teoría del pack

agosto 24, 2020 § 4 comentarios

Una cosmovisión es un pack —una red de prácticas y significados que, al remitir espontáneamente unos a otros, generan una tópica, un mundo en común—. El paso de una cosmovisión a otra no tiene un factor determinante. Las dos dimensiones de lo histórico —la pedestre y la simbólica— avanzan según su propia lógica, pero incidiéndose entre sí como hilos que se entrelazan hasta tejer una nueva época. Así, a la hora de explicar el origen de una cosmovisión, podemos cortar el pastel por donde nos plazca. Así, la palabra cosa no significa lo mismo hoy en día que en la Antigüedad. Actualmente, una cosa es, antes que nada, algo susceptible de ser manipulado. En este sentido, todo es cosa hoy en día, incluso los cuerpos de los demás. El capitalismo disuelve cualquier solidez. Todo tiende a circunscribirse dentro de la lógica del intercambio. Hasta compramos el servicio que atiende a nuestros padres, ya ancianos. En este sentido, preocuparse por ellos —preocuparse de que estén bien cuidados— se asienta sobre una despreocupación de fondo. Sin embargo, tampoco podemos hacer mucho más… si permanecemos dentro del sistema. Se trata de lo normal. El valor se entiende, por su parte, según la medida del deseo. Pero el deseo es mudable. Todo vale significa todo puede valer… si hay alguien que lo desea intensamente. No hay valor que no sea revisable. Ningún tabú constituye un límite absoluto. La ley se adopta por consenso, aunque sea implícitamente. La desconfianza común con respecto a la verdad —el relativismo moderno, cada uno tiene su verdad— es el correlato epistemológico de un mundo que se ha convertido en supermercado. El científico, ciertamente, ocupó el lugar del sacerdote como juez de última instancia. Pero la ciencia solo opera con lo que admite una medida y, por eso mismo, es susceptible de ser modificado… según nuestro interés. No hay otra voluntad —y la ciencia sería su exponente— que la voluntad de poder. En vez del es más que propio de los tiempos antiguos, el no es más que característico de la reducción científica. Dios, evidentemente, ya no interesa, ni siquiera como cuestión. Aunque todavía sirva como la fantasía que sacia la necesidad de amparo de algunos. En cualquier caso, las creencias que uno pueda tener sobre lo último no son más que la expresión de una preferencia personal. Uno cree en Dios como otros pueden creer en Yoda. La cuestión sobre el valor de verdad de la creencia es socialmente implanteable. Ahora bien, donde la pregunta por la verdad deviene impertinente; donde la verdad solo admite hechos comprobables, obviando que no hay hechos sin prejuicios —donde la filosofía se convierte en una especialidad de raritos—, no somos mucho más que bolas de billar, cuerpos sometidos al poder de lo impersonal. Es posible que esto siempre haya sido así. Con todo, hay diferencias de grado. Y puede que estas no sean irrelevantes. El tren de mercancías y el Ave discurren a diferentes velocidades. Pero el segundo tiene más números de estrellarse catastróficamente que el primero.

qué esperanza para los malditos

agosto 22, 2020 § Deja un comentario

¿Qué podemos racionalmente esperar —se preguntaba Kant? Pues esperar, esperamos. Otro asunto es que esta esperanza sea, por lo común, la expresión de lo que nos gustaría que fuese. El gurú trabaja siempre sobre terreno abonado. ¿Quién no desea que le avancen una solución —que las cartas le sean favorables? ¿Quién no siente curiosidad por lo que le pueda anticipar el vidente? A veces, los pastores ceden a la tentación de ofrecer una solución a medida: al final todo terminará bien. De acuerdo. Sin embargo, la facilidad con la que creemos en ello ¿no será el síntoma de haber transformado la esperanza en una expectativa que satisfaga nuestra necesidad psicológica de un final feliz? El creyente ¿no se aleja de la fe donde cree en lo posible? Y sin embargo, esperar lo imposible —que el león coma hierba— ¿es algo más que un clamor? La respuesta de Kant —podemos esperar racionalmente que Dios concederá a los buenos la felicidad a la que aspiran y que el puro cumplimiento del deber no garantiza— es, como el mismo Kant reconoció, un postulado de la razón, en modo alguno una deducción lógica. La cuestión, por tanto, es en nombre de qué —o de quién— el creyente confía. Y la respuesta cristiana apunta siempre a una aparición: aquel hombre bueno que murió como un apestado de Dios ha resucitado. Fue inevitable que los testigos de la resurrección la vieran como un tráiler de lo que vendrá: una nueva creación, una humanidad nueva. Y este es el problema: que la fe se apoya sobre unos hechos que, como tales, dependen de unos presupuestos culturales que ya no son los nuestros (ni pueden serlo). Hubo resurrección —al menos, para unos cuantos— como también hubieron dioses en la Antigüedad. Pero nosotros ni siquiera podemos admitirla como un hecho del pasado. En cualquier caso, como la creencia —si no, la alucinación— de quienes fueron sus testigos. Quizá más que una reinterpretación —en verdad lo que significa la resurrección es…— lo que necesitamos es una mejor comprensión de nuestra situación con respecto a lo que se nos reveló al pie de una cruz. Pero este es otro tema.

cercanías

agosto 22, 2020 § Deja un comentario

No hay que ser muy perspicaz para caer en la cuenta de que la muerte de Dios corre pareja con el igualitarismo moderno. Lo paradójico del caso es que la igualdad por defecto fue un invento cristiano (aunque los estoicos, de hecho, ya se habían anticipado un par de siglos antes). En este sentido, podríamos decir que gracias a Dios —al triunfo histórico del cristianismo— pudimos prescindir de Dios. El sentimiento de existir bajo el amparo de un padre celestial surge espontáneamente en un orden donde el pater familias no se tutea con sus vástagos —o en el que la nobleza no se mezcla con la plebe. No es casual que antiguamente la autoridad poseyera el aura de lo divino o, como sugiere la misma palabra nobleza, una superioridad moral. Al menos, sobre el papel. Por eso, una vez se suprime de iure la distancia social, el sentimiento de dependencia propio de la sensibilidad religiosa se disuelve como azúcar en el café. A partir de ese momento, el creyente tendrá que forzar dicho sentimiento por su cuenta y riesgo (o a través de la inflamada retórica del pastor). Y de aquí a la neurosis media un paso. Evidentemente, no estamos diciendo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero una cosa no quita la otra.

sexo y metafísica

agosto 21, 2020 § Deja un comentario

¿Y si hubiera entre hombre y mujer una contradicción irresoluble? No se trata simplemente de que el otro no esté a la altura del ideal, sino de la incompatibilidad, del hiato. Quien solo tiene en cuenta el ideal de pareja, permanece en su fantasía. No es casual que acabe estrellándose contra las rocas… aunque el mar esté en calma (o quizá por eso mismo). Las figuras que orientan el propio deseo no dejan de ser algo así como un oxímoron: un amo que coma de tu mano, una mujer de putamadre… Si es una cosa, no puede ser la otra. Tampoco se trata de encontrar un equilibrio. Pues no puede haberlo… salvo simulación. Tarde o temprano, el acento nos decanta. Por consiguiente, se equivoca quien cree que es cuestión de aproximarse al ideal —de participar del fondo paradigmático de la existencia. Cuando menos, porque ese fondo es, de hecho, la desconexión. Más bien, se trata de saber de qué va el asunto… para que la desconexión no nos pueda. De ahí que la posibilidad de un encuentro tenga que partir, precisamente, del desencuentro, de la brecha que nos separa (y no circunstancialmente). Al fin y al cabo, solo el encuentro, a diferencia de la fusión, preserva la distancia de la alteridad.

zen

agosto 19, 2020 § Deja un comentario

Dice un proverbio zen que si el problema no tiene solución, deja de ser un problema. No sé… Supongo que depende del problema. Es verdad que a veces —o a menudo— permanecemos fijados a contrariedades que no admiten una salida. Y en estos casos haríamos bien en dejarlas de lado. Pero me cuesta imaginar que un parado de larga duración —aquel que, habiendo cruzado los cincuenta, solo milagrosamente va a encontrar un empleo— no viva como problema su situación. O que los prisioneros de los campos de exterminio puedan saltar por encima del horror. En modo alguno es casual que cada refrán —cada proverbio— tenga su contrapartida. No por mucho madrugar amanece más temprano. Cierto. Pero también lo es que a quien madruga, Dios le ayuda. Aunque quizá nuestro proverbio zen, precisamente porque tiene más de zen que de proverbio, apunte a una lectura más radical: no hagas de la vida un problema… porque no tiene solución. De acuerdo. Sin embargo, ¿a quién sirve esta enseñanza —a quién se dirige—? ¿A la madre que no tiene con qué alimentar a sus hijos? ¿A los niños que hurgan en los basureros de los McDonald en busca de restos?

iguales

agosto 17, 2020 § Deja un comentario

No es nada obvio que el enemigo —el que nos puede, el que desea la muerte de nuestros hijos— sea un igual. De entrada, es el demonio, la bestia. Para hacernos una idea de la impresión que produce un enemigo tan solo basta imaginarse que tu vida está en manos de un psicópata. No hay punto de contacto —ninguna emoción en común. Sencillamente, un psicópata se revela como la encarnación de Satán. De ahí que donde la igualdad se da por defecto —donde pasa a ser nuestro prejuicio— nos olvidamos del hallazgo que supuso proclamar que aquel que parece de otro mundo, por su poder, no es más que uno más. Que ante Dios —y un Dios en falta— somos el mismo indigente. Ciertamente, Nietzsche hablaría del hallazgo del resentimiento. Como si el resentimiento fuese el polvo que permanece oculto bajo la alfombra de nuestra moral. Con todo, a pesar de que en el origen hubiera solo rencor —la imposibilidad de admitir la superioridad del noble—, la cuestión es si los débiles dieron o no en el clavo o, si por el contrario, la verdad se decide desde el lado del inhumano. La pregunta no es espuria. Pues difícilmente podrían vernos como iguales aquellos que, tras la debida manipulación genética, llegaran a vivir cien años como nosotros actualmente vivimos diez. O aquellos cuyas sinapsis cerebrales fueran modificadas de tal modo que Einstein les pareciese un deficiente mental.

los órdenes de lo real

agosto 16, 2020 § 2 comentarios

La Modernidad comienza donde se suprime la antigua convicción de que lo real no es homogéneo —de que hay órdenes del ser. La ciencia, de hecho, presupone que, al fin y al cabo, todo son variaciones, cada vez más complejas, de una y la misma cosa. Para Galileo, no hay diferencia entre las leyes de los cielos y las del mundo sublunar. Sin embargo, podríamos preguntarnos si con la cosmovisión científica, a pesar de sus ventajas, no habremos dado un paso atrás —un paso que nos impide, precisamente, comprender lo que sostiene una sensibilidad religiosa.

Como sabemos, fue Descartes quien puso sobre la mesa las implicaciones de la visión científica del mundo. Para Aristóteles, y en lo que respecta al conocimiento, la vía de acceso al mundo de las piedras no puede ser la misma que hace posible un conocimiento de los cielos. Hay tantos saberes —hay tantos métodos— como órdenes de lo real. En cambio, desde el punto de vista moderno, hay un solo método para cualquier cosa. Tan solo es lo que admite una medida. La unidad del saber la proporciona un único procedimiento. Ahora bien, el que, de facto, no haya ciencia, sino ciencias ¿no nos sugiere, cuando menos, que la reducción racional es más un horizonte que un dato? No parece que un átomo pertenezca al mismo mundo que una ameba. Ni da la impresión de que una ameba puede siquiera vislumbrar la realidad del hombre. Lo inerte no puede comprender lo vivo. Ni lo que vive como si fuera una pieza de un engranaje —una lombriz encaja en su entorno como el hígado en nuestro cuerpo—, una existencia que es consciente de sí y de cuanto que le rodea. Más bien, lo obvio debería ser que dentro del todo hay algo así como diferentes mundos.

Sin embargo, también es cierto que la línea que separa los diferentes órdenes es porosa. El orden inferior influye en el superior. Pero también es posible, al menos en principio, el camino inverso. La cuestión es cuál de las dos dimensiones tiene más peso. Para la Antigüedad, lo determinante era el orden superior. Pues lo que antiguamente se daba por sentado es que una naturaleza se define por aquello a lo que está llamada a ser. Sin embargo, esta cosmovisión comenzó a perderse de vista con Tales y su todo es agua —con la convicción de que lo deteminante no es lo trascendente, sino lo subyacente. Una vez, el mundo puede prescindir de Dios, triunfa la reducción de lo superior a lo inferior. De hecho, la posibilidad de que la mente incida decisivamente en el cuerpo nos resulta, de entrada, ininteligible. Casi un tema de ciencia ficción. Para la sensibilidad moderna lo inferior constituye un límite para lo superior, aunque sea un límite hasta cierto punto técnicamente desplazable. Se trata del no es más que de la racionalidad moderna. Sin embargo, que sepamos que no somos ángeles, no implica que no los haya. Otro asunto es que, de haberlos, quieran saber algo de nosotros. O que no nos vean como nosotros podamos ver a los gusanos.

de los espíritus y el espíritu

agosto 15, 2020 § Deja un comentario

A pesar del aire de familia, una cosa es dar por sentado que todo se encuentra lleno de espíritus y otra, muy distinta, es creer que todo está atravesado por el espíritu de Dios. En el primer caso, seguimos dentro del orden del saber (y aquí la religión sería la antesala de la ciencia: un dios, al fin y al cabo, no deja de ser una fuerza). En el segundo, el horizonte es el de una ignorancia sin remedio, pues apunta a un Dios ausente o por venir. En el primero, el espíritu está presente como poder. En el segundo, se revela como el resto de una genuina alteridad. Dios en verdad no es tanto un dios oculto como un Dios sepultado en un pasado anterior a los tiempos. Pues hay mundo por el retroceso de Dios. Sencillamente, el haber del absolutamente Otro es el de un fue —el de un no-haber. El misterio del dios oculto es circunstancial. Como el de una habitación en la que se nos prohíbe entrar. No así el de un Dios que siempre se encuentra en falta como la eterna promesa de sí mismo.

religio

agosto 14, 2020 § 1 comentario

La religión es un invento monoteísta. Antes de Yavhé, no hubo religión, sino en cualquier caso culto. El presupuesto de la religión es la separación. Por eso mismo su horizonte, tal y como sugiere la palabra religare, no puede ser otro que el de la reunión, el de restablecer el vínculo perdido con la divinidad. El paganismo, sin embargo, nunca pretendió ninguna reconciliación con lo divino, sino en cualquier caso, un trato de favor o, en su defecto, un reset que restaurase la pureza de los orígenes frente a la degeneración del tiempo. Los dioses paganos estaban demasiado cerca —demasiado presentes— como para que se buscará un reencuentro, una religación. En cambio, con Yavhé la cosa cambia. Aquí su presencia es, de hecho, la de su ausencia. Desde la óptica del monoteísmo, Yavhé se revela como un Dios que está por ver, mejor dicho, por regresar. Únicamente un Dios que se ofrece como promesa de sí puede reclamar la fe —la confianza, la esperanza— del hombre. Ahora bien, solo hace falta que nos hayamos cansado de esperar el regreso de papá como para que nos digamos a nosotros mismos que papá ha muerto. No es casual que el desencantamiento del mundo tenga una raíz profética.

Franz: una coda

agosto 13, 2020 § Deja un comentario

En una entrada anterior, nos preguntábamos si el compromiso de Franz —su negativa a jurar fidelidad al Führer— fue ejemplar. Allí hablábamos del carácter superogatorio del mismo: admirable, pero quizá no ejemplar, al menos en el sentido moral de la expresión. No nos atreveríamos a acusar moralmente a quienes, por miedo, hicieron lo contrario. Y, sin embargo, también es cierto que, porque Franz se mantuvo fiel a Dios frente al horror, otros podrán seguir su ejemplo. Es como si la terquedad de Franz les diera las fuerzas de las que espontáneamente carecen. No es casual que niguna tiranía quiera producir mártires. Como dijera Tertuliano, su sangre es la semilla de la fe. Es por el espíritu de Franz —ese resto— que los hombres y mujeres se vuelven capaces de obedecer a la voluntad de Dios. Y en lugar de Franz, podríamos colocar al crucificado. El fue el primero. La fe, de tenerla, se la debemos a quien creyó antes por nosotros. Esto es lo que hay detrás de la fórmula paulina de la sola fide. Pues la fe que nos salva —y quien dice fe, dice esperanza— fue la del Hijo. Porque él tuvo fe donde ya no era posible seguir teniendo fe, podemos creer en su nombre. De ahí que el espíritu, cristianamente, no vaya por libre. O dicho de otro modo, incluso el espíritu tuvo necesidad de un cuerpo. Nada de Dios se nos da sin la mediación de la carne.

las gritonas

agosto 10, 2020 § 2 comentarios

Cito a Javier Melloni (de su El Cristo interior): orar es ver a las personas desde la profundidad de la que emanan; es también percibirlas desde el final, desde la plenitud a la que todo está llamado […]. Orar supone ese lento girar de la mirada, de la escucha, de la sensibilidad, de la mente y el corazón traspuestos, para vivir las diversas situaciones desde el origen que las posibilita e impulsa. Está muy bien lo que dice Javier, dejando a un lado que esto del orar admite unas cuantas variantes. Junto al apartamento que ahora ocupamos han llegado unas vecinas de una cierta edad. No es que hablen alto: hablan gritando. Y hablan mucho. Lo que gritan es, habitualmente, desagradable, soez. Es inevitable sentir un cierto desprecio. Molestan como pueden molestar las chinches. Javier, en continuidad con la mejor tradición espiritual, propone verlo con otros ojos. Al fin y al cabo, unos y otros, no dejamos de ser unos indigentes. Aun cuando, una vida examinada, como decía Platón, posea más valor desde la óptica del mundo, una óptica, en definitiva, natural. El mundo pone a cada uno en su lugar. A unos arriba, a otros en medio. Y a una buena parte, afuera. Sin embargo, este es el problema. Que el lugar en el que nos pone el mundo no es el lugar que nos corresponde como hijos de un mismo padre, por decirlo así. Ver lo que nos rodea con los ojos de la bondad —más allá de las vísceras— nos libera de las tenazas de una jerarquía superficial. Sin duda, es mejor verlo así. Pero no nos sitúa por encima. En realidad, nadie puede asegurar quién dará el primer paso en el momento de la verdad, aquel en el que se nos exige una respuesta (y no tan solo una reacción). De hecho, según los evangelios, serán las gritonas, y no los escribas, quienes te ofrecerán el pan de cada día cuando te falte.

Ahora bien, y dicho sea de paso, donde permanecemos sepultados por el horror, la oración difícilmente puede concretarse como un ver a las personas desde la profundidad de la que emanan. Al menos, porque en los Gulag de la historia, esa profundidad es también la del abismo. Y en el abismo, lo que nos conmociona espiritualmente no es tanto nuestro sufrimiento como el de los demás. Ahí probablemente las gritonas lleven la iniciativa espiritual. Pues, como decía Metz, al fin y al cabo, rezar no es mucho más que pedirle a Dios por Dios. Una profundidad que no termine en un clamar por Dios corre el riesgo de caer en la autosuficiencia del estoico, por no hablar de creer que podemos alcanzar la transfiguración por nuestra cuenta. En Getsemaní, de hecho, hubo más grito que contemplación. Y porque ese grito fue la última expresión de una fidelidad incondicional, el crucificado se reveló como la respuesta de Dios a ese clamor —en definitiva, como su cuerpo— y no simplemente como un maestro espiritual.

desamparo

agosto 9, 2020 § Deja un comentario

La operación básica de la razón consiste en reducir la pluralidad a un denominador común —a un fundamento: todo es agua. Ahora bien, incluso en lo que respecta a su operación básica, la razón no se ejerce sin presupuestos —y unos presupuestos, al fin y al cabo, valorativos. Precisamente, porque los esquemas elementales de la razón son binarios —sí o no; arriba o abajo; luz u oscuridad…—, la razón tiene que elegir entre uno de los polos a la hora de operar su reducción. Y esta elección, como es obvio, carece de razones. Se trata de una elección cultural, por decirlo así. Como sabemos, en la Antigüedad nadie cuestionaba la primacía de lo superior. La organización política facilitaba, de hecho, esta percepción de base. Hay cielos —hay dioses— como hay nobles. Y nosotros estamos por debajo. Lo inferior se debe a lo superior —depende de lo superior. La razón de los antiguos operaba sobre este prejuicio. A ojos de la razón, la diversidad de lo que hay se reducía… a un origen que se encuentra por encima. El mundo que podemos ver y tocar se entendió, consecuentemente, como una derivación —una expresión o, si se prefiere, una degradación— de lo que fue en un principio, del ente supremo. Tan solo lo elevado propiamente es. En cambio, modernamente, lo que decimos de manera espontánea es que cuanto se nos presenta como superior no es más que una variación de lo inferior (y aquí uno podría preguntarse qué papel ha jugado el cristianismo con su Dios humillado para la redención de los hombres). En vez de lo superior tenemos únicamente un aumento de complejidad. Desde la óptica moderna, podemos decir, por ejemplo, que el desamparo que constituye la existencia no es más que una sublimación teórica del desamparo infantil, el cual, se supone, no posee la densidad de una esencia. De acuerdo. Sin embargo, no estamos más cerca de la verdad por verlo de este modo. Un antiguo podría decirnos perfectamente que gracias a la proyección sobre el presente de los sentimientos de la infancia hemos sido capaces de dar en el clavo. Ahora bien, tampoco podríamos decir sin ruborizarnos que el antiguo esté en lo cierto. De ahí que, en relación con la cuestión sobre lo que es en verdad, sigamos en el aire. O también, pendientes de una última palabra que, sin embargo, no sabemos quién llegará a pronunciarla. Aunque, ciertamente, podamos tener una creencia al respecto.

el otro teorema de Pitágoras

agosto 7, 2020 § Deja un comentario

No escribas sobre la nieve, fue una de las prohibiciones de Pitágoras. Como también la de comer habas. ¿Por qué?, se pregunta Ciorán en sus Cuadernos. ¿Qué profundidad —qué sabiduría— esconden? ¿Quizá porque nada de lo que lleguemos a escribir permanecerá sobre ella? Aunque quizá deberíamos preguntarnos si acaso esa sensación de profundidad no será un trampantojo… como el que provocamos al poner las manos, una sobre otra, dejando un hueco entre ellas. Basta con imaginar a Pitágoras anotándolas borracho para hacernos una idea de que lo que hay aquí en juego no es la profundidad, sino nuestra necesidad de profundidad —de que la vida no se reduzca a lo obvio, de que aún quede una tapa por levantar. Al fin y al cabo, lo oculto siempre fue el horizonte regulativo de la verdad.

espiritualidad y asco

agosto 5, 2020 § Deja un comentario

… hasta llegar a sentir asco de la bestia —la que habita fuera y la interior. Aunque de entrada nos seduzca. Aunque de entrada nos dé la impresión de que la bestia rubia es un dios. Esto es, llegar a un punto en el que el poder de la fuerza bruta nos provoque arcadas. Sin embargo, es posible que para lograrlo necesitemos servirnos de la imagen de un arcángel. De no hacerlo, cuesta creer que haya más superioridad en la bondad que en los rugidos de Moloch. Al fin y al cabo, la cuestión fundamental es quién terminará venciendo. Y si no nos parece que esta sea la cuestión quizá sea porque nos pasamos demasiado tiempo distraídos con nuestras cosas (incluyendo aquí el ir de compras).

un dios no puede tenernos en cuenta

agosto 3, 2020 § Deja un comentario

Ya lo dijo Epicuro: hay dioses, pero no se ocupan de nosotros (¿cómo podría hacerlo un dios?) Los niños continuan jugando tras las alambradas de Auschwitz. El cosmos sigue impasible. No se rasgó el velo del Templo. De hecho, las tinieblas no cubrieron el Gólgota —esto tuvo que decirse. Malick hubiera filmado la crucifixión bañada de luz. El exceso de lo real es divino. Pero, por eso, permanece indiferente a la suerte de los hombres. Hay beatitud en la Presencia. A momentos, se nos dió la paz de Dios. Pero no es para nosotros. Tampoco debería extrañarnos, tratándose de la paz de Dios. De ahí la audacia del cristianismo cuando proclama que Dios renunció a su divinidad por amor a los hombres. Aún estamos lejos de comprenderlo.

Franz (y 6)

agosto 2, 2020 § Deja un comentario

Los verdaderos oponentes de Franz, mejor dicho, de la verdad que encarna su compromiso, no son los campesinos que, con temblor de piernas, juraron fidelidad al Führer, sino los que lo hicieron cínicamente. En el fondo, decían, todo da igual. Desde la óptica de la eternidad, un genocidio se encuentra en el mismo plano que la sonrisa de un niño o el crecimiento de la hierba. Para los primeros, Franz es un héroe, el hombre que les permite seguir creyendo en la posibilidad de un nuevo comienzo (y de paso, seguir soportando su propia tibieza). Para los segundos, en cambio, un estúpido —un niño obstinado. Si queremos comprender el alcance del gesto de Franz, deberíamos inicialmente ponernos del lado de estos últimos. Pues espontáneamente es nuestro lado. Diría que solo así podemos caer en la cuenta de la enorme distancia que media entre Dios y el mundo. De lo contrario, no hay revelación.

del sueño y el insomnio

agosto 1, 2020 § Deja un comentario

En los cielos, ¿quién se atrevería a dormir? ¿Qué alma pura podría siquiera desconectar de la Presencia? ¿En qué soñaría? ¿Acaso su sopor no traduciría una secreta blasfemia? Pero la eternidad que se nos prometió ¿no encuentra su anticipo en las crispaciones del insomnio? ¿Acaso no se nos revelará entonces, cuando sea ya demasiado tarde, que la dicha solo pertenece a los mortales?

Franz (5)

julio 31, 2020 § Deja un comentario

¿Fue Franz ejemplar? Admirable, sin duda. Pero ¿ejemplar? ¿Acaso se nos puede exigir lo que él hizo?¿Deberíamos imitarlo? Que sea admirable implica que su gesto no fue absurdo. Algo significa —y algo que sabe a definitivo. En cierto sentido, apunta a lo que deberíamos hacer. Pero también es innegable que estamos ante un gesto que nos supera por entero. Difícilmente se puede acusar de impiedad a aquellos campesinos que, por miedo, terminaron jurando fidelidad a Hitler. Aunque la impiedad la llevasen incrustada en los huesos. Como todos. ¿De qué estamos hablando, entonces? La obstinación de Franz ¿qué nos dice de nuestra situación ante lo último o decisivo? ¿Nos habla del milagro —de la posibilidad de lo imposible? ¿De lo que no es de este mundo y, sin embargo, nos alcanza en lo más íntimo? ¿De la gracia, que como señaló Bonhoeffer, no sale barata? Podríamos decir que la fe del hombre común se mueve entre el carácter admirable de la entrega del mártir y el hecho de que no sea estrictamente ejemplar. Franz no poseyó el sentido de su decisión. Franz se movió por pura fidelidad al Sí que fue pronunciado con anterioridad a los tiempos —a la bendición que precede al horror. En cualquier caso, el sentido es para los testigos de su sacrificio. Franz con su compromiso encarnó una esperanza cuyo cumplimiento, no obstante, tampoco podemos imaginar, salvo en los términos de un mundo increíble. Sencillamente, porque lo hemos visto podemos creer que el hombre llevado por la gracia es capaz de ofrecer una dura resistencia al Mal. Aunque sea pagando el precio de su inmolación.

comenzar de nuevo

julio 29, 2020 § Deja un comentario

¿Qué es el evangelio? La posibilidad de comenzar de nuevo —de volver a nacer por el perdón. Incluso para el genocida.

creer en lo que ves

julio 28, 2020 § Deja un comentario

El escéptico de a pie suele decir que solo cree en lo que ven sus ojos. De acuerdo. Pero los ojos también nos decían que la Tierra era plana o que el Sol se movía. Sin embargo, que los ojos nos engañen a menudo no es excusa para creer en cualquier cosa. El problema de fondo es que no hay indicios. O mejor dicho, índices. El índice no alcanza lo que indica. Así, pongamos por caso, todo cuanto posee valor tiene un precio. Pero con frecuencia un alto precio enmascara una falta del valor. La mentira se halla inscrita en el corazón del lenguaje. Puede que, al fin y al cabo, el esto —del esto es así o asá— sea indecible, lo cual está muy cerca de decir que no es. Por eso mismo, la esperanza no tiene otro horizonte que la verdad. O por decirlo en bíblico, el de una palabra encarnada.

las dos desmesuras

julio 25, 2020 § Deja un comentario

El asombro que provoca el que haya algo en vez de nada encuentra su envés en el estremecimiento que sentimos —y no solo el miedo— ante el hombre que le quita la vida a otro hombre. Estamos ante dos desmesuras —y no solo por su lado emocional. Sencillamente, esto es así, a pesar de que, por lo común, hayamos reducido la desmesura a la trivialidad de lo que simplemente sucede: se goza del paisaje, se mata. De ahí que la espiritualidad comience abriendo bien los ojos para captar el exceso en el nos hallamos inmersos —el exceso y, de paso, el interrogante.

Franz (4)

julio 22, 2020 § Deja un comentario

La cuestión religiosa por excelencia es la cuestión del poder. ¿Dónde se encuentra el verdadero poder? ¿En Dios o en los dioses que imagina el hombre? Quizá no estaría de más ver Una vida oculta desde esta óptica. Ciertamente, podemos no plantearnos la pregunta —mejor dicho, cabe que la pregunta no nos hiele el corazón. Pero este sería el síntoma de nuestra irrelevancia —de que aún vivimos en la burbuja del hogar. De hecho, en Occidente los primeros en hacerse esta pregunta fueron Platón y los profetas. En su Apología, Platón sostuvo, a riesgo de hacer el rídiculo, que el verdadero héroe no era Áquiles, a quienes los atenienses veneraban, sino el payaso de Sócrates. La operación es parecida a la que llevaron a cabo los profetas de Israel al proclamar que en verdad Dios no aparece como dios, sino como un Dios que está por venir —un Dios cuyo poder depende de la respuesta del hombre a su invocación. Por no hablar de la confesión cristiana que anuncia a un apestado de Dios como Dios en persona. La fe comienza donde nos vemos obligados a responder a la pregunta que nos dirige el santo inmolado: ¿y tú quién dices que soy yo? ¿De qué lado crees que se encuentra el último poder —de qué lado, la verdad? ¿En quién confías, en Franz o en el Führer? Evidentemente, la pregunta adquiere la densidad que les es propia donde se nos exige una confesión (y no tan solo una opinión). Uno siempre confiesa ante el juez que decide su libertad o condena. Y no parece que podamos confesar como quien no quiere la cosa que el poder está en manos de aquel que, por fidelidad al Bien, muerde el polvo de la derrota. La fe siempre fue contrafáctica.

vivir 120 años

julio 20, 2020 § Deja un comentario

Corre por ahí un vídeo de un hindú que ha llegado a los ciento viente años. Tiene la solución: ver el lado positivo de las cosas, vivir austeramente, respirar la naturaleza… Él posee el secreto de la felicidad. De acuerdo. Pero quien perdió a sus hijos en los Auschwitz de la historia no quiere vivir ciento veinte años —ni probablemente ser feliz. Quiere reencontrarse con sus hijos tras la muerte; que el mundo termine cuanto antes. En definitiva, que Dios resucite a los muertos —que el triunfo del verdugo no sea una última palabra. Alcanzar los ciento veinte es posible (aunque no sé si deseable). Volver como resucitados, imposible (y sin embargo, necesario). He aquí la diferencia entre Oriente y el judaísmo.

Dios es así

julio 19, 2020 § 1 comentario

Dios, al margen del hombre, sería como una biblioteca sin lectores (cojo prestada una imagen de Gregorio Luri, aunque él no la remita a Dios). Una biblioteca solo es lo que es donde hay lectores. De lo contrario, no es más que un simple almacén de libros. Y un almacén de libros es una biblioteca muerta. Dios quedó herido de muerte, no con el advenimiento de los tiempos modernos, sino cuando el primer hombre creyó poder prescindir de Dios. En cualquier caso, los tiempos modernos legitiman ese desprecio.

Franz (3)

julio 18, 2020 § Deja un comentario

El alcance del compromiso de Franz, el protagonista de Una vida oculta, no termina de entenderse sin el contraste que supone la fe de su esposa, Fani. Estamos ante una fe que no se cuestiona a sí misma, una fe que arraiga, como suele decirse, en el corazón. Para ella lo primero es la confianza en Dios: nada malo puede ocurrirle a un hombre bueno. Dios proveerá… aun cuando ahora estemos a oscuras. De acuerdo. Sin embargo, no parece que los hechos le den la razón. ¿Se trata de esperar lo imposible más allá de la muerte? Quizá. Pero la fe de Fani —la fe a secas— no puede entenderse desde la necesidad de un final feliz, aunque se satisfaga post mortem. Se trata de un esperar sin expectativa. Nuestras expectativas —los pronósticos— son refutables. En cambio, la esperanza es contrafáctica: a pesar de todo, confío (y esto resulta casi sobrehumano cuando el todo es insoportable y no tan solo un inconveniente). Diría que no es secundario que las imágenes de la esperanza bíblica —que el león coma hierba— sean increíbles. Tienen que serlo si el creyente espera lo que en modo alguno puede concebir como expectativa. La posibilidad a la que apunta la fe es la posibilidad de lo imposible, de lo que el mundo no puede admitir, precisamente, como posibilidad. La esperanza, al margen de lo razonable, es un estado, una postura existencial. En el estado de buena esperanza prevalece el frente a cualquier evidencia en contra. ¿Se trata exclusivamente de un estado psicológico? Probablemente… si el creyente no estuviera por entero referido a un Otro en falta y, en consecuencia, por venir. Esto es, si el paso atrás de Dios —su extrema trascendencia— no fuera lo más real de nuestro estar en el mundo, el acontecimiento originario por el que la vida se carga con el aura de lo sagrado (y esto es así, aun cuando el creyente solo pueda incorporar dicha trascendencia imaginándola como la de un Dios oculto tras las bambalinas: es lo que tiene ser también un cuerpo). De ahí, la importancia del diálogo final entre Fani y Franz, días antes de que este sea ajusticiado. Fani preferiría que Franz firmase la declaración de lealtad al Führer. Sin embargo, acepta con dolor la decisión de Franz. Estoy contigo. La bendición de Fani es el envés de la fidelidad de Franz. Es desde su aceptación que el compromiso de Franz se revela como la providencia de Dios. Ciertamente, no es esta la providencia que ella hubiera querido. Pero es la que hay. Al menos, mientras la historia siga su curso. El pedirle a Dios por Dios —y no otra cosa es la oración cristiana— no se resuelve como aparición ex machina de Dios, sino como la de aquel que lo encarna. Es en su nombre que el creyente permanece abierto a un Sí contra naturam. Más allá de esta esperanza, no hay saber que valga. Pues el saber, tarde o temprano, se decanta del lado del no que recae sobre aquellos que sobran.

Por eso, para entender de qué va el asunto de la esperanza creyente, podríamos preguntarnos si la película acaba bien. No lo parece desde una óptica meramente humana. Los justos tienen las de perder. Malick no ofrece, obviamente, un final a la Hollywood. Pero tampoco me atrevería a decir que termina mal. La muerte de Franz posee, cuando menos, una fecundidad extraña. La libertad frente al verdugo es posible, aunque quien la ejerce tenga que pagar un alto precio. En este sentido, cabe hablar de una libertad aparentemente sobrehumana. Pero porque hubo quien la encarnó, la historia se abre a una palabra que nosotros no podremos pronunciar. Aunque tampoco el dios de la expectativa religiosa.

Facebook es Dios

julio 17, 2020 § Deja un comentario

No hay democracia. Hay votaciones. Pueblo y poder son, en realidad, sistemas autónomos, aunque colindantes. Esto es, el pueblo es el entorno que el poder ha de tener en cuenta. Y viceversa. Sin embargo, la interacción con el entorno en ambos casos no es la misma. El poder se adapta al pueblo manipulándolo (y más —enormemente más— en la época del big data). En cambio, la adaptación del pueblo al poder tiende a ser pasiva. El poder es el hombre. El pueblo, un animal. Así, el poder —lo podemos ver con la abundancia de fake news que nos invanden a diario— puede mentir impunemente… y no pasa nada (o casi nada). Ciertamente, la mentira —la manipulación— tiene un límite. Pero de momento da la impresión de que es asintótico. La deriva de las democracias occidentales hacia un totalitarismo de corte tecnológico es innegable. El poder siempre ha hecho lo mismo. No hay diferencia entre las tácticas de Goebbles y las de Trump. La diferencia pasa por los medios empleados —y el algoritmo opaco de Facebook es, incomparablemente, más eficiente que la radio o la televisión. De momento, las leyes democráticas siguen estando ahí como muro de contención. Pero, sobre todo en países institucionalmente débiles, es un muro de pladur. Para entender el ejercicio del poder no hay que leer el titular —la ley que se promulga—, sino la letra pequeña, el reglamento que determina su aplicación. Y hay mucha letra pequeña. Tendríamos que mirar a China para vislumbrar lo que nos viene encima. Aunque es posible que la palabra democracia siga siendo en Occidente la excusa. Quien controla la emisión de la verdad y del dinero tiene el poder. Y el poder, por defecto, se ejerce contra el débil. Siempre ha sido así. No es causal que el próximo paso sea la eliminación del dinero contante y sonante. Como tampoco lo es que Facebook quisiera —y sigue queriendo— lanzar una moneda propia. Evidentemente, siempre con la mejor de las intenciones —que si de este modo se dificulta el fraude fiscal, que si se limita la corrupción… En cualquier caso, el pueblo no tendrá más remedio que aceptar la nueva situación. Es lo propio de los siervos. Los chicos de Podemos, por decirlo así, harían bien en dejar a Marx a un lado y ponerse a estudiar informática. Pues cuanto más anonymus seamos, mayor será nuestro margen de libertad. Puede que la solidaridad del futuro pase por que todos nos convirtamos en infractores. Habrá que cruzar semáforos en rojo. Pues si nadie tiene puntos en el carnet de buen ciudadano, dejan de haber puntos. Difícil, sin embargo. Como sabe cualquiera que le haya echado un vistazo al dilema del prisionero.

big data

julio 16, 2020 § Deja un comentario

Puede que el cristianismo pronto deba preguntarse cuál será su lugar —y su misión— en el mundo distópico que nos viene encima… si no lo está ya. De lo contrario, quedará reducido a ser un producto más en el mercado de las espiritualidades compensatorias. Todo el campo de entretenimiento —desde Instagram hasta la realidad virtual— está al servicio de la dominación. Y una dominación que será asfixiante. Como decía cínicamente Mark Zuckerberg, la era de la intimidad ha terminado. Nada es gratis, como sabe cualquier estudiante de economía. Ciertamente, es algo que damos por sentado. Pero aún no hemos caído en la cuenta de lo que implica el que todo —¡todo!— lo que hacemos en internet quede registrado. Incluso lo que ahora estoy tecleando. Dios existe y es un algoritmo. Los chinos, con su carnet de puntos de buen ciudadano, comienzan a saberlo. Orwell se preocupaba de que se nos prohibiera leer. La preocupación de Huxley, en cambio, era que no hiciera falta que se nos prohibiese leer… porque el poder habría conseguido que la lectura nos resultase aburrida. Podríamos decir que estamos más cerca de las visiones de Huxley que de las de Orwell. Por suerte, aún tenemos a mano libros como Armas de destrucción matemática de Cathy O’Neill o El enemigo conoce el sistema de Marta Peirano. Tendrían que ser obligatorios en las escuelas. Nunca lo serán. En su lugar, un aprender jugando, ese trampantojo, como ya avanzó Neil Postman en Tecnópolis o Divertirse hasta morir. Solo hace falta enterarse de qué es lo que se está cociendo en los centros desde los que se ejerce el poder —dónde se invierten hoy en día ingentes cantidades de dinero— para caer en la cuenta de que el problema de la justicia será indisociable de la cuestión de la libertad. Y es que en la era del algoritmo omnisciente, los pobres, una vez más, tendrán las de perder, no solo porque en la lucha por encontrar un lugar en el mundo no posean las mismas oportunidades, sino porque ya no se les dejará participar en esa lucha. El algoritmo los habrá desestimado antes de que pongan un pie en la calle.

perspectivismo

julio 15, 2020 § Deja un comentario

Desde la situación de los excluidos —esos condenados a muerte—, los dioses son ridículos. Incluso los humanos que pasan por tales —nuestros modelos, nuestros nobles. Ficciones que nos alejan de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar, de lo decisivo. En este sentido, la verdad es, antes que una afirmación sobre el mundo, un enorme interrogante, la puesta en cuestión de nuestro estar en el mundo. De hecho, las grandes afirmaciones sobre el mundo son sentencias antes de tiempo, declaraciones que encubren la verdad.

5G

julio 13, 2020 § Deja un comentario

Leo lo siguiente en el libro de Marta Peirano, El enemigo conoce el sistema: “en Beijing, un ciudadano que cruza en rojo puede ser multado instantáneamente en su cuenta bancaria. También puede verse inmortalizado en un loop de vídeo cruzando indebidamente en las marquesinas de las paradas de autobús, para escarnio propio y de su familia. Si comete más infracciones, como aparcar mal, criticar al Gobierno en una conversación privada con su madre o comprar más alcohol que pañales, podría perder el empleo, el seguro médico y encontrarse con que ya no puede conseguir otro trabajo ni coger un avión. Así es como funcionará el nuevo sistema de crédito social chino, programado para entrar completamente en vigor en 2020. Su lema es: Los buenos ciudadanos caminarán libres bajo el sol y los malos no podrán dar un paso”. Por lo común, no tenemos mucha idea de las dimensiones actuales del big data. Impresionan. Imagínate que cualquier conversación, estas palabras que tecleo, los paseos solitarios por el bosque, los correos que envías, los libros que ojeas en el metro… fueran registrados en la nube y procesados por el algoritmo. ¿Seguiríamos sintiéndonos libres? ¿Acaso podríamos respirar? Decía Pascal que los males del hombre comienzan donde este es incapaz de permanecer a solas en una habitación. Pero ¿habrán habitaciones en el internet de las cosas? Quien tiene un roomba de última generación debería saber que la empresa posee los planos de su hogar. Con la implantación del 5G, todo terminará al servicio de una limpieza más eficaz.

Decían los Padres de la Iglesia que Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios. La Modernidad podría entenderse como la realización irónica de la sentencia patrística: Dios renunció a su condición divina para que el hombre pudiera ocupar su lugar. Y parece que va ocupándolo a pasos de gigante. El ojo de Dios —el que escudriña hasta las profunidades más oscuras del alma— se ha hecho de carne y hueso, mejor, de cable y silicio. Lo que ignoraban los Padres es que el Dios hecho hombre no parece tener buenas intenciones. Dios es poder. Y el poder siempre se ejerce contra el débil. Los cielos difícilmente se encuentran donde las nubes. La tecnología de la información no está al servicio del hombre. De hecho, es al revés. El hombre se ha convertido en la materia —el dato— de un poder impersonal. Y de ahí a que la humanidad se escinda en castas genéticamente diferenciadas media un paso: los que puedan, pongamos por caso, alterar sus sinapsis cerebrales hasta el punto de que Einstein les parezca un deficiente mental no serán, ciertamente, de los nuestros.

Da la impresión que nos espera un futuro de hombres y mujeres tristes, hombres y mujeres que solo encontrarán la dicha en la distracción que se les permita, un futuro de hormigas. Al final, puede que el destino de Babel sea nuestra única esperanza. Sin embargo, lo que no cuenta la Biblia es que Babel se derrumbó, no por el rayo de Zeus, sino por el microbio. En verdad, Dios siempre estuvo del lado de la debilidad.

eternidad

julio 11, 2020 § Deja un comentario

Lo real, por defecto, es lo que permanece, lo inmutable o eterno. ¿Y qué permanece? Nada que tenga que ver con los hechos —con cuanto sucede. Pues todo pasa, y nada permanece… salvo la desaparición, la distancia, el retroceso que hace posible la aparición del mundo. Hay, sin duda, momentos epifánicos. Pero no duran lo suficiente. Tarde o temprano, se impone el oficio de vivir, el hiato, la necesidad de tratar con cuanto nos rodea. Únicamente, la pérdida es eterna. Y por eso mismo, el porvenir como regreso o restauración. Tan solo Dios es real —o mejor dicho, tan solo la relación, inicialmente quebrada, entre Dios y el hombre. Ni Dios ni el hombre terminan de hallar la paz mientras sigan separados. Y lo seguirán estando de aquí al final de los tiempos. Pues Dios es el Dios que el hombre encuentra en falta, la alteridad que el mundo tiene pendiente (y por eso mismo es lo que es). No hay otro vínculo con Dios que el que mantenemos con aquel que lo encarna. Con respecto a Dios tan solo cabe situarse ante Dios —ante lo debido a su eterna y radical trascendencia. No hay más allá de lo eterno. Y esto es lo mismo que decir que no hay más allá de nuestra situación con respecto a lo eterno. Y si lo hubiera, lo ignoramos, por no decir que no nos concierne. Lo eterno es un eterna promesa y no la materia, lo subyacente, ni siquiera donde lo entendemos como el fondo nutricio del cosmos. Incluso si lográramos conectarnos a dicho fondo, seguiríamos preguntándonos por el lugar de Dios. Sencillamente, el todo no puede ser el todo para quien existe.

Heidegger, el payés

julio 9, 2020 § Deja un comentario

Al fin y al cabo, las pantuflas pastoriles de Heidegger tienen más enjundia metafísica de lo que, a simple vista, parece. De hecho, la jerga de Heidegger, oscurece lo que, en el fondo, es simple: hay un sentido de la presencia que es anterior a la interrogación sobre lo dado —sobre las propias evidencias— y que tampoco consiste en caer en el carácter impersonal de lo que se dice o se hace. Se trata del sentimiento de formar parte de un exceso, el cual permanece indiferente al destino de los hombres. Los tiros del cine de Terrence Malick diría que van por ahí —un cine que intenta revivir el sentido pagano de la existencia, a pesar de los motivos bíblicos que también lo atraviesan. Sea como sea, la reflexión, en tanto que convierte la presencia originaria en creencia sobre dicha presencia —y en una creencia bajo sospecha—, impone una distancia en la que inevitablemente dejamos de formar parte. De ahí que el hombre se encuentre en el mundo como arrojado. La alteridad de la presencia original — el motivo de nuestro asombro— solo podrá ser pensada como pérdida. No en vano Heidegger se preguntará por la posibilidad de restaurar una presencia anterior al mundo. Y de ahí también que, al final, acabe diciendo que tan solo poéticamente puede el hombre habitar la tierra. Sin embargo, quién tendrá oídos para escuchar al poeta en tiempos de miseria. Ni siquiera el sentido pagano de la existencia cabe en un mundo que ha sido transformado en un campo de dominio.

Buda y Cristo

julio 8, 2020 § Deja un comentario

Buda muere serenamente. Cristo, gritando. La diferencia no es anecdótica. Buda alcanzó la iluminación. En cambio, las últimas palabras del crucificado son las de quien no entiende nada: Abba, abba ¿por qué me has abandonado? Sin embargo, si el grito del crucificado deviene la base de la fe es porque se dirige a Dios. Jesús no muere proclamando no hay Dios. La experiencia cristiana de Dios comienza con una interpelación a Dios. Y no hay interpelación que no espere una respuesta, aun cuando el que cuelga de una cruz no llegue a escucharla. Jesús muere sin poseer el significado de su inmolación. Como si el hombre tan solo pudiera ser fiel a Dios ante un Dios fuera de campo. La respuesta de Dios es la que escucharán los testigos de la cruz. ¿Preguntáis por Dios? Ahí lo tenéis, colgando de un madero. Ciertamente, esto está muy cerca de declarar que no hay Dios. Y de ahí que Nietzsche defendiera que el nihilismo es un hijo bastardo del cristianismo. Pero también cabe entenderlo tal y como lo entiende la confesión cristiana: Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado en nombre de Dios. Sencillamente, el Padre no es nadie sin el fiat del Hijo, un fiat que el Hijo solo puede pronunciar ante la impotencia del Padre, esto es, sin Dios mediante. Dios, cristianamente, solo se hace presente a través del fiat del hombre de Dios. Jesús es el quien de Dios y no tan solo aquel que ejemplificó el modo de ser de Dios. Dios no tiene un modo de ser independiente de su encarnación —de su hacerse cuerpo. De ahí que Dios, cristianamente, se revele como el encuentro —la reconciliación— entre el Padre y el Hijo, un encuentro que se determina en el centro de la historia y sobre un cadalso. No hay Padre sin Hijo, ni HIjo sin Padre. Evidentemente, la confesión cristiana supone una mutación de lo que se presupone religiosamente por Dios. Tras el Golgota —o si se prefiere, tras el tercer día— Dios no volverá a ser el mismo. De hecho, nunca fue el que imaginó la sensibilidad tópicamente religiosa.

Por eso, quien crea que el budismo es una vía junto a la cristiana de acceder a Dios sencillamente no sabe de lo que habla. Para Buda no haya lugar para Dios, y menos para un Dios crucificado. Quienes sostienen que gracias a Buda podemos seguir siendo cristianos, como si el budismo proporcionase el lenguaje que nos permite actualizar la espiritualidad cristiana, en el fondo están diciendo que hoy en día solo podemos ser espiritualmente budistas. Sin duda, Buda fue un maestro espiritual. Pero Jesús no fue reconocido como el Señor porque ofreciese un saber más profundo —ni tampoco porque estuviese impregnado de Dios. Quizá es lo que les pareció a los discípulos hasta el Gólgota. Sin embargo, la cruz reveló que la cosa no iba de que Dios habitase en el interior del hombre que fue Jesús. La cruz, desde los presupuestos del budismo, no deja de ser un mal karma. Es evidente que no estamos hablando de lo mismo. Aun cuando haya mucho de compasión en las diversas tradiciones del budismo. Pero este es otro asunto.

de los quarks

julio 7, 2020 § Deja un comentario

Incluso bajo el instinto, el hombre pretende alcanzar la estatura de un dios. Difícilmente, puede contentarse con lo básico. La pornstar tiene que presentarse como diosa, posar sin vergüenza. Su desnudez debe desafiarnos. Un dios —un noble— no tiene motivos de los que avergonzarse. Al igual que ninguno de nosotros tampoco se avergonzaría ante la mirada de un chimpancé. Sin embargo, el hombre no está a la altura de sus fantasías. De ahí que estas solo puedan realizarse cutremente. Los dioses tienen que ser contemplados a distancia. Un dios es intocable. Y no porque, de hecho, no podamos tocarlo, sino porque su hechizo desaparece al aproximarnos, al convertirse en carne. Un cuerpo, de cerca, siempre termina oliendo mal. El lúcido nihilismo de Las partículas elementales nace, precisamente, del derrumbe de los cielos virtuales. No otra cosa quiso decirnos Nietzsche. O Diógenes. Por eso mismo, hay un cierto parentesco entre el nihilista y el cristiano. Pues quien regresó con vida del infierno, tampoco se avergüenza de su presente, en cualquier caso del que fue. Ninguna fantasía se mantiene en pie. Sencillamente, él ya no importa.

ahora ya sé

julio 5, 2020 § Deja un comentario

La experiencia mística supone, según cuentan, un abrir los ojos a la verdadera realidad. Ahora ya sé. De ahí la incompatibilidad entre el místico y el sujeto de la reflexión, el que se pregunta si acaso su sensación de certeza no tendrá que ver con las maniobras de un genio maligno. Más aún: ¿acaso no serían místicos aquellos topos que, por un instante, vieran el mundo que, con tenacidad, taladran? ¿No se equivocarían si creyesen que han experimentado el cielo? La lúcida impresión del místico ¿está libre de sospecha? ¿A quién sirve su verdad? Mejor aún: ¿quién la necesita? ¿Acaso aquellos que verían justificada su creencia en un Dios-ente, aunque fuese magmático? ¿No podría ser que fuera el síntoma de quienes, habiendo purificado su alma, ya pueden ser devorados, tras morir, por aquel con quien se han unido antes de tiempo? ¿No hay aquí demasiado saber, aunque sea afásico, como para poder hablar de Dios? ¿No será ese Dios excesivamente real como para ser verdadero?

lo insuficiente

julio 4, 2020 § Deja un comentario

No es que el hombre, a diferencia del chimpancé, no tenga suficiente con lo suficiente, sino que tampoco le basta con el todo. Como si el todo no pudiera ser el todo para el hombre. De ahí su inquietud. Pues nadie que sea inquieto se encuentra en donde está.

La carretera

julio 3, 2020 § Deja un comentario

En un mundo sin Dios, tan solo puede caber un Dios encarnado. Hay que leer The road de Cormac McCarthy para entender, cuando menos, de qué va el cristianismo.

Leningrado

julio 1, 2020 § Deja un comentario

El hambre te somete a la tiranía del cuerpo. Cuando llevas días sin comer, no eres más que tu estómago. El hambre fácilmente nos deshumaniza, nos transforma en bestias, revelando como impostura cualquier elevación. En las grandes hambrunas de la historia, el prójimo se presenta, por lo común, como el que quiere devorarte. A ti y a tus hijos. De ahí que la invocación de Dios en tiempos de hambre sea el clavo al que se agarra el último resto de humanidad. Sin embargo, esa invocación no se dirige a un Dios que aún quepa imaginar. En realidad, se trata de un pedirle a Dios por Dios, o en clave mesiánica, de la pregunta por el quién de Dios: ¿quién saciará nuestra hambre? Y la respuesta nunca será el deus ex machina de las tragedias griegas, sino aquellos hombres y mujeres que responden a la invocación de los hambrientos como la invocación misma de Dios.

todo Heidegger (o casi), en unas pocas frases

junio 30, 2020 § Deja un comentario

A pesar de la jerga, el pensamiento de Heidegger es muy simple, lo cual no equivale a simplón, obviamente. Todo gira en torno a la cuestión de la verdad, que es lo mismo que decir en torno al sentido del Ser. ¿De qué hablamos cuando hablamos de lo que en verdad tiene lugar? No, de cuanto sucede, sino de lo que acontece, en definitiva, de lo que aparece como dado. Pues lo dado solo es posible desde el retroceso —la desaparición— del donante, por decirlo así. En cambio, la simple sucesión de los hechos siempre es relativa a la conciencia que decide qué puede ser admitido, precisamente, como hecho. La verdad del observador omnisciente e imparcial no es la de quien, en medio de la escena, se enfrenta a la muerte. Aquí, la pérdida se revela como el estigma de lo real. Como si no hubiera otra alteridad que la que dejamos atrás donde el mundo se convierte en el campo de un posible dominio.

Hoy en día, el prestigio de la verdad científica es indudable. Ahora bien, el científico no deja de ser un entomólogo. Todo es insecto. Como si el científico ocupara la grada de Dios. Sin embargo, la verdad que se le revela a quien fue arrojado al mundo —y se experimenta como tal— no es una mera impresión. Más bien, se trata de la verdad más originaria, aquella por la que el sujeto, a pesar de su extrañamiento de sí, sigue formando parte de un exceso. De ahí que ciencia y deshumanización vayan a la par. Al menos, en tanto que el científico trata con el mundo sin preguntarse por la falta —el olvido— que ha hecho posible la autonomía del mundo. Al fin y al cabo, el hombre de la civilización técnica es un instrumento de la voluntad de poder, la que se rige por el principio de si es posible, debe hacerse. No en vano Nietzsche sostuvo que donde muere Dios, muere también el hombre. Como tampoco es casual que Heidegger fuera quizá el lector más perspicaz de Nietzsche.

Gran Torino

junio 29, 2020 § Deja un comentario

Hay más verdad en las palabras de Walt Kowalski —Clint Eastwood— que en el sacerdote con quien dialoga sobre la vida y la muerte. El sacerdote, solo tiene respuestas. Walt, preguntas sin solución (y por eso mismo, únicamente podrá ofrecer gestos). Estamos ante una variante de la parábola del fariseo y el publicano. Se encuentra más lejos, quien se cree más cerca de Dios. Con esto, ya está dicho todo. La urticaria que provoca la Iglesia, aún actualmente, ya no se basa, obviamente, en el ejercicio de un antiguo poder (y donde hay poder, hay abuso de poder), sino en su facilidad para dar respuestas. Sobre todo, antes de tiempo.

una salvación moderna

junio 28, 2020 § Deja un comentario

El capitalismo, al convertir la mercancía en fetiche, sobre todo si es de marca, ha conseguido que nos creamos que la salvación no pasa por la renuncia a las cosas mundanas, sino por poseer lo que brilla. Evidentemente, basta con poseerlo para que de repente deje de brillar. De ahí que la propuesta del mundo sea algo así como un de oca en oca y tiro porque me toca. Entretenido, sin duda. Pero se trata de la dicha del hamster. Tenían razón los clásicos, desde Platón hasta Montaigne: la felicidad no pasa por satisfacer nuestro deseo, sino por la capacidad para reconocer el carácter excepcional, por no decir milagroso, del presente. Y esto exige desenmascarar la ilusión —derribar unos cuantos ídolos—, lo que no es fácil. Para los clásicos, la vida del espíritu, la fortaleza interior, comienza con el memento mori. Ciertamente, podemos preguntarnos qué vida cabe esperar cuando el mundo se hunde bajo nuestros pies —qué milagro, para los vencidos. Pero este es otro asunto.

¿Dónde estoy?

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