apuntes sobre la libertad (y 2)

diciembre 29, 2020 § Deja un comentario

1. La tercera acepción entiende la libertad como un hacer lo que uno quiere. En principio, tendemos a confundirla con la primera —con el poder hacer lo que uno desea. Pero, aunque en muchos contextos la distinción sea irrelevante, estrictamente hablando, no es lo mismo querer que desear, al igual que tampoco es lo mismo, como dijimos, desear que apetecer. Los padres quieren a sus hijos, no los desean.

2. Querer significa poner voluntad. Ciertamente, también cuando deseamos algo —o a alguien— hacemos lo posible por tenerlo. Y en este sentido, es innegable un cierto aire de familia entre el deseo y el querer (y de ahí que habitualmente los confundamos). Pues quien quiere algo —y no simplemente lo quisiera— se esfuerza por alcanzarlo. Sin embargo, una vez conseguimos lo que deseamos, el deseo se disuelve como azúcar en el café —por no hablar de que lo deseado, por lo común, termina en un contenedor—, mientras que la experiencia del ejercicio de la voluntad es que cuanto más cerca, más lejos, como quien dice. Es como si aquello a lo apunta el querer fuese un límite asintótico, algo así como el horizonte de una esfera, el cual nunca logramos alcanzar… por mucho que no dejemos de intentarlo (y en esto consiste el querer). Cuanto un deseo se nos presenta como inalcanzable No ocurre lo mismo con respecto a lo que queremos. Aquí el objetivo es un deber (y un deber que uno se impone a sí mismo, como veremos). Y es que en el cumplimiento de dicho deber está en juego precisamente quienes en definitiva somos. En este sentido, podríamos decir que el desear apunta al tener, mientras que el querer, a lo que uno es. Al menos, porque uno es lo que quiere, ama o, en el fondo, busca (y aquí podríamos preguntarnos si cabe querer o amar lo que apenas importa). De ahí que sea posible que alguien no quiera lo que, no obstante, desea. En cierto modo, la libertad se ejerce como respuesta a una invocación que exige darlo todo.

NB 1: Quizá sea por esto último que, de entrada, nos resistimos a la libertad. Más bien, preferimos su sucedáneo, el poder hacer cuanto deseamos. Sin duda, la gratificación es inmediata donde conseguimos lo que inspira nuestro deseo. En cambio, no parece que quepa conseguir aquello a lo que se dirige el querer. Además, sobre todo en las fases iniciales del ejercicio de nuestra libertad, no todo es satisfacción. Al contrario. Es lo que tiene lo difícil, lo que reclama una disciplina. Sin embargo, lo que aquí está en juego, como decíamos, es lo que uno es o terminará siendo. El desarrollo de la voluntad, al fin y al cabo, reclama un trabajo con uno mismo, un trabajo que no solo requiere fuerza, sino también lucidez. Pues aun cuando fácilmente sabemos lo que deseamos, cuesta saber lo que uno quiere; lo que en verdad importa y, por eso mismo, merece nuestra entrega.

3. Supongamos que un yonqui tomase la decisión de desengancharse porque no quiere que su hija pequeña tenga un padre drogadicto. Y supongamos también que no pudiera desengancharse; que la heroina fuese para él como el agua para cualquiera. La pregunta —una pregunta clave— es si tiene sentido decir que quiere desengancharse, a pesar de que no pueda hacerlo. Y la respuesta es que sí, siempre y cuando lo intente una y otra vez… a pesar de que fracase una y otra vez. El ejemplo, sin duda, es extremo. Pero ilustra perfectamente de qué se trata cuando hablamos de la libertad. Podríamos decir que nuestro yonqui no tiene libertad de desengancharse, aun cuando sea libre para desengancharse.

4. Obviamente, el yonqui quiere desengancharse porque tiene un motivo —su hija. Y por ello alguien podría decir que de hecho no es libre porque actúa condicionado por dicho motivo. Pero, como ya vimos a propósito de la segunda acepción, es absurdo suponer que solo somos libres donde no estamos determinados por nada ni por nadie. Pues, en ese caso, no habría detrás un quién, sino algo parecido a una máquina de azar. Todos somos, en gran medida, el fruto de nuestra circunstancia. La libertad en tanto que relación con uno mismo, mejor dicho, con lo que dentro de uno mismo se encuentra más allá de uno mismo, nunca se ejerció sobre el vacío. La libertad necesita siempre de un motivo. Y quizá sea por esta razón que la genuina libertad se ejerza como liberación de lo que inicialmente nos impide o, cuando menos, dificulta realizar dicho motivo. Podríamos decirque se trata de liberarse, en nombre de lo que vale la pena, de aquello que estando dentro de nosotros no nos pertenece. Aquel que quiere sin una razón para querer, no quiere, sino que, en cualquier caso, se deja llevar por lo que le apetece o desea… si es que no tira una moneda al aire.

NB 2: En este sentido, un Dios omnipotente —un Dios al que nada se le resistiera— difícilmente podría querer algo o a alguien. En absoluto, sería un Dios al que quepa dirigirse o invocar. Pues no habría nadie tras el nombre del Dios. A lo sumo, un poder anónimo. No es casual que, bíblicamente, el poder de Dios se revele, al fin y al cabo, como el poder de su debilidad. Como si en el fondo estuviéramos sujetos a la fragilidad de una genuina alteridad. Pero este es otro asunto.

NB 3: Aquí podríamos objetar que el ejercicio de la voluntad Sin embargo, aun cuando fuese cierto que nuestro cerebro se inclinase por perseverar unos milisegundos antes de “tomar la decisión” de perseverar, la pregunta es por qué razón el sujeto cree que se decanta por lo que se decanta. Y aquí la historia de cada uno resulta determinante. O por decirlo con otras palabras, como sujetos no dejamos de estar “sujetos a”. La cuestión es a qué o a quién. Y es que, al margen de nuestro carácter particular, no dejamos de ser aquellos que nos juzgamos en nombre del “padre”, por decirlo así, de aquel que decide el valor de nuestra existencia. Nadie sabe qué quiere hasta que no sepa qué quiere de él su padre. Evidentemente, aquí la cuestión es quién es tu padre (y un padre podría ser perfectamente “la gente”, lo cual significa que, en ese caso, no seríamos mucho más que unos “cualquiera”). Al fin y al cabo, un “padre” va configurando el cerebro que, precisamente, se decantará por una opción u otra unos milisegundos antes de que seamos conscientes de tomar la decisión. Y lo va configurando porque el cerebro, por decirlo así, no solo se ocupa de elegir, sino también de lo que en verdad importa… y no solo nos parece que importa. De ahí el íntimo vínculo entre la cuestión de la libertad y el asunto de la verdad de nuestro estar en el mundo —de lo que en realidad tiene lugar y no simplemente pasa. En definitiva, de lo que importa.

5. De lo anterior, se deduce que el ejercicio de la libertad implica un atarse al mástil. Como es sabido, y con el propósito de poder escuchar el canto de las sirenas sin asumir ningún riesgo, Ulises obligó a los miembros de su tripulación a ligarlo con gruesas cuerdas al palo principal, ordenándoles, a su vez, que no lo desatasen… por mucho que se lo exigiese una vez escuchase ese canto. Decíamos antes que el ejercicio de la libertad supone un trabajo sobre uno mismo, algo así como una especie de combate interior. Y es que resulta difícil querer. Lo fácil es dejarse llevar por lo que nos seduce de inmediato. De ahí, la necesidad de un conocimiento de sí y, en definitiva, de un cierto saber sobre qué supone estar en el mundo, al menos para poder distinguir entre lo que merece nuestro esfuerzo y lo que no. Por eso mismo, el sujeto capaz de hacer lo que quiere no se encuentra en el mismo plano que el niño, el cual apenas diferencia entre lo que le apetece, desea o quiere. No hay libertad sin disciplina. Una genuina libertad, tarde o temprano, impone un sacrificio. Ahora bien, se trata de la disciplina —del sacrificio— que uno se impone a sí mismo. Así, decimos que la libertad es autonomía, literalmente, darse a uno mismo la obligación. Y lo que no es autonomía es heteronomía. En este sentido, no hay deseo que no sea heterónomo. Al fin y al cabo, un deseo, como decíamos en la primera entrega, es un implante. Todo deseo constituye, en cierto sentido, una obligación, la de ser, precisamente, realizado.

NB 4: Aquí podríamos preguntarnos si acaso el que tengamos fuerza de voluntad no dependerá, en el fondo, de un haber sido formados en esta dirección. Ciertamente, la libertad —como la inteligencia y otros rasgos del carácter— se trabaja. Nadie nace siendo libre. Pero quizá sí con la posibilidad de serlo. Aunque hayamos crecido en un contexto en el que se nos empuja a conseguir lo que deseamos (y poco más), nadie ignora la distinción entre desear y amar. Y precisamente por ello no hay quien no se sienta llamado a la libertad. El problema reside en que, de entrada, entendemos por libertad un poder hacer lo que nos apetece o deseamos. De ahí que sea decisivo adquirir una cierta lucidez al respecto. Sin embargo, resulta innegable que es más fácil tener fuerza de voluntad donde hemos sido educados en el esfuerzo y la disciplina que donde se nos ha tratado con excesiva complacencia.

6. Al igual que no hay libertad sin disciplina, tampoco hay libertad sin promesa. De hecho, no es secundario que hablar de la decisión que va con la libertad equivalga a hablar de compromiso. Ciertamente, hoy en día la palabra compromiso, en tanto que incondicional, no tiene buena prensa. Pues sugiere, precisamente, lo contrario a la libertad. Como si donde nos comprometemos seriamente con algo o alguien nos cerrásemos las puertas de salida. De ahí que prefiramos los contratos, los cuales, por defecto, siempre incluyen cláusulas de recisión. Y hay implícitamente contrato cuando, por ejemplo, nos comprometemos con alguien de por vida… porque simplemente nos gusta mucho. Y es que lo que preferimos en cualquier caso es dejar una puerta abierta. Pero nadie dijo que cuanto preferimos sea lo que, en definitiva, queremos. En realidad, donde nuestro compromiso deje una puerta abierta, aquel con quien nos comprometemos difícilmente será algo más que un objeto de consumo. Dejar las puertas abiertas es humano, sin duda. Pero lo cierto es que, donde las dejamos, no cabe hablar propiamente de libertad. De ahí que resulte decisivo diferenciar entre lo que merece nuestra entrega y lo que no (y pocas cosas la merecen). En este sentido, el ejercicio de la libertad va con un cierto sentido de la deuda. Podríamos decir que aquel con quien nos comprometemos es aquel al que, en verdad, le debemos la vida… aun cuando no lo sintamos así. Por eso, el ejercicio de la libertad —el compromiso— no puede basarse únicamente en el sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Así, porque te debo la vida, te prometo que estaré junto a ti en la pobreza o en la riqueza, en la salud y en la enfermedad… Y tenemos que prometerlo, precisamente, porque queremos estar a la altura de lo que nos ha sido dado… teniendo en cuenta que no somos de fiar. El ejercicio de la libertad va, por tanto, con el deber de mantener la palabra. Como decíamos, libertad es displina. Y por eso mismo, fidelidad. Ahora bien, esto supone saber de qué va esto de la vida (y de lo que no va es de un de oca en oca y tiro porque me toca). Esto es, supone haber adquirido una fortaleza de carácter (y nadie la adquiere sin adquirir, a su vez, una cierta sabiduría o lucidez). Uno, al fin y al cabo, es lo que ama. Y por eso, el horizonte de la libertad es, como sugeríamos antes, un hacer propio lo que nos ha sido dado como valor. O somos libres en nombre de lo que vale la pena —y lo que vale la pena no es, ciertamente, algo que quepa tener—, o no somos mucho más que bolas de billar. De ahí que, incluso en el caso de haber seleccionado una opción al azar, pueda tener sentido decir que queremos dicha opción. De hecho, esto es lo que sucede siempre. Pues nadie quiere nada de entrada. En cualquier caso, se ilusiona por algo. Al fin y al cabo, cuanto quepa querer o amar, inicialmente se nos dio como aquello que, precisamente, no elegimos de entrada. La elección, en cualquier caso, se da a medio camino.

NB 5: Con todo, es humano andar entre lo que queremos y cuanto deseamos. El riesgo de la libertad radical es, ciertamente, acabar en una especie de jaula de hierro. La disciplina que exige la libertad no siempre termina bien. De ahí que busquemos la novedad que nos dé otra oportunidad o, cuando menos, que nos aleje de una existencia gris. Pero la novedad es un simulacro de lo nuevo. Con el paso de los días, fácilmente nos daremos cuenta de lo que, en principio, se presentaba como nuevo no es más que una variante de lo mismo de siempre. Anhelamos aquello, literalmente, extraordinario. Pero ignoramos qué es lo que pueda ofrecérsenos como tal… más allá de las apariencias. Y es posible que solo se nos revele el carácter extraordinario de cuanto hemos vivido, una vez lo hayamos perdido de vista.

7. La tercera acepción —la que entiende la libertad como hacer lo que uno quiere— mantiene una estrecha relación con la cuarta, la que, comúnmente, se denomina libertad interior, el estar por encima de lo que no importa y, sin embargo, nos afecta o puede. Nadie es libre donde depende, por ejemplo, de lo que los demás digan sobre su imagen, sus logros… su apariencia. Y es que el ejercicio de la voluntad, como hemos visto, solo es posible en relación con lo que importa o vale en verdad.

morir de éxito

diciembre 28, 2020 § Deja un comentario

La fe hace ya tiempo que dejó de ser una confesión de fe… si es que alguna vez lo fue, más allá de los tiempos de las persecuciones. Y una confesión solo se da ante aquel que la exige: ¿y tú quién dices que soy yo? (Mt 16, 15-19). Pues que el crucificado sea el quién de Dios no es en modo alguno obvio. Más bien, lo obvio es que Jesús fue un profeta que acabó mal. De no haber confesión, el kerigma cristiano queda reducido a una mera especulación teológica (por no decir, a una suposición entre otras). Ahora bien, difícilmente habrá confesión donde no se parta de la experiencia de la redención.

lo debido a Dios

diciembre 27, 2020 § Deja un comentario

No hay algo así como una experiencia directa de Dios. No puede haberla. Pues la realidad de Dios no es la del ente misterioso. En ese caso, su misterio sería relativo a nuestra ignorancia. Como nosotros podemos ser un misterio para las pulgas (y es obvio que no somos dioses, aun cuando se lo parezca a las pulgas). Esto es así a pesar de que Dios, como incondicionalmente otro, sea el misterio del mundo, de cualquier mundo, incluyendo el divino. En el mientras tanto de la historia, la experiencia de Dios es de lo debido a Dios, a su retroceso —a su eterno porvenir: la gracia y el desamparo, los ángeles y los hombres y mujeres de Dios, la bendición y la voz que nos exhorta a cuidar de una vida expuesta a la impiedad. También —y quizá sobre todo—, la promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo. El punto de partida es el de un hallarnos en medio de la indecisión del mundo —el de un haber sido arrancados de la presencia. Hay un Sí de fondo. Pero da la impresión de que el No tenga las de ganar. De ahí que donde damos por sentado, aunque sea emocionalmente, que Dios se ubica tras la puerta que nos separa del más allá, tomemos a Dios en vano. Pues Dios carece de ubicación. No hay presente para Dios, sino en cualquier caso, un fue y un será absolutos. Lo decisivo, con respecto a Dios, no es el lugar —el templo, la montaña, el cielo—, sino los tiempos. Ciertamente, la cruz fue un lugar. Pero donde nos quedamos solo con la cruz no hay Dios que valga. De hecho, la cruz es el lugar donde muere Dios. Si hay Dios es porque con la cruz hubo resurrección —porque Dios llegó al presente con la vida de un crucificado. Ahora bien, este llegó al presente significa que, con la resurrección, irrumpió en el centro de la historia el fin de los tiempos. No se trata, por tanto, de la intervención ex machina de Dios. Sin duda, podemos preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos del hecho de la resurrección. Pero este es otro asunto (y no banal).

ángeles y demonios

diciembre 26, 2020 § 1 comentario

Un cristiano cree en Dios, en el Dios que, sin embargo, es el eterno porvenir del mundo. Y quizá, por eso mismo, cree sobre todo en sus ángeles, los cuales se dieron cuenta, antes que cualquier otra criatura, de que, incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio. Vivimos rodeados de ángeles —aunque también de demonios. Pero tienen rostro humano. Son los hombres y las mujeres cuya bondad es absoluta, lo cual no significa sin tara. Y como dice Javier Vitoria, ellos son la providencia de Dios. Con todo, los ángeles tienen que morir para que se nos revele su paso.

Mick Fleming: una historia de Navidad

diciembre 25, 2020 § 1 comentario

Mick Fleming fue un duro y violento traficante de drogas. Era el hombre encargado de liquidar las deudas, algo así como un sicario a sueldo de la mafia del lugar. Su padre se dedicaba a limpiar cristales en Burnley, una de las zonas más pobres de Inglaterra. Cuando tenía once años sufrió el abuso sexual de un extraño mientras se dirigía a la escuela. El día que decidió contárselo a sus padres, su hermana de veinte años, algo así como un ángel para él, murió de un ataque al corazón. “Recuerdo el momento de silencio absoluto, al que pronto le sucedieron los gritos de mi madre. Chillaba como un animal.” Mick no pudo soportarlo. Su vida cambió en apenas dos días. Con catorce ya se había iniciado en el tráfico de estupefacientes. “Movía drogas y cobraba deudas. Era bueno en mi trabajo. Hería a la gente, les rompía las piernas o les disparaba, y no me importaba. Hice mucho dinero, pero no había nada glamoroso en ello. Estaba perdido. Nada funcionaba para aliviar mi sufrimiento. La criminalidad era mi mundo. Un amigo murió en una maratón de alcohol a los dieciséis. Otro sufrió una sobredosis de metadona a los diecisiete. Siempre creí en Dios, pero también pensé que Dios no se ocupaba mucho de mí.” Mick tenía una esposa y tres hijos. Pero la madre de Mick tuvo que hacerse cargo de ellos para impedir que interviniesen los servicios sociales. “No quería vivir. No sabía cómo cambiar.”

Eran las diez de la mañana y Mick Fleming, con cuarenta y tres años, esperaba a su próxima víctima con pistola en mano. Le habían encargado saldar una deuda. “Era un día denso y oscuro. Conocía su rutina, todo sobre él. Era un traficante más de drogas, igual que yo. Le vi salir del gimnasio. Pero esta vez fue diferente. Iba con dos niñas pequeñas, rubias, de unos cinco años. En el momento de apretar el gatillo, una de ellas me miró. Y entonces sucedió. No pude disparar. Quedé cegado por la luz que desprendía su cuerpo. Era como mirar al sol y me quedé paralizado.” Mick fue condenado a pasar una larga temporada en la unidad psiquiátrica del hospital de Burnley. “No tenía más que la ropa con la que llegué”. Sin embargo, Mick se sintió como en casa. “Había esquizofrénicos sin tratar, hombres muy enfermos, alcohólicos tremendamente vulnerables. Pero me daban cosas básicas porque veían que yo no tenía nada. Me sentí abrumado.” Fue en el hospital que Mick conoció a Tony, el pastor del centro. Juntos rezaban y, sobre todo, charlaban. Mick volvió a sentir emociones. Comenzó a ayudar a otros. Fue el principio del fin de una vida destrozada. Gracias a un encuentro casual con un profesor de la Universidad de Manchester, comenzó a estudiar teología. Fracasó en su primer año. Pero con disciplina y el apoyo de la universidad consiguió graduarse. Hoy en día Mick es pastor y se dedica a ayudar a quienes más lo necesitan, sobre todo repartiendo comida y solucionando las trabas burocráticas con las que topan quienes apenas saben leer. Está con ellos y junto a ellos. “Los políticos dicen que este coronavirus nos afecta a todos. Es mentira. Si eres pobre, no tienes una oportunidad. Hay una necesidad de dimensiones cósmicas. Personas que trabajan no consiguen llegar a fin de mes. Tenemos médicos voluntarios para aquellos que no pueden acceder a cuidados primarios. Muchos duermen sobre el suelo.” Le piden alimentos, neveras, camas… Mick se encarga de conseguirlo. Más o menos, visita diez hogares al día por semana. “La gente se siente olvidada. No podemos depender de un banco de alimentos. No está bien. Pero sucede. Nunca he visto algo como esto, a esta escala. La pobreza permanece oculta bajo la superficie. Una enorme pobreza.”

Hace diez años, Mick conoció a un alcohólico sin hogar. Le escuchó, le cuidó y le ayudó a recuperar una cierta cordura para que pudiera reunirse con su familia. El hombre murió dos años después. “Nunca le dije a la familia que aquel hombre fue el que me violó siendo un niño. ¿Por qué lo hice? Bueno sabía, que había sido perdonado por mi pasado. No hice lo que él, pero sí otras cosas terribles. Pero fui perdonado.”

Evidentemente, en el día a día, las cosas no son tan gloriosas. Hay mucho gris. Los pobres son también difíciles (y no siempre agradecidos). Pero un Sí de fondo sostiene la entrega de Mick y de tantos otros que trabajan con él. A menudo pienso que hay pocas vocaciones sacerdotales porque se habla demasiado de Dios, cuando se habla, y poco de las vidas de los hombres de Dios. El día en que nació Mick, en 1966, fue también Navidad.

mundo animado

diciembre 24, 2020 § Deja un comentario

En el mundo de los dibujos animados, cualquier cosa es un alguien. Algo parecido observamos en el mundo de la religión. Ergo, religión es infancia. Aunque con respecto a este asunto, lo que está en juego, más allá de la mistificación, quizá sea la posibilidad de una segunda ingenuidad.

Filocalia

diciembre 23, 2020 § Deja un comentario

¿Podemos leer la Filocalia habiendo leído a Nietzsche? Quizá solo desde la convicción de que, al final, únicamente nos quedarán las formas. Y quien dice las formas, dice también la devoción carbonera. Pues lo cierto es que con el paso de los días, nadie está a la altura del acontecimiento al que inicialmente responden las fórmulas de la fe. La fidelidad a lo que se nos fue dado como excepción nunca fue un asunto meramente sentimental.

inmortalidad del alma e impiedad

diciembre 22, 2020 § Deja un comentario

Es sabido que la creencia en una vida más allá de la muerte, estrictamente, la idea de una resurrección, se impone tardíamente en la conciencia de Israel. El favor de Dios fue, antes que un premio de ultratumba, una vida larga y próspera. A veces pienso, que quien da por sentado que el alma sobrevive a la muerte deja a Dios de lado, mejor dicho, su estar ante Dios. Pues, para este viaje, no hacen falta las alforjas de Dios. Basta con leerse el Fedón. O con ser hinduista. Y es que la experiencia de la vida como don o milagro va con la convicción de que vivimos dentro de un plazo. Hay algo de desafiante en dar por sentado que el alma es inmortal. Ciertamente, la fe en la resurrección de los muertos no arraiga en la necesidad de una solución a la angustia de cada uno ante la muerte, sino en la pregunta por el destino de quienes murieron injustamente antes de tiempo, el futuro de los mártires. Y aquí, al tratarse de lo imposible, sin duda, topamos de nuevo con Dios, aunque no propiamente con un Dios ex machina. Pero es innegable que donde sustituimos la fe en la resurrección por la creencia en la inmortalidad del alma, acaso más razonable, Dios deviene una hipótesis entre otras, una hipótesis de la que podemos perfectamente prescindir.

el anti-Dios

diciembre 20, 2020 § Deja un comentario

En la Biblia hay dos preguntas que la recorren a modo de leitmotiv: ¿dónde está tu Dios? y ¿dónde, tu hermano? La primera no deja de llamarnos la atención, teniendo en cuenta de que contamos con una respuesta por defecto, a saber, en los cielos. La segunda, en cambio, contrasta con la que haría un dios del lugar: ¿cuándo me entregarás mi tributo? En vez de ello, una interpelación moral. Porque ya no hemos acostumbrado, al menos culturalmente, a este Dios, pero, si lo pensamos bien, no tiene nada de divino. Pero el hallazgo bíblico consiste, precisamente, en comprender ambas preguntas como las dos caras de una misma moneda. YWHW siempre responde a la inquietud del hombre por Dios inquietando al hombre. ¿Dónde se encuentra Dios —aquel de quien dependes en lo más íntimo? En el cuerpo del que desprecias porque apenas es un resto de hombre. Y esto, ciertamente, es algo difícil de tragar para quien parte de una concepción natural de lo divino. Como si YWHW fuese el anti-dios.

Dostoievsky

diciembre 19, 2020 § Deja un comentario

Un solo excluido —la muerte de un solo niño por hambre— debería paralizar el mundo. Sin embargo, esto es, precisamente, lo que ningún mundo puede admitir.

estilos

diciembre 18, 2020 § Deja un comentario

Llega un momento en que te das cuenta de que la verdad es una cuestión de estilo. Ahora bien, el estilo no es un modo de decir bien —o bonito— lo que también podría ser dicho de otro modo. Tiene que ver con saber encontrar las palabras justas —las únicas posibles— y, por eso mismo, con la verdad, esto es, con lo que en verdad tiene lugar y no simplemente sucede o pasa. En este sentido, la verdad, lo real, acontece en el interior del poema —del hallazgo verbal—. Cuanto admite un punto de vista —lo que siempre puede ser dicho de otro modo— es mera apariencia (y quizá sea por eso mismo que las apariencias carezcan de importancia).

el prójimo

diciembre 17, 2020 § Deja un comentario

Jesús de Nazaret, como sabemos, responde a la pregunta sobre quién es nuestro prójimo con la parábola del buen samaritano. Una lectura superficial nos da a entender que el prójimo es aquel que, siendo semejante, sufre como un animal abandonado en la cuneta. La idea de fondo es que ante el prójimo no deberíamos pasar de largo. Su llanto es un mandamiento. Por eso mismo, el que nos hallemos ante un imperativo insoslayable ¿no sugiere, cuando menos, que estamos ante algo más que una reacción emocional? ¿Nos inclinamos ante el que yace en la cuneta como nos inclinaríamos también ante un chimpancé herido que nos mirase con una mirada suplicante? Quizá. Al menos por aquello del hermano lobo. En cualquier caso, los evangelios nos dan a entender que no se trata de reaccionar, sino de responder a un llanto que decide el sí o el no de nuestro estar en el mundo. El problema es que espontáneamente no nos sentimos sub iudice. Ahora bien, que no nos sintamos así no implica que no lo estemos, aun cuando hoy en día se haga difícil defender que no hay otra libertad que la de quien se encuentra sujeto a un imperativo tan insatisfacible como ineludible. Como si lo más íntimo tuviera que ver con un imperativo cuya radical heteronomía es anterior a cualquier yo hasta el punto de constituirlo. En cualquier caso, en ausencia de juicio, todo —o casi todo— es biología.

No obstante, podríamos añadir otro problema, el que tiene que ver, precisamente, con la semejanza del semejante. Pues lo habitual es que los que viven como perros sean vistos, de hecho, como perros —como alimañas que pueden morder la mano que los alimenta. Hay algo de tramposo en representarnos al pobre como un pobrecito… aunque sea cierto que hay mucha verdad —y la verdad siempre exigió coraje— en quien es capaz de ver en la alimaña a un abandonado de Dios (y por extensión, a un semejante). Quien se aleja de los hombres se convierte, ciertamente, en un extraño. Y esto es lo mismo que decir en alguien que, de entrada, no podemos reconocer como semejante. De ahí que la cuestión del prójimo se presente, en definitiva, como la cuestión de nuestro estar cabe el extraño. Y es que ante el extraño, de entrada, no podemos evitar la prevención. Acaso sea por esto que los evangelios insistan en que, a pesar de nuestra reacción más natural, no deberíamos tener miedo ante el extraño. Pues la mayor extrañeza no es la del monstruo —esta no deja de ser epidérmica—, sino la de un Dios indigente, un Dios cuyo cuerpo es, en realidad, un cuerpo de más, el de los sobrantes.

modos de ver

diciembre 16, 2020 § Deja un comentario

Hay modos de ver. Pero aquí el cómo no es secundario. Está en juego la diferencia entre lo superior y lo inferior. Pues no es lo mismo, pongamos por caso, encarar a una mujer desde el gusto que desde el asombro —o si se prefiere, la perplejidad— que provoca el que sea un cuerpo capaz de albergar una vida. No es lo mismo ver cuanto nos rodea desde el punto de vista del propio interés, en última instancia biológico, que desde los ojos de lo que el otro re-presenta o significa. Y es que el significado antes que proyectado, es reconocido. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de ver de qué se trata. Y este qué no suele coincidir con nuestras primeras impresiones. Aunque aquello de lo que se trata sea, de hecho, muy básico. Será cierto que existir supone un estar alejados de lo originario. Al menos, de entrada.

el no-Todo

diciembre 14, 2020 § Deja un comentario

Con respecto al todo, no cabe la alteridad. Esto es, la exclusión de la alteridad es la condición lógica del todo. Ergo, el no-todo va con el todo. De ahí que, contra la idea de que solo es posible hablar de lo que es, deberíamos más bien afirmar que tan solo cabe hablar de lo que aún no es, un aún no, sin embargo, eterno. De hecho, si vamos más allá de los nombres —si nos vemos obligados al discurso— es porque en núcleo duro de la experiencia es lo que, en ella, no termina de darse. Como si el discurso fuera un intento, siempre en vano, de alcanzar lo que inevitablemente perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo.

factotum

diciembre 13, 2020 § Deja un comentario

Todo lumpen tiene un héroe en el que inspirarse, un repartidor enmascarado. Y si no, Hollywood se encarga. Sin su ficción, los lumpen difícilmente podrían soportarse a sí mismos. Aún más: es por su ficción que la indignación no pasa de la taza del wc. O del mal rollo familiar.

suneung

diciembre 12, 2020 § 1 comentario

Una madre coreana que implora a sus muertos un favor para su hijo no se distingue, en lo que hace, de aquella viejecita que, ante el crucifijo, suplica la curación de su nieta. En ambos casos la disposición es la misma. Tan solo cambia el objeto de la invocación. Es lo que tiene que haya una pluralidad de culturas. De ahí que no sea de recibo decir que la segunda, a diferencia de la primera, invoca al Dios verdadero. Y no porque seamos, hoy en día, unos relativistas, sino porque la verdad de Dios no puede comprenderse como el referente de un significado común. Como si nos preguntásemos qué dios —o si se prefiere, qué espíritu—, entre los disponibles, detenta un mayor poder. Esta fue, de hecho, la pregunta del politeísmo. Como tampoco es de recibo decir que, en el fondo, se dirigen al mismo Dios. Pues Dios no es el denominador común —una abstracción— de las diferentes imágenes de lo divino. El hallazgo bíblico, por decirlo así, consistió en caer en la cuenta de que topamos con la verdad de Dios cuando topamos con su silencio —al fin y al cabo, con su impotencia. Ciertamente, Dios es, por definición, omnipotente. Pero nos equivocamos donde creemos que su omnipotencia es la de un ente que actúa ex machina. Como si la diferencia entre el poder de Dios y el de los hombres fuese de grado. Y es que la omnipotencia de Dios es, en realidad, la de un Dios capaz de impugnar la totalidad en nombre, precisamente, de los que no cuentan. El mundo, sencillamente, es condenado a la impiedad donde dejamos de escuchar la voz que se desprende del retroceso (y por ende, del porvenir) de Dios —aquella que nos invoca a la fraternidad. Por ello, dicha impugnación queda en el aire donde no respondemos al clamor con el que Dios responde a nuestras súplicas.

el tamaño importa

diciembre 10, 2020 § Deja un comentario

La pregunta por el qué de cuanto percibimos no se resuelve fácilmente, aunque de entrada nos lo parezca. Así, por ejemplo, vemos un cuerpo —y decimos, sin dudarlo, que se trata de un cuerpo. Ahora bien, si de repente fuésemos reducidos al tamaño de una pulga, dejaríamos de ver ese cuerpo. Ni siquiera percibiríamos su piel. Pues la piel se habría convertido en un mundo —y un mundo desértico. Seguiría habiendo cuerpo. Pero ya no para nosotros. Tendrán razón los Hume y compañía al defender que la sustancia —el eso concreto al que le atribuimos unos rasgos— es un constructo de la mente. Y es que lo que de entrada se presenta como un algo en concreto puede convertirse, con el cambio de tamaño, en una totalidad —en un ámbito. Y al revés: nuestro todo podría ser, perfectamente, una cosa desde el punto de vista de un dios. De ello se desprende que lo que es en absoluto es un lo que. Y que el todo es, antes que nada, una idea —un horizonte por definición siempre desplazable. Más aún: que la totalidad precede a lo que se presenta como ente. Hay un haber anterior a cualquier mundo. Pero ese haber no es nada en concreto, sino un puro il-y-a anterior a cualquier presente. En este sentido, podríamos decir que el síntoma de este il-y-a es el retroceso de lo absolutamente otro que constituye la condición del aparecer de cuanto es.

Edén

diciembre 9, 2020 § Deja un comentario

La tierra —mejor dicho, una tierra en la que habitar en paz— es, para Israel, un lugar teológico. En este sentido, la tierra prometida sería algo así como el ámbito en donde se restaura la relación originaria con Dios. Al fin y al cabo, se trata de recuperar el lugar perdido. La existencia no tiene otro sentido —otro hacia donde— que el del regreso al Edén. No es casual que Israel cobrase conciencia de ello solo tras la desaparición del reino de Judá. Como si los hombres tuviéramos que perder lo que tuvimos y no supimos apreciar para caer en la cuenta de su valor. Sin embargo, hoy en día estamos lejos de comprender que existimos en relación con una pérdida fundamental. Pues para el descafeinado individuo moderno tan solo el deseo —ese trampantojo— constituye la medida de lo que importa. Y, como decía Machado, es de necios confundir precio y valor.

la metafísica judía

diciembre 8, 2020 § Deja un comentario

Dices: la existencia no tiene sentido; la historia es un cuento narrado por un idiota lleno de ruido y furia… De acuerdo. Es innegable que a veces el mundo se nos ofrece —y para muchos, no hay otra oferta— como un infierno. Pero también es cierto que a veces se nos presenta como bendición. La pregunta de la filosofía ha sido tradicionalmente la pregunta por lo que las cosas son al margen de cómo se nos muestran. Nuestro estar en el mundo ¿tiene o no un propósito? ¿Cabe ir más allá del horizonte de las apariencias? No es casual que el escepticismo haya sido el horizonte de la reflexión. Pues la respuesta a la cuestión sobre lo real siempre se ha resuelto sustituyendo una apariencia por otra. La ciencia —y basta con haber leído a Kuhn o a Feyerabend para constatarlo— sigue siendo una perspectiva, ciertamente eficaz. Es verdad que el filósofo suele rizar el rizo. En este sentido, Platón habló de grados de conocimiento, de tal modo que el saber último no puede entenderse en los términos de una descripción. Pues con respecto a lo último no hay nada que describir, sino en cualquier caso algo que captar, y captarlo como lo que, en sí mismo, no es más, aunque tampoco menos, que pura exigencia de ser. Como si la condición del aparecer de lo real fuera, precisamente, la desaparición en su carácter absoluto. Pero, por esto mismo, la ignorancia socrática —el solo sé que no sé nada— gravita inevitablemente en torno la pregunta por lo que en definitiva es. El judaísmo, sin embargo, no se plantea esta cuestión a la manera ateniense. De hecho, no hay metafísica judía. No puede haberla en tanto que lo real —lo sólido— no es lo subyacente, sino lo que aún está por ver. En este sentido, la literatura sapiencial —principalmente, en los libros de Job y Qohélet— da buena cuenta de la indecisión en la que nos hallamos. Hay un momento para cada cosa y una cosa para cada momento. Luz y oscuridad —la bendición y el horror— coexisten en relación con un Dios cuyo presente es el de su porvenir, un porvenir que se revela como el envés de un retroceso ancestral. No hay otro presente para Dios que el de un Dios que se encuentra fuera del presente histórico (y esto significa que no está tras las bambalinas, como si tan solo tuviéramos que cruzar una puerta para verlo). Dios no se ubica en otro mundo, sino en otro tiempo. Y se ubica como el que aún no es nadie. Pues no quiere ser-Dios sin el fiat del hombre. De ahí que bíblicamente la pregunta no sea qué hay de real en cuanto nos parece real, sino cómo se resolverá dicha indecisión. O por decirlo de otro modo, quién pronunciará la última palabra. Como si el mundo pendiese de un hilo. Así no hay alternativa: o escepticismo —y quien dice escepticismo, dice nihilismo— o esperanza. Aun cuando esta sea, literalmente, increíble. Al menos, desde nuestro lado. Y es que esa última palabra no podrá pronunciarse sin que implique un reset de dimensiones cósmicas. O por decirlo en bíblico, una nueva creación.

… y con todo

diciembre 7, 2020 § Deja un comentario

Llama la atención que Adán fuese moldeado directamente por las manos de Dios. Como si el relato nos quisiera dar a entender una implicación, casi física, de YWHW. Por ello, y a diferencia del cosmos, el cual fue creado a distancia, por decirlo así, Dios se encuentra comprometido corporalmente con el hombre. En la carne de la humanidad, cabe reconocer las huellas —la imagen— de Dios. Ahora bien, este compromiso de Dios significa, al fin y al cabo, que la voluntad de Dios es la de reconocerse como Dios ante un hombre llamado a responder a su invocación. Como si la primera pregunta que Dios le dirige al hombre fuese y tú quien dices que soy yo. Y aquí hay que tener en cuenta aquello tan judío que no hay decir que no sea puesto en obra. No es casual que la expresión dar la palabra posea un doble sentido.

y hubo luz

diciembre 7, 2020 § 1 comentario

En el relato de la creación, llama la atención que todo tenga lugar a la orden de Dios. YWHW-Elohim está lejos de ser un demiurgo a la platónica, un dios artesano. Como si se nos quisiera dar a entender que cuanto es obedece a la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios, como decía Ireneo, es que el hombre viva. La creación, por consiguiente, pende de un hilo. Al menos, porque la voluntad de Dios es la de un Dios que no quiere —y por tanto, no puede— llevarla a cabo sin el hombre.

Deutero-Isaías

diciembre 6, 2020 § Deja un comentario

El profeta denominado deutero-Isaías es un profeta ciertamente extraño. Pues sus textos a menudo dan la impresión de que sean un contrapunto del relato de la creación. Contra la primacía de la bendición, Isaías señala que tanto la luz como las tinieblas se deben a YWHW (45,7). Esto es, el horror no sería —o no solo— el fruto del orgullo de Adán (aunque la voluntad de YWHW sea, sin duda, que el hombre habite una tierra en paz (45, 18)). Aquí es inevitable pensar en la tradición sapiencial, sobre todo en los libros de Job y Qohélet. Por otro lado, en 40, 18.25 y en 46,5, el profeta rechaza, provocativamente, cualquier atisbo de semejanza entre Dios y el hombre. Como si la redención únicamente obedeciera a la gracia de Dios y no a la necesidad de reconocerse de nuevo en el hombre. Finalmente, el creador no parece que se tome un descanso al finalizar su obra. YWHW no se agotó ni fatigó dice Isaías en 40,28. La declaración soprende, sobre todo, si tenemos en cuenta que el séptimo día puede entenderse como el momento de la ocultación de Dios, la cual constituye, como sabemos, uno de los leitmotivs del profetismo de Israel. Puede que Isaías quisiera señalar que la lejanía de Dios no debe interpretarse como desidia; que, a pesar de la distancia, Israel seguía ante Dios o, mejor dicho, bajo su juicio. En cualquier caso, no es casual que el trabajo del deutero-Isaías, acaso el pistoletazo de salida del monoteísmo más estricto, se sitúe en la época del exilio, una época en la que la trascendencia de Dios se revela como extrema. Y es que en medio de un mundo devastado por la violencia, Israel difícilmente pudo seguir creyendo en las intervenciones paranormales de un dios campesino. Lo dicho: muy extraño tot plegat. Como si la relación con Dios fuese, esencialmente, problemática. Como si, al fin y al cabo, pendiese de un hilo.

credulidad y revelación

diciembre 5, 2020 § Deja un comentario

Una cosa es caer en la cuenta y otra, dar por descontado. Así, caemos en la cuenta de que vamos a morir cuando el médico nos dice que nos quedan apenas pocos meses —o, en su defecto, cuando meditamos sobre nuestro final a la socrática. Memento mori. Los cartujos, no en vano, cavaban a diario su propia tumba. Sabemos que no somos inmortales. Sin embargo, en el día a día, vamos haciendo como si lo fuésemos. Es cierto que no se trata de caer en la obsesión. Pero nuestra existencia carece de verticalidad donde obviamos el acontecimiento fundamental: que vivimos dentro de un plazo (y que por eso mismo, el simple hecho de estar-en-el-mundo es un milagro). Al fin y al cabo, o vivimos de espaldas al milagro o conforme al mismo. O inercia o interrupción —horizontalidad o profundidad. El cristianismo añadirá, por su parte, otro caer en la cuenta: Dios no es, en verdad, el que suponemos espontáneamente, sino el que cuelga de una cruz (y que, por extensión, los otros son nuestros hermanos). Todo un vértigo. Pues ¿acaso podemos incorporarlo como quien no quiere la cosa? ¿Es que hemos sido sacudidos por el hambre del hambriento más allá de una epidérmica y puntual compasión? La credulidad consiste en suponer, por ejemplo, que hay Dios o vida en el más allá como quien supone cualquier otra cosa. Pero la fe no es una mera suposición. Es cuestión de peso —de gravedad. Así, para un cristiano, la muerte del hermano pesa más que la propia. Y por eso vive para los que no cuentan. En modo alguno es casual que, con respecto al Dios del cristianismo, hablemos de revelación y no de iluminación. Y es que la revelación siempre tiene algo de inaceptable. Aunque nos alcance en lo más íntimo.

milagros

diciembre 3, 2020 § 1 comentario

Hay milagros. Basta con que haya un hombre o una mujer buenos en medio del horror para creer que la bondad es sobrenatural. Y es que lo imposible no es tanto lo inexplicable como lo que el mundo no puede admitir.

Joan Anton

diciembre 2, 2020 § Deja un comentario

Fama —la única gloria a la que podían aspirar los hombres, según los griegos—, ninguna. Pasó por la vida, más bien, con discreción. Lo que sí fue es un hombre bueno. El otro día nos dejó, de manera repentina, Joan Anton Pàmies, que durante tantos años prestó diversos servicios en la institución cultural-educativa del CIC, y últimamente, en la recepción de Virtèlia. Su sola presencia, afable y siempre dispuesta al servicio, creaba ese clima de acogida que siempre ha caracterizado al centro. Joan Anton fue algo así como el hermano Gárate del CIC. Los que tuvimos la suerte de tratar con él fuimos afortunados. Pues, por su manera de encarar la vida, estamos un poco más convencidos de que la bondad lo es todo.

casi un trabalenguas

diciembre 2, 2020 § Deja un comentario

El humano puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere.

Arthur Schopenhauer

entomología básica

diciembre 1, 2020 § Deja un comentario

Observar desde la terraza a las chicas vestidas de fiesta un viernes por la noche. Su ansia es patente bajo la excusa de la diversión. Puede que esta sea la ocasión en la que encuentren a quien atar (o atarse, da igual: la cuerda será idéntica). Podrán decirse a sí mismas (y a las demás, sobre todo a las demás) que ya no serán las últimas. Algo parecido podríamos decir del otro género, aunque quizá sean menos sutiles. Son cosas de la juventud, se dice con ganas de dejarlo estar. De acuerdo. Pero también podemos ver mucha soledad (y a veces incluso tristeza). Al fin y al cabo, son cosas de insectos. El amor, de entrada, siempre fue un trampantojo.

cultura y cuerpo

noviembre 30, 2020 § Deja un comentario

La cultura crea el cuerpo. Un chimpancé no tiene cuerpo. Es su cuerpo. Tan solo el hombre se enfrenta a su propio cuerpo —a la carne que va con él y que no puede aceptar por entero. Un chimpancé no se avergüenza de su desnudez. Ningún chimpancé difiere de sí mismo. Ningún chimpancé trata de embellecer su cuerpo, ocultar la tara como si esta no fuese con él. De ahí que los cínicos de la Antigüedad dijeran que el único modo de liberarse de la impostura pasara por vivir como un perro —como un sinvergüenza. No era extraño ver a Diógenes defecando en la plaza pública. O masturbándose. Con todo, de lo que no pudo liberarse es de la necesidad de ladrar a los atenienses. En sus ladridos —en su tener que negar, en su profetismo—, aún hubo un resto de máscara. Y es que nadie puede vivir como un perro sin extinguirse como hombre.

nada o nadie

noviembre 29, 2020 Comentarios desactivados en nada o nadie

Si Dios es nada (y no el aún nadie), entonces la resurrección, fuese lo que fuese, no revela el quién de Dios. La cruz no habría sido más que la puerta de acceso a la nada. Ergo, de celebrar algo deberíamos celebrar, más bien, el triunfo de la muerte. (Y para disolverse en la nada hay, sin duda, caminos menos crueles.)

factum

noviembre 28, 2020 § Deja un comentario

Vivimos separados de lo que en verdad tiene lugar —del milagro, del carácter excepcional de cuanto es. Preferimos —y esta preferencia es original— tener las cosas bajo dominio, dejar a un lado nuestra exposición al carácter superior del puro y simple haber. Y este preferir significa que ya estamos muy a gusto con nuestra ignorancia —que no cal ir más allá de cuanto nos traemos entre manos. Aunque el precio a pagar sea el de una vida de zombis más o menos satisfechos. O quizá por eso mismo.

del error existencial

noviembre 27, 2020 § Deja un comentario

Nos seduce la belleza de un cuerpo o también los síntomas del poder. Pero debería seducirnos la inteligencia y la bondad (y no necesariamente en este orden). Sin embargo, el cuerpo impone sus derechos. Sobre todo, cuando aún no hemos vivido lo suficiente. Así, fácilmente caemos en la trampa. No es casual que Platón distinguiera entre cuerpo y alma —o siendo más precisos, entre nuestra aspiración más íntima, la que apunta a lo absolutamente nuevo o extraordinario, y las demandas de un cuerpo que, por lo que acabamos de decir, no deja de ser, al menos inicialmente, una especie de camisa de fuerza. Por eso, solemos ir de una cosa a otra… sin caer en la cuenta de que la vida es lo que vamos perdiendo mientras nos limitamos a reaccionar a las exigencias de la adaptación —mientras buscamos nuestro éxito. Las inclinaciones del cuerpo —nuestros deseos más o menos elementales— prometen, sin duda, lo nuevo o extraordinario. Pero en su lugar solo se nos entregará un sucedáneo, la novedad. Y a estas alturas, nadie ignora que el destino de la novedad es el container. Quizá sea inevitable ceder al canto de la sirena de los cuerpos. Al menos, durante una buena parte de nuestra vida. Sin embargo, como dijera Kafka, lo terrible no es su canto, sino su silencio. Y el silencio siempre viene después. Aun cuando estuviese ahí desde un principio.

más contra

noviembre 26, 2020 § 1 comentario

Montserrat Moreno, en La contra de ayer, sostiene aquello de que no necesita la hipótesis de Dios. De acuerdo. Tampoco el creyente. Dios, salvo para el mito de trazo grueso, nunca fue un supuesto explicativo. Más bien, Dios en verdad se sufre como el Dios que se encuentra a faltar. De ahí que el creyente permanezca a la espera de Dios. Aunque lo cierto es que de topar con él, no topará con Dios, sino con el hombre de Dios. Basta con leer los textos bíblicos —o mejor dicho, con leerlos sabiendo leerlos— para caer en la cuenta de lo que acabamos de decir. De hecho, la crítica a la superstición religiosa no nació con la Modernidad, sino con los profetas. Y a propósito de este asunto, uno no puede evitar una sensación de hartazgo ante una crítica que, aunque justificada hasta hace poco, al menos por aquello de los excesos de una cristiandad aliada con el poder, tiene más de ignorar de lo que se habla que de crítica.

delgaditos

noviembre 25, 2020 § Deja un comentario

Finitud significa, entre otras cosas, que no partimos de cero. Que nuestra situación no es la de un dios que contempla el mundo desde la grada o que decide arbitrariamente sobre cualquier asunto… si es que puede hablarse aquí de decisión. Todo nos afecta en mayor o menor medida. Porque somos cuerpo, nuestra inteligencia está mediada. La distorsión es un asunto íntimo. Así, no cabe poseer lo que implícitamente sabemos. Lo tácito es siempre un punto de partida insoslayable. Aunque quepa cuestionarlo —esta es, de hecho, la tarea del filósofo—, no llegamos a obtener una respuesta que no sea la de la abstracción (y por eso mismo, difícilmente incorporable). La cuestión de la verdad no es la de su criterio, sino la quién es su sujeto. Y no parece que la respuesta sea el hombre. Al final, quizá nuestra única opción sea la de responder a una demanda. No en vano nadie quiere nada —y querer no es lo mismo que desear— mientras no sepa que quiere de él su padre, aquel que, precisamente, tuvimos que perder de vista para que nos alcanzase su voluntad —su testamento.

modos de leer

noviembre 24, 2020 § Deja un comentario

Leo en un libro de Peter L. Berger —Cuestiones sobre la fe— que, según la Biblia, la bondad de Dios es un aspecto necesario de su naturaleza. De hecho, se trata de una convicción común. Sin embargo, los autores bíblicos no entienden la bondad de Dios como un atributo de Dios. En realidad, YWHW carece de entidad. No es un algo —o alguien— del que podamos decir algo. Es lo que tiene un Dios que se ofrece como un Dios por venir. De ahí que cuanto podamos decir de Dios en presente indicativo tendría que leerse desde el tono del imperativo. Así, decir de Dios que es bueno equivale a decir que debería serlo… teniendo en cuenta que seguimos con vida. La misericordia de Dios es, casi literalmente, una medida de gracia. Y es que, bíblicamente, todo se contempla desde la situación de quien se halla sub iudice ante Dios. En este sentido, no es casual que la primera aparición de YWHW en la tierra sea aquella en la que Caín es interpelado por el lugar de Abel.

el Jesús histórico

noviembre 23, 2020 § Deja un comentario

Decir de Jesús fue un personaje histórico equivale a decir no fue un avatar de la divinidad. Ahora bien, también implica caer en la cuenta de que las cosas hubieran podido ser muy distintas si Jesús, por ejemplo, hubiese preferido seguir dándole a la madera. El teolegúmeno de la preexistencia es, por consiguiente, un postfactum, un modo de decir que, al final, se cumplió lo que, desde el origen, estaba previsto, a saber, la encarnación de Dios. Es lo que tiene un Dios que no quiere —y por eso mismo, no puede— ser sin el hombre.

extinción y realidad

noviembre 22, 2020 § Deja un comentario

La desaparición se halla inscrita en el tuétano de lo real. Frente a la tradición de la metafísica clásica, el tiempo en modo alguno debe entenderse como la degradación de cuanto es. Al contrario. Y es que la alteridad avant la lettre —lo esencialmente extraño o inasimilable que hay en lo otro en cuanto tal— se hace presente en la misma medida que, en sí mismo, no se hace presente. En ningún caso vamos a ver el carácter otro de cuanto vemos. De ahí que siempre se dé por supuesto. Ahora bien, decir que lo real es porque no es (y vicerversa) es lo mismo que decir tiempo. Todo presente se halla preñado de un fue absoluto. Y por eso mismo, de una eterna promesa. Pues el mundo es lo que es en tanto que tiene pendiente el carácter otro de cuanto es.

¿qué espera quien espera?

noviembre 21, 2020 § 1 comentario

La esperanza cristiana es para los desesperados. Para el resto, la expectativa. Y es que la esperanza es algo así como un clavo ardiendo. Quien permanece a la espera de Dios permanece a la espera de lo imposible —de lo que el mundo no puede admitir como posibilidad, algo así como un reset cósmico. Pues al desesperado, el mundo se le presenta como una condena sin posibilidad de remisión. Como escribiera Pablo, fuimos salvados en la esperanza. Porque Jesús fue rescatado del sheol, la muerte no tendrá la última palabra. Ahora bien, Pablo dijo lo que dijo porque estaba convencido de que el mundo, tras la resurrección del crucificado, había llegado a su fin. Pero, teniendo en cuenta de la historia siguió su curso como si nada la hubiese partido en dos, esto está muy cerca de decir aquello de largo me lo fiáis. De hecho, los de las pateras esperan poder alcanzar un nuevo mundo; el esclavo, su liberación; el hambriento, el pan de cada día. Y Dios no parece que esté por la labor de intervenir ex machina. Por eso, y mientras no llegue el final de los tiempos, los desesperados no deberían esperar gran cosa de Dios. En realidad, y en tanto que no es aún nadie sin el fiat del hombre, no puede intervenir. No es casual que Israel terminase focalizando su esperanza, no en la intervención directa de Dios, sino en la de su enviado. Sencillamente, quien cree en Dios espera la aparición de un mesías de carne y hueso. Al fin y al cabo, como suele decir Javier Vitoria, la providencia de Dios son las mujeres y los hombres buenos. Como si el clamor de los que sobran solo pudieran esperar un gesto de bondad. Tampoco es, sin embargo, poca cosa.

el Dios de Job

noviembre 21, 2020 § Deja un comentario

El Dios que se revela a Job no parece que esté muy preocupado por su sufrimiento. De hecho, no se interesa por nadie, lo cual resulta cuando menos extraño, tratándose de un texto bíblico. Ante YWHW, Job es como una mota de polvo. Sin embargo, el discurso final de YWHW tampoco debería soprendernos tanto. ¿Acaso no le diríamos lo mismo a una pulga que nos preguntase por su lugar en el mundo? Esto es lo que hay. No pretendas entenderlo porque no puedes entenderlo. En definitiva, la moraleja del libro de Job es simple. El hombre no puede hacer más que permanecer expuesto al misterio de Dios y obedecer al mandato que se desprende de su radical trascendencia, el que nos obliga, precisamente, a cuidar de la vida que nos ha sido dada como excepción, confiando que, al final, todo terminará bien. La fe nunca se resolvió como un saber acerca de Dios. Ni siquiera hipotético.

advaita

noviembre 20, 2020 § Deja un comentario

No hay dos, sino uno —no hay separación, sino unidad. El mundo donde las cosas se distinguen entre sí es una ilusión. No hay, por tanto, distinción entre mente y materia. De hecho, cualquier separación resulta artificial. Todo es un continuo. Y no hay nada más que el todo. Estas son, como sabemos, las tesis del pensamiento o la espiritualidad no dual. No hay, por consiguiente, caída. En ningún momento fuimos arrancados del absolutamente otro. La noción de alteridad es un trampantojo de la conciencia desgraciada. Bien y el mal serían, por extensión, perspectivas. Únicamente sucede el suceder. Así, podemos creer que hay bendición al contemplar la quietud de un paisaje. Pero si nos acercamos veremos que entre las briznas de hierba la mantis religiosa devora al macho que la fecundó. El horror es el envés de la belleza. Ninguna redención en el horizonte. Pues, no hay nada que, estrictamente, deba ser redimido. Auschwitz se halla en el mismo plano que la sonrisa de un niño. Desde esta óptica, la acusación de nuestras víctimas es puro histrionismo. Se equivoca, pues, el bodhisattva, que habiendo alcanzado la iluminación, renuncia a entrar en el nirvana por compasión hacia los que sufren. Obviamente, estamos en las antípodas de una sensibilidad bíblica, según la cual la conciencia, lejos de disolverse en el todo, debe acentuar su resistencia al todo en nombre, precisamente, del carácter sagrado de la infancia. O por decirlo de otro modo, en nombre de un tener que responder a la demanda que nace de los estómagos del hambre. No es casual que Nietzsche viera en las tradiciones orientales la expresión más certera del nihilismo. Pues el nihilismo es el destino de quien contempla el mundo desde la distancia de un dios. Puede que quienes observan el mundo sub specie aeternitatis estén en lo cierto —y que nuestro escándalo ante la desproporción de la barbarie sea una simple reacción emocional. Pero también es posible que la verdad esté del lado de quien se enfrenta a lo cierto. Cuando menos porque la verdad, antes que una descripción de lo que simplemente sucede, es un tener lugar. De ahí que o bien no haya nada que esperar; o bien tan solo cabe esperar lo que, por imposible, aún no ha tenido (el) lugar. Y lo imposible —lo que el mundo en modo alguno puede admitir— no se decide desde nuestro lado. Aunque tampoco solo desde el de un dios interventor.

estar en deuda

noviembre 19, 2020 § Deja un comentario

Actualmente, no es posible pensar la economía si antes no reflexionamos sobre lo que implica funcionar con dinero-deuda. Dicho de otro modo, el punto de partida ya no puede ser el sistema productivo —o si se prefiere, las relaciones de producción—, sino hecho de que pagamos con apuntes contables. Y quien dice pagar, dice ingresar. El dinero-mercancía —el contante y sonante, el oro en su origen— hace tiempo que ha sido reducido a un papel testimonial. Sencillamente, que haya o no dinero dependerá de que cuadre la contabilidad de los bancos —que los activos (principalmente, los créditos concedidos) cubran los pasivos (básicamente, los depósitos). La gracia del asunto es que el dinero de los depósitos también es deuda. Quizá el dinero siempre fue un apunte contable, como sostienen muchos neokeynesianos (o no tan neos). Pero en cualquier caso, hoy lo es. Y esto significa que no es verdad que tengamos dinero como quien tiene cosas. De hecho, creerlo es nuestra gran ilusión, una ilusión que al entramado financiero no le interesa desmentir.

La importancia de partir de ahí es que nos permite comprender mejor la causa de la creciente desigualdad que hoy en día se constata en las economías prósperas. Por no hablar de la posibilidad, sin duda mareante, de que tu dinero desaparezca de un día para otro. Aunque podemos apostar a que no desaparecerá para todos por igual. Consecuentemente, la cuestión principal quizá no sea cómo redistribuir las rentas generadas por el sistema productivo —aunque a corto plazo sea una cuestión ineludible—, sino cómo limitar el inmenso poder de quién produce el dinero… sin que ello implique el colapso de la producción de bienes.