentarios desactivados en del asombro y el don

No es cierto que las cosas sean dependiendo de cómo las veamos. Sin duda, las cosas se nos muestran en relación con un punto de vista. Pero nadie dijo que todo punto de vista valiera por igual. Hay puntos de vista que nos revelan, con independencia de lo que nos pueda parecer, el carácter intocable o sacro de cuanto tenemos enfrente. Así, no es lo mismo ver las cosas desde los ojos del propio interés —como esos cuerpos más o menos aprovechables— que desde la mirada del asombro. En el primer caso, no hay más. En el segundo, tan solo hay el más, la excepción, el milagro de que algo sea en vez de que no sea. Desde esta óptica, tocar es profanar (y esto es así aunque, debido a los imperativos de la adaptación, no podamos evitar el uso de los cuerpos). Para quien ha sido capaz de asombrarse ante la alteridad de cuanto hay, el mundo profanado —el mundo real— no deja de ser una ilusión, un escenario de cartón piedra, una reducción. De ahí que, para los que viven de su asombro, la verdad sea lo que continuamente dejamos atrás —lo que es continuamente devorado o asesinado, aun cuando no siempre haya sangre de por medio— en virtud de nuestra supervivencia. Sobrevivimos por lo que, literalmente, despreciamos. No parece casual que, para quien sabe donde se decide la verdad, la mera supervivencia sea una forma de estar muerto. Con todo, la mirada del asombro es penúltima. Más allá del asombro, aún cabe ver las cosas desde la óptica del don o, si se prefiere, de la redención. Un manzana es un alimento y un alimento que puede gustarte. Pero quien ve solo una manzana cuando ve una manzana, no ve una manzana. Y quien dice manzana, dice hijos, mujer, padres, amigos. El asombro conduce a la plenitud. Y en la plenitud podemos permanecer en pie (o en la posición de loto). El don, en cambio, al agradecimiento (y por eso mismo a una cierta postración). No en vano los primeros cazadores mataban a su presa siguiendo un ritual: no olvides que el animal es una ofrenda, esa vida que se te ofrece para que tú y tus hijos podáis seguir con vida. Tarde o temprano, deberíamos caer en la cuenta de que nada es que no nos haya sido dado.

hacerse cuerpo

febrero 13, 2019 Comentarios desactivados en hacerse cuerpo

Si Dios fue Dios, entonces la encarnación tuvo que ser degradante para Dios. Es como si un noble decidiera hacerse pobre entre los pobres. La pobreza es contaminante. El pobre huele mal (y por lo común se comporta como un animal). Fácilmente el noble terminaría pediendo los buenos modales, su originaria distinción. Igualmente, podemos suponer que Dios perdió su dignidad —sus papeles— al hacerse cuerpo. Dios se incorporó como indocumentado —como nadie (pues dejó de ser alguien). Ahora bien, incorporar es volver a ponerse en pie. Y solo puede ponerse de nuevo en pie quien antes ha caído. De ahí lo de Atanasio, a saber, que Dios tuvo que caer como hombre para que el hombre pudiera levantarse junto a Dios (aunque Atanasio no lo dijera exactamente así).

del hombre y las focas

febrero 13, 2019 Comentarios desactivados en del hombre y las focas

Ni las focas, ni los árboles existen. Tan solo el hombre. Las focas y los árboles simplemente son. Ahora bien, en tanto que existimos —en tanto que nunca terminamos de encontrarnos en donde estamos— podemos comprendernos o bien como arrojados, o bien como arrancados. En el primer caso, seguimos en los alrededores de Atenas. En el segundo, en el centro de Jerusalén. En el primer caso, la pregunta es de dónde. En el segundo, de quién. No es exactamente lo mismo. Pues para los atenienses, la experiencia fundamental es la gnóstica. El mundo, sencillamente, no es nuestro hogar. En cambio, para los habitantes de Jerusalén, diría que es la de una común orfandad. Así, el mundo, sin duda, es nuestra casa. Pero hace ya tiempo que papá no ha vuelto.

incarnatus est

febrero 12, 2019 Comentarios desactivados en incarnatus est

Encarnación significa que no hay Dios sin el crucificado. Esto es, que no cabe algo así como una línea directa con Dios. Dios no es nadie al margen de su reconocerse en aquel que colgó de una cruz. De hecho, Dios, con el desprecio del primer hombre, sufrió tal crisis de identidad que incluso llegamos a creer que nunca hubo Dios. Hizo falta la fe, la fidelidad de un apestado de Dios para que cayéramos en la cuenta de que Dios no puede —ni quiere— llegar a ser el que es sin el hombre.

credo

febrero 11, 2019 Comentarios desactivados en credo

No creo en Dios. Creo en el Dios de Jesús, el crucificado, el Dios de Romero, de Ellacuría o Sobrino, el Dios de Grégoire de Ahongbonon. Con respecto a Dios, lo primero no es Dios, sino los hombres y mujeres que, con su testimonio, lo soportan. Sin ellos, y tantos otros antes, sencillamente soy incapaz de Dios. Por mi cuenta y riesgo, a lo sumo llego a donde llegó Qohélet.

renacimiento y desacralización

febrero 10, 2019 Comentarios desactivados en renacimiento y desacralización

Pico della Mirandola, al colocar al hombre en el centro del mundo, hizo algo más que conferirle dignidad. Pues que el hombre se situe en el centro va con el desplazamiento de Dios. Aquí no caben componendas del tipo Dios quiere que el hombre esté en el centro. O Dios se encuentra en el centro, o se encuentra el hombre. No es casual que en los tiempos modernos el saber pase a ser fácilmente una óptica. Como tampoco lo es que el arte del Renacimiento descubra la perspectiva. El icono ha sido dejado atrás como si fuera un vestigio de una antigua impericia. Pero aquí el orgullo, una vez más, se presenta como el envés de la ignorancia. Pues lo esencial del icono no es tanto el hecho de deformar los cuerpos para verlos tal y como podía verlos Dios mismo, de un modo parecido a como lo haría el cubismo siglos después, aunque, ciertamente, sin el motivo de Dios, como el que pueda alcanzarnos la mirada del rostro que representa. En el icono, lo determinante no es mirar, sino el ser mirado.

Ahora bien, lo paradójico de la Modernidad es que el hombre, al situarse en el lugar de un Dios omnisciente, difícilmente podrá evitar comprenderse a sí mismo como un objeto entre otros —como un animal o una máquina—, lo cual no parece hacer buenas migas con su nueva dignidad. De ahí que, objetivamente, la fe tan solo pueda entenderse hoy en día como aquella oscura ilusión en la que algunos hombres creen o dicen creer. Así, en vez de proclamar que hay Dios, preferimos decir que algunos hombres sostienen que hay Dios. En el momento actual, la fe no puede afirmarse legítimamente como la respuesta del hombre a la iniciativa —la caída— de Dios. No hay nadie en verdad otro para aquel cuya razón sostiene el peso del mundo. En cualquier caso, la alteridad es el supuesto de la conciencia, en modo alguno la falta que constituye el mundo o, si se prefiere, nuestro haber sido arrojados al mundo.

Sin embargo, el punto de partida de la existencia creyente nunca fue la idea de Dios —una idea que, bajo una sospecha por defecto, está pendiente de confirmación—, sino el hecho de encontrarse expuesto a una desmesura que no puede ser reducida a representación, una desmesura que, bíblicamente, se revela bajo la forma de una invocación insoslayable, por no decir, de una acusación: Caín, Caín ¿dónde está tu hermano? Y si esta invocación nos resulta excesiva no es por su carácter anormal, sino porque nadie puede responder desde sí mismo salvo como hizo Caín: ¿acaso soy el guardián de mi hermano? Creer supone creer que en la respuesta a la invocación de Dios, la cual cristianamente se da como la invocación de un crucificado, se decide el sí o el no de nuestro estar en el mundo. Y esto es así, no porque Dios sea ese espectro tutelar del que esperamos una intervención ex machina, sino porque su invocación —su voluntad o mandato— se desprende de su paso atrás o desaparición. O bien, el hombre se comprende a sí mismo como arrancado, o bien el hombre se pierde a sí mismo donde confía en su autosuficiencia. En este sentido, me atrevería a decir que una defensa de la fe hoy en día no puede eludir la obligación de desenmascarar la subjetividad moderna como regresión. Aunque quizá siempre fue así. Al menos, porque existir supone un haber negado a Dios. Aun cuando sea con la excusa de un dios a medida.

jesuitas

febrero 9, 2019 Comentarios desactivados en jesuitas

Ayer asistí a una charla que dieron dos jesuitas a un grupo de bachilleres a propósito de la vocación religiosa. Muy bien. Muy natural. En síntesis, ambos, en un momento dado, sintieron, a través del ejemplo de Jesús de Nazaret, la llamada de Dios a servir, sobre todo, a quienes sufren. Un jesuita no deja de ser, en lo más íntimo de sí mismo, un hombre para los demás, al fin y al cabo, un entregado en cuerpo y alma a la causa de los desfavorecidos.

Sin embargo, quizá el problema resida, precisamente, en la naturalidad con la que nos expusieron su vocación. Pues fácilmente te quedas con la idea de que estamos ante una inclinación personal. Como si uno se hiciera jesuita como otros se hacen médicos o artistas. Ciertamente, no diría que este sea el caso de los jesuitas que nos hablaron. Pero se lo pareció a muchos de quienes estuvieron en la charla. También es verdad que el contexto no daba para más (y lo que dio fue bastante). Pero la vocación religiosa no es tanto una inclinación como una respuesta a la in-vocación de Dios. Ahora bien, donde la palabra Dios resulta hoy en día, cuando menos, problemática, difícilmente quien escucha al testimonio puede evitar, como decía, la sensación de que se trata de un asunto interno y, por eso mismo, intransferible. O por decirlo con otras palabras, es difícil que, sin cargar las tintas, el testimonio llegue a interpelar a quien lo escucha. Como si la cosa no fuera con él, por muy admirable que sea una vida dedicada por entero al prójimo.

En este sentido, me atrevería a decir que uno no decide responder a la llamada de Dios porque le vayan las cosas de Dios, aun cuando esto nunca esté de más. Pues ningún hombre puede amar a una mujer, si antes no se enamora de ella, salvo casos excepcionales. Al menos, porque el amor nace, como el ave fénix, si es que nace, de las cenizas del deseo más espontáneo o natural. Las mariposas en el estómago, tarde o temprano, se cansan de revolotear. Algo semejante ocurre con esto de la entrega a los más pobres o, si se prefiere, a las cosas de Dios. Entre otras razones, porque la pobreza es degradante y quien abraza al pobre acaba oliendo como el pobre. Es decir, mal. Y a nadie le gusta oler mal.

Recuerdo que, hace años, escuché a Jon Sobrino hablar sobre su fe. Lo que me llamó la atención —de hecho, conmovió— fue que de entrada no hablara de su experiencia de Dios, sino de su indignación ante el sufrimiento indecente de tantos hombres y mujeres en El Salvador: no hay derecho a que estos hombres y mujeres vivan como perros. Gracias a Jon Sobrino comprendí qué es una vocación cristiana, sobre todo, cuando dijo que, tras ver el cadáver de Rutilio Grande, el sacerdote que murió como martir, ametrallado por los escuadrones de la muerte, a causa de su compromiso con los más pobres, le dio vergüenza seguir siendo como antes. Jon Sobrino escuchó, sin duda, la voz de Dios, aquella en la que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Pero la escuchó en el clamor de quienes padecen nuestra impiedad. La vocación no se entiende, si no es en relación con esta exterioridad.

La interioridad, cristianamente, no deja de ser el eco de una voz que procede de esas alturas que son las simas del mundo. La vocación cristiana —el amor cristiano— parte de una intolerancia básica, fundamental. Frente al cuerpo sin vida de Rutilio Grande no hubo vuelta atrás. Jon Sobrino se convirtió en rehén del pobre, cogiendo el testigo que le dio en mano el cadáver de Rutilio Grande. Pues que Dios sea el Señor significa que el crucificado —aquel sin el cual Dios no es nadie— es el Señor, y de paso los crucificados con los que se identifica. Nadie cree por su cuenta y riesgo. Un creyente se encuentra en deuda con aquel al que le debe la fe, con aquellas vidas que hablan por sí mismas de un Dios que no aparece como dios. Ni siquiera en las profundidades, siempre ambivalentes, del alma. En cualquier caso, en el fondo del alma topamos con la huella de Dios, algo así como la presencia de su ausencia.

Un jesuita no renuncia a la mujer, como quien dice, para que su entrega sea más eficaz, sino porque no puede hacer otra cosa, una vez ha sido secuestrado por el Dios que nos invoca con la voz de los excluidos. Y esto será lo que queramos, menos natural. Es verdad que la renuncia que supone toda vocación, reposa sobre un sí de fondo, como dijo Fonfo, el jesuita más joven. Que la fe, más que un supuesto, es una confianza en que, al final, este sí, aunque no lo pronunciaremos nosotros, prevalecerá sobre nuestra crueldad. Pero esto quizá solo nos alcance, si es dicho con una cierta gravedad, no exenta de perplejidad (aunque también de esperanza y gratitud). Entre la gravedad y la gracia, como dijera Simone Weil, anda la existencia cristiana.

de la ley y la transgresión

febrero 8, 2019 Comentarios desactivados en de la ley y la transgresión

La prohibición nos dio la libertad. La Ley, la cual nos fue dada en el origen de tot plegat, no tiene sentido sin la alternativa del quebrantamiento. La posibilidad del mal —de la desobediencia, no tanto del error— es, por tanto, intrínseca al orden de la Creación. Bíblicamente, fuimos arrojados al mundo por querer bastarnos a nosotros mismos —por negar nuestra dependencia originaria de un quien. No es casual que el ateísmo sea lo que define nuestra condición de arrancados. Incluso donde nos llenamos la boca con la palabra Dios.

una fraternidad imposible

febrero 7, 2019 Comentarios desactivados en una fraternidad imposible

O el cosmos se basta a sí mismo —o el cosmos reposa sobre el arjé— o, como quiere darnos a entender el relato bíblico de la Creación, el todo no lo es aún todo. Lo primero es, sin duda, comprensible. Espontáneamente comprensible. Sobre todo, hoy en día. Pero, siendo consecuentes, deberíamos admitir que el nihilismo es el destino de un mundo que no esté sobrepasado por una voluntad suprema, de un mundo que repose sobre lo inerte y no sobre el mandato moral que excede las capacidades humanas para la bondad. Y esto es así, aun cuando, al final, se añada la creencia de que terminaremos dopados de felicidad. Una eternidad de espectros suspendidos en el nirvana no constituye el antídoto al nihilismo. De hecho, lo confirma, como bien supo ver Nietzsche. O también, los guionistas de Matrix. Quien cree en esto último —quien lo da por hecho— quizá no haga mucho más que espiritualizar el principio de la entropía, el cual, como podemos sospechar, no hace justicia a las víctimas del pasado, aquellas que, por morir antes de tiempo a causa de nuestra impiedad, tienen pendiente vivir una vida humana. Ahora bien, donde el todo no lo es aún todo —donde el mundo tiene en el aire la irrupción del absolutamente otro— nada cabe esperar salvo lo imposible. Y lo imposible es, precisamente, la fraternidad, el horizonte al que apunta dicha voluntad. Pues, como sostiene el cristianismo, Dios no puede aparecer como Padre, sino solo en la persona del Hijo (y ya sabemos que el Hijo fue uno de los nuestros). O mejor dicho, el Padre tan solo se revela como aquel que se reconoce en el Hijo, en último término, gracias a su fiat. Dios como Padre siempre permanece más allá de aquel con el que se identifica. Y esto es así, incluso en los cielos, si es que los hay. De Dios tan solo tendremos el rostro de un crucificado que nos ofrece su perdón en nombre de un Padre que se encuentra eternamente más allá. Como el yo con respecto a sí mismo. En este sentido, cristianamente hablando, la Encarnación es el principio de la fraternidad universal. Sin embargo, el mundo de la fraternidad —el nuevo cielo y la nueva tierra— es imposible porque nuestro mundo no puede admitirlo como posibilidad. Hay mundo —hay Historia— porque Dios desapareció en combate, por decirlo así. Únicamente podremos reconocer que, en verdad, somos hijos de un mismo Padre —un Padre que solo pudo aparecer como crucificado— donde el cielo caiga sobre nuestras cabezas, esto es, bajo el silencio de Dios. Dios tan solo pudo romper su silencio en la cruz. Y lo rompió cuando el crucificado pronunció su última palabra —su fiat, su perdón. De ahí, que la fraternidad vaya con el final del mundo o, si se prefiere, de la Historia. Más aún, con la resurrección de los muertos. Algo en lo que sensatamente no podemos creer solo desde nuestro lado. Desde nuestro lado, ya todo fue dicho. Y lo dijo Qohélet. Desde nuestro lado, el crucificado no es más que un profeta que, como tantos, acabó mal.

pensar a Dios, hoy en día

febrero 6, 2019 Comentarios desactivados en pensar a Dios, hoy en día

Cuando la Ilustración piensa a Dios como el motivo del mito o la superstición se niega a pensarlo como el valor, por decirlo así, que perdimos de vista. Ciertamente, la superstición es mala fe. Pero es posible que la modernidad haya tirado al niño con el agua sucia. El cristiano, hoy en día, no puede ser otra cosa que conservador, lo cual no significa conservadurista, pues el conservadurismo religioso, el cual fácilmente termina derivando en fundamentalismo, desactiva, al jugar con las cartas marcadas del mundo, el potencial transgesor, por no decir revolucionario, del kerigma cristiano. Precisamente porque nada contracorriente, el cristiano actualmente se ve obligado a conservar el legado de la tradición. Sin embargo, porque debe proclamar lo que, de entrada, resulta ininteligible, quizá crea que debe actualizar la tradición, esto es, ajustarla a nuestros moldes culturales. Pero aquí se equivocaría, al menos por aquello de tradutore, tradittore. De lo que se trata es de destruir, casi en el sentido heiddegeriano de la expresión, la posición desde la cual el hombre moderno juzga al creyente como el que sufre una ilusión infantil. Una teología responsable hoy en día debe ocuparse de dotar de legitimidad epistemológica al logos sobre la realidad de Dios, realidad que, sin embargo, no puede concebirse, bíblicamente hablando, como la de un ente espectral. Ahora bien, dicha recuperación no puede llevarse a cabo sin partir del reconocimiento de nuestra incapacidad cultural, que no humana, para la revelación del absolutamente otro, de nuestro hallarnos esencialmente expuestos, en tanto que arrancados, a la falta de una genuina alteridad. Pues puede que, en definitiva, no haya otra realidad que la que dio un paso atrás en su hacerse presente como apariencia. En nuestros tiempos, el teólogo tiene que partir de, cuando menos, la posibilidad de que haya verdad pero no para nosotros, por parafrasear a Kafka. Aquello que no puede hacer es, precisamente, dar a Dios por descontado, ni siquiera cuando supone que tan solo es cuestión de bucear en nuestro interior. Ahora bien, que no pueda dar a Dios por descontado no significa que tenga que demostrar, previamente, la existencia de Dios. Un Dios que tenga que ser demostrado —un Dios encajable en el marco de la razón— no puede valer como Dios, en cualquier caso como arjé. Al hablar de Dios, no puede hacer otra cosa que comenzar diciendo había una vez un hombre que… Y esto, si lo pensamos bien, no deja de ser algo muy evangélico.

1 Co 1-13

febrero 5, 2019 Comentarios desactivados en 1 Co 1-13

Interesante lo que Pablo dice al final de su himno sobre la caridad. Pablo es consciente que, con respecto a Dios, vamos a tientas. Pero confía que, al final, cesará nuestra incertidumbre. Ahora bien, no dice que, tras el fin de los tiempos, conocerá lo que ahora cree conocer, aunque imperfectamente, sino que verá lo que debe ser visto… desde la óptica de Dios. Literalmente, conoceré tal y como Dios me conoce a mí. A esto se reduce nuestros lances con la alteridad. Que lo decisivo no pasar por ver, sino por ser visto. O por decirlo de otro modo, que mientras no seamos traspasados por la mirada de Dios, lo cual cristianamente significa por la de aquel con quien Dios se identifica, seguimos sin poder trascender realmente nuestro particular punto de vista. Pues en el mientras tanto de la Historia, fácilmente decimos que las cosas, incluso las de Dios, son tal y como nos parece que son.

desde dentro y desde fuera

febrero 4, 2019 Comentarios desactivados en desde dentro y desde fuera

La Modernidad es la época en la que el hombre se comprende a sí mismo desde la posición del espectador, lo cual no significa que se comprenda mejor. Es lo que tiene la sospecha cartesiana. Nada de lo que pueda ver desde la escena es digno de crédito. Tan solo vale la visión objetiva. Y esta solo sabe de cuerpos sometidos a fuerzas. Así, no hay Dios, sino tan solo hombres y mujeres que dicen haber visto a Dios. Sin embargo, el espectador —el científico— no se enfrenta a lo invisible, esto es, al carácter esencialmente trascendente de la alteridad, sino en cualquier caso a lo que aún está por ver o entender. Para el espectador, esse est percipi. Esto es, tan solo es lo que puede ajustarse a las condiciones de la receptividad. Pero, al partir de este principio, el espectador se ciega al carácter invisible de lo absolutamente otro. El hombre, modernamente, no puede comprenderse como el que se encuentra de por sí referido a una alteridad por ver. El espectador no puede ir más allá de lo que le parece que es. Ninguna alteridad interrumpe la continuidad de los días. Únicamente quien se encuentra en medio de la escena puede caer en la cuenta de que si vemos lo que vemos es porque hay algo que no vemos en lo que vemos. La realidad del otro, más allá de cómo se nos muestra —de su particular modo de ser— se le revela como lo que tuvo que desaparecer en su hacerse presente. La realidad —el carácter en verdad otro del otro— es, como tal, invisible. Del otro en sí mismo, tan solo escuchamos su clamor, aquel que nos obliga a responder, el que nos interpela o acusa. Y es que frente al clamor del otro, el que le caracteriza en lo que es, no responder es ya responder. Pasar de largo —y esto es siempre posible—, supone negarle su autoridad sobre nosotros. De ahí que Dios no sea nadie sin la entrega incondicional de su criatura. La ciencia ignora las voces. Pero de ello no se desprende que sean menos verdaderas que las ideas que nos hacemos de cuanto nos traemos entre manos.

alguien ahí

febrero 3, 2019 Comentarios desactivados en alguien ahí

Quizá la cuestión no es si hay Dios, sino si puede haberlo al margen de nuestra respuesta a su invocación —a su lamento. Un Dios que sea al margen del fiat del hombre es una cosa entre otras, aun cuando se nos imponga como superior. Y una cosa entre otras, deja en el aire, precisamente, a Dios. Dios sigue siendo el Dios pendiente donde suponemos que se trata de un ente espectral.

sospechosos habituales

febrero 2, 2019 Comentarios desactivados en sospechosos habituales

La sospecha, no el asombro, es la actitud fundamental del individuo moderno. Pero si lo pensamos bien, se instaló en el corazón del hombre desde la primera tentación: quizá Elohim no nos haya dicho la verdad. Con todo, es por la sospecha que podemos, cuando menos, distanciarnos del lugar común, de lo que se da por descontado o se cree. Hay en la sospecha un principio de libertad. Sin embargo, la sospecha no tiene por qué derivar en escepticismo. Cabe algo así como una sospecha religiosa o, si se prefiere, espiritual. Puede que en último término lo real no tenga nada que ver —o muy poco que ver— con lo que podemos encajar dentro de nuestros esquemas mentales. Una garrapata ni siquiera llega a intuir la naturaleza de la vaca a la que se adhiere con firmeza. Tan solo capta el calor de su cuerpo. Al fin y al cabo, la idea que nos hacemos de lo real puede que no sea, precisamente, de lo real. En este sentido, la sospecha nos abre al misterio, a la posibilidad de lo inconcebible. Como decía Merton, tarde o temprano caemos en la cuenta de que nos encontramos en medio de aguas que nos cubren. Ahora bien, nadie dijo que estas aguas no terminen ahogándonos. De ahí que la cuestión sea si, en definitiva, hay alguien en el más allá al que le importe nuestra existencia. Eso parece, si es verdad que el crucificado se reveló como el quien de Dios. Pero está verdad aún se encuentra pendiente de una última confirmación. Con respecto al final seguimos sin saber. Tan solo cabe esperar. Desde esta óptica, no es casual que las imágenes de la esperanza creyente sean, literalmente, increíbles. Desde nuestro lado, no es posible creer. Salvo ingenuidad o mala fe.

incapaz de Dios

febrero 1, 2019 Comentarios desactivados en incapaz de Dios

El problema del hombre moderno es que no admite —no puede admitir— su original dependencia de Dios. El sentimiento de dependencia, que, según Schleiermacher, se encuentra en la base de la experiencia creyente, no va con él. Como sujeto, su horizonte es el de la autosuficiencia y, en este sentido, le debe más a Atenas que a Jerusalén. Sin embargo, lo que el hombre moderno quizá no tiene en cuenta es que hay dos modos de entender esta dependencia. Uno es tópicamente religioso. El otro, bíblico. Para el primero, el hombre depende de la divinidad como el siervo de la gleba dependía de un señor feudal. Y, sin duda, un dios entendido a la manera de un señor feudal, aunque añadamos que es buena gente, no puede valer como Dios. En cualquier caso, como un dios en apariencia. Para una sensibilidad bíblica, la dependencia religiosa es la que el hombre experimenta frente al ídolo. Según esta última sensibilidad, la verdadera dependencia se da con respecto al juicio. Pues el sí o el no de nuestro estar en el mundo no se pronuncia desde nuestro lado, sino del lado de aquel otro que, a causa de su extrema indigencia, no es mucho más que un clamor de otro mundo. Como si su lamento fuera el de un Dios malherido. Evidentemente, el hombre moderno tampoco es que se sienta sub iudice o en deuda. Pero que no lo sienta no significa que no lo esté.

necesidad del desierto

enero 31, 2019 Comentarios desactivados en necesidad del desierto

¿Necesitamos un desierto? Sin duda. Pues, tarde o temprano, caemos en la cuenta de que, en medio de la ocupación diaria, no salimos de la dispersión. La ciudad no está hecha para lo último. En cualquier caso, para olvidarlo. Sin embargo, pecaríamos de ingenuidad, si hiciéramos del desierto un mito. Un mito no deja de ser un espejismo, una ilusión. Nadie se libra de convertir el heroísmo en oficio. Nada garantiza la fecundidad de la vita contemplativa. Si no, que se lo digan a quienes enloquecieron envueltos de silencio. No es casual que, bíblicamente, la pregunta no sea tanto por el dónde, sino por el cuándo. Aunque el cuándo exija del hombre una posición.

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