cotilleos

mayo 23, 2018 Comentarios desactivados en cotilleos

Parece ser que el matrimonio entre Kate Middleton y el príncipie Guillermo no anda muy fino. Normal. Al fin y al cabo, el deseo nos mantiene ilusionados… mientras no se cumpla. Y no porque en el día a día aparezcan las imperfecciones —las taras— que inevitablemente van en el pack, sino porque, de hecho, no puede cumplirse, en tanto que nace de figuras inviables. Un príncipe que coma de tu mano deja de ser un príncipe (y por eso mismo terminarás ninguneándolo). Si quieres un príncipe a tu lado, tendrás que aceptar lo inaceptable, a saber, que no serás la única. A menos que así te lo haga creer. Pero en ese caso permanecerás en la impostura, por no decir en la angustia de una sospecha continua. A diferencia de cuanto anhelamos —a diferencia de lo que provoca una genuina inquietud—, el deseo no da la felicidad. Quien vive solo de su deseo, tarde o temprano, termina en una cárcel.

lo que importa y lo que no

mayo 23, 2018 Comentarios desactivados en lo que importa y lo que no

Que estamos dividos —que el yo es un otro— no es algo que debiera sorprendernos. Por ahí van los tiros del viejo dualismo entre cuerpo y alma. Así, en momentos de lucidez, aquellos en los que respiramos la muerte, podemos darnos cuenta de que hay muy pocas cosas que importan. Y, sin embargo, con qué facilidad caemos de nuevo en la inercia del tiempo diario. Como si no fuéramos capaces de permanecer en el núcleo duro de la existencia. La vida acaso sea lo que se nos escapa entre los dedos de una mano. Vivimos como zombies distraídos. No es casual que la vida del espíritu comience con una ruptura con el tiempo de la dispersión. En el fondo, se trata de la integridad, de vivir en torno a un centro. Ahora bien, el centro de nuestra existencia en realidad se encuentra fuera de uno mismo. Y quizá no dependa de nosotros caer en la cuenta de esto último.

las dos Historias

mayo 22, 2018 Comentarios desactivados en las dos Historias

Hay dos Historias. Aquella que consiste en el inventario de las fallas —las rupturas, en definitiva, epistemológicas— que nos han llevado hasta el presente. Y aquella que se encuentra al servicio de preservar la memoria de lo que se perdió por el camino y difícilmente podremos recuperar. Esta sería la Historia de los costes del progreso, la definitiva instancia crítica de cualquier actualidad. Aquí caben dos variantes. La de una Historia que linda con la antropología cultural, pues Roma, pongamos por caso, fue ciertamente otro mundo. Y la de una Historia que pretende mantener abierta la herida de quienes fueron desestimados, de aquellos que quedaron abandonados en las cunetas del tiempo histórico. Como si no hubieran existido. La primera está al servicio del orgullo humano. De ahí que, tarde o temprano, termine haciendo el ridículo. La segunda, en cambio, al servicio de lo sagrado. Pues lo sagrado es por defecto lo que en modo alguno cabe alcanzar, ni, por eso mismo, manipular. Desde esta óptica, lo sagrado no se halla por encima, sino por detrás. Aquello en verdad sagrado pertenece a un pretérito absoluto. En definitiva, lo sagrado es un resto, un detritus. No está en nuestras manos que las víctimas del pasado regresen del Hades para que puedan vivir la vida que se les arrancó injustamente. Y, con todo, deben regresar. Aun cuando no podamos ni siquiera imaginarlo.

el velo como sudario

mayo 21, 2018 Comentarios desactivados en el velo como sudario

Tradicionalmente, el velo del santuario encubre lo que debe ser preservado de la visión, eso sagrado a lo que no podemos acceder sin que desaparezca como tal, esto es, sin profanarlo. Pues profanar es poseer. Ahora bien, el velo también puede amagar la inexistencia de lo que en principio oculta. Aquí el velo construiría la realidad de lo que, aparentemente, esconde. La primera posibilidad es la convicción del mundo antiguo. La segunda, la del mundo moderno. Ahora bien, la idea de que el velo genera la ficción de lo sagrado es propia del espectador, no la de quien, como arrancado, sufre la realidad del enteramente otro como una falta fundamental. Es posible que el precio de nuestro progreso material sea, precisamente, la imposibilidad de una genuina experiencia. Pues lo que constituye la experiencia propiamente dicha es lo que no terminamos de experimentar en la experiencia. Para una experiencia verdadera, la sensibilidad es, en último término, un límite. Desde esta óptica, el velo no deja de ser un sudario. Hay más realidad en lo que dio un paso atrás que en cuanto podamos ver y tocar. No es casual que la experiencia haya quedado modernamente reducida a la banalidad de un chute emocional.

mindfulness

mayo 20, 2018 Comentarios desactivados en mindfulness

Ciertamente, los pensamientos positivos, como suele decirse, producen bienestar, buena onda. Por ejemplo, la idea de que nos hallamos en manos de un espíritu tutelar. O que la energía que sostiene el cosmos es el amor. En este sentido, parece ser que en los lager, quienes mantuvieron la fe, fueron capaces de soportar lo insoportable. Aunque terminasen mal. Ahora bien, los pensamientos positivos no funcionan, si los tienes solo para alcanzar el bienestar. Tienes que creer en ellos. Y ahí está el tema. Que donde todo salta por los aires, en los huracanes de la Historia, no hay mindfulness que valga. El narcisismo espiritual —el poner a Dios al servicio de nuestra satisfacción interior— siempre tuvo un corto alcance.

de las últimas palabras

mayo 19, 2018 Comentarios desactivados en de las últimas palabras

Las últimas palabras son aquellas que cargan con el peso de la existencia, aquellas que tan solo podemos pronunciar donde la vida se acerca a su final. Hay que encontrarse en la situación en la que esas palabras arraigan para comprender su alcance, su enormidad. Fuera de la situación, tan solo se prestan al malentendido. «Redención» es una de ellas. Fácilmente, la traducimos por felicidad. Pero no se trata exactamente de lo mismo. Quien clama por la redención se encuentra sepultado por el No. Y donde el No se impone como el non plus ultra de nuestro estar en el mundo, difícilmente podemos evitar preguntarnos si acaso sea esto cuanto cabe esperar. De ahí que apenas entendamos de qué va el credo cristianismo donde vivimos en la dispersión propia de una vida estimulada únicamente por lo que podamos desear. Un nuevo coche, una casita en Puigcerdà, una tía buena, el éxito… Todo salta por los aires como un castillo de naipes donde la muerte —y sobre todo la muerte injusta de tantos— irrumpe como una sentencia inapelable. Las fórmulas de la fe no dejan de ser simples fórmulas, hoy en día tópicamenfe desestimables, para quienes se encuentran fuera de aquellas situaciones terminales en donde se revelan como la carga de profundidad que en definitiva son. Contra lo que suele suponerse, dichas fórmulas no representan una mera opción intelectual, una creencia disponible en los estantes del supermercado de las ofertas de sentido. Son un asunto de vida o muerte. O Darwin tiene razón —y lo único que cabe esperar es la supervivencia—, o la tiene un Dios crucificado. No es casual que la fe dependa de quienes pueden pronunciar, porque las encarnan, las fórmulas del credo, de los testigos de la aparición. Se nos reveló el modo de salir de las letrinas de la Historia. Aunque, ciertamente, no fuera el que imaginamos en un principio.

ser y tiempo para dummies (1)

mayo 15, 2018 Comentarios desactivados en ser y tiempo para dummies (1)

La tesis es la siguiente: lo real —el algo-en-verdad-otro que se hace presente a una sensibilidad— aparece en tanto que no aparece como tal. Es decir, lo en verdad otro se muestra en tanto que en sí mismo no se muestra. Estamos lejos, pues, del sentido común…. aunque no tanto como podríamos creer. Se trata simplemente de pensar lo que damos por descontado cuando decimos de algo que es. Lo real es, ciertamente, lo que podemos ver y tocar. Pero lo que podemos ver y tocar, en sí mismo, es invisible e intocable… porque, en definitiva, no es nada en particular. La clave reside en caer en la cuenta de que en el aparecer de lo real se revela lo que, por otro lado, se oculta, a saber, el que sea algo en verdad otro y no tan solo una representación mental. De hecho, teniendo en cuenta lo que tenemos en mente, no hay diferencia entre el mundo real y el virtual. Como supone el escéptico, bien pudiera ser que nuestra mente alucinara un mundo de tal modo que incluso una posible salida de la alucinación formara parte de la misma. Por sentido común, la diferencia entre el mundo real y el virtual pasa por lo que damos por descontado en el caso del primero, a saber, que lo visto responde a algo exterior. Sin embargo, por eso mismo —porque creemos que se trata de un supuesto— podemos, escépticamente, ponerlo en duda. Aquí podríamos preguntarnos si se trata de un supuesto que quepa poner en cuestión sin que el lenguaje salte por los aires. Pero este es otro asunto. En cualquier caso, decir que lo otro como tal no aparece en su aparecer como algo determinado —que no hay visión de lo que la alteridad es en sí misma— equivale a decir que las cosas que podemos ver y tocar se encuentran sometidas al tiempo y, por consiguiente, no acaban de ser lo que parecen. Lo que las cosas son en tanto que algo-otro-ahí no terminan de coincidir con su modo de ser. Hay, ciertamente, un décalage. Así, todo termina siendo otra cosa con el paso de los días. Lo absolutamente otro no acaba de darse en su darse en particular. De ahí que cualquier apariencia sea un sí, pero todavía no. Porque lo enteramente otro como tal no aparece, toda apariencia de lo otro es relativa, inestable, provisional. Esto es, lo enteramente otro nunca aparece como enteramente otro, sino como algo asimilable por un determinado punto de vista. Ver es fijar lo que no admite una fijación. En la fijación de algo otro se desestima lo que también ese algo otro puede ser. Ahora bien, por eso mismo la posibilidad —la posibilidad de lo otro— sigue siendo lo latente, lo que soporta un mundo. De ahí que la posibilidad que fue desestimada sea la perenne amenaza del mundo que habitamos. Porque lo enteramente otro, en su mostrarse, quedó sepultado en un pasado inmemorial, el mundo se encuentra esencialmente abierto al futuro.

Todo —desde las piedras hasta las focas— es un modo de ser de lo absoluto. Ahora bien, por eso mismo, lo absoluto —y absoluto significa literalmente lo separado, lo que no se encuentra sometido a ninguna condición, lo que es sin un porqué— no se muestra como tal. En realidad, lo que tienen en común las piedras y las focas es que son algo-otro-ahí. Pero eso que tienen en común no admite una visión, no aparece a una sensibilidad. Tan solo pensando de qué hablamos cuando hablamos del aparecer podemos caer en la cuenta de la trascendencia del carácter otro de lo real, aunque dicha trascendencia no sea —no pueda ser— la propia de otro mundo, sino la de un pasado inmemorial, como acabamos de decir. Lo absolutamente otro da un paso atrás en su aparecer como algo determinado. En cuanto tal, el carácter absoluto de la alteridad es un continuo diferir de su concreción o determinación. Habitualmente, decimos de algo que es de un determinado modo porque su modo de ser —el hecho de ser piedra o simpático, pongamos por caso— dura lo suficiente o porque así se muestra desde la mayoría de los puntos de vista. Pero que lo consideremos suficiente tiene que ver, precisamente, con lo considerado, no con lo que la cosa sea en cuanto algo-en verdad-otro. En realidad, lo en verdad otro no dura en absoluto (y de ahí que no sea caracterizable como tal). En este sentido, decimos que es eterno. Pues lo eterno no es lo que posee una duración infinita, sino lo que se encuentra fuera del tiempo y, por consiguiente, fuera del mundo, de cualquier mundo posible. Estrictamente hablando no está en ningún lugar. Hay duración porque nada dura en verdad, porque el carácter otro de lo real desaparece en su aparecer o mostrarse. Ahora bien, por eso mismo hay un mundo, un mundo de cosas. Y es que las cosas son en tanto que en ellas aparece, ciertamente, algo otro, pero a condición que lo otro en cuanto tal no aparezca en su aparecer como piedra, árbol, foca, martillo… Cuanto hay se da dentro del tiempo, lo cual es lo mismo que decir que nada permanece. Nada de cuanto nos traemos entre manos acaba de ser. Nada de cuanto nos traemos entre manos es real, en el sentido de algo absolutamente otro. El mundo es, en definitiva, un espectáculo… a la espera de que regrese, por decirlo así, lo que tuvo que desaparecer para que, precisamente, el espectáculo fuera posible. Ahora bien, lo que tuvo que desaparecer solo puede regresar poniendo fin al mundo. Porque lo absoluto no aparece como tal puede haber mundo. De ahí que mientras haya mundo, lo único que permanece es el continuo paso atrás del carácter enteramente otro de lo que aparece. En tanto que muestran de un modo determinado algo-en verdad-otro, las cosas son lo que son en la misma medida que no son —que no terminan de ser lo que parecen—. Son en tanto que se encuentra enajenadas de eso en verdad otro al que apuntan. Como dejó escrito Heidegger en su curso sobre Schelling, no hay pensamiento profundo que no sea dialéctico. Y esto está muy cerca de la convicción socrática, según la cual nunca sabemos a ciencia cierta de lo que estamos hablando.

probablemente, no sepamos de qué va la película del sábado

mayo 14, 2018 Comentarios desactivados en probablemente, no sepamos de qué va la película del sábado

Es posible que no entendamos nada de lo que ocurre. Lo que ocurre —no lo que tan solo sucede, no tan solo lo que vemos y leemos en los medios— es la partida que se está jugando. Nosotros, los hombres y mujeres de a pie, somos las fichas (en realidad, la vaca a muñir). No se trata de ninguna conspiración, sino de las reglas de juego. Aunque en el imaginario colectivo esto de la conspiración ayuda a hacerse una idea. Sencillamente, hay quienes tienen las cartas y hay quienes que no. A diferencia de lo que podía constatarse en los tiempos premodernos, el poder económico es hoy en día invisible, pero no atroz, salvo en la periferia de los países desarrollados. La extraccion de rentas ya no es tan palpable como, pongamos por caso, en el feudalismo. La gente más o menos se apaña. Además tenemos circo. Y un circo que emite en sesión continua. Hoy en día, la extracción de rentas se realiza vía el capitalismo clientelar, en donde el cruce entre intereses económicos y políticos es evidente para quien sepa (y quiera) verlo. Aquí se prima la lealtad, como en la mafia, no el mérito o la eficiencia. Una lectura atenta del BOE nos llenaría de estupefacción —por no hablar de indignación—. La regulación estatal está al servicio de la socialización de las pérdidas de las grandes corporaciones. Tal cual. Ciertamente, hay grados. Hay más sectores que se encuentran fuera del campo de influencia del capitalismo clientelar en Alemania que, por ejemplo, en Rusia o España. O por decirlo con otras palabras, la clase media es menos exprimida en unos países que en otros. Mientras tanto, el cristianismo no parece que tenga nada qué decir, salvo denunciar el sufrimiento de quienes se encuentran en los márgenes o, en su defecto, promover una piedad individual bajo los ropajes de un budismo a la cristiana. Así, hacemos el ridículo cuando, con la intención de promover una sociedad más justa, insistimos en la malignidad del fraude fiscal. Sin duda, hay que contribuir fiscalmente al bien común. Pero a la hora de analizar la situación hay que utilizar un lápiz más fino. No es lo mismo que las mega-empresas se salgan de rositas, que el currante de turno se ahorre una parte del IVA de unas obras con el objeto de llegar a final de mes. No es lo mismo pagar impuestos en Alemania que en Rusia o España. El tema es, por supuesto, el papel que juegan las instituciones. Pero su reforma no llegará, si quienes tienen que llevarla a cabo son aquellos a los que en modo alguno les interesa reformarlas. La cuestión del poder es la cuestión de la toma del poder (y en última instancia, la de la violencia). Y, sin duda, la invisibilidad del poder, hoy en día legitimada por los principios formalmente justos de las democracias occidentales, no ayuda a comprender al Dios crucificado, un Dios cuya ira, casi leninista, debería hacer temblar a los que viven a costa del empobrecimiento de otros. No es casual que actualmente, idiotizados por el soma de los media, prefiramos una divinidad que exige la disolución del yo en las aguas oceánicas de lo impersonal.

Tan solo basta con imaginar que el poder te dejara sin el pan con el que alimentar a tus hijos para dejar de reirle las gracias a los gurús de una espiritualidad sin cuerpo.

tautologías políticas

mayo 13, 2018 Comentarios desactivados en tautologías políticas

Dice Boris Gunjević: toda revolución está condenada al fracaso si carece de virtud. La revolución sin virtud está atrapada entre la locura orgiástica y violenta y el autismo estatal y burocratizado. Cierto. Sin embargo, también es evidente que no puede haber virtud colectiva por aquello de que estamos hechos de barro (por no hablar de una culpa original). Nos equivocaríamos, por tanto, si propusiéramos la virtud como solución. En cualquier caso, se trataría de una solución tautológica. Pues de antemano ya sabemos que si todos fuéramos ángeles, no habrían holocaustos. Ahora bien, una tautología política, como cualquier tautología, es irrelevante. Diciéndolo todo, no dice nada. De ahí que cuestión de la política sea la de encontrar una salida de emergencia a problemas que carecen de solución. Como el capitán del barco que se ve obligado a repararlo sobre la marcha, en medio del oleaje, a menudo intenso, de la alta mar.

panis et circenses

mayo 12, 2018 Comentarios desactivados en panis et circenses

En un artículo de Pravda de 1923, Lev Troski dijo que el trabajador se encuentra atrapado entre el vodka, la iglesia y el cine. Sustituyes el vodka por la cocaína o las drogas sintéticas, la iglesia por los eslóganes de turno y el cine por los youtubers y obtienes el mismo diágnostico para el looser de hoy. En cualquier caso, se trata de producir ignorancia.

acerca de lo que hay (y 3)

mayo 11, 2018 Comentarios desactivados en acerca de lo que hay (y 3)

Lo que hay es lo que vemos que hay (o al menos podríamos ver, si estuviéramos en el lugar adecuado). Nada es que no aparezca o se muestre (o pueda aparecer o mostrarse) a una sensibilidad como algo determinado, esto es, como algo de lo que cabe decir que es de un modo u otro. Sencillamente, si algo no puede ser visto, aunque sea indirectamente, no es. Todo se hace presente como un particular modo de ser. Ver es, en cualquier caso, ver como (ver algo como árbol, foca, martillo…). Tal y como subrayamos en la segunda entrada de esta serie, toda visión posee una carga teórica. No hay visión que no incluya o presuponga implícitamente un cierto saber acerca de lo visto. La interpretación va con la visión, por decirlo así, aun cuando una vez visto lo visto podamos perfectamente añadir alguna que otra creencia, que, en tanto que de más, sería en principio discutible. Así, podemos ver, pongamos por caso, un martillo… aunque podamos suponer, además, que no termina de funcionar como debiera. Al decir de algo que es un martillo, ya damos por sentado que se trata de algo que sirve para clavar o desclavar. Que sirva más o menos es algo que habría que ver —algo que podríamos discutir—, pues podría ser que no nos parezca útil porque no somos lo suficientemente hábiles.

Que no haya visión que no incluya un cierto saber depende, en definitiva, de que todo lo que vemos, lo vemos dentro de un contexto. No vemos cosas aisladas, sino cosas que forman parte de un mundo. Y un mundo es, en cualquier caso, un mundo interpretado. Un mundo siempre se ofrece en relación con los presupuestos que rigen una visión del mundo. Estos presupuestos son, al fin y al cabo, lo que damos por descontado en nuestra experiencia del mundo. Por decirlo así, no hay experiencia pura, esto es, no hay experiencia que no quede encajada dentro de los presupuestos, en definitiva culturales, que expresan una posición fundamental frente al mundo. Por ejemplo, en la Antigüedad se daba por hecho que había un más allá, un mundo inaccesible, cualitativamente diferenciado y, por extensión, normativamente superior. Un mundo de dioses. El mundo de la Antigüedad era, por defecto, un mundo dividido en tres niveles (cielo, tierra e infierno, como suele decirse). Todo cuanto podía ser visto —los hechos que podían ser constatados— era visto desde el horizonte de dicho prejuicio epocal. En este sentido, cualquier acontecimiento podía ser entendido como una señal de otra dimensión. De ahí que dijéramos, en la entrada anterior, que los antiguos no andaban equivocados cuando veían dioses o espíritus por todas partes. Ellos veían efectivamente la presencia de un dios donde nosotros tan solo vemos la erupción de un volcán. Desde nuestra óptica —desde nuestra posición fundamental—, la carga teórica que iba con la visión del mundo antiguo queda fuera de la visión de lo que sucede. Y no puede ser de otro modo. Nosotros, sencillamente, no podemos ver las cosas como ellos. Nuestro marco cultural —nuestro mundo— es muy distinto. De ahí que nosotros entendamos el saber que permanecía enquistado en su visión de las cosas como una interpretación añadida a la percepción de los hechos. Sin embargo, ellos no suponían que la erupción de un volcán era una expresión de la ira divina como si la suposición se agregase a la visión de un dato objetivo. Ellos veían la ira divina en la erupción de un volván. La erupción de un volcán era directamente el reflejo de dicha ira. Los antiguos no creían en dioses, sino que veían dioses o, mejor dicho, los signos de su presencia. Sus creencias fundamentales estaban incrustadas en su visión… como las nuestras lo están en cuanto podamos constatar como hecho. Ahora bien, nosotros no estamos más cerca de los puros hechos que los antiguos. No hay hechos puros, sino hechos dentro de un mundo interpretado. Como decíamos al principio, lo que hay no es independiente de la visión de lo que hay. Y no hay visión que no esté preñada de un cierto saber. El saber —la creencia incrustada— que va con la visión es, en definitiva, lo que damos por descontado al ver lo que vemos. Ciertamente, podríamos preguntarnos de dónde procede eso que damos por descontado. Podríamos preguntarnos, pongamos por caso, por qué en un período histórico damos por descontado que hay otros mundos y en otro período, no. Probablemente, esto tenga que ver con las condiciones materiales de la existencia, que decía Marx. Pero este sería otro asunto.

Por eso mismo, cabe preguntarse qué puedan ser las cosas en sí mismas, esto es, al margen de su hacerse presente a una sensibilidad como tal o cual cosa. Ahora bien, esta pregunta ¿tiene sentido? ¿Es posible ir más allá de lo que nos parece? En principio, estamos tentados de decir que no, pues como acabamos de subrayar, no hay cosas al margen del verlas como algo determinado por un saber implícito y, en última instancia, por su conexión con el resto de cosas que constituyen el mundo del que formamos parte. Como dijimos en su momento, ver un martillo es ver un clavo. El carácter concreto de cuanto vemos está determinado por una sensibilidad configurada culturalmente y, en último término, por el mundo del que formamos parte. Así, creemos, pongamos por caso, que el canibalismo es aberrante porque así nos lo parece, aunque desde la óptica de los pueblos caníbales, la práctica de devorar el cuerpo del enemigo sea una norma cultural (y, por eso mismo, no tenga nada de aberrante). Sin embargo, aun cuando podamos entender el sentido del ritual caníbal dentro de su contexto, es imposible que podamos verlo como una práctica aceptable. No pertenecemos a su mundo.

Sin embargo, a pesar de lo que acabamos de decir, tiene sentido preguntarse qué pueda ser la realidad al margen de lo que pueda parecernos, esto es, al margen de su hacerse presente a una sensibilidad en concreto. Al menos, porque de entrada creemos entender la pregunta. ¿Qué podemos decir acerca de lo real, esto es, más allá de la deformación que impone un punto de vista? Ahora bien, preguntarse por qué pueda ser una cosa en sí misma, en tanto que implica poder verla con independencia de su determinación como martillo, dinero, foca…, es lo mismo que preguntarse en qué consiste su carácter de algo entera o absolutamente otro. La pregunta, por consiguiente, tiene su qué. Pues, si la cosa en sí es al margen de su aparecer como algo determinado, entonces las cosa en sí, estrictamente hablando, no aparece. Y si no aparece, no es. Pues algo es si aparece como (al igual que ver es, en cualquier caso, ver como). La cosa en sí —la alteridad propia de lo real, su carácter enteramente otro— sería como el resto invisible de lo visible. No cabe una visión del carácter enteramente otro de cuanto vemos.

Por consiguiente, si no cabe ver nada enteramente otro como tal ¿como podemos preguntarnos por lo que pueda ser? ¿Acaso, como acabamos de subrayar, no es cierto que cuanto es aparece, se muestra a una sensibilidad? ¿No hay aquí una cierta contradicción? Puede. Pero quizá, en vez de contradicción, deberíamos hablar de la naturaleza dialéctica de lo real. Una contradicción supone afirmar y negar lo mismo y al mismo tiempo. Esto es, caeríamos en una contradicción si dijéramos que aquí y ahora, pongamos por caso, llueve y no llueve. Una contradicción no hay quien la entienda. La dialéctica, en cambio, revela la mútua implicación de los contrarios. Es verdad que espontáneamente creemos que si todo fuera luz, no habría oscuridad. Pero si lo pensamos bien, nos daremos cuenta de que lo que no habría es precisamente luz. Si todo fuera luz, no habría luz. Pues la luz es luz únicamente en relación con su contrario, la oscuridad. Análogamente, si hablamos de la naturaleza dialéctica de lo real es porque si todo fuera apariencia, no habría estrictamente apariencia. Hay apariencia porque en el aparecer de lo real hay lo que no aparece, a saber, el carácter absolutamente otro de lo real. Veámos esto último con un poco más de calma.

Por definición, lo real es eso otro —eso exterior— que se muestra, aparece, se hace presente, se revela… a una sensibilidad como algo que posee un aspecto determinado, un particular modo de ser. Es en este sentido que decimos que ver es siempre un ver como, algo como algo en concreto: esto como piedra, foca, martillo… Ahora bien, por poco que reflexionemos sobre lo que estamos diciendo, caeremos en la cuenta de que lo que no vemos en lo que vemos es, precisamente, el carácter enteramente otro de lo que tenemos enfrente. El carácter enteramente otro de lo que está ahí no aparece en su aparecer como algo determinado. O por decirlo con otras palabras, el carácter de algo absolutamente otro de cuanto es se oculta —da un paso atrás— en su mostrarse a una sensibilidad. El carácter otro de lo que es se da en relación a una sensibilidad y, por tanto, relativamente. Esto es, nunca por entero o absolutamente —nunca como tal—. De hecho, lo relativo, por definición, se opone a lo absoluto. Es por esto, que lo enteramente otro siempre puede mostrarse, desde el punto de vista de los diferentes marcos culturales, como cosas distintas. El dinero es dinero —y lo es indiscutiblemente— en nuestro mundo, pero no en aquel donde no se funciona con dinero. Para un mundo sin dinero, eso que vemos como dinero no es másque un trozo de papel. En un mundo sin dinero, eso que nosotros manejamos espontáneamente como dinero, no aparece —no puede aparecer— como dinero.

De ahí que no sea casual que la palabra apariencia posea un doble sentido. Por un lado, significa lo que no termina de ser real. Así decimos de alguien que parece simpático, para dar a entender que en verdad no lo es. Sin embargo, por otro lado, también significa que en su aparecer las cosas se muestran, al menos hasta cierto punto, tal y como son. Así también decimos de alguien que acabamos de conocer que parece simpático queriendo decir que probablemente lo sea. Este doble sentido, por tanto, obedece a la estructura misma del aparecer de lo real. Cuanto es aparece (y así la apariencia tiene que ver con lo que es). Pero en su aparecer, lo que aparece desaparece como eso absolutamente otro. Toda apariencia es problemática. El mundo es mundo porque el carácter en verdad otro de cuanto es dio un paso atrás, por decirlo así, en su mostrarse a una sensibilidad. Hay lo visible porque hay lo invisible. Y viceversa. Lo invisible y lo visible son las dos caras de una misma moneda. No hay estrictamente cosas. Hay el aparecer. Pues, en sí mismo, lo invisible no es nada, en tanto que no aparece. Aunque del mismo modo que lo visible no es tampoco nada consistente sin su estar referido a la desaparición —al continuo más allá— de su ser algo absolutamente otro. Sin este estar referido a lo en verdad otro —una verdad que se revela en su perderla de vista—, nuestro mundo no dejaría de ser un mundo virtual. En realidad, lo que vemos, en tanto que es asimilado, reducido al marco de una sensibilidad particular, no acaba de ser enteramente otro (y por consiguiente no es en verdad otro). Pues lo enteramente otro, por definición, es lo que no cabe asimilar, lo esencial o irreductiblemente extraño. Como dijimos en su momento, no hay diferencia desde la óptica de una sensibilidad —desde el ver y el tocar— entre el mundo real y el virtual. Ciertamente, si creemos que nos encontramos en un mundo real y no virtual es porque damos por descontado que cuanto vemos responde a algo-otro-ahí. Ahora bien, este dar por descontado, y esto es lo decisivo, no es tan solo una creencia elemental, aquella que va con el uso del lenguaje y que, por eso mismo, podemos poner en cuestión. Hay lo absolutamente otro porque, de lo contrario, no habría apariencia, no veríamos nada. De hecho, los animales no ven nada porque son incapaces de referir la sensaciones visuales que puedan tener a algo-otro-ahí —a algo que se encuentra más allá de la sensación—. No hay mundo que valga para el animal. Un animal no es más que un mecanismo capaz de reaccionar a determinado estimulos. Como una máquina de café, aunque, sin duda, más sofisticada. Descartes pudo preguntarse si acaso no podríamos estar dentro de un sueño —si acaso podría no haber nada exterior— porque consideraba que nuestro estar referido a una exterioridad reposaba solo en una creencia que, como tal, podía ponerse en duda. Pero como hemos visto no se trata tan solo de una creencia, sino en cualquier caso de una creencia que obedece a la estructura misma del aparecer. De hecho, cualquier mundo es, en el fondo, un mundo virtual. Pero únicamente porque la apariencia solo es posible en relación con la desaparición —el continuo paso atrás— del carácter enteramente otro de lo real. Únicamente, hay el aparecer. Pero en el aparecer, lo que aparece —lo enteramente otro— aparece como no-enteramente-otro y, por eso mismo, como lo que no aparece en su aparecer. Al margen de su modo de ser, lo otro como tal —lo otro en sí mismo— no es. Pues lo absolutamente otro se revela en su continuo diferir de su mostrarse como algo en particular. Ahora bien, al igual que las cosas que nos traemos entre manos no son sin su estar referidas a lo en verdad otro —a lo que se oculta en su mostrarse—.

Así, ser y no ser son las dos caras de lo mismo. Lo absolutamente otro es en tanto que se revela en los cuerpos que podemos ver y tocar. Ahora bien, se revela como algo-otro-ahí al precio de perder por el camino su radical alteridad (y en este sentido decimos que deja de ser). Lo absolutamente otro es (aparece) en la misma medida en que no es (no aparece). Nadie puede ver lo otro como tal. Pero de ahí no se sigue que no sea en absoluto. Al contrario. Hay lo absoluto porque en su mostrarse no se muestra como tal. Platón decía que lo real se manifiesta en las cosas que podemos ver y tocar como eso que las trasciende. Consecuentemente, lo real en cuanto tal tan solo podía ser pensado. Vemos la apariencia de lo real, pero no su carácter absoluto, su ser algo en verdad otro. Tan solo por medio de la reflexión sobre la experiencia de lo real, podemos caer en la cuenta del fundamento invisible de lo visible. De ahí que Platón dijera que tan solo la idea es real. Que tan solo por medio del pensamiento podemos acceder a la naturaleza absoluta de lo real. Lo que no dijo Platón es que la idea no es nada sin la cosa que la representa. Fue su discípulo Aristóteles quien se encargo de apuntarlo. Pero este es otro asunto.

Para comprender mejor la naturaleza dialéctica de lo real, quizá hagamos bien en compararla con la estructura, también dialéctica, de la subjetividad. Pues algo semejante decimos cuando nos preguntamos por lo que pueda ser el yo. Por definición, un yo es alguien para sí mismo. Las piedras, los árboles, las focas… no son sistemas autorreferenciales. En tanto que consciente de sí mismo, el yo es capaz de decir algo de sí mismo. Un yo puede verse como otro…, en tanto que se encuentra a una cierta distancia de sí mismo. Las piedras, los árboles, las focas… son. En cambio, tan solo el hombre existe. Pues existir significa, literalmente, estar fuera del sí mismo. Como aquel que ha sido arrancado de cuanto es. De hecho, un yo siempre tiene pendiente, precisamente, llegar a ser. No hay animal que se busque a sí mismo. Sin duda, el yo se identifica con un determinado aspecto o modo de ser. Pero por eso mismo —porque hay identificación— el yo no termina de coincidir con su particular modo de ser. La identificación supone poder decir yo soy ese. Un yo siempre podrá decir de sí mismo que no acaba de ser lo que parece, el cuerpo con el que se identifica. No porque sea un hipócrita, sino porque es siempre más que lo que muestra. Ahora bien, este más no es un alguien en concreto, sino un continuo diferir de su aspecto. En realidad, el yo es una esencial falta de ser. Su identificación no deja de ser problemática. Las crisis de identidad —el que podamos cambiar incluso de carácter, si cambiasen nuestras circunstancias— así nos lo dan a entender. Un yo se encuentra más allá de sí mismo. De hecho, nunca se encuentra en donde está. Es como si estuviera fuera del mundo. De ahí que nos molesten tanto las etiquetas. Pues, como acabamos de decir, siempre somos más de lo que los otros pueden ver de nosotros mismos. Etiquetar es reducir lo que el otro es como, precisamente, otro. No es casual que la palabra persona signifique originariamente máscara. El yo se oculta tras la máscara que lo revela o muestra. Ciertamente, sin esa máscara el yo no es nadie. Si la arrancáramos no veríamos el yo más auténtico, sino que no veríamos nada (o mejor dicho, a nadie). Como hemos subrayado el yo es el continuo diferir de sí mismo —su continuo paso atrás, su no acabar de ser lo que parece—. Ahora bien, la máscara no sería lo que es —a saber, una máscara—, si no encubriese a su portador. Si alguien no fuera más que su máscara sería, literalmente, un perfecto idiota, alguien incapaz de salir de sí mismo. El yo se oculta en su revelarse como alguien. Como en el caso de lo absoluto.

carpe diem

mayo 10, 2018 Comentarios desactivados en carpe diem

Vivir el presente. De acuerdo. Sin embargo, forma parte también del presente la memoria de un pasado que se nos escurrió entre los dedos de una mano. Como también una cierta esperanza en que aún podríamos encontrarnos.

memento mori

mayo 8, 2018 Comentarios desactivados en memento mori

En el día a día, todo es inercia. Difícilmente, caemos en la cuenta de lo que supone tener a una mujer bondadosa como compañera, unos amigos fieles, unos hijos que cuidar. En el día a día, nos encontramos sometidos a lo que exige el trato, aun cuando este sea amable. De ahí que tan solo ante la proximidad de la muerte, una vez comenzamos la cuenta atrás, se nos revele el valor de cuanto nos traemos entre manos —el carácter excepcional, por no decir milagroso, de compartir la vida con quienes nos rodean—. El valor siempre pertenece al pasado, como eso que no supimos ver mientras andábamos con nuestros asuntos. No es casual que la vida del espíritu comience con decirse a uno mismo, al menos de vez en cuando, que quizá hoy podría ser el último día. Siempre hubo una enorme distancia entre lo sagrado y lo profano. Pero no porque lo primero se encuentre en otro mundo. Pues puede que no haya otro mundo. Y si lo hubiera, probablemente no tuviera que ver con nosotros, hombres y mujeres de carne y hueso. Aunque acaso deberíamos decir que lo hay, pero no es otro, sino el mismo como otro. Hay valor, aun cuando no para nosotros, los arrancados, salvo quizá tangencialmente. Como si el valor fuera ese porvenir que debe regresar.

como si no tuviéramos abuela

mayo 7, 2018 Comentarios desactivados en como si no tuviéramos abuela

Twitter, Instagram… El mismo síntoma, la misma fe. Con la esperanza de que haya alguien ahí. Siempre fue más fácil confiar en el amigo invisible.

the end

mayo 6, 2018 Comentarios desactivados en the end

Al final quizá tan solo se nos haga una sola pregunta. ¿Qué dejaste en herencia? ¿Dolor o bondad?

la larga marcha

mayo 5, 2018 Comentarios desactivados en la larga marcha

No sé hasta qué punto se trata de tener fe. Pues la fe no deja de ser una larga marcha. La cuestión quizá sea cuál es el punto de partida. Esto es, de quién te fías. Pues la fe que podamos tener no es tanto nuestra como la de aquel que creyó antes por nosotros.

acerca de lo que hay (2)

mayo 4, 2018 Comentarios desactivados en acerca de lo que hay (2)

¿Qué hay? Pues cuanto podemos ver y tocar. De acuerdo. Esto es lo que decimos como quien no quiere la cosa. Y en cierto modo es así. Nadie pondría en duda, pongamos por caso, que hay efectivamente focas o dinero. Así, cuando vemos un billete de cincuenta euros no vemos tan solo un trozo de papel al que, convencionalmente, le damos importancia. Directamente vemos dinero (o las cosas que podemos obtener a cambio). Hay dinero porque lo podemos ver y tocar. Incluso algunos son capaces de olerlo. Sin embargo, supongamos que en el futuro hubiéramos regresado al trueque, que viviéramos de compartir lo que, de hecho, nos sobra. ¿Cómo verían los hombres y mujeres de la nueva cultura nuestra relación con el dinero? Probablemente, como nosotros vemos la relación que mantenían los antiguos con los dioses: como una relación supersticiosa. Pues para nosotros, es evidente que el homo religiosus de la Antigüedad se equivocaba al creer que la erupción de un volcán, pongamos por caso, era la manifestación de la ira divina. Una erupción volcánica no es mas que una erupción volcánica. Del mismo modo, los hombres y mujeres de nuestro hipotético futuro entenderían espontáneamente que nosotros andábamos equivocados al creer que ciertos papelitos tenían poderes especiales. Para ellos, de hecho, no pueden ser otra cosa que papel. Y algo de razón tendrían. Nos pasamos media vida intentando acumular cuantos más, mejor. Fácilmente damos por descontado que el dinero da la felicidad o que al menos la facilita. Por dinero somos capaces de hacer casi cualquier cosa. El dinero doblega la voluntad de la mayoría de los hombres… En nuestro mundo, el dinero posee, sin duda, el aura de lo divino. El megamillonario tiene el poder de un dios. Esto es lo que creemos. Y porque lo creemos así, lo vemos así. Ahora bien, es innegable que, a pesar de lo dicho, para los hombres y mujeres de nuestro experimento mental, nunca ha habido dinero en realidad, sino una falsa creencia en su valor (al igual que espontáneamente nos decimos a nosotros mismos que nunca han habido dioses, sino en cualquier caso una falsa creencia en dioses). La pregunta es quién tiene razón —quién está más cerca de la verdad de los hechos—.

Ciertamente, podemos entender la manera de ver las cosas de quienes forman parte de un mundo sin dinero. Pero no podemos verlas como ellos. Y esto es importante subrayarlo: no todo lo que podamos entender podemos incorporarlo, literalmente, como visión. Para nosotros es indiscutible que hay dinero. No estamos equivocados cuando vemos un trozo de papel como dinero. Y si podemos decir que hay dinero y no tan solo una falsa creencia es porque lo que hay no depende solo de lo que haya ahí afuera, por decirlo así. Depende también de cómo lo vemos, esto es, de los presupuestos desde los que se determina una visión del mundo. Nadie ve nada con solo abrir los ojos. Nadie ve nada sin comprender, al menos hasta cierto punto, qué está viendo. No hay visión que no incorpore un cierto saber —no hay visión que no se integre en el marco de una cosmovisión—. Toda visión de las cosas que nos traemos entre manos posee una carga teórica, por emplear el término de NR Hanson. Con otras palabras, la interpretación —el de qué se trata— va con la visión. Las cosas que vemos no las vemos aisladamente, sino dentro de un contexto. Las cosas son lo que son en tanto que forman parte de un mundo. Dentro del mundo, todo está conectado. Una cosa remite a otra (y por eso podemos hablar de mundo; un mundo no es un saco). Así, cuando vemos, pongamos por caso, un martillo, vemos para qué sirve o cómo podría ser utilizado. Mejor dicho, cuando vemos un martillo, vemos también un clavo. De ahí que los hombres y mujeres de nuestro futuro imaginario no puedan ver como dinero lo que para ellos no es más que un trozo de papel. En su mundo, sencillamente, no hay dinero. Pero al igual que para nosotros es innegable que el dinero es más que un trozo de papel. Los del mundo futuro no están equivocados al creer que el dinero no es más que un trozo de papel. Se equivocan al creer espontáneamente que nunca lo hubo. Que nuestra relación con el dinero es una superstición. No lo es. Como no lo es nuestra relación con un martillo. De entrada, nosotros vemos un trozo de papel como dinero, no como si fuera dinero. Para nosotros, la interpretación de un trozo de papel como dinero se encuentra enquistada en la visión. Sin embargo, para ellos nuestra interpretación queda fuera de su visión, como si nosotros añadiéramos un valor a lo que, en sí mismo, no es más que trozo de papel. Nuestro ver como es para ellos, y no puede ser de otro modo, un ver como si. No pueden ver lo que nosotros vemos sencillamente porque su mundo no es el nuestro (y vicerversa). De ahí que entiendan nuestra relación con el dinero como si creyéramos, falsamente, que ciertos trozos de papel poseen un valor que como tales no tienen. Pero, como decíamos, nosotros no creemos que el dinero tenga valor porque así lo supongamos después de ver un trozo de papel. De entrada, vemos dinero, un trozo de papel como dinero. En cualquier caso, ellos no están más cerca de la verdad que nosotros.

Por consiguiente, no podemos responder a la pregunta acerca de lo que hay con independencia del mundo del que formamos parte. Esto es, no hay una posición privilegiada desde la que podamos ver qué son las cosas en sí mismas, al margen de nuestra comprensión. O por decirlo a lo bruto, no hay, literalmente, teoría. Como es sabido la palabra teoría, del griego θεωρία, apunta a la visión imparcial de una divinidad que contempla los asuntos humanos desde las gradas del espectador, es decir, imparcialmente, tal y como son en sí mismos, al margen de lo que nos puedan parecer. Ahora bien, no hay gradas desde las que, como un dios omnisciente, podamos desembarazarnos del velo de las apariencias, de los prejuicios desde los que se determina lo que nos parece que es como lo que es. Siempre vemos lo vemos desde el mundo al que pertenecemos. En cualquier caso, hay visiones que, al estar fuera del mundo que observan, parecen objetivas y, por eso mismo, pueden pasar como teorías. Sin embargo, no dejan de ser visiones particulares que colocamos en el lugar de las que tienen aquellos que pertenecen al mundo que observamos desde fuera, mejor dicho, desde otro mundo. Como subrayábamos antes, los hombres y mujeres de un hipotético mundo sin dinero no están más cerca de la verdad de los hechos cuando sostienen que nunca hubo en realidad dinero, sino tan solo una falsa creencia en su valor; que el dinero no es más que un trozo de papel. O al menos no están más cerca que nosotros. De hecho, acaso la única teoría posible sea la matemática. Pero la matemática, estrictamente, no es una visión. Nada humano sobrevive en la concepción matemática del mundo. En el mundo de la matemática —en la descripción matemática del mundo— tan solo hay estructuras, nadie que pueda ver algo como algo determinado.

Llegados a este punto alguien podría objetarnos que no siempre que nos encontramos ante algo sabemos de qué se trata. No sería la primera vez que topamos con algo que no sabemos qué es, aun cuando, ciertamente, podamos decir que es. Aquí da la impresión que baste con abrir los ojos para constatar la presencia de un algo. Por tanto, no parece que podamos sostener que no hay visión que no posea una carga teórica. Es verdad que cuando topamos con algo que no sabemos qué es lo primero que hacemos es intentar relacionarlo con lo que ya sabemos. Así, la primera vez que los comanches vieron un tren desplazarse por las llanuras de su territorio creyeron ver un caballo de hierro. La metáfora es el modo espontáneo de intentar comprender lo que, de entrada, no sabemos qué es. Pero puede darse el caso de que no encontremos la metáfora adecuada, que la cosa siga siendo un misterio. Sin embargo, no es cierto que en la visión de la cosa como un simple algo-otro-ahí no hayan presupuestos teóricos o conceptuales. Sin duda, lo que no hay son los presupuestos culturales que determinan una cosmovisión como tal. Pero de aquí no se sigue que no haya presupuesto alguno. De hecho, lo que damos por descontado cuando vemos cualquier cosa, incluso en el caso de que inicialmente no sepamos de qué se trata, es precisamente que se trata de algo que se encuentra fuera de nuestra mente. Esta es la creencia implícita que determina una visión como tal. No basta con abrir los ojos, por decirlo así, ni siquiera donde topamos con algo que no sabemos qué es, para ver algo como algo. Siempre que vemos algo lo vemos como algo-otro-ahí. Es lo que suponemos naturalmente cuando vemos lo que vemos. De ahí que estemos ante un presupuesto racional, el presupuesto que compartimos todos los que tenemos una mente por el mero hecho de tenerla. Si nuestra mente se estropeara, tendríamos sensaciones visuales, pero no veríamos nada. De hecho, los animales no ven nada, pues son incapaces de reconocer algo-otro-ahí en lo que ven. Reaccionan, ciertamente, ante los estímulos visuales que son capaces de procesar, pero estrictamente no ven nada. Ver es reconocer que cuanto vemos se encuentra de algún modo frente a nosotros. Y este reconocimiento se sostiene sobre lo que nuestra razón da por descontado, en última instancia, sobre el hecho de poder reconocernos como un yo. Pues si hay un yo, hay un afuera. Incluso nuestro cuerpo está, en cierto sentido, frente a nosotros. De lo contrario, ni siquiera podríamos intentar mejorar nuestro aspecto.

Ahora bien, precisamente porque se trata de una creencia que va con la visión —porque, aunque implícita, no deja de ser una creencia, un suponer que—, siempre cabe ponerla en cuestión. Esto es, de hecho, lo que hizo Descartes cuando se preguntó si podíamos estar absolutamente seguros de que hay un mundo exterior que se corresponda, al menos hasta cierto punto, con lo que vemos y tocamos. La pregunta, aun cuando sea poco razonable, tiene su qué, pues desde el punto de vista de la mera sensibilidad no hay diferencia entre el mundo real y uno virtual. En principio, cabe la posibilidad de que estemos dentro de una inmensa alucinación. Sin embargo, lo que no comprendió Descartes es que si hay mundo, no es porque lo veamos, sino porque en lo que vemos el carácter otro de lo real da un paso atrás, desaparece por decirlo así, en su mostrarse a una sensibilidad, en su aparecer o hacerse presente. Pero de esto hablamos en las próximas entregas.

acerca de lo que hay (1)

mayo 3, 2018 Comentarios desactivados en acerca de lo que hay (1)

Nadie discutirá que haya árboles, piedras o focas. Esto es, nadie discutirá que lo que hay es cuanto podemos ver y tocar, lo que aparece o se muestra a una sensibilidad. Sin embargo, supongamos que nos empequeñeciéramos hasta el punto de que tuviéramos la impresión de habitar en tierra de gigantes. ¿Seguirían habiendo árboles, piedras o focas? Sin duda, aunque enormes. Aquí tan solo habríamos cambiado de perspectiva, por decirlo así. Ahora bien, supongamos qué siguiéramos haciéndonos cada vez más pequeños hasta el punto de penetrar en la materia de cuanto tenemos delante. ¿Nuestra perspectiva sería otra? No estrictamente. Pues ya no veríamos ni árboles, ni piedras, ni focas. Todas estas cosas habrían desaparecido de nuestro campo de visión. De hecho, habríamos cambiado de mundo, pues vagaríamos por el interior de la materia como si esta fuera una variante del espacio interestelar. Los átomos serían algo así como estrellas o planetas dentro un cosmos prácticamente vacío. Evidentemente, porque habitaríamos el interior de la materia viniendo de otro mundo, tendríamos tan solo la impresión de que hemos cambiado de dimensión, pero no de mundo. Que en el mundo siguen habiendo árboles, mesas y focas, solo que no aparecen en la dimensión en la que tan solo hay átomos. Sin embargo, si hubiéramos nacido en esta otra dimensión, ni siquiera llegaríamos a imaginar la existencia de un mundo de árboles, mesas o focas. De hecho, si se nos preguntara qué hay probablemente diríamos que no hay más que puntos luminosos en medio de una inmensa oscuridad. Quizá sospecháramos de la existencia de otro mundo, pero no podríamos imaginar si quiera cómo podría ser. Los ácaros del polvo, pongamos por caso, quizá intuyan que hay un mundo superior (si es que son capaces de intuir algo). Pero solo podrían concebirlo análogamente al suyo. Como si el otro mundo fuera un mundo de superácaros o sin depredadores. De hecho, no pueden ver nada de nuestro mundo… en el que por otro lado están. No hay conexion entre los diferentes mundos posibles. Podemos ver los mundos que hay por debajo, como quien dice, pero no los que nos superan por entero, si es que los hubiera, aunque podemos sospechar que haberlos, haylos. Así, podríamos decir que hay una sola exterioridad —un único afuera—, pero unos cuantos mundos. Ahora bien, un mundo sin exterioridad es tan solo una alucinación de la mente. Pero una exterioridad sin mundo es un contenedor vacío. Por consiguiente, lo que hay siempre se da en la medida del sujeto de conocimiento —dentro del esquema de una determinada sensibilidad—. En tanto que no aparece, mejor dicho, en tanto que no puede aparecer, lo que queda fuera de esa medida o marco, sencillamente, no es. Pues cuanto es aparece de un modo u otro. No cabe que algo sea sin que pudiera ser de algún modo constatado, aunque sea indirectamente. Y, sin embargo, aun cuando no haya árboles para los ácaros, los hay para nosotros. Puede que haya más de cuanto podemos ver y tocar. Pero no para el hombre. Con todo, quizá deberíamos decir que solo es en verdad lo que queda fuera de esa medida y que por eso mismo se nos presenta como lo absolutamente otro, como el resto invisible de lo visible. Aunque no sepamos qué es o pueda ser en sí mismo, esto es, al margen de su mostrarse o aparecer, si es que se trata de algo que pueda ser en sí mismo. Pues lo que es no es tan solo lo que se muestra a una sensibilidad, sino lo que se muestra como algo en verdad otro. Algo real es algo otro que se hace presente. Pero lo cierto es que en su hacerse presente lo que se sustrae a la presencia es, precisamente, su carácter de algo enteramente otro. Pero de esto hablamos en las próximas entradas de esta serie.

códigos

mayo 2, 2018 Comentarios desactivados en códigos

8765c557w: imposible de descifrar, si no sabes inglés (ni tampoco de procesadores de texto). Algo parecido ocurre con el «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre» y variantes. Aunque en este caso no tenga que ver con el inglés.

de canes

mayo 1, 2018 Comentarios desactivados en de canes

Que muchos prefieran a sus perros que a sus hermanos ya es de por sí el síntoma de que la alteridad, como tal, es tan fascinante como apenas soportable. Un perro nunca nos sacará del quicio del hogar.

farmacología

abril 30, 2018 Comentarios desactivados en farmacología

Decía Pascal que todo hombre busca la felicidad, incluso los que se ahorcan. De acuerdo. Y aquí se entiende por felicidad un estado de gracia. Sin embargo, ¿aceptaríamos tomar la píldora de la felicidad, si la hubiera? No lo tengo tan claro. Como si uno, al fin y al cabo, tan solo pudiera ser feliz no ya en la felicidad, sino en la búsqueda de la felicidad. En realidad, díficilmente podríamos soportar una dicha eterna. Ahora bien, quizá la cuestión definitiva sea si deberíamos moralmente tomar dicha píldora. Pues ¿acaso no supondría ser felices con independencia de si al mundo le va bien o mal? Ser feliz sobre la pira de cadáveres de los Treblinka de la Historia no parece que sea algo a lo que debamos aspirar. Pues sería monstruoso que un sirio, pongamos por caso, nos dijera que él vive una vida dichosa, a pesar de que sus hermanos murieran gaseados en el último ataque. Como si Séneca tuviera la solución.

un mundo feliz

abril 29, 2018 Comentarios desactivados en un mundo feliz

Desde un punto de vista general, tants caps, tants barrets. O como suele también decirse, todo depende del cristal con que se mira. Que veamos las cosas que nos traemos entre manos de un modo u otro depende de cómo nos las tomemos. Y esto, en definitiva, no deja de ser un asunto relativo al carácter. Sin embargo, lo que queda al margen de la psicología es el horror, las fosas comunes de la Historia. Auschwitz es el abismo que ningún punto de vista puede integrar sin devaluarlo. El olor de los hornos crematorios nos saca del quicio del hogar. De hecho, ya no puede haber hogar para quien ha inspirado dicho olor. Nadie puede evitar tener que responder al rostro desencajado de los muertos a causa de nuestra impiedad. Nadie, salvo que sea un psicópata. Y en un mundo de psicópatas, ciertamente la bondad del último hombre sería una debilidad, por no decir, una enfermedad. No es casual que el psicópata se nos muestre como la encarnación de Satán. Ahora bien, frente a Satán solo podemos esperar la intervención de Dios. Es posible que nuestra actual insustancialidad obedezca al hecho de que Auschwitz y sus variantes se hayan convertido en un espectáculo capaz de conmovernos, pero no ya de acusarnos. Como si el mal fuera tan solo debido a nuestro error.

the last Jedi

abril 28, 2018 Comentarios desactivados en the last Jedi

Cada vez me parece más claro que la saga de Star Wars es el destilado de la religión moderna. En el fondo, se halla la fuerza. Y la fuerza posee dos lados, el luminoso y el oscuro. Los hombres y las mujeres nos situamos ante el dilema de elegir en qué lado vamos a estar. El Jedi no posee la fuerza, sino que se deja poseer por ella. Tan solo es cuestión de saber de qué va el juego, de no caer en la tentación de la hybris. «No vences a la oscuridad enfrentándote a ella con sus armas, sino protegiendo lo que amas» dice uno de los personajes secundarios de la última entrega. Y esto está muy bien. Pero en cualquier caso, el orden es equilibrio. Todo se halla conectado. El error es la desmesura. El lado oscuro nace de la desproporción. Como en el antiguo paganismo. Nada que el sujeto de hoy en día no pueda aceptar, siempre y cuando posea una mínima inquietud por ir más allá de las ofertas del super. Sin embargo, aquí no hay propiamente tragedia. Hay muertos, sin duda, pero no víctimas. Los muertos son estiércol. Literalmente. Abono sobre el que emergerán nuevos brotes verdes. Hay que partir de aquí —de la religión razonable— para comprender la novedad bíblica. Pues bíblicamente, no se trata solo de formar parte. Hay algo roto en el mundo. Mejor dicho, el mundo como tal es ruptura. Y por eso mismo, el hombre se encuentra en el mundo como el arrancado, como el que fue arrojado en tierra extraña. Quienes mueren a manos del Imperio no son únicamente muertos, sino también —y sobre todo— víctimas. Hay algo de irreparable en su haber muerto antes de tiempo. El punto de partida de la fe bíblica no es tanto el asombro como el escándalo. El cuerpo inerte de las víctimas no solo nos entristece, sino que también nos acusa. Estamos en deuda. Las víctimas deben regresar, al menos para que puedan perdonarnos nuestra indiferencia. Algo tan imposible como cierto. De ahí que la pregunta sea qué vida pueden esperar aquellos a los que se les arrancó la vida injustamente. No es suficiente con decir que su muerte no será estéril —que gracias a su sacrificio nacerá una flor—. Se trata de una pregunta que no podemos responder desde lo que cabe asumir razonablemente. De hecho, apunta a lo increíble, a lo que en modo alguno podemos comprender como una posibilidad del mundo. Ante las piras de cadáveres de Treblinka la espiritualidad del todo es uno se revela como una impostura. En realidad, el todo es el no-todo para quien ha sufrido la impiedad del verdugo. Quien forma parte del todo confía en la victoria del lado luminoso. No así el creyente. El creyente permanece a la espera de un reset cósmico, por decirlo así, reset que, sin embargo, no esta enteramente en sus manos. Basta con ver cualquier capítulo del Decálogo de Kieslowski para saber qué separa el cristianismo del neopaganismo de Star Wars. Con todo, es improbable que el cine de Kieslowski arrase en taquilla.

meditaciones cartesianas 14

abril 27, 2018 Comentarios desactivados en meditaciones cartesianas 14

Si Descartes pudo sospechar de la realidad de un mundo exterior es porque partió de lo que, retóricamente, terminó presentando como conclusión del ejercicio metódico de la duda. Esto es, el cogito solo puede imponerse como primera verdad donde partimos implícitamente del cogito. Pues la duda radical únicamente cabe plantearla donde el punto de partida no es la pregunta por el acontecer —qué supone que algo sea—, sino la pregunta por la verdad de mis representaciones o ideas sobre el mundo. Esto es, la duda como actitud fundamental solo es posible donde el cogito es el centro de la experiencia del mundo. Para el cogito la verdad es necesariamente la adecuación entre lo que se tiene en mente y los hechos. Y si partimos de lo que tenemos en mente no hay modo de alcanzar el carácter otro de lo real. Ahora bien, esto es lo mismo que decir que nuestra relación con la alteridad propia de lo real se sostiene en último término sobre una suposición, sobre la creencia. Vemos lo que vemos, dando por sentado que se corresponde, de algún modo, con algo fuera de la mente. Pero siempre cabe la posibilidad, al menos desde el punto de vista de la reflexión radical, de que este dar por sentado sea un error. Podría ser que cuanto tenemos en mente tan solo estuviera en nuestra mente. Podría ser que el yo permaneciera en el seno de una inmensa alucinación. Cualquier criterio que pretenda garantizar la adecuación entre idea y mundo no deja de ser, al fin y al cabo, una representación. Y por eso mismo, siempre cabe poner en cuestión el criterio. Ningún criterio logra evitar la pregunta por su fiabilidad. Sin embargo, la sospecha no tiene sentido donde partimos de la concepción más originaria de la verdad, a saber, aquella en la que la verdad es lo que en verdad tiene lugar o acontece. Pues, por poco que reflexionemos sobre la estructura del acontecimiento, caeremos en la cuenta de que en el momento que algo otro se hace presente a una sensibilidad —en el momento que es o aparece—, su alteridad tot court desaparece del campo de visión. Algo (o alguien) enteramente otro se da en tanto que, en sí mismo, no se da, salvo como lo que tuvo que perderse de vista en su hacerse visible. De ahí que, aun cuando haya alucinación, haya realidad. Pues la desaparición del carácter otro de lo real es la condición de su aparición. La naturaleza literalmente absoluta de lo real tiene que desaparecer en su aparecer o mostrarse. La exterioridad de lo real es lo que ha dado un paso atrás en su hacerse presente a una receptividad. En cualquier caso, la alucinación afecta al mundo, no al carácter radicalmente otro de lo real. Tenía razón Platón al decir, aunque no con estas palabras, que lo real es el resto invisible de lo visible. Que si vemos algo es porque hay algo que no vemos en lo que vemos. Y lo que no vemos —lo que solo admite un reconocimiento— es precisamente lo que acontece, lo que es. Podríamos decir que si Descartes pudo ejercer metódicamente la duda —si colocó la duda como principio del pensar en lugar del asombro— es porque le faltó el sentido dialéctico de Platón. Descartes no tuvo en cuenta el doble sentido de la apariencia. Pues, efectivamente, la apariencia supone de algún modo una falsificación —una deformación— de lo real. Al menos porque lo real siempre se muestra en relación con un punto de vista y, por eso mismo, relativamente o hasta cierto punto. Si decimos de un cuerpo que parece bello es porque no termina de serlo. Pero esto es así porque, en definitiva, en la apariencia se muestra —aparece— lo real. Lo que aparece en un cuerpo bello, aunque solo en cierta medida, es, precisamente, la belleza. De ahí que Platón dijera que lo real, en cualquier caso, trasciende el plano de lo visible. Puede que Platón —o mejor dicho, el platonismo— se equivocara al afirmar que lo real se encontraba en otro mundo, como si lo real pudiera ser con independencia de su modo de aparecer en lo tangible. Pues lo otro de lo real tan solo es en su continuo diferir de cuanto podemos ver y tocar. Pero una cosa no quita la otra.

un símbolo entre otros

abril 26, 2018 Comentarios desactivados en un símbolo entre otros

Si Jesús fue un símbolo de Dios entre otros, entonces la cruz no revela nada acerca de Dios. Dios seguiría siendo ese ente paradigmático —o, si se prefiere, ese poder amable— del que podemos participar en mayor o menor medida y la cruz, únicamente, un mal final que podía haberse evitado. En modo alguno, podríamos reconocer a Jesús como el quien de Dios, con lo que ello supone con respecto a el ser de Dios. Pues, si Jesús es el quien de Dios —su modo de ser—, entonces Dios no es, en sí mismo, nadie al margen de su reconocerse en Jesús. El yo del Hijo es el Padre. Pero el Padre no es más que un clamor antes de la entrega incondicional del Hijo. De hecho, para terminar diciendo que Jesús, como tantos otros, ilustra la bondad de Dios, no hacen falta las alforjas de la cruz.

nietzscheanas 49

abril 25, 2018 Comentarios desactivados en nietzscheanas 49

La verdad es metáfora, decia Nietzcshe, un esto como aquello. Mejor dicho, como si fuera aquello. Y efectivamente hay mucha lucidez en el diagnóstico. Pues decir es juzgar. Nada de cuanto nos traemos entre manos se nos da como algo químicamente puro. Lo que nos atrae poderosamente, también nos destruye. El amor puede incluso ahogarnos. El fondo que subyace a las palabras no es algo que quepa designar. Todo es continuo cambio, un eterno fluir, una oscilación. Algo de esto intuyeron quienes, en la Antigüedad, dijeron que la metamorfosis es la única ley. Incluso los dioses se transformaban. Sin embargo, el hombre necesita afirmar, una tierra en la que arraigar. El decir decanta la mezcla. Como clavar la mariposa en el corcho con un alfiler. O como el juez que dicta sentencia. Al proclamar la inocencia del hombre bueno, pongamos por caso, dejamos a un lado el fondo oscuro de su alma, el cual, sin duda, también se encuentra ahí. De este modo, estimar es desestimar (y viceversa). En última instancia, nuestro compromiso con la verdad es el síntoma de nuestra necesidad. Necesitamos decirnos quelas cosas son tal y como nos las decimos. Pero la designación, mejor dicho, la suposición metafísica que la sostiene, enmascara que en la designación —en el decir esto es así o asá— no hay más que un ojalá sea así. La esperanza —Nietzsche diría la fantasía— se encuentra enquistada en la constatación del presente. En cualquier caso, creer que el lenguaje es al fin y al cabo un invento del poeta confirma nuestro nihilismo epocal: nada por debajo de nuestras palabras (y menos si son grandes). Con todo, si Nietzsche pudo decir lo que dijo con respecto a la verdad es porque no hay, para Nietzsche, alteridad que valga, nada o nadie en verdad otro. Pues la verdad, antes que representación —antes que ficción— es el tener lugar de lo otro. Ahora bien, nada otro —o mejor dicho, nadie otro— tiene lugar sin desaparecer como tal, esto es, como eso —o aquel— que da un paso atrás en su aparecer o hacerse presente. El otro es el resto invisible de lo visible. Esto, sencillamente, es así. De ahí que la promesa que anida en el lenguaje no sea un simple desideratum de quien se encuentra arrojado al mundo, sino el reflejo de que hay presente porque el enteramente otro retrocedió en su hacerse presente. La verdad es acontecimiento. Y nada acontece sin que, en sí mismo, no acontezca, salvo como esa alteridad que perdimos de vista, precisamente, en su ofrecerse a una sensibilidad. Nada es en el presente. Pero de ello no se desprende que nada sea. Al contrario. El otro, en el presente, se revela como el ausente. Si la verdad ha llegado a ser el juicio del poeta es porque hace tiempo que dejamos de comprender que cuanto es tan solo puede dársenos como ese continuo diferir de lo visible y, por eso mismo, como un eterno porvenir o, si se prefiere, como la posibilidad de la extinción. Cuando menos, porque la irrupción del otro como tal suspende la sucesión de los días.

in-quietud

abril 25, 2018 Comentarios desactivados en in-quietud

El hombre anhela la paz eterna, la quietud del alma, el descanso. Así, nos venden las playas de Acapulco: como un tiempo sin tiempo. Sin embargo, ¿puede un hombre dejar de buscar? ¿Acaso la existencia no supone que nunca terminamos de encontrarnos en donde estamos? El yo no acepta que el todo sea todo lo que hay. Tiene que haber más. Pero ese más no es un lugar, sino un no-lugar, literalmente, un utopía, una continua impugnación de la totalidad. La quietud, tarde o temprano, conduce al hastío. Una novela de la felicidad no interesaría a nadie. De ahí que nos baste el reposo, la tregua, la liberación, pero no el Paraíso. Por amor al hombre, Dios en los cielos debería permanecer en la trastienda. De lo contrario, el cielo no supondría ninguna salvación.

la imaginación perdida

abril 23, 2018 Comentarios desactivados en la imaginación perdida

Hay quien, hoy en día, habita la vieja casa de Amon Goeth, el nazi que cada mañana y desde su ventana disparaba por diversión a los judíos del gueto de Varsovia. ¿Cómo es posible? ¿Quién puede vivir en la casa del horror? Espontáneamente, suponemos que nadie debería vivir ahí. Pero ya no creemos en fantasmas. Tan solo supersticiosamente podemos creer que la casa está encantada. Y, sin embargo, lo está. Aunque los fantasmas no existan. Es como si la verdad modernamente se hubiera quedado sin su apoyo sensible. Como si ya no pudiéramos incorporar la verdad que importa. Pues incorporar es hacer cuerpo. Antiguamente, al dar por descontado que el mundo se hallaba poblado espíritus, lo tenían más fácil. Bastaba con decir que la casa aún conservaba el espíritu de los muertos. Pues los conservaba en realidad, aun cuando de hecho no fuera así. La casa de Amon Goeth era, ciertamente, algo más que una casa.

icono

abril 22, 2018 Comentarios desactivados en icono

Hay dos modos por los que el otro puede aparecer. O como lo que no aparece en cuanto aparece —como el resto invisible de lo invisible— o como icono —como cuerpo intocable—. En el primer caso, la alteridad se hace presente como la presencia de una ausencia. Y ello es lo que constatamos desde nuestro lado, al menos porque, como arrojados al mundo, el otro es, precisamente, lo que encontramos a faltar como tal. Nunca negociamos con el otro avant la lettre, sino con su imagen o aspecto. Por defecto, siempre tratamos con lo que del otro podemos asimilar. Su alteridad se da, en cualquier caso, por supuesta (y, por eso mismo, permanece oculta por debajo de lo que cabe ingerir del otro). Donde la alteridad se revela como lo pendiente de cuanto es en el mundo, todo termina siendo objeto de manipulación. De ahí que el otro aparezca en su plenitud como el cuerpo que permanece a distancia del trato y, en última instancia, del tacto. El enteramente otro solo puede aparecer como cuerpo sagrado. Y es por eso que nuestra relación con la aparición no se decida desde nuestro lado. El otro nos mira antes de que podamos mirarlo. La alteridad es sencillamente lo intocable del otro, un eterno más allá dentro del mundo. Ahora bien, el carácter icónico del otro únicamente se nos revela desde el horizonte de la nada o, en clave cristiana, del silencio de Dios. En la aparición, la nada queda vaciada de alteridad. No es casual que, cristianamente, digamos que Dios se hizo presente por entero en la cruz. El crucificado es el rostro de Dios. No hay otro icono de Dios que el cuerpo que cuelga del madero en nombre de Dios. Y esto no es lo mismo que decir que Dios es el mar al que todos los ríos van a parar. A menos que ese mar esté lleno de pateras.

nietzscheanas 48

abril 21, 2018 Comentarios desactivados en nietzscheanas 48

Según Nietzsche, sentido y valor van de la mano. De ahí que la muerte de Dios afecte tanto a uno como a otro. Por defecto, creemos que cuanto nos traemos entre manos tiene sentido, si encarna lo que vale en verdad, lo que permanece al margen de la erosión. Y lo que vale en verdad se encuentra, en principio, por encima de nuestras cabezas, más allá de las medias tintas de lo que tan solo sucede. Desde esta óptica, un sentido no deja de ser un encaje. Así, decimos que las piezas de un puzle adquieren un sentido cuando encajan en lo que debe ser, el modelo, el paradigma. Ahora bien, no tengo claro que pueda haber un sentido para el yo. A diferencia de las focas o las piedras, un yo existe, esto es, se halla desencajado del sí mismo con el que por otra parte se identifica (aunque, por eso mismo, pueda de hecho identificarse). Las focas o las piedras no existen. Son. Así, supongamos que el sentido de nuestra existencia consistiera en limpiar nuestras almas para que, una vez purificadas, pudiéramos acceder a la otra dimensión. Como el feto tiene que madurar para nacer. Probablemente, si siguiéramos siendo un yo —y deberíamos seguir siéndolo, si es que la otra vida constituye un sentido para nosotros—, difícilmente podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo. Un yo nunca se encuentra a sí mismo en donde está. No hay mundo que valga para quien existe. Para el yo, un todo es el aún no todo. O como decía Hegel, el yo no deja de ser una conciencia insatisfecha, alguien al que le falta en definitiva ser. El yo habita en la escisión. La totalidad, para el yo, inevitablemente limita con la nada. Y la nada supone la impugnación de las pretensiones de la totalidad. Sin embargo, de ahí no se desprende que no pueda haber valor para el yo. Al contrario. Precisamente, porque no hay sentido que pueda valer para el hombre, la vida se carga con el valor de lo extraordinario, en última instancia, del don. La vida nos ha sido dada desde el horizonte de la nada y, por eso mismo, posee el aura de lo sagrado, del milagro. El valor de lo sagrado, al fin y al cabo, de lo enteramente otro se halla fuera del mundo, de cualquier mundo, incluso del sobrenatural (si es que lo hubiera). Pues un mundo es el ámbito de lo que admite un trato, y nada sagrado —nada en verdad otro— lo admite. Hay demasiado saber en el sentido de tot plegat como para que pueda sobrevivir el halo de la alteridad. Vivimos en un estado de excepción. Y el saber, aun cuando sea hipotético, en tanto que supone situar nuestra existencia dentro del marco de lo general, suprime el carácter excepcional del milagro. En última instancia, suprime la alteridad. Pues un saber siempre reduce el carácter otro de cuanto aparece a los límites del lecho de Procusto que es, en definitiva, el sujeto del saber. La alteridad es, por definición, el resto invisible de lo visible, lo que necesariamente queda fuera de lo que llegamos a ver del otro. La alteridad no encaja en ningún saber o sentido. Nos equivocamos, pues, donde creemos que la existencia se sostiene sobre el sentido de la totalidad. No hay otro sostén que el milagro. Y donde hay milagro seguimos con las manos vacías. De ahí que, como hombres y mujeres, no podamos hacer mucho más que intentar preservar de la degeneración la vida que nos ha sido dada —la nuestra y la de nuestros prójimos— en el mientras tanto del presente. El origen del mandato al que nos encontramos sujetos como humanos no es, por consiguiente, el resentimiento, sino la nada sobre la que se erige la excepción. El resentimiento quizá pueda explicar una psicología moral, pero en modo alguno justificar el tener que guardar el carácter sagrado de la vida de, pongamos por caso, nuestros hijos. Ciertamente, sin alteridad el deber no deja de ser una reacción. Y la psicología es lo que nos queda donde no hay alteridad que valga. Pero si hay alteridad —que la hay—, entonces el deber es un tener que responder. Tan solo es cuestión de caer en la cuenta, más allá de los sucios motivos que puedan impulsarnos inicialmente a obedecer al imperativo del sacerdote ejemplar.

el barón de Munchausen

abril 21, 2018 Comentarios desactivados en el barón de Munchausen

No es posible salir de uno mismo sin la irrupción del otro, ese genuino más allá. Tan solo el alien no saca fuera de quicio —del mundo virtual en el que se halla la mismidad—. Intentarlo desde uno mismo sería caer en el ridículo. Como aquel barón que quiso salir del lago en el que se había hundido tirando de sus cabellos. Quizá el único modo sea situándonos en la posición teórica del espectador. Pero no sin pagar el precio de una fuga mundi. Pues desde dicha óptica todo es espectáculo. Incluso el horror.

lo inefable

abril 21, 2018 Comentarios desactivados en lo inefable

Hace unos cuarenta años, Karl Rahner, a propósito de nuestra tendencia a prescindir de Dios en nombre del misterio, dijo lo siguiente: muchos consideran que podemos adorar lo inefable en silencio, mientras que parecería una falta de educación señalar tal o cual realidad y decir: Dios está ahí. Es obvio que para el cristianismo, en cuanto religión históricamente revelada, esta tendencia constituye una amenaza terrible. Difícil llevarle la contraria, si sabemos, cuando menos, de qué estamos hablando cuando hablamos del Dios cristiano. Pues, como dijera Lutero, un cristiano es quien, ante el que cuelga de un madero como un apestado de Dios, confiesa, precisamente, que ese resto de hombre es Dios.

terminus

abril 20, 2018 Comentarios desactivados en terminus

Para Atenas, todo termina donde el cielo cae sobre nuestras cabezas. Nada humano sobrevive a la catástrofe. La catástrofe, sencillamente, nos deshumaniza. En cambio, desde Jerusalén, todo comienza con el fin del mundo. Pues allí donde acaba el mundo, se decide el ser o no ser del hombre, su respuesta a la voz que, desde el más allá de la mismidad, nos invoca a la fraternidad. Pues la ciudad, el logro del hombre, es el lugar de la escisión. En tanto que separados de esa voz, nos hallamos separados del otro y, por consiguiente, de nosotros mismos. Y no es posible escucharla dentro de los gruesos muros de la ciudad. Las murallas de Jericó tuvieron que caer para que pudiera entrar el pueblo de Dios.

latinajos

abril 19, 2018 Comentarios desactivados en latinajos

Quizá el problema de la transmisión de la fe hoy en día sea que seguimos hablando en latín, una lengua que ya nadie usa, una lengua muerta. Ciertamente, esto tiene que ver con la lengua. Pero no solo. También con el hecho de que ya no sabemos latín. Algo perdimos por el camino donde nos convertimos en quienes somos, hombres y mujeres incapaces de comprender el significado de una expresión como alter ego.

la edad secular

abril 18, 2018 Comentarios desactivados en la edad secular

[La crisis religiosa de la modernidad no consiste] simplemente en la incapacidad de creer en algunas cosas con respecto a Dios y que, sin embargo, eran creídas por nuestros antepasados, sino más bien en la incapacidad de experimentar sus mismas emociones con respecto a Dios y con respecto al hombre».

TS Eliot

el lugar del padre

abril 17, 2018 Comentarios desactivados en el lugar del padre

El corte cultural entre la Antigüedad y los tiempos modernos tiene que ver, sobre todo, con cómo entendemos esto de la naturaleza de las cosas. Desde la óptica de la primera, un padre es un padre y por eso ocupa el lugar que ocupa. En cambio, en la Modernidad el padre se muestra como tal solo por el lugar que ocupa. El lugar hace al padre. En este sentido, la Modernidad es lamarckiana: la función crea el órgano. No es causal que Duchamp desplazase definitivamente al arte figurativo. No hay nada qué representar. Hasta un urinario puede ser bello, si lo colocamos en la sala de exposiciones (con la correspondiente prohibición de tocarlo, por supuesto). Así, en vez de icono, fuente. De hecho, cuando el arte contemporáneo pretende ser realista no consigue más que representar naturalezas muertas, incluso donde pinta a humanos. Los hombres y mujeres de los cuadros de Antonio López o Edward Hopper no tienen alma. O mejor dicho, son personajes que han caído en la cuenta de que el territorio del alma está hueco. Y no la tienen porque están solos. No hay otro que pueda ocupar el espacio interior. En último término, y volviendo al asunto del padre, podríamos decir que si modernamente el lugar hace al padre es porque el lugar —un lugar vacío, por otra parte— es el padre. El algoritmo —la función— ha sustituido al paradigma. Un padre es el que ocupa el lugar del padre y, por consiguiente, cumple con su papel. De ahí que nos sintamos fácilmente inclinados a decir que el arte de Duchamp es el arte cristiano por antonomasia. Pues, si el crucificado —el urinario en el que se mearon sus verdugos— es proclamado como Dios es porque ocupa el lugar vacante de Dios. Sin embargo, sería definitivamente así, si Dios no fuera un yo que no es nadie sin la entrega incondicional del enviado —si el crucificado no tuviera a su yo fuera de sí—. Quizá el problema fundamental del hombre moderno —su enfermedad— sea que ignora que la genuina alteridad es invisible, un eterno diferir del sí mismo, del cuerpo con el que, al fin y al cabo, negociamos.

he is a little thick

abril 15, 2018 Comentarios desactivados en he is a little thick

Nunca sabemos de qué seríamos capaces si cambiase nuestra circunstancia. Hay una bestia en cada uno de nosotros. La bestia es el otro que hay en mí. ¿También el ángel? Tenía razón Pascal cuando decía que nos hallamos entre la una y el otro. En cualquier caso, creemos que tenemos que dominar la bestia y esto tiene mucho que ver con no darle de comer. Sin embargo, la cuestión quizá sea en nombre de qué o, mejor dicho, de quién. Es lo que tiene vivir en tierra de nadie como los arrancados. Así, no dejamos de ser, al fin y al cabo, nuestra apuesta, nuestra adhesión a aquel que se encuentra en el afuera. Se trate del ángel o de la bestia.

los inocentes

abril 14, 2018 Comentarios desactivados en los inocentes

Hablar es juzgar antes de tiempo. Quien dice esto es así se decanta, aunque no lo sepa, por una de las opciones disponibles. Pues nada acaba de ser lo que decimos que es. Todo es mezcla —todo se halla atravesado de una esencial ambigüedad—. Si no nos lo parece es porque nos hallamos sometidos al espejismo del dato, a la necesidad de un anclaje en el mundo. De ahí que nuestras afirmaciones sobre cuanto es se encuentren comprometidas con lo que, desde nuestra expectativa, debe ser. Es como si en el fondo dijéramos ojalá las cosas fueran tal y como las decimos. No hay hecho que no sea incierto.

Sin embargo, nuestro compromiso con lo que debe ser determina quienes somos. Fácilmente podemos constatar que, desde la óptica del tiempo histórico, incluso los genocidios tienen su fecundidad. Como dejó escrito Walter Benjamin, por debajo de los grandes documentos de la cultura, se amontonan los cadáveres. Pero no es lo mismo aceptarlo sub specie aeternitatis que sostener que el exterminio es lo que en absoluto podemos admitir. Aquí no es posible permanecer en la ambigüedad que subyace a nuestros juicios sin deshumanizarnos. Sencillamente, nuestro ser o no ser depende de nuestro compromiso incondicional con la imposibilidad moral del exterminio y, en definitiva, con nuestra oposición a las leyes de la Historia. Ahora bien, precisamente porque dichas leyes son como la ley de la gravedad, quienes se alinean con las víctimas tienen las de perder. De ahí que la última palabra no la puedan pronunciar los inocentes. O la pronuncia el verdugo, o la pronuncia un Dios a favor de quienes murieron injustamente antes de tiempo. Sin embargo, Dios no es aquel que podamos dar por descontado. No es casual que, bíblicamente, la fe sea la fe en un Dios que es en tanto que debe ser en nombre de una vida que se nos dio desde el horizonte de la nada. La fe nunca fue un saber, ni siquiera hipotético.

esse est percipi

abril 13, 2018 Comentarios desactivados en esse est percipi

Quizá podamos entender fácilmente la distancia que nos separa del hombre de la Antigüedad, si tenemos en cuenta que él nunca hubiera dicho lo del obispo Berkeley, a saber, ser es ser percibido (esse est percipi). Para el hombre moderno no es posible cruzar el velo de las apariencias salvo con otra apariencia que, se supone, es más profunda. Desde esta óptica no podemos distinguir propiamente entre el mundo y un mundo virtual. O lo que viene a ser lo mismo, no cabe certeza apodíctica acerca de una realidad exterior a la conciencia. En cualquier caso, lo damos por descontado. Al fin y al cabo que nuestros contenidos mentales acerca del mundo respondan de algún modo a un afuera no deja de ser una suposición, una creencia implícita. El mundo es una representación del mundo, de tal manera que lo que no cabe en nuestros esquemas mentales, sencillamente, no es. Como es sabido, Berkeley salvaba la objeción de que bien pudiera haber un mundo que escapara a dichos esquemas apelando a la percepción de un Dios omnisciente. Lo que no vemos nosotros, lo ve Dios (y por tanto es). Pero ello, al fin y al cabo, exige un espectador que se ubique, por decirlo así, fuera de los mundos, lo cual ya nos da a entender de paso que la única trascendencia es la de yo. Cuando menos, porque el yo que se pregunta hasta qué punto hay una exterioridad, por eso mismo, se encuentra como quien dice más allá de sus representaciones de la exterioridad. El hombre antiguo, en cambio, nunca se hubiera atrevido a afirmar esto último. Para él ser es aparecer y no simplemente parecer. Lo real es eso otro que se muestra —que se hace presente, aparece— a una sensibilidad. Ciertamente, en su hacerse presente deja por el camino su carácter absoluto —su en sí, su extrema alteridad o extrañeza, su misterio— y, por consiguiente, se hace relativo a la situación de quien lo percibe. Cuanto es percibido es percibido siempre desde un punto de vista y, así, relativamente. Pero este paso atrás de lo enteramente otro no niega su realidad. Al contrario, la afirma. Para Berkeley y compañía no está claro que haya alteridad (el recurso del obispo de Cloyne a Dios no deja de ser, precisamente, un recurso, la proyección figurativa de la omnisciencia del yo). En cambio, para el hombre de la Antigüedad lo claro —lo indiscutible— es un hallarse expuesto al lo que es en verdad otro. Aun cuando no sepamos en qué pueda consistir en sí mismo, si es que posee alguna consistencia al margen de la propia de lo negativo. Pues la apariencia no es posible sin que de algún modo desaparezca en su aparecer lo que aparece.

Anselmo y Tomás

abril 12, 2018 Comentarios desactivados en Anselmo y Tomás

Tomás, como es sabido, fue de los que dicen si no lo veo, no lo creo. Lógico, al menos para nosotros. Anselmo, en cambio, se situó en la orilla opuesta: credo ut intelligam (creo para entender). Y esto nos parece hoy en día un tanto talibán. Por no hablar del credo quia absurdum (creo porque es absurdo) de Tertuliano. Aunque quizá deberíamos añadir, por poco que sepamos de la teología de Tertuliano, que no solo porque sea absurdo. No obstante, lo que revela el contraste entre ambas posiciones no es tanto una diferente valoración de la creencia, sino qué tipo de sujeto hay detrás. En el primer caso —al fin y al cabo, el nuestro— es un yo que de entrada se enfrenta a sus ideas acerca del mundo. Desde su punto de vista, lo primero no es un hallarse ante el exceso de lo real, sino ante la representación mental de dicho exceso. De ahí que su pregunta sea cómo sé que lo que pienso es verdad. Aquí el sujeto no parte del asombro, sino de la sospecha. Por tanto, lo primero no es el carácter otro de lo real —su insobornable alteridad—, sino el yo. Por contra, el prius de Anselmo es el hecho mismo de existir, su condición de arrojado al mundo. Y es que existir es ex-sistir, esto es, vivir desplazado del hard-core de lo real. De ahí que el punto de partida sea un encontrarse expuesto a una exterioridad que no sabemos a ciencia cierta en qué consiste. En el caso de Tomás, la verdad exige una prueba. Pues aquí la verdad es antes que nada adecuación entre lo que tenemos en mente y los hechos, adecuación que por lo común apela al criterio de lo empírico. En el de Anselmo, la verdad, en cambio, pide un reconocimiento inicial. Pues la verdad, desde su óptica, es un tener lugar, un acontecer. Y lo cierto es que nada acontece sin que, en su mostrarse a una sensibilidad, no dé un paso atrás como aquello (o aquel) enteramente otro. La alteridad de lo real siempre fue aquello invisible de lo visible.