respondones
mayo 3, 2024 § Deja un comentario
La actual tendencia a la interioridad, en lo que respecta a los asuntos de la fe, tiene sus riesgos. Pues da a entender que la fe depende de nuestra íntima adhesión a determinados contenidos, y no de nuestra respuesta a la pregunta con la se inicia la vida creyente: ¿y tú quién dices que soy yo? Como si el acto de la fe fuese una especie de yo me lo guiso, yo me lo como. ¿No será que una sociedad de narcisos reclama, precisamente, una fe narcisista, algo así como un oxímoron?
En cualquier caso, lo que no cuenta Mateo, aunque Lucas pueda sugerirlo, es que, tras la confesión de Pedro, probablemente no vino lo que Mateo pone en boca de Jesús, sino una enorme perplejidad o estremecimiento. En este sentido, Lucas fue más perspicaz. Pues dicha perplejidad, más que desmentir, confirma la confesión del apóstol.
Platón dialoga
mayo 2, 2024 § Deja un comentario
¿Por qué Platón escribió diálogos? Porque, tal y como se nos narra en el Fedro, la transcripción de los contenidos de un pensamiento es, inevitablemente, una traición. Y no porque medie necesariamente el malentendido. No es posible separar de Sócrates el pensamiento de Sócrates. Ciertamente, podemos hacerlo —ahí están los manuales. Pero pagando el precio de que ese pensamiento no nos alcance. Esto es, que quede reducido a lógica o, en el peor de los casos, a ocurrencia.
En la escritura —y más en la de los clásicos—, alguien nos dice algo que exige ser escuchado. La lectura es, en primer lugar, un acto moral, antes que cognitivo. No es lo mismo, por tanto, escuchar por boca de Sócrates, pongamos por caso, que con la filosofía uno aprende a morir que leerlo para ti en las primeras páginas del Fedón. Y no lo es porque lo que viene tras la palabra pronunciada, suponiendo que esta no sea trivial, es el silencio, los puntos de suspensión, el entredicho… en definitiva, ese no saber hasta qué punto es así, tal y como lo decimos. Con el habla que trata acerca de las últimas cosas, algo está teniendo lugar y no solo pasando. De limitarnos a leerlas, fácilmente podemos pasar de largo. La retórica es un intento de salvar la distancia —y Nietzsche sería un buen ejemplo de ello. También el releer —o aún mejor, el leer despacio. O la composición de lugar.
Quizá no fuese casual que hasta Agustín, la lectura fuese siempre pública. Y por eso mismo —porque comienza a leer para sí mismo—, podríamos situar los albores de la Modernidad en Agustín. Pues la Modernidad estará convencida de que lo verdadero se decide en los recovecos de la interioridad, aun cuando Agustín estuviese muy lejos de creerlo.
Al fin y al cabo, no es lo mismo quedarnos en silencio, como quien dice, tras una lectura sobrecogedora, que escucharlo saliendo de la boca del maestro.
de elefantes
mayo 1, 2024 § Deja un comentario
O bien somos elefantes —y el jinete está a su servicio. O bien somos jinetes que hemos de aprender a llevar el elefante que montamos. Ahora bien, la disyuntiva no puede resolverse simplemente mirando. Aquí tenemos que ponernos a pensar. Pues seremos una cosa u otra dependiendo de si hay —o no— una realidad que trascienda los mundos. Y haberla, la hay. Aunque ande acariciando la nada. Hay mundo porque la alteridad de lo absolutamente real es no siendo —o por decirlo de otro modo, desapareciendo en su aparecer como mundo. Hay misterio. Pero nada que descubrir tras correr el velo —y por eso mismo el misterio es un eterno porvenir. La revelación —el desvelamiento— nos arroja de nuevo al mundo como el más allá del más allá. El elefante no puede llevar las riendas porque no se enfrenta a (la) nada. La reacción nunca fue una respuesta.
Jorge Luis y el Silesius
abril 30, 2024 § Deja un comentario
Decía JL Borges que el poeta descubre un motivo de asombro donde los demás solo ven costumbre. Aquí el poeta anda de la mano del místico. O al revés. No en vano la rosa es sin porqué. Desde una nada de fondo, todo se nos revela como donación o milagro. Esto es, como lo insólito. El más allá —lo absolutamente otro— siempre lo tuvimos a un palmo. Quizá la sospecha de que la redención no está por venir, sino que ya tuvo lugar, aunque nosotros pasáramos de largo, no sea una simple ocurrencia judía.
En cualquier caso, sigue siendo cierto que a las víctimas solo les vale un comenzar de nuevo. Sobre todo, a las del pasado. Entre una cosa y otra —entre ver el mundo desde la óptica de la gracia y la necesidad de un reset de dimensiones cósmicas— anda la sensibilidad bíblica. Pero el muro aguanta.
conjeturas privadas
abril 29, 2024 § Deja un comentario
No, suponer —y actualmente, por nuestra cuenta y riesgo— que hay Dios o algo por el estilo. La fe no reposa sobre una representación mental. Más bien, responde a la pregunta que Jesús dirigió a sus discípulos… como si nos la dirigiera hoy mismo a cada uno de nosotros: y vosotros ¿quién decís que soy yo? (Mt 16, 15-16). Y aquí hay que tener en cuenta que todos, salvo Pedro, se quedan en silencio. Como nos quedaríamos nosotros, probablemente. Sin embargo, es Pedro quien le negará tres veces. Al fin y al cabo, el enviado murió como un apestado de Dios.
victimario
abril 28, 2024 § 1 comentario
El racismo tiene sus motivos. El no soy racista, pero… es la carta de presentación del racista hoy en día. Ciertamente, los despreciados por el color de la piel, las costumbres, su mala conducta… no encajan. Sin embargo, la pregunta es por qué. Y la respuesta no es la que el racista pone encima de la mesa, sus motivos. Pues la evidencia de los motivos oculta lo que en realidad está pasando. De ahí que el racismo sea un ejemplo —otro más— de ideología, en el sentido marxista de la palabra.
Y lo que está pasando es que los despreciados fueron antes víctimas que salvajes. La pobreza es, sencillamente, degradante. El pobre huele mal. Nadie siente rechazo ante el gitano educado, limpio, millonario. Lo que hay por debajo del desprecio racista es, al fin y al cabo, clasismo. Y lo sigue habiendo aun cuando le exijamos al pobre que se presente antes como un pobret… si pretende recibir nuestras migajas solidarias. Sin embargo, lo más probable es que el pobre sea un hijoputa, alguien cargado de escozor… si es que no ha entrado en las simas de la depresión. Basta con imaginar lo que sentiríamos si estuviéramos en la periferia… viendo cómo el mundo pasa de largo. A nadie le importa que tus hijos no tengan el pan de cada día. O simplemente, las mismas oportunidades de los perfumados. Únicamente el pobre que se humilla es aceptado. En el caso de que se resista a ponerse de rodillas —esto es, donde su rencor se exprese altiva, violentamente— lo que le espera es la represión social, el gueto, la reserva india. Y, si las cosas se ponen muy cuesta arriba, el exterminio.
El orden siempre fue el asunto principal para quienes necesitamos proteger nuestras pertenencias del asalto de los que están de más, esos residuos. Mientras no salgan de sus madrigueras, todo va bien. Los excrementos, a las cloacas. Como las ratas.
Emil
abril 27, 2024 § Deja un comentario
Cioran hizo del insomnio una categoría moral, algo así como el equivalente a una lucidez extrema. Levinas, en su momento, también estuvo cerca. ¿Qué aprendes al leer El Quijote —o los evangelios? Pues que papá también mea. A la ilusión, incluso la nihilista, le sucede el desengaño —las minúsculas, tras las mayúsculas. Quizá Cioran no experimentase más que alguna que otra noche en vela. Molinos. No hay para tanto. Al fin y al cabo, la expresión grandilocuente es de mal gusto, un exceso, algo literalmente impertinente —y no solo porque la reprobemos. Incluso Dios tuvo que caer para que pudiéramos, cuando menos, saber de qué va su asunto.
curiosidades teológicas
abril 26, 2024 § Deja un comentario
Esto de la fe común es, cuando menos, curioso. Pues el cristiano que proclamase con febril entusiasmo que el crucificado resucitó o que es en verdad el Hijo de Dios ¿acaso no pasaría por iluminado ? ¿Es que la mayoría de quienes van a misa los domingos no lo vería como un extravagante? Como si, al fin y al cabo, se tratase de decirlo pero sin tomárselo demasiado al pie de la letra. Como si las fórmulas del credo fuesen un modo de hablar. Sí, ya sabemos que Jesús fue levantado de entre los muertos. Pero bueno… Lo dicho: curioso. ¿Quizá porque ya no podemos creer sin añadir notas al pie? Y si esto es así, más que creer, ¿no creeremos que creemos?
renegar como Judas
abril 25, 2024 § Deja un comentario
¿Acaso no es cierto que todo Maestro acaba defraudando al discípulo? ¿Es que no llega un momento en que el Maestro —el Padre— deja de ser un espectro y se hace cuerpo? ¿Y no es cierto que no hay cuerpo que no huela mal? El individuo moderno —Hamlet— ya no sabe qué hacer con sus fantasmas, esos arquetipos. Sencillamente, es incapaz de obedecerlos. Tampoco puede abrazarlos. Sobre todo, porque su mandato obliga a ir contra el gozo de la madre. Hamlet no pudo soportarlo. Es lo que tiene la desaparición del Padre —su muerte. La sospecha prevalecerá sobre el asombro.
más cursos de milagros
abril 24, 2024 § Deja un comentario
El milagro es el dato fundacional de la fe. La cuestión es cuál es el verdadero milagro, desde la óptica cristiana. Y la respuesta es que lo milagroso no es el prodigio, sino la bondad —el acto de misericordia, el perdón— que aconteció donde no podría haber ningún atisbo de piedad. En cualquier caso, los prodigios, y para las épocas en las que fueron aceptables, constituyen su anticipación. El milagro avant la lettre es lo que el mundo no puede admitir. Del milagro no se desprende ninguna política. Acaso un sucedáneo —y como tal, fácilmente pervertible. En su lugar, un porvenir increíble por imposible.
De ahí que quien aún no comprende a flor de piel que estar ante Dios es hallarse frente a lo imposible de la existencia —y que, aun así, debe finalmente acontecer en nombre de, precisamente, el milagro— todavía está lejos de creer. Y quien dice creer, dice esperar. En realidad, la imposibilidad de Dios nunca fue eso que aún no sabemos explicar.
Blake
abril 23, 2024 § Deja un comentario
Aquel que dé un beso al gozo mientras este vuela
permanece en una eterna salida de sol.
William Blake
el ángel exterminador
abril 22, 2024 § Deja un comentario
Supongamos que efectivamente los extraterrestres nos estuvieran vigilando… y que al final hubiese una selección de las almas: las buenas pasan; las malas, no. Como si la vida en este mundo fuese algo así como una matriz que termina con un control de calidad. Como el ganadero selecciona a sus cerdos para la crianza. ¿Qué diferencia esto del día del Juicio? Más aún: ¿la aceptación de la finitud humana pasa por admitir la sentencia de Dios —o de los dioses? Los paganos —y también el Israel de los patriarcas— se limitaron a aceptar que vivimos dentro de un plazo. Y gracias.
Sin embargo, que nos hallemos sub iudice no es algo en lo que se cree como quien supone que hay unicornios en Marte. En realidad, se constata, por así decirlo, cuando topamos con la mirada de quien no cuenta para nada ni para nadie. Quizá algún día caiganmos en la cuenta de que el más allá tiene que ver con los que están de más. Aunque tampoco podamos preferirlo.
distancias
abril 21, 2024 § Deja un comentario
La teoría —el ver desde la posición del dios— fue, como sabemos, un invento griego. Hay que tomar la debida distancia si queremos saber de qué va el juego, en definitiva, superar las apariencias. Pero ¿acaso no todo es apariencia? Desde la grada del espectador imparcial, el amor es visto como el apareamiento de los monos. Pero no lo ve así el poeta. En el mundo hay árboles, focas, piedras…. Pero los árboles, las focas, las piedras… desaparecerían si de repente quedásemos reducidos al tamaño de una pulga. Todo sería muy distinto. La respuesta acerca de lo que hay no es, por tanto, independiente del tamaño o la posición. De ahí que el único modo de trascender las apariencias hacia el en sí, si es que hay algo como un en sí, sea reflexionando sobre el puro haber. Esto es, haciendo metafísica.
Sin embargo, el resultado de la reflexión sobre el puro haber nos dejará en el limbo especulativo. Pues el puro haber no es nada al margen de su aparecer como el haber de las cosas. ¿Hablamos de una mera abstracción? Ciertamente, no hay un puro haber como hay árboles, focas o piedras. Pero, si las cosas que vemos no son imaginaciones, entonces hay el ahí —el afuera. El puro haber no es, por consiguiente, nada. Su realidad es la de una negación de la nada. Es no siendo nada. Acto puro.
En cualquier caso, aunque haya ascenso, ningún camino habrá de vuelta: no es posible deducir la caña del pescador del haber en cuanto tal. La multiplicidad de lo concreto no puede comprenderse a partir de una sustancia fundamental. De hecho, la sustancia fundamental nunca fue sustancial. A pesar de Tales.
¿experimentar a Dios?
abril 20, 2024 § Deja un comentario
Si Dios es un Dios por venir —si la fe es, sobre todo, un permanecer a la espera de Dios—, entonces la experiencia de Dios no es, ni siquiera por analogía, la de un estar conectado al fondo nutricio del cosmos. Cristianamente, no se trata de descubrir, sino de mantenerse a la espera, mientras se le da al mazo. La fuerza o el ánimo no proceden de una especie de red bull de naturaleza espiritual, sino del Espíritu de Dios, ese resto. Y si el Espíritu se da como resto es porque, desde la óptica bíblica, el aliento de Dios es inseparable del memorial: recuerda el acto de piedad que tuvo lugar en lo más endurecido de la impiedad.
Al fin y al cabo, que el creyente se encuentre expuesto a Dios es algo muy extraño, si se piensa bien. Y pensarlo bien quiere decir más allá del suponer que hay Dios… o algo así. El estar bajo exposición es el envés de una existencia abierta a lo imposible…. en tanto que el Dios que aguarda el creyente no puede hacerse presente como ente superior. Un ente superior aún formaría parte del todo… como para que pudiéramos admitirlo como Dios. Un ente superior no es más que un ente superior, el cual, y como superior, tan solo nos exigiría un saber lidiar. En Dios, al margen de su hacerse cuerpo, no hay nada que reconocer. A lo sumo, una voluntad de incorporarse al presente para llegar a ser alguien. Sin su cuerpo, Dios aún no es Dios. De ahí que, estrictamente hablando, el creyente no espere a Dios, sino al Mesías —y con él, la irrupción del Reino de Dios, en definitiva, una nueva creación. Como decíamos, un imposible. Pues el mundo no puede admitirlo sin que finalice, precisamente, como mundo.
Sin embargo, la fe o apunta a lo imposible o no es fe, sino suposición. Y ello en nombre del milagro de un perdón que tuvo (el) lugar donde no humanamente podía tener lugar. En realidad, únicamente el perdón de lo imperdonable interrumpe la despiadada continuidad de lo histórico, una interrupción que no tienen otro horizonte que el de un reset de dimensiones cósmicas. Increíble, sí. Pues no podemos hacernos una idea del cómo sin falsificar el carácter de la esperanza creyente. Esta no proporciona un saber. Ni siquiera hipotético. Su forma es la del imperativo: el Sí debe triunfar sobre el No —la bondad, sobre la muerte— en nombre de… La fe como acto de confianza nunca fue un dar por descontado.
partir el pan
abril 19, 2024 Comentarios desactivados en partir el pan
El gesto de repartir el pan de cada día —en el fondo, la eucaristía— deviene significativo donde no está nada claro si hoy podremos comer. En caso contrario, no hay más que costumbre. Y la costumbre es erosión. Al final, ni siquiera recuerdas qué era aquello cuyos bordes han sufrido un enorme desgaste. De no tener presente, cuando menos, la posibilidad del hambre, el hecho de bendecir la mesa como quien no quiere la cosa ¿acaso no está cerca de tomar el nombre de Dios en vano?
buen provecho
abril 18, 2024 § Deja un comentario
Quien ve a los demás como cuerpos más o menos aprovechables, tampoco podrá verse a sí mismo como alguien que pueda estar más allá del like o el dislike. Primates. Sin embargo, hay el fantasma, esa figura de la alteridad. Y el fantasma, por suerte para el primate, no se deja ingerir. La ficción resulta más certera, a la hora de dar en el clavo de lo real —o mejor dicho, de nuestro estar expuestos a su desmesura— que un montón de mediciones. Quien mide, domina. Pero lo real, por defecto, es cuanto elude la dominación. Y esto está muy cerca del Dios. Pero también de lo excretable. Al final, los extremos se tocan. O como también se nos dijo, en el principio está el final.
nietzscheanas 63
abril 17, 2024 § Deja un comentario
¿Qué le podríamos decir a Nietzsche? Pues que quizá sí que la moral cristiana —la proclamación de la igualdad entre los hombres— fue provocada por el resentimiento, la envidia del sacerdote hacia la existencia noble. Pero que la pregunta no es si el resentimiento fue el impulso inicial, sino si, a pesar de ello, es o no verdad que somos iguales. Que no hay inicios puros es algo que ya podemos dar por descontado. Einstein podría haber dado con sus ecuaciones en un estado de ebriedad. Sin embargo, no quedan refutadas por ello. De hecho, caeríamos en la falacia ad hominem si terminásemos rechazando la teoría de la relatividad porque hubiéramos descubierto que Einstein fue un alcohólico.
Otro asunto es el de la falsa conciencia, que no podamos incorporar —reconocer como propios— los motivos que, en definitiva, nos impulsan y sostienen. Ahora bien, esto tiene que ver con nosotros, no con el clavo que hay que clavar. La obra de Nietzsche podría perfectamente entenderse como una orgullosa reacción al poder sacerdotal de la época. Y no por eso juzgamos su genealogía como irrelevante.
Con todo, Nietzsche probablemente nos hubiese dicho que no hay manera de contrastar si somos efectivamente iguales. Que nuestra objeción presupone que hay algo así como la verdad. De ahí que la pregunta sea en qué sentido cabe decir que es verdad que no hay diferencia, salvo la aparente, entre el noble y el esclavo. Al fin y al cabo, cómo es posible afirmar como verdadera la escisión de la que se ocupa la metafísica, a saber, la que media entre lo real en cuanto tal y su manifestación sensible. Pero de esta cuestión nos ocuparemos en otro post.
uno y trino
abril 16, 2024 § Deja un comentario
En realidad, Jesús de Nazaret no intimó con Dios en Getsemaní, sino con el Padre. Y es que, según el cristianismo, el Padre aún no es Dios siendo solo Padre. Con todo, puede que aún estemos lejos de admitirlo.
ya me vale
abril 15, 2024 § Deja un comentario
A pesar de la actual apuesta por la experiencia entendida como simple emoción, me atrevería a decir que no podemos prescindir de la pregunta por la verdad de los contenidos de la fe. Y es que no hay futuro para la fe —ni, por consiguiente, para la esperanza—, si esta solo depende de que el creyente la sienta que hay Dios. Al menos, porque los sentimientos van y vienen.
Ahora bien, la pregunta por la verdad de las fórmulas de la fe no apunta a los hechos que podrían validarlas. El kerigma cristiano no encuentra su confirmación en los hechos, ni siquiera en los que están por ver, sino en un acontecimiento. Los hechos se suceden. El acontecimiento, en cambio, supone una interrupción en vertical: el tiempo queda dividido en dos. Y el tiempo solo puede dividirse en dos en relación con la irrupción de lo imposible. La esperanza creyente nunca tuvo por objeto un ideal. Más bien parte del testimonio de aquella bondad que tuvo lugar donde no cabía ningún gesto de bondad. De ahí que la esperanza sea un tiene que suceder en nombre de y no un me gustaría que la fiesta terminase bien. Si la fe es en gran medida obediencia —o si se prefiere fidelidad—, entonces hay que conservar en la memoria la verdad de lo que tuvo lugar o aconteció como interrupción de la continuidad histórica. Pues de lo contrario el sentimiento que prevalecerá es el de aquel que siempre niega… salvo que no salgamos de nuestro zulo. Pero en ese caso permaneceremos en la ilusión. Y quien cree, y no solo cree que cree, está lejos de ser un iluso.
No obstante, la verdad de lo que en verdad tuvo lugar depende de que veamos el mundo como un escenario en el que combaten el Bien y el Mal. De no ser así —y esto es lo más probable hoy en día— no veremos más que una pugna entre fuertes y débiles. Para verlo a la cristiana —o lo que es lo mismo, a la apocalíptica— hay que ocupar la posición de los que no cuentan para nadie. Así, o es verdad que Dios se opone al mundo, o Nietzsche tiene razón. Incluso donde creemos haberlo refutado porque sentimos a Dios en lo más profundo… como el amigo invisible que siempre nos acompaña. Aunque quienes están convencidos de esto último quizá harían bien en tener presente, al menos de vez en cuando, que Jesús de Nazaret intimó con Dios en Getsemaní.
… y se comió unas sardinas con los suyos
abril 14, 2024 § Deja un comentario
En Lc 24, 35-48 hay unos versículos que me llaman la atención. Dicen así: y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ¿Tenéis ahí algo de comer? ¿Cómo es que no terminaban de creer por la alegría? Ciertamente, aquí podríamos hablar de una alegría desconcertada o zozobrante. Pero ¿cómo es que no creyeron tras haber visto las manos y los pies ? Aquí la conclusión es casi inmediata: no bastan las apariciones. De hecho, hasta da la impresión de que para los evangelistas estas no son más que uno motivo inicial, algo así como un pistoletazo de salida: dichosos los que creen sin haber visto (Jn 20, 29). Como en el episodio de Emaús, la clave reside en, por un lado, comer juntos —(re)partir el pan de cada día: nadie se quedará con hambre— y, por otro, la comprensión de las Escrituras. Las apariciones, por sí solas, no dicen nada. O mejor, pueden decir cualquier cosa.
Ahora bien, esta comprensión de las Escrituras sería imposible sin la historia que hay detrás, la del Jesús que anduvo por Galilea, y que terminó como terminó. No se trata, por tanto, de añadir un nuevo referente al significado de la palabra Mesías. Ese mismo significado queda alterado por el nuevo referente. Como el significado mismo de la palabra Dios.
el todo es (la) verdad
abril 13, 2024 § 1 comentario
La verdad —lo que en verdad tiene lugar— es el todo, decía Hegel. Pues lo que vemos es siempre parcial, una perspectiva. Y por eso, la verdad en relación con lo que vemos —con lo que nos (a)parece— tan solo puede entenderse como adecuación. Y la verdad como adecuación es pobreza intelectual. La mujer, pongamos por caso, es siempre algo más que el cuerpo que nos seduce. Aun cuando ese algo más no sea simplemente un algo más. Este algo más no se da como el dato que nos falta, y que podríamos constatar desde otro punto de vista. La trascendencia está inserta en las cosas mismas. No hablamos, sin embargo, de los cielos. Se trata del todo. El todo esta presente en cuanto es de tal modo que cualquier perspectiva se decanta inevitablemente del lado de la ilusión óptica. El problema es que nunca vamos a ver el todo —nunca aparecerá como tal. Únicamente cabe pensarlo.
Ahora bien, los resultados de la reflexión nunca fueron incorporables —no es posible hacer cuerpo de cuanto es en verdad más allá de su aparecer en los sensible. No hay imágenes del todo. Y por eso seguimos con la perspectiva como si esta fuera verdadera. Ciertamente, se suele decir que la perspectiva es una parte de la verdad. Pero la verdad del todo no está hecha de partes. El todo no es una estructura —esto sería otra perspectiva—, sino una com-posición, y una composición de contrarios en la que no puede haber victoria sin que se imponga la nada. De nuestra fijación a la perspectiva solo nos salva la ironía. Así, que Sócrates fuese un irónico no debe entenderse —o no solo— como un rasgo del carácter. Por no hablar de la ironía del creyente. De ahí que probablemente aún estemos lejos de comprender qué reveló el cristianismo al proclamar que Dios tenía un cuerpo como el nuestro.
la catequesis que confirma
abril 12, 2024 § Deja un comentario
Que vivimos tiempos de miseria es evidente —y por eso quizá los poetas estén de más, como insinuase Hölderlin. Así, no me deja de llamar la atención que muchos de quienes siguen por la senda cristiana… no terminen de saber de qué va el asunto. Que si del amor a los demás, que si Dios está en todas partes o dentro de mí… Casi nadie se pregunta por la verdad de aquello en lo que cree —y no me refiero, obviamente, a si los hechos pueden confirmar su creencia. Más de uno, ni siquiera por aproximación, es incapaz de recitar el credo. La mayoría supone que hay Dios… como pueda suponerlo cualquier que aún mantenga una mínima sensibilidad religiosa. De hecho, muchos creen que hay Dios como podrían creer en la existencia de unicornios. Con todo, hay una diferencia: detrás de la creencia en Dios hay algo así como un me gustaría que hubiese más bondad.
En cualquier caso, están —estamos— lejos de confesar que el cuerpo del crucificado es el cuerpo de Dios —que Dios tiene cuerpo. Y que esta es la respuesta De Dios —si es que la resurrección de los muertos es el envés de la elevación sobre el Gólgota— al clamor de los hombres. Que por estos pagos hayamos reducido el cristianismo a una práctica de buenos sentimientos ¿no está cerca de tomar el nombre de Dios en vano? Y más si llegamos a hacernos una idea de la desgracia de tantos a través de unos cuantos vídeos de Youtube. El medio siempre fue el mensaje.
kultur
abril 12, 2024 § Deja un comentario
¿Adquirir cultura? Necesario. Para quien quiera formarse, esto es, adquirir una forma, un carácter, en definitiva, valor. Si has leído a Primo Levi, has estado en Auschwitz. Si te has limitado a visitar Auschwitz —y además te has hecho un selfie para colgarlo en tu insta—, no. Lo primero, tiene que ver con la experiencia. Lo segundo, con la sensación. No es lo mismo. Lo que viene tras la experiencia es un silencio elocuente. Lo que sucede al chute de sensaciones, la palabrería. Tenía razón Nietzsche: el último hombre es un tipo muy delgado. En realidad, un anoréxico.
siempre el re-ligare
abril 11, 2024 § Deja un comentario
La religión fue, desde el principio, un intento de recuperar la conexión con una totalidad de la que nos habíamos distanciado. Su horizonte fue, y sigue siendo, el del formar parte. De ahí que pertenezca a su esencia el espíritu de la negociación. La magia sería la perversión de este espíritu, al sustituir la lógica del do ut des por la de la dominación. En cualquier caso, el sentimiento básico de la sensibilidad religiosa es la nostalgia, un intento de regresar al hogar.
Sin embargo, nunca hubo hogar para los desheredados. Quizá sea por eso que su religión —los rituales que la acompañan— no fuese, tras unos inicios a trompicones, estrictamente una religión al uso. Yavhé siempre fue un Dios intratable, esquivo, impertinente. En realidad, nunca se mostró como un dios del lugar. De hecho, como el verdadero Dios que es, Yavhé impugna cualquier presente. Al fin y al cabo, el creyente permanece a la espera de Dios. Aunque, en un primer momento, ignore que no habrá otra presencia de Dios que la su lugar-teniente, el Mesías.
Dios y la eternidad
abril 10, 2024 § 2 comentarios
Creer que hay un Dios esperándonos en el más allá es como suponer que, tras morir, seguiremos viviendo al margen del paso de los días. En ambos casos, damos por sentado que sabemos de lo que hablamos. Pero, en realidad, no podríamos soportarlo de ser verdad. ¿Dopados de dicha sine die? ¿Acaso no nos preguntaríamos si eso es todo? ¿Que yo podría admitir que el todo sea ya el todo —que no hay más ni puede haberlo? ¿Un yo sin inquietud no es algo así como un cerdo satisfecho? Y si no hay yo ¿qué tendrá que ver con nosotros?
Erramos el tiro donde imaginamos la trascendencia, el motivo de la esperanza, como hechos de otra dimensión. Aunque, por otro lado, no podamos evitar imaginarlo así.
comentario de texto
abril 9, 2024 § Deja un comentario
Escribe Víctor Morla en su introducción al libro de Job: quien no se siente interpelado por el libro de Job y retratado en alguno de sus versos es que no ha vivido lo suficiente o no ha sabido vivir. Ahora bien, si esto es así —y diría que lo es—, entonces la experiencia de Dios no parece congeniar con la de quienes tienen suficiente con sentir a Dios en los recovecos del alma como si Dios fuera algo así como el amigo invisible de la infancia. En este sentido, me atrevería a decir que una de las lecciones del libro de Job es que la experiencia de Dios pasa por el grito desgarrado que se dirige a Dios. Por no decir que comienza con este. No se trata solo de la invocación, sino de un lamento que se atreve a cuestionar a Dios hasta casi rozar la maldición. Como si no hubiera Dios. O lo que es peor, como si Dios nos hubiese traicionado. Y paralelamente, ¿acaso no podríamos decir que la intimidad con el Padre de la que hizo gala Jesús de Nazaret encontró su momento de verdad en Getsemaní?
necesidad del pensamiento
abril 8, 2024 § Deja un comentario
¿Es la noción de ser una abstracción, un concepto como el de, pongamos por caso, mesa? ¿Es que vemos cosas y luego nos decimos: lo que tienen en común es que están ahí —que son? Hasta Hume se dio cuenta de que los tiros no van por ahí. Pues si vemos cosas es porque en el ver damos por descontado que están-ahí. Para Hume, sin embargo, la noción de algo-ahí es un constructo mental, el resultado de la integración espontánea de impresiones que pertenecen a distintos registros sensoriales. Y esta es la cuestión que separa la Modernidad de los tiempos antiguos: si el ser —el haber de cuanto hay— es o no primero. De hecho, no es casual que, donde la pregunta por la certeza ocupa el lugar de la que se interroga por la naturaleza del haber como tal, el asunto de Dios se desplace al terreno de las preferencias personales.
supervivencia
abril 7, 2024 § 1 comentario
La verdad sobrevive falsificándose. Y, por eso mismo, sobrevive como verdad.
el giro
abril 6, 2024 § Deja un comentario
La conversión —el tema espiritual par excellence, y no solo cristiano— puede suceder de dos modos: o bien, como ascenso; o bien, como giro intempestivo. En ambos casos, la conversión implica una modificación de la sensibilidad: uno es de otro modo. Hay cosas que antes te gustaban y ahora no puedes soportarlas. De algún modo, sucede aquí como aquellos ex-combatientes que, al regresar con vida del horror, no pueden soportar nuestra intrascendencia. Han visto el más allá antes de tiempo y, por eso mismo, el mundo deviene una ilusión. Ni siquiera pueden entenderlo como una copia imperfecta de lo real. La vergüenza de volver a ser tal y como eran es el freno que les impide encontrar un lugar en el mundo. Como visionarios, pertenecen a lo absolutamente extraño. Y de ahí que, a ojos de los demás, sean unos inadaptados. Por no decir, desencajados. Monjes.
Según el primer modo de conversión, el horizonte no se mueve. Y de lo que se trata es de acercarse, aunque ese horizonte sea el de una esfera, algo así como un límite asintótico. En cambio, desde la óptica del segundo, la iniciativa es la de lo real: el horizonte viene hacia ti. Ya no es un horizonte, sino el hacha que parte el tronco en dos. Como si lo real fuese alguien y no árbol. Mejor dicho: como alguien —y no como si fuese alguien, pues el como si presupone un haberse distanciado de la experiencia. Conforme al primero aún podemos tomarnos en serio. Difícilmente, donde somos sacudidos hasta el expolio. Aquí solo cabe responder —y encerrarse ya es una respuesta. El primero, parte de la iluminación. Y así vemos claramente cuál es el camino correcto. El segundo, de la revelación —y aquí no hay camino, sino a lo sumo aguardar lo imposible.
Sin embargo, lo imposible puede adquirir dos rostros. El de la nada, en tanto que la nada y el mundo son incompatibles; o el de un nuevo comienzo, algo de por sí inconcebible y que, por consiguiente, solo cabe esperar donde hemos sido testigos de un acto de bondad frente a Satán.
La fe se transforma en onanismo espiritual donde perdemos de vista que nos hallamos en medio de un combate de dimensiones cósmicas. O dicho de otro modo, donde creemos con insultante facilidad que el combate ya ha terminado y que únicamente hay que esperar a que el árbitro pite el final. Es posible que esto sea así —de hecho, es lo que proclama el cristianismo. Pero como aquellos que aún están en el mundo, no podemos creerlo como quien no quiere la cosa. Para nosotros, la última sílaba de la última palabra aún está por pronunciar.
publicanos
abril 5, 2024 § Deja un comentario
Para entender el alcance —por no decir, lo inaceptable— de la parábola de Lucas (18, 9-14), basta con sustituir al publicano por un genocida. Y teniendo en cuenta que los fariseos eran quienes cumplían con la Ley a rajatabla, esto es, ejercían la caridad, iban a misa… , en definitiva, buena gente, cuesta de tragar —o debería costarnos— que Jesús de Nazaret diga que el genocida arrodillado está más cerca de Dios que aquel que cree estar cerca de Dios.
Sin embargo, los que pretenden salvar los muebles podrían ahora decirnos que el problema no es que el fariseo crea estar cerca de Dios, sino que, al creerlo, desprecie a quienes no cumplen. De acuerdo. Pero ¿acaso el desprecio del fariseo es una variante del típico desprecio aristocrático, el que distingue a los elevados de la purria? Es posible. Pero en este caso, quizá no sea del todo así. Pues, aun cuando puedan haber dosis de desprecio —no hay sentimiento químicamente puro—, el agradecimiento por los dones recibidos de algún modo incluye inevitablemente un cierto alegrarse por no ser como los otros.
Ahora bien, de esto último no se desprende, cristianamente, que no quepa el agradecimiento —que solo valga el quedar sepultado por las propias heces morales—, sino que la experiencia de la gracia va de la mano del sentimiento de culpa: derramaste la sangre de Abel (y la seguimos derramando, incluso donde nos limitamos a pasar de largo). Desde una óptica cristiana, la gracia siempre se nos ofrece como el envés de la redención.
hacerse una idea y caer en la cuenta, una vez más
abril 4, 2024 § Deja un comentario
Una cosa es dar por hecho que vamos a morir y otra hallarse a las puertas de la muerte. En el primer caso, el dar por hecho va con el como si no. Difícilmente podremos negar la evidencia, en el segundo. El aliento de la muerte lo cambia todo. Quiero decir que la muerte —su poder, su capacidad para la des-ilusión— se impone como el exceso mismo de lo real. Sencillamente, no cuentas. Creímos que importábamos. Pero andábamos en el error. La vida del espíritu comienza donde caemos en la cuenta y no donde seguimos suponiendo. Esto es, donde topamos cara a cara con lo real. Pues el espíritu solo vive de la verdad —y lo real es verdadero porque des-miente. cualquier representación. La vida del espíritu supone un comenzar de nuevo. Y todo comienza de nuevo tras ser descabalgados.
La vida del espíritu intenta anticipar, en la medida de lo posible, el momento de la sensación verdadera. ¿Cómo? Pues escuchando a quienes volvieron con vida de la muerte —es un decir. Las grandes obras de la cultura —desde la Biblia hasta Les Particules élémentaires de Houellebecq; desde el cine de Tarkovski hasta el Quatuor pour la fin du Temps de Messiaen— son, precisamente, eso: testimonios. No es lo mismo leer a Megan Maxwell que a Dostoyevski. Es decir, la primera acaso pueda entretenerte. El segundo, te sitúa más allá de ti mismo, en el territorio de lo concluyente. No es lo mismo pasarse el día oyendo regaetton, el cual inevitablemente convoca al mono que llevamos dentro, que escuchar periódicamente Erbam dich o variantes. No hay gustos inocentes.
Y me atrevería a decir que el desprecio de la cultura que se observa en las denominadas nuevas pedagogías, tan centradas en una aproximación superficial a tot plegat, quizá consiga producir mujeres y hombres aptos para trabajos en los que serán fácilmente sustituibles. Pero difícilmente adultos que no comulguen con ruedas de molino. La vida nunca fue una fiesta non stop. En el fondo, se trata de un asunto climático. Incluso me atrevería a decir que el éxito de dichas pedagogías nos arrojarán a una nueva Edad Media cultural —pocos sabrán; para el resto morcilla. Y quizá no solo cultural.
la friolera
abril 3, 2024 § Deja un comentario
Cuentan que Sócrates murió serenamente. Como quien se toma unas copas. ¿Admirable? Quizá. Y digo quizá porque incluso en los últimos instantes, sigue habiendo ambigüedad. Pues ¿qué significó esa serenidad? Sin duda, pudo significar valentía. Pero también, una cierta inconsciencia. Es posible, aunque cueste de creer que quien bajo el peso de estas situaciones no siente ningún temblor no haya caído en la cuenta.
¿Cómo saberlo? ¿Juntando pistas? Por ejemplo, difícilmente alguien se atrevería a decir que Sócrates fuese un inconsciente. Pero, en cualquier caso, permanece la ambigüedad. ¿Murió el crucificado con fe? ¿O más bien maldiciendo su destino? Ese abandonarse a un Dios que dio la callada por respuesta ¿fue una interpretación a la luz de Is 53? No lo sabremos nunca por nuestra cuenta y riesgo. De ahí que sin testimonios no vayamos muy lejos. Pues la fe es, cristianamente, la fe en quienes dieron fe. Quizá reguemos fuera de tiesto donde pretendemos basar la esperanza en sentimientos que no salen de los recovecos de una psicología adolescente —de adolecer. Al fin y al cabo, el juicio —el esto es tal y como lo decimos—, al pretender decantar la ambigüedad, es un acto de fe. En definitiva, un debe ser así. Como viera Israel, nada se decide verdaderamente en el presente. Ni siquiera la verdad de Dios.
muy poderoso
abril 2, 2024 § Deja un comentario
No es posible hallarse ante Dios sin plantearse la pregunta por el poder de Dios. El poder de Dios es la posibilidad de Dios. ¿Qué puede Dios? ¿Cuál es su posibilidad? ¿Resucitar a los muertos? Pero ¿cómo es esto posible si admitimos que Dios no opera ex machina? ¿Acaso la posibilidad de Dios no es la del hombre —y porque Dios quiso que fuera así desde un principio? En cualquier caso, un Dios impotente no vale como Dios. Ahora bien, si la posibilidad de Dios es la imposibilidad del mundo, entonces nuestra exposición a Dios es un hallarse expuestos a la posibilidad de lo imposible. O lo que viene a ser lo mismo,. de una nueva creación. Y ello en nombre de. Sin embargo, si Dios crea el mundo de la nada —esto es, retrocediendo hasta rozar la desaparición o, por decirlo a la hegeliana, negándose a sí mismo hacia lo otro de sí— ¿cómo podrá crear de nuevo la humanidad sin volver a dar un paso atrás? Cristianamente, el poder de Dios es el de su cuerpo. De ahí la importancia de la resurrección. Sin resurrección de los muertos el cristianismo, sencillamente, hace aguas. Pero esto está muy cerca de la ironía. Como si la convicción cristiana fuese un modo de decir que no hay esperanza para las víctimas de la historia. La esperanza creyente nunca fue una expectativa.
ya sí, pero aún no
marzo 31, 2024 § 1 comentario
Quienes vieron al crucificado con vida, estuvieron convencidos de que el final de los tiempos había ya comenzado. Y así Pablo pudo escribir —¡y eso, al cabo de unos cuantos años!— los que lloran, vivan como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegrasen; los que adquieren, como si no poseyeran. Luego el asunto se pospuso sine die. Las labios de los ángeles ni siquiera llegaron a rozar las trompetas del Juicio. Vinieron, por tanto, los días difíciles —los tiempos del todavía no. Y ahí seguimos. Como para tomárselo muy en serio.
Sin embargo, y a causa de tanto aún no, ¿no volvemos a estar donde Tomás… antes de que pusiera el dedo en la llaga? Ahora bien, ¿es que hemos olvidado la respuesta del resucitado: porque me has visto has creído; bienaventurados los que no han visto y han creído? De acuerdo. Pero ¿qué significa creer sin haber visto? ¿Quizá que la esperanza no tiene otro sostén que lo que la resurrección reveló, a saber, al crucificado como el quién de Dios —y lo que ello implica para Dios mismo? Y acaso esto último ¿no supone esperar, más allá de cualquier expectativa razonable, que los actos de misericordia en el centro del horror no caerán en saco roto… aun cuando el cómo no quepa imaginarlo, salvo con imágenes imposibles?
de la fe y los hechos
marzo 30, 2024 § Deja un comentario
La fe cristiana se basa en hechos. Si el crucificado no hubiese de hecho perdonado a sus verdugos en nombre de Dios —si Jesús de Nazaret hubiese muerto como morían los crucificados, esto es, como un perro que se retuerce de dolor y no más— el cristianismo sería una enorme creación literaria, acaso la mayor de los tiempos. La pregunta, por tanto, es si hubo perdón.
En principio, diríamos que sí. Pues esto es lo que se nos ha contado. Sin embargo, para el primer evangelista, el crucificado murió gritando, como quien dice, las exclamaciones del salmo 22. Esto es, como un apestado de Dios. ¿No deberíamos concluir, por tanto, que de hecho no hubo perdón, sino una interpretación del carácter redentor de la cruz a la luz de del Is 52, 13-53? No sería exactamente lo mismo. Pues en este último caso, la interpretación se añadiría al hecho y, por consiguiente, no habría habido visión, sino lectura. Así, deberíamos decir que de hecho no hubo perdón, sino que, más bien, leemos los acontecimientos del Gólgota como si lo hubiese habido. El problema es que el como no es un como si.
Ahora bien, lo cierto es que a lo largo de la historia ha habido hechos que encarnan esta lectura. Esto es, gestos de misericordia en medio del infierno. El episodio de las madres de El Salvador es, en este sentido, paradigmático. Son episodios como este los que validan retrospectivamente la interpretación cristiana de los últimos momentos del crucificado… de modo que el como si se convierte, al fin y al cabo, en un como En el ámbito de la literatura, suele decirse que el lector hace al autor. Y esto es, en gran medida, así. Sin embargo, este hacer en modo alguno es arbitrario. Pues se da —y debe darse— bajo la forma del reconocimiento. La autoría de un autor queda suspendida del vacío donde ningún lector admite su autoridad. Quiero decir que aún no hay autoridad donde falta el reconocimiento. El autor no es un tesoro por desenterrar, sino una interpelación que permanece como nada mientras no haya respuesta. Sin lector, el autor es simplemente alguien que juntó letras.
Algo parecido podríamos decir del acontecimiento del Gólgota. De ahí la importancia de las historias que dan testimonio de lo que por sí solo aún no tuvo lugar . Si no hubiera habido ninguna historia, los evangelios no serían mucho más, aunque tampoco menos, que una gran ficción, acaso consoladora. Pero el consuelo tiene los pies de barro donde no se apoya sobre el terreno de lo que en verdad se hizo presente.
contemporáneos
marzo 29, 2024 § Deja un comentario
Si lo vemos desde la óptica de un tiempo cósmico, aquellos con quienes nos cruzamos, los compañeros de trabajo, nuestros vecinos, cualquier transeúnte…, en definitiva, nuestros contemporáneos se revelan —esto es, son— como aquellos con quienes compartimos un destino o, si se prefiere, un estado de excepción. Hermanos. Incluso si inspiran nuestro desprecio.
Hay que distanciarse, por tanto, de lo que vemos a un palmo de nuestras narices —hay que coger perspectiva— para caer en la cuenta de lo que acontece. Antiguamente, quizá lo tuvieran más fácil. Pues nada era que, de algún modo, no representase o encarnara lo que se encuentra más allá Donde no hay altura, todo pasa y nada tiene lugar. De ahí que, sin cielos que valgan, para caer en la cuenta no tengamos más remedio que adquirir una perspectiva temporal. Y puede que este sea el último legado de la tradición bíblica. Al fin y al cabo, la profundidad es una cuestión de tomar distancia. Y tomarla para volver. Sin distancia, terminamos siendo reos de lo impersonal. Aunque nos guste.
superar a los clásicos
marzo 28, 2024 § Deja un comentario
Platón, Aristóteles, Hegel, Heidegger… son insuperables. También Juan, el cuarto evangelista. Quiero decir que no podemos dejarlos atrás sin pagar un alto precio. En cualquier caso, lo que para nosotros es un “progreso”, hartos de cientificismo, es más bien una impotencia, una dejar de entender o, cuando menos, un malentendido. Tener cultura es, en definitiva, esto: hablar el idioma de los clásicos —esos muertos vivientes—, un no dejar que se pierda lo que ellos vieron. Pues sin su ayuda, seremos incapaces de ver cuanto deberíamos ver. Y lo que esto significa es que fácilmente caeremos en el desprecio de quien ignora de qué va el asunto.
el poder de las imágenes
marzo 27, 2024 § Deja un comentario
Como modernos nos disparamos un tiro en el pie donde ridiculizamos las figuras del imaginario religioso y, en concreto, cristiano. Pues al final —es decir, en medio de la catástrofe, de la guerra sin cuartel— tan solo nos quedarán, a la manera de un andamio, las imágenes o la recitación. Es verdad que, dentro del hogar, la devoción a las estampitas fácilmente se pone al servicio de nuestra autosatisfacción. Es verdad que Dios no es aún nadie sin su cuerpo. Como también lo es que su poder no se ejerce ex machina, esto es, sin el fiat del hombre. Es verdad que el clamor de las víctimas se dirige a un cielo de plomo. O que la fe apunta a lo imposible, a lo que el mundo no puede admitir como su posibilidad. Pero donde el sufrimiento deviene insufrible los símbolos de la esperanza apocalíptica —que el león coma hierba; que el ángel de la luz terminarán por derrotar al ángel de la oscuridad— son, como decía, el único punto de apoyo para que el cuerpo siga en pie frente a la soberanía de la impiedad. O mejor, arrodillado ante el Sí. Cristianamente, y por parafrasear a Hegel, el espíritu siempre fue un hueso. O si se prefiere, una transfiguración de la carne.
una de Kant (y 5)
marzo 26, 2024 § Deja un comentario
Todos aspiramos a la felicidad. Sin embargo, y teniendo en cuenta que esta no es enteramente indisociable de la satisfacción, el cumplimiento del deber moral —el hacer lo debido con el único interés de hacerlo— no parece que haga muy buenas migas con la dicha personal. De hecho, se trata de una constatación. Pues de hecho, el cumplimiento del deber por puro sentido del deber implica, en muchas ocasiones, sufrimiento. Y no solo el nuestro. El rigor moral tiene como horizonte la felicidad, pero no la garantiza. De ahí que Kant se refiera a Dios como el postulado de la razón práctica: tiene que haber un Dios que asegure que la integridad moral tendrá un final feliz, por así decirlo.
Ahora bien, quizá convenga subrayar que no estamos ante una necesidad psicológica, sino ante la creencia que inevitablemente va con el mandato de la razón práctica. Sería contradictorio —y la razón no puede aceptar la contradicción— creer que somos los que están sujetos a un mandato que hace inviable la felicidad. Y lo sería porque la felicidad es, en gran medida, la realización de nuestra naturaleza —y esta es, ciertamente, racional. Así, el postulado de la razón práctica de hecho añadiría la esperanza de que Dios finalmente hiciese posible también la satisfacción. Aunque no solo. Pues también Dios tendría que hacer posible la disolución de la ambigüedad en la que nos movemos, aquella por la que no terminamos de saber hasta qué punto nuestro único interés es el de hacer lo debido por hacer lo debido.
Ahora bien, llegados a este punto, resulta difícil evitar la sensación de que esto está muy cerca de la creencia cristiana en la transfiguración de la carne —o en terminología kantiana, del sujeto empírico. Sin embargo, Kant no lo hubiera negado. Pues su más íntima intención siempre fue la de demostrar la racionalidad del cristianismo. Otro asunto es que Kant lo haya demostrado. Pues el Dios de Kant no termina de casar con aquel que aún no es nadie sin su cuerpo. Pero este, como decía, es otro asunto.
una de Kant (4)
marzo 26, 2024 § Deja un comentario
Kant distingue entre dos tipos de imperativos prácticos: el hipotético y el categórico. Tan solo este último es estrictamente moral. Según el primero, la obligación depende de un interés o condición particular: si no quiero ir a la cárcel, entonces no debo robar; si pretendo que mis amigos me acepten, entonces no debo mentirles; si quiero sentirme bien conmigo mismo, entonces debo colaborar en la campaña de Caritas. Resulta evidente que, en estos casos, el propósito de la obediencia —la intención de cumplir con el precepto moral, seamos o no conscientes de ello— es conseguir una recompensa o evitar las consecuencias más desagradables. Aunque hagamos lo correcto, no lo hacemos por hacer lo correcto, sino por un motivo al margen. Ciertamente, actuaremos conforme a la máxima moral —Kant dirá que la acción será legal—, pero en modo alguno seremos moralmente íntegros. En este sentido, cuando nos movemos bajo imperativos hipotéticos somos rehenes de nuestro deseo o temor. Y aquí, obviamente, no hay propiamente libertad, sino heteronomía, dependencia de lo que se nos impone como exigencia desde fuera. Quizá pueda haber sensación de libertad. Pero que uno se sienta libre no significa que lo sea.
Para Kant, la verdadera libertad solo se da en relación con el imperativo categórico o incondicional. Pues, como decía, donde hacemos lo debido —o lo que sea— por un motivo particular no hacemos mucho más que dejarnos llevar por nuestras pasiones, al fin y al cabo, reaccionar como simios. La buena voluntad —la determinación de la voluntad, el ejercicio de la autonomía— consiste, precisamente, en hacer lo debido con el único propósito de hacer lo debido. Desde la óptica moral, hacer lo que manda el precepto —cumplir con la máxima— no basta: la intención ha de ser pura. Moralmente hablando, tan solo es buena la buena voluntad. Y la buena voluntad, teniendo en cuenta que la voluntad manda, se expresa a través del imperativo categórico.
El imperativo categórico —haz lo debido con el único interés de hacer lo debido— admite diferentes fórmulas, cada una de las cuales pretende aclarar qué significa esto de que el único interés sea el de hacer lo debido. De entre las diferentes fórmulas destacaré dos. La primera dice: actúa solo según aquella máxima por la cual puedas querer, que al mismo tiempo, se convierta en ley universal. Con esta formulación, Kant pretende darnos a entender que la buena voluntad no es compatible con cualquier máxima. No se trata, por tanto, de adoptar la máxima que se nos ocurra y obedecerla hasta el final. Como decía, el darse a uno mismo la ley no consiste en elegir la máxima que más nos convenga. Aquella que representa un interés particular no puede convertirse, precisamente en tanto que expresión de un interés particular, en ley universal. Es posible que en un momento dado nos interese mentir. Pero si todo el mundo se viera obligado a mentir —si el mentir fuese ley universal— la mentira dejaría de ser una posibilidad. Para que sea posible mentir, hemos de dar por sentado que lo obligatorio es decir la verdad.
Por otro lado, la segunda fórmula que vamos a considerar dice lo siguiente: obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio. Esto es, el horizonte de la buena voluntad es el respeto al otro (y a uno mismo). Aquí la pregunta es si acaso el respeto es algo más que un sentimiento provocado por la admiración o el temor que el otro nos inspira. Pues, si no fuera más que un afecto que dependiera de quién nos infunde o no respeto, entonces difícilmente podríamos seguir hablando de racionalidad. Al menos, porque el sentirse afectado por algo o alguien en concreto no posee, a diferencia de los mandatos de la razón, un alcance universal. Es obvio que para Kant el sentimiento de respeto es algo más que un afecto particular. De hecho, Kant se refiere a dicho sentimiento como racional. O de otro modo, como el sentimiento exigido por la razón a la que nos encontramos sujetos… en tanto que somos, precisamente, este hallarnos sujetos a los imperativos de la razón.
¿En qué sentido, por tanto, el respeto es un sentimiento racional? ¿Acaso la expresión sentimiento racional no es un oxímoron? En relación con este asunto, no es que Kant sea muy explícito. A la hora de responder a esta pregunta, tendremos que ir tanteando, un poco por nuestra cuenta y riesgo.
La idea de fondo es que, por definición, el respeto preserva la distancia de la alteridad. El yo del otro es, literalmente, intocable. Podemos utilizar su cuerpo. Pero el yo, en tanto que difiere continuamente del cuerpo con el que se identifica, siempre se encuentra más allá, por decirlo de algún modo… aun cuando de hecho no sea nadie al margen de su cuerpo. Este más allá, sin embargo, no es objeto de percepción sensible. No es posible ver o tocar al yo que se encuentra sin encontrarse “más allá” de sí mismo. Tan solo cabe reconocerlo a través de la razón, en definitiva, del decir que da por sentado. La realidad del yo va, por consiguiente, con la necesidad —la obligación— de respetarlo. Tenemos que respetarlo, es decir, no podemos hacer otra cosa. Ahora bien, lo cierto es que en tanto que sujetos empíricos , por emplear la terminología de Kant, solo tratamos con cuerpos. Y los cuerpos se utilizan entre sí. De ahí que el sujeto trascendental, al estar obligado porque quiere a respetar la alteridad del yo, tenga que obligar al sujeto empírico a respetar el cuerpo de ese yo que es no siendo nadie sin su cuerpo, en definitiva, a tratarlo como un fin en sí mismo y no como medio de un interés particular. En esto consiste el obligarse a uno mismo, el ejercicio de la libertad. Como decía, la libertad entendida como autonomía presupone la escisión entre el sujeto empírico y el trascendental. La voluntad —la razón práctica— manda, precisamente, querer. Y tan solo queremos en verdad donde nos obligamos a hacer lo debido sin otro interés que el de hacer lo debido. Es decir, por respeto al otro. A modo de ejemplo, imaginemos que estamos dando de comer a quienes no tienen el pan de cada día. Y supongamos que uno de ellos nos preguntase por qué lo hacemos. Si nuestra respuesta fuese para sentirme bien conmigo mismo estaríamos fuera de juego, aun cuando hiciéramos lo correcto. La única respuesta moralmente válida sería porque quiero, esto es, por ti.
Otro asunto es que, aunque sepamos a qué estamos moralmente obligados, nunca terminaremos de saber hasta qué punto hacemos lo debido por hacer lo debido. Es lo que tiene que la escisión entre el sujeto empírico y el trascendental se dé en el seno de cada uno de nosotros.
