el último mohicano (y 2)
mayo 2, 2023 § 4 comentarios
Para hacernos una idea de lo que pudo suponer la muerte del crucificado como apestado de los hombres y de Dios imaginemos que, de repente, desapareciese el Vaticano, los popes, el cristianismo evangélico…; que nadie más en el mundo, salvo tú, siguiese creyendo en Dios. En ese caso, un acto de fe —el abandonarse a Dios como abandonado de Dios en un mundo sin Dios— sería una desproporción. Por no decir, que andaría rozando el delirio. Ningún testigo para tu fe. Ningún discípulo. En su lugar, la risotada del gentío. Pablo estuvo más cerca de Nietzsche de lo que nos imaginamos. Pues este último comprendió mejor que nadie que donde todo termina en la cruz, la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia. Y de ser así, el último clavo lo clavó Nietzsche.
el último mohicano
mayo 1, 2023 § 1 comentario
Todo pasa. Amón es objeto de especialistas. ¿También lo terminará siendo el Dios cristiano? Ciertamente, si por el Dios cristiano entendemos el Dios de la cristiandad. Pero no lo tengo tan claro si hablamos del Dios que se revela en el Gólgota. Pues lo decisivo de la experiencia cristiana de Dios se juega en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios. Así, imaginemos que pertenecemos a una época en el que nadie recordase quién fue Jesús de Nazaret (ni por supuesto el asunto del tres en uno). En esa época seguirán habiendo mujeres y hombres que padezcan el non plus ultra del mundo, la oscuridad y el frío de las fosas comunes. Y mientras haya infiernos —y los habrá mientras haya mundo—, habrá desesperación. El No vence. Todo lo anterior deviene una ilusión, incluyendo la creencia en el poder de una divinidad de nuestra parte.
Pues bien, en esas situaciones, aún cabrá preguntarse, y a pesar de las apariencias, qué significa que haya quién ofrezca el perdón en medio del infierno… y además confíe en que ese perdón no caerá en saco roto, aun cuando nadie pueda imaginarse el cómo. En realidad, la esperanza en el poder del Sí nunca admitió una imagen de la que pudiéramos apropiarnos.
la falacia de las hadas
abril 30, 2023 § 3 comentarios
Puedes creer en hadas porque, ciertamente, necesitas creer en ellas (y aquí los motivos no importan). Pero de ello no se deduce, lógicamente, que las hadas estén solo en tu mente: podría haberlas, al margen de que te vieras secretamente empujado a creer en su existencia. Es verdad que la pregunta acerca de cómo podemos llegar a saber que las hay sigue siendo pertinente. Pues lo que nos parece que es no termina de coincidir con lo que es (y esto con independencia de cuanto quepa decir sobre la noción misma de lo real). Pero, en cualquier caso, si damos por sentado que no puede haberlas es porque el paradigma sobre el que se asienta nuestra visión del mundo, por emplear el término de TS. Khun, no las admite. Y quien dice paradigma dice prejuicio —o si prefierimos ser más sofisticados, presupuestos conceptuales. Con todo, también es cierto que nadie elige el mundo al que pertenece.
indivisible
abril 27, 2023 § 7 comentarios
Hay lo indivisible. Debe haberlo por lógica. Y es que, lógicamente, tiene que haber un final, un algo que no admita división… algo que será, en realidad, el principio. Toda división es un retroceder hacia el origen.
Sin embargo, este algo carece de entidad. No es un algo en concreto, ni puede serlo. Pues una cosa última nunca será una cosa. En tanto que necesariamente se sitúa en una coordenada espacio-temporal, todo es divisible. Hablamos, por tanto, de lo que es sin más —de un puro haber, de un haber sin atributos. Ahora bien, esto equivale a decir que lo indivisible —el origen— no es nada en particular. O que es no siendo nada. Y porque la nada es una y sin contorno, la multiplicidad de lo particular —las cosas que hay— es el resultado de la negación de la nada, una negación que, por decirlo de algún modo, habita en el seno de la nada… y por la que deviene, precisamente, nada. Y es que nada es que no sea en relación con lo otro de sí. Así, comprender la nada supone comprender que la nada y la voluntad de que haya mundo son dos caras de lo mismo. De ahí la idea de una creatio ex nihilo. Y de ahí también que experimentemos la nada, de padecer su silencio y oscuridad sin resquicio, como la desproporción que sostiene el mundo.
bisturí
abril 25, 2023 § 2 comentarios
Una cosa es suponer, incluso sentir, que hay Dios o que Jesús es divino. Y otra confesar que el crucificado es el Señor. En el primer caso, no nos movemos de donde estábamos, salvo superficialmente. En el segundo, nos encontramos en manos de. Y no lograremos situarnos en la posición del dependiente por nuestra cuenta y riesgo. Es cierto que no hay religión sin un sentido de la dependencia. Sin embargo, lo curioso del cristianismo —por no decir, lo desconcertante— es que la dependencia no se da con respecto a lo que entendemos espontáneamente como superior, sino con quienes despreciamos por apestados. Que esto no nos parezca inaceptable acaso tenga que ver con que la dependencia se haya transformado en limosna. O en solidaridad. Puede que el cristianismo muera como muere toda verdad, a saber, una vez se convierte en un lugar común.
creer y caer
abril 24, 2023 § 2 comentarios
Como sucede con la muerte, una cosa es decir que hay Dios —incluso sentirlo— y otra caer en la cuenta de que lo hay (aunque, ciertamente, no como nos lo imaginamos). Y, cristianamente, uno solo cae en la cuenta de que hay Dios ante un resucitado tras el tercer día. De ahí que mientras no se caiga en la cuenta —y tratándose de la resurrección va a resultar complicado— sea necesario, por aquello de dar razón de la esperanza, un discurso que, cuando menos, proporcione una legitimidad epistemológica a la fe cristiana. Y aquí no basta con apelar al sentimiento de que hay Dios. En este sentido, los antiguos padres se dedicaron a la apologética. Hoy parece que no podamos hacerlo sin rubor.
luz y lucidez
abril 23, 2023 § Deja un comentario
La lucidez no viene de la luz, sino de la negación de la luz —de la sospecha antes que de la admiración. Lucifer, como sabemos, fue un ángel caído. Pues quiso hacerse luz. Esto es, no depender de ella, en definitiva, del don. Sin embargo, es posible que Lucifer fuese también un ángel necesario. Al menos porque no hay don en el Edén. La gracia, únicamente para el arrancado. Quizá no sea causal que, en el relato de Job, el que siempre niega estuviera junto a Dios. Y es que la luz solo ilumina donde hay oscuridad.
nietzscheanas 61
abril 22, 2023 § 2 comentarios
Estar por encima del Bien y el Mal significa estar por encima del juicio del Padre: nadie te dice quién eres… y no te importa. Pues no estás sujeto a la necesidad de saberlo —de responder a la pregunta sobre tu cotización. Eres un inocente —una bestia. No tienes vergüenza. Por tanto, tampoco envidia, rencor u odio hacia el superior.
Para el resto, el espectro de Dios. O en su defecto, el espejo. Pues el espejo es, para quien se imagina no depender de nadie, lo que sustituye a la figura paterna. Dime quién es la más bella. Sin embargo, el espejo nunca miente: la más bella siempre será otra. Este fallo es, precisamente, lo que, como mujeres y hombres, no podemos aceptar: queremos decidir por nosotros mismos lo que valemos. Ahora bien, esto no es posible donde la conciencia de sí arraiga en la vergüenza de sí. Una vez Adán le dio la espalda a Dios —una vez se convirtió en un sujeto— quedó sometido al juicio del Padre, sujeto a su dictamen. Ciertamente, el creyó que lo había dejado atrás. Pero solo tenía que haberse preguntado qué ídolo puso en su lugar —sobre qué reposaba su esperanza— para caer en la cuenta de su ilusión.
Según Nietzsche, el único modo de liberarse del Padre —de admitir su muerte hasta el final— es bailando: que nada te importe porque nada importa. Dioniso en vez del Crucificado. O mejor dicho: Dioniso porque Dios acabó colgando de una cruz. Pero ningún hombre o mujer puede decidir por sí mismo ponerse a bailar. La superación no es un nuevo horizonte moral. O naces del lado de Dioniso o sigues dependiendo del dictamen de un fantasma.
Sin embargo, cabe otra liberación: la que llevó a cabo Israel —aquella que consiste en posponer el juicio de Dios sine die. Y esto equivale a decir permaneciendo fiel a una vocación (y quien dice vocación dice invocación). Tú no importas: importa alcanzar lo que, sin embargo, jamás alcanzarás. Importa la obra. El centro está fuera de ti. Aquí el Padre no es quien te dice lo que vales —a lo sumo, lo que valdrás—, sino quien te arroja fuera de ti mismo en la dirección de la obra. Del juicio ya hablaremos, dice Yavhé. En nombre de un Dios que anda rozando la nada —un Dios sin presente, que no aparece como dios— esto es lo que hay que hacer: dar de beber al sediento o penetrar en el secreto de las Escrituras. En ambos casos, una tarea imposible (y es por ello que toda obra permanecerá inconclusa). Hay, ciertamente, variantes seculares: escribir el verso que nos obligue a callar —que no admita ninguna glosa—; o lograr la interpretación definitiva de las suites de Bach. Pero, sea como sea, lo cierto es que nadie sabe lo que quiere mientras no sepa cuál es la misión que le ha encomendado su Padre. De ahí que lo decisivo sea saber quién es nuestro verdadero Padre. Pues, de equivocarnos, probablemente vivamos en vano. Como reos de lo impersonal.
Aneto
abril 21, 2023 § Deja un comentario
Una experiencia fundamental no llega a ser, precisamente, fundamental mientras no nos adhiramos a ella. Esto es, hasta que no respondemos con un fiat incondicional a la conmoción que dicha experiencia supone —al hecho de que nos desplace fuera del hogar. Pues, al fin y al cabo, no hay experiencia fundamental que no vaya de la mano de la aparición, de la interrupción de la continuidad del tiempo, aquella que nivela cuanto toca. De no haber fiat, fácilmente nos convertimos en espectadores de nosotros mismos (y por extensión, en reos de lo impersonal, de lo que se dice o se hace). Y de ahí a decirnos que no fue para tanto —o incluso a tachar dicha experiencia de delirio— media un paso.
de las apariciones
abril 20, 2023 § Deja un comentario
En las apariciones, quizá sucediera lo que sucede en algunos sueños, a saber, que tu padre, que ya murió, se te hace presente en la forma de. Durante el sueño hablas, pongamos por caso, con un ciervo. Pero estás convencido de que estás hablando con tu padre. Así, estaríamos ante una variante del síndrome de Capgras.
¿Podríamos decir que las apariciones fueron algo así como un transtorno psicológico? De haberlas habido, esto es, de no ser tan solo relatos que legitimaron la autoridad de los líderes de las primeras comunidades, acaso no podamos decir otra cosa, desde nuestra óptica moderna. Pero durante la Antigüedad, que los muertos se apareciesen fue una posibilidad del mundo. Como lo fue —y lo sigue siendo— el estallido de un volcán o que un estrella se convierta en una enana blanca. Las apariciones son, para nosotros, un delirio —y no pueden dejar de serlo. En cambio, para los testigos de la resurrección fue un dato de la experiencia. Pues no hay visión que no posea, por mínima que sea, una carga teórica —que no incluya un cierto saber. Por consiguiente, puede que, en la base, hubiese un delirio. Pero para aquellos a quienes se les apareció el crucificado no fue tan solo un delirio, sino acaso la condición de la revelación. En este sentido, su transtorno mental, aunque fuese transitorio, sería como la llave que les permitió cruzar la puerta. La locura como únicamente locura es, de hecho, un invento reciente.
nietzscheanas 60
abril 16, 2023 § 1 comentario
¿Qué significa nihilismo? Sencillamente, que de la vida no cabe esperer nada nuevo —nada extraordinario, ninguna aparición. En cualquier caso, su farsa: la novedad, la noticia, el oropel. Ahora bien, donde no cabe nada extraordinario —nada que no pueda terminar encajado en el suceder de los días— la existencia deja de hallarse sub iudice. Ya no es posible distinguir, salvo espuriamente, entre lo condenado y lo salvado —entre lo que vale y lo que no. Pero esto equivale a decir que la vida se queda sin lenguaje. En su lugar, la retórica. Tras la muerte de Dios, ya no habrá más voces, sino trazos que remiten a otros trazos. En vez de Agustín, Derrida.
No es casual que Nietzsche escribiera aquello de que no nos libraremos de Dios hasta que no nos libremos de la gramática (y acaso esta sea una de sus sentencias más profundas). Y quien dice Dios, dice el Bien. Juicio y lenguaje van a la par. Decir es juzgar. Al menos, porque necesitamos decirnos que el abrazo de una madre, pongamos por caso, traduce el amor hacia el hijo, lo que, en principio, debería ser. Y necesitamos decírnoslo —tenemos que opinar— porque no podemos soportar la indecisión del mundo. La opinión proporciona una falsa claridad en tanto que no le da ninguna oportunidad a lo que también podría ser dicho. Ciertamente, al opinar sopesamos… dando por sentado que acertamos con la medida. Pero la balanza nunca permanece en equilibrio: lo que en un momento se nos muestra como amor, en otro se nos mostrará como su contrario. En el mundo, todo es indecisión, ambivalencia, oscilación. En el abrazo de una madre también hay amor hacia el vínculo con el hijo, unas dosis de egoísmo que no debieran estar ahí. En cuanto que nos traemos entre manos, no hay plata sin ganga.
Así, nos vemos obligados a juzgar, a picar como mineros. No obstante, la plata que obtendremos es solo brillo —únicamente doxa. Y no es lo mismo el brillo que la luz. En este mundo, el no es siempre el envés del sí, el polvo que es barrido bajo la alfombra cuando nos decimos que en el abrazo de una madre hay tan solo amor. Pero al igual que cuando creemos estar convencidos que dicho abrazo no es más que amor hacia el vínculo con el hijo (y aquí el polvo sería el más que). Todo decir es un hágase —un así sea, un amén. Sin embargo, nada de lo que decimos que es acaba de ser —nada termina de hacerse. Ciertamente, el lenguaje apunta por defecto a lo absoluto o sin tara. De hecho, este es su prejuicio fundamental. Pero, porque tan solo apunta, el lenguaje se convierte en un fraude cuando nos tomamos demasiado en serio el presente, la cópula, el es del esto es así—cuando nos apropiamos del hágase por el que hubo creación (y aquí conviene tener presente que la nada es el fondo, siempre latente, de lo creado). En definitiva, el lenguaje deviene una estafa cuando juzgamos antes de tiempo.
Puede que no sea secundario que en la Biblia la palabra arraigue en la promesa de Dios. La sospecha sobre el presente fue antes bíblica que nietzscheana. Para Israel, no hay propiamente lo que es. La realidad no subyace a las apariencias. En vez de lo profundo, un porvenir —en vez del es, un será. Una confianza insensata ocupa el lugar del saber: Dios dirá. Mientras tanto, el aún no es. El juicio —la palabra— solo pertenece a Dios. Sin embargo, Dios en-sí es el Dios que guarda (el) silencio. Aun cuando se trate de un silencio elocuente, el que se expresa, precisamente, en el puro haber o ab-soluto. El silencio de Dios abraza el mundo. Babel —la confusión de lenguas, la cháchara— fue el resultado de una apropiación indebida.
De ahí que Nietzsche quizá errara en las fechas. La des-aparición de Dios —en bíblico, su retroceso o paso atrás hacia un futuro imposible— sucedió, no en nuestros tiempos, sino una vez Adán quiso darle la espalda, en definitiva, dejar de ser un animal para ocupar el lugar de Dios. A partir de ese instante, el ídolo, la imagen, la representación sustituirán al otro en cuanto tal —el haber del mundo al puro haber. No hay mundo para el animal. A lo sumo, un estar en el haber. Las bestias no existen: son. La culpa —la enajenación— es el dorso de la existencia. La des-aparición de Dios —su muerte— van con el existir. Pues existir es vivir como arrancados. De algún modo, con el advenimiento de nuestros tiempos lo que perdimos de vista fue el asunto Dios. Sencillamente, ya no interesa. Sin embargo, este pasar del asunto no salió gratis. ¿El precio? Que la cópula deviniese una ficción (y el hablante que carece de ironía, un prestigitador que ignora su truco).
Nihilismo significa, por tanto, que gana lo ordinario, la eterna repetición del gris, de los medios tonos, de la ambivalencia. Si no lo vemos es porque la ilusión —el espejismo, el señuelo— nos impide verlo. Pero, como sabemos, la desilusión es el destino de la ilusión. El único modo de superar el nihilismo —de no quedar sepultado por la nada— es, según Nietzsche, bailando, sea sobre un campo de amapolas o sobre las fosas comunes de la historia. Nihilismo significa, por tanto, que no habrá reparación para las víctimas del pasado. La bendición no triunfará sobre la maldición. El ángel de la historia no vuelve su vista atrás con espanto. A lo sumo, se encoge de hombros.
A Nietzsche no puede negársele la lucidez. Por eso, difícilmente terminaremos de percibir el alcance de la fe bíblica de no tener en cuenta que bebe de esa misma perspicacia. Pues no hubo profeta que no fuese consciente de que una existencia alejada de Dios se asienta sobre la falsedad —ningún profeta que no temiese a Dios y, en consecuencia, la posibilidad de la aniquilación. Es verdad que en el profetismo hay mucha acusación. Así, hay desgracia porque no hacemos lo debido —porque no vivimos como hermanos. Pero, en el fondo, un profeta no podía ignorar que somos incapaces por nuestra cuenta y riesgo de cumplir con la voluntad de Dios. En realidad, lo extraordinario —la aparición que suprime la ambivalencia— bíblicamente siempre se ofrece como un increíble porvenir. Y ello en nombre de una vida dada, precisamente, como excepción —como gracia. Tertium non datur: o bien, nos ponemos a bailar; o bien, esperamos lo que en modo alguno puede reducirse a un ideal en el que quepa creer desde nuestro lado. El resto es trampantojo.
explicación y milagro
abril 14, 2023 § 1 comentario
Imaginemos que llegáramos a explicar la vida —que fuéramos capaces de reproducirla a partir de lo inorgánico. En ese caso, ¿dejaría de ser un milagro? No me atrevería a decirlo. Al menos, porque el milagro —la excepción— no es el hecho extraordinario, sino lo que provoca nuestro asombro o, si se prefiere, perplejidad. Un hecho extraordinario es, por defecto, un hecho aún por explicar. Por contra, el milagro permanece inexplicable. Y no, por falta de recursos, sino porque, como tal, no admite la explicación. Ahora bien, si no la admite es porque el horizonte del asombro es la nada. Bajo su continua amenaza, todo es don. Ahora bien, ningún espectador se expone a la imposible posibilidad de la nada (y digo imposible porque la nada no es una posibilidad del mundo; pues hay mundo porque la nada es no siendo aún). Tan solo se encuentran expuestos a la nada aquellos que forman parte de la escena. Quien se sitúa en el anfiteatro únicamente observará hormigas que dicen enfrentarse a ella.
cultura e inteligibilidad
abril 14, 2023 § 2 comentarios
El otro día, en una entrevista radiofónica, me preguntaron, y a propósito de un fragmento de Anatomía del cristianismo, qué significaba decir que el hombre no puede soportar demasiada realidad . Quien me entrevistaba dio a entender que la frase era confusa, a la vez que expresaba —o eso me pareció— un cierta displicencia. De hecho, se trata de un cita implícita de un verso de Eliot (de sus Four Quartets)… una cita que no pasa desapercibida para los que poseen una mínima cultura (o para aquellos que hayan vivido lo suficiente). El problema de nuestros tiempos —o uno de ellos— es que nos hemos vuelto incapaces de comprender los textos que van más allá de la crónica deportiva o los ecos de sociedad. Esto es, incapaces de comprender a los clásicos (y por extensión a nosotros mismos). El problema, sin embargo, se acentúa cuando nos atrevemos a despreciar lo que no acaba de encajar en el estrecho campo de visión de nuestras orejeras. Es lo que tiene confundir la realidad con el supermarket. O el de creer, como eternos adolescentes, que todo gira a nuestro alrededor —que ya hemos llegado cuando apenas hemos salido del puerto. Quizá sea inevitable. En cualquier caso, leer honestamente supone preguntarle al autor qué has visto tú que nosotros aún no. Pues un autor —y a diferencia de quien únicamente escribe libros— es, en definitiva, aquel que nos autorizará a hablar. Y hoy estamos lejos de aceptarlo.
El síntoma es que Eliot se haya vuelto un autor difícil —y por eso mismo, menospreciable. Ciertamente, lo es. Pero no porque lo que dice sea críptico, aunque en un primer momento nos lo pueda parecer —de hecho, no se lo parecerá a quien sepa ver en sus versos las innumerables citas implícitas que contienen—, sino porque difícilmente admitiremos lo que quiso transmitirnos. Lo dicho: no podemos soportar demasiada realidad. Ningún autor escribe libros para decir obviedades.
Es cierto que los mass media —los tiempos de una entrevista— solo admiten lo que pueda entender cualquiera sin esfuerzo. Pero al igual que es cierto que lo que pueda entender cualquiera sin esfuerzo es, por lo común, irrelevante. Decía Ortega que la claridad es la cortesía del filósofo. Y esto es, de algún modo, así. Sin embargo, podríamos perfectamente añadir que la claridad es la excusa de quienes no tienen nada que decir (y esta es una cita de Bertrand Russell). Entre la cortesía y el no querer excusarse anda la cosa.
nihil obstat
abril 13, 2023 § 3 comentarios
¿Nihilismo? Fácil: ninguna esperanza para las víctimas de la historia. No habrá justicia final. Ni siquiera aunque se ofrezca como el perdón que nos obliga a arrodillarnos. La existencia nunca estuvo imputada. Nihil obstat. Para superar la nada es suficiente con bailar. Si es que no andas de rodillas.
woke
abril 10, 2023 § Deja un comentario
En los EEUU, ser blanco comienza a ser un motivo de vergüenza para la militancia antirracista (y para unos cuantos blancos woke). Así, escribe Robin DiAngelo: la identidad blanca es intrínsecamente racista. Los blancos no existen fuera del sistema de la supremacía blanca. Este es un discurso que pisa fuerte en el país de las oportunidades. Algo parecido podríamos decir del feminismo ultra, el cual está a un paso, si es que no lo ha dado ya, de estigmatizar la condición masculina. De ahí que los hombres maten a su prole, mientras que las mujeres se arrojan de la ventana con sus hijos en brazos. Aquí la casuística, tan importante en el territorio de lo moral, carece de importancia. La condena precede a la acusación. Se es bueno o malo por nacimiento. Como se era judío o ario en la Alemania de antes de ayer.
Hace tiempo que la corrupción original —la massa damnata de Agustín— dejó de ser una evidencia. La aspiración a la pureza siempre engendró monstruos. Y más que los engendrará donde las dependencias que van con el hecho de existir tienden a disolverse en favor de un individuo que se supone dueño de sí. Tarde o temprano, nos preguntaremos cuándo la identidad comenzó a ser un objeto de consumo. Algo tendrá que ver con un padre que pasó a ser un fantasma. En cualquier caso, como dijera Marx, el capitalismo hace que todo lo sólido se disuelva en el aire. Y de esas lluvias probablemente estos lodos.
homo superior (1)
abril 4, 2023 § Deja un comentario
La distopía está, según parece, a la vuelta de la esquina. La manipulación genética de nuestro ADN transformará las diferencias sociales en biológicas. Así, estarán los válidos y los inválidos, por decirlo a la manera de esa profecía hollywoodiense que fue Gattaca. De hecho, ya hay algo de esto. Quien tiene un problema cardiaco en los arrabales de Calcuta muere antes. No, los que están adscritos a la clínica Mayo.
Sin embargo, mientras podamos seguir diciéndonos que la naturaleza es la misma la cosa aún no se sale de madre. Se saldrá cuando la superioridad de los válidos sea comparable a la que media entre los hombres y los dioses. Quizá no sea casual que la imagen que nos hacemos del homo superior sea, precisamente, la de un cuerpo bello e impasible, una imagen que, con todo, responde antes a nuestros miedos —a nuestra dificultad para admitir un ente sobresaliente, y más si sale de los nuestros— que a la realidad. Acaso el homo superior vivirá más —y más saludablemente— que quienes se hayan quedado atrás. Acaso su inteligencia sea inconmensurable. Acaso nos vean como monos. Y probablemente, para soportarlo, debamos seguir diciéndonos que los ricos también llorán.
Ahora bien, aun cuando no lloren —o lloren sobre la red del trapecista— lo cierto es que, si continuan siendo existentes, entonces la nada o el nadie-aún seguirá siendo su horizonte. En cambio, de disolverse la cuestión existencial, el homo superior apenas será algo más que un replicante. No deberíamos descartar la posibilidad de que el superhombre nietzscheano fuese, literalmente, un idiota, a pesar de la enormidad de sus talentos. Sea como sea, el hombre siempre fue la posibilidad de ir más allá de sí mismo. De hecho, nosotros somos dioses para Adán. Al menos, en apariencia.
mentir
abril 4, 2023 § Deja un comentario
La caída —la pérdida de la inocencia— encuentra su expresión lingüística en la mentira. Donde cabe el engaño, el signo pierde su arraigo en lo natural. Y este es el principio de nuestra creatividad. El precio, originariamente, refleja lo que vale. Pero, por eso mismo, basta un precio elevado para crear valor. Una sonrisa —un abrazo, un decir te amo…— no tiene por qué referise a aquello a lo que apuntan. El nihilismo viene a continuación. Aunque también podríamos decir que porque nos apartamos de la selva fuimos capaces de falsificar. La libertad fue siempre un desarraigo.
de la aparición y la esperanza
abril 2, 2023 § Deja un comentario
De ordinario, vamos a lo nuestro: una cosa tras otra. Pero en el fondo, aguardamos, aunque sin saberlo, la irrupción de lo extraordinario o nuevo, en definitiva, la aparición. Pues acaso solo frente a la aparición logremos elevarnos por encima de la circunstancia. O, si se prefiere, de lo biológico. Ciertamente, hay quienes creen que las aspiración última es la de regresar al útero materno. Son los partidarios de la fusión. Pero donde manda el sentimiento oceánico desaparece la realidad. Y quien dice realidad, dice alteridad. Sea como sea, lo común es que nos contentemos con los simulacros. La novedad, en el primer caso. El porro o sus variantes, en el segundo. De ahí que, entre simulacros, vivamos pasando de largo.
Puede que algún día caigamos en la cuenta de que existimos como quien permanece a la espera. Y cuando esto suceda la cuestión que deberíamos plantearnos será de qué —o de quién. Aunque también es posible que no haya en verdad nada nuevo —que no quepa ninguna aparición. En ese caso, Nietzsche tendría razón.
Ahora bien, lo que Nietzsche no vio es que, precisamente porque el cielo está vacío de Dios, el otro, incluso el que despreciamos, resplandece con el aura de la divinidad o el milagro. Y por eso mismo, no todo vale por igual. El milagro no necesita de ningún sentido o hacia dónde. Tan solo el ángel de la historia, aquel que volviendo su mirada hacia atrás se interroga con espanto por la vida que pueden esperar los aplastados. Y aquí no parece que la respuesta sea la disolución. Pues, de serlo, no habría diferencia entre el nihilista y quienes, cerrando los ojos, se sienten como ola en el mar.
imusic
abril 1, 2023 § Deja un comentario
Decía Víctor Hugo que la música expresa lo que no cabe poner en palabras y, sin embargo, no puede permanecer en silencio. Por su lado, Platón dejó escrito que cada tipo de música convoca una parte de nosotros mismos, no siempre la mejor. De ahí que, en su República, sostuviese que la formación del carácter dependía también de los cantos que uno escucha. Pues no es lo mismo pasarse el día a ritmo del reggaeton, sobre todo si ya no tienes edad, que quedarse suspendido por erbarm dich.
Nuestra época, no obstante, difícilmente aceptará esta evidencia, si es que llega a aceptarla. Pues cada uno tienes sus gustos, se nos dice. No es posible hoy en día algo así como una crítica del gusto, por no hablar de una crítica del deseo. Basta con darle al like. El único límite son los gustos —las preferencias— de los demás. Así, cualquier valor queda posicionado en el marco de lo gastronómico. Puede que este sea un efecto colateral —uno más— de la desaparición del sentido de lo trascendente, de lo que provoca nuestro asombro, por no hablar de nuestro enmudecimiento más allá de lo gigantesco. Al final, tendremos que darle la razón a Nietzsche cuando se refería a sus contemporáneos como a los últimos hombres, aquellos que, siendo incapaces de enfrentarse a la nada que todo lo soporta, viven resignadamente entre el oficio y la distracción.
Nietzsche y Moisés
marzo 29, 2023 § 1 comentario
Desde la óptica de la eternidad, nada importa (o cuando menos, nada parece importar). Somos polvo y, por eso, nuestro narcisismo es una estúpida ilusión. Al fin y al cabo, desde dicha óptica, todos morimos a la vez. De ahí que quienes entraron en las cámaras de gas murieran al mismo tiempo que sus verdugos. Aun cuando no se lo pareciese, ni se lo pudiera parecer. Sin embargo, porque en el horizonte no hay nada —porque la nada prevalece—, la vida es una excepción o, si se prefiere, un milagro.
Nietzsche de algún modo lo vio. Y su solución fue, como sabemos, la del bailarín. Según su visión —pues Nietzsche no dejó de considerarse a sí mismo como un visionario— , superar el nihilismo pasaría por ser capaz de bailar incluso sobre la pira de cadáveres que deján atrás los genocidios de la historia. Celebrar la vida, en este sentido, consistiría en prescindir del juicio. No hay padre. Y por tanto, ni bien ni mal. Tan solo reacciones —lecturas morales de hechos en sí mismos indiferentes o neutros. Las hormigas rojas no son malas porque devoren a las negras. De hecho, la vida es esto: vida que se fagocita a sí misma. Que nos creamos mejores que las hormigas rojas será porque la creencia se limita a ocultar el rastro del depredador.
Israel, en cambio, lo entendió de otro modo. Pues si la vida es un milagro, entonces no es lo mismo dejarse llevar por la voluntad de poder que convertirse en rehén de los que, estando vivos, no cuentan para nadie (por no hablar de convertirse en rehén de los que murieron injustamente antes de tiempo). De ahí que, para Israel, don y juicio —bendición y Ley— vayan de la mano. Que hoy en día creamos que es posible agradecer la vida sin hallarnos sub iudice es un síntoma de lo lejos que estamos de comprender, en definitiva, un síntoma de nuestro infantilismo.
La pregunta por tanto es quién tiene razón, si Nietzsche o Moisés. Y aquí la respuesta dependerá de a qué razón apelemos. O mejor dicho, desde qué situación se ejerza la disciplina del pensar. Nietzsche se sitúa en la grada —y de ahí que su filosofía sea, en definitiva, un positivismo retóricamente eficaz. Esto es, nada del otro mundo. Desde las alturas, los hombres son, ciertamente, indistinguibles de las hormigas, sean rojas o negras. Es lo que tiene haber ocupado el lugar de un dios. Moisés, sin embargo, permanece en la escena de la larga travesía por el desierto. No es exactamente lo mismo que posicionarse en las gradas. Y no lo es porque lo que hay —el acontecimiento de cuanto es sobre el fondo de un silencio impenetrable— solo se revela en el escenario. Nietzsche, por así decirlo, huye de la nada —de hecho, la sobrevuela. Moisés, en cambio, se enfrenta a ella. Y quizá no sea casual que Israel tuviera la profunda convicción de que la experiencia de Dios implica un enfrentarse a Dios, a su nada —o, mejor dicho, a su aún-nadie. Aunque, como en el caso de Jacob, la contienda termine en tablas (y deba terminar así… para que Dios tenga, al menos, una oportunidad de llegar a ser el que es).
satisfacer necesidades
marzo 28, 2023 § Deja un comentario
Cuando hay hambre, un plato de arroz apelmazado es nouvelle cuisine. Algo parecido podríamos decir de las necesidades psicológicas. Así, la idea que las satisface pasa por verdadera. El ángel de la guarda fue indiscutible para el niño. Aquella primera chica que nos sonrió, la única mujer. De ahí que con respecto al asunto de la verdad haya que descentrarse. Pero ¿qué nos descentra? La grada del espectador o Getsemaní. Tertium non datur. En el primer caso, dejamos de sentir (y de ahí que desde la óptica de la eternidad un genocidio equivalga al abrazo de una madre). En el segundo, sin embargo, la verdad se impone como el silencio y oscuridad de un puro il-y-a. Y frente a esta verdad es posible que tan solo quepa una existencia verdadera, a saber, aquella que anda entre la resistencia y la sumisión.
explicar y comprender
marzo 24, 2023 § 1 comentario
Según Wilhem Dilthey las ciencias de la naturaleza explican, mientras que las del espíritu intentan comprender, esto es, descifrar un significado. Sin embargo, ¿qué significa descifrar un significado? ¿En qué consiste la significación?
El presupuesto de las ciencias es que la cuestión del sentido pertenece a la creencia —a la suposición—; que, objetivamente, tan solo hay causas eficientes. Y aquí el adverbio es la clave. Pues la óptica científica es la del espectador imparcial (y por eso mismo, la pregunta por el porqué se entiende científicamente en los términos de una pregunta por el cómo). Así, explicamos los asuntos humanos como el mirmecólogo explica la vida de las hormigas. Sin embargo, la comprensión exige, de algún modo, involucrarse en la escena. ¿Cómo es esto posible, sobre todo si la escena nos resulta un tanto extraña por pertenecer a otra época o cultura?
Quizá porque, en el fondo, tampoco nos resulta tan extraña. Y es que acaso lo que haya que comprender sea la existencia, el hecho de que, al fin y al cabo, nos hallemos expuestos a una oscuridad y silencio absolutos, a la nada (o el aún-nadie) de un puro haber. Y la existencia es la misma para los modernos como para los antiguos, aun cuando como modernos hayamos dejado de buscar una respuesta. Nos basta el consumo, incluyendo aquí el espiritual (y en este sentido, difícilmente logramos permanecer en suspenso: necesitamos agarrarnos al clavo de cuanto poseemos). Es obvio que el espectador imparcial no se encuentra expuesto a (la) nada. Al contrario. Pues ocupa la posición de un dios (y por eso mismo, el científico no existe: es… como es la IA que acabará probablemente ocupando su lugar o a la que terminará sirviendo). En cualquier caso, lo que el científico ve son chimpancés que dicen de sí mismos que deambulan por el mundo como arrancados. La cuestión de si lo que dice el chimpancé es verdad —o hasta qué punto— en modo alguno le compete. Y por eso, a pesar de sus innegables triunfos, la ciencia es barbarie. O al menos, mientras desprecie la visión de quienes protagonizan la escena. Y menudo sangrientamente.
nihilismo y baile
marzo 23, 2023 § 1 comentario
Nihilismo equivale a eterno retorno de lo mismo. Ningún Dios que ponga un punto y final al absurdo —que interrumpa el despliegue de lo anónimo. La única trascendencia —el único triunfo sobre el No—, según Nietzsche, sería la de quien se atreviese a bailar sobre los inocentes que yacen en las fosas comunes sobre las que crecieron las flores más bellas. Pero en ese caso, el triunfo sería el efecto de una doble negación: que no me pueda el No. Y quizá por eso, en el baile de quien abraza la nada también podríamos hallar algún resto de resentimiento. En cualquier caso, o hay respuesta a la pregunta por la vida que pueden esperar esos inocentes —y obviamente no hablamos de una vida espectral: un fantasma no está vivo, precisamente—; o Nietzsche, sencillamente, tuvo razón. Y esto está muy cerca de darle la razón a Nietzsche. Al menos, porque la respuesta no depende de nosotros.
Kant, por un lado (y Dios, por otro)
marzo 18, 2023 § 1 comentario
Como sabemos, según Kant, Dios es el postulado de la razón práctica, esto es, de la voluntad que, en definitiva, nos caracteriza. En este sentido, Dios se encargaría de asegurar, finalmente, la conjunción de integridad moral y felicidad. Y es que no parece que, de hecho, vayan de la mano. De hecho, una fidelidad a ultranza tarde o temprano deviene oficio. Y todo oficio es gris. Tampoco es que los infieles —y esto significa en último término infieles a sí mismos— sean estrictamente felices. Pero pueden, cuando menos, suponerlo. Al menos, hasta cierto punto (y por lo común, con eso basta).
¿Qué nos dice, por tanto, Kant? Pues que nadie quiere nada en verdad si al mismo tiempo no cree que es posible llegar a la meta (y aquí conviene tener presente que no es lo mismo querer que desear). O por decirlo con otras palabras, que el ejercicio de la voluntad encontrará al final su satisfacción (y este final es inevitablemente transmundano; pues, como decíamos, de hecho, integridad y dicha no van a la par). En tanto que sujetos a la razón —en tanto que somos quienes se hallan sujetos al mandato de la voluntad—, el asunto de la felicidad no puede quedar únicamente en manos del sujeto empírico. Hablamos, por tanto, de una creencia necesaria y, por eso mismo, racional. Ahora bien, no es necesaria porque psicológicamente tengamos que decirnos que la fiesta terminará bien donde seguimos dependiendo de nuestros temores o ilusiones, sino porque va con el imperativo de la voluntad, al fin y al cabo, con el desempeño de la libertad. Así, que Kant apele a Dios no tiene tanto que ver con su piedad —que también—, sino con la convicción de que no está en nuestras manos el cumplimiento de nuestra esperanza. Al menos, porque, con respecto a esto del querer, cuanto más cerca, más lejos. Y esta convicción vale incluso para quienes no pueden admitir que haya un Dios que coincida con nuestras imágenes de Dios.
sentido de Iglesia, sentido de pertenencia
marzo 17, 2023 § Deja un comentario
El auge de movimientos que acentúan la fibra sensible dentro de la Iglesia —pienso, por ejemplo, en los de Hakuna—, responde, cómo no, a una triple necesidad: la de recuperar, por un lado, el componente emocional, por otro, el sentido de pertenencia y, finalmente, un saber hacia dónde ir. Estas necesidades, obviamente, están conectadas entre sí. La cuestión es cómo logramos satisfacerlas. Pues, donde nos quedamos solo con el factor emocional, inevitablemente llegarán a satisfacerse en falso. Al menos, porque tarde o temprano llega la cruz, aunque esta se presente bajo diferentes aspectos. Y la cruz fácilmente transforma nuestras primeras emociones. Por no decir que las convierte en irrisorias. Sobre todo, si la cruz es la de los otros.
Los inicios son, por defecto, ambivalentes. No hay comienzo que sea químicamente puro (y acaso tampoco ningún final, aunque el grado de impureza no sea el mismo). Y ya sabemos que Dios escribe con renglones torcidos. El problema, por tanto, no es cómo se comienza, sino cómo se acaba. Lejos de mí criticar a los que comienzan porque sus pasos sean endebles. Pues todos fuimos cocineros antes que frailes. En cualquier caso, la crítica apuntaría al horizonte bajo el que se inscribe una praxis centrada en las emociones. Y es que caemos en el narcisismo espiritual, por no decir en la idolatría, donde olvidamos que dicho horizonte no es otro que el del Gólgota —y siendo más estrictos, tras el tercer día—, en definitiva, el de una revelación que se nos ofrece como una verdad inaceptable desde la óptica de nuestra necesidad religiosa.
Por eso, y en el plano de la reflexión, la cruz nos conducirá a la pregunta por la verdad —por lo que en verdad tiene lugar y no simplemente sucede—, una pregunta cuya solución supera, en el sentido hegeliano de la palabra, los términos con los que expresamos nuestra posición inicial. Esto es sencillamente así. Y de ahí que el problema de las sectas sea, precisamente, que nunca pasan por este desfiladero. Una secta está formada por niños. Dificilmente, por quienes han alcanzado una segunda ingenuidad.
Con todo, es igualmente cierto que, dentro de la escena, la pregunta por la verdad siempre se resolverá a la manera de una ciega confianza. Al fin y al cabo, la fidelidad a lo que nos fue dado es un asunto formal, un ser fiel por ser fiel. Ahora bien, hablamos de un asunto formal en nombre de. Pues la fidelidad deviene estéril —por no decir, una prisión— donde no responde a ningún quién. Así no se trata propiamente de ser fiel por ser fiel, sino de un serte fiel por serte fiel. La cuestión, sin embargo, es quién reclama nuestra entrega. Y aquí no vale cualquier quién.
un modo rápido de comprender el nihilismo
marzo 16, 2023 § Deja un comentario
Un niño se dirige llorando hacia donde cree que se encuentra su madre. Pero ahí no hay ninguna mamá que pueda abrazarlo —ni tampoco la habrá—. Esta sería la mejor imagen del nihilismo. ¿No hay más? No lo parece. Sin embargo, tiene que haberlo. Pero no porque necesitemos resolver nuestra incognita. Pues aquí ocurre como en el caso del límite, a saber, que su misma existencia implica necesariamente un más allá, aunque no quepa saber en qué consiste… si es que consiste en algo. ¿Qué puede haber entonces para ese niño más allá del vacío que dejó su madre? ¿La vida como milagro —como donación—? ¿La aparición de los otros huérfanos como hermanos? Ciertamente. Y esperar que al final esto no sea un absurdo en nombre, precisamente, del milagro. O de aquellos —y aquí los nombres siempre son propios— que no tuvieron ninguna oportunidad para una vida más allá del No. Quizá la verdad, en el sentido de lo que en verdad tiene lugar, tan solo pueda expresarse por medio de la paradoja. Y es que hay más allá porque no hay más allá. De ahí que, donde seguimos alejados del muro, difícilmente comprendamos de qué va esto de la fe.
superstición y amabilidad
marzo 14, 2023 § Deja un comentario
La superstición condensa en clave imaginaría nuestra esencial exposición a lo extraño o imposible, esto es, al carácter absolutamente otro de lo real en sí. Así, el monstruo es la imagen par excellence de lo irreductible. Ahora bien, al condensarla también la falsifica. Pues un monstruo solo es circunstancialmente monstruoso. Basta con que nos familiaricemos con él para que su aura se disuelva como azúcar en el café. Algo parecido podríamos decir de las buenas formas. Al menos, porque con el trato amable preservamos la distancia de la alteridad: el otro, de entrada, no se toca. Sin embargo, el semejante no es, precisamente, semejante porque sus rasgos sean parecidos a los nuestros, sino porque hay un inútil detrás de esos rasgos —un yo inalcanzable y, por eso mismo, intocable. Con todo, lo cierto es que con el paso de los días olvidamos a qué responden las buenas formas. Y es entonces cuando devienen una especie de corsé. Quizá no sea secundario que el legalismo del antiguo Israel fuese indisociable del memorial: no olvides a qué obedece el sabath.
la ciudad y los filósofos
marzo 13, 2023 § Deja un comentario
¿Por qué el filósofo no puede encontrar acomodo en la ciudad? ¿Por qué su búsqueda —su manía— tiene que volverse necesariamente esotérica (y aquí conviene recordar que la ironía, el sello una la vida examinada, es de por sí esotérica)? ¿Quizá porque donde irrumpe la reflexión, como dijera Hegel, no vuelve a crecer la hierba? Traducción: ¿porque revela que el juego que jugamos no es, estrictamente, el juego que creemos jugar (y que este es, de hecho, el juego)? ¿Acaso porque muestra la inconsistencia de la polis? Más aún: ¿acaso no es cierto que sin peligro —por parafrasear a Holderlin— no hay salvación (y quien dice salvación dice verdad)? ¿No es la ciudad el lugar de la retórica —el lugar en donde, por situarse tras los muros, las palabras pierden su norte (y por eso mismo, el lugar en donde dejamos de vivir a flor de piel nuestra esencial exposición al fantasma)?
Hamlet
marzo 11, 2023 § Deja un comentario
Hamlet hizo de la duda su centro de gravedad. Hamlet no sabe lo que quiere. Y no lo sabe porque nadie sabe lo que quiere mientras ignora qué quiere de él su padre. La voluntad del padre fue para Hamlet la voluntad de un espectro —de una representación de la que cabe, y precisamente por serlo, sospechar—. Mamá gana. Y gana haciéndose la víctima del padre. Sin embargo, algo de esto hay. Pues la misión de un padre es la de cortar el cordón umbilical, el que nos ata a mamá. Y ninguna misión habrá para el hijo donde el padre ya no pueda cumplir con la suya. En su lugar, el oficio. Y la distracción.
amor y bien
marzo 10, 2023 § 1 comentario
No es posible querer ser médico sin querer ser un buen médico. En caso contrario, solo nos interesaría ejercer la medicina. Sin embargo, uno no llega a ser un buen médico pretendiendo ser reconocido como tal, sino persiguiendo —y perseguir es amar— la cosa de la que se trata y se resiste a ser alcanzada (aquí, el remedio a la enfermedad). Al fin y al cabo, hablamos del olvido de sí en favor de lo que exige una entrega absoluta, casi una obsesión. Evidentemente, nada de esto vende hoy en día. Y es triste. Pues únicamente el espíritu de la búsqueda nos libra de la esclavitud del espejo. Y hay espejos en todas partes. Incluso en la canchas que se conciben a sí mismas como espirituales. Quizá sea porque ya no hay padres, nadie que se encargue de cortar el cordón umbilical. Para mamá, hagas lo que hagas, siempre serás el mejor. De ahí que donde el padre ha muerto, la maternidad se decante sin remedio hacia su lado oscuro. Y haberlo, haylo.
paganismo
marzo 6, 2023 § Deja un comentario
En el paganismo, el mundo es visto desde la óptica de la desaparición. Tan solo los dioses son inmortales. Para Israel, en cambio, la pregunta no es qué hay de eterno —de sustancial— en cuanto pasa, sino qué vida podrán esperar las víctimas del hombre. El paganismo es natural, incluso al apuntar a lo sobrenatural. La fe de Israel es, sin embargo, increíble. Pues apunta a lo imposible. Pero problamente aún estemos lejos de comprender donde no intuyamos, cuando menos, que hay más realidad en la posibilidad de lo imposible que en lo palpable.
¿una filosofía cristiana?
marzo 5, 2023 § 1 comentario
No cabe algo así como una filosofía cristiana. Evidentemente, esto no significa que le fe sea incompatible con la reflexión. De hecho, los evangelios no dejan de ser una teología narrativa. Sin embargo, el sujeto de la reflexión es, en cada caso, distinto. El filósofo no puede evitar ver las cosas desde las gradas, ocupando el lugar de un dios omnisciente (aunque sin llegar a serlo: la confesión socrática —el solo sé que no sé nada— es marca de la casa). No es causal la palabra teoría, ese invento griego, encuentra su raíz en la palabra theos. Como tampoco es casual que, desde las gradas, solo se pueda regresar a la cancha de juego como cínico, irónico o indiferente. El filósofo, como dijera Lucrecio, no deja de ser el espectador de un naufragio. En cambio, la fe nunca se sostuvo sobre una visión. El creyente no ve, sino que escucha. Y lo que escucha es una interpelación que le saca del quicio del hogar —Caín, Caín ¿dónde está tu hermano?. No es exactamente lo mismo. Esto no significa, sin embargo, que la fe sea inmune a la pregunta por la verdad. Al contrario. Sin embargo, esta no se resolverá como una adecuación entre nuestras representaciones de los hechos y los hechos, sino en los términos del imaginario simbólico.
El problema que plantean nuestros tiempos es que el imaginario simbólico fue desestimado como posible fuente de conocimiento por la sospecha metódica. Pero lo cierto es que en el símbolo —al fin y al cabo, en la metáfora— no todo es superstición. De hecho, es posible que solo a través de la metafóra podamos dar fe de lo que tiene lugar y no simplemente pasa. Al menos, porque la metáfora no opera una reducción de lo desconocido a lo conocido —este en cualquier caso, sería lo propio del símil—, sino que establece una identidad entre lo sensible y lo esencialmente extraño, lo absolutamente otro, en definitiva, la pura alteridad. En este sentido, nada no es mientras no irrumpa el hallazgo del poeta. Ahora bien, la metáfora, en tanto que identidad, opera en una doble dirección. De ahí que la nada sea en aquello que la niega. Dios como crucificado. Pero por eso mismo, el crucificado como el quién de Dios.
daneses
marzo 4, 2023 § Deja un comentario
Un padre es, en cualquier caso, un fantasma. Pues, lo que representa para el hijo siempre se encuentra más allá —y desproporcionadamente— de ese pobre hombre que, en definitiva, es.
IA (2)
marzo 3, 2023 § Deja un comentario
En un mundo en el que haya replicantes por todas partes —en donde no podamos distinguir a un humano de un maquina inteligente— la sospecha de que el otro sea un extraño será una sospecha habitual, por no decir, por defecto. Y no solo un extraño, sino también un ser superior con el que habrá que andar con cuidado. Al final, resultará que, a través del progreso tecnológico, volveremos a la sensación de estar rodeados de dioses. Y quizá entonces nos demos cuenta de que el viejo Dios del monoteísmo, aquel que echamos por el desagüe junto con el agua sucia, fue en realidad una liberación. Pues mientras duró su hegemonia ningún dios fue en verdad divino.
placer y eternidad
febrero 27, 2023 § Deja un comentario
Dijo Nietzsche: todo placer pide eternidad —más y más eternidad. De ahí que rieguen fuera de tiesto quienes alardean de sus rollos de una sola noche. Pues si la cosa fue bien, querrán volver a verla (o a verlo). Y si tan solo fueron cosquillas, entonces quizá deberían admitir que la cosa quizá no fue para tanto. Esto es, una decepción. Por eso quizá el término quizá no sea placer, sino encuentro. Los amantes siempre se encuentran, aunque sea furtivamente, fuera del mundo, como decía Rimbaud, en un estado de excepción. El momento de la sensación verdadera es el que, propiamente, exige eternidad.
Pero el tiempo arrasa. La muerte alcanza a los amantes como tiempo diario —como el tiempo de la negociación, del oficio. Y quien comprende esto acaso pueda comprender que lo que divide la existencia no es el arriba y el abajo —lo superior y lo inferior—, sino los tiempos. De paso, también podrá comprender que, en lo más profundo, permanecemos a la espera de la irrupción de un tiempo nuevo, un tiempo en el que el encuentro no tenga fin —la novedad siempre fue un simulacro, un espejismo.
Sin embargo, lo cierto es que, siendo como somos, tampoco podríamos soportarlo. Pues sobrevivimos negando, precisamente, la irrupción del otro, ese extraño. Y lo negamos donde simplemente pasamos a tratarlo. Aunque sea con amabilidad.
nihilismo y día D
febrero 25, 2023 § Deja un comentario
¿Que significa nihilismo? Dijo Nietzsche: nada por debajo de las grandes palabras. Por supuesto. Pero podríamos añadir sin problema lo siguiente: nadie te juzga —no tienes que rendir cuentas ante nadie. Y esto equivale a decir que no hay padre, esto es, alteridad. De ahí que el SS puede decirles a quienes van a ser gaseados que no importa morir ahora que de aquí veinte años: desde la óptica de un tiempo sin final, todos morimos a la vez. Es evidente que vivimos en una época nihilista. Pues que nos sintamos juzgados por nuestro aspecto o por la medida de nuestro éxito —en definitiva, por la gente— no cambia el diagnóstico. Y es que en este caso no se nos juzga, sino que se juzga la simulación, el maquillaje, la máscara.
Estamos, por tanto, lejos de creer —si es que podemos llegar a creerlo— que nuestro verdadero padre es el que no cuenta, el nadie que representa el genuino carácter de la alteridad. ¿O acaso el otro en verdad no es, por defecto, aquel del que no queremos saber nada, el que deviene extraño por haber sido antes extrañado del mundo, al fin y al cabo, el que excretamos como si fuera nuestra descomposición con el propósito de armarnos de valor? Como para decir luego que Dios y mundo son compatibles.
el fin de la pasión
febrero 21, 2023 § Deja un comentario
La pasión es biología. Y la biología es el equilibrio no premeditado de lo asimétrico. Donde la mujer y el hombre deciden ser únicamente individuos —donde el cuerpo estorba— no caben más que acuerdos. Y nadie se entusiasma a la hora de acostarse con su socio o socia —o mejor dicho, socie.
la caída de Roma
febrero 20, 2023 § Deja un comentario
Que la cultura hipermoderna haya apostado por la adolescencia, desplazando al anciano de la tribu, conlleva que estamos en manos del narcisismo adolescente, de su prepotencia. Así, todos nos tomamos en serio al binario que se siente profundamente herido porque el profesor de biología dijo algo tan evidente como que hay cromosomas XX y XY. Ahora bien, tomarse en serio al idiota —literalmente, aquel que es incapaz de salir de sí mismo— no es serio. Una cultura sana no está para chorradas. Y la nuestra hace ya tiempo que dedica demasiado tiempo —y recursos— a les chorres. Es lo que tiene haber matado al padre sin haber ocupado su lugar.
colosseum
febrero 15, 2023 § Deja un comentario
El tiempo todo lo borra. Incluso la huellas de un genocidio. ¿Acaso no visitamos el Coliseo como si no hubiese sido el templo de muertes espectaculares? ¿Acaso no hubo cristianos que fueron devorados por las bestias para entretener al vulgo? La sangre de los gladiadores ¿fue simplemente un chorro de ketchup? Es como si de aquí a unos cuantos siglos visitásemos Auschwitz para admirar su diseño industrial. El nihilismo lo llevamos tatuado en la piel, aun cuando nos resistamos a su discurso. De ello no se desprende, sin embargo, el rigorismo moral —que no debiéramos visitar el Coliseo. Pues, en realidad, humanamente no podemos evitarlo. El rigorismo es contra natura, un creer que podemos convertirnos en ángeles.
En cualquier caso, lo que esto significa —lo provoca un cierto vértigo— es que nos gusta olvidar, al fin y al cabo, pasar de largo. Y para caer en la cuenta de la desproporción, basta con imaginar que se suprimiese el tiempo histórico y que nos convirtiéramos de repente en contemporáneos de los mártires del Coliseo… mientras seguimos paseando por las gradas. Este es otro modo —muy distinto al de Spinoza— de contemplar la historia sub specie aeternitatis. O por decirlo en cristiano, de asumirla desde la óptica del juicio final.
Hegel, one more time
febrero 9, 2023 § Deja un comentario
Es sabido que, según Hegel, hay que comprender la sustancia como sujeto, esto es, como Yo, por decirlo a lo bruto. Pues solo de este modo cabe hacer justicia al carácter otro de lo real. Ahora bien, esto en principio se encuentra muy cerca de caer en el mito. De ahí que Hegel se decantara por comprender la iniciativa del Espíritu como una dinámica inherente a la lógica del concepto (y aquí el concepto no es estrictamente una definición, sino la expresión de que nada es más real que lo abstracto; al menos porque la alteridad avant la lettre carece de la entidad de lo particular —porque, en definitiva, la alteridad estrictamente tan solo puede ser dicha, por no decir que es un decir). En el fondo, la dinámica del concepto obedece a que la alteridad como tal siempre es su negación de sí. O en hegeliano, el en sí va de la mano, lógicamente, con el para sí. Es lo que la tradición cristiana, ya desde sus inicios, entenderá como la kénosis de lo divino. Al fin y al cabo, en tanto que lo absoluto es la escisión —aquella que da pie, precisamente, a lo histórico— cabe eludir la deriva de la metafísica hacia ontoteología (o por emplear el rotulador grueso, hacía el teísmo, ese resto de lo pueril).