spectrum
noviembre 10, 2020 § Deja un comentario
Tan solo el espectro es real. Al menos, porque únicamente se nos revela lo que en realidad fueron quienes estuvieron junto a nosotros, una vez desaparecen. Tan solo queda su espíritu —su huella, su cráter. Esto es, lo que ellos encarnaron. En el mientras tanto prevalece el trato, la negociación más o menos amable. Como si el tiempo de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa— no fuera el del presente, sino el de un pasado irredimible. (Y esto no deja de ser muy cristiano, por decirlo así. Pues para el cristianismo, no hay otro espíritu que el de la carne.)
de lo que es y lo que parece
noviembre 9, 2020 § Deja un comentario
Que la vida se imponga como un sinsentido o una bendición dependerá de lo que nos lo parezca. Esto es, de cuál sea nuestro sentimiento de base (y un sentimiento no es independiente de su circunstancia). ¿Una cuestión de carácter —de psicología? Quizá. Al menos, en lo que respecta a las apariencias. Sin embargo, siempre cabe preguntarse si la vida es un sinsentido o una bendición… al margen de lo que nos parezca. Y para ello solo contamos con el recurso de la razón. Al menos, porque solo distanciándonos de lo que damos por incuestionable, cabe llegar a la conclusión de que el mundo es lo que es porque lo real, en su carácter otro o absoluto, retrocede donde se hace presente a una sensibilidad. De ahí que don y maldición sean las dos caras de una misma realidad, la que se halla, precisamente, fuera de campo. Y de ahí también que todo esté por decidir. La estupidez acaso consista en creer que tenemos la última palabra porque el sentimiento que la sustenta —o mejor, que aparentemente la sustenta— resulta embriagador.
sustitución
noviembre 8, 2020 § Deja un comentario

Tan solo hay que imaginar que tú eres ese hombre y que la niña que lleva en sus brazos es tu hija para situarse en el lugar donde el hablar acerca de Dios —o, mejor dicho, el habla de Dios— recupera su sentido más originario. Y quien dice sentido, dice vértigo.
incoherencia sentimental
noviembre 6, 2020 § Deja un comentario
Muchos creyentes, diría, viven su fe de manera un tanto esquizoide. Por un lado, sienten hallarse bajo una bendición de fondo. Por otro, también son conscientes de que la Creación está quebrada. Hay algo en el mundo —y algo atávico— que se decanta por el No. Ciertamente, aquí podríamos zanjar el asunto diciendo que la naturaleza es ambigua. Como si la bendición y la maldición fuera las dos caras de lo mismo. Pero el creyente, con razón, se resiste al maniqueísmo. Pues su convicción es que lo primero fue el Sí. Sin embargo, difícilmente llega a integrar el Sí y el No. Más bien los sitúa en compartimentos estancos. Así, hay momentos en los que siente hallarse bajo el amparo de Dios y momentos en los que no siente dicho amparo, momentos en los que le alcanza el dolor del mundo. Ahora bien, al vivirlo de este modo, ese dolor viene a darse como el inconveniente de una mosca cojonera. En modo alguno, como el que pone a Dios —y de paso, al hombre— contra las cuerdas. Por eso, es raro que quien permanece en la seguridad religiosa termine en la perplejidad de Job, ese punto de partida.
buenos días
noviembre 5, 2020 § Deja un comentario
Decía Levinas que el rutinario buenos días, antes que una costumbre, expresa una disponibilidad de fondo para con el otro: te deseo la paz. Es esta disponibilidad la que nos permite salir del peso de un puro —y anónimo— il-y-a. Y esto probablemente sea así. Con todo, resulta inevitable hacer de la revelación un hábito. Al fin y al cabo, no podemos permanecer demasiado tiempo en lo verdadero —en lo que tiene lugar y no simplemente sucede. De ahí que una de las acepciones de la palabra religión sea relegere. Pues vivir acaso pase por recuperar —volver a leer— lo que nos fue dado y no supimos conservar.
reset
noviembre 1, 2020 § Deja un comentario
El cristianismo y la religión comparten un mismo horizonte, el de la restauración de lo que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. La diferencia pasa porque la palabra Dios no significa lo mismo en ambos casos. En el de la religión, Dios —o si se prefiere, lo divino— se da por descontado a la manera de aquel —o aquello— que se encuentra oculto en otra dimensión. Hay indicios, señales (aunque no necesariamente milagros). Para el cristianismo, en cambio, Dios —estrictamente, el Padre— es la voz de aquel que no es nadie sin el cuerpo al que se dirige o invoca. Mejor dicho, sin su entrega incondicional. De ahí que la invisibilidad del Padre sea eterna. Del Padre tan solo veremos el rostro de aquel con quien se identifica (y cristianamente ya sabemos que ese rostro es el de alguien que murió como un apestado de Dios en nombre de Dios). Por eso, el cristianismo no puede prescindir de la dógmática cristológica sin falsificarse a sí mismo.
poderes
octubre 30, 2020 § Deja un comentario
Lo divino es, por defecto, lo que nos puede absolutamente. La cuestión es qué nos puede en realidad. En principio, los poderes físicos, palpables: un tsunami, la supercélula, un volcán. No es casual que inicialmente el fenómeno extraordinario fuera visto como la manifestación de un dios. El hallazgo de Israel, en cambio, consistió en situarse ante un solo exceso: el del clamor de los sobrantes. El primer poder exige sumisión o trato. El segundo, una respuesta. No es lo mismo. A pesar del aire de familia.
todo es gracia
octubre 29, 2020 § Deja un comentario
Si todo es gracia —si lo primero fue lo dado—, entonces la posición básica del creyente es la de la gratitud. No obstante, el mundo oculta ese Sí de fondo con mucho ruido y más furia. Algo —y algo fundamental— se quebró in illo tempore. De ahí que la conciencia religiosa busque la reparación del mundo, la restauración de lo que fue sepultado a un pasado anterior a los tiempos. Y puede que cualquier conciencia. Aunque la mayoría erremos el tiro.
lux
octubre 27, 2020 § Deja un comentario
La lucidez se opone a la ingenuidad como la luz a la tiniebla. En este sentido, la ingenuidad es dependencia, esclavitud, al fin y al cabo, un permanecer sometidos a lo impersonal —a lo que se dice, se hace, se nos exige… Ahora bien, esto significa, si tenemos en cuenta la tensión dialéctica que media entre los opuestos, que la ingenuidad, más que lo contrario de la lucidez, es su horizonte —aquello a lo que la lucidez tiende—. O mejor, aquello que el lúcido intenta recuperar. Como dijera Kierkegaard, de lo que se trata es de alcanzar una segunda infancia. Pues no hay camino existencial que no sea un camino de vuelta.
maitines
octubre 26, 2020 § Deja un comentario
Te diriges a Dios. Pero siendo invisible ¿no te has preguntado nunca si te escucha? ¿Acaso no habrás convertido a Dios en una variante del amigo invisible de la infancia? Quizá sea cierto que todo lo de Dios comienza donde ya no es posible seguir creyendo espontáneamente en un dios.
diluvio
octubre 25, 2020 § Deja un comentario
El mundo enmascara una fraternidad primera, original. Por defecto, llevamos puesta esa coraza que impide que aparezca nuestra fragilidad. Como si no fuéramos el indigente que somos. Y así nos pasamos la vida intercambiando cromos: te ofrezco seguridad a cambio de belleza; o simpatía por inteligencia; o trabajo por dinero, etc. La lógica del mundo es la del negocio. Así, hacemos lo que hacemos conforme al propio interés. De ahí que el horizonte de la religión sea el del regreso, el de la restauración del Edén. También este es el horizonte de la fiesta —el del carnaval—. O el de quienes se juntan para fumarse unos porros. En ambos casos, caen, puntualmente, los muros. Como si no existiera la distancia. Pero nunca hubo encuentro en la fusión. Por eso cabe entender el nihilismo como una réplica a la pretensión religiosa. El nihilista no cree que haya un futuro —una restauración—. De ahí que opte por la destrucción del monstruo en el que nos hemos convertido. Pues mundo significa que el niño muere. Casi podríamos decir que el nihilismo es la secularización de la ira de Dios. Y es que el nihilista no deja de ser un nostálgico del diluvio universal.
la vertical
octubre 23, 2020 § Deja un comentario
La experiencia, a diferencia del chute de sensaciones, es vertical. O lo que es lo mismo, interrupción. Cuando, por ejemplo, los amantes se miran a los ojos. En ese instante, se encuentran fuera del mundo. El resto es simplemente inercia o reacción —trato o comercio—. Sin embargo, no podemos permanecer en la vertical. De hecho, esta es la raíz de la actitud religiosa. Pues la pregunta de la religión es cómo volver a lo que tuvo en verdad lugar y no simplemente sucedió. Al fin y cabo seguimos, como los primeros humanos, intentando conservar el fuego que vino de las alturas. Aunque ahora ignoremos cuáles son.
el vértigo
octubre 22, 2020 § 10 comentarios
¿Dios? No sé… De momento, hay hermanos que se están muriendo de hambre o que permanecen colgados de las alambradas queriendo entrar en lo que imaginan un mundo mejor. Y nosotros pasando de largo, como si no nos incumbiera. A menudo pienso que el hecho de dar a Dios por descontado, si fuera el caso, nos impide escuchar su clamor como el clamor mismo de Dios. O percibir el presente como milagro.
polvo eres
octubre 20, 2020 § Deja un comentario
Si lo pensamos bien, hay algo de extraño en quien dice de sí mismo que es poca cosa, algo así como una mota de polvo. Como si en esa descripción de sí, descartando lo patológico, hubiese todavía un resto de orgullo, un mantenerse en pie frente al exceso de lo real. De hecho, quien es un mierda no suele proclamar a los cuatro vientos soy un mierda. Aunque lo viva a flor de piel. O por eso mismo. No parece causal que la confesión cristiana siempre tenga lugar ante alguien. Como en el caso de Jon Sobrino, al que, frente al cadáver de Rutilio Grande, le dio vergüenza seguir siendo como antes.
mayor desemejanza
octubre 19, 2020 § Deja un comentario
Abordamos lo desconocido poniéndolo en relación con lo ya conocido. Así, el creyente dice de Dios que se manifiesta como padre. Ver el mundo con los ojos de Dios, por decirlo así, supone verlo con los ojos de un padre o, si se prefiere, una madre. Incluso el genocida sigue siendo, a la luz de esta mirada, el niño que fue. De acuerdo. Pero no es causal que el concilio de Letrán añadiese a propósito de la analogia entis aquello de que mayor es la desemejanza. O de otro modo, que estar expuestos a Dios va con el estar abiertos a lo inconcebible y, por eso mismo, imposible. Desde nuestro lado, no cabe ir más allá de las apariencias. De ahí que la fe sea, antes que un saber, un confiar. La cuestión es en nombre de qué o, mejor dicho, de quién.
pasando
octubre 17, 2020 § 4 comentarios
Es obvio que, al menos por estos pagos, el tema de Dios ha dejado de importar. A lo sumo, hay quienes sostienen que hay algo más allá. Pero su ingenuidad es sonrojante. Puede que haya otra dimensión. No lo sabemos todo. Pero ¿quién puede asegurar que no nos están esperando para devorarnos? Acaso este mundo ¿no podría ser, antes que una matriz, una granja? La creencia en un mundo de espectros en el que no habrá más que dicha sigue teniendo efectos opiáceos. Al menos, mientras solo responda a nuestra necesidad psicológica de un final feliz. El pasotismo con respecto a los asuntos de Dios refleja una insensibilidad de fondo hacia la que quizá sea la única cuestión que exige una respuesta, a saber, qué vida pueden esperar los que murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad o indiferencia. Espontáneamente, diríamos que ninguna. Pues no basta con suponer que hay un paraíso postmortem para las almas inocentes. De hecho, la gran intuición bíblica fue rechazar una redención que no fuera la de la carne. No hay vida espectral que salve al sonderkommando que, sometido a un temor inenarrable, introdujo a sus hijos en las cámaras de gas haciéndoles creer que, tras la ducha, volverían a verse. La metamorfosis puede valer para el gusano. No para quienes no son nadie sin su cuerpo. El olvido de Dios, mejor dicho, del por-venir de Dios, ha producido zombis, hombres y mujeres incapaces de admitir que están muertos. Pues, como dijera Juan en su primera carta, quien no ama permanece en la muerte. Y difícilmente cabe amar donde no nos encontramos expuestos a lo increíble. Cuando menos, porque, si es cierto que el amante no puede evitar decirle a quien ama tú no debes morir, lo más creíble es que la muerte supone un punto y final.
demonio e interioridad
octubre 16, 2020 § Deja un comentario
Creer en el demonio facilitó, sin duda, el combate interior. Al menos porque impidió que fuera demasiado interior. Y es que donde hay un demonio de por medio difícilmente llegaremos a identificarnos con los impulsos más bajos o destructivos. Cosas del maligno, nos dijimos. De hecho, fue así que los viejos ascetas pudieron enfrentarse a sus instintos: como quien intenta extirpar una garrapata incrustada en la carne. Pero donde ya no es posible tomarse en serio la figura del demonio, dicho combate se transforma inevitablemente en una lucha contra uno mismo. La interioridad, al menos en Occidente, nace de esta transformación. Sin embargo, el precio que tuvimos que pagar fue el de un agustiniano asco de sí. Y aquí no hay exorcismo que valga. Ante el demonio puede que baste un mesías o un maestro. Una massa damnata exige, en cambio, una redención, algo así como un volver a empezar. Y esto cuesta de tragar donde lo incuestionable es el progreso. Pero que cueste de tragar es algo que quizá solo tenga que ver con nuestras tragaderas.
la metáfora viva
octubre 15, 2020 § 3 comentarios
Uno no ve nada —no comprende nada— hasta que no da con una buena metáfora. Podemos entender cuanto sucede —podemos calcular y preveer—, pero en modo alguno abrazarlo. La incorporación del saber pasa por la revelación. Pues, a diferencia del mero entender, comprender supone conectar lo alto con lo bajo, lo cercano y lo distante. Así, hay más verdad en el amante que declara ante la amada que le ha robado el corazón que en aquel que se limita a exponer una alteración hormonal. El desplazamiento de la imaginación al territorio de la fantasía quizá sea el principal error de la modernidad. Pues las consecuencias de este error no solo afectan a la teoría del conocimiento, sino también, y puede que sobre todo, a la comprensión que podamos tener de nosotros mismos, de nuestro lugar en el mundo. Aunque quizá deberíamos decir de nuestro no-lugar.
Sócrates y Antígona
octubre 14, 2020 § Deja un comentario
Ambos mueren por la ciudad. Sócrates, para acatar su Ley, a pesar de su desvarío. Antígona para impugnarla en nombre de lo atávico. Aunque no hay que descartar que al respetar la Ley que le condenó, Sócrates nos entregase su última ironía.
de teólogos y pastores
octubre 12, 2020 § 2 comentarios
La teología cristiana, sobre todo en el ámbito católico, hace tiempo que se plegó a las demandas de la pastoral. Poco teólogos se siguen preguntando lo que E. Jüngel se preguntó en su Dios como misterio del mundo, a saber, de qué hablamos cuando hablamos de Dios. Evidentemente, aquí no se trata de buscar pruebas de la existencia de Dios como si Dios fuese una hipótesis por corroborar. De hecho, como dijera Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. El teólogo, a diferencia del filósofo de la religión, no puede evitar situarse en la posición básica de la fe. Y no porque crea que Dios existe como pueda existir el Yeti, sino porque dicha posición básica consiste en abrazar la existencia desde un Sí de fondo. El teólogo trata, más bien, de esclarecer, teniendo en cuenta el testimonio de quienes dieron su vida permaneciendo fieles a ese Sí, aun cuando sufrieran hasta el tuétano el abandono de Dios. Se trata, en definitiva, de expurgar de la conciencia creyente los dioses que ocupan el lugar de Dios. En este sentido, toda teología que se precie es teología crítica. El teólogo, en su interrogarse, se sitúa de entrada en Getsemaní. Aunque sea un Getsemaní iluminado por el tercer día. Una teología que participe en exceso de la preocupación pastoral —del temor a perder la parroquia— corre el riesgo de dar a Dios por descontado antes de tiempo. Y esto, hoy en día, supone clavar el último clavo en el ataúd de Dios, incluso en mayor medida que las proclamas de Nietzsche.
calle de dirección única
octubre 11, 2020 § Deja un comentario
O vas o estás de vuelta. En el primer caso, eres conducido por tu deseo —por tu aspiración—. En el segundo, el mundo se te presenta como ficción, a menudo trágica. Como si la libertad consistiera, al fin y al cabo, en permanecer en suspenso, por encima de cuanto sucede. Ahora bien, en estado de suspensión diría que solo caben dos opciones: o te conviertes en un irónico, en el sentido socrático de la expresión, o respondes a la única voz que te obliga a poner los pies en el suelo. Aunque entre ellas quizá también quepa la del cínico.
marcha atrás
octubre 10, 2020 § 1 comentario
Los dioses aparecen tras el retroceso de Dios. Todo está lleno de dioses, cuentan que dijo Tales. Y algo de esto hay. Pues el paso atrás de Dios dio pie al mundo. Y en el mundo, el poder es invisible. En este sentido, el hombre de fe está más cerca del ateo que de aquellos que dan un dios por descontado. Estos últimos difícilmente pueden admitir la encarnación. Al menos porque la encarnación presupone un Dios que aún no es nadie sin el fiat del excluido de Dios.
amor
octubre 9, 2020 § Deja un comentario
Es cierto que, según Gabriel Marcel, amar significa decirle a quien amas tú no debes morir. Quizá solo habiendo sido padre puedas entenderlo. Bajo los efectos de un chute hormonal, difícilmente. Tampoco donde tu amor se dirige a cualquiera —donde se convierte en universal—. Nunca hubo verdad, salvo la tautológica, en lo genérico. De ahí que no haya amor que no esté atravesado de una cierta melancolía. Pues a diferencia de la nostalgia, la cual apunta a lo ya perdido, la melancolía anticipa la pérdida. Y es que solo anticipándola puedes encontrarte ante el milagro, por decirlo así, y no solo en medio del ruido y la furia de lo que simplemente pasa.
envés
octubre 8, 2020 § 1 comentario
La experiencia de la finitud se da, no tanto con respecto al poder, pues aquí la finitud es circunstancial y, por eso mismo, reversible, sino en relación con el clamor de Dios, cuyo eco escuchamos en el llanto de los abandonados de Dios. De ahí que el ideal de la autosuficiencia, aunque se vista con los oropeles de la espiritualidad, sea el envés de la prepotencia de Adán. Me atrevería a decir que se encuentra más expuesto a Dios —a su porvenir o misterio— el viejo monje budista que, encorvado sobre sí, ni siquiera es capaz de limpiarse el culo, que aquel que en la posición del loto alcanza el nirvana.
una de las dos o las dos
octubre 7, 2020 § Deja un comentario
La cuestión de la filosofía —aquella que nace de la sospecha— es si cabe trascender el plano de lo que nos parece que es en la dirección de lo que es en verdad, es decir, de lo que en verdad acontece o tiene lugar con independencia de lo que pueda parecernos. Es en este sentido que hemos de entender el amor por la verdad que caracteriza una vida examinada, la vida que se cuestiona a sí misma, la que vuelve sobre sí. La respuesta que dio Platón —y antes que él, Parménides— es que solo a través de la razón. El problema es que los productos de la razón son formales. Dicho de otro modo, en modo alguno pueden ser, literalmente, incorporados. No hay camino de vuelta hacia la sensibilidad. Esto resulta inevitable, cuando menos porque el ejercicio de la razón solo puede llevarse a cabo desde la distancia teórica —desde las gradas de un dios: no es casual que la palabra teoría proceda del vocablo theos—. Así, por medio de la razón podemos concluir, pongamos por caso, que el canibalismo que practican algunos pueblos, en tanto que posee una fuerte carga simbólica, no es, en cuanto tal, aberrante, aunque a nosotros nos lo parezca. Ahora bien, el que lo sepamos no impide que sigamos sintiendo la misma repugnancia que antes: nuestra sensibilidad no queda modificada por los resultados de la razón, aun cuando, sin duda, no nos dejemos llevar tan fácilmente por ella. Es lo que tiene el uso de la razón: que nos distancia del cuerpo, por decirlo así. Sin embargo, si entre nosotros conviviera un grupo de canibales, lo que prevalecería sería la sensibilidad. La sensibilidad determina el uso político de la razón. Sencillamente, se les prohibiría por ley seguir con su costumbre.
Algo parecido ocurre donde partimos, no de la sospecha, sino del asombro, la otra raíz del amor a la verdad. Y nos asombra el que algo simplemente sea —que haya mundo en vez de nada—. De ahí que una de las preguntas de la filosofía sea en qué consiste, precisamente, el hecho de ser —no el que algo sea foca o montaña, pongamos por caso, sino que sea—. Hay cosas. Y lo que tienen en común es que son. El que sean confiere unidad al mundo. Con respecto al hecho de ser-algo no hay diferencia: todo es. En cualquier caso, la diferencia surge con respecto al modo de ser (y aquí podríamos preguntarnos por la relación entre el hecho de ser-algo y su particular modo de darse, su aparecer como algo en concreto, esto es, por la relación entre lo real y su apariencia). La conclusión que tarde o temprano alcanzamos es que el simple ser-algo —el puro haber— no es objeto de una percepción en concreto: no estamos ante una cosa que podamos ver o tocar. Se trata de lo que solo puede ser pensado como el presupuesto del decir algo de algo y, en definitiva, de nuestro estar en el mundo. Nos encontramos en el puro haber antes incluso de que podamos preguntarnos por la verdad —la adecuación— de nuestras representaciones del mundo. Ahora bien, este encontrarse en medio del haber, en tanto que lo siempre supuesto, es precisamente lo que dejamos atrás una vez comenzamos a experimentar cuanto nos traemos entre manos, esto es, una vez que iniciamos el trato con el mundo. No hay acceso sensible al puro y simple haber.
Es cierto que experimentamos algo parecido a una pura presencia —al puro haber— donde, alejados de cualquier interés, contemplamos, pongamos por caso, un paisaje. Al fin y al cabo, la rosa es sin porqué, como dijera Angelus Silesius. Sin embargo, la contemplación no proporciona, estrictamente, un saber, mejor dicho, una saber a qué atenerse. En la contemplación dejamos que sea lo que es, al margen de para qué pueda servirnos. Y es en este punto donde convergen la sospecha y el asombro. Pues en ambos casos, el que ama la verdad queda en suspenso en medio del mundo. Otro asunto es cómo volver a tratar con cuanto nos rodea donde la reflexión impide, precisamente, que vuelva a crecer la hierba. Y es que, aun cuando nadie vuelva a ser estrictamente el mismo tras haberse distanciado de sí mismo, no es posible permanecer demasiado tiempo frente a la verdad.
fragilidad
octubre 6, 2020 § 2 comentarios
No podemos ser un dios, aunque fantaseemos con ello, pero sí ver el mundo desde la grada de un dios. En esa grada confluyen la piedad y la theoria, el sentido del milagro y el nihilismo que todo lo disuelve. La espiritualidad y la filosofía que vive de la sospecha se dan la mano en la contemplación distante de cuanto es. Mientras tanto, seguimos con lo nuestro. Como si importase —como si en lo que nos traemos entre manos hubiera alguna solidez—. El hogar es un trampantojo. Así, triunfa la ilusión. La verdad se halla en la intemperie. Aun cuando nos obligue a callar. O por eso mismo.
el haber u otro modo de entender a Parménides
octubre 5, 2020 § Deja un comentario
El haber —el puro y simple hay— solo puede ser uno, eterno, inmutable… No hay diferentes haberes. En cualquier caso, las cosas son los diferentes modos en los que se concreta —aparece— el haber. El haber es el fondo de cuanto hay (y por eso mismo no es cosa; las cosas son en el haber). Precisamente, porque todo es —porque tan solo es lo que hay—. El haber es lo dado por descontado cuando decimos algo de algo. No puede haber el no-haber. Pues la nada, sencillamente, no es. No cabe hacerse una idea de la nada. O mejor dicho, cuando nos la hacemos no podemos evitar concebirla como vacío. Y el vacío es. Por eso mismo, no es posible una experiencia del puro y simple haber. El haber, en cuanto tal, no es observable. Siempre se nos da bajo un aspecto u otro —en la forma de apariencia, en el doble sentido de la expresión—. La presencia de lo sensible —de cuanto cabe ver y tocar— se nos da bajo el horizonte de lo invisible —no de la cosa invisible, sino de lo absolutamente invisible. En este sentido, el haber es lo absoluto o, literalmente, ab-suelto (y absuelto de la condicionalidad de un punto de vista, del juicio). En cuanto tal, solo cabe pensarlo. Y esto está muy cerca de decir que el haber, en sí mismo, no es (y aquí nos apartamos de Parménides en la dirección de Heráclito). No hay haber sin nada en lo que aparezca. Aunque la aparición, en tanto que un modo del haber, no coincida con el absoluto-haber. Aunque la aparición transforme el haber en un tener y, por eso mismo, lo desmienta. Solo es en tanto que difiere de lo concreto —de las cosas en las que se concreta el haber— puede haber lo que hay. No hay nada que no aparezca o se muestre. Pero el mostrarse solo es posible desde el retroceso, por decirlo así, del puro haber. De ahí que se trate del pre-supuesto de cualquier experiencia del mundo. Una vez surge la conciencia, el haber se transforma en un hubo haber.
El haber —el puro y simple hay— solo puede ser uno, eterno, inmutable… No hay diferentes haberes. En cualquier caso, las cosas son los diferentes modos en los que se concreta —aparece— el haber. El haber es el fondo de cuanto hay (y por eso mismo no es cosa; las cosas son en el haber). Precisamente, porque todo es —porque tan solo es lo que hay—. El haber es lo dado por descontado cuando decimos algo de algo. No puede haber el no-haber. Pues la nada, sencillamente, no es. No cabe hacerse una idea de la nada. O mejor dicho, cuando nos la hacemos no podemos evitar concebirla como vacío. Y el vacío es. Por eso mismo, no es posible una experiencia del puro y simple haber. El haber, en cuanto tal, no es observable. Siempre se nos da bajo un aspecto u otro —en la forma de apariencia, en el doble sentido de la expresión—. La presencia de lo sensible —de cuanto cabe ver y tocar— se nos da bajo el horizonte de lo invisible —no de la cosa invisible, sino de lo absolutamente invisible. En este sentido, el haber es lo absoluto o, literalmente, ab-suelto (y absuelto de la condicionalidad de un punto de vista). En cuanto tal, solo cabe pensarlo. Y esto está muy cerca de decir que el haber, en sí mismo, no es (y aquí nos apartamos de Parménides en la dirección de Heráclito). No hay haber sin nada en lo que aparezca. Aunque la aparición, en tanto que un modo del haber, no coincida con el absoluto-haber. Aunque la aparición transforme el haber en un tener y, por eso mismo, lo desmienta. Solo es en tanto que difiere de lo concreto —de las cosas en las que se concreta el haber— puede haber lo que hay. No hay nada que no aparezca o se muestre. Pero el mostrarse solo es posible desde el retroceso, por decirlo así, del puro haber. De ahí que se trate del pre-supuesto de cualquier experiencia del mundo. Una vez surge la conciencia —en definitiva, el tiempo—, el haber se transforma en un hubo un haber. Por eso, en cierto sentido, podríamos decir que nunca lo hubo.
¿Podríamos estar ante una ilusión? Difícilmente. Al menos porque el haber, como el presupuesto de la experiencia, no puede ser representado como podamos representarnos mentalmente una vaca, pongamos por caso. Esto es, no es posible hacerse del puro haber una idea que pueda ser desmentida por los hechos. El haber continuaría siendo aun cuando tan solo existiese una mente alucinando un cosmos. Ocurre aquí lo que en el microrrelato de Monterroso: cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
infancia
octubre 4, 2020 § 1 comentario
Vivir consiste en dejar atrás la infancia. Pero al dejarla atrás, no solo abandonamos lo peor de la infancia, sino también lo mejor. No hay avance que no implique un coste —una pérdida—. Y en este caso, lo perdido es la ingenuidad, el estar ante lo dado como precisamente dado, y no como algo que puede ajustarse hasta cierto punto a nuestro interés. Puede que la madurez consista, al fin y al cabo, en alcanzar una segunda ingenuidad. Pues lo dado es la verdad —lo que precede a cualquier pretensión de dominio—. Aunque se trate de un dominio de sí.
el juego de las diferencias (y 3)
septiembre 30, 2020 § Deja un comentario
La fe no puede prescindir de la revelación. Esto de por sí, bastaría para diferenciar el cristianismo del budismo y sus variantes. Para el budismo, la salvación, si cabe hablar aquí en estos términos, depende de una mejor compresión del fondo de la existencia. Y en este sentido la iluminación de Buda está muy cerca de la gnosis. O si se prefiere, de las filosofías helenísticas. En cambio, para el testigo de la revelación, lo primero es la irrupción de lo imposible. Pues el mundo puede admitir dioses —de hecho, los admitió durante siglos—, pero en modo alguno un Dios crucificado. Con todo, el teólogo siempre estará tentado de convertir el kerigma en un mero caer en la cuenta, olvidando que la fe, antes que un saber incierto, es la confiada fidelidad a quien soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios que roza la inexistencia. Si hoy en día nos parece que el budismo y el cristianismo son diferentes modos de experimentar una y la misma trascendencia será porque previamente hemos convertido al Dios que se revela en la cruz en el océano al que todos los ríos van a parar.
el juego de las diferencias (2)
septiembre 29, 2020 § 1 comentario
El yo de la interpelación no es el mismo que el yo de la interrogación de sí. El punto de partida del primero es la irrupción del que representa a Dios: el excluido, el que no cuenta, el leproso. El del segundo, la falta de coincidencia con uno mismo, su inquietud por la verdad frente al brillo de las apariencias. Aunque ambos sufran la insuficiencia del mundo, no estamos ante la misma deslocalización. El primero debe responder. Al segundo, le basta con permanecer en suspensión. Para el primero, la libertad es fidelidad. Para el segundo, un estar por encima de cuanto pueda sucederle.
el juego de las diferencias (1)
septiembre 28, 2020 § Deja un comentario
Muchos de los que creen que creen se dejan embriagar por expresiones como el perdón o el amor de Dios. Pero precisamente porque lo primero aquí es la embriaguez, antes creen en el perdón que en el perdón de Dios; en el amor, que en el amor de Dios. De hecho, aunque no lo admitan, les sobra el de Dios. Es lo que tiene una época que no sabe qué hacer con Dios, pero que mantiene el poder de seducción de ciertas palabras. Como si fueran mágicas. Sin embargo, quizá las cosas serían un tanto distintas si partiéramos no ya del Dios que imaginamos, sino de aquel que incluso en los cielos encontraríamos en falta. No en vano, el cristianismo confiesa que del Padre no veremos otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Como tampoco es causal que la Biblia entienda que el diálogo con Dios se da siempre a través del ángel.
en busca del sentido
septiembre 27, 2020 § 1 comentario
Una cosa es creer que la vida tiene un sentido. Y otra muy distinta es caer en la cuenta de que no puede haber un sentido para el hombre. Aun cuando el mundo tuviera un hacia donde —una finalidad—. Y es que, una vez encajasen las piezas, no podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo. Quien comprende esta diferencia, comprende qué es la filosofía. Pues el precio de la lucidez que da el tomar distancias es la pérdida de nuestra primera ingenuidad. Y de paso, de la vida que hay detrás.
Zeus
septiembre 26, 2020 § Deja un comentario
El límite de lo teórico es el secreto de quienes se encuentran en la escena, su intimidad, su falta de coincidencia con ellos mismos, su insustancialidad. Un dios contempla a los hombres como los hombres observan cuanto sucede en un hormiguero. Así, constatará que hay hormigas que dicen yo. Pero no verá a ese yo. No podrá verlo. El límite de lo teórico es el límite de la potencia divina. No es casual que Sócrates, el descubridor de una profundidad sin dioses, fuese condenado por impiedad. De ahí la impotencia judía ante un Dios escrutador de corazones. Frente a Yavhé no hay escapatoria posible. A menos que uno esté ante Dios, sin Dios. Aunque, por poco que sepamos leer, nos daremos cuenta de que si Dios alcanza el corazón de los hombres es porque carece de la entidad propia de un dios. Al fin y al cabo, la mirada de Yavhé —la que nos avergüenza— es la de aquellos que ocupan su lugar: los excluidos, los que huelen mal, los sobrantes. Son ellos, más incluso que la búsqueda de uno mismo, los que nos sacan de quicio —los que abren la existencia a la posibilidad de un comienzo—.
principio de inercia
septiembre 25, 2020 § 1 comentario
“Cada vez veo menos claro esto de Dios…” dice quien se deja llevar por los tiempos. Normal. Esto es lo que tiene una fe-suposición: que no aguanta el cambio de mentalidad. Sin embargo, el asunto es bien distinto para quien ha visto un gesto de perdón en medio del horror. Por su testimonio, la fe es, antes que una hipótesis, una esperanza. Cabe esperar lo mejor, aun cuando no podamos ni siquiera imaginar el cómo. Aquí el punto de partida es un quién —un cuerpo palpable—. Sin embargo, con el paso de los días puede incluso que nos dé igual. La fidelidad no está garantizada ni siquiera para el testigo. Algo parecido le ocurrió al cristianismo cuando la parusía, que se anunciaba inminente, tardó más de lo debido. A partir de ese momento, Dios comienza su fuga hacia los recovecos del alma. Y de ahí a prescindir de Dios media un paso. Aunque hayamos tardado unos cuantos siglos en darlo. Con todo, si lo de Dios es verdadero —y aquí por verdadero no hemos de entender la frase verdadera—, lo que perdimos al perder a Dios, sobre todo como la principal cuestión de la existencia, es la posibilidad de la verdad. O lo que viene a ser lo mismo, la impugnación del mundo.
supercuerdas
septiembre 24, 2020 § Deja un comentario
Somos como violines. Depende de quien nos pulse, sonaremos de un modo u otro. Así, hay quienes extraen de nosotros el mejor sonido; otros, el peor. Sin embargo, hay violines de todas clases. No suena del mismo modo un violín construido con amor que otro producido en serie. La madera importa. Y el cuidado. En cualquier caso, un buen músico es capaz de hacer milagros con un instrumento intocable. Además, las cuerdas también pueden poner de su parte, como quien dice. Pueden ayudar al principante a sonar bien. Por ejemplo, podrían poner la otra mejilla, devolver bien por mal, desarmar su ineptitud. En ese caso, al tomar la iniciativa, las cuerdas se pondrían en la piel del intérprete. Esto es, tendrían piedad del torpe. Al fin y al cabo, la compasión es un intento de salvar ese resto de bondad —ese resto de infancia— que hay en el maltratador. Con todo, a menudo no hay nada que hacer. La madera de un violín puede estar rota o deformada. Sería ingenuo —incluso presuntuoso— creer que la posibilidad del bien depende por entero de nosotros. El mundo tiene algo de intratable. Las ovejas suelen acabar esquiladas. Por no decir, en el matadero. Aunque lo cierto es que donde dejara de haber ovejas ya nada cabría esperar, salvo más infierno.
clase de física
septiembre 23, 2020 § Deja un comentario
Para comprender una religión hay que partir de lo físico. Pues, de entrada, un dios es algo palpable. Mejor dicho, se palpan sus efectos. En su origen, la creencia en lo sobrenatural se basa en lo natural, en el fenómeno, literalmente, extraordinario, fuera de lo común. Un volcán, un tsunami, la caída de un meteorito… fueron, antes que cosas que pasan, el indicio de un mundo superior. Incluso cabe decir algo parecido con respecto a una divinidad eminentemente moral —la propia de Israel—. Imaginemos, así, que los hombres se dividieran naturalmente en buenos y malos. Que la bondad o la maldad fueran de fábrica (hoy diríamos, cuestión de genética). Por eso mismo, no habría nada que hacer. El malo es mala hierba. En cualquier caso, podemos maquillar la naturaleza, pero no modificarla. Supongamos, sin embargo, que alguien llegara a ver la conversión a la bondad de un hijo de la ira. Ha sucedido lo que en principio es imposible. La conclusión, para una sensibilidad espontáneamente religiosa, es inmediata: Dios puede intervenir en el corazón de los hombres. Y por eso mismo, el hombre no está condenado a los límites de lo natural. Incluso el genocida podría comenzar de nuevo. De hecho, es lo que hizo Pablo. Sin duda, estamos ante un evangelio. Y donde se palpa la presencia de lo divino, la revelación no es simplemente un asunto interno, la expresión de una preferencia personal.
Todo cambió con Rousseau, como quien dice. Donde el hombre es bueno por naturaleza —donde lo que pervierte una bondad natural es la sociedad, el sistema—, la posibilidad de una transformación moral depende de lo que el hombre haga consigo mismo y su entorno, al fin y al cabo, de la revolución. No es casual que Rousseau sea, en cierto modo, un heredero de la Reforma. Pues el paso de una divinidad física a un Dios interior facilitó, precisamente, que al final llegáramos a olvidarnos de Dios. Hoy en día, para el viaje del alma nos bastan las alforjas de las energías positivas o la buena onda. O eso creemos. De ahí que cristianismo y progresismo no hagan muy buenas migas, al menos porque el mensaje cristiano no puede prescindir, sin alterarse significativamente, del relato de la caída. La idea de que solo un dios puede salvarnos, como dijera Heidegger en su última entrevista, probablemente no sin ironía, no casa con la fe en el progreso moral del hombre. Sin embargo, tampoco me atrevería a decir que el cristianismo se entienda mejor con las derechas, aunque históricamente haya sido así. No puede hacerlo, si el compromiso creyente por un mundo más justo es un irrenunciable de la fe. Es lo que tiene el contraste, nunca definitivamente resuelto, entre Dios y el mundo.
va de focas
septiembre 22, 2020 § 1 comentario
A diferencia de las focas —o las lombrices, o incluso los chimpancés—, no tenemos suficiente con lo suficiente. La foca bebe cuando tiene sed. Y ya está. Hasta que sienta de nuevo la garganta seca. En cambio, los hombres no tenemos suficiente con lo suficiente. La satisfacción no nos satisface. Aspiramos a algo más, aunque no sepamos bien en qué consiste. Por lo común, creemos que lo que nos falta es tener una cosa más. Pero en esto consiste nuestro error. Una cosa más siempre acaba siendo una cosa de más. Los tiros no van por ahí. A diferencia de las bestias, nunca nos encontramos (a nosotros mismos) en donde estamos. Como si fuéramos unos foráneos. Como si estuviéramos fuera de lugar. El todo no puede ser todo para quien existe —para quien deambula por el mundo como arrancado. Las focas no existen. Son. Y, precisamente, esto es lo que nos falta: ser como una foca. Traducción: ser alguien de una pieza, estar en paz con uno mismo (y de paso con los demás), en definitiva, integridad. El problema es que, una vez surge el alguien —el yo—, resulta inevitable hallarse a una cierta distancia del aspecto con el que, por otro lado, nos identificamos. Así, la cuestión es si vivimos en relación con la búsqueda o si, por el contrario, nos dejamos llevar por la inercia de los días como si la búsqueda no fuera con nosotros. En realidad, uno es lo que ama. Y amar es buscar lo que pide ser buscado aun cuando no quepa alcanzarlo. O por eso mismo. Al fin y al cabo, el síntoma del amor es cuanto más cerca, más lejos. Y quien dice amor, dice libertad.
hambre
septiembre 21, 2020 § Deja un comentario
Ochocientos millones de hambrientos en el mundo… ¿Y podemos soportarlo? Claro. Es lo que tiene la distancia. Ya se sabe: corazón que no ve… El problema es que, aun cuando nos mirasen de frente, también seguiríamos soportándolo. Simplemente bastaría con que siguiéramos con lo nuestro. Como el sacerdote y el levita de la parábola. No es causal que el único que se detuviese fuese un samaritano, alguien que en la época pasaba por un apestado de Dios. Pues hay que estar hundido para estar cerca de los hundidos. O por decirlo a la griega, solo lo semejante ama a lo semejante. Sin embargo, ¿todos los hambrientos son mis hermanos? Ante Dios —y porque, ante Dios, estamos sin Dios— no hay duda. Sin embargo, hay aquí algo de excesivo, por no decir delirante. Como cualquier asunto que tenga que ver con Dios.
la escuela moderna
septiembre 20, 2020 § Deja un comentario
Hace tiempo que la escuela, al menos por estos pagos, ha dejado de ser un campo para el cultivo del alma. La misma expresión suena demodé a oídos de nuestros adolescentes. Ellos están en Instagram o jugando al Fornite. De ahí que una escuela tenga que adaptarse, proponiendo actividades chispeantes. Así, al maestro se le pide, sobre todo, que haga de cheerleader. El resultado son chichos y chicas infantilizados que desprecian cuanto ignoran y que apenas toleran la frustación. Evidentemente, el suspenso es culpa del maestro: no ha sabido estimularlos lo suficiente (y de ello también están convencidos los padres, cada vez más imberbes). Es cierto que la escuela tiene que preparar para la vida. Y que, por tanto, hay que tener en cuenta dónde se encuentra el alumno… si no se quiere sembrar en el desierto. Pero solo para sacarlo de ahí, del lugar en el que habita tan cómodamente. Pues la vida no suele coincidir con nuestras fantasías. Ahora bien, lo que de hecho se da fácilmente por sentado es que esta preparación tiene que apuntar únicamente al desempeño de una profesión. El mensaje de fondo es el del mundo: de lo que se trata es de encontrar un buen trabajo y de divertirse cuanto se pueda. Esto es, esclavitud y soma. Ciertamente, aún hay escuelas que incluyen en su ideario grandes palabras: que si competencia humana, que si sensibilidad social, que si pensamiento crítico… Sin embargo, en la práctica poco se puede hacer al respecto donde las nociones de esfuerzo, disciplina, amor a la verdad… han dejado de ser socialmente vinculantes. En nombre del progreso educativo, la formación humana se ha transformado en un oropel.
Y, con todo, sigue siendo innegable que del mismo modo que uno tiene que cuidar de su cuerpo si pretende tener buena salud, debería igualmente cuidar de su alma si quiere dejar de ser un idiota, literalmente, alguien incapaz de salir de su interés más particular, el cual suele ser el eco de los intereses del sistema. En el cuidado del alma está en juego el desarrollo de un carácter y, en definitiva, la libertad, la posibilidad de estar por encima de lo que no importa en nombre, precisamente, de lo que en verdad importa. Donde la escuela olvida que su tarea principal es la formación del carácter se convierte en un taller. Nuestros jóvenes tienen que aprender que ellos no son el centro —que el centro se encuentra en lo que exige ser amado, esto es, perseguido eternamente—. Cuando menos, porque lo humano se juega frente a lo que nos reclama una entrega, aun cuando, a la manera de un límite asintótico, cuanto más cerca, más lejos. El otro día se lo decía a mis alumnos a propósito de las primeras líneas del Fedón, aquellas en las que Sócrates dice que de lo que se trata, al fin y al cabo, es de aprender a morir (solo quien tiene de algún modo presente que vivimos dentro de un plazo es capaz de distinguir entre lo que importa y lo que no). Su reacción no fue la del pasota. Al contrario. Pues el alma sigue estando ahí, aunque sepultada por un ruido ensordecedor. Pero me preguntaba qué comprenderán de lo que pueda decirles al respecto donde la mayoría ignora el significado de palabras como aberrante, insólito, consenso… Este, y no otro, es el resultado de las sucesivas reformas progres, las cuales han pretendido hacer tabula rasa del pasado, despreciando la diferencia que hay entre lo que debe ser renovado y lo que pide ser conservado.
A veces pienso que la deriva moderna hacia la trivialidad nos empuja a ser conservadores. Y es que lo mejor que una escuela pueda ofrecer a nuestros jóvenes es, precisamente, lo más granado de nuestra tradición humana e intelectual. De lo contrario, me atrevería a decir que nos dirigimos a nueva Edad Media en el terreno cultural —y quizá también económico—, en donde habrá unos pocos centros de excelencia, en el que estudiarán los hijos de los ricos, y para el resto, baratijas. En definitiva, o una escuela se convierte en un centro de resistencia, o lo que nos espera es la sumisión.