autre oui
julio 22, 2013 § Deja un comentario
Dice Levinás que la revelación de la alteridad va con el descubrirse rehén del otro, de su hambre, de su inalcanzable pobreza. Aquí, sin embargo, uno debe preguntarse si en verdad somos rehenes o, simplemente, nos parece que lo somos. Esta es, quizá, la gran cuestión que nos plantea la Modernidad. De ahí que el desprecio que muchos cristianos sienten ante el esfuerzo de la reflexión sea un modo , ciertamente piadoso, de cavar la tumba del cristianismo. Pues una fe que no sepa responder a las cuestiones que le plantea el paganismo es una fe que no está al servicio de la verdad de las vidas que cuelgan de una cruz, sino al servicio de la necesidad narcisista de la propia justificación.
misa diaria
julio 21, 2013 § Deja un comentario
Cuando el cristianismo olvida el Gólgota —cuando la fe deja atrás el background de oscura violencia en el que arraiga— se vuelve, sencillamente, ininteligible para quien tenga dos dedos de frente. Mejor dicho, se vuelve mito. O, lo que acaso sea peor, un cristianismo chirucaire, con la excusa de la autenticidad. Decir, por ejemplo, que Jesús, un crucificado, sea la esperanza de los hombres es algo que nosotros honestamente no podemos admitir, nosotros que aún confiamos en nuestras fuerzas. A menos que estemos ahí, a pie de Cruz, como quien dice, difícilmente podremos ser alcanzados por el valor soteriológico de la escena del Gólgota, el cual es más físico que metafísico. En su lugar, tendremos un cristianismo que admite un acceso directo a la divinidad, entre otros igualmente legítimos, un cristianismo en donde el Crucificado será, a lo sumo, un modelo de vida que tuvo un mal final porque los hombres no podemos soportar demasiada bondad (sic)… De ahí a que el cristianismo se limite a la promoción de las buenas costumbres hay ciertamente un paso. Tan solo hace falta escuchar los sermones dominicales de la mayoría de las parroquias de nuestro entorno para darse cuenta que lo de menos es el escándalo de la Cruz.
ultrasonidos
julio 20, 2013 § Deja un comentario
Para muchos, lo sobrenatural es, sencillamente, lo que aún no podemos percibir. Pero eso por sí solo no tiene nada de sobrenatural. Pues nadie en su sano juicio creerá que los ultrasonidos, por el simple hecho de que no podamos captarlos, son algo de otro mundo. La cosa parece ser distinta cuando esos ultrasonidos son, pongamos por caso, las voces de los muertos, voces que, supongamos también, se dirigen a nosotros con la intención de prevenirnos o animarnos. Pero solo lo parece. Pues, bastaría con que nos acostumbrásemos a ellas para que dejaran de estremecernos.
contra el relativismo religioso
julio 19, 2013 § Deja un comentario
Dios en verdad no admite puntos de vista. Dios no es como un paisaje que puede ser contemplado desde una óptica u otra. Dios en verdad no admite puntos de vista, pues Dios es, literalmente, invisible. Un creyente siempre echa a Dios en falta —un creyente siempre nota a flor de piel la falta de Dios— y, por eso mismo, un creyente tan solo posee de Dios la obligación indiscutible hacia el hermano. Ciertamente, tú puedes sentir esta obligación o puedes no sentirla. Pero ello en realidad no habla de la obligación, sino de ti.
kurt
julio 19, 2013 § Deja un comentario
Dice Pere Casaldáliga, en verso preciso y memorable: todo es relativo, menos Dios y el hambre. Podríamos, sin embargo, añadir una nota al pie. Pues si Dios no se da relativamente —si Dios, en verdad, no admite puntos de vista— es porque el hambre es un absoluto.
cave canis
julio 18, 2013 § Deja un comentario
No se topa uno con Dios cavando fosos en el alma humana.
Erich Przywara
tautologías varias (1)
julio 17, 2013 § Deja un comentario
El lenguaje suele decir más de lo que parece a simple vista. Por ejemplo, cuando hablamos de compromiso. Por defecto, un compromiso es un compromiso. Ahora bien, quien escucha atentamente lo que acabamos de decir, entiende que no estamos ante una simple tautología. Entiende que nadie puede humanamente comprometerse sin que dicho compromiso sea en cierto modo un compromiso entre las partes. Esto es, que no hay ética sin política. O, por decirlo con otras palabras, que no hay integridad sin habilidad.
bullshit
julio 16, 2013 § Deja un comentario
Bien pensado, las obras que han tenido gran influencia en Occidente, desde la Metafísica de Aristóteles hasta Ser y Tiempo de Heidegger, pasando por esos tochos que son las tres criticas de Kant y la Fenomenología de Hegel, han sido obras de difícil intelección. Las vías de su influjo, más que notable, sin duda, son por tanto sinuosas. Un panfleto nunca ha dado mucho de sí, por mucho que el hombre de la calle exija, una y otra vez, letra gruesa. Un panfleto es bullshit. Por consiguiente, conviene sospechar de una excesiva claridad, pues como decía Bertrand Rusell, la claridad probablemente sea la excusa de los que no tienen nada qué decir. Quien expone con excesiva claridad las cosas de la vida es que algo se ahorra de esa misma vida. Ahora bien, en buena lógica, de ello no se deduce que lo difícil sea, de por sí, verdadero.
cosas de mayores
julio 13, 2013 § Deja un comentario
—pero ¿cómo puedes preferir dedicar tu vida a esos hijos de puta?
—bueno, de hecho, no es lo que prefiero…
—¿a no?
—no. Lo que a mi me gusta es rascarme los sobacos.
—entonces, ¿por qué haces lo que haces? ¿Es que no quieres disgustar a papá?
—no estoy seguro… Supongo que si hiciera lo que de hecho prefiero hacer, ya no sería quien soy. No creo que tenga dónde elegir. ¿Tienes un pitillo?
postrimerías
julio 13, 2013 § Deja un comentario
En la conciencia cristiana de hoy en día queda muy poco, si es que queda, de esa esperanza escatológica, tan arraigada en las primeras comunidades, en un final de los tiempos. Pero sin esa esperanza es muy fácil que el cristianismo transforme su experiencia original de Dios en una más entre otras. Así, hay quienes se preguntan qué puede ser esa fe hoy para nosotros —como también pueden preguntárselo y de hecho se lo preguntan con respecto al Dios que se revela en la Cruz—. Sin embargo, la verdadera cuestión es si puede ser algo para nosotros, esto es, si somos de algún modo capaces de esa fe. Y es que la fe no es un saber que admita una traducción. Cristianamente, no podemos decir aquello que decían los antiguos romanos: vuestro Zeus es nuestro Júpiter. La cuestión no es por tanto la de cómo adaptar un antigua creencia a nuestro modo de ver las cosas, sino la de qué precio hemos de pagar para ver con los ojos de la fe lo que nosotros, instalados en la posición del espectador, somos incapaces de ver.
Ex 24,7 (3)
julio 13, 2013 § Deja un comentario
La fe no consiste en lo que yo sé de Dios, sino en lo que sé acerca de mis obligaciones con Dios. La fe que se funda en el conocimiento de qué es Dios, en que sé a qué atenerme acerca de Dios, es idolatría.
Jashajahu Leibowitz
la fiesta terminará bien
julio 12, 2013 § Deja un comentario
Dios no está ahí para garantizar nuestra natural confianza en un final feliz. Cristianamente, si creemos que la fiesta terminará en paz no es porque lo demos por cierto, sino porque así lo hemos visto anticipadamente sobre la cima del Gólgota: hubo bondad en medio del infierno. De hecho, quienes proclaman verdaderamente la esperanza cristiana son aquellos que menos motivos tienen para creer en ella desde sí mismos. No da igual que yo suponga que el amor es más fuerte que la muerte —yo que aún confío en las posibilidades que me ofrece el mundo— a que lo crea esa niña del metro de Moscú que ha tenido que prostituirse una vez más para comprar un poco de pegamento. Mi creencia habla de mí. La de ella, no. Y eso que Dios no existe.
lleno de implícitos
julio 11, 2013 § Deja un comentario
Lo que sale de la tierra, te devuelve a la tierra. Es muy difícil permanecer en lo alto. Por ejemplo, sabes que debes sacar a esos niños de ahí. Pero acabas de lleno en la dispersión de los días. Moscú pasa a ser una ciudad entre otras. Por eso la necesidad de marcar los días con el hedor de las cloacas de Moscú. Necesidad de Kosher. Lo que viene de la tierra debe quedar marcado por lo alto. Recuerda de donde regresas. Luego viene el nazareno y te dice que no es malo eso de la tierra, sino solo aquello que nace del corazón del hombre. Los hippies lo interpretan diciendo que lo importante es el amor y no las formas. Pero el nazareno sabía de lo que hablaba: que no hay Ley que nos salve; que estamos podridos por dentro; que nadie quiere tomar el metro de Moscú. De ahí que el leproso se salve por su fe. Pues o aceptamos el perdón que nos cae del cielo o aquí no se salva ni el apuntador.
en la capilla del primer piso siempre hay monjas rezando
julio 11, 2013 § Deja un comentario
Del mismo modo que las tropas de Tito se sorprendieron de que no hubiese nada en el sancta sanctorum del Templo de Jerusalén, donde en principio tenía que mostrarse la gloria de YWHW, un cristiano debería igualmente comprender el estupor que supone encontrarse un Crucificado en lugar de Dios. Pues quien entre en un templo cristiano con la intención de conectarse con Dios caerá de bruces en el Gólgota: ¡un Crucificado en el lugar de Dios! ¿Es que acaso no lo hemos entendido aún? En vez de la divinidad, su ausencia. En vez de la calma, el clamor. En vez del pleroma de Dios, un abandonado de Dios. ¿Quieres encontrarte con Dios? Pues ahí tienes, colgando, todo cuanto nos queda de Dios. De ahí que el templo deje de ser cristiano cuando sustituimos la Cruz por un póster chulo o por, lo que acaso sea peor, la figura de un nazareno en la posición del loto.
Ariel
julio 10, 2013 § Deja un comentario
Una de las metáforas favoritas de la religión es la de la mancha. Tarde o temprano, los hombres, sea de facto o «de corazón», terminamos haciendo algo que deja en nosotros una mancha indeleble: traicionar a un hermano, abusar de una niña, matar. ¿Es posible ir hacia atrás, restaurar la posición originaria? ¿Cómo borrar la mancha? Los mancillados sueñan con la pureza. Para ellos, el volver a nacer es cuestión de vida o muerte. En el supermercado religioso, hay mil rituales que simbolizan la restauración. Por un lado, la plata. Por otro, la ganga. Se trata, en definitiva, de ver cuál de ellos lava más blanco. Sin embargo, los tiros cristianos de la liberación no parece que vayan por ahí. Cristianamente, no parece que se trate de liberar al culpable del sentimiento de culpa, sino de restablecer los vínculos que el crimen ha roto. No se trata, pues, de la pureza, sino de la reconciliación. Ahora bien, la reconciliación solo puede darse como perdón de la víctima y el perdón no borra la mancha, sino que la besa, como quien dice. De ahí que la «resurrección de los muertos» no se entienda cristianamente como una operación de limpieza en la que el alma se desprende definitivamente de las taras del cuerpo, sino como una elevación de la carne. El verdugo sigue soñando con sus víctimas, a pesar del perdón. Ahora bien, solo porque la mancha en cierto modo sigue ahí —solo porque las víctimas del ayer se le aparecen en las víctimas del hoy— puede ponerse, esta vez, en sus manos. «Resurrección» significa, pues, una segunda oportunidad. Es cierto que las heridas cicatrizan. Pero las cicatrices crecen con nosotros.
Ex 24,7 (2)
julio 9, 2013 § Deja un comentario
Quien ha entendido la respuesta de Israel a Moisés a pie del monte Horeb —primero obedeceremos y luego comprenderemos— entiende que Dios no nos sale al paso al modo de una presencia numinosa o como si de una fuerza irresistible se tratase. Dios nos sale al paso como mandato de Dios. En consecuencia, Dios no nos sale al encuentro como dios. El creyente no obedece a Dios porque haya comprendido las ventajas de obedecerle, porque se haya hecho una idea adecuada de Dios, porque haya podido ubicarle, aunque sea en el fondo de su alma. Obedece porque se encuentra en la situación de aquel que debe responder sin excusas a quien clama por Dios (en el doble sentido de la preposición), la situación o, mejor dicho, el momento en el que hay que sacar al hermano de pozo. No hay cosmovisión —no hay karma— que pueda integrar el carácter intolerable del sufrimiento de las víctimas. Ellas son, precisamente, las elegidas para dar testimonio de Dios, pues solo ellas echan a Dios en falta. Tan solo ellas padecen en carne viva su trascendencia, su altura, su deber ser. Dios se manifiesta en el rostro de los sin Dios. En nombre de Dios, el sufrimiento de las víctimas es, por tanto, lo único que nos concierne incondicionalmente y no la posibilidad de estar por encima de dicho sufrimiento, aunque se trate de una posibilidad garantizada por las técnicas de la ascésis, la luz postmortem o la energía supercuántica. Cree, por tanto, aquel que se encuentra bajo la indefectible voluntad de Dios y no bajo su protección o amparo. Ahora bien, no deja de llamar la atención que eso que confiesa Israel sea, precisamente, lo que no será capaz de hacer. Israel sabe que debe obedecer, pero al mismo tiempo sabe que será incapaz de hacerlo tal y como Dios manda. De ahí que la situación del creyente no coincida exactamente con la del justo. El justo no cree. El justo, en cualquier caso, creyó. Y por eso Israel puede encontrarse donde se encuentra.
Ex 24,7
julio 9, 2013 § Deja un comentario
A pie del Sinaí, Israel responde a Moisés con una declaración que constituye algo así como el núcleo duro de la espiritualidad judía: naase ve nishma. Las traducciones habituales del versículo en las Biblias cristianas simplifican en exceso el pasaje, pues ellas suelen decir más o menos lo siguiente: «obedeceremos y haremos lo que dice el Señor», cuando una traducción más ajustada al original debería indicar una inflexión cualitativamente diferenciada entre los verbos: primero obedeceremos y luego entenderemos (o nos haremos cargo o caeremos en la cuenta). La simplificación quizá obedezca a nuestra dificultad para aceptar una obediencia ciega. ¿Acaso no somos nosotros los primeros en preguntarnos por el sentido de lo que hacemos? ¿Acaso nuestra idea de libertad no exige un porqué antes de ponernos manos a la obra? Una obediencia sin porqué, ¿acaso no cae en las agitadas aguas del irracionalismo fundamentalista? Pero, no van por ahí los tiros de la experiencia veterotestamentaria de Dios. El conocimiento anticipado del porqué no sostiene la obediencia al mandato de Dios. Si así fuera, Dios no podría ser reconocido como Señor. De hecho, la relación es inversa: porque obedecemos, comprenderemos. Primero la obediencia a Dios y luego veremos de qué va nuestro tener que decir algo acerca de Dios. Ahora bien, esto no hay que entenderlo como si simplemente un padre le dijera a su hijo que ya comprenderá mas adelante la importancia de comer esas legumbres que tan poco le gustan…, pues Israel hace ya un tiempo que ha dejado de ser un niño. El significado del versículo es más profundo. En verdad apunta a la raíz de la experiencia misma de Dios, la cual no se da, precisamente, como poder, aun cuando así lo entendiera inicialmente Israel, en el momento de la liberación de Egipto. Un poder es algo que podemos constatar. Pero la realidad de Dios no es, precisamente, la de un poder constatable. Al contrario, Dios no se da como una posibilidad —la figura de la zarza que, a pesar de arder, no se consume, ya nos indica que Dios es «imposible»—, sino como demanda infinita, como mandato insatisfacible, al tiempo que insoslayable, como Ley… de Dios. La obediencia ciega que Dios reclama no es, por tanto, a sí mismo —esto sería talibán—, sino a su Mandato. Hay que comprender esta aparentemente sutil diferencia para comprender de qué va esto de Dios. En nombre de Dios, ¡hay que obedecer a la Torá antes que a Dios! Quien comprende esto, comprende el hard core de la fe monoteísta. Quien no lo entiende —quien pretende tener algo así como un acceso directo a Dios, quien cuenta con su presente—, tarde o temprano hará de Dios un dios a su medida, un ídolo, una explicación. Y es que el acceso a lo que nos concierne incondicionalmente, por decirlo a la manera de Paul Tillich, no se da bíblicamente en el orden del saber. En realidad, aquello que podemos llegar a saber, por el simple hecho de saberlo, en modo alguno puede dársenos como aquello que nos concierne incondicionalmente. Incluso donde eso que hay que saber sea el poder de la bondad o cosas por el estilo. En realidad, lo que nos concierne incondicionalmente no es algo a lo que podamos acceder de un modo u otro, sino que es algo que, por el contrario, «accede a nosotros», como interrupción de todo cuanto constituye nuestra posibilidad —como quiebra de nuestro mundo—. Y lo único que puede darse así es, precisamente, el imperativo de Dios, aquél que nos convierte repentinamente en rehenes del pobre. Lo absolutamente primero —o, si se prefiere, lo último— no es, pues, un poder o una sustancia que pueda provocar nuestra epidermis o nuestra mente. Lo primero no es algo de lo que podamos hacernos una idea, aunque sea imprecisa. Lo primero —aquello en lo que siempre nos encontramos aun sin saberlo— es la orden de sacar a tu hermano del hoyo. Lo primero es lo absolutamente intolerable del hambre, de la violencia, de la orfandad. No se trata, sin embargo, de un impulso ético a secas, aun cuando, ciertamente, haya mucho de ética aquí. El impulso ético se detiene ante lo imposible. Tiene que hacerlo. Nada se nos exige moralmente cuando es altamente improbable que podamos conseguir lo que inicialmente se pretende. Aquí Israel se encuentra en la situación de quien debe sacar a su hermano del hoyo, sí o sí, esto es, aunque no pueda. Más aún: cuanto menor sea la posibilidad, mayor será el deber, la urgencia, la necesidad. Un creyente no es, por tanto, aquél que de entrada supone algo de Dios y obra en consecuencia, sino aquel que, precisamente, por no poder hacerse una idea de Dios —por sufrir la ausencia de Dios, por echar a Dios en falta— se encuentra de bruces con la urgencia de los estómagos vacíos, de la vida de perro de los esclavos de Egipto, de los niños que habitan como ratas en las cloacas del metro de Moscú. Hay que sacar a esos niños de ahí. Esto es lo absolutamente primero y nada más. Mejor dicho: tú y no otro debes sacarlos de ahí (por eso el Dios de Israel solo puede declinarse personalmente.) Y luego, cuando acabe todo esto (es decir, la historia), ya hablaremos de Dios. En nombre de Dios, pues, Dios nunca fue el tema (de Dios).
Babi Yar
julio 8, 2013 § Deja un comentario
Según una tradición jasídica, sólo hay un día en el que nuestras plegarias, siempre y cuando nazcan de lo más hondo, penetran los cielos. Ese día es el día del Yom Kipur. En ese día fueron asesinados, precisamente, los judíos de Kiev. Dicen que llegaron a ser unos cincuenta mil, un tercio de los cuales eran niños. Los cuerpos caían desplomados sobre la fosa de Babi Yar. Uno tras otro, durante días. Algunos aún respiraban. Y nosotros todavía pretendemos orar como quien descuelga el teléfono. De ser honestos, deberíamos admitir ante Dios mismo nuestra incapacidad de Dios. De ahí que, si se trata de dirigirse a Dios, acaso uno no pueda hacer más que incorporar en su plegaria las voces —el clamor— de quienes no fueron otra cosa que su invocación.
Isaac
julio 7, 2013 § Deja un comentario
Una vez más, el desconcierto que provocan ciertos pasajes bíblicos, por no hablar de indignación, desaparece donde uno sabe cómo hay que leerlos. Me refiero, por ejemplo, al pasaje en donde YWHW manda sacrificar al hijo de Abraham, Isaac. Aparentemente, la enseñanza es simple: el creyente es aquél que está dispuesto a obedecer cualquier mandato que proceda de Dios. Y, en principio, esto es así. Ahora bien ¿es que Dios exige del creyente que se comporte como un autómata, como alguien que cumple las órdenes sin rechistar? No exactamente… Veamos de qué se trata en realidad. Isaac es, estrictamente hablando, un hijo de Dios, esto es, un hijo debido a Dios, pues, tal y como la Biblia insiste, Abraham y Sara eran ya ancianos cuando conciben a Isaac. ¿Cómo entender esto sin hacer de Dios una explicación, un ser que interviene alterando la ley natural? Según la Biblia, los hombres solo pueden caer en la cuenta de todo cuanto le deben a Dios allí donde, casi literalmente, nos les queda vida por delante, donde nada de lo que les pueda ocurrir significativamente podrán ya admitirlo como suyo, aun cuando la explicación, obviamente, solo pueda ser «humana». Por tanto, la primera moraleja del pasaje podríamos formularla más o menos así: el fruto de Dios, la vida debida a Dios, en modo alguno puede ser reconocida como una posibilidad del hombre, aun cuando en el orden natural de las cosas ese fruto sea perfectamente explicable. Por eso decimos que todo aquello que es de Dios —todo cuanto es debido a Dios— se nos da dentro de tiempos terminales, los tiempos en donde los hombres ya no pueden sensatamente confiar en sus posibilidades dentro del mundo. Todo cuanto es de Dios se revela en sus tiempos y los tiempos de Dios son los tiempos en los que el hombre ha capitulado ante sí mismo. Ahora bien, el texto, sin duda, va más allá. Pues aquello que ya no podemos concebir como nuestra posibilidad, se nos da bajo la exigencia de lo que debe ser preservado en nombre de Dios. Honestamente no podemos apropiarnos de lo que hemos recibido, pues lo recibido es, en tanto que don, un tener que preservar. De ahí que el creyente esté ante la vida que le ha sido dada como aquél que debe responder por ella. Sin embargo, si esto es así —que lo es—, entonces ¿cómo puede Dios reclamarnos lo que nos ha sido dado? ¿Es que en realidad no nos lo da? En principio, la lógica religiosa es una lógica del do ut des, una lógica del te doy para que me des. Y, aparentemente, Dios exige aquí una correspondencia. Lo que te ha sido dado es, en realidad, una deuda. Lo debido es, literalmente, lo que uno debe. Tú debes corresponder con el dador en la misma medida y con la misma moneda. Ahora bien, el pasaje resulta de lo más extraño, si tenemos en cuenta que un hijo, en la época de Abraham, no representaba lo mismo que ahora. En mayor medida que hoy en día, un hijo garantizaba el futuro de los padres. Una pareja estéril era un desgracia —un desarraigo—, pues solo un hijo podía garantizar el arraigo de los padres en el mundo. Y si Dios, con Isaac, saca a Abraham y a Sara de la desgracia, ¿cómo puede entonces exigirles que sacrifiquen a Isaac? ¿Acaso YWHW juega con ellos? Así lo parece. Pero tendremos, una vez más, que leer entre líneas. Por un lado, tal y como hemos dicho, vemos que un creyente ha de estar dispuesto a «devolver» lo que le ha sido dado, a saldar su deuda con Dios, esto es: un creyente no puede reconocer como suyo lo que en verdad ha recibido de lo alto. Por otro, sin embargo, vemos que Dios no admite la «devolución»: Dios, por medio de su ángel, detiene el brazo de Abraham. La conclusión es directa: Dios no admite la relación religiosa del hombre con Dios, aquella que se inscribe dentro de la lógica del do ut des. Así pues, en nombre de Dios, el hombre no debe relacionarse religiosamente con Dios. En nombre de Dios, la única obligación ya no es con Dios, sino con el don de Dios. O, por decirlo gráficamente, el bloqueo del canal vertical por parte de Dios, nos obliga a una horizontalidad infinita. Estamos, de hecho, ante una constante bíblica, la que se expresa por medio del recurrente no quiero sacrificios, sino justicia. Por todo esto, quien simplemente ve en el pasaje del sacrificio de Isaac un Dios que juega con Abraham se encuentra lejos de ver las cosas de Dios tal y como son.
consuelos
julio 5, 2013 § Deja un comentario
Una cosa es creer que Dios te consolará y otra sospechar que lo que te consuela es la creencia de que Dios te consolará. En el primer caso, das por hecho que hay un Dios por ahí y que tarde o temprano se centrará en ti o, simplemente, te hará caso. En el segundo, pones en duda que papá esté en el piso de arriba. Y si nadie está ahí para consolarte, lo que consuela es la ilusión de que haya alguien ahí. Ahora bien, entre una cosa u otra —entre la ingenuidad del niño y la hiperreflexividad del moderno— tenemos al creyente, a aquel que espera que al fin haya bondad —consuelo— en nombre de Dios. Ahora bien ¿qué significa lo que acabamos de decir? Supongamos un padre con tres hijos. El padre viaja con frecuencia y apenas para por casa. Los hijos, por su parte, se pelean continuamente. Su vida es muy triste y dura. A pesar de que apenas ven a papá, saben que está por ahí, que pueden enviarle mensajes por el móvil sin creer que están haciendo el ridículo. Papá no es muy hábil con la tecnología y, por eso, no contesta a los whatsapp. Pero los hijos saben que los recibe. «Papá, cuando vengas ¿nos traerás un regalo?» Los hijos esperan que haya un día en que puedan vivir felizmente bajo la presencia de papá. Pero el padre lleva años sin venir, de tal modo que comienzan a sospechar que quizá ya no tengan padre. ¿Tiene sentido que le sigan enviando whatsapp? El primer hijo dice «papá ha muerto» y apaga el móvil. El segundo, por su parte, sigue enviándole absurdamente mensajes como si papá estuviera vivo, pues siente que cuando deje de hacerlo, papá se «perderá para siempre». Solo el tercero cae en la cuenta de que el regalo de papá es, precisamente, su pérdida, pues solo desde ella podrán, al fin, abrazarse. Como si, en definitiva, el consuelo de Dios —el consuelo debido a Dios— fuera el que podemos darnos los unos a los otros en nombre de un padre que ya no está para intervenir.
los niños del metro de Moscú
julio 3, 2013 § Deja un comentario
En los recovecos del metro de Moscú, viven miles de huérfanos. Son los niños-perro, las bestioletes de las profundidades. Quien quiera entender de qué va el cristianismo, que se pregunte simplemente a qué le obliga la mirada perdida de cualquiera de ellos, al tiempo que soporta sobre su espalda la impiedad de un mundo sin Dios y, por consiguiente, el fracaso de cualquier intento de sacarlos de ahí. Pues, como los malditos de Auschwitz, nadie escapa en verdad del infierno. Si hay resurrección, ésta siempre es de los muertos.
historia de dos ciudades
julio 3, 2013 § Deja un comentario
¿Qué ciudad ha hecho mejor a los hombres, Atenas o Jerusalén? No es una mala pregunta. También podríamos preguntarnos griegamente, si lo que ocurre bajo catástrofe tiene que ver con nosotros, los hombres. Y si no fuera así, aún cuando fuese algo verdadero, ¿hasta que punto, precisamente, podríamos llegar a interiorizarlo? No en vano, Ireneo de Lyon decía aquello de que la Encarnación, incluyendo su mal final, hizo posible la divinización del hombre. Pero ¿quién podrá preferir pagar ese precio? ¿Acaso no somos los que en modo alguno podemos preferir lo que en el fondo anhelamos?
fraternidad
julio 3, 2013 § Deja un comentario
Dios tuvo que morir en la Cruz para restaurar la fraternidad entre los hombres. Es a pie de Cruz que se nos revela que tan solo nos tenemos los unos a los otros. Como si, al fin y al cabo, únicamente pudiéramos reconocer nuestra común filiación allí donde padecemos una y la misma orfandad.
bandera blanca
julio 2, 2013 § Deja un comentario
Fe es capitulación. Pues sin capitulación ¿quién podrá decir Señor? Sin rendición, no hay redención.
un viejo indecente
julio 1, 2013 § Deja un comentario
Charles Bukowski. Las últimas palabras de nuestro lado. Las otras, las que se encuentran más allá, no las pronunciaremos nosotros. Son las de los muertos, acaso las únicas que nos conciernen incondicionalmente.
the other side
julio 1, 2013 § Deja un comentario
De nuestro lado, tanto da. Tanto da decir que creemos como que no. Los motivos aquí son irrelevantes. Ahora tenemos unos. Luego quizá tengamos otros. Pura cháchara. Bullshit. Lo que importa es qué tienen que decirnos los que regresan. Si es que no prefieren callar. Tarde o temprano tendremos que lidiar con ello. A menos que sigamos siendo unos estúpidos. En ese caso, aún quedarán algunas panderetas para poder acompañar el «agermanats».
los bosnios
junio 29, 2013 § Deja un comentario
Obligábamos a los prisioneros serbios a tender las manos ante sí para, luego, atárselas con alambre de espino. Lo que ahora voy a contar es uno de los motivos por los que deserté. Resulta que pasé cerca de un hombrecillo mal afeitado, con uniforme del ejército federal, que estaba agachado y con las manos así atadas, junto al canal que bordea la carretera de Gaverac, cerca de Modriča. Con voz suplicante me llamó y me pidió que le abriera el bolsillo superior izquierdo de su chaqueta. Al hacerlo encontré la fotografía de dos niños (uno de una cierta edad y una niña más pequeña). La deslicé entre sus dedos ensangrentados, di media vuelta y me marché. En el dorso de la foto ponía: «¡papá, vuelve!»
Velibro Čolić.
Metropolitan
junio 28, 2013 § Deja un comentario
Por un lado tenemos a los fariseos. Los fariseos —los buenos, los que se sientan en las primeras filas— son como aquellos que se esfuerzan para mantener un cuerpo siempre joven, esbelto, irreprochable. En la mente de ambos encontramos lo mismo: una idea de lo que debemos ser, un ideal. Por el otro, tenemos a quienes ya no pueden creer en la posibilidad de alcanzar el ideal: los que no son in, los cuerpos deformes, excluidos, sin remedio. Los primeros están tan orgullosos de sí mismos que difícilmente saldrán de sí mismos. Los segundos ya están fuera de sí. Los primeros creen que Dios —o lo último— es Belleza. Los segundos no saben por donde para Dios. Los primeros con las cosas de Dios se sienten como en casa. Los segundos, acaso no puedan hacer otra cosa que invocarlo.
irruptus
junio 28, 2013 § Deja un comentario
La revelación no es la irrupción de lo universal en lo particular —la revelación no es la concreción de la idea de Dios—. La revelación, en tanto que cristiana, revela, precisamente, lo contrario: el carácter incondicionado, insoslayable, último de lo que no puede ser integrado en una idea de lo divino. Esto es, no tanto Jesús como Dios, sino Dios como Jesús.
that’s the question
junio 27, 2013 § Deja un comentario
¿Qué significa con respecto a la idea religiosa de Dios que el Elegido sea al mismo tiempo el Rechazado? ¿Cómo entender del lado Dios que aquél que actuó en nombre de Dios fuera el mismo que murió como un maldito de Dios? De nuestro lado, la pregunta es fácil de responder: si Dios es Dios, entonces quien muere como un abandonado de Dios no pertenece a Dios. Es, sencillamente, un impostor. Por eso la pregunta a la que nos obliga la crucifixión solo puede entenderse cristianamente del lado de Dios. Algo le ocurre a Dios en la Cruz. Ahora bien, si esto es cierto, entonces no podemos seguir dirigiéndonos a Dios etsi crux non daretur.
lo que no han entendido quienes renuncian a las formas
junio 27, 2013 § Deja un comentario
Para el hombre de espíritu, todos los días son de Dios. Pero para que esto sea posible tiene que haber un día de Dios separado del resto.
barthianas (3)
junio 27, 2013 § Deja un comentario
En la religión, el ser humano en lugar de escuchar y creer, habla. Por causa de ser un apoderarse, la religión es la contradicción de la revelación, la concentrada expresión de la incredulidad humana, es decir, una actitud y actividad que es directamente opuesta a la fe.
Karl Barth
barthianas (2)
junio 27, 2013 § Deja un comentario
La revelación de Dios es realmente la presencia de Dios y por lo tanto el ocultamiento de Dios en el mundo de la religión humana.
Karl Barth
Krv
junio 25, 2013 § Deja un comentario
La pregunta no es si existe el eterno —o lo eterno—, sino si, aun cuando exista, tiene que ver con nosotros.
paradoxa
junio 24, 2013 § Deja un comentario
¿Un maldito de Dios como Dios? ¿Lo hemos entendido bien? Lo que no puede ser Dios es reconocido como Dios… Pablo fue el Duchamp de la Antigüedad. Y aún dirán que el Dios cristiano es una visión entre otras de Dios.
la ambigüedad
junio 22, 2013 § Deja un comentario
Es un hecho que todo se encuentra atravesado de ambigüedad. El pecho de una madre te alimenta, pero también te ahoga. Los amantes no pueden vivir el uno sin el otro, pero al precio de caer en la obviedad de los dias. Los niños son inocentes, pero por eso mismo también crueles. La seducción es ilusión, pero, por eso mismo, también una trampa. Podemos quedar fascinados por el cuerpo de Kate Upton, pero solo porque olvidamos su mal olor. Hay mito donde dejamos a un lado la ambigüedad de cuanto nos traemos entre manos. Hay mito donde separamos las dos caras de la moneda, donde creemos que puede darse la cara sin la cruz, la luz sin la oscuridad. Pero ya sabemos que cuando separamos las dos caras de la moneda nos quedamos con algo sin valor. El mito es, así, ignorancia. Por ejemplo, cuando religiosamente separamos a Dios del hombre (y viceversa), la vida de la muerte, el amor de nuestra incapacidad para amar. De ahí que el cristianismo, ese antimito, deje en manos de Dios el conocimiento, la resolución de la ambigüedad. Mientras tanto, acaso no podamos hacer otra cosa que obedecer con las manos sucias.
impacto semanal
junio 22, 2013 § Deja un comentario
En las prácticas pastorales, esta de moda obligar a los chicos a que expongan el «impacto de la semana». Se supone que se trata de un «impacto brutal», pues tiene que venir de Dios. Cuesta imaginar que tantos chicos reciban tantos impactos y las cosas sigan como antes. En cualquier caso, uno hace lo que puede. No sé si el mío está a la altura de lo que se requiere, pero ahí va: tomando un café en «la Torre» coincidí con unas cuantas «madres catequistas», la mayoría de ellas buenas mujeres. Hablaban de sus cosas: que dónde irían sus chico, de erasmus; que si ya era hora de cambiar la casa de la playa; que ya no saben qué ponerse. En fin, lo habitual. Yo seguía también tecleando mis asuntos de siempre. Afuera, la calle estaba de hecho vacía, aunque no en verdad: en verdad estaba repleta de cuerpos famélicos, humillados, destrozados por el hambre y la violencia. Son, ciertamente, los invisibles. Pero ya sabemos que no hay otra realidad que la que no alcanzamos a ver. Hay dos mundos. Uno es aparente. El otro, no. En el primero, la interioridad es una burbuja. En el otro, la interioridad es quebrada por la hiriente brutalidad de Dios. Esas madres y yo nos movíamos, sin duda, en el primero. ¿Cómo era eso posible? ¿Cómo podíamos vivir tan al margen? Nosotros somos los que vivimos etsi deus non daretur, aunque nos llenemos la boca con las cosas de Dios. En la Biblia, nuestra satisfacción tiene un nombre y es «impiedad». Si creyéramos, probablemente, no podríamos conciliar el sueño. Pero lo cierto es que aún no necesitamos pastillas para dormir.
escribir en la oscuridad (2)
junio 22, 2013 § Deja un comentario
La gente que me rodea y yo mismo —esto es lo que siento— pagamos un precio muy alto por culpa del estado de guerra permanente: la disminución de la «superficie» del alma que entra en contacto con el mundo violento y amenazador del exterior; la limitación de la facultad —la voluntad— de identificarnos, aunque sea mínimamente, con el dolor ajeno; la suspensión de todo juicio moral y la desesperación ante la imposibilidad de entender lo que realmente pensamos en esa situación aterradora, engañosa y compleja, tanto moral como prácticamente. Por eso tal vez creemos que es mejor no pensar ni saber, que es mejor dejar la tarea de pensar, actuar y establecer normas morales en manos de los que seguramente «saben más».
David Grossman
escribir en la oscuridad (1)
junio 22, 2013 § Deja un comentario
También puedo hablarles del espacio vacío que muy lentamente se abre entre el hombre, el individuo, y la situación extrema, violenta y caótica en la que vive y que condiciona su existencia en casi todos los aspectos. Este espacio nunca permanece vacío, sino que se llena rápidamente de apatía y de cinismo y, por encima de todo, de desesperanza. De una desesperanza que es el combustible que hace posible que las situaciones distorsionadas persistan durante años, incluso generaciones. […] Y una desesperanza aún más profunda: la desesperanza ante el hombre, ante lo que esta situación distorsionada pueda revelar, a fin de cuentas, de cada uno de nosotros.
David Grossman
ida/vuelta
junio 21, 2013 § Deja un comentario
De ida, podemos creer en cualquier cosa porque, en el fondo, da igual. De ida todo es cháchara. Aquí lo que importa es qué tiene que decirnos aquel que regresa, si es que aún es capaz de pronunciar alguna palabra. Y es que las palabras verdaderas —acaso el silencio que preservan— van cargadas con el peso de la muerte. La vida que podamos vivir es siempre la que nos dan los muertos. Por eso uno no es del lugar hacia donde va, sino del lugar del que regresa. Y por eso también, quienes no hemos vuelto de ninguna parte, solo podemos hablar en nombre de quienes sí lo hicieron. Nuestras palabras, o son el eco de las suyas o no valen nada en absoluto.

