acerca de lo que hay (2)
mayo 4, 2018 Comentarios desactivados en acerca de lo que hay (2)
¿Qué hay? Pues cuanto podemos ver y tocar. De acuerdo. Esto es lo que decimos como quien no quiere la cosa. Y en cierto modo es así. Nadie pondría en duda, pongamos por caso, que hay efectivamente focas o dinero. Así, cuando vemos un billete de cincuenta euros no vemos tan solo un trozo de papel al que, convencionalmente, le damos importancia. Directamente vemos dinero (o las cosas que podemos obtener a cambio). Hay dinero porque lo podemos ver y tocar. Incluso algunos son capaces de olerlo. Sin embargo, supongamos que en el futuro hubiéramos regresado al trueque, que viviéramos de compartir lo que, de hecho, nos sobra. ¿Cómo verían los hombres y mujeres de la nueva cultura nuestra relación con el dinero? Probablemente, como nosotros vemos la relación que mantenían los antiguos con los dioses: como una relación supersticiosa. Pues para nosotros, es evidente que el homo religiosus de la Antigüedad se equivocaba al creer que la erupción de un volcán, pongamos por caso, era la manifestación de la ira divina. Una erupción volcánica no es mas que una erupción volcánica. Del mismo modo, los hombres y mujeres de nuestro hipotético futuro entenderían espontáneamente que nosotros andábamos equivocados al creer que ciertos papelitos tenían poderes especiales. Para ellos, de hecho, no pueden ser otra cosa que papel. Y algo de razón tendrían. Nos pasamos media vida intentando acumular cuantos más, mejor. Fácilmente damos por descontado que el dinero da la felicidad o que al menos la facilita. Por dinero somos capaces de hacer casi cualquier cosa. El dinero doblega la voluntad de la mayoría de los hombres… En nuestro mundo, el dinero posee, sin duda, el aura de lo divino. El megamillonario tiene el poder de un dios. Esto es lo que creemos. Y porque lo creemos así, lo vemos así. Ahora bien, es innegable que, a pesar de lo dicho, para los hombres y mujeres de nuestro experimento mental, nunca ha habido dinero en realidad, sino una falsa creencia en su valor (al igual que espontáneamente nos decimos a nosotros mismos que nunca han habido dioses, sino en cualquier caso una falsa creencia en dioses). La pregunta es quién tiene razón —quién está más cerca de la verdad de los hechos—.
Ciertamente, podemos entender la manera de ver las cosas de quienes forman parte de un mundo sin dinero. Pero no podemos verlas como ellos. Y esto es importante subrayarlo: no todo lo que podamos entender podemos incorporarlo, literalmente, como visión. Para nosotros es indiscutible que hay dinero. No estamos equivocados cuando vemos un trozo de papel como dinero. Y si podemos decir que hay dinero y no tan solo una falsa creencia es porque lo que hay no depende solo de lo que haya ahí afuera, por decirlo así. Depende también de cómo lo vemos, esto es, de los presupuestos desde los que se determina una visión del mundo. Nadie ve nada con solo abrir los ojos. Nadie ve nada sin comprender, al menos hasta cierto punto, qué está viendo. No hay visión que no incorpore un cierto saber —no hay visión que no se integre en el marco de una cosmovisión—. Toda visión de las cosas que nos traemos entre manos posee una carga teórica, por emplear el término de NR Hanson. Con otras palabras, la interpretación —el de qué se trata— va con la visión. Las cosas que vemos no las vemos aisladamente, sino dentro de un contexto. Las cosas son lo que son en tanto que forman parte de un mundo. Dentro del mundo, todo está conectado. Una cosa remite a otra (y por eso podemos hablar de mundo; un mundo no es un saco). Así, cuando vemos, pongamos por caso, un martillo, vemos para qué sirve o cómo podría ser utilizado. Mejor dicho, cuando vemos un martillo, vemos también un clavo. De ahí que los hombres y mujeres de nuestro futuro imaginario no puedan ver como dinero lo que para ellos no es más que un trozo de papel. En su mundo, sencillamente, no hay dinero. Pero al igual que para nosotros es innegable que el dinero es más que un trozo de papel. Los del mundo futuro no están equivocados al creer que el dinero no es más que un trozo de papel. Se equivocan al creer espontáneamente que nunca lo hubo. Que nuestra relación con el dinero es una superstición. No lo es. Como no lo es nuestra relación con un martillo. De entrada, nosotros vemos un trozo de papel como dinero, no como si fuera dinero. Para nosotros, la interpretación de un trozo de papel como dinero se encuentra enquistada en la visión. Sin embargo, para ellos nuestra interpretación queda fuera de su visión, como si nosotros añadiéramos un valor a lo que, en sí mismo, no es más que trozo de papel. Nuestro ver como es para ellos, y no puede ser de otro modo, un ver como si. No pueden ver lo que nosotros vemos sencillamente porque su mundo no es el nuestro (y vicerversa). De ahí que entiendan nuestra relación con el dinero como si creyéramos, falsamente, que ciertos trozos de papel poseen un valor que como tales no tienen. Pero, como decíamos, nosotros no creemos que el dinero tenga valor porque así lo supongamos después de ver un trozo de papel. De entrada, vemos dinero, un trozo de papel como dinero. En cualquier caso, ellos no están más cerca de la verdad que nosotros.
Por consiguiente, no podemos responder a la pregunta acerca de lo que hay con independencia del mundo del que formamos parte. Esto es, no hay una posición privilegiada desde la que podamos ver qué son las cosas en sí mismas, al margen de nuestra comprensión. O por decirlo a lo bruto, no hay, literalmente, teoría. Como es sabido la palabra teoría, del griego θεωρία, apunta a la visión imparcial de una divinidad que contempla los asuntos humanos desde las gradas del espectador, es decir, imparcialmente, tal y como son en sí mismos, al margen de lo que nos puedan parecer. Ahora bien, no hay gradas desde las que, como un dios omnisciente, podamos desembarazarnos del velo de las apariencias, de los prejuicios desde los que se determina lo que nos parece que es como lo que es. Siempre vemos lo vemos desde el mundo al que pertenecemos. En cualquier caso, hay visiones que, al estar fuera del mundo que observan, parecen objetivas y, por eso mismo, pueden pasar como teorías. Sin embargo, no dejan de ser visiones particulares que colocamos en el lugar de las que tienen aquellos que pertenecen al mundo que observamos desde fuera, mejor dicho, desde otro mundo. Como subrayábamos antes, los hombres y mujeres de un hipotético mundo sin dinero no están más cerca de la verdad de los hechos cuando sostienen que nunca hubo en realidad dinero, sino tan solo una falsa creencia en su valor; que el dinero no es más que un trozo de papel. O al menos no están más cerca que nosotros. De hecho, acaso la única teoría posible sea la matemática. Pero la matemática, estrictamente, no es una visión. Nada humano sobrevive en la concepción matemática del mundo. En el mundo de la matemática —en la descripción matemática del mundo— tan solo hay estructuras, nadie que pueda ver algo como algo determinado.
Llegados a este punto alguien podría objetarnos que no siempre que nos encontramos ante algo sabemos de qué se trata. No sería la primera vez que topamos con algo que no sabemos qué es, aun cuando, ciertamente, podamos decir que es. Aquí da la impresión que baste con abrir los ojos para constatar la presencia de un algo. Por tanto, no parece que podamos sostener que no hay visión que no posea una carga teórica. Es verdad que cuando topamos con algo que no sabemos qué es lo primero que hacemos es intentar relacionarlo con lo que ya sabemos. Así, la primera vez que los comanches vieron un tren desplazarse por las llanuras de su territorio creyeron ver un caballo de hierro. La metáfora es el modo espontáneo de intentar comprender lo que, de entrada, no sabemos qué es. Pero puede darse el caso de que no encontremos la metáfora adecuada, que la cosa siga siendo un misterio. Sin embargo, no es cierto que en la visión de la cosa como un simple algo-otro-ahí no hayan presupuestos teóricos o conceptuales. Sin duda, lo que no hay son los presupuestos culturales que determinan una cosmovisión como tal. Pero de aquí no se sigue que no haya presupuesto alguno. De hecho, lo que damos por descontado cuando vemos cualquier cosa, incluso en el caso de que inicialmente no sepamos de qué se trata, es precisamente que se trata de algo que se encuentra fuera de nuestra mente. Esta es la creencia implícita que determina una visión como tal. No basta con abrir los ojos, por decirlo así, ni siquiera donde topamos con algo que no sabemos qué es, para ver algo como algo. Siempre que vemos algo lo vemos como algo-otro-ahí. Es lo que suponemos naturalmente cuando vemos lo que vemos. De ahí que estemos ante un presupuesto racional, el presupuesto que compartimos todos los que tenemos una mente por el mero hecho de tenerla. Si nuestra mente se estropeara, tendríamos sensaciones visuales, pero no veríamos nada. De hecho, los animales no ven nada, pues son incapaces de reconocer algo-otro-ahí en lo que ven. Reaccionan, ciertamente, ante los estímulos visuales que son capaces de procesar, pero estrictamente no ven nada. Ver es reconocer que cuanto vemos se encuentra de algún modo frente a nosotros. Y este reconocimiento se sostiene sobre lo que nuestra razón da por descontado, en última instancia, sobre el hecho de poder reconocernos como un yo. Pues si hay un yo, hay un afuera. Incluso nuestro cuerpo está, en cierto sentido, frente a nosotros. De lo contrario, ni siquiera podríamos intentar mejorar nuestro aspecto.
Ahora bien, precisamente porque se trata de una creencia que va con la visión —porque, aunque implícita, no deja de ser una creencia, un suponer que—, siempre cabe ponerla en cuestión. Esto es, de hecho, lo que hizo Descartes cuando se preguntó si podíamos estar absolutamente seguros de que hay un mundo exterior que se corresponda, al menos hasta cierto punto, con lo que vemos y tocamos. La pregunta, aun cuando sea poco razonable, tiene su qué, pues desde el punto de vista de la mera sensibilidad no hay diferencia entre el mundo real y uno virtual. En principio, cabe la posibilidad de que estemos dentro de una inmensa alucinación. Sin embargo, lo que no comprendió Descartes es que si hay mundo, no es porque lo veamos, sino porque en lo que vemos el carácter otro de lo real da un paso atrás, desaparece por decirlo así, en su mostrarse a una sensibilidad, en su aparecer o hacerse presente. Pero de esto hablamos en las próximas entregas.
acerca de lo que hay (1)
mayo 3, 2018 Comentarios desactivados en acerca de lo que hay (1)
Nadie discutirá que haya árboles, piedras o focas. Esto es, nadie discutirá que lo que hay es cuanto podemos ver y tocar, lo que aparece o se muestra a una sensibilidad. Sin embargo, supongamos que nos empequeñeciéramos hasta el punto de que tuviéramos la impresión de habitar en tierra de gigantes. ¿Seguirían habiendo árboles, piedras o focas? Sin duda, aunque enormes. Aquí tan solo habríamos cambiado de perspectiva, por decirlo así. Ahora bien, supongamos qué siguiéramos haciéndonos cada vez más pequeños hasta el punto de penetrar en la materia de cuanto tenemos delante. ¿Nuestra perspectiva sería otra? No estrictamente. Pues ya no veríamos ni árboles, ni piedras, ni focas. Todas estas cosas habrían desaparecido de nuestro campo de visión. De hecho, habríamos cambiado de mundo, pues vagaríamos por el interior de la materia como si esta fuera una variante del espacio interestelar. Los átomos serían algo así como estrellas o planetas dentro un cosmos prácticamente vacío. Evidentemente, porque habitaríamos el interior de la materia viniendo de otro mundo, tendríamos tan solo la impresión de que hemos cambiado de dimensión, pero no de mundo. Que en el mundo siguen habiendo árboles, mesas y focas, solo que no aparecen en la dimensión en la que tan solo hay átomos. Sin embargo, si hubiéramos nacido en esta otra dimensión, ni siquiera llegaríamos a imaginar la existencia de un mundo de árboles, mesas o focas. De hecho, si se nos preguntara qué hay probablemente diríamos que no hay más que puntos luminosos en medio de una inmensa oscuridad. Quizá sospecháramos de la existencia de otro mundo, pero no podríamos imaginar si quiera cómo podría ser. Los ácaros del polvo, pongamos por caso, quizá intuyan que hay un mundo superior (si es que son capaces de intuir algo). Pero solo podrían concebirlo análogamente al suyo. Como si el otro mundo fuera un mundo de superácaros o sin depredadores. De hecho, no pueden ver nada de nuestro mundo… en el que por otro lado están. No hay conexion entre los diferentes mundos posibles. Podemos ver los mundos que hay por debajo, como quien dice, pero no los que nos superan por entero, si es que los hubiera, aunque podemos sospechar que haberlos, haylos. Así, podríamos decir que hay una sola exterioridad —un único afuera—, pero unos cuantos mundos. Ahora bien, un mundo sin exterioridad es tan solo una alucinación de la mente. Pero una exterioridad sin mundo es un contenedor vacío. Por consiguiente, lo que hay siempre se da en la medida del sujeto de conocimiento —dentro del esquema de una determinada sensibilidad—. En tanto que no aparece, mejor dicho, en tanto que no puede aparecer, lo que queda fuera de esa medida o marco, sencillamente, no es. Pues cuanto es aparece de un modo u otro. No cabe que algo sea sin que pudiera ser de algún modo constatado, aunque sea indirectamente. Y, sin embargo, aun cuando no haya árboles para los ácaros, los hay para nosotros. Puede que haya más de cuanto podemos ver y tocar. Pero no para el hombre. Con todo, quizá deberíamos decir que solo es en verdad lo que queda fuera de esa medida y que por eso mismo se nos presenta como lo absolutamente otro, como el resto invisible de lo visible. Aunque no sepamos qué es o pueda ser en sí mismo, esto es, al margen de su mostrarse o aparecer, si es que se trata de algo que pueda ser en sí mismo. Pues lo que es no es tan solo lo que se muestra a una sensibilidad, sino lo que se muestra como algo en verdad otro. Algo real es algo otro que se hace presente. Pero lo cierto es que en su hacerse presente lo que se sustrae a la presencia es, precisamente, su carácter de algo enteramente otro. Pero de esto hablamos en las próximas entradas de esta serie.
códigos
mayo 2, 2018 Comentarios desactivados en códigos
8765c557w: imposible de descifrar, si no sabes inglés (ni tampoco de procesadores de texto). Algo parecido ocurre con el «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre» y variantes. Aunque en este caso no tenga que ver con el inglés.
de canes
mayo 1, 2018 Comentarios desactivados en de canes
Que muchos prefieran a sus perros que a sus hermanos ya es de por sí el síntoma de que la alteridad, como tal, es tan fascinante como apenas soportable. Un perro nunca nos sacará del quicio del hogar.
farmacología
abril 30, 2018 Comentarios desactivados en farmacología
Decía Pascal que todo hombre busca la felicidad, incluso los que se ahorcan. De acuerdo. Y aquí se entiende por felicidad un estado de gracia. Sin embargo, ¿aceptaríamos tomar la píldora de la felicidad, si la hubiera? No lo tengo tan claro. Como si uno, al fin y al cabo, tan solo pudiera ser feliz no ya en la felicidad, sino en la búsqueda de la felicidad. En realidad, díficilmente podríamos soportar una dicha eterna. Ahora bien, quizá la cuestión definitiva sea si deberíamos moralmente tomar dicha píldora. Pues ¿acaso no supondría ser felices con independencia de si al mundo le va bien o mal? Ser feliz sobre la pira de cadáveres de los Treblinka de la Historia no parece que sea algo a lo que debamos aspirar. Pues sería monstruoso que un sirio, pongamos por caso, nos dijera que él vive una vida dichosa, a pesar de que sus hermanos murieran gaseados en el último ataque. Como si Séneca tuviera la solución.
un mundo feliz
abril 29, 2018 Comentarios desactivados en un mundo feliz
Desde un punto de vista general, tants caps, tants barrets. O como suele también decirse, todo depende del cristal con que se mira. Que veamos las cosas que nos traemos entre manos de un modo u otro depende de cómo nos las tomemos. Y esto, en definitiva, no deja de ser un asunto relativo al carácter. Sin embargo, lo que queda al margen de la psicología es el horror, las fosas comunes de la Historia. Auschwitz es el abismo que ningún punto de vista puede integrar sin devaluarlo. El olor de los hornos crematorios nos saca del quicio del hogar. De hecho, ya no puede haber hogar para quien ha inspirado dicho olor. Nadie puede evitar tener que responder al rostro desencajado de los muertos a causa de nuestra impiedad. Nadie, salvo que sea un psicópata. Y en un mundo de psicópatas, ciertamente la bondad del último hombre sería una debilidad, por no decir, una enfermedad. No es casual que el psicópata se nos muestre como la encarnación de Satán. Ahora bien, frente a Satán solo podemos esperar la intervención de Dios. Es posible que nuestra actual insustancialidad obedezca al hecho de que Auschwitz y sus variantes se hayan convertido en un espectáculo capaz de conmovernos, pero no ya de acusarnos. Como si el mal fuera tan solo debido a nuestro error.
the last Jedi
abril 28, 2018 Comentarios desactivados en the last Jedi
Cada vez me parece más claro que la saga de Star Wars es el destilado de la religión moderna. En el fondo, se halla la fuerza. Y la fuerza posee dos lados, el luminoso y el oscuro. Los hombres y las mujeres nos situamos ante el dilema de elegir en qué lado vamos a estar. El Jedi no posee la fuerza, sino que se deja poseer por ella. Tan solo es cuestión de saber de qué va el juego, de no caer en la tentación de la hybris. «No vences a la oscuridad enfrentándote a ella con sus armas, sino protegiendo lo que amas» dice uno de los personajes secundarios de la última entrega. Y esto está muy bien. Pero en cualquier caso, el orden es equilibrio. Todo se halla conectado. El error es la desmesura. El lado oscuro nace de la desproporción. Como en el antiguo paganismo. Nada que el sujeto de hoy en día no pueda aceptar, siempre y cuando posea una mínima inquietud por ir más allá de las ofertas del super. Sin embargo, aquí no hay propiamente tragedia. Hay muertos, sin duda, pero no víctimas. Los muertos son estiércol. Literalmente. Abono sobre el que emergerán nuevos brotes verdes. Hay que partir de aquí —de la religión razonable— para comprender la novedad bíblica. Pues bíblicamente, no se trata solo de formar parte. Hay algo roto en el mundo. Mejor dicho, el mundo como tal es ruptura. Y por eso mismo, el hombre se encuentra en el mundo como el arrancado, como el que fue arrojado en tierra extraña. Quienes mueren a manos del Imperio no son únicamente muertos, sino también —y sobre todo— víctimas. Hay algo de irreparable en su haber muerto antes de tiempo. El punto de partida de la fe bíblica no es tanto el asombro como el escándalo. El cuerpo inerte de las víctimas no solo nos entristece, sino que también nos acusa. Estamos en deuda. Las víctimas deben regresar, al menos para que puedan perdonarnos nuestra indiferencia. Algo tan imposible como cierto. De ahí que la pregunta sea qué vida pueden esperar aquellos a los que se les arrancó la vida injustamente. No es suficiente con decir que su muerte no será estéril —que gracias a su sacrificio nacerá una flor—. Se trata de una pregunta que no podemos responder desde lo que cabe asumir razonablemente. De hecho, apunta a lo increíble, a lo que en modo alguno podemos comprender como una posibilidad del mundo. Ante las piras de cadáveres de Treblinka la espiritualidad del todo es uno se revela como una impostura. En realidad, el todo es el no-todo para quien ha sufrido la impiedad del verdugo. Quien forma parte del todo confía en la victoria del lado luminoso. No así el creyente. El creyente permanece a la espera de un reset cósmico, por decirlo así, reset que, sin embargo, no esta enteramente en sus manos. Basta con ver cualquier capítulo del Decálogo de Kieslowski para saber qué separa el cristianismo del neopaganismo de Star Wars. Con todo, es improbable que el cine de Kieslowski arrase en taquilla.
meditaciones cartesianas 14
abril 27, 2018 Comentarios desactivados en meditaciones cartesianas 14
Si Descartes pudo sospechar de la realidad de un mundo exterior es porque partió de lo que, retóricamente, terminó presentando como conclusión del ejercicio metódico de la duda. Esto es, el cogito solo puede imponerse como primera verdad donde partimos implícitamente del cogito. Pues la duda radical únicamente cabe plantearla donde el punto de partida no es la pregunta por el acontecer —qué supone que algo sea—, sino la pregunta por la verdad de mis representaciones o ideas sobre el mundo. Esto es, la duda como actitud fundamental solo es posible donde el cogito es el centro de la experiencia del mundo. Para el cogito la verdad es necesariamente la adecuación entre lo que se tiene en mente y los hechos. Y si partimos de lo que tenemos en mente no hay modo de alcanzar el carácter otro de lo real. Ahora bien, esto es lo mismo que decir que nuestra relación con la alteridad propia de lo real se sostiene en último término sobre una suposición, sobre la creencia. Vemos lo que vemos, dando por sentado que se corresponde, de algún modo, con algo fuera de la mente. Pero siempre cabe la posibilidad, al menos desde el punto de vista de la reflexión radical, de que este dar por sentado sea un error. Podría ser que cuanto tenemos en mente tan solo estuviera en nuestra mente. Podría ser que el yo permaneciera en el seno de una inmensa alucinación. Cualquier criterio que pretenda garantizar la adecuación entre idea y mundo no deja de ser, al fin y al cabo, una representación. Y por eso mismo, siempre cabe poner en cuestión el criterio. Ningún criterio logra evitar la pregunta por su fiabilidad. Sin embargo, la sospecha no tiene sentido donde partimos de la concepción más originaria de la verdad, a saber, aquella en la que la verdad es lo que en verdad tiene lugar o acontece. Pues, por poco que reflexionemos sobre la estructura del acontecimiento, caeremos en la cuenta de que en el momento que algo otro se hace presente a una sensibilidad —en el momento que es o aparece—, su alteridad tot court desaparece del campo de visión. Algo (o alguien) enteramente otro se da en tanto que, en sí mismo, no se da, salvo como lo que tuvo que perderse de vista en su hacerse visible. De ahí que, aun cuando haya alucinación, haya realidad. Pues la desaparición del carácter otro de lo real es la condición de su aparición. La naturaleza literalmente absoluta de lo real tiene que desaparecer en su aparecer o mostrarse. La exterioridad de lo real es lo que ha dado un paso atrás en su hacerse presente a una receptividad. En cualquier caso, la alucinación afecta al mundo, no al carácter radicalmente otro de lo real. Tenía razón Platón al decir, aunque no con estas palabras, que lo real es el resto invisible de lo visible. Que si vemos algo es porque hay algo que no vemos en lo que vemos. Y lo que no vemos —lo que solo admite un reconocimiento— es precisamente lo que acontece, lo que es. Podríamos decir que si Descartes pudo ejercer metódicamente la duda —si colocó la duda como principio del pensar en lugar del asombro— es porque le faltó el sentido dialéctico de Platón. Descartes no tuvo en cuenta el doble sentido de la apariencia. Pues, efectivamente, la apariencia supone de algún modo una falsificación —una deformación— de lo real. Al menos porque lo real siempre se muestra en relación con un punto de vista y, por eso mismo, relativamente o hasta cierto punto. Si decimos de un cuerpo que parece bello es porque no termina de serlo. Pero esto es así porque, en definitiva, en la apariencia se muestra —aparece— lo real. Lo que aparece en un cuerpo bello, aunque solo en cierta medida, es, precisamente, la belleza. De ahí que Platón dijera que lo real, en cualquier caso, trasciende el plano de lo visible. Puede que Platón —o mejor dicho, el platonismo— se equivocara al afirmar que lo real se encontraba en otro mundo, como si lo real pudiera ser con independencia de su modo de aparecer en lo tangible. Pues lo otro de lo real tan solo es en su continuo diferir de cuanto podemos ver y tocar. Pero una cosa no quita la otra.
un símbolo entre otros
abril 26, 2018 Comentarios desactivados en un símbolo entre otros
Si Jesús fue un símbolo de Dios entre otros, entonces la cruz no revela nada acerca de Dios. Dios seguiría siendo ese ente paradigmático —o, si se prefiere, ese poder amable— del que podemos participar en mayor o menor medida y la cruz, únicamente, un mal final que podía haberse evitado. En modo alguno, podríamos reconocer a Jesús como el quien de Dios, con lo que ello supone con respecto a el ser de Dios. Pues, si Jesús es el quien de Dios —su modo de ser—, entonces Dios no es, en sí mismo, nadie al margen de su reconocerse en Jesús. El yo del Hijo es el Padre. Pero el Padre no es más que un clamor antes de la entrega incondicional del Hijo. De hecho, para terminar diciendo que Jesús, como tantos otros, ilustra la bondad de Dios, no hacen falta las alforjas de la cruz.
nietzscheanas 49
abril 25, 2018 Comentarios desactivados en nietzscheanas 49
La verdad es metáfora, decia Nietzcshe, un esto como aquello. Mejor dicho, como si fuera aquello. Y efectivamente hay mucha lucidez en el diagnóstico. Pues decir es juzgar. Nada de cuanto nos traemos entre manos se nos da como algo químicamente puro. Lo que nos atrae poderosamente, también nos destruye. El amor puede incluso ahogarnos. El fondo que subyace a las palabras no es algo que quepa designar. Todo es continuo cambio, un eterno fluir, una oscilación. Algo de esto intuyeron quienes, en la Antigüedad, dijeron que la metamorfosis es la única ley. Incluso los dioses se transformaban. Sin embargo, el hombre necesita afirmar, una tierra en la que arraigar. El decir decanta la mezcla. Como clavar la mariposa en el corcho con un alfiler. O como el juez que dicta sentencia. Al proclamar la inocencia del hombre bueno, pongamos por caso, dejamos a un lado el fondo oscuro de su alma, el cual, sin duda, también se encuentra ahí. De este modo, estimar es desestimar (y viceversa). En última instancia, nuestro compromiso con la verdad es el síntoma de nuestra necesidad. Necesitamos decirnos quelas cosas son tal y como nos las decimos. Pero la designación, mejor dicho, la suposición metafísica que la sostiene, enmascara que en la designación —en el decir esto es así o asá— no hay más que un ojalá sea así. La esperanza —Nietzsche diría la fantasía— se encuentra enquistada en la constatación del presente. En cualquier caso, creer que el lenguaje es al fin y al cabo un invento del poeta confirma nuestro nihilismo epocal: nada por debajo de nuestras palabras (y menos si son grandes). Con todo, si Nietzsche pudo decir lo que dijo con respecto a la verdad es porque no hay, para Nietzsche, alteridad que valga, nada o nadie en verdad otro. Pues la verdad, antes que representación —antes que ficción— es el tener lugar de lo otro. Ahora bien, nada otro —o mejor dicho, nadie otro— tiene lugar sin desaparecer como tal, esto es, como eso —o aquel— que da un paso atrás en su aparecer o hacerse presente. El otro es el resto invisible de lo visible. Esto, sencillamente, es así. De ahí que la promesa que anida en el lenguaje no sea un simple desideratum de quien se encuentra arrojado al mundo, sino el reflejo de que hay presente porque el enteramente otro retrocedió en su hacerse presente. La verdad es acontecimiento. Y nada acontece sin que, en sí mismo, no acontezca, salvo como esa alteridad que perdimos de vista, precisamente, en su ofrecerse a una sensibilidad. Nada es en el presente. Pero de ello no se desprende que nada sea. Al contrario. El otro, en el presente, se revela como el ausente. Si la verdad ha llegado a ser el juicio del poeta es porque hace tiempo que dejamos de comprender que cuanto es tan solo puede dársenos como ese continuo diferir de lo visible y, por eso mismo, como un eterno porvenir o, si se prefiere, como la posibilidad de la extinción. Cuando menos, porque la irrupción del otro como tal suspende la sucesión de los días.
in-quietud
abril 25, 2018 Comentarios desactivados en in-quietud
El hombre anhela la paz eterna, la quietud del alma, el descanso. Así, nos venden las playas de Acapulco: como un tiempo sin tiempo. Sin embargo, ¿puede un hombre dejar de buscar? ¿Acaso la existencia no supone que nunca terminamos de encontrarnos en donde estamos? El yo no acepta que el todo sea todo lo que hay. Tiene que haber más. Pero ese más no es un lugar, sino un no-lugar, literalmente, un utopía, una continua impugnación de la totalidad. La quietud, tarde o temprano, conduce al hastío. Una novela de la felicidad no interesaría a nadie. De ahí que nos baste el reposo, la tregua, la liberación, pero no el Paraíso. Por amor al hombre, Dios en los cielos debería permanecer en la trastienda. De lo contrario, el cielo no supondría ninguna salvación.
la imaginación perdida
abril 23, 2018 Comentarios desactivados en la imaginación perdida
Hay quien, hoy en día, habita la vieja casa de Amon Goeth, el nazi que cada mañana y desde su ventana disparaba por diversión a los judíos del gueto de Varsovia. ¿Cómo es posible? ¿Quién puede vivir en la casa del horror? Espontáneamente, suponemos que nadie debería vivir ahí. Pero ya no creemos en fantasmas. Tan solo supersticiosamente podemos creer que la casa está encantada. Y, sin embargo, lo está. Aunque los fantasmas no existan. Es como si la verdad modernamente se hubiera quedado sin su apoyo sensible. Como si ya no pudiéramos incorporar la verdad que importa. Pues incorporar es hacer cuerpo. Antiguamente, al dar por descontado que el mundo se hallaba poblado espíritus, lo tenían más fácil. Bastaba con decir que la casa aún conservaba el espíritu de los muertos. Pues los conservaba en realidad, aun cuando de hecho no fuera así. La casa de Amon Goeth era, ciertamente, algo más que una casa.
icono
abril 22, 2018 Comentarios desactivados en icono
Hay dos modos por los que el otro puede aparecer. O como lo que no aparece en cuanto aparece —como el resto invisible de lo invisible— o como icono —como cuerpo intocable—. En el primer caso, la alteridad se hace presente como la presencia de una ausencia. Y ello es lo que constatamos desde nuestro lado, al menos porque, como arrojados al mundo, el otro es, precisamente, lo que encontramos a faltar como tal. Nunca negociamos con el otro avant la lettre, sino con su imagen o aspecto. Por defecto, siempre tratamos con lo que del otro podemos asimilar. Su alteridad se da, en cualquier caso, por supuesta (y, por eso mismo, permanece oculta por debajo de lo que cabe ingerir del otro). Donde la alteridad se revela como lo pendiente de cuanto es en el mundo, todo termina siendo objeto de manipulación. De ahí que el otro aparezca en su plenitud como el cuerpo que permanece a distancia del trato y, en última instancia, del tacto. El enteramente otro solo puede aparecer como cuerpo sagrado. Y es por eso que nuestra relación con la aparición no se decida desde nuestro lado. El otro nos mira antes de que podamos mirarlo. La alteridad es sencillamente lo intocable del otro, un eterno más allá dentro del mundo. Ahora bien, el carácter icónico del otro únicamente se nos revela desde el horizonte de la nada o, en clave cristiana, del silencio de Dios. En la aparición, la nada queda vaciada de alteridad. No es casual que, cristianamente, digamos que Dios se hizo presente por entero en la cruz. El crucificado es el rostro de Dios. No hay otro icono de Dios que el cuerpo que cuelga del madero en nombre de Dios. Y esto no es lo mismo que decir que Dios es el mar al que todos los ríos van a parar. A menos que ese mar esté lleno de pateras.
nietzscheanas 48
abril 21, 2018 Comentarios desactivados en nietzscheanas 48
Según Nietzsche, sentido y valor van de la mano. De ahí que la muerte de Dios afecte tanto a uno como a otro. Por defecto, creemos que cuanto nos traemos entre manos tiene sentido, si encarna lo que vale en verdad, lo que permanece al margen de la erosión. Y lo que vale en verdad se encuentra, en principio, por encima de nuestras cabezas, más allá de las medias tintas de lo que tan solo sucede. Desde esta óptica, un sentido no deja de ser un encaje. Así, decimos que las piezas de un puzle adquieren un sentido cuando encajan en lo que debe ser, el modelo, el paradigma. Ahora bien, no tengo claro que pueda haber un sentido para el yo. A diferencia de las focas o las piedras, un yo existe, esto es, se halla desencajado del sí mismo con el que por otra parte se identifica (aunque, por eso mismo, pueda de hecho identificarse). Las focas o las piedras no existen. Son. Así, supongamos que el sentido de nuestra existencia consistiera en limpiar nuestras almas para que, una vez purificadas, pudiéramos acceder a la otra dimensión. Como el feto tiene que madurar para nacer. Probablemente, si siguiéramos siendo un yo —y deberíamos seguir siéndolo, si es que la otra vida constituye un sentido para nosotros—, difícilmente podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo. Un yo nunca se encuentra a sí mismo en donde está. No hay mundo que valga para quien existe. Para el yo, un todo es el aún no todo. O como decía Hegel, el yo no deja de ser una conciencia insatisfecha, alguien al que le falta en definitiva ser. El yo habita en la escisión. La totalidad, para el yo, inevitablemente limita con la nada. Y la nada supone la impugnación de las pretensiones de la totalidad. Sin embargo, de ahí no se desprende que no pueda haber valor para el yo. Al contrario. Precisamente, porque no hay sentido que pueda valer para el hombre, la vida se carga con el valor de lo extraordinario, en última instancia, del don. La vida nos ha sido dada desde el horizonte de la nada y, por eso mismo, posee el aura de lo sagrado, del milagro. El valor de lo sagrado, al fin y al cabo, de lo enteramente otro se halla fuera del mundo, de cualquier mundo, incluso del sobrenatural (si es que lo hubiera). Pues un mundo es el ámbito de lo que admite un trato, y nada sagrado —nada en verdad otro— lo admite. Hay demasiado saber en el sentido de tot plegat como para que pueda sobrevivir el halo de la alteridad. Vivimos en un estado de excepción. Y el saber, aun cuando sea hipotético, en tanto que supone situar nuestra existencia dentro del marco de lo general, suprime el carácter excepcional del milagro. En última instancia, suprime la alteridad. Pues un saber siempre reduce el carácter otro de cuanto aparece a los límites del lecho de Procusto que es, en definitiva, el sujeto del saber. La alteridad es, por definición, el resto invisible de lo visible, lo que necesariamente queda fuera de lo que llegamos a ver del otro. La alteridad no encaja en ningún saber o sentido. Nos equivocamos, pues, donde creemos que la existencia se sostiene sobre el sentido de la totalidad. No hay otro sostén que el milagro. Y donde hay milagro seguimos con las manos vacías. De ahí que, como hombres y mujeres, no podamos hacer mucho más que intentar preservar de la degeneración la vida que nos ha sido dada —la nuestra y la de nuestros prójimos— en el mientras tanto del presente. El origen del mandato al que nos encontramos sujetos como humanos no es, por consiguiente, el resentimiento, sino la nada sobre la que se erige la excepción. El resentimiento quizá pueda explicar una psicología moral, pero en modo alguno justificar el tener que guardar el carácter sagrado de la vida de, pongamos por caso, nuestros hijos. Ciertamente, sin alteridad el deber no deja de ser una reacción. Y la psicología es lo que nos queda donde no hay alteridad que valga. Pero si hay alteridad —que la hay—, entonces el deber es un tener que responder. Tan solo es cuestión de caer en la cuenta, más allá de los sucios motivos que puedan impulsarnos inicialmente a obedecer al imperativo del sacerdote ejemplar.
el barón de Munchausen
abril 21, 2018 Comentarios desactivados en el barón de Munchausen
No es posible salir de uno mismo sin la irrupción del otro, ese genuino más allá. Tan solo el alien no saca fuera de quicio —del mundo virtual en el que se halla la mismidad—. Intentarlo desde uno mismo sería caer en el ridículo. Como aquel barón que quiso salir del lago en el que se había hundido tirando de sus cabellos. Quizá el único modo sea situándonos en la posición teórica del espectador. Pero no sin pagar el precio de una fuga mundi. Pues desde dicha óptica todo es espectáculo. Incluso el horror.
lo inefable
abril 21, 2018 Comentarios desactivados en lo inefable
Hace unos cuarenta años, Karl Rahner, a propósito de nuestra tendencia a prescindir de Dios en nombre del misterio, dijo lo siguiente: muchos consideran que podemos adorar lo inefable en silencio, mientras que parecería una falta de educación señalar tal o cual realidad y decir: Dios está ahí. Es obvio que para el cristianismo, en cuanto religión históricamente revelada, esta tendencia constituye una amenaza terrible. Difícil llevarle la contraria, si sabemos, cuando menos, de qué estamos hablando cuando hablamos del Dios cristiano. Pues, como dijera Lutero, un cristiano es quien, ante el que cuelga de un madero como un apestado de Dios, confiesa, precisamente, que ese resto de hombre es Dios.
terminus
abril 20, 2018 Comentarios desactivados en terminus
Para Atenas, todo termina donde el cielo cae sobre nuestras cabezas. Nada humano sobrevive a la catástrofe. La catástrofe, sencillamente, nos deshumaniza. En cambio, desde Jerusalén, todo comienza con el fin del mundo. Pues allí donde acaba el mundo, se decide el ser o no ser del hombre, su respuesta a la voz que, desde el más allá de la mismidad, nos invoca a la fraternidad. Pues la ciudad, el logro del hombre, es el lugar de la escisión. En tanto que separados de esa voz, nos hallamos separados del otro y, por consiguiente, de nosotros mismos. Y no es posible escucharla dentro de los gruesos muros de la ciudad. Las murallas de Jericó tuvieron que caer para que pudiera entrar el pueblo de Dios.
latinajos
abril 19, 2018 Comentarios desactivados en latinajos
Quizá el problema de la transmisión de la fe hoy en día sea que seguimos hablando en latín, una lengua que ya nadie usa, una lengua muerta. Ciertamente, esto tiene que ver con la lengua. Pero no solo. También con el hecho de que ya no sabemos latín. Algo perdimos por el camino donde nos convertimos en quienes somos, hombres y mujeres incapaces de comprender el significado de una expresión como alter ego.
la edad secular
abril 18, 2018 Comentarios desactivados en la edad secular
[La crisis religiosa de la modernidad no consiste] simplemente en la incapacidad de creer en algunas cosas con respecto a Dios y que, sin embargo, eran creídas por nuestros antepasados, sino más bien en la incapacidad de experimentar sus mismas emociones con respecto a Dios y con respecto al hombre».
TS Eliot
el lugar del padre
abril 17, 2018 Comentarios desactivados en el lugar del padre
El corte cultural entre la Antigüedad y los tiempos modernos tiene que ver, sobre todo, con cómo entendemos esto de la naturaleza de las cosas. Desde la óptica de la primera, un padre es un padre y por eso ocupa el lugar que ocupa. En cambio, en la Modernidad el padre se muestra como tal solo por el lugar que ocupa. El lugar hace al padre. En este sentido, la Modernidad es lamarckiana: la función crea el órgano. No es causal que Duchamp desplazase definitivamente al arte figurativo. No hay nada qué representar. Hasta un urinario puede ser bello, si lo colocamos en la sala de exposiciones (con la correspondiente prohibición de tocarlo, por supuesto). Así, en vez de icono, fuente. De hecho, cuando el arte contemporáneo pretende ser realista no consigue más que representar naturalezas muertas, incluso donde pinta a humanos. Los hombres y mujeres de los cuadros de Antonio López o Edward Hopper no tienen alma. O mejor dicho, son personajes que han caído en la cuenta de que el territorio del alma está hueco. Y no la tienen porque están solos. No hay otro que pueda ocupar el espacio interior. En último término, y volviendo al asunto del padre, podríamos decir que si modernamente el lugar hace al padre es porque el lugar —un lugar vacío, por otra parte— es el padre. El algoritmo —la función— ha sustituido al paradigma. Un padre es el que ocupa el lugar del padre y, por consiguiente, cumple con su papel. De ahí que nos sintamos fácilmente inclinados a decir que el arte de Duchamp es el arte cristiano por antonomasia. Pues, si el crucificado —el urinario en el que se mearon sus verdugos— es proclamado como Dios es porque ocupa el lugar vacante de Dios. Sin embargo, sería definitivamente así, si Dios no fuera un yo que no es nadie sin la entrega incondicional del enviado —si el crucificado no tuviera a su yo fuera de sí—. Quizá el problema fundamental del hombre moderno —su enfermedad— sea que ignora que la genuina alteridad es invisible, un eterno diferir del sí mismo, del cuerpo con el que, al fin y al cabo, negociamos.
he is a little thick
abril 15, 2018 Comentarios desactivados en he is a little thick
Nunca sabemos de qué seríamos capaces si cambiase nuestra circunstancia. Hay una bestia en cada uno de nosotros. La bestia es el otro que hay en mí. ¿También el ángel? Tenía razón Pascal cuando decía que nos hallamos entre la una y el otro. En cualquier caso, creemos que tenemos que dominar la bestia y esto tiene mucho que ver con no darle de comer. Sin embargo, la cuestión quizá sea en nombre de qué o, mejor dicho, de quién. Es lo que tiene vivir en tierra de nadie como los arrancados. Así, no dejamos de ser, al fin y al cabo, nuestra apuesta, nuestra adhesión a aquel que se encuentra en el afuera. Se trate del ángel o de la bestia.
los inocentes
abril 14, 2018 Comentarios desactivados en los inocentes
Hablar es juzgar antes de tiempo. Quien dice esto es así se decanta, aunque no lo sepa, por una de las opciones disponibles. Pues nada acaba de ser lo que decimos que es. Todo es mezcla —todo se halla atravesado de una esencial ambigüedad—. Si no nos lo parece es porque nos hallamos sometidos al espejismo del dato, a la necesidad de un anclaje en el mundo. De ahí que nuestras afirmaciones sobre cuanto es se encuentren comprometidas con lo que, desde nuestra expectativa, debe ser. Es como si en el fondo dijéramos ojalá las cosas fueran tal y como las decimos. No hay hecho que no sea incierto.
Sin embargo, nuestro compromiso con lo que debe ser determina quienes somos. Fácilmente podemos constatar que, desde la óptica del tiempo histórico, incluso los genocidios tienen su fecundidad. Como dejó escrito Walter Benjamin, por debajo de los grandes documentos de la cultura, se amontonan los cadáveres. Pero no es lo mismo aceptarlo sub specie aeternitatis que sostener que el exterminio es lo que en absoluto podemos admitir. Aquí no es posible permanecer en la ambigüedad que subyace a nuestros juicios sin deshumanizarnos. Sencillamente, nuestro ser o no ser depende de nuestro compromiso incondicional con la imposibilidad moral del exterminio y, en definitiva, con nuestra oposición a las leyes de la Historia. Ahora bien, precisamente porque dichas leyes son como la ley de la gravedad, quienes se alinean con las víctimas tienen las de perder. De ahí que la última palabra no la puedan pronunciar los inocentes. O la pronuncia el verdugo, o la pronuncia un Dios a favor de quienes murieron injustamente antes de tiempo. Sin embargo, Dios no es aquel que podamos dar por descontado. No es casual que, bíblicamente, la fe sea la fe en un Dios que es en tanto que debe ser en nombre de una vida que se nos dio desde el horizonte de la nada. La fe nunca fue un saber, ni siquiera hipotético.
esse est percipi
abril 13, 2018 Comentarios desactivados en esse est percipi
Quizá podamos entender fácilmente la distancia que nos separa del hombre de la Antigüedad, si tenemos en cuenta que él nunca hubiera dicho lo del obispo Berkeley, a saber, ser es ser percibido (esse est percipi). Para el hombre moderno no es posible cruzar el velo de las apariencias salvo con otra apariencia que, se supone, es más profunda. Desde esta óptica no podemos distinguir propiamente entre el mundo y un mundo virtual. O lo que viene a ser lo mismo, no cabe certeza apodíctica acerca de una realidad exterior a la conciencia. En cualquier caso, lo damos por descontado. Al fin y al cabo que nuestros contenidos mentales acerca del mundo respondan de algún modo a un afuera no deja de ser una suposición, una creencia implícita. El mundo es una representación del mundo, de tal manera que lo que no cabe en nuestros esquemas mentales, sencillamente, no es. Como es sabido, Berkeley salvaba la objeción de que bien pudiera haber un mundo que escapara a dichos esquemas apelando a la percepción de un Dios omnisciente. Lo que no vemos nosotros, lo ve Dios (y por tanto es). Pero ello, al fin y al cabo, exige un espectador que se ubique, por decirlo así, fuera de los mundos, lo cual ya nos da a entender de paso que la única trascendencia es la de yo. Cuando menos, porque el yo que se pregunta hasta qué punto hay una exterioridad, por eso mismo, se encuentra como quien dice más allá de sus representaciones de la exterioridad. El hombre antiguo, en cambio, nunca se hubiera atrevido a afirmar esto último. Para él ser es aparecer y no simplemente parecer. Lo real es eso otro que se muestra —que se hace presente, aparece— a una sensibilidad. Ciertamente, en su hacerse presente deja por el camino su carácter absoluto —su en sí, su extrema alteridad o extrañeza, su misterio— y, por consiguiente, se hace relativo a la situación de quien lo percibe. Cuanto es percibido es percibido siempre desde un punto de vista y, así, relativamente. Pero este paso atrás de lo enteramente otro no niega su realidad. Al contrario, la afirma. Para Berkeley y compañía no está claro que haya alteridad (el recurso del obispo de Cloyne a Dios no deja de ser, precisamente, un recurso, la proyección figurativa de la omnisciencia del yo). En cambio, para el hombre de la Antigüedad lo claro —lo indiscutible— es un hallarse expuesto al lo que es en verdad otro. Aun cuando no sepamos en qué pueda consistir en sí mismo, si es que posee alguna consistencia al margen de la propia de lo negativo. Pues la apariencia no es posible sin que de algún modo desaparezca en su aparecer lo que aparece.
Anselmo y Tomás
abril 12, 2018 Comentarios desactivados en Anselmo y Tomás
Tomás, como es sabido, fue de los que dicen si no lo veo, no lo creo. Lógico, al menos para nosotros. Anselmo, en cambio, se situó en la orilla opuesta: credo ut intelligam (creo para entender). Y esto nos parece hoy en día un tanto talibán. Por no hablar del credo quia absurdum (creo porque es absurdo) de Tertuliano. Aunque quizá deberíamos añadir, por poco que sepamos de la teología de Tertuliano, que no solo porque sea absurdo. No obstante, lo que revela el contraste entre ambas posiciones no es tanto una diferente valoración de la creencia, sino qué tipo de sujeto hay detrás. En el primer caso —al fin y al cabo, el nuestro— es un yo que de entrada se enfrenta a sus ideas acerca del mundo. Desde su punto de vista, lo primero no es un hallarse ante el exceso de lo real, sino ante la representación mental de dicho exceso. De ahí que su pregunta sea cómo sé que lo que pienso es verdad. Aquí el sujeto no parte del asombro, sino de la sospecha. Por tanto, lo primero no es el carácter otro de lo real —su insobornable alteridad—, sino el yo. Por contra, el prius de Anselmo es el hecho mismo de existir, su condición de arrojado al mundo. Y es que existir es ex-sistir, esto es, vivir desplazado del hard-core de lo real. De ahí que el punto de partida sea un encontrarse expuesto a una exterioridad que no sabemos a ciencia cierta en qué consiste. En el caso de Tomás, la verdad exige una prueba. Pues aquí la verdad es antes que nada adecuación entre lo que tenemos en mente y los hechos, adecuación que por lo común apela al criterio de lo empírico. En el de Anselmo, la verdad, en cambio, pide un reconocimiento inicial. Pues la verdad, desde su óptica, es un tener lugar, un acontecer. Y lo cierto es que nada acontece sin que, en su mostrarse a una sensibilidad, no dé un paso atrás como aquello (o aquel) enteramente otro. La alteridad de lo real siempre fue aquello invisible de lo visible.
ebionitas
abril 11, 2018 Comentarios desactivados en ebionitas
Los ebionitas fueron, en los primeros tiempos del cristianismo, aquellos que creyeron que Jesús era un hombre de Dios, pero en modo alguno Dios. Los ebionitas —del hebreo ebion que significa pobre— estaban convencidos de que lo que se trataba es de seguir el ejemplo de Jesús, de llevar una vida austera y de cuidar de los miembros más pobres de la comunidad. Muy razonable, sin duda. Aunque también admirable. Sin embargo, Ireneo defendió, frente a la herejía ebionita, que si Jesús siendo hombre no era, en cierto sentido, Dios, entonces no hay propiamente redención. O Jesús es el quien de Dios, o no hay salvación, sino a lo sumo una nueva (o no tan nueva) instrucción moral. Pues tan solo el perdón de Dios —del Dios que no es nadie sin su identificación con un crucificado— puede rescatarnos de nuestro hallarnos en manos del poder de la muerte. En cualquier caso, la ley, por sí sola, no salva. Esto es, no nos liberamos de nuestra condición de culpables —de nuestro tener que matar al otro, aunque tan solo sea a través de nuestra indiferencia— por medio de nuestro esfuerzo moral. Sin embargo, hoy en día tendríamos serias dificultades si tuvieramos que decir de qué nos salva Dios. De hecho, tampoco creemos espontáneamente que tenga que salvarnos. No es casual que actualmente el cristianismo, sobre todo el de las canchas progresistas, sea una variante del viejo cristianismo ebionita, un cristianismo moral. Es como si, en la época en la que nuestra exposición a la desmesura de Dios no se da por descontada, el cristianismo solo pudiera sobrevivir como herejía. O ebionitas o docetas, siendo esta última la opción del cristianismo de corte conservador. Pues en las canchas tradicionalistas es fácil que Jesús se presente como el dios que se puso la careta del hombre para enseñarnos en camino de vuelta a casa.
spe
abril 10, 2018 Comentarios desactivados en spe
Quien tiene fe, tiene esperanza. Y quien tiene esperanza permanece a la espera. La cuestión no es, sin embargo, qué espera el creyente, sino a quién. Pues, el que no puede colmar la inquietud del hombre. Aquel que no cree —el nihilista—, no espera a nadie. El nihilista permanece dentro de los límites de lo tautológico: el todo es todo lo que hay, incluyendo aquí cualquier posible dimensión desconocida. Sin embargo, ante cualquier que realizado, siempre cabe preguntarse si acaso eso es todo. Y si podemos preguntárnoslo es porque, en el fondo, encontramos a faltar un quien, la alteridad que difiere de nuestras imágenes, al fin y al cabo, de cuanto podamos ingerir y, por consiguiente, excretar. Donde tan solo hay un que el todo aún no lo es todo. Pues como saben los amantes, el todo es inerte. Su encuentro es la excepción que constituye la norma del mundo. Y lo que define el encuentro no es tanto el mirar como el ser alcanzado por la mirada del otro. Cuanto pueda haber al margen de su haberse encontrado queda reducido a nada. El encuentro, debido precisamente a su carácter extra-ordinario, se sitúa más allá del todo. Como decía Rimbaud, en verdad estamos fuera del mundo. Dentro del mundo, todo es trato, más o menos amable, un anar fent. De ahí que el encuentro sea el non plus ultra de la existencia, un non plus ultra que, no obstante, se halla fuera de las fronteras del mundo. Y de ahí también que el lenguaje del encuentro no pueda ser prosaico. La prosa apunta a lo que podemos poseer y nadie posee a aquel con quien se encuentra. El encuentro es sencillamente lo sagrado o intocable, la genuina zarza ardiente, lo que debe ser preservado de la extinción. Ahora bien, si la esperanza del solitario —la esperanza de los muertos— es un quien, entonces no hay esperanza que dependa de lo que podamos hacer con nosotros mismos. Estamos en manos del otro, ciertamente. Aunque del mismo modo que el otro está en las nuestras, de nuestra respuesta a su ofrenda. Cuanto es siempre tuvo lugar entre dos. Atenas nunca supo de Jerusalén.
escombros
abril 9, 2018 Comentarios desactivados en escombros
Precisamente, porque con el paso de los días cualquier novedad termina convirtiéndose en material desechable, no debería extrañarnos que lo que se da inicialmente como promesa acabe revelándose como superstición. La cuestión es si esa revelación supone un mayor conocimiento o, por el contrario, un malentendido, aunque se vista con los oropeles de la iluminación.
subjectum
abril 8, 2018 Comentarios desactivados en subjectum
Quien no se plantea las preguntas últimas —quien cree que todo se reduce a cuanto es comestible— no podrá si quiera comprender los grandes textos que se enfrentan a ellas, el legado de quienes nos precedieron. Será, literalmente, un inculto, alguien incapaz de cultivarse a sí mismo —o, mejor dicho, de dejarse cultivar—. Y un inculto no deja de ser un idiotés, alguien que cree ingénuamente que el mundo comienza (y termina) con él. Un idiotés desprecia la herencia que ignora. La pedagogía hipermoderna —incluyendo aquí la de ciertas catequesis cristianas— se equivoca donde olvida que es el discípulo el que debe acercarse al maestro y no al revés (aun cuando, sin duda, el maestro deba tener en cuenta dónde se halla el discípulo). Todo aprendizaje comienza cuestionando la autosatisfacción de la infancia, si es que la hubo. No hay maestro que no sea un pro-vocador, aunque no solo un provocador. Pues, si la provocación del maestro no nos seduce de algún modo, entonces no hay maestría que valga. Como viera Platón, difícilmente podemos elevarnos, si no contamos con el apoyo de eros. De ahí que donde el maestro es reducido a mero instructor de procesos de aprendizaje autónomos, condenamos a nuestros hijos a una existencia sin densidad y, por consiguiente, sometida al dictado de lo impersonal.
lo primero no es lo primero
abril 7, 2018 Comentarios desactivados en lo primero no es lo primero
Israel dijo al pie del Sinaí, una vez Moisés le entregó la Ley, aquello de primero obedeceremos y luego comprenderemos. Y en ello hay mucha verdad, a pesar de hoy en día esto suene a talibán. Pues una pregunta que tarde o temprano deberíamos plantearnos es a qué o, mejor dicho, a quién obedece nuestra entera existencia. Al fin y al cabo, uno es en la fidelidad a un mandato. No hay otra libertad, otra integridad. La cuestión es a qué mandato —a qué voluntad—. La cuestión es, en definitiva, quién es tu padre. Y aquí el punto de partida es un acto de confianza, un acto de fe. Algo parecido podríamos decir con respecto a la verdad. Pues no llegamos primero a la verdad y luego la decimos, sino que primero la decimos, casi jugando con las palabras, dejándonos llevar por su lógica, y luego en todo caso intentamos interiorizarla. Aunque no lo logremos solo por nosotros mismos.
nietzscheanas 47
abril 6, 2018 Comentarios desactivados en nietzscheanas 47
Quienes saben que significó originariamente la palabra Dios, entienden que la relación del hombre con Dios es análoga a la que pueda mediar entre el hombre y el ácaro del polvo. Un ácaro ni siquiera puede concebir qué pueda ser nuestro mundo. Es verdad que, en el caso de que intuyera nuestra presencia, podría tomarnos por dioses. Pero se equivocaría. Aun cuando seamos superiores estamos lejos de ser inmortales. De ahí que la pregunta no es si existe Dios o no, sino en el caso de existir podría reconocerse a sí mismo como Dios. Pues que Dios sea Dios no depende de que a nosotros nos lo parezca. De hecho, Nietzsche no iba desencaminado cuando veía en el monoteísmo bíblico la raíz de nuestra actual dificultad con Dios. Pues lo cierto es que bíblicamente Dios no aparece como dios. En verdad, es el Dios que se echa en falta. Desde una óptica tópicamente religiosa, resulta desconcertante que los capaces de Dios sean, precisamente, los que no parece que cuenten para ningún dios, los desestimados por el mundo, los sin Dios. No parece, por consiguiente, que YWHW sea homologable a las divinidades tutelares del paganismo. La fe, a diferencia de la suposición religiosa, está a un paso del ateísmo. Ahora bien, si el creyente no cae en él es porque permanece a la espera de Dios, de su definitiva intervención, en última instancia, a la espera de la redención de Dios. De ahí que tan solo puedan encontrarse cabe Dios aquellos que, de tan hundidos en la miseria, no son mucho más que su invocación de Dios. Quienes aún confiamos en nuestra posibilidad no podemos honestamente creer. En cualquier caso, el lugar de Dios lo ocuparán aquellas imágenes de Dios que satisfacen nuestra necesidad de dios. Sin embargo, lo más desconcertante con respecto a este asunto no es lo anterior, sino la confesión que proclama que Dios se hace presente como aquel que fue crucificado en su nombre. Que la caída de Dios en la cruz —que Dios tenga el rostro desencajado del que murió como un apestado de Dios— no nos escandalice ya es de por sí el síntoma de lo alejados que estamos de comprender de qué hablamos cuando hablamos de un dios. Tenía razón Hegel cuando dijo que con el paso del tiempo la verdad termina siendo otra cosa. Por tanto, quizá no sea casual que nuestro fácil ateísmo, como viera Nietzsche, sea el producto lateral del cristianismo. Pues un Dios cuyo quien es un crucificado en su nombre no puede valer como un dios al uso. Una delgada línea une la muerte de Dios en la cruz con la contemporánea muerte de Dios. Sencillamente, un Dios no puede amar a los hombres —sacrificarse por ellos— sin dejar de ser un dios.
TS Eliot
abril 5, 2018 Comentarios desactivados en TS Eliot
Uno de los mejores versos de Eliot, o al menos uno de los más citados, es aquel con el que comienza La tierra baldía, abril es el mes más cruel. ¿Cómo es que nos conmueve? Quizá porque vemos que es sencillamente así, aunque no lo hubiéramos percibido hasta leer a Eliot. Ahora bien, el verso es verdadero, pero no antes de que Eliot se pusiera a escribirlo. Es como si el poeta se sacara de la chistera una verdad que, sin embargo, no podemos evitar reconocer como lo que el poeta simplemente descubre, como algo que siempre ha sido tal y como él nos lo cuenta. Más aún. Intuimos que abril es sin duda el mes más cruel, pero no sabríamos decir por qué. El verso eficaz no deja de ser una promesa de sentido, una palabra que, debido a su impenetrable belleza, reclama ser ensuciada con nuestro comentario. Pues, como el mismo Eliot dijera, no podemos soportar demasiada verdad, permanecer demasiado tiempo ante el secreto. Y lo insoportable es que la cosa sea-ahí, como lo que permanece afuera con independencia de nuestro interés. Sencillamente, lo otro tiene que morir —ser reducido— para quien ha sido arrojado a la existencia, arrancado de la materia. La palabra justa es como la rosa del Silesius: sin porqué. De ahí nuestra necesidad de fundamentarla, de destruirla con nuestras notas al pie.
No obstante, supongamos que Eliot hubiera escrito su verso porque se le murió el gato. ¿Lo leeríamos del mismo modo? Puede que no. En cualquier caso, lo cierto es que él no podría leerlo como quizá nosotros. Para Eliot, el gato siempre estaría por detrás del verso. Sin embargo, abril seguiría siendo en realidad el mes más cruel. El poeta no deja de ser un pastor del ser, por decirlo a la Heidegger. Pues no posee, afortunadamente, el verso que produce. El poeta no descubre nada. El descubrimiento pertenece al lector. Podríamos decir que el poeta crea una verdad que nos lega como des-cubrimiento, como revelación, aunque su creación consista en un jugar con las palabras. Ahora bien, en cualquier caso el poeta crea la verdad del poema, como Dios, a partir de la nada, aunque sus motivos sean espurios. Al menos, porque el valor del verso afortunado reside en que no hay nada detrás de sus palabras. El verso es la cosa. O por decirlo vulgarmente, el lenguaje va a su bola. Una concepción meramente instrumental del lenguaje —aquella que supone que decimos lo que decimos por medio de las palabras— olvida que no hay nada fuera de las palabras. Que el decir puro es lo otro, Nada qué decir, salvo el decir mismo. Sencillamente, cuanto es se nos da como palabra. Y dijo Dios: hágase la luz —y hubo luz. Que creamos que las palabras son como tenedores indica lo lejos que nos hallamos del lenguaje primordial, aquel en donde la cosa es en la palabra. Sin poetas no hay realidad que valga. Únicamente, cosas más o menos comestibles y, por eso mismo, excretables. El poeta hace presente la alteridad de cuanto es en verdad, el carácter intocable de lo otro, su exterioridad radical. Ahora bien, puede que Holderlin no andara desencaminado cuando se preguntaba para qué poetas en tiempos de indigencia. Como si hubiéramos llegado tarde para la redención.
y después
abril 4, 2018 Comentarios desactivados en y después
Tan solo hay que haber estado enamorado una vez para saber que la promesa del encuentro es lo más. Luego, todo pasa a ser otra cosa. En algunos casos, y no a corto plazo, mejor. Pero en otros, es difícil evitar la impresión de que algo —y algo importante— se fue por el desagüe. ¿Podríamos decir algo parecido con respecto a Dios? Quizá. De ahí que algunos sostengan que una eternidad beatífica sería literalmente insoportable. Como si no nos reconociéramos fuera de nuestra búsqueda. Por suerte, Dios en los cielos seguiría siendo un misterio, la ignotum X de nuestro hallarnos en algún lugar. Además, cristianamente, nunca te encuentras con Dios directamente, sino con su quien. Y ya sabemos de que quien estamos hablando, aquel con el que, al menos de entrada, preferiríamos no haber topado.
papá, veo muertos
abril 3, 2018 Comentarios desactivados en papá, veo muertos
Apariciones, haberlas, siempre las ha habido. Solo que, hoy en día, no las entendemos como tales. Así muchos, durante las fases terminales del sueño, o eso creo, sienten como si un hombre, de perfil impreciso, les apretara el cuerpo. En su duermevela, no dudaron de que hubo alguien en la habitación. Pero al despertarse fácilmente se dirán a sí mismos que no fue más que un sueño. Que todo paso dentro de su mente. Los antiguos, sin embargo, hubieran creído que en realidad se les apareció un ser de otro mundo. ¿Se equivocaron? Ciertamente, desde nuestro punto de vista. Los antiguos no tenían ni idea de cómo funcionaba nuestro cerebro. Sin embargo, que nosotros nos expliquemos la aparición en términos de sinapsis neuronales no implica necesariamente que no hubiera aparición. Para los antiguos, las sinapsis del sueño serían, en cualquier caso, la puerta de entrada a otra dimensión. No hay hechos, sino hechos que encajan en los presupuestos de una cosmovisión. Si nosotros damos por descontado que la aparición no es más que una ilusión de nuestra mente es porque partimos del prejuicio de que no hay más allá. Así, en la Antigüedad, hubieron dioses. Ya no para nosotros. Es un error entender el mundo antiguo como si aún creyeran en los reyes magos.
miedos
abril 2, 2018 Comentarios desactivados en miedos
Vamos por ahí ocultando aquello que nos puede. Este es el secreto que nos convierte, literalmente, en sujetos. Se trate de la tara o de nuestro deseo más feroz. Como si no estuvieran en lo más íntimo de cada uno. Aunque, en último término, quizá deberíamos hablar del otro como tal, ese despojo que, de irrumpir en nuestros dominios, nos arroja fuera de la mismidad. Una máscara no deja de ser una coraza. Como dijera Sarte, la existencia supone un tener que matar al otro. Pues no hay otro que valga mientras lo demos por descontado. Al fin y al cabo, siempre nos pudo el miedo a la aparición.
desde fuera
abril 1, 2018 Comentarios desactivados en desde fuera
Visto desde fuera, el kerigma cristiano no deja de ser un absurdo. Que Dios resucitara a un crucificado de entre los muertos y que este fuera, ni más ni menos, que su Hijo, engendrado desde el origen de los tiempos, es algo difícil de tragar para las entendederas modernas. De ahí el esfuerzo numantino de tantos creyentes hoy en día por traducir el mensaje. Como si en el fondo, los primeros cristianos hubieran querido decir, en un lenguaje que ya no puede ser el nuestro, lo que hoy deberíamos poder decir de otro modo. Sin embargo, la experiencia original va con el lenguaje que la acuñó. No es posible traducir esa experiencia sin falsearla. Traducirla supondría reducirla. Como reduciríamos la experiencia de los amantes si dijéramos que esta, en el fondo, no es más que un acuerdo entre quienes se desean intensamente. Quizá se trate de comprender mejor qué proclamaron en realidad los testigos de la resurrección y qué tipo de ruptura supuso, aunque no fuera inmediatamente, con respecto a lo que se entendía habitualmente por Dios. Pues puede que el cristianismo no sea lo que parece, una religión entre otras. Cuando menos, porque un Dios que se identifica con un abandonado de Dios no parece homologable al de la típica creencia religiosa. De hecho, si podemos ser aún honestamente cristianos es porque venimos de la ruptura cristiana. En cualquier caso, el esfuerzo por hacer inteligible el kerigma exige una nueva generación de padres de la Iglesia que demuestren, por decirlo así, que el cristianismo no es una superstición, a pesar de las apariencias. Pues de lo contrario, de aquí nada el cristianismo será objeto de estudio como lo pueda ser actualmente la cosmovisión de los antiguos chamanes.
working
marzo 31, 2018 Comentarios desactivados en working
No podemos permanecer en lo insólito. Vivimos de espaldas a lo que en verdad tiene lugar. A lo sumo, un estremecimiento, antes de caer de nuevo en cuanto sucede. Incluso el exterminio en Auschwitz llegó a convertirse en trabajo.
pessonianas (1)
marzo 31, 2018 Comentarios desactivados en pessonianas (1)
No busques ni creas: todo está oculto.
viernes santo
marzo 30, 2018 Comentarios desactivados en viernes santo
El Mal insiste. E insiste porque cree que Dios está de su lado. Los genocidios —iba a escribir los grandes genocidios, pero no hay genocidio que no sea monstruoso— siempre se perpetraron en nombre de nuestras mejores palabras. De ahí que la tentación sea la de arrancar el mal de raíz. Frente a la venganza, la reconciliación no puede evitar el temor de que aquellos que son indultados vuelvan a la carga. Para que no lo hicieran tendrían que haber dejado de creer en lo que creyeron. Y ya se sabe que el martirio es una vocación. Literalmente. Pero donde apuntamos a la raíz, el mal simplemente cambia de bando. La paz debe pagar el precio de la desmovilización y, por tanto, de la increencia. Ahora bien, un mundo sin fe es un mundo de bolas de billar, un mundo en el que los hombres se limitan a reaccionar, en modo alguno a responder. Existimos así trágicamente, atrapados entre órdenes incompatibles. O paz o verdad. Ciertamente, cabe un cierto equilibrio. Pero este se consigue ignorando nuestra impostura. Pues si hay paz es porque los hombres dejan de tomarse en serio lo que acaso deberían tomarse en serio. A lo sumo creerán que creen, pero no creerán. No parece, por tanto, que haya solución. O al menos una solución que esté en nuestras manos. Como dijera Martin Heidegger hacia el final de sus días, únicamente un Dios puede salvarnos. Sin embargo, debería ser un Dios capaz de comulgar tanto con las víctimas como con sus verdugos. Un Dios, sin duda, desconcertante, por no decir de escándalo.
peccator
marzo 29, 2018 Comentarios desactivados en peccator
Ser amado y, sin embargo, ser incapaz de amar. En esto consiste, la cerrazón del hombre, su clausura sobre sí mismo. Tenía razón el nazareno: el grano tiene que morir para dar fruto. Esta es la ley de la tierra. Acaso la única que nos alcanza.
imágenes de la crueldad
marzo 28, 2018 Comentarios desactivados en imágenes de la crueldad
Imagínate que es tu hija o tu esposa la que cuelga de esa cuerda. Luego pregúntate si es cierto que de lo que se trata, en definitiva, es de alcanzar el nirvana. Y pregúntate también, de paso, cómo los que estaban ahí fueron capaces de contemplar la escena —cómo fue posible que el oficial alemán estuviera preocupado tan solo de que la cuerda estuviera bien ajustada—.

