vivificación

enero 6, 2023 § Deja un comentario

Dice Pablo: “El Espíritu de la resurrección que vivifica nuestros cuerpos mortales…” (Rom 8,11). ¿Que hay detrás de esta afirmación? Diría que una capacidad para el asombro que nosotros, mujeres y hombres modernos, hemos sepultado bajo capas de sospecha. Pues es asombroso que un cuerpo viva —o que deje de vivir en un momento dado—. Así, la visión más espontánea de las cosas es que tiene haber un poder que anime la carne, un poder sin el cual el cuerpo es materia inerte. En tanto que no podemos poseerlo, este poder nos supera. Y de ahí que los antiguos experimentasen ese poder como divino. No estamos ante una superstición, sino ante una percepción natural. La Biblia añade, aunque tardíamente, la fe en la resurrección de los muertos. Y esto no resulta secundario, tratándose de una fe que apunta a un Dios que se identifica con los que murieron injustamente antes de tiempo. Por eso mismo, la esperanza de quien da por descontado que, tras morir, Dios nos está esperando en los cielos —esto es, quien supone que el alma es inmortal— en modo alguno es bíblica. En cualquier caso, pagana. Pues, de no haber resurrección, la muerte gana. Y si la muerte gana, gana el verdugo, la injusticia, el genocidio. Ahora bien, la resurrección de los muertos es un imposible, algo que en absoluto puede entenderse como una posibilidad del mundo. Sin embargo, quien no cree en la imposible posibilidad de Dios en nombre de no cree, sino que, a lo sumo, imagina.

la piedad contra el misterio (y 2)

enero 5, 2023 § Deja un comentario

Teniendo en cuenta que estamos bastante lejos del entusiasmo visceral que provocó la resurrección del Mesías, la espiritualidad cristiana tiene que optar hoy en día entre o bien convertirse en una variante de la espiritualidad en general —con lo que renunciaría de facto a la confesión originaria—; o bien, endurecerse, por así decriro. Y lo que esta segunda opción significa es que, si quiere conservar el sello de la revelación, el creyente tiene que admitir de una vez por todas que el Dios que se revela en la cruz es un Dios cuyo en sí no admite otra personificación —otra entidad— que la del cuerpo que fue elevado, en el sentido de Juan, a la altura de una cruz.

De ahí que quien se dirige a Dios como si este tuviera otro rostro que el de Jesús de Nazaret —esto es, como si, en su encarnación, Dios se hubiera limitado a adoptar el aspecto de Jesús o, si se prefiere, como si Jesús no fuese más, aunque tampoco menos, que un heraldo de Dios— falte a la verdad que se nos reveló en el Gólgota. Pues el hallazgo cristiano consiste, precisamente, en hacer del predicador de Dios —del Mesías— el predicado de Dios, en definitiva, su quién. Ahora bien, de ser cierto esto último —y cristianamente lo es—, entonces la piedad tiene más que ver con cumplir con la voluntad de Dios —la que se desprende de su continuo más allá— que con el diálogo íntimo con el dios que se presenta a la conciencia como una variante del amigo invisible de la infancia. Pues quien cumple con dicha voluntad tarde o temprano deberá cumplirla sin Dios mediante, esto es, como si no hubiera Dios… mientras permanece a la espera del acontecimiento final. Dicho de otro modo, una espiritualidad que pretenda ser cristiana o se realiza como una espiritualidad del mientras tanto, o me atrevería a decir que no es cristiana, sino acaso religiosa, aunque con motivos cristianos. Al fin y al cabo, el misterio de Dios tiene que ver con la eterna invisibilidad del aún-nadie-en-sí —y, por extensión, con el imposible triunfo de la bondad—. Así, seguimos regando fuera de tiesto donde entendemos el misterio de Dios como si se tratara de la ininteligibilidad de un ente inconmensurablemente superior. Pues esta ininteligibilidad hablaría antes de nosotros —de nuestra limitación— que de Dios en realidad.

nadie es profeta en su tierra

enero 4, 2023 § Deja un comentario

Franz Jäggestäter —el austriaco que fue condenado a muerte porque, con motivo de su fe, se negó a prestar juramento al Fürher— probablemente fuese, como campesino que era, un hombre rudo. Sin embargo, en la película de Terrence Malick, Una vida oculta, no da esta impresión. Más bien, la contraria. Pero, de haber tratado con él, fácilmente hubiéramos creído que su fidelidad responde más a un carácter tozudo que a su fe. De hecho, sus amigos y familiares no acabaron de entender su empecinamiento. Al menos, en la película de Malick. Ciertamente, todo es mezcla —y más si hablamos de los asuntos del alma—. Como también es cierto que, de cerca, antes percibimos la deformidad de nuestros semejantes —el polvo bajo la alfombra— que su brillo. Pero nadie dijo que fuéramos puros —que el alma pudiera prescindir del cuerpo (y es sabido que el cuerpo siempre acumula suciedad)—. El heroísmo de Franz es debido a que permaneció fiel a pesar de su obcecación (y no —o no solo— porque fuese un obcecado). Y es que los rasgos del carácter no bastan para hacer frente a los heraldos de Ha-Satán. En vez del no es más que tozudez, un es más– De ahí la necesidad del poeta —y Malick, sin duda, lo es—. Cuando menos, porque únicamente el poeta es capaz de ver la belleza que sobrevive a la podredumbre. Quizá los antiguos no andaran tan equivocados al creer que, al fin y al cabo, somos lo que encarnamos de lo alto. Aunque sea cojeando.

la piedad contra el misterio

enero 3, 2023 § 1 comentario

Si nos tomamos en serio del misterio de Dios, entonces el horizonte es el no saber —y no un no terminar de saber. Paralelamente, si nos tomamos en serio la encarnación de Dios —esto es, que no hay otro Dios que el que fue crucificado—, entonces no podemos dirigirnos al Padre como si fuese alguien con independencia del Hijo. Según la confesión cristiana, los cielos no están en los cielos, sino al final de los tiempos. Como decía K. Rahner, incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio. De topar con Dios, no toparíamos con Dios, sino con su cuerpo. Ergo, qué hacéis mirando al cielo(Hch 1,11).

Así, con respecto a Dios nada que decir… más allá de que hay Dios porque hubo —y siguen habiendo— quienes se abandonaron a Dios sin Dios mediante, siendo, no obstante, fieles a su voluntad. Y difícilmente puede ser de otro modo, si Dios, como tal, es el misterio del mundo, por emplear la fórmula de E Jüngel. Que la fe del cristiano sea la fe de Jesús significa que no cabe algo así como una relación con Dios al margen del encuentro con el crucificado —y por extensión con los crucificados con los que se identifica. De ahí que haya ciertas formas de piedad que, sin mala intención, probablemente tomen el nombre de Dios en vano… al prescinidir de la Encarnación, confundiendo, así, al Dios que se revela en la cruz con el que se imagina quien sustituye al padre de su infancia por uno acaso más poderoso, por espectral.

teo-lógica

enero 2, 2023 § Deja un comentario

Si el Padre, en sí mismo, aún no es nadie, entonces el Hijo es el que es. Traducción: el cuerpo de Dios. De ahí las secuencias del cuarto evangelio que giran en torno al Yo soy. Pero solo es el que es porque se abandonó a un Padre que no supo quién era, por así decirlo, hasta el fiat del Hijo. Ahora bien, el Hijo, evidentemente, no murió poseyendo el significado de su entrega o fidelidad. Ni siquiera se le pudo pasar por la cabeza que él era la encarnación de Dios (o que no hay otro Dios que el encarnado). En el Gólgota, el crucificado creyó religiosamente en el Padre. Como si el Padre ya fuese alguien. Esto es, como si, desde el principio, estuviera determinado como pueda estarlo un dios. La confesión cristiana no termina de coincidir con la fe del crucificado. Sin embargo, porque el crucificado creyó como creyó —y en quien creyó— cabe confesar que su rostro es el rostro de Dios.

de lo bajo y lo alto

diciembre 31, 2022 § Deja un comentario

Cuado todo a tu alrededor es bajo —maloliente, vulgar…— es fácil constatar que hay lo elevado o divino. Y más si lo elevado posee una traducción política: los príncipes van a caballo, a las princesas no se le caen los dientes… Sin embargo, una vez se impuso la igualdad por defecto es fácil creer que la elevación es cuestión de suerte o, si se prefiere, de perspectiva. Así, no es que uno sea simple o noble, sino que simplemente nació en la orilla equivocada. Además siempre cabe la posibilidad de hacer una revolución para invertir el orden. Será verdad que la cristiandad murió de éxito. Como quien prescinde de la escalera que hizo posible el ascenso.

in extremis

diciembre 30, 2022 § 2 comentarios

Al final, en la oscuridad, cualquier voz es un milagro, una aparición. ¿Es? ¿O más bien esta es nuestra impresión? Puede que estemos ante una falsa cuestión. Pues en verdad es lo que aparece de la nada —cuanto la niega.

a ciegas

diciembre 29, 2022 § Deja un comentario

La imagen de ciegos palpando un elefante —y aquí el elefante es un símil de Dios o, si se prefiere, de lo divino— nos permite entender rápidamente la aparente heterogeneidad, por no decir inconmensurabilidad, de las religiones. Sin embargo, el hallazgo bíblico es que, con respecto a Dios, no hay nada que palpar —nada qué experimentar—, salvo el cuerpo del apestado de Dios con el que Dios se identifica. Y quizá por eso mismo no se trate, estrictamente, de una religión. Al menos, porque el hombre nada puede hacer para acercarse a Dios. —y menos si lo que lo impulsa es participar del fuego de la divinidad. En este sentido, y teniendo en cuenta lo que decíamos antes sobre el apestado de Dios, lo más honesto sería reconocer que Dios en realidad nos repugna. Pues nadie en su sano juicio desea palpar a quien huele mal.

a medio camino

diciembre 28, 2022 § 1 comentario

¿Creer que hay un Dios que nos ampara —y que quiere algo de nosotros? Claro. No hay nada de malo en creerlo. Sin embargo, aquí la creencia aún no es fe. Es como si no hallásemos a mitad de camino, esto es, por Galilea. Pues aún no creemos porque alguién creyó antes por nosotros donde no había ningún motivo para seguir creyendo. Aunque lo cierto es que la fe tampoco depende de nosotros. Incluso esta tiene su momento. De hecho, el creyente de a pie solo puede, honestamente, esperar que llegue el tiempo de la fe… aun cuando, de hecho, prefiera lo contrario: que pase de mí este cáliz. Si creer supone seguir al de Nazaret, entonces ya sabemos sobre qué cima termina el trayecto. Esto es, en aquella donde la suposición creyente salta hecha pedazos, y por eso mismo, de permanecer fieles, se hace cuerpo. Ahora bien, lo que esto significa es sin Dios mediante. Con todo, ahora lo tenemos más fácil que en el Gólgota. Pues ya hubo, como decíamos, quién creyó antes por nosotros. Y esperando lo imposible en nombre de.

de la existencia de Dios

diciembre 26, 2022 § Deja un comentario

La cosa no va de preguntarse si existe o no Dios… tumbados en el sofá. Y no va porque de existir, y estando en esa posición, nos daría igual. En cualquier caso, tendríamos una hipótesis de trabajo más encima de la mesa (o de más). Aquí la pregunta aún no se ha hecho cuerpo. Y donde no hay cuerpo, tan solo el ídolo. Es cierto que bíblicamente, la existencia de Dios nunca se pone en duda —de hecho, quien lo hace es calificado de insensato (por ejemplo, en el sal 14). Pero no porque se dé por descontado que hay un ente superior con el que debamos negociar bajo la lógica del do ut des, sino porque su realidad se experimenta como la de un Dios cuya trascendencia cae en la inexistencia. Como si la nada —o el aún nadie— fuese más real que cuanto cabe ver y tocar. En este sentido, los capaces de Dios son aquellos que parece que no cuenten con ningún Dios de su parte, los que lo hallan, precisamente, en falta. De ahí que en la Biblia lo decisivo con respecto a Dios no sea el contacto con Dios, como tampoco la negociación, sino lo que se desprende de su extrema trascendencia. Esto es, la cuestión no es si hay o no hay Dios, sino a qué nos obliga una realidad que no se revela como la de un ente superior. Con respecto a Dios, todo apunta a su por-venir, el cual y por lo que acabamos de decir, no podrá realizarse a la manera de una aparición ex machina. Quiza no sea anecdótico el que la primera intervención de Dios sea la de la voz que interpela a Caín por el lugar de Babel. Como tampoco lo es que el cristianismo termine confesando que Dios no tiene otra entidad que la de un elevado en su nombre sobre la cima de un calvario.

cuestión de ethos

diciembre 25, 2022 § Deja un comentario

Para llevar la piel cristiana hace falta, quizá, echarle un poco más de coraje. Pues, al fin y al cabo, es cuestión de decir, pongamos por caso, que la vida de aquella viuda que da como limosna lo poco que tiene por misericordia hacia los que viven peor que ella es mejor que vivir al son de la música que más suena. Y decirlo como quien dice que llueve en un día de lluvia —aunque para eso haya que estar junto a la viuda. Sencillamente, es así.

todo nos habla de Dios

diciembre 24, 2022 § Deja un comentario

¿Creer en Dios equivale a ver las cosas desde la óptica del sentimiento de que hay un Dios que nos ama o, cuando menos, se preocupa de nuestra suerte? ¿Como si todo nos hablase de la presencia de Dios? No me atrevería a decirlo. Y no me atrevería, porque la fe no es un prejuicio, entre otros, desde el que enfocar lo presente. Sin embargo, es cierto que muchos creen en Dios como algunos creen en el poder heurístico de la cartomancia. Los enfoques son, ciertamente, plurales. En cambio, el acto de fe, de seguir la huella de los testigos de Dios, tiene lugar sobre los Gólgotas de la historia. Esto es, en aquellas situaciones en las que ya no es posible la suposición o el sentimiento de amparo. Al fin y al cabo, sin Dios de por medio. Un cristiano no cree en Dios como otros puedan creer en el espíritu de los bosques, sino que cree en Dios porque antes hubo quien creyó por él —esto es, en su lugar— donde ya no quedaban motivos para seguir creyendo. Y, por eso mismo, la óptica es la de la redención. Quien da por sentado que no necesita redimirse difícilmente llegará a creer —y quien dice creer, dice confiar en nombre de. Para encajar las piezas, le basta con que el sentimiento de hallarse bajo la protección de lo divino. Y esto, formalmente, no está lejos de creer en los dioses del hogar.

Yavhé ante Caín

diciembre 23, 2022 § 1 comentario

Si Dios no nos interpela —o mejor dicho, si nunca nos saca del quicio del hogar—, entonces no nos hallamos ante Dios, sino ante un Dios a medida de nuestra necesidad de amparo o sentido. Esto es, ante un ídolo. Aunque, por lo común, lo vistamos con la tela del amor. Ahora bien, Dios nos interpela con el clamor de los Abel de la historia. Pues no tiene otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Y esto es lo que no estamos dispuestos a admitir.

el espíritu de Israel

diciembre 22, 2022 § Deja un comentario

Suele decirse que Israel carece de espiritualidad. Que su espiritualidad es, más bien, seca. O que su centro de gravedad es el imperativo moral y no el contacto con lo divino. Y algo de esto hay: entre los santos de Israel, no hay muchos que floten. Como es sabido, la espiritualidad judía se centra en la Ley. Pues en el tiempo diario no hay otra conexión con la trascendencia de Dios. De ahí que la pregunta sea cómo Israel vive la Ley —o cree que debe vivirla. Ciertamente, no como nosotros la viviríamos, de tan desbordados que estamos de sentimiento. Esto es, como si el corazón y la Ley fuesen antagónicos.

Sin embargo, no es así. Para Israel, la Ley se desprende de la experiencia de un Dios cuya presencia es la de su hallarse en falta. La vida nos ha sido dada desde el retroceso de Dios hacia su porvenir. Y de ahí que estemos obligados a preseverla frente a nuestra impiedad. Por eso mismo, la Ley también se ocupa de marcar el día a día con los signos de dicha experiencia: recuerda Israel… En Israel, espiritualidad y memoria van de la mano. Al fin y al cabo, cuando se disuelva el entusiasmo inicial, cuando se nos seque el corazón —y tarde o temprano se nos seca—, tan solo nos quedarán las formas. La fidelidad es un asunto, en definitiva, formal. De ahí, la importancia de la memoria. Y es que, de olvidar, la práctica de la Ley se convierte en mero legalismo.

Así, hagamos lo que hay que hacer en nombre de Dios… y luego Dios dirá. Incluso con respecto a la fe qua sentimiento estamos en manos de Dios. La espiritualidad judía es la espiritualidad de los tiempos del hombre, del mientras tanto. Creo que hay más lucidez —más seriedad— en la espiritualidad de Israel que en aquellas que dan casi por descontado que es posible, si seguimos las pautas del recetario espiritual, permanecer conectados a lo trascendente. En este sentido, la alegría de Israel no arraiga en la iluminación, sino en la esperanza que nace de un haber sido testigos del acontecimiento de la bondad en medio del infierno. Sin embargo, que se trate de un alegría con puntos suspensivos no le quita intensidad. Más bien, indica que su acento no reside en el corazón del hombre, sino en el de Dios. Y quien dice Dios, dice aquellos con los que Dios se identifica.

meditaciones cartesianas 21

diciembre 21, 2022 § Deja un comentario

Platón no se planteó la cuestión de la certeza —cómo cabe asegurar la verdad de nuestras representaciones de lo real— porque no pudo plantearla. Y no pudo porque daba por descontado que, de entrada, estamos en contacto con la manifestación de lo real —y no con contenidos mentales. Para el pensamiento de la Antigüedad la cuestión era qué realidad hay tras las apariencias, esto es, en qué consiste lo real al margen su hacerse presente a una sensibilidad (y por eso mismo, relativamente). Y ello porque en las apariencias, como decíamos, siempre aparece, precisamente, lo real. Así, la diferencia de la que parte el pensamiento pre-moderno es la que distingue entre lo real y su aparecer en lo sensible. No se discute que haya lo real. Al contrario: que hay lo real —que hay un ahí— es el punto de partida. Las sombras, por emplear una imagen platónica, son siempre sombras de. Ciertamente, en principio tendemos a tomarlas como lo real (y no como sombras de lo real). De este modo decimos, aunque equivocadamente, que las cosas son tal y como nos parece que son. Sin embargo, las apariencias son relativas a una sensibilidad o punto de vista. Y de ahí que podamos preguntarnois por lo real en su carácter otro o absoluto, es decir, con independencia de la sensibilidad. La convicción del filósofo de la Antigüedad —y de algún modo, también la del científico— es que el ver y el tocar apunta a una realidad que, en su carácter absoluto o en sí, solo es accesible a la razón. El presupuesto del pensamiento de la Antigüedad es, por consiguiente, el hecho de encontrarnos expuestos a la desmesura de lo real. De ahí la pregunta por lo real más allá de lo que nos parece real.

La cuestión que plantea Descartes es muy distinta, a pesar del aire de familia. Y lo es porque su presupuesto ya no es el de Platón. Así, que nos interroguemos sobre la posibilidad del saber —o dicho de otro modo, por la posibilidad de una afirmación sobre lo real de la que no quepa en absoluto dudar— da por supuesto que, de entrada, no estamos en contacto con el ahí, sino con representaciones mentales del ahí. Por tanto, cabe la posibilidad, aun cuando insensata para el sentido común, de que nuestras representaciones solo estén en nuestra mente, esto es, que solo sean secreciones de una mente solitaria, por así decirlo. De entrada, lo que hay no es el haber, sino la idea de un haber. Es posible, por consiguiente, que no haya ningún ahí —ninguna exterioridad—, sino únicamente el contenido mental acerca de un ahí. Es cierto que Descartes llegará a la conclusión de que la certeza de sí, en tanto que limitada por el mientras de la actividad mental, exige que haya un ahí, un afuera. Pues no hay límite que no limite con lo que queda, precisamente, más allá del límite. Ahora bien, lo que implica que Descartes entienda la cuestión de la certeza como la cuestión principal —y esto es lo que caracteriza un pensamiento como moderno— es que la realidad del ahí ha dejado de ser un punto de partida y, por extensión, el principio y fundamento del saber. A partir de Descartes, el punto de partida —el principio y fundamento— será la certeza de sí que se frevela como el envés de la actividad mental. Pues pensar es pensarse y pensarse como soporte del flujo de las representaciones. De hecho, la certeza del afuera —la certeza sobre la realidad de Dios como la realidad de lo ilimitado— es segunda en el orden del saber, aunque el cogito reconozca que, en el orden de lo real, antes tiene que haber el haber —el haber de Dios, según Descartes, como realidad infinita o ilimitada— para que el cogito pueda estar seguro de sí mismo mientras piensa. En cualquier caso, el cogito deviene la sustancia que soporta el ahí. Pues nada es real que no haya sido previamente asegurado como tal por la conciencia de sí.

tabla de multiplicar

diciembre 20, 2022 § Deja un comentario

Como es sabido, el prodigio de la multiplicación de los panes se encuentra en los cuatro evangelios. Esto nos da a entender la importancia que este episodio tuvo para las primeras comunidades. Sin embargo, la pregunta es a qué se debe su relevancia. La respuesta apunta a la eucaristía. Pues de lo que se trata en la eucaristía es de compartir el pan duramente ganado durante la semana. Donde solo hay pan para diez comen veinte. Es como si hoy compartiéramos nuestros salarios. El pan de cada día no cae, por tanto, del cielo, sino que es el resultado del compartir: nadie padecerá hambre. De hecho, no es casual que los discípulos de Emaús reconocieran al resucitado tras partir el pan. Pues solo poseídos por el espíritu casi terminal de la redencion podemos atrevernos a ir más allá de la limosna. Es obvio que estamos bastante lejos del sacramento. No es casual que, para salvar los muebles, la Iglesia se inventase aquello de la transustanciación.

fe y psicología

diciembre 19, 2022 § Deja un comentario

Con el rotulador grueso, me atrevería a decir que hay dos sensibilidades religiosas. Por un lado, aquella que está convencida de que tarde o temprano deberíamos tomar conciencia de que formamos parte de aguas que nos cubren, por decirlo a la Merton. Por otro, aquella cuyo punto de partida es la conciencia del desarraigo. Desde la primera, se trata, en definitiva, de sintonizar de nuevo con la buena vibración, por así decirlo (y esto es griego u oriental). Desde la segunda, de esperar un reset de dimensiones cósmicas. Pues hay algo roto en el mundo que no cabe reparar a través de nuestro esfuerzo religioso o moral. Esta es, grosso modo, la sensibilidad bíblica. ¿Estamos ante diferencias, en el fondo, psicológicas? Quizá, si solo tuviéramos en cuenta a quienes viven más o menos satisfactoriamente. No, si nos situamos en la perspectiva de los abandonados de Dios. Y es que, en su caso, el desarraigo es físico antes que mental. De ahí que no sea anecdótico que, bíblicamente, la redención sea un asunto corporal. Y corporal hasta el punto de que un Dios que no sea capaz de sangrar devenga irrelevante.

rupturas epistemológicas

diciembre 18, 2022 § Deja un comentario

La experiencia del chamán y la del sujeto moderno tras ingerir peyote son inconmensurables. Al menos, porque el primero da por descontado que hay un más allá, mientras que el segundo, tan solo territorios por decubrir —y territorios que en modo alguno serán normativamente superiores. Así, el chamán entenderá que el peyote le permite cruzar la puerta que lo separa del mundo de los demonios, mientras que el segundo no dudará de que eso que ve solo se encuentra en su mente, aun cuando lo viva como real. Sin embargo, este último no se encuentra más cerca de la verdad. Y esto es lo que significa inconmensurabilidad. Con todo, lo cierto es que para el sujeto moderno un mundo de demonios, de haberlo, no será más que un mundo de demonios. Y aquí sí que podríamos decir que está más cerca de la verdad. Pues que al chamán le parezca que ese mundo es superior solo tiene que ver con que, precisamente, se lo parece. La superioridad de un mundo superior es meramente circuntancial. De hecho, este fue, antes que moderno, un hallazgo bíblico. Pues la genuina superioridad —lo que nos supera por entero— no es, según la Biblia, el ente superior —el dios, con minúscula—, sino que Dios en verdad se revele como un Dios aún por-venir y, por eso mismo, en falta.

de amos y esclavos

diciembre 17, 2022 § Deja un comentario

Hay amos y hay esclavos. El cristianismo, dice: hay que optar por el esclavo (y para eso, debemos convertirnos en esclavos de los esclavos, lavarles los pies). Sin embargo, Hegel escribirá sobre la sorprendente dialéctica —o quizá no tan sorprendente— que se establece entre el amo y el esclavo. Pues uno, al final, depende de aquel que tiene sometido a su voluntad. Aquí Nietzsche conectaría, de algún modo, con Hegel: no hay caridad que no se sostenga sobre una oscura perversión. Ahora bien, la conexión con la dogmática cristiana acaso sea más intensa. Al menos, porque el Dios cristiano es aquel que quiso depender del hombre que depende de Dios.

espiritualidad cristiana

diciembre 16, 2022 § Deja un comentario

¿Hay algo así como una espiritualidad cristiana? Por supuesto que sí —decimos. ¿Acaso no hay monjes? ¿Es que el cristianismo no cuenta con unos cuantos místicos? Claro… Sin embargo, ¿en qué consiste una espiritualidad? Por definición, en un vivir del espíritu —de la fuerza— que se desprende, en el caso cristiano, de una resurrección imposible, de un acontecimiento que solo puede comprenderse —y aquí podríamos añadir algún que otro interrogante— como el corte vertical de un tiempo absoluto sobre la horizontalidad de la historia. Pero ¿acaso no es cierto que únicamente los muertos en vida pueden vivir de dicho espíritu? La espiritualidad cristiana no es para los satisfechos de sí mismos y, de paso, de su creencia. Hablamos, en definitiva, de una espiritualidad que se concreta, principalmente, como esperanza de las víctimas: el verdugo no tendrá la última palabra, aunque sea lo más probable. La espiritualidad, en tanto que cristiana, es indisociable de una teodramática, de un combate entre Dios y el maligno, por así decirlo. Y en este sentido, no acaba de homologarse con aquella que da por sentado que basta con poner los dedos en un enchufe para sentirse en plenitud. No se trata, por tanto, de la abnegación que conduce al contacto con lo divino, pues en este caso lo divino es, por lo común, concebido al modo de un arjé, sino de la desnudez que sucede a un haber vuelto con vida de la muerte en nombre de un perdón inmerecido. No parece que sea exactamente lo mismo.

creer tras Dios

diciembre 15, 2022 § Deja un comentario

Supongamos que hace ya miles de años que nos olvidamos del Dios cristiano; que la palabra Dios fuese como para nosotros hoy en día la palabra Osiris, a saber, el objeto de una vieja creencia. ¿Sería posible comenzar de cero? ¿En qué podría creer aquel aún capaz de creer, de tal modo que su creencia se asemejara a la de la revelación cristiana? Esto es, ¿en qué —y en nombre de quién— podría aún confiar? ¿Qué esperar? ¿Acaso que la bondad termine siendo más poderosa que la injusticia, aun cuando no podamos concebir el cómo, y ello a causa de haber sido testigos del perdón de aquel que no merece ningún perdón? ¿Acaso este acontecimiento no nos llevaría, de ser los perdonados, a ponernos en manos de quien nos perdona —a reconocerlo como el Señor? Más aún: la crucifixión ¿de hecho no fue posible, precisamente, porque las mujeres y los hombre habíamos olvidado, y desde el origen de la historia, qué significaba hallarse expuestos al misterio de Dios?

in-vocatio

diciembre 14, 2022 § Deja un comentario

¿Es posible elegir lo que amar o, si se prefiere, perseguir? La pregunta no es meramente especulativa. Al menos, porque uno es, en gran medida, lo que ama o persigue (y que, a diferencia de cuanto deseamos, no cabe poseer). Podríamos comenzar con el argumento. Sin embargo, la respuesta solo puede ser narrada. El argumento, en cualquier caso, solo alcanza a legitimar lo que se decide en otro territorio. Y es que las razones ignoran los cuerpos (y de lo aquí que se trata es de incorporar). ¿Elegir, por tanto, como quien se decanta por una marca de whiskey? No, ciertamente. Pero sí como quien permanece fiel a lo que, de algún modo, le ha sido dado. De hecho, la fidelidad comienza cuando reconoces que lo dado te ha sido, precisamente, dado. Al fin y al cabo, una vocación es una respuesta —que no una reacción. No hay vocación que no responda a una invocación. De ahí, el había una vez

ropa interior

diciembre 13, 2022 § Deja un comentario

Ya sabemos lo que nos diferencia del simio: la máscara, el tener que ocultar lo que nos avergüenza de nosotros mismos, el motivo del asco. Sin embargo, quizá ahí resida la raíz de la ambivalencia. Pues lo que quisimos perder de vista y que, sin embargo, sigue ahí será lo que terminará por inspirar nuestro deseo más intenso. Como si tras el deseo se escondiera el imperativo que da pie al futuro: no debe ser lo que sé que es. Podríamos decir que algo parecido sucede con Dios: que tuvimos que desplazarlo a un más allá inaccessible —algo así como un hacernos los sordos— para que dejáramos de temerlo. Y de ahí a la fantasía de un dios-osito media un paso.

la muerte del creyente

diciembre 12, 2022 § Deja un comentario

Se nos dijo: y murió poniéndose en manos de Dios. Nada qué decir, por supuesto. Sin embargo, de no haber habido resurrección —y este es el problema hoy en día: que no sabemos qué hacer con ella, más allá de traducirla—, el ponerse en manos de Dios ¿acaso no significa un abandonarse a Dios sin que podamos dar por hecho que hay un Dios-ahí-arriba esperándonos? Quizá esta sea la frontera que separa religión y fe.

los sentidos del deber

diciembre 11, 2022 § Deja un comentario

El espacio de lo normativo es amplio. Por un lado, debemos respetar las reglas de juego. Por otro, debemos respetar al otro, tratarlo como a un igual. Pero no solo, también debemos aceptar lo que en del otro hay de intangible. Así, vamos del juego a la aspiración, del deber estricto al deberías. El problema surge cuando hacemos de la aspiración, por muy irrenunciable que sea, una norma. Pues que estemos en medio —entre la bestia y el dios— significa que lo mejor no admite regulación. En cualquier caso y en lo relativo a la aspiración, la condena tendría que ser universal.

dos por uno

diciembre 10, 2022 § Deja un comentario

No hay gesto que sea químicamente puro. Las caricias de los amantes son un juego preliminar. Pero también se bastan a sí mismas. Por eso hay un tiempo para cada cosa y una cosa para cada tiempo. Si los preliminares se prolongasen en exceso, dejarían de ser preliminares. La cosa pasaría a ser anómala. La cuestión es quién decide los tiempos. Pues acaso el poder consista en gran medida en un dominio sobre la duración. Sin embargo, en el juego de la relaciónes nuestra libertad depende de que no sepamos quién es ese quién —que nos trascienda a la manera de un espectro. Esto es, que las cosas sucedan conforme a una lógica impersonal. El resto es perversión. De ahí que podamos entender la perversión como el envés de una voluntad de dominio. Y de ahí también que el perverso siempre esté solo.

cuestión de distancia

diciembre 9, 2022 § 2 comentarios

¿Puede un ser superior amar a uno inferior? No sin degradarse —sin ponerse a su altura, sin humillación. Pues amar es entregarse —y entregarse hasta la negación de sí. No hablamos por tanto del disfrute. De hecho, uno siempre disfruta solo, aunque sea a dos bandas. Ahora bien, si esto es así, ¿acaso el ateísmo moderno no sería un hijo bastardo de la cristiandad? Sin embargo, es posible que aún no hayamos comprendido del todo qué implica con respecto a la naturaleza de Dios confesar que no hay otro Dios que el encarnado. Pero este es otro asunto.

imposturas

diciembre 8, 2022 § Deja un comentario

Andamos de espaldas a lo real. Este es nuestro principio —que no el principio. Y no hace falta ir muy lejos para darse cuenta. Basta lo prosaico. Por ejemplo, tomamos jamón. No devoramos el cerdo… aun cuando sea esto, precisamente, lo que hacemos. Si lo devorásemos a lo bestia, ¿podríamos soportarnos? La caída —que vivamos de trampantojos— ¿acaso no será el origen de la posibilidad del asombro? Nuestra humanización ¿no es el envés de la ilusión —del haber dejado atrás el milagro… aunque por eso mismo se revele como tal? Sin embargo, no hay aquí inocencia. Nuestra dureza —nuestra impiedad— hunde una de sus raíces en el hecho de que humanamente no podemos evitar tomarnos las sombras en serio . Pues no es cierto que el extranjero sea una rata. Aunque a veces nos lo parezca. No es casual que, para Israel, el asombro vaya de la mano de la indignación. Al menos, porque no solo nos descoloca la desmesura de lo real, sino también, y quizá sobre todo, que haya quienes, por haber nacido en la orilla equivocada, lleven una vida desgraciada.

despistados

diciembre 7, 2022 § Deja un comentario

Las primeras veces, por lo común, son decepcionantes. Pues su única medida es el deseo, en modo alguno lo que acontece, esto es, el milagro o la excepción. Y ya sabemos que el deseo tiene una mirada de corto alcance. Aunque su promesa apunte a la eternidad. Difícilmente, caemos en la cuenta de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. Y cuando sucede, tampoco podemos permanecer ahí, en la boca de la caverna. Es lo que tiene vivir de espaldas. O haber caído. De ahí la necesidad de un religare. Sin embargo, lo que ignora el homo religiosus es que, desde nuestro lado, no hay religare que valga. Por mucho que a veces sienta lo contrario.

a la inversa

diciembre 6, 2022 § Deja un comentario

Se dijo que si Dios no existe, todo está permitido. Sin embargo, ¿no sería más bien que precisamente porque Dios no existe —o si se prefiere, porque el haber de Dios no es el los entes—, no todo está permitido? Es como sucede con los hermanos que se quedaron huérfanos: que se deben uno al otro. De hecho, el que Dios aún andara por por ahí no impidió que Caín levantara la mano contra Abel. Más aún, si Caín se atrevió a derramar la sangre de Abel fue porque no pudo soportar las preferencias de Dios.

ancianos

diciembre 5, 2022 § 1 comentario

La vejez es muy jodida. El cuerpo no nos sigue —y a menudo nos da la impresión de que ya no quiere seguir. Más aún: comienzas a saber qué significa estar solo. Sobre todo hoy en día. A un viejo fácilmente se le aparca. La vida, sencillamente, sigue sin ti. Te has convertido en un sobrante. Con todo, solo quizá entonces comiences a caer en la cuenta de lo que supone estar expuesto a lo que nos supera. Y de paso, qué hay detrás de los gestos de piedad. Comenzando por el arrodillarse. Aunque no sepas a ciencia cierta ante qué o quién. A veces pienso que no es posible, salvo excepciones, ser joven y cristiano.

atados a sombras

diciembre 4, 2022 § Deja un comentario

La metáfora platónica es muy potente: resulta muy difícil aceptar la realidad. O mejor dicho, vivir conforme a ella. Y no solo porque la ilusión sea más consoladora, sino porque no podemos aceptar el precipitado de la reflexión. Hay una enorme distancia entre el saber, aunque se trate de un saber paradójico, y las apariencias. Como también la hay entre el alma y el cuerpo. En la mayoría de las ocasiones, el gen prevalece. Así, pongamos por caso, aun cuando sepamos que la tierra gira alrededor del Sol, seguimos instalados en la sensación de que es el Sol el que se mueve. O por poner otro ejemplo, aunque hayamos comprendido que Dios no es un fantasma bueno, pues no tiene otra entidad que la de un cuerpo que cuelga de una cruz, inevitablemente el creyente seguirá dirigiéndose a Él como si lo fuera. Ahora bien, si se trata de salvar las apariencias como decía Aristóteles, entonces deberíamos admitir que no hay otro modo de incorporar la verdad que falsificándola. El problema es que creamos demasiado en la falsificación, esto es, que nos la tomemos como lo que es en verdad. En ese caso, no solo está en juego la verdad, sino quiénes somos. Pues donde confundimos lo que nos parece que es con lo que es, seguimos en el centro. Y no somos el centro. De ahí que Sócrates se viera empujado a la ironía, acaso el único modo de permanecer entre las dos aguas del acontecimiento de lo real. Es imposible que, en el día a día, sintamos el movimiento de la tierra. Pero nadie nos impide añadir el eppur si muove a modo de nota al pie. Y a veces basta con una sonrisa. O un silencio elocuente.

para los débiles, pero no para débiles

diciembre 3, 2022 § Deja un comentario

Me atrevería a decir que hoy en día el cristianismo medio, por así decirlo, está en vías de extinción. Su condición de posibilidad es que Dios ya no se da por descontado —que la creencia haya pasado a ser un asunto personal. De este modo, por un lado tendríamos el cristianismo ultra, el cual acentuando el aspecto devocional, se mantiene en una lectura literal del credo. Por otro, el cristianismo progre, cuyo horizonte acaso sea más ético-político que estrictamente teológico. Aquí el esfuerzo teórico busca la traducción de las fórmulas de la fe. Su riesgo es acabar creyendo en otra cosa: de Hijo de Dios a hombre de Dios… entre otros; de la resurrección a sigue vivo en nuestros corazones. En ambos casos, sin embargo, la experiencia de la fe se centra en el sentimiento. Ahora bien, el sentimiento, como sabemos, es variable. Pues de apoyarse solo en el sentimiento fácilmente pasamos del creo porque lo siento al no creo porque ya no lo siento. Evidentemente, no se trata de que la fe se apoye solo en la razón. Al menos, porque el creyente no cree porque haya buenas razones para creer. O la confianza en la que consiste toda fe se hace cuerpo o no iremos más allá de un entender qué dice el cristianismo. Sin embargo, esta incorporación no consiste solo en sentir que hay Dios o algo por el estilo. En realidad, la fe es fe y no solo suposición donde no parece que haya motivos para seguir creyendo, esto es, en aquellas situaciones donde nos hallamos sin Dios mediante. De ahí que la fe no sea para débiles de corazón. En esas situaciones, el corazón del creyente sigue latiendo únicamente porque siguen latiendo el de aquellos a quienes se entrega. Hace falta mucho valor —mucha fortaleza— para dar un paso al frente donde ya no sientes que Dios te dé un golpecito en la espalda. Pues confiar en un Dios que guarda silencio está más cerca del absurdo que de lo razonable o de lo meramente sentimental. No es casual que el cristiano confiese que Dios aún no es nadie sin el cuerpo de aquel abandonado de Dios que se abandonó a Dios. Y actuó en consecuencia.

invisibles

diciembre 2, 2022 § Deja un comentario

¿En qué nos convertiríamos si fuésemos invisibles —si nos pusiéramos el anillo de Giges? La invisibilidad es, como cabe suponer, la metáfora de un poder sin restricciones: nadie te ve, nadie te juzga (y por eso mismo, nadie te condena). Trasímaco lo tuvo claro, frente a Sócrates: de lograr la invisibilidad dejaríamos de temer y, en consecuencia, nada podría impedir que realizásemos nuestras peores fantasías. Pues la raíz de nuestra buena conducta —sostiene Trasímaco— es el temor. Aquí la cuestión es si es posible amar el bien por el bien mismo, esto es, buscarlo. Sócrates estuvo convencido de ello. Ya que, de hecho, somos esta búsqueda —esta inquietud. Y es que, aunque el poder absoluto nos libere del temor, el precio a pagar es, de hecho, la pérdida de la alteridad y, consecuentemente, el quedar reducidos a mero organismo. En el horizonte, poco más que apetencias. Nada qué desear ni, por descontado, querer. El hallazgo socrático consiste en caer en la cuenta de que hay más libertad en quien aspira al bien que al poder. Quisimos el poder de un dios. Sin embargo, ignorábamos que un dios omnipotente, y a causa precisamente de su omnipotencia, no es nadie. Pues donde no hay otro que valga no hay conciencia —no hay yo. El tirano, como viera Platón, está solo (y solo como títere de sus impulsos). Quizá no sea casual que los antiguos egipcios imaginaran a sus dioses como bestias. En cualquier caso, una cosa es que, en el fondo, no busquemos otra cosa que el bien y otra es que sepamos hacia donde apuntar. Pero Sócrates no dijo lo contrario.

iluminados

diciembre 1, 2022 § Deja un comentario

¿Qué es un iluminado? Alguien que se fuerza a permanecer en lo que, de hecho, es excepcional —en el milagro. Por ejemplo, es cierto que cabe encontrarse, en el sentido fuerte de la expresión, con el otro y no solo reaccionar a su presentación. Pero al igual que el momento del encuentro —aquel en el que nos hallamos fuera del mundo, por decirlo a la manera de Rimbaud— no puede incorporarse en el día a día. Durante el tiempo diario prevalece el (con)trato, la profanación, la lógica del do ut des… lo cual no tiene por qué ser desagradable. El iluminado pretende, ilusamente, hacer de la excepción algo habitual. De ahí que viva de eslóganes, esto es, que necesite decirse continuamente, por seguir con nuestro ejemplo, que todo es encuentro con el otro. No obstante, aunque sea verdad que el milagro puede fecundar el presente, lo sensato es aceptar que, como tal, no cabe vivirlo a diario —que no cabe poseer lo que nos ha sido dado como excepción (y por eso mismo, como si fuera el signo de otro mundo o de un porvenir absoluto). Frente al eslogan del iluminado —frente a sus ilusiones—, la lucidez bíblica propone la estrategia de la memoria. En este sentido, Ley y memorial van a la par: recuerda lo que tuvo lugar y no simplemente pasó. El rito es, por consiguiente, necesario… si de lo que se trata es de saber de qué va esto del vivir. Pues, y dado que vivimos en el tiempo, todo puede ser devorado por nuestro pasar de largo. El eslogan no basta. Ni, por supuesto, el mero sentimiento. Suponer lo contrario, más que una ingenuidad, es un error.

quién lo sabe

noviembre 30, 2022 § Deja un comentario

La crítica —la ciencia, la religión, el Estado, el piscoanálisis…— presuponen un sujeto del saber. Y ese sujeto, por lo común, viene de fuera (o mejor dicho, de encima). Nadie, desde sí mismo, puede dar la medida de sí mismo. La cuestión es quién la dará. Las chicas del colegio mayor decían que era un juego. Montero and Co. replicaron que lo decían porque estaban alienadas. Los verdugos no sabían lo que hacían (y por eso, en el Gólgota se invocó su perdón). Es también el juego que practica el científico: te equivocas cuando crees que la tierra es plana, aunque no puedas evitar que te lo parezca. Ciertamente, con respecto a lo natural, la distinción entre lo que nos parece que es y lo que es puede llegar a puerto (y aquí el científico tiene las de ganar). Pero en los asuntos demasiado humanos no hay hechos a los que podamos apelar. Pues aquí cualquier hecho discutible viene cargado de lectura, de juicio de valor. El resultado: el guirigay, la cháchara. Acaso la última palabra la tenga el Estado. Pero no porque tenga razón, sino porque tiene armas. Quizá aquello de que solo Dios sabe, teniendo en cuenta que a Dios nadie lo ha visto, funcione como correctivo. O también, si se prefiere, la ironía socrática. ¿Acaso las chicas a las que Montero demonizó no sabían lo que hacían cuando quisieron jugar a lo bestia? ¿Los niños yerran cuando juegan a pistoleros? Es posible que no haya juego inocente. Pero ¿qué —o quién— lo es? ¿No es mejor ir al fútbol que liarse a navajazos? La moral —en nuestro caso, el moralismo— ¿entendió alguna vez la naturaleza del juego?

parafraseando a Merleau-Ponty

noviembre 29, 2022 § Deja un comentario

No terminamos de estar en el mundo. Pero jamás, nos hallamos fuera del mundo. El cuerpo —su motivo— es un arraigo. Pero donde solo hay raíces, no hay árbol. Aunque también es cierto que unas flores sin raíz son simplemente un ramo de flores. Entre una cosa y otra andamos. En cualquier caso, modernamente ya no cabe ser un árbol. Traducción: ya no nos es posible elevarnos desde la raíz. Pues que Dios haya muerto significa, entre otras cosas, que el éxtasis —no solo religioso, sino también el que experimentan los amantes cuando cruzan sus miradas— difícilmente podrá ser integrado en un día a día que solo admite el (con)trato. Quizá siempre fue así. Pero no en la misma medida.

a quién hallará con fe

noviembre 28, 2022 § Deja un comentario

¿Acaso hay otro tema que el de Dios —acaso otra experiencia? Lo primero se lo pregunto Heidegger en su momento. De lo segundo, los antiguos no tuvieron duda alguna, aunque por lo común se refiriesen a lo divino en plural. De hecho, creer que formamos parte de un exceso es lo más espontaneo o natural. Hoy en día, al menos en Occidente, pasamos de Dios. Algunos aún poseen una cierta sensibilidad por lo profundo. Pero esta ya no se concreta en los términos de la tradición cristiana. Ciertamente, hay quienes intentan reformularla bajo categorías orientales. Pero al hacerlo obtienen algo muy distinto, a pesar del aire de familia. La Modernidad ha impuesto sus reglas de juego. Sencillamente, no cabe creer donde el mundo se nos presenta como un campo de dominio —donde el sujeto no se comprende a sí mismo como el que se encuentra expuesto a lo que irremediablemente le supera. Muchos creyentes, hoy por hoy, creen como el convencido de las bondades de la dieta détox que, con todo, se harta de donuts. Sin embargo, si hay Dios —y lo hay, aunque como tal ande rozando la nada o, mejor dicho, el nadie—, entonces el olvido de Dios en modo alguno es un progreso. Más bien, al contrario. Pues que demos por descontado que somos el centro es, de hecho, un error.

tercera pregunta

noviembre 27, 2022 § Deja un comentario

Como sabemos, Platón distingue entre dos mundos: el de las cosas —el mundo que habitamos— y el de las ideas. El primero es aparente, mientras que solo el segundo es real, en el sentido estricto de la palabra. ¿A qué obedece esta distinción? ¿Por qué dice que la realidad de las cosas es aparente? ¿Por qué, en definitiva, Platón sostiene que tan solo la idea es real? En última instancia, la pregunta es a qué nos referimos cuando hablamos de lo real. De entrada, la respuesta es obvia: lo real es lo que podemos ver y tocar, cuanto se hace presente a una sensibilidad bajo un aspecto u otro. Que haya cosas no es algo que se ponga en duda.

Ahora bien, que no se ponga en duda el haber de las cosas —el que haya cosas— significa que lo que no se discute es, precisamente, lo que las diferentes cosas tienen en común, es decir, su haber, al fin y al cabo, el hecho de que estén-ahí. O por decirlo de otro modo, que las cosas tengan en común el hecho de que son o están-ahí significa que lo que hay más allá de las las cosas es el haber en cuanto tal. Sin embargo, ¿en qué consiste el haber en cuanto tal, esto es, al margen de su concretarse como el haber de las cosas? ¿En qué sentido el haber en cuanto tal se sitúa más allá de lo sensible? Esta es la pregunta que nos obligará a distinguir entre los dos mundos. Y es aquí donde el camino se pone cuesta arriba —como se nos dice en el texto que comentamos. Y que se ponga cuesta arriba no significa únicamente que cueste llegar a una respuesta, sino también que, una vez obtenida, difícilmente podremos habitar en su territorio. Pues, a pesar de que hay el haber, por decirlo así, no vemos el haber en cuanto tal —el puro haber o el haber absoluto—, sino que siempre lo damos por descontado en el haber de las cosas. De ahí que Platón diga que el haber como tal —el ser de Parménides— trascienda el horizonte de lo sensible. El haber como tal —el puro haber— es uno, eterno, etc.

El problema es, como acabamos de apuntar, que el puro haber no es nada en concreto —ni puede serlo. Por esta razón solo puede ser pensado —y es en este sentido, aunque no solo en este, que Platón dice que lo real en su carácter absoluto es idea: hay lo absoluto; hay lo abstracto o invisible. Y lo hay porque la invisibilidad del puro haber sostiene, por decirlo así, el haber de las cosas —el haber de lo visible. Y quien dice invisibilidad, dice imposible. Pues el haber absoluto solo puede hacerse presente en relación con una sensibilidad y, por eso mismo, relativamente… lo cual equivale a decir perdiendo durante el trayecto su carácter absoluto. El haber en sí mismo no es nada en concreto (y por eso mismo, es nada, una impenetrable oscuridad o silencio: la luz del Sol nos cegaría… si pretendiéramos verla directamente). El puro haber desaparece, por tanto, en su aparecer en lo concreto. Y por eso mismo es obviado o dado por descontado. Dicho de otro modo, el aparecer de lo real va con su desaparecer como puro haber (y aquí Platón conecta con Heráclito). Así, pongamos por caso, la belleza es lo que se hace presente en un cuerpo bello, lo real de ese cuerpo en tanto que bello (pues lo real es, por defecto, lo que se hace presente). Pero la belleza que se hace presente en un cuerpo bello en modo alguno le es inherente: no hay cuerpo bello que lo sea por entero, esto es, desde cualquier punto de vista o para siempre. La belleza es en su ocultarse al encarnarse en los cuerpos bellos. En términos de Platón, podríamos decir que los cuerpos bellos participan de una belleza que, en sí misma, trasciende lo sensible a la manera de un ideal o paradigma. De ahí que si decimos que los cuerpos bellos nunca terminan de ser bellos por entero es porque, de algún modo, se encuentran sometidos a la exigencia de serlo por entero. Ser y deber ser son las dos caras de lo mismo. Y quien dice deber ser dice Bien.

Hasta aquí la respuesta. Lo que sigue ya es para nota.

Ahora bien, no es que en un primer momento haya un puro haber y, luego, el haber de las cosas, sino que lo primero es la escisión entre el puro haber y el haber de las cosas. Llegados a este punto quizá convenga recordar que ab-soluto significa, originariamente, lo que es separado o absuelto, en nuestro caso, dejado atrás. Y por eso mismo, de lo que estamos hablando es, en definitiva, del tiempo. Pues que las cosas sean en apariencia significa que se encuentran sometidas al tiempo, a su tener que desaparecer. Así, el carácter ilusorio de cuanto cabe ver y tocar es el otro lado del hecho de que constituyen la expresión —el hacerse presente— de lo absoluto o realmente otro (y es que lo otro es, por defecto, lo que se encuentra más allá de cualquier forma o representación). El aparecer de lo real va con su desaparecer como absoluto. Las cosas son aparentes, por tanto, en un doble sentido. En primer lugar, que sean aparentes significa que en ellas aparece —se revela o muestra— lo real. Pero, y en segundo lugar, también significa que lo real solo puede aparecer en las cosas hasta cierto punto o en cierta medida. Ambos sentidos van a la par. Ciertamente, la razón solo comprende como real lo que permanece. Pero lo que permanece es que el ser o puro haber solo aparezca desapareciendo como absoluto (y este como significa que por eso mismo deviene lo absoluto). Así, porque son la entera expresión de lo real —porque la desaparición pertenece a la realidad de lo absoluto, a su hacerse presente—, las cosas no terminan de permanecer en lo que son. Sin embargo, será Aristóteles —y no Platón— quien desarrollará hasta sus últimas consecuencias la íntima conexión entre ser y tiempo.

preexistencia

noviembre 25, 2022 § Deja un comentario

Si antes de ser arrojados al mundo hubiéramos habitado como almas puras el mundo real —donde no hay más que un simple haber—, la encarnación habría sido una liberación. Pues el simple haber no es nada. Nada, salvo la oscuridad y el silencio. Una abstracción —una idea (y aquí hay que tener en cuenta que la absoluto es abstracto). Por suerte, no hay haber que no sea un haber de las cosas. Sin embargo, el precio de la libertad es el dolor. De ahí que sigamos siendo unos idiotas —literalmente— donde aspiramos a una vida sin dolor, sin aristas o taras (aun cuando, sin duda, sea legítimo intentar limitar el sufrimiento). Como vieron los griegos, todo es cuestión de proporción.