un poco más de Hobbes
junio 19, 2020 § Deja un comentario
Hobbes se dio cuenta de lo que muchos hoy en día parecen ignorar, a saber, que decir que el mundo es Dios equivale a decir que no hay Dios. Ateísmo y panteísmo no dejan de ser las dos caras de una y la misma moneda.
el sujeto de la reflexión
junio 18, 2020 § 1 comentario
Descartes en el articulo sexto de sus Principia dice lo siguiente: pero aunque el que nos ha creado fuera todopoderoso y se complaciera en engañamos, no por ello dejamos de experimentar una libertad tal, que cuantas veces nos plazca podemos abstenernos de adoptar en nuestra creencia las cosas que no conocemos bien. Traducción: como hombres y mujeres capaces de interrogarse sobre la verdad de las creencias más espontáneas, las que van con el hecho de formar parte del mundo, podemos distanciarnos de lo dado. Incluso nuestros deseos pueden ser contemplados como un implante —como un picor. Evidentemente, el deseo sigue ahí. Pero ya no posee la misma fuerza, el mismo poder de seducción. El sujeto de la reflexión —el de quien vuelve sobre sí mismo con la intención de alcanzar la sólidez de cuanto es en verdad más allá de lo que nos parece que es— no juega en la misma liga que la de quien se pliega sin más a lo que se dice o se hace, a la inercia de lo común. Ahora bien, que, para el amante de la verdad, el mundo termine siendo algo extraño —que lo obvio pase a ser problemático— implica una extrañeza de sí, al menos en tanto que su cuerpo sigue perteneciendo al mundo. De ahí que la cuestión sea cómo regresar —como integrar el fruto paradójico de la reflexión. Pues el que busca la verdad, ciertamente, ya no podrá creer como quien no quiere la cosa en lo se da culturalmente por descontado. Pero a cambio no podrá ofrecer otro saber que el que confiesa que aún cuando haya realidad, no es para nosotros. Esta —y no otra— es la definitiva lección del platonismo: con respecto a lo absoluto tan solo obtendremos verdades inútiles. Esto es, díficilmente podremos evitar quedarnos con el pie cruzado. Es lo que tiene la dialéctica, la visión de que el carácter otro de lo real —la alteridad tot court— solo puede revelársenos desapareciendo como tal en su mostrarse a una sensibilidad. O por decirlo de otro modo: hay un hiato —y un hiato insalvable, desde nuestro lado— entre el Otro y su aspecto o manera de ser, de tal forma que el Otro es lo eternamente pendiente del mundo. En cualquier caso, la vida queda transformada —o si se prefiere, dislocada— por este saber. Como si la reflexión consistiera en anticipar la ancianidad.
e ben trovato
junio 18, 2020 § Deja un comentario
La patria horizontal se desmorona, se altera. La patria vertical es sólida, más perenne que el bronce. A veces es tan solo un verso.
Sándor Márai
resurrección y síndrome de Capgras
junio 17, 2020 § Deja un comentario
Podríamos entender las apariciones del resucitado como una variante del síndrome de Capgras: es él mismo, pero no es el mismo. Como en los sueños, cuando hablas con tu padre —y sabes que hablas con él— a pesar de que estás hablando con otro. Sin embargo, esto es lo que podríamos decir nosotros hoy en día. En modo alguno, María, la que incialmente confundió al maestro con el jardinero: dime dónde lo has puesto. Ella sencillamente, de admitir nuestro diagnóstico, hubiera creído que, gracias a su síndrome, llegó a ver lo que nadie más podía ver. Todo lo que vemos depende de lo que damos por sentado con respecto a lo que hay, de los que presupuestos que rigen una determinada visión del mundo. Y María, junto al resto de los testigos, en absoluto podía poner en cuestión que hubiera un más allá. El problema es que el más allá, modernamente, se ha convertido en el objeto de una creencia —en la suposición de la subjetividad creyente. Quizá, con respecto a este asunto, no tengamos más remedio que partir de la sentencia del cuarto evangelio: dichosos los que creen sin haber visto. La cuestión es qué supone este punto de partida en relación con la naturaleza de la fe. Pues no se trata de caer en el fideísmo. Aunque tampoco de quedarse solo con el Jesús que andó por Galilea anunciando el final de los tiempos.
sobre poesía y verdad
junio 16, 2020 § 1 comentario
La poesía supone la ruptura del uso habitual de las palabras por la que el puro haber llega al lenguaje. No tiene sentido preguntarse si el verso afortunado es verdadero, si se corresponde con los hechos. Es verdadero porque está bien dicho —porque las palabras tienen peso o, mejor, porque soportan el peso, no necesariamente insufrible, de lo patente. No hay hechos que puedan verificar el logro del poeta. Sencillamente, las cosas tienen que ser tal y como las dice el poeta. No hallaremos ningún explicación, ningún argumento en el poeta. Tampoco ninguna exhortación moral. La rosa es sin porqué, escribió el Silesius. De ahí que el poeta sea un heraldo —un receptor, un inspirado. No inventa, descubre. Y lo que descubre es un motivo de asombro donde los demás no vemos más que costumbre. El poeta revela la extrañeza que amaga lo familiar. Aunque lo descubra jugando con las palabres. O por eso mismo. Para el poeta hay más. Pero este más no se encuentra en otro mundo. En realidad, el más es más lo mismo, pero visto como dado —como donación. Hay más verdad —más presencia— en unas botas desgastadas, que en las que aún podemos usar. Hay más verdad en lo inútil que en lo útil. El poeta, al proporcionar una palabra a lo intratable, deja que lo que es simplemente acontezca. Sin embargo, lo dado no es solo la paz, aunque sea la que sucede a la derrota, acaso la única que humanamente nos corresponde. También, se nos concedió el horror.
Russell
junio 15, 2020 § Deja un comentario
Ayer me entretuve releyendo algunos de los fragmentos dedicados a la existencia de Dios del libro de Bertrand Russell Por qué no soy cristiano, un libro que leí hace ya tiempo, cuando era un adolescente. Las tesis de Russell son las típicas del libre pensamiento, aun cuando algunas, en la forma, sin embargo, de cuestiones a resolver, fueron avanzadas por el nominalismo medieval, por no hablar de Platón. La principal, quizá, sostiene que si las leyes del mundo obedecen a la voluntad de Dios, entonces o bien son sin razón —y, por tanto, el mundo pende de lo arbitrario y, para llegar a este punto, basta con el azar— ; o bien, la voluntad de Dios se encuentra sujeta a razones, y en ese caso tampoco necesitaríamos de la mediación de un Dios. Sin embargo, la impresión que me llevé releyendo a Russell es que eso ya lo sabíamos. Los argumentos de Russell son definitivos con respecto a un dios que se concibe al modo del ente, aunque lo carguemos con esteriorides. Un dios-ente formaría parte de la totalidad, y por tanto su más allá sería solo un efecto óptico, algo relativo a nuestra posición, a lo que nos parece que es divino: también nosotros seríamos dioses para aquellas lombrices que fueran capaces de, cuando menos, intuirnos. Pero lo que encontramos en la Biblia es que la realidad de Dios no puede concebirse según los modos del ente. Y no porque se trate de algo o alguien cuyo perfil no terminamos de percibir con nitidez debido a su superioridad. El misterio de Dios no responde a nuestra ignorancia o impotencia, sino al hecho de que, en tanto que absolutamente otro, siempre queda fuera del mundo —de hecho, fuera de los tiempos— como el Otro eternamente pendiente. Pues la pérdida de la genuina alteridad es la condición de la existencia del hombre —de su estar en el mundo, en cualquier mundo, incluyendo, de haberlo, el sobrenatural.
De ahí que no sea secundario que, bíblicamente, Dios en verdad, y frente a lo que espontáneamente se nos presenta como divino —lo gigantesco, lo desproporcionado o sin medida—, se revele como promesa de Dios, esto es, como su eterno por-venir. Desde el punto de vista del monoteísmo bíblico, de Dios tan solo tenemos lo debido a Dios: el don y la Ley —una vida que se nos ofrece, desde el horizonte de la nada, como milagro o excepción, y el deber de preservarla frente a la amenaza que supone nuestra voluntad de poder, de querer ocupar el lugar de Dios. Podríamos decir que el presente de Dios es su testamento, en el sentido casi forense de la expresión. La desmesura de Dios no es la una fuerza inconmensurable, sino la de su estar en falta —la de su des-aparición o paso atrás. Aquello que nos supera no es, salvo episódicamente, el fenómeno paranormal, sino el silencio de Dios en Getsemaní. Aunque también —y esta sería una aportación cristiana— la palabra que sucede a ese silencio, el perdón de un crucificado como apestado de Dios. En cualquier caso, la bendición y la maldición, desde la óptica de Israel, son las dos caras de una misma —y extrema— trascendencia. Nadie se encuentra expuesto a Dios que no sufra, de entrada, su falta. Sin embargo, esta falta nos obliga a la fraternidad. Una cosa va con la otra. O al menos, esta es la convicción bíblica. De ahí que solo podamos reconocernos como hermanos —como iguales— bajo el peso de un cielo impenetrable. La promesa de Dios es, en realidad, el envés de su ausencia. Como arrancados de Dios, el clamor del hambriento nos invoca como si de nuestra respuesta dependiera el sí o el no de nuestro estar en el mundo. Por eso mismo, ante Dios —un ante Dios que es sin Dios, como decía Bonhoeffer— nos vemos empujados a elegir entre la fraternidad y el infierno. No es cierto que si Dios no existe, todo esté permitido. Al contrario: porque el haber de Dios es el de un pasado anterior a los tiempos —Dios es el que fue y, en el mejor casos, será—, tan solo nos tenemos los unos a los otros. Dios es el misterio del mundo. De cualquier mundo. Incluso del de los ángeles. Y esto significa que la existencia no se resuelve, si es que pudiera resolverse, en los términos de un saber de Dios. Ni siquiera hipotético.
De Dios no veremos otro rostro que el de aquel que carga con el peso de su trascendencia… y obra en consecuencia. Es solo por su obrar —por su fidelidad— que podemos creer que el verdugo no pronunciará la última palabra. Y aquí el no pronunciará debe entenderse según el modo del imperativo, y no como si simplemente se tratase de una desiderata: solo porque hubo un gesto de piedad en medio del horror, podemos creer que Ha-Satán no juzga el mundo —que lo juzga Dios. Aunque no nos lo parezca. Ahora bien, precisamente porque Dios no es aún nadie sin el fiat del hombre —y esta sería la convicción cristiana—, el juez del mundo no es otro que el que fue crucificado en nombre de Dios, esto es, en su lugar. Sin embargo, para entender cuanto acabamos de decir hay que estar situados en la posición de quienes no pueden evitar ver el mundo como un campo de combate entre las fuerzas del bien y las del mal. A ojos de Israel —es Israel fue un pueblo de parias—, la historia es una teodramática. Desde la grada del espectador, no veremos más que un mundo que en modo alguno puede desprenderse de la ambigüedad, de su estar tensado por la oposición entre el Yin y el Yan. Desde la distancia teórica —literalmente, desde la posición de un dios— el sufrimiento de los hombres solo nos alcanza por empatía. Y la empatía en cualquier caso nos inclina a la reacción, pero no a un tener que responder. Para esto último, tendríamos que sentir el peso de la acusación, aunque, cristianamente, se trate de la acusación que se desprende de un perdón ofrecido de antemano. Pero este es otro asunto.
sin Buda
junio 14, 2020 § Deja un comentario
Actualmente, en muchas canchas cristianas se da por descontado que solo la espiritualidad oriental nos proporciona el lenguaje con el que poder seguir siendo cristianos. En este sentido, el libro de Knitter Sin Buda no podría ser cristiano sería algo así como el manual del nuevo progresismo cristiano. Sin embargo, cristianamente lo que deberíamos decir es que sin Moisés, no podríamos ser cristianos. Desde la óptica oriental, Jesús no es mucho más que un maestro de verdad, en modo alguno el quién de Dios, su modo de ser —aquel con el que Dios se identifica en el centro de la historia y, por eso mismo, llega a ser el que es. A lo sumo, el que representa un Dios cuya esencia es independiente de la respuesta del hombre a su invocación —como Adriana Lima puede representar el paradigma de la belleza femenina en Occidente—, pero no aquel sin el cual Dios aún no es nadie. Sencillamente, el Dios que se revela en la cruz, precisamente, como un Dios crucificado no es el denominador común de las diferentes sensibilidades religiosas. El cristianismo no es una manera, entre otras, de acceder a la cima de Dios. De hecho, el Dios de la fe cristiana es inaceptable para quien presupone que la esencia de Dios está determinada de antemano. Entre otras razones porque Dios tiene un cuerpo y un cuerpo que cuelga de un madero como si fuera un apestado de Dios. Estamos lejos de la tesis de Knitter con respecto a la naturaleza de Dios, la que sostiene que Dios no es más, aunque tampoco menos, que el espíritu de interconexión. Y estamos lejos porque, cristianamente, el espíritu, ese resto, no se nos entrega antes de la cruz, tal y como se nos dice en el evangelio de Juan. Literalmente, el espíritu es de Dios, un espíritu, tal y como proclama el credo, que procede del Padre y el Hijo, de su encuentro en la cruz. El problema de una fe a la Knitter es que el espíritu no es, cristianamente, una especie de fondo nutricio al que deberíamos conectarnos, si se trata de vivir con plenitud. Desde la óptica cristiana, el espíritu es un don, un resto, lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios. Y esto es lo mismo que decir que el espíritu es lo que permanece de un Dios que se hizo hombre —y consecuentemente, mortal—… porque no quiso ser sin el hombre. El espíritu, en tanto que alcanza el tuétano del creyente, atestigua la presencia de Dios en la historia tras el acontecimiento de la cruz. La esperanza —y como dijera Pablo, fuimos salvados en la esperanza— no encuentra otro motivo que el espíritu que mantiene con vida al arrodillado. Es por el espíritu de Dios que el arrodillado pudo ofrecer un gesto de misericordia en medio del infierno, algo que el mundo no puede admitir como su posibilidad. De ahí el carácter increíble de la esperanza creyente.
Por tanto, podríamos decir que la dificultad de la tesis de Knitter es que resulta demasiado razonable como para que podamos confesarla. En cualquier caso, se trata de una suposición entre otras. Sencillamente, la propuesta del nuevo cristianismo progresista no es un evangelio para los que sobran, los gaseados. De hecho, los Auschwitz de la historia revelan toda fe en el espíritu de interconexión como farsa. El punto de partida de la fe es la fe que tuvieron quienes, en medio del infierno, ya ni siquiera podían sentir a Dios —la fe de los muertos, de aquellos que ya no tenían vida por delante. Se trata de una fe que no se ofrece como saber, ni siquiera hipotético, sino como un gesto de piedad donde no cabía ninguna piedad. Esto es, sin Dios mediante. O en los términos de Bonhoeffer, estamos ante Dios, sin Dios. La fe en Jesús parte de la fe de Jesús. Es la fe de Jesús la que nos salva —la fe por la que cabe esperar, contra todo pronóstico, que el verdugo no pronunciará la última palabra. Por eso mismo, el cristiano debe responder a la pregunta que Jesús, el galileo, le hizo a Pedro: ¿y tú quién dices que soy Yo? De lo contrario, la fe deja de ser una confesión para convertirse en una simple conjetura.
sabiduría y dicha
junio 13, 2020 § Deja un comentario
Antes de la irrupción del cristianismo, el saber, en su sentido sapiencial, siempre fue la condición de la felicidad. Pues es feliz quien sabe vivir. Ahora bien, la pregunta es en qué consiste dicho saber. Y podríamos decir que, al fin y al cabo, se trata de aceptar que no hay solución —que las piezas del puzle nunca terminan de encajar. Estamos ante algo así como la ley de la gravedad de nuestro estar en el mundo. Comenzamos a saber de qué va el juego una vez admitimos—y abrazamos, al menos en lo posible— la discordia, el desencuentro, el hiato. Y no porque no sea posible encontrarse, sino porque el encuentro, de darse, solo tendrá lugar como reconciliación. Ahora bien, la reconciliación, contra el espejismo de la fusión, preserva las distancias. Únicamente quien permanece en el mundo de Instagram, por decirlo así, cree que cabe realizar su deseo tal y como se presenta. Se trata, obviamente, de un error. El deseo, en realidad, está hecho de piezas incompatibles. Así, la mujer puede soñar con un amo al que poder dominar, una bestia a la que transformar con su amor. Pero en el caso de topar con un amo, difícilmente llegará a dominarlo. Y si lo consiguiera, tarde o temprano, terminará despreciándolo. Paralelamente, el hombre puede fantasear con una mujer de putamadre. Sin embargo, es elemental, o debería serlo, que los términos que forman la expresión son incompatibles. El destino de una existencia centrada en el deseo es la insatisfacción, el desprecio de sí, la desdicha. Sencillamente, creer que queremos cuanto deseamos es propio de aquel que ignora de qué va el juego. Para vivir la vida, hay que saber. Y no es fácil. Cuando menos, porque fácilmente sabemos qué deseamos —un deseo no deja de ser un implante—, pero no lo que queremos.
crisis
junio 12, 2020 § Deja un comentario
Durante las crisis, lo que quiere la gente es que haya alguien que se haga cargo de la situación —que cargue con su peso. Esto es, que tome las riendas, haciendo frente al griterio habitual —y cambiante— de las opiniones. Al fin y al cabo, que ofrezca una salida, un final feliz. Hablamos del líder o, en judío, del Mesías. El problema es que, en situaciones críticas, siempre habrá quien se presente como redentor. Y cuesta distinguir al verdadero del falso. Más bien, tendemos a dejarnos seducir por el falso. Pues la verdad no suele hechizarnos. De ahí el carácter desconcertante del canto de Isaías sobre el siervo sufriente: el redentor no aparecerá como tal, sino como el chivo expiatorio que soporta sobre sus espaldas nuestra tara. René Girard probablemente diera en el clavo con sus tesis sobre el carácter revelador de la cruz, al menos desde una perspectiva antropológica: el sacrificio salvífico, tal y como lo concibe la religión política, es una ilusión óptica. Y esto es lo mismo que decir que no hay solución política a los problemas de la política. O mejor, la solución política no termina de ser una solución, sino en cualquier caso una solución de compromiso, un parche. En bíblico, no hay solución histórica a los trances de la historia. Es lo que tiene estar en el mundo: que erramos de tregua en tregua, mientras seguimos soñando con una paz ex machina.
el libro negro
junio 11, 2020 § 1 comentario
Leyendo el Libro negro de Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman, un inventario de las masacres nazis sobre territorio soviético, escrito sobre todo a partir del testimonio de los supervivientes, uno no puede evitar preguntarse de nuevo cómo fue posible. ¿Quién será capaz de tanta barbarie? Aquí no tardamos en ponernos junto a Hobbes, al menos en lo que respecta al diagnóstico: el hombre no es de fiar, no tiene remedio. Homo homini lupus. No es causal que Hobbes escribiera su Leviatán teniendo muy presente las guerras de religión que, en su momento, devastaron Europa. El libro comienzo con la matanza de Babii Yar en Kiev. Miles de ancianos, mujeres y niños, principalmente judíos, murieron sin piedad a manos de los alemanes —y con la entusiasta colaboración de la población no judía. El relato te hiela la sangre. Puedes seguir con el resto de matanzas. Pero hay que tener estómago. Sencillamente, nos enfrentamos a la desproporción. Y ante esta, la normalidad deviene una farsa. Puede que no haya Dios —y si lo hubiera, no sería tal y como nos lo imaginamos. Pero de lo que no hay duda es de la existencia de Ha-Shatán. La paz es siempre una tregua.
Sin embargo, nos equivocaríamos si creyéramos que los alemanes que invadieron Kiev —y los colaboracionistas ucranianos— fueron los malos, mientras que nosotros, los que fácilmente nos escandalizados ante sus actos, estamos del lado de los buenos. Mientras no salte la chispa, todo el mundo es bueno. O más o menos. Entre los carniceros de Kiev, hubo buena gente. Pero en el corazón de la buena gente anida espontáneamente el odio, el resentimiento, la rabia. La raíz es el desprecio natural: el cerdo español, la rata catalana, el pijo, la cucaracha tutsi. La nani que cuida de tus hijas con cariño casi maternal será la primera en anudarles la soga al cuello… si se diera la ocasión. Como si el hombre solo pudiera comprenderse a sí mismo —estimarse— en relación con el enemigo, aquel que representa lo peor, la tara que no podemos soportar en nosotros mismos. El chivo expiatorio fue antes un chivo, esto es, un animal abyecto. Para amar al enemigo, antes tendríamos que dejar de ser quienes somos. Y no parece que esté en nuestras manos dejar de serlo.
De hecho, el mismo llyá Ehrenburg escribió lo siguiente:
«¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!» Más aún: «¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!»
Y por si no bastara con lo anterior:
«Los alemanes no son seres humanos […] No debemos hablar más. No debemos excitarnos. Debemos matar. Si no has matado al menos un alemán en un día, has derrochado ese día […] Si no puedes matarlo con una bala, mátalo con una bayoneta. Si tu sector del frente está tranquilo, o estás esperando para un gran ataque, mata un alemán mientras tanto. Si dejas un alemán vivo, él matará a un ruso, violará a una rusa. Si ya has matado a un alemán, mata a otro. Nada nos es más grato que un montón de cadáveres de alemanes. No cuentes los días. No cuentes los kilómetros. Cuenta solamente el número de alemanes que has matado. Mata al alemán, es lo que te pide tu abuela. Mata al alemán, es lo que te pide tu hijo. Mata al alemán, es lo que te pide tu patria. No lo olvides. No lo dejes pasar. Mata.»
otro mundo
junio 10, 2020 § Deja un comentario
¿Hay otro mundo? Sin duda, es el mundo extramuros —un mundo aparte. El que habitan los excluidos, los que sobran o apestan. Se trata de un mundo inconmensurable, sin proporción. Ahí no hay cielo que valga —ninguna imagen que garantice un sentido, una ubicación. El dios de la ciudad —se muestre con aspecto humano o magmático— es un dios doméstico y, por eso mismo, un dios a medida del hogar. Nada que tenga que ver con la verdad de Dios. La pregunta por Dios solo puede plantearla el excluido —y la plantea como invocación de un Dios que ni siquiera puede concebir, un Dios imposible. Solo el excluido posee legitimidad para hablar de Dios. Y poco tendrá que decirnos si es que no prefiere callar. Pues el Dios con el que se encontrará, de encontrarse, no es otro que un Dios, a su vez, excluido —un Dios que está, en el mejor de los casos, por venir. En realidad, nadie topa con Dios, sino con aquel que ocupa su lugar. De ahí que no tenga sentido llenarnos la boca con lo que nos parece que es Dios. De Dios, tan solo lo que se desprende de su originario paso atrás —en judío, el don y la Ley.
inadmisible
junio 9, 2020 § Deja un comentario
Lo que no puede admitir nuestro mundo —el ángel, el fantasma, un dios— queda relegado al ámbito de la fantasía o de la ciencia ficción. Como ocurre con el adolescente contrahecho al que las chicas rehúyen: que solo liga en su mente. O con la cenicienta, ese cuento con el que las chicas sin valor —las inválidas, las que se ven fuera del mercado— creen que hay un príncipe para ellas, un hombre capaz de descubrir, y rescatar, su belleza interior. Sin embargo, hay mundo porque lo imposible es la eterna posibilidad del mundo (y no solo una compensación para el desfavorecido).
neocarbon
junio 8, 2020 § Deja un comentario
¿De rodillas ante Dios? Quizá inevitable ante la aparición. Tan solo basta imaginar que topamos con el fantasma de nuestro padre para caer en la cuenta de cuál sería nuestra reacción. ¿Quién no bajaría la mirada, doblegándose sobre sí mismo, o cubriría su rostro como los niños cuando quieren desaparecer? ¿Acaso habría quien permaneciese en pie encarando al espectro? Sin embargo, bíblicamente los que se arrodillan en verdad ante Dios no son los que creen ver a Dios, sino lo que son doblegados por su desaparición. De ahí que ver a Dios sea lo mismo que ver a quienes soportan su inaccesible trascendencia. O bien porque la sufren, o bien porque responden a quienes claman por Dios. Basta con este dato para, cuando menos, intuir que los tiros de Dios no van por donde espontáneamente cabe suponer. Aunque no nos lo parezca, un fantasma todavía es demasiado natural. Sería suficiente con que pudiéramos darlo por descontado como para que su aura se disolviera como azúcar en el café.
aporías cristianas de hoy
junio 7, 2020 § Deja un comentario
Sin resurrección, la fe es un absurdo (o vana, que dijera Pablo). No obstante, hoy en día que Dios resucitara a Jesús de entre los muertos está muy cerca de ser una fórmula vacía —y, precisamente por ello, una fórmula que podemos rellenar cómo nos parezca. Así, para muchos la resurrección sería un modo de decir que Jesús vive en su interior, por no hablar de quienes la entienden como si simplemente se nos hablase de la inmortalidad del alma. Pero quienes proclamaron la resurrección del crucificado quisieron decirnos mucho más de lo que hoy en día aún podríamos admitir. Ahora bien, que nos contentemos con el relleno —que las parroquias ya lo den por bueno, sin hacer demasiadas preguntas— quizá sea el síntoma de que el cristianismo se ha convertido en un sucedáneo de sí mismo.
otras barthianas
junio 6, 2020 § Deja un comentario
Dijo Barth: la gracia es el hacha aplicada a la raíz de la buena conciencia. La frase es brillante. Pero esta no es la cuestión. La cuestión es si estamos ante una frase verdadera. Y si lo fuera, cómo es que no nos estremecemos. Con respecto a la verdad, no basta con el saber. Es necesario también un caer en la cuenta.
fenomenología de la fe (5)
junio 5, 2020 § Deja un comentario
El presupuesto de la religión es que hay vasos comunicantes entre nuestro mundo y el sobrenatural. También que en ese otro mundo habita Dios —o los dioses. Así, topar con Dios sería como topar con un marciano cuya mente y poder fueran inconmensurables. Aquí podríamos añadir aquello de su bondad infinita o cualquier descripción por el estilo. En cualquier caso, el modo de ser de Dios estaría determinado, como lo está el de una foca, con independencia de la relación que pudiéramos mantener con Él… si es que fuera posible relacionarse con un ente inconmensurable —pues ¿acaso tendría sentido decir de los ácaros del polvo que se relacionan con nosotros? Ciertamente, podemos ser más sofisticados y, con la intención de esquivar las trampas de la superstición, imaginar lo divino como si fuera una sustancia, etérea y sin rostro, o como el fondo nutricio del cosmos. Pero de hacerlo no habríamos ido mucho más lejos que los antiguos presocráticos al sostener que, al fin y al cabo, todo dependía de un arjé, aun cuando, a diferencia de ellos, añadiéramos una suposición sobre el destino de las almas.
Sea como sea, un Dios con el que pudiéramos topar no sería más que un ente entre otros y, por eso mismo, un ente que nos parecería divino —como nosotros se lo pareceríamos a un ácaro si fuera capaz de vislumbrar, cuando menos, nuestra existencia. Aquí no vamos más allá de lo que nos parece que es Dios. Y lo que pueda parecernos en un momento dado, puede dejar de parecérnoslo en otro. Si muchos siguen suponiendo que hay un Dios de estas características es porque probablemente nunca se hayan preguntado por la verdad de su creencia. Quizá porque ya les va bien permanecer en ese sentimiento —porque acaso les sirva para seguir en pie. O quizá porque no están junto a los que, a causa de un sufrimiento inhumano, difícilmente pueden hacer más que clamar por un Dios como el náufrago de una isla perdida que arroja una botella al mar. Es posible que la experiencia de Dios pase por un encontrar a Dios en falta —como si fuéramos unos abandonados de Dios. Y no porque permanezca oculto tras las bambalinas del mundo —Dios no juega al escondite—, sino porque la pérdida del Otro es el horizonte insuperable de nuestro estar en el mundo. En este sentido, no es casual que la pregunta bíblica no sea la que se interroga por el lugar de Dios, sino por su tiempo, un tiempo que no es el de la historia. Como tampoco es anecdótico que, cristianamente y cuando se trata de hablar de Dios, comencemos hablando de aquel que soportó sobre sus espaldas el peso de un Dios silente. Como si Dios no tuviera otro rostro que el de quien cuelga de una cruz (y, por eso mismo, como si aún no fuera nadie sin el fiat del hombre).
anchor
junio 3, 2020 § Deja un comentario
Quien permanece anclado en su creencia sobre un más allá con final feliz, porque ya le va bien creer en lo que cree, no se pregunta por su verdad. Y evidentemente el sujeto que se plantea la pregunta no es el mismo que el que continúa con lo suyo. No es que simplemente tengan opiniones distintas. Sin embargo, hay dos vías para la sospecha. Una es la meramente intelectual. La otra es a través del dolor. Y tampoco se trata de lo mismo. Una fe que no se tome en serio la posibilidad del desmentido —la posibilidad de que el mundo triunfe— es, ciertamente, una ilusión.
Jean Vanier
junio 2, 2020 § 1 comentario
Incluso los santos estan llenos de barro —y un barro maloliente. Aunque no es lo mismo ir de la santidad al barro —y esto tiene que ver, en la mayoría de los casos, con el el ejercicio del poder— que ir del barro a la santidad (aunque el barro siga adherido a la piel). Al fin y al cabo, con respecto a lo que decide nuestra humanidad, tan solo cabe contar una historia. De ahí que la cuestion no sea quién eres, sino quién terminarás siendo. Ahora bien, el final de la historia no lo escribiremos nosotros.
fenomenología de la fe (4)
junio 1, 2020 § Deja un comentario
Es posible que haya otro mundo. Pero, desde la perspectiva moderna, esté no será mucho más que una dimensión desconocida, un territorio aún por explorar —y, sobre todo hoy en día, por cuantificar. La razón es la medida de cuanto es. No cabe lo que no encaja en los esquemas de la razón. Como dijera Parménides, es lo mismo ser y pensar. O en su variante hegeliana, solo lo racional es real. Lo inconcebible es, por tanto, imposible.
Sin embargo, también a través del uso dialéctico la razón concluimos que lo real, en su carácter absolutamente otro o extraño, es inconcebible. Es decir, inconcebible por principio. De hecho, más que posible, el absoluto —lo enajenado o absuelto— es lo único que merece el nombre de real. Sin duda, nada es que no se haga de algún modo presente. Pero el presente solo se da según el molde de nuestra receptividad (y en este sentido decimos que es apariencia). Ahora bien, lo que se amolda en absoluto es posible: en sí mismo no puede darse, salvo como lo que perdimos de vista en su aparecer. Nada llega a la presencia sin que, en su ser-otro, retroceda o eluda la representación. La ignotum X del mundo en modo alguno es cosa, ni siquiera etérea. No hay Otro. Sin embargo, este no hay es lo que en verdad hay —lo único que acontece, a saber, el continuo paso atrás de Dios. Y esto equivale a decir que el Otro —lo absoluto— se da como eterna promesa de sí mismo. La alteridad avant la lettre es lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. De ahí que el mundo se nos ofrezca como presente —como don. De Dios tan solo tendremos lo debido a Dios, a su des-aparición. No hay disparo que no implique un retroceso —no hay acción sin reacción. A fin y al cabo, hay mundo —o mundos— porque el Otro es lo siempre pendiente del mundo.
Un chimpancé no se enfrenta a ningún mundo. El chimpancé es incapaz de caer en la cuenta de la efectividad de lo negativo —de la presencia de lo siempre ausente, del resto invisible de lo visible, de un porvenir sin proyecto. Un chimpancé es como la ola en el mar. La fusión mística tiene algo de regreso al planeta de los simios. O por decirlo en clave freudiana, la unión sin diferencia es la fantasía de quien anhela la vuelta a la matriz. El místico no se encuentra con Dios: es arrebatado por un ente magmático. El Dios de la mística produce el mismo efecto que ciertas drogas. Aquí Dios sigue mostrándose como lo que nos parece que es, a pesar de que, en este caso, la impresión sea la de una conciencia alterada. Quien existe se resiste a la alteridad —y por eso mismo solo puede haber Dios para quien existe, aunque se trate de un Dios que solo pueda revelarse como el que fue sepultado en un pasado anterior a los tiempos. Estamos en el tiempo porque lo real —lo que permenece— se impone como falta. Todo es en Dios porque fuimos enajenados de Dios. Los chimpancés no existen. Ningún chimpancé vive como arrancado.
fenomenología de la fe (3)
mayo 31, 2020 § Deja un comentario
Sin duda, intelectualmente, podemos partir de la inexistencia de Dios, sobre todo hoy en día. El ateísmo se ha convertido en un tópico —en nuestro lugar común. Dios, sencillamente, no se da por descontado. Pero el ateísmo como tópico, como postura intelectual, no parte del sentimiento de desamparo —el ateo de salón, no clama por el Dios cuya ausencia sufre—, sino de la crítica ilustrada al imaginario religioso. En última instancia, de nuestro modo de relacionarnos con cuanto nos rodea. Un mundo que se presenta como técnicamente dominable ya no es un mundo en el que los ángeles y los demonios campen a sus anchas.
Es cierto que podemos creer que los hay. Pero este creer será más bien un creer que se cree. Difícilmente, diremos de alguien que cree honestamente en la existencia de vampiros si, por la noche, no sale con una estaca. La creencia en vampiros no encuentra hoy en día un lenguaje que la legitime. Solo es creíble donde suspendemos, de hecho, la credibilidad, esto es, en el espacio de la ficción. Y quien dice vampiros, dice Dios. Pues al convertir a Dios en un dato de la intimidad, en el correlato de un sentimiento, acaso el último recurso de la conciencia religiosa, dejamos de encontrarnos expuestos a la desproporción de lo divino (y a lo que esta implica). Es lo que tiene la distancia infranqueable que nos separa de una alteridad avant la lettre. Ciertamente, ante tal distancia podemos decirnos lo de Epicuro: no hay que preocuparse de un dios que, al pertenecer a otro mundo, necesariamente nos ignora. Pero este dios aún no es en verdad Dios. Todavía sigue siendo un ente, aunque sobrenatural. Con respecto a un Dios en falta, no cabe otra interioridad que la de quien clama por Dios —y, consecuentemente, la de aquel que ha sido conmovido hasta los huesos por ese clamor, cuyo eco resuena en los estómagos del hambre.
fenomenología de la fe (2)
mayo 30, 2020 § Deja un comentario
2. Sin embargo, también cabe sentir que no hay nadie tras el muro —ningún ángel de la guarda. Es, precisamente, el sentimiento de los desamparados. Y la fe no es fe si no pasa por este sentimiento, en definitiva por Getsemaní. El sentimiento de hallarse bajo una bendición de fondo se tambalea —y se tambalea seriamente— donde no parece que haya un Dios de nuestro lado, esto es, donde el cielo cae sobre nuestras cabezas. La fe encuentra su medida en los Getsemaní de la historia. El creyente, en este sentido, nada contracorriente en nombre de un Sí que el mundo ha sepultado. No es casual que la fe, bíblicamente, se entienda como fidelidad. Aunque, a ojos del mundo, sea absurda —y no pueda dejar de serlo. Donde nos quedamos solo con el sentimiento de la infancia —el que apunta al cuidado de un padre espectral— la fe termina siendo la excusa de nuestra necesidad de amparo. Por muy intenso que sea dicho sentimiento. Al fin y al cabo, solo la experiencia del desamparo nos arroja fuera de los límites de la satisfacción narcisista. Esta más cerca de Dios quien se ve, debido a su impiedad, incapaz de Dios —e incapaz ante un Dios que encuentra en falta— que el que se regodea en sus mejores sentimientos como el fariseo de la parábola (Lc 18, 9-14). Hay ingenuidad en la fe. Pero la ingenuidad de la fe es la de quien está de vuelta —la de quien vuelve con vida del infierno, una vida que, sin embargo, ya no podrá reconocer como suya. Y no porque haya un fantasma que mueva los hilos desde el más allá. Pues, en realidad, no lo hay —y si lo hubiera no sería Dios. Con respecto a Dios no hay saber —ni siquiera hipotético—, sino tan solo apertura, un permanecer eternamente a la espera. Y esto es lo mismo que decir que de Dios tan solo veremos a quienes, con su fe y sus obras, ocupan su lugar.
fenomenología de la fe (1)
mayo 30, 2020 § Deja un comentario
1. Cabe sentir que hay Dios —sentir su invisible presencia. Cabe, sin duda, vivirlo a flor de piel. Como los antiguos paganos vivieron a flor de piel la presencia de dioses. Estamos, por tanto, ante un sentimiento espontáneo, natural —pagano, como es sabido, significa campesino—, aun cuando hoy en día haya dejado de ser un sentimiento común. En cualquier caso, quienes viven bajo el sentimiento de una presencia se decantan actualmente por otro lenguaje que el de la tradición cristiana: hay algo, en el fondo vivimos atravesados por el espíritu de interconexión, etc. El credo cristiano resulta modernamente poco razonable, por no decir ininteligible. De ahí su actual irrelevancia. Y de ahí también los esfuerzos de algunos por traducirlo. Pero el riesgo de la traducción es la traición. Como suele decirse, traduttore, traditore.
mediocridad cristiana
mayo 29, 2020 § Deja un comentario
El cristianismo actual parece que se sitúa ante la siguiente disyuntiva: o pacta con el mundo, traduciendo su kerigma de modo que pueda ser admitido por las tragaderas modernas; o sigue en sus trece, repitiendo las fórmulas de la tradición como si la crítica ilustrada —y postilustrada— al imaginario religioso no fuera con él. En el primero caso, el cristianismo termina cayendo en la tibieza, convirtiéndose fácilmente en una variante de una ética emancipativa o, lo que acaso sea peor, de una espiritualidad de trazo grueso. Como si la sentencia del Apocalipsis —¡Ojala fueses frío o caliente! Pero porque eses tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (Ap 3, 15-19)— fuera simple retórica. En el segundo, el cristianismo mantiene un cierto vigor, pero al precio de caer en el talibanismo. Es lo que tiene un cristianismo en retirada. En los campos de combate, la derrota, mientras que dentro de la fortaleza amurallada en la que se replegó el cristianismo más conservador, todo está impregnado de un fuerte olor a formol. La sensibilidad religiosa, que la hay, hace tiempo que ha optado por otros lenguajes. Hay algo; el amor es lo fundamental; deberíamos conectarnos al fondo nutricio del cosmos… Carnaza para imberbes. Es como si el cristianismo hubiera perdido la batalla de la inteligibilidad —como si se avergonzara de la revelación o ya no supiera qué hacer con ella. ¿Jesús es Dios? ¿En serio? ¿La cruz nos salva? ¿De qué? No vamos a ir tan lejos, decimos… Jesús, a lo sumo, representa el poder de una bondad sin resquicio. Vale. Pero ¿qué poder? ¿Acaso la victoria no está del lado de los que carecen de piedad —de los psicópatas? ¿Dios? Hay una energía, un poder subyacente. De acuerdo. Pero ¿quién asegura que juegue a nuestro favor? Los cerdos de pata negra se equivocarían si creyesen que sus cuidadores los aman. Ciertamente, el perdón —la resiliencia— nos hace humanamente mejores. Pero ¿tenemos aún que hablar de redención de una culpa original, una redención de dimensiones cósmicas? Por no hacer referencia a la cuestión decisiva, a saber, qué vida pueden esperar los que murieron injustamente antes de tiempo. Y aquí no vale suponer que para ellos, el cielo. Al menos, porque esta suposición no es cristiana. Podríamos decir que el cristianismo sobrevive, aunque agónicamente, reproduciendo las herejías que en su momento condenó. Así, o Jesús es un ejemplo de integridad moral, pero no más; o es un Dios paseándose por la tierra. Pero el cristianismo proclama que Jesús fue hombre y Dios —que no hay otro Dios que el crucificado. Y esto es incomprensible donde nos mantenemos en la órbita de lo que espontáneamente entendemos por divino. La revelación es reveladora porque es religiosamente inaceptable. Pues la cruz no solo afecta al hombre, sino también —y quizá sobre todo— a Dios (y no porque Dios sienta en lo más íntimo el dolor de su enviado). No deberíamos olvidar que las viejas herejías no dejan de ser un intento de hacer razonable la confesión cristiana.
Quizá el cristianismo haría bien en recuperar la fuente judía. Pues solo a partir de ella, el cristianismo podrá situarse de nuevo en la posición desde la cual la palabra Dios resulta significativa —la posición de los excluidos, de los que no cuentan para el mundo. Y no porque los excluidos necesiten imaginar a un Dios de su parte, sino porque ni siquiera pueden ya imaginarlo. Desde la óptica de Israel, Dios en verdad no es aún nadie sin el fiat del hombre. Y esto es difícil de admitir para quien quienes dan a Dios por descontado. El cristianismo falsea la encarnación donde parte de un Dios cuya esencia o modo de ser está decidido de antemano, esto es, al margen de la historia. En lo que respecta a la fe, todo comienza con aquellos que, como abandonados de Dios, ofrecen un gesto de piedad donde la piedad no es posible —y lo ofrecen como muertos, esto es, como los que no tienen vida por delante: las madres cuyos hijos fueron asesinados por el enemigo; la víctima que comparte el pan con su verdugo en tiempos de hambruna; aquel que se da asco a sí mismo porque hay niños que viven de los escombros. Y es que hoy, como siempre, la única clave de lectura del credo cristiano son las historias de aquellos hombres y mujeres que volvieron con vida del infierno, una vida con no es solo suya. Aunque tampoco solo la de Dios.
un cristianismo para los que pueden
mayo 28, 2020 § Deja un comentario
El problema de un cristianismo reducido a una espiritualidad de amplio espectro, aunque sea con la excusa de Jesús, es que deviene ininteligible en sus términos. Por eso, se nos insiste, incluso desde los púlpitos, que hay que interpretar —que las fórmulas del credo son, al fin y al cabo, modos de hablar. Y algo de esto hay. Pero no hasta el punto de convertir el cristianismo en una variante del budismo. Pues nuestra dificultad de intelección no tiene que ver únicamente con la Modernidad —no solo es cuestión de lenguaje—, sino con nuestra incapacidad sociológica, por decirlo así. El cristianismo se ha convertido, una vez más, en la religión del poder, aunque no ya político. Esto es, en la creencia compensatoria de aquellos que aún pueden confiar en sus fuerzas. Hay algo, en el fondo todo es luz, el amor mueve montañas, etc. Así, en vez de en la verdad, creemos en lo que nos gustaría que fuese verdad. Por debajo no hay más que ilusión… con una fuerte carga emotiva, en algunos casos. La fe no está al alcance de cualquiera. Para llegar a la fe —para que la fe, antes que una suposición, sea una respuesta— hay que situarse en la posición de los que sobran. La fe no deja de ser, en definitiva, un asunto corporal. Tradicionalmente, las cimas han representado el lugar de la experiencia de Dios. Pero cristianamente la cima es un Calvario —en realidad, una sima. La clave hermenéutica del kerigma cristiano son, como siempre, las historias que hay detrás, aquellas de las que da fe el testigo. He visto la bondad en medio del abismo —lo que significa que lo inconcebible ha tenido lugar. Ciertamente, los que viven como aplastados esperan la intervención de un Mesías, algo así como una variante del deus ex machina. Y esto está más cerca de la ciencia ficción que de la fe. Sin embargo, cristianamente, todo comienza en este punto. Pues el Mesías no se presentó como imaginamos. Y esto afecta, no solo al hombre, sino también, y quizá sobre todo, a Dios. El Dios que se revela al pie de la cruz no es en modo alguno homologable a lo que entendemos espontáneamente como divino. Decía Merton que tarde o temprano deberíamos caer en la cuenta de que formamos parte de aguas que nos cubren. De acuerdo. Pero esas aguas no son siempre plácidas: ahogan a muchos. De ahí que los profetas de Israel insistieran en que, donde formamos parte de un mundo injusto, no hay fe que valga, sino en cualquier caso idolatría, un tomar el nombre de Dios en vano.
amore
mayo 27, 2020 § Deja un comentario
El amor exige pruebas. Pruebas sobrenaturales.
Jorge Luis Borges
qué rara eres, vista desde dentro
mayo 26, 2020 § Deja un comentario
“Qué rara eres, vista desde dentro”, escribió Elisabeth Bishop de sí misma. ¿Quién no diría algo parecido? Y sin embargo, decirlo no basta. La descripción por sí sola no alcanza lo cierto. Como tampoco podemos distinguir entre la expresión de un sentimiento y quien es capaz de simularlo a la perfección. Necesitamos forzar las palabras, decir lo mismo de un modo sorprendente para captar la extrañeza de lo que se nos da como costumbre. Necesitamos poetas. Pero nuestra época desprecia al poeta. Y acaso de este desprecio nazca nuestra indigencia.
ad hominem
mayo 25, 2020 § Deja un comentario
El reduccionismo moderno —tiene la fe que tiene porque no es más que un resentido (Nietzsche)— no deja de ser una variante de la vieja falacia ad hominem. Einstein pudo concebir su teoría de la relatividad borracho y, no por ello, la hubiéramos desestimado. La verdad, de haberla, no se decide en el plano del descubrimiento, sino en el de su justificación.
tiempo y esperanza
mayo 24, 2020 § Deja un comentario
El final feliz al que apunta la fe cristiana no es una hipótesis —no es algo a verificar. De haber un final feliz, será un triunfo, en modo alguno la confirmación de una ocurrencia, de un optimismo congénito. Pues no nos enfrentamos a hipótesis alternativas. Unos creen que todo acabará bien. Otros, que no. De acuerdo. Pero no se trata de rellenar una quiniela. Lo que nos parezca, desde un punto de vista u otro, es irrelevante.
Ahora bien, ¿por qué un triunfo? Pues porque lo evidente es que todo pasa. Que la violencia prevalece. Que el débil no cuenta. Que los malos ganan. Si no fuera así, las películas de Marvel dejarían de ilusionarnos. El tiempo es un destructor implacable. Su poder es indiscutible. De aquí a dos mil años, Jesús —el hombre-Dios— será visto como hoy en día vemos a Tutankamon. O a Pitágoras, el cual también fue considerado un semidios. Esto es lo más probable. El cristianismo ya comienza a oler. La misma palabra cristianismo solo podrá mantenerse, si se mantiene, designando otra cosa. Desde la óptica de la fe, nos hallamos en medio de un combate de dimensiones cósmicas. Existimos porque caímos en el tiempo. Y el tiempo está del lado de Ha-Satan, como quien dice. Cuanto nos ha sido dado —la vida como milagro— es, de hecho, lo que tarde o temprano, nos será arrebatado, sometidos como estamos al imperativo de la adaptación. Ante el paso del tiempo, el hombre tiene las de perder porque no hay otra presencia —otro valor— que el que dejamos atrás. La verdad —lo que acontece— es lo que perdimos. Todo pasa porque nada acontece —porque lo que acontece es, en realidad, lo que aconteció.
Por eso, un creyente que se tome en serio su fe debería partir de la posición de los que van a perder. Hay que tomarse en serio el No. Esto es lo que significa estar del lado de los que no cuentan. El amor, como principio y fundamento, está lejos de ser un dato. Sin duda, hay gestos de bondad sobrehumana. Y esta bondad solo se revela como de otro mundo en medio del infierno. Pero son la excepción. Sin embargo, es en nombre de esta excepción que el creyente es capaz de soportar el peso del tiempo —de resistirse a su evidencia. En nombre de los santos —en nombre del cordero degollado— , el tiempo debe tener un final. Aunque no podamos suponerlo. La fe siempre fue contrafáctica. De hecho, lo que el creyente espera es algo inconcebible. Sencillamente, no es una posibilidad del mundo. Por eso la esperanza creyente no es una suposición, sino un permanecer fiel a lo que ha visto el testigo, un imposible gesto de bondad. Solo el testigo da fe, en el doble sentido de la expresión. He visto que hay vida más allá de la muerte —las que entregan como perdón los que ya no tienen vida por delante, nuestras víctimas, los muertos antes de tiempo. Perdonar es restaurar. Hay que imaginar a un superviviente de Auschwitz abrazando a su verdugo para, cuando menos, vislumbrar de qué va el asunto. En ese momento, se decide el destino de la humanidad. Pues cabe la posibilidad de que el verdugo termine el trabajo. Pero también es posible que este se arrodille ante su víctima. Con todo, seguirá abierta la pregunta sobre el destino de los que murieron antes de tiempo. De ahí que la cuestión de los tiempos —la que plantea la imposible posibilidad de una resurrección de los muertos— sea, cristianamente, ineludible.
En cualquier caso, un cristianismo que, más allá de las imágenes con las que se expresa, olvide que nos encontramos en medio de un combate de dimensiones cósmicas —una fe que se reduzca a intimidad— deviene un cristianismo sin vigor. Y esto sucede, precisamente, cuando deja de situarse junto a los que sobran —cuando se ha puesto al servicio de los satisfechos que necesitan ocultarse a sí mismos que su satisfacción es un trampantojo. En definitiva, cuando la parroquia se ha convertido en mercado.
star trek
mayo 23, 2020 § Deja un comentario
Muchos de los que creen en Dios suponen que existe como una especie de marciano. En este sentido, no habría diferencia formal entre Dios y un ente superior. La diferencia entre Dios y el hombre sería, pues, análoga a la que pueda mediar entre una lombriz y cualquiera de nosotros… con la suficiente conciencia ecológica como para que las lombrices pudieran fantasear con que las amamos. De afirmar lo contrario, habríamos olvidado qué significa la palabra Dios. Pues bien, supongamos que topáramos con ese Dios —supongamos que se nos apareciese. ¿Habríamos topado con Dios? ¿Nos arrodillaríamos? Quizá. Un ente superior provoca por defecto nuestra fascinación, pero también nuestro temblor de piernas. Incluso un SS fue un dios para los musselman. Sin embargo, ¿acaso esto no tiene que ver con nuestra infancia, con el modo en que nos situamos ante lo superior? ¿No se equivocarían las lombrices de creer que somos dioses? ¿Es que no habríamos aplaudido al musselman que se hubiera mantenido de pie ante el SS? En cualquier caso, un ente superior nos obligaría a lidiar, pero ¿a adorarlo? Sin duda, podemos hacer como si lo adorásemos —pues aquí la adoración sería un momento de la lidia—, pero en el fondo lo que queremos es vencerlo. Espontáneamente, la relación del hombre con los dioses no deja de ser una relación política. El orgullo del esclavo es la raíz de su libertad ante aquel que le somete. Puede que el hombre no quiera otra cosa que derrotar a Dios. Ahora bien, para derrotarlo no es necesario mostrar su irrelevancia —con caer en la cuenta de que un Dios que existe no existe como Dios. Basta con ubicarlo en la intimidad. Como si fuera una variante del amigo invisible del niño solitario.
De ahí que la distinción bíblica entre Yavhé y las divinidades paganas no se plantee en relación con la pregunta sobre quién la tiene más grande. La cuestión subyacente es otra: qué es lo verdaderamente superior —qué es lo que nos puede en verdad. Y la respuesta ya sabemos cuál es. No, el poder de un dios territorial, sino la impotencia, por decirlo así, de una alteridad en falta. Al fin y al cabo, no la fuerza capaz de anularnos, sino el hecho de existir como huérfanos. Bíblicamente, Dios se revela como el que no es nadie sin la respuesta del hombre. Y esto no solo afecta a Dios, sino al cómo el hombre se sitúa ante la existencia. Frente a Yavhé el hombre no puede seguir siendo un imberbe. Yavhé no es homologable a lo que entendemos religiosamente por Dios. En este sentido, podríamos comparar la relación entre Dios y el hombre con la que media entre el yo y su particular modo de ser. Hay yo. Pero solo como el que difiere continuamente de sí mismo —del aspecto con el que por otro lado se identifica. Sin embargo, y por eso mismo, el yo pierde su sustancia donde fracasa la identificación —donde es incapaz de reconocerse en su imagen. En sí mismo, el yo no es más, aunque tampoco menos, que un clamor por llegar a ser. Un aún nadie.
Consecuentemente, nadie puede ver a Dios. El absolutamente otro, aquel que encontramos en falta por el simple hecho de existir, es en esencia invisible. No el ente invisible, sino el eternamente invisible. Como tal, Dios es no siendo aún. De Dios tan solo tenemos su resto —su espíritu. Esto es, su clamor, su mandato, su voluntad. Es cierto que, de entrada, únicamente escuchamos nuestro clamor, el que nos empuja a ser, precisamente, alguien —al éxito, al dominio sobre los demás, en definitiva, a ocupar el lugar de un Dios. Pero en verdad este clamor o inquietud nos dirigen a un callejón sin salida. Como decía Cioran, todo éxito es un malentendido. Quien intente reconocerse en su mejor imagen terminará, como Narciso, ahogado en ella. El error consiste en creer que eres el de Instragram. El hombre solo se encuentra frente a sí mismo donde cae en la cuenta de que no se trata de ser —de brillar—, sino de responder. Pues el otro se revela como el que nos invoca con la voz de los muertos y, consecuentemente, desde una exterioridad radical. La experiencia de Dios es la de un Dios que fue desplazado a un pasado inmemorial —el de la alteridad que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. En lo más íntimo no encontramos a Dios, sino en cualquier caso, su voz espectral, la que nos invoca o sojuzga para volver a ser en el hombre. Dios quiere que el hombre lo abrace, por decirlo así. Sin embargo, abrazar a Dios no es abrazar a Dios, sino a aquel sin el cual no es nadie, al hombre sin Dios. Pero ¿quién podrá? ¿Quién será capaz de abrazar al leproso, al sobrante, al que nos repugna a causa de su pobreza? ¿Acaso esta capacidad no depende de haber aceptado antes su abrazo? Pero ¿podremos aceptarlo donde aún confiemos en nuestra posibilidad?
Por tanto, la pregunta por el lugar de Dios solo admite una respuesta. ¿Dónde está Dios? No en los cielos, sino en aquel que no parece contar ni siquiera para Dios. La exclusión de Dios —el que Dios no forme parte del todo— tiene su envés en los excluidos. Bíblicamente, no se trata de arrodillarse ante lo superior, sino de descender hacia el inferior —o si se prefiere, de arrodillarse ante el inferior para situarse ante él como el señor que es. Y esto es lo mismo que decir para invocar su perdón. Pues nadie se sitúa ante Dios en falta sin encontrase a sí mismo en falta ante aquellos que sufren, precisamente, el desamparo de Dios.
la verdad y el tiempo
mayo 22, 2020 § Deja un comentario
Pasa con la verdad lo que pasa con la materia: que con el tiempo deviene otra cosa (Hegel, dixit). La experiencia de la verdad es la experiencia de una pura presencia. Así, la verdad, antes que correspondencia entre idea y mundo, es el acontecer de lo que simplemente es o está ahí. La verdad, en este sentido, exige ser contemplada —y en tanto que no hay mundo que no sea un mundo interpretado desde el interés, la verdad es anterior al mundo. La verdad nos fue dada antes de que llegáramos a poseerla (y por eso mismo, transformarla en descripción).
Ahora bien, la presencia pura es, precisamente, lo que perdimos de vista una vez hicimos de lo dado un mundo habitable. La verdad supone un caer en la cuenta y no simplemente un saber. Así, sabemos que vamos a morir. Pero no nos tiemblan las piernas hasta que el médico no frunce el ceño. Todo saber es de oídas. Vivimos en la verdad de lo dado. Pero no somos capaces de reconocerlo. Difícilmente captamos el relieve —la carga de profundidad, el alcance— de lo que nos traemos entre manos. Como decíamos, el mundo es, antes que un dominio del hombre, donación (y no porque haya quien —un demiurgo, un extraterrestre, Matrix…— nos lo haya dado, sino precisamente, porque no lo hay). Pero vivimos como si no. De ahí que el programa de la fenomenología, el ir a por las cosas mismas, sobre todo en la revisión que hizo Heidegger del mismo, apunte a la experiencia primordial, aquella en la que el mundo se nos da como pura presencia. Ir a por las cosas mismas no tiene nada que ver, por tanto, con la cosa en sí kantiana —con la ignotum X de la experiencia. La ignotum X es, precisamente, el índice de la distancia que nos separa de la pura presencia, del don. La verdad no es el resultado de ninguna demostración. De ahí que, con respecto a la verdad, solo quepa regresar (y nunca del todo). No es lo que alcanzaremos si seguimos una pauta, sino lo que tuvimos que dejar atrás a la hora de transformar el puro il-y-a en dominio.
En modo alguno es causal que actualmente la fenomenología, sobre todo la francesa —Jean-Luc Marion, Claude Romano, Jean-Yves Lacoste…—, se preocupe por el asunto de la trascendencia, al fin y al cabo, por recuperar el sentido de lo trascendente desde la facticidad de la existencia. El punto de partida es lo que implica el haber sido arrojados al mundo, como quien dice, y no los indicios —siempre problemáticos— de otro mundo. Lo primero tiene que ver con lo que es. Lo segundo —la religión—, con lo que nos parece que es. Y lo que es siempre se encuentra más allá de las apariencias, aunque solo como pasado —como lo que tuvo que retroceder o desaparecer. De hecho, no hay que forzar excesivamente los textos de Heidegger para leerlos como un tratado de teología negativa.
Tampoco es casual que la recuperación de la verdad tenga su momento —y en Heidegger, como en la tradición filosófica, este no es otro que el momento de la muerte. El hombre es —existe— para la muerte, lo cual no significa que tenga que buscarla. Basta con tenerla en cuenta o presente. Memento mori, que decian los clásicos. Y es que solo ante la propia muerte caemos en la cuenta, más allá del simple sé que moriré, de que no todo importa en la misma medida. Solo ante la muerte puede haber un presente. El mundo se nos da como presente, en el doble sentido de la expresión, únicamente desde la posibilidad de un punto y final. Heidegger, como sabemos, hablaba de una vida auténtica frente a la vida inercial —la vida reducida a oficio— que, tarde o temprano, terminamos viviendo. De ahí que, como Heidegger defendió, la verdad se halle en manos del poeta —de aquel que es capaz de ver la costumbre con los ojos del asombro— y no del lado de la distracción, el chismorreo, la opinión. Ciertamente, cabe que lo que nos saque del quicio del hogar no sea la propia muerte, sino la muerte injusta de los que apenas cuentan, los sobrantes. Pero este es otro asunto.
del non plus ultra
mayo 21, 2020 § Deja un comentario
Hay más allá. Porque hay muerte. No hay experiencia del límite —y la muerte es nuestro non plus ultra— que no suponga un afuera. Sin embargo, aquí la imaginación juega a la contra. Pues quizá nos equivoquemos al creer que ese más allá es para nosotros. No puede serlo si se trata de un estricto más allá. De hecho, el más allá, antes que un espacio, es un tiempo: cuando mueras, la vida seguirá sin ti. Quizá por eso, la pregunta decisiva no sea qué vida cabe esperar después de la muerte —como si el mundo fuera un vientre que nos arroja, una vez alcanzamos la suficiente madurez, a otro mundo o dimensión—, sino si los muertos podrán regresar a la vida que se les arrancó, a menudo, injustamente. Pues los cielos no son para el hombre. Creerlo es pecar de narcisismo. Sin duda, estamos ante una pregunta que, sensatamente, solo puede tener una respuesta. No podemos esperar la resurrección de los muertos como el campesino espera la época de lluvias. La esperanza no es una expectativa. Más bien, se declina en el modo del imperativo. La cuestión, sin embargo, es en nombre de qué o, mejor dicho, de quién, creemos que la muerte —el horror, la desgracia, el verdugo— no pronunciará la última palabra, que no debe pronunciarla. De ahí que nadie crea en lo inconcebible por su cuenta y riesgo sin hacer el ridículo.
amor de Dios
mayo 20, 2020 § Deja un comentario
Es posible que Dios nos ame. Otro asunto es que nosotros podamos aceptar su amor. Que alguien pueda amarnos hasta el punto de morir por nosotros ¿no es algo perturbador, por no decir, paralizante? ¿Es que podernos hacernos una idea de lo que supone? Quien en la intimidad apenas logra soportarse a sí mismo ¿cómo podrá tomarse en serio el que un Dios —¡un Dios!— pueda amarlo? Es como si el deforme —el tullido, el leproso— se dijera que Adriana Lima, estando en sus cabales, lo desea con pasión. Y si llegara a creérselo ¿no será porque ha transformado ese amor en un amor espectral —en la vaporosa y, por eso mismo, equívoca sensación que experimenta quien imagina que es amado por un fantasma?¿Acaso un Dios amante no tiene antes que inmolarse por nuestra causa para que seamos capaces de responder a su amor— para que podamos corresponderle? ¿E inmolarse como uno de los nuestros? Pues eso.
claves de lectura
mayo 19, 2020 § Deja un comentario
¿Engendrado, pero no creado? ¿De la misma naturaleza que el Padre? ¿Volverá con gloria para juzgar a vivos y a muertos? Si le preguntáramos a cualquiera que recita el credo los domingos si cree realmente en lo que proclama, probablemente provocaríamos su desconcierto, por no hablar de su rubor. Ciertamente, podría contestarnos que sí. Pero aquí la respuesta a la talibán no nos interesa. También podría decirnos que no exactamente; que el credo es un modo de hablar. Que en el fondo el credo no dice más que hay un Dios que nos ampara y que Jesús fue su enviado o representante. Pero el credo dice lo que dice y no lo que nos gustaría que dijera. El único modo de comprender el significado de sus fórmulas no pasa por adaptarlo a lo que aún somos capaces de afirmar con respecto a Dios, sino por tener presente las historias humanas —y a menudo tremendamente humanas— que hay detrás. Nos equivocamos cuando tomamos los enunciados del credo como si pretendieran describirnos unos hechos —como si nos preguntásemos si hay unicornios en Marte. Por eso mismo, deberíamos comenzar por ponernos en la situación de quienes ya no pueden ni siquiera concebir a un Dios de su parte para comenzar a intuir, cuando menos, por dónde van los tiros cristianos. Nada podemos entender del cristianismo mientras sigamos habitando un hogar, centrados en nuestra necesidad, sea o no espiritual. El sujeto de la esperanza —aquel que en la cima del Gólgota es capaz de confesar que el crucificado es el cuerpo de Dios— no es el que aún confía en sí mismo, en su posibilidad, aun cuando suponga que está se halla garantizada por una divinidad tutelar. La fe es un absurdo a ojos de cualquiera. En cambio, deja de serlo a ojos de un cualquiera. Y por eso mismo, tenemos que empezar por ahí, por el escándalo de la fe —por su carácter espontáneamente inadmisible. Desde la óptica cristiana, a la hora hablar de Dios no hay que comenzar hablando de Dios, sino de un hombre. Como en los evangelios: había una vez un hombre que… Pues Dios se revela en aquellos lugares o tiempos en los que no parece que pueda haber Dios. De ahí que la primera pregunta que podría plantearse un creyente es en nombre de quién cree —a quién le debe su fe. De hecho, la fe es una respuesta a una sola cuestión: y tú quién dices que soy yo.
presencias reales
mayo 18, 2020 § Deja un comentario
Hay dos modos de estar frente a cuanto es. O bien, tratándolo como cosa —o también, pasando de largo, sabiendo que está ahí, pero como si no estuviera—; o bien, cayendo en la cuenta, con la mirada del asombro, de que simplemente es o está-ahí. La rosa es sin porque, decía el Silesius. Pero el mundo nos obliga a cortarlas. No podemos permanecer en el asombro. No es posible dejar que las cosas simplemente sean. Pero donde nos limitamos a su valor de uso —donde damos por descontado que una montaña no es más que una cantera— nuestro desarraigo es irreparable. Antiguamente, el ritual mediaba entre la experiencia de lo sagrado —de un formar parte originario— y la de un mundo a nuestra disposición. O por decirlo de otro modo, la presencia, antes que objeto, era dada. La donación precedía al trato. Ya no. Que hoy en día consideremos el ritual como una supertición quizá tenga que ver con que nuestra actitud principal hace tiempo que dejó de ser la del agradecimiento. Todo se nos presenta según la medida de nuestro deseo. Y de ahí nuestra contumaz insatisfacción.
un viaje alucinante
mayo 17, 2020 § Deja un comentario
El que alucina no alucina mientras alucina. Sobre todo, si de repente ve cosas que nadie más ve, esto es, si antes no ha tomado una dosis de peyote o LSD. Hasta los fantasmas huelen. Es después que podrá decirse a sí mismo que ha sufrido una alteración de la conciencia. Ahora bien, si puede decírselo es porque lo visto no encaja en los presupuestos de su mundo, aquellos que deciden qué puede admitirse como hecho. Nuestro punto de partida hoy en día es que no puede haber otro mundo. Si nuestro prejuicio fuera el contrario, entonces no hablaríamos de una alucinación, sino de una teofanía. Sencillamente, habríamos recibido la visita del ángel. Pero esto es, precisamente, lo que actualmente no podemos decir. No hay hechos químicamente puros, hechos que no estén cargados de a priori —de lo que culturalmente damos por sentado. Y lo que, como modernos, damos por sentado es que no cabe la aparición. Un fantasma, de haberlo, no sería más que un fantasma. Más que nuestra reverencia, impulsaría nuestra curiosidad. Aunque no pudiéramos evitar el estremecimiento inicial. Bastaría con que nos acostumbrásemos a su presencia —bastaría con darlo por hecho— para que se desvaneciera el efecto transcendencia. Donde la sospecha, salvo con respecto a lo medible, se ha incorporado al sentido común nadie puede, sensatamente, seguir confiando en su experiencia. La sensaciones intransferibles no constituyen la medida de la verdad. De ahí que se entiendan como un simple asunto interno. No es casual que ciencia y nihilismo vayan a la par.
teoría del lenguaje
mayo 16, 2020 § Deja un comentario
Para muchos de los que se ocupan de este asunto, el lenguaje humano comienza con la denominación. Necesitamos nombrar las cosas para que, juntos, podamos utilizarlas y, quizá sobre todo, intercambiarlas. Sin nombres no podríamos jugar al balón o tomar un café. Un nombre funciona como una etiqueta. Y aquí la etiqueta se aplica tanto a las cosas como a la acción (en general, un verbo podemos entenderlo como el post-it de una práctica). En este sentido, el lenguaje sería principalmente un instrumento de comunicación social al servicio del uso que hacemos de las cosas. Ahora bien, de ser solo eso, entonces no nos distinguiríamos de los chimpancés. La ruptura con el mundo animal comienza no con los nombres, sino con la cópula —con el verbo ser. Los chimpancés también son capaces de nombrar. Pero, qué sepamos, ninguno se interroga sobre qué significa decir que algo es-ahí. No hay ahí para el chimpancé. La cópula en modo alguno puede comprenderse como un verbo entre otros, no une etiquetas. Por medio del verbo ser, más que denominar, juzgamos. Esto es, con la cópula respondemos a la pregunta acerca de lo que se trata en cada caso. Pues, en realidad, todo se nos muestra confusamente. El amor de una madre, pongamos por caso, ¿es solo amor? ¿Acaso su abrazo no puede también ahogarnos? La decisión que tomamos ¿es justa? ¿O solo nos lo parece? Todo, hasta cierto punto o medida. De acuerdo. Pero necesitamos también decirnos que las cosas son lo que creemos que deberían ser. No podemos soportar caminar sobre el alambre durante mucho tiempo. En el espacio del ni una cosa, ni otra hay demasiada tiniebla. Hablar es, sobre todo, juzgar. Aunque con el juicio no podamos hacer otra cosa que equivocarnos. Difícilmente, el mundo poseería la estabilidad que suponemos que posee —difícilmente, sería un hogar más o menos habitable— de percibir a flor de piel la borrosidad de cuanto sucede. Como arrancados, buscamos la solidez a la que apunta la palabra ser. Pues, al menos sobre el papel, nada es que no permanezca. De ahí que cuando el Sócrates de turno pregunta si acaso sabemos de lo que estamos hablando, todo se tambalee (y de paso, nosotros). El lenguaje común, al fin y al cabo, antes que un instrumento es un trampantojo —y un trampantojo que responde a una exigencia, en el fondo, moral.
el alien y el poeta
mayo 14, 2020 § Deja un comentario
Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego, escribió el Maestro Eckhart. Por su parte, Paul Celan añadirá, siglos después, una glosa: ciégate para siempre / también la eternidad está llena de ojos. ¿Cierto? Sin duda. Aquí hay verdad, aunque de hecho la eternidad no sea un saco repleto de glóbulos oculares. Solo como ciegos percibimos la presencia del alien —de una genuina alteridad. Pues en esto consiste la aparición: en ser vistos —o tocados— por quien no podemos ver. Nuestra mirada siempre estuvo al servicio del dominio de lo extraño. Al menos, en tanto que nos permite mantener la distancia de seguridad. No es casual que ni el tacto ni la escucha sean objetivos. Únicamente, la visión puede serlo. Como tampoco lo es que la palabra teoría proceda de la palabra theos (dios en griego). En la teoría alcanzamos a ver las cosas como pueda verlas la divinidad. La visión reduce la presencia a objeto de la experiencia. Así, decimos espontáneamente ahora lo sé, ahora lo veo —y no, ahora lo sé, ahora lo escucho. El grado cero de la presencia no se encuentra en la visión —a menos que contemplemos lo que hay con los ojos del asombro—, sino en el tacto y la escucha. Sin embargo, el tacto y la escucha solo devienen puros en la oscuridad. Ante el alien —ante aquel que aún no hemos logrado reducir a imagen— inevitablemente nos encontramos en una posición vulnerable. La aparición propiamente no deslumbra. Provoca, más bien, nuestro temblor y temor. Un alien tanto puede abrazarnos como devorarnos. Es una voz —un tacto— en medio de la noche. Estamos, sencillamente, en sus manos. No hay experiencia de la alteridad que no implique indefensión. Y todo es alteridad para el ciego. De ahí que nadie puede preferir para sí mismo habitar en la oscuridad. Lo preferible es saber a qué atenernos, ver el mundo como si fuéramos un dios. Pero nadie dijo que seamos lo que preferimos ser.
compra-venta
mayo 13, 2020 § Deja un comentario
Allí donde cesa la soledad comienza el mercado, y allí donde comienza el mercado, comienza el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas.
Nietzsche
Dios es Dios
mayo 12, 2020 § Deja un comentario
Con respecto a Dios —Heidegger diría con respecto al Ser—, de entrada no cabe ir más allá de la tautología. Inicialmente, de Dios no hay descripción que valga —no cabe su reducción a concepto. Y por eso mismo tampoco hay un referente —un algo en particular, ni siquiera enigmático. Dios es Dios. Hablamos de una docta ignorantia frente a una presencia virginal —de un hallarnos expuestos al puro haber. Aquí todavía no hay fantasmas, sino tan solo un simple, aunque excesivo, il-y-a. Todo es aparición. No es casual que el animismo fuese la primera religión si es que podemos aquí hablar de religión… pues en un mundo donde incluso las piedras posee un alma, no hay partes que religar. En este sentido, el regreso al Ser con el que nos martilleó Heidegger podría leerse, más allá de su retórica, como la necesidad histórica de volver al animismo, por decirlo así.
La cosa cambia cuando convertimos a Dios en un ente entre otros, aunque lo consideremos supremo, esto es, donde hacemos de Dios el referente de nuestra idea de Dios. Y cambia no solo en lo que respecta a Dios, sino también en lo relativo a quiénes somos. Pues el hombre que es capaz de adorar a Dios —de contemplar con los ojos del asombro el milagro del haber, de respetar la distancia de lo sagrado— no es el mismo que el que intenta llegar aun buen trato con un dios concebible. En este caso, el hombre ya ha mordido la manzana. Y quizá fue inevitable que la mordiera si se trataba de incorporar a Dios en el día a día. Pero la incorporación de Dios tiene un precio. Tras su pasión por el conocimiento, el hombre procurará ocupar el lugar del dios incorporado, al fin y al cabo, pretenderá vencerlo. El olvido del Ser, por seguir con la jerga de Heidegger, va con la voluntad de dominio y, por ende, con la transformación del mundo en objeto de la técnica —y la religión, como rito, no deja de ser un método. La historia comenzó con la magia. El exceso de Dios es, para el caído, tan solo circunstancial, por no decir aparente.
Con la caída —con el olvido del Ser, por decirlo a la Heidegger—, la aparición se convirtió en apariencia. El mundo —y Dios con él—devino representación. Esto es, a partir de entonces, lo primero ya no será el mundo —el hecho de estar ante la extrañeza del puro haber—, sino la idea que nos hacemos del mundo. O en lo relativo a Dios, lo primero no será Dios —nuestra exposición a Dios—, sino nuestra suposición acerca de Dios. Por eso, el conocimiento dependerá de asegurar la verdad de nuestras representaciones de cuanto sucede. Es lo que tiene que la palabra sea, antes que la morada del Ser, un instrumento. Como arrancados de la presencia, dejamos de formar parte. La verdad será, consecuentemente, lo que de hecho pasa, en modo alguno lo que acontece. Y esta verdad no admite testigos, sino especialistas. De ahí que el creyente intente preservar en lo más hondo de sí mismo la memoria de su fragilidad frente al misterio, permanecer en la posición de quien se encuentra a sí mismo desnudo ante lo que le supera. Y lo que le supera, no es el fenómeno extraordinario —en cualquier caso, este sería el índice de una exposición más fundamental—, aunque lo parezca, sino el hecho de que haya presencia. Se trata de una postura, más que de una visión. La fe, antes que creencia, fue —y sigue siendo— un asunto corporal. Únicamente el creyente deja que Dios sea. También, el poeta, aunque sin Dios mediante. Ante el poema no tiene sentido preguntarse y tú cómo lo sabes. Debe ser tal y como ha sido pronunciado. Joven ateniense: sé fiel a ti mismo y al misterio. Todo lo demás es perjurio. Aquí ¿cabe decir algo más? Quien se atreviera a dar su opinión —quien añadiera pues a mí no me parece que todo lo demás sea perjurio— ¿acaso no estaría hablando de sí mismo, de su incapacidad? El poeta desaparece en su obra. No es su logro. En la palabra justa acontece la presencia: es así porque está bien dicho. Algo parecido podríamos decir de los profetas.
Con todo, lo cierto es que no podemos regresar a la posición original, salvo puntualmente. No cabe hacer de la posición creyente una sesión continua. Existimos como arrancados. Y esto se traduce en el hecho de que el mundo no solo es digno de asombro, sino también motivo de escándalo. Luz y oscuridad —bendición y tiniebla— van a la par. Hay noche estrellada —hay paisaje. Pero también, el Gulag. De ahí que, bíblicamente, no se trate de negociar con Dios, ni por supuesto de penetrar en su misterio, sino de hacer lo debido —y luego ya veremos… si es que hay algo que ver. Con respecto a Dios, y teniendo en cuenta que fuimos arrancados de su presencia, la cuestión no es Dios, sino lo debido a Dios. Y lo debido a Dios es la vida que nos ha sido dada, precisamente, por el retroceso de Dios. Ahora bien, por eso mismo, lo debido a Dios es también el tener que preservarla de nuestra impiedad. El don supone un estar deuda, aunque se nos diera porque sí. Acoger lo dado va con el tener que responder. Desde una óptica bíblica, de Dios tan solo escucharemos, de escucharla, una voz —en realidad, un clamor—… que nos invoca a través del llanto de los que no cuentan (y aquí Heidegger no tuvo nada que decirnos). Podemos, sin duda, cultivar el hallarnos en el sentimiento de una presencia. Y es bueno hacerlo. Pero no sin ser conscientes del peligro de forzarlo hasta el punto de hacer de dicho sentimiento una posesión —un estado. En ese caso, el creyente se convierte en un iluminado. Entre una cosa y otra —entre la aparición y el desarraigo, la adoración y el lamento, la gracia y el mandato— anda nuestro estar en el mundo. Y así hasta el final de los tiempos. Quizá no sea anecdótico que Heidegger, en sus últimos años, dijera que tan solo un Dios puede salvarnos. Aunque no deberíamos aquí descartar la ironía.
pregunta trampa
mayo 11, 2020 § Deja un comentario
¿Cómo lo sabes? No lo sé; es lo que soy. Un ciempiés no puede responder a la pregunta acerca de cómo puede coordinar sus cien pies… sin que deje de moverse. La pregunta es, de por sí, paralizante. Hay creencias para comprobar y creencias para encarnar. El problema es que bajo las exigencias del logos terminamos confundiéndolas. Ahora bien, sin la sospecha acabamos siendo, precisamente, unos ciempiés. Y no es esto lo que queremos. Pero con ella nos quedamos sin luz —sin transparencia, sin aparición. La segunda ingenuidad, tan solo puede ser irónica. O sufriente.
