sodoma
mayo 19, 2023 § Deja un comentario
¿Cómo nos quedamos, cristianamente, cuando sale a la luz el barro sucio de aquellos a quienes admiramos por su integridad y entrega —por su aparente santidad? ¿Acaso no comenzamos a sospechar, al constatar que son muchos, que toda manzana está podrida? ¿No murió Jean Daniélou en la cama de una prostituta? Jean Vanier, ¿no se aprovechó de sus devotas con la excusa de una pseudomística erótica? ¿O no fue una excusa? Ciertamente, el terriorio del sexo es pantanoso. La seducción, de por sí, es asimétrica. Incluso donde la seducción es mútua. El problema, sin embargo, no es la fragilidad —pues ¿quién habrá que esté por encima?—, sino que está se apoye en las estructuras de poder. El problema es el abuso. Y más si quienes lo cometen, antes se han llenado la boca exhortándonos a llevar una vida sin tara… como si la tara no fuera con ellos.
Sea como sea, la mierda está muy extendida. No solo en la Iglesia, sino en cualquier institución. Podríamos hablar, por ejemplo, de la familia. Si se publicasen día tras día los casos de pederastia entre familiares ¿podríamos evitar la impresión de que la familia es un campo de minas? Como es habitual, la trampa consiste en no contar toda la historia —en dirigir el foco únicamente a una institución. ¿Es que hemos olvidado que no hay nadie que sea justo (Sal 14)? Sin embargo, en la Iglesia no solo hay toxicidad. También dentro de las familias hay buenos padres. O cuando menos, podemos confiar en que así sea. Y ello aun cuando no todo es trigo limpio en quien se nos muestra de una pieza. La pregunta, por consiguiente, no es quién tendrá un corazón puro, sino si, a pesar de nuestra podredumbre, aún cabe un gesto de bondad donde no es posible ninguna bondad. Diría que aún no nos hemos tomado en serio aquello de que solo Dios sabe hasta qué punto permanecemos fieles a su voluntad. Aun cuando de ello no se deduzca, obviamente, que, en el ámbito de lo político, no deba tirarse ninguna piedra.
de chamanes y científicos
mayo 18, 2023 § 1 comentario
El libro de Jeremy Narby sobre la inteligencia de la naturaleza —El misterio último— es muy interesante. La idea de fondo es simple (y no es la primera vez que alguien la defiende): la ciencia nos permite entender cómo funciona el mundo, pero no comprender que formemos parte de él. Al menos, porque comprender supone abrazar lo que se entiende. Es decir, interiorizarlo. De hecho, la imparcialidad solo es posible donde nos hallamos fuera, situados en la distancia de un dios omnisciente: midiendo, calculando, certificando. La dualidad sujeto-objeto es el presupuesto inevitable de la actividad científica. Y aquí, a pesar de Hegel, no hay reconciliación que valga.
En este sentido, el chamán lo tiene más fácil. Como animista, para él todo habla —todo emite su música. Basta con tener los oídos —la ayahuasca— para escucharla. Hay otras inteligencias a parte de la racional. No es que el chamán crea o suponga que todo tiene un alma: lo vive a flor de piel. Ciertamente, en el mundo del chamán, hay violencia. Pero no Mal. El chamán nunca tendrá que elegir entre la impiedad de Atenas o la piedad de Jerusalén. Esta no es su disyuntiva. Nunca se le ocurrirá decir, por ejemplo, que somos rehenes del pobre. En una tribu, no hay clases, aun cuando haya jerarquía. O todos, o nadie. Para que haya Mal, antes tuvimos que abandonar la selva. Y la abandonamos para crear ciudades. O mejor dicho, estados.
Así, cabe aventurar que solo con el surgimiento del poder estatal surge el Mal, es decir, la posibilidad del exterminio. En el mundo de los chamanes, la violencia es natural, esto es, raramente desproporcionada…, lo cual no implica que no deba evitarse. En absoluto es secundario que Egipto fuese la bestia negra de Israel. Como tampoco lo es que Israel se alejara de Yavhé —todavía más— durante el período monárquico. Quizá el error del profetismo fuese creer que era posible un Estado justo… si hacíamos los deberes. Pero no es posible reunir a las doce tribus, salvo en la festividad. Aunque puede que el mensaje subliminal de los profetas fuese que había que volver a cuidar cabras. Sea como sea, no hay nada enteramente Otro —ninguna alteridad en falta— para el chamán. Lo divino, como quien dice, está por todas partes, penetrando cuanto es.
Leyendo el libro de Jeremy no puedes evitar la impresión de que las espiritualidades transconfesionales de hoy en día viven, precisamente, de la nostalgia del mundo del chamán —del anhelo de recuperar la vida que perdimos al dar un paso al frente. Su éxito reposa en el brillo de un mundo en el que se respiraba la comunión. El presupuesto de dichas espiritualidades es que fuimos separados de ese mundo, pero no arrancados de raíz. De ahí su carácter compensatorio. Sobre todo, si tenemos en cuenta, por parafrasear a Rudolf Bultmann, que no cabe ser animista donde continuamente manipulamos objetos. O existimos como separados, o como arrancados —o panenteísmo, o el Espíritu como huella. A pesar de los sincretismos, tertium non datur. Aunque sea simplificando, hablamos de la línea que divide la espiritualidad oriental de la que nace de la fe bíblica. El problema, sin embargo, es que no podemos elegir entre prejuicios que se han hecho cuerpo. Pero, por eso mismo, me atrevería a decir que el animismo (y sus variantes) constituyen la única instancia crítica de la tradición bíblica. Si los chamanes están en lo cierto, entonces no hay trascendencia, sino en cualquier caso, dimensiones. Y aquí no vale decir que la Biblia ya contempla el Edén. Pues lo contempla como lo que dejamos atrás definitivamente… y no parece que todos lo dejáramos atrás. Yavhé sería tan solo el dios de la civilización —de la obra de Caín. Y esto está cerca de decir que, al fin y al cabo, es una divinidad a medida de la civilización. Quizá no sea casual que, durante la vida paradisíaca y a la hora de referirse a Dios, el autor del Génesis emplease en término Elohim —un plural— y no Yavhé.
Sin embargo, es posible que nunca haya habido el mundo del chamán, esto es, el mundo que imaginamos como el mundo del chamán. Por tanto, el animismo como instancia crítica carecería de correlato objetivo. La creencia en el mundo del chamán respondería, más bien, a la tendencia tan moderna de negar que haya una genuina trascendencia, la cual no debe confundirse con la existencia de otro plano. Pues aun cuando hubiese otro plano, aún no habríamos cruzado, de cruzarla, la puerta que nos separa de Dios-en-verdad. De hecho, con respecto a Dios-en-verdad no hay ninguna puerta que podamos cruzar. En la modernidad, el mundo del chamán funciona, efectivamente, como una variante del mito del buen salvaje, provocando la ilusión de que es posible regresar (y aquí regresar sería superar la fe monoteísta). Pero, a menos que tomemos la decisión de Thoreau, no tenemos el billete de vuelta. Y diría que, de tomarla, ni siquiera. Pues ya no somos los que fuimos… si es que alguna vez lo fuimos.
En realidad, podríamos sospechar que estos mitos no cuentan toda la historia. Nada hay que no ofrezca dos caras. Tan solo basta con que leamos a Marvin Harris para caer en la cuenta de que en la vida de los cazadores-recolectores no todo fue idilio. ¿Acaso no fue natural que en esos grupos se devorasen a los hijos de más? ¿Que ellos lo vivieran con naturalidad, aunque fuese una naturalidad fuertemente ritualizada, significa que deberíamos poder volver a vivirlo así? La vida del hijo ¿es o no es sagrada? En la naturaleza los osos no son siempre ositos. Ni los hombres, hermanos. Ni siquiera donde lo fueron de sangre. En cualquier caso, los estados solo le dieron otra magnitud a lo que venía de fábrica.
ortodoxia
mayo 17, 2023 § Deja un comentario
Según Gregorio Palamas, teólogo ortodoxo, Dios es el enteramente Otro y, por eso mismo, no se le puede encajar en ninguno de nuestros conceptos. Sin embargo, me atrevería a decir que si es enteramente Otro, entonces no hay concepto que valga. No se trata, por tanto, de que los conceptos humanos sean demasiado estrechos para captar la esencia de Dios. La alteridad de Dios no es relativa. Así, no es que no podamos captar a Dios al igual que las lombrices en modo alguno pueden hacerse una idea de nuestro mundo. Si fuese relativa a nuestra incapacidad, Dios no sería Dios, sino un ente inconmensurablemente superior. Pero cristianamente, Dios no posee otra entidad que la de un cuerpo que cuelga de una cruz (y levantado al tercer día). O por decirlo, en trinitario, no hay Padre sin Hijo (y viceversa). La alteridad avant la lettre —la alteridad del Padre— no es sencillamente la de algo desproporcionado o gigantesco —esto sería lo propio de un dios—, sino que, en tanto que aparece como lo que perdimos de vista tras la caída, está más cerca del no ser que del ser. Y de ahí que solo sea en el Hijo (y por el Hijo). Bíblicamente, Dios es el Dios en falta o, lo que viene a ser lo mismo, el Dios de la promesa de Dios. En realidad, hay mundo porque Dios es el Dios cuyo retroceso hacia el fin de los tiempos dio pie, precisamente, a los tiempos.
de la esencia divina
mayo 16, 2023 § 1 comentario
En las canchas teológicas suele decirse que no podemos conocer la esencia de Dios. Es una tesis que casi se dar por descontada. Pero ¿qué implica que se dé por descontada? Obviamente, que Dios tiene una esencia —un modo de ser o naturaleza. Y, sin duda, nada es que no posea un modo de ser. Si hay Dios, entonces en principio tiene sentido hablar de la esencia de Dios. Ahora bien, al decir que el modo de ser de Dios es incognoscible ¿acaso no estamos diciendo que Dios es algo que desborda nuestra capacidad de comprensión? Y de ser así, ¿no es como si dijeramos que los ácaros del polvo no pueden conocer nuestra esencia? Sin embargo, en este caso, el misterio de Dios sería relativo. Pues dependería de nuestra limitación. Es evidente que no somos dioses, aunque los ácaros del polvo no puedan evitar esta impresión.
El problema de esta manera de entender la realidad de Dios —una manera típicamente religiosa— es que no termina de cuadrar con la dogmática cristológica (y por extensión, con el Dios del monoteísmo de Israel). El cristianismo no dice que Jesús de Nazaret fuese un representante de Dios o alguien que ejemplificó a la perfección la esencia de Dios, sino la esencia misma de Dios. Esto es lo que, en último término, significa que no haya otro Dios que el encarnado. Y porque el crucificado es el modo de ser Dios —su quién—, la realidad de Dios no puede comprenderse en los términos de un algo cuya consistencia, por muy inaccesible que sea, se dé con independencia de aquel que fue ajusticiado en su nombre.
Bíblicamente, el haber de Dios, al margen de la carne, es el de un Dios por venir —y que, según el cristianismo, no se hizo presente hasta el Gólgota. En sí, Dios es un Dios-aún-nadie, un silencio que clama por el fiat del hombre para llegar a ser el que es, por decirlo retóricamente. O siendo más hegelianos, la voluntad de ser que se halla inscrita en el seno de nada como negación de sí (y por la que la nada de Dios retrocede a un pasado absoluto como la condición de posibilidad del mundo y, por extensión, como su última amenaza u oportunidad). De no ir los tiros por ahí, entonces me atrevería a decir que lo más sensato sería darles la razón a las variantes del docetismo o el arrianismo que aún circulan por ahí. Pero esa razón, hoy en día, estaría cerca de mostrarse como una sinrazón.
dime de lo que hablas
mayo 15, 2023 § 1 comentario
En las canchas cristianas, suele hablarse de la importancia de la experiencia: no basta con recitar el credo; hay que experimentarlo. De acuerdo. Pero ¿qué significa aquí experimentar? Por lo común —y esto sería un resto del viejo pietismo—, se trata de experimentar algo así como una relación personal con Dios. Ciertamente, la sombra de Agustín es alargada. Pero quizá no sea lo mismo experimentar íntimamente a Dios en un mundo que da a Dios por descontado que en otro donde Dios —el Dios que preferimos imaginar— se ha convertido en una hipótesis que el creyente mantiene por su cuenta y riesgo (aunque sea con el apoyo de la bona gent que suele haber en las comunidades cristianas). Y no es lo mismo porque el punto de partida —el presupuesto desde el que se decide lo que cabe entender por experiencia— ya no es el vivir a flor de piel el encontrarse bajo un poder que nos sobrepasa. Por no hablar del misterio. De ahí que el riesgo de la experiencia termine reduciéndose a emoción… afectando, de paso, a la verdad de Dios al sentirlo como una variante del amigo invisible de la infancia. El problema de basar la fe principalmente en el factor emocional es que la experiencia no es de Dios, sino de uno mismo en tanto que necesitado de un amparo espectral.
En los evangelios, la experiencia de Dios posee una doble faz, por así decirlo. En primer lugar, es la que tiene Jesús de Nazaret en Getsemaní (y no da la impresión de que en Getsemaní Jesús sientiese mariposas en el estómago). Y en segundo, la que conduce, como extensión de la primera, a reconocer al crucificado como Hijo (y aquí acaso tendríamos que hablar antes de la experiencia de Dios, en el sentido subjetivo de la preposición). Es verdad que algunos teólogos sostienen que tras el tercer día quedó confirmada la experiencia de Dios del Jesús de Galilea. Pero de ser esto exactamente así, los sucesos de la Pascua nada nos hubieran revelado acerca de Dios. Esto es, no nos hubieran revelado al crucificado como el quién de Dios. A lo sumo, a Jesús como el último profeta (con permiso del Islam). El Jesús de Galilea invocaba a Dios como Padre. Sin embargo, la cruz nos revela, precisamente, que el Padre aún no era Dios. Y no lo era porque, desde el principio, no quiso serlo sin la adhesión del Hijo del Hombre. La fe cristiana es una fe en el Padre solo a través del Hijo. No, una fe en el Padre y además en el Hijo… como vete a saber qué. Para Jesús, Dios fue el Padre. Para un cristiano Dios es la unión entre el Padre y el Hijo. Y no diría que se trate estrictamente de lo mismo. El Padre no se hace presente sin el Hijo. Y lo que no se hace de algún modo presente aún no es. (Y aquí alguien podría objetar que el Padre se hizo presente, antes de la Encarnación, como Creador. Pero comprender la Creación significa comprender, precisamente, que esta consiste en el retroceso del Padre hacia el futuro del Hijo del Hombre. Pero este ya es otro asunto.)
Evidentemente, la experiencia de Dios de los primeros cristianos fue también consoladora (o mejor dicho: sobre todo consoladora). Pero únicamente tras la resurrección (y puede que este sea el asunto más espinoso hoy en día). En cualquier caso, lo que vengo a decir es que, cristianamente, la experiencia de Dios es muy física —muy de carne y hueso. Y por eso no deja de resultar desconcertante que muchos sigan dirigiéndose a Dios como si no hubiese habido Encarnación —como si Dios fuese alguien al margen del crucificado. Donde no hay carne de por medio no hay fe. O cuando menos, una fe que merezca el nombre de cristiana. Si nos llenamos tanto la boca con nuestra experiencia de Dios será porque es lo que nos falta. Al menos, por aquello de dime con qué te inflas y te diré de lo que careces. Quienes sobrevivieron a Auschwitz nunca dieron testimonio del horror —ni de lo que pudieron haber visto más allá— en los términos de un haber tenido una experiencia. Más bien, prefirieron guardar silencio (y algunos, obrar en consecuencia). De hecho, quienes han experimentado a Dios, más que hablar de sus intensas emociones, suelen contarnos historias. E historias que inevitablemente comienzan diciendo había una vez un hombre… Como los evangelistas. En realidad, si lo pensamos bien, las emociones de los creyentes ejemplares no interesan a nadie, salvo a sus madres.
del presente indicativo
mayo 14, 2023 § 1 comentario
No vemos lo presente —literalmente, lo dado— en el presente. Esto es, difícilmente caemos en la cuenta de lo que se hace presente en el mientras tanto del día a día. De hecho, caemos en la cuenta de su valor tras su perdida, una vez lo dado deviene un fue. Aunque también, donde el día a día es puesto en suspenso por la aparición. Y aquí podríamos añadir que la aparición y el caer en la cuenta van de la mano… en tanto que lo que aparece en la aparición es, precisamente, lo ordinario como extraordinario: el cuerpo con el que negociamos a diario —y a menudo duramente— como prodigio; la sonrisa de una mujer como gracia; el horror como no absoluto. El milagro es siempre limpio, sin ambivalencia. Como si no fuera de este mundo. En el presente, sin embargo, nos puede la rugosidad, la indicación en falso, la cojera. Al fin y al cabo, es fácil que sigamos siendo esos niños que lanzan al suelo la galleta partida por la mitad.
nietzscheanas 62
mayo 13, 2023 § Deja un comentario
Estrictamente, no hay yo en el übermensch —en el que es capaz de bailar tanto sobre un campo de amapolas como sobre una pira de gaseados. Por defecto, un yo —la conciencia de sí— difiere de sí mismo, es decir, nunca termina de reconocerse en el cuerpo con el que, por otro lado, se identifica. Y el übermensch es su danza, al fin y al cabo, un estado de embriaguez. Quizá podríamos decir, siendo más honestos con Nietzsche, que el übermensch difiere de la nada que abraza y que, como tal, soporta el brillo de cuanto sucede —y difiere precisamente al ponerse a bailar. Porque no hay nada más allá, no hay nada que esperar que no sea el estribillo de la ilusión. Queda el reggaeton.
En cualquier caso, la inquietud socrática pertenece al culpable. Y no hay culpable que no tenga un Padre. De ello, se dio perfecta cuenta Nietzsche: somos quienes nos buscamos sin encontrarnos. Y aquí podríamos añadir que no nos encontramos porque nadie puede obedecer hasta el final al fantasma de su Padre. Hamlet sería la figura moderna de esta irreparable indecisión. Sin embargo, a Nietzsche probablemente se le pasó por alto que el Hijo solo llega a ocupar el lugar del Padre —y por eso mismo, a serle fiel— levantándolo de la muerte (y de ahí que acaso no comprendamos la resurrección mientras la sigamos viendo como el resultado de la intervención de un deus ex machina, y que, por eso mismo, tan solo afectó a un crucificado). Por no decir que a Nietzsche acaso también se le pasara por alto aquello que decían los griegos de los dioses: que envidiaban la mortalidad de los mortales. Y quien dice mortalidad, dice indigencia.
esto es, sencillamente, así
mayo 12, 2023 § 2 comentarios
Cuando rechaza al dios y pone su propia autonomía a la cabeza de todo, se deteriora también su relación con lo desconocido. Se puede expulsar a Dios, pero no el estremecimiento que produce el enigma de la existencia.
Laszlo Foldenyi
de civitate Dei
mayo 11, 2023 § 2 comentarios
La civilización parece haber olvidado de forma definitiva que su existencia se arraiga en algo sobre lo cual no ejerce ninguna influencia ni poder.
Laszlo Foldenyi
la dispersión
mayo 10, 2023 § 2 comentarios
Bailar sin parar. Así vivimos, por lo común. Esto es, del trabajo al ocio (y entre una cosa y otra, todo es distracción, aunque no siempre agradable). Para muchos, la mejor vida es una vida atareada. En definitiva, se trata de no detenerse. Pues de hacerlo fácilmente caeríamos en la cuenta de que bailamos sobre cráteres. Sin embargo, el espíritu de la búsqueda nace a lomos de una ausencia fundamental (y por eso mismo, irreparable). Y ya sabemos que nos dividimos entre quienes están a favor de la búsqueda y quienes prefieren seguir bailando —entre quienes no pueden evitar mirar de frente (o aquí, bajo sus pies) y quienes esconden la mirada, dirigiéndola hacia cuanto cabe tener. Quizá hubiera estado bien que Nietzsche se hubiese preguntado si acaso Dioniso nunca se cansó de bailar.
los dos tonos del temor
mayo 9, 2023 § 2 comentarios
Tras la reconciliación, el temor de Dios adquiere otro tono que el que tuvo inicialmente. Pues ahora dicho temor adquiere la forma de quien teme que se rompa algo que, siendo sagrado, es tremendamente frágil. Seguimos sub iudice. Pero no del mismo modo.
el todo
mayo 8, 2023 § 4 comentarios
Según Hegel, no comprendemos en qué consiste que algo sea hasta que no comprendemos que nada hay que no esté conectado con el resto de cosas; que comprender lo particular supone comprender el todo. Así, la pregunta por qué hay algo en vez de nada equivale a preguntarse por el porqué de la totalidad (y es obvio que aquí no nos estamos preguntando por ninguna causa eficiente). Si, de repente, desapareciese una mosca sin que hubiera un porqué, esto es, sin que su desaparación se debiese a la naturaleza de las cosas, el todo se desplomaría como un castillo de naipes. Y esto es así por la sencilla razón de que mosca es en relación con lo que no es mosca —con aquello que la existencia de la mosca niega y, por eso mismo, con aquello que, siendo lo otro de la mosca, tiene que negarla. Y esto equivale a decir que lo que no es mosca tan solo es en relación, precisamente, con la mosca. Nada es en particular cuyo envés no sea lo que no es eso en particular. Y viceversa. La negación se halla inscrita en el seno de la afirmación. De ahí que el No se presente como la continua amenaza del Sí. Ahora bien, y por la misma razón, podemos también decirlo a la inversa: hay en el No una voluntad de Sí —un Espíritu.
Sin embargo, podemos ir más lejos. Pues siguiendo esta misma lógica, si hay el todo, entonces el todo no puede ser aún el todo (y en este punto acaso nos apartemos de Hegel). No hay el todo sin que, en cierto sentido, haya el no-todo. Hay lo que hay. Este es el punto de partida (y decir esto supone decir, frente a Descartes, que el punto de partida con respecto al asunto del saber no es nuestra representación de lo que hay). Pero si hay lo que hay es porque el haber en cuanto tal en sí mismo no es. Traducción: el haber en cuanto tal es no haciéndose presente en cuanto tal. Hablamos efectivamente del tiempo —de la historia. Pues tiempo significa que el haber de las cosas no permanece como haber. En realidad, no puede permanecer… en tanto que hay cosas porque, como decíamos, el haber como tal es no siendo como tal. Y por extensión, si el todo no puede ser aún el todo, entonces el tiempo final es, inevitablemente, el horizonte asíntótico de la historia. Por consiguiente, no hay ahora que no quede infectado por el final de los tiempos. Hegel escribió lo que escribió con una Biblia bajo el brazo. Que hoy no sepamos qué hacer con ella, salvo despreciarla como un cajón de supersticiones, es un síntoma de nuestra indigencia intelectual.
epicúreas (y 2)
mayo 7, 2023 § 1 comentario
Hay dos modos de comprender el tiempo —de posicionarse en el tiempo: el pagano y el bíblico. Desde el primero, el tiempo es desintegración. Cualquier pasado fue mejor (y probablemente de esto nos demos cuenta una vez sea, precisamente, pasado). De ahí el carpe diem (lo cual está lejos de ser algo fácil). En cambio, desde el segundo, lo mejor está siempre por venir (aun cuando ello suponga el fin de los tiempos: del mundo no cabe esperar nada nuevo, a lo sumo una sucesión de novedades). Quizá no sea casual que la sensibilidad pagana sea la propia de los satisfechos.
lo serio y la feria
mayo 6, 2023 § 2 comentarios
Si es cierto que, de no haber resucitado el Mesías, la fe sería una estupidez, entonces ¿cómo es que no nos sacude un cierto temblor?¿Quizá porque hemos sustituido el anuncio de la resurrección por la creencia en la inmortalidad del alma? ¿Quizá porque nos hemos pasado de rosca con la traducción? Pues lo cierto es que la resurrección es, de por sí, increíble. Con todo, puede que la peor causa de nuestra tranquilidad sea que, en el fondo, nos da igual. Aunque nos llenemos la boca con la confesión creyente. De hecho, tenemos suficiente con la paradita, sea o no religiosa, que nos montaron en la feria.
epicúreas
mayo 5, 2023 § 2 comentarios
Ayer le dije a mi mujer: me basta con estar contigo, tomando unas cervezas frente a la playa, en un día de sol. Y aquí sería inevitable anhelar, junto a Fausto, que el instante se detuviese. Pues fuera de este instante ¿qué puede haber? ¿Oficio? Estar sometidos al tiempo significa que no podemos esperar nada que no sea la descomposición. Quien no lo tuvo en su momento —quien no supo reconocerlo—, nunca lo tendrá. Así, los amantes se preguntan ¿y ahora qué? Pero no saben qué responder. Para el paganismo la cuestión existencial por antonomasia es cómo hacer frente a la erosión del paso de los días —cómo permanecer conectados a la sensación verdadera. Y acaso esta sería la única cuestión si no hubiera hambrientos que nos sacasen de quicio con su demanda. Esto es, si no nos solicitase su acusación (sobre todo, si esta viene precedida de su perdón). De ahí que todo ángel sea terrible. Sin duda es preferible seguir escuchando el rumor de las olas junto a tu chica. Pero hay que partir de ahí si queremos comprender, cuando menos, de qué va esto de Dios.
una actitud de fondo
mayo 4, 2023 § Deja un comentario
Vivimos a lomos de una posición fundamental —de una postura. Hay unas cuantas: la del resentido, la de quien permanece arrodillado, la del agradecido… Una posición fundamental se decide en relación con lo que de algún modo nos supera (y por eso mismo, una posición fundamental no puede comprenderse simplemente como un capítulo de la psicología —como si tan solo hablásemos de los rasgos del carácter). De ahí que una posición fundamental se encuentra vinculada a las figuras del imaginario simbólico. Hasta antes de ayer estas figuras habitaban en las alturas. Hoy, permanecen sepultadas en el inconsciente colectivo como arquetipos. Este fue, de hecho, el giro de la Modernidad: en vez de alturas, profundidades abisales —en lugar de la devoción o el ritual, la catarsis que provocan las películas de serie B. Nadie se libra de los dioses tan fácilmente. Así, el precio que tuvimos que pagar por liberarnos de la superstición fue una nueva impotencia, la que uno experimenta frente al poder de su propia opacidad. En realidad, los dioses son más terribles cuando trabajan secretamente que cuando cabe negociar con ellos. En cualquier caso, el problema de hacernos una imagen de lo que nos supera es que lo que nos supera, aparentemente, deja de superarnos. Pues incluso donde nos encontramos instalados en la impureza, sometidos a un padre atroz, seguimos estando en el centro.
De ahí que quizá no sea causal que, bíblicamente, la liberación del poder de las imágenes esté en manos del Mesías, aquel que cargó sobre su espalda el derrumbe de los cielos (y actuó en consecuencia). Puede que no terminemos de percibir el alcance de la confesión cristiana mientras aún continuemos creyendo que el Mesías fue tan solo un enviado de Dios.
nihilismo y evangelio
mayo 2, 2023 § 2 comentarios
Nihilismo significa: no esperes nada nuevo —ninguna aparición. Se trata, según Nietzsche, de una marca de nuestros tiempos. Al fin y al cabo, lo que hay es el eterno retorno de lo mismo. Y lo mismo es, en cualquier caso, biología. La voluntad de dominio se muestra, por tanto, como el non plus ultra de la existencia —un non plus ultra que no admite otra apelación que la delirante.
Si creemos que el nihilismo no va con nosotros será porque aún tenemos ilusiones. Pero las ilusiones giran en torno a la novedad, ese trampantojo de lo nuevo. De ahí que el destino de la ilusión sea, precisamente, la desilusión. Podríamos entender la vida común como una variante del juego de la oca: de ilusión en ilusión y tiro porque me toca. La ilusión es el clavo ardiente de los últimos hombres. Por eso, todavía podemos comprendernos, aunque en falso, como quienes manejan los mandos de la torre de control. Y así, nos ahorramos la pregunta por lo que nos puede en verdad —por aquello que nos supera sin remedio. Sin embargo, hay lo que nos puede. Desde la óptica del nihilismo, no ya el Dios, sino la fuerza de lo anónimo —de lo sin fin. No contamos para nada, ni para nadie. Según Nietzsche, tan solo había una manera de superar el nihilismo, a saber, poniéndose a bailar. Sea sobre un campo de amapolas o sobre la pira de los gaseados. Aun cuando Nietzsche nunca creyó que esta fuese una solución para cualquiera.
Ciertamente, el cristianismo anunció lo imposible: la aparición de aquel que murió como apestado de Dios, su resurrección. Y si pudo anunciarlo fue porque lo imposible se presentó como una posibilidad del mundo, a pesar de que en modo alguno pudiera concebirse como una extensión del mundo. En los primeros tiempos del cristianismo —o mejor, primerísimos—, aún era posible esperar la irrupción, la puesta en suspenso de la negación que sostiene el mundo. Esto es, la redención —el milagro. Y era posible porque había Dios —un Dios que se reveló como juez del mundo. En nombre de Dios, los verdugos de Auschwitz no pronunciarán la última palabra.
Ahora bien, esto equivale a decir que la única esperanza para los vencidos es la de los muertos —la de quienes regresan con vida de la muerte por el poder de un Dios que se identificó con un crucificado en su lugar. Y aquí conviene tener en cuenta que quienes habitan en las simas de la historia —quienes soportan sobre sus espaldas el No del mundo— viven como muertos, al no tener ninguna vida por delante. Sencillamente, el mundo ha dejado de ser su posibilidad. Cristianamente, la aparición nunca fue la del fantasma, sino la de quienes condenamos a morir por miserables —la de aquellos que, como transfigurados, vuelven a la vida con su perdón. Tan solo hace falta que ya no quepa creer en el milagro —que la época no admita la legitimidad de lo imposible o, lo que vienen a ser lo mismo, que ya no podamos admitir que nos encontramos sub iudice— para que la esperanza cristiana pase a concebirse como un modo irónico de decir que no hay más que infierno para las víctimas de la historia.
Sin embargo, que pase a concebirse de este modo tampoco implica que solo pueda concebirse de este modo. Pues la pregunta no es si cabe o no el milagro, sino para quiénes el milagro se revela como la más íntima posibilidad de la existencia. Pues, de hecho, la irrupción de lo nuevo nunca fue una posibilidad histórica. Aun cuando hubiese una época en la que el lenguaje que expresa dicha posibilidad —un lenguaje hecho a base de imágenes, por eso mismo, increíbles— fue algo más que el lenguaje de la ficción.
el último mohicano (y 2)
mayo 2, 2023 § 4 comentarios
Para hacernos una idea de lo que pudo suponer la muerte del crucificado como apestado de los hombres y de Dios imaginemos que, de repente, desapareciese el Vaticano, los popes, el cristianismo evangélico…; que nadie más en el mundo, salvo tú, siguiese creyendo en Dios. En ese caso, un acto de fe —el abandonarse a Dios como abandonado de Dios en un mundo sin Dios— sería una desproporción. Por no decir, que andaría rozando el delirio. Ningún testigo para tu fe. Ningún discípulo. En su lugar, la risotada del gentío. Pablo estuvo más cerca de Nietzsche de lo que nos imaginamos. Pues este último comprendió mejor que nadie que donde todo termina en la cruz, la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia. Y de ser así, el último clavo lo clavó Nietzsche.
el último mohicano
mayo 1, 2023 § 1 comentario
Todo pasa. Amón es objeto de especialistas. ¿También lo terminará siendo el Dios cristiano? Ciertamente, si por el Dios cristiano entendemos el Dios de la cristiandad. Pero no lo tengo tan claro si hablamos del Dios que se revela en el Gólgota. Pues lo decisivo de la experiencia cristiana de Dios se juega en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios. Así, imaginemos que pertenecemos a una época en el que nadie recordase quién fue Jesús de Nazaret (ni por supuesto el asunto del tres en uno). En esa época seguirán habiendo mujeres y hombres que padezcan el non plus ultra del mundo, la oscuridad y el frío de las fosas comunes. Y mientras haya infiernos —y los habrá mientras haya mundo—, habrá desesperación. El No vence. Todo lo anterior deviene una ilusión, incluyendo la creencia en el poder de una divinidad de nuestra parte.
Pues bien, en esas situaciones, aún cabrá preguntarse, y a pesar de las apariencias, qué significa que haya quién ofrezca el perdón en medio del infierno… y además confíe en que ese perdón no caerá en saco roto, aun cuando nadie pueda imaginarse el cómo. En realidad, la esperanza en el poder del Sí nunca admitió una imagen de la que pudiéramos apropiarnos.
la falacia de las hadas
abril 30, 2023 § 3 comentarios
Puedes creer en hadas porque, ciertamente, necesitas creer en ellas (y aquí los motivos no importan). Pero de ello no se deduce, lógicamente, que las hadas estén solo en tu mente: podría haberlas, al margen de que te vieras secretamente empujado a creer en su existencia. Es verdad que la pregunta acerca de cómo podemos llegar a saber que las hay sigue siendo pertinente. Pues lo que nos parece que es no termina de coincidir con lo que es (y esto con independencia de cuanto quepa decir sobre la noción misma de lo real). Pero, en cualquier caso, si damos por sentado que no puede haberlas es porque el paradigma sobre el que se asienta nuestra visión del mundo, por emplear el término de TS. Khun, no las admite. Y quien dice paradigma dice prejuicio —o si prefierimos ser más sofisticados, presupuestos conceptuales. Con todo, también es cierto que nadie elige el mundo al que pertenece.
paradojas de la caída
abril 29, 2023 § 1 comentario
Porque caímos —porque tuvimos que negar a Dios— cabe la bondad. De lo contrario —de no poder dañar—, seríamos máquinas de bondad. Y una máquina de bondad no es buena, moralmente hablando.
Aquí alguien podría objetar que la caída es el resultado de una elección y, por consiguiente, que Adán ya fue desde el principio un sujeto moral. Sin embargo, esto no es exactamente así. No es que Adán optará por la desobediencia en lugar de seguir siendo un buen chico. La libertad, en el sentido fuerte de la expresión —esto es, no como un poder decantarse por una u otra opción, sino como voluntad de bien— fue el efecto de una liberación. Adán se hizo libre —se hizo capaz de querer o, si se prefiere, amar— tras ser expulsado del Edén. Y fue expulsado porque se tomo en serio el no pasarás de Elohim. Pues una vez Elohim lanzó la prohibición —una vez Adán la comprendió— fue inevitable desear transgredirla (y desear transgedir ya es transgedir con el corazón). Al aceptar la prohibición de Elohim —al tomársela en serio—, Adán necesariamente tuvo que entender la diferencia entre el Bien y el Mal (y por tanto, es como si hubiera ya mordisqueado el fruto del árbol del conocimiento). Obedecer a Dios supuso, por tanto, desobedecerlo.
Tampoco pudo ser de otro modo. El orgullo va con la filiación. No hay padre, salvo el tóxico, que no aspire a que su hijo termine ocupando su lugar. La serpiente fue también una criatura de Dios (y nada de lo creado escapa a su intención). Si Adán hubiera continuado siendo un buen chico, entonces aún seguiríamos presos del temor de Dios. Porque Dios, al obligarnos a caer, nos liberó del temor de Dios fue posible amar a Dios. Pues amar a Dios —en definitiva, serle fiel— equivale a querer regresar junto a Dios.
Ahora bien, y en tanto que la caída también afectó a Dios, regresar junto a Dios supone regresar junto a un padre que quedó herido de muerte con la obediencia de Adán —un padre que, por eso mismo, solo podrá ser reanimado por el abrazo del hijo. Sin embargo, el hijo únicamente podrá abrazar al padre donde apure hasta el fondo el cáliz del desarraigo. No hay amor sin sacrificio. Y aquí el primer sacrificio fue el de Dios.
Así, solo porque Adán se apartó de Dios asumiendo la prohibición hasta el final, pudo Dios tener un cuerpo en el centro de lo histórico y, por eso mismo, hacerse presente como alguien. No es casual que bíblicamente se hable de un plan. Y quien dice plan, dice felix culpa. También por el lado de Dios.
verdad e imagen
abril 28, 2023 § 2 comentarios
Dijo Job, tras perder a sus hijos: el Señor me los dio —el Señor me los quitó. Y hoy en día decimos fácilmente: el Señor no da ni quita, pues no hay nadie ahí que pueda dar o quitar; son, sencillamente, cosas que pasan (y en este caso, terribles). ¿Es que Dios reparte dones desde la alturas como los reyes magos lanzan caramelos subidos a su carroza? No, ciertamente. Pero no decimos esto porque seamos modernos. De hecho, esta convicción fue bíblica antes que moderna. Y si modernamente decimos lo que decimos es porque venimos de ahí.
El Dios de la fe monoteísta nunca fue un ente superior con el que lidiar, sino el Dios que tuvo pendiente su quién hasta el Gólgota (y por eso mismo como el Dios que se revela como promesa de sí mismo, un Dios por venir). Es en este sentido que afirmamos que Dios-en-sí fue el aún nadie tras el desprecio de Adán —y lo fue hasta el momento en que pudo tener, de nuevo, un cuerpo. Por consiguiente, Dios da y quita…en tanto que el don y la maldición son las dos caras del retroceso de Dios a un pasado inmemorial hacia el futuro del hombre —un futuro, sin embargo, que ningún mundo puede admitir como su posibilidad.
Ahora bien, en el tiempo cotidiano no es posible interiorizar esta abstracción. Quizá podamos hacerlo de encontrarnos en el final de los tiempos, esto es, en medio del horror, donde los cielos caen sobre nuestras cabezas. Pero no en el día a día, dentro de los gruesos muros del hogar. En el tiempo diario —y precisamente porque estamos alejados del lugar donde tiene lugar lo que tiene lugar frente a lo que simplemente pasa— el único modo de incorporar la verdad —de hacerla cuerpo— es por medio de imágenes que la expresan a la vez que la falsean: como si Dios fuese un ente espectral. Pues las imágenes son el lenguaje del cuerpo, por así decirlo. Job no se equivocó, por tanto, al atribuir a Dios su infortunio. Aunque nos lo parezca (y nos lo parecerá mientras sigamos ignorando de qué —o mejor dicho, de quién— hablamos cuando hablamos de Dios).
indivisible
abril 27, 2023 § 7 comentarios
Hay lo indivisible. Debe haberlo por lógica. Y es que, lógicamente, tiene que haber un final, un algo que no admita división… algo que será, en realidad, el principio. Toda división es un retroceder hacia el origen.
Sin embargo, este algo carece de entidad. No es un algo en concreto, ni puede serlo. Pues una cosa última nunca será una cosa. En tanto que necesariamente se sitúa en una coordenada espacio-temporal, todo es divisible. Hablamos, por tanto, de lo que es sin más —de un puro haber, de un haber sin atributos. Ahora bien, esto equivale a decir que lo indivisible —el origen— no es nada en particular. O que es no siendo nada. Y porque la nada es una y sin contorno, la multiplicidad de lo particular —las cosas que hay— es el resultado de la negación de la nada, una negación que, por decirlo de algún modo, habita en el seno de la nada… y por la que deviene, precisamente, nada. Y es que nada es que no sea en relación con lo otro de sí. Así, comprender la nada supone comprender que la nada y la voluntad de que haya mundo son dos caras de lo mismo. De ahí la idea de una creatio ex nihilo. Y de ahí también que experimentemos la nada, de padecer su silencio y oscuridad sin resquicio, como la desproporción que sostiene el mundo.
Ockham y el panteísmo
abril 26, 2023 § 5 comentarios
Al panteísmo quizá le iría bien un corte de pelo ockhamiano: le sobra la palabra Dios. Donde decir Dios equivale a decir el todo, ¿por qué no quedarse únicamente con el todo? ¿Acaso no sería como decir que el lugar de Dios lo ocupa, precisamente, la totalidad? Algo parecido podríamos decir de lo que defienden las diferentes espiritualidades aconfesionales, tan de moda actualmente, a saber: que Dios es el fondo nutricio del cosmos, la energía que produce buenas vibraciones, el océano en el que terminaremos disolviéndonos… Donde Dios deviene el nombre de otra cosa, entonces no hablamos de Dios… sino de otra cosa. El nombre de Dios no funciona como la abreviatura de una descripción definida. La cuestión de Dios no es, por tanto, la cuestión acerca del referente del concepto Dios. Así, no se trata de responder a la pregunta acerca de a qué se refiere la idea de lo omnipotente o supremo, pongamos por caso. Pues con respecto a Dios no hay un algo que pueda valer como Dios. Acaso como dios, pero no como Dios en verdad.
En este sentido, el hallazgo bíblico consiste en un haber caído en la cuenta de que el nombre de Dios es un nombre cuyo referente está, precisamente, en el aire (y cristianamente, lo estuvo hasta el Gólgota, aunque no antes del tercer día). De ahí que, bíblicamente, Dios esté más allá del todo —más allá de la creación. Sin embargo, no lo está a la manera de un ente creador. Dios no crea el mundo como lo podría crear un demiurgo espectral. Dios crea retirándose —en última instancia, retrocediendo a una pasado anterior a los tiempos. El retroceso de Dios es de Dios solo en tanto que es Dios… aun cuando este retroceso sea hacia el porvenir del hombre (y por eso, Dios se le revela a Abraham como promesa de Dios). Así, no es que, en primer lugar, haya Dios y luego decida retirase. Dios coincide su decisión.
Es por eso que Dios es el absolutamente otro que, como tal, no puede presentarse —no puede reducirse a concepto. Y es que de reducirse a concepto —de encajarlo en los esquemas de nuestra receptividad— se perdería por el camino, precisamente, la alteridad de Dios. La presencia de Dios es, para quien soporta su trascendencia, la de un Dios en falta o por venir. El más allá de Dios —un más allá temporal— es el envés del mundo. Pues el haber de las cosas —la luz— presupone la retirada del puro haber de Dios —de la oscuridad y silencio más impenetrables. Un retroceso que deja como aliento la voluntad de que algo sea, en definitiva, la voluntad de bien. La voluntad de Dios —su espíritu, su aliento, su resto— atraviesa la creación.
De ahí que, por el nombre de Dios, el todo no sea áun el todo. Porque Dios desaparece hasta el punto de rozar la nada —porque Dios es el que es— la nada abraza el mundo como su más íntima posibilidad. Y esto es lo mismo que decir, la posibilidad de la aniquilación. Ciertamente, la esperanza creyente es que la voluntad de Dios —la voluntad de bien— prevalezca sobre la impiedad del mundo —sobre la negación de Dios. Pero que se realice no dependerá solo de Dios. Aunque tampoco solo del hombre.
bisturí
abril 25, 2023 § 2 comentarios
Una cosa es suponer, incluso sentir, que hay Dios o que Jesús es divino. Y otra confesar que el crucificado es el Señor. En el primer caso, no nos movemos de donde estábamos, salvo superficialmente. En el segundo, nos encontramos en manos de. Y no lograremos situarnos en la posición del dependiente por nuestra cuenta y riesgo. Es cierto que no hay religión sin un sentido de la dependencia. Sin embargo, lo curioso del cristianismo —por no decir, lo desconcertante— es que la dependencia no se da con respecto a lo que entendemos espontáneamente como superior, sino con quienes despreciamos por apestados. Que esto no nos parezca inaceptable acaso tenga que ver con que la dependencia se haya transformado en limosna. O en solidaridad. Puede que el cristianismo muera como muere toda verdad, a saber, una vez se convierte en un lugar común.
creer y caer
abril 24, 2023 § 2 comentarios
Como sucede con la muerte, una cosa es decir que hay Dios —incluso sentirlo— y otra caer en la cuenta de que lo hay (aunque, ciertamente, no como nos lo imaginamos). Y, cristianamente, uno solo cae en la cuenta de que hay Dios ante un resucitado tras el tercer día. De ahí que mientras no se caiga en la cuenta —y tratándose de la resurrección va a resultar complicado— sea necesario, por aquello de dar razón de la esperanza, un discurso que, cuando menos, proporcione una legitimidad epistemológica a la fe cristiana. Y aquí no basta con apelar al sentimiento de que hay Dios. En este sentido, los antiguos padres se dedicaron a la apologética. Hoy parece que no podamos hacerlo sin rubor.
luz y lucidez
abril 23, 2023 § Deja un comentario
La lucidez no viene de la luz, sino de la negación de la luz —de la sospecha antes que de la admiración. Lucifer, como sabemos, fue un ángel caído. Pues quiso hacerse luz. Esto es, no depender de ella, en definitiva, del don. Sin embargo, es posible que Lucifer fuese también un ángel necesario. Al menos porque no hay don en el Edén. La gracia, únicamente para el arrancado. Quizá no sea causal que, en el relato de Job, el que siempre niega estuviera junto a Dios. Y es que la luz solo ilumina donde hay oscuridad.
nietzscheanas 61
abril 22, 2023 § 2 comentarios
Estar por encima del Bien y el Mal significa estar por encima del juicio del Padre: nadie te dice quién eres… y no te importa. Pues no estás sujeto a la necesidad de saberlo —de responder a la pregunta sobre tu cotización. Eres un inocente —una bestia. No tienes vergüenza. Por tanto, tampoco envidia, rencor u odio hacia el superior.
Para el resto, el espectro de Dios. O en su defecto, el espejo. Pues el espejo es, para quien se imagina no depender de nadie, lo que sustituye a la figura paterna. Dime quién es la más bella. Sin embargo, el espejo nunca miente: la más bella siempre será otra. Este fallo es, precisamente, lo que, como mujeres y hombres, no podemos aceptar: queremos decidir por nosotros mismos lo que valemos. Ahora bien, esto no es posible donde la conciencia de sí arraiga en la vergüenza de sí. Una vez Adán le dio la espalda a Dios —una vez se convirtió en un sujeto— quedó sometido al juicio del Padre, sujeto a su dictamen. Ciertamente, el creyó que lo había dejado atrás. Pero solo tenía que haberse preguntado qué ídolo puso en su lugar —sobre qué reposaba su esperanza— para caer en la cuenta de su ilusión.
Según Nietzsche, el único modo de liberarse del Padre —de admitir su muerte hasta el final— es bailando: que nada te importe porque nada importa. Dioniso en vez del Crucificado. O mejor dicho: Dioniso porque Dios acabó colgando de una cruz. Pero ningún hombre o mujer puede decidir por sí mismo ponerse a bailar. La superación no es un nuevo horizonte moral. O naces del lado de Dioniso o sigues dependiendo del dictamen de un fantasma.
Sin embargo, cabe otra liberación: la que llevó a cabo Israel —aquella que consiste en posponer el juicio de Dios sine die. Y esto equivale a decir permaneciendo fiel a una vocación (y quien dice vocación dice invocación). Tú no importas: importa alcanzar lo que, sin embargo, jamás alcanzarás. Importa la obra. El centro está fuera de ti. Aquí el Padre no es quien te dice lo que vales —a lo sumo, lo que valdrás—, sino quien te arroja fuera de ti mismo en la dirección de la obra. Del juicio ya hablaremos, dice Yavhé. En nombre de un Dios que anda rozando la nada —un Dios sin presente, que no aparece como dios— esto es lo que hay que hacer: dar de beber al sediento o penetrar en el secreto de las Escrituras. En ambos casos, una tarea imposible (y es por ello que toda obra permanecerá inconclusa). Hay, ciertamente, variantes seculares: escribir el verso que nos obligue a callar —que no admita ninguna glosa—; o lograr la interpretación definitiva de las suites de Bach. Pero, sea como sea, lo cierto es que nadie sabe lo que quiere mientras no sepa cuál es la misión que le ha encomendado su Padre. De ahí que lo decisivo sea saber quién es nuestro verdadero Padre. Pues, de equivocarnos, probablemente vivamos en vano. Como reos de lo impersonal.
Aneto
abril 21, 2023 § Deja un comentario
Una experiencia fundamental no llega a ser, precisamente, fundamental mientras no nos adhiramos a ella. Esto es, hasta que no respondemos con un fiat incondicional a la conmoción que dicha experiencia supone —al hecho de que nos desplace fuera del hogar. Pues, al fin y al cabo, no hay experiencia fundamental que no vaya de la mano de la aparición, de la interrupción de la continuidad del tiempo, aquella que nivela cuanto toca. De no haber fiat, fácilmente nos convertimos en espectadores de nosotros mismos (y por extensión, en reos de lo impersonal, de lo que se dice o se hace). Y de ahí a decirnos que no fue para tanto —o incluso a tachar dicha experiencia de delirio— media un paso.
aparición y oscuridad
abril 21, 2023 § 3 comentarios
¿Por qué la aparición suprime la ambivalencia de cuanto nos traemos entre manos —el que haya en lo mismo una de cal y otra de arena? ¿Por qué ante la aparición, y a diferencia de su simulacro, el fantasma, no sentimos la necesidad de decir de qué se trata —de sospesar o juzgar? Quizá porque, en la aparición, la alteridad se hace presente desnudamente, esto es, sin que quepa un saber. Y no cabe ningún saber —ningún atributo— porque nos hallamos por entero sometidos a la aparición. Tan solo la aparición nos puede —tan solo ella nos pone de rodillas. La aparición siempre aparece en la oscuridad. De ahí que no haya imagen de la aparición.
Por defecto, percibimos la imagen desde la distancia del observador. Así, la aparición que posee una imagen, en tanto que se mantiene a distancia, fácilmente termina siendo, tras el efecto sorpresa, el objeto de un posible dominio. Una imagen siempre es un espectáculo. Pero Dios —el que, en definitiva, aparece en una genuina aparición— no da espectáculos. Dios es invisible. No circunstancialmente invisible. El nombre de Dios no apunta a un algo que permanezca fuera de nuestra capacidad de visión. Dios en verdad anda rozando la nada. De la alteridad como tal, nunca hubo una imagen. Y nunca la hubo porque no puede haberla. En lugar de la imagen, el toque o la voz.
No es anecdótico que, en la Biblia, la aparición de Dios vaya con el temor de Dios. Pues para hacernos una idea de lo que estamos hablando basta con suponer que, en medio de la oscuridad y el silencio, alguien nos tocara u oyéramos su voz. Inevitablemente, experimentaríamos un estremecimiento —el que sienten los inválidos cuando, precisamente, caen en la cuenta de su invalidez. La oscuridad y el silencio —o su trasunto, las simas de este mundo— nos igualan, situándonos a todos en la misma posición de salida. De ver una luz, veríamos, y también de manera inevitable, una hacia dónde, una solución, un motivo para prescindir de Dios. Pero, por eso mismo, aún no habríamos experimentado ninguna alteridad.
Ante Dios, la reacción será en cualquier caso un aquí estoy; qué quieres de mí. A pesar del estremecimiento inicial, la respuesta al toque de Dios es nuestra última oportunidad. Y esto porque el que nos invoca o toca no es Dios, sino quien ocupa su lugar, al fin y al cabo, aquellos que se revelan como el envés del aún-nadie de Dios: los desamparados, los huérfanos, los que experimentaron la oscuridad y el silencio antes que nosotros. La oscuridad y el silencio son el non plus ultra de una existencia que confía solo en su posibilidad. Bíblicamente, la obediencia al mandato de los que sobran siempre fue de la mano de la libertad. Pues acaso no haya otra libertad que la de quien se libera del hogar en nombre del que aún no es nadie sin nuestra respuesta.
de las apariciones
abril 20, 2023 § Deja un comentario
En las apariciones, quizá sucediera lo que sucede en algunos sueños, a saber, que tu padre, que ya murió, se te hace presente en la forma de. Durante el sueño hablas, pongamos por caso, con un ciervo. Pero estás convencido de que estás hablando con tu padre. Así, estaríamos ante una variante del síndrome de Capgras.
¿Podríamos decir que las apariciones fueron algo así como un transtorno psicológico? De haberlas habido, esto es, de no ser tan solo relatos que legitimaron la autoridad de los líderes de las primeras comunidades, acaso no podamos decir otra cosa, desde nuestra óptica moderna. Pero durante la Antigüedad, que los muertos se apareciesen fue una posibilidad del mundo. Como lo fue —y lo sigue siendo— el estallido de un volcán o que un estrella se convierta en una enana blanca. Las apariciones son, para nosotros, un delirio —y no pueden dejar de serlo. En cambio, para los testigos de la resurrección fue un dato de la experiencia. Pues no hay visión que no posea, por mínima que sea, una carga teórica —que no incluya un cierto saber. Por consiguiente, puede que, en la base, hubiese un delirio. Pero para aquellos a quienes se les apareció el crucificado no fue tan solo un delirio, sino acaso la condición de la revelación. En este sentido, su transtorno mental, aunque fuese transitorio, sería como la llave que les permitió cruzar la puerta. La locura como únicamente locura es, de hecho, un invento reciente.
Marcel
abril 19, 2023 § 1 comentario
Marcel Gauchet, como es sabido, considera el cristianismo como la religión de la salida de la religión. Y algo de esto hay (o más bien, mucho). Pero la paradoja tampoco se entiende si nos quedamos solo con lo de la salida de la religión. Pues el cristianismo es también la religión de. La cuestión en el fondo es cómo el cristianismo sigue siendo, de algún modo, una religión. Y esto es lo mismo que preguntarse cómo comprender el poder de Dios —pues sin el poder de Dios no hay religión que valga— donde Dios es el Dios que quiso depender del hombre que depende de Dios.
la encarnación en un par de brochazos
abril 18, 2023 § 1 comentario
¿Cómo entender que Dios se hiciera hombre… sin dejar de ser Dios? Si partimos de sus respectivas naturalezas esto es, sencillamente, incomprensible. Pues es como si uno de los nuestros se convirtiese en lombriz conservando, sin embargo, su humanidad. El único modo de que un dios pasara a la condición de lo humano sin perder un ápice de divinidad es que ese paso solo fuese aparente. Esto es, que tan solo adoptara nuestro aspecto. Pero no es esto lo que proclama el cristianismo. De hecho, esta manera de ver el asunto fue tachada desde un principio —o casi— de herética. Y no por intolerancia, sino por faltar a la revelación. Pues lo que se reveló en el Gólgota es que Dios —estrictamente, el Padre— se identificó con aquel que colgó de un poste en su nombre. Y si se identificó es porque aún no era nadie al margen de la fidelidad del hombre de Dios, sino la voluntad de ser, precisamente, alguien (y alguien de carne y hueso).
La dogmática cristológica deviene ininteligible donde no partimos de ahí. Según el cristianismo, Dios es la relación entre Padre e Hijo. Y no terminaremos de comprender que sea esta relación donde partimos religiosamente de un Dios-ya-hecho. No hay (aún) Padre sin Hijo, ni Hijo sin (fidelidad a ese) Padre. De ahí que, cristianamente, acaso reguemos fuera de tiesto donde nos seguimos dirigiendo a Dios como si no hubiese habido encarnación. Esto es, como si Dios en verdad no tuviese cuerpo.
omnisciente
abril 17, 2023 § 2 comentarios
¿Un Dios omnisciente y omnipotente? No, gracias. Pues no sería Dios, sino en cualquier caso un ente superior —o inconmensurablemente superior, si se prefiere—, en definitiva, un dios-espectador que procedería ex machina. Un dios-espectador es un Dios sin alteridad. Y nada existe —o mejor dicho, nadie— que no se encuentre expuesto al exceso de la alteridad. Podría ser que, efectivamente, hubiera un ente superior. Ahora bien, sin alteridad —y aquí hay que tener presente que Adán es el otro-de-sí de Dios— ese dios simplemente sería, pero no existiría. Como las focas, aunque en un plano espectral. En este sentido, hay más omnipotencia en el Dios que renuncia a la omnipotencia con la intención de llegar a la existencia —y una existencia corporal— que en el ente que, desde las gradas, no ve más que hormigas.
nietzscheanas 60
abril 16, 2023 § 1 comentario
¿Qué significa nihilismo? Sencillamente, que de la vida no cabe esperer nada nuevo —nada extraordinario, ninguna aparición. En cualquier caso, su farsa: la novedad, la noticia, el oropel. Ahora bien, donde no cabe nada extraordinario —nada que no pueda terminar encajado en el suceder de los días— la existencia deja de hallarse sub iudice. Ya no es posible distinguir, salvo espuriamente, entre lo condenado y lo salvado —entre lo que vale y lo que no. Pero esto equivale a decir que la vida se queda sin lenguaje. En su lugar, la retórica. Tras la muerte de Dios, ya no habrá más voces, sino trazos que remiten a otros trazos. En vez de Agustín, Derrida.
No es casual que Nietzsche escribiera aquello de que no nos libraremos de Dios hasta que no nos libremos de la gramática (y acaso esta sea una de sus sentencias más profundas). Y quien dice Dios, dice el Bien. Juicio y lenguaje van a la par. Decir es juzgar. Al menos, porque necesitamos decirnos que el abrazo de una madre, pongamos por caso, traduce el amor hacia el hijo, lo que, en principio, debería ser. Y necesitamos decírnoslo —tenemos que opinar— porque no podemos soportar la indecisión del mundo. La opinión proporciona una falsa claridad en tanto que no le da ninguna oportunidad a lo que también podría ser dicho. Ciertamente, al opinar sopesamos… dando por sentado que acertamos con la medida. Pero la balanza nunca permanece en equilibrio: lo que en un momento se nos muestra como amor, en otro se nos mostrará como su contrario. En el mundo, todo es indecisión, ambivalencia, oscilación. En el abrazo de una madre también hay amor hacia el vínculo con el hijo, unas dosis de egoísmo que no debieran estar ahí. En cuanto que nos traemos entre manos, no hay plata sin ganga.
Así, nos vemos obligados a juzgar, a picar como mineros. No obstante, la plata que obtendremos es solo brillo —únicamente doxa. Y no es lo mismo el brillo que la luz. En este mundo, el no es siempre el envés del sí, el polvo que es barrido bajo la alfombra cuando nos decimos que en el abrazo de una madre hay tan solo amor. Pero al igual que cuando creemos estar convencidos que dicho abrazo no es más que amor hacia el vínculo con el hijo (y aquí el polvo sería el más que). Todo decir es un hágase —un así sea, un amén. Sin embargo, nada de lo que decimos que es acaba de ser —nada termina de hacerse. Ciertamente, el lenguaje apunta por defecto a lo absoluto o sin tara. De hecho, este es su prejuicio fundamental. Pero, porque tan solo apunta, el lenguaje se convierte en un fraude cuando nos tomamos demasiado en serio el presente, la cópula, el es del esto es así—cuando nos apropiamos del hágase por el que hubo creación (y aquí conviene tener presente que la nada es el fondo, siempre latente, de lo creado). En definitiva, el lenguaje deviene una estafa cuando juzgamos antes de tiempo.
Puede que no sea secundario que en la Biblia la palabra arraigue en la promesa de Dios. La sospecha sobre el presente fue antes bíblica que nietzscheana. Para Israel, no hay propiamente lo que es. La realidad no subyace a las apariencias. En vez de lo profundo, un porvenir —en vez del es, un será. Una confianza insensata ocupa el lugar del saber: Dios dirá. Mientras tanto, el aún no es. El juicio —la palabra— solo pertenece a Dios. Sin embargo, Dios en-sí es el Dios que guarda (el) silencio. Aun cuando se trate de un silencio elocuente, el que se expresa, precisamente, en el puro haber o ab-soluto. El silencio de Dios abraza el mundo. Babel —la confusión de lenguas, la cháchara— fue el resultado de una apropiación indebida.
De ahí que Nietzsche quizá errara en las fechas. La des-aparición de Dios —en bíblico, su retroceso o paso atrás hacia un futuro imposible— sucedió, no en nuestros tiempos, sino una vez Adán quiso darle la espalda, en definitiva, dejar de ser un animal para ocupar el lugar de Dios. A partir de ese instante, el ídolo, la imagen, la representación sustituirán al otro en cuanto tal —el haber del mundo al puro haber. No hay mundo para el animal. A lo sumo, un estar en el haber. Las bestias no existen: son. La culpa —la enajenación— es el dorso de la existencia. La des-aparición de Dios —su muerte— van con el existir. Pues existir es vivir como arrancados. De algún modo, con el advenimiento de nuestros tiempos lo que perdimos de vista fue el asunto Dios. Sencillamente, ya no interesa. Sin embargo, este pasar del asunto no salió gratis. ¿El precio? Que la cópula deviniese una ficción (y el hablante que carece de ironía, un prestigitador que ignora su truco).
Nihilismo significa, por tanto, que gana lo ordinario, la eterna repetición del gris, de los medios tonos, de la ambivalencia. Si no lo vemos es porque la ilusión —el espejismo, el señuelo— nos impide verlo. Pero, como sabemos, la desilusión es el destino de la ilusión. El único modo de superar el nihilismo —de no quedar sepultado por la nada— es, según Nietzsche, bailando, sea sobre un campo de amapolas o sobre las fosas comunes de la historia. Nihilismo significa, por tanto, que no habrá reparación para las víctimas del pasado. La bendición no triunfará sobre la maldición. El ángel de la historia no vuelve su vista atrás con espanto. A lo sumo, se encoge de hombros.
A Nietzsche no puede negársele la lucidez. Por eso, difícilmente terminaremos de percibir el alcance de la fe bíblica de no tener en cuenta que bebe de esa misma perspicacia. Pues no hubo profeta que no fuese consciente de que una existencia alejada de Dios se asienta sobre la falsedad —ningún profeta que no temiese a Dios y, en consecuencia, la posibilidad de la aniquilación. Es verdad que en el profetismo hay mucha acusación. Así, hay desgracia porque no hacemos lo debido —porque no vivimos como hermanos. Pero, en el fondo, un profeta no podía ignorar que somos incapaces por nuestra cuenta y riesgo de cumplir con la voluntad de Dios. En realidad, lo extraordinario —la aparición que suprime la ambivalencia— bíblicamente siempre se ofrece como un increíble porvenir. Y ello en nombre de una vida dada, precisamente, como excepción —como gracia. Tertium non datur: o bien, nos ponemos a bailar; o bien, esperamos lo que en modo alguno puede reducirse a un ideal en el que quepa creer desde nuestro lado. El resto es trampantojo.
Dios y la nada
abril 15, 2023 § 2 comentarios
Dios es, por definición, eso que nos puede por entero. No es posible pensar a Dios —como tampoco experimentarlo— sin plantear la cuestión el verdadero poder. Dios pasó a ser irrelevante una vez dejamos de sentir temor de Dios, en el sentido bíblico de la expresión (y no porque no hubiera nada que temer). Y aquí hay que tener en cuenta que no hablamos del miedo. Si lo hemos olvidado es porque hicimos de Dios una variante del amigo invisible de la infancia… lo cual, dicho sea de paso, nos convierte en idiotas, esto es, en aquellos que no se enfrentan a ninguna alteridad. Ante Dios —ante su poder—, no cabe otra posibilidad que la que Dios quiera.
Por tanto, si Dios nos puede, entonces lo divino en sí mismo está más cerca de un poder anónimo —del poder de la muerte o la aniquilación, al fin y al cabo, de la nada— que de cuanto cabe imaginar, precisamente, como divino. Pues imaginar a Dios inevitablemente supone imaginar que Dios está de nuestro lado (o que cabe ponerlo a nuestro favor). Que creamos que Dios decide nuestra suerte —nuestra condena o salvación—; en definitiva, que creamos que Dios se interesa de algún modo por nosotros constituye una derivación de la experiencia más elemental —más abismal— de lo divino. Y es que, como decíamos, quien imagina a Dios lo reduce a su medida. Nadie fantasea con un Dios terrible. De hecho, no hay necesidad: lo llevamos en lo más profundo de nuestra psique. Y porque modernamente Dios quedó sepultado en nuestro inconsciente, podemos deambular por el mundo como si no hubiera Dios.
Sin embargo, si cabe creer que Dios quiere que el hombre viva es porque hubo creación, porque esta voluntad precede a la nada. O por decirlo de otro modo, porque la nada de Dios retrocedió para que fuera posible el mundo y, en definitiva, la humanidad; en última instancia, porque Adán nace por la negación de Dios, en el doble sentido de la preposición. Ahora bien, esto equivale a que decir porque Dios es su renuncia a ejercer como Dios, su voluntad de salir de sí mismo hacia lo otro de sí, hacia aquel que, como la alteridad de Dios, tendrá que negarlo en un primer momento. De ahí que si Dios es un Dios presente como alguien —si Dios tiene un rostro, el rostro que vence, al trascendenrlo, el poder anónimo de la nada— es porque hubo quien confió en su misericordia donde no era posible confiar. Aunque muriese como un apestado de Dios, colgando de una cruz. O por eso mismo.
explicación y milagro
abril 14, 2023 § 1 comentario
Imaginemos que llegáramos a explicar la vida —que fuéramos capaces de reproducirla a partir de lo inorgánico. En ese caso, ¿dejaría de ser un milagro? No me atrevería a decirlo. Al menos, porque el milagro —la excepción— no es el hecho extraordinario, sino lo que provoca nuestro asombro o, si se prefiere, perplejidad. Un hecho extraordinario es, por defecto, un hecho aún por explicar. Por contra, el milagro permanece inexplicable. Y no, por falta de recursos, sino porque, como tal, no admite la explicación. Ahora bien, si no la admite es porque el horizonte del asombro es la nada. Bajo su continua amenaza, todo es don. Ahora bien, ningún espectador se expone a la imposible posibilidad de la nada (y digo imposible porque la nada no es una posibilidad del mundo; pues hay mundo porque la nada es no siendo aún). Tan solo se encuentran expuestos a la nada aquellos que forman parte de la escena. Quien se sitúa en el anfiteatro únicamente observará hormigas que dicen enfrentarse a ella.
cultura e inteligibilidad
abril 14, 2023 § 2 comentarios
El otro día, en una entrevista radiofónica, me preguntaron, y a propósito de un fragmento de Anatomía del cristianismo, qué significaba decir que el hombre no puede soportar demasiada realidad . Quien me entrevistaba dio a entender que la frase era confusa, a la vez que expresaba —o eso me pareció— un cierta displicencia. De hecho, se trata de un cita implícita de un verso de Eliot (de sus Four Quartets)… una cita que no pasa desapercibida para los que poseen una mínima cultura (o para aquellos que hayan vivido lo suficiente). El problema de nuestros tiempos —o uno de ellos— es que nos hemos vuelto incapaces de comprender los textos que van más allá de la crónica deportiva o los ecos de sociedad. Esto es, incapaces de comprender a los clásicos (y por extensión a nosotros mismos). El problema, sin embargo, se acentúa cuando nos atrevemos a despreciar lo que no acaba de encajar en el estrecho campo de visión de nuestras orejeras. Es lo que tiene confundir la realidad con el supermarket. O el de creer, como eternos adolescentes, que todo gira a nuestro alrededor —que ya hemos llegado cuando apenas hemos salido del puerto. Quizá sea inevitable. En cualquier caso, leer honestamente supone preguntarle al autor qué has visto tú que nosotros aún no. Pues un autor —y a diferencia de quien únicamente escribe libros— es, en definitiva, aquel que nos autorizará a hablar. Y hoy estamos lejos de aceptarlo.
El síntoma es que Eliot se haya vuelto un autor difícil —y por eso mismo, menospreciable. Ciertamente, lo es. Pero no porque lo que dice sea críptico, aunque en un primer momento nos lo pueda parecer —de hecho, no se lo parecerá a quien sepa ver en sus versos las innumerables citas implícitas que contienen—, sino porque difícilmente admitiremos lo que quiso transmitirnos. Lo dicho: no podemos soportar demasiada realidad. Ningún autor escribe libros para decir obviedades.
Es cierto que los mass media —los tiempos de una entrevista— solo admiten lo que pueda entender cualquiera sin esfuerzo. Pero al igual que es cierto que lo que pueda entender cualquiera sin esfuerzo es, por lo común, irrelevante. Decía Ortega que la claridad es la cortesía del filósofo. Y esto es, de algún modo, así. Sin embargo, podríamos perfectamente añadir que la claridad es la excusa de quienes no tienen nada que decir (y esta es una cita de Bertrand Russell). Entre la cortesía y el no querer excusarse anda la cosa.
nihil obstat
abril 13, 2023 § 3 comentarios
¿Nihilismo? Fácil: ninguna esperanza para las víctimas de la historia. No habrá justicia final. Ni siquiera aunque se ofrezca como el perdón que nos obliga a arrodillarnos. La existencia nunca estuvo imputada. Nihil obstat. Para superar la nada es suficiente con bailar. Si es que no andas de rodillas.