the salvation
junio 15, 2018 Comentarios desactivados en the salvation
Tan solo salva la fe. La obras sin fe son vacías, aun cuando sea cierto que sin obras no hay fe que valga. Pero ¿por qué salva la fe? Quizá porque la fe es, antes que supuesto, confianza. Hay salvación donde le decimos al resucitado, «te sigo, voy contigo»… como el que confía en el líder que sabe como salir de la prisión. Estamos, pues, ante una confianza que implica seguimiento y, por consiguiente, obras. No es casual que Pablo dijera que fuimos salvados en la esperanza. Pues quien confía espera que, al final, todo salga bien. Sin embargo, difícilmente entenderemos de qué va esto de la redención, si damos por hecho que en el lager que es el mundo tampoco se está tan mal (y si lo damos por hecho quizá sea porque no estamos en los barracones). En cualquier caso, donde ya no sabemos qué hacer con la resurrección de los muertos, la esperanza cristiana solo puede concretarse como ingenuidad, diciéndonos que otro mundo es posible, si nos ponemos manos a la obra, o, en su defecto, como una vaga creencia en la inmortalidad, lo cual no es exactamente lo que quisieron decir los primeros cristianos cuando proclamaron que el crucificado había regresado del sheol con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Pues ellos, quizá más que nosotros, estaban convencidos de que nos hallamos en manos de Dios, un Dios que, contra toda suposición religiosa, no quiere ser sin el fiat del hombre.
monoteísmo y monolatría
junio 15, 2018 Comentarios desactivados en monoteísmo y monolatría
No es lo mismo creer que estas bajo la tutela de Dios que permanecer a la espera de Dios. No es lo mismo el monoteísmo bíblico que la monolatría, sea o no bíblica.
Dios es un tocacojones
junio 14, 2018 Comentarios desactivados en Dios es un tocacojones
La felicidad es esto:

O más bien esto:

Y está muy bien.
Pero este, el motivo por el que acaso no tengamos derecho a esta felicidad:

Alaska
junio 13, 2018 Comentarios desactivados en Alaska
Es posible que pronto Dios deje de ser una cuestión. A nadie le importará si hay o no hay Dios, salvo a quienes aún sientan la necesidad de un amparo espectral. Ni siquiera se experimentará el vacío de Dios. Etsi deus non daretur, ciertamente, pero ya no ante Dios. La pregunta, sin embargo, es qué tipo de sujeto sobrevivirá a la irrelevancia de Dios.
las biografías que hay detrás
junio 12, 2018 Comentarios desactivados en las biografías que hay detrás
Las fórmulas del credo cristiano no son descriptivas. No pretenden decirnos, pongamos por caso, que el Hijo fue engendrado, que no creado, como nosotros podemos decir que la nieve es blanca. De hecho, son fórmulas contrafácticas, que como tales exigen poder distinguir entre lo que en realidad acontece o tiene lugar y lo que tan solo sucede. Cuando menos porque donde todo pasa, nada acaba de tener lugar. En último término, el credo cristiano no deja de ser un texto polémico, esto es, un texto cuya inteligibilidad depende de contra qué (o contra quién) se afirma. Difícilmente entenderemos el credo, si no tenemos en cuenta que se dirige a una noción espontánea de Dios, aquella según la cual Dios permanece en la dimensión desconocida de la existencia a la espera de la conexión espiritual del hombre. Las concepciones espontáneas de Dios son las que tenemos desde nuestro lado. De ahí que, por poco lúcidos que seamos, lleguemos fácilmente a la conclusión de que las religiones son diferentes modos de ver lo mismo. Pero el credo se escribe, por decirlo así, desde el lado de Dios —desde su iniciativa—. Y desde el lado de Dios, las religiones, esos intentos por alcanzar a Dios, son vanas (aunque también sea cierto que el espíritu sopla por donde le da la gana, por decirlo en castizo). Dios no es el denominador común del fenómeno religioso. Sencillamente, Jesús de Nazareth es el quien de Dios, no meramente su representante (o, si se prefiere, uno de tantos), ni, por supuesto, un dios paseándose por la tierra con la máscara del hombre. De hecho, las herejías cristianas responden al intento de reconducir al redil religioso el contenido de la revelación. Pues la tesis cristiana es demoledora para quien sepa qué significa originariamente la palabra Dios. Por decirlo en breve, Dios no quiso ser sin el hombre. Cristianamente hablando, no hay Dios al margen de su identificación con aquel que fue crucificado como un apestado de Dios. Dios en sí mismo no es más, aunque tampoco menos, que esa alteridad —ese Yo sin rostro— que, tras la caída, clama por el hombre desde un tiempo anterior a los tiempos, desde un pasado mítico, inmemorial. Con anterioridad a la cruz, Dios tenía pendiente su quien. Dios no es sin el fiat del hombre, fiat que solo puede pronunciar en ausencia de Dios. Pero al igual que el hombre ignora quién es mientras no sepa a quién pertenece. Desde esta óptica, la iniciativa de Dios —y no hay fe donde nos resisitimos a hablar de dicha iniciativa— debe comprenderse, no como la de un deus ex machina, sino como la de un Dios que se ofrece como aquel que cae en manos del hombre desde su no ser aún nadie —desde su clamor o debilidad—. Por consiguiente, nos equivocaríamos donde nos preguntáramos qué hechos podrían confirmar las fórmulas de la fe. Detrás de las mismas siempre hay una historia, y una historia de carne y hueso en la que la noción espontáneamente religiosa de Dios salta por los aires. No casualmente el credo es un texto confesional. Como tampoco es casual que los evangelios sean, al fin y al cabo, una biografía. Dios se hace presente —y solo se hace presente— como hombre de Dios. Tal cual. De ahí que en el cuarto evangelio la historia de Jesús de Nazareth se nos muestre como la historia misma de Dios. Por consiguiente, la pregunta no es qué hechos podrían confirmar las declaraciones de credo cristiano. Más bien, la pregunta hay que dirigírsela al testigo: cómo has llegado a confesar lo que confiesas. Aunque sepamos que su respuesta en cualquier caso comenzará diciendo había una vez un hombre que…
contrafácticos
junio 11, 2018 Comentarios desactivados en contrafácticos
Es posible que nuestra dificultad con el lenguaje del cristianismo primitivo tenga más que ver con nuestra moderna dificultad con Dios que con el lenguaje propiamente dicho. Pues dicho lenguaje resulta tan contracultural hoy en día como antiguamente. En realidad, Dios no irrumpe en nuestra existencia sin interrumpirla —sin que nuestros esquemas mentales, incluyendo los religiosos, salten por los aires—.
Qohélet, una vez más
junio 10, 2018 Comentarios desactivados en Qohélet, una vez más
En la Biblia encontramos dos libros muy extraños, aunque extraordinarios: Job y el Eclesiastés, también denominado el libro de Qohélet. Ambos no terminan de encajar en el conjunto. Es como si constituyeran una seria objeción a la Alianza, a la creencia de que Dios está de nuestro lado. Pues leyéndolos, no lo parece. En ambos casos, el creyente termina doblegándose, aunque quizá no del mismo modo, ante un Dios que permanece inaccesible en las alturas. Job acaba de rodillas. Qohélet, en cambio, permanece en pie, como quien dice, ante el absurdo de la muerte. No da la impresión de que hayan vasos comunicantes entre nuestro mundo y el más allá. Qohélet ni siquiera se plantea la cuestión de la retribución, acaso la más punzante que podamos plantearnos, a saber, qué vida pueden esperar en nombre de Dios aquellos que murieron injustamente antes de tiempo. Como si la esperanza fuera un tomar el nombre de Dios en vano. El Eclesiastés podría haberlo escrito Horacio: carpe diem, quam minimum credula postero, literalmente, toma el día (aprovéchalo), no confíes en el mañana. En palabras de Qohélet, todo es vacío y alimentarse de viento. Aun así, la diferencia entre Qohélet y Horacio pasa por un detalle. En el primero, los gozos son aceptados como el don de Elohim. Hay, por tanto, un alguien por encima de nuestras cabezas, aun cuando no se entretenga con nosotros. Da gracias y no te preocupes de lo que pueda venir, pues en cualquier caso ya sabemos cómo termina nuestra existencia. Algo parecido encontramos en Job: tanto el bien como el mal responden a la radical trascendencia de Dios. La luz y la oscuridad son debidas al paso atrás del enteramente otro, a la extrema invisibilidad de Dios (Is 45,7). Porque Dios aparece como el que no aparece como dios, don y desgracia se revelan como las dos caras de una misma moneda. Hay mal porque hay Dios, lo cual no significa, sin embargo, que el mal sea lo querido por Dios. En realidad, la voluntad de Dios —la Ley— se desprende de su des-aparición, aunque no sea esto lo que encontramos, precisamente, en Qohélet o en Job. Sin duda, muy judío tot plegat. No obstante, lo que falta en Qohélet, como también en Job, es la esperanza apocalíptica en el regreso de Dios, en el día de la reparación. La pregunta es por qué la Biblia contiene un libro como el Eclesiastés, un libro de un nihilismo feroz. Quizá porque se trata de una advertencia. No en vano Franz Rosenzweig dijo que a quien ruega con la doble plegaria del creyente y del incrédulo, a él no se le negará [la] verdad. Una fe que no intime con la desconfianza —una fe que no se encuentre amenazada continuamente por nuestra inicial incredulidad— acaso sea un fácil consuelo para el hombre, pero en modo alguno será una fe en la imposible posibilidad de Dios. Como si, desde el lado del hombre, tan solo pudiéramos decir honestamente que todo es vanidad y falsas esperanzas. La lectura de Qohélet tendría que ser obligatoria en las catequesis cristianas, cuando menos porque, cristianamente, la fe que podamos profesar es siempre una respuesta a la fe de Dios en el hombre, la que le lleva a encarnarse en aquel que murió como un apestado de Dios. Con independencia de la iniciativa de Dios, mejor dicho, al margen de un Dios que se pone en manos del hombre para llegar a ser el que es, no hay fe que valga, sino en cualquier caso la ilusión. De hecho, la ilusión —la vanidad, la idolatría— es lo que queda de la fe donde olvidamos que Dios no es aún nadie sin el fiat del hombre, fiat que el hombre solo puede pronunciar sin Dios mediante. Al fin y al cabo, un libro como la Biblia confirma aquello de que no hay verdad que no preserve en su seno la sombra contra la que se afirma.
sobre el amor de Dios
junio 9, 2018 Comentarios desactivados en sobre el amor de Dios
Quien comienza con el amor a Dios sin haber experimentado previamente el temor de Dios, ama un ídolo hecho por él mismo, un dios a quien resulta fácil amar. No ama al Dios real que es, para comenzar, terrible e incomprensible.
Martin Buber
el error de Descartes
junio 8, 2018 Comentarios desactivados en el error de Descartes
La modernidad filosófica, la que sitúa al sujeto en el centro de la experiencia del mundo, se sostiene sobre una falacia o, por decirlo suavemente, sobre un olvido fundamental. Como es sabido, el escándalo epistemológico de la Modernidad es el de no poder demostrar, al margen del logro de Descartes, la existencia de un mundo exterior a la conciencia. Desde el punto de vista de la sensibilidad, no hay diferencia entre el mundo real y el virtual. La sospecha escéptica —la posibilidad de que habitemos en una inmensa alucinación— es el leitmotiv de las teorías modernas de conocimiento. Sin embargo, si la sospecha, en vez del asombro, constituye la actitud moderna par excellence es porque, a la hora de preguntarnos por la verdad, partimos de la representación, del contenido mental, de lo que nos parece que es. Y desde el sueño no hay modo de salir del sueño, al igual que no podemos salir del agua a la manera del barón de Münchausen, tirando del propio cabello. Ni siquiera donde nos preguntamos, como hizo Descartes, por aquella idea que ni siquiera podríamos concebir a menos que existiera aquello a lo que apunta la idea. El argumento de Descartes que demuestra la existencia de Dios, en tanto que se sirve de una razón cuya lógica sigue siendo lineal, solo retóricamente sortea la objeción a la racionalidad que el mismo Descartes planteó en el ejercicio de la duda metódica, a saber, que lo necesario desde un punto de vista lógico no tiene por qué ser el criterio de lo verdadero. Al fin y al cabo, cualquier salida del sueño, incluyendo el racional, podría formar parte del mismo. El error de Descartes fue, precisamente, no tener en cuenta el carácter ambivalente de la apariencia, en última instancia, su naturaleza dialéctica. Pues, si algo aparece o se muestra a una sensibilidad es porque, en su ser-algo-enteramente-otro, no se muestra. Esto es, hay realidad —hay algo otro-ahí—, aun cuando estuviéramos dentro de un sueño eterno. Si hay cosas que ver es porque el en sí es eternamente invisible, mejor dicho, porque retrocede en su aparecer. El en sí es la falta que hace posible un mundo. De hecho, no es casual que para los antiguos, con Platón a la cabeza, el mundo de las apariencias, el que habitamos, sea en el fondo un mundo ilusorio. No hay que suponer que quizá podríamos estar dentro de un sueño. Ya lo estamos por defecto. Y lo estamos porque lo real avant la lettre, trasciende cuanto podamos ver y tocar. Donde olvidamos que el retroceso de lo absoluto es la condición de cuanto aparece —donde de entrada creemos que no nos encontramos expuestos a la naturaleza inasible de lo real, sino a nuestras representaciones del mundo—, el en sí necesariamente termina siendo pensado como un constructo de la mente, como la ficción útil de un mecanismo cerebral. Y es que no hay alteridad que valga para quien sostiene que esse est percipi. Pues no es lo mismo que lo primero sea el ver que el ser visto —el decir que el ser dicho, el juzgar que el ser juzgado—.
táctil
junio 7, 2018 Comentarios desactivados en táctil
En el gran acto del filosofar, hasta las yemas de los dedos piensan —mas ya no sienten.
Martin Buber
mito y verdad
junio 7, 2018 Comentarios desactivados en mito y verdad
Dios no se ubica en otro mundo, sino que pertenece a un pasado inmemorial. Pues su paso atrás es la condición del mundo, de cualquier mundo. Hay mundo porque no hay Dios —porque Dios está presente como el que fue, porque Dios, en sí mismo, carece de entidad—. De ahí que Dios sea aquel que invocamos desde nuestra orfandad. Pero también, y quizá sobre todo, aquel que nos invoca desde el más allá de los tiempos con la voz de los que sufren la falta de Dios. El sheol revela que, ante un Dios fuera de campo, no somos más que quienes terminaremos siendo: almas en pena que sufren la fuga mundi del padre… a la espera de una redención improbable. Esto es sencillamente así. Ahora bien, es fácil que, en el día a día, dejemos de tener en cuenta al ausente. En la cotidianidad, nos hallamos sujetos a las presencias, a cuanto reclama nuestra reacción. Tan solo en momentos excepcionales podemos caer en la cuenta de la verdad de Dios. Cotidianamente, no dejamos de ser unos idiotas. Literalmente. De ahí la necesidad del mito. Pues el mito es el recurso que nos permite incorporar en el tiempo diario la radical invisibilidad de Dios, estrictamente hablando, hacerla cuerpo. Sin embargo, el riesgo del mito es, precisamente, el de encubrir la verdad que incorpora. No es casual que el mito —como cualquier imagen— sea ambivalente. Nos equivocamos, pues, cuando desestimamos al mito como mera superstición. El mito, como decía Paul Ricoeur, da que pensar. Pero también regamos fuera de tiesto cuando nos quedamos solo con su interpretación. Pues un mito que solo admita nuestra lectura es un mito inerte, el objeto de una vana especulación. No es casual que la pregunta de los románticos alemanes fuera, de hecho, qué mito puede modernamente integrar cuerpo y alma, por decirlo así. Aunque si se lo preguntaron es porque no supieron qué hacer con el mito cristiano. Porque, al fin y al cabo, seguían presos de la crítica ilustrada a la creencia religiosa.
miraculous
junio 6, 2018 Comentarios desactivados en miraculous
El milagro, la vida donde no es posible que siga habiendo vida, es lo único real. Y lo que no es milagro es prosa, una serie de transacciones que fácilmente nos atan a lo impersonal, a cuanto se dice, se hace, se espera. Un simple qué más da.
teología primera
junio 6, 2018 Comentarios desactivados en teología primera
El hombre habita en la promesa de Dios porque existe desde la desaparición de Dios. Porque Dios es —se hace presente— como el que fue (y, por eso mismo, como el que está por venir). En el mientras tanto de la Historia, no hay otro signo de Dios que el rostro de quien testifica a flor de piel su irreductible invisibilidad (y obra en consecuencia). El factum de la existencia es, precisamente, un estar en falta, un clamar por la vuelta de quien tuvo que retroceder a un pasado inmemorial para que pudiéramos ser-en-elmundo. De entrada, somos quienes ignoran a quién pertenecen. O, por decirlo en cristiano, del Padre no tendremos otra presencia que la del Hijo que ocupa su lugar.
indigencia moderna
junio 5, 2018 Comentarios desactivados en indigencia moderna
No hay sabiduría moderna. La modernidad ignora la disyuntiva entre lo que en verdad tiene lugar y cuanto simplemente sucede en el plano de lo constatable. Esse est percipi que decía el obispo Berkeley. El sujeto moderno está convencido de que no cabe ir más allá de la imagen mental. Cuanto no es representable, sencillamente no es. De ahí que fácilmente creamos que todo se nos da en relación con nuestra sensibilidad, según la medida del cuerpo. Pero el instinto —el mecanismo— no puede caer en la cuenta del milagro, de que existimos por la desaparición del que o, mejor dicho, del quien. A un cuerpo le bastan las representaciones para funcionar. Nuestra época ignora, precisamente, que la alteridad propia de cuanto podemos ver y tocar es lo eternamente invisible de lo visible, eso que no cabe constatar en lo constatable; que la imagen, la apariencia ante la que reaccionan los cuerpos, revela en tanto que oculta. En definitiva, todo es —acontece, tiene lugar— en relación no solo con el marco de una sensibilidad, sino principalmente con respecto a una falta irreparable. Por decirlo en dialéctico, hay cosas que ver porque en verdad no hay nada que ver. Lo que en verdad tiene lugar es la promesa de lo real avant la lettre, el no acabar de ser o aparecer de lo absolutamente otro. Cuanto es trasciende el horizonte de las apariencias. Pero no porque se trate de algo de otro mundo —de eso que podríamos ver, si rasgáramos el velo de las apariencias—, sino porque no pertenece en absoluto al mundo, a ningún mundo. De hecho, hay mundo porque, literalmente, no hay nada en absoluto; porque algo es —aparece— en tanto que, como algo en verdad otro, no es —no aparece—. La trascendencia de lo en realidad absoluto es la de un pasado inmemorial. Lo real es —se muestra o aparece— porque, en sí mismo, fue. Pues lo cierto es que hay aparición porque la alteridad de lo real da un paso atrás en su mostrarse o hacerse presente a una determinada sensibilidad. Por eso, no hay sabiduría que valga donde tan solo tenemos en cuenta lo que un cuerpo puede asimilar. El cuerpo tan solo se ocupa de las apariencias. El cuerpo es inevitablemente un depredador. Aunque a veces se vista de seda.
hos me
junio 4, 2018 Comentarios desactivados en hos me
Imaginemos que nos tomásemos en serio la posibilidad de que nuestro día a día, en donde todo pasa y nada acaba de tener lugar, fuese interrumpido, no por algo circunstancialmente nuevo, lo que entendemos por sorpresa o novedad, sino por lo nunca visto, el absolutamente otro o esencialmente extraño, en última instancia, por lo inviable, de tal modo que nada pudiera volver a ser como antes, ni siquiera por analogía. Esto es, imaginemos que el tiempo cotidiano, el de los gozos y los rencores, el de nuestras pugnas y la tregua, cesara por la irrupción de lo eterno, de lo que en cualquier presente permanece como esa extrema alteridad que tuvo que desaparecer para que pudiéramos ser-en-el-mundo. ¿Acaso no tendríamos la impresión de que habitamos un escenario de cartón piedra, aquel en donde tanto el horror como la alegría son provisionales, en definitiva, un mundo en el que lo verdadero sigue pendiente de un último dictamen? ¿Acaso la ley natural no se nos mostraría como la impostación de una soberanía aún por venir? La posibilidad de un reset cósmico —la posibilidad de que el león coma hierba, a todas luces un imposible— ¿no fue acaso la fe de quienes nunca contaron para el mundo? La esperanza de los desheredados siempre fue la amenaza —el juicio— del mundo. De hecho, la esperanza mesiánica, aquella en la que se inscribe el primer cristianismo, aun cuando añada la convicción, increíble para quien sepa qué significa originariamente la palabra Dios, de que el eterno se ha hecho carne, consiste en mantenerse expectantes ante la inminencia de un final abrupto. No es casual que Pablo exhortara a los miembros de la comunidad de Corinto a que no creyeran en nada de lo que, por lo común, nos proporciona un arraigo en el mundo. Así, los que se alegran por las buenas cosas de la vida, sigan como si la alegría no fuera con ellos, los casados, como si no lo estuvieran, los que comercian, como si no comerciasen. El desencaje que sufre el creyente es radical, ya no solo con respecto al mundo, sino incluso con respecto a sí mismo. Como si se tratara de representar, aunque sinceramente, un papel. El sujeto cristiano no es el que disuelve su yo en las aguas serenas del nirvana, sino el que lo acentúa como clamor en las turbulencias de la Historia. El sujeto cristiano permanece separado de cualquier identidad que no sea la de aquel que no se pertenece a sí mismo. El mundo queda en suspenso ante el vaticinio de un nuevo comienzo. Ante la novedad radical, cuanto nos ocupa se revela no tanto como lo que sufre la erosión del paso de los días, sino como aquello que ya ha sobrepasado su fecha de caducidad. Sin duda, esto se encuentra muy cerca del nihilismo. Ahora bien, el nihilismo cristiano no deja de ser un nihilismo curioso, por no decir excéntrico. Pues Pablo no dice que todo se da como si fuese, lo cual supondría que, en realidad, no es, sino como si no fuese, lo cual implica que en cierto modo es. De ahí que el nihilismo cristiano no se resuelva como cinismo. Más bien, se trata de tomarse en serio aquello cuya seriedad se halla en suspenso, a la espera de una última palabra que no pronunciaremos nosotros. La diferencia entre el cínico y el cristiano pasa por la delgada línea roja que separa el que del quien, la nada, del aún-nadie. En cualquier caso, que nosotros hoy en día no podamos tomarnos al pie de la letra la esperanza cristiana —que difícilmente podamos vivir cuanto nos traemos entre manos como si no fuera nuestro— no tiene que ver con el carácter ilusorio de dicha esperanza, sino con nuestra incapacidad para lo imposible, al fin y al cabo, con nuestro rechazo de un novum que humanamente no cabe anticipar.
factum (o Platón en cuatro líneas)
mayo 28, 2018 Comentarios desactivados en factum (o Platón en cuatro líneas)
Platón decía que no es posible acceder al núcleo duro de lo real —a la realidad propiamente dicha— por medio del ver y el tocar. Que la realidad como tal tan solo puede ser pensada. Esto, cuando menos, resulta chocante. Pues espontáneamente tendemos a creer lo contrario: que si podemos decir que las cosas son es porque podemos verlas y tocarlas. Y esto, en gran medida, es así. Nada es que no aparezca o se muestre a una sensibilidad o, cuando menos, que no pueda ser percibido. Sin embargo, Platón se dio cuenta de que en el aparecer de lo real hay algo que no termina de mostrarse a una sensibilidad —que en todo lo visible hay algo que en absoluto podemos percibir sensiblemente—. En última instancia, se trata del carácter enteramente otro de lo real. Efectivamente, lo real es, por defecto, algo otro que se hace presente bajo un determinado aspecto —algo que, siendo otro, se da relativamente a una sensibilidad—. Así, pongamos por caso, lo que se hace presente —lo que vemos— en un cuerpo bello en tanto que bello es, precisamente, la belleza. Ahora bien, aun cuando digamos espontáneamente de un cuerpo bello que es bello, lo cierto es que su belleza solo se muestra hasta cierto punto. En cualquier caso, no siempre. No hay modelo que no sepa que hay puntos de vista que no le favorecen. De ahí que Platón dijera que los cuerpos bellos no son estrictamente bellos, sino que encarnan —participan de— una belleza que, en cierto sentido, los trasciende. Podríamos afirmar lo mismo con respecto a cuanto es en genereal. Como acabamos de decir, una cosa es algo-otro-ahí que aparece con un determinado aspecto o modo de ser. Ahora bien, lo cierto es que ese algo-otro-ahí no termina de coincidir con su determinación como tal o cual cosa. En tanto que algo enteramente otro elude su definición en lo concreto. En realidad, es lo que escapa a la determinación. Por principio, algo absolutamente otro queda fuera —más allá— de cuanto cabe asimilar. Por definición, algo absolutamente otro es lo irreductible de cuanto podamos ver y tocar, eso invisible de lo visible. Pues asimilar supone, por principio, reducir lo enteramente otro al marco de nuestra receptividad. Por ejemplo, cuando decimos encima de la mesa hay un bolígrafo azul lo que estamos diciendo en última instancia es encima de la mesa hay algo que es bolígrafo y azul. Vemos, sin duda, los rasgos que caracterizan a ese algo como bolígrafo y además vemos el azul (el azul del bolígrafo). Pero lo que no vemos en modo alguno es el algo otro como tal, eso que, hallándose fuera de la mente, soporta, por decirlo así, los rasgos que muestra. Desde la óptica de la sensibilidad, no hay diferencia entre el mundo real y el virtual. La sensibilidad no capta el carácter absolutamente otro de lo real. En cualquier caso, lo supone, lo da por descontado. Pero precisamente porque tan solo puede darlo por descontado, no cabe una experiencia directa de la alteridad propia de lo real. Podríamos decir que el en sí de lo real retrocede en su mostrarse a una sensibilidad. Este retroceso es, al fin y al cabo, el origen del tiempo. Pues que haya tiempo significa que nada es —nada permanece— en su apariencia. Todo, con el paso de los días, termina siendo otra cosa. De ahí la naturaleza ambivalente de la apariencia. Por un lado revela y, por otro, oculta. O por decirlo dialécticamente, la apariencia oculta cuanto revela. Lo real en tanto que algo enteramente otro no es un factum. Más bien, su desparición es la condición de lo fáctico. De ahí el carácter inevitablemente trascendente de lo real. Y de ahí también que su carácter absoluto solo pueda ser pensado —que lo real sea idea— o, desde el lado del cuerpo, sufrido como falta. No es casual que, para Platón (y para cualquiera que sepa verlo), el hombre sea, en el fondo, su aspiración a la verdad, una verdad que solo tiene lugar en la medida en que da un paso atrás. Parafraseando a Kafka, hay realidad. Pero no para nosotros.
misunderstanding
mayo 27, 2018 Comentarios desactivados en misunderstanding
La objetividad es un malentendido. Pues en cualquier caso ver es un ver como. Así, cuando vemos un billete de veinte euros no vemos simplemente un trozo de papel al que le añadimos un valor. Vemos dinero… de papel. Ciertamente, desde la óptica de un mundo que no funcionase con dinero, nuestra relación con un billete de veinte euros no dejaría de ser una relación supersticiosa. Como si hubiéramos creído, erróneamente, que el dinero tenía un valor que intrínsecamente no posee. Para quienes formasen parte de ese hipotético mundo, la creencia que implícitamente va con nuestra visión de un billete de veinte euros —su carga teórica— quedaría fuera de su campo de visión. Como si nuestra creencia en su valor fuera exterior a la visión. De ahí que fácilmente se dijeran a sí mismos que nosotros veíamos lo que de hecho no es más que un trozo de papel como si tuviera un valor. Pero su visión no es más objetiva —más cercana a los hechos, más verdadera— que la nuestra. Simplemente, ellos ya no serían capaces de ver lo que nosotros vemos espontáneamente. Su pretendida objetividad es tan solo el síntoma de que se encuentran fuera de nuestro mundo. No es cierto que el dinero no sea más que un trozo de papel al que falsamente le añadimos valor. Aunque tampoco sea definitivamente cierto que se trate de algo más que un trozo de papel. Los habitantes de nuestro hipotético mundo solo se equivocarían al decir que nunca hubo dinero. Pues haberlo, lo hubo. Acaso la pregunta sería qué perdieron por el camino —qué dejaron de ver— con su conquista de la objetividad. Pues puede que lo cierto —aquello inmodificable de la experiencia— se encuentre en lo que queda fuera del campo de visión, en lo que inevitablemente tuvo que perderse de vista para poder ver lo que vemos. En este sentido, podríamos decir que la palabra objetividad se halla al servicio de la ideología, del discurso legitimador de un poder, de las posibilidades de acción sobre cuanto nos rodea. La objetividad siempre ha sido la excusa del dominio. Así, pongamos por caso, en el momento que un bosque deja de ser sagrado —en el momento en que nos convencemos a nosotros mismos de que no es más que un montón de madera—, podemos talarlo sin escrúpulos, salvo quizá los ecológicos. Tenía razón Nietzsche cuando profetizó que, con la muerte de Dios, el hombre se convertiría en el instrumento de una anónima voluntad de poder.
simple
mayo 26, 2018 Comentarios desactivados en simple
Platón tenía razón. La vida es, al fin y al cabo, la vida del espíritu. Contra lo que nos quieren hacer creer hoy en día, no todos los hombres se sitúan en el mismo plano. Hay niveles o, por decirlo a la platónica, clases. Cada uno vive encajado en su mundo. Y los límites de nuestro mundo son los límites de nuestra mirada. No es causal que, según se nos cuenta en el mito de la caverna, de lo que se trate es de trascender el horizonte de lo que de entrada nos parece. Pues no es lo mismo ver la mujer como un cuerpo aprovechable que verla como alguien que, como cualquiera, está más allá de sí misma. Ya se sabe, no todo es cuerpo. Aun cuando el cuerpo, quizá afortunadamente, siga ahí, tensando la cuerda.
los sobrios
mayo 26, 2018 Comentarios desactivados en los sobrios
Difícilmente estamos al nivel del dolor que denunciamos construyendo un largo y coherente discurso. Quien sufre de verdad pocas cosas tiene que decir.
no hay otra vida que la recuperada
mayo 25, 2018 Comentarios desactivados en no hay otra vida que la recuperada
El libro cobra verdaderamente vida en la reescritura.
Philip Roth
Baruch Spinoza
mayo 24, 2018 Comentarios desactivados en Baruch Spinoza
Como dejó escrito Spinoza al final de su Ética, lo extraordinario es posible. Pero, como el mismo nombre indica, no es lo habitual. De ahí se desprende la cuestión de hasta qué punto lo extraordinario, aun siendo un horizonte, resulta ejemplar. Difícilmente puede constituir una norma, un criterio acerca de cómo vivir para la mayoria de los mortales. No me parece que podamos reprocharle a quiene se encuentra encarcelado por la ELA no ser como Stephen Hawking. Y aquí Aristoteles sigue siendo tan válido como antiguamente. Hay que leer su Ética para Nicómaco para ver por donde van los tiros de una vida digna de ser vivida. Ciertamente, la irrupción de Dios —el que no tiene otra voz que las de quienes no cuentan— hace saltar cualquier prudencia por los aires. Pero este es otro asunto. También excepcional.
apotegma
mayo 24, 2018 Comentarios desactivados en apotegma
Contactamos como engañados. Nos encontramos, sin embargo, como náufragos.
cotilleos
mayo 23, 2018 Comentarios desactivados en cotilleos
Parece ser que el matrimonio entre Kate Middleton y el príncipie Guillermo no anda muy fino. Normal. Al fin y al cabo, el deseo nos mantiene ilusionados… mientras no se cumpla. Y no porque en el día a día aparezcan las imperfecciones —las taras— que inevitablemente van en el pack, sino porque, de hecho, no puede cumplirse, en tanto que nace de figuras inviables. Un príncipe que coma de tu mano deja de ser un príncipe (y por eso mismo terminarás ninguneándolo). Si quieres un príncipe a tu lado, tendrás que aceptar lo inaceptable, a saber, que no serás la única. A menos que así te lo haga creer. Pero en ese caso permanecerás en la impostura, por no decir en la angustia de una sospecha continua. A diferencia de cuanto anhelamos —a diferencia de lo que provoca una genuina inquietud—, el deseo no da la felicidad. Quien vive solo de su deseo, tarde o temprano, termina en una cárcel.
lo que importa y lo que no
mayo 23, 2018 Comentarios desactivados en lo que importa y lo que no
Que estamos dividos —que el yo es un otro— no es algo que debiera sorprendernos. Por ahí van los tiros del viejo dualismo entre cuerpo y alma. Así, en momentos de lucidez, aquellos en los que respiramos la muerte, podemos darnos cuenta de que hay muy pocas cosas que importan. Y, sin embargo, con qué facilidad caemos de nuevo en la inercia del tiempo diario. Como si no fuéramos capaces de permanecer en el núcleo duro de la existencia. La vida acaso sea lo que se nos escapa entre los dedos de una mano. Vivimos como zombies distraídos. No es casual que la vida del espíritu comience con una ruptura con el tiempo de la dispersión. En el fondo, se trata de la integridad, de vivir en torno a un centro. Ahora bien, el centro de nuestra existencia en realidad se encuentra fuera de uno mismo. Y quizá no dependa de nosotros caer en la cuenta de esto último.
las dos Historias
mayo 22, 2018 Comentarios desactivados en las dos Historias
Hay dos Historias. Aquella que consiste en el inventario de las fallas —las rupturas, en definitiva, epistemológicas— que nos han llevado hasta el presente. Y aquella que se encuentra al servicio de preservar la memoria de lo que se perdió por el camino y difícilmente podremos recuperar. Esta sería la Historia de los costes del progreso, la definitiva instancia crítica de cualquier actualidad. Aquí caben dos variantes. La de una Historia que linda con la antropología cultural, pues Roma, pongamos por caso, fue ciertamente otro mundo. Y la de una Historia que pretende mantener abierta la herida de quienes fueron desestimados, de aquellos que quedaron abandonados en las cunetas del tiempo histórico. Como si no hubieran existido. La primera está al servicio del orgullo humano. De ahí que, tarde o temprano, termine haciendo el ridículo. La segunda, en cambio, al servicio de lo sagrado. Pues lo sagrado es por defecto lo que en modo alguno cabe alcanzar, ni, por eso mismo, manipular. Desde esta óptica, lo sagrado no se halla por encima, sino por detrás. Aquello en verdad sagrado pertenece a un pretérito absoluto. En definitiva, lo sagrado es un resto, un detritus. No está en nuestras manos que las víctimas del pasado regresen del Hades para que puedan vivir la vida que se les arrancó injustamente. Y, con todo, deben regresar. Aun cuando no podamos ni siquiera imaginarlo.
el velo como sudario
mayo 21, 2018 Comentarios desactivados en el velo como sudario
Tradicionalmente, el velo del santuario encubre lo que debe ser preservado de la visión, eso sagrado a lo que no podemos acceder sin que desaparezca como tal, esto es, sin profanarlo. Pues profanar es poseer. Ahora bien, el velo también puede amagar la inexistencia de lo que en principio oculta. Aquí el velo construiría la realidad de lo que, aparentemente, esconde. La primera posibilidad es la convicción del mundo antiguo. La segunda, la del mundo moderno. Ahora bien, la idea de que el velo genera la ficción de lo sagrado es propia del espectador, no la de quien, como arrancado, sufre la realidad del enteramente otro como una falta fundamental. Es posible que el precio de nuestro progreso material sea, precisamente, la imposibilidad de una genuina experiencia. Pues lo que constituye la experiencia propiamente dicha es lo que no terminamos de experimentar en la experiencia. Para una experiencia verdadera, la sensibilidad es, en último término, un límite. Desde esta óptica, el velo no deja de ser un sudario. Hay más realidad en lo que dio un paso atrás que en cuanto podamos ver y tocar. No es casual que la experiencia haya quedado modernamente reducida a la banalidad de un chute emocional.
mindfulness
mayo 20, 2018 Comentarios desactivados en mindfulness
Ciertamente, los pensamientos positivos, como suele decirse, producen bienestar, buena onda. Por ejemplo, la idea de que nos hallamos en manos de un espíritu tutelar. O que la energía que sostiene el cosmos es el amor. En este sentido, parece ser que en los lager, quienes mantuvieron la fe, fueron capaces de soportar lo insoportable. Aunque terminasen mal. Ahora bien, los pensamientos positivos no funcionan, si los tienes solo para alcanzar el bienestar. Tienes que creer en ellos. Y ahí está el tema. Que donde todo salta por los aires, en los huracanes de la Historia, no hay mindfulness que valga. El narcisismo espiritual —el poner a Dios al servicio de nuestra satisfacción interior— siempre tuvo un corto alcance.
de las últimas palabras
mayo 19, 2018 Comentarios desactivados en de las últimas palabras
Las últimas palabras son aquellas que cargan con el peso de la existencia, aquellas que tan solo podemos pronunciar donde la vida se acerca a su final. Hay que encontrarse en la situación en la que esas palabras arraigan para comprender su alcance, su enormidad. Fuera de la situación, tan solo se prestan al malentendido. «Redención» es una de ellas. Fácilmente, la traducimos por felicidad. Pero no se trata exactamente de lo mismo. Quien clama por la redención se encuentra sepultado por el No. Y donde el No se impone como el non plus ultra de nuestro estar en el mundo, difícilmente podemos evitar preguntarnos si acaso sea esto cuanto cabe esperar. De ahí que apenas entendamos de qué va el credo cristianismo donde vivimos en la dispersión propia de una vida estimulada únicamente por lo que podamos desear. Un nuevo coche, una casita en Puigcerdà, una tía buena, el éxito… Todo salta por los aires como un castillo de naipes donde la muerte —y sobre todo la muerte injusta de tantos— irrumpe como una sentencia inapelable. Las fórmulas de la fe no dejan de ser simples fórmulas, hoy en día tópicamenfe desestimables, para quienes se encuentran fuera de aquellas situaciones terminales en donde se revelan como la carga de profundidad que en definitiva son. Contra lo que suele suponerse, dichas fórmulas no representan una mera opción intelectual, una creencia disponible en los estantes del supermercado de las ofertas de sentido. Son un asunto de vida o muerte. O Darwin tiene razón —y lo único que cabe esperar es la supervivencia—, o la tiene un Dios crucificado. No es casual que la fe dependa de quienes pueden pronunciar, porque las encarnan, las fórmulas del credo, de los testigos de la aparición. Se nos reveló el modo de salir de las letrinas de la Historia. Aunque, ciertamente, no fuera el que imaginamos en un principio.
ser y tiempo para dummies (1)
mayo 15, 2018 Comentarios desactivados en ser y tiempo para dummies (1)
La tesis es la siguiente: lo real —el algo-en-verdad-otro que se hace presente a una sensibilidad— aparece en tanto que no aparece como tal. Es decir, lo en verdad otro se muestra en tanto que en sí mismo no se muestra. Estamos lejos, pues, del sentido común…. aunque no tanto como podríamos creer. Se trata simplemente de pensar lo que damos por descontado cuando decimos de algo que es. Lo real es, ciertamente, lo que podemos ver y tocar. Pero lo que podemos ver y tocar, en sí mismo, es invisible e intocable… porque, en definitiva, no es nada en particular. La clave reside en caer en la cuenta de que en el aparecer de lo real se revela lo que, por otro lado, se oculta, a saber, el que sea algo en verdad otro y no tan solo una representación mental. De hecho, teniendo en cuenta lo que tenemos en mente, no hay diferencia entre el mundo real y el virtual. Como supone el escéptico, bien pudiera ser que nuestra mente alucinara un mundo de tal modo que incluso una posible salida de la alucinación formara parte de la misma. Por sentido común, la diferencia entre el mundo real y el virtual pasa por lo que damos por descontado en el caso del primero, a saber, que lo visto responde a algo exterior. Sin embargo, por eso mismo —porque creemos que se trata de un supuesto— podemos, escépticamente, ponerlo en duda. Aquí podríamos preguntarnos si se trata de un supuesto que quepa poner en cuestión sin que el lenguaje salte por los aires. Pero este es otro asunto. En cualquier caso, decir que lo otro como tal no aparece en su aparecer como algo determinado —que no hay visión de lo que la alteridad es en sí misma— equivale a decir que las cosas que podemos ver y tocar se encuentran sometidas al tiempo y, por consiguiente, no acaban de ser lo que parecen. Lo que las cosas son en tanto que algo-otro-ahí no terminan de coincidir con su modo de ser. Hay, ciertamente, un décalage. Así, todo termina siendo otra cosa con el paso de los días. Lo absolutamente otro no acaba de darse en su darse en particular. De ahí que cualquier apariencia sea un sí, pero todavía no. Porque lo enteramente otro como tal no aparece, toda apariencia de lo otro es relativa, inestable, provisional. Esto es, lo enteramente otro nunca aparece como enteramente otro, sino como algo asimilable por un determinado punto de vista. Ver es fijar lo que no admite una fijación. En la fijación de algo otro se desestima lo que también ese algo otro puede ser. Ahora bien, por eso mismo la posibilidad —la posibilidad de lo otro— sigue siendo lo latente, lo que soporta un mundo. De ahí que la posibilidad que fue desestimada sea la perenne amenaza del mundo que habitamos. Porque lo enteramente otro, en su mostrarse, quedó sepultado en un pasado inmemorial, el mundo se encuentra esencialmente abierto al futuro.
Todo —desde las piedras hasta las focas— es un modo de ser de lo absoluto. Ahora bien, por eso mismo, lo absoluto —y absoluto significa literalmente lo separado, lo que no se encuentra sometido a ninguna condición, lo que es sin un porqué— no se muestra como tal. En realidad, lo que tienen en común las piedras y las focas es que son algo-otro-ahí. Pero eso que tienen en común no admite una visión, no aparece a una sensibilidad. Tan solo pensando de qué hablamos cuando hablamos del aparecer podemos caer en la cuenta de la trascendencia del carácter otro de lo real, aunque dicha trascendencia no sea —no pueda ser— la propia de otro mundo, sino la de un pasado inmemorial, como acabamos de decir. Lo absolutamente otro da un paso atrás en su aparecer como algo determinado. En cuanto tal, el carácter absoluto de la alteridad es un continuo diferir de su concreción o determinación. Habitualmente, decimos de algo que es de un determinado modo porque su modo de ser —el hecho de ser piedra o simpático, pongamos por caso— dura lo suficiente o porque así se muestra desde la mayoría de los puntos de vista. Pero que lo consideremos suficiente tiene que ver, precisamente, con lo considerado, no con lo que la cosa sea en cuanto algo-en verdad-otro. En realidad, lo en verdad otro no dura en absoluto (y de ahí que no sea caracterizable como tal). En este sentido, decimos que es eterno. Pues lo eterno no es lo que posee una duración infinita, sino lo que se encuentra fuera del tiempo y, por consiguiente, fuera del mundo, de cualquier mundo posible. Estrictamente hablando no está en ningún lugar. Hay duración porque nada dura en verdad, porque el carácter otro de lo real desaparece en su aparecer o mostrarse. Ahora bien, por eso mismo hay un mundo, un mundo de cosas. Y es que las cosas son en tanto que en ellas aparece, ciertamente, algo otro, pero a condición que lo otro en cuanto tal no aparezca en su aparecer como piedra, árbol, foca, martillo… Cuanto hay se da dentro del tiempo, lo cual es lo mismo que decir que nada permanece. Nada de cuanto nos traemos entre manos acaba de ser. Nada de cuanto nos traemos entre manos es real, en el sentido de algo absolutamente otro. El mundo es, en definitiva, un espectáculo… a la espera de que regrese, por decirlo así, lo que tuvo que desaparecer para que, precisamente, el espectáculo fuera posible. Ahora bien, lo que tuvo que desaparecer solo puede regresar poniendo fin al mundo. Porque lo absoluto no aparece como tal puede haber mundo. De ahí que mientras haya mundo, lo único que permanece es el continuo paso atrás del carácter enteramente otro de lo que aparece. En tanto que muestran de un modo determinado algo-en verdad-otro, las cosas son lo que son en la misma medida que no son —que no terminan de ser lo que parecen—. Son en tanto que se encuentra enajenadas de eso en verdad otro al que apuntan. Como dejó escrito Heidegger en su curso sobre Schelling, no hay pensamiento profundo que no sea dialéctico. Y esto está muy cerca de la convicción socrática, según la cual nunca sabemos a ciencia cierta de lo que estamos hablando.
probablemente, no sepamos de qué va la película del sábado
mayo 14, 2018 Comentarios desactivados en probablemente, no sepamos de qué va la película del sábado
Es posible que no entendamos nada de lo que ocurre. Lo que ocurre —no lo que tan solo sucede, no tan solo lo que vemos y leemos en los medios— es la partida que se está jugando. Nosotros, los hombres y mujeres de a pie, somos las fichas (en realidad, la vaca a muñir). No se trata de ninguna conspiración, sino de las reglas de juego. Aunque en el imaginario colectivo esto de la conspiración ayuda a hacerse una idea. Sencillamente, hay quienes tienen las cartas y hay quienes que no. A diferencia de lo que podía constatarse en los tiempos premodernos, el poder económico es hoy en día invisible, pero no atroz, salvo en la periferia de los países desarrollados. La extraccion de rentas ya no es tan palpable como, pongamos por caso, en el feudalismo. La gente más o menos se apaña. Además tenemos circo. Y un circo que emite en sesión continua. Hoy en día, la extracción de rentas se realiza vía el capitalismo clientelar, en donde el cruce entre intereses económicos y políticos es evidente para quien sepa (y quiera) verlo. Aquí se prima la lealtad, como en la mafia, no el mérito o la eficiencia. Una lectura atenta del BOE nos llenaría de estupefacción —por no hablar de indignación—. La regulación estatal está al servicio de la socialización de las pérdidas de las grandes corporaciones. Tal cual. Ciertamente, hay grados. Hay más sectores que se encuentran fuera del campo de influencia del capitalismo clientelar en Alemania que, por ejemplo, en Rusia o España. O por decirlo con otras palabras, la clase media es menos exprimida en unos países que en otros. Mientras tanto, el cristianismo no parece que tenga nada qué decir, salvo denunciar el sufrimiento de quienes se encuentran en los márgenes o, en su defecto, promover una piedad individual bajo los ropajes de un budismo a la cristiana. Así, hacemos el ridículo cuando, con la intención de promover una sociedad más justa, insistimos en la malignidad del fraude fiscal. Sin duda, hay que contribuir fiscalmente al bien común. Pero a la hora de analizar la situación hay que utilizar un lápiz más fino. No es lo mismo que las mega-empresas se salgan de rositas, que el currante de turno se ahorre una parte del IVA de unas obras con el objeto de llegar a final de mes. No es lo mismo pagar impuestos en Alemania que en Rusia o España. El tema es, por supuesto, el papel que juegan las instituciones. Pero su reforma no llegará, si quienes tienen que llevarla a cabo son aquellos a los que en modo alguno les interesa reformarlas. La cuestión del poder es la cuestión de la toma del poder (y en última instancia, la de la violencia). Y, sin duda, la invisibilidad del poder, hoy en día legitimada por los principios formalmente justos de las democracias occidentales, no ayuda a comprender al Dios crucificado, un Dios cuya ira, casi leninista, debería hacer temblar a los que viven a costa del empobrecimiento de otros. No es casual que actualmente, idiotizados por el soma de los media, prefiramos una divinidad que exige la disolución del yo en las aguas oceánicas de lo impersonal.
Tan solo basta con imaginar que el poder te dejara sin el pan con el que alimentar a tus hijos para dejar de reirle las gracias a los gurús de una espiritualidad sin cuerpo.
tautologías políticas
mayo 13, 2018 Comentarios desactivados en tautologías políticas
Dice Boris Gunjević: toda revolución está condenada al fracaso si carece de virtud. La revolución sin virtud está atrapada entre la locura orgiástica y violenta y el autismo estatal y burocratizado. Cierto. Sin embargo, también es evidente que no puede haber virtud colectiva por aquello de que estamos hechos de barro (por no hablar de una culpa original). Nos equivocaríamos, por tanto, si propusiéramos la virtud como solución. En cualquier caso, se trataría de una solución tautológica. Pues de antemano ya sabemos que si todos fuéramos ángeles, no habrían holocaustos. Ahora bien, una tautología política, como cualquier tautología, es irrelevante. Diciéndolo todo, no dice nada. De ahí que cuestión de la política sea la de encontrar una salida de emergencia a problemas que carecen de solución. Como el capitán del barco que se ve obligado a repararlo sobre la marcha, en medio del oleaje, a menudo intenso, de la alta mar.
panis et circenses
mayo 12, 2018 Comentarios desactivados en panis et circenses
En un artículo de Pravda de 1923, Lev Troski dijo que el trabajador se encuentra atrapado entre el vodka, la iglesia y el cine. Sustituyes el vodka por la cocaína o las drogas sintéticas, la iglesia por los eslóganes de turno y el cine por los youtubers y obtienes el mismo diágnostico para el looser de hoy. En cualquier caso, se trata de producir ignorancia.
acerca de lo que hay (y 3)
mayo 11, 2018 Comentarios desactivados en acerca de lo que hay (y 3)
Lo que hay es lo que vemos que hay (o al menos podríamos ver, si estuviéramos en el lugar adecuado). Nada es que no aparezca o se muestre (o pueda aparecer o mostrarse) a una sensibilidad como algo determinado, esto es, como algo de lo que cabe decir que es de un modo u otro. Sencillamente, si algo no puede ser visto, aunque sea indirectamente, no es. Todo se hace presente como un particular modo de ser. Ver es, en cualquier caso, ver como (ver algo como árbol, foca, martillo…). Tal y como subrayamos en la segunda entrada de esta serie, toda visión posee una carga teórica. No hay visión que no incluya o presuponga implícitamente un cierto saber acerca de lo visto. La interpretación va con la visión, por decirlo así, aun cuando una vez visto lo visto podamos perfectamente añadir alguna que otra creencia, que, en tanto que de más, sería en principio discutible. Así, podemos ver, pongamos por caso, un martillo… aunque podamos suponer, además, que no termina de funcionar como debiera. Al decir de algo que es un martillo, ya damos por sentado que se trata de algo que sirve para clavar o desclavar. Que sirva más o menos es algo que habría que ver —algo que podríamos discutir—, pues podría ser que no nos parezca útil porque no somos lo suficientemente hábiles.
Que no haya visión que no incluya un cierto saber depende, en definitiva, de que todo lo que vemos, lo vemos dentro de un contexto. No vemos cosas aisladas, sino cosas que forman parte de un mundo. Y un mundo es, en cualquier caso, un mundo interpretado. Un mundo siempre se ofrece en relación con los presupuestos que rigen una visión del mundo. Estos presupuestos son, al fin y al cabo, lo que damos por descontado en nuestra experiencia del mundo. Por decirlo así, no hay experiencia pura, esto es, no hay experiencia que no quede encajada dentro de los presupuestos, en definitiva culturales, que expresan una posición fundamental frente al mundo. Por ejemplo, en la Antigüedad se daba por hecho que había un más allá, un mundo inaccesible, cualitativamente diferenciado y, por extensión, normativamente superior. Un mundo de dioses. El mundo de la Antigüedad era, por defecto, un mundo dividido en tres niveles (cielo, tierra e infierno, como suele decirse). Todo cuanto podía ser visto —los hechos que podían ser constatados— era visto desde el horizonte de dicho prejuicio epocal. En este sentido, cualquier acontecimiento podía ser entendido como una señal de otra dimensión. De ahí que dijéramos, en la entrada anterior, que los antiguos no andaban equivocados cuando veían dioses o espíritus por todas partes. Ellos veían efectivamente la presencia de un dios donde nosotros tan solo vemos la erupción de un volcán. Desde nuestra óptica —desde nuestra posición fundamental—, la carga teórica que iba con la visión del mundo antiguo queda fuera de la visión de lo que sucede. Y no puede ser de otro modo. Nosotros, sencillamente, no podemos ver las cosas como ellos. Nuestro marco cultural —nuestro mundo— es muy distinto. De ahí que nosotros entendamos el saber que permanecía enquistado en su visión de las cosas como una interpretación añadida a la percepción de los hechos. Sin embargo, ellos no suponían que la erupción de un volcán era una expresión de la ira divina como si la suposición se agregase a la visión de un dato objetivo. Ellos veían la ira divina en la erupción de un volván. La erupción de un volcán era directamente el reflejo de dicha ira. Los antiguos no creían en dioses, sino que veían dioses o, mejor dicho, los signos de su presencia. Sus creencias fundamentales estaban incrustadas en su visión… como las nuestras lo están en cuanto podamos constatar como hecho. Ahora bien, nosotros no estamos más cerca de los puros hechos que los antiguos. No hay hechos puros, sino hechos dentro de un mundo interpretado. Como decíamos al principio, lo que hay no es independiente de la visión de lo que hay. Y no hay visión que no esté preñada de un cierto saber. El saber —la creencia incrustada— que va con la visión es, en definitiva, lo que damos por descontado al ver lo que vemos. Ciertamente, podríamos preguntarnos de dónde procede eso que damos por descontado. Podríamos preguntarnos, pongamos por caso, por qué en un período histórico damos por descontado que hay otros mundos y en otro período, no. Probablemente, esto tenga que ver con las condiciones materiales de la existencia, que decía Marx. Pero este sería otro asunto.
Por eso mismo, cabe preguntarse qué puedan ser las cosas en sí mismas, esto es, al margen de su hacerse presente a una sensibilidad como tal o cual cosa. Ahora bien, esta pregunta ¿tiene sentido? ¿Es posible ir más allá de lo que nos parece? En principio, estamos tentados de decir que no, pues como acabamos de subrayar, no hay cosas al margen del verlas como algo determinado por un saber implícito y, en última instancia, por su conexión con el resto de cosas que constituyen el mundo del que formamos parte. Como dijimos en su momento, ver un martillo es ver un clavo. El carácter concreto de cuanto vemos está determinado por una sensibilidad configurada culturalmente y, en último término, por el mundo del que formamos parte. Así, creemos, pongamos por caso, que el canibalismo es aberrante porque así nos lo parece, aunque desde la óptica de los pueblos caníbales, la práctica de devorar el cuerpo del enemigo sea una norma cultural (y, por eso mismo, no tenga nada de aberrante). Sin embargo, aun cuando podamos entender el sentido del ritual caníbal dentro de su contexto, es imposible que podamos verlo como una práctica aceptable. No pertenecemos a su mundo.
Sin embargo, a pesar de lo que acabamos de decir, tiene sentido preguntarse qué pueda ser la realidad al margen de lo que pueda parecernos, esto es, al margen de su hacerse presente a una sensibilidad en concreto. Al menos, porque de entrada creemos entender la pregunta. ¿Qué podemos decir acerca de lo real, esto es, más allá de la deformación que impone un punto de vista? Ahora bien, preguntarse por qué pueda ser una cosa en sí misma, en tanto que implica poder verla con independencia de su determinación como martillo, dinero, foca…, es lo mismo que preguntarse en qué consiste su carácter de algo entera o absolutamente otro. La pregunta, por consiguiente, tiene su qué. Pues, si la cosa en sí es al margen de su aparecer como algo determinado, entonces las cosa en sí, estrictamente hablando, no aparece. Y si no aparece, no es. Pues algo es si aparece como (al igual que ver es, en cualquier caso, ver como). La cosa en sí —la alteridad propia de lo real, su carácter enteramente otro— sería como el resto invisible de lo visible. No cabe una visión del carácter enteramente otro de cuanto vemos.
Por consiguiente, si no cabe ver nada enteramente otro como tal ¿como podemos preguntarnos por lo que pueda ser? ¿Acaso, como acabamos de subrayar, no es cierto que cuanto es aparece, se muestra a una sensibilidad? ¿No hay aquí una cierta contradicción? Puede. Pero quizá, en vez de contradicción, deberíamos hablar de la naturaleza dialéctica de lo real. Una contradicción supone afirmar y negar lo mismo y al mismo tiempo. Esto es, caeríamos en una contradicción si dijéramos que aquí y ahora, pongamos por caso, llueve y no llueve. Una contradicción no hay quien la entienda. La dialéctica, en cambio, revela la mútua implicación de los contrarios. Es verdad que espontáneamente creemos que si todo fuera luz, no habría oscuridad. Pero si lo pensamos bien, nos daremos cuenta de que lo que no habría es precisamente luz. Si todo fuera luz, no habría luz. Pues la luz es luz únicamente en relación con su contrario, la oscuridad. Análogamente, si hablamos de la naturaleza dialéctica de lo real es porque si todo fuera apariencia, no habría estrictamente apariencia. Hay apariencia porque en el aparecer de lo real hay lo que no aparece, a saber, el carácter absolutamente otro de lo real. Veámos esto último con un poco más de calma.
Por definición, lo real es eso otro —eso exterior— que se muestra, aparece, se hace presente, se revela… a una sensibilidad como algo que posee un aspecto determinado, un particular modo de ser. Es en este sentido que decimos que ver es siempre un ver como, algo como algo en concreto: esto como piedra, foca, martillo… Ahora bien, por poco que reflexionemos sobre lo que estamos diciendo, caeremos en la cuenta de que lo que no vemos en lo que vemos es, precisamente, el carácter enteramente otro de lo que tenemos enfrente. El carácter enteramente otro de lo que está ahí no aparece en su aparecer como algo determinado. O por decirlo con otras palabras, el carácter de algo absolutamente otro de cuanto es se oculta —da un paso atrás— en su mostrarse a una sensibilidad. El carácter otro de lo que es se da en relación a una sensibilidad y, por tanto, relativamente. Esto es, nunca por entero o absolutamente —nunca como tal—. De hecho, lo relativo, por definición, se opone a lo absoluto. Es por esto, que lo enteramente otro siempre puede mostrarse, desde el punto de vista de los diferentes marcos culturales, como cosas distintas. El dinero es dinero —y lo es indiscutiblemente— en nuestro mundo, pero no en aquel donde no se funciona con dinero. Para un mundo sin dinero, eso que vemos como dinero no es másque un trozo de papel. En un mundo sin dinero, eso que nosotros manejamos espontáneamente como dinero, no aparece —no puede aparecer— como dinero.
De ahí que no sea casual que la palabra apariencia posea un doble sentido. Por un lado, significa lo que no termina de ser real. Así decimos de alguien que parece simpático, para dar a entender que en verdad no lo es. Sin embargo, por otro lado, también significa que en su aparecer las cosas se muestran, al menos hasta cierto punto, tal y como son. Así también decimos de alguien que acabamos de conocer que parece simpático queriendo decir que probablemente lo sea. Este doble sentido, por tanto, obedece a la estructura misma del aparecer de lo real. Cuanto es aparece (y así la apariencia tiene que ver con lo que es). Pero en su aparecer, lo que aparece desaparece como eso absolutamente otro. Toda apariencia es problemática. El mundo es mundo porque el carácter en verdad otro de cuanto es dio un paso atrás, por decirlo así, en su mostrarse a una sensibilidad. Hay lo visible porque hay lo invisible. Y viceversa. Lo invisible y lo visible son las dos caras de una misma moneda. No hay estrictamente cosas. Hay el aparecer. Pues, en sí mismo, lo invisible no es nada, en tanto que no aparece. Aunque del mismo modo que lo visible no es tampoco nada consistente sin su estar referido a la desaparición —al continuo más allá— de su ser algo absolutamente otro. Sin este estar referido a lo en verdad otro —una verdad que se revela en su perderla de vista—, nuestro mundo no dejaría de ser un mundo virtual. En realidad, lo que vemos, en tanto que es asimilado, reducido al marco de una sensibilidad particular, no acaba de ser enteramente otro (y por consiguiente no es en verdad otro). Pues lo enteramente otro, por definición, es lo que no cabe asimilar, lo esencial o irreductiblemente extraño. Como dijimos en su momento, no hay diferencia desde la óptica de una sensibilidad —desde el ver y el tocar— entre el mundo real y el virtual. Ciertamente, si creemos que nos encontramos en un mundo real y no virtual es porque damos por descontado que cuanto vemos responde a algo-otro-ahí. Ahora bien, este dar por descontado, y esto es lo decisivo, no es tan solo una creencia elemental, aquella que va con el uso del lenguaje y que, por eso mismo, podemos poner en cuestión. Hay lo absolutamente otro porque, de lo contrario, no habría apariencia, no veríamos nada. De hecho, los animales no ven nada porque son incapaces de referir la sensaciones visuales que puedan tener a algo-otro-ahí —a algo que se encuentra más allá de la sensación—. No hay mundo que valga para el animal. Un animal no es más que un mecanismo capaz de reaccionar a determinado estimulos. Como una máquina de café, aunque, sin duda, más sofisticada. Descartes pudo preguntarse si acaso no podríamos estar dentro de un sueño —si acaso podría no haber nada exterior— porque consideraba que nuestro estar referido a una exterioridad reposaba solo en una creencia que, como tal, podía ponerse en duda. Pero como hemos visto no se trata tan solo de una creencia, sino en cualquier caso de una creencia que obedece a la estructura misma del aparecer. De hecho, cualquier mundo es, en el fondo, un mundo virtual. Pero únicamente porque la apariencia solo es posible en relación con la desaparición —el continuo paso atrás— del carácter enteramente otro de lo real. Únicamente, hay el aparecer. Pero en el aparecer, lo que aparece —lo enteramente otro— aparece como no-enteramente-otro y, por eso mismo, como lo que no aparece en su aparecer. Al margen de su modo de ser, lo otro como tal —lo otro en sí mismo— no es. Pues lo absolutamente otro se revela en su continuo diferir de su mostrarse como algo en particular. Ahora bien, al igual que las cosas que nos traemos entre manos no son sin su estar referidas a lo en verdad otro —a lo que se oculta en su mostrarse—.
Así, ser y no ser son las dos caras de lo mismo. Lo absolutamente otro es en tanto que se revela en los cuerpos que podemos ver y tocar. Ahora bien, se revela como algo-otro-ahí al precio de perder por el camino su radical alteridad (y en este sentido decimos que deja de ser). Lo absolutamente otro es (aparece) en la misma medida en que no es (no aparece). Nadie puede ver lo otro como tal. Pero de ahí no se sigue que no sea en absoluto. Al contrario. Hay lo absoluto porque en su mostrarse no se muestra como tal. Platón decía que lo real se manifiesta en las cosas que podemos ver y tocar como eso que las trasciende. Consecuentemente, lo real en cuanto tal tan solo podía ser pensado. Vemos la apariencia de lo real, pero no su carácter absoluto, su ser algo en verdad otro. Tan solo por medio de la reflexión sobre la experiencia de lo real, podemos caer en la cuenta del fundamento invisible de lo visible. De ahí que Platón dijera que tan solo la idea es real. Que tan solo por medio del pensamiento podemos acceder a la naturaleza absoluta de lo real. Lo que no dijo Platón es que la idea no es nada sin la cosa que la representa. Fue su discípulo Aristóteles quien se encargo de apuntarlo. Pero este es otro asunto.
Para comprender mejor la naturaleza dialéctica de lo real, quizá hagamos bien en compararla con la estructura, también dialéctica, de la subjetividad. Pues algo semejante decimos cuando nos preguntamos por lo que pueda ser el yo. Por definición, un yo es alguien para sí mismo. Las piedras, los árboles, las focas… no son sistemas autorreferenciales. En tanto que consciente de sí mismo, el yo es capaz de decir algo de sí mismo. Un yo puede verse como otro…, en tanto que se encuentra a una cierta distancia de sí mismo. Las piedras, los árboles, las focas… son. En cambio, tan solo el hombre existe. Pues existir significa, literalmente, estar fuera del sí mismo. Como aquel que ha sido arrancado de cuanto es. De hecho, un yo siempre tiene pendiente, precisamente, llegar a ser. No hay animal que se busque a sí mismo. Sin duda, el yo se identifica con un determinado aspecto o modo de ser. Pero por eso mismo —porque hay identificación— el yo no termina de coincidir con su particular modo de ser. La identificación supone poder decir yo soy ese. Un yo siempre podrá decir de sí mismo que no acaba de ser lo que parece, el cuerpo con el que se identifica. No porque sea un hipócrita, sino porque es siempre más que lo que muestra. Ahora bien, este más no es un alguien en concreto, sino un continuo diferir de su aspecto. En realidad, el yo es una esencial falta de ser. Su identificación no deja de ser problemática. Las crisis de identidad —el que podamos cambiar incluso de carácter, si cambiasen nuestras circunstancias— así nos lo dan a entender. Un yo se encuentra más allá de sí mismo. De hecho, nunca se encuentra en donde está. Es como si estuviera fuera del mundo. De ahí que nos molesten tanto las etiquetas. Pues, como acabamos de decir, siempre somos más de lo que los otros pueden ver de nosotros mismos. Etiquetar es reducir lo que el otro es como, precisamente, otro. No es casual que la palabra persona signifique originariamente máscara. El yo se oculta tras la máscara que lo revela o muestra. Ciertamente, sin esa máscara el yo no es nadie. Si la arrancáramos no veríamos el yo más auténtico, sino que no veríamos nada (o mejor dicho, a nadie). Como hemos subrayado el yo es el continuo diferir de sí mismo —su continuo paso atrás, su no acabar de ser lo que parece—. Ahora bien, la máscara no sería lo que es —a saber, una máscara—, si no encubriese a su portador. Si alguien no fuera más que su máscara sería, literalmente, un perfecto idiota, alguien incapaz de salir de sí mismo. El yo se oculta en su revelarse como alguien. Como en el caso de lo absoluto.
carpe diem
mayo 10, 2018 Comentarios desactivados en carpe diem
Vivir el presente. De acuerdo. Sin embargo, forma parte también del presente la memoria de un pasado que se nos escurrió entre los dedos de una mano. Como también una cierta esperanza en que aún podríamos encontrarnos.
memento mori
mayo 8, 2018 Comentarios desactivados en memento mori
En el día a día, todo es inercia. Difícilmente, caemos en la cuenta de lo que supone tener a una mujer bondadosa como compañera, unos amigos fieles, unos hijos que cuidar. En el día a día, nos encontramos sometidos a lo que exige el trato, aun cuando este sea amable. De ahí que tan solo ante la proximidad de la muerte, una vez comenzamos la cuenta atrás, se nos revele el valor de cuanto nos traemos entre manos —el carácter excepcional, por no decir milagroso, de compartir la vida con quienes nos rodean—. El valor siempre pertenece al pasado, como eso que no supimos ver mientras andábamos con nuestros asuntos. No es casual que la vida del espíritu comience con decirse a uno mismo, al menos de vez en cuando, que quizá hoy podría ser el último día. Siempre hubo una enorme distancia entre lo sagrado y lo profano. Pero no porque lo primero se encuentre en otro mundo. Pues puede que no haya otro mundo. Y si lo hubiera, probablemente no tuviera que ver con nosotros, hombres y mujeres de carne y hueso. Aunque acaso deberíamos decir que lo hay, pero no es otro, sino el mismo como otro. Hay valor, aun cuando no para nosotros, los arrancados, salvo quizá tangencialmente. Como si el valor fuera ese porvenir que debe regresar.
como si no tuviéramos abuela
mayo 7, 2018 Comentarios desactivados en como si no tuviéramos abuela
Twitter, Instagram… El mismo síntoma, la misma fe. Con la esperanza de que haya alguien ahí. Siempre fue más fácil confiar en el amigo invisible.
the end
mayo 6, 2018 Comentarios desactivados en the end
Al final quizá tan solo se nos haga una sola pregunta. ¿Qué dejaste en herencia? ¿Dolor o bondad?
la larga marcha
mayo 5, 2018 Comentarios desactivados en la larga marcha
No sé hasta qué punto se trata de tener fe. Pues la fe no deja de ser una larga marcha. La cuestión quizá sea cuál es el punto de partida. Esto es, de quién te fías. Pues la fe que podamos tener no es tanto nuestra como la de aquel que creyó antes por nosotros.


