dos por uno

diciembre 10, 2022 § Deja un comentario

No hay gesto que sea químicamente puro. Las caricias de los amantes son un juego preliminar. Pero también se bastan a sí mismas. Por eso hay un tiempo para cada cosa y una cosa para cada tiempo. Si los preliminares se prolongasen en exceso, dejarían de ser preliminares. La cosa pasaría a ser anómala. La cuestión es quién decide los tiempos. Pues acaso el poder consista en gran medida en un dominio sobre la duración. Sin embargo, en el juego de la relaciónes nuestra libertad depende de que no sepamos quién es ese quién —que nos trascienda a la manera de un espectro. Esto es, que las cosas sucedan conforme a una lógica impersonal. El resto es perversión. De ahí que podamos entender la perversión como el envés de una voluntad de dominio. Y de ahí también que el perverso siempre esté solo.

cuestión de distancia

diciembre 9, 2022 § 2 comentarios

¿Puede un ser superior amar a uno inferior? No sin degradarse —sin ponerse a su altura, sin humillación. Pues amar es entregarse —y entregarse hasta la negación de sí. No hablamos por tanto del disfrute. De hecho, uno siempre disfruta solo, aunque sea a dos bandas. Ahora bien, si esto es así, ¿acaso el ateísmo moderno no sería un hijo bastardo de la cristiandad? Sin embargo, es posible que aún no hayamos comprendido del todo qué implica con respecto a la naturaleza de Dios confesar que no hay otro Dios que el encarnado. Pero este es otro asunto.

imposturas

diciembre 8, 2022 § Deja un comentario

Andamos de espaldas a lo real. Este es nuestro principio —que no el principio. Y no hace falta ir muy lejos para darse cuenta. Basta lo prosaico. Por ejemplo, tomamos jamón. No devoramos el cerdo… aun cuando sea esto, precisamente, lo que hacemos. Si lo devorásemos a lo bestia, ¿podríamos soportarnos? La caída —que vivamos de trampantojos— ¿acaso no será el origen de la posibilidad del asombro? Nuestra humanización ¿no es el envés de la ilusión —del haber dejado atrás el milagro… aunque por eso mismo se revele como tal? Sin embargo, no hay aquí inocencia. Nuestra dureza —nuestra impiedad— hunde una de sus raíces en el hecho de que humanamente no podemos evitar tomarnos las sombras en serio . Pues no es cierto que el extranjero sea una rata. Aunque a veces nos lo parezca. No es casual que, para Israel, el asombro vaya de la mano de la indignación. Al menos, porque no solo nos descoloca la desmesura de lo real, sino también, y quizá sobre todo, que haya quienes, por haber nacido en la orilla equivocada, lleven una vida desgraciada.

despistados

diciembre 7, 2022 § Deja un comentario

Las primeras veces, por lo común, son decepcionantes. Pues su única medida es el deseo, en modo alguno lo que acontece, esto es, el milagro o la excepción. Y ya sabemos que el deseo tiene una mirada de corto alcance. Aunque su promesa apunte a la eternidad. Difícilmente, caemos en la cuenta de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. Y cuando sucede, tampoco podemos permanecer ahí, en la boca de la caverna. Es lo que tiene vivir de espaldas. O haber caído. De ahí la necesidad de un religare. Sin embargo, lo que ignora el homo religiosus es que, desde nuestro lado, no hay religare que valga. Por mucho que a veces sienta lo contrario.

a la inversa

diciembre 6, 2022 § Deja un comentario

Se dijo que si Dios no existe, todo está permitido. Sin embargo, ¿no sería más bien que precisamente porque Dios no existe —o si se prefiere, porque el haber de Dios no es el los entes—, no todo está permitido? Es como sucede con los hermanos que se quedaron huérfanos: que se deben uno al otro. De hecho, el que Dios aún andara por por ahí no impidió que Caín levantara la mano contra Abel. Más aún, si Caín se atrevió a derramar la sangre de Abel fue porque no pudo soportar las preferencias de Dios.

ancianos

diciembre 5, 2022 § 1 comentario

La vejez es muy jodida. El cuerpo no nos sigue —y a menudo nos da la impresión de que ya no quiere seguir. Más aún: comienzas a saber qué significa estar solo. Sobre todo hoy en día. A un viejo fácilmente se le aparca. La vida, sencillamente, sigue sin ti. Te has convertido en un sobrante. Con todo, solo quizá entonces comiences a caer en la cuenta de lo que supone estar expuesto a lo que nos supera. Y de paso, qué hay detrás de los gestos de piedad. Comenzando por el arrodillarse. Aunque no sepas a ciencia cierta ante qué o quién. A veces pienso que no es posible, salvo excepciones, ser joven y cristiano.

atados a sombras

diciembre 4, 2022 § Deja un comentario

La metáfora platónica es muy potente: resulta muy difícil aceptar la realidad. O mejor dicho, vivir conforme a ella. Y no solo porque la ilusión sea más consoladora, sino porque no podemos aceptar el precipitado de la reflexión. Hay una enorme distancia entre el saber, aunque se trate de un saber paradójico, y las apariencias. Como también la hay entre el alma y el cuerpo. En la mayoría de las ocasiones, el gen prevalece. Así, pongamos por caso, aun cuando sepamos que la tierra gira alrededor del Sol, seguimos instalados en la sensación de que es el Sol el que se mueve. O por poner otro ejemplo, aunque hayamos comprendido que Dios no es un fantasma bueno, pues no tiene otra entidad que la de un cuerpo que cuelga de una cruz, inevitablemente el creyente seguirá dirigiéndose a Él como si lo fuera. Ahora bien, si se trata de salvar las apariencias como decía Aristóteles, entonces deberíamos admitir que no hay otro modo de incorporar la verdad que falsificándola. El problema es que creamos demasiado en la falsificación, esto es, que nos la tomemos como lo que es en verdad. En ese caso, no solo está en juego la verdad, sino quiénes somos. Pues donde confundimos lo que nos parece que es con lo que es, seguimos en el centro. Y no somos el centro. De ahí que Sócrates se viera empujado a la ironía, acaso el único modo de permanecer entre las dos aguas del acontecimiento de lo real. Es imposible que, en el día a día, sintamos el movimiento de la tierra. Pero nadie nos impide añadir el eppur si muove a modo de nota al pie. Y a veces basta con una sonrisa. O un silencio elocuente.

para los débiles, pero no para débiles

diciembre 3, 2022 § Deja un comentario

Me atrevería a decir que hoy en día el cristianismo medio, por así decirlo, está en vías de extinción. Su condición de posibilidad es que Dios ya no se da por descontado —que la creencia haya pasado a ser un asunto personal. De este modo, por un lado tendríamos el cristianismo ultra, el cual acentuando el aspecto devocional, se mantiene en una lectura literal del credo. Por otro, el cristianismo progre, cuyo horizonte acaso sea más ético-político que estrictamente teológico. Aquí el esfuerzo teórico busca la traducción de las fórmulas de la fe. Su riesgo es acabar creyendo en otra cosa: de Hijo de Dios a hombre de Dios… entre otros; de la resurrección a sigue vivo en nuestros corazones. En ambos casos, sin embargo, la experiencia de la fe se centra en el sentimiento. Ahora bien, el sentimiento, como sabemos, es variable. Pues de apoyarse solo en el sentimiento fácilmente pasamos del creo porque lo siento al no creo porque ya no lo siento. Evidentemente, no se trata de que la fe se apoye solo en la razón. Al menos, porque el creyente no cree porque haya buenas razones para creer. O la confianza en la que consiste toda fe se hace cuerpo o no iremos más allá de un entender qué dice el cristianismo. Sin embargo, esta incorporación no consiste solo en sentir que hay Dios o algo por el estilo. En realidad, la fe es fe y no solo suposición donde no parece que haya motivos para seguir creyendo, esto es, en aquellas situaciones donde nos hallamos sin Dios mediante. De ahí que la fe no sea para débiles de corazón. En esas situaciones, el corazón del creyente sigue latiendo únicamente porque siguen latiendo el de aquellos a quienes se entrega. Hace falta mucho valor —mucha fortaleza— para dar un paso al frente donde ya no sientes que Dios te dé un golpecito en la espalda. Pues confiar en un Dios que guarda silencio está más cerca del absurdo que de lo razonable o de lo meramente sentimental. No es casual que el cristiano confiese que Dios aún no es nadie sin el cuerpo de aquel abandonado de Dios que se abandonó a Dios. Y actuó en consecuencia.

invisibles

diciembre 2, 2022 § Deja un comentario

¿En qué nos convertiríamos si fuésemos invisibles —si nos pusiéramos el anillo de Giges? La invisibilidad es, como cabe suponer, la metáfora de un poder sin restricciones: nadie te ve, nadie te juzga (y por eso mismo, nadie te condena). Trasímaco lo tuvo claro, frente a Sócrates: de lograr la invisibilidad dejaríamos de temer y, en consecuencia, nada podría impedir que realizásemos nuestras peores fantasías. Pues la raíz de nuestra buena conducta —sostiene Trasímaco— es el temor. Aquí la cuestión es si es posible amar el bien por el bien mismo, esto es, buscarlo. Sócrates estuvo convencido de ello. Ya que, de hecho, somos esta búsqueda —esta inquietud. Y es que, aunque el poder absoluto nos libere del temor, el precio a pagar es, de hecho, la pérdida de la alteridad y, consecuentemente, el quedar reducidos a mero organismo. En el horizonte, poco más que apetencias. Nada qué desear ni, por descontado, querer. El hallazgo socrático consiste en caer en la cuenta de que hay más libertad en quien aspira al bien que al poder. Quisimos el poder de un dios. Sin embargo, ignorábamos que un dios omnipotente, y a causa precisamente de su omnipotencia, no es nadie. Pues donde no hay otro que valga no hay conciencia —no hay yo. El tirano, como viera Platón, está solo (y solo como títere de sus impulsos). Quizá no sea casual que los antiguos egipcios imaginaran a sus dioses como bestias. En cualquier caso, una cosa es que, en el fondo, no busquemos otra cosa que el bien y otra es que sepamos hacia donde apuntar. Pero Sócrates no dijo lo contrario.

iluminados

diciembre 1, 2022 § Deja un comentario

¿Qué es un iluminado? Alguien que se fuerza a permanecer en lo que, de hecho, es excepcional —en el milagro. Por ejemplo, es cierto que cabe encontrarse, en el sentido fuerte de la expresión, con el otro y no solo reaccionar a su presentación. Pero al igual que el momento del encuentro —aquel en el que nos hallamos fuera del mundo, por decirlo a la manera de Rimbaud— no puede incorporarse en el día a día. Durante el tiempo diario prevalece el (con)trato, la profanación, la lógica del do ut des… lo cual no tiene por qué ser desagradable. El iluminado pretende, ilusamente, hacer de la excepción algo habitual. De ahí que viva de eslóganes, esto es, que necesite decirse continuamente, por seguir con nuestro ejemplo, que todo es encuentro con el otro. No obstante, aunque sea verdad que el milagro puede fecundar el presente, lo sensato es aceptar que, como tal, no cabe vivirlo a diario —que no cabe poseer lo que nos ha sido dado como excepción (y por eso mismo, como si fuera el signo de otro mundo o de un porvenir absoluto). Frente al eslogan del iluminado —frente a sus ilusiones—, la lucidez bíblica propone la estrategia de la memoria. En este sentido, Ley y memorial van a la par: recuerda lo que tuvo lugar y no simplemente pasó. El rito es, por consiguiente, necesario… si de lo que se trata es de saber de qué va esto del vivir. Pues, y dado que vivimos en el tiempo, todo puede ser devorado por nuestro pasar de largo. El eslogan no basta. Ni, por supuesto, el mero sentimiento. Suponer lo contrario, más que una ingenuidad, es un error.

quién lo sabe

noviembre 30, 2022 § Deja un comentario

La crítica —la ciencia, la religión, el Estado, el piscoanálisis…— presuponen un sujeto del saber. Y ese sujeto, por lo común, viene de fuera (o mejor dicho, de encima). Nadie, desde sí mismo, puede dar la medida de sí mismo. La cuestión es quién la dará. Las chicas del colegio mayor decían que era un juego. Montero and Co. replicaron que lo decían porque estaban alienadas. Los verdugos no sabían lo que hacían (y por eso, en el Gólgota se invocó su perdón). Es también el juego que practica el científico: te equivocas cuando crees que la tierra es plana, aunque no puedas evitar que te lo parezca. Ciertamente, con respecto a lo natural, la distinción entre lo que nos parece que es y lo que es puede llegar a puerto (y aquí el científico tiene las de ganar). Pero en los asuntos demasiado humanos no hay hechos a los que podamos apelar. Pues aquí cualquier hecho discutible viene cargado de lectura, de juicio de valor. El resultado: el guirigay, la cháchara. Acaso la última palabra la tenga el Estado. Pero no porque tenga razón, sino porque tiene armas. Quizá aquello de que solo Dios sabe, teniendo en cuenta que a Dios nadie lo ha visto, funcione como correctivo. O también, si se prefiere, la ironía socrática. ¿Acaso las chicas a las que Montero demonizó no sabían lo que hacían cuando quisieron jugar a lo bestia? ¿Los niños yerran cuando juegan a pistoleros? Es posible que no haya juego inocente. Pero ¿qué —o quién— lo es? ¿No es mejor ir al fútbol que liarse a navajazos? La moral —en nuestro caso, el moralismo— ¿entendió alguna vez la naturaleza del juego?

parafraseando a Merleau-Ponty

noviembre 29, 2022 § Deja un comentario

No terminamos de estar en el mundo. Pero jamás, nos hallamos fuera del mundo. El cuerpo —su motivo— es un arraigo. Pero donde solo hay raíces, no hay árbol. Aunque también es cierto que unas flores sin raíz son simplemente un ramo de flores. Entre una cosa y otra andamos. En cualquier caso, modernamente ya no cabe ser un árbol. Traducción: ya no nos es posible elevarnos desde la raíz. Pues que Dios haya muerto significa, entre otras cosas, que el éxtasis —no solo religioso, sino también el que experimentan los amantes cuando cruzan sus miradas— difícilmente podrá ser integrado en un día a día que solo admite el (con)trato. Quizá siempre fue así. Pero no en la misma medida.

a quién hallará con fe

noviembre 28, 2022 § Deja un comentario

¿Acaso hay otro tema que el de Dios —acaso otra experiencia? Lo primero se lo pregunto Heidegger en su momento. De lo segundo, los antiguos no tuvieron duda alguna, aunque por lo común se refiriesen a lo divino en plural. De hecho, creer que formamos parte de un exceso es lo más espontaneo o natural. Hoy en día, al menos en Occidente, pasamos de Dios. Algunos aún poseen una cierta sensibilidad por lo profundo. Pero esta ya no se concreta en los términos de la tradición cristiana. Ciertamente, hay quienes intentan reformularla bajo categorías orientales. Pero al hacerlo obtienen algo muy distinto, a pesar del aire de familia. La Modernidad ha impuesto sus reglas de juego. Sencillamente, no cabe creer donde el mundo se nos presenta como un campo de dominio —donde el sujeto no se comprende a sí mismo como el que se encuentra expuesto a lo que irremediablemente le supera. Muchos creyentes, hoy por hoy, creen como el convencido de las bondades de la dieta détox que, con todo, se harta de donuts. Sin embargo, si hay Dios —y lo hay, aunque como tal ande rozando la nada o, mejor dicho, el nadie—, entonces el olvido de Dios en modo alguno es un progreso. Más bien, al contrario. Pues que demos por descontado que somos el centro es, de hecho, un error.

tercera pregunta

noviembre 27, 2022 § Deja un comentario

Como sabemos, Platón distingue entre dos mundos: el de las cosas —el mundo que habitamos— y el de las ideas. El primero es aparente, mientras que solo el segundo es real, en el sentido estricto de la palabra. ¿A qué obedece esta distinción? ¿Por qué dice que la realidad de las cosas es aparente? ¿Por qué, en definitiva, Platón sostiene que tan solo la idea es real? En última instancia, la pregunta es a qué nos referimos cuando hablamos de lo real. De entrada, la respuesta es obvia: lo real es lo que podemos ver y tocar, cuanto se hace presente a una sensibilidad bajo un aspecto u otro. Que haya cosas no es algo que se ponga en duda.

Ahora bien, que no se ponga en duda el haber de las cosas —el que haya cosas— significa que lo que no se discute es, precisamente, lo que las diferentes cosas tienen en común, es decir, su haber, al fin y al cabo, el hecho de que estén-ahí. O por decirlo de otro modo, que las cosas tengan en común el hecho de que son o están-ahí significa que lo que hay más allá de las las cosas es el haber en cuanto tal. Sin embargo, ¿en qué consiste el haber en cuanto tal, esto es, al margen de su concretarse como el haber de las cosas? ¿En qué sentido el haber en cuanto tal se sitúa más allá de lo sensible? Esta es la pregunta que nos obligará a distinguir entre los dos mundos. Y es aquí donde el camino se pone cuesta arriba —como se nos dice en el texto que comentamos. Y que se ponga cuesta arriba no significa únicamente que cueste llegar a una respuesta, sino también que, una vez obtenida, difícilmente podremos habitar en su territorio. Pues, a pesar de que hay el haber, por decirlo así, no vemos el haber en cuanto tal —el puro haber o el haber absoluto—, sino que siempre lo damos por descontado en el haber de las cosas. De ahí que Platón diga que el haber como tal —el ser de Parménides— trascienda el horizonte de lo sensible. El haber como tal —el puro haber— es uno, eterno, etc.

El problema es, como acabamos de apuntar, que el puro haber no es nada en concreto —ni puede serlo. Por esta razón solo puede ser pensado —y es en este sentido, aunque no solo en este, que Platón dice que lo real en su carácter absoluto es idea: hay lo absoluto; hay lo abstracto o invisible. Y lo hay porque la invisibilidad del puro haber sostiene, por decirlo así, el haber de las cosas —el haber de lo visible. Y quien dice invisibilidad, dice imposible. Pues el haber absoluto solo puede hacerse presente en relación con una sensibilidad y, por eso mismo, relativamente… lo cual equivale a decir perdiendo durante el trayecto su carácter absoluto. El haber en sí mismo no es nada en concreto (y por eso mismo, es nada, una impenetrable oscuridad o silencio: la luz del Sol nos cegaría… si pretendiéramos verla directamente). El puro haber desaparece, por tanto, en su aparecer en lo concreto. Y por eso mismo es obviado o dado por descontado. Dicho de otro modo, el aparecer de lo real va con su desaparecer como puro haber (y aquí Platón conecta con Heráclito). Así, pongamos por caso, la belleza es lo que se hace presente en un cuerpo bello, lo real de ese cuerpo en tanto que bello (pues lo real es, por defecto, lo que se hace presente). Pero la belleza que se hace presente en un cuerpo bello en modo alguno le es inherente: no hay cuerpo bello que lo sea por entero, esto es, desde cualquier punto de vista o para siempre. La belleza es en su ocultarse al encarnarse en los cuerpos bellos. En términos de Platón, podríamos decir que los cuerpos bellos participan de una belleza que, en sí misma, trasciende lo sensible a la manera de un ideal o paradigma. De ahí que si decimos que los cuerpos bellos nunca terminan de ser bellos por entero es porque, de algún modo, se encuentran sometidos a la exigencia de serlo por entero. Ser y deber ser son las dos caras de lo mismo. Y quien dice deber ser dice Bien.

Hasta aquí la respuesta. Lo que sigue ya es para nota.

Ahora bien, no es que en un primer momento haya un puro haber y, luego, el haber de las cosas, sino que lo primero es la escisión entre el puro haber y el haber de las cosas. Llegados a este punto quizá convenga recordar que ab-soluto significa, originariamente, lo que es separado o absuelto, en nuestro caso, dejado atrás. Y por eso mismo, de lo que estamos hablando es, en definitiva, del tiempo. Pues que las cosas sean en apariencia significa que se encuentran sometidas al tiempo, a su tener que desaparecer. Así, el carácter ilusorio de cuanto cabe ver y tocar es el otro lado del hecho de que constituyen la expresión —el hacerse presente— de lo absoluto o realmente otro (y es que lo otro es, por defecto, lo que se encuentra más allá de cualquier forma o representación). El aparecer de lo real va con su desaparecer como absoluto. Las cosas son aparentes, por tanto, en un doble sentido. En primer lugar, que sean aparentes significa que en ellas aparece —se revela o muestra— lo real. Pero, y en segundo lugar, también significa que lo real solo puede aparecer en las cosas hasta cierto punto o en cierta medida. Ambos sentidos van a la par. Ciertamente, la razón solo comprende como real lo que permanece. Pero lo que permanece es que el ser o puro haber solo aparezca desapareciendo como absoluto (y este como significa que por eso mismo deviene lo absoluto). Así, porque son la entera expresión de lo real —porque la desaparición pertenece a la realidad de lo absoluto, a su hacerse presente—, las cosas no terminan de permanecer en lo que son. Sin embargo, será Aristóteles —y no Platón— quien desarrollará hasta sus últimas consecuencias la íntima conexión entre ser y tiempo.

preexistencia

noviembre 25, 2022 § Deja un comentario

Si antes de ser arrojados al mundo hubiéramos habitado como almas puras el mundo real —donde no hay más que un simple haber—, la encarnación habría sido una liberación. Pues el simple haber no es nada. Nada, salvo la oscuridad y el silencio. Una abstracción —una idea (y aquí hay que tener en cuenta que la absoluto es abstracto). Por suerte, no hay haber que no sea un haber de las cosas. Sin embargo, el precio de la libertad es el dolor. De ahí que sigamos siendo unos idiotas —literalmente— donde aspiramos a una vida sin dolor, sin aristas o taras (aun cuando, sin duda, sea legítimo intentar limitar el sufrimiento). Como vieron los griegos, todo es cuestión de proporción.

eclesiastés: una variación

noviembre 23, 2022 § Deja un comentario

Hay un tiempo para buscar y un tiempo de perder lo encontrado. Ergo, el hombre no es dueño de su tiempo. Esto es, de sí mismo. Aunque crea lo contrario.

intolerantes

noviembre 22, 2022 § Deja un comentario

Un cristiano es un intolerante —aunque en este campo no entren solo los cristianos. Pues lo que no tolera es que haya quien pase hambre. O que, de la mano de su hijo, termine muerto en nuestra playas tras cruzar el Mediterráneo en patera. O que haya quienes duerman en la calle porque no cuentan para nadie. Los motivos de su intolerancia son siempre personales, en modo alguno ideológicos. De hecho, con respecto a las ideas suele más bien hablar poco (si es que le da por hablar). Y acaso el problema de este mundo sea que tragamos con estos sapos con demasiada facilidad. Como si se tratara simplemente de un contexto.

casi íntegros

noviembre 21, 2022 § Deja un comentario

Buber, Merton… cedieron, en la última etapa de sus días, a la pasión de la carne. Imaginemos que, incluso, hubieran renegado de Dios. ¿Qué decimos como modernos? Pues que en esas salidas de tono se revelaría una falsedad de fondo. Como sabemos, el prejuicio moderno es que lo bajo (pre)domina sobre lo elevado. Hay más verdad en lo que hay bajo la alfombra. Es lo que tiene que la sospecha, en vez del asombro, haya pasado a ser la actitud fundamental. Se trata del no somos más que. ¿Qué hubiéramos dicho, sin embargo, de no ser modernos? Pues que fueron poseídos por el maligno o algo parecido; que no fueron lo suficientemente fuertes —¿pero quién lo es?—. Como si fueran títeres. En definitiva, que dejaron de ser ellos mismos… como decimos actualmente de cualquiera que sufra alzheimer. ¿Qué visión es la acertada? No sabría qué decir… Y es que no hay hechos químicamente puros. Toda visión incluye un cierto saber —una carga teórica. Quien ve un martillo, ve un clavo. La cuestión es si podemos elegir qué ver, esto es, cómo se nos presenta lo presente. Y es que no cualquier significado está a nuestra disposición. Con todo, quizá la universalidad de la visión cristiana —de la revelación creyente— consista en que apenas tiene que ver con hechos culturalmente determinados, sino con la ex-sistencia. Y este es otro cantar.

Francisco y los de Hakuna

noviembre 20, 2022 § Deja un comentario

Dice Francisco: “Tengan siempre muy presentes a los que sufren, pero no como para tenerles lástima como le puedes tener lástima a un perrito que se está muriendo porque lo arrollamos. Lástima no es cristiano; compasión, padecer con, meterte en la vida del otro. Acompañen a los que sufren». Y los de Hakuna acompañan a los refugiados… como “regalo” al Papa. No queremos ir a dar: queremos compartir, dicen. Y añaden: ellos su pobreza material, nosotros nuestra buena situación. Es fácil ver a los de Hakuna como unos iluminados. Y es posible que su fe tenga más de sugestiva que de fe. Y aunque esto sea cierto, no me atrevería a juzgarlos. No solo por aquello de Lc 18:8, sino porque los refugiados probablemente agradezcan antes el acompañamiento de los sectarios que la reflexión de quienes los critican desde las gradas. Al fin y al cabo, nos encontramos cavando pozos de agua para los sedientos. Y aunque el motivo inicial sea compartir su buena situación es posible que, de seguir ahí, los de Hakuna comiencen a coger las palas. Es lo que tiene el contacto con los que sobran. El resto es vanidad. Y quien dice vanidad dice tomar el nombre de Dios en vano.

credo quai absurdum

noviembre 19, 2022 § Deja un comentario

Creer en Dios es creer en la posibilidad de lo imposible, esto es, en lo increíble. La esperanza creyente no es, propiamente, una expectativa. Ahora bien, no por ello lo increíble, de por sí, es objeto de fe. No es lo mismo creer en la resurrección de los muertos que en la posibilidad de que del Sol salga agua en vez de luz. Y no lo es, porque la fe, a diferencia de la fantasía, arraiga en las historias —humanas, demasiado humanas— que hay detrás. De ahí que la cuestión sea, precisamente, en nombre de qué o, mejor dicho, de quién creemos en lo imposible.

Casandra

noviembre 18, 2022 § Deja un comentario

La verdad que hace libres a los hombres es en gran parte la verdad que los hombres prefieren no escuchar.

Herbert Sebastian Agar

fallo general

noviembre 18, 2022 § Deja un comentario

Dios no falla. Si falla, no es Dios. El dios que nos falla es simplemente una imagen de Dios. Creer en Dios quizá no sea lo mismo que creer en la ayuda ex machina de Dios. Ahora bien, la pregunta es ¿con respecto a qué Dios no falla? Pues resulta desconcertante que el Dios que siempre-está-ahí sea un Dios que abandonó a su enviado hasta morir como un perro. O también, que la única imagen de Dios, según el cristianismo, sea la de un crucificado en su nombre. Y aquí no vale apelar a la resurrección como quien apela a un fenómeno paranormal. Pues de entenderla como la acción de un deus ex machina, fácilmente caeríamos en el nihilismo. Al menos, porque decir que hay redención porque Dios levantó al crucificado de entre los muertos es como decir que los hundidos en la miseria serán liberados de su situación… porque hubo una vez que del Sol brotó agua. Y esto está muy cerca de decir que no hay redención.

incorporar la verdad

noviembre 17, 2022 § Deja un comentario

Hay verdad. Pero no para nosotros. Para nosotros la teoría. Por ejemplo, es verdad que la mujer es un milagro. Pero esto solo podremos verlo desde la grada. En el día a día, prevalece la negociación, el trato, el instinto, la costumbre, la satisfacción (y ello no quita que de vez en cuando hayan destellos de milagro). Sabemos que no somos el centro del universo. Sin embargo, la sensación sigue siendo la de que los astros dan vueltas a nuestro alrededor.

De ahí que solo quepa incorporar la verdad simbólicamente. La verdad se hace cuerpo a través de imágenes increíbles. Así, es verdad que Dios es, en sí mismo, lo absolutamente extraño. Pero la extrañeza de Dios —su irreductible alteridad— permanece en lo abstracto mientras no podamos imaginarlo como un monstruo (aunque se trate del monstruo de la bondad). El como es traición. Pero solo traicionándola nos alcanza la verdad. De ahí que, de no caer en el fideísmo, el creyente no pueda evitar la ironía —la sinceridad del actor— cuando se dirige a Dios como quien se dirige a un fantasma. Pues aun cuando de hecho no lo sea, en realidad lo es.

sacerdotes e impuros

noviembre 16, 2022 § Deja un comentario

Sabemos del antiguo terror sacerdotal a la impureza. Como representantes de Dios —como inmaculados— , los sacerdotes no tenían que acercarse a lo impuro. Pues la impureza mancha. Apenas quedan vestigios del sentido de lo sagrado (aunque les sigamos diciendo a nuestros hijos que no vayan con malas compañías). Pero en el fondo, persiste el miedo a la contaminación. Pues contaminación significa muerte. No es casual que una de las acepciones de sagrado sea intocable. La raíz de la moral siempre fue una higiene.

Sin embargo, el cristianismo, aunque no solo el cristianismo, invierte los términos: no se trata de alejarse de lo impuro —pues todo es suciedad—, sino de que Dios se ensucie con nuestra mierda. Ahora bien, el precio que tuvo que pagar para limpiarnos —para que pudieramos comenzar de nuevo— fue el de su descenso o caída. Y es que Dios no nos alcanzó levantando a los paralíticos por los pueblos Galilea —pues este poder fracasó— , sino colgando de un poste. De ahí que sin resurrección lo que resta del sacrificio de Dios sea un mundo sin Dios. Y esto está muy cerca de decir que la vida no es un cuento, lleno de ruido y furia, narrado por un idiota porque hubo una zarza que ardió sin consumirse.

centros

noviembre 15, 2022 § Deja un comentario

La modernidad pedagógica pivota alrededor del alumno: él es el centro. Es el síntoma de una época que no sabe qué hacer con el padre. Pues el padre es aquel que te dirá que no eres, precisamente, el centro, aquel que te descentra en virtud de lo que importa. Y lo que importa no es lo que te satisface, sino lo que exige tu búsqueda —tu amor.

el acto

noviembre 14, 2022 § Deja un comentario

El acto por el que Dios deviene trascendente con respecto al mundo es lógicamente anterior a la realidad de Dios. O por decirlo de otro modo, desde un punto de vista lógico, el acto de Dios precede a su trascendencia (aunque no se trate, ni pueda tratarse, de la trascendencia de un ente superior, sino de la del que aún no es nadie). Por ese acto el Dios del séptimo día es el envés del mundo (y si el mito lo cuenta como si en primer lugar Dios crease el mundo y luego se retirase es porque no podemos ver las dos caras a la vez). El acto creador, por tanto, no solo crea el mundo, sino también a Dios en cuanto tal. Dios es siempre antes que Dios. Así, que haya misterio —y el misterio es un non plus ultra— significa que hay una trascendencia por encima de la trascendencia. Y es la trascendencia del hágase, la que da pie al mundo y a Dios como el misterio del mundo. Pues de lo contrario —esto es, si el hágase no fuese lo primero—, entonces Dios pasaría a ser una sustancia que decidió retirarse para hacerle un hueco al mundo. Pero en ese caso —esto es, donde el hágase fuese un derivado de Dios— difícilmente podríamos decir que la voluntad que sostiene el mundo es de Dios.

Elon

noviembre 13, 2022 § Deja un comentario

El poder atrae. Tener poder significa nadie te juzga: estás libre de juicio. Hasta puedes fumarte un porro en una entrevista… que no pasará nada. Hace falta mucho valor —o mucho morro— para sostener que el verdadero poder es el de la libertad interior. No es casual que Nietzsche hablase de resentimiento. Con todo, la cuestión es si, al margen de lo que nos parezca, es o no verdad que el mayor poder es el de quien renuncia al poder; esto es, si acaso no se trate de vencer, sino de vencerse. Y aquí Platón nos da la pista: el tirano no tiene amigos. No puede tenerlos.

meta

noviembre 12, 2022 § Deja un comentario

La adicción al tik tok, a instagram, a los videojuegos… no sale gratis. Pues te incapacita para centrarte en lo que reclama un esfuerzo. Más aún, como adicto solo te interesará la distracción, su facilidad. El problema es que lo fácil no es interesante. ¿El resultado global? Una distancia cada vez mayor entre quienes seguirán siendo unos niños con cuarenta años y quienes no cayeron en la trampa (o tuvieron la suerte de escapar a tiempo).

ultra Pluto: un ejercicio de lógica dialéctica a propósito del Platón terminal

noviembre 11, 2022 § 1 comentario

1. ¿Hay el puro haber —el haber absoluto o como tal? Por supuesto. Literalmente. Y es que el haber como tal se revela al pensamiento como lo siempre supuesto —y por eso mismo obviado— en el haber de las cosas. Así, lo obviado —cuanto damos por hecho— es, por un lado, que hay cosas y, por otro, que lo que tienen en común es, precisamente, que son —que están fuera de nuestra mente como algo-otro-ahí. Esto que tienen en común es, precisamente, lo que denominamos puro haber —el haber en cuanto tal o absoluto. En este sentido, podemos decir que las cosas son los diferentes modos, formas o concreciones del puro haber.

2. Sin embargo, ¿qué es el haber como tal, esto es, el haber al margen de su hacerse presente como haber de las cosas? ¿En qué consiste la realidad del haber como tal? La pregunta no tiene sentido… si la entendemos como una pregunta por las características o rasgos del haber. Y no tiene sentido porque el puro haber no es nada en concreto. Ni puede serlo. Pues el haber como tal únicamente es o se hace presente —se hace aquí y ahora— en lo concreto, y por eso mismo retrocediendo, como quien dice, como puro haber. Y quien dice retrocediendo dice abstrayéndose (y en este sentido decimos que la realidad de lo absoluto es la realidad de lo abstracto o, en términos platónicos, de la idea).

3. Ahora bien, porque el haber en cuanto tal retrocede en su hacerse presente en lo concreto podemos darlo, precisamente, por hecho, esto es, como ya hecho o pasado por alto. Esto es, se revela al pensamiento como un pasado por des-contado —como un pasado en el que no hay nada que contar o indicar, un pasado inmemorial y, por extensión, increíble. No es casual que el mito de los orígenes, en tanto que apunta a un pasado anterior a los tiempos, recurra a imágenes imposibles… lo cual nos da a entender que no podemos fácilmente incorporar lo que en verdad tuvo lugar para que fuera posible lo que pasa, esto es, para que fuera posible lo visible, tangible, manifiesto. En definitiva, para que fuera posible un mundo. Dicho de otro modo, lo que tiene lugar como el fundamento o sostén de cuanto existe —lo que siempre acontece en lo que pasa— es el puro haber, lo real como absoluto o enteramente otro. Ahora bien, acontece como lo que siempre es dejado atrás —como lo que tiene que perderse de vista en su hacerse presente como el haber de lo concreto. No hay presente indicativo para el puro haber. De hecho, si tan solo hubiese el puro haber —si todo fuese un puro haber— no habría nada. Esto es, habría la nada. Pero la nada es imposible… mientras siga habiendo mundo. Su imposibilidad —su retroceso o negación de sí— es la condición del mundo. Hay mundo porque la nada —la nada del puro haber— dio un paso atrás, como quien dice. La imposibilidad del puro haber —el retroceso o negación del haber como tal— sostiene el mundo. Y lo sostiene como la eterna amenaza del mundo. Pues la nada del puro haber es… aunque sea no siendo. Hay más realidad —más eternidad— en la ausencia que en la presencia. Al menos, porque es debido al retroceso del haber en cuanto tal que hay lo presente.

4. Porque el haber como tal solo se hace presente en el haber de lo concreto, nada de cuanto cabe ver y tocar permanece en el presente (y por eso mismo, no termina de ser). Vamos a traducirlo: todo lo sensible se encuentra sometido al paso del tiempo —esto es, al pasado del haber como tal— porque la nada en concreto del puro haber se revela como el soporte invisible de lo visible. Nada acaba de ser lo que parece… porque el puro haber —el haber que se hace presente en las cosas que hay o son— tiene que pasar atrás y, por eso mismo, no es nada en concreto (y de ahí que devenga el haber de la nada). Todo cuanto hay en el mundo de lo sensible participa de la idea de lo real, en definitiva, de lo absolutamente real —dice Platón. Y porque lo real en sí es no siendo nada en concreto —esto es, siendo idea—, todo queda infectado de nada. Este quedar infectado es el tener que desaparecer de lo que cabe ver y tocar. Hay algo en vez de nada porque la nada —la nada del puro haber— retrocede; porque la nada es retrocediendo. Pero en su retroceso deja su huella en las cosas que hay. Las cosas son porque, en cierton sentido, no son; porque su haber —al fin y al cabo, que terminen desapareciendo— es el envés de un haber que es en la negación de sí mismo como haber uno, eterno, inmóvil…, negación por la que, sin embargo, el puro haber deviene absoluto. O por decirlo en breve, las cosas no son —no terminan de ser— porque son.

5. Así, desde esta óptica, lo primero no es el arjé de los pensadores de Mileto, esto es, una última cosa, sino el acto por el cual el haber se da en lo concreto… retrocediendo hacia un pasado memorial como haber en sí o en cuanto tal. Pues la desaparición de lo real en sí —su devenir como absoluto— va con el aparecer de lo sensible, de lo que cabe ver y tocar. Hay mundo —hay exterioridad, hay cosas ahí. Pero solo porque lo absoluto devino, precisamente, absoluto en su paso atrás —porque devino lo impresentable, lo que como tal no cabe reducir a presencia sensible. En definitiva, porque devino lo en sí mismo inasimilable o invisible. No hablamos de algo que aún está por ver o que podríamos ver si fuéramos capaces, sino de la nada como la realidad invisible que hay tras lo visible. En esto consiste la trascendencia de lo real en tanto que absoluto.

6. En resumen: no hay haber como tal que no sea al mismo tiempo el haber de lo concreto. Sin embargo, el precio a pagar por la aparición —por el hacerse presente del haber— es, precisamente, la desaparición del haber como tal. Y aquí hay que tener en cuenta que lo que no aparece no es. Así, el mundo es aparente en un doble sentido. En primer lugar, porque lo real aparece —se muestra, se revela o hace presente— en cuanto cabe ver y tocar. Y en segundo, porque la aparición de lo real es ilusoria. Y lo es porque la condición del aparecer es la desaparición de lo absoluto, de lo que es en verdad —de lo que siempre está ahí. Ambas acepciones van de la mano. Hay mundo porque lo absoluto está en falta. Y por eso mismo, lo presente —cuanto cabe ver y tocar— es relativamente o hasta cierto punto.

7. De hecho, no es casual que la palabra absoluto remita, originamiente, a lo ab-suelto —a lo que es separado o liberado, suelto, enajenado. Como sabemos, el uso primario de la palabra absuelto es jurídico. Así, que seamos absueltos por un juez significa que no hay nada que pueda imputársenos o de lo que se nos pueda acusar (y aquí no está de más recordar que el acusativo es, de hecho, una atribución). Por tanto, teniendo esto en cuenta, lo absoluto no es algo que podamos describir, algo a lo que quepa atribuir un rasgo u otro. Esto es, no es ente o cosa. Lo absoluto en cuanto tal carece de la entidad de lo particular. En sí mismo, no tiene forma (y por eso no es nada en concreto). La cuestión es en qué sentido podemos decir que es —que lo absoluto es real. Hay lo absoluto. Pero su haber solo puede ser pensado, precisamente, como lo que fue dejado atrás en su hacerse presente en lo sensible. Esto es, como un en falta o trascender. Dicho de otro modo: hay lo absoluto, esto es, hay idea —hay fórmula. De hecho, es la fórmula que da pie a la forma de las cosas. En cualquier caso, lo que podemos afirmar es que decir haber equivale a decir lo uno, ilimitado, etc. (y acaso convenga subrayar que al decir lo uno, ilimitado… no estamos enumerando los atributos o rasgos de lo real, sino que estamos diciendo lo mismo con otras palabras). No hay —ni puede haber— una definición o delimitación del haber en cuanto tal. El conocimiento del haber como tal es, literalmente, intuitivo (pues intuición significa, originariamente, ver con los ojos del mente como quien constata que hay árboles o moscas con los ojos del cuerpo). En modo alguno puede ser deducido de un conocimiento anterior. No hay idea que esté por encima de la idea de ser —o de lo uno, etc. Pues, como decíamos, es no siendo nada en concreto. Esto es, siendo lo abstracto o idea. De ahí que solo pueda ser pensado.

8. Ahora bien, nada termina de ser lo que parece porque todo cuanto cabe ver y tocar se encuentra sometido a la exigencia de ser absolutamente lo que parece. Así, decimos de un cuerpo bello que no acaba de serlo —que solo se muestra como bello desde ciertos puntos de vista o a momentos, esto es, relativamente— porque damos por sentado que debería ser incondicionalmente bello. No tiene sentido decir de un cuerpo bello que no termina de ser, pongamos por caso, una pieza de sushi. En general, podríamos decir que nada acaba de ser —esto es, permanecer— porque todo se encuentra sujeto a la exigencia de permanecer. La pregunta, sin embargo, es por qué, esto es, por qué el carácter absoluto del puro haber constituye la norma —el paradigma— de, precisamente, lo concreto o sensible.

9. La respuesta es que lo concreto está sometido a la exigencia de permanecer o ser en absoluto porque el haber —y el haber en cuanto tal es eterno, por decirlo a la Parménides— es, precisamente, lo que tiene que darse en lo concreto (y aquí ya nos alejamos de Parménides). Dicho de otro modo, porque no hay haber —y haberlo, haylo— sin un haber de lo que podemos ver y tocar. Pero —y esto resulta decisivo— no hay haber de que no implique un perder de vista, precisamente, el carácter absoluto del haber. Pues lo concreto siempre se muestra en relación con un punto de vista o sensibilidad (y por eso mismo, relativamente). Así, por un lado tenemos un tener que darse o hacerse presente de lo que siempre está ahí como el fondo invisible de lo visible —a saber, el haber como tal— y, por otro, un no poder darse, precisamente, como puro haber. El haber en cuanto tal no es —ni puede ser— nada en concreto. Es decir, el haber como puro haber no se hace presente… salvo como lo que tiene que dejarse atrás o perderse de vista (y por eso decimos que, en tanto que su presencia es la de una ausencia o estar en falta, el puro haber solo es constatado por la razón o el pensar). Hay lo presente —hay mundo— porque lo originario es la tensión entre el tener que darse del haber y el no poder darse como tal. De ahí que ambos lados del haber en cuanto tal se trasladen al haber de las cosas. Estas no terminan de ser porque tienen que ser. En consecuencia, decir ser equivale a decir deber ser (y este deber ser es eterno, al igual que el haber como tal). Y quien dice deber ser dice Bien.

10. Sin embargo, no acabamos de entender lo anterior si creemos que primero hay un haber como tal y luego el haber de las cosas. El punto de partida es la presencia de lo que hay. Y únicamente las cosas están presentes o se nos presentan. Ahora bien, la presencia no es algo simple. Hay una escisión en el seno de lo presente —una escisión que lo constituye, precisamente, como presente—, a saber, la que separa el haber como tal del haber de lo concreto. Y es que no hay presencia que no presuponga —literalmente, que no ponga antes— el retroceso del haber en cuanto tal (y solo por este poner antes deviene absoluto). Hay tiempo porque lo absoluto es desplazado a un pasado inmemorial por la presencia de lo presente. Dicho de otro modo, hay tiempo porque lo absoluto —lo eterno y, por eso mismo, real— es dejado atrás en el presentarse de las cosas. Como apuntábamos antes, lo primero no es el haber como tal, sino el acto por el que se escinde el haber como tal del haber de lo presente —el acto por el que lo absoluto deviene el fundamento invisible de lo visible (y por eso mismo, no es estrictamente lo primero). Pero aquí ya estamos en el teritorio de Aristóteles.

11. Decíamos: “nada acaba de ser —esto es, permanecer— porque todo se encuentra sujeto a la exigencia de permanecer”. Sin embargo, ¿permanecer como qué? No como algo en concreto —pues lo concreto es, en cualquier caso, provisional o relativo—, sino como absoluto o en verdad real, esto es, como lo que siempre tiene lugar y no simplemente pasa. Sin embargo, solo la nada del puro haber permanece como absoluto —como lo imposible que soporta lo posible. Espontáneamente decimos que lo sensible se encuentra sometido al tiempo —que todo lo que cabe ver y tocar termina desapareciendo— porque en lo concreto hay algo así como un déficit de ser. Sin embargo, este déficit es debido a que lo concreto participa de lo real, por decirlo a la platónica. Pues, como hemos visto, la desaparición del puro haber es el envés —la otra cara— de su aparecer en lo concreto. En tanto que lo que permanece es que (la) nada del puro haber permanece como el fondo invisible de lo visible —en tanto que la negación del haber como puro haber es lo presupuesto en el haber de lo concreto—, ser por entero es ser en el tiempo (y por eso mismo, no terminar de ser). Pues el haber implica desaparecer como tal en su aparecer —en su darse como haber de lo concreto. Así, eternidad y tiempo no son opuestos, sino las dos caras de lo mismo. O por decirlo a la platónica, el tiempo es una imitación de la eternidad. Pero esto es así —y aquí ya nos alejamos de Platón— porque el tiempo —que lo que es no acabe de ser— es el darse de la eternidad.

el proceso

noviembre 11, 2022 § 1 comentario

1. Te miras al espejo y te dices: vaya mierda. Entonces te preguntas: quién me querrá; quién me dirá que valgo; quién me rescatará del pozo en el que me hallo. Es la pregunta por el padre —por el que decide el sí o el no de tu entera existencia.

2. Si tu padre te ríe las gracias, entonces puedes ir por ahí creyendo que vales: has triunfado, has tenido éxito. Sin embargo, todo éxito es un malentendido —un postureo. Pues, en el fondo sabes que el espejo nunca miente: la más bella es siempre otra.

3. La suerte: que el que podría ser tu padre no te haga ni caso —o que no tengas padre. Entonces, o bien te hundes en la indigencia —no cuentas para nadie—, o bien no tendrás más remedio que salir de ti mismo en busca del tesoro. Pues porque no tienes padre sabrás —y lo sabrás duramente— que no eres el centro, que el centro es lo que persigues o amas sin que puedas alcanzarlo (y por eso mismo, podrás amarlo). Y esto es, precisamente, lo que quiso tu padre: que no dependas de él. Pues en el fondo él no ignora que es como tú: un nadie. Y es que un padre no es el que aplaude tus logros —ese en cualquier caso será tu ídolo—, sino el que, echándote del hogar, te envía en misión al negarte como hijo. De ahí que únicamente los huérfanos tengan padre.

soledad

noviembre 10, 2022 § Deja un comentario

El hombre, decía Eliot, no puede soportar demasiada realidad. Y quien dice realidad dice la nada. Pues la nada es el fondo invisible de lo visible, lo que tuvo que retroceder hacia un pasado anterior a los tiempos para que fuera posible la presencia, la aparición, al fin y al cabo, el tiempo. De ahí que tampoco podamos soportar demasiada soledad. Pues en la soledad nos hallamos expuestos a la nada, en definitiva, a la nada de Dios. El mundo deviene un trampantojo donde lo que hay más allá —el principio y fundamento— se revela como la realidad de un nadie. Quizá no sea casual que prefiramos fantasear con un dios a medida antes que caer en la cuenta de que de Dios tan solo aquel que ocupa su lugar. En judío, el Mesías.

agradecimientos

noviembre 9, 2022 § Deja un comentario

Damos las gracias. Y por lo común, se nos responde de nada. El lenguaje habla por sí mismo. De nada, es decir, debido a (la) nada. Y es que todo es gracia —todo es milagro— desde el horizonte de la desaparición.

misterio e insignificancia

noviembre 8, 2022 § Deja un comentario

No hay modo de vivir a flor de piel la trascendencia que en aquellas situaciones en las que no somos nadie. Donde sigamos en pie será difícil que creamos que no somos el centro. El misterio de Dios —o si se prefiere, de lo divino— se impone espontáneamente ante el exceso de un silencio de plomo o momentos antes de cesar. Pues resulta inevitable que el ver sea un ver como. En medio de la oscuridad, la luz se revela como un hacia allí. Ciertamente, esa luz puede ser un trampantojo. Y este es el riesgo. Pero el trampantojo solo desplaza el horizonte del interrogante, no lo suprime. En cualquier caso, expuestos a la desmesura del misterio de Dios —que no de la cosa misteriosa— no da la impresión que sea posible intimar. Aquí, maravilla y horror se dan la mano.¿Quién nos rescatará de la insignificancia, por no decir, de la miseria? No Dios —y esta fue la gran intuición de Israel—, sino el Mesías, aquel que ocupa su lugar.

tener un cuerpo

noviembre 7, 2022 § Deja un comentario

¿Qué significa tener un cuerpo? Los bonobos no tienen cuerpo: son cuerpo. Y por eso no son más que su cuerpo. Las mujeres y los hombres tenemos cuerpo. Y por eso no terminamos de coincidir con el cuerpo con el que, sin embargo —o por eso mismo—, nos identificamos. En este sentido, somos algo más. Ahora bien, ese algo más no es nada en sí —no es sustancia, ni siquiera etérea. O mejor dicho, en sí es aún nadie. Y lo es porque se encuentra bajo juicio: hay en tu cuerpo algo que debes ocultar —algo impuro, la tara, el motivo de tu vergüenza; así, hasta que no aprendas a ocultarla eres un mierda (y en el fondo, aunque lo consigas, lo seguirás siendo porque no puedes ignorar que toda ocultación es provisional o frágil, una simulación, un símil, un como si). Tenemos un cuerpo porque fuimos avergonzados desde el principio —tenemos un cuerpo porque juzgamos el cuerpo que inicialmente fuimos. Y lo juzgamos porque quisimos para nosotros la perfección de un dios, su independencia, en definitiva, porque no quisimos depender del abrazo de la madre, el que acoge, precisamente, la deformidad del hijo. ¿Es posible salir de esta prisión? ¿En qué consiste liberarse de este juicio? ¿En aceptar la tara, la propia desnudez, a la manera de un Diógenes? Quizá. La cuestión es en nombre de qué —o de quién— llegamos a la convicción de que nuestra belleza no es el horizonte.

cuestionario

noviembre 6, 2022 § Deja un comentario

El cristianismo, antes que una creencia que nos permita encajar las piezas del puzle, es una respuesta. Y una respuesta que responde a la pregunta sobre qué vida cabe esperar donde ya no nos queda vida por delante —donde los cielos cayeron sobre nuestras cabezas. Los griegos dijeron que ninguna: nada humano sobrevive a la catástrofe —a la descomposición de la polis. También postularon la inmortalidad del alma para aquellos cuyo horizonte era una muerte en paz. En cambio, la respuesta cristiana es la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Este doble sentido no es secundario. Al contrario, es la clave. Pues cristianamente, Dios tiene cuerpo —y un cuerpo que cuelga de una cruz. Y lo que esto significa es que la vida de los que vuelven con vida de la muerte —y quien ha experimentado el horror está muerto— es la vida que les fue dada por el perdón de sus víctimas. Y es respondiendo a esta oferta que la víctima y su verdugo pueden volver a empezar, aunque conservando las marcas de la cruz. El momento del perdón es el momento crítico de la existencia, el que la divide en un antes y un despues. Y lo que no es crisis es un simple anar fent. Inercia. Así, resulta inevitable que, donde ni siquiera nos planteamos la pregunta a la que responde la confesión cristiana, el cristianismo nos parezca una suposición entre otras.

alliance

noviembre 5, 2022 § Deja un comentario

Siempre estaré contigo: esta es la promesa de Dios a Israel. ¿Cómo entenderla? En principio, la tendencia es a creer que siempre nos acompañará un ángel de la guarda cargado de esteroides, algo así como un protector espectral. Pero, si hemos de tomarnos en serio el libro de Job o el Gólgota, no parece que los tiros vayan por ahí. En realidad, donde experimentas la mordida de Dios, lo que siempre te acompaña —lo que no deja de interrumpir la continuidad de los días— es su interpelación: ¿dónde está Abel? Y en ese caso, puede que hubiéramos preferido que Dios no hubiese sellado ningún pacto.

presente

noviembre 4, 2022 § Deja un comentario

Lo real —lo que vale, lo sólido, lo que es— no se decide en el presente. En el presente tan solo su aspecto, lo que pasa, lo que es asimilado según nuestra medida. De ahí que tan solo caigamos en la cuenta del peso de cuanto estuvo a nuestro lado o tuvimos enfrente una vez lo hemos perdido de vista. ¿Qué hay de verdadero —qué está teniendo lugar— en lo que nos traemos entre manos, en lo tratable? Nada de cuanto quepa decir ahora. De hecho, ya se verá. O mejor dicho, ya se revelará cuando apenas nos quede tiempo por delante. Si es que hubiera algo que ver. Hay verdad, pero no para nosotros. Para nosotros, la espera, el aguardar. Y el aguardar no es, precisamente, un guardar, sino un dejar que nos venga al encuentro lo que no cabe retener.

¿calle de dirección única?

noviembre 3, 2022 § Deja un comentario

¿Dirigirse a Dios como quien se dirige al vecino del ático que lleva siglos sin salir… hasta el punto de que la comunidad comienza a sospechar que ahí no vive nadie? ¿O como la madre que cada noche le habla a la hija que murió? ¿O como el Mesías en Getsemaní? En cualquier caso, Dios no responde tal y como nos gustaría. Su respuesta —su Palabra— fue (y sigue siendo) un hombre con una fe absurda. Puede que aún no hayamos asimilado qué supone que Dios, al margen de su cuerpo, sea un Dios sin rostro —un Dios que, con anterioridad al Gólgota, clamó por llegar a ser alguien.

¿Dios?

noviembre 2, 2022 § Deja un comentario

Ante la pregunta por Dios —si es que por estos pagos aún hay alguien se la plantea—, la respuesta más honesta es no sé. Y no porque no podamos demostrar la existencia de Dios, sino porque, de demostrarla, tan solo habríamos demostrado la existencia de un ente superior. Dios, como tal, no puede existir. Y no puede existir porque el Otro avant la lettre carece de forma. Como tal, no es nadie (o nadie aún). Su misterio no es el de una cosa todavía por descubrir, sino el misterio de una alteridad siempre en falta. De ahí que cristianamente lo que cabe decir sobre Dios es lo que cabe confesar acerca de un crucificado en su nombre. Como tal, Dios no tiene otro rostro que el del abandonado de Dios que se abandona a Dios. Y es por su fe que hay Dios —que Dios es presente. O mejor dicho, se incorpora.

del creer

noviembre 1, 2022 § Deja un comentario

Creer supone, por lo común, ver el mundo desde la óptica de la creencia. Así, pongamos por caso, que hay un Dios (y que se interesa por nosotros). Sin embargo, ¿puede uno creer sin preguntarse por la verdad de aquello en lo que cree? Por supuesto. Pues aquí la creencia funciona como el modelo de un puzle: las piezas encajan (y eso basta). Otro asunto es la fe en tanto que ciega confianza en nombre de. Y es otro asunto porque la fe comienza donde la creencia hace aguas, esto es, en aquellas situaciones en las que ya no es posible seguir encajando las piezas.