quien sabe

noviembre 19, 2020 § Deja un comentario

Ciertamente, comenzamos a saber de qué va el asunto con la experiencia. Pues solo la experiencia nos permite generalizar. Así, quien sabe de vinos —o de mujeres— es porque es capaz de exponer lo que tienen en común. Sin embargo, la expresión máxima del saber no la encontramos en la generalización, sino en el poder reconocer el carácter excepcional o sin medida de un caso singular. Tan solo quien sabe de vinos puede decir que tal o cual vino es único. Como si ese vino fuera el vino. Al fin y al cabo, no hay otra realidad que la encarnada.

(Y quien dice realidad, dice Dios. Una divinidad que se redujera a los rasgos comunes de los dioses habidos y por haber no dejaría de ser un mero concepto, una abstracción. Flatus vocis. Literalmente.)

más Platón (en breve)

noviembre 18, 2020 § Deja un comentario

Hay más realidad en lo invisible que en lo visible. Pero lo invisible no es una cosa invisible —algo que podríamos ver de cruzar la puerta que nos separa de la dimensión oculta—, sino lo eternamente invisible. Pues lo real aparece en tanto que desaparece en su carácter de algo otro en verdad. De ahí que el horizonte de cuanto aparece sea la desaparición. Y de ahí también que tan solo caigamos en la cuenta de su valor real, una vez han dejado de estar presentes.

mística y religión

noviembre 17, 2020 § 2 comentarios

Cuando la humanidad comenzó a creer en dioses dejó atrás la posibilidad de permanecer en el asombro: el acontecimiento —el puro haber— se hizo mundo. La rosa ya tenía un porqué.

apuntes sobre la libertad (1)

noviembre 15, 2020 § 1 comentario

¿Somos en realidad libres? ¿O se trata más bien de una ilusión —de un creerse libres?

1. En principio, cabe considerar cuatro acepciones para la palabra libertad. Así, de entrada, decimos que somos libres cuando podemos realizar lo que deseamos (o al menos, en la mayoría de las ocasiones). Por otro lado, también hablamos de la libertad como capacidad de elección entre diferentes opciones o alternativas. En tercer lugar, creemos que somos libres si podemos hacer lo que queremos. Por último, a veces también hablamos de la libertad interior a propósito de la fortaleza del cáracter.

NB 1: por lo común, confundimos la tercera acepción con la primera. Sin embargo, como veremos, no es lo mismo querer que desear… aunque en un primer momento nos lo parezca. Cuando éramos niños tampoco distinguíamos entre lo que nos apetecía, deseábamos o queríamos. De hecho, no cabía la distinción. Y sin embargo, con el tiempo nos dimos cuenta de que no se trataba exactamente de lo mismo.

A continuación, nos preguntaremos por la consistencia de cada una de estas acepciones.

2. Sin duda, nos sentimos libres donde podemos hacer lo que deseamos. Ahora bien, que nos sintamos libres no implica que efectivamente lo seamos. Por defecto, deseo y prohibición van a la par. Nadie desea lo fácil —lo que tiene al alcance de la mano. Acaso nos pueda apetecer, pero, estrictamente hablando, en modo alguno vamos a desearlo. Tan solo hace falta que nuestros padres nos prohiban entrar en la buhardilla, pongamos por caso, para que inmediatamente nazca en nosotros el deseo de cruzar la puerta. Un animal no puede desear nada, dado que no se enfrenta a ninguna prohibición —en cualquier caso, a un obstáculo. Los animales se mueven por instinto. Y si un obstáculo le impide consumarlo, sencillamente lo dejará estar. El animal es incapaz de ver más allá de lo que le impide, de hecho, ir más allá. Cuanto pueda haber tras un obstáculo, se supone que infranqueable, deja de ser, para el animal, una alternativa. En cambio, la prohibición que provoca nuestro deseo no suprime la posibilidad sobre la que recae, precisamente, la prohibición. Al contrario: la acentúa. Y es que el deseo, a diferencia del mero instinto, siempre apunta a lo absolutamente nuevo o extraordinario. En este sentido, hay en el deseo una promesa de felicidad —de realización— que no encontramos en el instinto o en cuanto simplemente nos apetece.

NB 2: aquí podríamos objetar que lo que deseamos traduce en cierto modo el anhelo, acaso el impulso más íntimo que hay en nosotros, de que tenga lugar lo extra-ordinario. Sin embargo, basta con haber alcanzado unas pocas veces aquello que deseamos para, cuando menos, intuir que nada de lo que deseamos cumple con su promesa. La novedad a la que apunta el deseo es, al fin y al cabo, un sucedáneo de lo absolutamente nuevo o extraordinario al que aspira el anhelo que en gran medida configura nuestra humanidad. Al final, el misterio de la buhardilla a la que se nos impidió entrar terminará siendo, de descubrirlo, algo prosaico, —algo a lo que podemos sin duda habituarnos, una cosa más (o de más). Como si nuestro anhelo apuntase a lo que en modo alguno cabe poseer. Pero de ello hablaremos a propósito de la tercera acepción.

NB 3: si uno no puede llevar a cabo lo que le apetece puede , sin duda, sentirse frustado. Pero difícilmente dirá que se vea privado de libertad. Otro asunto es que se nos prohiba satisfacer nuestra apetencia. En ese caso, sí que nos sentiríamos privados de libertad. Sin embargo, debido a la prohibición, es probable que pasemos a desear lo que de entrada tan solo nos apetecía. De ahí que esta primera acepción deba formularse necesariamente en relación con el deseo.

Ahora bien, dado que la prohibición se nos impone, ningún deseo nace de nosotros, aunque, debido a su arraigo corporal, a menudo nos dé esta impresión. Si espontáneamente creemos lo contrario —si no parece que son nuestros— es porque nos dejamos seducir por su promesa. Basta con imaginar que se nos dijera que los deseos que hemos tenido últimamente nos fueron implantados por los científicos de un proyecto del que decidimos formar parte como conejillos de indias. A partir de ese momento, la relación que mantenemos con dichos deseos ya no será la misma. Difícilmente podríamos seguir identificándonos con cuanto deseamos mientras duró el proyecto (y quizá continuamos deseando). Así, por poco que pensemos, nos daremos cuenta de que no hay deseo que no sea, en definitiva, un implante. Nadie elige lo que desea. Sin duda, si fuéramos esquimales, pongamos por caso, no desearíamos el nuevo iphone. Quizá una nueva foca.

Es cierto que no podemos evitar sentirnos libres donde logramos saltar las vallas, por decirlo así. Y por eso fácilmente llegamos a creer que seríamos más libres si nos desprendiéramos de las ataduras que nos impone la sociedad. Pero aquí podríamos decir lo que le diríamos al ave que estuviese convencida que volaría con más libertad si el aire no le opusiera resistencia, a saber, que de no contar con dicha resistencia, tampoco podría volar. La conclusión es inmediata: lo que aparentemente impide nuestra libertad —las normas a las que nos hallamos sujetos, la prohibición— es lo que hace posible creer que uno es libre donde puede llevar a cabo cuanto desea. En cualquier caso, dado que nadie escoge su deseo —dado que el deseo no deja de ser un implante—, nadie es libre propiamente en relación con su deseo. Aunque a menudo nos lo parezca. Sin embargo, esto es así, solo en relación con una libertad entendida como un poder realizar lo que deseamos.

3. La conclusión anterior presupone que la genuina libertad reside, principalmente, en la capacidad para elegir entre alternativas. Así, uno solo sería libre si, ante diferentes opciones, puede escoger. Sin embargo, ¿qué implica el hecho de poder escoger? En principio, que no hay razones o motivos de peso que nos decanten, ni siquiera inconscientemente, por una u otra posibilidad. Si las hubiera, entonces no haríamos más que ceder a dichas razones o motivos. Y esto es lo mismo que decir que, donde cabe la decisión libre, permanecemos indiferentes frente a las alternativas que se nos ofrecen. Esto es, nos dan igual. Desde este punto de vista, solo a través de una decisión libre podríamos superar el hiato que nos separa de las diferentes opciones. Así, la situación en la que tiene sentido hablar de capacidad de elección es análoga a la de hallarnos en el fiel de una balanza equilibrada (o a aquella en la que se encuentra el asno de Buridán, el cual, como sabemos, equidista de dos montones de paja exactamente iguales). Ahora bien, en ese caso, la decisión libre estaría muy cerca de tirar una moneda al aire, como quien dice. O si se prefiere, de dar un salto en el vacío. Es por esto que a esta segunda acepción se la suela denominar libre arbitrio. Pues lo arbitrario es lo que carece de razones.

Sin embargo, ¿hasta qué punto alguien elige lo que le ha venido dado por azar? ¿Acaso el sujeto de la elección no tiene que estar, de algún modo, comprometido con aquello que termina eligiendo? Ninguna mujer se sentiría elegida si aquel que se le declara dijese que la ha escogido porque, al tirar una moneda al aire, salió cara. En cualquier caso, podría sentirse seleccionada, pero en absoluto elegida. Para que tenga sentido hablar de elección, el yo tiene que estar comprometido con el objeto de su elección.

NB 4: llegados a este punto, cabría objetar que alguien podría perfectamente comprometerse con una de las opciones disponibles después de tirar la moneda al aire. Así, en principio nos podría dar igual estudiar Derecho que Economía. Pero ¿es que no podríamos decidir ir hasta el final con la opción que saliera seleccionada por azar? En este caso, no me atrevería a decir que no quepa hablar de compromiso, aunque, ciertamente, no sea esta la manera habitual de comprometerse. Sin embargo, de esta posibilidad hablaremos cuando nos ocupemos de la tercera acepción. Mientras tanto, basta con mantenernos dentro del sentido común, el que nos permite distinguir entre una mera selección y el hecho de escoger algo —o a alguien— entre diferentes opciones.

No obstante, si quien toma una decisión libremente se encuentra comprometido con aquello que elige, y teniendo en cuenta que el modo de ser de cada uno es en gran medida el producto de su circunstancia, ¿no podríamos decir que la elección ya está determinada por los rasgos fundamentales de un carácter? ¿Acaso nuestro modo pareticular de ser no nos condiciona a la hora de tomar una decisión? En este sentido, no hace falta recurrir a las tesis de Freud sobre el papel del inconsciente. Benjamin Libet demostró en su momento que nuestro cerebro toma la decisión unos milisegundos antes de que nosotros nos decantemos libremente por una u otra opción. Evidentemente, si esto es así —y parece que lo es—, entonces resultaría muy difícil hablar de libertad en los términos de la segunda acepción. Pues no parece que podamos decir que somos libres si nuestra decisión es algo así como el reflejo consciente de un impulso cerebral.

Nos quedaría tratar del resto de las acepciones. Pero esto lo dejamos para más adelante.

subiéndonos a la parra

noviembre 15, 2020 § 1 comentario

La pregunta no es si hay o no hay Dios —hace tiempo que la Modernidad zanjó este asunto—, sino desde qué situaciones deviene epistemológicamente legítima, por decirlo así, la invocación de Dios, en el doble sentido del genitivo. Y no porque Dios permanezca oculto a la manera de un deus ex machina —el cual solo se hace presente hacia el final de la tragedia—, sino porque su realidad no es la del ente. Ni tampoco la de una masa ígnea o el de un poder magnético. Quizá solo comencemos a intuir por donde van los tiros de Dios, una vez caemos en la cuenta de que los tiempos de lo real no son los del presente indicativo, sino los de un pasado inmemorial (y acaso, por eso mismo, los de un eterno porvenir).

one more thing

noviembre 14, 2020 § Deja un comentario

En los tiempos del amor líquido, los amantes apenas superan el horizonte del intercambio emocional. Nos gustamos, nos juntamos y luego… no parece que haya algo más que una rutina compartida. Oficio. Y es que ningún consumidor termina de aceptar la costumbre. Prefiere renovar. Otro asunto es que pueda hacerlo. De ahí que, donde el otro difícilmente representa algo que trascienda el motivo de una reacción afectiva, los amantes con el paso de los días se limiten a negociar.

extrañeza y realidad

noviembre 13, 2020 § Deja un comentario

Lo real, si lo pensamos bien, es de por sí es extraño. Se trata de algo que va con lo Otro en cuanto tal. Pues lo Otro es, por defecto, lo que del otro no cabe asimilar —ese resto eternamente invisible de lo visible. De ahí que nos aproximemos en mayor medida a la realidad de cuantos nos rodean donde tenemos en cuenta lo que representan —y lo que representan siempre apunta a lo que se encuentra más allá del sí mismo— que donde simplemente nos limitamos a reaccionar a lo que ofrecen de estimulante. Cuando menos, porque lo estimulante no tiene nada de extraño. Así, para quien sabe verlo, una mujer, pongamos por caso, es antes una diosa que una hembra. Sin embargo, hoy en día no lo tenemos fácil para verlo. Y es que hace tiempo que los dioses —y su altura— huyeron a un pasado acaso irrecuperable.

unos apuntes sobre idea y realidad —o una más de Platón

noviembre 12, 2020 § Deja un comentario

1. Si podemos discutir sobre lo justo —o lo bueno o lo bello— es porque partimos de una misma idea de lo justo —o lo bueno o lo bello—. No tiene sentido discutir sobre el carácter justo de, por ejemplo, una decisión judicial, a menos que demos por sentado que es justo darle a cada uno lo que se merece. Ahora bien, si cabe la discusión es, precisamente, porque la asignación de un mérito en particular siempre dependerá de lo que nos parezca, esto es, de una sensibilidad o punto de vista. De ahí que el sofista sostenga que, con respecto a lo justo —o al bien o a la belleza— no cabe ir más allá de lo que nos parece justo (o bueno o bello). El carácter justo de una decisión no reside, por tanto, en la decisión misma, sino en el punto de vista, esto es, en el cómo se nos presenta o aparece esa decisión (y de ahí la habilidad del sofista en presentar como si fuera en realidad justa, una decisión que, desde otro punto de vista, podría considerarse como injusta o, cuando menos, como no tan justa). Por eso, la idea común de lo justo —la que nos permite discutir, de facto, acerca del carácter justo de tal o cual decisión— es, para el sofista, un simple contenido mental, una abstracción. Su realidad es meramente formal, en modo alguno material. Desde la óptica de la sofística, no cabe hablar de la realidad de lo justo como sí podemos hablar, por ejemplo, de la realidad del agua. Consecuentemente, en relación con los asuntos político-morales no es posible, según el sofista, ir más allá de lo que nos parece justo o bueno en un momento dado o desde un determinado punto de vista. En cualquier caso, siempre será posible presentar una decisión como si fuese realmente justa… mientras uno sea más diestro con las palabras que aquellos a quienes convence.

2. Platón, sin embargo, sostuvo que hay justicia, belleza, bien; que la idea de lo justo, lo bueno, lo bello no es un simple concepto formal—… aunque, de hecho, siempre percibamos parcialmente lo justo —o lo bello o el bien. Como sabemos, según Platón, la idea posee el carácter exterior u otro de lo real. No estamos únicamente ante un contenido mental. Sin embargo, para entender la tesis de Platón quizá deberíamos invertir los términos: no es que Platón diga, aunque a veces dé esta impresión, que las ideas estén flotando en un mundo aparte a la manera de entes espectrales. Más bien, lo que sostiene es que lo real —en nuestro caso, el cáracter real de lo justo— solo puede ser pensado. Pues que lo real sea idea significa, al fin y al cabo, que lo real no posee la entidad de lo palpable o material. Es en este sentido que cabe entender la sentencia platónica de que tan solo la idea es real —o siendo más estrictos, que tan solo la idea de lo real es real. Llegados a este punto, podríamos decir que la tesis de Platón guarda un cierto aire de familia con lo que nos respondería hoy en día un físico si le preguntásemos qué es la materia. Evidentemente, su primera respuesta sería la habitual: lo que de algún modo cabe ver o tocar. Ahora bien, la cuestión es de qué hablamos cuando hablamos de este lo que. Y aquí el físico se limitaría a escribir una fórmula matemática sobre la pizarra o el papel. Ahora bien, lo que podemos fácilmente aceptar con respecto a la materia resulta más difícil de admitir en relación con lo justo, la belleza, el bien. Pues espontáneamente tendemos a creer que cada uno tiene su opinión al respecto. La pregunta, por tanto, será por qué Platón defendió el carácte real o exterior de la idea de lo justo —o de lo bueno o lo bello—, cuando parece más razonable sostener la tesis de la sofística.

3. La respuesta es simple, aunque nada fácil de entender en un primer momento. Si Platón se atrevió a hablar de la realidad de lo justo —y, por tanto de su carácter otro o absoluto— es porque hablar de lo real es lo mismo que hablar de lo justo —o también de lo bello o lo bueno. Decir lo real es lo mismo que decir lo que debe ser, esto es, el bien. Y hablar del bien equivale a hablar de lo que es en su justa medida. Por ejemplo, la verdad de un cuerpo, por decirlo así, se expresa en lo que debe ser un cuerpo, esto es, en su belleza. Ahora bien, un cuerpo es bello donde sus partes guardan una debida proporción —donde se dan en su justa medida. Un cuerpo está bien cuando se muestra tal y como debe ser (y por eso decimos que no hay cuerpo bello que esté bien del todo). De ahí que, según Platón, ser y bien se revelen como dos modos de referirse a lo mismo. La realidad es la norma de lo sensible. Decir idea equivale a decir norma o paradigma. La realidad no es más, aunque tampoco menos, que una pura exigencia de realidad.

4. Por consiguiente, las ideas de lo justo, lo bueno o bello, serían diferentes expresiones de lo real, esto es, maneras alternativas de referirse a la exigencia de ser bajo la que se encuentra cuanto es visible o palpable. Es como si estuviéramos ante diversas paráfrasis de lo real —técnicamente, ante nociones trascendentales. Si cabe decir de un cuerpo bello, pongamos por caso, que no termina de ser bello —a pesar de que en él se haga presente la belleza— es porque se encuentra sometido a la exigencia de serlo por entero (y aquí quizá convenga recordar que en el mundo nada se da nunca por entero; la belleza que un cuerpo muestra o revela no le es inherente: tan solo la representa desde ciertos ángulos o en un momento dado). En términos generales, si podemos decir que todo lo que se da en el tiempo no termina de ser —si el horizonte de lo que pasa o sucede es la desaparición— es porque cuanto hay en el mundo está sujeto a la norma de ser por entero o absolutamente, en definitiva, al imperativo de permanecer. De ahí que cuanto no termina de ser, estrictamente hablando, no es (y por eso mismo, nada de lo que hay en el mundo es en realidad). No es casual que Platón entendiese el mundo sensible como un mundo aparente, en el doble sentido de la expresión. Pues, por un lado, en él aparece lo real; pero, por otro, solo como ilusión de lo real, como apariencia. Es por esto que Platón dijo que lo real, en tanto que norma o pura exigencia de ser, trasciende la frontera de lo visible.

5. Ahora bien —y en esto consistiría el giro dialéctico de Platón, un giro que no suele leerse en los manuales al uso—, la degradación de lo real no se debe únicamente a que lo real solo pueda mostrase relativamente —y por eso mismo, perdiendo por el camino su carácter otro o absoluto—, sino también, y quizá sobre todo, a que las cosas expresan plenamente lo real, por decirlo así. De este modo, que el horizonte de cuanto es en el tiempo sea la desaparición respondería, no tanto a la relatividad de la percepción sensible, sino principalmente a la otra exigencia de lo real. Y es que si, por una lado, nada es que no aparezca o se haga presente; y si, por otro, la condición del aparecer es el retroceso —la desaparición— de lo real en su carácter otro o absoluto, entonces participar de lo real, por decirlo a la manera de Platón, implicaría asumir la desaparición de lo real en su carácter otro o absoluto. Y es que decir que lo real, en su carácter otro o absoluto, tiene que desaparecer en su aparecer o hacerse presente a una sensibilidad equivale a decir que lo real, en sí mismo, es en la misma medida en que no es —o que aparece porque no aparece (y viceversa). Pues, como decíamos, solo es lo que aparece o se hace presente a una sensibilidad… como eso que, en cuanto realmente otro, no aparece. Es así que el no ser se revela al pensamiento como el envés del ser (y aquí Platón estaría más cerca de Heráclito que de Parménides). De ahí que la alteridad propia de lo real sea siempre el supuesto de toda experiencia del mundo, en modo alguno algo que quepa ver o tocar. Por consiguiente, los cuerpos bellos no serían bellos solo porque lo que aparece en ellos sea una belleza paradigmática que, como tal, se encontraría más allá del cuerpo que la representa, sino que también lo serían, y quizá sobre todo, porque nunca logran serlo por entero. En esto consiste asumir, como decíamos, la escisión de lo real y, por tanto, su doble exigencia: por un lado, la que obliga a durar; y por otro, la que empuja a desaparecer. De ahí que, al final, tan solo las cosas sean reales —esto, de hecho, es lo que de entrada dirá Aristóteles, siguiendo los pasos del último Platón. Pues en lo real como absoluto coinciden el ser y la nada, la aparición y la desaparición. Y esta coincidencia es el mundo. Hay mundo porque lo absoluto es, en definitiva, una tensión entre contrarios, una indecisión, estrictamente hablando, la coincidencia de lo presente con el ha sido y el será. Esto es, tiempo. Pero como apuntamos en clase, todo lo que hemos dicho en este último párrafo ya es para nota.

asombro y melancolía

noviembre 12, 2020 § Deja un comentario

Una cosa es el trato diario con tus hijos —darles de comer, preguntárles por los deberes, jugar con ellos… — y otra, ese mismo trato desde la óptica del milagro (aunque entonces el trato de algún modo se interrumpa o no fluya igual). Y lo milagroso —lo que provoca nuestro asombro— es que estén ahí: vivos, independientes, más allá de los motivos del intercambio. Ahora bien, quien logra vislumbrar el milagro donde los demás tan solo vemos negocio o costumbre difícilmente podrá evitar caer en la melancolía, esa tristeza amable, incluso sonriente. Pues, a diferencia de la nostalgia, la melancolía surge de un anticipar el final. Se trata del sentimiento de quien abraza el presente habiendo regresado de lo que aún está por venir. Todo nos es dado dentro de un plazo. De ahí que la pérdida sea el horizonte de la aparición —y por eso mismo, la fuente del valor. La melancolía —que no la depresión— siempre fue el oscuro dorso de la sabiduría.

de la docta ignorantia

noviembre 11, 2020 § Deja un comentario

Nadie comprende nada hasta que no cae en la cuenta de que lo invisible sostiene lo visible. Pues la condición del presente es la ocultación —el retroceso, la des-aparición— de lo que se hace, de hecho, presente. Esto es, de lo otro en cuanto otro. Estamos en el tiempo porque la condición del mundo —la condición de la presencia— es la fuga de lo real en su carácter absoluto u otro. Por eso mismo, lo invisible —la alteridad avant la lettre— no es una cosa invisible, sino una falta, un eterno por ver. Existimos en la ausencia del Otro —de lo que en verdad es. De ahí que el mundo, ante la irreparable extrañeza de la alteridad, se cargue con el aura de lo ilusorio —de lo que aún está por decidir.

y ahora Platón en un par de frases

noviembre 11, 2020 § Deja un comentario

En el mundo, no hay justicia, ni belleza, ni bien —solo apariencias de lo justo, la belleza, el bien—, precisamente, porque hay justicia, belleza, bien. Aunque no para nosotros.

Platón en una sola frase

noviembre 10, 2020 § Deja un comentario

En el mundo, no hay justicia, ni belleza, ni bien —solo apariencias de lo justo, la belleza, el bien— porque hay justicia, belleza, bien.

spectrum

noviembre 10, 2020 § Deja un comentario

Tan solo el espectro es real. Al menos, porque únicamente se nos revela lo que en realidad fueron quienes estuvieron junto a nosotros, una vez desaparecen. Tan solo queda su espíritu —su huella, su cráter. Esto es, lo que ellos encarnaron. En el mientras tanto prevalece el trato, la negociación más o menos amable. Como si el tiempo de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa— no fuera el del presente, sino el de un pasado irredimible. (Y esto no deja de ser muy cristiano, por decirlo así. Pues para el cristianismo, no hay otro espíritu que el de la carne.)

de lo que es y lo que parece

noviembre 9, 2020 § Deja un comentario

Que la vida se imponga como un sinsentido o una bendición dependerá de lo que nos lo parezca. Esto es, de cuál sea nuestro sentimiento de base (y un sentimiento no es independiente de su circunstancia). ¿Una cuestión de carácter —de psicología? Quizá. Al menos, en lo que respecta a las apariencias. Sin embargo, siempre cabe preguntarse si la vida es un sinsentido o una bendición… al margen de lo que nos parezca. Y para ello solo contamos con el recurso de la razón. Al menos, porque solo distanciándonos de lo que damos por incuestionable, cabe llegar a la conclusión de que el mundo es lo que es porque lo real, en su carácter otro o absoluto, retrocede donde se hace presente a una sensibilidad. De ahí que don y maldición sean las dos caras de una misma realidad, la que se halla, precisamente, fuera de campo. Y de ahí también que todo esté por decidir. La estupidez acaso consista en creer que tenemos la última palabra porque el sentimiento que la sustenta —o mejor, que aparentemente la sustenta— resulta embriagador.

sustitución

noviembre 8, 2020 § Deja un comentario

Tan solo hay que imaginar que tú eres ese hombre y que la niña que lleva en sus brazos es tu hija para situarse en el lugar donde el hablar acerca de Dios —o, mejor dicho, el habla de Dios— recupera su sentido más originario. Y quien dice sentido, dice vértigo.

Levinas en el campo

noviembre 7, 2020 § Deja un comentario

Le cuento ahora la historia del pequeño perro amable. Un pequeño perro se había unido a nosotros, a los prisioneros que íbamos a los campos, el pequeño perro nos acompañaba al trabajo; el guardia no protestaba; el pequeño perro no se nos despegó y se instaló en el comando, dejándonos partir solos. Pero cuando volvíamos del trabajo, muy contento, nos acogía dando saltos. En ese rincón de Alemania donde, en la ciudad los habitantes nos miraban como Juden, este perro nos tomaba evidentemente por hombres. Los habitantes, ciertamente, no nos injuriaban y no nos hacían daño, pero sus miradas decían mucho. Éramos condenados o contaminados, portadores de gérmenes. Y el pequeño perro nos acogía en la entrada del campo, ladrando alegremente y saltando amistosamente a nuestro alrededor.

Emmanuel Levinas

incoherencia sentimental

noviembre 6, 2020 § Deja un comentario

Muchos creyentes, diría, viven su fe de manera un tanto esquizoide. Por un lado, sienten hallarse bajo una bendición de fondo. Por otro, también son conscientes de que la Creación está quebrada. Hay algo en el mundo —y algo atávico— que se decanta por el No. Ciertamente, aquí podríamos zanjar el asunto diciendo que la naturaleza es ambigua. Como si la bendición y la maldición fuera las dos caras de lo mismo. Pero el creyente, con razón, se resiste al maniqueísmo. Pues su convicción es que lo primero fue el Sí. Sin embargo, difícilmente llega a integrar el Sí y el No. Más bien los sitúa en compartimentos estancos. Así, hay momentos en los que siente hallarse bajo el amparo de Dios y momentos en los que no siente dicho amparo, momentos en los que le alcanza el dolor del mundo. Ahora bien, al vivirlo de este modo, ese dolor viene a darse como el inconveniente de una mosca cojonera. En modo alguno, como el que pone a Dios —y de paso, al hombre— contra las cuerdas. Por eso, es raro que quien permanece en la seguridad religiosa termine en la perplejidad de Job, ese punto de partida.

buenos días

noviembre 5, 2020 § Deja un comentario

Decía Levinas que el rutinario buenos días, antes que una costumbre, expresa una disponibilidad de fondo para con el otro: te deseo la paz. Es esta disponibilidad la que nos permite salir del peso de un puro —y anónimo— il-y-a. Y esto probablemente sea así. Con todo, resulta inevitable hacer de la revelación un hábito. Al fin y al cabo, no podemos permanecer demasiado tiempo en lo verdadero —en lo que tiene lugar y no simplemente sucede. De ahí que una de las acepciones de la palabra religión sea relegere. Pues vivir acaso pase por recuperar —volver a leer— lo que nos fue dado y no supimos conservar.

el tiempo y el otro

noviembre 4, 2020 § Deja un comentario

[…] esta ausencia del otro es precisamente su presencia como otro.

Emmanuel Levinas

dicho

noviembre 3, 2020 § Deja un comentario

El decir no consuela de lo que queda por decir.

Maurice Blanchot

nit

noviembre 2, 2020 § Deja un comentario

La noche es la aparición del todo ha desaparecido.

Maurice Blanchot

reset

noviembre 1, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo y la religión comparten un mismo horizonte, el de la restauración de lo que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. La diferencia pasa porque la palabra Dios no significa lo mismo en ambos casos. En el de la religión, Dios —o si se prefiere, lo divino— se da por descontado a la manera de aquel —o aquello— que se encuentra oculto en otra dimensión. Hay indicios, señales (aunque no necesariamente milagros). Para el cristianismo, en cambio, Dios —estrictamente, el Padre— es la voz de aquel que no es nadie sin el cuerpo al que se dirige o invoca. Mejor dicho, sin su entrega incondicional. De ahí que la invisibilidad del Padre sea eterna. Del Padre tan solo veremos el rostro de aquel con quien se identifica (y cristianamente ya sabemos que ese rostro es el de alguien que murió como un apestado de Dios en nombre de Dios). Por eso, el cristianismo no puede prescindir de la dógmática cristológica sin falsificarse a sí mismo.

soberbia

noviembre 1, 2020 § Deja un comentario

La fe no es posible donde no aceptamos, de entrada, que nos encontramos en manos de Dios. O es verdad que nadie sabe quién es mientras no sepa qué quiere de él su padre, o no es verdad (y aquí hay que tener en cuenta que un padre es aquel que decide el sí o el no de nuestra entera existencia). Y sí lo es, no estaría de más preguntarse de quién se trata. Quizá la crisis moderna de la cristiandad obedezca principalmente a que ya no admitimos la autoridad de un padre. Como si no estuviéramos sub iudice. Hay un dicho judío que dice que todo está en manos de Dios, salvo el temor de Dios. Pues donde el hombre cree que se basta a sí mismo —donde su horizonte es el de la autosuficiencia— no hay Dios que valga. Es lo que tiene la mayoría de edad de la que se enorgulleció la Ilustración. En modo alguno es casual que Sócrates fuese condenado por impiedad. Quizá podamos entender los tiempos modernos como aquellos en los que Sócrates le ganó la timba al de Nazaret. Sin embargo, es posible que aún nos quede una última mano por jugar.

poderes

octubre 30, 2020 § Deja un comentario

Lo divino es, por defecto, lo que nos puede absolutamente. La cuestión es qué nos puede en realidad. En principio, los poderes físicos, palpables: un tsunami, la supercélula, un volcán. No es casual que inicialmente el fenómeno extraordinario fuera visto como la manifestación de un dios. El hallazgo de Israel, en cambio, consistió en situarse ante un solo exceso: el del clamor de los sobrantes. El primer poder exige sumisión o trato. El segundo, una respuesta. No es lo mismo. A pesar del aire de familia.

todo es gracia

octubre 29, 2020 § Deja un comentario

Si todo es gracia —si lo primero fue lo dado—, entonces la posición básica del creyente es la de la gratitud. No obstante, el mundo oculta ese Sí de fondo con mucho ruido y más furia. Algo —y algo fundamental— se quebró in illo tempore. De ahí que la conciencia religiosa busque la reparación del mundo, la restauración de lo que fue sepultado a un pasado anterior a los tiempos. Y puede que cualquier conciencia. Aunque la mayoría erremos el tiro.

intolerancia cristiana

octubre 28, 2020 § 5 comentarios

Un cristiano es, por defecto, un intolerante. Y no porque sea un talibán, sino porque lo que no puede tolerar, el motivo de su indignación —de su movilización—, es que haya quien no tenga el pan de cada día. Un cristiano, ante el hambre del semejante, experimenta en lo más profundo de sus entrañas una conmoción (y no solo un impulso). Es desde esta conmoción que siente vergüenza de seguir siendo como antes. Sencillamente, no hay derecho a que haya quienes no tengan pan que llevarse a la boca. La existencia cristiana responde a una demanda, en el sentido más amplio de la expresión, y no solo se limita a sentirla. Porque el hambre del prójimo nos acusa, nuestra limosna no basta. Como no bastaría si quien nos pidiese el pan de cada día fuese nuestro hermano de sangre. El hambriento exige nuestra entrega y no solo nuestras sobras. Al fin y al cabo, la respuesta cristiana sigue siendo la de Abraham: Señor ante ti me encuentro; qué quieres que haga. Si Dios es el Señor, el pobre es tu Señor, aquel que decide el sí o el no de tu estar en el mundo. Y ello en nombre, precisamente, de un Dios en falta o por-venir, el único que es en verdad divino. Frente a este Dios —y solo frente a Él—, todos somos iguales. O por decirlo de otro modo, ante Dios, hombres y mujeres compartimos una misma orfandad (y una misma esperanza, aun cuando lo ignoremos). De hecho, ya se nos dijo: no todo el que se llena la boca con la palabra Dios entrará en el Reino (Mt 7, 21-29). Comenzando por quien escribe estas líneas. Y esto es lo mismo que decir que cuanto tiene que ver con Dios resulta excesivo. Por no decir, increíble. De ahí que tendamos, espontáneamente, a pasar de Dios.

lux

octubre 27, 2020 § Deja un comentario

La lucidez se opone a la ingenuidad como la luz a la tiniebla. En este sentido, la ingenuidad es dependencia, esclavitud, al fin y al cabo, un permanecer sometidos a lo impersonal —a lo que se dice, se hace, se nos exige… Ahora bien, esto significa, si tenemos en cuenta la tensión dialéctica que media entre los opuestos, que la ingenuidad, más que lo contrario de la lucidez, es su horizonte —aquello a lo que la lucidez tiende—. O mejor, aquello que el lúcido intenta recuperar. Como dijera Kierkegaard, de lo que se trata es de alcanzar una segunda infancia. Pues no hay camino existencial que no sea un camino de vuelta.

maitines

octubre 26, 2020 § Deja un comentario

Te diriges a Dios. Pero siendo invisible ¿no te has preguntado nunca si te escucha? ¿Acaso no habrás convertido a Dios en una variante del amigo invisible de la infancia? Quizá sea cierto que todo lo de Dios comienza donde ya no es posible seguir creyendo espontáneamente en un dios.

Protegido: apuntes sobre la naturaleza humana

octubre 25, 2020 Escribe tu contraseña para ver los comentarios.

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diluvio

octubre 25, 2020 § Deja un comentario

El mundo enmascara una fraternidad primera, original. Por defecto, llevamos puesta esa coraza que impide que aparezca nuestra fragilidad. Como si no fuéramos el indigente que somos. Y así nos pasamos la vida intercambiando cromos: te ofrezco seguridad a cambio de belleza; o simpatía por inteligencia; o trabajo por dinero, etc. La lógica del mundo es la del negocio. Así, hacemos lo que hacemos conforme al propio interés. De ahí que el horizonte de la religión sea el del regreso, el de la restauración del Edén. También este es el horizonte de la fiesta —el del carnaval—. O el de quienes se juntan para fumarse unos porros. En ambos casos, caen, puntualmente, los muros. Como si no existiera la distancia. Pero nunca hubo encuentro en la fusión. Por eso cabe entender el nihilismo como una réplica a la pretensión religiosa. El nihilista no cree que haya un futuro —una restauración—. De ahí que opte por la destrucción del monstruo en el que nos hemos convertido. Pues mundo significa que el niño muere. Casi podríamos decir que el nihilismo es la secularización de la ira de Dios. Y es que el nihilista no deja de ser un nostálgico del diluvio universal.

la vertical

octubre 23, 2020 § Deja un comentario

La experiencia, a diferencia del chute de sensaciones, es vertical. O lo que es lo mismo, interrupción. Cuando, por ejemplo, los amantes se miran a los ojos. En ese instante, se encuentran fuera del mundo. El resto es simplemente inercia o reacción —trato o comercio—. Sin embargo, no podemos permanecer en la vertical. De hecho, esta es la raíz de la actitud religiosa. Pues la pregunta de la religión es cómo volver a lo que tuvo en verdad lugar y no simplemente sucedió. Al fin y cabo seguimos, como los primeros humanos, intentando conservar el fuego que vino de las alturas. Aunque ahora ignoremos cuáles son.

el vértigo

octubre 22, 2020 § 10 comentarios

¿Dios? No sé… De momento, hay hermanos que se están muriendo de hambre o que permanecen colgados de las alambradas queriendo entrar en lo que imaginan un mundo mejor. Y nosotros pasando de largo, como si no nos incumbiera. A menudo pienso que el hecho de dar a Dios por descontado, si fuera el caso, nos impide escuchar su clamor como el clamor mismo de Dios. O percibir el presente como milagro.

¿Dios aún?

octubre 21, 2020 § Deja un comentario

La pregunta no es cómo puedes certificar que hay Dios —de hecho, un Dios certificable no puede valer como Dios—, sino cómo aún eres capaz de invocarlo. ¿En serio hay alguién ahí en medio de tanta oscuridad? Muchos siguen suponiéndolo quizá porque las cosas les van lo suficientemente bien. Como al bueno de Job al comienzo de su historia con Dios. Poca oscuridad aún. Sin embargo, la única voz que escucharás en la oscuridad no será la de Dios, sino las de quienes claman por Dios. Ellos ocupan el lugar de un Dios fuera de campo. Y, por eso mismo, su clamor es el de Dios. De Dios únicamente sus restos y la esperanza en su regreso. Nada más. Aunque también nada menos. Esta y no otra es la enseñanza de la Biblia: mientras no llegue el final, de Dios tan solo quienes encarnan su por-venir. Aunque también un Sí de fondo cuyo eco todavía podemos escuchar en medio del ruido y la furia. Al fin y al cabo, la fe es la confianza en que ese Sí será la última palabra. Aunque no nos lo parezca.

polvo eres

octubre 20, 2020 § Deja un comentario

Si lo pensamos bien, hay algo de extraño en quien dice de sí mismo que es poca cosa, algo así como una mota de polvo. Como si en esa descripción de sí, descartando lo patológico, hubiese todavía un resto de orgullo, un mantenerse en pie frente al exceso de lo real. De hecho, quien es un mierda no suele proclamar a los cuatro vientos soy un mierda. Aunque lo viva a flor de piel. O por eso mismo. No parece causal que la confesión cristiana siempre tenga lugar ante alguien. Como en el caso de Jon Sobrino, al que, frente al cadáver de Rutilio Grande, le dio vergüenza seguir siendo como antes.

mayor desemejanza

octubre 19, 2020 § Deja un comentario

Abordamos lo desconocido poniéndolo en relación con lo ya conocido. Así, el creyente dice de Dios que se manifiesta como padre. Ver el mundo con los ojos de Dios, por decirlo así, supone verlo con los ojos de un padre o, si se prefiere, una madre. Incluso el genocida sigue siendo, a la luz de esta mirada, el niño que fue. De acuerdo. Pero no es causal que el concilio de Letrán añadiese a propósito de la analogia entis aquello de que mayor es la desemejanza. O de otro modo, que estar expuestos a Dios va con el estar abiertos a lo inconcebible y, por eso mismo, imposible. Desde nuestro lado, no cabe ir más allá de las apariencias. De ahí que la fe sea, antes que un saber, un confiar. La cuestión es en nombre de qué o, mejor dicho, de quién.

pasando

octubre 17, 2020 § 4 comentarios

Es obvio que, al menos por estos pagos, el tema de Dios ha dejado de importar. A lo sumo, hay quienes sostienen que hay algo más allá. Pero su ingenuidad es sonrojante. Puede que haya otra dimensión. No lo sabemos todo. Pero ¿quién puede asegurar que no nos están esperando para devorarnos? Acaso este mundo ¿no podría ser, antes que una matriz, una granja? La creencia en un mundo de espectros en el que no habrá más que dicha sigue teniendo efectos opiáceos. Al menos, mientras solo responda a nuestra necesidad psicológica de un final feliz. El pasotismo con respecto a los asuntos de Dios refleja una insensibilidad de fondo hacia la que quizá sea la única cuestión que exige una respuesta, a saber, qué vida pueden esperar los que murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad o indiferencia. Espontáneamente, diríamos que ninguna. Pues no basta con suponer que hay un paraíso postmortem para las almas inocentes. De hecho, la gran intuición bíblica fue rechazar una redención que no fuera la de la carne. No hay vida espectral que salve al sonderkommando que, sometido a un temor inenarrable, introdujo a sus hijos en las cámaras de gas haciéndoles creer que, tras la ducha, volverían a verse. La metamorfosis puede valer para el gusano. No para quienes no son nadie sin su cuerpo. El olvido de Dios, mejor dicho, del por-venir de Dios, ha producido zombis, hombres y mujeres incapaces de admitir que están muertos. Pues, como dijera Juan en su primera carta, quien no ama permanece en la muerte. Y difícilmente cabe amar donde no nos encontramos expuestos a lo increíble. Cuando menos, porque, si es cierto que el amante no puede evitar decirle a quien ama tú no debes morir, lo más creíble es que la muerte supone un punto y final.

demonio e interioridad

octubre 16, 2020 § Deja un comentario

Creer en el demonio facilitó, sin duda, el combate interior. Al menos porque impidió que fuera demasiado interior. Y es que donde hay un demonio de por medio difícilmente llegaremos a identificarnos con los impulsos más bajos o destructivos. Cosas del maligno, nos dijimos. De hecho, fue así que los viejos ascetas pudieron enfrentarse a sus instintos: como quien intenta extirpar una garrapata incrustada en la carne. Pero donde ya no es posible tomarse en serio la figura del demonio, dicho combate se transforma inevitablemente en una lucha contra uno mismo. La interioridad, al menos en Occidente, nace de esta transformación. Sin embargo, el precio que tuvimos que pagar fue el de un agustiniano asco de sí. Y aquí no hay exorcismo que valga. Ante el demonio puede que baste un mesías o un maestro. Una massa damnata exige, en cambio, una redención, algo así como un volver a empezar. Y esto cuesta de tragar donde lo incuestionable es el progreso. Pero que cueste de tragar es algo que quizá solo tenga que ver con nuestras tragaderas.

la metáfora viva

octubre 15, 2020 § 3 comentarios

Uno no ve nada —no comprende nada— hasta que no da con una buena metáfora. Podemos entender cuanto sucede —podemos calcular y preveer—, pero en modo alguno abrazarlo. La incorporación del saber pasa por la revelación. Pues, a diferencia del mero entender, comprender supone conectar lo alto con lo bajo, lo cercano y lo distante. Así, hay más verdad en el amante que declara ante la amada que le ha robado el corazón que en aquel que se limita a exponer una alteración hormonal. El desplazamiento de la imaginación al territorio de la fantasía quizá sea el principal error de la modernidad. Pues las consecuencias de este error no solo afectan a la teoría del conocimiento, sino también, y puede que sobre todo, a la comprensión que podamos tener de nosotros mismos, de nuestro lugar en el mundo. Aunque quizá deberíamos decir de nuestro no-lugar.

Sócrates y Antígona

octubre 14, 2020 § Deja un comentario

Ambos mueren por la ciudad. Sócrates, para acatar su Ley, a pesar de su desvarío. Antígona para impugnarla en nombre de lo atávico. Aunque no hay que descartar que al respetar la Ley que le condenó, Sócrates nos entregase su última ironía.

de teólogos y pastores

octubre 12, 2020 § 2 comentarios

La teología cristiana, sobre todo en el ámbito católico, hace tiempo que se plegó a las demandas de la pastoral. Poco teólogos se siguen preguntando lo que E. Jüngel se preguntó en su Dios como misterio del mundo, a saber, de qué hablamos cuando hablamos de Dios. Evidentemente, aquí no se trata de buscar pruebas de la existencia de Dios como si Dios fuese una hipótesis por corroborar. De hecho, como dijera Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. El teólogo, a diferencia del filósofo de la religión, no puede evitar situarse en la posición básica de la fe. Y no porque crea que Dios existe como pueda existir el Yeti, sino porque dicha posición básica consiste en abrazar la existencia desde un Sí de fondo. El teólogo trata, más bien, de esclarecer, teniendo en cuenta el testimonio de quienes dieron su vida permaneciendo fieles a ese Sí, aun cuando sufrieran hasta el tuétano el abandono de Dios. Se trata, en definitiva, de expurgar de la conciencia creyente los dioses que ocupan el lugar de Dios. En este sentido, toda teología que se precie es teología crítica. El teólogo, en su interrogarse, se sitúa de entrada en Getsemaní. Aunque sea un Getsemaní iluminado por el tercer día. Una teología que participe en exceso de la preocupación pastoral —del temor a perder la parroquia— corre el riesgo de dar a Dios por descontado antes de tiempo. Y esto, hoy en día, supone clavar el último clavo en el ataúd de Dios, incluso en mayor medida que las proclamas de Nietzsche.